Acting-out
s. m. Actuar que se da a descifrar a otro, especialmente al psicoanalista, en una destinación la mayor parte de las veces inconciente. El acting-out debe ser claramente distinguido del pasaje al acto.
Para S. Freud, el término Agieren intentaba recubrir los actos de un sujeto tanto fuera del análisis como en el análisis. Este término deja naturalmente planeando una ambigüedad, puesto que recubre dos significaciones: la de moverse, de actuar, de producir una acción; y la de reactualizar en la trasferencia una acción anterior. En este caso preciso, para Freud, el Agieren vendría en lugar de un «acordarse»: por lo tanto, más bien actuar que recordar, que poner en palabras. El inglés to act out respeta esta ambigüedad. En efecto, este término significa tanto representar una obra, un papel, darse a ver, mostrar, como actuar, tomar medidas de hecho.
Los psicoanalistas franceses han adoptado el término «acting-out» adjuntándole por traducción y sinonimia el de «passage à l'acte» [«pasaje al acto»], pero reteniendo únicamente del acto la dimensión de la interpretación a dar en la trasferencia.
Hasta entonces, el acting-out era definido habitualmente como un acto inconciente, cumplido por un sujeto fuera de sí, que se producía en lugar de un «acordarse de». Este acto, siempre impulsivo, podía llegar hasta el asesinato o el suicidio. Sin embargo, tanto la justicia como la psiquiatría clásica se habían visto regularmente interrogadas por estas cuestiones de actos fuera de toda relación trasferencial, en los que se debía determinar una eventual responsabilidad civil.
A partir de allí, justamente, el psicoanálisis se ha planteado la pregunta: ¿qué es un acto para un sujeto?
J. Lacan, en su Seminario X (1962-63), «La angustia», ha propuesto una conceptualización diferenciada entre el acto, el pasaje al acto y el acting-out, apoyándose en observaciones clínicas de Freud: Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora, 1905) y Psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina (1920). En estos dos casos, los Agieren estaban situados en la vida de estas dos jóvenes aun antes de que una u otra hubiesen pensado en la posibilidad de un trabajo analítico.
¿Qué es entonces un acto? Para Lacan, un acto es siempre significante. El acto inaugura siempre un corte estructurante que permite a un sujeto reencontrarse, en el après-coup, radicalmente trasformado, distinto del que había sido antes de este acto. La diferencia introducida por Lacan para distinguir acting-out y pasaje al acto puede ser ilustrada clínicamente. Todo el manejo de Dora con el señor K. era la mostración de que ella no ignoraba las relaciones que su padre mantenía con la señora K., lo que precisamente su conducta trataba de ocultar.
En lo que concierne a la joven homosexual, todo el tiempo que ocupa en pasearse con su dama bajo las ventanas de la oficina de su padre o alrededor de su casa es un tiempo de acting-out con relación a la pareja parental: viene a mostrarles a la liviana advenediza de la que está prendada y que es causa de su deseo.
El acting-out es entonces una conducta sostenida por un sujeto y que se da a descifrar al otro a quien se dirige. Es una trasferencia. Aunque el sujeto no muestre nada, algo se muestra, fuera de toda rememoración posible y de todo levantamiento de una represión.
El acting-out da a oír a otro, que se ha vuelto sordo. Es una demanda de simbolización exigida en una trasferencia salvaje.
Para la joven homosexual, lo que su mostración devela es que habría deseado, como falo, un hijo del padre, en el momento en que, cuando tenía 13 años, un hermanito vino a agregarse a la familia, arrancándole el lugar privilegiado que ocupaba junto a su padre. En cuanto a Dora, haber sido la llave maestra para facilitar la relación entre su padre y la señora K. no le permitía en nada saber que era la señora K. el objeto causante de su deseo. El acting-out, buscando una verdad, mima lo que no puede decir, por defecto en la simbolización. El que actúa en un acting-out no habla en su nombre. No sabe que está mostrando, del mismo modo en que no puede reconocer el sentido de lo que devela. Es al otro al que se confía el cuidado de descifrar, de interpretar los guiones escénicos. Es el otro el que debe saber que callarse es metonímicamente un equivalente de morir.
Pero, ¿cómo podría ese otro descifrar el acting-out, puesto que él mismo no sabe que ya no sostiene el lugar donde el sujeto lo había instalado? ¿Cómo habría podido comprender fácilmente el padre de Dora que la complacencia de su hija se debía a que los dos tenían el mismo objeto causa de su deseo? Y aun cuando lo hubiera adivinado, ¿se lo habría podido decir a Dora? ¿De qué otro modo habría ella podido responder si no era por medio de una denegación o un pasaje al acto? Pues el acting-out, precisamente, es un rapto de locura destinado a evitar una angustia demasiado violenta. Es una puesta en escena tanto del rechazo de lo que podría ser el decir angustiante del otro como del develamiento de lo que el otro no oye. Es la seña [y el signo] hecha a alguien de que un real falso viene en lugar de un imposible de decir. Durante un análisis, el acting-out es siempre signo de que la conducción de la cura está en una impasse, por causa del analista. Revela el desfallecimiento del analista, no forzosamente su incompetencia. Se impone cuando, por ejemplo, el analista, en vez de sostener su lugar, se comporta como un amo [maître; también: maestro] o hace una interpretación inadecuada, incluso demasiado ajustada o demasiado apresurada.
El analista no puede más que otro interpretar el acting-out, pero puede, por medio de una modificación de su posición trasferencial, por lo tanto de su escucha, permitirle a su paciente orientarse de otra manera y superar esa conducta de mostración para insertarse nuevamente en un discurso. Pues que el acting-out sea sólo un falso real implica que el sujeto puede salir de él. Es un pasaje de ¡da y vuelta, salvo que lleve en su continuidad a un pasaje al acto, el que, la mayor parte de las veces, es una ¡da simple.
El pasaja al acto. Para Dora, el pasaje al acto se sitúa en el momento mismo en que el señor K., al hacerle la corte, le declara: «Mi mujer no es nada para mí». En ese preciso momento, cuando nada permitía preverlo, ella lo abofetea y huye.
El pasaje al acto en la mujer homosexual es ese instante en el que, al cruzarse con la mirada colérica de su padre cuando hacía de servicial caballero de su dama, se arranca de su brazo y se precipita de lo alto de un parapeto, sobre unas vías muertas de ferrocarril. Se deja caer (al. Niederkommen), dice Freud. Su tentativa de suicidio consiste tanto en esta caída, este «dejar caer», como en un «dar a luz [mettre bas = parir; literalmente: poner abajo], parir», los dos sentidos de niederkommen.
Este «dejarse caer» es el correlato esencial de todo pasaje al acto, precisa Lacan. Completa así el análisis hecho por Freud e indica que, partiendo de este pasaje al acto, cuando un sujeto se confronta radicalmente con lo que es como objeto para el Otro, reacciona de un modo impulsivo, con una angustia incontrolada e incontrolable, identificándose con este objeto que es para el Otro y dejándose caer. En el pasaje al acto, es siempre del lado del sujeto donde se marca este «dejarse caer», esta evasión fuera de la escena de su fantasma, sin que pueda darse cuenta de ello. Para un sujeto, esto se produce cuando se confronta con el develamiento intempestivo del objeto a que es para el Otro, y ocurre siempre en el momento de un gran embarazo y de una emoción extrema, cuando, para él, toda simbolización se ha vuelto imposible. Se eyecta así ofreciéndose al Otro, lugar vacío del significante, como si ese Otro se encarnara para él imaginariamente y pudiera gozar de su muerte. El pasaje al acto es por consiguiente un actuar impulsivo inconciente y no un acto.
Contrariamente al acting-out, no se dirige a nadie y no espera ninguna interpretación, aun cuando sobrevenga durante una cura analítica.
El pasaje al acto es demanda de amor, de reconocimiento simbólico sobre un fondo de desesperación, demanda hecha por un sujeto que sólo puede vivirse como un desecho a evacuar. Para la joven homosexual, su demanda era ser reconocida, vista por su padre de otra manera que como homosexual, en una familia en la que su posición deseante estaba excluida. Rechazo por lo tanto de cierto estatuto en su vida familiar. Hay que destacar, por otra parte, que justamente a propósito de la joven homosexual Freud hace su único pasaje al acto frente a sus pacientes, con su decisión de detener el análisis de la joven para enviarla a una analista mujer.
