Energía
El problema epistemológico que surge con la concepción de la energía psíquica fue planteado por Freud en 1905, en la parte sintética de El chiste y su relación con lo inconsciente: «Los conceptos de "energía psíquica", "descarga" y el tratar la energía psíquica como una cantidad, se han convertido para mí en hábitos mentales desde que comencé a considerar los hechos de la psicopatología desde un ángulo filosófico: ya en mi Interpretación de los sueños (1900) intenté, con el mismo espíritu que Lipps, postular como factores realmente eficientes del psiquismo, no un contenido de la conciencia, sino los procesos psíquicos inconscientes».
Una nota al pie aporta otra precisión. «Es valioso el siguiente principio general: los factores de la vida psíquica no son los elementos contenidos en la conciencia, sino los procesos psíquicos, en sí mismos inconscientes. La tarea de la psicología, a menos que se limite simplemente a describir los elementos contenidos en la conciencia, debe consistir entonces en inferir, a partir de los elementos contenidos en la conciencia y sus relaciones temporales, la naturaleza de esos procesos inconscientes. La psicología debe ser una teoría de estos procesos. Pero una psicología tal no tardará en descubrir que esos procesos psíquicos poseen cualidades que no son representadas en los contenidos respectivos de la conciencia.»
Una crítica retrospectiva a Breuer
Esta formulación es el resultado de la crítica anterior a la concepción energética de Breuer, respecto de la cual Freud nos ilustra retrospectivamente.
En 1914, en «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico», Freud renueva su crítica de veinticinco años antes a la orientación fisiológica de las concepciones de Breuer; insiste también en el estatuto de los «estados hipnoides», considerados por Breuer como «estados de conciencia». Finalmente, y sobre todo, subraya la necesidad de admitir, en oposición a Breuer, la etiología sexual de la histeria.
Estas críticas convergen en la necesidad de tratar la energía psíquica con el espíritu propio del psicoanálisis, es decir, según las características de los procesos que a él le conciernen: no-fisiológicos, inconscientes, emergentes de la esfera sexual. «Desplazamientos y condensaciones como los que se producen en el caso del proceso primario están excluidos o son muy limitados (en el caso del proceso preconsciente). Este estado de cosas condujo a Breuer a admitir la existencia en la vida psíquica de dos estados diferentes de la energía de investidura, un estado de energía tónicamente ligada y un estado de energía móvil que tiende a la descarga. Creo que tal distinción representa hasta este momento nuestra visión más profunda de la naturaleza de la energía nerviosa, y no veo el modo de evitarla.»
Indicación restrictiva, que limita el alcance de los conceptos de Breuer a los procesos neurológicos. «Además -añade Freud-, de continuar la discusión sobre este punto, tendríamos una necesidad urgente de representarnos las cosas desde el punto de vista metapsicológico, aunque quizas esta sea una empresa todavía demasiado riesgosa.» En efecto, tratándose de la energía «psíquica», no podríamos reducir su concepto al de energía «nerviosa». Pues el inconsciente no podría ser sometido a una energética construida a partir de la representación de procesos observables.
Freud no se apartará de esta apreciación crítica. No recusa ni modifica la hipótesis de Breuer, pero delimita su campo de aplicación, a fin de desprender de ese campo la especificidad de la exigencia psicoanalítica, según la confirmará en 1920 Más allá del principio de placer.
«El carácter vago e indeterminado de todas nuestras consideraciones que llamamos metapsicológicas -escribe Freud-, proviene de que no sabemos nada acerca de la naturaleza de los procesos de excitación que se producen entre los elementos de los sistemas psíquicos, y del hecho de que no nos creemos autorizados a formular una opinión acerca de este tema. De modo que operamos siempre con una gran X que introducimos igual que en toda fórmula nueva. Que este proceso puede realizarse utilizando energías que difieren cuantitativamente de un caso al otro, es en rigor admisible; que posean más de una cualidad (una especie de amplitud, por ejemplo) también es probable; como concepción nueva, hemos citado la de Breuer, que admite dos formas de carga energética de los sistemas (o de sus elementos): una forma libre y una forma ligada.»
En tal sentido, continúa Freud, «nosotros nos permitimos formular la hipótesis de que la "ligadura" de las energías fluyentes en el aparato psíquico se reduce al pasaje de estas energías del estado de circulación libre al estado de reposo inmóvil».
Freud creyó necesario postular aquí que «la función de la ligadura en su relación con la energía libre» es una indicación esencial. «Ignoramos la naturaleza de la energía libre que afluye al aparato psíquico (der in den seelischen Apparat einströmenden Energie).» Entonces, para comprender la ligadura, ¿basta con invocar el pasaje de un estado de la energía a otro estado, el de energía tónica, como lo hacía Breuer? ¿O bien, por el contrario, la ligadura implica la entrada en juego de una función propia del aparato?
Función epistemológica de la pulsión
El interrogante nos reconduce desde la energía a su «representante», es decir, la pulsión. Y, retrospectivamente, desde Más allá del principio de placer (1920) ala primera definición rigurosa de la pulsión, realizada por Freud en 1915, en «Pulsiones y destinos de pulsión».
«El concepto de "pulsión" -escribe Freud se nos aparece como un concepto-límite entre lo psíquico y lo somático, como un representante psíquico de las excitaciones provenientes del interior del cuerpo que llegan al psiquismo, como una medida de la existencia de trabajo que se impone a lo psíquico como consecuencia de su vínculo con lo corporal.»
