Cadena significante
La articulación temporal de un signo con otro sobre el eje de las oposiciones, o eje sintagmático, constituye la cadena significante; la relación sintagmática es in praesentia, «reposa sobre dos o más términos igualmente presentes en una serie efectiva» (Saussure, Curso de lingüística general). Ubicado en un sintagma, un signo sólo adquiere su valor porque está opuesto a lo que lo precede o lo sigue; por ejemplo, «retomar la ruta» «la vida humana» «un pote de miel». De entrada una lengua aparecerá como una sucesión en el tiempo de unidades discretas asociadas a un sentido.
Lacan introduce una ruptura respecto del pensamiento de Saussure, con la supremacía del significante sobre el significado: «La primera red, la del significante, es la estructura sincrónica del material del lenguaje en tanto que cada elemento toma en ella su empleo exacto por ser diferente de los otros; éste es el principio del reparto que por sí solo regula la función de los elementos de la lengua en sus diferentes niveles, desde la pareja de oposición fonemática hasta las locuciones compuestas de las que la investigación más moderna se ocupa de desprender las formas estables» («La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis», 1955, en Escritos). Para él, la articulación de un significante con otro significante en la cadena significante es la presencia misma del deseo; en efecto, el principio de la metáfora paterna implica que el significante representa al sujeto para otro significante: un significante S2 en lugar de un significante S1 reprimido hace advenir al sujeto hablante o, en otras palabras, S2 representa al sujeto para el significante S1. Siguiendo la cadena significante, ese movimiento se renueva constantemente puesto que, como lo definió Saussure para el signo, el sentido de un significante depende de los otros significantes que lo siguen o lo preceden. Así se produce en el significante el advenimiento temporal de un sentido que para Lacan se figura como lo deseable; en esta lógica, puesto que lo que tiene un sentido es lo deseable, lo deseable será el significante mismo. El significante SI aparece como lo deseable, pero sólo a partir del significante S2. La cadena significante está por lo tanto aquejada de una negatividad radical: falta el objeto absoluto, si bien, por su lado, la falta no es absoluta, puesto que el deseo le hace contrapeso. Esta posición va a conducir a Lacan a la distinción de lo simbólico, lo real y lo imaginario. Si el significante ocasiona el deseo en lo simbólico, la falta de objeto en lo real conduce a su trasposición en lo imaginario; el significante que aparece en el lugar del objeto que falta y que lo simboliza, explica al mismo tiempo el mantenimiento del deseo en el registro de lo simbólico. En otros términos, lo imaginario recubre al significante tomado sólo a la manera de lo simbólico donde funciona, necesariamente articulado y opuesto a los otros significantes. Por ello, en «La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud» (1957, en Escritos), Lacan escribe: «Es en la cadena del significante donde el sentido insiste, pero ninguno de los elementos de la cadena consiste en la significación de la que es capaz en el momento mismo». Además, lo real sería «el entre dos significantes» donde «el significante deja de ser sólo un significante». De hecho, hay que plantear la distinción sentido/significación; ello lleva a Lacan a modificar la cuestión del advenimiento de la significación. Lo que introduce la significación no es, como cree Saussure, un corte en el flujo de los sonidos y los pensamientos, sino el almohadillado (capitonnage): cada término es anticipado en la construcción por otros, y sólo encuentra su sentido retroactivamente («Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano», 1960, en Escritos): la noción de «punto de almohadillado» es específicamente articulada con la supremacía del significante evocada por Lacan. También las operaciones metáforo-metonímicas que obran en la lengua humana respaldan este abanico de conceptos cuya lógica funciona de manera recíproca.
Canadá
En este inmenso territorio, sucesivamente colonizado por Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, constituido en federación a partir de 1867, y profundamente marcado por la religión católica y las diversas ramas de la Iglesia Reformada (presbiterianos, luteranos, baptistas, metodistas), el psicoanálisis nunca se implantó tan bien como en otros países del continente americano. Cuando Ernest Jones dejó Gran Bretaña a principios de siglo, para instalarse en Toronto, Provincia de Ontario, con la esperanza de desarrollar allí el freudismo, sólo recogió fracasos. En una carta a Sigmund Freud del 10 de diciembre de 1908 le hizo una descripción pavorosa de la atmósfera que reinaba en esa ciudad acosada por un conservadurismo estrecho.
Jones viajó a Canadá por invitación de Charles Kirk Clarke, ex alumno de Emil Kraepelin. Allí dirigió el primer consultorio externo de psiquiatría en el que se introdujo la práctica del psicoanálisis. Dos corrientes dividían entonces a los representantes de la medicina psíquica: la primera, de inspiración neurológica, y la segunda, de orientación psiquiátrica. Frente a Clarke, alienista, especialista en tratamiento de la psicosis, partidario de la nosografía alemana y favorable a la autonomía de la psiquiatría, Donald Campbell Meyers, ex alumno de Jean Martin Charcot y clínico de las neurosis, propugnaba la integración de la medicina mental en el hospital general. Era criticado por Edward Ryan, quien había creado una comisión gubernamental para transformar los asilos en hospitales. Después de haber perdido la batalla, Meyers abrió una clínica privada.
Durante toda su estada, Jones permaneció activo. Viajó a los Estados Unidos, organizó congresos y encuentros, y en 1911 fundó, con Gerald Stinson Glassco, la American Psychoanalytic Association (APsaA).
No obstante, pronto tuvo que enfrentar una temible campaña orquestada por una de las ligas puritanas del Nuevo Mundo, que asimilaban el freudismo a un demonio sexual, y el psicoanálisis a una práctica de disolución y libertinaje. En febrero de 1911, en una carta a Freud y otra a James Jackson Putnam, refirió los rumores extravagantes difundidos sobre él. Convertido en un verdadero chivo emisario, se lo acusaba de todo tipo de crímenes imaginarios: se decía que incitaba a los jóvenes a masturbarse, que tenía alrededor suyo tarjetas postales obscenas o que enviaba a los adolescentes de buena familia a los prostíbulos...
Muy pronto, con el apoyo de Sir Robert Alexander Falconer (1867-1943), ministro de la Iglesia Presbiteriana y presidente de la Universidad de Toronto, fue acusado judicialmente por la célebre Emma Leila Gordon (1859-1949), primera mujer médica de Canadá y miembro de la muy puritana Women's Christian Temperance Union. Gordon le imputó haber abusado sexualmente de una mujer histérica, delirante, homosexual y morfinómana que estaba en tratamiento con él, y a la cual, por otra parte, le había dado neciamente dinero, porque lo chantajeaba. El episodio se convirtió en tragedia cuando la paciente quiso matar a Jones con un revólver, y después trató de suicidarse. Después de haber sido manipulada de este modo por una liga de la virtud, fue expulsada de Ontario.
