Autoanálisis
s. m. (fr. autoanalyse; ingl. self-analysís; al. Selbstanalyse). Análisis del sujeto por él mismo, tomando del psicoanálisis las técnicas de la asociación libre y de la interpretación de los sueños.
S. Freud, que tuvo que ser necesariamente su propio analista, insistió progresivamente en el carácter limitado de un autoanálisis y en el hecho de que en todo caso este era insuficiente para la formación de un analista. Es innegable, en cambio, que el trabajo del autoanálisis prosigue en el analista de modo más o menos regular luego del fin de su propia cura.
Autoanálisis
Al.: Selbstanalyse.
Fr.: auto-analyse.
Ing.: self-analysis.-
It.: auto-arialisi.
Por.: auto-análise.
Investigación de uno por sí mismo, llevada a cabo de forma más o menos sistemática recurriendo a ciertos procedimientos del método psicoanalítico: asociaciones libres, análisis de los sueños, interpretaciones del comportamiento, etc.
Freud no dedicó escrito alguno al tema del autoanálisis, si bien aludió al mismo en varias ocasiones, especialmente al referirse a su propia experiencia. «Mi autoanálisis, cuya necesidad se me apareció pronto con toda claridad, lo realicé con la ayuda de una serie de mis propios sueños que me condujeron a través de todos los acontecimientos de mi infancia; y todavía hoy creo que este tipo de análisis puede ser suficiente para todo aquel que tenga muchos sueños y no sea demasiado anormal». Tal método lo considera Freud como un buen fundamento: «Cuando alguien me pregunta cómo puede hacerse psicoanalista, le respondo: mediante el estudio de sus propios sueños».
Pero, en otros varios lugares, Freud se muestra muy reservado respecto al verdadero alcance de un autoanálisis. Ya durante su propia experiencia escribió a Fliess: «Mi autoanálisis ha quedado interrumpido. Ahora comprendo el porqué: sólo puedo analizarme a mí mismo valiéndome de conocimientos objetivamente adquiridos (como un extraño). Un auténtico autoanálisis es imposible; de no ser así, no existiría enfermedad». Más tarde, el autoanálisis incluso parece subestimado en comparación con un análisis propiamente dicho: «En principio se aprende el psicoanálisis sobre sí mismo, mediante el estudio de su propia personalidad [...] los progresos por este camino chocan con límites definidos. Se llega mucho más lejos haciéndose analizar por un psicoanalista competente».
Las reservas efectuadas por Freud se refieren al autoanálisis como eventual substitutivo de un psicoanálisis. En general, se considera el autoanálisis como una forma especial de resistencia al psicoanálisis, que halaga al narcisismo y elimina el móvil esencial de la cura, a saber, la transferencia. Inclusive en autores que, como K. Horney, recomiendan su empleo, el autoanálisis aparece como complemento del tratamiento, preparándolo o continuándolo. En cuanto al autoanálisis de Freud, fue muy singular, ya que formó parte del origen del descubrimiento del psicoanálisis y no la aplicación de un saber.
Por lo que respecta a los analistas, es muy aconsejable la continua investigación de su propia dinámica inconsciente. Freud lo hizo notar a partir de 1910 a propósito de la contratransferencia: «[...] ningún psicoanalista puede ir más allá de lo que le permiten sus propios complejos y resistencias interiores. Por ello exigimos que inicie su actividad por un autoanálisis y siga profundizándolo mientras aprende, con la práctica, en sus pacientes. Quien no efectúe semejante autoanálisis hará bien en renunciar, sin vacilación, a tratar a los enfermos analíticamente». La institución del análisis didáctico no suprime la necesidad de un autoanálisis: éste prolonga « indefinidamente » el proceso iniciado por aquél.
Autoanálisis
Análisis por uno mismo de las producciones de su propio inconsciente (sueños, olvidos, recuerdos encubridores, lapsus, actos fallidos, síntomas, etcétera), el autoanálisis se distingue de la introspección clásica, limitada a la observación de la conciencia. El término autoanálisis designa, en primer lugar, el período histórico (1895-1901) en cuyo transcurso Freud elaboró los fundamentos del psicoanálisis y, en segundo lugar, una parte de la técnica analítica que aun hoy sigue siendo relativamente poco estudiada y suscita divergencias.
El período histórico del autoanálisis de Freud
A partir de 1895, las ideas de Freud acerca de la psicopatología, lo mismo que su práctica con los pacientes, experimentaron una evolución decisiva que condujo a la invención del psicoanálisis como método, técnica y teoría. Ese avance fue posible gracias al trabajo al que se entregó Freud sobre sí mismo entre 1895 y 1901, y que en primer lugar comunicó a su amigo Fliess, y después a su público, sobre todo a través de la publicación de La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900) y de Psicopatología de la vida cotidiana (1901). El año 1895, durante el cual Freud redactó el «Proyecto de psicología» y publicó junto con Breuer) los Estudios sobre la histeria, marca el apogeo, por una parte, de las esperanzas de comprender la psicopatología a través de un enfoque neurológico y, por la otra, de la etiología «traumática» de las neurosis. Freud practicaba entonces el método catártico, pensando que sus pacientes tenían que abreaccionar, durante la cura, los efectos «bloqueados» en el momento de un acontecimiento traumático (sexual). Pero, ante los sueños que le confiaban sus enfermos, intentó comprender su mecanismo estudiando los propios. «Me vería [ ... ] llevado a decir que el mismo contenido [del sueño] puede tener un sentido diferente en sujetos distintos y en un contexto distinto. Estas observaciones permiten comprender cómo me vi llevado a estudiar mis propios sueños», escribe hacia 1900 (La interpretación de los sueños).