La definición de 1915 aclara anticipadamente la apreciación crítica realizada por Freud cinco años más tarde acerca de la energética de Breuer. A las «excitaciones provenientes del interior del cuerpo» les corresponderá, en la formulación de 1920, el flujo de las energías libres que penetran en el sistema psíquico; a la exigencia de trabajo impuesta en consecuencia al psiquismo, le corresponderá el proceso de ligadura evocado en 1920. Mientras que la energética de Breuer se desarrollaba en un solo plano -el de los conductos neurológicos-, la energética de Freud sitúa entre dos niveles -el del interior del cuerpo y el del aparato psíquico esa mutación de la energía. No se nos dice en qué consiste la sustancia de la energía, pero podemos seguir sus variaciones en el trayecto de la pulsión. Además es precisamente respecto de este tema que Freud declarará en 1905 haberse apartado de Lipps. «Sólo cuando hablo de la "investidura de las vías psíquicas" me parece que me alejo de las metáforas empleadas por Lipps. Mi experiencia relativa a la movilidad de la energía psíquica que sigue ciertas vías de asociación, así como mi experiencia en lo tocante a la conservación casi indefinida de las huellas que dejan los procesos psíquicos, me han incitado a tratar de figurar lo desconocido recurriendo a estas imágenes. Para evitar todo mal entendido, debo añadir que no pretendo en absoluto proclamar que esas vías psíquicas están constituidas por las células o las fibras nerviosas, ni tampoco por el sistema de las neuronas que en nuestros días ha ocupado su lugar, aunque tiene que ser posible representar dichas vías de una manera que aún no podemos prever, mediante elementos orgánicos del sistema nervioso.»
No obstante, una representación de ese tipo sólo puede legitimarse en el análisis de las neurosis de transferencia. En el desarrollo de la definición de la pulsión realizado en el trabajo de 1915, la especificación del problema de las psicosis, bajo la égida de la noción de «destino pulsional», nos propone una reestructuración global del concepto de energía. Ella consiste en implicar al Otro en la definición del trabajo del aparato psíquico, y por lo tanto en el planteamiento del problema de la energía. Esa renovación se realizará en el registro de la psicosis, en la forma inaugurada por el análisis de Schreber; lo esencial se encuentra definido por la tensión en definitiva irreductible entre las exigencias a desarrollar del sujeto y la remanencia del narcisismo: lo que la movilidad de la libido por las vías asociativas es a la neurosis de transferencia, la diversidad de las configuraciones de la alteridad lo es a la psicosis. De modo que el «trabajo» de la energía psíquica se realizará entre uno y otro de estos polos según los cuales se especifica la alienación del sujeto: sujeto (yo)-objeto (mundo exterior), placer-displacer, activo-pasivo. El objetivo del abordaje del «destino» de las cantidades de excitación será por lo tanto asegurar una representación cuantitativa (Triebe und Triebschicksale).
«Observemos -nos dice entonces Freud- de qué modo, poco a poco en la presentación de los fenómenos psíquicos, hemos llegado a otorgar valor, además de a los puntos de vista dinámico y tópico, al punto de vista económico, que se esfuerza por perseguir los destinos de las cantidades de excitación y obtener una estimación por lo menos relativa de ellos. No carece de importancia para nosotros calificar con un nombre particular el modo de aprehensión que constituye el coronamiento de la investigación psicoanalítica. Propongo hablar de «exposición metapsicológica» cuando logramos describir un proceso psíquico en términos de sus relaciones dinámicas, tópicas y económicas. Es previsible que, en el estado actual de nuestros conocimientos, sólo llegaremos a ello con respecto a puntos aislados.»
Las «polaridades» pulsionales figuran las dimensiones principales de la variación cuantitativa de la energía psíquica. También se observará que, en los términos de la Métapsychologie de 1915 («Pulsiones y destinos de pulsión»), la noción de «destino» sólo concierne a las pulsiones sexuales. De modo que la definición general de la pulsión en tanto que «medida del trabajo exigido al aparato psíquico por su relación con el cuerpo» se aplica a las pulsiones sexuales. Así se conserva una cierta representación de la energía. La cuestión consistirá en saber si puede extenderse a la pulsión de muerte.
Energética del Otro
Como movimiento inaugural, el texto de 1920, Más allá del principio de placer, nos propone una reinterpretación del principio de constancia de Fechner. Consiste en ubicar, más acá del proceso de excitación, el equivalente, llevado al límite, del estado de reposo, equivalente al que tiende el proceso de ligadura. Dicho de otro modo: con la repetición se afirma la primacía de un principio temporal de regresión, en lugar del principio dinámico de estabilidad o del axioma económico de un mínimo de tensión. Así se encontrará precisada nuestra pregunta inicial: la energía representada por la pulsión de muerte, ¿tiene un estatuto distinto que el de la energía propia de la pulsión sexual?
Remitámonos a la segunda tópica. Para retomar los términos del artículo de 1926 titulado «Psicoanálisis»: «¿Qué queremos decir al postular que el ello es el portador de las incitaciones pulsionales» (Träger der Triebregungen)? Sin duda esto nos hace distinguir entre ese «portador» (expresión tópica) y la energía con la cual se sostienen esas excitaciones.
Pero la cuestión consiste precisamente en saber si la posición «excéntrica» del «más acá de lo viviente», hacia la cual tiende en este caso la pulsión, puede aportar algún esclarecimiento acerca de la naturaleza de la energía de la que ella participa.
Freud nos proporciona un primer punto de referencia en el capítulo 2 de «El yo y el ello», precisamente cuando está a punto de introducir, bajo la égida de Groddeck, la noción de «ello»: «Las impresiones (Empfindungen) de carácter agradable no tienen en sí mismas nada coactivo, a diferencia de las impresiones de displacer. Estas últimas empujan a la alteración (Veränderung), a la descarga, y por ello nosotros entendemos el displacer como una elevación, y el placer como una disminución, de la investidura energética. Si a lo que es captado conscientemente como placer y displacer lo designamos como un "Otro" cuantitativo-cualitativo (ein Quantitativ-Qualitativ Anderes) en el desarrollo psíquico, la cuestión consiste en saber si tal "Otro" puede hacerse consciente en su mismo lugar y sitio (Ort und Stelle), o si debe ser conducido hacia adelante hasta el sistema C. La experiencia clínica decide en favor de la última hipótesis.» Ella muestra que el Otro (das Andere) se comporta como una moción reprimida. Puede desarrollar fuerzas pulsionantes, sin que el yo advierta la coacción. Lo que enseguida se hará consciente como displacer es sólo la resistencia contra la coacción, la suspensión de la reacción de descarga. «Si el camino hacia el sistema C está cerrado, no habrá sensación, aunque lo Otro (Anderes) correspondiente permanezca idéntico en el curso del proceso.»
