Claparède Edouard
(1873-1940). Pedagogo y psicólogo suizo
Favorable a las ideas freudianas, Édouard Claparède desempeñó un papel en la historia de la introducción del psicoanálisis en Suiza. En 1907 viajó a la Clínica del Burghölzli, y después adhirió a la Sociedad Freud, creada por Carl Gustav Jung. En 1908 participó en el primer congreso de la futura International Psychoanalytical Association (IPA) en Salzburgo. Con Théodore Flournoy, su primo, fue también el editor de los Archives de psychologie, y en Ginebra fundó el Instituto Jean-Jacques Rousseau. Cuando apareció la primera traducción en francés de una obra de Sigmund Freud, él redactó la introducción. Se trataba de las cinco conferencias pronunciadas en los Estados Unidos. Fueron reunidas en una traducción de Yves Le Lay, primero en La Revue de Genéve, con el título de "Origines et développement de la psychanalyse", y después publicadas por Sonor (Ginebra) y Payot (París) con el título de La Psychanalyse. Claparède narraba los inicios de la historia del psicoanálisis en Francia y Suiza. En una "Nota adicional sobre la libido" daba cuenta del debate entre Freud y él en tomo a esa noción.
Clarke Charles Kirk
(1857-1924) Psiquiatra canadiense
Nacido en Elora, Provincia de Ontario, Charles Kirk Clarke visitó a Emil Kraepelin en Múnich, en 1907, antes de tomar, al año siguiente, a Ernest Jones como asistente en el hospital psiquiátrico de Toronto, donde él fue durante treinta años el gran especialista en el tratamiento de la psicosis y, en tal carácter, uno de los introductores del psicoanálisis en la parte angloparlante de Canadá.
Caude Henri Henri (1869-1945). psiquiatra francés
Clínico de la esquizofrenia, creador del término "esquizosis" para designar las enfermedades por disociación, Henri Claude fue uno de los principales representantes de la tradición psiquiátrica francesa en la primera mitad de siglo, terreno privilegiado sobre el cual se implantó el psicoanálisis. Discípulo de Fulgence Raymond (1844-1910), a su vez discípulo de Jean Martin Charcot, a partir de 1922 fue el gran "patrón" de la clínica de enfermedades mentales en el Hospital Sainte-Anne. Se hizo protector oficial del freudismo y puso a René Laforgue al frente de un consultorio de psicoanálisis en su servicio, donde fueron acogidos Adrien Borel, Angelo Hesnard y Eugénie Sokolnicka. Ocupó la posición privilegiada de maestro de psiquiatría para la tercera generación psicoanalítica francesa, sobre todo para Jacques Lacan, pero también para Henri Ey, quien fue su asistente y adoptó su concepción del organodinamismo.
Patriotero y particularmente germanófobo, era partidario, lo mismo que Hesnard, de un psicoanálisis denominado "cartesiano" y adaptado al "genio latino".
Claus Carl
(1835-1899) Médico y zoólogo alemán
Después de estudiar medicina y ciencias naturales, Carl Claus fue el introductor en Austria del pensamiento darwiniano. Profesor de zoología y anatomía comparada en la Universidad de Viena, impartió cursos sobre el evolucionismo y creó en Trieste el Instituto de Investigaciones sobre Animales Marinos. En 1874, Sigmund Freud siguió sus clases, en el momento mismo en que Claus se entregaba a una vasta polémica con Ernst Haeckel, otro discípulo alemán de Charles Darwin (1809-1882). Al año siguiente Freud obtuvo en dos oportunidades una beca para viajar a Trieste, donde efectuó investigaciones sobre las gónadas de la anguila.
En 1990, Lucille Ritvo fue la primera en estudiar la importancia de la enseñanza de Carl Claus en la génesis de la adhesión de Freud al darwinismo, y sobre todo a la tesis de la herencia de los caracteres adquiridos.
Clivaje
(del yo)
Alemán: Ichspaltung.
Francés: Clivage du moi.
Inglés: Splitting of the ego.
Término introducido por Sigmund Freud en 1927, para designar un fenómeno propio del fetichismo, la psicosis y la perversión en general, que se traduce por la coexistencia, en el seno del yo, de dos actitudes contradictorias, una de las cuales consiste en negar la realidad (renegación), y la otra en aceptarla.
Las nociones de Spaltung (clivaje o escisión), disociación y discordancia fueron desarrolladas primeramente a fines del siglo XIX por todas las doctrinas que estudiaban el automatismo mental, la hipnosis y las personalidades múltiples. Desde Pierre Janet hasta Josef Breuer, todos los clínicos de la doble conciencia (incluso el joven Freud) veían en este fenómeno de la coexistencia de dos dominios o dos personalidades que se ignoraban mutuamente, una ruptura de la unidad psíquica; esa ruptura entrañaba un trastorno del pensamiento y la actividad asociativa, y conducía al sujeto a la alienación mental, y por lo tanto a la psicosis. Con este marco, Eugen Bleuler hizo de la Spaltung el trastorno principal y primario de la esquizofrenia (del griego skhizein: hender), es decir, de esa forma de locura caracterizada por la ruptura de todo contacto entre el enfermo y el mundo exterior. Un año más tarde, el psiquiatra francés Philippe Chaslin (1857-1923) llamó discordancia a un fenómeno idéntico, y bautizó la enfermedad como locura discordante.
A partir de esta terminología, y de la descripción, en el terreno de la histeria, de fenómenos idénticos, Freud se vio de alguna manera llevado a introducir la disociación (Spaltung) en el yo (Ich). En el marco de su segunda tópica y de una reflexión sobre la renegación y el fetichismo, creó entonces la expresión "clivaje del yo" (Ichspaltung). De tal modo llevaba la discordancia al corazón del yo, mientras que la psiquiatría dinámica la situaba entre dos instancias y la caracterizaba como un estado de incoherencia, más bien que como un fenómeno estructural.
Melanie Klein retomó la noción freudiana para desplazar el clivaje hacia el objeto, y elaborar así su teoría de los objetos bueno y malo, mientras que Jacques Lacan, marcado por la tradición psiquiátrica francesa, empleó primero el término discordancia, en 1932, para definir una diferencia (de la locura) respecto de una norma. Veinte años más tarde empleó un conjunto de palabras para designar las diferentes modalidades de un clivaje, no sólo del yo, sino del sujeto. En el marco de su teoría del significante, demostró, en efecto, que el sujeto humano está dividido dos veces: una primera instancia separa el yo imaginario del sujeto del inconsciente, y una segunda instancia se inscribe en el interior mismo del sujeto del inconsciente, para representar su división original. A esta segunda división la llamó refente (literalmente, re-hendidura), siguiendo la idea del inglés fading (to fade: perder luminosidad), a fin de traducir el concepto de desvanecimiento (del sujeto y su deseo), próximo a lo que Ernest Jones llamaba afánisis.
Como Melanie Klein, Lacan extendió la noción de clivaje a la estructura misma del individuo en su relación con los otros, mientras que Freud, aunque abrió la vía a este tipo de generalizaciones, utilizó esencialmente el concepto en la clínica de la psicosis y la perversión.
Coartado
o inhibido en su fin
Al.: Zielgehemmt. -
Fr.: inhibé(e) quant au but. -
Ing.: aim-inhibited. - It.: inibito nella meta, -
Por.: inibido quanto ao alvo o á meta.
Califica una pulsión que, por efecto de obstáculos externos o internos, no alcanza su modo directo de satisfacción (o fin) y encuentra una satisfacción atenuada en. actividades o relaciones que pueden considerarse como aproximaciones más o menos lejanas del primer fin.
Freud utiliza la noción de inhibición en su fin, especialmente, para explicar el origen de los sentimientos de ternura (véase esta palabra) o de los sentimientos sociales. Él mismo indicó la dificultad que encontraba para explicarlos de forma rigurosa desde el punto de vista metapsicológico: ¿Cómo comprender esta inhibición? ¿Supone una represión del primer fin y un retorno de lo reprimido? Por otra parte, ¿qué relaciones guarda con la sublimación? (véase esta palabra). Acerca de este último punto, Freud parece ver en la inhibición como un inicio de sublimación, pero se preocupa por distinguir los dos procesos. «Las pulsiones sociales pertenecen a una clase de mociones pulsionales en las que todavía no es necesario ver pulsiones sublimadas, aunque se hallen próximas a éstas. No han abandonado sus fines sexuales directos, pero resistencias internas les impiden alcanzarlos; se contentan con aproximarse en cierta medida a la satisfacción, y precisamente por esto establecen lazos particularmente sólidos y duraderos entre los hombres. Tales son, en especial, las relaciones de ternura entre padres e hijos, que, en su origen, eran plenamente sexuales, los sentimientos de amistad y los lazos afectivos en el matrimonio, nacidos de la atracción sexual».
