Adolescente
(psicopatología del)
La conquista de la subjetivación se logra con la genitalización del Edipo. Si bien al final del Edipo infantil la pulsión puede investir de manera ambivalente un objeto que ya no es a la imagen de sí, separarse del objeto simbiótico y permitir la aparición de una distancia que posibilite la figuración del tercero, se sabe ahora que la estabilización de las instancias psíquicas sólo se produce al final del proceso puberal, el cual vuelve a poner en tela de juicio las adquisiciones anteriores.
Las vicisitudes de la subjetivación
Bajo la influencia de los anglosajones, la teorización de los procesos patógenos en la adolescencia ha puesto el acento en los vínculos entre los escollos de la segunda separación-individuación y la emergencia de los grandes síndromes específicos de este período de la vida. Esta perspectiva nos parece fecunda y, si bien nosotros a veces no nos atenemos a ella, sin duda subtiende nuestra reflexión.
La separación (de la madre física, pero también de las imágenes parentales interiorizadas) es una necesidad. Es la consecuencia de un mandato externo o interno destinado a la salvaguarda psíquica: es una separación que responde a la necesidad de sobrevivir, sea que se experimente como una exigencia íntima, o legitimada por la sustracción del objeto externo de apuntalamiento. Al respecto, el concepto de simbiosis originaria madre-infante no parece pertinente, pues connota un bienestar recíproco, una beatitud compartida que, a prior¡, no tienen ninguna razón de llevar en sí el determinismo de su acabamiento.
En este sentido seguimos a J. Laplanche, quien habla de una relación inicial que evoca más el parasitismo biológico que la simbiosis: la asimetría inicial garantizaría la separación ulterior, y ésta la emergencia del pensamiento, no del pensamiento como restitución del discurso del otro, sino como riesgo. Percepciones y experiencias serán entonces sometidas a la prueba de una necesidad de coherencia interna singular, como también a la prueba del juicio de la unidad y de la diferencia.
La estructura del Edipo y la primera separación que exige su constitución sientan por lo tanto las bases de la subjetivación. Pero a partir de allí puede desprenderse toda una concepción de la psicopatología que se organizaría en un sistematismo al menos problemático: todo lo que no llega a la estructura edípica llevaría en mayor o menor medida el sello del pathos; así, la diversidad de los obstáculos del desarrollo, asociados a los estadios pregenitales de la maduración pulsional, permitiría establecer una tipología en tomo de algunos grandes conceptos: psicosis, perversión, estado fronterizo, neurosis. Como el principio de repetición le garantiza al ser humano su placer y su supervivencia, no parecería que las cosas, puestas en estos términos, sean modificables en la pubertad, salvo que se las reformule en el lenguaje de la pulsión genital.
En este cuadro un poco simplista se perfila el sujeto ideal, vencedor de las pruebas de la neurosis infantil, ya aplacados sus deseos incestuosos y parricidas, que ha «ganado la herencia parental» y, en la asunción triunfante de su yo, parte de la búsqueda del Grial que está seguro de conquistar.
Ahora bien, ese sujeto es una visión ideal. Lo que constituye la subjetivación es la puesta en tensión permanente de la estructura edípica y sus residuos infantiles: en este sentido, se puede decir que la resolución del Edipo es utopía, y que, por el contrario, la insistencia de sus coacciones es lo que permite la investidura simultánea, en el continuo temporal del objeto otro y del objeto-yo, de la diferencia y de lo mismo. También en este sentido la subjetivación implica tomar en cuenta, en el funcionamiento psíquico singular, la permanencia de las cualidades de la relación con la estructura edípica y las formas que esa relación puede tomar bajo el impacto de los acontecimientos internos o externos.
Sea cual fuere el funcionamiento psíquico del sujeto, la estructura está allí, y es en la distancia al (re) conocimiento de la inscripción edípica donde se despliega la patología del adolescente.
De modo que la psicopatología aparece como un obstáculo de la figuración de la estructura.
La adolescencia nos permite ver bien la dificultad que existe para (re)conocer la estructura del Edipo, en el momento en que la sacudida pulsional pone a prueba la organización psíquica negociada desde la entrada en la latencia. (Re)conocer esta triangulación obliga a renunciar a varias cosas: a la posesión del progenitor heterosexual, a pesar de una potencia sexual ya adquirida; al fantasma de dominio del goce parental-, a los privilegios y prótesis de la infancia. Se pueden identificar tres tipos de funcionamiento: aquel en que el trabajo de la adolescencia permite esos renunciamientos, al precio de afectos depresivos transitorios, «happy end» que en suma no es más que una manera de vivir en paz con las ¡magos parentales y los deseos que ellas engendran; el funcionamiento en el que el joven púber, en una renegación de las metamorfosis que le impone su cuerpo, se aferra a su imagen infantil, de cuerpo no sexuado, objeto de los cuidados maternos a los cuales no puede renunciar y el funcionamiento en el que tiende a la posesión de un cuerpo en adelante potente, pero tratando de conservar los beneficios ligados a su estatuto de niño. En este último caso se verán sucederse transacciones diversas, estrategias a menudo muy refinadas, en las cuales el adolescente permanece al borde de la estructura edípica, esencialmente por temor a perder su sentimiento de continuidad y de existencia. No obstante, la calidad de las identificaciones primarias puede permitir un comercio con la estructura, así sea de un modo neurótico. En el caso anterior, al contrario, el adolescente no está en el límite de la estructura, sino al margen de ella. La presenta pero la reniega; la idea de una escena primitiva de la que estaría excluido es del orden de lo irrepresentable porque lo remite a un sentimiento de aniquilación.
La taxonomía clásica tiene poco interés en la adolescencia: se sale de un período en que la organización psíquica es precaria, para entrar en un tiempo de realización, normalmente estable, que será el de la madurez. Los grandes síndromes descritos por la nosología psiquiátrica no dan cuenta de la especificidad de la dinámica adolescente. No obstante, el síntoma, como expresión de la patología, constituye la teoría enigmática de la relación del sujeto con la estructura edípica.
Figuración del síntoma
Desde las figuras del discurso disponibles -geométrica, libre, narrativa, conceptual- a los movimientos que ellas engendran, desde el objeto al proceso, se desliza la intención de la representación en tanto soporte de la comunicación. La figura, sea cual fuere, es un código. Cuando el acto de creación ya no es la oportunidad de una comunicación, cuando ya no da forma a algo compartible, se convierte en síntoma. La diferencia entre un síntoma y una figura tiene por lo tanto que ver con la inteligibilidad de la producción. La cuestión del sentido del síntoma, a nuestro juicio se cierra sobre sí misma; el síntoma no es en esencia un decir, a menos que se lo considere un decir que logra tornar abstrusa la expresión del Sujeto.