El hecho de que esa referencia a eso Otro (a decir verdad, excepcional en la obra de Freud) aparezca como preludio a la introducción del ello (fuente energética en la perspectiva de la segunda tópica) lleva a que uno se pregunte si no tenemos aquí el testimonio de un viraje decisivo en la concepción misma de la energía psíquica. La noción de pulsión de muerte, al poner el «más acá» de la vida individual como meta a la exigencia pulsional, ya nos comprometía con una representación nueva de la energía: la de una tensión derivada de la diferenciación originaria entre eso Otro y el yo.
Al final de la carrera de Freud, una nota póstuma parece darle todo su peso a la hipótesis: «Mística -escribió Freud-, el abismo sombrío del reino, exterior al yo, del ello». Asimilación sorprendente del ello a eso Otro, renovación de la sugerencia contemporánea de la segunda tópica, que no dejaría de esclarecer, con mayor precisión aún, la interpretación de la neurosis realizada en 1919, con relación al Hombre de los Lobos: «Si uno considera el comportamiento del niño de cuatro años ante la escena primitiva reactivada -escribe Freud-, si incluso se piensa en las reacciones mucho más simples del niño de un año y medio al vivenciar esa escena, apenas podrá apartar de sí la idea de que una especie de saber difícil de definir, algo así como una presciencia, opera en estos casos en el niño. No podemos en absoluto figurarnos en qué consiste ese "saber"; en tal sentido sólo disponemos de una analogía, pero que es excelente: el saber instintivo -tan vasto de los animales.
«Si el hombre también posee un patrimonio instintivo de este tipo, no cabe sorprenderse de que ese patrimonio recaiga en particular sobre los procesos de la vida sexual, aunque de ningún modo tenga que limitarse a ellos. Ese patrimonio instintivo constituiría el núcleo de lo inconsciente, una especie de actividad mental primitiva, destinada a ser destronada más tarde y recubierta por la razón humana cuando se la haya adquirido. Pero, a menudo, quizás en todos nosotros ese patrimonio instintivo conserva el poder de atraer hacia sí los procesos psíquicos más elevados. La represión sería el retorno a ese estadio instintivo, y de este modo el hombre pagaría, con su propensión a la neurosis, su gran adquisición nueva. Además, por el hecho de que las neurosis son posibles, atestiguaría la existencia de aquel estadio instintivo anterior. Y el papel importante de los traumas de la primera infancia consistiría en proporcionar a eso inconsciente un material que lo preservaría del debilitamiento en la evolución subsiguiente.
El interés del texto se encuentra subrayado por el empleo, muy raro en Freud, del término Instinkt, y su alcance operatorio es explícito: la energía psíquica tiene por hogar la remanencia en el hombre de un impersonal, y el ello traduce el corte entre ese polo mítico y el yo.
Así quedan entonces sugeridas, sólo a título de hipótesis de trabajo, las equivalencias con las que estas nociones freudianas podrían beneficiarse en el registro del significante explorado por Lacan. Freud concibió al instinto como un «saber» impersonal. La «Cosa» de Lacan marca ese saber con una negatividad ontológica. En función de estos puntos de referencia, la energía psíquica adquiriría el alcance operatorio que trató de ilustrar el seminario de 1961, La ética del psicoanálisis.
Energía de catexis
Al.: Besetzungsenergie.
Fr.: énergie Winvestissernent.
Ing.: cathectic energy.
It.: energia di carica o d'investimento.
Por.: energia de carga o de investimento.
Substrato energético postulado como factor cuantitativo de las operaciones del aparato psíquico.
Para la discusión de este concepto, véase: Económico, Catexis, Energía libre -energía ligada, Libido.
Energía libre - energía ligada
(fr. énergie libre - énergie liée; ingl. free energy - bound energy; al. freie Energie - gebundene Energie). Formas que toma la energía psíquica en el proceso primario y en el proceso secundario, respectivamente.
Al considerar el funcionamiento psíquico desde el punto de vista económico, Freud distingue la energía «libre», que tiende a una descarga inmediata y completa (característica del proceso primario y del sistema inconciente), de la energía «ligada», es decir, acumulada en ciertas neuronas (proceso secundario, sistema preconciente-conciente).
Energía libre - energía ligada
Al.: freie Energie - gebundene Energie.
Fr.: énergie libre - énergie liée.
Ing.: free energy - bound energy.
It.: energia libera - energia legata.
Por.: energia livre - energia ligada.
Términos que señalan, desde el punto de vista económico, la distinción freudiana de proceso primario y proceso secundario. En el proceso primario, la energía se denomina libre o móvil, en la medida en que fluye hacia su descarga del modo más rápido y más directo posible; en el proceso secundario, se encuentra ligada, en la medida en que su movimiento hacia la descarga se halla retardado y controlado. Desde el punto de vista genético, el estado libre de la energía precede, según Freud, al estado de energía ligada, siendo este último característico de un grado más elevado de estructuración del aparato psíquico.
Freud rinde explícitamente homenaje a Breuer por su distinción entre energía libre y energía ligada. Con todo, se observará que los términos utilizados no son los de Breuer y, por otra parte, la distinción introducida por Breuer no posee la misma significación que la de Freud.
La distinción de Breuer tiene su fundamento en la diferencia establecida por los físicos entre dos tipos de energías mecánicas, cuya suma permanece constante en un sistema aislado. Así, Helmholtz, cuya influencia sobre el pensamiento de Breuer y Freud ya es conocida, opone a las fuerzas vivas (lebendige Kräfte, término tomado de Leibnitz) las fuerzas de tensión (Spankräfte) o «fuerzas que tienden a poner en movimiento un punto M durante todo el tiempo que no se produzca todavía movimiento» (3). Esta oposición concuerda con la introducida por otros autores, en el transcurso del siglo xix, entre energía actual y energía potencial (Rankine) o también entre energía cinética y energía estática (Thomson): Breuer se refiere explícitamente a esta distinción y a los términos de estos físicos.