El pasaje al acto se sitúa del lado de lo irrecuperable, de lo irreversible. Es siempre franqueamiento, traspaso de la escena, al encuentro de lo real, acción impulsiva cuya forma más típica es la defenestración. Es juego ciego y negación de sí; constituye la única posibilidad, puntual, para un sujeto, de inscribirse simbólicamente en lo real deshumanizante. Con frecuencia, es el rechazo de una elección conciente y aceptada entre la castración y la muerte. Es rebelión apasionada contra la ineludible división del sujeto. Es victoria de la pulsión de muerte, triunfo del odio y del sadismo. Es también el precio pagado siempre demasiado caro para sostener inconcientemente una posición de dominio [maîtrise], en el seno de la alienación más radical, puesto que el sujeto está incluso dispuesto a pagarla con su vida.
Acting-out
Término utilizado en psicoanálisis para designar acciones que presentan casi siempre un carácter Impulsivo relativamente aislable en el curso de sus actividades, en contraste relativo con los sistemas de motivación habituales del Individuo, y que adoptan a menudo una forma auto- o heteroagresiva. En el surgimiento del acting out el psicoanalista ve la señal de la emergencia de lo reprimido. Cuando aparece en el curso de un análisis (ya sea durante la sesión o fuera de ella), el acting out debe comprenderse en su conexión con la transferencia y, a menudo, como una tentativa de desconocer radicalmente ésta.
El término inglés acting out ha sido adoptado por los psicoanalistas de otras lenguas, lo que plantea inmediatamente algunos problemas terminológicos:
1.° Dado que lo que Freud denomina agieren se traduce en inglés por to act out (forma substantiva: acting out) este término incluye toda la ambigüedad de lo que Freud designa de este modo (véase: Actuar). Así, el artículo acting out del Diccionario general de términos psicológicos y psicoanalíticos de English y English da la siguiente definición: «Manifestación, en una situación nueva, de un comportamiento intencional apropiado a una situación más antigua, representando la primera simbólicamente a la segunda. Cf. Transfert, que es una forma de acting out».
2.° La anterior definición se halla en contradicción con la acepción generalmente admitida del acting out, que diferencia e incluso contrapone el terreno de la transferencia y el recurso al acting out, viendo en este último un intento de ruptura de la relación analítica.
3.° Haremos algunas observaciones acerca del verbo inglés to act out:
a) To act, utilizado en su forma transitiva, está impregnado de significaciones pertenecientes al ámbito teatral: to act a play = representar una obra; to act a part = representar un papel, etc. Lo mismo puede decirse del verbo transitivo to act out.
b) La palabra out situada detrás del verbo contiene dos matices: exteriorizar, mostrar fuera lo que se supone que se tiene dentro de sí; y, también, realizar rápidamente, hasta la terminación de la acción (matiz que se encuentra en expresiones tales como to carry out = llevar a cabo; to sell out = vender todas las existencias, etc.).
c) El sentido original, sólo espacial, de la palabra out ha podido inducir a algunos psicoanalistas, erróneamente, a entender acting out como un acto realizado fuera de la sesión analítica y a contraponerlo a un acting in, que tendría lugar en el curso de la sesión. Para expresar esta oposición conviene hablar de acting out outside of psychoanalysis y de acting out inside of psychoanalysis o in the analytic situation.
4.° En francés y en español, parece difícil hallar una expresión que proporcione todos los matices señalados (se han propuesto actuar, actuación). El término «paso al acto», que es el equivalente más a menudo conservado, tiene, entre otros, el inconveniente de haber entrado ya en la clínica psiquiátrica, donde se tiende a reservarlo en forma exclusiva para designar actos impulsivos violentos, agresivos, delictivos (crimen, suicidio, atentado sexual, etc.); el sujeto pasa de una representación, de una tendencia, al acto propiamente dicho. Por otra parte, en su utilización clínica, este término no hace referencia a una situación transferencial.
Desde el punto de vista descriptivo, la diversidad de actos que de ordinario se clasifican bajo el título de acting out es muy amplia, incluyendo lo que la clínica psiquiátrica denomina «paso al acto» (véase más arriba), pero también formas mucho más discretas, a condición de que en ellas se encuentre también este carácter impulsivo, mal motivado a los propios ojos del sujeto, en contraste con su comportamiento habitual, incluso aunque la acción en cuestión sea secundariamente racionalizada; estos caracteres señalan para el psicoanalista el retorno de lo reprimido. También pueden considerarse como acting out algunos accidentes ocurridos al individuo, sintiéndose éste ajeno a su producción. Tal ampliación de sentido plantea evidentemente el problema de la delimitación del concepto de acting out, relativamente impreciso y variable según los autores, relacionándolo con otros conceptos creados por Freud, en especial el de acto fallido y los llamados fenómenos de repetición. El acto fallido es también concreto, aislado, si bien, al menos en sus formas más típicas, resulta patente su carácter de transacción; por el contrario, en los fenómenos de repetición vivida (por ejemplo, «compulsión de destino»), los contenidos reprimidos retornan, a menudo con gran fidelidad, en un guión del cual el sujeto no se reconoce como el autor.
Una de las aportaciones del psicoanálisis ha consistido en relacionar la aparición de un determinado acto impulsivo con la dinámica de la cura y la transferencia. Es ésta una vía claramente indicada por Freud, quien subrayó la tendencia de algunos pacientes a «llevar a la acción» (agieren) fuera del análisis las mociones pulsionales develadas por éste. Pero, dado que, como es sabido, Freud describe también la transferencia sobre la persona del analista como una forma de «llevar a la acción», de ello se deduce que no diferenció claramente ni articuló unos con otros los fenómenos de repetición en la transferencia y los del acting out. La distinción que introdujo parece responder a preocupaciones primordialmente técnicas, en el sentido de que el individuo que lleva a la acción los conflictos fuera de la cura seda menos accesible a la toma de conciencia de su carácter repetitivo, y capaz, fuera de todo control y de toda interpretación del analista, de satisfacer hasta el final, hasta el acto completo, sus pulsiones reprimidas: «En modo alguno es deseable que el paciente, fuera de la transferencia, lleve a la acción (agiert) en lugar de recordar; lo ideal, para nuestra finalidad, sería que se comportase lo más normalmente posible fuera del tratamiento y que sólo manifestase sus reacciones anormales dentro de la transferencia».
Una de las tareas del psicoanálisis sería la de intentar basar la distinción entre transferencia y acting out en criterios diferentes a los puramente técnicos o meramente espaciales (lo que ocurre en el despacho del analista o fuera del mismo); esto supondría, sobre todo, una nueva reflexión sobre los conceptos de acción, de actualización y sobre lo que define los diferentes modos de comunicación.
Sólo después de haber esclarecido en forma teórica las relaciones entre el acting out y la transferencia analítica, se podría investigar si las estructuras descubiertas son extrapolables fuera de toda referencia a la cura; es decir, preguntarse si los actos impulsivos de la vida cotidiana no podrían explicarse en conexión con relaciones de tipo transferencial.
Acting out
Cuando un sujeto no puede acordarse de un elemento reprimido, a veces actúa sin saber qué es lo que de tal modo vuelve en forma de acción. Refiriéndose al tema en 1914, en «Recordar, repetir y reelaborar», Freud designa esta puesta en acto con el término Agieren, que ha sido traducido al inglés como acting out, expresión que subraya la dimensión de juego teatral. En esa oportunidad Freud introduce la compulsión a la repetición y la asocia con la transferencia, en tanto ésta sería la repetición, en actos, del pasado imposible de rememorar. Sea que haya tenido lugar durante una sesión de análisis o fuera de ella, un acting out reproduce un cliché o un guión inconsciente, y tiene una dimensión transferencial. En su seminario l'Angoisse, de 1963, Lacan dice que es una «transferencia salvaje», e insiste en el alcance actual de lo que viene a mostrarse en la escena.
En efecto, en el análisis, un acting out puede constituir un llamado, un desafío, una réplica que atestigua un desfallecimiento del decir, que responde a una intervención en lo real o significa lo que resta intocado por la interpretación. Representa por lo tanto una verdad no reconocida, y se ubica en la frontera entre la vida real y la escena de la ficción, lo que hace que perturbe el juego, pero también que haga posible el análisis cuando encuentra acceso a la representación y hace lugar a la palabra.
Acting out
Alemán: Agieren.
Francés: Passage à l'acte.
Inglés: Acting out.