Sin embargo la matriz que fabrica el síntoma es la misma que da cuerpo a la figura: el impulso continuo hacia el objeto de satisfacción. El sujeto no cesa de ser accionado por los contenidos de su inconsciente, contenidos arcaicos en los cuales encuentra su origen la necesidad de crear, y en tanto no se piensa a ese sujeto como capaz de un contacto directo y activo con su deseo, se trata menos de la diferencia entre figura y síntoma que del momento y las condiciones en los que bascula la puesta en sentido para el otro. No basta invocar la definición de un principio de inteligibilidad, conviene comprender también las causas de los obstáculos que se oponen a su puesta en obra,
El empleo del concepto de figura para dar cuenta de un momento psíquico exige algunos rodeos. Puesto que ocupa el territorio de la fenomenología, ¿es un modelo teórico de validez insospechable con respecto al psicoanálisis? Si se considera que puede traducir movimientos metapsicológicos, ¿no implica su uso el riesgo de quitarles relieve, de hacerles perder sustancia, a consecuencia de sus connotaciones visuales y representativas, en detrimento de otros contenidos? Si la figura es por definición, geométrica, estética, retórica, ¿puede ser también clínica y, en este caso, qué interés tiene para nuestros fines? Existe el riesgo de desestimar lo pulsional en beneficio de una teoría de la representación. También el peligro de caer en una conceptualización órgano-dinamista: hacer de lo inconsciente un depósito de imágenes, que estructuras más jerarquizadas harían accesibles bajo formas específicas. Ése no es nuestro punto de vista, y lo que intentamos cernir es el momento en que el sujeto puede apropiarse de su síntoma, es decir, admitir su existencia y su sentido. En otras palabras, intentamos comprender las condiciones en las cuales el yo no utiliza con pertinencia las herramientas de que dispone para mantener la homeostasis psíquica, y recurre al síntoma para crear lo esotérico, lo que se presenta como indecible: estas condiciones parecen aprehensibles en la declinación de la adolescencia.
El incesto, una representación mortífera
El concepto de adolescencia no admite una definición unívoca en las diferentes ramas de las ciencias humanas. Nuestro abordaje de la psicopatología adolescente se basa en el postulado de que la adolescencia es un trabajo de reorganización psíquica pospuberal, indispensable, que permite acceder a la castración genital y al goce, polos reguladores de la homeostasis psíquica. Freud ha puesto de manifiesto la naturaleza de este trabajo en Tres ensayos de teoría sexual, donde insiste en el valor reorganizador o desorganizador del embate pulsional y de las representaciones incestuosas y parricidas. Hacemos nuestro este postulado, que estará implícito en los desarrollos ulteriores, y no volveremos a mencionarlo en el marco de este trabajo. La adolescencia es un tiempo, una moratoria entre la infancia y la madurez, pero nuestra perspectiva excluye que su definición la reduzca a un espacio estatutario, y por lo tanto sociológico. Aunque puede haber varios lenguajes de la adolescencia, según los modos y las culturas, no hay más que un determinante y sólo uno de esas expresiones múltiples, a saber: el impacto del cambio puberal sobre el espacio de las representaciones psíquicas. Esto ha podido teorizarse como la puesta en tensión entre la identidad y la identificación, 0 incluso en términos de integración del cuerpo sexuado, y por cierto, como lo hemos dicho, en términos de separación-individuación. A pesar de la diversidad de los conceptos centrales propios de una teoría de la adolescencia, no es menos cierto que la única constante de esta última es una dialéctica entre las adquisiciones de la historia infantil y la extraña promesa que infiltra la transformación puberal. La ruptura de la continuidad del sentimiento de existencia es entonces un riesgo; la integración del cuerpo sexuado en un sistema de representaciones parentales diferenciadas no está «dada» como prima de la pubertad, sino que hay que conquistarla.
La psicopatología de la adolescencia sería entonces el espacio en el cual se constituirían todas las resistencias a una triangulación genitalizada. Lo que engendra tal movilización defensiva es esencialmente el impacto traumático de los fantasmas incestuosos y parricidas, en su versión puberal. La necesidad de desgastar o evitar esas representaciones es la razón inconsciente de la elección de estrategias psicopatológicas en el joven púber, estrategias que son otros tantos «ensayos y errores» para acceder a la genitalidad que pueden fracasar.
Parece natural que algunos hayan podido hacer de esta necesidad de renunciamiento a los padres incestuosos el equivalente de un trabajo de separación. No obstante, se trata menos de una separación que de la transformación de los lazos con los objetos parentales de la primera infancia.
El desenlace del trabajo de la adolescencia es la conquista de una identidad sexuada, consecuencia de un trabajo de liberación respecto de las imagos parentales infantilizadas, y de una aceptación de las experiencias de duda, de falta y de soledad. Con todo, esa liberación no puede ser absoluta, salvo como artificio intelectual. Las introyecciones e identificaciones infantiles son constitutivas, y la interiorización de objetos parentales tranquilizadores funda nuestro sentimiento de existir. La teoría de la separación como condición de la subjetivación debe por lo tanto ponderarse con el hecho verificado de que uno no se separa nunca completamente de aquello que se ha conocido, que perdura en nosotros en forma de huella, de sombra, de experiencia. Desde nuestro punto de vista, es la transformación de los lazos con las ¡magos parentales de la primera infancia, y no la separación respecto de éstas, lo que permite la individuación.
Estrategias para sobrevivir
En el umbral de la adolescencia, el modo de organización psíquica está bajo el signo de la represión de la satisfacción directa de la pulsión, por temor a las represalias, pero todas las lógicas de placer antes experimentadas y abandonadas, aunque no condenadas, pueden ser reinvestidas si la lógica genital que se impone con las modificaciones puberales no alcanza su realización (por razones con más frecuencia psíquicas que externas). En todos los casos, incluso los más normales, la adolescencia verá desarrollarse movimientos de ida y vuelta, transacciones entre los objetos de satisfacción de la primera infancia y el objeto complementario puberal, antes de que la elección se instaure definitivamente, con la consecuencia de un renunciamiento a las satisfacciones infantiles. No hay por lo tanto adolescencia sin una patología que llamaremos normal, que traduce la inseguridad, la incertidumbre de¡ cambio, lo experimentado como inquietante extrañeza en un cuerpo sexualmente maduro, la depresión ante la pérdida de los puntos de referencia infantiles. El deseo conflictivo de asumir el destino edípico, puesto que se conjuga con el temor de no sobrevivir a su realización, no puede dejar de provocar la emergencia sintomática, puesto que es, por definición, iniciático, y en consecuencia no figurable. De modo que todas las adolescencias están marcadas por indicios psicopatológicos, lo que no permite hacer de ellos signos de una inscripción en la enfermedad. Son la expresión de un trabajo psíquico, de un movimiento que es el de la figuración de la inscripción estructural. En esta época nada hay más sospechoso que el silencio.
Todas las adolescencias son trabajadas por la misma alternativa, a saber, la negociación de las investiduras libidinales y (o) narcisistas. Conquistar la identidad es investir el valor propio, y en tal sentido negar al otro en tanto que obstáculo a la propia definición. Sin embargo, acceder a una identidad sexual es investir al otro en su diferencia, es decir, reconocer en primer lugar la propia falta, la propia castración. Subsistirá la cuestión de saber lo que uno acuerda al objeto y lo que se acuerda a sí mismo, a su sentimiento de continuidad y de existencia. Se tratará, por lo tanto, de saber cuál es la investidura mínima de sí que hace posible la investidura del otro o, en otros términos, en qué momento la investidura del otro se vuelve amenazante para el sentimiento de existencia, en la medida en que puede entrañar una deprivación catastrófica de la investidura de la propia unidad. La finalidad es seguir sintiéndose existir, renunciando a la omnipotencia que nutría los sueños infantiles, en beneficio de una sujeción al principio de realidad, portador, también él, de satisfacciones posibles.
