Didáctico (análisis)
(fr. analyse didactique; ingl. training analysis; al. Lehranalyse, didaktische Analyse). Psicoanálisis personal exigible de todo candidato a psicoanalista.
La regla consistente en que todo futuro analista emprenda él mismo un psicoanálisis personal no se impuso desde el comienzo. Los primeros discípulos de Freud se limitaban en general a algunas entrevistas con. él, durante las cuales se ejercitaban en el método psicoanalítico analizando por ejemplo sus propios sueños. Hoy en cambio es cosa admitida que sólo un psicoanálisis llevado todo lo lejos que se pueda permite que las resistencias inconcientes del analista no hagan obstáculo al avance del trabajo de sus pacientes.
En Francia, especialmente por influencia de J. Lacan, se insiste en que el análisis didáctico no es una variedad particular del análisis, donde el analizante sería un discípulo de su analista, sino que debe ser particularmente representativo de lo que es el análisis considerado en general, y en que plantea, quizá mejor que ningún otro, la cuestión del fin del análisis.
Didáctico (psicoanálisis)
A la pregunta de «cómo se convierte uno en psicoanalista», la primera respuesta de Freud fue: «Analizando sus propios sueños». Pero desde 1910, el análisis didáctico (Lehranalyse) pasa a ser una exigencia, y más tarde una necesidad. El analista en formación adquiere desde entonces su calificación en su propio análisis si éste le aporta «la convicción firme de la existencia del inconsciente». Pero esto no bastaría a su formación. El analizante sólo es apto para ser analista si continúa analizándose y no deja jamás de descubrir, tanto en él como en el otro, la sorpresa.
Este pasaje freudiano de lo finito a lo infinito de la formación del analista no nos dispensa de la demarcación del final de un análisis didáctico que permita garantizar una formación suficiente para el ejercicio del análisis.
El análisis didáctico intenta obtener un «estado que no existe jamás espontáneamente en el yo». La «pretensión del análisis» -el término es de Freud- apunta a la producción de un «estado que no existe jamás espontáneamente en el yo». Estos efectos de estructura -según Freud- tienen alcance sobre la pulsión de modo que ella no obtenga «más la satisfacción por su vía propia». Comprobamos que Lacan se une a Freud con su propia pregunta: ¿cómo vive la pulsión alguien que ha atravesado su fantasma? La diferencia es que la teoría del fantasma está menos elaborada en Freud, y sin embargo la articulación entre «la satisfacción» de la pulsión y el fantasma puede leerse en el texto de Freud en el término Verlötung (soldadura), que encontramos en Tres ensayos de teoría sexual, donde Freud considera anormal la soldadura entre la pulsión sexual y el objeto. En la vida sexual normal, la pulsión parece implicar su objeto por sí misma. En cuanto a lo que muestra el análisis dice lo siguiente: «Debemos indicar en nuestras concepciones que hay que soltar el enlace entre la pulsión y el objeto.
¿Cómo resulta posible este corte en el análisis? Lacan ha intentado una respuesta con lo que él denomina el «atravesamiento» del fantasma, por el cual el sujeto es conmovido en sus cimientos identificatorios narcisistas y fálicos por el descubrimiento de lo que él era como objeto en el deseo del Otro mucho antes de su nacimiento: «Wo Es war, soll Ich werden», que Lacan traduce «Allí donde ello era -se puede decir-, allí donde se era -querríamos nosotros que se oiga-, es mi deber llegar a ser» como sujeto. Una tal «ventaja» obtenida sobre el inconsciente no pone al analizante ni al analista al abrigo de un retorno del narcisismo. Lo cual llevó a Freud a proponer al analista «una nueva ronda de análisis cada cinco años».
Freud diferenció el análisis terapéutico del análisis didáctico, en el cual «la meta terapéutica había pasado a ser otra» y «la intención era un agotamiento radical de las posibilidades de enfermedad y la realización de una profunda modificación de la persona». El análisis didáctico se especifica por la formulación del voto «de ser analista». «Síntoma» del que el analista no pide ser «curado», sino poder analizarlo como a toda demanda que se somete al análisis. En este punto adquiere su importancia el deseo del analista, tal como Lacan lo ubica en el principio de la autorización para convertirse en analista. El analista se autoriza por su deseo, por una falta entonces cuyas ramificaciones inconscientes ha descubierto a través de su análisis. Lo mismo que todo deseo, éste no puede sino significarse, por lo tanto para convertirse en analista es necesario el concurso de varios.
Formación e instituciones de analistas
El Instituto de Berlín propuso en 1920 un programa de estudios que comprendía, además del análisis didáctico, un cursus teórico, un curso obligatorio, un cursus práctico, y trabajos de práctica terapéutica (análisis de control) y seminarios técnicos. En ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926), Freud realiza el comentario siguiente: «En estos institutos (Berlín, Viena, Londres), los propios candidatos son analizados, reciben una enseñanza teórica, en forma de cursos, sobre todos los temas importantes para ellos, y se benefician con el control [las cursivas son nuestras] de analistas de más edad, que tienen experiencia, cuando se los autoriza a realizar sus primeros ensayos en casos leves. Esa formación toma más o menos dos años. Naturalmente, después de ese tiempo sólo se es principiante, no todavía un maestro. Lo que aún falta debe adquirirse necesariamente por la práctica y el intercambio de ideas en el seno de las sociedades psicoanalíticas, donde los miembros más jóvenes se encuentran con los más antiguos. La preparación para la actividad analítica no es fácil ni simple; el trabajo es duro, la responsabilidad grande. Pero quien ha pasado por esa enseñanza, quien ha sido él mismo analizado, quien ha captado de la psicología del inconsciente lo que hoy puede saberse, quien está al corriente de la ciencia de la vida sexual y ha adquirido la técnica delicada del psicoanálisis, el arte de la interpretación, la lucha contra las resistencias y el manejo de la transferencia, esa persona ya no es un profano en el campo del psicoanálisis [en cursivas en el original]. Está habilitado [las cursivas son nuestras] para emprender el tratamiento de trastomos neuróticos, y con el tiempo podrá realizar todo lo que cabe exigir de esta terapia».
En ese «programa» de Freud, en lo que concierne al pasaje a la práctica del análisis hay un movimiento doble. En primer lugar, el candidato (analizante) es autorizado (zugelassen werden) por sus pares a pasar a la práctica bajo control, mientras continúa su formación. En un segundo tiempo, su relación con el inconsciente lo habilita (befühigt) para el ejercicio del análisis.
Las dos posibilidades de calificación del analista que conocemos se distinguen por una elección institucional:
1. El futuro analista es destituido de su propio querer. «Se» quiere por él en términos que lo privan de su iniciativa.
2. Es invitado a explicitar las razones en las que se funda al pretenderse apto para ejercer el psicoanálisis.
La primera posibilidad (la escogida por la IPA) resulta de la adecuación del análisis a los criterios de habilitación, y la autorización es otorgada por los pares de la institución. La segunda (propuesta por Lacan) coloca al analista en posición de proporcionar la garantía suficiente para su pasaje a la práctica analítica en virtud de su testimonio sobre el final de su análisis.
El analista, con su acto de autorizarse como analista, puede así contribuir con otros a la elaboración teórica de la didáctica. Esto supone un funcionamiento de la institución que hace posible una confrontación entre personas que tienen la experiencia de la didáctica y los candidatos en formación.
Imaginemos que un didacta le pregunta a un analista joven: «¿Cómo se convierte uno en analista?» El joven le contesta: «En efecto, ¿cómo se convierte uno en analista?» Un cuestionamiento tal sobre la experiencia de la formación sólo es posible en una institución que se proponga como lugar tercero con respecto a la ausencia de una teoría satisfactoria de la didáctica, distinta de la formadora y pedagógica, y que recobre la experiencia freudiana de la transmisión de una verdad subversiva en un sistema jerarquizado.
La formación adquiere aquí el sentido de una «formación del inconsciente» en la que se significa un deseo que puede esclarecer al analizante en cuanto a su pasaje a analista bajo el efecto de lo que Lacan ha denominado el deseo del analista, demarcable en una lógica del descubrimiento. En su escuela, la E.F.P., Lacan ha propuesto un procedimiento de testimonio indirecto (para evitar los efectos de prestancia) en el cual el analista se dirige a un pasador (passeur) que trasmite el mensaje del testimonio a un jurado. Este procedimiento, denominado el pase, apunta a dilucidar el pasaje al deseo del analista.
Diferencia de los sexos
Alemán: Geschlechtsunterschied.
Francés: Diffiérence des sexes.
Inglés:Distinction between the sexes, Sexual difference.
En psicoanálisis, la elucidación de la cuestión de la diferencia de los sexos se desprende de la concepción freudiana de la libido única (o monismo sexual), que permite definir a la vez la sexualidad masculina y la sexualidad femenina.
Según Sigmund Freud, la existencia de una diferencia anatómica conduce a los representantes de uno y otro sexo a dos organizaciones psíquicas diferentes, a través del complejo de Edipo y la castración. Pero si bien esta diferencia existe, es pensada por Freud en el marco unificador de un monismo sexual: una sola libido de esencia masculina define la sexualidad en general (masculina y femenina). Este monismo, propio de la escuela llamada vienesa, ha sido criticado a partir de 1920 por los representantes de la escuela llamada inglesa: Ernest Jones o Melanie Klein. A la tesis de la libido única, de esencia fálica (o masculina), ellos han opuesto la de una diferencia de los sexos (o dualismo sexual) de tipo naturalista, pero sin preconizar por otra parte, ningún diferencialismo, cultural o político.