Breuer se dedica sobre todo a definir una forma de energía potencial presente en el sistema nervioso que denomina «excitación tónica intracerebral» o «tensión nerviosa» o también energía «quiescente». Así como un depósito contiene cierta cantidad de energía potencial, en la medida en que retiene el agua, « [...] el conjunto de la inmensa red (de fibras nerviosas) forma un único depósito de tensión nerviosa».
Esta excitación tónica proviene de diversas fuentes: las propias células nerviosas, excitaciones externas, excitaciones procedentes del interior del cuerpo (necesidades fisiológicas) y «afectos psíquicos». Es utilizada o descargada en las diversas clases de actividades, motoras, intelectuales, etc.
Según Breuer, existe un nivel óptimo de esta energía quiescente que permite una buena recepción de las excitaciones externas, la asociación entre las ideas y una libre circulación de la energía en el conjunto de las vías del sistema nervioso. Tal nivel es el que el organismo intenta mantener constante o restablecer (véase: Principio de constancia). En efecto, el organismo se aleja de este nivel óptimo, ya porque se agote la energía nerviosa (lo que supone el estado de sueño, que permitirá una recarga energética), ya porque el nivel sea demasiado elevado; esta elevación puede ser generalizada y uniforme (estado de intensa expectación) o hallarse desigualmente distribuida (como cuando se producen afectos y su energía no puede descargarse ni repartirse en el conjunto del sistema por elaboración asociativa; entonces habla Breuer de «afectos arriconados»).
Como puede verse:
1) las dos formas de energía distinguidas por Breuer -«quiescente» y «cinética»-- son transformables entre sí;
2) no se concede prioridad alguna a la energía cinética, ni desde un punto de vista genético ni lógico; la distinción freudiana entre proceso primario y proceso secundario parece ser ajena al pensamiento de Breuer;
3) para Breuer, lo fundamental es el estado quiescente de la energía nerviosa, puesto que solamente cuando se ha establecido cierto nivel la energía puede circular libremente. Aquí aparece de modo claro la diferencia con Freud: Breuer piensa, por ejemplo, que en el estado de sueño, en que existe un nivel muy bajo de energía quiescente, se halla entorpecida la libre circulación de las excitaciones;
4) el principio de constancia posee en Breuer una significación distinta que en Freud (véase: Principio de constancia; Principio de inercia neuronal).
Parece, pues, que fue Freud quien introdujo, en lo referente a la energía psíquica, los dos términos opuestos de «energía libre» y «energía ligada». Se observará que en Física estos dos términos habían sido introducidos por Helmholtz, pero esta vez dentro del marco del segundo principio de la termodinámica (degradación de la energía); Helmholtz denominaba energía libre la energía que «[...] es capaz de transformarse libremente en otras clases de trabajo», y energía ligada «[...] la que sólo puede manifestarse en forma de calor».
Esta oposición no se sitúa al mismo nivel que la efectuada entre energía estática (o tónica) y energía cinética; en efecto, esta última oposición sólo se refiere a la energía mecánica, mientras que la oposición entre energía libre y energía ligada implica considerar diferentes tipos de energía (calórica, química, etc.) y las condiciones que posibilitan o impiden el paso de una a otra. Con todo, puede decirse que la energía estática es, en el sentido de Helmholtz, una energía libre, ya que es transformable en otras formas de energía, mientras que la energía cinética, por lo menos la de los movimientos moleculares desordenados, es una energía ligada: se ve, pues, que Freud, al designar como energía ligada la energía quiescente o tónica de Breuer, y como energía libre su energía cinética, invirtió prácticamente el sentido que estos términos poseen en física: libre debe entenderse en Freud como libremente móvil (frei beweglich) y no como libremente transformable.
Resumiendo, se observa:
1) que el par antitético utilizado por Breuer (energía tónica, energía cinética) fue tomado de una teoría que no tenía en cuenta el segundo principio de la termodinámica. En cambio, Freud utiliza términos (energía libre, energía ligada) incluidos en la esfera de este segundo principio;
2) que Freud, que conoció de cerca las concepciones de la Escuela fisicalista (Helmholtz, Brücke), invierte el sentido de los términos que toma de la física, para aplicarlos aproximadamente a la oposición establecida por Breuer;
3) que, a pesar de esta aparente concordancia, la concepción de Freud es distinta de la de Breuer: la energía libre, que caracteriza los procesos inconscientes, es primera en relación con la energía ligada. Esta diferencia fundamental de criterios se manifiesta especialmente en las ambigüedades de formulación del principio de constancia.
La oposición entre dos tipos de circulación de la energía fue presentada en el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895): en el funcionamiento primario del aparato neuronal, la energía tiende a una descarga inmediata y completa (principio de inercia neuronal); en el proceso secundario, la energía se encuentra ligada, es decir, contenida en ciertas neuronas o sistemas neuronales, donde se acumula. Esta ligazón se explicaría, por una parte, por la existencia de «barreras de contacto» entre las neuronas, que impiden o limitan el paso de la energía de una a otra y, por otra parte, por la acción que ejerce un grupo de neuronas catectizadas a un nivel constante (el yo) sobre los restantes procesos que tienen lugar en el aparato: esto, que Freud denomina «efecto de catexis lateral» (Nebenbesetzung), constituye el fundamento de la acción inhibidora del yo.
El caso más patente de un funcionamiento «ligado» de la energía lo proporciona, según Freud, el proceso de pensamiento, que asocia la elevada catexis que supone la atención y el desplazamiento de pequeñas cantidades de energía, sin las cuales sería imposible el ejercicio del pensamiento. Esta corriente, por débil que sea desde el punto de vista cuantitativo, circula con más facilidad: «Pequeñas cantidades de energía pueden desplazarse más fácilmente cuando el nivel es elevado que cuando es bajo».
La oposición entre energía libre y energía ligada es recogida en La interpretación de los sueños (Die Traurndeutung, 1900), aparte de toda referencia a los estados, supuestamente distintos, de las neuronas, y será siempre mantenida por Freud como la expresión económica de la distinción fundamental entre proceso primario y proceso secundario (véase: Ligazón).