Collomb Henri
(1913-1979) Psiquiatra francés
Después de una carrera de médico militar, Henri Collomb estuvo, durante veinte años, en Dakar (Senegal) al frente de una experiencia de psiquiatría transcultural marcada por los principios del psicoanálisis.
Cómico
La noción psicoanalítica de lo cómico, en lo esencial expuesta por Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente, es presentada allí sobre todo como complemento conceptual de la noción de chiste: «telón de fondo» en el cual no se detiene la mirada a menos que se aspire a una discriminación más fina de la esencia del Witz. Al principio, Freud parece retroceder ante la generalidad de lo cómico en sí. Pero las cosas no son tan simples, pues para ir precisando mejor los contornos del chiste también es necesario precisar el «límite exterior» de aquello contra lo cual se destaca. De simple horizonte de inteligibilidad, lo cómico se convierte entonces en un concepto circunscrito y articulado, que entra en una relación combinatoria no solamente con el chiste, sino también con el humor. Sin ninguna duda, el aporte metodológico central de El chiste, el énfasis puesto como nunca en la transferencia retórica y lenguajera de la investidura libidinal, le debe mucho a esta evolución interna en la conceptualización de lo cómico. Y Lacan, desde este ángulo, no hará más que radicalizar a Freud.
En efecto, lo cómico puro está fuera del chiste, y Freud da de ello varias fórmulas: lo cómico es el efecto y el chiste más bien la causa; Freud subraya que lo cómico es de entrada «hallazgo cómico» («en situación»), mientras que el chiste es «elaborado» (producido «a propósito»). Además, lo cómico puede «enmascarar» el chiste, al hacer «tolerable» la verdad inconsciente que en él se revela (sirve entonces también de «descarga preliminar» de placer, que capta y desvía la atención consciente). La ironía, finalmente, muestra hasta qué punto lo cómico es lo que ofrece a otro la actividad del ingenio, como un verdadero objeto de placer, producto puro de esa actividad.
De allí el cuidado puesto en separar el chiste de lo «cómico del discurso». Pues sea cual fuere la ambigüedad de las palabras, sea cual fuere asimismo la «contribución», fundamentalmente verbal del chiste a lo cómico, lo cómico del discurso resulta de las operaciones del Witz, cuya similitud con las formaciones del sueño (desplazamiento, condensación, etc.) Freud advierte pronto (ése es su objetivo). Ahora bien, lejos de representar para Freud una simple interdicción utilizar la teoría del sueño para pensar lo cómico, el «efecto» cómico lo lleva a aislar el «automatismo psíquico», preconsciente, respecto de lo inconsciente que, con el consentimiento del sujeto (el cual debe consentir al chiste para que éste exista), se reconoce en él como verdad a velar. Freud descarta entonces la oposición de lo vivo y lo mecánico, principio de la risa según Bergson, y que invoca también una teoría automática del psiquismo: lo que se juega en la energética psíquica freudiana está en otra parte, en el efecto muy extraño de una verdad en el que se piensa la «descarga» fisiológica.
En efecto, en términos económicos, el criterio del «gasto psíquico» es la risa. Con referencia a ésta, lo cómico emana de la diferencia de investidura liberada cuando se comparan dos representaciones; ese excedente va entonces a afectar a aquello que nos había hecho perder la experiencia de la realidad, o sea, en una perspectiva psicogenética plausible, afecta a representaciones de placer infantil. Además tiene que haber simetría entre el gasto psíquico requerido por una representación, y el contenido representado. Lo cómico de los movimientos ilustra precisamente esto; Freud defiende la tesis, notable en su teoría energética, de un paralelo entre la realidad de un gesto (grande o pequeño), el costo más o menos grande de su memorizacion, y el de su investidura en un signo representativo.
En este nivel de análisis, las distinciones que lo cómico permite operar en sus márgenes hacen de él un concepto de un peso igual al del Witz, y llevan a oponer uno y otro: si el chiste es un juego de uno consigo mismo, que exige un tercero, cuya risa consagra la verdad inconsciente, lo cómico tiene sólo dos polos, el yo y el objeto. El humor se alojará naturalmente en ese cuadro, puesto que no carece de «afecto», como lo cómico; incide en lo inconsciente, en la medida en que el yo se defiende allí de lo real gracias al polo positivo del superyó (ideal del yo); pero su circuito acabado tiene lugar en el sujeto solo. El humor es lo que el superyó aporta a lo cómico.
Lacan, cuya doctrina se sistematiza en confrontación con El chiste (elaboración del «grafo» del deseo en 1958-1959), reúne los efectos del dispositivo conceptual implícito: por una parte el chiste, juego sobre el puro significante; por otro lado lo cómico, revelación de «la verdad del sujeto en un objeto velado que se hace surgir». Ese objeto es el falo de la comedia, que presentifica el deseo en tanto que no se reconoce, y se sustrae siempre sin que la realidad lo refute jamás; pues la comedia (tanto en Aristófanes como en Molière) pone en escena la «trampa del deseo»: la ilusión de una solidez imaginaria que pueda responder a la demanda.
Comité secreto
(1912-1927)
Se llama Comité Secreto, o Comité, o incluso Ring (anillo), al círculo formado en 1912 por iniciativa de Ernest Jones, al que pertenecían los discípulos más fieles de Sigmund Freud: Karl Abraham, Hanns Sachs, Otto Rank y Sandor Ferenczi. Anton von Freund fue asociado a la empresa y considerado miembro adjunto del Comité hasta su muerte, en 1920, y Max Eitingon se unió al grupo en 1919. Después de las dos primeras disidencias (Alfred Adler y Wilhelm Stekel), y sobre el fondo del grave conflicto con Carl Gustav Jung, para el maestro, así rodeado por sus seis elegidos y quien financiaba la editorial del movimiento psicoanalítico (Internationaler Psychoanalytischer Verlag), se trataba de determinar la manera de preservar la doctrina psicoanalítica de toda forma de deriva, desviación o mala interpretación. Inspirado en el modelo romántico e iluminista de las sociedades secretas del siglo XIX, el Comité fue concebido por Jones como un círculo de iniciados, a la manera de los paladines de Carlomagno o los caballeros de la Mesa Redonda en busca del Santo Grial. Para sellar la unión sagrada entre los guardianes del templo, Freud le dio a cada uno de ellos una piedra preciosa grabada en hueco con un motivo griego, para montar en un anillo de oro.
Después de haber sido el laboratorio imaginario de un ideal imposible de pureza doctrinaria, y sobre todo un lugar de poder paralelo al de la dirección de la International Psychoanalytical Association (IPA), el Comité se vio a su vez atravesado por los conflictos que pretendía evitar: entre los discípulos judíos y Jones (el único no-judío), entre el norte y el sur (por un lado los herlineses, por el otro los austríacos), entre Ferenczi y Jones, entre Ferenczi y Freud, entre Freud y Rank, entre los partidarios de una renovación de la técnica psicoanalítica y los "ortodoxos", entre una política de expansión hacia los Estados Unidos y un repliegue en el mundo europeo, etcétera. Fue disuelto en 1927. Rank, que era con Ferenczi el más antidogmático y más tolerante del grupo, y había desempeñado un papel considerable en el seno del Comité, abandonó entonces definitivamente el movimiento freudiano, en condiciones dramáticas.
La publicación de las Rundbriefe (o cartas cirulares) de los miembros del Comité, depositadas en Nueva York, en la Universidad de Columbia, debería aclarar de un modo nuevo lo que fue la política del movimiento psicoanalítico en ese período clave de su historia, sobre todo a propósito de la homosexualidad y la implantación del psicoanálisis en Rusia.
Complacencia somática
Al: somatische Entgegenkommen.