En la historia intelectual del siglo XX, el primer libro coherente que tomó como objeto la sexualidad femenina a partir de la idea de diferencia, fue la obra de una mujer novelista y filósofa. Cuando Simone de Beauvoir (1908-1986) publicó El segundo sexo, en junio de 1949, anunció de entrada que la reivindación feminista había hecho su servicio militar. Para abordar con seriedad ese tema al día siguiente de una guerra que les había permitido obtener el derecho al voto a las mujeres de Francia, en adelante había que tomar una cierta distancia. Ella ignoraba que su libro, después de un largo rodeo por el continente norteamericano, iba a dar origen a una transformación de los ideales del feminismo y al mismo tiempo de los ideales del freudismo. Lo ignoraba al punto de que en 1968 subió al tren en marcha de ese nuevo feminismo radical, basado en una concepción maximalista de la diferencia de los sexos, de la que ella había sido la gran inspiradora con ese libro inaugural.
Por primera vez en un análisis erudito, se establecía un vínculo entre las diversas teorías de la sexualidad femenina derivadas de la reestructuración freudiana y las luchas por la emancipación. Beauvoir estudiaba la sexualidad a la manera de un historiador, y tomaba partido por la escuela inglesa.
No obstante, añadía a las tesis inglesas una reflexión política e ideológica a través de la cual instauraba una relación entre el sexo en el sentido anatómico y la situación sexuada de la mujer en las sociedades dominadas por el poder masculino y el orden patriarcal. Le reprochaba a Freud que hubiera calcado el destino femenino sobre el destino del hombre, apenas modificado. Contra él, ella afirmaba la existencia de un segundo sexo, diferente del primero por la anatomía y por las consecuencias sociales de esa anatomía. Pero, sobre la base del existencialismo sartreano, se distanciaba del prejuicio naturalista: "No se nace mujer, se llega a serlo", decía. La fórmula era sin duda alguna falsa, pero tenía el mérito de expresar enérgicamente la dialéctica del ser y la subjetividad que la fenomenología husserliana, y después la heideggeriana, habían sabido llevar a la incandescencia. Beauvoir aplicó a la elucidación del "misterio" de la sexualidad femenina una óptica que iba a ser la de los antipsiquiatras a propósito de la locura. A sus ojos, la cuestión femenina no era asunto de las mujeres sino de la sociedad de los hombres, la única responsable según ella del sometimiento a ideales masculinos. Al vincular la cuestión de la sexualidad con la de la emancipación, ella remitía la noción de identidad sexual femenina a un culturalismo, y no ya al naturalismo.
Beauvoir hacía de la sexualidad femenina una "diferencia", del mismo modo que la escuela culturalista norteamericana desde Ruth Benedict (1887-1948) hasta Margaret Mead- sostenía el relativismo: a cada cultura le correspondía su tipo psicológico, a cada grupo su identidad, a cada minoría su pattern. Así como una sociedad no es mas que la suma de sus diversas comunidades: los niños, los judíos, los locos, las mujeres, los negros, etcétera.
Pero, al mismo tiempo, ella tomaba en cuenta el debate sobre la dualidad naturaleza/cultura, tal como la había planteado en Francia Claude Lévi-Strauss en otro libro inaugural, Las estructuras elementales del parentesco, publicado en esa misma época, y sobre el cual Beauvoir había escrito un artículo elogioso. Aplicando el método estructural, Lévi-Strauss aportaba un esclarecimiento inédito a la cuestión de la una universalidad de la prohibición del incesto, que tanto había dividido a los etnólogos ingleses y norteamericanos desde la publicación por Freud de Tótem y tabú.
En el contexto del gran debate sobre la relatividad de las culturas que se puso en marcha en la posguerra, el libro de Simone de Beauvoir fue tomado como emblema de una sexualización del feminismo, y contribuyó a la emergencia en los Estados Unidos de un feminismo sexista y diferencialista, que apelaba a las ideas de la autora francesa. Recordemos que en 1947 la Asociación Antropológica Americana sometió a consideración de la Comisión de Derechos del Hombre de las Naciones Unidas un proyecto de declaración que subrayaba el carácter relativo de los valores propios de cada cultura.
En este pasaje al diferencialismo, las tesis de Jacques Lacan sobre la cuestión de la sexualidad femenina desempeñaron un papel considerable. En 1958, en el marco de la preparación de un congreso sobre la sexualidad femenina, que se reunió dos años más tarde en Amsterdam, Lacan elaboró "ideas directivas" basadas en la tesis freudiana del monismo sexual, pero corregida por la escuela inglesa: la publicación de la obra de Simone de Beauvoir le había dado la oportunidad de retomar toda la cuestión.
Si bien mantenía el carácter primigenio del falicismo y el monismo sexual, Lacan proponía a la vez introducir la idea de la relación precoz con la madre, bajo la categoría de un "deseo materno", como lo habían hecho antes que él Melanie Klein y Donald Woods Winnicott; proponía además liberar la terminología freudiana de todo equívoco paternocentrista. De tal modo reexaminaba la doctrina clásica vienesa a la luz de sus revisiones sucesivas y de la propia tópica lacaniana de lo simbólico, lo imaginario y lo real. Hacía entonces del falo (que escribía Falo) el objeto central de la economía libidinal, pero se trataba de un falo desprendido de sus connivencias con el órgano peneano. En esta óptica, el falo es asimilado a un puro significante de la potencia vital, compartido en igualdad de condiciones por ambos sexos, y por lo tanto a una función simbólica. Si el falo no es el órgano de nadie, ninguna libido masculina domina la condición femenina. La potencia fálica no está ya articulada a la anatomía, sino al deseo que estructura la identidad sexual sin privilegiar un género en detrimento del otro.
En la perspectiva lacaniana, la teoría freudiana, por una parte, y las tesis inglesas por la otra, se traducen en una misma álgebra ternaria. En la relación primordial con la madre, el niño es "deseo del deseo materno". Puede identificarse con la madre, con el falo, con la madre como partadora del falo, o incluso presentarse él mismo como poseedor del falo. Con el Edipo se entra en un registro diferente: el padre interviene como quien priva al niño del objeto de su deseo, y a la madre de su objeto fálico. Finalmente, en un tercer tiempo, que corresponde a la declinación del Edipo, el padre se hace preferir a la madre, encarnando para el niño el significante fálico. El varón sale del Edipo por medio de la castración, aunque ésta no es real sino significada por el falo, mientras que la niña entra en el complejo por la misma vía, al renunciar a portar el falo, para recibirlo como significante.
Entre 1968 y 1974, esta lectura lacaniana del falocentrismo freudiano abrió en Francia el camino a las tesis diferencialistas expuestas por autores -mujeres en general, y psicoanalistas- que aspiraban a definir las características de una identidad femenina liberada de todo sustrato biológico o anatómico. A continuación de la refundición lacaniana, se asistió entonces a la emergencia de un feminismo psicoanalítico trances que, aunque basándose en el libro fundador de Simone de Beauvoir, intentaba impugnarlo radicalmente, o bien corregir su aspecto naturalista y existencialista con una nueva referencia a Freud.
En 1965, Michéle Montrelay, miembro de la École freudienne de Paris (EFP), a partir de la obra de Marguerite Duras, en particular de la novela Le ravissement de Lol y Stein, que Lacan había comentado, definió el goce femenino como una "escritura", como un continente negro, como una "sombra" o un "fernenino primario", reprimido por el psicoanálisis. De allí la necesidad de que el hombre y la mujer inscribieran el nombre de esa sombra como marca de la diferencia.
Nueve años más tarde, Julia Kristeva, miembro del comité de la revista Tel Quel, impulsada por Philippe Sollers, publicó una obra, La Révolution du langage poétique, en la cual, retornando la idea de la "heterología" cara a Georges Bataille (1897-1962), opuso un "orden semiótico" al orden simbólico. Este orden semiótico se emparentaba con la noción de lo real elaborada por Lacan: irrupción de una pulsión, lugar de negatividad y goce, era de algún modo imposible de simbolizar, y remitía, también él, a lo femenino.
El mismo año, invocando el trabajo de Jacques Derrida sobre la diferencia (o diferancia), Luce Irigaray, filósofa y psicoanalista, miembro de la EFP, retomó las tesis clásicas de la escuela inglesa en Spéculum de l'autrefemme, donde se enunció por primera vez un diferencialismo radical que iba a hacer fortuna en los Estados Unidos. Irigaray definía una escritura femenina, sexuada, capaz de subvertir el lenguaje opresor de los "rnachos". Asimilaba el falocentrismo freudiano a un logocentrismo, y proponía hacer surgir una alteridad de lo femenino. A la tesis del falocentrismo freudiano y lacaniano, ella opuso la idea de una posible “feminización" del conjunto de la sexualidad humana mediante la emergencia de un carácter arcaico, social y subjetivamente reprimido.
Estas tesis, que amenazaban con reducir la teoría freudiana a un puro culturalismo, se encuentran también en la obra célebre de Juliet Mitchell titulada Psychanalyse et Féminisme, publicada en 1974, que marcó el inicio de una relectura lacaniana del freudismo en los Estados Unidos y en la literatura psicoanalítica en lengua inglesa. Opuesta a las diferentes corrientes de la Self Psychology, derivadas de Winnicott y de Heinz Kohut, que seguían apegadas a una concepción biologista, anatomista y naturalista de la diferencia de los sexos, Mitchell se basó implícitamente en la obra de Lacan (y en sus comentadores) para realizar una especie de "retorno a Freud". Se trataba de demostrar que Freud, lejos de adherir a los ideales del patriarcado, había proporcionado herramientas teóricas para desprenderse de él, y que Lacan, aunque seguía enfeudado al falocentrismo freudiano, proporcionaba medios para salir de ese ámbito, con su crítica al biologismo.
En Francia, a partir de 1980, excepción hecha de algunos trabajos especializados, el examen de la diferencia de los sexos dejó de interesar a la comunidad freudiana. En los Estados Unidos, la implantación del lacanismo en los altos niveles de la enseñanza universitaria, a través de los French studies, dio origen a investigaciones específicas sobre la identidad femenina y la constitución de un posible "sujeto femenino" en Occidente.
