Defensa
Al.: Abwehr.
Fr.: défense.
Ing.: defence.
It.: difesa.
Por.: defesa.
Conjunto de operaciones cuya finalidad consiste en reducir o suprimir toda modificación susceptible de poner en peligro la integridad y la constancia del Individuo biopsicológico. En la medida en que el yo se constituye como la Instancia que encarna esta constancia y que busca mantenerla, puede ser descrito como «lo que está en juego» y el agente de estas operaciones.
La defensa, de un modo general, afecta a la excitación Interna (pulsión) y electivamente a las representaciones (recuerdos, fantasías) que aquélla comporta, en una determinada situación capaz de desencadenar esta excitación en la medida en que es Incompatible con dicho equilibrio y, por lo tanto, displacentero para el yo. Los afectos displacenteros, motivos o señales de la defensa, pueden ser también el objeto de ésta.
El proceso defensivo se especifica en mecanismos de defensa más o menos integrados al yo.
La defensa, marcada e infiltrada por aquello sobre lo que en definitiva actúa (la pulsión), adquiere a menudo un carácter compulsivo y actúa, al menos parcialmente, en forma Inconsciente.
Al situar en primer plano la noción de defensa en la histeria, y muy pronto también en otras psiconeurosis, Freud estableció su propia concepción de la vida psíquica, en oposición a los puntos de vista de sus contemporáneos (véase: Histeria de defensa). Los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie, 1895) muestran toda la complejidad de las relaciones existentes entre la defensa y el yo, al cual se atribuye aquél?[. En efecto, el yo es aquella región de la personalidad, aquel «espacio» que se intenta proteger de toda perturbación (por ejemplo, conflictos entre deseos opuestos). Es también un «grupo de representaciones » que se halla en desacuerdo con una representación «incompatible» con él, siendo la señal de esta incompatibilidad un afecto displacentero; finalmente, es agente de la operación defensiva (véase: Yo). En los trabajos de Freud donde se elabora el concepto de psiconeurosis de defensa, se realiza siempre la idea de incompatibilidad de una representación con el yo; los diferentes tipos de defensa consisten en las diversas formas de tratar esta representación actuando en especial sobre la separación de ésta del afecto que originalmente estaba ligado a ella. Por otra parte, sabemos que Freud muy pronto opuso a las psiconeurosis de defensa las neurosis actuales, grupo de neurosis en las cuales un aumento intolerable de la tensión interna, debido a una excitación sexual no descargada, encuentra su salida en diversos síntomas somáticos; resulta significativo el hecho de que, en este último caso, Freud rehusa hablar de defensa, a pesar de que también aquí hay una forma de proteger el organismo y buscar la restauración de cierto equilibrio. La defensa, ya en el mismo momento de su descubrimiento, es implícitamente diferenciada de las medidas que adopta un organismo para reducir cualquier aumento de tensión.
En la misma época en que Freud intenta especificar las diversas modalidades del proceso defensivo según las enfermedades, y cuando la experiencia de la cura le permite reconstruir mejor, en los Estudios sobre la histeria, el desenvolvimiento de este proceso (resurgimiento de los afectos displacenteros que han motivado la defensa, escalonamiento de las resistencias, estratificación del material patógeno, etc.), intenta dar un modelo metapsicológico de la defensa. En un principio esta teoría se refiere, como sucederá constantemente después, a una oposición entre las excitaciones externas, de las que se puede huir o contra las cuales existe un dispositivo de barrera mecánica que permite filtrarlas (véase: Protector contra las excitaciones), y las excitaciones internas, de las que no es posible huir. Contra esta agresión desde dentro, que es la pulsión, se constituyen los diferentes procedimientos defensivos. El Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895) aborda de dos maneras el problema de la defensa:
1) Freud busca el origen de lo que llama «defensa primaria» en una «experiencia de dolor», de igual modo que encontró el modelo del deseo y de su inhibición por el yo en una «experiencia de satisfacción». Con todo, esta concepción no puede aprehenderse, en el Proyecto, con tanta claridad como la de la experiencias de satisfacción.
2) Freud intenta distinguir una defensa normal y una defensa patológica. La primera actúa en el caso de una reviviscencia de una experiencia penosa; es preciso que el yo haya podido ya, durante la experiencia inicial, empezar a inhibir el displacer por medio de «catexis laterales»: «Cuando se repite la catexis de la huella mnémica, se repite también el displacer, pero las facilitaciones del yo ya están establecidas; la experiencia muestra que, la segunda vez, la liberación (de displacer) es menos importante, y finalmente, tras varias repeticiones, se reduce a la intensidad, conveniente al yo, de una señal».
Tal defensa evita al yo el peligro de verse sumergido e infiltrado por el proceso primario, como ocurre en la defensa patológica. Ya es sabido que Freud encuentra la condición para esta última en una escena sexual que cuando se produjo no suscitó defensa, pero cuyo recuerdo reactivado desencadena, desde dentro, una magnitud de excitación. «La atención se halla dirigida hacia las percepciones que habitualmente dan lugar a la liberación de displacer. [Ahora bien] aquí no se trata de una percepción, sino de una huella mnémica que, de forma inesperada, libera displacer, y el yo es informado de ello demasiado tarde». Esto explica que «[...] en un proceso del yo se produzcan consecuencias que habitualmente sólo se observan en los procesos primarios».
Así, la condición de la defensa patológica consiste en el desencadenamiento de una excitación de origen interno, que provoca displacer y contra la cual no se ha establecido ningún aprendizaje defensivo. Por consiguiente, no es la intensidad del afecto en sí lo que motiva la puesta en marcha de la defensa patológica, sino condiciones muy específicas que no pueden englobarse en una percepción desagradable ni tampoco en el recuerdo de una percepción penosa. Según Freud, estas condiciones sólo se cumplirían en la esfera de la sexualidad (véase: Posterioridad; Seducción).
Cualesquiera que sean las modalidades del proceso defensivo en la histeria, la neurosis obsesiva, la paranoia, etc. (véase: Mecanismos de defensa), los dos polos del conflicto son siempre el yo y la pulsión. El yo intenta protegerse frente a una amenaza interna. Esta concepción, si bien resulta confirmada constantemente por la clínica, no deja de plantear un problema teórico que Freud siempre tuvo presente: ¿cómo la descarga pulsional, que por definición está destinada a producir placer, puede ser percibida como displacer o como una amenaza de displacer hasta el punto de poner en marcha una defensa? La diferenciación tópica del aparato psíquico permite enunciar que aquello que constituye placer para un sistema, representa displacer para otro (el yo), pero este reparto de papeles obliga a explicar lo que hace que determinadas exigencias pulsionales sean contrarias al yo. Una solución teórica que Freud rechazó es aquella según la cual la defensa entraría en acción « [...] cuando la tensión aumenta en forma intolerable porque una moción pulsional se halla insatisfecha». Así, el hambre insatisfecha no es reprimida; cualesquiera que sean los «medios de defensa» de que dispone el organismo para enfrentarse a una amenaza de este tipo, no se trata aquí de la defensa en sentido psicoanalítico. Para explicar ésta no es condición suficiente la homeostasis del organismo.
¿Cuál es el móvil último de la defensa del yo? ¿Por qué percibe éste como displacer una determinada moción pulsional? Esta pregunta, fundamental en psicoanálisis, puede encontrar diversas respuestas, que, por lo demás, no se excluyen necesariamente entre sí. Con frecuencia se admite una primera distinción referente al origen último del peligro inmanente a la satisfacción pulsional: puede considerarse la propia pulsión como peligrosa para el yo, como una agresión interna; también puede adscribirse, en último análisis, todo peligro a la relación del individuo con el mundo exterior, entonces la pulsión es peligrosa por los daños reales a que podría conducir su satisfacción. Así, la tesis admitida por Freud en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Symptom und Angst, 1926), y sobre todo su reinterpretación de la fobia, le lleva a conceder un papel primordial a «la angustia ante un peligro real» (Real angst) y, en último término, a considerar como derivada de ésta la angustia neurótica o angustia ante la pulsión.
Si abordamos el mismo problema desde el punto de vista de la concepción del yo, las soluciones variarán evidentemente según se haga recaer el acento en su función de agente de la realidad y representante del principio de realidad, o se insista en su «compulsión a la síntesis», o se le describa, ante todo, como una forma, especie de duplicado intrasubjetivo del organismo, regulado, como éste, por un principio de homeostasis. Finalmente, desde el punto de vista dinámico, puede intentarse explicar el problema planteado por el displacer de origen pulsional por la existencia de un antagonismo que no sería sólo el de las pulsiones y la instancia del yo, sino el de dos clases de pulsiones con objetivos opuestos. Este último camino es el seguido por Freud en los años 1910-1915, al oponer a las pulsiones sexuales, las pulsiones de autoconservación o pulsiones del yo. Como es sabido, este par pulsional será substituido, en la última teoría de Freud, por el antagonismo entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte, y esta nueva oposición ya no coincide directamente con el juego de fuerzas presentes en la dinámica del conflicto.
La misma palabra defensa, sobre todo cuando se utiliza de un modo absoluto, es fuente de equívocos y exige algunas distinciones conceptuales. Dicha palabra designa tanto la acción de defender (tomar la defensa) como la de defenderse. Por otra parte, en francés se añade el concepto de «défense de», es decir, de prohibición. En consecuencia, sería útil distinguir diversos parámetros de la defensa, incluso aunque éstos coincidan más o menos unos con otros: lo que está en juego: el «lugar psíquico» amenazado; su agente: el soporte de la acción defensiva; su finalidad: por ejemplo, la tendencia a mantener y restablecer la integridad y la constancia del yo y evitar toda perturbación que se traduciría subjetivamente por displacer; sus motivos: lo que enuncia la amenaza y pone en marcha el proceso defensivo (afectos reducidos a la función de señales, señal de angustia); y, finalmente, sus mecanismos.
Para terminar, la distinción entre la defensa, en el sentido casi estratégico que ha adquirido en psicoanálisis, y lo prohibido, especialmente en la forma que se presenta en el complejo de Edipo, al tiempo que subraya la heterogeneidad de dos niveles, el de la estructuración del aparato psíquico y el de la estructura del deseo y de las fantasías más fundamentales, deja sin resolver el problema de su articulación en la teoría y en la práctica de la cura.