Enunciación, enunciado
(fr. énonciation, enoncé; ingl. stating, statement). Par de términos opuestos, con los que Lacan retorna, en el nivel del discurso, la distinción entre inconciente y conciente, renovando así la teoría del sujeto.
El psicoanálisis no va a buscar en otro lado que no sea en la palabra misma del «analizante» los índices de un deseo que busca decirse y que se trasparenta a través del discurso efectivo. Esto supone una distinción entre dos niveles del discurso: el que tiene ante todo un valor informativo, el nivel del enunciado, y el que revela, más allá de los enunciados, la presencia de un sujeto, que llamaremos sujeto de la enunciación.
La distinción entre enunciado y enunciación ha sido parcialmente elaborada por los lingüistas, aun cuando no esté en el centro de sus preocupaciones. Toda producción lingüística, en efecto, puede ser considerada o como «una secuencia de frases identificadas sin referencia a tal o cual aparición particular de esas frases» o como «un acto en el curso del cual esas frases se actualizan por el hecho de ser asumidas por un locutor particular, en circunstancias temporales y espaciales precisas». Los lingüistas se han empeñado siempre en destacar, dentro del código de la lengua, aquellos elementos «cuyo sentido depende de factores que varían de una enunciación a otra», como por ejemplo yo, tú, aquí, ahora, etc. (O. Ducrot y T. Todorov, Dictionnaire encyclopédique des sciences du langage, Seufl,1972).
Cuando J. Lacan retorna esta cuestión, lo hace ante todo a través de la experiencia analítica y de la manera en que esta nos lleva a distinguir diferentes tipos de discurso. Se podría, por ejemplo, oponer el nivel de la demanda, en tanto esta traduciría una necesidad y tendería así a presentarse en forma monolítica, inagotable («¡pan!»), y otro nivel, que aparecería claramente en la interpretación del sueño. Este segundo nivel, el de la enunciación, se evidencia en la posibilidad de fragmentar el enunciado, y de interrogar, a través de las asociaciones que le llegan al soñante respecto de cada uno de los fragmentos, el deseo que busca hacerse oír. Ambos niveles corresponden, en Lacan, a los dos «pisos» del «grafo» (véase matema). Observemos, por otra parte, que también en el «piso superior» podemos concebir que hay una demanda, aquella por la cual el sujeto se interroga sobre su ser, pero es una demanda tal que el sujeto que la articula «no sabe con qué habla», y es necesario «revelarle los elementos propiamente significantes de su discurso».
El sujeto de la enunciación. Como se ve, a través de este problema de la enunciación se plantea aquí directamente toda la cuestión del sujeto. ¿Se confunde el sujeto de la enunciación con el «Yo», el término que designa, en el nivel del enunciado, al que habla actualmente? De hecho, en el sentido de los lingüistas, este «yo» sólo es un «embragador», un «shifter». Designa al sujeto de la enunciación, pero no lo significa. En contrapartida, Lacan va a encontrar un ejemplo de algo que ilustra mejor lo que ocurre con el sujeto en lo que Damourette y Pichon (Des mots á la pensée) llaman el discordancial. En una frase como Je crains qu'il ne vienne» [temo que [no] venga], el no [ne], cuya presencia no es fácilmente explicable, es interpretado por estos gramáticos como el índice de una discordancia entre lo que dice la proposición principal y lo que dice la subordinada. El sujeto desea que no venga aquel de quien habla, pero le parece sin embargo probable que vaya a venir. Aquí podemos simplemente, con Lacan, ir un poco más lejos y señalar que la «discordancia» o, mejor aún, la ambivalencia, es la del deseo mismo (J. Lacan, «La dirección de la cura», en Escritos, 1966). Como se sabe, el sujeto, entendido ahora como sujeto del inconciente, puede desear a la vez dos cosas contradictorias: que el otro venga y que no venga. Para el psicoanálisis, en ninguna parte se dice mejor el sujeto que en estos elementos aparentemente poco esenciales de la cadena significante, en lo que viene a romper el hilo del enunciado, entendido como comunicación de una información. Bien puede manifestarse, entonces, en una «elisión de significante». Lacan se refiere aquí a un sueño relatado por Freud. El soñante había soñado simplemente que su padre, muerto en la realidad después de una larga enfermedad, volvía a encontrarse con él. En su sueño, su padre había muerto pero no lo sabía. Ese sueño, dice Freud, sólo se comprende si se agrega, después de «su padre había muerto», de acuerdo con su deseo, que corresponde al deseo que había tenido el soñante de ver abreviados los sufrimientos de su padre; palabras que deben permanecer elididas, porque se asocian con un deseo infantil edípico, un deseo de muerte respecto del padre.
Envidia
Alemán: Neid.
Francés: Envie.
Inglés: Envy.
Término introducido por Melanie Klein en 1924 para designar un sentimiento primario inconsciente de avidez respecto de un objeto al que se quiere destruir o dañar. La envidia aparece desde el nacimiento, y se dirige al principio al seno de la madre. En las posiciones esquizoparanoide o depresiva, la envidia ataca al objeto bueno, para convertirlo en objeto malo, produciendo así un estado de confusión psicótica.
Como casi todos los términos del vocabulario kleiniano, el de envidia se opone a otro: gratitud. En la concepción freudiana clásica, la envidia sólo es estudiada en el marco de la génesis de la sexualidad femenina, como envidia del pene. Ahora bien, Melanie Klein le da una extensión mucho mayor y central en la historia de la relación de objeto. El dominio del odio, de la muerte, de la destrucción, y sobre todo de la agresividad primaria, es repensado como más arcaico, más radical y más interno al sujeto que en el freudismo clásico. Si es cierto que Sigmund Freud fue el gran teórico de la sexualidad humana, puede decirse que Melanie Klein y Jaeques Lacan fueron los grandes clínicos de la agresividad y de la relación de odio del hombre con su semejante.