Noción elaborada por los psicoanalistas de lengua inglesa, y después retomada con el mismo nombre en francés, para traducir lo que Sigmund Freud llama "puesta en acto", con el verbo alemán agieren. La palabra remite a la técnica psicoanalítica y designa el modo en que un sujeto pasa al acto inconscientemente, fuera o dentro del marco de la cura, para evitar la verbalización del recuerdo reprimido, y al mismo tiempo para sustraerse a la transferencia.
Freud propuso la palabra Agieren (poco corriente en alemán) en 1914, para designar el mecanismo por el cual un sujeto actúa pulsiones, fantasmas, deseos. Por otra parte, hay que relacionar esta noción con la de abreacción (Abreagieren). El mecanismo está asociado a la rememoración, la repetición y la elaboración (o reelaboración). El paciente "traduce en actos" lo que ha olvidado: "Tenemos que contar -dice Freud- con que él ceda al automatismo de repetición que ha reemplazado el recuerdo por la compulsión, y esto no sólo en sus relaciones personales con el médico, sino también en todas sus otras ocupaciones y relaciones actuales, y cuando, por ejemplo, le sucede que en el curso del tratamiento se enamora".
Para responder a este mecanismo, Freud preconiza dos soluciones: 1) Hacer prometer al paciente que, mientras se desarrolla el tratamiento, no tomará ninguna decisión importante (matrimonio, elección de un amor definitivo, profesión) antes de estar curado. 2) Reemplazar la neurosis ordinaria por una neurosis de transferencia, de la que lo curará el trabajo terapéutico. En 193 8, en el Esquema del psicoanálisis, Freud subraya que es deseable que el paciente manifieste sus reacciones en el interior de la transferencia.
Los psicoanalistas de lengua inglesa distinguen el acting in del acting out propiamente dicho. El acting in designa la sustitución de la verbalización por un actuar en el interior de la sesión psicoanalítica (cambio de la posición del cuerpo o aparición de emociones), mientras que el acting out caracteriza el mismo fenómeno fuera de la sesión. Los kleinianos insisten en el aspecto transferencial del acting in y en la necesidad de analizarlo, sobre todo en los estados límite.
Por otra parte, en 1967, el psicoanalista francés Michel de M'Uzan ha propuesto distinguir el acting out directo (acto simple sin relación con la transferencia) y el acting out indirecto (ligado a una organización simbólica relacionada con una neurosis de transferencia).
En el vocabulario psiquiátrico francés, la expresión "pasaje al acto" apunta a la violencia de una conducta por la cual el sujeto se precipita a una acción que lo supera: suicidio, delito, agresión.
Partiendo de esta definición, Jacques Lacan, en 1962-1963, en su seminario sobre la angustia, instaura una distinción entre acto, acting out y pasaje al acto. En el marco de su concepción del otro y de la relación de objeto, y a partir de un comentario sobre dos observaciones clínicas de Freud (el caso "Dora" y "Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina"), Lacan, en efecto, estableció una jerarquía en tres niveles. Según él, el acto es siempre un acto significante que le permite al sujeto transformarse retroactivamente (posterioridad). El acting out, por el contrario, no es un acto, sino una demanda de simbolización que se dirige a un otro. Es un acceso de locura, destinado a evitar la angustia. En la cura, el acting out es el signo de que el análisis se encuentra en un atolladero, en el cual se revela la debilidad del psicoanalista. No puede ser interpretado, pero se modifica si el analista lo entiende y cambia de posición transferencial.
En cuanto al pasaje al acto, en Lacan se trata de un "actuar inconsciente", un acto no simbolizable con el cual el sujeto cae en una situación de ruptura integral, de alienación radical. Se identifica entonces con el objeto (pequeño) a, es decir, con un objeto excluido o rechazado de todo marco simbólico. Para Lacan, el suicidio está del lado del pasaje al acto, como lo atestigua el modo mismo de morir, abandonando la escena a través de una muerte violenta: salto en el vacío, defenestración, etcétera.
Actividad - pasividad
Al.: Aktivität -
Passivität. -
Fr.: activité - passivité. -
Ing.: activity - passivity. -
It.: attivitá - passivitá. -
Por.: atividade - passividade.
Uno de los pares de antitéticos fundamentales en la vida psíquica. Especifica determinados tipos de fines pulsionales. Desde un punto de vista genético, la oposición activo-pasivo figuraría en primer lugar con respecto a oposiciones ulteriores en las cuales viene a integrarse aquélla: fálico-castrado y masculino-femenino.
Si bien actividad y pasividad califican principalmente, según Freud, las modalidades de la vida pulsional, ello no presupone que puedan oponerse pulsiones activas a pulsiones pasivas. Por el contrario, Freud subrayó, especialmente en su polémica con Adler (véase: Pulsión agresiva), que la pulsión es por definición activa: «[...] cada pulsión es un fragmento de actividad; cuando se habla en forma descuidada de pulsiones pasivas, sólo puede referirse a pulsiones con un fin pasivo».
Esta pasividad del fin la observan los psicoanalistas en aquellos ejemplos privilegiados en que el individuo quiere ser maltratado (masoquismo) o visto (exhibicionismo). ¿Qué debe entenderse aquí por pasividad? Es preciso distinguir dos niveles: por una parte, el comportamiento manifiesto; por otra, las fantasías subyacentes. En cuanto al comportamiento, es cierto que el masoquista', por ejemplo, responde a la exigencia pulsional mediante una actividad encaminada a situarlo en condiciones de satisfacción. Pero la última fase de su comportamiento sólo se alcanza si el individuo puede hallarse en una posición que lo ponga a merced del otro. A nivel de las fantasías, es posible mostrar cómo toda posición pasiva es inseparable de su contraria; así, en el masoquismo, «[...] el yo pasivo se sitúa de nuevo en la fantasía, en el lugar [...] que es ahora cedido al sujeto ajeno». En este sentido, se encontraría siempre, a nivel de fantasía, la presencia simultánea o alternativa de los dos términos: «actividad» y «pasividad». Con todo, tanto en la naturaleza de la satisfacción buscada como en la posición fantasiosa, esta complementariedad no debe hacernos perder de vista lo que puede haber de irreductible en la fijación a un papel sexual activo o pasivo.
Por lo que respecta al desarrollo del sujeto, Freud atribuye un gran papel a la oposición actividad-pasividad, que precede a los otros pares antitéticos: fálico-castrado y masculinidad-feminidad. Según Freud, es en la fase anal cuando « [...] aparece claramente la oposición que se encuentra de un modo general en la vida sexual [...] el elemento activo está constituido por la pulsión de apoderamiento, la cual está ligada a la musculatura; el órgano cuyo fin sexual es pasivo será representado por la mucosa intestinal erógena». Esto no implica que, en la fase oral, no coexistan actividad y pasividad, sino que éstas todavía no se han erigido en términos antagonistas.
Ruth Mack Brunswick, describiendo La fase preedípica de la evolución de la libido (The Preoedipal Phase of the Libido Development, 1940), dice: «A lo largo de todo el período de desarrollo de la libido existen tres grandes pares antitéticos, mezclándose, imbricándose, combinándose sin jamás coincidir totalmente, para finalmente substituirse el uno al otro; la vida del lactante y del niño pequeño se caracteriza por los dos primeros, y la del adolescente por el tercero». La autora muestra cómo el niño empieza siendo totalmente pasivo en su relación con una madre que satisface sus necesidades y cómo, progresivamente, «[...] cada fragmento de actividad se basa en cierta medida en una identificación con la madre activa».
Actividad - pasividad
Al identificar los traumas infantiles como fuente de neurosis, Freud los atribuye primero a los abusos sexuales perpetrados por adultos o niños de más edad, y sufridos pasivamente, así como a las acciones sexuales de carácter agresivo seguidas de reproches. De modo que lo primero sería una escena de «seducción», incluso si ella sólo tiene efecto a posterior . o obstante, desde 1897, Freud relativiza esa concepción, porque no toma en cuenta como es debido la dimensión fantasmática. En adelante pondrá más bien el acento en la actividad sexual infantil y en las «teorías» que acompañan a las observaciones e investigaciones sexuales de niño, lo cual permite tener en cuenta su basamento pulsional.