Desde esta perspectiva, el 24 de julio de 1895 Freud interpreta uno de sus sueños, que después se volvió célebre: el de la inyección a Irma (La interpretación de los sueños), y descubre entonces el «misterio de los sueños» (carta a Fliess del 12 de junio de 1900): «los sueños son realizaciones de deseos».
En ese momento se inicia el proceso de autoanálisis, que conducirá al abandono de las teorías neurológicas (en beneficio de una elaboración del aparato psíquico), a la declinación de la hipótesis del acontecimiento traumático (en beneficio del fantasma), y a la destitución del método catártico (en beneficio de la cura psicoanalítica propiamente dicha).
Pero la verdadera apuesta de este trabajo sobre sí mismo y, por lo tanto, su eficacia creadora, sólo se realizará por medio de la relación «transferencial» apasionada de Freud con Fliess, y a partir de un acontecimiento traumático muy particular, del que surgirá el reconocimiento del papel fundamental de la fantasía: la muerte del padre de Freud, el 23 de octubre de 1896. En 1908, como preámbulo a la segunda edición de La interpretación de los sueños, escribió: «Para mí, este libro tiene otra significación [ ... ]. He comprendido que era un fragmento de mi autoanálisis, era mi reacción a la muerte de mi padre, el acontecimiento más importante, la pérdida más desgarradora en la vida de un hombre».
Así, desde el invierno de 1896 hasta el verano de 1899, Freud emprendió lo que Didier Anzieu (en su obra El autoanálisis de Freud, 1975) llama el autoanálisis sistemático, que culminó entre junio y noviembre de 1897 (véanse las cartas a Fliess). Freud descubrirá a través de sus sueños (y, desde 1898, a través de olvidos y de recuerdos encubridores) la fuerza de los deseos incestuosos (amor y odio), particularmente atizados por la muerte de su padre. No obstante, como encontraba esos mismos deseos en sus pacientes, se le impuso una evidencia que su cultura le permitió bautizar: «He hallado en mí, como en todos, sentimientos de amor dirigidos hacia mi madre y celos dirigidos hacia mi padre [ ... ]. Si esto es así, uno comprende [ ... ] el poder cautivador de Edipo Rey [ ... ]. Cada espectador fue un día, en germen, en la fantasía, un Edipo, y se espanta ante la realización de su sueño traspuesto a la realidad, se estremece con todo el monto de la represión que divorcia su estado infantil de su estado actual». (Carta a Fliess del 15 de octubre de 1897.)
Freud ha encontrado lo que más tarde se convertirá en el «complejo» de Edipo. El mismo proceso lo conduce progresivamente al descubrimiento de la dimensión imaginaria, la importancia del fantasma y la sexualidad infantil.
Entre 1898 y 1900, mientras continúa su autoanálisis, Freud emprende la redacción de un libro sobre los sueños que, con algunos cambios, culminará, a fines de 1899, en la publicación de Die Traumdeutung. Allí da testimonio de resistencias casi insuperables y de grandes dificultades para realizar ese trabajo: «[este sueño (la disección de mi propia pelvis)], significa el autoanálisis que he consumado en cierto sentido con la publicación de mi libro sobre el sueño. Esa publicación me resultaba en realidad tan penosa que diferí en más de un año la impresión del manuscrito» (La interpretación de los sueños).
Pero el esfuerzo está lejos de haber sido en vano: Freud elabora ahora la cuestión del fantasma y, siempre gracias al análisis de sus propias formaciones de lo inconsciente, sienta las bases de lo que en 1915 llamará fantasías primordiales (escena primaria y castración).
En el año 1901 concluirá este período fundador: final de la relación con Fliess, publicación de Psicopatología de la vida cotidiana y redacción del «caso Dora», primer estudio sobre la histeria verdaderamente psicoanalítico.
Las implicaciones técnicas del autoanálisis
La experiencia del autoanálisis realizada por Freud durante ese período histórico lo llevará después a pronunciarse sobre el valor formativo de este método, al cual se acostumbra ahora oponer el análisis didáctico (efectuado por un analizante en la transferencia que lo liga a un analista que lo interpreta).
En 1910, Freud exige que un analista en formación «comience por un autoanálisis y no deje jamás de profundizarlo, incluso mientras aplica tratamientos a otros» («Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica»); esta idea aparece ya más matizada en 1912: «Por cierto éste (el análisis de los propios sueños) es suficiente para muchas personas, pero no para todos los que desean aprender el análisis [ ... ] además, no todo el mundo es capaz de interpretar sus propios sueños sin el concurso de otro» («Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico»); en 1916 ha invertido directamente su opinión: «Se progresa mucho más haciéndose analizar por un psicoanalista experto» (Conferencias de introducción al psicoanálisis).
No por esto es menos cierto que Freud, hasta el final de su vida, siguió pensando que, si bien el psicoanálisis didáctico es necesario, no basta para la formación de un analista, y que el proceso de autoanálisis desencadenado por ese análisis didáctico debe continuar después de «la detención de este último. En la medida en que esto ocurra, estará el analizado en condiciones adecuadas para convertirse en analista» («Análisis terminable e interminable», 1937). El autoanálisis es entonces lo que permite a los «procesos de cambio del yo [continuar] espontáneamente en el analizado». Se sabe que Freud continuará su autoanálisis hasta mucho después de 1901, pero aparentemente de un modo más esporádico.