El culto de las minorías, tal como se ha desarrollado en los Estados Unidos en la década de 1990, se inspira en esta herencia, sea ella freudiana, lacaniana u hostil al freudismo. El derecho a la diferencia, mitificado, se convirtió en una voluntad de encierro. Las minorías, en otro tiempo víctimas del diferencialismo, se convirtieron en sus campeones, a fuerza de reivindicar cada una a su "raza", su "etnia", su "sexo". De allí ese feminismo radical que ha renunciado simultáneamente al universalismo de la Ilustración y a la concepción freudiana de la sexualidad. Como antídoto, dio origen por otra parte a trabajos que intentan reflexionar sobre una nueva división entre el género, como identidad moral, política, cultural, y el sexo, como especificidad anatómica.
Dinámica
La noción de dinámica, con independencia de las que han sido las condiciones operatorias de su empleo en la teoría psicoanalítica, se presenta como una transposición de su significación más general en las ciencias de la naturaleza: en efecto, ella recubre, según las propias fórmulas de Freud, la definición y el juego reciproco de fuerzas que regulan el despliegue de los procesos psíquicos. Se observará además que, en su formulación inicial, tal como se la encuentra por ejemplo en las Conferencias de introducción al psicoanálisis, Freud recurre a ella para distinguir su propia investigación de cualquier intento de descripción y clasificación, en la perspectiva de una determinación causal de los procesos. En adelante, el problema central de la teoría consistirá en situar en su relación recíproca las categorías de fuerza y energía, es decir, los registros dinámico y económico. En el contexto del psicoanálisis, la fuerza está representada por la noción de libido, y la energía por la pulsión. En este sentido, la pulsión puede definirse como la medida del trabajo que debe realizar el aparato psíquico en virtud de su solidaridad con el cuerpo. Esta última fórmula apunta a las fuentes endógenas de la sexualidad.
Con el problema de «la distinción entre la interpretación y la construcción» se desarrollará una versión nueva de esta oposición, desde un punto de vista epistemológico. Según el artículo dedicado al tema, «Construcciones en el análisis», la interpretación se basa en un elemento del material, y la restitución del sentido fija entonces la orientación que el proceso psíquico es llevado a tomar. La construcción, por lo contrario, apunta a restituir las fases principales del desarrollo pulsional, en función, por una parte, de las vicisitudes de la existencia y, por otra y correlativamente, en función de la dialéctica del desarrollo pulsional en la relación del sujeto con el Otro. De modo que el elemento interpuesto sería representable por una derivada, una fase restituida por la construcción, por una integral determinación, dinámica por un lado y económica por el otro.
Dinámico
ca adj. (fr. dynamique, ingl. dynamic; al. dynamisch). En el psiquismo, califica lo constituido por fuerzas y, más en particular, el conflicto de fuerzas antagónicas.
La idea de que en el psiquismo no todo es objeto de una percepción actual no es exclusiva del psicoanálisis. En cambio, Freud le da una gran importancia al punto de vista dinámico en su concepción del inconciente. Desde el punto de vista descriptivo, inconciente y preconciente (memoria, etc.) pueden parecer en continuidad. Pero lo que particulariza la definición freudiana del inconciente es la represión, es decir, el punto de vista por el cual ciertas representaciones, incompatibles con las otras, son arrojadas fuera de la conciencia, lo que supone una teoría de las fuerzas en juego y del conflicto de las fuerzas.
El punto de vista dinámico es testimonio de la importancia dada desde el principio a lo que pasa efectivamente en la cura, en especial a la resistencia, signo y efecto de la represión. Con los puntos de vista tópico y económico, constituye uno de los modos de teorización de lo que Freud llama «la metapsicología».
Dinámico
(adj.)
Al.: dynamisch.
Fr.: dynamique.
Ing.: dynamic.
It.: dinamico.
Por.: dinâmico.
Califica un punto de vista que considera los fenómenos psíquicos como resultantes del conflicto y de la composición de fuerzas que ejercen un determinado empuje siendo éstas, en último término, de origen pulsional.
Frecuentemente se ha subrayado que el psicoanálisis había reemplazado la concepción llamada estática del inconsciente por una concepción dinámica. El propio Freud hizo observar que la diferencia entre su concepción y la de Janet podía expresarse del siguiente modo: «Nosotros no atribuimos la escisión del psiquismo a una incapacidad innata del aparato psíquico para la síntesis, sino que la explicamos dinámicamente por el conflicto de fuerzas psíquicas opuestas, reconociendo en ella el resultado de una lucha activa entre dos grupos psíquicos entre sí». La «escisión» que aquí se trata es la existente entre el consciente-preconsciente y el inconsciente, pero, como puede verse, esta distinción «tópica», en lugar de explicar el trastorno, presupone la existencia de un conflicto psíquico. La originalidad de la concepción freudiana se ilustra en el ejemplo de la neurosis obsesiva: los síntomas del tipo de la inhibición, de la duda, de la abulia, los relaciona Janet directamente con una insuficiencia de la síntesis mental, con una astenia psíquica o «psicastenia», mientras que, para Freud, son únicamente el resultado de una interacción de fuerzas opuestas. La orientación dinámica no sólo implica la consideración del concepto de fuerza (cosa que ya hizo Janet), sino también la idea de que, dentro del psiquismo, las fuerzas entran necesariamente en conflicto unas con otras, siendo el origen de este conflicto psíquico, en último análisis, un dualismo pulsional.
En los textos de Freud, el adjetivo «dinámico» sirve para calificar especialmente el inconsciente, por cuanto éste ejerce una acción permanente, que obliga a que una fuerza contraria, asimismo permanente, le impida el acceso a la conciencia. Clínicamente este carácter dinámico se comprueba tanto por la resistencia hallada para acceder en el inconsciente como por la producción repetida de derivados de lo reprimido.
El carácter dinámico viene ilustrado también por la noción de formaciones transaccionales, cuyo análisis muestra que deben su consistencia al hecho de que «son mantenidas simultáneamente desde dos lados».
Es por esto que Freud distingue dos acepciones del concepto de inconsciente: en sentido «descriptivo», inconsciente designa lo que se halla fuera del campo de la conciencia y, por tanto, engloba también lo que Freud llama preconsciente; en sentido «dinámico» «[...] no designa las ideas latentes en general, sino de un modo especial aquellas ideas que poseen cierto carácter dinámico y que permanecen apartadas de la conciencia a pesar de su intensidad y actividad».
Discodiscurso - corriente
s. m. (fr. disque-ourcourant). Es un neologismo de J. Lacan que designa el discurso común, en el que el inconciente no se hace oír [alude también a la moneda de curso corriente, la moneda gastada, y al ruido cacofónico de las palabras repetidas ordinarias].
A partir de 1972, Lacan designará con el término disque-ourcourant todo discurso que ignora su propia causa, es decir, lo imposible (o lo Real) a partir de lo cual se construye. Este imposible es el de la relación sexual. Lo que equivale a decir que esta noción [de discurso corriente] supone la de «discurso analítico» (véase discurso), a la que se opone.
El neologismo de Lacan está en cambio construido según los procedimientos del inconciente, puesto que hace valer en un solo significante el giro en redondo, el ritornelo de los discursos que, por un lado, circulan en las familias y las generaciones que las componen, y, por otro lado, corren en las instituciones, los medios y las calles. Se puede oír también en este neologismo el «currucucú» [roucoutement: arrullo] narcisista e ignorante de quien lo profiere.
El discurso de lo imaginario. En los primeros artículos y seminarios de Lacan (1954-1960), correlativamente con la preocupación de deslindar la dimensión simbólica de la dimensión imaginaria, y el psicoanálisis, de los carriles del análisis del yo, la noción de discurso corriente es asimilable a lo que entonces Lacan llama lenguaje del yo, o lenguaje del preconciente, o inclusive delirio (no necesariamente psicótico). Se trata en esencia de poner de manifiesto la dimensión imaginaria de ese discurso, surgido de cierto número de signos, imágenes o formas prevalecientes, en el centro de los cuales se encuentra la imagen del cuerpo propio.
Este discurso del preconciente, susceptible de expresar fluidamente una suma de impresiones y de informaciones que el sujeto recibe del mundo en el que vive, se caracteriza por lo siguiente:
no tiene la estructura de un lenguaje, contrariamente al inconciente; está constituido por signos y no por significantes, pues remite a objetos; Lacan entiende subrayar así que ninguna regresión en el nivel del yo o del preconciente nos puede hacer acceder a los fenómenos inconcientes;
tiene una fuerte significación afectiva, que atañe, en principio, a las fuentes de la fabulación infantil, pero también se extiende a elaboraciones complejas tales como el discurso de la reivindicación o de la libertad;
conjuga lo íntimo de la rumia interior con la homogeneidad del discurso efectivo que circula fuera del sujeto, donde ese afuera comprende el mundo real de las cosas en la medida en que las cosas no son accesibles por sí mismas sino a través de los discursos que las constituyen;
el sujeto habla allí con su «yo [moi]», a la manera del paranoico, que es pasible de excluir de su palabra al Otro como lugar del lenguaje desde el cual un sujeto puede hacerse reconocer y hacer valer una verdad; a menudo el sujeto se cree el amo de ese discurso;
se opone al orden simbólico, que puede encontrarse en su estado más simple bajo la forma de un mensaje cibernético, es decir, de una secuencia de signos notados 0 y 1, que, desde el momento en que una escansión se introduce en ella, constituye una red de símbolos en la que un elemento remite a otro elemento. Lacan destaca entonces la heterogeneidad del orden simbólico, en la que el hombre no es amo, sino que debe integrarse y hacerse reconocer: el orden del lenguaje y el de la cultura obedecen a las mismas combinaciones matemáticas.
Un discurso que desconoce lo imposible. En sus trabajos posteriores, Lacan elaborará la noción de discurso (véase discurso) y profundizará la relación del orden simbólico con la categoría de lo real. La noción de discurso corriente se verá precisada hasta convertirse en la escritura disque-ourcourant.