Fr.: complaisance somatique.
Ing.: somatic compliance.
It.: compiacenza somatica.-
Por.: complacência somática.
Expresión introducida por Freud para explicar la «elección de la neurosis» histérica y la elección del órgano o del aparato corporal en el cual tiene lugar la conversión: el cuerpo (especialmente en el histérico) o un determinado órgano proporcionaría un material privilegiado para la expresión simbólica del conflicto inconsciente.
Freud habla por vez primera de complacencia somática a propósito del Caso Dora; según él, no se trata de elegir entre un origen psíquico o un origen somático de la histeria: «El síntoma histérico requiere un aporte de ambas vertientes; no puede producirse sin una cierta complacencia somática, proporcionada por un proceso normal o patológico o relativo a un órgano del cuerpo». Esta complacencia somática es la que «[...] da a los procesos psíquicos inconscientes una salida hacia el ámbito corporal»; por ello constituye un factor determinante en la «elección de la neurosis».
Si bien es cierto que el concepto de complacencia somática desborda ampliamente el campo de la histeria y conduce a plantear de un modo general el problema del poder expresivo del cuerpo y de su especial aptitud para representar lo reprimido, interesa no confundir desde un principio los diferentes registros en que se plantea el problema. Así, por ejemplo:
1. Una enfermedad somática puede servir de punto de atracción para la expresión del conflicto inconsciente; así, Freud considera la enfermedad reumática de una de sus pacientes como «[...] la enfermedad orgánica, prototipo de su reproducción histérica ulterior».
2. La catexis libidinal de una zona erógena puede desplazarse, en el transcurso de la historia sexual del sujeto, hacia una región o aparato corporales que por su función no se hallan predispuestos a volverse crógenos (véase: Zona erógena), siendo únicamente más aptos para representar, en forma disfrazada, un deseo reprimido.
3. En la medida en que la expresión «complacencia somática» pretende explicar no sólo la elección de un determinado órgano del cuerpo, sino la elección del cuerpo mismo como medio de expresión, nos lleva a considerar las vicisitudes de la catexis narcisista del propio cuerpo.
Complejidad vincular
Definición
El concepto de complejidad vincular se refiere al funcionamiento de la pareja como vínculo, su nivel de organización, los diferentes modos de relación que entre los miembros se actualizan. Suele usarse como adjetivo -calificando al vínculo- y se habla así de "mayor" o "menor" complejidad vincular, La mayor o menor complejidad está en relación con la plasticidad o repetitividad, progresión o regresión de los funcionamientos y, por lo tanto, la capacidad del vínculo de elaborar conflictos o situaciones traumáticas. Guarda relación también con la capacidad de realizar un trabajo de actualización y reformulación de los acuerdos inconscientes en las crisis vitales que jalonan el desarrollo del vínculo.
El concepto se apoya en un primer postulado teórico consistente en que la pareja es un sistema, una estructura que llamamos vínculo y, segundo postulado, que esta estructura puede tener diferentes niveles de complejidad u organización. Aparece utilizado de diferentes maneras por los autores. No existe una descripción de su contenido que haya uniformado los diferentes usos que de él se hacen en las discusiones clínicas y en la bibliografía.
Origen e historia del término
Retorna una idea freudiana sobre la evolución, la presunción de que a partir de organismos simples -unicelulares- se desarrollan organismos pluricelulares, de mayor y mayor complejidad, con un mayor grado de fusión instintiva, un grado mayor de resistencia y estabilidad, una mayor capacidad de respuesta a los conflictos y traumas. En esta propuesta freudiana tenemos una pista para rastrear los antecedentes de la utilización del concepto de complejidad en el campo psicoanalítico. En nuestro ámbito, en el terreno mas específico del psicoanálisis vincular fueron Berenstein y Puget los primeros en utilizar este concepto.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
La complejidad vincular puede ser estudiada de diferentes maneras, tantas como perspectivas hay para el estudio del vínculo de pareja. La manera que en la práctica clínica pareciera haber tenido mayor aceptación es la de aislar un aspecto, un eje del funcionamiento vincular y discriminar en éste los funcionamientos mas regresivos -de menor complejidad-, los mas progresivos -de mayor complejidad toda la gama de funcionamientos presentes. La mayor o menor complejidad está en relación con la plasticidad o repetitividad, progresión o regresión, escisión o integración de los funcionamientos vinculares y, como resultado, la capacidad del vínculo de elaborar conflictos o situaciones traumáticas. Aunque las palabras -mayor" y "menor" tienen un sentido cuantitativo, se las utiliza para reflejar la resultante final de un análisis que no es sólo cuantitativo, sino que se refiere a la cualidad del funcionamiento vincular. Dicho de otra manera, las palabras "mayor" y "menor" no deben inducir a creer que el análisis de la complejidad vincular es cuantitativo (o económico en términos de Freud). Se trata de un estudio eminentemente cualitativo.
Para ejemplificar el estudio de la complejidad vincular puede tomarse cualquier eje, por ejemplo el eje endogamia <-> exogamia. En toda pareja se juega una tensión conflictiva entre las fuerzas que consolidan la relación de alianza y los respectivos polos endogámicos. El conflicto se juega en terrenos variados y superpuestos: la pertenencia, las semantizaciones en juego, los proyectos identificatorios, etcétera. El equilibrio dinámico que esta conflictiva alcance puede tener diferentes niveles de complejidad u organización. En un bajo nivel los miembros no modifican mayormente los vínculos endogámicos infantiles ("mi mujer tiene su familia y yo la mía"). En un nivel alto las respectivas pertenencias y bagajes identificatorios se incluyen en un vínculo nuevo en que sufren transformaciones y reprocesamientos, en un devenir que se enriquece de lo que aporta la endogamia a la vez que alternativamente lo resignifica y/o sepulta. En cada eje que aislemos del funcionamiento vincular cabe un análisis pormenorizado del grado de complejidad: fusión-discriminación, simetría-asimetría de la relación, dualidadterceridad, terceridad limitada-terceridad amplia, etcétera. (Ver dichos términos). La lista de los ejes en los cuales cabe un análisis de la complejidad vincular puede ser muy diferente de un analista a otro, dado las diferentes "metapsicologías de bolsillo" (Pontalis J-B.) con que sin duda operamos. En cada situación clínica singular cabrá la discusión y evaluación sobre cuáles son los ejes en los que desde el punto de vista del proyecto terapéutico será más provechoso el logro de una mayor complejidad vincular.
Problemáticas conexas
El proyecto terapéutico y lo valorativo
El concepto de complejidad vincular suele utilizarse en la práctica clínica para, a partir de una descripción del funcionamiento vincular, pensar el posible proyecto terapéutico. Es un concepto "bisagra" que articula la descripción psicopatológica con los objetivos terapéuticos. Así, está relacionado con los conceptos que procuran definir los objetivos terapéuticos: "predominio erótico", "vínculo progresivo", "predominio genital", "objeto unificado", etcétera, y también con todos los conceptos que describen un funcionamiento vincular determinado: vínculo dual, terceridad limitada, terceridad amplia, etcétera. Al hablar de complejidad vincular suelen entremezclarse, de una manera no siempre evidente cuestiones de índole valorativa. Esta infiltración de lo valorativo en un concepto teórico clínico plantea problemas difíciles. Sabemos que hay cuestiones éticas en el corazón de toda práctica clínica y también sabemos como analistas que es una opción siempre trabajosa decidir cuáles son las cuestiones éticas que es pertinente incluir en un caso clínico singular y cuáles no. Algo de esta índole plantean Berenstein y Puget cuando dicen: "No es fácil decir qué es el bienestar de toda pareja ni cómo ni en qué consiste el aspecto progresivo vincular. ¿Qué se entiende por mayor complejidad vincular? ¿Todas las parejas atendidas por nosotros pueden llegar a esa mayor complejidad vincular? ¿Es terapéutica esa mayor complejidad? ¿Hemos de admitir un tipo de complementariedad satisfactorio sin por ello llegar a mayor crecimiento vincular y sin embargo ser la mejor solución?. Esta cita nos permite reflexionar sobre una dificultad del concepto de complejidad vincular: aspira a la evaluación del vínculo desde ópticas en que no predomine lo "personal" del analista pero este tipo de herramientas conceptuales sólo se construyen en aproximaciones asintóticas.