No obstante, este proceso sigue siendo bastante enigmático, y ha suscitado controversias. Lacan, basándose en un artículo de Octave Mannoni titulado «El análisis original», verá en Fliess al «psicoanalista» de Freud (Proposición del 9 de octubre de 1967), y declara en Télévision (1974): «De los analistas supuestos [su público] yo sólo espero que sean ese objeto gracias al cual lo que yo enseño no es un autoanálisis».
Hoy en día, se puede pensar que ciertos grupos lacanianos ubican más bien una transferencia de trabajo (desplazamiento de la transferencia en la cura hacia una elaboración personal del material teórico y práctico) allí donde Freud situaba el autoanálisis (después del análisis didáctico).
De modo que, a pesar de algunas contribuciones, como la de Conrad Stein en 1968, el autoanálisis parece ser percibido como un artefacto del psicoanálisis. No obstante, debemos considerar que, incluso aunque todo trabajo de interpretación de sí mismo por si mismo esté ligado a una relación de tipo transferencia], con un analista que se reconoce o no como tal, lo que Freud designa como autoanálisis, ese trabajo de constante cuestionamiento de sí a través del ejercicio de las curas, sigue siendo el principal determinante de la inserción de cualquiera en el campo y el discurso analíticos.
Autoanálisis
Alemán: Selbstanalyse.
Francés: Auto-analyse.
Inglés: Self-analysis.
En la doctrina freudiana y en la historia del movimiento psicoanalítico, el estatuto del autoanálisis fue siempre tan problemático como el de la cientificidad del psicoanálisis. La nueva "ciencia" inventada por Freud se caracteriza, en efecto, por el hecho de que debe su existencia a los enunciados de un padre fundador, autor y creador de un sistema de pensamiento.
Como lo señaló Michel Foucault (1926-1984) en una conferencia pronunciada en 1969, en este sentido hay que trazar la diferencia entre la fundación de un dominio de cientificidad (la ciencia se relaciona entonces con la obra del instaurador como con sus coordenadas primordiales), y la fundación de una discursividad de tipo científico, a través de la cual un autor instaura en su propio nombre una posibilidad infinita de discursos susceptibles de ser reinterpretados. En el primer caso, el reexamen de un texto (por ejemplo de Galileo o de Darwin) cambia el conocimiento que tenemos de la historia del dominio del que se trata (la mecánica, la biología) sin modificar el dominio mismo, mientras que en el otro caso ocurre lo contrario: el reexamen de un texto trastorna el propio dominio. Desde esta perspectiva de la distinción entre ciencia "natural" y discursividad se ha desarrollado un debate interminable, no acerca de la cuestión del autoanálisis como investigación de uno mismo por si mismo, sino como momento fundador, para el propio Freud, y por lo tanto para el freudismo, de un dominio de discursividad: el del psicoanálisis, su doctrina, sus Conceptos.
El movimiento psicoanalítico estableció muy pronto reglas para la cuestión del autoanálisis como investigación de uno mismo por sí mismo. El 14 de noviembre de 1897, en una carta a Wilhelm Fliess, Freud escribió: "MI autoanálisis sigue en suspenso. Ahora he comprendido la razón. Se trata de que sólo puedo analizarme a mí mismo sirviéndome de conocimientos adquiridos objetivamente, como por un extraño. El verdadero autoanálisis es realmente imposible, y si no lo fuera ya no habría enfermedad. Como mis casos me plantean algunos otros problemas, me veo obligado a interrumpir mi propio análisis."
Estas reservas indujeron a Freud a tomar en análisis a sus discípulos, para que se curaran, como verdaderos enfermos, o bien para formarlos como psicoanalistas. Después ellos establecieron los principios generales del análisis didáctico y del control, que iban a dar un fundamento a la ampliación de la profesión. En consecuencia, el autoanálisis, la investigación de uno mismo, fue proscrito de la formación, salvo como prolongación de la cura.
Excepcionalmente, Freud se interesó por ciertos intentos de autoanálisis, como lo demuestra su comentario de 1926 sobre un artículo de Pickworth Farrow dedicado a un recuerdo de cuando tenía seis meses de edad: "El autor [ ... ] no pudo coincidir con sus dos analistas [ ... ]. Recurrió entonces a la aplicación consecuente del procedimiento de autoanálisis del que yo me serví en otro tiempo para el análisis de mis propios sueños. Sus resultados merecen ser tomados en cuenta, por su propia originalidad y la originalidad de su técnica."
Después de haber definido sólidamente los principios del análisis didáctico, la comunidad freudiana aceptó la idea de que solamente Freud, como padre fundador, había practicado realmente un autoanálisis, es decir, una investigación de sí mismo no precedida de una cura. Al mismo tiempo erigió un cuadro de las filiaciones en el cual el maestro ocupaba un lugar original: se había "autoengendrado-. El autoanálisis dejó entonces de ser una cuestión teórica y clínica, para convertirse en el gran interrogante histórico del psicoanálisis. Dicho interrogante se refería exclusivamente al autoanálisis de Freud, y por lo tanto al nacimiento y los orígenes de la doctrina psicoanalítica.