Hay que decir que Jones estaba acostumbrado a este tipo de historias. Hablaba de sexo con una brutalidad increíble, multiplicaba las relaciones carnales con las mujeres y le interesaban las prostitutas. Ya en Londres había sido acusado de pronunciar palabras obscenas por dos niños que él atendía, y en Toronto se creó desde el principio una reputación muy mala. En efecto, vivía, sin estar casado con ella, con una joven morfinómana y excéntrica, Loe Kann, a la que por otra parte Freud iba a tomar en análisis. De modo que Jones era un blanco ideal para los puritanos de todo tipo, hostiles al supuesto pansexualismo freudiano: "La actitud respecto de las cuestiones sexuales en Canadá -le escribió a Putnam- casi no tiene equivalente en la historia del mundo; lodo, repugnancia, asco son los únicos términos que pueden expresarla".
Puesto que le resultaba imposible continuar su trabajo en ese clima de caza de brujas, Jones pensó en instalarse en Boston. En 1910 Putnam proyectó conseguirle un puesto en Harvard, aunque dudando en apoyarlo, en razón de la fuerte tendencia de Jones a hablar de sexualidad ante un público reticente. Finalmente el intento se frustró, y Jones dejó Canadá durante el verano de 1912 para instalarse en Londres. Durante muchos años consideró que su partida había puesto fin a toda forma de experiencia psicoanalítica en el territorio canadiense. No se equivocaba por completo, si bien, contrariamente a lo que él mismo pensaba, nunca fue verdaderamente un "padre fundador".
En efecto, hasta 1945, cuando se produjo un gran movimiento migratorio de los freudianos de Europa hacia los Estados Unidos, el psicoanálisis no se implantó en Canadá. Y fueron pocos los médicos que, como Hugh Carmichael, Grace Baker o Douglas Noble, emigraron para formarse en el extranjero. Lo hizo, por ejemplo, Clifford Scott, quien viajó a Londres en 1927 y se unió a la British Psychoanaytical Society (BPS) después de haber sido formado por Melanie Klein. La mayoría de esos médicos volvieron a su país para desarrollar allí el psicoanálisis según los criterios de la International Psychoanalytical Association (IPA). Durante ese tiempo, David Slight hizo el viaje en sentido inverso. Llegado de Europa, siguió las huellas de Jones, no en Toronto, sino en Montreal, para instalarse después en Chicago.
La primera organización freudiana de Montreal (o, en otras palabras, en la parte de lengua francesa del país) se estableció gracias a la actividad de un inmigrante de origen español, Miguel Prados. Prados comenzó reuniendo en su casa a los internos del Allan Memorial Institute of Psychiatry, que dependía de la famosa Universidad McGill, y de tal modo formó un pequeño cenáculo, siguiendo el modelo de la Sociedad Psicológica de los Miércoles. En el otoño de 1946 creó el Círculo Psicoanalítico de Montreal, e invitó a conferenciantes provenientes de los Estados Unidos, en particular Edith Jacobson y Sandor Lorand. Estas reuniones permitían formar psicoanalistas, pero también hacer conocer el freudismo a los trabajadores de la salud mental.
A partir de 1948, Prados recibió el apoyo del padre Noél Mailloux. Dominicano erudito y católico de izquierda, el padre Mailloux abrió un gran camino al psicoanálisis al fundar en la Universidad de Montreal un instituto de psicología. Allí impartió una enseñanza rigurosa, a partir de referencias tanto francesas como de lengua inglesa. Sobre todo hizo estudiar a sus alumnos, además de los textos de Freud, las obras de Otto Fenichel: "Por lo que yo sé -escribe André Lussier-, no hay dudas de que Mailloux fue el primer hombre, un religioso, que implantó con eficacia el psicoanálisis freudiano en Canadá Su fe religiosa no lo llevaba a renegar de nada de lo que fuera esencial en Freud En los años 1945-1950 se necesitaba una audacia y un coraje fuera de lo común para enseñar abiertamente el psicoanálisis en una universidad pontificia que tenía al frente a un rector eclesiástico y un canciller cardenal."
La audacia de Mailloux era proporcional al hecho de que la experiencia de Jones a principios del siglo, en un país marcado a la vez por el puritanismo protestante y un catolicismo fanático, corría el riesgo de reiterarse, como pudo constatarlo hacia 1950 su alumna Grabrielle Clerk cuando pidió las obras de Freud en la biblioteca del Parlamento en Ottawa: "Me presenté con toda confianza al bibliotecario en jefe, un hombre encantador, erudito, cortés, quien, horrorizado, me respondió que los textos de Freud no se podían poner en las manos de una joven; estaban por otra parte en una sección reservada, a la cual sólo tenían acceso determinados lectores. Después me enteré de que esa sección se destinaba a los libros de erotismo y pornografía."
Durante todo este período, el Círculo Psicoanalítico de Montreal desplegó una actividad intensa y sufrió los efectos de una serie de diversas migraciones. Hubo nuevos desplazamientos de numerosos conferenciantes americanos, entre ellos Richard Sterba, Edward Bibring, René Spitz y sobre todo Gregory Zilboorg, mientras que había inmigrantes que se instalaban en Canadá, y canadienses formados en el extranjero que volvían al país.
Entre estos últimos se encontraban terapeutas que habían realizado estudios en la Société psychanalytique de Paris (SPP). Frente al pensamiento norteamericano, ellos introdujeron en Montreal una práctica clínica diferente, de inspiración a la vez francesa, europea y kleiniana. De alguna manera se convirtieron en los "padres fundadores" de la Société psychanalytique canadienne. Éste fue sobre todo el caso de Theodore Chentrier, pero también el de Jean-Baptiste Boulanger, brillante intelectual de cultura a la vez francesa, inglesa y norteamericana, y notable clínico kleiniano, apasionado por la historia; también se puede mencionar en tal sentido a André Lussier, e incluso a Roger Dufresne, quien redactó la primera gran bibliografía de las obras de Freud, conocida en el mundo entero, y finalmente a Camille Laurin, que iba a ser ministro de Salud en Quebec. En 1951 se unió al Círculo Georges Zavitzianos, terapeuta de origen griego formado también en la SPP, mientras que Eric Wittkover, berlinés de origen y analizado en la BPS, ya se había integrado un año antes.