En una nota añadida en 1915 a los Tres ensayos de teoría sexual, Freud dice que «la pulsión es siempre activa, incluso cuando se ha fijado una meta pasiva». El mismo año, en «Pulsiones y destino de pulsión», explora las modalidades de transformación de una forma activa de satisfacción y su inversión en meta pasiva. De tal modo, el pasaje de «mirar» a «ser mirado» o de «atormentar» a «ser atormentado» puede corresponder, en el idioma de las perversiones, a la inversión del voyeurismo en exhibicionismo o del sadismo en masoquismo. Actividad y pasividad están constituidas en pares de opuestos, y se entiende que, al principio, «el yo-sujeto es pasivo ante las excitaciones exteriores, y activo por el hecho de sus propias pulsiones». Pero, como el sujeto puede hacerse objeto, la pulsión es también articulable, según lo propuso Lacan en 1964, en los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, en términos tales como «hacerse ver» o «hacerse pegar», lo que subraya la actividad que hay en juego incluso en la versión pasiva.
La suerte de una moción pulsional depende entonces de las ubicaciones respectivas del sujeto y el objeto. Es así como, cuando la actividad es atribuida al Otro, a una instancia separada o a una persona exterior, el sujeto puede encontrarse reducido al yo-objeto. O, aún más, la posición del objeto determina que una pulsión de destrucción tome la forma de pulsión de muerte vuelta contra la propia persona, o de pulsión de dominio y agresión derivada hacia el exterior. Finalmente, el juego infantil le muestra a Freud que «una impresión que el niño experimenta pasivamente hace nacer en él la tendencia a una reacción activa». «Sobre la sexualidad femenina» (1931); la repetición con inversión de la pasividad en actividad constituye también una búsqueda de lo nuevo.
Por otro lado, Freud no deja de preguntarse por qué la oposición entre actividad y pasividad ocupa el lugar de la representación de la diferencia de sexos, sin, no obstante, permitir elucidarla. Según él, esta oposición se establece en el curso de las fases anal y fálica, y en ella activo y pasivo pasan a corresponder a fálico y castrado. Desde ese momento las metas pasivas quedan asociadas en el varón a la angustia de castración. En cuanto a la actividad sexual de la niña, será de carácter fálico y se prolongará en la «envidia del pene». Entonces lo femenino aparece como enigma en su relación con una libido llamada masculina. Sigue siendo cierto que actividad y receptividad no se excluyen y que, si el deseo está ligado a la falta, es la relación con el goce lo que tal vez decide la identificación con lo masculino o lo femenino. De modo que el debate sigue abierto en el psicoanálisis contemporáneo.
Finalmente, algunos, Ferenczi entre ellos, han opuesto una «técnica activa» (que supone prohibiciones o consuelos) a la práctica en la que el analista permanece abstinente. Esto invita a recordar que la posición analítica supone la capacidad de pasar de un estado a otro es decir, un modo de actividad psíquica qu¿ acompaña la escucha y permite obtener consecuencias tanto del silencio como de la palabra, en la que el decir puede convertirse en acontecimiento.
Acto
(pasaje al)
Utilizada para designar ciertas formas impulsivas del actuar (Agieren es el término empleado por Freud), la noción de «pasaje al acto» subraya en psiquiatría la violencia o la brusquedad de diversas conductas que crean cortocircuitos en la vida mental y precipitan al sujeto en una acción: agresión, suicidio, comportamiento perverso, delito, etcétera. Su empleo a menudo peyorativo carece por lo tanto de especificidad psicoanalítica. No obstante, Lacan ha tratado de delimitarla mejor, identificándola con una salida de escena en la que, como en una defenestración o un salto al vacío, el sujeto queda reducido a un objeto excluido o rechazado. Esto no excluye entonces que haya puesta en acto del deseo del Otro. Pero aquí el acto no sería «algo que quiere decir», y correspondería a una ruptura del marco del fantasma y a una expulsión del sujeto.
Acto fallido
(fr. acte manqué; ingl. bungled action, parapraxis; al. Fehlleistung). Acto por el cual un sujeto sustituye, a su pesar, un proyecto o una intención, que él se ha propuesto con deliberación, por una acción o una conducta totalmente imprevistas.
Mientras que la psicología tradicional nunca prestó una atención particular a los actos fallidos, S. Freud los integra de pleno derecho al funcionamiento de la vida psíquica. Reúne todos esos fenómenos en apariencia dispares y sin lazos en un mismo cuerpo de formaciones psíquicas, de los que da cuenta desde el punto de vista teórico por medio de dos principios fundamentales. En primer lugar, los actos fallidos tienen un sentido; en segundo lugar, son «actos psíquicos». Postular que los actos fallidos son fenómenos psíquicos significativos conduce a suponer que resultan de una intención. Por eso deben ser considerados como actos psíquicos en sentido estricto.
La intuición nueva de Freud será no sólo identificar el origen del acto fallido, sino además tratar de explicitar su sentido en el nivel del inconciente del sujeto. Si el acto fallido le aparece al sujeto como un fenómeno que atribuye de buen grado a un efecto del azar o de la falta de atención, es porque el deseo que en él se manifiesta es inconciente y precisamente le significa al sujeto aquello de lo que no quiere saber nada. En tanto el acto fallido realiza ese deseo es un auténtico acto psíquico: acto que el sujeto ejecuta, sin embargo, sin saberlo. Si hay que ver en el acto fallido la expresión de un deseo inconciente del sujeto que se realiza a pesar de él, la hipótesis freudiana presupone entonces necesariamente la intervención previa de la represión. Es el retorno del deseo reprimido lo que irrumpe en el acto fallido bajo la forma de una tendencia perturbadora que va en contra de la intención conciente del sujeto. La represión de un deseo constituye por consiguiente la condición indispensable para la producción de un acto fallido, como lo precisa Freud: «Una de las intenciones debe haber sufrido, pues, cierta represión para poder manifestarse por medio de la perturbación de la otra. Debe estar turbada ella misma antes de llegar a ser perturbadora» (Conferencias de introducción al psicoanálisis, 1916). El acto fallido resulta entonces de la interferencia de dos intenciones diferentes. El deseo inconciente (reprimido) del sujeto intentará expresarse a pesar de su intención conciente, induciendo una perturbación cuya naturaleza no parece depender, de hecho, más que del grado de represión: según, por ejemplo, que el deseo inconciente sólo llegue a modificar la intención confesa, o según que se confunda simplemente con ella, o según, por último, que tome directamente su lugar. Estas tres formas de mecanismos perturbadores se encuentran particularmente bien ilustradas por los lapsus, de los que Freud da numerosos ejemplos en 1901 en Psicopatología de la vida cotidiana. Se puede, pues, asimilar los actos fallidos a las formaciones de síntomas, en tanto los síntomas resultan en sí mismos de un conflicto: el acto fallido aparece, en efecto, como una formación de compromiso entre la intención conciente del sujeto y su deseo inconciente. Ese compromiso se expresa a través de perturbaciones que adoptan la forma de «accidentes» o de «fallos» de la vida cotidiana.
Con la teoría psicoanalítica del acto fallido quedan descartadas de raíz las tentativas de explicación puramente orgánicas o psicofisiológicas, que con frecuencia se esgrimen a cuento de tales «accidentes» de la vida psíquica. El método de la asociación libre, aplicado con juicio al análisis de tales «accidentes», no deja de confirmar la asimilación hecha del acto fallido a un verdadero síntoma tanto en lo que concierne a su estructura de compromiso como en lo que concierne a su función de cumplimiento de deseo. Por otro lado, teniendo en cuenta la naturaleza de los mecanismos inconcientes que gobiernan la producción de tales «accidentes», la teoría psicoanalítica de los actos fallidos constituye una introducción fundamental al estudio y la comprensión del funcionamiento del inconciente.
Acto fallido
Al.: Fehlleistung. -
Fr.: acte manqué. -
Ing.: parapraxis. -
It.: atto mancato. -
Por.: ato falho o perturbado.
Acto en el cual no se obtiene el resultado explícitamente perseguido, sino que se encuentra reemplazado por otro. Se habla de actos fallidos no para designar el conjunto de los errores de la palabra, de la memoria y de la acción, sino aludiendo a aquellas conductas que el Individuo habitualmente es capaz de realizar con éxito, y cuyo fracaso tiende a atribuir a la falta de atención o al azar. Freud demostró que los actos fallidos son, como los síntomas, formaciones de compromiso entre la intención consciente del sujeto y lo reprimido.
Acerca de la teoría del acto fallido, remitimos al lector a la Psicopatología de la vida cotidiana, de Freud (Zur Psychopathologie des Alltagslebens, 1901), de la cual se deduce que el acto llamado fallido es, en otro plano, un acto ejecutado con éxito: el deseo inconsciente se ha realizado en una forma a menudo muy manifiesta.