Freud cambió varias veces de opinión acerca de la duración de ese autoanálisis, pero en las cartas a Fliess se constata que se desarrolló entre el 22 de junio y el 14 de noviembre de 1897. En ese período crucial, el joven médico abandonó la teoría de la seducción por la del fantasma, y elaboró su primera interpretación del Edipo de Sófocles.
Al igual que Freud, los diferentes comentadores han extendido la duración de esta experiencia original, ubicando su inicio en 1895, con la publicación de los Estudios sobre la histeria, y situando el final en 1899, en el momento de la aparición de La interpretación de los sueños. Han subrayado que el período de junio-noviembre de 1897 correspondió a un autoanálisis "intensivo".
En todo caso, algo es seguro, como lo ha señalado Patrick Mahony: ese autoanálisis no fue una cura por la palabra, sino por la escritura. Su contenido figura en las 301 cartas enviadas por Freud a Fliess entre 1887 y 1904. Ahora bien, esta correspondencia fue objeto de una censura, y después generó un escándalo. Publicada por primera vez en 1950 por Marie Bonaparte, Ernst Kris y Anna Freud con el título de El nacimiento del psicoanálisis, sólo contenía 168 cartas, y entre ellas sólo 30 completas. Faltaban por lo tanto 133, que no se publicaron hasta 1985, en oportunidad de la primera edición no expurgada, realizada en inglés por Jeffrey Moussaieff Masson.
El estudio del autoanálisis de Freud, de su duración, de su contenido y de su significación, fue en este sentido una de las apuestas principales de la historiografía freudiana, primero oficial (con los trabajos de Ernest Jones y de Didier Anzieu), después experta (con Ola Andersson y Henri F. Ellenberger), y finalmente revisionista (con la elucidación por Frank J. Sulloway de las ideas que Freud tomó de Fliess).
Fue Jones quien popularizó en 1953 el término "autoanálisis". Él hizo de Fliess un falso sabio demoníaco e iluminado, que nunca produjo nada interesante. En cuanto a Freud, lo transformó en un verdadero héroe de la ciencia, capaz de inventarlo todo sin deberle nada a su época. Y para explicar el amor inmoderado que este dios le tenía a Satán, se entregó a una interpretación psicoanalítica de las más ortodoxas: Fliess habría ocupado para Freud el lugar de un seductor paranoico y de un sustituto paterno, del cual Freud se habría deshecho valientemente, por medio de un "trabajo hercúleo" que le permitió acceder a la independencia y la verdad. Esta interpretación derivaba de la famosa declaración de Freud a Sandor Ferenczi: "Yo he tenido éxito donde el paranoico fracasa". Con algunas variantes, fue adoptada durante una veintena de años por la comunidad freudiana.
Pero en 1959 Didier Anzieu la criticó, evaluando el autoanálisis de Freud a la luz de sus trabajos ulteriores, y en particular La interpretación de los sueños.
Más tarde, los trabajos de la historiografía experta modificaron radicalmente la representación de este episodio. Ellenberger lo consideró la materialización de un momento esencial de toda forma de neurosis-creadora y, después de él, Sulloway, en 1979, fue el primero que cambió de terreno y estudió el autoanálisis de Freud como el drama de una rivalidad científica entre dos hombres. No obstante, adoptando una perspectiva continuista, rechazó la idea de que Freud haya producido una teoría nueva de la sexualidad y la bisexualidad, presentándolo como un heredero de la doctrina fliessiana.
Marcado por la tradición francesa de la historia de las ciencias (la de Alexandre Koyré), Jacques Lacan rompió radicalmente en 1953 con la concepción de Jones. En un excelente comentario al sueño de la inyección a Irma, y sin conocer la historia de Emma Eckstein, demostró que en el origen de un descubrimiento hay siempre una duda fundadora. Ningún científico pasa de pronto de la ciencia "falsa" a la "verdadera", y todo gran descubrimiento es sólo la historia de un trayecto dialéctico en el que la verdad está estrechamente mezclada con el error. Esta tesis fue también la de Jean-Paul Sartre en Le Scénario Freud, publicado póstumamente.
Adoptando el mismo punto de vista, Octave Mannoni reemplazó en 1967 el término "autoanálisis- por la expresión, más justa, de "análisis original". Mannoni subrayó el lugar que ocuparon las teorías de Fliess en la doctrina de Freud, y mostró que la relación entre los dos hombres expresaba una división compleja entre el saber y el delirio, la ciencia y el deseo.
Autoerotismo
s. m. (fr. autoérotisme; ingl. auto-erotism; al. Autoerotismus). Forma de manifestación de la pulsión sexual, en cuanto no se dirige hacia otras personas, o, más en general, hacia objetos exteriores, sino que se satisface en el cuerpo propio del sujeto.
El concepto de autoerotismo es tomado por Freud de Havelock Ellis, que lo había introducido en el vocabulario científico en 1898. Pero, mientras Havelock Ellis designaba con ello una excitación surgida del interior del propio cuerpo y no provocada desde el exterior, Freud considera que la cuestión recae menos en la génesis que en el objeto de la pulsión sexual. ¿Qué lugar habría que darle a una pulsión que no eligiese un objeto exterior al cuerpo sino que tomase una parte del cuerpo propio como objeto susceptible de procurar una satisfacción?
Esta pregunta es importante para el psicoanálisis. La experiencia de la cura obliga a reconocer la existencia de una sexualidad infantil (esta quizás es incluso la tesis a la vez más conocida y más criticada del psicoanálisis, al menos en sus orígenes). Sin embargo, los niños no pueden vivir una sexualidad comparable a la de los adultos, no pueden realizarla en el marco de una relación de amor y de deseo. En principio, parece que habría una contradicción si la sexualidad del niño no fuese designada como autoerotismo.