Si se admite que el otro es siempre el progenitor edípico, se trata de saber qué investidura mínima narcisista es necesaria para que el sujeto pueda contemporizar con sus anhelos incestuosos, sin angustia de aniquilación, en el momento en que el objeto complementario hace señal. Este interrogante está en el centro de la problemática de las fobias, tan frecuentes en la adolescencia.
No obstante, la situación no se te aparece explícitamente en estos términos al adolescente que busca sus soluciones sin haber comprendido necesariamente en qué consiste el problema, sin saber racionalmente qué es lo que lo preocupa, y contra qué prepara sus armas. Para él se trata de existir sin sufrir, sin renunciar a la omnipotencia imaginaria que aún lo habita. Ahora bien, «cuando seas grande» era una promesa, y la pubertad viene a significar que era un señuelo. Si, en tales condiciones, la inflación narcisista es una huida, puede ser también una salvaguarda. La exhibición, la bravura, la búsqueda de riesgos físicos, pero también ciertos modos de intelectualización, son sus formas más corrientes. Como el desmoronamiento narcisista es una amenaza constante mientras la elección de un objeto complementario no haya estabilizado la identidad sexuada y aportado la prueba de que el acto sexual no es peligroso, se comprende que se exploren todas las salidas potenciales antes de que se alcance una solución estable.
Algo de lo que está en juego
Una conducta eminentemente anormal puede no ser más que un fuego de artificio, la expresión de una transacción psíquica de muy corta duración, cuyo valor madurativo habrá sido ejemplar. A la inversa, algunos trastornos, que evolucionan con poco ruido, no son espectaculares y no inquietan a nadie, pueden revelarse a posteriori como las señales de llamada de una patología grave y de un sufrimiento difícil de soportar. Esto justifica por lo tanto una evaluación a prior¡ de los signos de fragilidad del adolescente, fragilidad a menudo negada, que le veda sin embargo inscribirse en el orden social y encontrar su lugar en él, «amar y trabajar». Esta evaluación depende de criterios refinados que no podríamos resumir en el espacio de este artículo, pero que podemos bosquejar en grandes líneas. No tiene un valor predictivo sistemático, pero no por ello es desdeñable.
La fragilidad de la investidura narcisista precoz
La adolescencia es una retroacción; si no repite lo que sucedió en la infancia, induce una reviviscencia de todas las experiencias traumáticas precoces. Todas las carencias afectivas, las insuficiencias de investidura del niño, eventualmente mudas en los primeros años, serán reactivadas por el impacto de la pubertad y el trabajo de la adolescencia. Así, un niño hiperkinético, cuya angustia se traduce en tentativas de dominar el objeto mediante la exploración incesante del ambiente, se revelara como un adolescente inestable, incapaz de enfrentar su mundo interno, y con tendencia a privilegiar las soluciones actuadas, en desmedro de las soluciones pensadas. Un niño investido por los padres como un objeto narcisista en detrimento de su identidad sexuada, podrá en la adolescencia sentirse vacío por la ausencia de los progenitores, y buscar soportes narcisistas artificiales. Esto sin embargo no es generalizable, pues, por una parte, no hay continuidad entre las expresiones de la psicopatología del niño y las del adolescente, y por otra porque la predicción de los trastornos en la adolescencia no debe subestimar el valor reasegurador de os objetos externos. El objeto de apuntalamiento parental (o su sustituto) es una necesidad el la adolescencia: un objeto en el cual sea pos¡ )le apoyarse, objeto refugio, objeto al que se puede agredir y que no obstante da testimonio de no haber sido destruido. En tal sentido, toda autonomía acordada al adolescente demasiado precozmente es una violencia ejercida sobre su vida psíquica, puesto que niega la necesidad vital que él tiene de un marco objeta] protético. También en este sentido, la fragilidad parental (el problema de las depresiones en los adultos, pero asimismo el de su indisponibilidad para el joven) puede inducir en el adolescente una pérdida narcisista y la búsqueda de objetos sustitutos capaces de procurarle artificialmente un sentimiento de seguridad. La psicopatología de la adolescencia no carece por lo tanto de vínculos con la historia infantil.
La violencia de las representaciones incestuosas
Desde el comienzo de la adolescencia, todas las representaciones del joven están coloreadas por una tonalidad sexual. Pero para captar el impacto patologizante de ese estado, en suma normal, es necesario apreciar la naturaleza del comercio íntimo que el adolescente mantiene con sus fantasmas.
La libertad que un adolescente puede lograr ante un fantasma de seducción parental no deja de estar vinculada a la capacidad de los progenitores para distanciarse de sus propios deseos incestuosos, reactivos por su relación con los hijos. Esto, en el plano racional, no plantea problemas. La prohibición del incesto es garantía de buena salud en la mayor parte de las constelaciones familiares. Sin embargo, el incesto se consuma de manera sutil: con la prohibición de entablar relaciones no admitidas por la familia (por ejemplo, de elegir un compañero o una compañera que no sea del mismo grupo étnico o religioso), con la imposición de una carrera profesional que somete al adolescente al deseo del progenitor edípico, etcétera; todas estas maniobras crean un lazo de proximidad fantasmática entre el adolescente y el progenitor; de modo que el primero puede, lógicamente, denegar [dénier] sus propios deseos de seducción edípica, para afirmar que su padre o su madre son seductores, y confortarse con la idea de que, sea lo que fuere lo que él haga o piense, su cuerpo les pertenecerá siempre a ellos. Es en este espacio donde eclosiona la psicosis de la adolescencia, locura de la que participa el progenitor edípico, nunca sin saberlo si se interroga su propia teorización del Edipo; locura que se juega entre dos actores, ante los ojos de un tercero cómplice, que sin embargo se retira.
Las transacciones narcisistas y libidinales
La originalidad de la organización psíquica del adolescente no sólo tiene que ver con su precariedad, sino también con la variabilidad y la labilidad de los mecanismos de defensa que él utiliza. La investidura del yo es perturbada por el empuje de las representaciones incestuosas y parricidas. El sentimiento de existencia, el sentido de la existencia, quedan fuertemente comprometidos. El adolescente tiene entonces como recurso negar que la genitalización del incesto refuerza la irreversibilidad de su sexuación (éste es el caso de las anorexias, de ciertas toxicomanías, en las que todo ocurre como si el cuerpo debiera seguir siendo infantil), o bien hipostasiar la investidura de su propio cuerpo como símbolo único de su subjetividad (es el caso de los « arriesga- todo »: moto, montaña, velocidad, etcétera; el agotamiento, o la experiencia del límite, dan por un lado testimonio de potencia, y por otro reaseguran sobre el dominio de esa potencia, que de otro modo resulta más peligrosa por cuanto está infiltrada de sus representaciones sexuales). Entre estas dos estrategias, son posibles todas las combinaciones. El riesgo de una evolución realmente patológica depende de dos factores: la naturaleza del vínculo que el adolescente conserva con la realidad objetiva (la importancia de la renegación, de los razonamientos paralógicos, decide aquí un pronóstico a menudo inquietante) y la cualidad de las defensas contra la angustia.
Para concluir
Captado en la inminencia de su surgimiento (lapsus) o en el despliegue de una historia singular (delirio, por ejemplo) y tomado como tal, el síntoma es una lengua indescifrable. Para obtener valor debe ser referido a los elementos de un código. Si bien signa un momento dialéctico único del funcionamiento del sujeto, es como una puntuación insensata que hubiera perdido el texto que escande.