A través de este cosmopolitismo, en el que se mezclaban todas las corrientes del freudismo moderno (kleinismo, Self Psychology, Ego Psychology, medicina psicosomática, clasicismo a la francesa), comenzaron a perfilarse los contornos de un movimiento psicoanalítico propiamente canadiense. Fue entonces cuando los miembros del círculo iniciaron un trámite de reconocimiento por la IPA, que iba a sumergirlos en espantosas disputas institucionales.
En esa fecha, en efecto, la IPA se había convertido en una inmensa máquina burocrática, víctima de escisiones en cadena en todo el mundo, provocadas por conflictos referentes a la formación de los psicoanalistas o a la cuestión del análisis profano. Pero si bien la batalla rugía con su mayor fragor en el seno de las viejas sociedades de la IPA (la francesa, la inglesa o la norteamericana), afectaba poco a los grupos no afiliados aún en el período de entreguerras, que tenían una generación o más de retraso respecto de los otros países de implantación freudiana. Ahora bien, para ellos, la integración a la organización internacional era absolutamente indispensable, porque sólo ella proveía un rótulo, tanto doctrinario como profesional.
En 1952, cinco miembros del Círculo de Montreal decidieron fundar la Société des psychanalystes canadiens (SPC): Theodore Chentrier, Eric Wittkower, Georges Zavitzianos, Alastair MacLeod y Bruce Ruddick. Todos pertenecían a la IPA a través de la adhesión a la SPP, a la BPS o a la New York Psychoanalytic Society (NYPS), y decidieron de inmediato adoptar el bilingüismo. La SPC añadió entonces a su denominación la de Canadian Society of Psychoanalysts (CSP), y fue afiliada como grupo de estudio a la BPS. De tal modo obtuvo un principio de reconocimiento por parte de la IPA.
Pero este procedimiento fue desautorizado por la poderosa APsaA, que reivindicaba su soberanía sobre el conjunto de los grupos de América del Norte, y no admitía que los canadienses se afiliaran a una sociedad europea, aunque fuera de lengua inglesa. A pesar de la intervención de Miguel Prados ante la dirección de la IPA, la APsaA ganó la batalla, y la BPS renunció a apadrinar la afiliación de la SPC, que pasó al control estadounidense. En octubre de 1952, para poner fin a la confusión y facilitar el proceso de integración, Prados declaró disuelto el Círculo de Montreal. En consecuencia, los canadienses perdieron toda su libertad, y fueron de alguna manera colonizados por la cultura y la política de las asociaciones estadounidenses.
Al año siguiente se inciaron discusiones con la APsaA, pero surgieron nuevas dificultades, a continuación de las cuales se exigió que cada miembro de la sociedad canadiense solicitara su afiliación a título individual. Pero en octubre de 1953, aduciendo su pertenencia al Commonwealth, los canadienses se negaron a someterse al procedimiento impuesto, y reafirmaron su voluntad de afiliación a la BPS. Al mismo tiempo decidieron transformarse oficialmente en una sociedad bilingüe y denominarse Société canadienne de psychanalyse/Canadian Psychoanalytic Society (SCP/CPS). Al margen, Mailloux y Chentrier, los dos eminentes padres fundadores, fueron obligados a renunciar a sus puestos de responsabilidad. Como no eran médicos, se corría el riesgo de que retrasaran el proceso de reconocimiento del grupo en el seno de una IPA dominada en gran medida por los adversarios del psicoanálisis profano. Estas negociaciones burocráticas parecen hoy en día tanto más absurdas cuanto que en 1954 la sociedad canadiense sólo contaba con doce miembros, distribuidos en Toronto y Montreal (entre ellos, sólo dos estaban habilitados para realizar curas didácticas).
En julio de 1957, en el Congreso de París, la SCP/CPS obtuvo el estatuto de sociedad componente de la IPA. En esa fecha, algunos psicoanalistas se habían instalado en Vancouver. Tres años más tarde, en octubre de 1960, se creó el Institut canadienne de psychanalyse, en el cual la sociedad delegó sus funciones en el ámbito de la formación de didactas. Siete años más tarde, en la SCP/CPS se expandió una fuerte reivindiación de autonomía, que llegó a federar el movimiento en diferentes "ramas" (provinciales o urbanas) y simultáneamente a organizar la Société psychanalytique de Montreal (SPM), de lengua exclusivamente francesa, que proponía un plan de estudios diferente del de la rama de lengua inglesa. En realidad, al cabo de unos años la SPM se convirtió en la punta de lanza de una renovación de la clínica y la teoría freudianas en Canadá, gracias a la acción conjunta y contradictoria de dos hombres: el canadiense Julien Bigras, fundador de la revista Interprétation, y el francés François Peraldi, introductor del pensamiento lacaniano en Quebec. Con el transcurso del tiempo, entre los miembros de la SCP/CPS hubo dos personalidades que adquirieron renombre internacional: Patrick Mahony, por sus trabajos sobre la historia del freudismo, y René Major, fundador de la revista Confrontation, por su papel protagónico en la SPP entre 1970 y 1971 Proveniente de Nueva York, el primero se instaló en Montreal y realizó su análisis con Wittkower, mientras que el segundo abandonó Montreal para vivir en París, donde adoptó la nacionalidad francesa después de haber sido formado por Bela Grunberger.
A partir de la década de 1970, la SCP/CPS enfrentó la proliferación en territorio canadiense de múltiples escuelas de psicoterapia. La cantidad de sus miembros no aumentó proporcionalmente a la fabulosa expansión de las sociedades de América del Norte y del Sur. En 1995, para una población de veintinueve millones y medio de habitantes, Canadá tenía trescientos sesenta y seis miembros (IPA), distribuidos en cuatro grandes ramas para tres ciudades (Montreal [SPM y Quebec English Branclil, Toronto y Ottawa), y cuatro pequeñas ramas para las otras provincias, todas de lengua inglesa: la Western Canadá (doce miembros), la South Western Ontario Psychoanalytic Society (doce miembros), la Psychoanalytic Society of Eastern Ontario (seis miembros), y la Société psychanalytique de Quebec-Ville (seis miembros). Doce psicoanalistas por millón de habitantes.
Después de haber atravesado tantos problemas, la SPC/CPS trató de superar sus dificultades, sobre todo en las grandes ciudades, y más específicamente en Montreal, declarándose abierta a todas las corrientes. De allí la implantación en la SPM, en torno a Jacques Mauger y Lise Monette, de un grupo de reflexión sobre el pensamiento de Jacques Lacan, independiente de París e inspirado al principio en la enseñanza de Peraldi. En la universidad, fue el filósofo Claude Lévesque, cercano a Jacques Derrida, quien formó a los estudiantes en el mismo espíritu, introduciéndolos especialmente en la obra de Georges Bataille (1897-1962).