En Tres ensayos de teoría sexual (1905), Freud muestra que las satisfacciones erógenas se apoyan en las funciones del cuerpo; el placer bucal, por ejemplo, en la nutrición, en la succión del seno materno. Cuando interviene el destete, e incluso antes, el chupeteo se instala como actividad autoerótica vuelta sobre el propio cuerpo. Lo que da idea, en el límite, de lo que es el autoerotismo, es la satisfacción de los labios que se besan a sí mismos, más aún que la succión del pulgar o de la teta.
Freud matizará luego este punto de vista, incluso en las ediciones sucesivas de Tres ensayos. Así, el análisis del pequeño Hans [Juanito] le da la ocasión de destacar que «los niños de tres a cinco años son capaces de una elección de objeto totalmente perceptible y acompañada de afectos violentos». Esta observación es una de las que permite fundar las investigaciones posteriores, por ejemplo las de M. Balint sobre la relación de objeto (véase relación de objeto), investigaciones interesantes, más allá de las críticas que pueda hacérseles. Del mismo modo, J. Lacan apuntó que hay objetos «desde el momento más precoz de la fase neonatal». Si, a pesar de todo, puede hablarse de autoerotismo, es refiriéndose a la teoría freudiana del «yo-placer» (Lust-Ich) que empieza por distinguir lo que es bueno para él antes aun de saber si lo que define así como bueno se encuentra en la realidad (véase denegación). El autoerotismo consiste entonces en que «no habría surgimiento de los objetos si no hubiera objetos buenos para mí».
Parece indudable que el niño no espera la pubertad para hacer «elecciones de objeto». Sin embargo, la teoría del autoerotismo tiene el mérito de enseñarnos que la sexualidad no se define esencialmente como una actividad dirigida a un fin determinado, adaptada a una relación satisfactoria con otro. Puede también constituirse sin relación con otro, otro con el que, por otra parte, el sujeto no está acordado por ninguna armonía preestablecida.
En el resto de su obra (por ejemplo en Conferencias de introducción al psicoanálisis, 1916-17), Freud tendió a confundir autoerotismo y narcisismo primario (véase narcisismo). Hoy, a partir de la tesis lacaniana del estadio del espejo, vemos mejor cómo repartirlos. Mientras que el narcisismo inviste al cuerpo en su totalidad, toma por objeto la imagen unificante del cuerpo, el autoerotismo, por su parte, concierne a partes del cuerpo o, mejor aún, a los «bordes» de los orificios corporales investidos por la libido.
Autoerotismo
Al.: Autoerotismus. -
Fr.: auto-érotisme. -
Ing.: auto-erotism. -
It.: autoerotismo. -
Por.: auto-erotismo.
A) En sentido amplio, cualidad de un comportamiento sexual en el cual el sujeto obtiene satisfacción recurriendo únicamente a su propio cuerpo, sin objeto exterior: en este sentido se habla de la masturbación como de un comportamiento autoerótico.
B) Más específicamente, cualidad de un comportamiento sexual infantil precoz mediante el cual una pulsión parcial, ligada al funcionamiento de un órgano o a la excitación de una zona erógena, encuentra su satisfacción en el mismo lugar, es decir:
1. sin recurrir a un objeto exterior;
2. sin referencia a una imagen unificada del cuerpo, a un primer esbozo del yo, como el que caracteriza el narcisismo.
Havelock Ellis introdujo la palabra «autoerotismo» en un sentido amplio, similar al definido en A: «Designo por autoerotismo los fenómenos de emoción sexual espontánea producidos en ausencia de todo estímulo externo, tanto directo como indirecto».
Debe hacerse notar, sin embargo, que Havelock Ellis distinguía ya en el autoerotismo su «forma extrema», el narcisismo, «tendencia que en ocasiones presenta la emoción sexual [...] a absorberse más o menos completamente en la admiración de sí mismo».
En los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Drei Abhandzur Sexualtheorie, 1905), Freud recoge este término, principalmente para definir la sexualidad infantil. Considera la acepción dada por H. Ellis demasiado amplia y define el autoerotismo basándose en la relación de la pulsión con su objeto: «La pulsión no se dirige a otras personas; se satisface en el propio cuerpo». Esta definición se comprende teniendo en cuenta la distinción que establece Freud entre los distintos elementos de la pulsión: empuje, fuente, fin, objeto. En el autoerotismo « [...] el objeto [de la pulsión] cede su lugar al órgano, que es la fuente de aquél, y coincide por lo general con éste».
1.° La teoría del autoerotismo va ligada a la siguiente tesis, fundamental de los Tres ensayos: la contingencia del objeto de la pulsión sexual. Mostrar que, al principio de la vida sexual, puede obtenerse la satisfacción sin recurrir a un objeto, equivale a mostrar que no existe ninguna vía preformada que encamine al sujeto hacia un determinado objeto.
Esta teoría no implica la afirmación de un estado primitivo «no objetal». En efecto, el chupeteo que Freud considera como modelo del autoerotismo, sigue a una primera etapa en que la pulsión sexual se satisface en apoyo sobre la pulsión de autoconservación (el hambre) y merced a un objeto: el pecho materno. Al separarse del hambre, la pulsión sexual oral pierde su objeto y se convierte al mismo tiempo en autoerótica.