Defensa
En el agregado a Inhibición, síntoma y angustia (1925), «Represión y defensa», Freud propone una visión global de las vicisitudes del concepto de defensa. Vuelve a ese término, explica, del que se había servido treinta años antes, en la exposición sobre «Las neuropsicosis de defensa», y que había abandonado para reemplazarlo por el de represión. En efecto, la palabra defensa debe designar de manera general todas las técnicas que utiliza el yo en sus conflictos, que pueden eventualmente culminar en la neurosis. El término «represión» de todas maneras se conserva, reservándolo para una de esas defensas en particular.
Freud recuerda que «al principio aprendimos a conocer la represión y la formación de síntomas en el terreno de la histeria. En ese caso, el contenido perceptivo de experiencias generadoras de excitación, el contenido de representación de formaciones ideativas patógenas, es olvidado, excluido del proceso de reproducción en el recuerdo», y es por ello que «el mantenimiento fuera de la conciencia ha sido reconocido como el carácter principal de la represión histérica».
Más tarde, el estudio de la neurosis obsesiva reveló que en esta afección los acontecimientos no se olvidan; «siguen conscientes, pero son "aislados"». Aunque el resultado sea el mismo que en la amnesia histérica, uno se ve llevado a pensar que el proceso por el cual se elimina una exigencia pulsional no puede ser el mismo que en la histeria. De allí el interés de tomar el concepto de defensa ampliado, para que abarque, además del proceso de represión histérica, otros procesos que ponen de manifiesto la misma tendencia: la protección del yo ante las exigencias pulsionales. Una vez adoptado, este punto de vista permitirá caracterizar a cada uno de los diferentes tipos de afección según la especificidad del proceso de defensa que en él se pone en obra. Así, concluye la nota, se podrá pensar en relacionar cada afección con un momento definido del desarrollo de la organización del yo.
De modo que el concepto de defensa, originalmente elaborado en función de las exigencias de la primera tópica, será retomado con el objeto de satisfacer las exigencias de la segunda. Este proceso permitirá rastrear las vicisitudes de la función del yo a través de las renovaciones sucesivas del pensamiento psicoanalítico, desde el análisis de la histeria hasta una sistemática gobernada por la teoría de la psicosis.
Defensa
Alemán: Abwehr
Francés: Défense.
Inglés: Defence.
Sigmund Freud designa con este término el conjunto de las manifestaciones de protección del yo contra las agresiones interiores (de tipo pulsional) y exteriores, capaces de constituir fuentes de excitación y ser de tal modo factores de displacer.
A las diversas formas de defensa, capaces de especificar las afecciones neuróticas, se las agrupa en general bajo la expresión de "mecanismos de defensa".
En 1894 Freud publicó un artículo titulado "Las neuropsicosis de defensa", en el cual aparecía la noción de defensa como pivote del funcionamiento neurótico en relación con los procesos de organización del yo.
En ese momento -y los Estudios sobre la histeria, escritos en colaboración con Josef Breuer, lo confirman- la cuestión consiste en identificar las modalidades según las cuales el yo, entonces asimilado a la conciencia o el consciente, reaccionaba a las diversas solicitaciones capaces de perturbarlo, que provocaban en él efectos displacientes. Esos elementos parásitos podían tener un origen exterior, existiendo entonces la posibilidad de que el yo huyera de ellos, o procediera a investiduras laterales. La cuestión es de entrada más delicada cuando los elementos inconciliables son de origen interno, pulsional y, más precisamente, sexual. En una carta a Wilhelm Fliess del 21 de inayo de 1894, Freud lo declara claramente: "La defensa se erige contra la sexualidad”.
Primero elaborada en el marco de la etiología de la histeria, la noción de defensa adquirió para Freud un papel diferenciador entre las diversas afecciones neuróticas, sobre todo en el artículo de 1896 titulado "Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa". El mecanismo de defensa reviste entonces la forma de la conversión en la neurosis histérica, la forma de la sustitución en la neurosis obsesiva, y la forma de la proyección en la paranoia. Bajo estos diversos aspectos, ligados a la especificidad de la entidad patológica, la defensa persigue siempre el mismo objetivo: separar la representación perturbadora del afecto ligado originalmente a ella, cuando esta operación no se ha podido realizar directamente por medio de la abreacción.
En 1915, en los términos de su metapsicología, Freud utiliza de nuevo la expresión mecanismo de defensa; primero en el artículo dedicado al inconsciente, para agrupar el conjunto de los procesos de defensa (sin discriminar las diversas neurosis), y después en el consagrado a los destinos de las pulsiones, para evocar las diversas formas de la evolución de una pulsión (represión, transformación en lo contrario, orientación hacia la propia persona, sublimación). En su carta a Wilhelm Fliess del 6 de diciembre de 1896, dedicada a la formulación del aparato psíquico, Freud asimilaba ya la defensa a la represión: "La condición determinante de una defensa patológica (es decir, de la represión) es entonces el carácter sexual del incidente y su ocurrencia en el curso de una fase anterior".
En 1926, en el suplemento a su libro Inhibición, síntoma y angustia, vuelve a considerar esa asimilación, refiriéndose en primer lugar a las razones por las cuales ha abandonado la expresión "procesos de defensa". A continuación reconoce haberla reemplazado por la de represión, pero sin precisar la naturaleza de la relación entre las dos nociones. Propone entonces conservar el término represión para designar ciertos casos de defensa, ligados a afecciones neuróticas particulares (toma el ejemplo del vínculo preciso entre represión e histeria), y utilizar "el viejo concepto de defensa" para englobar los procesos de la misma orientación: la de "protección del yo contra las exigencias pulsionales".
Con los trabajos de Anna Freud, la noción de mecanismo de defensa vuelve a ser central en la reflexión psicoanalítica, y adquiere incluso el valor de concepto. Para la hija de Freud, los mecanismos de defensa intervienen contra las agresiones pulsionales, pero también contra todas las fuentes exteriores de angustia, incluso las más concretas. El desarrollo de esta perspectiva globalizadora implica una concepción del yo que representa un retroceso respecto de la expresada por Freud en el marco de la gran reestructuración teórica de la década de 1920. El yo vuelve a ser sinónimo de lo consciente, es asimilado a la persona, y el objetivo del psicoanálisis consiste entonces en ayudar a sus defensas para consolidar su integridad. Esta concepción alcanzó su pleno desarrollo en la corriente de la Ego Psychology. Ha sido fuertemente combatida, en particular por Jacques Lacan en diversos artículos de los años 1950-1960; el autor de los Escritos la denuncia como una transformación del psicoanálisis en una gestión adaptativa, una forma de ortopedia social contra la cual él emprende su "retorno a Freud".
Para Melanie Klein, el concepto de defensa y las formas que puede tomar están inscritos en la fase arcaica, preedípica; se basan tanto en los elementos exteriores interiorizados, o sometidos a intentos de control, como en los elementos pulsionales.
Deformación
Al.: Entstellung.
Fr.: déformation.
Ing.: distortion.
It.: deformazione.
Por.: deformação.
Efecto global del trabajo del sueño: los pensamientos latentes se transforman en un producto manifiesto difícil de reconocer.
Remitimos al lector a los artículos Trabajo del sueño, Contenido manifiesto, Contenido latente.
La edición francesa de L'interprétation du rêve (La interpretación de los sueños [Die Traumdeutung, 1900]) traduce Entstellung por transposition (transposición). Esta palabra nos parece demasiado pobre. Las ideas latentes no sólo se expresan en otro registro (como si se tratara de la transposición de una melodía), sino que son desfiguradas de tal forma que únicamente es posible restituirlas mediante una labor de interpretación. El término «alteración» ha sido descartado por su matiz peyorativo. Por esto proponemos el de deformación.
Delay Jean
(1907-1987) Psiquiatra francés
Nacido en Bayona, en una familia de médicos, alumno de Pierre Janet, analizado por Edouard Pichon, amigo y contemporáneo de Jacques Lacan, miembro de la Academia de Medicina en 1955, y de la Academia Francesa en 1959, Jean Delay fue el principal representante francés de la escuela de psiquiatría biológica de la segunda mitad del siglo. En este sentido, no se mostró favorable a las teorías freudianas, que conocía perfectamente, ni manifestó ninguna simpatía por los progresos de la psiquiatría dinámica. Después de haber sido en 1945 experto en el tribunal de Nuremberg para juzgar la responsabilidad penal de ciertos verdugos nazis, fue elegido titular de la cátedra de clínica de enfermedades mentales y del encéfalo en el Hospital Sainte-Anne, donde ayudó a Lacan, poniendo un anfiteatro a su disposición. Ocupó ese cargo hasta 1970, e introdujo en Francia los tratamientos farmacológicos para curar las enfermedades mentales: principalmente los neurolépticos y los antidepresivos. En 1956 publicó una notable obra psicobiográfica, La feunesse d'André Gide, a la cual Lacan dedicó un largo comentario.
Con un trayecto opuesto al de Henri Ey, Delay alcanzó, como aquél, un renombre internacional. Formó a varios discípulos, sobre todo a Pierre Pichot, adversario del psicoanálisis y de las tesis de Henri F. Ellenberger, defensor en Francia del célebre Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-IV). Este manual tuvo un éxito considerable en las sociedades industriales avanzadas, por el hecho de que reduce la locura a un comportamiento puramente mecánico, y el sujeto pensante a un cuerpo máquina, a contrapelo del saber clínico y de la práctica hospitalaria acumulados desde fin del siglo XIX, cuando Sigmund Freud y Eugen Bleuler denunciaron precisamente todas las formas de "nihilismo terapéutico".
Delirio
s. m. (fr. délire; ingl. delusion; al. Delirium, Wahn). Según Freud, tentativa de curación, de reconstrucción del mundo exterior por restitución de la libido a los objetos, privilegiada en la paranoia y hecha posible por el mecanismo de la proyección, que permite que lo abolido adentro le vuelva al sujeto desde afuera.
