Eckstein Emma
(1865-1924)
La relación que mantuvo Sigmund Freud con esta paciente vienesa, heroína por otra parte del sueño original de Ia inyección a Irma", es una de las más sorprendentes de la saga psicoanalítica. Ella demuestra que los vínculos entre los enfermos y sus médicos tienen una importancia crucial en la génesis de las teorías clínicas. En tal sentido, se puede trazar una línea divisoria entre el discurso de la nosografía, en el cual se expresa la conciencia del científico, y la historia más subterránea (y a menudo enmascarada) de la locura, en la cual se enuncia la conciencia trágica de los pacientes.
Pariente de Paul Federn, Emma Eckstein fue tratada por Freud en razón de problemas histéricos, en el momento en que él, en su larga correspondencia con Wilhelm Fliess, se manifestaba partidario de las tesis a la vez románticas y organicistas que asociaban las mucosas nasales con las actividades genitales. A fin de saber si los síntomas abdominales de Emma podían deberse a una patología de los senos frontales, Freud le pidió a su amigo que fuera a Viena para operarla. Después de la intervención, que se realizó en febrero de 1895, la joven tuvo hemorragias. Freud descubrió entonces que Fliess, por descuido, había olvidado una banda de gasa de cincuenta centímetros en la cavidad dejada por la remoción del cornete y la abertura de los senos. Hubo que proceder a otra operación, en cuyo transcurso pareció que la paciente se moría. Freud se desvaneció. En julio, soñó con Ia inyección a Irma-.
En la primera edición de su correspondencia con Fliess, publicada en 1950 por Ernst Kris, Anna Freud y Marie Bonaparte, las cartas concernientes a este asunto fueron omitidas. No obstante, en esa fecha, el sobrino de Errima, Alberth Hirst, se había entrevistado varias veces con Kurt Eissler, el responsable de los Archivos Freud en la Library of Congress de Washington, abordando el tema de su tía, y las transcripciones fueron de inmediato depositadas en la serie Z, reservada a los papeles secretos. Hirst entregó también a Eissler catorce cartas dirigidas por Freud a Emma entre 1895 y 1910.
Quien reveló el asunto por primera vez fue Max Schur, en 1966, y volvió sobre el punto en su libro de 1972 titulado Sigmund Freud. Allí demostraba que Emma había sido sin duda la primera en proporcionar a Freud el material que le permitió renunciar a la teoría de la seducción, y que a través de ella él tomó conciencia de que lo que se describía como una empresa de seducción tal vez no fuera más que un fantasma. Las cartas de Freud, depositadas en los Archivos por el sobrino de Emma, fueron en parte exhumadas por Jeffrey Moussaieff Masson. De ellas surge que fue la primera de las pacientes de Freud, y también la primera de algún modo "controlada" por él después del tratamiento. Asociada a la figura soñada de "Irma", esta mujer histérica, en la leyenda negra del movimiento freudiano, se convirtió en un personaje mítico.
Emma Eckstein escribió artículos hasta 1905, y después se retiró del mundo, para vivir en soledad, en una habitación llena de libros. Paralizada por un mal inexplicable, no abandonaba su lecho. Murió de apoplejía cerebral.
Es posible que Freud la recordara cuando, en 1937, redactó "Análisis terminable e interminable". En efecto, en ese texto evoca el caso de una joven histérica que él había tenido en tratamiento en los primeros años de su actividad psicoanalítica y que, después de haber sido curada, recayó, a continuación de un trauma provocado por una histerectomía: "Me siento tentado a creer -escribió- que sin el nuevo trauma no se habría producido una nueva irrupción de la neurosis".
École freudienne de Paris (EFP)
Fundada por Jacques Lacan el 21 de junio de 1964, la École freudienne de Paris (EFP) es la primera institución en la historia del freudismo que aplicó un sistema institucional basado en el principio de la academia antigua, mientras que la International Psychoanalytical Association (IPA) se inspiró, desde 1910, en un modelo de asociación. En este sentido, la EFP fue la matriz de todas las instituciones del lacanismo en el mundo, así como la Sociedad Psicológica de los Miércoles constituyó, entre 1902 y 1907, el modelo original de la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV), primera asociación freudiana en la historia del psicoanálisis. Al adoptar en la denominación la palabra "escuela" (y no "sociedad" o "asociación"), Lacan, contra el cursus y la jerarquía de la IPA, rindió homenaje a la transmisión del saber según la tradición griega.
Durante diez años, entre 1953 y 1963, rodeado de discípulos brillantes, Lacan transmitió el saber freudiano a la manera de un filósofo griego, reinando sobre una aristocracia intelectual compuesta por los mejores psicoanalistas de la tercera generación francesa: Serge Leclaire, Frangois Perrier, Piera Aulagnier, Wladimir Granoff, Jean Laplanche, Jean-Bertrand Pontalis y otros. De allí que, en 1960-1961, eligiera comentar uno de los textos principales de la historia de la filosofía occidental: El banquete de Platón. En el curso de ese seminario, le atribuyó a Sócrates el lugar de psicoanalista. Entre las dos escisiones del movimiento psicoanalítico francés, Lacan reinventó el diálogo platónico puesto en marcha por Freud entre 1902 y 1907 en el seno de la Sociedad de los Miércoles. Pero a partir de 1964, obligado a abandonar la IPA, fundó una nueva forma de institución psicoanalítica. Al banquete socrático le sucedió la academia platónica: la escuela.
Con relación a las normas de la IPA, las de la EFP aplicaron entre 1964 y 1967 tres grandes innovaciones: 1) anulación de la distinción entre análisis didáctico y análisis terapéutico; 2) anulación de la regla de las sesiones de duración fija; 3) aceptación en la escuela de miembros que no eran psicoanalistas. En consecuencia, la EFP propuso un modelo de formación psicoanalítica que ampliaba los derechos de los sujetos: cada candidato podía elegir libremente a su psicoanalista, sin tener que pasar por una comisión de preselección; cada analista tenía el derecho de decidir la duración de la sesión según su saber y entender; cada persona interesada en el freudismo podía solicitar su incorporación en la escuela, fueran cuales fueren sus actividades. En este sentido, los títulos de "analista de la escuela" (AE) y "analista miembro de la escuela" (AME), creados por Lacan, no correspondían a los de miembro titular y miembro asociado según IPA, puesto que los AE y los AME tenían derecho a efectuar análisis didácticos. No obstante, el AE se distinguía del AME en cuanto era miembro "titular" de la EFR
En virtud de su apertura a los no-analistas, la EFP reactualizó el modelo de la Sociedad de los Miércoles, en la cual la mayoría de los miembros eran al principio intelectuales. Por ello atrajo no sólo a una multitud de jóvenes terapeutas que rechazaban la esclerosis de los otros grupos franceses, sino también a una buena parte de la juventud filosófica, y sobre todo a los alumnos de la Escuela Normal Superior de la calle de Ulm, formados en la enseñanza de Louis Althusser (1918-1990) y Georges Canguilhem (1904-1995): entre ellos, Jacques-Alain Miller, Judith Miller, Jean-Claude Milner, Alain Grosrichard y François Regnault. En 1966, estos jóvenes crearon una revista, Les Cahiers pour l'analyse, que le aportó un nuevo vigor a la teoría del maestro.
En 1967, afectada de gigantismo, la EFP experimentó su primera gran crisis institucional. Lacan propuso entonces un nuevo modelo de formación de los didactas: el pase. Después de dos años de debates internos, se produjo una escisión en torno a Piera Aulagnier, François Perrier y Jean-Paul Valabrega, originándose en 1969 una nueva institución: la Organisation psychanalytique de langue française (OPLF) o Quatrième Groupe.
A partir de 1970, la introducción por Lacan del matema y el nudo borromeo se conjugó con la deriva de la escuela hacia la esclerosis institucional que tanto había querido conjurar en 1964. Estalló entonces una disputa por la sucesión entre los compañeros de ruta de la tercera generación y las generaciones siguientes. Entre ellos, fue Jacques-Alain Miller quien se impuso en 1974 como delfín de Lacan, no sólo gracias 4 su talento de organizador político, sino también porque él fue entonces el único autorizado a transcribir el seminario oral de su suegro.
Afectado por problemas cerebrales que muy pronto lo volvieron afásico e incapaz de escribir, Lacan dejó de dirigir la EFP en 1979. El 5 de enero de 1980, ante un auditorio mudo, leyó el acta de disolución de su escuela, redactada por Jacques-Alain Miller, y cuyos términos Lacan había aprobado uno por uno. En ese momento, con seiscientos nueve miembros, la EFP era la organización freudiana más grande de Francia: la Société psychanalytique de Paris (SPP) tenía doscientos noventa y siete miembros; la Association psychanalytique de France (APF), cincuenta; la Organisation psychanalytique de langue française (OPLF) o Quatrième Groupe, treinta.
De modo que la referencia a la academia platónica fue breve: sólo duró cinco años, entre 1964 y 1969. Todos los grupos que se desprendieron de la EFP, por escisiones sucesivas, adoptaron un modelo clásico de asociación, pero conservando dos de las grandes innovaciones lacanianas: la libre elección del analista por el analizante y el abandono de la duración cronometrada de la sesión. Algunas incluso siguieron practicando el pase. Entre los herederos de Lacan, Miller fue el único que pudo fundar una verdadera institución internacional comparable a la IPA, a la cual dio el nombre de Association mondiale de psychanalyse (AMP).
Económico
ca adj. (fr. économique; ingl. economic; al. ökonomisch). Se dice de un punto de vista que torna en cuenta la energía psíquica, energía perfectamente cuantificable, pudiendo así evaluarse por ejemplo su aumento o su disminución.