El síntoma es ruptura, división, no-homogeneidad, y se inscribe en contrapunto con lo que evoca la idea de integración. La salud es silenciosa; el síntoma habla, revela la crisis, el compromiso, la negociación entre fuerzas o partes, discretas o vehementes, que el inconsciente rige a su modo. Aparecen aquí connotaciones dinámicas: el síntoma es transacción de instancias, yo / ello, yo / realidad, yo / ideal del yo. Es una manifestación de la economía interna del sujeto. El compromiso es puntual, duradero, frágil, resistente, lábil, enquistado, breve, aparece siempre como un cuerpo indeseable en la historia del sujeto. El hecho de decir que el delirio es una tentativa de reconstrucción del sujeto psicótico no cambia en nada el carácter no sólo peyorativo sino también indescifrable que lleva en sí el síntoma-delirio: vieja herencia de la nosología psiquiátrica en la cual el sujeto se disuelve detrás de los signos, pues el código busca en este caso su piedra de Rosetta.
Pues si el síntoma habla, no le dice nada a nadie que no sea él mismo; no comunica, no se comparte como sistema colectivo de expresión.
Para hacerlo, es necesario que acceda a la figurabilidad, que se ponga en sentido, que pierda su singularidad económica para abrirse a una economía general de la teoría. Esto no es propio del adolescente; lo que sí lo es, en cambio, es la dificultad que tiene el aparato psíquico, sumergido por la violencia de las nuevas representaciones, para inscribirlas en el orden de lo común y de lo compartible, y otorgarles una virtud a la vez universal y trivial.
Afánisis
(del griego aphanisis: invisibilidad, desaparición; fr. e ingl.: aphanisis). Abolición total y permanente de la capacidad de gozar, cuyo temor, según E. dones, se encontraría en la base de todas las neurosis; desaparición del sujeto mismo, en su relación con los significantes, según Lacan.
La elaboración del concepto de afanisis remite a la historia de las teorías psicoanalíticas referidas a la diferencia de los sexos así como a la cuestión de la femineidad. Freud, efectivamente, había afirmado que, aun antes de la pubertad, la sexualidad no estaba constituida solamente por pulsiones parciales pregenitales (orales, anales, etc.), sino que conocía cierta «organización» que tenía por particularidad que, para los dos sexos, «un solo órgano sexual, el órgano masculino, desempeña un papel». Esta «primacía del falo» no define solamente un estadio fálico: orienta la cuestión de la sexualidad para los dos sexos y, en particular, le da una importancia decisiva al complejo de castración tanto para un sexo como para el otro. Es cierto que Freud distingue la manera en que ese complejo funciona en el varón y en la niña. En el primero, se presenta sobre todo en su vertiente de angustia: el niño teme perder su pene si mantiene su deseo edípico. En la niña, en cambio, se presenta más bien como reivindicación, como envidia del pene, envidia de un pene del que se siente privada. Pero se ve que esta distinción no impide que tanto para los hombres como para las mujeres el deseo esté reglado por la castración.
La introducción por E. dones del concepto de afanisis (cf. en especial «El desarrollo precoz de la sexualidad femenina», en Teoría y practica del psicoanálisis) constituye una tentativa de pensar de otra manera la diferencia entre hombre y mujer. Según dones, hay un temor más fundamental que el miedo a la castración. Es el temor a la afanisis, el miedo de «la abolición total, y por lo tanto permanente, de la capacidad (y de la posibilidad) de gozar», que él define a veces igualmente, aunque menos a menudo, como el temor de perder todo deseo. La afanisis, dice Jones, corresponde a la intención de los adultos respecto de los niños: «ninguna satisfacción sexual debe serle permitida a los niños». No obstante, reconoce que este temor no aparece generalmente bajo esta forma en la experiencia. Más a menudo toma, en el hombre, la forma de la angustia de castración. En la mujer, aparece más bien bajo la forma del miedo a la separación del ser amado.
Hay ahí una tentativa de relativizar el lugar de la cuestión del falo y de la castración en las mujeres. Se puede apuntar que se acompaña de una descripción de la evolución de la libido en la niña que concede un lugar importante primero al estadio oral, orientado hacia la succión, luego al estadio anal, siendo el ano confundido al principio con la vagina. Se han podido destacar en tales concepciones los elementos de una teoría «concéntrica» de la sexualidad femenina, que se opondría al «falocentrismo» freudiano (Michèle Montrelay, «Recherches sur la féminité», en L'ombre et le nom, Editions de Minuit, 1977).
Jacques Lacan ha discutido varias veces la teoría de la afanisis tal como se presenta en Jones. Según Lacan, «porque puede haber castración, porque existe el juego de los significantes implicados en la castración (...) el sujeto puede tener temor (...) de la desaparición posible futura de su deseo». De hecho -muestra-, el temor de la pérdida del deseo remite a la castración, pero a una castración insuficientemente articulada. Si el sujeto se situara mejor con respecto a lo que para él constituye ley, temería menos perder su deseo; por otra parte, este temor caracteriza a la posición neurótica (J. Lacan, Seminario VI, «El deseo y su interpretación», inédito [resumen editado parcialmente en Las formaciones del inconsciente, seguido de «El deseo y su interpretación», Buenos Aires: Nueva Visión, 1970, versión tomada del Bulletin de Psychologie]). Es interesante notar que Lacan retomará, especialmente en el Seminario M («Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis»), este término afanisis en una acepción totalmente diferente, una acepción estructural, vinculada a la relación del sujeto con los significantes. Sabemos, en efecto, que, para Lacan, el sujeto puede encontrarse representado, en tal o cual momento, por algún significante bajo el cual se inscribe. Pero esta representación siempre se hace en relación con otros significantes, o al menos, con otro que se opone, que lo acompaña o que lo sigue. De ahí que este segundo significante venga a decepcionar la esperanza del sujeto de tener por fin acceso a un término que significara su ser. En esta pérdida ligada a la existencia del significante «binario» es donde Lacan situará finalmente lo que produce la afanisis.
Afánisis
Al.: Aphanisis. -
Fr.: aphanisis. -
Ing.: aphanisis. -
It.: afanisi. -
Por.: afánise.
Palabra introducida por E. Jones: desaparición del deseo sexual. Según este autor, la afánisis sería, en ambos sexos, objeto de un miedo aún más fundamental que el miedo a la castración.
Jones introdujo la palabra griega ajauisiz (acto de hacer desaparecer, desaparición) en relación con el problema del complejo de castración. Según él, incluso en el hombre, la abolición de la sexualidad y la castración no son conceptos superponibles (por ejemplo, «[...] muchos hombres desean ser castrados por razones, entre otras, de tipo erótico, de tal forma que su sexualidad no desaparece ciertamente con la pérdida del pene»); si ambos conceptos parecen confundirse, ello es debido a que el miedo a la castración es la forma en que se presenta concretamente (junto con las ideas de muerte) la idea más general de la afánisis.
En la mujer, el miedo a la afánisis puede detectarse en el miedo a la separación del objeto amado.
Jones introdujo el concepto de afánisis en el marco de sus investigaciones acerca de la sexualidad femenina. Así como Freud centraba la evolución sexual de la niña, al igual que la del niño, sobre el complejo de castración y la primacía del falo, Jones intenta describir la evolución de la niña en forma más específica, haciendo recaer el acento en una sexualidad que, desde un principio, tiene sus metas y su actividad propias.