Freud concluye en 1911 sus Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (el presidente Schreber) de la siguiente manera: «Los rayos de Dios schreberianos, que se componen de rayos solares, de fibras nerviosas y de espermatozoides, todo condensado en uno, no son en el fondo sino la representación concretizada y proyectada afuera de investimientos libidinales y le prestan al delirio de Schreber una impresionante concordancia con nuestra teoría». Y agrega: «El futuro dirá si la teoría contiene más locura de lo que yo quisiera, o la locura más ver -dad que la que otros hoy están dispuestos a otorgarle». El valor que Freud acuerda así al delirio de Schreber, el gusto que se da, es, nos dice Lacan, «simplemente aquel, decisivo en la materia, de introducir allí al sujeto como tal, lo que quiere decir no calibrar rápidamente al loco en términos de déficit y de disociación de las funciones». De esta posición freudiana inicial, tomando apoyo en el texto de Schreber mismo (Memorias de un neurópata, 1903), volverá a partir J. Lacan para poner a prueba la tesis del inconciente estructurado como un lenguaje en la cuestión de la psicosis y el delirio. El Seminario III, 1955-56, «Las psicosis», retomado en lo esencial en 1959, en el texto «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis» (Escritos, 1966), es testimonio de ello. El conjunto de estos textos, incluido el del propio Schreber, constituye la referencia indispensable para el abordaje psicoanalítico de la cuestión del delirio.
Significación y mecanismo del delirio. Freud se aparta radicalmente de las concepciones de su época concernientes a la significación del delirio: «Lo que tomamos por una producción mórbida, la formación del delirio, es en realidad una tentativa de curación, una reconstrucción». ¿Cómo entender esta definición? En la concepción freudiana del aparato psíquico, tal como se articula en la primera tópica, esta definición da al delirio la significación de un síntoma, es decir, de una formación sustitutiva cuyas condiciones de aparición dependen de un mecanismo general común a la neurosis y a la psicosis. Así, las propiedades atribuidas al delirio: tentativa de curación, reconstrucción, se relacionan también con otras formaciones sustitutivas (conversión, obsesión, etc.). Son las manifestaciones de la etapa de la evolución de todo proceso psicopatológico que sobreviene después de la represión y que Freud llama «el retorno de lo reprimido». Si la represión consiste en desprender la libido de los objetos en el mundo exterior, en la realidad, el retorno de lo reprimido, por el contrario, es una tentativa de restitución de la libido hacia el mundo exterior, pero de un modo regresivo con relación al precedente. Si la significación del retorno de lo reprimido como tentativa tiene un alcance general, el síntoma por el cual se manifiesta, en cambio, depende de condiciones particulares. En lo concerniente al delirio, que Freud vincula de una manera paradigmática con la paranoia, conviene concebirlo como un medio para el sujeto de defenderse de un aflujo de libido homosexual. En la paranoia, en efecto, la libido, primero desprendida del mundo exterior por la represión, permanece por un tiempo flotante, luego viene a reforzar por regresión los diversos puntos de fijación que se han producido en el curso de su desarrollo y, sobre todo, el fantasma de deseo homosexual, primordialmente reprimido en la infancia. Este aflujo de la libido homosexual (que, para poder circular, tiende a sexualizar los investimientos sociales del sujeto y, en particular, las relaciones con personas del mismo sexo que él) representa así una doble amenaza: la de la aniquilación de las adquisiciones de la sublimación y la de estar en el origen de representaciones inaceptables como tales para la conciencia.
¿En qué consiste entonces el mecanismo del delirio, que le permite al sujeto defenderse en tal situación? Freud cita este mecanismo bajo el término proyección. Pero es importantísimo destacar que lo articula como segundo tiempo de un procedimiento de trasformación gramatical de una proposición inicial, procedimiento que constituye el verdadero mecanismo de la formación del delirio. Así, señala que las diferentes formas del delirio en la paranoia corresponden a las diferentes posibilidades gramaticales de declinar la contradicción de una proposición inicial cuyo contenido es un fantasma de deseo homosexual: «yo lo amo». Según que esta contradicción, en el caso de un hombre, recaiga sobre el verbo (lo odio), sobre el objeto (la amo a ella, no a él) o sobre el sujeto (ella lo ama), tendremos el primer tiempo de la formación del delirio de persecución, del erotomaníaco, o del celotípico. El segundo tiempo, el de la proyección, corresponde a una interversión del sujeto de la proposición intermedia y completa la fórmula delirante haciéndola aceptable para la conciencia: él me odia (persecución), es ella la que me ama (erotomanía). Este tiempo de la proyección no es necesario para constituir la fórmula del delirio de celos [ya que el yo ha sido desimplicado de la acción, dice Freud]. Partiendo del conjunto de esta deducción gramatical, Freud da una definición del mecanismo del delirio: «Lo abolido adentro, vuelve desde afuera».
La metáfora delirante. Lacan partirá de esta deducción gramatical y de esta definición freudianas del delirio refiriéndolas, respectivamente, a la dimensión del mensaje (la significación) y a la del código (el tesoro del significante), las que le permitirán distinguir, en el delirio psicótico, la relación del sujeto con el otro en el registro imaginario (pequeño otro) y en el registro simbólico (gran Otro). En la vertiente del mensaje, la proposición inicial «Yo lo amo») vuelve como significación al sujeto según las tres modalidades de formación del delirio, es decir, según tres formas de alienación primitiva de la relación con el otro, que diferencian tres tipos de presencia, de estructuración del pequeño otro en el delirio. Lacan distingue así:
la alienación invertida del mensaje en el delirio de celos, donde el sujeto hace llevar su mensaje por otro, un alter ego cuyo sexo ha sido cambiado: «Es ella quien lo ama». La característica principal del pequeño otro es aquí ser indefinido, como lo muestra la clínica: no es un hombre en particular el que está implicado en el delirio de celos, sino casi cualquier hombre;
la alienación divertida del mensaje en el delirio erotomaníaco: «No es a él a quien amo, es a ella». Las características principales del otro al que se dirige el erotómano son el alejamiento, la despersonalización y la neutralización, que permiten que sea agrandado hasta las dimensiones mismas del mundo;
la alienación convertida del mensaje en el delirio de persecución, en el sentido de que, por un mecanismo cercano a la denegación, el amor ha devenido odio. La propiedad principal del pequeño otro, del perseguidor, reside en su demultiplicación, su extensión en red que acompaña a la extensión del delirio. En la vertiente del código o, más exactamente, del tesoro del significante que constituye el gran Otro, de la relación del sujeto con lo simbólico, Lacan insistirá en un mecanismo del delirio que no retuvo la atención de Freud: la interpretación. Lacan caracteriza en efecto la psicosis por la forclusión de un significante primordial en el Otro, el Nombre-del-Padre, significante metafórico por excelencia que le permite al sujeto acceder a la significación fálica. El déficit de este significante en lo simbólico, el agujero que allí constituye traen consigo un déficit y un agujero correspondientes en lo imaginario fálico. La interpretación delirante sería la tentativa de paliar este déficit en lo simbólico y sus consecuencias en lo imaginario, pero al precio, para el sujeto, de tener que sostener él mismo, en el lugar del falo en déficit, la significación en su conjunto. La interpretación es así una metáfora delirante que Lacan resume en el caso Schreber en estos términos: «A falta de poder ser el falo que le falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que le falta a los hombres», metáfora feminizante inaugural a partir de la cual se pueden seguir las trasformaciones sucesivas del delirio hasta la redención final.
Delirio
En ausencia de una teoría psiquiátrica sistemática de los delirios, que desemboque en una noción homogénea de la estructura del proceso delirante, lo que pone en evidencia un aporte propiamente psicoanalítico a la concepción del delirio se ve reducido al empleo en los dominios de la patología, de hipótesis de extensión creciente, en un trabajo de aproximación progresiva. La mejor de las presentaciones sobre el tema se encuentra en un artículo de 1924, «La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis». Allí se evocan, no solamente las modificaciones que el delirio impone a la realidad, sino también la función que le corresponde en la economía del sujeto: «El remodelamiento de la realidad se basa en la psicosis en los sedimentos psíquicos de las relaciones precedentes con esa realidad, es decir, en las huellas mnémicas, las representaciones y los juicios que hasta ese momento se habían obtenido de ella y por los cuales ella era representada en la vida psíquica. Pero esa relación no era una relación ya acabada sino continuamente enriquecida y modificada por nuevas percepciones. De modo que la psicosis tiene por tarea, también ella, procurar percepciones que correspondan a la nueva realidad, meta que es alcanzada de la manera más radical por la vía de la alucinación. Si las ilusiones del recuerdo, los delirios y las alucinaciones tienen un carácter tan penoso en tantas formas y casos de psicosis, y están ligadas a un desarrollo de angustia, esto muestra que todo el proceso de reestructuración se realiza contra violentas fuerzas contrarias. Es posible construir este proceso según el modelo de la neurosis, que conocemos mejor. En la neurosis, a todo intento de irrupción de la moción reprimida le responde una reacción de angustia, y el resultado del conflicto es necesariamente un compromiso que sólo aporta una satisfacción incompleta. Es verosímil que, en la psicosis , el fragmento de la realidad rechazado vuelva sin cesar a forzar su entrada en la vida psíquica, como lo hace en la neurosis la moción reprimida, y por ello las consecuencias son las mismas en los dos casos». Y, en conclusión, «el examen de los diferentes mecanismos que en las psicosis tienen por función el apartamiento e la realidad y la construcción de otra, así como el de la amplitud del éxito que esos mecanismos pueden alcanzar, es una tarea de la psiquiatría especial, que aún no ha sido emprendida».
La noción esencial implicada en este texto es la de «reconstrucción», tal como queda retroactivamente subrayado por otra parte en el comentario, realizado unos cuantos anos antes, de las memorias del presidente Schreber. En ese texto, en efecto, el delirio paranoico nos es presentado como una reconstrucción consecutiva al derrumbe narcisista del sujeto. El modo en que se produce consiste en una permutación de las funciones del sujeto, del objeto y del verbo. Según esta óptica, el problema del delirio hace intervenir la referencia a la verdad histórica, concebida por Freud como uno de los momentos genéticamente asignables del discurso en su relación con criterios de validez solidarios de las vicisitudes del destino pulsional. La forclusión del Nombre-del-Padre, en a acepción que le asigna la teoría de la psicosis en Lacan, aparece así perfectamente alineada con las anticipaciones freudianas.