Por consiguiente, si puede decirse que el autoerotismo carece de objeto, no es porque aparezca antes de toda relación con un objeto, ni tampoco porque, con su aparición, deja de estar presente todo objeto en la búsqueda de la satisfacción, sino únicamente porque el modo natural de aprehensión del objeto se encuentra escindido: la pulsión sexual se separa de las funciones no sexuales (por ejemplo, alimentación), en las que se apoyaba y que le indicaban su fin y su objeto.
El «origen» del autoerotismo se hallaría en el momento, siempre renovado más que localizable en una determinada época de la evolución, en que la sexualidad se desliga del objeto natural, se ve entregada a la fantasía y por esto mismo se crea como sexualidad.
2.° Por otra parte, el concepto de autoerotismo implica, desde su primera utilización por Freud, otro marco de referencia distinto al de la relación con el objeto: la referencia a un estado del organismo en el que las pulsiones se satisfacen cada una por su cuenta, sin que exista una organización de conjunto. A partir de los Tres ensayos, el autoerotismo se define siempre como la actividad de los distintos «componentes parciales»; debe concebirse como una excitación sexual que nace y se satisface en el mismo lugar, a nivel de cada zona erógena tomada aisladamente (placer de órgano). Sin duda la actividad autoerótica necesita casi siempre del contacto de la zona erógena con otra parte del cuerpo (succión del pulgar, masturbación, cte.), pero su modelo ideal es el representado por los labios besándose a sí mismos.
La introducción del concepto de narcisismo viene con posterioridad a aclarar el de autoerotismo: en el narcisismo es el yo, como imagen unificada del cuerpo, el objeto de la libido narcisista, y el autoerotismo se define, en contraposición, como el estado anárquico que precede a esta convergencia de las pulsiones parciales sobre un objeto común: «Es preciso admitir que no existe en el individuo, desde un principio, una unidad comparable al yo; el yo debe experimentar un desarrollo.
Pero las pulsiones autoeróticas existen desde el origen; por consiguiente, algo, una nueva acción psíquica, debe añadirse al autoerotismo para producir el narcisismo».
En numerosos trabajos, Freud conserva claramente esta idea: en el paso del autoerotismo al narcisismo, «[...] las pulsiones sexuales, hasta entonces aisladas, se han juntado en una unidad, y al mismo tiempo han encontrado un objeto»; este objeto es el yo. Más tarde, esta distinción se irá borrando, de manera especial en algunos textos en los que Freud admite la existencia, desde el origen, incluso durante la vida intrauterina, de un estado de «narcisismo primario». El autoerotismo sólo se define entonces como «[...]la actividad sexual de la fase narcisista de la organización libidinal».
En conclusión, la noción que se intenta designar con el término «autoerotismo» puede definirse con cierta coherencia a partir del concepto de un estado originario de fragmentación de la pulsión sexual. Una tal fragmentación implica evidentemente, en cuanto a la relación con el objeto, la ausencia de un objeto total (yo o persona extraña), pero en modo alguno la ausencia de un objeto parcial fantasmático.
¿Es el autoerotismo un concepto genético? ¿Puede hablarse de una fase libidinal autoerótica?
La opinión de Freud varió a este respecto: en 1905 tendía a incluir el conjunto de la sexualidad infantil bajo el epígrafe del autoerotismo, para contraponerlo a la actividad adulta que implica una elección de objeto. Más tarde atenuó esta afirmación señalando: «[...] me he dado cuenta de un error en lo que expuse anteriormente, cuando describí la distinción conceptual de las dos fases de autoerotismo y de amor objetal, por razones de claridad, como una separación temporal».
Ciertamente Freud no abandona la idea de una transición genética del autoerotismo al amor objetal, y cuando más tarde introducirá el narcisismo, lo intercalará en esta sucesión temporal. Pero ésta no debe concebirse en forma demasiado rigurosa, y sobre todo se acompaña de una distinción estructural: el autoerotismo no constituye el patrimonio de una determinada actividad pulsional (oral, anal, etc.), sino que se encuentra en cada una de estas actividades, a la vez como fase precoz y, en la evolución ulterior, como componente: el placer de órgano.
La tendencia a hacer del autoerotismo una fase claramente delimitada en el tiempo ha sido extremadamente impulsada por Abraham, quien hizo coincidir la fase autoerótica con una de las fases de la organización libidinal: la fase oral precoz de succión.
Autoerotismo
Alemán: Autoerotismus.
Francés: Auto-érotisme.
Inglés: Auto-erotism.
Término propuesto por Havelock Ellis, y retomado por Sigmund Freud, para designar un comportamiento sexual de tipo infantil, en virtud del cual el sujeto encuentra placer sólo con su propio cuerpo, sin recurrir a ningún objeto exterior.
Automatismo mental
(o psicológico)
Expresión utilizada en psiquiatría o psicología para designar el funcionamiento espontáneo de la vida psíquica, normal o patológica, que está fuera del control de la conciencia y la voluntad. La noción se inscribe en una concepción organicista de la enfermedad mental, y remite a una teoría herencialista o subliminal del inconsciente.
Autoplástico - aloplástico
Al.: Autoplastisch - alloplastisch. -
Fr.: autoplastique - alloplastique. -
Ing.: autoplastic - alloplastic. -
It.: autoplastico - alloplastico. -
Por.: autoplástico - aloplástico.
Términos que califican dos tipos de reacción o de adaptación, el primero de los cuales consiste en una modificación del organismo solo, y el segundo en una modificación del medio ambiente.