El punto de vista económico consiste en suponer, a partir de la experiencia clínica, que una energía en principio mensurable circula por el aparato psíquico, que se liga con tales y cuales representaciones (investimientos), que ejerce eventualmente una acción para franquear la barrera de la represión, que produce trastornos cuando se encuentra bloqueada, que, a la inversa, la catarsis libera los afectos agolpados en el sujeto, etc. En resumen, se trata «de seguir los destinos de las cantidades de excitación y llegar al menos a una estimación relativa de su magnitud».
El punto de vista económico es sin duda uno de los aspectos más hipotéticos de la doctrina freudiana. En este sentido es comparable a ciertas definiciones de principio de las mismas ciencias físicas, que por ejemplo definen una fuerza por sus efectos, comparándolos eventualmente con los de otra fuerza.
Con todo, su uso es al parecer indispensable en Freud, tanto en la metapsicología como también en la concepción de la cura. La «regla de abstinencia», por ejemplo (véase abstinencia), está de hecho fundada en consideraciones económicas: se trata de evitar que la energía necesaria para el trabajo de la cura sea derivada hacia la búsqueda de satisfacciones sustitutivas.
Económico
(adj.)
Al.: Ökonomisch.
Fr.: économique.
Ing.: economic.
It.: economico.
Por.: econômico.
Califica todo lo relacionado con la hipótesis según la cual los procesos psíquicos consisten en la circulación y distribución de una energía cuantificable (energía pulsional), es decir, susceptible de aumento, de disminución y de equivalencias.
1) De modo general, se habla en psicoanálisis de «punto de vista económico». Así, Freud define la metapsicología por la síntesis de tres puntos de vista: dinámica, tópica y económica, entendiendo por esta última «[...] la tentativa de conocer el destino de las cantidades de excitación y de lograr al menos cierta estimación relativa de su magnitud». El enfoque económico consiste en considerar las catexis en su movilidad, sus cambios de intensidad, las oposiciones que se establecen entre ellas (concepto de contracatexis), etc. A lo largo de toda la obra de Freud se encuentran consideraciones económicas; para él no sería posible una descripción completa de un proceso psíquico sin apreciar la economía de las catexis.
Esta exigencia del pensamiento freudiano se debe, por una parte, a un espíritu científico y un aparato conceptual impregnados de nociones energéticas, y, por otra parte, a la experiencia clínica, que impone a Freud desde un principio cierto número de hechos que cree poder explicar únicamente utilizando un lenguaje económico. Por ejemplo: carácter irrepresible del síntoma neurótico (que a menudo se traduce en el lenguaje del paciente por expresiones como: «es más fuerte que yo»), desencadenamiento de trastornos de tipo neurótico consecutivos a perturbaciones de la descarga sexual (neurosis actuales); y, a la inversa, alivio y desaparición de los trastornos cuando el sujeto logra, durante la cura, liberarse (catarsis) de los afectos «arrinconados» en él (abreacción); separación, efectivamente comprobada en el síntoma y en el curso del tratamiento, de la representación y del afecto que en principio se hallaba ligado a ésta (conversión, represión, etc.); descubrimiento de cadenas de asociaciones entre una determinada representación, que provoca muy escasa o nula reacción afectiva, y otra aparentemente anodina, pero que provoca dicha reacción: este último hecho sugiere la hipótesis de una verdadera carga afectiva que se desplaza de un elemento a otro, a lo largo de una vía de conducción.
Tales hechos se encuentran en el origen de los primeros modelos elaborados por Breuer en sus Consideraciones teóricas (Estudios sobre la histeria [Studien über Hysterie], 1895) y por Freud (Proyecto de psicología científica [Entwurf einer Psychologie], 1895), construido enteramente sobre el concepto de una cantidad de excitación que se desplazaría a lo largo de cadenas neuronales; capítulo VII de La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900).
Más tarde, toda otra serie de comprobaciones clínicas y terapéuticas vinieron a reforzar la hipótesis económica, como por ejemplo:
a) el estudio de estados, como el duelo o las neurosis narcisistas, que imponen la idea de un verdadero equilibrio energético entre las diferentes catexis del sujeto, de tal forma que existe una correlación entre el desapego hacia el mundo exterior y el aumento de la catexis asociada a las formaciones intrapsíquicas (véase: Narcisismo; Libido del yo - libido objetal; Trabajo del duelo);
b) el interés concedido a las neurosis de guerra y, en general, a las neurosis traumáticas, en las que los trastornos parecen provocados por un choque demasiado intenso, una afluencia de excitación excesiva con respecto a la tolerancia del sujeto;
c) los límites de eficacia de la interpretación y, de un modo más general, de la acción terapéutica en determinados casos rebeldes, que obligan a pensar en la fuerza respectiva de las instancias que intervienen, y en especial la fuerza, constitucional o actual, de las pulsiones.
2) La hipótesis económica se halla constantemente presente en la teoría freudiana, traduciéndose por un conjunto de conceptos: la idea «princeps» parece ser la de un aparato (al principio calificado de neuronal, y más tarde definitivamente de psíquico), cuya función consistiría en mantener a un nivel lo más bajo posible la energía que por él circula (véase: Principio de constancia; Principio de placer). Este aparato realiza cierto trabajo, descrito por Freud de diversas formas: transformación de la energía libre en energía ligada, aplazamiento de la descarga, elaboración psíquica de las excitaciones, etc. Esta elaboración supone la distinción entre representación y quantum de afecto o suma de excitación, pudiendo ésta circular a lo largo de cadenas asociativas, cargar una determinada representación o complejo representativo, etc. De donde el aspecto económico que desde un principio poseyeron los conceptos de desplazamiento y de condensación.
El aparato psíquico recibe excitaciones de origen externo o interno; estas últimas (pulsiones) ejercen un empuje constante, que constituye una «exigencia de trabajo». De un modo general, todo el funcionamiento del aparato puede describirse en términos económicos como un juego de catexis, retiro de la catexis, contracatexis y sobrecatexis.
La hipótesis económica se halla en estrecha relación con los otros puntos de vista metapsicológicos: tópica y dinámica. En efecto, Freud define cada una de las instancias del aparato por una modalidad específica de circulación de la energía: así, dentro de su primera teoría del aparato psíquico, establece la existencia de una energía libre del sistema Ics, una energía ligada del sistema Pcs, y una energía móvil de sobrecatexis para la conciencia.
Asimismo el concepto dinámico de conflicto psíquico implica, según Freud, el tomar en consideración las relaciones entre las fuerzas presentes (fuerza de las pulsiones, del yo, del superyó). La importancia del «factor cuantitativo», tanto en la etiología de la enfermedad como en el resultado terapéutico, queda subrayado con especial claridad en Análisis terminable e interminable (Die endliche und die unendliche Analyse, 1937).
El punto de vista económico se considera a menudo como el aspecto más hipotético de la metapsicología freudiana: ¿qué es esta energía constantemente invocada por los psicoanalistas? Sobre este punto haremos algunas observaciones:
1) Las ciencias físicas tampoco se pronuncian sobre la naturaleza última de las magnitudes cuyas variaciones, transformaciones y equivalencias estudian. Se contentan con definirlas por sus efectos (por ejemplo, la fuerza es lo que produce un determinado trabajo), y compararlas entre sí (una fuerza se mide por medio de otra, o más bien se comparan entre sí sus efectos). A este respecto, la posición de Freud no constituye una excepción: define el empuje de la pulsión como «[...] la cantidad de exigencia de trabajo que impone al psiquismo» y reconoce de buen grado « [...] que nada sabemos acerca de la naturaleza del proceso de excitación en los elementos de los sistemas psíquicos y no nos creemos autorizados a establecer ninguna hipótesis a este respecto. Siempre operamos, pues, con una gran X, que trasladamos a cada nueva fórmula».
2) Asimismo Freud sólo recurre a la hipótesis de una energía como substrato de las transformaciones que parecen deducirse de numerosos hechos de experiencia. La libido o energía de las pulsiones sexuales le interesa en la medida en que puede explicar los cambios del deseo sexual en cuanto al objeto, al fin, a la fuente de la excitación. Así, un síntoma moviliza cierta cantidad de energía, lo que tiene como contrapartida un empobrecimiento a nivel de otras actividades; el narcisismo o catexis libidinal del yo se refuerza a expensas de la catexis de los objetos, etc.
Freud llegó incluso a pensar que esta magnitud cuantitativa podría, en rigor, ser objeto de medición y que quizá lo fuera en el futuro.
3) Si se intenta precisar el tipo de hechos que pretende explicar el punto de vista económico, se puede pensar que lo que Freud interpreta con el lenguaje de la Física es lo que, desde una perspectiva menos alejada de la experiencia, podría describirse como el mundo de los «valores». D. Lagache insiste en la idea, de inspiración fundamentalmente fenomenológica, según la cual el organismo estructura su ambiente e incluso su percepción de los objetos, en función de sus intereses vitales, valorizando dentro de su medio un determinado objeto, campo o diferencia perceptiva (concepto de Umwelt); en todo organismo se halla presente la dimensión axiológica, a condición de no limitar el concepto de valor al terreno moral, estético o lógico, en que los valores se definen por su irreductibilidad al orden de los hechos, su universalidad de derecho, su exigencia categórica de realización, etc. Es así como el objeto catectizado por la pulsión oral se considera como debiendo-ser-absorbido, como un valor-alimento. El objeto fóbico no es solamente rehuido, sino que es un «debiendo-ser-evitado» en torno al cual se organiza una determinada estructura espacio-temporal.