Delirio y los sueños
en la "Gradiva" de W. Jensen (el)
Obra de Sigmund Freud publicada en 1907 con el título de Der Wahn und die Träume in W. Jensens "Gradiva". Traducida por primera vez al francés en 1931 por Marie Bonaparte con el titulo de Délires et rêves dans la "Gradiva" de Jensen, precedida por Gradiva, fantaisie pompéienne de Wilhelm Jensen (1837-1911), a su vez publicada originalmente en alemán en 1903 con el título Gradiva, ein pompejanisches Phantasiestück, y traducida en 1931 por E. Zak y G. Sadoul. Retraducida en 1986 por Paule Arhex y Rose-Marie Zeitlin, precedida del texto de Wilhelm Jensen traducido por Jean Bellemin-Noél en 1983. Traducida al inglés por primera vez en 1917 por H. M. Downey, con el título Delusion and Dream y precedida por el texto de Wilhelm Jensen en inglés. Retraducida en 1959 por James Strachey con el titulo Delusions and Dreams in Jensen's "Gradiva".
Ernest Jones lo dice con algo de escepticismo: habría sido Carl Gustav Jung quien llamó la atención de Freud respecto de la novela de Wilhelm Jensen titulada Gradiva, fantasía pompeyana. Para agradar a su discípulo, Freud habría entonces redactado su ensayo psicoanalítico sobre esa obra, a la que en 1925, en su autobiografía, califica de "novelita sin gran valor en sí misma".
En la correspondencia entre Freud y Jung nada confirma las afirmaciones atribuidas a Jung, pero éste, como lo atestiguan dos de sus cartas, se entusiasmó con el ensayo. El 24 de mayo de 1907 exclamó: "¡Su Gradiva es magnífica! La he leído de un tirón, la claridad de su exposición es fascinante...". Más adelante, en la misma carta, añade, lo que no podía dejar de encantar a Freud, "Bleuler dice que su Gradiva es maravillosa...”
Nacido en Alemania del Norte, Jensen fue un escritor prolífico. No obstante, sólo se lo recuerda como autor de esta obra, Gradiva, que Freud tomó para realizar su segundo psicoanálisis de libros (el primero, que quedó inédito, sólo se lo envió a Wilhelm Fliess, y se refería a una novela de Conrad Ferdinand Meyer, 1825-1898), inaugurando con ella la colección de psicoanálisis aplicado que acababa de crear con el nombre de Schriften zur angewandten Seelenkunde.
La novela de Jensen es la historia de un joven arqueólogo, Norbert Hanold, enamorado de la figura de un bajorrelieve descubierto en Roma en una colección de antigüedades, que representaba a una joven griega de paso seductor: "Ella camina -narra Freud, que sin duda tembién está bajo el influjo del encanto- y tiene un poco alzada la túnica de pliegos numerosos, revelando así sus pies calzados con sandalias. Uno de ellos reposa enteramente en tierra; el otro, para acompañarlo, se eleva, y sólo toca el suelo con la punta de los dedos [ ... ]. El paso inhabitual y particularmente seductor así representado había sin duda despertado la atención del artista y, después de tantos siglos, cautiva ahora la mirada de nuestro espectador arqueólogo."
Norbert es invadido por los fantasmas que le inspira esa joven a la que bautiza Gradiva (Gradiva: la que avanza), al punto de colgar en una pared de su estudio una copia del bajorrelieve, como lo harán más tarde Freud y sus discípulos. En una pesadilla, Norbert ve a la joven caer víctima de la erupción que sepultó a Pompeya en el año 79. Al despertar, liberándose trabajosamente de la convicción de haber presenciado también él la catástrofe, sigue persuadido de la veracidad de su sueño. Se acerca entonces a la ventana y ve en la calle una silueta semejante a la de su heroína. Se precipita vanamente para alcanzarla. Prisionero de sus fantasmas, parte a Pompeya: en la hora "ardiente y sagrada" del mediodía, cuando los turistas huyen de las ruinas para guarecerse a la sombra, él ve de pronto salir de una casa a su Gradiva, marchando con su paso ligero. La joven no es un fantasma, es muy real, y se llama Zoé Bengang (este nombre significa Ia que brilla por su paso"), y le pide que le hable en alemán, no en griego o en latín como él acababa de hacerlo, si quiere conversar. Comprendiendo el estado mental en el que se encuentra el joven, Zoé se consagra a curarlo, desde luego con éxito, revelándole progresivamente lo que Norbert ha reprimido: el hecho de que ella vive en la misma ciudad que él, y que en su infancia ambos fueron compañeros de juego.
Poco después de la publicación de La interpretación de los sueños y de su Psicopatología de la vida cotidiana, Freud descubría algo inesperado: un autor literario, totalmente ignorante del psicoanálisis, había escrito una ficción cuya conclusión y desarrollo confirmaban y aclaraban, sin demostración ni pesadez conceptual, la verosimilitud de lo que él había teorizado tan laboriosamente durante los años anteriores.
La tesis central de este ensayo de Freud postulaba que los sueños inventados por los escritores pueden interpretarse de la misma manera que los sueños reales.
La empresa se organiza en dos dimensiones. La primera, efecto del encanto experimentado en el curso de su lectura, es de tipo transferencial; Freud se identifica a veces con el autor, a veces con el personaje de Norbert. La segunda, teórica, deriva de la sensación de que el relato oculta una verdad: que los procesos inconscientes y la actividad creadora son análogos. De modo que, en el punto de partida, el ensayo sobre Gradiva no constituye un ejercicio de aplicación rudimentaria del psicoanálisis a un material literario, sino el intento de hacer progresar esa disciplina mediante el estudio de los procesos de la creación artística.
La realización del proyecto está lejos de ser satisfactoria. Freud es consciente de los límites de su trabajo, pero no se demora en ellos, e intenta incluso ir más allá, con riesgo de abrir perspectivas psicobiográficas y psicohistóricas cuyo desarrollo será criticado por él mismo.
La principal debilidad de este ensayo reside en el lugar que en él ocupa el razonamiento analógico. Hay en primer término una analogía global entre la novela de Jensen y una cura psicoanalítica, y de allí se desprende una serie de otras analogías. Por ejemplo, la postulada entre los sueños del héroe y los sueños reales, que está en contradicción con la afirmación que encontramos en La interpretación de los sueños, en el sentido de que a los sueños inventados por los novelistas y poetas les corresponde la interpretación simbólica, y no una interpretación freudiana basada en las asociaciones del soñante. Hay una analogía entre Norbert Hanold y un paciente en análisis, entre Zoé Bertgang y el psicoanalista, y finalmente una analogía -central y la más seductora, a la cual Freud no se resiste- entre la represión psíquica y el sepultamiento de Pompeya por la lava incandescente del Vesuvio.
Fuera cual fuere la prudencia de Freud en este punto, él no pudo evitar ir más allá y entregarse al inventario jubiloso de las concordancias que supuestamente fortalecían la analogía inicial, con riesgo de forzar el texto -por ejemplo, calificando de delirio los fantasmas de Norbert, mientras que Jensen no emplea jamás esta palabra-.
Si bien este trabajo suscitó el entusiasmo de los discípulos, los psicoanalistas de las generaciones siguientes nunca lo han ubicado en la primera fila de las obras freudianas. Jacques Lacan, en un debate en la Universidad de Yale en 1975, no consideró "especialmente felices" los intentos de Freud de "ver en el arte una especie de testimonio del inconsciente", y citó, como ejemplo de fracaso, el ensayo sobre Gradiva.
No obstante, Freud quiso ir aún más lejos, y se interesó, "naturalmente -como escribe Jones con cierta ingenuidad-, por la posibilidad de vincular los motivos develados en la Gradiva con la personalidad del autor. También en este punto su trabajo tropezó con serias limitaciones. De hecho, Freud le envió a Jensen un ejemplar de su libro, y recibió en respuesta una amable carta en la que se le confirmaba que había comprendido perfectamente las intenciones del novelista. Freud no se detuvo. "Alentado por esa respuesta", sigue escribiendo Jones, le pidió más informaciones a Jensen. Éste se manifestó evasivo acerca del origen de su novela y de las condiciones en las cuales la había escrito. Freud comunicó estas respuestas a sus colegas, el -15 de mayo de 1907, en una sesión de la Sociedad Psicoanalítica de los Miércoles.
Más tarde, en una carta del 2 de noviembre de 1907, Jung le señaló a Freud la existencia de dos novelas de Jensen en las cuales se podían encontrar algunas informaciones acerca de la infancia del escritor. En la sesión del miércoles 11 de diciembre, dedicada a la comunicación de Max Graf sobre "la metodología del psicoanálisis de escritores", Freud, después de haber comparado los diversos textos del autor de Gradiva, formuló la hipótesis de que tenía una hermana menor, una jovencita con un pie deforme, por la cual Jensen habría experimentado un deseo muy fuerte. El novelista respondió al envío de esta interpretación con una carta fechada el 14 de diciembre de 1907. En ella deja primero despuntar una cierta irritación ("No, yo no he tenido hermana"), pero, como serenado, confía haber experimentado, de niño, sentimientos amorosos por una amiga prematuramente desaparecida...
Freud, comenta Jean-Bertrand Pontalis, "habría querido más". No obstante, las cosas quedaron allí, puesto que Jensen rehusó encontrarse con Freud después de esta última carta.
Demanda
s. f. (fr. demande; ingl. request; al. Verlangen, Anspruch). Forma ordinaria que toma la expresión de una aspiración, en el caso en que se trata de obtener algo de alguien, a partir de la cual el deseo se distingue de la necesidad.
El término demanda se ha hecho de uso corriente en el campo no sólo del psicoanálisis, sino también de las diversas psicoterapias que se inspiran en él de cerca o de lejos. Especialmente, no es raro evaluar la posibilidad de comenzar una cura refiriéndose a la fuerza de la demanda o a su calidad: ¿se trata, por ejemplo, de una simple aspiración por comprender que no resistirá las dificultades del trabajo psicoanalítico? ¿O se trata de una verdadera aspiración a un cambio porque el sujeto no puede soportar más lo que constituye su síntoma? Sin recusar este uso, que tiene su pertinencia, hay que destacar que la noción de demanda no puede ser entendida sólo por las representaciones triviales que este término, muy simple aparentemente, puede sugerir. En particular, ha tomado un sentido específico en la teoría de Lacan, sentido que el uso cotidiano que se hace de él trasunta, pero también de ordinario disimula.
J. Lacan introduce la noción de demanda oponiéndola a la de necesidad [besoin]. Lo que especifica al hombre es que depende de los otros hombres, con los que está ligado por un uso común de la palabra y el lenguaje, para sus necesidades más esenciales. En oposición a un mundo animal en el que cada ser se apropiaría, tanto como le es posible, de aquello que le pide su instinto, el mundo humano impone al sujeto demandar, encontrar las palabras que serán audibles para el otro. En este mismo dirigirse se constituye el Otro, escrito con una gran A [Autre], porque esta demanda que el sujeto le dirige constituye su poder, su ascendiente sobre el sujeto.