El común denominador de la sexualidad de la niña y del niño debería buscarse más acá del complejo de castración, en la afánisis.
Afánisis
En sus artículos «El desarrollo precoz de la sexualidad femenina» (1927) y «El miedo, la culpabilidad y el odio» (1929) reproducidos en Papers on Psycho-Analysis, Ernest Jones considera que el miedo a la castración, específico del hombre, tiene como equivalente en la mujer el miedo a la separación o al abandono. Se trataría de manifestaciones diferentes de una angustia primaria común a los dos sexos: el miedo a la afánisis (desaparición), abolición de la capacidad de experimentar un placer sexual o incluso de la posibilidad de obtener esa satisfacción. Esta amenaza de una extinción de la sexualidad llevaría a tener que renunciar al objeto deseado, o bien al propio sexo. Pero a los efectos de la privación se sumarían los de la inhibición cuando el miedo a desear conduce a una especie de afánisis artificial.
Lacan ha visto en esto un «paso en falso» de Jones, quien habría desestimado la primacía de la castración, e imaginado ese miedo a ver extinguirse el deseo. También ha propuesto situar la afánisis en un nivel más radical, el de un movimiento de fading, de desvanecimiento, de eclipse del sujeto: «Sólo hay surgimiento del sujeto en el nivel del sentido por su afánisis en el lugar Otro, que es el del inconsciente» (1964, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis). En otras palabras, toda vez que el sujeto está identificado con un significante, desaparece en el inconsciente; su alienación consiste en esa división en la que se pone en juego su pérdida y en la que no aparece en un lado sino por borrarse en el otro.
Afánisis
Francés: Aphanisis.
Inglés: Aphanisis.
Término derivado del griego (aphanisis: hacer desaparecer), introducido por Ernest Jones en 1927 para designar la desaparición del deseo y el temor a esa desaparición, tanto en el hombre como en la mujer.
En su artículo de 1927 sobre la sexualidad femenina presentado en el Congreso de la International Psychoanalytical Association (IPA), "La fase precoz del desarrollo de la sexualidad femenina", Ernest Jones explicó que el miedo a la castración en el hombre toma en la mujer la forma de un miedo a la separación o el abandono. Llamó entonces afánisis a lo que tienen en común los dos sexos en cuanto a este miedo fundamental, que según él deriva de una angustia ligada a la abolición del deseo o de la capacidad de desear.
En 1963, Jacques Lacan criticó esta concepción, para situar la abolición del lado de un desvanecimiento (o fading) del sujeto.
Afecto
s. m. (fr. affect; ingl. affect; al. Affekt). Expresión emocional, eventualmente reprimida [réprimée] o desplazada, de los conflictos constitutivos del sujeto.
Esta presentación descriptiva muestra la intricación obligada de los conceptos de afecto, de pulsión y de angustia. La noción de afecto es contemporánea del nacimiento mismo del psicoanálisis, puesto que S. Freud construye su primera clasificación de las neurosis según el modo en que un sujeto se comporta con relación a sus afectos. En 1894 le escribe a W. Fliess (Los orígenes del psicoanálisis): «Tengo ahora una visión de conjunto y una concepción general de las neurosis. Conozco tres mecanismos: la conversión de los afectos (histeria de conversión); el desplazamiento del afecto (obsesiones), la trasformación del afecto (neurosis de angustia, melancolía)». En esta primera demarcación se comprueba que, para Freud, la pulsión sexual se manifiesta por medio de un afecto: la angustia. Esta angustia se trasforma entonces de tres maneras: en un síntoma histérico (parálisis, vértigos) vivido sin angustia pero como algo de alcance orgánico; desplazándose sobre otro objeto (temor obsesivo a la muerte de una persona amada); convirtiéndose en una reacción corporal inmediata y catastrófica (crisis de angustia, pesadillas). Esta primera descripción clínica es contemporánea de la histeria y la conducción de su cura. Desde 1894, en Estudios sobre la histeria, la cura se hace sea por la hipnosis, sea por la palabra (la «talking cure», así denominada por la paciente Anna O.), y a través de la abreacción o del retorno de lo reprimido, consistente en volver a traer a la conciencia las huellas mnémicas, los recuerdos y los afectos demasiado violentos o condenables para obtener el levantamiento del síntoma histérico.
Todos estos conceptos son retomados por Freud en 1915, en Trabajos sobre metapsicología. Así, en su artículo sobre Lo inconciente (1915), define el afecto de esta manera: «Los afectos y los sentimientos corresponden a procesos de descarga cuyas manifestaciones finales son percibidas como sensaciones». Además, hace responsable a la represión de «inhibir la trasformación de una moción pulsional en afecto», dejando así al sujeto prisionero de estos elementos patológicos inconcientes. Si el abordaje intuitivo del afecto describe el estado actual de nuestros sentimientos, Freud expone también su concepto de pulsión por el mismo medio, puesto que dice «si la pulsión no apareciese bajo su forma de afecto, no podríamos saber nada de ella».
Esta es la segunda dimensión del afecto en su aspecto cuantitativo. En efecto, a través del factor cuantitativo de este afecto reprimido [refoulé], Freud da cuenta del destino de nuestras pulsiones, y dice que ese destino es de tres tipos: que el afecto subsista tal cual; que sufra una trasformación en un quantum de afecto cualitativamente diferente, en particular en angustia; o que el afecto sea reprimido, es decir, que su desarrollo sea francamente impedido. Freud reconoce que una pulsión no puede devenir objeto de la conciencia. Lo que nos da una idea de los avatares de esa pulsión es la representación, que sí es conciente. De la misma manera, el destino de nuestros investimientos pulsionales no podría sernos totalmente inconciente, puesto que la pulsión es satisfecha, o parcialmente satisfecha, con las manifestaciones afectivas que esto acarrea. En lo que concierne al afecto, el aporte de J. Lacan consiste principalmente en haber explicado de manera más precisa la constitución del deseo de un sujeto. Para él, «el afecto que nos solicita consiste siempre en hacer surgir lo que el deseo de un sujeto comporta como consecuencia universal, es decir, la angustia» (Lección del 14 de noviembre de 1962). Para Lacan, que el afecto sea una manifestación pulsional no implica que sea el ser dado en su inmediatez, ni tampoco que sea el sujeto en forma bruta. Al afecto siempre lo encontramos convertido, desplazado, invertido, metabolizado, incluso desquiciado. Siempre está a la deriva. Como la pulsión, no está reprimido, pero como en la pulsión, los que están reprimidos del afecto, dice Lacan, son «los significantes que lo amarran» (ibid.). Para él, el afecto siempre está ligado a lo que nos constituye como sujetos deseantes, en nuestra relación con el otro, nuestro semejante; con el Otro, como lugar del significante y, por eso, de la representación; y con el objeto causa de nuestro deseo, el objeto a.
La neurosis traumática puede ayudarnos a ilustrarlo. En esta neurosis, lo que es reprimido y trasformado en angustia es un afecto que se ha producido para un sujeto cuando este ha sido confrontado, en la realidad, con la inminencia de su muerte. La gravedad de esta neurosis es tanto más patente cuanto más importante ha sido el quantum de afecto reprimido. En esta neurosis se ha actualizado un traumatismo cuyo prototipo arcaico es el del nacimiento. Este trauma pone en cuestión la existencia misma del sujeto, como en los primeros tiempos de la radical dependencia de la madre. La madre, ese objeto primordial cuya presencia y ausencia engendra en el niño todos los afectos, de la satisfacción a la angustia. La madre, dispensadora sin saberlo de la inscripción próxima y de su relación con la necesidad, la demanda y el deseo. Somos, en lo que nos afecta, en tanto sujetos, siempre totalmente dependientes de ese deseo que nos liga con el Otro y que nos obliga a no ser más que en ese objeto siempre desconocido y faltante.