Como en los Estados Unidos, pero de una manera aún más radical, el movimiento psicoanalítico canadiense tuvo que sufrir, a partir de 1985, los asaltos conjuntos del cognitivismo, el cientificismo neurofarmacológico y un puritanismo exacerbado, semejante al que había perseguido a Jones a principio de siglo. En el marco de una investigación realizada en Ontario en 1988 por Marie-Lou MacPhedran se reactivó el famoso artículo 153 del Código Penal canadiense, que prohibía todo contacto sexual entre cualquier persona y un adolescente que dependiera de ella. Convencida de que una gran cantidad de abusos sexuales se cometían en el seno mismo de la profesión médica, la investigadora puso en marcha un proceso inquisitorial, haciendo campaña entre mujeres desamparadas, víctimas o no de verdaderos abusos, para que "confesaran" las relaciones carnales que habían tenido con sus terapeutas. Las "víctimas" (reales e imaginarias) se quejaron en masa ante el Colegio de Médicos, el cual se vio llevado a enviar a los tribunales a los colegas culpables.
Bajo la presión de algunas ligas feministas (y en el marco de un doble movimiento de "corrección política" y conservadurismo que hizo estragos en esa época en la parte angloparlante del continente americano), el concepto de "abuso", limitado hasta entonces a la violación, la coacción comprobada (física o moral) y la corrupción de menores, se extendió al sexo entre adultos vinculados por relaciones de poder. Si bien todas las profesiones basadas en este tipo de relación (profesores y estudiantes, médicos y pacientes, patrones y empleados, etcétera) quedaron entonces sometidas a una nueva tecnología de la confesión, fundada en las diversas teorías del género (y casi siempre a pesar de ellas), la corporación médica fue la más afectada por el diluvio de acusaciones: ciento veinte juicios por "abuso" en once años, entre los cuales trece apuntaban a psiquiatras practicantes del psicoanálisis (o sea un 5 por ciento de la profesión, mientras que los casos de transgresión de este tipo no superan el 1 por ciento). Sea como fuere, en el seno de la comunidad freudiana, que afirma que la sexualidad, la transferencia y el fantasma están en el fundamento mismo de la conducción de la cura, la consecuencia de la aplicación de esta ley fue transformar en culpables a numerosos profesionales del inconsciente, sin que nunca se pudiera saber de qué se los acusaba: abusos reales, transgresión de una prohibición, historia de amor trivial, etcétera.
Es sabido que, en todos los países donde se implantó el freudismo, la cuestión de las relaciones sexuales entre psicoanalistas y pacientes se ha regulado siempre en el interior de la comunidad psicoanalítica. Simplemente porque la prohibición absoluta y necesaria de la sexualidad en la cura no es determinada más que por la adhesión a la ética del psicoanálisis, a su vez basada en la prohibición del incesto, y no por los tribunales. Es cierto que estas transgresiones han sido a menudo reprimidas u ocultadas por la historia oficial, pero no obstante no merecen ser asimiladas a delitos.
La confusión entre la ética y el derecho, la ingerencia de la justicia en la gestión de las sociedades psicoanalíticas, han puesto recientemente en peligro, tanto en los Estados Unidos como en Canaffi, !a existencia misma del freudismo, una vez más violentamente atacado en un contexto puritano por su supuesto pansexualismo. De allí la extraña impresión de repetición entre las campañas de calumnias realizadas contra Jones en Toronto en 1912, y las locas imprecaciones de la década de 1990.
Canibalístico
Al.: kannibalisch.
Fr.: cannibalique.-
Ing.: cannibalistic.-
It.: cannibalico.
Por.: canibalesco.
Término utilizado para calificar las relaciones de objeto y las fantasías correlativas a la actividad oral, aludiendo al canibalismo practicado por ciertas poblaciones. La palabra expresa, en forma figurada, las distintas dimensiones de la incorporación oral: amor, destrucción, conservación en el interior de sí mismo y apropiación de las cualidades del objeto. En ocasiones se habla de una fase canibalística como equivalente de la fase oral o, más especialmente, como equivalente de la segunda fase oral de Abraham (fase sádico-oral).
Aun cuando en la edición de 1905 de los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie) ya se encuentra una alusión al canibalismo, este concepto se desarrolla por vez primera en Tótem y tabú (Totem und Tabu, 1912-1913). Refiriéndose a esta práctica de los «pueblos primitivos», Freud subraya la creencia que ella implica: «[...] al ingerir las partes del cuerpo de una persona en el acto de devorarla, uno se apropia también de las cualidades que habían pertenecido a dicha persona». La concepción freudiana del «asesinato del padre» y de la «comida totémica» confiere a esta idea un gran alcance: «Un día los hermanos [...] se reunieron, mataron al padre y lo devoraron, poniendo fin así a la horda primitiva En el acto de devorarlo realizaron la identificación con él, apropiándose cada uno de ellos de una parte de su fuerza».
Sea cual fuere el valor de los puntos de vista antropológicos de Freud, el término «canibalístico» ha adquirido en la psicología psicoanalítica una significación precisa. En la edición de 1915 de los Tres ensayos, en la que Freud introduce la idea de organización oral, el canibalismo caracteriza esta fase del desarrollo psicosexual. Siguiendo a Freud, se habla a veces de fase canibalística para designar la fase oral. Cuando K. Abraham subdivide la etapa oral en dos fases, fase de succión preambivalente y fase de mordedura ambivalente, es esta última la que él califica de canibalística.
El término «canibalístico» subraya algunos caracteres de la relación de objeto oral: unión de la libido y de la agresividad, incorporación y apropiación del objeto y de sus cualidades. El concepto de canibalístico connota las íntimas relaciones existentes entre la relación de objeto oral y los primeros modos de identificación (véase: Identificación primaria).
Carácter
La noción freudiana de carácter deriva de la doble hipótesis del psicoanálisis sobre la supervivencia de una organización pulsional pregenital y el destino asignado a esa formación en la historia del sujeto.
Al principio se presenta, en relación con ciertos sujetos, un tipo caracterológico rígido, animado por el interés común por el dinero y la defecación.
En Tres ensayos de teoría sexual (1905), Freud escribe: «El análisis del carácter de individuos altamente dotados, en particular artistas, indicará la mezcla, en proporciones variables, de creación, perversión y neurosis, según que la sublimación haya sido completada o sea incompleta. Parece que la sofocación por formación reactiva -que, como lo hemos visto, comienza a hacerse sentir en el período de latencia, para continuar durante toda la vida si las condiciones son favorables- debe ser considerada como una especie de sublimación. Lo que nosotros llamamos "carácter" se construye en gran parte con el material de las excitaciones sexuales, y se compone de pulsiones fijadas desde la infancia, de construcciones adquiridas mediante la sublimación, y de otras construcciones destinadas a sofocar los movimientos perversos que se han reconocido como no utilizables. Es entonces lícito decir que la disposición sexual del niño crea, por formación reactiva, muchas de nuestras virtudes».