El término «acto fallido» traduce la palabra alemana Feh1leistung que para Freud comprende no solamente acciones stricto sensu, sino también toda clase de errores y lapsus de la palabra y del funcionamiento psíquico.
La lengua alemana, mediante el prefijo ver, pone en evidencia lo que hay de común en todos estos yerros, como por ejemplo das Vergessen (olvido), das Versprechen (lapsus linguae), das Verlesen (error de lectura), das Verschreiben (error de escritura), das Vergreifen (error de la acción), das Verlieren (el extraviar).
Obsérvese que, antes de Freud, este conjunto de fenómenos marginales de la vida cotidiana no había sido agrupado ni designado por un mismo concepto; éste ha surgido en virtud de la teoría de Freud. Los editores de la Standard Edition señalan que, para designar este concepto, ha sido preciso crear en inglés un término: el de parapraxis. Los traductores al español y al francés de la Psicopatología de la vida cotidiana utilizan el término «acto fallido» (acte manqué), el cual ha adquirido derecho de ciudadanía, pero, al parecer, en el uso psicoanalítico corriente, designa más bien una parte del campo que abarca el término alemán Feh1leistung, a saber, los fallos en la acción stricto sensu.
Acto fallido
Al estudiar la fuerza de las palabras en su fallo con relación a la intención del locutor, en Psicopatología de la vida cotidiana (1901) y en Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916), Freud subraya que ellas se sitúan siempre en un intercambio entre por lo menos dos personas: «con palabras, un hombre puede hacer que su semejante sea feliz o empujarlo a la desesperación, y es con las palabras que el maestro les transmite su saber a los discípulos, que un orador arrastra a quienes lo escuchan y determina sus juicios y decisiones», escribe en las Conferencias de introducción al psicoanálisis. Esto supone que toda palabra lleva en sí una intención consciente; sin embargo, según la expresión de Freud, puede «no dar en el blanco» («Cinco conferencias sobre psicoanálisis»). Los actos fallidos se presentan en forma de lapsus, falsa lectura, falsa audición, olvido, olvido de ejecutar un proyecto, no encontrar un objeto, pérdidas, ciertos errores. Se trata en realidad de un acto en el que está en juego el cuerpo en un instante dado: un acto de habla o de escritura es reemplazado por otro; esos actos, sustituidos, desviados o invertidos, omitidos, tienen una doble función de lenguaje: en primer lugar, atestiguan la puesta de un deseo inconsciente; al mismo tiempo, dan prueba de un inconsciente estructurado como un lenguaje (condensación, desplazamiento, metáfora, metonimia), y a causa de ello pueden ser descifrados como un mensaje. Por esto Freud ubica al acto fallido como una formación de compromiso entre lo consciente y lo reprimido. Freud dice que con frecuencia el sujeto tiende a atribuir los actos fallidos al azar. Cabe pensar que esta impresión se debe a que el acto fallido suele ser instantáneo y a que se produce en una situación construida: por ejemplo, se necesita un objeto para realizar una cierta acción, se pronuncia un discurso para defender una idea. Es decir que lo inconsciente se da a menudo en una fractura, en una falla temporal que indica el célebre «ello [ça] habla». Freud descubre también el acto fallido en ciertos fenómenos psíquicos: las ideas espontáneas como el chiste o la asociación libre, los sueños, los actos sintomáticos, accidentales. A menudo los acompaña «una multitud de pequeños fenómenos secundarios» que ponen en juego al cuerpo, lo gestual, la emoción visible en un rostro, la impaciencia, la repetición del acto fallido o un segundo lapsus.
Nunca hay que descifrar el acto fallido en su forma, sino en el intento al que sirve. Se debe analizar con mucha fineza esa interferencia de dos intenciones: por ejemplo, perder un objeto puede significar que ya no se lo aprecia o que ya no se aprecia a la persona que nos lo ha dado; esto puede entenderse como una pérdida voluntaria o como un sacrificio voluntario. Asimismo, en el caso del olvido de una palabra, no se trata de que ella recuerde una situación desagradable, sino de que está articulada con otras asociaciones estrechamente relacionadas con esa palabra: «se trata principalmente de la negativa de la memoria a evocar recuerdos asociados a sensaciones penosas, recuerdos cuya evocación reproduciría tales sensaciones», escribe Freud en las Conferencias de introducción al psicoanálisis. Como vemos, el acto fallido tiene una función defensiva con relación a ciertas representaciones que amenazan con perturbar el equilibrio psíquico del sujeto.
Acto fallido
Alemán: Fehlleistung.
Francés: Acte manqué.
Inglés: Parapraxis.
Acto mediante el cual un sujeto, a pesar suyo, reemplaza por una acción o una conducta imprevistas el proyecto al que apuntaba deliberadamente.
Lo mismo que con el lapsus, Sigmund Freud fue el primero en atribuir, a partir de La interpretación de los sueños, una verdadera significación al acto fallido, mostrando que es preciso relacionarlo con los motivos inconscientes de quien lo comete. El acto fallido, o acto accidental, se convierte en el equivalente de un síntoma, en la medida en que es un compromiso entre la intención consciente del sujeto y su deseo inconsciente.
En 1901, en Psicopatología de la vida cotidiana, Freud, con mucho humor, proporciona los mejores ejemplos de actos fallidos, utilizando numerosas historias que le acercaron sus discípulos; por ejemplo, la narrada por Harms Sachs: en una cena con su marido, la esposa se equivoca y pone junto al asado, en lugar de la mostaza reclamada por el esposo, un frasco del medicamento que ella utiliza para curarse el dolor de estómago. Los vieneses han tenido siempre un gusto pronunciado por los interminables relatos de lapsus y actos fallidos, que transforman en historias divertidas.
Después de ellos, Jacques Lacan se revelará en este dominio como uno de los mejores comentadores de Freud. En particular, en 1953, en "Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis", dio la siguiente definición: "Para la psicopatología de la vida cotidiana, otro campo consagrado por otra obra de Freud, está claro que todo acto fallido es un discurso logrado, incluso bastante bellamente construido...".
Acto psicoanalítico
(fr. acte psychanalytique; ingl. psychoanalytical act). Intervención del analista en la cura, en tanto ella constituye el marco del trabajo psicoanalítico y tiene un efecto de franqueamiento.
¿Cómo evaluar los efectos, las consecuencias de un psicoanálisis? El levantamiento del síntoma quizá no baste aquí, en tanto que, de no haber modificación de la estructura psíquica, puede perfectamente reaparecer en otro punto. Más decisivo sería que un sujeto encontrara en un psicoanálisis la ocasión de romper con lo que lo hacía circular siempre por los mismos carriles: si la cura permite un franqueamiento, se reconocerá que ha habido en ver -dad un acto psicoanalítico.
Es evidente que la definición de este acto puede parecer problemática. Si, en efecto, se estima, con Freud, que el analista debe mantenerse en una cierta neutralidad, y no dirigir a su paciente en el sentido que él juzgaría bueno, mal se ve cómo podría decirse que actúa. No obstante, si no dirige a su paciente, el analista dirige en cambio la cura. Debe, por ejemplo, evitar que el sujeto se atasque en la repetición, que la resistencia neutralice el trabajo que la cura hace cumplir. Algunos autores han insistido en este punto. S. Ferenczi, especialmente, había derivado de ahí la idea de una «técnica activa». Para evitar que la energía psíquica se distrajera del trabajo psicoanalítico, prohibía las satisfacciones sustitutivas, sistematizando así el principio de abstinencia freudiano. O incluso prescribía a un sujeto -por ejemplo a un fóbico- enfrentar lo que lo espantaba a fin de reactivar un conflicto psíquico y volver a impulsar -lo al trabajo.
Si la técnica activa en tanto tal planteó diversos problemas y fue abandonada, la idea de dar cuenta de lo que constituye el acto del psicoanalista sigue siendo de actualidad. J. Lacan, especialmente, ha considerado esta cuestión, y se ha empeñado, por ejemplo, en averiguar la dimensión de corte que hay en la interpretación. En dos seminarios sucesivos, Lógica del fantasma (1966-67) y Acto psicoanalítico (1967-68), estudia por otra parte más explícitamente el acto del psicoanalista.