Mas, a partir de que el sujeto se coloca en dependencia del otro, la particularidad a la que aspira su necesidad queda en cierto modo anulada. Lo que le importa es la respuesta del otro como tal, independientemente de la apropiación efectiva del objeto que reivindica. Vale decir que la demanda deviene aquí demanda de amor, demanda de reconocimiento. La particularidad de la necesidad resurgirá más allá de la demanda, en el deseo, bajo la forma de la «condición absoluta». El deseo, en efecto, encuentra su causa en un objeto especificado y sólo se mantiene en proporción a la relación que lo liga con este objeto.
Se puede agregar, en una perspectiva clínica, que la intricación de la demanda y del deseo es particularmente visible en la neurosis. Así, por ejemplo, el neurótico obsesivo no tiene por objeto de deseo sino la demanda del otro. Allí donde podría suponerse que puede desear, de hecho se dedica a obtener el reconocimiento del Otro, dándole sin cesar pruebas de su buena voluntad con su comportamiento de buen alumno o de buen hijo.
Denegación
Alemán: Verneinung.
Francés: Dénégation.
Inglés: Negation.
Término propuesto por Sigmund Freud para caracterizar un mecanismo de defensa mediante el cual el sujeto expresa de manera negativa un,deseo o un pensamiento cuya presencia o existencia niega.
Aunque Freud puso de manifiesto este mecanismos en los Estudios sobre la histeria, sólo en 1925, en un artículo breve sobre la negación (Verneinung) lo explicó en términos metapsicológicos, demostrando que, en una frase como "no es mi madre" pronunciada por un sujeto a propósito de un sueño, lo reprimido era reconocido de manera negativa, sin ser aceptado. De modo que la denegación es un medio para tomar conciencia de lo que se reprime en el inconsciente. Por lo tanto, a través de ese medio el pensamiento se libera, con una lógica de la negatividad, de las limitaciones que le impone la represión. Otto Rank había ya empleado el término con una acepción idéntica. Desde la perspectiva freudiana, la denegación es diferente de la renegación (Verleugnung), introducida en 1923 y teorizada en 1927 a propósito del fetichismo. Este último término, que también incluye el prefijo Ver (privativo), remite a un mecanismo de negación propio de la psicosis y la perversión.
En Francia, la traducción de la Verneinung freudiana suscitó numerosas polémicas, generadas en un primer lugar por una discusión entre Freud y René Laforgue a propósito de la escotomización, después por las teorías de Édouard Pichon sobre la negación gramatical, y finalmente por el concepto de forclusión creado por Jacques Lacan. En 1934, Henri Hoesli, para verter el término freudiano, adoptó la palabra négation. En 1956, en su debate con Lacan, el filósofo hegeliano Jean Hyppolite (1907-1968) prefirió dénégation y, en 1967, Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis propusieron (dé)négation para la Verneinung y déni (renegación) para la Verleungnung, rebautizada désaveu (desmentida) por Guy Rosolato, ese mismo año. En 1989, el equipo de Jean Laplanche y André Bourguignon (1920-1996) adoptó de nuevo la palabra négation.
Denegación
[o negación]
s. f. (fr. dénégation; ingl. negation; al. Verneinung). La enunciación, bajo una forma negativa, de un pensamiento reprimido, que a menudo representa la única forma posible de retorno de lo reprimido, a partir de la cual Freud elaboró una teoría importante referida a la constitución del yo.
Para el psicoanálisis (S. Freud, Die Verneinung, 1934), la negación está ligada a la represión. Pues, si niego algo en un juicio, significa que preferiría reprimirlo, siendo el juicio el sustituto intelectual de la represión. El paciente que, acerca de una persona que aparece en su sueño, dice que no es su madre, lo lleva a Freud a concluir: por lo tanto, es su madre. Si de esta manera abstraemos de la negación, obtenemos el contenido del pensamiento reprimido. Este puede hacerse conciente a condición de hacerse negar. Notemos que la aceptación intelectual de la represión no suprime por ello la represión.
Es fácil ver la importancia que puede presentar, en la práctica de la cura, y especialmente en la interpretación, el reconocimiento del mecanismo de la denegación. Pero el artículo de Freud va mucho más allá. A partir de este hecho clínico, Freud mostrará el papel de la negación en la función del juicio. Por medio del símbolo de la negación, el pensamiento se libera de las limitaciones de la represión. En primer lugar, Freud considera las dos decisiones de la función del juicio: está el juicio que atribuye o rehusa una propiedad a una cosa y está el juicio que reconoce o que cuestiona a una representación su existencia en la realidad.
En cuanto al primero, al juicio de atribución, el criterio más antiguo para atribuir o rehusar es el criterio de lo bueno y de lo malo. Lo que en el idioma de las pulsiones más antiguas se traduce de la siguiente manera: «A esto quiero introducirlo en mí y a aquello, excluirlo de mí». El yo-placer originario introyecta lo bueno y expulsa de sí lo malo. Pero lo malo, lo extraño al yo, que se encuentra afuera, le es primero idéntico. Un estado de indiferenciación caracteriza esta primera fase de la historia del juicio. En esta fase, todavía no se trata del sujeto. A partir de un yo indiferenciado, se constituye el yo-placer, donde lo de adentro se liga a lo bueno y lo de afuera, a lo malo.
La otra decisión de la función del juicio, la que recae sobre la existencia real de una cosa representada, concierne al yo-realidad definitivo, que se desarrolla a partir del yo-placer. Es el examen de realidad. En esta nueva fase, se trata de saber si algo presente en el yo como representación puede también ser vuelto a hallar en la percepción (realidad). Lo no real o únicamente representado está adentro; lo otro, lo real, está afuera. En esta fase, por lo tanto, se distingue, adentro, una realidad psíquica, y afuera, la realidad material. Es importante entonces saber que la cosa buena, admitida en el yo y simbolizada, existe también en el mundo de afuera y uno puede apoderarse de ella según su necesidad. Como se ve, el examen de realidad se hace a partir de la simbolización de la segunda fase (introyección). Pero el problema de esta fase no es cotejar una representación con la percepción que la habría precedido. Se trata, en el orden perceptivo, de la verificación de una percepción. El examen de realidad «no es encontrar en la percepción real un objeto que corresponda a la representación, sino efectivamente volver a encontrarlo». Es sabido que, para Freud, el objeto, desde el principio, es objeto perdido. Volver a encontrarlo en la realidad es reconocerlo. La cuestión del adentro y el afuera se plantea entonces de otra manera. Si el pensar puede efectivamente reactualizar lo que ha sido percibido una vez, entonces el objeto ya no tiene razón de estar presente afuera. Desde el punto de vista del principio de placer, la satisfacción también podría venir de una «alucinación» del objeto. Justamente para evitar esta tendencia a alucinar, se hace necesaria la intervención del principio de realidad. Notemos que la reproducción de la percepción en la representación no siempre es fiel. Hay omisiones y fusiones de elementos. El examen de realidad debe controlar la extensión de estas deformaciones.
En esta tercera fase aparece el criterio de acción motora. Esta pone fin al aplazamiento del pensar. Hace pasar al actuar. Ahora el juzgar se debe entender como un tanteo motor, con una débil descarga. Este aplazamiento (al. Denkaufschub) debe verse como un motorisches Tasten que requiere pocos esfuerzos de descarga: mit geringen Abführaufwänden. Pero abführen es llevar, trasportar... evacuar, expulsar. El yo va a catar las excitaciones exteriores para retirarse nuevamente después de cada uno de sus avances tentativos. Como se ve, esta actividad motriz es distinta de la que se puede imaginar en la primera fase. El movimiento del yo, por avance y retirada, recuerda al primer esbozo del afuera y el adentro. Este eco de la fase primitiva se destaca en los diferentes sentidos de las palabras empleadas por Freud.
Esta génesis del interior y el exterior da una perspectiva del nacimiento del juicio desde las pulsiones primarias. La afirmación (al. Bejahung), como equivalente de la unificación, es obra de Eros. En el juicio de atribución, es consecuencia del hecho de introyectar, de apropiarnos en lugar de expulsar hacia afuera. La afirmación es el equivalente (al. Ersatz) de la unificación (al. Vereinigung); y la negación es la sucesora (al. Nachfolger) de la expulsión o del instinto de destrucción (al. Destruktionstrieb). El cumplimiento de la función del juicio sólo se ha hecho posible por medio de la creación del símbolo de la negación. De ahí su independencia de la represión y del principio de placer. Ningún «no», dice Freud, proviene del inconciente.
El reconocimiento del inconciente por el yo se expresa con una fórmula negativa. Desde los Estudios sobre la histeria (1895), Freud había comprobado esta forma particular de resistencia. En los sueños, observa que un pensamiento dirigido en un sentido tiene, a su lado, un pensamiento de sentido opuesto, y los dos pensamientos están ligados en virtud de una asociación por contraste. Luego agrega: «No llegar a hacer algo es la expresión del no». A esta dimensión de lo imposible Lacan la llamará lo real. De este modo, la negación, como símbolo, se articula con lo real.
Depresión
s. f. (fr. dépression; ingl. depression; al. Depression, Gedrücktheit). Modificación profunda del humor en el sentido de la tristeza y del sufrimiento moral, correlativa de un desinvestimiento de toda actividad.
El término depresión es usado en nuestros días de un modo muy laxo y designa en su uso corriente patologías muy diversas. Es sin duda porque evita plantear la cuestión de un diagnóstico de estructura y remite la cuestión de «eso que no anda» a una perturbación momentánea del humor.