Este pasaje será completado en 1920, aprovechando una nueva edición: «Se ha podido establecer que incluso ciertos rasgos de carácter presentan relaciones con componentes erógenos determinados. Así, la obstinación, la parsimonia y el espíritu de orden pueden hacerse derivar de la actividad de la zona erótica anal.
Una fuerte disposición uretral-erótica determina la ambición».
El tema es desarrollado en 1908, en el artículo «Carácter y erotismo anal», en torno de los tres rasgos del carácter del obsesivo -el orden, la economía, la terquedad-, insistiéndose en particular en las formaciones reactivas y la sublimación: «En la época de la vida que se puede caracterizar como "período de latencia sexual", desde el quinto año cumplido hasta las primeras manifestaciones de la pubertad (hacia los once años), se ven crear en la vida psíquica, a expensas de las excitaciones provenientes de las zonas erógenas, formaciones reactivas, contrapotencias, como la vergüenza, la repugnancia y la moral, que se oponen como diques a la activación ulterior de las pulsiones sexuales. Ahora bien, puesto que el erotismo anal es uno de los componentes de la pulsión que, en el curso del desarrollo, y en el sentido de la educación de nuestra civilización actual, se vuelven inutilizables para metas sexuales, nos vemos llevados a reconocer, en los rasgos de carácter que con tanta frecuencia presentan los antiguos poseedores del erotismo anal -ser ordenado, económico, y terco-, los resultados más directos y constantes de la sublimación del erotismo anal».
Represión neurótica, regresión caracterial
Estas indicaciones exigirán la comparación del proceso neurótico con el proceso de la formación del carácter. «En el dominio del desarrollo del carácter debemos encontrar las mismas fuerzas pulsionales cuyo juego hemos descubierto en las neurosis. Pero un hecho nos basta para establecer una nítida separación teórica: lo propio del mecanismo de la neurosis, el fracaso de la represión y el retorno de lo reprimido, falta en el caso del carácter. En la formación de éste, o bien la represión no entra en acción, o bien alcanza sin obstáculos su meta, que es sustituir lo reprimido por formaciones reactivas y sublimaciones. Por eso los procesos de formación del carácter son menos transparentes y menos accesibles al análisis que los de a neurosis.
«Ahora bien, es precisamente el dominio del desarrollo del carácter el que nos proporciona una buena analogía con el caso mórbido que hemos descrito; la dificultad se resuelve si uno entiende la neurosis como imputable de represión, mientras que el yo lo es de regresión.
»Además se asistirá a una acentuación de los rasgos caracteriales en el momento de la regresión de la función sexual.
»Es un hecho conocido, y que ha dado a los hombres muchas oportunidades para la recriminación, que con frecuencia el carácter de las mujeres se altera singularmente una vez que han renunciado a su función genital. Se vuelven peleadoras, enredadoras y discutidoras, mezquinas y avaras; de este modo dan muestras de rasgos de erotismo sádico-anal que no presentaban antes, durante su feminidad. Autores cómicos y satíricos de todos los tiempos han dirigido sus dardos contra la "vieja bruja" en que se ha convertido la joven graciosa, la esposa amante, la madre tierna. Nosotros comprendemos que ese cambio del carácter corresponde a la regresión de la vida sexual al estadio del erotismo sádico-anal, en el cual hemos descubierto la disposición a la neurosis obsesiva.»
En este período -que es el del desarrollo de su polémica con Jung- Freud es por otra parte consciente de la insuficiencia de su teoría del desarrollo, en la perspectiva de un análisis del yo. «Sabemos que la disposición neurótica, inherente a la historia del desarrollo, sólo se completa cuando tiene en cuenta, a igual título que la fase de desarrollo de la libido, la del desarrollo del yo en la cual tiene lugar la fijación. Ahora bien, nuestra tesis sólo se refiere a la fase del desarrollo libidinal, y por lo tanto no contiene todo el conocimiento que tenemos necesidad de hacer progresar. Los estadios de desarrollo de las pulsiones del yo son hasta ahora muy poco conocidos. Sólo tengo noticias de un intento de abordar esta cuestión; un intento por otra parte prometedor: el de Ferenczi.»
Una autocrítica tal debe extenderse inevitablemente desde la interpretación de la neurosis a la interpretación del carácter. Además se encontrará totalmente renovada con la constitución de la segunda tópica.
Formación del carácter por regresión o por retiro de la libido
«Hemos logrado explicar el doloroso sufrimiento que existe en la melancolía, suponiendo que el yo vuelve a encontrar súbitamente en sí mismo el objeto sexual al cual, por alguna razón, el ello había sido obligado a renunciar; dicho de otro modo, la energía erótica que se había concentrado en el objeto se resuelve y se disipa, es relevada por una identificación. Pero en la época en que produjimos esta explicación aún no advertíamos toda la significación de ese proceso y todavía ignorábamos hasta qué punto era típico y frecuente. Después hemos comprendido que esta sustitución desempeña un papel de primer orden en la conformación del yo y contribuye esencialmente a determinar lo que se llama su carácter. En el origen, en la fase primitiva oral del individuo, la investidura de un objeto y la identificación son procesos difíciles de distinguir entre sí. En fases ulteriores, sólo cabe suponer que las investiduras de objeto tienen como punto de partida el ello, para el cual las aspiraciones eróticas constituyen necesidades. Sea como fuere, se trata de un proceso muy frecuente, sobre todo en fases de desarrollo poco avanzadas, y de una naturaleza tal que hace plausible la hipótesis de que el carácter del yo es la sedimentación que resulta de esos abandonos sucesivos de objetos sexuales, y contiene la historia de esas elecciones de objetos. Innecesario es decir que no todos los individuos sufren con la misma facilidad las influencias de esta historia, de esta sucesión de objetos eróticos. Las variaciones de medida en que el carácter individual adopta esos influjos, permite suponer en cada caso resistencias cuya fuerza varía de un individuo a otro.»
Entonces es posible proporcionar una interpretación nueva, basada en la pulsión de muerte.