Los términos «auto-» y «aloplástico» se emplean a veces en psicoanálisis, en el marco de una teoría del campo psicológico definido por la interacción del organismo y su ambiente, con el fin de distinguir dos tipos de operaciones, una dirigida hacia el propio sujeto y comportando modificaciones internas, y la otra hacia el exterior. Daniel Lagache se refiere a estos conceptos en su elaboración de la noción de conducta.
Como en el siguiente cuadro, de doble entrada:
Operaciones
Autoplásticas Aloplásticas
Concretas Fisiológicas Acciones materiales
Simbólicas Actividad mental, consciente e inconsciente Comunicaciones, lenguajes
S. Ferenczi habla de adaptación autoplástica en un sentido más específicamente genético. Según este autor, se trata de un método de adaptación muy primitivo, correspondiente a una fase onto- y filogenética del desarrollo (fase de la «protopsique»), en la cual el organismo no tiene influencia más que sobre sí mismo, pudiendo realizar sólo cambios corporales. Ferenczi relaciona con este fenómeno la conversión histérica y, de un modo más preciso, lo que llama «fenómenos de materialización»: su «[...] esencia consiste en la realización, como por arte de magia, de un deseo a partir del material corporal que tiene a su disposición y, aunque de forma primitiva, por medio de una representación plástica». Se trataría de una regresión más profunda que la que tiene lugar en el sueño, puesto que el deseo inconsciente se encarna, no en una imagen visual, sino en estados o actos del cuerpo.
En contraposición, Ferenczi habla en ocasiones de adaptación aloplástica para calificar el conjunto de acciones dirigidas hacia el exterior que permiten al yo mantener su equilibrio.
Avúnculo
Definición
Uno de los cuatro términos de la Estructura Familiar Inconsciente, del latín "avunculus": tío materno, diminutivo de avus: abuelo, remite a la relación con la familia materna a través de la figura del hermano de la madre o de un representante calificado de ésta, cuya función -dador de la mujer (ver)- se denomina representante materno.
En psicoanálisis de la Estructura Familiar Inconsciente, la figura del avúnculo y el vínculo avuncular revisten particular importancia teórica para la comprensión de los vínculos.
El vínculo avuncular posee un carácter fundante a nivel inconsciente y es condición de la estructura. El estudio de la Estructura Familiar Inconsciente implica el reconocimiento de los lugares y funciones correspondientes a las distintas denominaciones del parentesco y sus vínculos establecidos sobre la base de acuerdos y pactos inconscientes.
Origen e historia del término
Denominado también "cuarto término", la importancia del tío materno surge de la investigación antropológica sobre las diferentes organizaciones sociales y su relación con las formas del parentesco. Carece de denominación propia en nuestra cultura y el vínculo al que pertenece, vínculo avuncular, tampoco figura en la descripción habitual del parentesco.
Lévi-Strauss,1980 recoge y desarrolla en su "Antropología Estructural" los trabajos de varios investigadores y en especial los de Radcliffe-Brown sobre el avunculado en un estudio sobre el papel del tío materno en Africa del Sur. Según este autor el término avunculado implica dos sistemas de actitudes antitéticas en relación al ejercicio de la autoridad. Si ésta es ejercida por el tío materno, las relaciones de su sobrino con él, estarán regidas por el temor y la obediencia y el tío poseerá derechos sobre su sobrino. Si la autoridad la ejerce el padre "el tío materno es considerado como una "madre masculina" y es tratado de la misma manera que la madre". Los sistemas de actitudes refieren al lugar del hijo en relación con el tío materno y con el padre en lo que Radcliffe-Brown encuadra dentro de un régimen matrilineal o patrilineal. De este modo cuando la relación con uno de ellos es regida por la autoridad, con el otro estarán regidas por el afecto y la familiaridad.
Lévi-Strauss,1980 considera esta descripción como parcial y señala la importancia de que "... el avunculado, para ser comprendido, debe ser tratado como una relación interior a un sistema y que es el sistema mismo el que se debe considerar en su conjunto para percibir su estructura". Así, la estructura elemental del parentesco supone cuatro términos "hermano, hermana, padre, hijo" y tres tipos de relaciones familiares: de consanguinidad (hermano-hermana), de alianza (esposo-esposa) y de filiación (progenitor-hijo). Este autor describe el avunculado de la siguiente forma: "...la relación avuncular no es entre dos sin entre cuatro términos: supone un hermano, una hermana, un cuñado y un sobrino". Nótese que esta descripción se realiza desde la familia de la mujer tomando el vínculo consanguíneo hermano-hermana en función del que padre e hijo son denominados cuñado y sobrino.
Para Lévi-Strauss el parentesco, en su concepto más elemental, sólo puede explicarse como efecto de la existencia universal de la ley de prohibición del incesto. En este sentido, la relación entre familias se convierte en un elemento primordial del parentesco humano más que sus términos considerados en forma aislada. El avunculado adquiere de éste modo el carácter de condición de la estructura del parentesco. "Ninguna otra interpretación puede dar cuenta de la universalidad de la prohibición del incesto, de la cual la relación avuncular bajo su forma más general no es otra cosa que un corolario, unas veces manifiesto, otras implícito".