Complejo
s. m. (fr. complexe; ingl. complex; al. Komplex). Conjunto de representaciones parcial o totalmente inconcientes, provistas de un poder afectivo considerable, que organizan la personalidad de cada uno y orientan sus acciones.
El término, introducido por E. Bleuler y C. G. Jung, ha sido reservado esencialmente por Freud para el complejo de castración, el complejo de Edipo y el complejo paterno. Véanse castración (complejo de), Edipo (complejo de).
Complejo
Al.: Komplex.
Fr.: complexe.
Ing.: complex.
It.: complesso.
Por.: complexo.
Conjunto organizado de representaciones y de recuerdos dotados de intenso valor afectivo, parcial o totalmente inconscientes. Un complejo se forma a partir de las relaciones interpersonales de la historia infantil; puede estructurar todos los niveles psicológicos: emociones, actitudes, conductas adaptadas.
La palabra complejo ha hallado una gran difusión en el lenguaje corriente («tener complejos», etc.). En cambio, los psicoanalistas han ido abandonándola progresivamente, si exceptuamos las expresiones «complejo de Edipo» y «complejo de castración».
Según la mayoría de los autores (incluido Freud), el psicoanálisis debería a la escuela psicoanalítica de Zurich (Bleuler, Jung) el término «complejo». De hecho, lo encontramos a partir de los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie, 1895), por ejemplo cuando Breuer expone las concepciones de Janet acerca de la histeria o cuando invoca la existencia de representaciones «[...] actuales, activas y, sin embargo, inconscientes»: «Se trata casi siempre de complejos de representaciones, de conjuntos de ideas, de recuerdos referentes a acontecimientos exteriores o a las concatenaciones de pensamientos del propio sujeto. Las representaciones aisladas contenidas en estos complejos de representaciones vuelven a veces conscientemente todas ellas al pensamiento. Solamente esta combinación bien precisa está apartada de la conciencia».
Los «experimentos de asociación» de Jung debían proporcionar a la hipótesis del complejo, formulada en relación con los casos de histeria, una base más amplia y al propio tiempo experimental. En su primer comentario de estas experiencias, escribe Freud: «[...] la respuesta a la palabra inductora no puede ser producto del azar, sino que viene forzosamente determinada, en el individuo que responde, por un contenido de representaciones preexistente. Nos hemos habituado a denominar «complejo» a un contenido de representaciones capaz de influir de este modo en la respuesta a la palabra inductora. Esta influencia se manifiesta, tanto porque la palabra inductora evoque directamente el complejo, como porque éste logre entrar en relación con la palabra inductora a través de algunos términos intermediarios».
Pero, si bien Freud reconoce el interés de los experimentos de asociación, muy pronto pone objeciones al empleo del término «complejo». Es ésta «[...] una palabra cómoda y a menudo imprescindible para reunir en forma descriptiva hechos psicológicos. Ninguna otra palabra introducida por el psicoanálisis para sus propias necesidades ha adquirido tan gran popularidad ni ha sido tan mal aplicada, en detrimento de la construcción de conceptos más precisos». Idéntica opinión manifiesta en una carta dirigida a E. Jones: el complejo no es un concepto teórico satisfactorio; existe una mitología junguiana de los complejos (carta a S. Ferenczi).
Así, pues, según Freud, la palabra complejo podría servir, con fines demostrativos o descriptivos, para poner en evidencia, a partir de elementos aparentemente distintos y contingentes, «[...] ciertos círculos de pensamiento y de intereses dotados de poder afectivo»; pero carecería de valor teórico. El hecho es que Freud la utiliza muy poco, a diferencia de numerosos autores que afirman proceder del psicoanálisis.
Podríamos hallar varios motivos para esta reserva de Freud. El se oponía a cierta tipificación psicológica (por ejemplo, complejo de fracaso), que ofrece un doble peligro: el de ocultar la singularidad de cada caso y el de ofrecer como explicación lo que en realidad constituye el problema. Por otra parte, la noción de complejo tiende a confundirse con la de un núcleo puramente patógeno que conviene eliminar; de este modo se pierde de vista la función estructurante que, en determinados momentos del desarrollo humano, poseen los complejos, en especial el de Edipo.
El empleo, todavía confuso, de la palabra «complejo» podría simplificarse distinguiendo en ella tres sentidos:
1. El sentido original, que designa una disposición relativamente fija de cadenas asociativas (véase: Asociación). A este nivel se presupone la existencia del complejo para explicar el modo singular en que derivan las asociaciones.
2. Un sentido más general, que designa un conjunto más o menos organizado de rasgos personales (incluidos los mejor integrados), haciendo recaer el acento fundamentalmente sobre las reacciones afectivas. A este nivel, la existencia del complejo se reconoce sobre todo porque las situaciones nuevas son desplazadas inconscientemente a situaciones infantiles; la conducta aparece entonces modelada por una estructura latente invariable. Pero esta acepción ofrece el peligro de implicar una generalización abusiva: se tenderá a crear tantos o más complejos como tipos psicológicos se imaginen. A nuestro modo de ver, es esta desviación «psicologizante» la que suscitó los reparos y más tarde el desinterés de Freud por la palabra complejo.
3. Un sentido más estricto, que se encuentra en la expresión (siempre conservada por Freud) «complejo de Edipo», y que designa una estructura fundamental de las relaciones interpersonales y la forma en que la persona encuentra en ella su lugar y se la apropia (véase: Complejo de Edipo).
Dentro de este grupo pueden incluirse también algunas expresiones pertenecientes al lenguaje de Freud, como «complejo de castración», «complejo paterno» (Vaterkomplex) e incluso términos que se encuentran más raramente, como «complejo materno», «complejo fratemo», «complejo parental». Obsérvese que la aparente diversidad de los términos «paterno», «materno»... remite siempre a dimensiones de la estructura edípica, ya sea porque esa dimensión predomine especialmente en un determinado individuo, ya sea porque Freud intente conferir un particular relieve a aquel momento de su análisis. Así, con el nombre de complejo paterno, acentúa la relación ambivalente respecto al padre. El complejo de castración, aun cuando su tema pueda considerarse relativamente aislado, se inscribe plenamente en la dialéctica del complejo de Edipo.
Complejo
Lo esencial de la contribución freudiana a la elaboración de la noción de complejo nos llega inicialmente del artículo publicado por Freud en 1906 en los Archivos de antropología criminal y criminología con el título de «Tatbestandsdiagnostik und Psychoanalyse», para el cual la Standard Edition británica propone la traducción «Psycho-analysis and the Establishment of the Facts in Legal Proceedings». En la traducción francesa publicada en 1985 por Bertrand Freso, cuyo título es «Établissement des faits par voil diagnostique et la Psychanalyse» (Establecimiento de los hechos por vía diagnóstica y el psicoanálisis), se incluye una valiosa nota preliminar que comienza recordando la traducción de Bonaparte-Marty, titulada «El psicoanálisis y el establecimiento de los hechos en materia judicial mediante un método diagnóstico», y precisa además: «Este texto es el de una conferencia pronunciada en junio de 1905 por pedido del profesor Löffler, que enseñaba derecho en la Universidad de Viena, ante los estudiantes de su seminario». El título, prosigue el comentador, «guarda semejanza con el de una obra de Jung que apareció el mismo año: Die psychologische Diagnose des Tatbestandes (El diagnóstico psicológico del establecimiento de los hechos)».
La investigación de Jung se inscribe en la corriente de la psicología experimental que, principalmente con el impulso de Wundt, se esforzaba en transponer al registro de la psicología los métodos inaugurados por la neurofisiología en el estudio de los tiempos de reacción. En particular se pone en evidencia el papel de las representaciones intermedias entre la estimulación -en este caso verbal- y la reacción. Proseguido durante varios años, hasta los primeros decenios de siglo, el análisis de esas condiciones subjetivas variables desemboca con Jung en la definición del complejo como un conjunto representativo en el que se expresa la disposición secreta del sujeto.
Éste es entonces el fenómeno en el que Freud se interesa en su artículo de 1906, para ponerlo en paralelo con los procesos a los cuales está consagrada la Psicopatología de la vida cotidiana.