¿Qué es un acto, desde el punto de vista del psicoanálisis? El acto fallido podría dar una primera idea de ello. Cuando el sujeto, «involuntariamente», rompe un objeto que detesta, el acto 4állido» es un acto particularmente logrado, tanto más cuanto que el deseo inconciente, como es manifiesto en este caso, va más lejos que las intenciones del individuo. Pero es sin duda sobre todo en una recuperación significante cuando el acto fallido tiene valor de acto. Cualquiera puede tropezar. Pero habrá acto desde el momento en que el sujeto reconozca que ha dado «un paso en falso».
En esta dimensión de una palabra que vuelve sobre sus propias huellas insistirá Lacan, y desembocará en el particular movimiento de báscula que constituye el pasaje del analizante al psicoanalista. En la cura, el psicoanalizante experimentará que el psicoanalista, planteado al principio, en tanto soporte de la trasferencia, como sujeto-supuesto-al-saber, se reduce al término del proceso a ser el que sostiene el lugar [lugar -teniente] del objeto a, es decir, un objeto destinado a ser desechado. A partir de allí se da cuenta de que no podrá ser/estar [en fr., être = ser/estar] en el acto analítico, que no podrá garantizar la tarea del analizante, a no ser que consienta en exponerse él mismo a tal destitución. He aquí al menos lo que Lacan suponía, y justamente para asegurarse de ello propuso el dispositivo del pase.
Actuar
Al.: Agieren. -
Fr.: mise en acte. -
Ing.: acting out. -
It.: agire. -
Por.: agir.
Según Freud, hecho en virtud del cual el sujeto, dominado por sus deseos y fantasías Inconscientes, los vive en el presente con un sentimiento de actualidad, tanto más vivo cuanto que desconoce su origen y su carácter repetitivo.
Al introducir la expresión «actuar» intentamos únicamente proponer una traducción del término agieren o Agieren, que se encuentra repetidas veces en Freud como verbo o como substantivo, Agieren, término de origen latino, no es corriente en lengua alemana. Para hablar de acción, de actuar, el alemán utiliza de preferencia palabras como die Tal, tun, die Wirkung, etc. Freud utiliza agieren en sentido transitivo, al igual que el término de idéntica raíz Abreagieren (véase: Abreacción): se trata de «llevar a la acción» pulsiones, fantasías, deseos, etc.
Agieren se asocia casi siempre a erinnern (recordar), oponiéndose ambos términos como dos formas de hacer retornar el pasado en el presente.
Esta oposición se le puso de manifiesto a Freud sobre todo en la cura, de tal forma que lo que Freud designa casi siempre como «actuar» es la repetición en la transferencia: el paciente «[... por así decirlo, actúa (agiert) ante nosotros en lugar de informarnos ...]», pero el «actuar» se extiende más allá de la transferencia propiamente dicha: «Debemos esperar a que el analizado se abandone a la compulsión de repetición, que entonces reemplaza el impulso a recordar, y no sólo en sus relaciones personales con el médico, sino también en todas las restantes actividades y relaciones de su vida presente, por ejemplo efectuando, durante la cura, la elección de un objeto amoroso, encargándose de una tarea, ocupándose en una empresa».
El término Agieren, como también el de «actuar», implica un equívoco, que es el del propio pensamiento de Freud: éste confunde lo que, en la transferencia, es actualización con el hecho de recurrir a la acción motriz, el cual no se halla necesariamente implicado por la transferencia (véase: Transferencia, Acting out). Así, pues, resulta difícil comprender cómo pudo Freud, para explicar la repetición en la transferencia, atenerse constantemente al modelo metapsicológico de la motilidad propuesto a partir de La interpretación de los sueños (Die Traunideutung, 1900): «[...] el hecho de la transferencia, al igual que las psicosis, nos enseña que [los deseos inconscientes] aspiran, pasando por el sistema preconsciente, a llegar a la conciencia y al control de la motilidad».
Acuerdo inconsciente
Definición
Acordar: poner de acuerdo a personas, poner acordes instrumentos musicales; resolver; determinar. Del latín: accordare: poner de acuerdo, derivado de cor cordis, corazón, según el modelo de concordare: estar de acuerdo y discordare: discrepar (Corominas, J., 1961). Acordar: Es ponerse de acuerdo, lo cual implica una suerte de combinación de puntos de vista diferentes (Real Academia Española, 1956).
Tomando la conceptualización de Berenstein y Puget puede definirse el acuerdo inconsciente del siguiente modo: Conjunto de estipulaciones inconscientes donde por lo menos dos yoes, regulan los intercambios de aquellos aspectos compartibles de cada uno, a efectos de crear lo más deseado, lo más provechoso, y lo menos prohibido para cada yo, en una composición con carácter de estructura más o menos estable. Constituyen así una unidad que implica y supera la mera suma de los aportes de cada yo en una combinatoria, que articula las constelaciones objetales individuales. Dicha estructura está compuesta por: una parte del yo, una parte del otro, y una envoltura afectiva que los liga, constituyendo una vivencia de unidad compartida e inscripta en cada mente con el doble carácter de simultaneidad y uniterritorialidad.
Origen e historia del término
Dado que los acuerdos y pactos inconscientes, son modos específicos de las estipulaciones inconscientes que se entrelazan en los vínculos de pareja y familia, los antecedentes históricos remiten en general, a los mismos autores. Se agrega en sendas reseñas históricas, algún autor que desarrolla conceptos afines al término tratado, en un mayor grado de particularidad.
H.V. Dicks (1967) habla de "complementariedad inconsciente".
Utilizando la teoría de las relaciones objetales, para explicar la complicidad sincronizada y la reciprocidad observables de la pareja conyugal, propone el concepto de "complementariedad inconsciente". Lo conceptualiza como una división de aportes que cada miembro proporciona a la alianza, como cualidades Perdidas en el otro, a consecuencia de sus mecanismos de escisión y proyección, y que pueden entonces ser recuperados por identificación introyectiva. Articula las nociones de relación de objeto, proyección, identificación introyectiva, sincronización y reciprocidad.
Albert Scheflen (1975) al referirse a algunas características de las relaciones bipersonales regresivas señala: "En tales parejas puede mantenerse una conspiración inconsciente, para ocultar la dependencia detrás del rol de dador, de más fuerte. Así se preservan el masoquismo de uno y el narcisismo de otro. Ser indispensable para el compañero débil resulta un método que preserva la autoestima y asegura el vínculo en tanto disfraza sus necesidades de dependencia". Liga así la noción de "conspiración inconsciente" a los conceptos de dependencia, narcisismo y masoquismo.
James Framo (1980) sostiene: "Los partícipes desempeñan recíprocamente funciones psíquicas y hacen tratos inconscientes". "Seré tu conciencia si tú traduces en actos mis conflictos." Intenta así relacionar lo intrasubjetivo y lo intersubjetivo.
A. Cohan de Urribarri y R. Uribarri (1986) relacionan la idea de "contrato inconsciente" a la mutua satisfacción de deseos del otro como cada yo lo percibe, que asegura a cambio la satisfacción de los propios. Si esto no sucede, aparecen sentimientos de desilusión, abandono, depresión o rabia".
R. Kaës (1976) - Desarrolla el concepto de "inter-fantasmatización", como producción vincular inconsciente; al que nos referiremos más adelante, en el desarrollo del término.
A. Ruffiot (1981) - Entiende por "interfantasmatización" una escena de intercambio inconsciente entre los yoes, con lugares para cada uno de ellos y según acuerdos y pactos inconscientes.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
El origen de los acuerdos inconscientes puede conceptualizarse como resultante de la tendencia de la vida anímica, a la unificación del funcionamiento mental y vincular. Esta tendencia, podría tener origen en el sentimiento oceánico, al que alude Freud en El malestar en la cultura y que pone en evidencia la indiscriminación yo-no yo, vinculada a un resto de narcisismo originario.
Pensando en términos vinculares puede resultar más conveniente ubicar el origen de esta tendencia apelando al concepto del pictograma, desarrollado por Piera Aulagnier. El pictograma permite la representación de una escena, como una entidad única e indisociable, a la que llama: "la imagen del objeto-zona complementaria". Dice: "Esta imagen es el pictograma, en cuanto puesta en forma de un esquema relacional en que el representante se refleja como totalidad idéntica al mundo. Lo que la actividad psíquica contempla y catectiza en el pictograma, es el reflejo de sí misma que le asegura que entre el espacio psíquico, y el espacio de lo exterior a la psique, existe una relación de identidad, y de especularización recíprocas". El acuerdo inconsciente sería un ejercicio por el cual se intenta unificar armónicamente diversas resoluciones del narcisismo y del complejo de Edipo de cada yo, en una vivencia de encuentro que brinde el anhelado e ilusorio carácter de unicidad.