El término gratitud sólo apareció en 1957 para definir la naturaleza interactiva y dialéctica del dualismo amor/odio. En la perspectiva kleiniana, la existencia de la gratitud no permite imponer ni un mínimo límite a la naturaleza invasora de la envidia. De allí el escepticismo creciente de Melanie Klein en cuanto a la posibilidad misma de obtener un resultado terapéutico positivo con pacientes cuya relación objetal primaria fue vivida en una modalidad destructiva.
Envidia del pene
(fr. envie du pénis; ingl. penis envy; al. Penisneid). [También «ganas del pene», en función del doble sentido del «Neid» alemán: envidia y ganas, el que se reproduce en el «envie» francés, y no en el término en castellano equivalente.] Elemento constitutivo de la sexualidad femenina, que puede presentarse bajo diversas formas, yendo desde el deseo a menudo inconciente de poseer un pene hasta las ganas de gozar del pene en el coito, o todavía, por sustitución, hasta el deseo de tener un hijo.
La teoría psicoanalítica de la «envidia del pene» es una de las que más críticas ha suscitado. Sin duda se ha querido ver en ella una presentación ideológica de la relación entre los sexos, como si los psicoanalistas quisieran demostrar alguna inferioridad de las mujeres que se manifestaría en su insatisfacción, en su deseo de apropiarse del órgano masculino. Sin embargo está claro que, si se relaciona esta cuestión con la cuestión más decisiva de la castración, sería muy reduccionista oponer de un lado a los poseedores del órgano viril, y del otro a los seres que están desprovistos de él. Si las mujeres son situadas fácilmente del lado de la reivindicación, los hombres a su vez hacen sentir muy a menudo que el riesgo de la pérdida está de su lado, por una ostentación de la virilidad proporcional a su inquietud. Por otra parte, si bien pueden considerarse poseedores de algo que tiene valor de símbolo, el falo mucho más que el pene, lo tienen más bien por procuración: por ejemplo, en tanto reivindican a un padre, o a un héroe cuya virilidad es reconocida y con el cual pueden identificarse. Pero para eso han debido renunciar a ser ellos mismos objetos del deseo materno, a ser falos.
¿Qué es entonces la envidia del pene? Según Freud puede presentarse bajo diversas formas, aparentemente extrañas entre sí, y que sólo la práctica de la cura muestra que están ligadas, que pueden sustituirse mutuamente. A partir de 1908, Freud expone la insatisfacción de la niña, que se estima mucho menos equipada que su camarada; después, en 1917, en Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del erotismo anal, indica los deseos que pueden sustituir a la envidia del pene: el de tener un niño o el del hombre «como apéndice del pene». Pero también relata que más de una vez algunas mujeres le habían traído sueños posteriores a sus primeras relaciones que «revelaban indiscutiblemente el deseo de guardar para sí el pene que habían sentido».
La teoría de la envidia del pene resulta importante para captar en su conjunto la posición femenina, en especial, las particularidades que presenta en una mujer el complejo de Edipo. A partir de allí se puede captar el resentimiento que podrá tener hacia una madre que no la ha provisto de un pene; la desvalorización de esa madre, ella misma privada de pene-, y sólo después la renuncia a la masturbación clitorisina, la asunción de una posición sexual «pasiva» en la que el pene es dado por el hombre, y el deseo sustitutivo de un hijo. Notemos por otra parte que la envidia del pene constituye para Freud un escollo en la cura, siéndole muy costoso a una mujer superarlo al término de su recorrido analítico; pero también aquí Freud destaca en contrapartida lo que hace de escollo en el hombre, a saber, su dificultad para aceptar reconocer y superar en él mismo lo que puede configurar una actitud de pasividad hacia otro hombre.
Podría parecer que el abordaje lacaniano de la cuestión de la sexuación relativiza esta noción de envidia del pene. Lacan, en efecto, acentúa la dimensión de símbolo del falo. Destaca que, si un hombre «no es sin tenerlo» [n'est pas sans l’avoir: juego de palabras entre ser y tener, con el agregado de la expresión francesa «n'est pas sans...»: no deja de... Es decir, un juego con tres auxiliares de negación (ne, pas, sans) que desembocan en una afirmación restringida, concesiva, del falo] -se entiende que para él la falta está del lado del ser-, una mujer «es sin tenerlo» (lo que indica suficientemente que, por lo mismo que no lo tiene, puede sin duda ejercer la función de significante del deseo, «ser el falo» para un hombre). En una etapa posterior, Lacan subraya que el horizonte de una mujer es «no todo» fálico, que las mujeres tienen menos necesidad que los hombres de reunirse alrededor de un universal fálico que es también una sumisión común a la castración. Pero quizá todo esto no suprime su deseo de apropiarse del falo; quizás incluso esta elaboración nos conduce a situarlo mejor. Para hablar del erotismo femenino, Lacan no teme referirse a un filme de Oshima, El imperio de los sentidos (1976). Se trata de un filme en el que la heroína, luego de haber subyugado a su amante en función de su goce sexual, luego de haberse regocijado sintiendo el pene de este hombre moverse «solo» en ella mientras lo estrangulaba parcialmente, termina por matarlo y cortar este pene, con el que vagabundea cuatro días por las calles. Se trata de una forma extrema del fantasma femenino, pero que puede constituir su horizonte inconciente.
Envidia del pene
Al.: Penisneid.
Fr.: envie du pénis.
Ing.: penis envy.
It.: invidia del pene.
Por.: inveja do pênis.
Elemento fundamental de la sexualidad femenina y móvil de su dialéctica.
La envidia del pene surge del descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos: la niña se siente lesionada en comparación con el niño y desea poseer, como éste, un pene (complejo de castración); más tarde, en el transcurso del Edipo, esta envidia del pene adopta dos formas derivadas: deseo de poseer un pene dentro de sí (principalmente en forma de deseo de tener un hijo); deseo de gozar del pene en el coito.
La envidia del pene puede abocar a numerosas formas patológicas o sublimadas.
El concepto de envidia del pene adquirió cada vez mayor importancia en la teoría de Freud, a medida que éste se vio inducido a definir la sexualidad femenina, que en un principio se consideró simétrica de la del niño.