«El tiempo utilizado para la reacción y la relación entre la palabra-estímulo y la reacción, que puede ser muy variada, son el objeto de la observación. No se podría afirmar que en un primer momento se haya obtenido mucho de estos ensayos. Es comprensible, pues se realizaban sin haberse planteado claramente los problemas, y faltaba una idea aplicable a los resultados. Sólo se volvieron atinados y fructuosos cuando, en Zurich, Bleuler y sus discípulos, en particular Jung, comenzaron a ocuparse de este tipo de «experimentos de asociación». Pero sus ensayos sólo adquirieron valor gracias a la premisa de que la reacción ante la palabra estímulo no podría ser nada fortuito, sino que estaba necesariamente determinada por un contenido de representación presente en la persona que reacciona.
«Se tomó la costumbre de denominar "complejo" a ese contenido de representación, que es capaz de influir en la reacción a la palabra-estímulo. La influencia se ejerce por el hecho de que la palabra-estímulo roza directamente el complejo, o bien porque este último logra ponerse en conexión con la palabra-estímulo mediante eslabones intermedios.» Ahora bien, continúa Freud, «en 1901 publiqué en un ensayo que toda una serie de acciones, que se consideran inmotivadas, están por el contrario rigurosamente determinadas, y he contribuido así a reducir en igual medida el campo del libre albedrío psíquico. He examinado las pequeñas operaciones fallidas tales como el olvido, el desliz en el habla y la escritura, el extravío de objetos, y he mostrado que cuando alguien comete un lapsus al hablar, no hay que hacer responsable al azar, ni tampoco a simples dificultades de articulación a similitudes fónicas, sino que siempre se puede establecer la presencia de un contenido de representación perturbador -un complejo-, que modifica en su sentido el dicho que se intenta, suscitando la apariencia de un error. También he tomado en consideración las pequeñas acciones de los seres humanos, aparentemente desprovistas de intención y fortuitas, como sus pequeños actos fútiles, sus jugueteos, etcétera, y los he desenmascarado como "acciones sintomáticas", que están en relación con un sentido oculto y están destinadas a procurarle una expresión discreta. He descubierto además que ni siquiera es posible que a uno se le ocurra al azar un nombre que no se revele determinado por un poderoso complejo de representaciones; incluso los números que uno elige de una manera aparentemente arbitraria pueden reducirse a uno de estos complejos ocultos. Unos años después, un colega, el doctor Adler, pudo verificar este aserto, que era el más desconcertante de todos, con algunos excelentes ejemplos. Una vez que uno se acostumbra a una tal concepción del carácter determinado de la vida psíquica, parece una deducción legítima de los resultados de la psicopatología de la vida cotidiana, que los pensamientos que se le ocurren a la persona que se somete a la experiencia asociativa pueden también no ser azarosos, sino condicionados por un contenido de representación que obra en ella».
Asimilando más profundamente las representaciones reprimidas reveladas por la cura catártica a los «complejos» de la vida cotidiana, Freud señala las «intensas investiduras afectivas» con las que están cargadas ciertas representaciones o «recuerdos». De allí se pasa al «complejo sexual reprimido».
Finalmente, el alcance operatorio de estas comparaciones será inferido con mucha precisión, en 1916, en la sexta de las Conferencias de introducción al psicoanálisis, «Premisas y técnicas de la interpretación», asegurando la transición entre el estudio de los actos fallidos en la primera parte, y el estudio de los sueños en la segunda. Freud comienza por recordar las investigaciones de la escuela de Zurich. «Conozco a un joven que durante mucho tiempo ha estado literalmente obsesionado por la melodía, por otra parte encantadora, de la canción de Paris, de la Belle Héléne, y esto hasta el día en que el análisis le reveló, en su interés, la lucha que se libraba en su alma entre una «lda» y una «Helena». Si las ocurrencias que surgen libremente, sin ninguna imposición y sin ningún esfuerzo, están determinadas de tal modo, y forman parte de un cierto conjunto, tenemos derecho a concluir que las que tienen un solo vínculo, el que las liga a una representación inicial, pueden estar no menos determinadas. En efecto, el análisis muestra que además del vínculo mediante el cual las hemos ligado a la representación inicial, ellas están bajo la dependencia de ciertos intereses e ideas pasionales, de complejos cuya intervención es desconocida -es decir, inconsciente- en el momento de producirse.
«Ocurrencias que presentan este modo de dependencia han sido objeto de investigaciones experimentales muy instructivas, que desempeñaron un papel considerable en la historia del psicoanálisis. La escuela de Wundt había propuesto el experimento llamado de asociación, en el cual el sujeto es invitado a responder con la mayor rapidez posible con una reacción cualquiera a la palabra que se le presenta a título de estímulo. Se puede así estudiar el intervalo que transcurre entre el estímulo y la reacción, la naturaleza de la respuesta producida a título de reacción, los errores que pueden producirse en el momento de la repetición ulterior de la misma experiencia, etc. Bajo la dirección de Bleuler y Jung, la escuela de Zurich obtuvo la explicación de las reacciones que se producen en el transcurso del experimento de asociación, pidiéndole al sujeto que hiciera sus reacciones más explícitas, cuando ellas no lo eran lo suficiente, mediante asociaciones complementarias. Se encontró entonces que esas reacciones poco explícitas, bizarras, estaban determinadas de la manera más rigurosa por los complejos del sujeto. Gracias a esta comprobación, Bleuler y Jung tendieron el primer puente que permitió el pasaje de la psicología experimental al psicoanálisis.»
Freud muestra entonces en qué puntos la constitución del sueño puede asimilarse a la organización de tales experiencias, cumpliendo el elemento desconocido del sueño una función análoga a la de la «palabra inductora» de la experimentación asociativa: «Reconocemos ahora que las ideas libremente pensadas son determinadas, y no arbitrarias como lo habíamos creído. Reconocemos también la determinación de las ocurrencias que surgen en relación con los elementos de los sueños. Pero no es esto lo que nos interesa. Usted pretende que la ocurrencia que nace a propósito del elemento de un sueño está determinada por el trasfondo psíquico, desconocido para nosotros, de ese elemento. Ahora bien, es esto lo que no nos parece demostrado. Nosotros prevemos que la ocurrencia que nace a propósito del elemento de un sueño se revelará determinada por uno de los complejos del soñante. Pero ¿cuál es la utilidad de esta comprobación? En lugar de ayudarnos a comprender el sueño, sólo nos permite, lo mismo que el experimento de asociación, el conocimiento de esos llamados complejos. Y estos últimos, ¿qué tienen que ver con el sueño? Ustedes tienen razón, pero hay una cosa que no advierten, a saber: la razón por la cual yo no he tomado el experimento de asociación como punto de partida de esta exposición. En esa experiencia somos en efecto nosotros quienes elegimos arbitrariamente uno de los factores que determinan la reacción, es decir, la palabra que oficia de estímulo. La reacción aparece entonces como un anillo intermedio entre la palabra-estímulo y los complejos que esa palabra despierta en el sujeto de la experiencia. En el sueño, la palabra estímulo es reemplazada por algo que proviene de la vida psíquica del soñante, de una fuente que le es desconocida, y ese "algo" bien podría ser en sí mismo el "retoño" de un complejo. Tampoco es exagerado admitir que las ocurrencias ulteriores que se relacionan con los elementos de un sueño son, también ellas, determinadas por el mismo complejo que ese elemento, y en consecuencia pueden ayudarnos a descubrirlo.»
Complejo
Alemán: Komplex.
Francés: Complexe.
Inglés: Complex.
Término creado por el psiquiatra alemán Theodor Ziehen (1862-1950), y utilizado esencialmente por Carl Gustav Jung, para designar fragmentos de personalidad desprendidos, o grupos de contenido psíquico separados del consciente, que tienen un funcionamiento autónomo en el inconsciente. Desde allí pueden ejercer influencia sobre el consciente.
Si hemos de creer en las diversas escuelas de psicoterapia, hay más de una cincuentena de complejos.
En la terminología freudiana, esta palabra sólo se asocia con dos conjuntos de representaciones inconscientes en la vida psíquica del sujeto: el complejo de Edipo y el complejo de castración.
En su primera teoría de lo imaginario (1938), Jacques Lacan vincula el término "complejo" con el de "¡mago", y hace del conjunto una estructura que permite comprender la institución familiar.