Conviene señalar, no obstante, que tal enfoque sólo podría recoger todo el contenido de la hipótesis económica a condición de concebir los «valores» en juego como susceptibles de intercambiarse por otros, de desplazarse, de equipararse dentro de un sistema en el que la «cantidad de valor» a disposición del sujeto sería limitada. Se observará que Freud considera menos el aspecto económico en el ámbito de las pulsiones de autoconservación (en el que los intereses, los apetitos, los objetos-valores son, en cambio, manifiestos) que en el de las pulsiones sexuales, capaces de encontrar su satisfacción en objetos muy alejados del objeto natural. Lo que Freud designa por economía libidinal es precisamente la circulación de valor que tiene lugar en el interior del aparato psíquico, casi siempre con un desconocimiento que impide al sujeto percibir la satisfacción sexual en el sufrimiento del síntoma.
Eder David
(1866-1936) Psiquiatra y psicoanalista inglés
Organizador, con Ernest Jones, del movimiento psicoanalítico inglés, David Eder viajó a Viena en 1913 para analizarse con Sigmund Freud. Éste lo derivó a Viktor Tausk, pero él finalmente realizó su formación con Sandor Ferenczi y más tarde con Jones. Su cuñada, Barbara Low (1877-1955), también sería psicoanalista, y formuló el principio de nirvana.
Con Jones, que lo celaba de modo permanente, tuvo numerosas divergencias doctrinarias; durante algunos años se apartó de la Sociedad Psicoanalítica Londinense, para estudiar la obra de Carl Gustav Jung. Durante la guerra se ocupó de las víctimas de neurosis traumáticas y, en 1923, volvió a las filas de la British Psychoanalytical Society (BPS), creada por Jones en 1919.
Hombre de lucha y militante socialista, viajero infatigable, Eder fue uno de los miembros fundadores del London Labour Party, y militante de la Fabian Society. Desarolló la higiene mental en los establecimientos escolares, y luchó contra las leyes de segregación que afectaban a los enfermos mentales. Realizó numerosos viajes como médico por todo el mundo y, junto con su primo Israel Zangwill, creó la Jewish Territorial Organisation, cuyo fin era la búsqueda de territorios para crear colonias judías fuera de Palestina. En 1939, Freud redactó un prefacio para una obra colectiva (publicada en 1945), en el cual rindió homenaje a ese pionero original: "Eder se contaba entre los hombres que se distinguen como una rara mezcla de amor absoluto a la verdad y un coraje intrépido, junto con tolerancia y una gran capacidad de amor Cuando lo conocí, me sentí orgulloso de contarlo entre mis discípulos."
Edipo
(complejo de)
(fr. complexe d'Oedípe; ingl. Oedipus complex; al. Ödipuskomplex). 1) Conjunto de los investimientos amorosos y hostiles que el niño hace sobre los padres durante la fase fálica. 2) Proceso que debe conducir a la desaparición de estos investimientos y a su remplazo por identificaciones.
S. Freud registró muy rápidamente las manifestaciones del complejo de Edipo y midió su importancia en la vida del niño así como en el inconciente del adulto. «He encontrado en mí, como en todas partes -escribe a W. Fliess-, sentimientos de amor hacia mi madre y de celos hacia mi padre, sentimientos que, pienso, son comunes a todos los niños pequeños». Luego escribirá: «Esto es tan fácil de establecer que ha sido verdaderamente necesario un gran esfuerzo para no reconocerlo. Todo individuo ha conocido esta fase pero la ha reprimido» (Las resistencias contra el psicoanálisis, 1925).
Complejo de Edipo del varón. Freud apoya su descripción en el caso del varón, considerado más simple y con menos zonas de sombra que el de la niña. Le parece difícil establecer con certeza la «prehistoria» del complejo de Edipo, pero plantea que incluye, por una parte, una identificación primaria con el padre tomado como ideal, identificación desde el comienzo ambivalente, y, por otra parte, un investimiento libidinal primero que interesa a la persona que cuida al niño: la madre. Estas dos relaciones, inicialmente independientes, confluyen en la realización del complejo de Edipo.
La descripción que da en el Esquema del psicoanálisis (1940) permite apreciar cómo se liga el complejo de Edipo a la fase fálica de la sexualidad infantil. «Cuando el varón (hacia los dos o tres años) entra en la fase fálica de su evolución libidinal, cuando experimenta las sensaciones voluptuosas producidas por su órgano sexual, cuando aprende a procurárselas él mismo a su voluntad por excitación manual, se enamora entonces de su madre y desea poseerla físicamente de la manera en que sus observaciones de orden sexual y sus intuiciones le han permitido adivinar. Busca seducirla exhibiendo su pene cuya posesión lo llena de orgullo, en una palabra, su virilidad tempranamente despierta lo incita a querer remplazar junto a ella a su padre que hasta entonces había sido un modelo por su evidente fuerza física y por la autoridad de la que estaba investido; ahora, el niño considera a su padre como su rival».
Por simplificación se reduce el complejo de Edipo del varón a la actitud ambivalente hacia el padre y a la tendencia solamente tierna hacia la madre: sólo se trata de la parte positiva del complejo. Una investigación más acabada lo descubre casi siempre en su forma completa, positiva y negativa, adoptando el varón simultáneamente la posición femenina tierna hacia el padre y la posición correspondiente de hostilidad celosa respecto de la madre. Esta doble polaridad se debe a la bisexualidad originaria de todo ser humano (El yo y el ello, 1923).
Producto de la fase fálica, el complejo de Edipo es «destruido» por el complejo de castración. En efecto, una vez que el varón ha admitido la posibilidad de la castración, ninguna de las dos posiciones edípicas es ya sostenible: ni la posición masculina, que implica la castración como castigo del incesto, ni la posición femenina, que la implica como premisa (El sepultamiento del complejo de Edipo, 1924). El varón debe por lo tanto abandonar el investimiento objetal de la madre, que será trasformado en una identificación. La mayoría de las veces se trata de un refuerzo de la identificación primaria con el padre (es la evolución más normal puesto que acentúa la virilidad del varón), pero también puede ser una identificación con la madre, o aun la coexistencia de estas dos identificaciones.
Estas identificaciones secundarias, y más especialmente la paterna, constituyen el núcleo del superyó. Tras reconocer al padre como obstáculo a la realización de los deseos edípicos, el niño «introyecta su autoridad», «torna del padre la fuerza necesaria» para erigir en sí mismo ese obstáculo. Lo que debe desembocar no en una simple represión (pues entonces habrá siempre un retorno de lo reprimido) sino, «si las cosas se cumplen de una manera ideal, en una destrucción y una supresión del complejo». Freud agrega sin embargo que la frontera entre lo normal y lo patológico nunca es totalmente definida (El sepultamiento del complejo de Edipo).
Además, Freud observa en otros textos que la elección de objeto edípica reaparece en la pubertad y que la adolescencia se encuentra ante la muy pesada tarea de rechazar sus fantasmas incestuosos y cumplir con «una de las realizaciones mas importantes pero también más dolorosas del período puberal: la emancipación de la autoridad parental» (Tres ensayos de teoría sexual, 1905).
El complejo de Edipo es por lo tanto un proceso que debe desembocar en la posición sexual y la actitud social adultas. No superado, continúa ejerciendo desde el inconciente una acción importante y durable y constituyendo con sus derivados el «complejo central de cada neurosis».
Complejo de Edipo de la niña. Después de haber situado por mucho tiempo el complejo de Edipo de la niña como un simple análogo del complejo del varón, Freud indicó que su prehistoria era diferente. La niña, como el varón, tiene en efecto como primer objeto de amor a la madre y, para poder orientar su deseo hacia el padre, hace falta primero que se desprenda de esta. El proceso que lleva al complejo de Edipo es por lo tanto necesariamente en ella más largo y más complicado (Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos, 1925). Este proceso comienza cuando la niña comprueba su inferioridad respecto del varón y se considera castrada. Puede entonces desviarse de la sexualidad, o no desistir de su masculinidad o, por último, elegir una tercera vía «muy sinuosa que desemboca en la actitud femenina normal final que elige al padre como objeto» (Sobre la sexualidad femenina, 193 l). La asimetría entre el complejo de Edipo del varón y de la niña se basa entonces en sus relaciones respectivas con el complejo de castración. Este pone fin al complejo de Edipo en el varón mientras que, por el contrario, le abre la vía en la niña.
Las principales etapas de este camino muy sinuoso son las siguientes: bajo la influencia de la envidia del pene, la niña se desprende de la madre, a la que le reprocha haberla traído al mundo tan mal provista; después, la envidia del pene encuentra, por una ecuación simbólica, un sustituto en el deseo de tener un hijo, y la niña toma con ese fin al padre como objeto de amor. A partir de ese momento se identifica con la madre, se pone en su lugar y, queriéndola remplazar junto al padre, se pone a odiarla (al rencor ligado a la envidia del pene se agregan entonces los celos edípicos).
En cuanto al motivo de la desaparición del complejo de Edipo en la niña, Freud considera que no está claro y agrega que los efectos del complejo continúan por otra parte haciéndose sentir con frecuencia en la vida mental normal de la mujer, cuyo «superyó no será nunca tan inexorable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como lo exigimos del hombre». Un juicio que sin embargo atempera destacando que estos son los resultados de «construcciones teóricas sobre la masculinidad pura y la femineidad pura» y que deben ser relativizados habida cuenta de la constitución bisexual de cada individuo.
Significación del Edipo. La significación del Edipo no debe ser reducida al conflicto edípico imaginario, a lo que J. Lacan llama «la fantochada de la rivalidad sexual». El pasaje por el Edipo desemboca en la posición heterosexual y en la formación del superyó, en el que Freud ve la fuente de la moral y la religión.