Implica un yo y un otro, únicos pasibles para ambos, en ese momento, de despertar esa experiencia emotiva, en una suerte de cooperación mutua, para evocar inconscientemente un determinado tipo de vínculo, que realiza un deseo compartido y que contiene los lugares del parentesco. Los lugares a su vez, funcionan al modo de una oferta a los yoes, para ser ocupados según ciertas cualidades que la trama vincular propone. Así mismo, el modo de habitación del lugar por los yoes hace a las cualidades de lugar, significa los lugares.
Todo acuerdo inconsciente comporta la ilusión de eternidad y el deseo de cada yo, de contar con el otro, como un objeto único. El acuerdo inconsciente se haría en base de una apropiación mutua y compartida de aspectos de la vida mental de cada yo; o en otros términos, tendría un fuerte componente de coidentificación sobre la base de una comunidad de motivos. Se alude aquí al concepto de identificación propuesto por Freud en 1900, en La interpretación de los sueños donde sostiene: "Por tanto, la identificación no es simple imitación sino apropiación sobre la base de la misma reivindicación etiológica; expresa un 'igual que' y se refiere a algo común que permanece en lo inconsciente".
Concibiendo al acuerdo inconsciente, como un cierto tipo de estipulación inconsciente regulada, parece útil la referencia al concepto de organizador inconsciente. A. Eiguer, retornando los desarrollos de Spitz, Kaës, Anzieu, sobre organizadores inconscientes, propone la existencia de tres organizadores inconscientes de la alianza matrimonial.
Primer organizador. El complejo de Edipo, que según D. Anzieu, diferencia a los grupos informales, de la pareja y la familia. Este primer organizador, determinaría la elección de objeto y la estructura de la pareja.
Segundo organizador. El soi-conjoint, denominado así por Eiguer, que actúa como un determinante del sentimiento de pertenencia, el hábitat interior, y las relaciones entre el ideal del yo y el yo ideal. Lo define como una representación compartida por los cónyuges, de su pareja, en una continuidad témporo-espacial.
Tercer organizador. La interfantasmatización (D. Anzieu y R. Kaës) pensada como una coproducción fantasmática dentro de un grupo, de carácter inconsciente y compartida. Incluye un conjunto de fantasías: las originarias; fantasías de pérdida; daño, devoración, posesión, asfixia, interpenetración, entre otras. Una misma interfantasmatización, determinaría la estructura de la pareja, el modo conflictual y estaría ya activa desde el comienzo del encuentro amoroso.
Los acuerdos inconscientes podrían ser pensados, como efectos de estos organizadores, en el sentido de estipulaciones inconscientes, necesarias para regular la actividad de la producción inconsciente compartida. El concepto de acuerdo inconsciente sostiene el de memoria vincular, conceptualizada como cooperación mutua de los yoes para evocar inconscientemente un cierto tipo de relación. La memoria vincular trasciende a cada yo, es sostenida con el otro, o los otros, al tiempo que la memoria de éstos puede ser portada por un yo. La memoria vincular es resultado de un acuerdo inconsciente, siendo imposible sólo para uno de los yoes. La evolución vincular requiere la reformulación de los acuerdos, que si no logran ser reactualizados generan sufrimiento vincular, que no necesariamente es inmediato, pudiendo aparecer tardíamente. En relación a la estructura familiar inconsciente pueden proponerse distintos tipos de acuerdos en función del grado de desarrollo de la misma, según propone I. Berenstein.
Para el grado B, las estipulaciones en juego determinan una organización vincular neurótica. Sugerimos que el acuerdo inconsciente neurótico, se desplegaría en el nivel pregenital. El placer de lo genital inhibido por el pacto neurótico propio del grado B de la estructura, puede ser desplazado a la actividad sexual procreadora. Un resto no desplazado a la actividad procreadora o un resto no restringido a la misma, puede proporcionar un cierto placer genital.
El acuerdo inconsciente perverso, correspondiente al grado C de la estructura, podría ser pensado como la posibilidad de los yoes de compartir una situación triangular sin exclusiones.
El acuerdo psicótico correspondiente a la estructura D, consistiría en la habitación por parte de los yoes, de un único espacio modelizado sobre la familia materna; donde el padre real existe en tanto borrado en su función, adoptando caracteres de sumisión o de autoritarismo sin autoridad. Los acuerdos y los pactos se constituyen mediante reglas inconscientes o pautas ordenadoras. Las reglas pautan: Cómo ser (identificaciones) a quién tener (elección de objeto), y como quién hacer (lo prescripto y lo prohibido).
Existen además metarreglas que serían reglas sobre las reglas y que pueden indicar aún lo contrario a la regla.
Problemáticas conexas
¿Qué es lo que cada yo se apropiaría del otro? ¿rasgos? ¿modos vinculares?
Si el acuerdo intenta la realización de la ilusión de unicidad tendríamos que pensar que un acuerdo sería concordar en que es innecesario acordar.
El concepto de identificación al que aluden J. Puget e I. Berenstein como sostén de los acuerdos inconscientes, es el propuesto por Freud en 1900, como identificación histérica.
Pensamos que el concepto de identificación histérica es impreciso en cuanto a su extensión y comprensión. Es constitutivo del mismo, la noción de comunidad, como condición del proceso identificatorio, pero la cualidad de dicha comunidad es poco clara. Con el nombre de identificación histérica Freud nomina igual mecanismos identificatorios que considero dispares, y por tanto creo clarificador precisar a qué se alude cuando se habla de identificación histérica.
Tomando la conceptualización de Puget y Berenstein, sobre tipología del vínculo de pareja, es posible proponer un cierto correlato entre estructura vincular y modalidad identificatoria predominante. En la estructura 1 o dual, un predominio de la identificación primaria, tendiente a anular la distinción yo-no yo. En la estructura 2 o terceridad limitada, alternarían como formas predominantes la identificación primaria y la identificación histérica en tríada, no triangular. En ambas estructuras, los mecanismos identificatorios son apropiaciones de rasgos del otro, que puede o no según sea la modalidad identificatoria, ser distinguido del yo. En la estructura 3, o terceridad ampliada, predominaría la identificación histérica de la triangularidad edípica. Esta identificación no ocurriría con el cónyuge, sino con quien ocupe en la fantasía, el lugar de rival frente a éste.
Por otra parte, el concepto de interfantasmatización, como coproducción original de un vínculo, aporta una dimensión de mayor novedad en los acuerdos inconscientes, que trasciende la repetición o la combinatoria de lo ya existente. Además, la actividad fantasmática inconsciente de la pareja o la familia, activa la producción de fantasías conscientes, un entrelazamiento de fantasías generador de un espacio, al modo del espacio transicional, apto para la creatividad. A. Ruffiot sostiene la idea del amor-creación. Dice: "¿De dónde viene que el vínculo amoroso comporta esta creatividad, ese carácter de novedad, esa vivencia de nuevo nacimiento?'. Propone explicar esa creatividad, en la pervivencia de lo originario (en el sentido de P. Aulagnier) durante toda la vida, en lo que denomina actividad pictográfica constante.
Adler Alfred
Médico y psicólogo austríaco (Viena 1870 - Aberdeen 1937).
Alumno de S. Freud desde 1902, participa en el primer congreso de psicoanálisis de Salzburgo (1908). Se separa rápidamente (1910) del movimiento psicoanalítico, pues no comparte la opinión de Freud sobre el rol de la pulsión sexual, y piensa que se puede dar cuenta de la vida psíquica del individuo a partir del sentimiento de inferioridad que resulta del estado de dependencia que cada uno experimenta en su infancia, así como de la inferioridad de los órganos. Según Adler, el sentimiento de inferioridad es compensado por una voluntad de poderío que empuja al niño a querer mostrarse superior a los otros. (Freud admite que el sentimiento de inferioridad es un síntoma frecuente, pero piensa que es una construcción que viene a encubrir los motivos inconcientes, que deben ser profundizados.) Adler funda su propio grupo y denomina a su teoría psicología individual. Sus principales obras son: El temperamento nervioso (1912), Teoría y práctica de la psicología individual, Psicología del niño difícil (1928), El sentido de la vida (1933).