Los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905), centrados sobre la evolución de la sexualidad del niño, no contienen, en su primera edición, referencia alguna a la envidia del pene. La primera alusión aparece en 1908, en el artículo sobre Las teorías sexuales infantiles (über infantile Sexualtheorien); Freud indica en él el interés que la niña muestra por el pene del niño, interés que «[...] se halla regido por la envidia (Neid) [...]. Cuando expresa este deseo: «preferiría ser un niño», sabemos cuál es la carencia que intenta reparar este deseo».
El término «envidia del pene» parece admitido ya en el uso analítico cuando Freud lo menciona en 1914 para designar la manifestación del complejo de castración en la niña.
En Sobre las transmutaciones de las pulsiones y especialmente del erotismo anal (Über Triebumsetzungen, insbesondere der Analerotik, 1917), Freud ya no designa como envidia del pene únicamente el deseo femenino de tener un pene como el niño, sino que indica sus principales avatares: deseo de un hijo, según la equivalencia simbólica pene-niño; deseo del hombre como «apéndice del pene».
La concepción freudiana de la sexualidad femenina concede un puesto fundamental a la envidia del pene en la evolución psicosexual hacia la feminidad, que supone un cambio de zona erógena (desde el clítoris a la vagina) y un cambio de objeto (la inclinación preedípica hacia la madre cede su lugar al amor edípico por el padre). En este cambio, desempeñan una función «axial», a distintos niveles, el complejo de castración y la envidia del pene:
a) resentimiento hacia la madre, que no ha dotado a la niña de un pene;
b) menosprecio de la madre, que aparece así como castrada;
c) renuncia a la actividad fálica (masturbación clitorídea), adquiriendo preponderancia la pasividad;
d) equivalencia simbólica del pene y el niño.
«El deseo [Wunsch] con el que la niña se vuelve hacia el padre es, sin duda, en su origen el deseo del pene que la madre le ha rehusado y que ella espera ahora obtener de su padre. Con todo, la situación femenina no se establece hasta que el deseo del pene se substituye por el deseo del hijo y éste, según la antigua equivalencia simbólica, pasa a ocupar el lugar del pene».
En repetidas ocasiones Freud ha indicado lo que podía quedar de la envidia del pene en el carácter (por ejemplo, «complejo de masculinidad»), o en los síntomas neuróticos de la mujer. Por lo demás, generalmente, cuando se habla de envidia del pene, se hace alusión a los residuos adultos, que el psicoanálisis encuentra en las formas más disfrazadas.
Finalmente, Freud, que siempre subrayó la persistencia en el inconsciente de la envidia del pene, bajo las aparentes renuncias, indicó, en uno de sus últimos trabajos, lo que podía ofrecer de irreductible el análisis.
Como puede verse, la expresión «envidia del pene» presenta una ambigüedad, que Jones ha subrayado e intentado suprimir distinguiendo en ella tres sentidos:
«a) el deseo de adquirir un pene, habitualmente engulléndolo, y retenerlo dentro del cuerpo, a menudo transformándolo en un niño;
»b) el deseo de poseer un pene en la región clitorídea [...];
»c) el deseo adulto de gozar de un pene en el coito».
Esta distinción, por útil que sea, no debe inducir, sin embargo, a considerar como ajenas entre sí estas tres modalidades de la envidia del pene. En efecto, la concepción psicoanalítica de la sexualidad femenina tiende precisamente a describir las vías y equivalencias que las unen.
Varios autores (K. Horney, H. Deutsch, E. Jones, M. Klein) han discutido la tesis freudiana que hace de la envidia del pene un dato primario y no una formación construida o utilizada secundariamente para apartar deseos más primitivos. Sin intentar resumir esta importante discusión, señalaremos que el mantenimiento por Freud de su tesis obedece a la función, central para ambos sexos, que él asigna al falo (véase: Fase fálica; Falo).
Epilepsias
De la sedición de lo inédito a la crisis del psicoanalista
Ciertas superficies imposibles de concebir en un espacio de n dimensiones encuentran su resolución si se considera un espacio de n + p dimensiones. El ejemplo corriente del juego del taquin nos recuerda que ciertas soluciones (poner cifras en un cierto orden, decir «ciertas palabras que hay que decir») han sido concebidas como «estructuralmente» irrealizables ya en la programación (lo que puede demostrarse).
Así, en el plano del juego del taquin tal como se lo encuentra, cerrado por un borde fijo y recorrido por caminos obligados, ciertas «realizaciones» están forcluídas: la construcción del juego ha decidido que quedaran excluidas... A menos que se cambie el sistema de puntos de referencia, los bordes del cuadrado, los trayectos en el plano, o incluso que se salga del plano, sacando un peón para ubicarlo en otra parte, en una zona prohibida o, más bien, imposible.
Pero nadie ignora que «salir del plano», hacer temblar o torcer un poco las imágenes piadosas, o los retratos de familia, muy pronto lleva al sacrilegio, a la traición y a las maldiciones. A una salida de plano tal me vi conducido en mi intento por desplazar de su encasillamiento médico-social a personas expuestas a crisis de epilepsia, por medio de la interrogación que denomino «ejercicio genealógico».
Extraño retorno de la renegación de la realidad
Cuando en 1965 Lacan nos propuso a Pierre Fiszlewicz y a mí que trabajáramos en el campo de la epilepsia, ¿conservaba aún en sí, a pesar de los asaltos crecientes a la estructura, las palabras del discurso de Roma? Remitámonos a los Escritos, donde sin duda se trazan las sendas del inconsciente literal, pero también las del inconsciente imaginal y las del inconsciente archival, que no encontraron desarrollo en su obra.
En esa época, Maud MIrmoni ya había publicado El niño retrasado y su madre. A impulsos del trabajo de Jenny Aubry-Roudinesco, de Françoise Dolto, de Anne-Lise Stern, los «progenitores» recobran consistencia, espesor, historia e infancia; descienden de su «imago» asubjetiva. El neokleinismo se bate en retirada, el conductismo aún no lo ha reemplazado. Si se mantiene a distancia de una reducción psicologizante, «la crisis» puede hacer signo, evocar las redes familiares, intersubjetivas e históricas anudadas y transmitidas por el orden humano del lenguaje.