Para Freud, el inconciente era un lugar de representaciones, es decir, de huellas mnémicas investidas de energía: es lo que Lacan llamará «red de cadenas significantes» regida por el principio de placer, Los elementos de esa red son señalables en los retornos y los recortes del discurso del paciente en el curso de la rememoración. Esta red, o «automaton», debe sin embargo ser distinguida de lo real, destacado por Freud a través de las nociones de trauma y de repetición. Lo real es la hiancia causal de la red que la comanda y que es disimulada por esta última.
En los discursos efectivamente hablados, aunque su sintaxis preconciente esté ligada con el retorno de la reserva inconciente que allí se inmiscuye, las frases del sujeto serán comandadas por la evitación de ese núcleo de real. Se comprueba entonces una resistencia del discurso mismo y no sólo una resistencia del yo. Las frases del sujeto girarán en redondo indefinidamente, a menos que haga la experiencia analítica.
De este modo, todo discurso, fuera del discurso analítico, manifiesta algo del discodiscurso- corriente en la medida en que esto real causal disimulado es para cada ser hablante la imposibilidad de escribir la relación sexual, puesto que los significantes «hombre» y «mujer» no remiten a los conceptos de hombre y de mujer sino a la diferencia de los lugares asignados a uno y otra por el único símbolo fálico.
Discurso
s. m. (fr. discours; ingl. discourse; al. Rede, Diskurs). Organización de la comunicación, principalmente del lenguaje, específica de las relaciones del sujeto con los significantes, y con el objeto, que son determinantes para el individuo y reglan las formas del lazo social.
El sujeto, para el psicoanálisis, no es el hombre cuya naturaleza sería inmutable; pero tampoco es el individuo cambiante en función de las peripecias de la historia. Más allá de las singularidades individuales, el psicoanálisis distingue funcionamientos, en número restringido, que obedecen a las estructuras en las que cada uno se encuentra comprometido. La «teoría de los cuatro discursos», de J. Lacan, constituye una de las elaboraciones más recientes y más eficaces acerca de esas estructuras.
La idea de describir entidades clínicas, de no quedarse en una aproximación solamente centrada en las historias individuales, está presente desde el principio del psicoanálisis. Esto se explica por los objetivos científicos de S. Freud, pero también por la perennidad de las sintomatologías neuróticas: la existencia de la histeria, o de la fobia, está atestiguada desde la Antigüedad.
¿Las categorías clínicas, por cierto importantes, son sin embargo, lo esencial en lo concerniente a las distinciones que el psicoanálisis permite hacer entre los diversos tipos de estructura en los que el sujeto puede estar comprometido? Esto no es seguro si es verdad que estas categorías han sido forjadas ante todo para dar cuenta de los estados considerados patológicos, en tanto opuestos a los estados normales, sin que por ello la normalidad o la patología hayan podido ser definidas claramente.
A partir de aquí se impone en el psicoanálisis la idea de otras estructuras que darían cuenta de las diversas formas que puede tomar la relación del sujeto con su deseo, o con su fantasma, con el objeto que intenta reencontrar o con los ideales que lo guían. En es te sentido, por ejemplo, distingue Freud diversos «tipos libidinales» (erótico, narcisista, obsesivo y tipos mixtos). También en este sentido, W. Reich elabora una teoría bastante desarrollada del «carácter». Por interesantes que sean, estas elaboraciones mantienen sin embargo una ambigüedad. Es que el carácter sólo puede ser pensado como interno a una subjetividad. Pero el psicoanálisis lleva a poner el acento no en una subjetividad, sino en su sujetamiento [assujettissementl, entendiendo por ello lo que puede determinar a un sujeto, producirlo, causarlo, o sea, su historia, y, más precisamente, la historia de un decir, el que estaba ya antes incluso de su nacimiento en el discurso de sus padres, el que desde su nacimiento no deja de acompañarlo y de orientar su vida en un «tú eres eso» sin escapatoria.
El discurso del amo. Las cosas pueden plantearse entonces así: lo que produce un sujeto, es decir, no un hombre en general o un individuo sino un ser dependiente del lenguaje, es que un significante venga a representarlo ante todos los otros significantes y, por ello mismo, a determinarlo. Pero, a partir de allí, hay un resto. En efecto, desde que se inscribe en el lenguaje, el sujeto ya no tiene más acceso directo al objeto. Entra en la dependencia de la demanda, y su deseo propio sólo puede decirse entre líneas. De ahí el concepto de objeto a que Lacan elabora y que designa no el objeto, supuesto como disponible, de la necesidad, del consumo o del intercambio, sino un objeto radicalmente perdido.
Esta elaboración es presentada por Lacan con la ayuda de un algoritmo.
En este algoritmo, S1 designa a un significante que representaría al sujeto ante el conjunto de los significantes S2 , designado como saber. S está tachado [barrado] para indicar que no es un sujeto autónomo, sino determinado por el significante, que impone una «barra» sobre él [«avoir barre sur quelqu'un» es tener ventaja sobre alguien]. Se notará también que en este algoritmo no hay relación directa entre $ y a porque no hay acceso directo del sujeto al objeto de su deseo.
Lacan le ha dado un nombre a este «discurso»,presentado aquí de una manera formalizada. Es el discurso del amo. Este nombre marca claramente que, al mismo tiempo que de la constitución del sujeto como tal, se trata aquí de dar cuenta de las formas ordinarias del sujetamiento [la sujeción] político, lo que implica que en los dos casos se trata de una misma operación. Así, la manera en que un sujeto se somete a la enunciación de un mandamiento, su adhesión a una determinada palabra maestra [maitre-mot: palabra-amo/maestro] política, se escriben fácilmente:
S1o tambiénsignificante - amo
$sujeto
Del mismo modo, hay un paralelo posible entre el estatuto radicalmente perdido del objeto para el sujeto y la plusvalía designada por K. Marx como aquello a lo que el trabajador debe renunciar, pero también aquello que el capitalista debe reinvertir en su mayor parte en la producción. De ahí el nombre de «plus-de-gozar» [no gozar más, pero también un plus de gozar] que Lacan le da entonces al objeto a en función de esta analogía.
Una elaboración formalizada. El discurso del amo es por lo tanto la puesta en relación de estas letras:
S1S2
$a
o también de estos términos:
significante - amosaber
sujetoplus de gozar
Lo que se constituye con esta puesta en relación es un sistema formal en el que es posible distinguir, por una parte, los lugares, la manera en la que se articulan los elementos, y por otra, los elementos mismos.
Si se abstrae de la naturaleza de los elementos en juego, ¿qué hace necesarios los cuatro lugares en los que se inscriben los términos S1, S2, $, a ? Es el hecho de que todo discurso se dirige a otro, aun cuando este no se reduzca a una persona en particular; y se dirige a ese otro a partir de cierto lugar, en nombre de alguien, ya sea en nombre propio o en nombre de un tercero. A estos dos lugares:
el agente --- el otro,
hay que agregar que la verdad puede interferir, latente, bajo el propósito sostenido oficialmente; y que, en los dispositivos del discurso, algo se produce cada vez. De donde el sistema completo de los lugares:
el agenteel otro
la verdadla producción
A partir de allí, la cuestión que se plantea en la teoría psicoanalítica es la de saber si una elaboración formalizada puede conducir a desarrollos verificables en la experiencia. Pues, parece que sí. De este modo, es posible, en especial, en un primer tiempo, hacer circular, por «cuartos de vuelta» sucesivos, los cuatro términos$, S1, S2, a, por los cuatro lugares: verdad, agente, otro, producción. Ello sin romper el orden que liga a S1 y S2 términos constitutivos del orden significante, lo que hace que el sujeto $ esté separado del objeto a . Se tendrá por lo tanto:
S1S2
$a
S2a
S1$
$S1
aS2
a$
S2S1
El valor dado a cada una de estas escrituras puede ser establecido a partir de lo que desempeña el papel de agente. Así, la presencia, en ese lugar, de S1, califica al «discurso del amo»; la de S2 el saber, permite definir un «discurso de la universidad»; la de $, el sujeto, el «discurso de la histérica», por último, la de a, el «discurso del psicoanalista». Es concebible, en efecto, que en la histeria sea el sujeto el que venga al primer plano de la escena, el sujeto marcado por el significante hasta en su cuerpo, en el que los síntomas hacen oír un discurso reprimido; en cuanto al discurso del psicoanalista, lo que lo organiza es el objeto mismo que el discurso del amo hace caer, el objeto al cual el sujeto no tiene acceso en el discurso del amo.
Discurso del psicoanalista y discurso del capitalista. Un paréntesis permite aquí introducir un quinto discurso, también propuesto por Lacan, el discurso del capitalista.
¿Si, en efecto, el discurso del psicoanalista inscribe a a en el lugar dominante, si ya no separa más $ y a (a -->$), quiere decir que el psicoanalista le asegura a cada uno el reencuentro efectivo con el objeto de su deseo? La cuestión no carece de alcance. Efectivamente, es uno de los rasgos principales del discurso corriente de nuestros días prometer a todos la satisfacción de todos los deseos, con la única condición de poner un precio, de borrar la diferencia entre el objeto del deseo y el objeto del consumo. ¿Sería el psicoanálisis solidario con tales representaciones?
Pues no: si en el discurso del psicoanalista el sujeto se las ve con el objeto de su deseo, lo importante es el lugar donde se sitúa: el lugar del otro, es decir, particularmente, el lugar donde eso [ello] trabaja. Al objeto sólo lo encuentra en el trabajo de la cura
Permite dar cuenta de un discurso en el que el sujeto se encuentra a la vez sujeto a su objeto y en posición de semblante, es decir, en posición de creerse no sujetado a nada, amo de las palabras y de las cosas. Aquí la alienación se redobla con un desconocimiento radical. A este discurso, obtenido formalmente por torsión del discurso del amo, Lacan lo designa «discurso del capitalista».
Para terminar, hay que destacar que la teoría de los discursos, de la que sólo presentamos aquí los rasgos esenciales, sigue siendo hoy uno de los instrumentos más activos para el psicoanálisis desde el momento en que se interesa por lo que produce al sujeto y produce con él al orden social en el que este se inscribe.