Complejo de castración
Al: Kastrationskomplex.
Fr.: complexe de castration.
Ing.: castration complex.
It.: complesso di castrazione.
Por.: complexo de castração.
Complejo centrado en la fantasía de castración, la cual aporta una respuesta al enigma que plantea al niño la diferencia anatómica de los sexos (presencia o ausencia del pene): esta diferencia se atribuye al cercenamiento del pene en la niña.
La estructura y los efectos del complejo de castración son diferentes en el niño y en la niña. El niño teme la castración como realización de una amenaza paterna en respuesta a sus actividades sexuales: lo cual le provoca una intensa angustia de castración. En la niña, la ausencia de pene es sentida como un perjuicio sufrido, que intenta negar, compensar o reparar.
El complejo de castración guarda íntima relación con el complejo de Edipo y, más especialmente, con su función prohibitiva y normativa.
El análisis del pequeño Hans tuvo un papel determinante en el descubrimiento por Freud del complejo de castración.
El complejo de castración fue descrito por vez primera en 1908 y relacionado con la «teoría sexual infantil», que, atribuyendo un pene a todo ser humano, sólo puede explicar la diferencia anatómica de los sexos por la castración. La universalidad del complejo no se indica, pero parece hallarse implícitamente admitida. El complejo de castración se atribuye a la primacía del pene en ambos sexos, y su significación narcisista se halla prefigurada: «El pene es ya en la infancia la zona erógena directriz el objeto sexual autocrótico más importante, y su valorización se ráeja lógicamente en la imposibilidad de representarse una persona semejante al yo sin esta parte constitutiva esencial».
A partir de este momento, la fantasía de castración se vuelve a encontrar bajo diversos símbolos: el objeto amenazado puede desplazarse (ceguera de Edipo, extracción de dientes, etc.), el acto puede deformarse, substituirse por otros atentados a la integridad física (accidente, lúes, intervención quirúrgica) o psíquica (locura como consecuencia de la masturbación), el agente paterno puede hallar los más diversos substitutos (animales angustiantes de los fóbicos). El complejo de castración se reconoce también en toda la extensión de sus efectos clínicos: envidia del pene, tabú de la virginidad, sentimiento de inferioridad, cte.; sus modalidades se descubren en el conjunto de las estructuras psicopatológicas, especialmente en las perversiones (homosexualidad, fetichismo). Pero se tardó bastante tiempo en atribuir al complejo de castración el lugar fundamental que ocupa en la evolución de la sexualidad infantil para ambos sexos, en formular con evidencia su articulación con el complejo de Edipo y en afirmar plenamente su universalidad. Esta teorización es paralela a la formulación por Freud de una fase fálica: en este «estadio de la organización genital infantil existe ciertamente lo masculino, pero no lo femenino; la alternativa es: órgano genital masculino o castrado. La unidad del complejo de castración en los dos sexos sólo se concibe por este fundamento común: el objeto de la castración (el falo) reviste idéntica importancia en esta fase para la niña como para el niño; el problema planteado es el mismo: tener o no el falo (véase este término). El complejo de castración se encuentra invariablemente en todo análisis.
Una segunda característica teórica del complejo de castración es su punto de impacto en el narcisismo: el falo se considera por el niño como una parte esencial de la imagen del yo; la amenaza que le afecta pone en peligro radical esta imagen; su eficacia procede de la conjunción de los dos elementos siguientes: prevalencia del falo, herida narcisista.
En la génesis empírica del complejo de castración, tal como Freud la describió, intervienen dos hechos: la constatación por el niño pequeño de la diferencia anatómica de los sexos es indispensable para que aparezca el complejo. Esta constatación viene a actualizar y autentificar una amenaza de castración que pudo ser real o fantaseada. El agente de la castración es, para el niño pequeño, el padre, autoridad a la que atribuye, en última instancia, todas las amenazas formuladas por otras personas. La situación es menos clara en la niña, la cual quizá se sienta más privada de pene por la madre que efectivamente castrada por el padre.
La situación del complejo de castración en relación con el complejo de Edipo es distinta en los dos sexos: en la niña, abre la búsqueda que le conduce a desear el pene paterno, constituyendo por lo tanto el momento de entrada en el Edipo; en el niño, en cambio, señala la crisis terminal del Edipo, al prohibir al niño el objeto materno; la angustia de castración inaugura en el niño el período de latencia y precipita la formación del superyó.
El complejo de castración se encuentra constantemente en la experiencia analítica. ¿Cómo explicar su presencia casi invariable en todo ser humano, siendo así que las amenazas reales que lo originarían distan de comprobarse siempre (y más raramente aún van seguidas de ejecución), mientras que es muy evidente que la niña no puede sentirse realmente amenazada de perder lo que no tiene? Tal discrepancia ha conducido a los psicoanalistas a intentar basar el complejo de castración sobre una realidad distinta a la amenaza de castración. Estas elaboraciones teóricas han seguido varias direcciones.
Puede intentarse situar la angustia de castración dentro de una serie de experiencias traumatizantes en las que interviene igualmente un elemento de pérdida, de separación de un objeto: pérdida del pecho en el ritmo de la lactancia, destete, defecación. Tal serie halla su confirmación en las equivalencias simbólicas, descubiertas por el psicoanálisis, entre los diversos objetos parciales de los cuales el sujeto es así separado: pene, pecho, heces, e incluso niño en el parto. En 1917 Freud dedicó un trabajo singularmente sugestivo a la equivalencia pene = heces = niño y a los avatares del deseo que ella permite, a sus relaciones con el complejo de castración y la reivindicación narcisista: «El pene se reconoce como algo separable del cuerpo y entra en analogía con las heces, que fueron el primer fragmento del ser corporal al cual hubo que renunciar».
En la misma línea de investigaciones, A. Stärcke fue el primero en hacer recaer todo el acento en la experiencia del amamantamiento y de la retirada del pecho como prototipo de la castración: «[...] una parte del cuerpo análoga a un pene se toma de otra persona, es dada al niño como si fuera suya (situación a la que se asocian sensaciones placenteras) y luego retirada del niño, causándole displacer». Esta castración primaria, repetida a cada tetada para culminar en el momento del destete, sería la única experiencia real capaz de explicar la universalidad del complejo de castración: la retirada del pezón materno es la significación inconsciente última que se encuentra siempre tras los pensamientos, los temores, los deseos que constituyen el complejo de castración.
Dentro de la línea que intenta basar el complejo de castración en una experiencia originaria efectivamente vivida, la tesis de Rank, según la cual la separación de la madre en el trauma del nacimiento y las reacciones físicas frente a esta separación proporcionarían el prototipo de toda angustia ulterior, conduce a considerar la angustia de castración como el eco, a través de una larga serie de experiencias traumatizantes, de la angustia del nacimiento.
La posición de Freud en relación con estas diferentes concepciones es matizada. Incluso reconociendo la existencia de «raíces» del complejo de castración en las experiencias de separación oral y anal, sostiene que el término «complejo de castración» «[...] debería reservarse a las excitaciones y efectos que guardan relación con la pérdida del pene». No se trata sólo de una simple preocupación por un rigor terminológico. Durante la larga discusión de las tesis de Rank en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Sympton und Angst, 1926), Freud muestra su interés por el intento de buscar cada vez más cerca de sus orígenes el fundamento de la angustia de castración y ver intervenir la categoría de separación, de pérdida del objeto valorado narcisísticamente, tanto durante toda la primera infancia como en muy diversas experiencias vividas (por ejemplo, angustia moral interpretada como una angustia de separación del superyó). Pero, por otra parte, en cada página de Inhibición, síntoma y angustia, se aprecia la preocupación de Freud por desprenderse de la tesis de Rank, así como su insistencia en volver a centrar, en esta obra de síntesis, el conjunto de la clínica psicoanalítica sobre el complejo de castración tomado en su acepción literal.