«La transformación, a la que asistimos aquí, de la libido de objeto en libido narcisista implica evidentemente la resignación de las metas puramente sexuales, una desexualización, y por lo tanto una especie de sublimación. En tal sentido, es incluso lícito plantearse una cuestión que merece un examen detallado: la de si no nos encontramos aquí en presencia del medio de sublimación más general, si toda sublimación no se efectúa por medio del yo que transforma la libido sexual dirigida hacia el objeto en una libido narcisista y le propone metas diferentes. En cuanto a la cuestión de si esta transformación no puede tener además otras consecuencias para el destino ulterior de las pulsiones, y en particular una desmezcla de las diferentes pulsiones fusionadas entre sí, vamos a ocuparnos de ella más adelante.»
Es posible entonces una identificación con uno u otro de los progenitores. Sin embargo, piensa Freud, este episodio se produce, de manera muy precisa, antes de toda investidura de objeto, y en particular antes de la formación del ideal del yo que deriva de la destrucción del complejo de Edipo.
En 1931 se tendrá una sistematización de los tipos libidinales: el erótico, el compulsivo, el narcisista. Existe además una variedad mixta: el erótico-compulsivo. «Se podría pensar -continúa Freud- que es una broma preguntar por qué no mencionamos aquí otro tipo, teóricamente posible, el erótico-compulsivo-narcisista. Pero la respuesta a esta broma es seria: ese tipo ya no sería un tipo, sino que significaría la norma absoluta, la armonía ideal. Se advierte que el fenómeno del tipo nace precisamente del hecho de que, de las tres utilizaciones principales de la libido en la economía psíquica, una o dos han sido favorecidas a expensas de las otras.
«En cuanto a la relación de esta caracterología con la patología, parece fácil conjeturar que los tipos eróticos, en caso de enfermedad, evolucionan hacia la histeria, y los tipos compulsivos hacia neurosis obsesivas, pero todo esto sigue sometido a la incertidumbre que acabamos de subrayar. Los tipos narcisistas, a los que su independencia habitual expone a la frustración del mundo exterior, tienen una predisposición particular a la psicosis, pero presentan también ciertas condiciones esenciales de la criminalidad.»
Una nueva ilustración de este enraizamiento genético -o histórico- del carácter nos es aportada en 1932. «En el curso de estos estudios sobre las fases pregenitales de la libido -escribe Freud en las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis- hemos podido obtener algunas vislumbres nuevas sobre la formación del carácter. Hemos podido reconocer que tres cualidades eran inseparables entre sí: el orden, la ahorratividad y la obstinación. El análisis de los individuos provistos de estas características ha demostrado que ellas derivan de] erotismo anal y lo agotan. Su presencia simultánea nos permite hablar de carácter anal, y éste es, de alguna manera, lo opuesto al erotismo anal bruto. Encontramos una relación análoga y quizás aún más estrecha entre la ambición y el erotismo uretral. Hay una leyenda que hace una alusión singular a esa relación: en efecto, se cuenta que Alejandro Magno nació la misma noche en que un cierto Eróstrato, movido solamente por la ambición, incendió un monumento muy admirado, el templo de Artemisa en Éfeso. Al oír esta historia, ¿no se tiende a pensar que las conexiones de las que acabamos de hablar eran conocidas por los antiguos?
«Sabemos que la micción y el fuego o la extinción del fuego tienen alguna relación. Todo nos induce a creer que otros rasgos de carácter son también los residuos o las formaciones reactivas de ciertas estructuras pregenitales de la libido, pero aún no estamos en condiciones de demostrarlo.»
En la perspectiva de la segunda tópica, se formulará finalmente el fundamento repetitivo de la inercia caracterial.
«Los efectos del trauma son de dos tipos, positivos y negativos. Los primeros son esfuerzos tendientes a reactivar el trauma y por lo tanto a rememorar la experiencia olvidada o, mejor aún, a hacerla real, vivir de nuevo su repetición, incluso, si se trata de una relación afectiva anterior, revivirla en una relación análoga con otra persona. Estos esfuerzos se reúnen bajo el nombre de fijación al trauma y coacción de repetición. Pueden estar integrados en el yo llamado normal y prestarle, en tanto que tendencias constantes en él, rasgos de carácter inmutables, aunque su fundamento real, su origen histórico, hayan sido olvidados, o más bien a causa de ello. Así, un hombre que ha pasado su infancia en un apego excesivo a la madre, hoy ya olvidado, puede buscar durante toda su vida una mujer de la que pueda volverse dependiente, dejarse alimentar y mantener. Una joven que ha sido en su primera infancia objeto de una seducción sexual puede disponer su vida sexual ulterior de manera tal que siempre provoque agresiones de ese tipo. Es fácil advertir que con tales puntos de vista penetramos, más allá del problema de la neurosis, hasta la comprensión del carácter en general.
»Las reacciones negativas tienden a la meta opuesta: a que ningún elemento de los traumas olvidados pueda ser rememorado o repetido. Podemos reunirlas bajo el nombre de reacciones de defensa. Su manifestación principal es lo que se llaman evitaciones, que pueden agravarse convirtiéndose en inhibiciones o fobias. También estas reacciones negativas realizan fuertes contribuciones a la formación del carácter; en el fondo son fijaciones al trauma, lo mismo que su antítesis, sólo que de tendencia contraria.»
Carácter vincular
Definición
Entendemos por carácter ciertos rasgos sobresalientes que se producen como resultado de fijaciones pulsionales no sólo a ciertas zonas erógenas propias de la evolución de cada sujeto, sino también a los modelos vinculares predominantes durante dicho desarrollo y que llega a su culminación con la estructuración del Complejo de Edipo. Es el carácter quien le otorga al vínculo su sello, su estilo peculiar y lo organiza en el marco de una modalidad definitiva estable (pero no inmutable), sedimentando los avatares pulsionales que entraman su consolidación.
Toda pareja tiende a fijar determinadas pautas de funcionamiento que le son propias, condición que no necesariamente supone patologización. La fijación pulsional ligada al polo de la identificación confiere a cada vínculo cierto carácter particular que define la identidad del mismo.
Origen e historia del término
Carácter en su etimología "Charasso" nos remite a grabado, a algo impreso, trazo propio que permite diferenciarlo de otros. Freud aborda dicho concepto desde tres ejes íntimamente imbricados: la identificación, los avatares pulsionales y la compulsión repetitiva. El carácter deviene de la renuncia pulsional impuesta por la cultura.
Un modo de manifestarse los efectos de tal represión es a través de la persistencia o intensificación de ciertos rasgos del carácter. Se trata de una alteración del yo a partir de acontecimientos de la sexualidad infantil a la que luego se agregan sedimentos resultantes de identificaciones (heredadas de investiduras de objetos abandonados). También las injurias narcisistas así como las situaciones traumáticas y las luchas defensivas contra las mismas abonan el terreno apto para su constitución.