Adler Alfred
(1870-1937) Médico austríaco, fundador de la escuela de psicología individual
El que fue el primer gran disidente de la historia del movimiento psicoanalítico nació en Rudolfsheim, en el suburbio cercano a Viena, el 7 de febrero de 1870. De hecho, nunca adhirió a las tesis de Sigmund Freud, de quien se separó en 1911 sin haber sido, a diferencia de Carl Gustav Jung, el discípulo predilecto. Catorce años menor que el maestro, no buscó reconocerlo como una autoridad paterna. Le atribuía más bien el lugar de un hermano mayor, y no mantuvo con él ninguna relación epistolar íntima. Los dos eran judíos y vieneses, y los dos provenían de familias de comerciantes que no habían conocido verdaderamente el éxito social. Alfred Adler concurrió al mismo Gymnasium que Freud, y realizó estudios médicos casi idénticos a los de este último. No obstante, como provenía de una comunidad del Burgenland, era húngaro, lo que lo convertía en súbdito de un país cuyo idioma no hablaba. Se hizo austríaco en 1911, y nunca tuvo la impresión de pertenecer a una minoría ni de ser víctima del antisemitismo.
Había sido el segundo de seis hermanos; era enfermizo, raquítico, y padecía crisis de ahogo. Además, tenía celos del hermano mayor, que se llamaba Sigmund, y estaba con él en rivalidad permanente, como más tarde con Freud. Protegido por el padre, rechazado por la madre y sufriendo por su lugar de hermano menor, siempre atribuyó más importancia a los vínculos de grupo y de fraternidad que a la relación entre padres e hijos. A sus ojos, la familia no era tanto el lugar de expresión de una situación edípica como un modelo de sociedad. De allí el interés que prestó al análisis marxista.
En 1897, se casó con Raisa Epstein, hija de un comerciante judío originario de Rusia. Ella pertenecía a los círculos de la intelligentsia y hacía alarde de opiniones de izquierda que la alejaban del modo de vida de la burguesía vienesa, para la cual la mujer tenía que ser en primer lugar madre y esposa. Por ella, Adler frecuentó a León Trotski (1879-1940) y, más tarde, en 1908, fue el terapeuta de Adolf Abramovich loffe (18831927), futuro colaborador de Trotski en el periódico Pravda.
En 1898 publicó su primera obra, Manual de higiene para la corporación de los sastres. Allí pintó un cuadro sombrío de la situación social y económica de ese oficio a fines de ese siglo: condiciones de vida deplorables, que entrañaban escoliosis y enfermedades diversas, ligadas al empleo de tinturas, los salarios de miseria, etcétera.
Como lo subraya el escritor Manès Sperber, su notable biógrafo y alguna vez discípulo, Adler nunca tuvo la misma concepción de su judeidad que Freud. Aunque no lo animaba, como a Karl Kraus y Otto Weininger, un sentimiento de "auto odio judío", prefirió escapar a su condición. En 1904 se convirtió al protestantismo con sus dos hijas. Este paso al cristianismo no le impidió seguir siendo toda su vida un librepensador, partidario del socialismo reformista. Observemos que no lo ligaba ningún vínculo de parentesco con Viktor Adler (1852-1918), fundador del Partido Socialdemócrata Austríaco.
En 1902, después de haber conocido a Freud, comenzó a frecuentar las reuniones de la Sociedad Psicológica de los Miércoles, donde trabó amistad con Wilhelm Stekel. Durante nueve años permaneció en el círculo freudiano, en el cual dedico su primera comunicación, del 7 de noviembre de 1906, a "Las bases orgánicas de las neurosis". Al año siguiente presentó un caso clínico; en 1908, una contribución a la cuestión de la paranoia, y, en 1909, otro aporte, "La unidad de las neurosis". En ese entonces comenzaron a ponerse de manifiesto divergencias fundamentales entre sus posiciones y las de Freud y sus partidarios. Se puede seguir la descripción de ellas en las Actas de la Sociedad, transcritas por Otto Rank y editadas por Hermann Nunberg.
En febrero de 1910, Adler dio una conferencia en la Sociedad sobre el hermafrotidismo psíquico. En ella subrayó que los neuróticos calificaban de "femenino" lo que era "inferior", y situó la predisposición a la neurosis en un sentimiento de inferioridad reprimido desde la primera relación del niño con la sexualidad. La aparición de la neurosis era a sus ojos la consecuencia de un fracaso de la "protesta masculina". Asimismo, las formaciones neuróticas derivaban de la lucha entre lo femenino y lo masculino.
Freud emprendió entonces una crítica del conjunto de las posiciones de Adler, reprochándole que siguiera apegado a un punto de vista biológico, que utilizara la diferencia de los sexos en un sentido estrictamente social y, finalmente, que valorizara en exceso la noción de inferioridad. Observemos que hoy en día se vuelve a encontrar la concepción adleriana de la diferencia de los sexos en los teóricos del género.
El 1 de febrero de 1911, Adler volvió a la carga con una comunicación sobre la protesta masculina, cuestionando las nociones freudianas de represión y libido, que él consideraba poco aptas para explicar la "psique desviada e irritada" del yo en los primeros años de la vida. De hecho, Adler estaba edificando una psicología del yo, de la relación social, de la adaptación, sin inconsciente ni determinación por la sexualidad. De tal modo se alejaba del sistema de pensamiento freudiano. Estaba basándose en las concepciones desarrolladas en su obra de 1907, Estudios sobre la inferioridad de los órganos.
La noción de órgano inferior existía ya en la historia de la medicina, donde numerosos clínicos habían subrayado que un órgano de menor resistencia corría siempre el riesgo de ser la sede de una infección. Adler trasponía esta concepción a la psicología, para hacer de la inferioridad de tal o cual órgano la causa de una neurosis transmisible por predisposición hereditaria. Era así como aparecían, según él, enfermedades del oído en familias de músicos, o enfermedades de los ojos en familias de pintores, etcétera.
La ruptura entre Freud y Adler fue de una violencia extrema, como lo atestiguan los juicios que emitieron, cada uno sobre el otro, treinta y cinco años más tarde. A un interlocutor norteamericano que lo interrogaba sobre Freud, Adler le afirmó en 1937 que ese hombre, de quien él no había "sido jamás discípulo, era un estafador astuto y maquinador". Por su lado, al enterarse de la muerte de su compatriota, Freud escribió las siguientes palabras terribles en una célebre carta a Arnold Zweig: "Para un muchacho judío de un suburbio vienés, una muerte en Aberdeen es una carrera poco habitual en sí misma, y una prueba de su ascenso. El mundo lo recompensó real y generosamente por el servicio que le prestó al oponerse al psicoanálisis." En "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico" (1914), narró de manera parcial esta ruptura. Los partidarios de Freud aplastaron a los adlerianos, y éstos diabolizaron a los freudianos. Hubo que esperar los trabajos de la historiografía experta, en especial los de Henri F. Ellenberger, y después los de Paul E. Stepansky, para poder hacerse una idea más exacta de la realidad de esa disidencia.
En 1911 Adler renunció a la Sociedad de los Miércoles, de la que era presidente desde 19 10, y abandonó la Zentralblatt für Psychoanalyse, que dirigía con Stekel. En 1912 publicó El carácter neurótico, donde expuso lo esencial de su doctrina y, un año más tarde, fundó la Asociación para una Psicología Individual con ex miembros del círculo freudiano, entre ellos Carl Furtmuller (1880-1951) y David Ernst Oppenheim (1881-1943).
Después de haber combatido en la Gran Guerra, Adler volvió a Viena, donde puso en práctica sus ideas, fundando instituciones médico-psicológicas. Reformista, condenó el bolcheviquismo, pero sin militar en favor de la socialdemocracia. En 1926 su movimiento adquirió una dimensión internacional, sobre todo en los Estados Unidos, único país donde tuvo una verdadera implantación. Adler comenzó entonces a viajar de manera regular a ese país, donde permanecía durante lapsos prolongados y daba conferencias.
En 1930 recibió el título de ciudadano de Viena, pero cuatro años más tarde, presintiendo que el nazismo iba a desencadenarse en toda Europa, pensó en emigrar a los Estados Unidos. Durante una gira de conferencias en Europa, mientras se encontraba en Aberdeen, en Escocia, se derrumbó en la calle, víctima de una crisis cardíaca. Murió en la ambulancia que lo llevaba al hospital, el 28 de mayo de 1937. Su cuerpo fue incinerado en el cementerio de Warriston, en Edimburgo, donde se celebró un servicio religioso.
|