La reticencia de Freud en introducirse a fondo por tales caminos obedece esencialmente a una exigencia teórica fundamental, atestiguada por varios conceptos. Así, por ejemplo, el de posterioridad: corrige la tesis que conduce a buscar en una época cada vez más precoz de la vida una experiencia que pueda poseer la plena función de experiencia prototipo. Así también, sobre todo, la categoría de las fantasías, o fantasías originarias, en la cual Freud sitúa el acto de castración; las dos palabras tienen aquí valor de índice: «fantasías», porque la castración, para producir sus efectos, no necesita ser ejecutada ni tan sólo ser explícitamente formulada por parte de los padres; «originaria» (aun cuando la angustia de castración no aparezca hasta la fase fálica y, por tanto, diste de ser la primera en la serie de experiencias ansiógenas) en tanto que la castración es uno de los aspectos del complejo de relaciones interpersonales en el que se origina, se estructura y se especifica el deseo sexual del ser humano. Por ello, el papel que el psicoanálisis atribuye al complejo de castración no se comprende sin relacionarlo con la tesis fundamental (y constantemente reafirmada por Freud) del carácter nuclear y estructurante del Edipo.
Limitándonos al caso del niño, podríamos expresar del siguiente modo la paradoja de la teoría freudiana del complejo de castración: el niño no puede superar el Edipo y alcanzar la identificación con el padre si no ha atravesado la crisis de castración, es decir, si le ha sido rehusada la utilización de su pene como instrumento de su deseo hacia la madre. El complejo de castración debe referirse al orden cultural, en el que el derecho a un determinado uso es siempre correlativo a una prohibición. En la «amenaza de castración», que sella la prohibición del incesto, se encarna la función de la Ley como instauradora del orden humano, según ilustra, míticamente, en Tótem y tabú (Totem und Tabu, 1912) la «teoría» del padre originario que, bajo la amenaza de castrar a sus hijos, se reservaba el uso sexual exclusivo de las mujeres de la horda.
Precisamente porque el complejo de castración es la condición a priori que regula el intercambio interhumano como intercambio de objetos sexuales, puede presentarse en diversas formas en la experiencia concreta, y ser formulado de modos a la vez distintos y complementarios, como los indicados por Stärcke, en los que se combinan los términos del sujeto y de otra persona, de perder y de recibir:
«1. Yo estoy castrado (sexualmente privado de), yo seré castrado.
»2. Yo recibiré (deseo recibir) un pene.
»3. Otra persona está castrada, debe ser (será) castrada.
»4. Otra persona recibirá un pene (tiene un pene) » (6 b).
Complejo de Edipo
Al.: Ödipuskomplex.
Fr.: complexe d'Edipe.
Ing.: (Edipus complex.
It.: complesso di Edipo
Por.: complexo de Édipo.
Conjunto organizado de deseos amorosos y hostiles que el niño experimenta respecto a sus padres. En su forma llamada positiva, el complejo se presenta como en la historia de Edipo Rey: deseo de muerte del rival que es el personaje del mismo sexo y deseo sexual hacia el personaje del sexo opuesto. En su forma negativa, se presenta a la Inversa: amor hacia el progenitor del mismo sexo y odio y celos hacia el progenitor del sexo opuesto. De hecho, estas dos formas se encuentran, en diferentes grados, en la forma llamada completa del complejo de Edipo.
Según Freud, el complejo de Edipo es vivido en su período de acmé entre los tres y cinco años de edad, durante la fase fálica; su declinación señala la entrada en el período de latencia. Experimenta una reviviscencia durante la pubertad y es superado, con mayor o menor éxito, dentro de un tipo particular de elección de objeto.
El complejo de Edipo desempeña un papel fundamental en la estructuración de la personalidad y en la orientación del deseo humano.
Los psicoanalistas han hecho de este complejo un eje de referencia fundamental de la psicopatología, intentando determinar, para cada tipo patológico, las modalidades de su planteamiento y resolución.
La antropología psicoanalítica se dedica a buscar la estructura triangular del complejo de Edipo, cuya universalidad afirma, en las más diversas culturas y no sólo en aquellas en que predomina la familia conyugal.
Si bien la expresión «complejo de Edipo» no aparece en los escritos de Freud hasta 1910, lo hace en términos que demuestran que ya había sido admitida en el lenguaje psicoanalítico. El descubrimiento del complejo de Edipo, preparado desde hacía mucho tiempo por el análisis de sus pacientes (véase: Seducción), Freud lo realiza durante su autoanálisis, que le conduce a reconocer en sí mismo el amor hacia su madre y, con respecto a su padre, unos celos que se hallan en conflicto con el afecto que le tiene; el 15 de octubre de 1897 escribe a Fliess: «[...] la poderosa influencia de Edipo Rey se vuelve inteligible [...] el mito griego explota una compulsión de cuya existencia todo el mundo reconoce haber sentido en sí mismo los indicios».
Observemos que, desde esta primera formulación, Freud alude espontáneamente a un mito que se halla allende la historia y las variaciones de lo vivido individualmente. Desde un principio afirma la universalidad del Edipo, tesis que ulteriormente se irá reforzando: «Todo ser humano tiene impuesta la tarea de dominar el complejo de Edipo...».
No es nuestra intención exponer aquí en sus diversas etapas y en toda su complejidad la progresiva elaboración de este descubrimiento, cuya historia es coextensiva de la del psicoanálisis; por lo demás, se observará que Freud en ningún trabajo dio una exposición sistemática del complejo de Edipo. Por nuestra parte, nos limitaremos a señalar algunos problemas relativos al lugar que ocupa en la evolución del individuo, a sus funciones y a su alcance.
I. El complejo de Edipo se descubrió en su forma llamada simple y positiva (por lo demás, así es como aparece también en el mito), pero, como ya hizo observar Freud, esta forma no es más que una «simplificación o esquematización» en relación con la complejidad de la experiencia: « [...] el niño pequeño no experimenta solamente una actitud ambivalente y una elección de objeto amoroso dirigida hacia su madre, sino que al mismo tiempo se comporta como una niña mostrando una actitud femenina y tierna hacia su padre y la correspondiente actitud de celos hostiles hacia la madre». En realidad, entre la forma positiva y la forma negativa se observa toda una serie de casos mixtos en los que coexisten estas dos formas en una relación dialéctica, y en las que el analista se aplica a determinar las distintas posiciones adoptadas por el sujeto e « n la asunción y resolución de su Edipo.
Desde este punto de vista, como ha subrayado Ruth Mack Brunswick, el complejo de Edipo designa la situación del niño en el triángulo. La descripción del complejo de Edipo en su forma completa permite a Freud explicar la ambivalencia hacia el padre (en el niño) por la interacción de los componentes heterosexuales y homosexuales y no como el simple resultado de una situación de rivalidad.
1) Las primeras elaboraciones de la teoría se construyeron sobre el modelo del niño. Durante mucho tiempo Freud admitió que el complejo podía ser transpuesto tal cual, mutatis mutandis, a la niña. Pero este postulado ha sido combatido:
a) por la tesis desarrollada en el artículo 1923 sobre «la organización genital infantil de la libido», según la cual, en los dos sexos, durante la fase fálica, es decir, en el momento del acmé del Edipo, hay un solo órgano que cuenta: el falo;
b) por el valor concedido a la inclinación preedípica hacia la madre. Esta fase preedípica se observa especialmente en la niña, en la medida en que el complejo de Edipo significará para ella un cambio de objeto amoroso, de la madre al padre.
Siguiendo estas dos direcciones, los psicoanalistas han trabajado para poner de manifiesto la especificidad del Edipo femenino.
2) La edad en que se sitúa el complejo de Edipo permaneció al principio relativamente indeterminada para Freud. Así, por ejemplo, en los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905), se sostiene la tesis de que la elección de objeto no tiene lugar de modo pleno hasta la pubertad, siendo la sexualidad infantil fundamentalmente autoerótica. Desde este punto de vista, el complejo de Edipo, aunque esbozado durante la infancia, sólo se manifestaría claramente en el momento de la pubertad, para ser en seguida superado. Esta incertidumbre se encuentra todavía en 1916-1917 (Lecciones de introducción al psicoanálisis [Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse]), aun cuando en esta fecha Freud reconoce ya la existencia de una elección de objeto infantil muy próxima a la elección adulta.
En el enfoque final de Freud, una vez afirmada la existencia de una organización genital infantil o fase fálica, el Edipo se relaciona con esta fase, o sea esquemáticamente con el período de los tres a los cinco años de edad.