Con posterioridad a Freud, también se han ocupado de esta temática Abraham, Karl (1925); Alexander Franz (1927); Reich Wilheim. En la actualidad Nicolini Elvira y Schust Jaime (1992), Rabinovich, D (1989) han hecho importantes aportes a la misma.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
En una pareja estable, en que los parámetros definitorios de la misma (cotidianeidad, proyecto vital compartido, relaciones sexuales y tendencia monogámica) están atravesados por el vector de la temporalidad, la convivencia vincular resulta teñida por el singular armado de su "circuito pulsional", que incluye el apartamiento libidinal de sus cauces originarios, para orientarlo según los requerimientos de la cultura a la que pertenecen. La persistencia en el tiempo del peculiar intercambio que establecen en el espacio intersubjetivo (por eso incluimos el vector temporal), hace que los rasgos de carácter de cada uno, se combinen de tal manera, que resulte en algunos casos, una potenciación mutua de los propios, así como en otros, se producirá una atenuación de los mismos o, un producto bastante diferente al que se correspondería con el espacio intrasubjetivo de cada uno. Emergencia de una cierta "potencialidad" en tanto situación de encuentro facilitadora del surgimiento de un rasgo característico que en otra configuración vincular quizás no se daría.
El grado de estereotipia del mismo es lo que lleva a una rigidización vincular que podríamos denominar "funcionamiento caracteropatizado ".
Apunta al no cambio sostenido en la creencia de que la pareja tiene un destino pulsional prefijado por ciertos recorridos jalonados de una determinada y única manera.
Estas estructuras caracteropatizadas tienden a un status quo pulsional, más fuerte que el deseo de cambio que el sufrimiento vincular podría estar requiriendo. No hay crecimiento ni complejización vincular. Se va dando un paulatino vaciamiento de sentido, por lo cual el estar juntos les impone tener que asirse con más fuerza cada vez, a un discurso cargado de certezas que está al servicio de la compulsión a la repetición. El grado de hipertrofia y fijación pulsional elevado al extremo de la rigidización coagula el vínculo. Son parejas que se ubican en el lugar de la respuesta en vez del de la pregunta. "Nosotros somos así', dirán. Por lo general no acceden al análisis, y cuando lo hacen, suelen interrumpirlo abruptamente, ni bien comienzan a tomar contacto con el núcleo coagulado. Baluarte narcisista, condición de estructura que requieren mantener a ultranza, dado que la posibilidad de un cambio va ligada a fantasías de desestructuración. Juntos están mal, pero pensarse separados les despierta una ansiedad catastrófica, muchas veces promotora de desbordes impulsivos y violentos. Tipo de vínculo que se rige predominantemente por un dictado tanático, lo cual opera como escollo estructural para acceder a una mayor complejización vincular.
Problemáticas conexas
Carácter vincular y trauma
Pensamos el entrecruzamiento entre situaciones traumáticas y las luchas defensivas que dichos traumas generaron, como puntos de conformación del carácter. La fijación al trauma con la fijación pulsional que encierra, determina en el sujeto y sus vínculos, una particular cosmovisión. En grado extremo, produce una cristalización de los rasgos de carácter que a veces retorna como repudio de todo aquello que no coincide con dicha cosmovisión.
Cárcamo Celes Ernesto
(1903-1990) Psiquiatra y psicoanalista argentino
Nacido en La Plata, Celes Cárcamo provenía de una familia de la burguesía católica. Después de estudiar medicina, comenzó a orientarse hacia la psicoterapia en el servicio de medicina general dirigido por Mariano Castex, donde asistió a las conferencias de James Mapelli, un hipnotizador inteligente y lleno de recursos, que no vacilaba en declarar: “Prefiero una sola sesión de hipnosis a una cura psicoanalítica de un año". Cárcamo descubrió el psicoanálisis en el contacto con este médico. Iba a convertirse en un excelente clínico, abierto a todas las tendencias del freudismo.
En 1936 viajó a Europa con el apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino. Visitó Hamburgo y después Viena, donde conoció a Anna Freud. Realizó sus estudios de psiquiatría en París. Gracias a la recomendación del psiquiatra José Belbey, pudo hacer su análisis didáctico con Paul Shiff, mientras trabajaba en el Hospital Sainte-Anne, en el servicio de Henri Claude. Más tarde, en 1943, recibió una carta de Paul Schiff en la cual éste, con su nombre de resistente (Herbelot), le pedía ayuda para emigrar a la Argentina. Después de haberle conseguido una invitación de la Facultad de Medicina, Cárcamo no tuvo más novedades. Posteriormente se enteró de que Schiff se había unido a los Aliados para participar en la campaña de Italia, a continuación de un rodeo por Marruecos.
Cárcamo realizó dos análisis de control, uno con Rudolph Loewenstein y el otro con Charles Odier, y fue elegido miembro de la Société psychanalytique de Paris (SPP) después de haber presentado un estudio clínico y un trabajo de psicoanálisis aplicado, a propósito de la serpiente emplumada de la religión maya y azteca. Apasionado por la antropología, frecuentaba el Museo del Hombre, donde conoció a Jacques Soustelle.
Durante su estada en París conoció también a Ángel Garma. Muy pronto, los dos decidieron fundar una sociedad psicoanalítica en la Argentina.
En 1939 se instaló en Buenos Aires y trabajó en el Hospital Durán, mientras daba conferencias sobre psicoanálisis en la Sociedad de Homeopatía. Tres años más tarde, junto con Marie Langer, Enrique Pichon-Rivière, Arnaldo Rascovsky, Guillermo Ferrari Ardoy y Ángel Garma, fundó la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Después de la crisis de la década de 1970, prefirió alejarse de ella, aunque sin renunciar, como lo hizo Marie Langer, cuyas opiniones críticas Cárcamo compartía.
Cartel
Concebido como eslabón elemental de laEscuela Freudiana de París, el cartel designa un pequeño grupo compuesto de «tres personas por lo menos, cinco a lo sumo, más una encargada de la selección, la discusión y la salida que se le reserva al trabajo de cada uno» (Acta de fundación de la EFP, 1964). Lo definen otras dos condiciones: no tiene vocación de perdurar y, reglamentaramente, sólo existe para formar parte de una cadena circular de carteles que anula todo orden preferencial y permite el juego de una ley de permutación. Estas restricciones lo diferencian de los grupos ordinarios, cuyos principales defectos -es decir, la escisión o fusión, el sacrificio al interés del grupo, la inhibición del trabajo individual- se considera que previenen. En 1964, la opción por una organización circular -la cartelizacion- se opuso a las sociedades psicoanalíticas existentes, cuyo funcionamiento e ideología Lacan había denunciado en 1956 («Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956»). Se procura romper con un sistema basado en «la identificación con la imagen que da su ideal al agrupamiento», la imagen de un yo autónomo que encarnaría el analista.