La representación triangular propuesta frecuentemente no da cuenta de la función del Edipo porque no muestra que se trata de un proceso y porque a fortiori no indica nada sobre su desenlace. Esto obedece a que atribuye al padre y a la madre posiciones simétricas que no son las de ellos. Freud, en efecto, habla de «Un solo punto concreto»: la actitud hacia el padre, que determina la evolución del complejo tanto en el varón como en la niña.
Por eso Lacan no utiliza esta representación triangular sino que se refiere a la «metáfora paterna» [véase en metáfora]. Llama «Nombre-del-Padre» a la función simbólica paterna, o sea, la que constituye el principio eficaz del Edipo, y muestra que el «Deseo de la Madre» es desplazado hacia abajo, soterrado por el Nombre-del-Padre, desembocando la operación en un significado que es el falo, y esto para los dos sexos (Escritos). Justamente, esta manera de escribir el Edipo pone en evidencia que su función es promover la castración simbólica.
Lacan indica que, si el Nombre-del-Padre asegura esta función en nuestra civilización, esto se desprende de la influencia del monoteísmo y no tiene nada de obligatorio ni de universal. El mito edípico es activo en el inconciente del individuo occidental, macho o hembra, pero en otras civilizaciones, las africanas, por ejemplo, el Edipo puede no ser más que «un detalle en un mito inmenso»; en tal caso, serán otras estructuras las habilitadas para promover la castración.
La cuestión que se plantea es la de las consecuencias de la normalización edípica. Freud comprueba que está en el origen de un «fervor nostálgico» respecto del Padre (El yo y el ello). Lacan lo retoma diciendo que el mito edípico «no termina con la teología» (Escritos) sino que va más allá: afirma que el mito edípico atribuye al Padre la exigencia de la castración (con la consecuencia importante de que esta adquiere la significación de un don demandado por el Otro) mientras que no es más que una consecuencia de la sumisión del ser humano al significante.
Edipo
(complejo de)
Freud descubre primero el complejo de Edipo en su forma positiva, la que pone en escena la tragedia Edipo rey: deseo sexual por la madre y deseo homicida respecto del padre rival. Después saca a luz su forma negativa («Edipo invertido» o «Edipo femenino» del varón): deseo erótico por el padre y odio celoso a la madre. Finalmente, en su forma completa, el complejo de Edipo designa el conjunto de relaciones que el niño anuda con las figuras parentales, y que constituyen una red en gran medida inconsciente de representaciones y afectos tejida entre los polos que son la forma positiva y la forma negativa.
Desde el principio (1887-1900) Freud afirma la universalidad de los deseos edípicos a través de la diversidad de las culturas y los tiempos históricos: «A todo ser humano se le impone la tarea de dominar el complejo de Edipo». No obstante, tendrán que pasar muchos años para que convierta claramente el Edipo en un concepto fundamental del psicoanálisis (1920-1925): no sólo «el complejo nuclear de las neurosis», sino también el momento decisivo en que culmina la sexualidad infantil y se decide el futuro de la sexualidad y la personalidad adultas. El Edipo pasa a ser entonces la estructura que organiza el devenir humano en torno a la diferencia de los sexos y de las generaciones.
De hecho, el complejo de Edipo adquiere toda su dimensión de concepto fundador cuando Freud lo articula con el complejo de castración: éste provoca la interiorización de la prohibición de los dos deseos edípicos (incesto materno y asesinato del padre) y abre el acceso a la cultura a través de la sumisión al padre y la identificación con él, que es el portador de la ley que regula el juego del deseo.
Se observa que Freud elabora su teoría de la sexualidad y del devenir humanos en torno al modelo masculino. En estas condiciones, ¿cómo resuelve la cuestión de la sexualidad femenina y del devenir humano en femenino? Al principio, plantea simplemente una equivalencia en simetría inversa. La formulación universal del complejo de Edipo es entonces la siguiente: deseo sexual por el progenitor del otro sexo y deseo homicida respecto del progenitor del mismo sexo (forma positiva); deseo erótico por el progenitor del mismo sexo y odio celoso al progenitor del otro sexo (forma negativa). Esta definición amplia conserva aun hoy su utilidad descriptiva, pero para Freud pierde su valor heurístico cuando, en la década del '20, la teoría de la castración lo lleva a romper toda simetría entre el Edipo del varón y el Edipo de la niña.
En adelante, el conflicto edípico es situado definitivamente entre los tres y los cinco años, en el momento de la fase fálica, en la que ambos sexos reconocen un solo órgano sexual, el pene, que determina la división de los seres humanos en fálicos y castrados(as). Se instaura entonces una asimetría radical entre el desarrollo psicosexual del varón y el de la niña: el niño sale del complejo de Edipo por la angustia de la castración y en su caso el superyó es «el heredero» de este complejo (interiorización de la prohibición paterna); la niña entra en el Edipo por el descubrimiento de su castración y la envidia del pene; en ella el superyó se constituye con dificultad, puesto que debe hacer del padre el objeto de su deseo, y convertirse en mujer exige un recorrido oscuro y complicado. Freud termina por declarar, en 1931: «Sólo en el varón se establece esta relación, que marca su destino, entre el amor por uno de los progenitores y, al mismo tiempo, el odio al otro en tanto que rival».
Esta posición es reforzada por los estudios antropológicos de Freud, a partir de Tótem y tabú (1912), que se ordenan en torno a la supremacía del padre y la preponderancia acordada a su asesinato en la temática edípica (complejo paterno). En esta perspectiva, el complejo de Edipo aparece como el principio mismo de la civilización o, como se dice hoy, de la cultura.
El Edipo es la referencia principal de la clínica y la teoría psicoanalíticas: «El psicoanálisis nos ha enseñado a apreciar cada vez más la importancia fundamental del complejo de Edipo, y podemos decir que lo que separa a adversarios y partidarios del psicoanálisis es la importancia que los últimos atribuyen a este hecho» (1920). Observemos, no obstante, que a esta cuestión Freud sólo le dedicó un artículo específico: «El sepultamiento del complejo de Edipo» (1924). En cambio, la literatura especializada sobreabunda, lo mismo que la que hace del Edipo la clave interpretativa de las sociedades, los mitos o las obras de arte. Muchos autores desarrollan las tesis freudianas; algunos divergen hasta la ruptura (Jung, Adler, Ferenczi), otros realizan modificaciones teóricas a partir de la clínica (Melanie Klein) o una reevaluación teórica de la doctrina (Lacan).
El descubrimiento del complejo de Edipo
Este descubrimiento está estrechamente ligado al del inconsciente, pero los niveles de elaboración teórica son muy diferentes. Así, La interpretación de los sueños (1900) plantea una concepción revolucionaria del psiquismo humano, organizado en tomo a la primera tópica (inconsciete/preconsciente/consciente), a la definición de los procesos inconscientes, y a la noción de conflicto psíquico (entre pulsiones eróticas y represión, representaciones inconscientes y censura, deseo y prohibición). En cambio, los deseos edípicos aparecen de entrada -y de manera dispersa- como contenido temático del conflicto psíquico: «La fantasía sexual se juega siempre en torno al tema de los padres». ¿Cómo llega Freud a hacer de este tema la forma primordial del deseo infantil, con el nombre de complejo de Edipo?
Starobinski ha sido el primero en reagrupar y analizar sistemáticamente las apariciones del tema en los textos freudianos (prefacio a Hamlet y Edipo, de Jones). En cuanto a Freud, todo parece jugarse alrededor de una crisis teórica y personal entre 1897 y 1900: se ve obligado a abandonar su tesis de la seducción paterna como situación traumática infantil real en el origen de los trastornos de sus pacientes histéricas, pues no puede creer que tantos padres o sustitutos paternos hayan sido tales seductores en la realidad; la muerte de su propio padre (1896) lo lleva a iniciar su autoanálisis; la relación transferencial que se instaura en su correspondencia con su amigo Fliess le permite atreverse a formular sus nuevas hipótesis teóricas. «Yo mismo vivo todo lo que he podido observar, como oyente, en mis pacientes», le escribe. Hay que recordar el coraje de Freud cuando declara: «He descubierto que mi libido se había despertado y orientado ad matrem» o, incluso, «He encontrado en mí, como por otra parte en todos lados, sentimientos de amor dirigidos hacia mi madre, y de celos hacia mi padre». Ya entonces generaliza: «Pienso que estos sentimientos son comunes a todos los niños pequeños, aunque su aparición no sea tan precoz como en la niñez de los pacientes histéricos». Pero ¿podría él sostener por sí solo esta concepción inaudita del niño «normal» como doblemente criminal?
La referencia a una obra maestra indiscutida de la tradición cultural, el Edipo rey (que además remite a un mito más antiguo), le permite a Freud atravesar este umbral. De la obra de Sófocles sólo retiene dos elementos: primero, el destino inexorable que lleva a Edipo a cometer, sin saberlo, los dos crímenes mayores de la humanidad, el asesinato del padre y el incesto con la madre, que engendra hijos malditos; segundo, el deseo de verdad que hace de él «el investigador-investigado» (Starobinski), que pasa de la ignorancia a la clarividencia, al precio de arrancarse los ojos como castigo por sus crímenes. Lo esencial es convertir a la figura de Edipo en un paradigma simbólico que garantice la universalidad de su descubrimiento.
Esta universalidad es confirmada por «el poder cautivador» de la tragedia a través de los siglos: «En germen, en imaginación, cada espectador fue alguna vez un Edipo, y se espanta ante la realización de su sueño transpuesto a la realidad, se estremece proporcionalmente a la represión que separa su deseo infantil de su situación actual». La obra le impone a cada uno el retorno de lo reprimido, así como el reconocimiento de un destino común, pues «el oráculo ha lanzado contra nosotros, antes de nuestro nacimiento, la misma maldición que contra Edipo».