Afecto
Al.: Affekt. -
Ing.: affect. -
It.: affetto. -
Por.: afeto.
Palabra tomada por el psicoanálisis de la terminología psicológica alemana y que designa todo estado afectivo, penoso o agradable, vago o preciso, ya se presente en forma de una descarga masiva, ya como una tonalidad general. Según Freud, toda pulsión se manifiesta en los dos registros del afecto y de la representación. El afecto es la expresión cualitativa de la cantidad de energía pulsional y de sus variaciones.
El concepto de afecto adquiere gran importancia desde los primeros trabajos de Breuer y Freud (Estudios sobre la histeria [Studien über Hysterie, 1895]) acerca de la psicoterapia de la histeria y el descubrimiento del valor terapéutico de la abreacción. El origen del síntoma histérico se busca en un acontecimiento traumático que no ha encontrado una descarga adecuada (afecto arrinconado).
La rememoración sólo resulta terapéuticamente eficaz si el recuerdo del acontecimiento implica la reviviscencia del afecto que estuvo ligado a aquél en su origen.
Del estudio de la histeria se deduce, por consiguiente, según Freud, que el afecto no se halla necesariamente ligado a la representación; su separación (afecto sin representación, representación sin afecto) permite que cada uno de ellos siga un diferente destino. Freud señala distintas posibilidades de transformación del afecto: «Conozco tres mecanismos: 1.°, el de la conversión de los afectos (histeria de conversión); 2.°, el del desplazamiento del afecto (obsesiones), y 3.°, el de la transformación del afecto (neurosis de angustia, melancolía)».
A partir de este período, el concepto de afecto se utiliza desde dos puntos de vista: puede tener un valor puramente descriptivo, designando la resonancia emocional de una experiencia por lo general intensa. Pero, con mayor frecuencia, tal concepto implica una teoría cuantitativa de las catexis, que es la única capaz de explicar la autonomía del afecto en relación con sus diversas manifestaciones.
El problema fue sistemáticamente tratado por Freud en sus trabajos metapsicológicos (La represión [Die Verdrängung, 1915]; El inconsciente [Das Unbewusste, 1915]). En ellos, el afecto se define como la traducción subjetiva de la cantidad de energía pulsional. Freud distingue aquí claramente el aspecto subjetivo del afecto y los procesos energéticos que lo condicionan. Se observará que, junto al término «afecto», utiliza el de «quantum de afecto» (Affektbetrg), queriendo designar por él el aspecto propiamente económico: el quanturu de afecto «[...] corresponde a la pulsión en la medida en que éste se ha desprendido de la representación y encuentra una expresión adecuada a su cantidad en procesos que percibimos como afectos».
Resulta difícil comprender que la palabra afecto tenga sentido sin una referencia a la conciencia de sí mismo; Freud plantea la pregunta: ¿Es lícito hablar de afecto inconsciente?. Rehusa establecer un paralelismo entre el afecto llamado «inconsciente» (sentimiento de culpa inconsciente, por ejemplo) y las representaciones inconscientes. Entre la representación inconsciente y el sentimiento inconsciente existe una notable diferencia: «La representación inconsciente, una vez reprimida, permanece en el sistema Ics como una formación real, mientras que el afecto inconsciente sólo corresponde allí a un rudimento que no ha podido llegar a desarrollarse» (véase: Represión, Supresión).
Señalemos, en fin, que Freud formuló una hipótesis genética destinada a explicar el aspecto vívido del afecto. Los afectos serían «reproducciones de acontecimientos antiguos de importancia vital y eventualmente preindividuales», comparables a los «[...] ataques histéricos, universales, típicos e innatos».
Afecto
El desarrollo de concepto de afecto ilustra la fidelidad de Freud al programa enunciado, desde 1905, en El chiste y su relación con lo inconsciente, de «tratar el concepto de energía a la manera de los filósofos».
Veinte años más tarde (1927), aplicando una hipótesis de trabajo de ese tipo al afecto de la angustia, Inhibición, síntoma y angustia, lo inscribe en la «perspectiva económica» de los procesos; el «quántum de afecto», relacionado con la situación arcaica de la urgencia vital, es objeto de una «inferencia» característica, ajuicio de Freud, de la «manera de los filósofos».
Se sucedieron tres etapas:
-en los términos de la cura catártica, la génesis de afecto histérico es relacionada con el acontecimiento externo de la seducción;
-cuando la realidad de la escena traumática es desplazada por la evidencia del fantasma del deseo (fantasma de una seducción irreal), el afecto y sus vicisitudes van a relacionarse con la energía interior de la que procede ese deseo, a saber, la pulsión;
-con la segunda tópica y la restitución de su papel al yo, se produce una renovación; el yo queda a cargo de declarar el alerta a la personalídad ante la inminencia de una sumersión por un exceso de excitación pulsional.
El problema consiste entonces en interrogarse sobre la dependencia de esta concepción del afecto respecto de una representación cuantitativa de la energía.
Una primera delimitación del concepto de afecto en la psicología tradicional permitirá precisar en primer término la fuente de la elaboración que conducirá de la cura catártica al psicoanálisis. «Cada afecto -escribió Wundt comienza con un sentimiento inicial (Anfangsgefühl) más o menos intenso, característico, por su calidad y su dirección, de la producción del afecto; [ese sentimiento] se origina en una representación provocada por una impresión exterior, o bien en un proceso psíquico que sobreviene en virtud de condiciones asociativas o aperceptivas. Sigue entonces un proceso representativo acompañado de un sentimiento correspondiente, que aparece como característico de cada uno de los afectos particulares, en razón de la calidad del sentimiento y de la velocidad del proceso. Finalmente, el afecto concluye con el acompañamiento de un sentimiento de terminación, que al cabo de este proceso conduce a una situación de reposo, en la cual el afecto se eclipsa.»
Consideremos ahora la «Comunicación preliminar» de Freud y Breuer (1982). «El empalidecimiento de un recuerdo, o la pérdida de afectividad que sufre, depende de varios factores. En primer lugar, importa saber si el acontecimiento desencadenante ha provocado o no una reacción enérgica. Al hablar aquí de reacción pensamos en toda la serie de reflejos voluntarios o involuntarios en virtud de los cuales, como lo muestra la experiencia, hay descarga de afectos, desde las lágrimas hasta el acto de venganza. En el caso de que esta reacción tenga lugar en grado suficiente, una gran parte del afecto desaparece: a este hecho de observación cotidiana lo denominamos "aliviarse llorando", "descargar cólera", etcétera. Cuando esta reacción se encuentra obstaculizada, el afecto sigue ligado al recuerdo. Uno no recuerda de la misma manera una ofensa vengada -aunque sea con palabras- y una ofensa que se vio obligado a aceptar.»
Si bien esta presentación marca un primer progreso en la tradición representada por Wundt (en la medida en que destaca la función de la descarga), dos años más tarde se enriquecerá con una dimension nueva, y ello gracias al aporte de Freud.