Dolto (Françoise). Psiquiatra y psicoanalista francesa (París 1908 -id. 1988).
Ya desde su tesis, que lleva el título de Psicoanálisis y pediatría, F. Dolto reúne la teoría de Freud con las aplicaciones que concibe de ella. Al mismo tiempo, sigue su análisis con R. Laforgue. Desde la infancia había sentido una vocación: llegar a ser «Médica educacional», y para ello había emprendido, a pesar de su familia, estudios de medicina que le permitieron ingresar en la carrera en julio de 1939. Desde 1938, a pedido de Heuyer, cursa como interna de los asilos. En Sainte-Anne se encuentra con J. Lacan, quien ya en esa época imparte allí su enseñanza. Este encuentro se revelará importante, porque creó entre ellos lazos de amistad.
En el campo de la infancia, que ella elige, labra un territorio que fecunda con su personalidad. Acordando, al igual que Laforgue, a quien ella invoca, mucha importancia al «método», va a forjar poco a poco el propio a partir de una generosidad y una confianza inquebrantables hacia los niños. Al mismo tiempo, dirán su pares, alía a ello una intuición magistral y un conocimiento instintivo del niño. Toda su obra está consagrada a lo que ella llama La causa de los niños, título de una de sus últimas publicaciones. Inicialmente, su objetivo era ir en ayuda de los padres y los educadores en su tarea. Pensaba entonces que de la comprensión y de una ayuda esclarecida dirigida a los adultos resultaría naturalmente el mejoramiento del niño. Con energía y coraje, aliados a un gran sentido de la comunicación, llega a ser una personalidad mediática, famosa por sus emisiones radiales. Haciendo entonces escuela, prodiga en sus seminarios una enseñanza que suscita a veces el entusiasmo.
Decide entrar en la «Escuela Freudiana» que Lacan acaba de fundar, sin sentirse por ello ligada a su doctrina. Utiliza los conceptos freudianos y lacanianos, y forja ella misma nuevos conceptos. Podemos resumir, así, la obra y la búsqueda de Françoise Dolto como la tentativa, a través de un buen maternaje, de hacer que el niño esté bien situado en su esquema corporal y en su imagen del cuerpo, por efecto de lo que ella denomina «las castraciones simbolígenas». Estas deben entenderse como las marcas que vendrían a sancionar el fin de un estadio del desarrollo, las sublimaciones resultantes y el pasaje al estadio siguiente. Según ella, la «amancia» [aímance, cualidad de ser capaz de amor] se define por el hecho de que una madre es toda entera, en su persona, en su presencia, por los cuidados que prodiga, un «objeto de amancia». En el primer estadio de la vida, el estadio oral, que ella va a llamar bucal, el tener y el ser son confundidos en uno solo en razón del lugar de encrucijada de este período, ya que se encuentran y se cruzan en él las facultades «aerodigestivas», que engloban la prensión labial, dental y gustativa, la facultad de deglución, y la emisión de sonidos así como la aspiración y la espiración del aire. Ella estima que es el momento del desarrollo de un sujeto en el que se constituye el modelo de su futura relación con el otro para toda la vida. Esta tiene así su fuente en el placer y en la acción conjuntas del acto de llevar -se a la boca algo agradable y experimentar placer por ello, en el seno de la atmósfera de amancia que caracteriza a una buena relación maternal. De esta conjunción nacerá el futuro componente relacional.
Del mismo modo, en el estadio anal, la libido no inviste sólo los orificios del cuerpo, sino también todo el interior del ser, donde se difunde, yendo al encuentro de la libido oral. Este estadio promueve un erotismo narcisizante por el placer autoerótico de dominio [maîtrise] que le es propio; sin embargo, si está demasiado centrado en la retención, puede desembocar en el masoquismo.
La necesidad de las castraciones simbolígenas se desprende enteramente de este abordaje. La madre debe entonces suministrar castraciones al niño, castraciones llamadas por ella «castraciones humanizantes» en tanto tienen como objetivo, en el estadio oral, separar al niño del cuerpo a cuerpo con la madre y, en el estadio anal, separarlo del cuerpo a cuerpo tutelar, que tenía hasta entonces en tutela al niño en el nivel de su autonomía corporal. En el primer caso, la castración oral va a permitir el acceso al lenguaje: en el segundo, alcanzar la autonomía corporal por medio de una renuncia, la de manipular en común con su madre las deposiciones, su cuerpo, etc. Para que la castración sea exitosa en este segundo estadio, piensa que es necesario que el corte con la oralidad se haya hecho bien. Esta segunda castración, además de la autonomía corporal, le acuerda al sujeto la posibilidad de una relación viviente con el padre en el lugar dejado libre por la madre. La castración edípica, que seguiría a las dos precedentes, recae entonces específicamente sobre la prohibición del incesto y también sobre el conjunto de las seducciones o relaciones sexuales con los adultos. Debe también coartar todas las malicias dirigidas al progenitor del otro sexo o al adulto rival homosexual.
En esta óptica, Françoise Dolto parte de la primera castración, la castración umbilical, que signa el nacimiento de un ser y es el prototipo de todas las otras. Parece importante señalar que su teoría reposa entonces no sobre una castración simbólica surgida de la ley cuyo representante es el padre, sino sobre la idea de estadios del desarrollo a ser superados cada vez por medio de un don; don de un corte con la madre, que se hace así simbolígeno.
De la misma manera, su concepción del narcisismo reposa principalmente en lo que ella define como la euforia de una buena salud unida a la relación sutil de lenguaje originada y mantenida por la madre, lo que ella simboliza como «yo-mamá-el mundo». El niño tomaría conciencia de su cuerpo, de su ser, y crearía su imagen a partir del discurso que sostiene la madre hacia él en el momento en que satisface sus necesidades, creando así zonas llamadas «eróticas» porque han entrado en comunicación con el lenguaje de la madre, con la condición sin embargo de que no reciba ningún contacto del objeto mismo. Las palabras que mediatizan o hacen interdicción al goce del seno, dice ella, por ejemplo, permiten a la boca y a la lengua retomar su valor de deseo, pues, en el nivel del deseo, la mutación se hace por medio de la palabra.
Hay que comprender que la formulación teórica de Françoise Dolto, como ella misma lo repite constantemente, está construida sobre la idea de un maternaje logrado y ha surgido de una observación, estimada concisa y minuciosa, de la vivencia sensitiva y simbólica a la vez del lactante en los primeros tiempos de su vida. De ella deduce el concepto de «pattern», conducta surgida del deseo confundido con «la satisfacción de vivir y de amar». Por último, los lazos que ligan al lactante con la madre, asociados con el olor de ella, harán que experimente estos lugares mismos como zonas erógenas. Este conjunto de movimientos vividos es comparado con un nirvana hecho de la presencia materna y de la seguridad anidada en su regazo. Este nirvana será siempre buscado cada vez que se produzcan tensiones ligadas al deseo o la necesidad. Seguridad, narcisismo e imagen de sí se fundan en un «buen maternaje» donde el niño entero en su «prepersona» en curso de estructuración deviene él mismo lugar relacional, lugar de ese lazo interrumpido y luego reencontrado.
Así entendidas, las castraciones van a permitir la simbolización y contribuirán a moldear la imagen del cuerpo en el curso de lo que ella llama la «historia de sus elaboraciones sucesivas». Ella [la imagen del cuerpo] está edificada sobre la relación del cuerpo con el lenguaje y sobre la relación de lenguaje con otros. Deviene el puente, el medio de la comunicación interhumana. Si no ha habido palabras, dice, la imagen del cuerpo no estructura el simbolismo de un sujeto, hace de él un «débil ideativo relacional». El esquema corporal debe concebirse como el mediador organizado entre el sujeto y el mundo. Es, en principio, el mismo para todos los individuos, especifica al individuo en tanto representante de la especie; es el intérprete de la imagen del cuerpo. El conjunto de la imagen y del esquema, acordado con lo vivido del lenguaje, forma la unidad narcisista del ser.
El lugar del padre es poco evocado en esta formulación, más centrada en la imagen básica que se desprende de la relación madre-hijo. La noción de deseo no está sin embargo ausente de ella, sino que está recubierta por la noción de placer en tanto placer parcial rechazado por la mediación materna. En 1988, Françoise Dolto precisará, en su autobiografia, su pensamiento hablando de su relación con su fe y con Dios: «No habría podido proponerme ser psicoanalista si no hubiese sido creyente».
¿Debe integrarse esta afirmación a su corpus teórico? ¿Le hubiese dado Freud su aval?
Françoise Dolto escribió principalmente Psychanalyse et pédiatrie (1938), Le cas Dominique (1971), en el que expone su técnica a propósito de un adolescente apragmático, L'Evangile au risque de la psychanalyse (l 977), Aujeu du désir (1981).
Discurso
Si bien la noción de «discurso» conquistó tardíamente sus títulos de nobleza en el pensamiento psicoanalítico (fue más o menos en 1960 cuando Lacan ilustró sus variantes en una presentación sistemática de los «cuatro discursos»), la exigencia a la cual responde su elaboración, y la originalidad de esta última, han sido iluminadas por un enriquecimiento progresivo, cuyo origen nos remite a las fuentes del descubrimiento freudiano.
El tema inicial de investigación fue el mito endopsíquico: «este último engendro de mi actividad cerebral», escribía Freud el 12 de diciembre de 1897, un mes después de haber planteado en principio «el enlace entre el proceso patológico y el proceso normal».
Prefiguración del discurso, en tanto que le corresponde prestar el alcance de una tesis especulativa a una autopercepción que implica al sujeto en su estructura, pero, sobre todo, prefiguración de la noción psicoanalítica del discurso, en cuanto la génesis del «mito endopsíquico» presta figura al desarrollo de una escisión subjetiva: a) «autopercepción del aparato psíquico», en otros términos, del corte que instituye allí lo inconsciente; b) incitación a la formación concomitante de una «¡Iusión de pensamiento»; c) proyección al exterior de esa formación, con lo cual se torna innecesario el recurso al mito especulativo sobre un tiempo escatológico y sobre un más allá.