Para el psicoanalista, en cambio, esta extensión no es evidente. El concepto de depresión en el fondo no está definido rigurosamente salvo en la melancolía, o también en lo que se llama «psicosis maníaco-depresiva», donde designa una hemorragia de la libido, desplazada primero del objeto al yo, y que luego lleva al yo mismo a una depreciación y un desinvestimiento radicales. Es verdad, sin. embargo, que se encuentran episodios depresivos, a veces graves, en las neurosis. No por ello se hará de la depresión una entidad clínica específica. Esta parece traducir un rechazo de los valores fálicos, o sea, del cumplimiento de las tareas propuestas por la existencia, con las limitaciones que las definen. Más allá de ello, quizá remita a ese momento en el que el sujeto se ha dado cuenta de todo aquello a lo que se ha visto llevado a renunciar, por pertenecer a un mundo humano, un mundo reglado por la ley del lenguaje y de la cultura. En todo caso, se traduce en una relación muy particular con el tiempo, el que no aparece nunca como un orden orientado donde las tareas del presente estuvieran determinadas por las necesidades futuras, en las que viniera a inscribirse un proyecto. El sujeto deprimido vive en un tiempo uniforme y monótono. Aunque registre modificaciones del humor, estas, al ser cíclicas, no constituyen en ningún caso cambios verdaderos. Lo que plantea, por otra parte, todo el problema de la relación del sujeto deprimido con el análisis. ¿Cómo hacer para que pueda comprometerse en él, si no puede interrogar espontáneamente lo que constituye su historia en función de la posibilidad de un cambio real? La respuesta debe ser reinventada cada vez.
Depresión anaclítica
Al.: Anlehnungsdepression.
Fr.: dépression anaclitique.
Ing.: anaclitic depression.
It.: depressione anaclitica.
Por.: depressão anaclítica.
Término creado por René Spitz: trastornos que recuerdan clínicamente a los de la depresión en el adulto y que sobrevienen de modo progresivo en el niño privado de su madre después de haber tenido con ella una relación normal, por lo menos, durante los seis primeros meses de la vida.
Remitimos al lector al artículo Anaclítico, donde encontrará las observaciones terminológicas acerca de este adjetivo.
El cuadro clínico de la depresión anaclítica lo describe R. Spitz del siguiente modo:
«Primer mes. Los niños se vuelven llorones, exigentes y se aferran al observador que entra en contacto con ellos.
»Segundo mes. Rechazo del contacto. Posición patognomónica (los niños permanecen la mayor parte del tiempo acostados en su cama boca abajo). Insomnio. Continúa la pérdida de peso. Tendencia a contraer enfermedades intercurrentes. Retardo motor generalizado. Rigidez de la expresión facial.
»Después del tercer mes. Se ha establecido la rigidez del rostro. Cesa el llanto, que es substituido por raros gemidos. Se acentúa el retardo y aparece un aletargamiento.
»Si, antes de que haya transcurrido un período crítico, que se sitúa entre el final del 3° mes y el final del 5°, la madre vuelve con su hijo, o se consigue encontrar un substituto materno aceptable para el niño, el trastorno desaparece con sorprendente rapidez.»
Spitz considera «la estructura dinámica de la depresión anaclítica como fundamentalmente distinta de la depresión en el adulto».
Depresiva (posición)
Concepto creado por Melanie Klein desde sus primeros trabajos, «la posición depresiva infantil es la posición central del desarrollo. El desarrollo normal de un niño y su aptitud para amar parecen depender, en gran medida, de la elaboración de esta posición decisiva» (1935).
Durante los primeros meses, una parte esencial de la vida emocional del bebé está determinada por la lactancia. Sea cual fuere la calidad de los cuidados, ella se caracteriza por la sucesión y repetición de experiencias de pérdida y reencuentro. Así nace en el niño el sentimiento de que existe un objeto «bueno» (pecho, madre) que gratifica y es amado, y un objeto «malo », perseguidor, que frustra y es odiado. Paralelamente a estas experiencias que implican factores externos, los procesos intrapsíquicos (sobre todo la proyección y la introyección) contribuyen a reforzar el clivaje del objeto primitivo: «El bebé proyecta sus mociones amorosas y las atribuye al pecho gratificador ("bueno"), así como proyecta al exterior sus mociones destructivas y las atribuye al pecho frustrante ("malo"). Al mismo tiempo, por introyección, se constituyen en su interior un pecho "bueno" y un pecho "malo"» (1943). Este clivaje es un mecanismo de defensa característico de la posición esquizo-paranoide: consiste en mantener al objeto perseguidor y terrorífico separado del objeto amado y protector, posibilitando así al yo una relativa seguridad; en este sentido, es la « ... condición previa a la instauración de un objeto bueno» interno (1957), a la cual llegará el yo una vez elaborada la posición depresiva.
Si bien Klein modificó un poco la ubicación cronológica de esta posición, siempre tuvo la preocupación de hacerla comenzar más precozmente (en los primerísimos meses), y sostuvo al mismo tiempo que ella representa un proceso con respecto a la posición esquizo-paranoide. «Inmediatamente antes, durante y después del destete» (1940), « ... llevado a comprender que el objeto de amor es el mismo que el objeto de odio» (1934), el yo comienza a efectuar la síntesis entre esos sentimientos de amor y sus mociones destructivas. Entonces surge la angustia depresiva. Su aparición significa que el yo está accediendo a la posición depresiva, proceso que se inscribe en una duración ligada a la complejidad y a la diversidad de los mecanismos en juego: conciliación de los aspectos bueno y malo de un mismo objeto conciliación del amor y el odio, introyección progresiva de la madre como objeto total, etcétera.
La introyección de la madre como objeto total genera « ... inquietud y dolor ante la destrucción posible de ese objeto» (1940). En adelante, el pequeño experimenta el sentimiento de una «pérdida del objeto del amor», a la vez temor de perder el objeto amado y de no ser capaz de proteger su objeto bueno interno. Se alcanza la posición depresiva cuando la angustia por la posible pérdida del objeto amado toma el relevo (sin reemplazarla nunca totalmente) de la angustia de ser perseguido por el objeto terrorífico. Pero, mientras que la angustia de persecución de la posición esquizo-paranoide se relacionaba con los peligros que amenazaban aniquilar al yo, «la angustia depresiva se relaciona con los peligros que son experimentados como amenazando al objeto amado interno, y esto principalmente por la agresividad del sujeto» (1949). Temiendo que el objeto amado sea dañado o destruido por su odio, el niño experimenta «.. un sentimiento de culpa y la necesidad imperiosa de reparar» (1957). La «tendencia a la reparación» característica de la posición depresiva, es la consecuencia de ese sentimiento de culpa.
Para tratar de huir de los sentimientos ligados a las angustias específicas de la posición depresiva, el yo puede utilizar tanto defensas maníacas (idealización, negación) como obsesivas, o regresar a la posición esquizo-paranoide, reactivando los procesos de clivaje.
La posición depresiva se considera «elaborada» cuando el pequeño se ha identificado con su objeto de amor. Esta elaboración implica que « ... se atenúa el temor de haber destruido al objeto en el pasado y de que pueda ser destruido en el futuro» (1957). Implica también « ... una confianza más grande en el objeto bueno interno», la cual genera un sentimiento de seguridad interior. Por ello aparece como « ... una de las condiciones previas a la existencia de un yo estable e integrado y de buenas relaciones de objeto» (1955). No obstante, nunca es posible la integración completa y definitiva del yo; «ese duelo precoz es revivido cada vez que, más tarde, se experimenta una pena» (1940): entonces se reactiva la posición depresiva, pero si ella ha sido elaborada en el curso del desarrollo precoz, el sujeto puede hacer frente a esa resurgencia y reconstruir su mundo interior.
La comparación así planteada entre la elaboración de la posición depresiva y el trabajo del duelo tiene una implicación triple.
-Por una parte, la evolución de un duelo y su salida, normal o patológica, están determinadas en el adulto por la manera en que el recién nacido ha superado la pérdida de su primer objeto de amor, es decir, en que ha elaborado o no su posición depresiva: «el duelo incluye la repetición de la situación emocional que el bebé experimenta en el curso de la posición depresiva». Confrontado a un duelo, el adulto se vuelve a encontrar frente a una tarea semejante a la que enfrentó en el curso de su desarrollo precoz. Para cumplirla, utilizará mecanismos idénticos, por su naturaleza y eficacia, a los que puso en obra en aquel momento. Dicho de otro modo, el trabajo consecutivo a las pérdidas ulteriores se realizará, tanto en su éxito como en su fracaso, siguiendo el modelo de la primera elaboración.
-Por otro lado, y como consecuencia, «la posición depresiva comprende los puntos de fijación de los trastornos maníaco-depresivos» (1959). El fracaso en la elaboración de la posición depresiva, vinculado sobre todo al predominio de la defensa maníaca, es una causa determinante de la instauración de esos trastornos: el enfermo maníaco-depresivo nunca «ha superado verdaderamente la posición depresiva infantil» (1940).
-Finalmente, esta comparación pone en perspectiva las razones por las cuales para la comprensión de la problemática depresiva es indispensable tomar en cuenta el concepto de posición depresiva.
Esta triple implicación justifica por sí misma el lugar central otorgado por Klein a la posición depresiva en el desarrollo del funcionamiento psíquico. Ella aclara además la elección del término «posición», destinado a indicar que las angustias y las defensas que aparecen desde los primeros meses pueden reaparecer a lo largo de toda la vida, en función de las circunstancias ( 1943).
Derivado del inconsciente
Al.: Abkömmling des Unbewussten.
Fr.: rejeton de l'inconscient.
Ing.: derivate of the unconscious.
It.: derivato dell'inconscio.
Por.: derivado o ramificação do inconsciente.
Término utilizado a menudo por Freud dentro de su concepción dinámica del inconsciente; éste tiende a hacer resurgir en la conciencia y en la acción producciones que se hallan en conexión más o menos lejana con aquél. Estos derivados de lo reprimido son, a su vez, objeto de nuevas medidas de defensa.
Esta expresión se encuentra sobre todo en los textos metapsicológicos de 1915. No designa de un modo especial una determinada producción del inconsciente, sino que engloba, por ejemplo, los síntomas, las asociaciones que se producen durante la sesión, las fantasías.
El término «derivado del representante reprimido» o «de lo reprimido» se halla en relación con la teoría de los dos tiempos de la represión. Lo que ha sido reprimido en el primer tiempo (represión originaria) tiende a irrumpir de nuevo en la conciencia en forma de derivados, siendo sometido entonces a una segunda represión (represión con posterioridad).
El término «derivado» pone en evidencia una característica esencial del inconsciente: permanece siempre activo, ejerce un empuje en dirección a la conciencia. El término francés rejeton, tomado de la botánica, acentúa esta idea mediante la imagen de algo que rebrota después de haber intentado suprimirlo.
Desamparo
(estado de)
(fr. état de ciétresse; ingl. helplessness; al. Hilflosigkeit). Estado de dependencia del lactante, que condiciona, según Freud, la omnipotencia de la madre, y el valor particular de la experiencia originaria de satisfacción.