«En oposición con la concepción de Janet, que me parece expuesta a las objeciones más diversas -se leerá en 1894 en "Las neuropsicosis de defensa"-, se encuentra la que Josef Breuer ha presentado en nuestra "Comunicación". Según Breuer, "el fundamento y la condición" de la histeria es el advenimiento de estados particulares de conciencia, de tipo oniroide, con limitación de la capacidad de asociación; Breuer propone denominarlos "estados hipnoides", La escisión de la conciencia es en tal caso secundaria, adquirida; se produce por el hecho de que las representaciones que emergen en los estados hipnoides se hallan excluidas de la comunicación asociativa con el restante contenido de la conciencia.»
«Yo puedo ahora demostrar la existencia de otras dos formas extremas de histeria, en las cuales es imposible considerar la escisión de la conciencia como primaria, en el sentido de Janet. En la primera de estas formas he podido mostrar de manera reiterada que la escisión del contenido de la conciencia es la consecuencia de un acto de voluntad del enfermo, es decir que resulta de un esfuerzo de voluntad cuyo motivo es posible indicar. Naturalmente, no estoy afirmando que el enfermo tenga la intención de provocar una escisión de su conciencia; la intención del enfermo es diferente, pero no alcanza su objetivo y produce una escisión de la conciencia.»
«En la tercera forma de histeria, cuya existencia hemos dado a conocer mediante el análisis psíquico de pacientes inteligentes, el papel de la escisión de la conciencia es mínimo, o quizá totalmente nulo. Se trata de casos en los cuales la reacción a la excitación traumática sencillamente no se ha producido, y que por lo tanto pueden también liquidarse y curarse mediante "abreacción": son las histerias de retención puras.»
Disociación de la representación y el afecto
Desde entonces, el análisis consistirá en investigar de qué modo el afecto se separa de la representación: «el yo que se defiende se propone tratar a la representación inconciliable como "no llegada", pero esta tarea es insoluble de manera directa; tanto la huella mnémica como el afecto ligado a la representación están allí de una vez por todas y ya no es posible borrarlos. Pero se tiene el equivalente de una solución aproximada si se consigue transformar esa representación fuerte en representación débil, despojarla del afecto, de la suma de excitación con la que está cargada. La representación débil ya no emitirá entonces pretensiones de participar en el trabajo asociativo. No obstante, la suma de excitación separada de ella debe ser conducida hacia otra utilización. Las formas de las diferentes neurosis podrían así deducirse de las distintas modalidades de tal utilización».
En cuanto a la fuente del afecto penoso, parece ser de naturaleza sexual, tanto en la obsesión como en la histeria: «En todos los casos que yo he analizado, es la vida sexual la que había producido un afecto penoso, exactamente de la misma naturaleza que el ligado a la representación obsesiva. En teoría no se excluye que este afecto nazca en ocasiones en otro dominio; tan sólo puedo declarar que hasta ahora no he podido verificar otro origen. Por otra parte, es fácil comprender que sea precisamente la vida sexual la que genera las ocasiones más ricas para que emerjan representaciones inconciliables».
En fin, concluye Freud, «querría, para terminar, mencionar en pocas palabras la representación auxiliar de la que me he servido para esta presentación de las neurosis de defensa. Hela aquí: hay que distinguir, en las funciones psíquicas, algo (quántum de afecto, suma de excitación) que tiene todas las características de una cantidad -aunque no tengamos ningún medio para medirla-, algo capaz de aumentar, disminuir, desplazarse y descargarse, y que se extiende por las huellas mnémicas de las representaciones como lo haría una carga eléctrica por la superficie de los cuerpos».
«Se puede utilizar esta hipótesis, que por otra parte se encuentra ya en el fundamento de nuestra teoría de la "abreacción" ("Comunicación preliminar", 1893), en el mismo sentido con que los físicos postulan la hipótesis de una corriente de fluido eléctrico. Esta hipótesis queda provisionalmente justificada por su utilidad para concebir y explicar una gran variedad de estados psíquicos.»
Posición de Breuer
La comparación de este texto freudiano de 1894 con las consideraciones desarrolladas por Breuer en el comentario teórico de los Estudios sobre la histeria (1895) indica bien en qué punto se basará el diferendo.
En lo concerniente a la defensa, Breuer limitaba el alcance de las observaciones freudianas:
«¿Qué forma toma entonces esa exclusión de la asociación de ciertas representaciones cargadas de afecto? Nuestras observaciones nos han hecho conocer dos. La primera es la "defensa", la sofocación voluntaria de representaciones penosas que amenazan la alegría de vivir o el amor propio del individuo. Freud, en "Las neuropsicosis de defensa" y en los historiales clínicos expuestos más arriba, ha hablado de ese proceso, sin duda muy importante desde el punto de vista patológico. Cuesta comprender de qué modo una representación puede ser voluntariamente expulsada de la conciencia; conocemos bien el proceso positivo correspondiente -la concentración de la atención sobre una representación-, pero nos resulta imposible decir cómo se efectúa. Así, las representaciones de las que se extraña lo consciente, en las cuales no se piensa, escapan al desgaste y conservan intacta su carga afectiva. Además hemos descubierto otro tipo de representaciones que evitan el desgaste resultante del pensamiento, y ello no porque el sujeto no quiera recordarlas, sino porque no puede. Ello se debe a que surgieron originariamente acompañadas por afectos, en ciertas circunstancias del estado de vigilia por las cuales fueron sometidas a la amnesia, es decir, surgieron en estados hipnóticos o emparentados con la hipnosis. Estos estados parecen tener la mayor importancia para el conocimiento de la histeria y merecen ser estudiados más minuciosamente».
En lo que concierne al otro rasgo, a la hipótesis auxiliar formulada por Freud respecto del factor «cuantitativo» de la neurosis, Breuer le otorga una significación fisiológica. «Es una perturbación del equilibrio dinámico del sistema nervioso, la distribución desigual de una excitación acrecentada, que constituye el lado psíquico del afecto.»
Breuer introduce así en el análisis la consideración de la «excitación endocerebral tónica» y del «tétanos intercelular de Exner», de los que depende «la distribución desigual de la energía». Evoca la idea freudiana de la tendencia a mantener constante la excitación intracerebral. Después distingue entre excitaciones y sobrexcitaciones. «Una conversación interesante, el té, el café, estimulan; una disputa, una cantidad grande del alcohol, sobreexcitan. Las excitaciones sexuales, el afecto sexual, constituyen la transición desde un aumento de las emociones endógenas hasta los afectos psíquicos propiamente dichos... En el curso del desarrollo, normalmente debe establecerse un vínculo entre esta excitación endógena debida al funcionamiento de las glándulas sexuales, y la representación de las percepciones del sexo opuesto.»
No obstante, subsiste la cuestión de conciliar este punto de vista fisiológico con los principios postulados por Breuer en el giro de su exposición:
«En esta exposición -dice- no se hablará mucho del cerebro, y nada de moléculas. Para hablar de los fenómenos psicológicos, utilizaremos la terminología de la psicología. ¿Cómo obrar de otro modo? Suponiendo que en lugar de la palabra "representación" empleáramos la expresión "excitación cortical", esta última sólo significaría algo para nosotros si bajo ese disfraz llegáramos a reconocer una antigua conocida, y la reemplazáramos silenciosamente por "representación". Pues mientras que todos los aspectos de las representaciones, objetos perpetuos de nuestra experiencia, nos son conocidos, "la excitación cortical" representa para nosotros sobre todo un postulado, algo de lo que esperamos un conocimiento futuro más profundo. Ese cambio de terminología nos parece una mascarada simple e inútil. Así que nos serviremos casi exclusivamente de términos psicológicos.»