En definitiva, la creencia derivada de la ilusión tendrá el mismo contenido que la autopercepción interna, descartando toda posibilidad de exclusión subjetiva en la figuración de un «otro mundo».
Esta representación conjuga entonces una estructura permanente y elementos cuya situación varía en el interior de dicha estructura. «El contenido real -escribía Freud en 1895- se conservó inalterado mientras que el emplazamiento (Stellung) de toda la cosa cambió, expulsándose hacia afuera el reproche interior» (24 de enero de 1895). Más precisamente, «al efectuarse la represión mediante la desautorización de la creencia, los contenidos y afectos de la idea intolerable se mantienen, pero proyectados al exterior» (1 de enero de 1896).
«Posiciones» fijas: interioridad y exterioridad; desplazamiento de un cierto contenido de una a otra de esas posiciones: mecanismo de proyección. Comparemos esta interpretación general con la sistematización presentada en el análisis de Schreber: diremos que todos los tipos de delirio paranoico se caracterizan por ocupar una misma «posición» de exterioridad en virtud de una serie de modificaciones que afectan a uno u otro de los elementos de la proposición. Ahora bien, las «posiciones» de las que se trata son las mismas que están en juego en toda estructura de comunicación (24 de enero de 1895).
Del mito endopsíquico a los silogismos de la paranoia
La ilustración más completa de esta construcción es, en efecto, la que proporciona la paranoia: «La concepción mitológica del mundo», escribirá Freud en 1904, en Psicopatología de la vida cotidiana, en términos muy próximos a las sugerencias anteriores, «esa concepción que anima hasta a las religiones más modernas, no es otra cosa que una psicología proyectada al mundo exterior [subrayado de Freud]. El oscuro discernimiento [en nota: "que no posee el carácter de un verdadero conocimiento"] de factores psíquicos y constelaciones de lo inconsciente [dicho de otro modo: la percepción endopsíquica de esos factores y constelaciones] se espeja [es difícil decirlo de otro modo, hay que pedir socorro a la analogía con la paranoia] en la construcción de una realidad suprasensible [subrayado de Freud] que la ciencia debe volver a mudar en una psicología de lo inconsciente. Se podría abordar la tarea de descomponer, ubicándose en este punto de vista, los mitos relativos al paraíso y al pecado original, a Dios, al bien y el mal, a la inmortalidad y otros; trasponer la metafísica a la metapsicología. La distancia que separa el desplazamiento que realiza el paranoico del que realiza el supersticioso es menos grande de lo que parece a primera vista».
Además, el análisis del presidente Schreber confirmará ese papel de los procesos endopsíquicos y de su desconocimiento: «Que el mundo deba terminar porque el yo del enfermo atrae hacia sí a todos los rayos y -más tarde, en el período de reconstrucción- el miedo ansioso que experimenta Schreber ante la idea de que Dios pueda interrumpir la relación establecida con él mediante los rayos, todo esto, así como otros detalles del delirio de Schreber, se asemeja casi a alguna percepción endopsíquica de estos procesos cuya existencia he admitido, hipótesis que nos sirve de base para la comprensión de la paranoia».
En la elaboración de la noción de discurso se ha atravesado no obstante una nueva etapa esencial, en cuanto la discriminación y sistematización de las diferentes formas de la paranoia imponen distinguir los tipos de «silogismo» que las caracterizan, según que la contradicción motivada por la represión afecte al sujeto, al objeto, al verbo o al conjunto de una proposición,
Versión social: genealogía de los cuatro discursos
El desarrollo por Lacan de estas anticipaciones freudianas es una consecuencia de las renovaciones aportadas a la noción de exterioridad desde la perspectiva de la primacía de la palabra en la experiencia analítica y en su teoría: además, es en el Seminario III, Las psicosis (1955-1956), y precisamente como comentario al análisis del caso Schreber, donde se impone esta noción de los discursos.
En un primer momento, se distinguen las dimensiones principales de la paranoia, a fin de vincular el discurso con el registro de lo real. En efecto, «en el interior mismo del fenómeno de la palabra, podemos integrar los registros de lo simbólico, representado por el significante, lo imaginario, representado por la significación, y lo real, que es el discurso por completo contenido en su dimensión diacrónica».
Esta referencia a lo real se precisa en conexión con la comunicación: «El sujeto dispone de todo un material significante que es la lengua, materna o no, y se sirve de él para hacer pasar en lo real las significaciones. No es lo mismo estar más o menos cautivado, capturado en una significación, que desplegar esa significación en un discurso destinado a comunicarla, a ponerla de acuerdo con las otras significaciones recibidas de distinto modo. En este término, recibido, está el resorte de lo que hace del discurso un discurso común, comúnmente admitido.» Así, continúa Lacan, «la noción de discurso es fundamental. Incluso para lo que llamamos la objetividad, el mundo objetivado por la ciencia, el discurso es esencial, pues el mundo de la ciencia, lo que siempre se pierde de vista, es ante todo comunicable, se encarna en las comunicaciones científicas. Aunque ustedes hayan realizado el experimento más sensacional, si otro no puede rehacerlo después de haberlo ustedes comunicado, ese experimento no sirve de nada. Con este criterio se verifica que una cosa no es recibida científicamente».
El delirio puede entonces situarse en su esencia propia de discurso: «Cuando les hice el cuadro de tres entradas, localicé las diferentes relaciones en las cuales podemos analizar el discurso del delirante. Este esquema no es el esquema del mundo, es la condición fundamental de toda relación. En el sentido vertical está el registro del sujeto, la palabra y el orden de la alteridad, del Otro. El punto pivote en la función de la palabra es la subjetividad del Otro, es decir, el hecho de que el Otro es esencialmente el que es capaz, como el sujeto, de fingir y de mentir. Cuando les dije que en este Otro tiene que haber un sector de los objetos totalmente reales, se trata desde luego de que esta introducción de la realidad es siempre función de la palabra. Para que algo pueda relacionarse, por relación con el sujeto y con el Otro, con cualquier fundamento en lo real, tiene que haber en alguna parte algo que no engañe. El correlato dialéctico de la estructura fundamental que hace de la palabra de sujeto a sujeto una palabra que puede engañar, es que haya también algo que no engañe.»
De este modo se retorna la noción freudiana de verdad histórica, pero desprendida de sus implicaciones genéticas, a fin de reemplazarlas por el movimiento de una dialéctica. Al principio, y teniendo en cuenta su definición inicial, la construcción de las formas del discurso tendrá entonces que realizarse sobre la base de la diversificación, en el registro de la realidad, de la estructura generadora de lo simbólico, que es la de la metáfora. Estando lo simbólico representado por el significante, obedece a sus leyes, en primer lugar a su ley de construcción, en virtud de la cual un significante representa un sujeto ante otro significante.
Lugares permanentes y términos móviles
En cuanto al discurso, es decir, a la realidad social de la comunicación, falta interrogarse sobre la mutación que en él experimentan los determinantes de la cadena significante: significado y significante sustitutivo. Lacan los distingue con la designación de «sitios» permanentes, de «términos» móviles.
«Sitios» o «lugares» permanentes, comparables con los determinantes estructurales de la palabra, en cuanto ocupan en la configuración del discurso una posición análoga a la de dichos determinantes: en la metáfora simbólica, el significado no es representado inmediatamente por un significante, sino remitido a otro significante; en el discurso, la «verdad» no es representada inmediatamente por su «agente» (en la acepción de agente de una potestad o de mandatario), sino ante el «otro» que recibe la comunicación. A estos tres determinantes estructurales del discurso se asociará un cuarto, que corresponde al estatuto de la significación, con respecto a la diacronía de la palabra, es decir, en el registro del discurso, el sitio de una «producción» cualquiera derivada del proceso que se acaba de describir.
En cuanto a los «términos» móviles, llamados a ocupar por turno cada una de esas posiciones estructurales, se trata de los elementos constitutivos de toda cadena hablada, designados como significante Amo o S1, batería significante o S2, sujeto o $, a o plus-de-gozar, residuo de la palabra.
En síntesis, cada tipo de discurso tiene por función distribuir los cuatro elementos desplazables de la cadena significante (SI, S2, $, a) entre las cuatro posiciones constitutivas de la estructura permanente de todo discurso: verdad, agente, otro, producción.
Para una presentación sistemática, falta aún inscribir el corte que proscribe por un lado la inmediatez de la verdad respecto de su representación en una relación dual, y por otro la inmediatez del lugar de encaminamiento del mensaje social a su producción. Esto se realizará mediante la reintegración de la barra, heredada de Saussure, entre significante y significado, como barra representativa del doble corte discursivo.
De allí una figuración de los cuatro discursos: el del Amo, el de la Histérica, el de la Universidad, el del Analista; el genitivo es tomado en su acepción objetiva de «relativo a».
Discurso del AmoDiscurso de la Universidad
S1S2S2a
$aS1$
Discurso de la HistéricaDiscurso del Analista
$S1a$
aS2S2S1
En efecto, no olvidamos el carácter social de todo discurso, y su corolario: «el discurso del analista», decía Lacan en «Le Savoir du Psychanalyste» (Sainte-Anne, 1971-1972), «no ha aparecido por azar... Desde luego, puesto que es un discurso del analista, tiene como todos mis discursos, los cuatro que he nombrado, el sentido de un genitivo objetivo: el discurso del amo es el discurso sobre el Amo, lo hemos visto, en el apogeo de la epopeya filosófica en Hegel. El discurso del Analista es lo mismo; se habla del analista, él es el objeto a, como lo he subrayado a menudo».
Disolución del vínculo conyugal
¿Acto o Acting?