3) Como puede apreciarse, Freud admitió siempre que en la vida del individuo existía un período anterior al Edipo. Cuando se efectúa una distinción, o incluso una oposición, entre lo preedípico y el Edipo, se intenta ir más allá del reconocimiento de este simple hecho: se subraya la existencia y los efectos de una relación compleja, del tipo dual, entre la madre y el niño, y se procura hallar las fijaciones a una tal relación en las más diversas estructuras psicopatológicas. Desde este punto de vista, ¿puede considerarse todavía válida la célebre fórmula que hace del Edipo el «complejo nuclear de las neurosis»?
Numerosos autores sostienen que, con anterioridad a la estructura triangular del Edipo, existe una relación puramente dual, y que los conflictos relativos a este período pueden analizarse sin hacer intervenir la rivalidad hacia un tercero.
La escuela kleiniana, que, como es sabido, concede una importancia primordial a las épocas más precoces de la infancia, no designa ninguna fase como propiamente preedípica. Hace remontarse el complejo de Edipo a la posición llamada depresiva, en la que se inicia la relación con personas totales.
Acerca del problema de una estructura preedípica, la posición de Freud seguirá siendo matizada: declara haber tardado en reconocer todo el alcance de la unión primitiva a la madre y haber quedado sorprendido por lo que, especialmente las psicoanalistas femeninas, han puesto en evidencia sobre la fase preedípica en la niña (7 b). Pero también piensa que, para explicar estos hechos, no es necesario recurrir a otro eje de referencia que el Edipo (véase: Preedípico).
II. La preponderancia del complejo de Edipo, que siempre sostuvo Freud (rehusando situar en el mismo plano, desde el punto de vista estructural y etiológico, las relaciones edípicas y las preedípicas) queda atestiguado por las funciones fundamentales que le atribuye:
a) elección del objeto de amor, en el sentido de que éste, después de la pubertad, viene condicionado a la vez por las catexis de objeto y las identificaciones inherentes al complejo de Edipo y por la prohibición de realizar el incesto;
b) acceso a la genitalidad, por cuanto ésta no queda en modo alguno garantizada por la sola maduración biológica. La organización genital presupone la instauración de la primacía del falo, y ésta difícilmente se puede considerar establecida sin que se resuelva la crisis edípica por el camino de la identificación;
c) efectos sobre la estructuración de la personalidad, sobre la constitución de las diferentes instancias, en especial el superyó y el ideal del yo.
Este papel estructurante en la génesis de la tópica intrapersonal Freud lo relaciona con la declinación del complejo de Edipo y la entrada en el período de latencia. Según Freud, el proceso descrito es más que una represión: «[...] en el caso ideal, equivale a una destrucción, una supresión del complejo [...]. Cuando el yo no ha logrado más que una represión del complejo, éste permanece en el ello en estado inconsciente: más tarde manifestará su acción patógena». En el artículo que aquí citamos, Freud discute los diferentes factores que provocan esta declinación. En el niño, la «amenaza de castración» por el padre posee un valor determinante en esta renuncia al objeto incestuoso, y el complejo de Edipo termina de forma relativamente abrupta. En la niña la relación entre el complejo de Edipo y el complejo de castración es muy distinta: «... mientras que el complejo de Edipo del niño se halla minado por el complejo de castración, el de la niña se hace posible y es introducido por el complejo de castración». En ella «[...] la renuncia al pene sólo se realiza después de una tentativa de obtener una reparación. La niña se desliza (podríamos decir a lo largo de una equivalencia simbólica) desde el pene al niño, y su complejo de Edipo culmina en el deseo, largo tiempo sentido, de obtener del padre, como regalo, un niño, de darle al padre un hijo». De ello resulta que en este caso es más difícil señalar con claridad el momento de la declinación del complejo.
III. La descripción que antecede no explica suficientemente el carácter fundador que, para Freud, posee el complejo de Edipo, como se desprende de la hipótesis, anticipada en Tótem y tabú (Totem und Tabu, 1912-1913), del asesinato del padre primitivo considerado como el momento de origen de la humanidad. Esta hipótesis, discutible desde el punto de vista histórico, debe interpretarse sobre todo como un mito que traduce la exigencia que se plantea a todo ser humano de ser un «vástago de Edipo». El complejo de Edipo no puede reducirse a una situación real, a la influencia ejercida efectivamente sobre el niño
por la pareja parental. Su eficacia proviene de que hace intervenir una instancia prohibitiva (prohibición del incesto) que cierra la puerta a la satisfacción naturalmente buscada y une de modo inseparable el deseo y la ley (punto sobre el que ha puesto el acento J. Lacan). Esto disminuye el alcance de la objeción iniciada por Malinowski y recogida por la escuela llamada culturalista, según la cual, en ciertas civilizaciones en las que el padre carece de toda función represora, no existiría el complejo de Edipo, sino un complejo nuclear característico de aquella estructura social: de hecho, en tales civilizaciones, los psicoanalistas intentan descubrir qué personajes reales, o incluso qué instituciones, encarnan la instancia prohibitiva, en qué modalidades sociales se especifica la estructura triangular constituida por el niño, su objeto natural y el representante de la ley.
Esta concepción estructural del Edipo concuerda con la tesis del autor de Las estructuras elementales del parentesco, que considera la prohibición del incesto la ley universal y mínima para que una «cultura» se diferencie de la «naturaleza».
Otro concepto freudiano habla en favor de la interpretación que hace que el Edipo trascienda lo vivido individual en el que se encarna: el de las fantasías originarias, «filogenéticamente transmitidas», esquemas que estructuran la vida imaginaria del sujeto y que constituyen otras tantas variantes de la situación triangular (seducción, escena originaria, castración, etc.).
Señalemos finalmente que, al dirigir nuestro interés hacia la relación triangular misma, nos vemos inducidos a atribuir un papel esencial, en la constitución de un determinado complejo de Edipo, no sólo al sujeto y sus pulsiones, sino también a los otros focos de la relación (deseo inconsciente de cada uno de los padres, seducción, relaciones entre los padres).
Lo que será interiorizado y sobrevivirá en la estructuración de la personalidad es, por lo menos, tanto como determinadas imágenes parentales, los distintos tipos de relaciones existentes entre los diferentes vértices del triángulo.
Complejo de Electra
Al.: Elektrakomplex.
Fr.: complexe d'Électre.
Ing.: Electra complex.
It.: complesso di Elettra.-
Por.: complexo de Electra.
Término utilizado por Jung como sinónimo del complejo de Edipo femenino, a fin de indicar la existencia de una simetría en los dos sexos, mutatis mutandis, de la actitud con respecto a los padres.
En su Ensayo de exposición de la teoría psicoanalítica (Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie, 1913) Jung introduce la expresión «complejo de Electra». A este respecto Freud manifestó, en principio, que no veía el interés de tal denominación; en su artículo sobre la sexualidad femenina se mostró aún más categórico: el Edipo femenino no es simétrico del niño. «Solamente en el niño se establece esta relación, que marca su destino, entre el amor hacia uno de sus progenitores y, simultáneamente, el odio hacia el otro como rival».
Lo que Freud mostró acerca de los distintos efectos del complejo de castración en cada sexo, de la importancia que para la niña tiene la inclinación preedípica hacia la madre, de la preponderancia del falo en los dos sexos, justifica su rechazo del término «complejo de Electra», que presupone una analogía entre la posición de la niña y la del niño con respecto a sus padres.
Complejo de inferioridad
Al.: Minderwertigkeitskomplex.
Fr.: complexe d'infériorité.
Ing.: complex of inferiority.
It.: complesso d'inferiorità.
Por.: complexo de inferioridade.
Término que tiene su origen en la psicología adleriana; designa, de un modo muy general, el conjunto de actitudes, representaciones y conductas que constituyen expresiones, más o menos disimuladas, de un sentimiento de inferioridad o de las reacciones frente a éste.
Complejo de inferioridad
Al.: Minderwertigkeitskomplex.
Fr.: complexe d'infériorité.
Ing.: complex of inferiority.
It.: complesso d'inferiorità.
Por.: complexo de inferioridade.
Término que tiene su origen en la psicología adleriana; designa, de un modo muy general, el conjunto de actitudes, representaciones y conductas que constituyen expresiones, más o menos disimuladas, de un sentimiento de inferioridad o de las reacciones frente a éste.
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