Desarrollo desde la perspectiva vincular
Es Berenstein, l., 1991, quien formula y desarrolla la importancia del lugar y la función del cuarto término así como las características del vínculo avuncular. En relación al cuarto término dice: "Comprende ser dador de la mujer, que devendrá esposa y madre, a un hombre que devendrá esposo y padre, aceptar que la mujer dada como hermana o como hija tenga un hijo con alguien que no es de la propia familia, cambiar de posición al pasar a ser abuelo o tío de un nieto o sobrino lo cual implica renunciar al resto de sexualidad infantil remanente de la represión, ceder el uso de la función de indicación y renunciar a aplicarlo para otra familia que no sea la suya, aceptar no ser elegido y ser reemplazado por otro, aceptar un lugar definitivo de exclusión, la disolución y la desaparición de su lugar aunque pueda persistir como un yo que a partir de ese momento estará caracterizado por ajenidad".
El vínculo avuncular afecta toda la estructura de los vínculos, no solamente la relación tío-sobrino. Su dinámica es fundamentalmente inconsciente y describe un punto de tensión en relación con el vínculo de alianza. En este punto se resuelve la articulación entre la cesión y la renuncia a la función de indicación por parte del avúnculo. Por otra parte el hombre realiza la operación de corte entre la mujer y su familia de origen como primer paso de instalación de la ley paterna en tanto ley de prohibición del incesto. Este proceso es condición del establecimiento de los vínculos, la ocupación del lugar y desempeño de la función de los diferentes términos en el interior de la Estructura Familia Inconsciente.
La ausencia de una denominación corriente para el lugar y el vínculo avuncular se debe, según I. Berenstein, a un "efecto de represión constitutiva del parentesco familiar que anticipa la represión originaria y constitutiva del aparato psíquico". Así, si la constitución del vínculo de alianza no se resuelve sobre la base del corte en el vínculo de la mujer con su dador, éste permanecerá como representante de la ley en sus distintas exteriorizaciones en oposición al rol de marido. El vínculo de alianza no tendrá fuerza significativa y estará caracterizado por el rechazo erótico y el odio entre los cónyuges. Desde la perspectiva familiar, la madre permanecerá ligada a su familia de origen, el padre carecerá de autoridad ocupando un lugar vacío de su función y el hijo desconocerá la condición de interdictor quedando ligado a un funcionamiento regulado por la ley del tío o representante materno.
El estudio de la patología en los vínculos familiares inconscientes se halla estrechamente ligado a las dificultades en el proceso de corte con las familias de origen. Cuando éste no es posible o se opera defectuosamente, da origen a funcionamientos de tipo endogámico promotores de sufrimiento vincular uno de cuyos extremos es el funcionamiento psicótico. Cuando el lugar y la función de dador se completan y cumplen su proceso, la salida a la exogamia posibilita la instalación de los yoes en los lugares de la estructura del parentesco y el desempeño de sus funciones en los vínculos correspondientes.
Problemáticas conexas
Existen en la literatura psicoanalítica de las configuraciones vinculares, diversas formas de referirse al avi5nculo. Así, "avúnculo", "tío materno", "dador", "representante materno" y "cuarto término" figuran frecuentemente como sinónimos debido a que, en lo teórico, no representan diferencias conceptuales significativas por remitir a un mismo fenómeno: la presencia de un cuarto término en la Estructura Familiar Inconsciente. Sin embargo, es posible notar algunas diferencias entre estos términos que den cuenta de la preferencia por uno u otro en las diversas formulaciones. Tales diferencias pueden surgir para poner de relieve los diferentes ejes en los que se apoya la presencia de esta noción: ley de prohibición del incesto, noción de intercambio, circulación de la ley y en relación a ella, el predominio de una dinámica endogámica o exogámica en la estructuración de los vínculos familiares.
"Avúnculo" y "tío materno" señalan al hermano de la madre, es decir, de una mujer que tiene un esposo y un hijo, núcleo familiar diferente al de su familia de origen. Implican nominalmente la relación entre el hermano de la madre y su sobrino, relación que se denomina vínculo avuncular y que involucra los cuatro términos de la Estructura Familiar Inconsciente.
"Dador" refiere a una función adscripta al lugar de hermano de la mujer, modo peculiar de acceso al vínculo de alianza en el que la mujer es cedida como objeto de intercambio. En la Estructura Familiar Inconsciente el término "dador" queda ligado a la dinámica inconsciente que rige la estructuración de los vínculos y a la modalidad de circulación de la ley. Su lugar será el de Testigo de la Alianza (ver) si su función se completa en el proceso de intercambio o bien, quedará como Baluarte Narcisista cuando las fallas en este proceso interrumpan la salida exogámica.
"Representante materno" es una formulación genérica que permite ubicar en otros integrantes de la familia de la mujer la función avuncular y protagonizar el vínculo avuncular. Refiere a la circulación de la ley como modalidad opuesta y en tensión con la ley del padre.
"Cuarto término" refiere a la noción de Estructura Familiar Inconsciente y amplía, además, el campo de consideración teórica en tanto lugar y función avuncular pueden hallarse desplazados y ligados a un yo ubicado en cuarto lugar en relación a los otros términos del parentesco (padre, madre, hijo). Cabe señalar que la noción de Estructura Familiar Inconsciente introduce a la ampliación y reformulación de conceptualizaciones básicas de la teoría psicoanalítica. Es el caso, por ejemplo, del Complejo de Edipo de cuatro términos en Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares. (Remitimos al lector a la obra de I. Berenstein, El Complejo de Edipo. Estructura y Significación, Paidós, Buenos Aires, 1976 b).
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