No obstante, Freud asocia a Hamlet y Edipo rey. ¿Qué es lo que le impide al joven príncipe de Dinamarca realizar la noble tarea que le ha encomendado el fantasma de su padre, es decir, vengar su muerte castigando al criminal? Sólo Edipo, tragedia de la revelación, puede resolver el enigma de Hamlet, tragedia de la represión: una culpa inconsciente inhibe la acción del príncipe, que no puede matar a quien ha llevado a la práctica, en su lugar, los deseos reprimidos y siempre activos de su infancia. Así, Edipo tiene un estatuto interpretante, pero Hamlet garantiza a su vez el valor explicativo universal de Edipo. Edipo simboliza el inconsciente, mientras que Hamlet figura «la histeria» y, más ampliamente, al hombre moderno sometido al «progreso secular de la represión».
Freud, víctima de su «neurótica», se reconoce en Hamlet y se identifica con Shakespeare, que escribe su pieza un año después de la muerte del padre, así como él, Freud, había iniciado su autoanálisis un año después de la muerte del suyo. Pero va más lejos; se identifica con Edipo, el aventurero de la verdad que tendrá que enfrentar y asumir al otro desconocido que hay en él: «El criminal que persigo, soy yo». Finalmente, toma a Sófocles como modelo. Lo que éste orquestó en una tragedia, él lo orquestará como teoría. El camino será largo y difícil, y Edipo permanece como la gran figura mediadora que enraíza en el mito el descubrimiento freudiano.
La elaboración del concepto en Freud
En adelante, el trabajo de Freud es orientado por y hacia el enigma de la sexualidad. Sorprende entonces no encontrar ninguna mención de la problemática edípica en la obra principal de 1905, Tres ensayos de teoría sexual, pese a que esa problemática atraviesa el conjunto de la obra clínica, desde «Dora» hasta «Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre». La fórmula «complejo de Edipo» surge en este último texto (1910), pero queda en espera de conceptualización. Todo ocurre como si la teoría genética (estadios oral, anal y genital) no pudiera articularse fácilmente con el descubrimiento de los deseos edípicos. Y, de hecho, la teoría del Edipo, tal como la conocemos, se elabora a partir de la década del '20, cuando Freud reemplaza el estadio genital de los Tres ensayos por la noción de fase fálica, es decir, cuando lleva al primer plano el tema de la castración.
Ahora bien, en el ínterin, Tótem y Tabú (1912) construye un «mito científico», el de «la horda primitiva». Había una vez un padre omnipotente, que gozaba de todas las mujeres, que prohibía el acceso a ellas a todos los hijos; éstos lo mataron y lo comieron; sobre ellos se abatió una culpa terrible y el miedo a la represalia; con la comida canibalística incorporaron la potencia del padre y a la vez pusieron fin mediante un pacto a la violencia de la rivalidad entre los hombres por la posesión de las mujeres. El padre primitivo, idealizado en tanto padre muerto, se convierte en la garantía de ese pacto entre hermanos: en virtud de la renuncia al goce sin límite, cada uno adquiere derecho al ejercicio de la sexualidad, en el respeto a la regla común. Así nacerá la ley edípica, que organiza la filiación masculina en torno a la unión indisoluble de la ley y el deseo.
Esta fábula describe el pasaje de la naturaleza a la cultura, en el que la humanidad se separa de la animalidad.
Lo que funda la civilización es el asesinato del padre primitivo, gozador y castrador: éste deja su lugar al padre edípico, que también se pliega a la ley que enuncia. En la filogénesis que Freud construye a partir de sus lecturas antropológicas, el mito de la horda primitiva aparece en el origen del mito edípico: en efecto, él organiza, alrededor de la transmutación simbólica de la figura paterna, la ley de la prohibición del incesto, que enmarca el mito edípico. En esta ley lo primero no es el incesto, puesto que antes de la interdicción sólo hay sexualidad anárquica: la prohibición crea el incesto. En cambio, la ley es preexistente en el mito edípico, en el cual, según la versión psicoanalítica, el incesto es primero: el varón quiere matar al padre para realizar la unión con la madre, y sólo renuncia a sus deseos ante la amenaza paterna de castración. Así se convierte a su vez en hombre y padre.
No obstante, en 1912 esta fábula personal le parece a Freud difícil de conciliar con el complejo de Edipo, que sitúa al niño frente a sus dos progenitores. En efecto, la clínica revela el papel esencial de la relación con la madre en la primera infancia, mientras que, según Tótem y tabú, la primera relación es la que opone y une al padre y los hijos en torno a un objeto genital indiferenciado: en los tiempos arcaicos no hay madre, ni tampoco hija; sólo hay mujeres, objetos indistintos de las pulsiones sexuales de los hombres y botín de su guerra sin misericordia. La relectura que realiza Lacan del mito de la horda ayuda a comprender el retardo de la teorización del Edipo y la importancia de ese mito en su elaboración final: el complejo parental que es el Edipo se ordenará en adelante en relación con el complejo paterno. Entre los polos materno y paterno del triángulo edípico se instituye una asimetría profunda. Y el tema de la castración se convierte en el principio organizador, no sólo de la diferencia de las generaciones, sino también de la diferencia de los sexos.
La teoría del desarrollo psicosexual puede entonces esquematizarse como sigue: la libido «es de naturaleza masculina tanto en la mujer como en el hombre», y hasta la fase fálica la historia infantil es la misma o, más bien, «debemos admitir que la niña es un varoncito». Varón y niña tienen la misma relación libidinal con la madre, que se convierte para ambos en el objeto privilegiado de las pulsiones genitales. Ellos se perciben igualmente provistos de pene, al que invisten narcísísticamente como fuente de potencia sexual y placer. Cuando descubren la diferencia anatómica de los sexos, plantean y resuelven este enigma de manera idéntica: hay dos categorías de individuos, los fálicos y los castrados(as). A partir de allí, sus caminos divergen. El conflicto edípico, propio de este período, da entonces lugar a dos historias muy distintas.
El descubrimiento de la castración materna hace entrar al varón en «el ocaso del complejo de Edipo», pues confirma su angustia de castración: «si esto es así, también yo puedo perder realmente el pene». El varón abandona el Edipo positivo, por miedo al castigo paterno; luego abandona el Edipo negativo, en cuanto la posición femenina con respecto al padre supone también la realización de la castración. En ambos casos «la investidura narcisista colosal del pene» lo empuja a renunciar a las investiduras parentales del Edipo. El amor al padre se vuelve admiración, mientras que el objeto maternal es desvalorizado. A través de las identificaciones sucesivas con múltiples figuras paternas se elabora el superyó estructurado por la interiorización de la prohibición.
Finalmente, el beneficio narcisista sigue siendo considerable; renunciar a ser el padre permite ser algún día como el padre: un hombre que goza legítimamente de una mujer representa la ley y sublima sus pulsiones sacrificadas en creaciones sociales y culturales. Idealmente, se puede hablar de «desaparición», incluso de «destrucción» del complejo de Edipo, y el varón se encuentra confirmado en su sexo. Pero, en tanto hay simple represión, el Edipo funciona como «el complejo nuclear de la neurosis».
El itinerario femenino es totalmente distinto, pues está sometido a dos imperativos específicos: cambiar el sexo del objeto libidinal, abandonando la madre por el padre, y cambiar de órgano sexual, abandonando el clítoris por la vagina. La historia de la niña comienza con una catástrofe, el descubrimiento de su propia castración que decide su destino: la castración la hace entrar en el complejo de Edipo; en su caso, éste será más difícil, acaso imposible de resolver.
Según Freud, el conocimiento de la vagina sólo se produce en la pubertad. Antes, la única zona erógena es el clítoris, órgano masculino cuya comparación con el pene revela la inferioridad real. ¿Existe verdaderamente la «niñita»? En rigor, el varoncito del principio se entera de que es niña, lo que significa varón defectuoso o castrado; después de esa «humillación narcisista», no cesará de querer (volver a) ser fálica. La envidia del pene es entonces el motor esencial de la evolución edípica de la niña, y explica sus avatares específicos. La niña se aparta de la madre porque la odia debido a que no la proveyó del pene, y la desprecia por estar también ella castrada. Si se vuelve hacia el padre, lo hace para que le dé ese pene tan envidiado que finalmente la convertirá en semejante a él. Y, cuando termina por desear un hijo del padre, ese niño no es más que un equivalente del pene. Edipo negativo y Edipo positivo tienen muy poco que ver con lo que se juega en el varón: la imposibilidad de un verdadero deseo genital femenino proscribe todo paralelo entre los dos sexos.
En la mujer, el conflicto edípico tiende a eternizarse. Quizás incluso no se resuelva verdaderamente nunca. Pues, si su única esperanza de realización sexual y personal consiste en ser algún día la madre de un varón que finalmente sosiegue la terrible herida narcisista de su infancia, su destino está sellado: es convertirse en una Yocasta, es decir, en la madre horrorosa -incestuosa, seductora y castradora- que tan a menudo describe la literatura psicoanalítica, esa madre cuyo suicidio no es más que justo castigo del crimen y necesidad absoluta para la instauración de la ley.