El cartel dramatiza una concepción de las relaciones del sujeto, el significante y la verdad, cuya matriz se encuentra en «El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma», con el sofisma de los tres prisioneros. El objetivo no es acumular un saber sino resolver un problema. En la búsqueda de la solución, cada uno se determina en función del movimiento de los otros, cálculo intersubjetivo que supone la concurrencia de tres sujetos por lo menos, para que el otro sea percibido en tanto que tal, es decir, como otro del otro, y no como semejante. Una vez resuelto el enigma que lo sostenía, el cartel ya no tiene razón de ser. En el momento de concluir, hay anticipación del resultado: al retardar la enunciación, cada sujeto volvería a las incertidumbres del principio. Es decir que la verdad es aquí interpretación, y sólo se alcanza por los otros. No obstante, más allá de 5 (+1), el cálculo intersubjetivo se volvería demasiado complicado y se correría el peligro de ceder el lugar al pacto y de que los miembros se desprendan de sus apuestas personales con la designación de un líder.
El cartel responde a la ambición de dar a la institución analítica una estructura isomorfa con las formaciones del inconsciente. En él encuentra, cada uno de sus miembros, la oportunidad de explorar los lugares marcados Otro, yo [moi], síntoma u otro, quedando así relanzada a su respecto la cuestión del sujeto, de la
cual el Más-uno expresa la infinitud latente. La noción de Más-uno se aclara con la diferencia entre el Uno del elemento y el Uno del conjunto vacío (seminario la Logique du fantasme, sesiones del 23 de noviembre y el 14 de diciembre de 1966). El Más-uno asegura el pasaje a lo colectivo, eso colectivo de lo cual Lacan escribe, remitiendo a Psicología de las masas y análisis del yo, que «es sólo el sujeto de lo individual» y lo único que permite fundar la pretensión de verdad de un enunciado en algo distinto de la íntima convicción de un yo, aunque sea autónomo. Al obstaculizar la soldadura imaginaria del grupo, en cuanto él le falta (se puede contar como Menos-uno), al articular al sujeto en una cadena indefinidamente recorrible, manifiesta que el sujeto no se detiene y no es idéntico al significante (un nombre, una obra) que lo representa.
Finalmente, el cartel es un espacio de transición. Lugar de una transferencia de trabajo, tiene una función de enlace entre la suspensión de la escritura al principio de la cura y el tiempo ulterior de la escritura singular o la enseñanza -etimológicamente el cartel ya remite a lo escrito- Constituyó un modo de ingreso en la EFP y sirve aun para asociar a personas ajenas a la comunidad analítica. A pesar de los interrogantes que continúa suscitando la función e incuso la naturaleza del Más-uno, y del fracaso de los intentos de cartelización, el «cartel» sigue siendo un modo privilegiado de relación de trabajo en la comunidad lacaniana.
Caruso Igor
(1914-1981) Psicoanalista austríaco
Nacido en Rusia en una familia noble de ascendencia italiana, Igor Caruso fue uno de los representantes de la corriente de la psicoterapia existencia] y fundador de una internacional freudiana original, la Internationale Föderation der Arbeitskreise für Tiefenpsychologie.
Formado en teología y en filosofía en la Universidad de Lovaina, en Bélgica, y después analizado por Viktor Emil Freiherr von Gebsattel (1883-1976), psicoanalista alemán amigo de Rainer Maria Rilke (1875-1926) y de Lou Andreas-Salomé, el conde Igor Caruso participó en Viena, después de la Segunda Guerra Mundial, en la reconstrucción de la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV), junto con el barón Alfred von Winterstein y el conde Wilhelm Solms-Ródelheim. Esos tres aristócratas habían conservado el espíritu freudiano bajo el nazismo, sin aceptar la política de colaboración preconizada por Ernest Jones. Pero en 1947 se separó sin violencia de la WPV, cuya orientación le parecía demasiado médica, demasiado materialista y, en una palabra, demasiado "norteamericana", para crear el primer círculo de trabajo vienés sobre la psicología de las profundidades. Sin dejar de ser freudiano, no aceptaba las normas de formación de la International Psychoanalytical Association (IPA) y, lo mismo que Jacques Lacan, quería darle al psicoanálisis una orientación intelectual, espiritual y filosófica. En consecuencia, lo consideraba, a la luz de la fenomenología, un método de edificación de la personalidad humana (un personalismo), no destinado a adaptar el sujeto al principio de realidad, sino a llevarlo a resolver las tensiones resultantes de su relación conflictiva con el mundo.
Gran viajero, Caruso enseñó en la Universidad de Salzburgo, y viajó a varios países de América latina, donde se desarrollaron los círculos de trabajo fundados por él.
Caso límite
Al.: Grenzfall. -
Fr.: cas-limite. -
Ing.: borderline case. -
It.: caso limite. -
Por.: caso limítrofe.
Expresión utilizada generalmente para designar afecciones psicopatológicas situadas en el límite entre la neurosis y la psicosis, especialmente las esquizofrenias latentes que presentan una sintomatología de apariencia neurótica.
El término caso límite no posee una significación nosográfica rigurosa. Sus variaciones reflejan las propias incertidumbres existentes en el campo al que se aplica. Los diferentes autores han englobado bajo este término, según sus concepciones, las personalidades psicopáticas, perversas, delincuentes, así como los casos graves de neurosis del carácter. Al parecer, en su empleo más corriente, el término tiende a reservarse a las esquizofrenias que se presentan bajo una sintomatología de tipo neurótico.
La extensión del psicoanálisis ha contribuido grandemente a poner en evidencia la categoría llamada de los casos límites. En efecto, la investigación psicoanalítica ha logrado poner de manifiesto una estructura psicótica en casos sometidos a tratamiento por trastornos neuróticos. Desde el punto de vista teórico, suele considerarse que, en tales casos, los síntomas neuróticos cumplen una función defensiva frente a la irrupción de la psicosis.
Castigo
(necesidad de)
(fr. besoin de punition; ingl. need for punishment; al. Strafbedürfnis), Comportamiento de ciertos sujetos que buscan situaciones penosas y humillantes y se complacen en ellas.
El psicoanálisis se ha visto llevado a poner de manifiesto la existencia en el sujeto de considerables tendencias a prohibirse la satisfacción o a herirse en represalia de una satisfacción recibida. Por lo tanto, más que de castigo propiamente dicho, se trata de autocastigo, el cual es una expresión de la pulsión de muerte.
|