Freud ha insistido a menudo en el estado de dependencia del lactante, que es incapaz de suprimir por sí mismo la tensión ligada a las excitaciones endógenas, como el hambre. A esta impotencia del recién nacido humano, incapaz de emprender una acción coor -dinada y eficaz, Freud la llama «estado de desamparo».
En el caso habitual en que la madre es la que permite la satisfacción de las necesidades, ella es investida como omnipotente, capaz de procurar o de rehusar, a su voluntad, lo que es más indispensable para el niño. Por otra parte, el estado de desamparo provee el prototipo de lo que es una situación traumática, en la que el sujeto es incapaz de dominar las excitaciones. Es este estado de desamparo el que explica el valor particular de la experiencia originaria de satisfacción. Si se considera, en efecto, que un objeto ha podido venir a apaciguar el estado de tensión ligado a la impotencia primitiva, la imagen de este objeto no dejará de ser buscada, inclusive en forma alucinatoria (el lactante «alucina» el seno o el biberón que le ha sido retirado). Hay que destacar, por último, que el estado de desamparo está ligado en Freud con la prematuración del ser humano, que está «menos acabado (que los animales) cuando es arrojado al mundo» (Inhibición, síntoma y angustia).
La cuestión de la prematuración del ser humano ha sido desarrollada por Lacan en su teoría de lo imaginario y del estadio del espejo. Pero, para él, lo que constituye el fondo del desamparo del sujeto es su estado de dependencia con relación al deseo del otro, deseo opaco ante el cual se encuentra sin recursos.
Desamparo
(estado de)
Al.: Hilflosigkeit.
Fr.: état de détresse.
Ing.: helplessness.
It.: l'essere senza aiuto.
Por.: desamparo o desarvoramento.
Palabra del lenguaje corriente que adquiere un sentido específico en la teoría freudiana: estado del lactante que, dependiendo totalmente de otra persona para la satisfacción de sus necesidades (sed, hambre), se halla impotente para realizar la acción específica adecuada para poner fin a la tensión Interna.
Para el adulto, el estado de desamparo constituye el prototipo de la situación traumática generadora de angustia.
La palabra Hilflosigkeit, que para Freud constituye una referencia constante, merece ser destacada y ser traducida por un término único. Proponemos estado de desamparo, en vez de desamparo, pues se trata de un dato esencialmente objetivo: la impotencia del recién nacido humano, que es incapaz de emprender una acción coordinada y eficaz (véase: Acción específica); esto es lo que Freud designó como motorische Hilflosigkeit. Desde el punto de vista económico, tal situación con duce al incremento de la tensión de necesidad, que el aparato psíquico es todavía incapaz de dominar: ésta es la psychische Hilflosigkeit.
La idea de un estado de desamparo inicial se encuentra en el origen de varios tipos de consideraciones.
1.ª En el plano genético, a partir de ella pueden comprenderse el valor princeps de la experiencia de satisfacción, su reproducción alucinatoria y la diferenciación entre procesos primario y secundario.
2.ª El estado de desamparo, inherente a la dependencia total del pequeño ser con respecto a su madre, implica la omnipotencia de ésta. Influye así en forma decisiva en la estructuración del psiquismo, destinado a constituirse enteramente en la relación con el otro.
3.ª Dentro de una teoría de la angustia, el estado de desamparo se convierte en el prototipo de la situación traumática. Así, en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Symptom und Angst, 1926), Freud reconoce a los «peligros internos» una característica común: pérdida o separación, que implica un aumento progresivo de la tensión, hasta el punto de que, al final, el sujeto se ve incapaz de dominar las excitaciones y es desbordado por éstas: lo que define el estado generador del sentimiento de desamparo.
4.ª Observemos finalmente que Freud relaciona explícitamente el estado de desamparo con la prematuridad del ser humano: su «[...] existencia intrauterina parece relativamente corta en comparación con la de la mayoría de los animales; se halla más incompleto que éstos cuando viene al mundo. Ello hace que la influencia del mundo exterior sea más intensa, es necesaria la diferenciación precoz del yo con respecto al ello, aumenta la importancia de los peligros del mundo exterior, y se incrementa enormemente el valor del único objeto capaz de proteger contra estos peligros y de reemplazar la vida intrauterina. Este factor biológico crea, pues, las primeras situaciones de peligro y la necesidad de ser amado, que ya nunca abandonará al hombre».
Desarrollo
En su momento, Lacan abrumó a Ferenczi atribuyéndole la lamentable introducción de una teoría de los estadios en la doctrina analítica. Esta acusación es un buen ejemplo e a disputa larvada e insistente que hace estragos en el movimiento analítico, concerniente a lo que sería una concepción llamada genética de la maduración (en el sentido en que esto se dice de la psicología promovida por Piaget). El psicoanálisis ¿encuentra o no uno de sus fundamentos en la idea de un desarrollo propio del ser humano, idea producida por el propio psicoanálisis, por medio de la cual propondría el esquema programado de un desarrollo en cuanto a lo psíquico?
Freud
Después de todo, el Lacan crítico que hemos mencionado no necesitaba buscar tan lejos su blanco, ni emprenderla con lugartenientes. En efecto, ¿no está claro que fue Freud e primero en instaurar lo que se presenta sin ninguna duda como una perspectiva genética que da cuenta de la progresión graduada de un desarrollo? Nada mejor que juzgar basándose en pruebas. Y una de esas pruebas importantes ha sido, una vez puesto de manifiesto el campo ignorado de la sexualidad infantil, el haberlo convertido en punto de germinación de una teoría sofisticada del desarrollo libidinal.
Aunque la libido sea finalmente definida como fuerza esencial de lo que está en juego en el psiquismo en tanto que sometido al deseo, Freud introduce allí dos ideas complementarias cuya conjugación hace efectiva la temática de un desarrollo. La primera designa el objetivo, la finalidad del desarrollo del que se trata, a saber, el ordenamiento regulado de las corrientes pulsionales, sexuales, inicialmente independientes, que van a coordinarse bajo el orden del primado de la genitalidad, en su relación con la reproducción. El desarrollo libidinal infantil tiene un fin: es esa organización genital que en principio se alcanza definitivamente en la adolescencia. En segundo término, el otro aporte constitutivo será identificar, diferenciar las etapas que permiten acceder a ese fin, en cuanto su sucesión ordenada condiciona la progresión normal hacia la primacía genital. Cada etapa designa el dominio de un régimen pulsional que es preciso dejar atrás para alcanzar esa primacía. Se trata de la famosa trilogía de los estadios infantiles: oral, anal y fálico. La fase fálica se convierte, luego, por medio de la asunción edípica, en el bosquejo de lo que podrá retomarse como verdadera organización genital en el momento de la adolescencia, una vez atravesado el período de latencia. Es decir que esta primera elaboración conduce a una concepción del desarrollo muy acabada, homogénea en su principio, fundamentada en su despliegue. Cada uno de los estadios que ella distingue se encuentra caracterizado por la zona erógena que domina entonces en la cronología pulsional: la boca en la fase oral, el esfínter anal en el estadio anal, el sexo en la fase fálica. A esto corresponderá una progresión más o menos coincidente, que distingue en la puesta en obra de la elección de objeto los momentos autoerótico y narcisista, homosexual y finalmente heterosexual.
De modo que esta perspectiva de un desarrollo es verdaderamente para Freud lo que armoniza, lo que ordena la comprensión y la operatividad de su práctica. En ella funda su comprensión fina de la patología, hace de ella el marco seguro de su interpretación del síntoma y de la neurosis. Y lo que instaura y confirma esta concepción de la psicopatología (como patología psicosexual) es el tándem de las dos nociones conjugadas de fijación y regresion, que completan la puesta en juego del desarrollo, esta vez en sus disfunciones patológicas.
De modo que existe sin duda una perspectiva que acentúa esta idea de un desarrollo, y éste será también el caso cuando haya que tomar en cuenta la instauración del yo, o el pasaje del principio de placer al principio de realidad.
Primeros problemas
No obstante, conviene observar, por ejemplo a propósito de la interpretación del síntoma en relación con la escala del desarrollo libidinal, hasta qué punto esto pone a Freud en la situación delicada de una puja incesante. Pues cada vez que trata de mantener su aparato doctrinario en el marco de un desarrollo, tiene necesidad de agregar algo más. Esperaba que fuera suficiente una explicación fundada en la libido; no obstante, se verá conducido a añadir la idea competitiva de un desarrollo del yo. Hay dos ejes entonces (la libido, el yo) en los cuales jugará de modo muy diferente, como se sabe, el pasaje del principio de placer al principio de realidad.
De hecho, cada vez que Freud cree aprehender un esquema del desarrollo de valor explicativo, ese esquema demuestra ser inadecuado. Parecería que la explicación es imposible en términos de desarrollo. Y esta irreductibilidad problemática lo llevará, de modificación en modificación, al intento final de compensación mediante el dualismo pulsiones de vida/pulsiones de muerte.
El desenlace expresa bien lo que hay de problemático en la perspectiva del desarrollo en cuanto no nos parece posible hacerla congruente con aquello de que se trata en lo psíquico, por lo menos desde que en lo psíquico, con la libido, se reconoce el deseo en obra. Y quizás la expresión «desarrollo libidinal» demuestre ser contradictoria en sí misma. Basta para demostrarlo la noción de fijación que, después de todo, corresponde a lo que resiste intrínsecamente al despliegue del supuesto «programa», y que manifiesta la dimensión del inconsciente. ¿Cómo podría un desarrollo, por sí mismo, dar cuenta del inconsciente?
La nebulosa de las teorías del desarrollo
El hecho de que la cuestión siga siendo perentoria no se debe a que la dimensión del desarrollo, después de Freud, no haya sido objeto incesante de investigación y reflexión en el seno del movimiento analítico, en el centro de nuevas y múltiples elaboraciones. Aquí nos contentaremos con mencionar, y sin duda de una manera no exhaustiva, las principales vías de inspiración de este trayecto a partir de los primeros avances de Freud. Podemos distinguir a quienes profundizan a Freud siguiendo estrictamente su misma línea. Tal es la contribución esencial de Abraham (1924). Están quienes piensan completar a Freud, sea que se trate de la corriente llamada explícitamente «genética» promovida por Hartmann, que pone el acento en el yo, o bien de la perspectiva kleiniana. Klein, al retomar esencialmente el dualismo pulsión de vida/pulsión de muerte (libido/agresividad), subvierte de modo radical los datos freudianos al postular un Edipo y un superyó precoces. Están incluso quienes creen ir bastante más lejos que Freud en la arqueología del desarrollo. Citaremos a Bion y Kohut, representativos de esta investigación de la arcaicidad del psiquismo. Tampoco hay que olvidar las teorías que introducen tal o cual estadio específico, como un estadio del «respir», o bien el famoso estadio del espejo...