Todo esto es tan oscuro que, a pesar «de las penosas investigaciones» realizadas, la comprensión de lo que es convertirse en mujer sigue siendo caótica y fragmentaria, en comparación con la coherencia teórica de la explicación sobre lo que es convertirse en hombre. Sólo cabe una verificación: el descubrimiento de la realidad de la castración causa estragos casi irreparables en el psiquismo femenino. En primer lugar, malogra la actividad psicosexual, la relación con la madre-y la representación narcisista de los tiempos anteriores: la prehistoria de la mujer se hunde en un olvido inexorable; con ella se pierde también toda posibilidad de elaborar una identificación materna positiva, capaz de sostener una identidad de sujeto deseante. Después, instituye una relación exclusiva con el padre, que pasa a ser a la vez temido, envidiado y deseado: la dependencia respecto del otro sexo es una característica de la feminidad. Finalmente, hace inoperante la ley prohibidora del Edipo, al suprimir la angustia de castración que lleva a evolucionar al varón; la formación del superyó es entonces aleatoria, débil y frágil, y la mujer manifiesta poco interés por los valores morales, sociales y culturales. Para ella, «la anatomía es el destino», un destino al que ninguna palabra mítica viene a dar un sentido verdadero. La única función normativa del Edipo femenino consiste en transformar la ley biológica (supuesta) de la pasividad sexual, en regla cultural según la cual la mujer debe hacerse el objeto del deseo del otro. En su conferencia sobre la feminidad (Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 1932), Freud no oculta que el precio que ella paga por la civilización es terrible: a diferencia del hombre, no obtiene en el marco de la cultura ninguna realización personal, aunque, como Freud tiende a recordarlo, «la mujer individual ha de ser además (del influjo de la función sexual) un ser humano».
Al construir el complejo de Edipo alrededor de la figura paterna y del concepto de castración, Freud constituye lo femenino como «continente negro»; la mujer es «enigma» y escollo del psicoanálisis. En vida de Freud muchos discípulos intentaron aportar elementos nuevos al debate, pero él rechazó todo lo que a su juicio amenazaba la doctrina que estaba edificando: la noción junguiana de «complejo de Electra», que impedía hacer del Edipo una norma única; la importancia atribuida al trauma del nacimiento y a la relación, incluso identificatoria, con la madre (Rank, Ferenczi), que ponía en peligro la supremacía del padre, y, sobre todo, la puesta en cuestión de la ignorancia de la vagina y del carácter primario del complejo de castración en la niña (Karen Horney, Melanie Klein), que podía malograr su concepción de la diferencia de los sexos.
En cambio, aceptó los descubrimientos clínicos de las psicoanalistas mujeres que ponían de manifiesto la persistencia en la mujer de la relación primaria con la madre, su importancia y su complejidad, aun si esto lo llevó por un momento a dudar de que el Edipo fuera «el complejo nuclear de las neurosis». Toleró entonces la noción de un pre-Edipo concentrado en la figura materna, en tanto se reconociera su subordinación al complejo de Edipo, que era el único que podía darle su verdadera significación. La cuestión del Edipo es entonces la piedra angular de la ortodoxia freudiana: toda teoría divergente conduce a la exclusión o a la marginalización.
EI «Edipo precoz» de Melanie Klein
Melanie Klein es la verdadera fundadora del psicoanálisis de niños, incluso de lactantes, y a partir de esa experiencia clínica nueva participó, desde 1921, en la teorización sobre la formación de la personalidad en su devenir psicosexual. No cuestiona la importancia del complejo de Edipo, ni su definición de base, pero discute la teoría freudiana en dos puntos: el corte entre los tiempos arcaicos de la madre y los tiempos edípicos del padre, y el conocimiento del pene como único órgano sexual, con la consiguiente ignorancia de la vagina, antes de la adolescencia. Para Klein, el complejo de Edipo actúa durante toda la primera infancia, antes de culminar y resolverse a partir del estado genital, entre los tres y los cinco años: de ahí la noción de "Edipo precoz" o de "estadios precoces del complejo de Edipo". Klein veía ya en el infans a un ser humano potencial y no un animal para ser civilizado: a partir de su descubrimiento, adapta el método de la escucha psicoanalítica, en lugar de aceptarlo como una normativa. Y asume como hipótesis fundamental de trabajo la oposición entre pulsión de vida y pulsión de muerte (Eros y Tánatos) propuesta por Freud en Más allá del principio de placer (1920), pues la considera operatoria: esa oposición, en la que se anudan coacción biológica y devenir humano, le permite leer la historia de nuestros comienzos.
Entre angustia y placer, frustración y satisfacción, agresividad y amor, se despliega el drama del infans que, gracias al emplazamiento de procesos defensivos (escisión, proyección, introyección, introyección proyectiva), constituye relaciones de objeto al mismo tiempo que el yo. La maduración biológica e, inseparablemente, la experiencia relacional, favorecen la integración progresiva de los primeros procesos en un sistema más elaborado. En cuanto a la pulsión libidinal, indiferenciada en los niveles oral y anal, contiene no obstante aspectos genitales diferenciados que poco a poco irán organizando el conjunto. No sólo hay en la niña sensaciones vaginales precoces, sino que los niños de ambos sexos adquieren muy pronto un conocimiento embrionario (una presciencia) de la existencia de dos sexos. Asistimos entonces a la elaboración de una teoría original de la evolución general del niño en la que el complejo de Edipo ocupa su lugar pero sufre una importante modificación.
Por una parte, se trata eminentemente de un complejo parental. Por la otra, es por el lado de la relación con el objeto que la experiencia real se combina con el conflicto pulsional interno para producir ¡magos parentales que organizan la fantasmática del sujeto. Klein advierte la aparición del complejo hacia los seis meses, cuando el infans pasa del objeto parcial (pecho y después pene) al objeto total (madre, padre), que moviliza a la vez los afectos del amor y el odio. La ambivalencia, característica de esta posición depresiva, apunta primero a figuras aún mal diferenciadas: el fantasma de los padres acoplados -que surge cuando el niño comienza a distinguir a las personas en su ambiente- representa la angustia de la criatura ante la relación que une a la pareja parental que él quiere al mismo tiempo destruir y conservar. Así, en la triangulación edípica, la relación con la relación entre los padres es tan importante como las relaciones que se anudan con cada uno de ellos.
De la ambivalencia nacen la culpa y el deseo de reparación: el superyó aparece tempranamente, al mismo tiempo que las primeras actividades de simbolización, fuentes de la creatividad cultural y no del ocaso del complejo. El complejo sigue un curso en el cual las relaciones con el objeto están entramadas con la dinámica pulsional: gracias a la victoria de Eros sobre Tánatos, la dialectización de las figuras parentales y el reconocimiento del vínculo que las une constituyen idealmente -más allá de la idealización o desvalorización de una u otra las identidades sexuadas en la diferencia de las generaciones.
El complejo de Edipo es igualmente llamado a organizar las pulsiones genitales precoces de los dos sexos; la triangulación edípica, según Klein, se juega en tomo a cuatro figuras -madre, padre, niño, niña- y los trabajos de esta autora a menudo relacionan estrechamente los desarrollos masculine y femenino. Las primeras introyecciones del objeto materno suscitan de entrada el Edipo negativo en el varón y el Edipo positivo en la niña, pero es de hecho la oscilación entre estas dos formas del complejo lo que estructura al yo. En cuanto a la noción freudiana de «fase fálica», Klein prefiere otra, anterior, la de «estadio genital», pues la creencia en que existe un sexo único a sus ojos es sólo una «teoría infantil» (Freud) provisoria, que corresponde a una posición defensiva ante las angustias más primitivas.
La envidia forma parte del psiquismo infantil, y sólo puede contrarrestarla la gratitud. El miedo a la castración, esencial en el varón, le permite superar la envidia que subtiende sus primeras identificaciones con la madre, así como regular su envidia arcaica del pene paterno. La envidia del pene protege a la niña de su miedo fundamental -el de que la madre destruya en represalia el interior de su cuerpo-, gracias a la identificación con el padre, pero, para llevar el periplo edípico a su término, en su asimetría, se necesita el reconocimiento del deseo reciproco que une a los progenitores, que, al mismo tiempo, deben ser experimentados por el niño como suficientemente amantes: esta relación parental tiene función de interdicto que confirma a cada uno y cada una en su autonomía de sujeto deseante.
Para Klein, la terra incognita («el continente negro») no es la mujer, ni siquiera la madre, sino el infans desvalido que todos hemos sido y que sigue viviendo en nuestro inconsciente. Su historia está llena de ruido y furia, y en ella encuentran lugar por igual el infanticidio paterno y el matricidio. Es también la historia del triunfo de Eros sobre Tánatos, lo que a menudo se olvida: el complejo de Edipo, en su evolución favorable, refuerza las pulsiones libidinales, que poco a poco se vuelven capaces de integrar las pulsiones destructoras. De este modo decide el futuro del sujeto.
En la gran disputa de la década del '30, Jones defendió los aportes de Klein; Freud respondió que el dominio en que ella trabajaba le era desconocido, y que por lo tanto no podía juzgar la validez de sus descubrimientos, pero que no podía aceptar las conclusiones de Klein contrarias a su Propia teoría: la reafirmación de la doctrina prevalece entonces sobre el debate científico.
La redefinición del Edipo por Lacan
Desde 1938, Lacan subraya la degradación del papel del padre y su imagen en la familia y en la sociedad; después de la guerra, reevaluar su función se convierte para él en una «ardiente obligación»; realiza su «retorno a Freud» desde esta perspectiva. Era preciso volver a fundar sobre el complejo paterno un psicoanálisis bastardeado, a sus ojos, por la invasión de lo materno y, más en general, de lo pulsional. Pero también era preciso desprender de sus escorias míticas al «mito freudiano del Edipo» y al otro mito, esencial, de la horda primitiva: para ello se basa en la teoría antropológica de Lévi-Strauss. Por lo tanto, se puede hablar de una verdadera redefinición del Edipo.