Definición
Proceso de ruptura de la trama vincular conyugal que se produce entre los sujetos que componen el vínculo. Implica la disolución de pactos y acuerdos. Es equivalente en Psicoanálisis de los Vínculos al término legal separación y/o divorcio. Es condición de estructura de la alianza (no es vínculo cosanguíneo, atravesado por el tabú del incesto, permite la salida a la exogamia) Es un efecto del vínculo que articulan juntos. Lleva implícitas cuestiones presentes en las estipulaciones inconscientes de la constitución de la pareja; se disuelven acuerdos que tienen palabras los que no la tienen por represión y los que no la tendrán nunca porque no corresponden al registro de lo simbólico; estos últimos se escenifican en la separación bajo la mirada de los otros. Es un acto atravesado por tres ejes: desinvestidura de objeto, corte vincular y sanción social, donde se desarticula lo intrasubjetivo de lo vincular; se intenta diferenciar qué cosa de uno quedó en el otro (trabajo de duelo) para significar lo nuevo. Cambian las cualidades de elección del objeto privilegiado en tanto lo que fue motor de sufrimiento (el temor por su pérdida) pasa a ser motor de liberación.
El contrato de casamiento legal firmado, denegado por el recubrimiento imaginario del suponerse juntos para siempre, adquiere luminosidad y sus palabras (la letra chica del contrato matrimonial) se transforman en argumentos de contrincantes.
Las parejas tienen distintas formas de separarse acorde a sus modalidades de funcionamiento (diádica, triádica y triangular). El proceso de disolución conlleva acciones y puede implicar actuaciones, pero su movimiento completo, que sólo puede significarse a posteriori, cursa en tomo a un acto en tanto corte simbólico ceremonial y origen de algo inédito, que posiciona a los sujetos de un modo diferente entre ellos, a partir de ese momento; o en tomo a un acting (repetición) que deja a los sujetos entrampados en un anudamiento sin fin.
Origen e historia del término
Según el diccionario disolución quiere decir rompimiento de vínculos preexistentes como por ejemplo disolución de la familia, y acción de poner fin legalmente a las funciones de un organismo, como disolver el Parlamento. Disolver desde la física implica dividir las moléculas de un cuerpo sólido y desde lo legal anular en el sentido de disolver un matrimonio.
En psicoanálisis se suele hablar de disolución del Complejo de Edipo. Sin embargo en un recorrido bibliográfico por la obra freudiana, Freud no habla de disolución sino de sepultamiento o naufragio como solución ideal y de represión como salida neurótica. En el Glosario de las Obras Completas no se destaca disolución como término, aunque figura como sinónimo de sepultamiento, en la traduccion que Etcheverry, para Ediciones Amorrortu hace del Untergang de Freud.
En relación a este término que se utiliza en El Sepultamiento del Complejo de Edipo es interesante destacar una observación: en alemán para sepultamiento y disolución se usan dos palabras diferentes, una Untergang significa poner debajo, naufragio, decadencia (es la que usa Freud ) y otra Auflösung que significa disolución.
Disolución como anulación, en la definición antes citada, expresa su impronta legal.
La marca que en la disolución del vínculo deja el atravesamiento transubjetivo, está presente en las conceptualizaciones específicas sobre Estructura Vincular y Separación que Puget y Berenstein desarrollan en Psicoanálisis de la Pareja Matrimonial, allí dicen ..."a veces las parejas deciden separarse, cada yo sale de la estructura vincular matrimonial, la cual recupera un lugar virtual en el macrocontexto social y en la representación mental hasta tanto cada uno de los que ha disuelto el vínculo vuelvan a ingresar en otra matriz matrimonial o no ......
Se subraya acá el término disolver como específico para esta temática donde asimilan disolución a separación.
Más adelante destacan la importancia de interrogarse (los miembros de la pareja) de qué o quién quieren separarse; usando separación como sinónimo de discriminación.
Éstos son antecedentes de disolución y separación, como sinónimo de divorcio, con mayor complejización o no y separación como sinónimo de discriminación que en general cursa, con mayor complejización en la red vincular; aunque también puede llevar a un tipo de vínculo cercano al no vínculo (hiperdiscriminado).
Dentro de los desarrollos propios el término tiene su origen en 1986 en un trabajo sobre psicoanálisis aplicado sobre una pareja que se divorcia y no se separa nunca cumpliendo la promesa de juntos hasta la muerte (la pareja de Gala y Paul Eluard).
Continúa en 1991 en un análisis sobre lo se llamó La letra chica del contrato matrimonial, en este trabajo aparece por primera vez el concepto de acting, vinculado a la constitución y/o disolución del vínculo.
En 1992 se trabaja el concepto de acto de encuentro -acto de desencuentro, y se hace especial hincapié en la diferencia entre acto y acting. Paralelamente se investiga sobre una pareja que no consuma su matrimonio y se hace una articulación entre el parámetro de las relaciones sexuales y la posibilidad o no de disolución del vínculo.
En 1994 se realiza un taller sobre la separación como acto y/o acting.
En 1995 en relación a la función del analista se comienzan a desarrollar dos hipótesis 1) Referida al supuesto que: el marco legal convalida el matrimonio para toda la vida en su artículo 209 presente en el capítulo de divorcio vincular, correspondiente a la Ley de Matrimonio Civil, modificada en 1987 y 2) Se observa en supervisiones que los analistas suelen escuchar en los planteos de separación de las parejas, como deseo de discriminación con más facilidad que como deseo de disolver el vínculo; esta dificultad puede estar sustentada en la marca social y/o en la ideología del matrimonio para toda la vida y probablemente también en la conflictiva de la propia identidad del analista como analista vincular en tanto si la pareja se separa no hay pareja en tratamiento.
La primera de las hipótesis da lugar a una investigación de cátedra que se realiza a partir de 1995 sobre el Divorcio en América Latina, donde luego de hacer un estudio detallado de las legislaciones de distintos países, de distintas religiones y pueblos de América se concluye: La marca que la sociedad da al matrimonio es irrevocable, en tanto aun cuando se disuelva el vínculo y se acepte un nuevo casamiento legalmente permanece indisoluble el amparo básico, que cada uno le debe al otro en caso de carencia extrema. El acto de matrimonio sellado por la ley implica un nuevo orden simbólico y como todo orden simbólico deja marca.
A través de la ley y formando parte de las representaciones sociales se convalida el matrimonio para siempre a través de mantenerse el amparo del ex cónyuge en caso de carencia extrema. Antes que el estado de cada país se haga cargo del careciente deberá hacerlo el ex cónyuge, aun casado nuevamente.
En 1996 se despliegan los conceptos que hacen al término de la definición antes expuesta. Se realiza un estudio pormenorizado de acto de encuentro-acto desencuentro, diferenciando los desencuentros cotidianos de aquel que marca el cierre de la vida en pareja. Se fundamentan las conceptualizaciones de Acto-Acting-Acción que se utilizarán luego como adscriptos a la problemática vincular. Se analiza el tema de las escenas como emergentes de lo no representado cuando el corte no se produce las escenas pueden seguir presentes como repetición. En tanto el vínculo desde su constitución tiene una sanción a través de la mirada de los otros, las escenas adquieren sentido en la mirada de los otros. Las escenas se originan y son efecto del vínculo, elevándose sobre él, parafraseando a Freud como el hongo de su micelio, dejando tras de sí la abertura hacia lo infinito de la complejidad vincular. Hay muchas escenas que pueden desplegarse en conjunto pero hay un repertorio que se despliega con regularidad dando cierta identidad al vínculo..."
Respecto de la Separación se construye una nueva estructura mítica que incluye el mito de origen atravesado aprés coup por el acto de separación. El mito de origen lo construyen juntos, el mito de disolución lo construye cada sujeto en soledad.
La disolución de pactos y acuerdos se realiza acorde a los distintos funcionamientos de la pareja. La cotidianeidad se modifica abruptamente, el proyecto vital compartido es no compartir el futuro. Algunas parejas deciden conservar la monogamia en tanto para otras es lo primero que se modifica.
Se hace duelo por lo compartido, por lo no compartido y por lo incompartible articulado con los parámetros definitorios de la pareja conyugal.
El planteo de la tipología de la disolución intenta dar cuenta de que la separación se puede resolver en torno a un Acto como corte simbólico que posiciona a los sujetos de forma diferente. Tiene el sentido que Badieu le da al Acontecimiento -en tanto hace advenir otra cosa que lo instituido-, es algo suplementario en el sentido de desligado de las reglas de la situación. Un acontecimiento adviene en tanto hay ¿in vacío.
La otra posibilidad es que curse en torno a un Acting, a predominio de repetición donde algunos trozos de la vida en pareja quedan como escenas de una película detenida, que se presenta cada vez que los sujetos tienen algún tipo de intercambio entre ellos o a través de los hijos.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
El término disolución del vínculo conyugal tiene su origen en la perspectiva vincular, fundamentándose básicamente en entender la pareja como uno de los ámbitos de constitución del sujeto, en tanto sujeto vincular. Los sujetos constituyen el vínculo y el vínculo hace al posicionamiento de los sujetos en el mismo. Las producciones son efecto del vínculo que arman esos sujetos y por el que son atravesados en su subjetividad. Así como la pareja es producto de esa articulación deseante la disolución es un producto vincular; más allá de que se plantee la problemática como proveniente de uno de los dos polos, el resultado es un efecto que articulan juntos.
Los conceptos que provienen del Psicoanálisis clásico son los de Acto -Acting -Acción.
Al respecto se considera:
Acto de encuentro y acto de des-encuentro, en tanto acto, tienen cualidades diferentes. El acto de encuentro en tanto fundante del narcisismo vincular está más relacionado con aquello del nuevo acto psíquico de Introducción al Narcisismo de Freud.
Acto etimológicamente quiere decir cosa hecha.
Cuando Lacan habla en el Seminario del Acto en forma amplia del concepto de Acto, dice tiene que ver con un ceremonial que marca el origen de algo.