La puesta a punto de Lacan
Se desemboca entonces en el contraste entre la multiplicación de esas diferentes conceptualizaciones de un desarrollo cada vez más afinado, y lo que se opone a ellas de una antipatía del psicoanálisis por toda referencia al desarrollo sobre el cual se debería regular su práctica. Por otra parte, ¿cómo podría hacerlo, cuando proviene de la insistencia en la absoluta singularidad de cada caso? Pero, si es así, habrá que rendir cuentas, para dialectizarlo, de lo que se presenta como una contradicción aguda.
A Lacan le corresponderá realizar la puesta a punto necesaria, a partir de su (re)lectura del texto freudiano en una época en la que la noción de desarrollo había llegado a adquirir un giro categóricamente normalizador, incluso moralizador, desde que en su cumplimiento se veía el soporte de una valorización de principio, según lo atestiguan los exultantes discursos de ese tiempo sobre el acceso a la genitalidad, considerada como el calderón maravilloso del devenir libidinal. De ese avatar caricaturesco de las propuestas de Freud, Lacan hizo el punto de partida crítico de su enseñanza, dando prueba de la posibilidad de entender de una manera radicalmente distinta el discurso freudiano, desprendiéndolo de sus contigüidades somaticistas, biológicas. Esto le permite en primer lugar denunciar a quienes se habían engolfado en una lectura y una comprensión demasiado realistas, o psicologizantes del discurso de Freud.
Basta algún rigor en el examen de este aspecto de la reflexión freudiana (examen que realizará Lacan) para hacer valer la idea de que el desarrollo no equivale nunca en este campo a la mecánica de un programa biológico. Se necesitó todo el celo de un Abraham para lanzarse a un paralelo que relaciona los estadios libidinales con la embriología, retornando la equivalencia biogenética de ontogénesis y filogénesis, idea reconocida por el propio Freud. Esto no le impide a Lacan enderezar las cosas, poniendo de relieve que la regresión, por ejemplo, lejos de poder comprenderse sobre una base genética, biológica, aparece con otro resorte en el propio Freud. Está ligada al análisis del sueño. Como regresión tópica, tiene el valor determinante de ser lo que está en juego en la realización puramente psíquica del deseo, separada (por lo tanto, regresivamente) de la motricidad.
Tanto como la regresión, es también la represión lo que invalida el punto de vista del desarrollo. Se entiende que hacer jugar la metapsicología de la represión basta, en efecto, para hacer estallar el marco estrecho de un reduccionismo del desarrollo incompatible con el inconsciente.
Esto significa que, si bien el psicoanálisis propone esa subdivisión en estadios, principalmente libidinales, no se reduce a ella. Y la perspectiva evolutiva, genética (reforzada, como se ha visto, por múltiples elaboraciones y variantes) pudo desempeñar un papel de amortiguación del pensamiento psicoanalítico por no haberse podido sostener dialécticamente esta contradicción. Esto impidió incluso que se percibiera que la llamada teoría de los estadios implicaba de hecho una profunda reflexión de Freud en cuanto al tiempo de la subjetividad o para la subjetividad.
Deseo y temporalidad
Si tiene sentido retomar aquí esa reflexión sobre el desarrollo psicosexual, es con la condición de calibrar aquello a lo que Freud apuntaba en realidad al hipostasiar la dimensión del tiempo en el ser humano. Todo el psicoanálisis en su fundamento, toda la obra doctrinaria de Freud, merece ser releída en relación con este tema como una grandiosa conceptualización de lo que de la temporalidad está en juego en el ser humano (deseante), en cuanto a la manera en que cada uno, en su historia singular, está sometido simbólicamente al tiempo, incluso a los tiempos que lo han precedido, puesto que Freud llega a sostener una incidencia de lo prehistórico sobre lo que tiene que ver con el psiquismo. Y hay algo esencial del pensamiento de Freud que trasciende considerablemente la estrechez del marco de un desarrollo cuando concibe la actualidad como surgiendo de una protohistoria (cf. Tótem y tabú).
En suma, hay algo que tiene que ver con el desarrollo si se quiere, aunque sólo sea porque hay algo biológico (pulsional) y también algo psicológico (psicosexual), pero ello provee a le sumo un marco descriptivo, o bien elementos de los que falta saber cómo serán tratados o no tratados en la historia del individuo. Y es sin duda este término «historia» el que abre a lo que ya hemos subrayado de una dialéctica esencial. En lo que promueve al respecto el psicoanálisis, está la marca de lo que separa un desarrollo de una historia. Y sobre todo un desarrollo que se supone ordenado de manera preestablecida y que por lo tanto no podría corresponder adecuadamente a una historia, fatalmente abierta a las singularidades que en ella trazan las líneas de un destino.
Desde luego, esto no excluye que el campo del análisis esté sujeto a un determinismo. Esto es incluso lo que hace posible las leyes de la acción analítica. Pero es el determinismo de una historia, el estar tomado en una historización. De modo que, si bien hay en Freud algo que toma la forma de un desarrollo, sólo constituye una armazón. Se trata de la dimensión de un tiempo humano, humanizado y dramatizado por el símbolo. Es el tiempo de un sujeto. No es entonces en el tiempo cronológico, sino en el tiempo poético donde lo simbólico revela su empresa. Lacan lo formula como sigue: «lo que le enseñamos al sujeto a reconocer como su inconsciente, es su historia: es decir que lo ayudamos a completar la historización actual de los hechos que han determinado ya en su existencia cierto número de "decisivos virajes históricos"» (Écrits).
Así hay que comprender que todo lo que Freud descubre está inmerso en el tiempo, en las incertidumbres de esta temporalidad subjetiva. Regresión y fijación son entonces conceptos que más bien dan testimonio de esa inscripción temporal del devenir psicosexual de un sujeto. Lo mismo vale para la importante noción de repetición, anclaje en la vida psíquica de la inercia del tiempo como coacción (Zwang). Sin contar las otras refracciones clínicas de esta incidencia multiforme del tiempo, de la cual el análisis del Hombre de los lobos sigue siendo el ejemplo privilegiado, en el que la noción de retroacción (aprés-coup) representa del mejor modo la pertinencia subjetiva. (Ella estaba ya implicada en la primera teoría de la seducción, como aquello que de una experiencia es capaz de actuar a posteriori, en lo que constituye la temporalidad redoblada de una representación traumatizante.)
Lo mnémico
De modo que la conceptualización freudiana conduce en realidad a una puesta en juego de tiempo mucho más compleja, que culmina con la manera en que la cronología dramatizada se organiza en ella, para el ser humano, en memoria, con todos sus avatares y todas sus vicisitudes. La obra de Freud es en resumidas cuentas una elaboración sobre la memoria, a partir de una experiencia clínica en la que se trata en principio de descubrir los fallos, las faltas, los olvidos de inscripciones mnémicas singulares. Y también de lo que retorna, puesto que esta dimensión temporal es asimismo lo que caracteriza la represión en su insistencia.
Se podrá entonces sostener que la teoría analítica retorna lo que el término trivializado «desarrollo» contiene de referencia al tiempo. Pero lo hace para exaltarlo al título de una memoria, de una historicidad memorial. Esto incluye la memoria de lo que nunca se supo, memoria (re)construida, anticipativa. Que tampoco podría reducirse a una memoria puramente mecánica o «informática». Por lo tanto, tampoco permite que el análisis opere sobre la base de un historicismo cronológico estrecho. La dialéctica por la cual el psicoanálisis, tanto en la teoría como en la práctica (en cada cura), retoma el despliegue mnémico, historizado, de la red temporal de una vida, es lo que la revela como destino, lo que produce en ella la epopeya subjetiva. Esto explica en parte que numerosas elaboraciones posfreudianas hayan tratado de profundizar más los datos de partida, remontándose más atrás en el tiempo de la historia y de la prehistoria individuales. Éste es el sentido de obras tan diversas como las de Klein o Dolto. Su interés no tiene que ver sólo con el aspecto cronológico de su investigación, sea cual fuere el valor que tenga tal descubrimiento afinado de lo primordial, de lo elemental, de lo arcaico, incluso de lo originario. Lo que aportan sobre todo estas pioneras es también la necesidad de volver sobre lo que constituye el sentido de ese despliegue historizado, allí donde se emplaza por medio de las apuestas estructurales. El análisis concierne aquí a saber cómo lo psíquico se constituye y se elabora en relación con la dimensión de lo inconsciente.
Mito
A las presentaciones genéticas de la teoría psicoanalítica se les podrá entonces reconocer a lo sumo un valor descriptivo parcial, pero que sigue siendo irreductible a lo que puede implicar de enojoso la noción clásica de desarrollo. Si hay desarrollo en psicoanálisis, debe decirse que no es en nada un desarrollo «evolucionista», del que por ejemplo la biología podría proporcionar el modelo. Es esto lo que hemos querido subrayar al oponerle el término «historia».
No es que el psicoanálisis nos remita a la investigación (histórica) de lo que ha sido la singularidad de los acontecimientos de la vida del paciente. Cuidémonos de la trampa del historicismo, que para el analista implicaría reconstruir como historiador o poco menos el pasado olvidado o reprimido de la historia del sujeto. En tal caso no se habría hecho más que caer de un impase (biologizante, psicologizante) en otra (historizante). Más bien se trata de conservarle toda su amplitud irresuelta a la pregunta: ¿qué es una historia singular, con respecto al deseo?
Es imposible responderla sin tomar en cuenta la delicada cuestión del lugar en el que el análisis opera como construcción, según el término propuesto por Freud, pensando también en la imagen que a él le gustaba evocar, acerca de la manera en que los pueblos se inclinan a reescribir retroactivamente su historia colectiva. Esto nos conduce a una concepción de la historia que hunde sus raíces en las fuentes del mito. Esta problemática -que es también una manera de hacer entrar en resonancia la estructura (psíquica) y la historia- |