«La ley primordial es la que al regular la alianza superpone el reino de la cultura al reino de la naturaleza librado a la ley del acoplamiento»; esta alianza es «idéntica a un orden de lenguaje», y «la prohibición del incesto no es más que su pivote subjetivo»: la preeminencia y anterioridad del «orden simbólico» es la enseñanza que Lacan retiene de Lévi-Strauss en su célebre intervención de 1953, «Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis». Además: «Él supo fundar la autonomía de un orden significante sobre una teoría generalizada del intercambio en la que mujeres, bienes y palabras aparecen hornogéneos». Lacan radicaliza así el corte y la jerarquización, ya presentes en Freud, entre naturaleza y cultura.
Pero también interpreta a Lévi-Strauss a la luz de la teoría freudiana. Mientras que para Lévi-Strauss el intercambio de las mujeres es un «estado de hecho» y no una «imposibilidad lógica», Lacan ve en esta estructura masculinista el efecto de la lógica fálica que rige la institución de lo humano. En uno, las mujeres son a la vez «signos» y «productores de signos»; en el otro, ellas «tienen la palabra» pero no «el lenguaje» como «organización lógica que regula en la base las relaciones de los individuos con su cultura», y también las relaciones con lo pulsional, mediante la ley de la «castración simbólica» constitutiva del inconsciente: la cultura es necesariamente «hom(m)osexual».* Pero, sobre todo, allí donde Lévi-Strauss basa la regla de la alianza en la cupla hermano-hermana, Lacan la funda en el par hijo/madre: la cultura tiene esencia «paternalista», pues «el nombre del padre» es «el soporte de la función simbólica que, desde la linde de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura de la ley».
En el origen, por lo tanto, el Padre, el Falo y el Verbo: en torno a esta trilogía Lacan construye el Edipo como una invariante ineluctable inscrita en el inconsciente. Este último está «estructurado como un lenguaje», pero no como la lengua, pues la cadena simbólica es en este caso regida por un «significante-amo», el Falo, a la vez signo y objeto del deseo. No hay significante del sexo femenino: el Falo es entonces «la unidad-sexo» que ordena, en tomo a la castración simbólica, la diferencia entre los sexos y las generaciones.
Es él quien sostiene la función paterna, pues «el Edipo es consustancial con el inconsciente» en tanto que lugar del Pacto, del Otro como Padre muerto convertido en metáfora o Nombre y de su Palabra interdictora y salvadora. Tal es la determinación simbólica del sujeto, que trasciende toda determinación bioanatómica: esta reinterpretación de Freud hace que la ley sea más radicalmente prescriptiva. Pero ¿de qué nos salva? Del goce y el horror de los tiempos primitivos de la especie y del individuo. De lo real, dice Lacan.
En efecto, lo simbólico es sólo un elemento de una nueva tópica estrictamente lacaniana: la de lo simbólico, lo imaginario y lo real. La articulación entre imaginario y simbólico es fácil, pues el estadio del espejo constituye una primera «matriz simbólica» del sujeto, que el complejo de Edipo permite remontar. No se puede decir lo mismo de las relaciones entre simbólico y real. Lo real -que no hay que confundir con lo vivido o la realidad- está radicalmente fuera de lo simbólico, y es por lo tanto inexplorable e inanalizable. Se lo puede encerrar en una figura: la figura generadora, la del «instinto materno», a la que el padre tiene que prohibirle «reintegrar su producto» para humanizarla en madre capaz de transmitir su palabra; lo femenino que hay que humanizar en mujer tomada en los «parámetros fálicos»; el sexo femenino, esos «órganos de carne», «ese algo ante lo cual las palabras se detienen». Según la ley de lo simbólico, uno no se constituye como hombre o mujer más que por la represión y al mismo tiempo por el repudio de lo femenino-materno concebido como la marca de la animalidad en nosotros: pues lo real es «imposible de mediatizar».
Pero resiste a lo simbólico y lo amenaza. Desde luego, lo hace desde el lado de la madre tentadora, la que puede castrar al hijo privándolo del acceso a la castración simbólica. No obstante, surge donde no se lo espera, del lado del padre: detrás del resplandor del Padre simbólico se precipita, como su sombra, «la figura obscena y feroz del padre primordial impotente para redimirse en la ceguera eterna del Edipo». Peor aún, la ley que debe conducir a la vida se hace seducción que lleva a la muerte: induce al «pecado», persigue al paranoico, fabrica al perverso, «instrumento de un Dios» que le ordena: «¡Goza!». Hay que matar a ese padre, pero ello significa volver a caer en el goce: «la muerte del padre es la clave del goce supremo, identificado después con la madre como mira del incesto». Este cara a cara sin otro deja al hijo sin recurso ante el reino de la pulsión de muerte.
De modo que el reparto de lo sensible y lo inteligible entre los dos polos disociados del complejo parental no basta para asegurar la superación del complejo de Edipo, ni siquiera en el hombre. El Nombre-del-Padre no llega a ser «el asesinato de la Cosa»: matricidio legitimado y parricidio simbolizado nos dejan víctimas de «la Cosa» que hay en nosotros, el infans incomprensible que nos asedia. Lacan radicaliza la lógica falo-patrocéntrica, y de tal modo muestra sus límites e incluso sus impasses.
Edipo
(complejo de)
Alemán: Ödipuskomplex.
Francés: Complexe d'Edipe.
Inglés: Oedipus complex.
Correlativo del complejo de castración, y de la existencia de la diferencia de los sexos y las generaciones, el complejo de Edipo es una noción tan central en el psicoanálisis como la universalidad de la prohibición del incesto, a la cual está ligado. Su formulación se debe a Sigmund. Freud, quien con el vocablo Ödispuskomplex designaba un complejo vinculado al personaje de Edipo creado por Sófocles.
El complejo de Edipo es la representación inconsciente a través de la cual se expresa el deseo sexual o amoroso del niño por el progenitor del sexo opuesto, y su hostilidad al progenitor del mismo sexo. Esta representación puede invertirse y expresar amor al progenitor del mismo sexo, y odio al progenitor del sexo opuesto. Se llama Edipo a la primera representación, Edipo invertido a la segunda, y Edipo completo a la combinación de ambas. El complejo de Edipo aparece entre los tres y los cinco años. Su declinación indica la entrada en un período llamado de latencia, y su resolución después de la pubertad se concreta en un nuevo tipo de elección de objeto.
En la historia del psicoanálisis, la palabra "Edipo" ha terminado por reemplazar a la expresión "coniplejo de Edipo". En este sentido, el Edipo designa a la vez el complejo definido por Freud y el mito fundador sobre el cual reposa la doctrina psicoanalítica, en tanto elucidación de las relaciones del hombre con sus orígenes y con su genealogía familiar e histórica.
Más que ningún otro en Occidente, el mito de Edipo se identificó en primer lugar con la tragedia de Sófocles, que transformó la vida del rey de Tebas en un paradigma del destino humano (el fatum), y después con el complejo formulado por Freud, que relaciona el destino con una determinación psíquica proveniente del inconsciente.
En la mitología griega, Edipo es el hijo de Layo y Yocasta. Para evitar que se realizara el oráculo de Apolo, que le había predicho que sería asesinado por su hijo, Layo entregó su vástago recién nacido a un servidor, ordenándole que lo abandonara en el monte Citerón, después de haberle hecho perforar los tobillos con un clavo. En lugar de obedecerlo, el servidor confió el niño a un pastor, que a su vez se lo dio a Pólibo, rey de Corinto, y a su esposa Mérope, quienes no tenían descendencia. Ellos lo llamaron Edipo (Oidipous: pie hinchado) y lo educaron como hijo suyo.
Edipo creció, y le llegaron rumores de que no era el hijo de quienes creía sus padres. Fue entonces a Delfos a consultar el oráculo, el cual le profetizó de inmediato que mataría al padre y desposaría a la madre. Para huir de la predicción, Edipo emprendió un viaje. En la ruta a Tebas, se cruzó por azar con Layo, a quien no conocía. Los dos hombres tuvieron una pelea, y Edipo lo mató. En esa época Tebas vivía aterrorizada por la Esfinge, monstruo femenino alado y con garras, que daba muerte a quienes no resolvían el enigma que ella planteaba sobre la esencia del hombre: "¿Cuál es el ser que anda con cuatro patas, más tarde con dos y después con tres?” Edipo dio la respuesta correcta, y la Esfinge se mató. En recompensa, Creonte, regente de Tebas, le dio por esposa a su hermana Yocasta, de la que Edipo tuvo dos hijos (Eteocles y Polinices) y dos hijas (Antígona e Ismene).
Pasaron los años. Un día se abatieron sobre Tebas la peste y el hambre. El oráculo declaró que los flagelos desaparecerían cuando el asesino de Layo fuera expulsado de la ciudad. Edipo consultó a todos. Tiresias, el adivino ciego, conocía la verdad, pero se negó a hablar. Finalmente, Edipo fue informado de su destino por un mensajero de Corinto, quien le anunció la muerte de Pólibo y le contó que él mismo había recogido en otro tiempo a un niño de las manos de un pastor para dárselo al rey. Al conocer la verdad, Yocasta se ahorcó. Edipo se perforó los ojos y se exilió en Colono con Antígona; Creonte retomó el poder. En Edipo rey, Sófocles sólo adapta una parte del mito (la relativa a los orígenes de Tebas) y la vierte en el molde de la tragedia.
Aunque Sigmund Freud no haya dedicado ningún artículo al complejo de Edipo, Edipo rey(y el complejo relacionado con el mito) está presente en toda su obra desde 1897 hasta 1938. La figura de Edipo, por otra parte, aparece en su pluma casi siempre asociada con la de Hamlet. También se la encuentra en el trabajo de Otto Rank sobre el nacimiento del héroe (novela familiar).