Es el propio Breuer quien presenta la solución de la dificultad: «Nosotros no diremos "Son histéricas las manifestaciones patológicas provocadas por representaciones", sino solamente que un gran número de fenómenos histéricos, quizá más de los que hoy en día imaginamos, son ideógenos. No obstante, la alteración patológica fundamental, común, que permite la accióp patógena, tanto de las representaciones como de las excitaciones no psicológicas, consiste en una excitabilidad anormal del sistema nervioso. ¿En qué medida es ella, en sí misma, de origen psíquico? Esto es lo que habrá que determinar.»
Referencia a la pulsión
La originalidad de Freud consistirá entonces en desplazar la concepción del afecto desde ese registro neurológico al registro propiamente psicológico, y ello gracias a los progresos realizados en la elaboración del «concepto fundamental» de pulsión, y de la noción de «representación pulsional».
«La observación clínica -escribe Freud en "La represión"- nos obliga a descomponer lo que habíamos concebido como un todo: en efecto, nos muestra que hay que considerar, junto a la representación, algo distinto, algo que representa a la pulsión, y que sufre un destino de represión que puede ser totalmente diferente del de la representación. Para designar este otro elemento del representante psíquico se admite el nombre de quántum de afecto; corresponde a la pulsión, en tanto que ella se ha desprendido de la representación y encuentra una expresión conforme a su cantidad en procesos que son registrados como afectos. En adelante, en la descripción de un caso de represión, habrá que investigar por separado lo que ocurre con la energía pulsional ligada a la representación.»
De ahí el bosquejo de una deducción de los afectos: «Son tres los destinos posibles del factor cuantitativo del representante pulsional, como nos lo enseña un rápido examen de las observaciones realizadas por el psicoanálisis: la pulsión es totalmente sofocada, de tal suerte que no se encuentra ninguna huella de su existencia; o bien se manifiesta bajo la forma de un afecto dotado de una coloración cualitativa cualquiera, o, finalmente, es transformada en angustia. Estas dos últimas posibilidades nos invitan a tomar en consideración un nuevo destino pulsional: la trasposición de las energías psíquicas de las pulsiones en afectos, y particularmente en angustia.»
No obstante, una clasificación de este tipo sólo obtendrá su valor operatorio de la función para la cual se llama a intervenir a lo inconsciente. El texto sobre lo inconsciente puede confrontarse desde este punto de vista con el que trata de la represión.
a) Un primer desarrollo remite literalmente a este último texto: «En primer lugar puede suceder que se perciba una moción de afecto o sentimiento, pero no se la reconozca. Habiendo sido reprimido su representante propio, ella fue compelida a enlazarse a otra representación, y la conciencia la toma ahora por la manifestación de esta última. Cuando restablecemos la conexión exacta, llamamos "inconsciente" a la moción de afecto originaria, aunque su afecto nunca haya sido inconsciente y sólo su representación haya sucumbido a la represión.»
b) Representación y afecto son a continuación caracterizados según el criterio del estatuto original de «proceso» (Vorgang) reconocido al afecto. «No se puede por lo tanto negar que esta manera de hablar es consecuente consigo misma, pero existe una diferencia notable con relación a la representación inconsciente: ésta, una vez reprimida, permanece en el sistema les como formación real, mientras que al afecto inconsciente no le corresponde en ese mismo lugar más que un rudimento que no ha llegado a desarrollarse. Así, y si bien no puede reprobarse esta manera de hablar, en sentido estricto no hay afectos inconscientes, como hay representaciones inconscientes. Pero muy bien puede haber en el sistema les formaciones de afectos que se vuelven conscientes como las otras. Toda la diferencia deriva de que las representaciones son en lo esencial investiduras de huellas mnémicas, mientras que los afectos y sentimientos corresponden a procesos de descarga cuyas manifestaciones finales son percibidas como sensaciones.»
e) De allí el esclarecimiento del dominio de la conciencia sobre el afecto: «La represión puede por lo tanto inhibir la transposición de la moción pulsional en una exteriorización afectiva. Esta verificación tiene para nosotros un interés particular: nos demuestra que, normalmente, el sistema Cs gobierna tanto la afectividad como el acceso a la motilidad; también realza el valor de la represión al mostrar que ésta impide no sólo el acceso a la conciencia, sino también el desarrollo del afecto y el desencadenamiento de la actividad muscular. Asimismo, podemos decir, presentando las cosas de modo inverso, que mientras el sistema Cs domina la afectividad y la motilidad, llamamos normal al estado psíquico del individuo. Sin embargo, hay una diferencia innegable en la relación existente entre estas dos acciones análogas de descarga y el sistema que las rige. Mientras que la dominación del Cs sobre la motilidad voluntaria está firmemente establecida, y normalmente resiste el asalto de la neurosis y sólo se derrumba en la psicosis, la dominación del desarrollo del afecto por el Cs es menos firme.»
Afecto de angustia y derelicción
La teoría del afecto encontró así sus puntos de referencia en la primera tópica; se plantea entonces la cuestión del cambio de perspectiva introducido después de 1920 por la segunda tópica. Ese cambio afectará en primer lugar a la interpretación de la angustia.
La angustia, en los términos de Inhibición, síntoma y angustia, es un afecto, pero un afecto «que ocupa una posición excepcional entre los estados afectivos». ¿Por qué razón? ¿Llegaremos alguna vez a comprender lo que diferencia tal impresión (Empfindung) de otros afectos displacenteros, como la tensión, el dolor, el duelo?
Es posible precisar la cuestión. «La angustia es la reacción ante el peligro. Y no se puede dejar de pensar que es en su vínculo con el rasgo distintivo del peligro donde el afecto de angustia tiene que poder conquistar una posición excepcional en la economía psíquica.»
Desde un doble punto de vista, epistemológico y metódico, aún habrá que interrogarse sobre las condiciones de abordaje de este rasgo esencial y, en efecto, en ese terreno se le pide entonces a la teoría del afecto que especifique las nociones generales a las que dio lugar originariamente la concepción de la energía psíquica.
En 1905, Freud estaba de acuerdo con Lipps en caracterizar el trabajo de la psicología por la inferencia de procesos inconscientes a partir de datos de la conciencia. En Inhibición, síntoma y angustia, la inferencia es modificada y convertida en «inferencia [retrospectiva] » (Zurückerschliessen), y se encuentra subrayada sobre todo la naturaleza de los procesos «inconscientes», por oposición a la «calidad» de los elementos conscientes; estos procesos indican por esencia una determinación cuantitativa.
«Las consideraciones precedentes nos demuestran la importancia decisiva de las relaciones cuantitativas, relaciones que es imposible pesquisar de manera directa y que sólo pueden captarse mediante una inferencia retroactiva; ellas son las que determinan si se mantendrán las antiguas situaciones de peligro, si se conservarán las represiones del yo, si las neurosis infantiles encontrarán o no su prolongación. Entre los factores que contribuyen a causar las neurosis, y que crean las condiciones en las que las fuerzas psíquicas rivalizan entre sí, se destacan en particular tres: un factor biológico, un factor filogenético y un factor puramente psicológico.»
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