En su concepción acto está referido a acto analítico y le da gran contenido simbólico, tanto cuando habla de la transferencia como puesta en acto del inconsciente, como cuando entiende que el acto analítico abre el camino de la transferencia y en tanto tal está al principio del psicoanálisis. Para Lacan Acto es un instante. Interesa destacar el primer sentido, el que hace referencia a su nivel simbólico al origen de algo nuevo.
En todo acto el sujeto renace pero de modo diferente. No es el mismo antes que después.
Acción es el ejercicio de una potencia.
Acto es distinto de acción. En la dimensión del acto surge la inscripción de algo nuevo, el correlato de lo simbólico.
En lo vincular hay un encadenamiento de los tres espacios que tiene una sanción.
Acto es un hecho. un momento adoptado a un fin; filosóficamente para Aristóteles en La Metafísica es: La existencia de algo de modo distinto a como expresamos la potencialidad, es como al ser que construye, en relación al que tiene la posibilidad de construir, es la plenitud del ser.
El acto hace referencia a momento completo que no busca su meta afuera sino que lleve en sí mismo su fin...
Freud en general, más allá de la cualidad que le otorga al traductor nos confirma la definición aristotélica en cuanto a colocar del lado del acto el movimiento completo y por el lado de la acción la potencialidad. Es quizás de allí que podemos entender que el narcisismo es acción en tanto potencionalidad y acto en tanto algo nuevo, que implica un origen, dando cuenta del sentido y un uso que hace Freud en distintos textos.
La actuación está vinculada a la repetición.
Así un acting en torno de la separación se despliega en función de no separarse. Al estar al servicio de la repetición, impide la transformación en algo diferente.
Hablar de actuar lleva a pensar en el agieren que Freud plantea en el "Caso de Dora7; tiene que ver con lo que se repite para no recordar.
Etchegoyen, analizando la estructura del acting, concluye que hay dos tipos:
Una acción que aparece en lugar de la comunicación, el pensamiento, el recuerdo, en relación con el agieren de Freud.
Como una forma de expresar lo que nunca se puso en palabras. Lo no decible por ser preverbal.
Lacan, en el Seminario de la Angustia, sostiene que "el acento demostrativo, la orientación hacia el Otro del acting debe ser destacado".
Aquí interesa destacar en el acting, el componente de repetición y el ser dirigido a un Otro. La necesidad de un espectador.
Se diferencia acto de desencuentro, acto de separación, acción y actuación. Para que se concrete la disolución del vínculo es necesario llevar a cabo acciones tendientes a un fin. Dichas acciones se hacen posibles a partir de producirse una cierta desinvestidura del objeto privilegiado (acto de desencuentro). El proceso completo podrá cursar en tomo a un acto en tanto ceremonial y origen de algo nuevo, o en tomo a una actuación ligado a una continua repetición.
Es necesario aclarar que aun cuando la separación conyugal se realice con predominio de un acto, la disolución nunca es total en tanto desinvestidura total del objeto privilegiado. Ese objeto nunca hace serie con otros. Ese otro nunca es igual a los otros. De cada vínculo quedan marcas. Es importante diferenciar esas marcas de una estructura de repetición.
En este término se utiliza el concepto de acto como cosa hecha. Hecho atravesado por un fin, que deja una marca que implica un corte, ya sea como acto de desencuentro o como disolución a predominio de Acto:
Acción: se utiliza como medida a través de la cual se ejerce una posibilidad.
Actuación: Acting: se utiliza como repetición, como lo no puesto en palabras, como dirigido a un Otro.
Es a partir de los acontecimientos posteriores en el curso de la vida de los sujetos que constituían el vínculo disuelto, que pueden significarse esas acciones conjuntas de la pareja como acting o acto.
Sólo après coup se puede significar la disolución del vínculo como Acto o Acting.
Problemáticas conexas
La disolución del vínculo a predominio de acto o a predominio de acting, lleva implícito una conceptualización respecto de su constitución.
El acto de encuentro es al vínculo lo que los documentos son a la historia: la inscripción de una marca, en este caso vincular.
En ese acto de recíproca elección, se produce una elección mutua que establece un hito. Más allá de la mítica que arme cada pareja, hay un antes y un después.
El Acto de Encuentro está atravesado por tres ejes:
a) Elección de Objeto: Divide al vínculo en dos tiempos: antes y después de empezar a desearse ("...Un día tuve ganas de besarla ...... -...Ese día sentí el roce de su mano...").
b) Corte con la familia: Se vincula a la construcción de la estructura de pactos y acuerdos inconscientes. Es al vínculo lo que la represión primaria es a la constitución del psiquismo individual (Puget, 1989); ("...A partir de ese día me di cuenta de que todo lo que necesitaba ya no estaba en mi casa...").
c) Mirada de los Otros: A partir de un momento la pareja se recorta como un otro polo. Es reconocible como tal por familiares y amigos.
Cuando este reconocimiento no se produce trae sufrimientos y dificultades en la constitución de la identidad como pareja, con excepción de que sólo el no reconocimiento dé identidad. De ambas formas la sanción social está presente.
Hay algo de la pareja en relación al encuentro y a lo nuevo que únicamente se constituye en la intimidad de dos, donde pulsión, deseo y amor se articulan en un entramado único.
Cuando una pareja se constituye necesita un espacio propio, de intimidad.
La intimidad es constituyente del vínculo de pareja.
En relación con este tema y vinculado con la clínica se articula en desarrollos actuales el tema de corte y repetición en transferencia Esto permite entender cuestiones incluso en referencia a la interrupción en los tratamientos de pareja.
Cuando la pareja se constituye necesita un espacio donde construirse en intimidad, cuando una pareja se disuelve, esa intimidad es vivida en soledad por cada sujeto, es por eso que una pareja una vez que se separa ya no es pareja en ningún ámbito, si siguen en tratamiento es porque todavía no se separaron. Con respecto a los hijos son padres pero no pareja.
Articulando el tema de lo nuevo, la intimidad y la disolución a predominio de acto o Acting la interrupción del tratamiento de parejas podría darse
a) A predominio de corte
En tanto nuevo posicionamiento de la pareja en relación a la emergencia de lo nuevo por la intimidad que requiere un nuevo acto de encuentro, como parte de una mayor complejización vincular.
En tanto deciden separarse y disolver el vínculo respetando la intimidad de cada uno
b) A predominio de repetición
Cuando implica una actuación, pudiendo dar lugar a una separación a predominio de acting.
Doble vínculo
Francés: Double contrainte.
Inglés: Double bind.
La expresión double bind fue acuñada por Gregory Bateson en 1956, para designar el dilema (doble atolladero, doble coacción o doble vínculo) en el cual se encuentra encerrado un sujeto afectado de esquizofrenia, cuando no logra dar una respuesta coherente a todo tipo de mensajes contradictorios emitidos simultáneamente, sea por los miembros de su familia, sea por la familia de un lado y por la sociedad del otro. La coacción proveniente del exterior entraña también una respuesta psicótica del sujeto, porque él no sabe descifrar el mensaje que se le dirige.
Dolor
El dolor (Schmerz) es uno de los primeros datos de la conceptualización freudiana, y se lo encuentra ya en el título del sexto apartado de la primera parte del «Proyecto de psicología», donde es definido como «la irrupción de grandes cantidades [Q] en el sistema [Y]» (cursivas de Freud). En-un aparato psíquico orientado uniformemente hacia la reducción de las tensiones, la irrupción de tales cantidades es la fuente de la pareja displacer/dolor. Queda por saber de dónde vienen esas cantidades.
Esta problemática se precisa en el capítulo 12 del «Proyecto», «Das Schmerzerlebniss» (La vivencia de dolor), donde Freud introduce en primer lugar una distinción entre dolor y displacer: «Es por otra parte cierto que el dolor tiene una cualidad particular que se hace reconocer en comparación con el displacer». A continuación, Freud toma nota de que la investidura de una imagen mnémica del objeto hostil produce un estado «que no es dolor pero que se le asemeja». Este estado, continúa, «implica displacer (Unlust) y la inclinación a la descarga que corresponde al acontecimiento de dolor». Displacer y dolor son entonces considerados como idénticos en cuanto constituyen por igual aumentos excesivos de cantidad en el aparato psíquico, y sólo difieren por la procedencia: el aumento de cantidad en el caso del dolor proviene del exterior (por j), y en el caso del displacer, llega del «interior».
Esta partición simplista encuentra de inmediato una dificultad que a Freud no se le escapa: en un sistema como el aparato psíquico, en el que sólo se supone que existe trasmisión de cantidades, ¿cómo imaginar un aumento endógeno de cantidad que genere displacer, que, al igual que el dolor, comande la inclinación a la descarga? En este punto, Freud arriesga una hipótesis no suficientemente advertida en ese momento, sobre todo en cuanto a que trastorna gravemente la topología interior/exterior sobre la cual parece construido el aparato psíquico: junto a las neuronas transmisoras (conectadas por sinapsis) y las neuronas motrices (que conducen las cantidades neuronales hacia los músculos), habría también « neuronas- secretoras» que, una vez excitadas, producirían nuevas cantidades muy superiores a las que llegan a ellas.
Al instalar esas neuronas-secretoras en el corazón del sistema Y, Freud introduce en lo más profundo del aparato psíquico una función que hasta allí había reservado estrictamente al exterior, al Aussenwelt: producir cantidades que inciden frontalmente sobre el aparato psíquico. Esas neuronas-secretoras constituyen un enorme obstáculo en el esquema asociacionista que se atribuye, no sin razón a Freud pero muy a menudo sin que se vea hasta qué punto el mismo lo subvirtió desde el principio.
Freud no volvió a sostener abiertamente esta hipótesis de las neuronas-secretoras, pero el modelo formal que lo guía en sus consideraciones ulteriores sobre el dolor lleva siempre la marca de esa primera elaboración. En la clínica del duelo, la depresión melancólica y el masoquismo moral, Freud, en efecto, se apoyó regularmente en esta primera conceptualización del dolor psíquico: un intenso displacer que la inhibición -esa función esencial del yo- no llega a detener. Evocando el dolor melancólico, al final de Inhibici&oac |