En 1967, en el prefacio a un libro de Ernest Jones, Hamlet y Edipo, Jean Starobinski sostuvo que, si Edipo re - y era para Freud la tragedia del develamiento, Hamlet era el drama de la represión: "Héroe antiguo, Edipo simboliza lo universal del inconsciente disfrazado de destino; héroe moderno, Hamlet remite al nacimiento de una subjetividad culpable, contemporáneo de una época en la que se deshacía la imagen tradicional del Cosmos”.
Freud tenía plena conciencia de esta diferencia, y en 1927 completó el tríptico: a la tragedia antigua y el drama shakespeareano añadió un tercer tablero: Los hermanos Karamazov. Según él, la novela de Fedor Dostoievski (1821-1881) es la más "freudiana" de las tres obras. En lugar de presentar un inconsciente disfrazado de destino (Edipo), o una inhibición culpable, pone en escena, sin ninguna máscara, la pulsión asesina en sí, es decir, el carácter universal del deseo parricida: en efecto, cada uno de los tres hermanos está habitado por el deseo de matar realmente al padre.
En una carta a Wilhelm Fliess del 15 de octubre de 1897, Freud interpretó por primera vez la tragedia de Sófocles, haciendo de ella el punto nodal de un deseo infantil incestuoso: "Yo he encontrado en mí y en todas partes sentimientos de amor a mi madre y celos respecto de mi padre, sentimientos que, pienso, son comunes a todos los niños pequeños, aunque su aparición no es tan precoz como en quienes se convierten en histéricos (de manera análoga a la «novelización» del origen en los paranoicos -héroes fundadores de religiones-). Si esto es así, se comprende, a pesar de todas las objeciones racionales que se oponen a la hipótesis de una fatalidad inexorable, el efecto cautivante de Edipo rey [ ... ]. La leyenda griega ha captado una compulsión que todos reconocen porque todos la han experimentado. Cada espectador fue alguna vez, en germen, imaginariamente, un Edipo, y lo horroriza la realización de su sueño transpuesto a la realidad." En el Esquema del psicoanálisis, su última obra, Freud reivindica la importancia de la leyenda descubierta por él cuarenta años antes: "Creo que tengo derecho a pensar que si el psicoanálisis sólo tuviera en su activo más que el descubrimiento del complejo de Edipo reprimido, esto bastaría para ubicarlo entre las nuevas adquisiciones preciosas del género humano".
De modo que el mito de Edipo apareció en la pluma de Freud en el momento mismo del nacimiento del psicoanálisis (consecutivo al abandono de la teoría de la seducción), para servir después como trama de todos los textos freudianos y de todos los debates de la antropología moderna en torno a Tótem y tabú y la sexualidad femenina, desde Bronislaw Malinowski hasta Geza Roheim, pasando por Karen Horney y Helene Deutsch. En vísperas de su muerte, el propio Freud seguía atribuyéndole un lugar soberano, al punto de que el psicoanálisis sería calificado más tarde de "edípico", tanto por sus partidarios como por sus adversarios.
En psicoanálisis, la cuestión del Edipo puede abordarse de dos maneras diferentes, según se adopte el punto de vista del complejo (y por lo tanto de la clínica) o el punto de vista de la interpretación del mito. La definición del complejo nuclear y de sus revisiones sucesivas por el kleinismo, la Self Psychology y el lacanismo es relativamente simple, mientras que la discusión interpretativa se caracteriza por una gran complejidad. En efecto, sobre el mito, la tragedia y la actualización de ambos por Freud se han escrito centenares de obras.
Según la tesis canónica, el complejo de Edipo está ligado a la fase (estadio) fálica de la sexualidad infantil. Aparece cuando el varón (hacia los dos o tres años) comienza a experimentar sensaciones voluptuosas. Enamorado de la madre, quiere poseerla, erigiéndose en rival del padre antes admirado. Pero también adopta la posición inversa: ternura con el padre y hostilidad a la madre. De modo que, al mismo tiempo que el Edipo, hay un "Edipo invertido". Y estas dos posiciones (positiva y negativa) respecto de cada progenitor son complementarias, y constituyen el Edipo completo que Freud describió en El yo y el ello.
El complejo de Edipo desaparece con el complejo de castración: el varón reconoce entonces en la figura paterna el obstáculo a la realización de sus deseos. Abandona la investidura de la madre, y evoluciona hacia una identificación con el padre que a continuación le permite otra elección de objeto y nuevas identificaciones: se desprende de la madre (desaparición el complejo de Edipo) para elegir un objeto del mismo sexo que ella.
A la formulación del Edipo, Freud añade la tesis de la libido única, de esencia masculina, lo que crea una asimetría entre las organizaciones edípicas femenina y masculina. Si el varón sale del Edipo por angustia de castración, la niña entra en él por el descubrimiento de la castración y la envidia del pene. En la niña, el complejo se manifiesta en el deseo de tener un hijo del padre. Contrariamente al varón, ella se desprende de un objeto del mismo sexo (la madre) por otro de sexo diferente (el padre). No hay entonces un paralelismo exacto entre Edipo masculino y su homólogo femenino. No obstante, subsiste una cierta simetría, puesto que para los dos sexos el apego a la madre es el elemento común y primero.
A partir de la reformulación por Karl Abraham (en 1924) de la teoría de los estadios, Melanie Klein revisó totalmente la doctrina edípica de la escuela vienesa, para poner en el foco las relaciones llamadas preedípicas, es decir, anteriores al ingreso en el complejo. En la perspectiva kleiniana, no existe una libido única, sino un dualismo sexual, y la famosa relación triangular característica del Edipo freudiano es abandonada en beneficio de una estructura anterior y mucho más determinante: la del vínculo que une a la madre y el hijo. En otros términos, Klein cuestiona en Freud la idea de un corte entre un antes no edípico (la madre) y un después edípico (el padre). Ella reemplaza la organización estructural por una continuidad siempre activa: el mundo angustioso de la simbiosis, de las imágenes introyectadas y de las relaciones de objeto. En síntesis, un mundo arcaico y sin límites, en el que la ley (paterna) no interviene.
Así como el kleinismo desplaza la cuestión del Edipo retrocediendo hacia estados anteriores, los clínicos de la Self Psychology abandonan en parte la problemática edípica para prestar atención al narcisismo y los problemas que engendra. Desde mediados de la década de 1960, numerosos comentadores señalaron que, entre los freudianos norteamericanos, el mito de Narciso estaba reemplazando a la antigua mitología edípica. Esta evolución se confirmó con los trabajos de Heinz Kohut.
En 1953, Jaeques Lacan volvió a centrar la cuestión edípica en la triangulación, sin dejar de tener en cuenta los aportes de la escuela kleiniana. En el marco de su teoría del significante y de su tópica (imaginario, real, simbólico), definió el complejo de Edipo como una función simbólica: el padre interviene con la forma de la ley para privar al niño de la fusión con la madre. En este enfoque, el mito edípico atribuye al padre la exigencia de la castración: "La ley primordial -escribió Lacan en 1953- es por lo tanto la que, regulando la alianza, superpone el reino de la cultura al reino de la naturaleza entregado a la ley del acoplamiento. De modo que esta ley se hace conocer suficientemente como idéntica a un orden de lenguaje."
Por otra parte, la interpretación freudiana de la tragedia de Sófocles ha suscitado numerosas discusiones entre todos los especialistas en mitología griega, sobre todo en Francia. En un artículo de 1967 titulado “Edipe sans complexe", Jean-Pierre Vernant, en oportunidad de una controversia con Didier Anzieu, se rebeló contra las interpretaciones salvajes y psicologizantes que él descubría en esa época en los textos psicoanalíticos dedicados a Edipo. Tales interpretaciones tendían en efecto a transformar al personaje de Sófocles en un neurótico moderno, habitado por un complejo freudiano. Si bien Freud se había basado en Sófocles para elaborar su formulación del complejo, los psicoanalistas -subrayó Vernant- habían terminado por proyectar sus propios fantasmas edípicos sobre el mito y la tragedia.
Contra esta psicologización, Vernant propuso una nueva interpretación de Edipo, más conforme a las representaciones de la mitología griega: "Su destino excepcional -escribió en 1980-, la hazaña que le dio la victoria sobre la Esfinge, lo ubicaron por encima de los otros ciudadanos, más allá de la condición humana: semejante e igual a un dios. Pero también, a través del parricidio y el incesto, que consagraron su acceso al poder, lo expulsaron de la vida civilizada, excluido de la comunidad de los hombres, reducido a nada, igual a la nada. Los dos crímenes que cometió sin saberlo ni quererlo lo convirtieron a él mismo en el adulto firme en sus dos pies, y en semejante al padre, que se ayudaba con un bastón, un anciano de tres pies, cuyo lugar tomó junto a Yocasta; semejante al mismo tiempo a sus pequeños hijos, que todavía se desplazaban en cuatro patas, y de los que era tanto hermano como padre. Su falta inexpiable consistió en mezclar en sí tres generaciones que debían sucederse sin confundirse nunca ni superponerse en el seno de un linaje familiar."
Este retrato del verdadero Edipo griego no está en realidad muy lejos del Edipo freudiano, puesto que en Freud el complejo aparece ligado desde el principio con el doble interrogante del deseo de incesto y de su necesaria prohibición para que no se transgreda nunca el encadenamiento de las generaciones.
En 1972, en un hermoso libro de inspiración reichiana, L'anti Edipe, Gilles Deleuze (1925~1995) y Félix Guattari criticaron el edipismo freudiano, que a sus ojos reducía la libido plural de la locura (y de la esquizofrenia) a un encierro familiarista de tipo burgués y patriarcal.
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