Allí retorna extrañamente la «realidad» enterrada desde principio de siglo, la «seducción» opuesta al fantasma (a mi juicio, abusivamente). Ese enterramiento había creado un campo de irrealidad, convertido en víctima de una nosología quimérica, psicoanalítico-psiquiátrica, que tratará de salvar la apuesta a golpes de «profundidad» y «arcaico», un balbuceo que continúa manteniendo al margen de la clínica rigurosa a las «4 P»: la psicosis, la perversión, la psicopatía y la psicosomática. Si esas «4 P» tornan más activa, hablante, y no sin eficacia, la clínica de numerosos psicoanalistas desde la década de 1970, yo veo en ello el efecto del retorno finalmente aceptado del «relato del horror» en el que la Massen - Psychologie (psicología de las masas) se realiza como Massen -Tod (muerte en masa) entre Auschwitz e Hiroshima: ¡la seducción absoluta!
Ese relato secular ha alcanzado finalmente al proceso regular de las curas. No debe sorprender que hayan sido dos artistas quienes proféticamente abrieron el camino: Alain Resnais, en 1958, con el filme Noche y Niebla (en el que, observémoslo -pudor de esa época que para nosotros se ha vuelto impensable-, no se pronuncia la palabra «judío»), y más tarde, en 1959, Alain Resnais y Marguerite Duras, con el libro y la película Hiroshima mon Amour.
Tampoco sorprenderá que esto pasara por el «camino de las damas». Algo que nos interesa de cerca hace que los humanos -hablantes- sexuados-mujeres estén menos tomados que sus varones en los juegos de pasiones colectivizadas, y que por lo tanto se inclinen menos a renegar la realidad del relato y de sus faltas, tanto como la de sus efectos. Parecería que a una mujer le resulta menos fácil desafectar la aventura del amor, y por lo tanto continuar negando el trauma de la alteridad.
En efecto, excluida del campo psíquico al mismo tiempo que la histeria lo constituía, la epilepsia nunca tuvo estatuto en la metapsicología freudiana. Respecto de ella subsiste una desconfianza, una ignorancia y un demasiado frecuente recurso al organicismo, que vuelve a introducirse por esta ventana mal balizada.
El propio Freud no elaboró sobre la epilepsia más que su «Dostoievski y el parricidio».
Fue su «hijo» espiritual, S. F., «hijo» amado y celado en dolores recíprocos, quien la retomó con seriedad y le hizo un lugar en sus conceptualizaciones. (Aunque se llamaba Alexander Fraenkel, era S. F. en virtud del «parricidio» cometido por su padre, Bernath Fránkel, llegado de Polonia a Budapest. Más bien un lingüicidio mediante el cual borró las huellas germánicas del ídish, así como Freud (o Freyd) había borrado las del moravo. Lejos de toda erudición, es congruente con el propósito de este ensayo que demos siempre una clara referencia y pongamos en perspectiva los nombres de los autores de las nociones utilizadas. Principio de ejercicio genealógico... Hablamos de S.F., entonces, en quien el lector seguramente habrá reconocido a Sandor Ferenczi.)
Todavía antes de la guerra, D. K. Dreyfus consagró un artículo dramático e imaginativo a nuestro asunto, centrado en el retorno de la teoría «traumática», que había perdurado a través de Ferenczi. La supervivencia de esa obra y de esa vertiente teórica después del Gran Exterminio turbó mucho a numerosos teóricos, para los que quizá los significantes se transmiten de manera incorporal y antihistórica.
En esta senda, en la década de 1950 hubo quienes pusieron de manifiesto su temor a continuar la escucha analítica de los pacientes llamados epilépticos, confiándolos directamente a la causación orgánico-psiquiátrica... sin perjuicio de que un psiquiatra le rogara de inmediato a un psicoanalista célebre que no desertara de su puesto.
En 1931, Winnicott observó las crisis generalizadas de una beba de once meses, y analizó su juego de mordiscos con él y la curación que siguió. Lo cita al introducir la noción de espacio transicional en su gran libro Realidad y juego. El «espejo» no es ya un marco rígido, sino animado o congelado por la empatía o la apatía materna.
Cuando intervinimos Fiszlewicz y yo mismo -con un trabajo a la vez institucional e individual bastante delicado-, el efecto -disminución colectiva de las crisis y de la medicación fue rápido, así como la aparición de sintomatologías hablantes, «caracteriales» o familiares. Otros tres psicoanalistas nos sucedieron.
Si bien Fiszlewicz (que murió en 1972) no tuvo tiempo para recopilar su experiencia de un modo directo, yo no he dejado desde entonces de exponerme clínica y reflexivamente al contacto con esta afección.
En la década de 1980 aparecieron algunos ensayos.
No obstante, creo que el campo psicoanalítico en su conjunto no se benefició con las transformaciones que le impone al analista el hecho de dejarse afectar por el llamado epiléptico. Por lo que sé, vencieron esa timidez dos psicólogos, psicoanalistas no médicos: J. Guey (Du Discours médical à la parole du sujet) y St. Perrio (Pour une crise de l'Épilepsie). Yo mismo he tratado de desprender la noción de crisis del esquema del síntoma, con el auxilio de la vergüenza como alternativa a la angustia impensable, y las implicaciones, para «la» transferencia, del ejercicio genealógico, que es lo único que permite, autoriza a levantar el escamoteo de las palabras de los antepasados y sus transgresiones.
Ese trabajo, que reformula la cuestión de la forclusión y del Nombre-del-Padre, fue contemporáneo de los ensayos indispensablemente innovadores de Nicolas Abraham sobre el fantasma y la cripta.
A nosotros nos corresponde entonces reencarar el efecto de padecer específico de un «discurso sin ley», en el que la seducción y el homicidio se realizan sin la menor envoltura, dejándole al «se» (on) del sujeto la ausencia como único recurso.
El paradigma-crisis
Entre el erudito y el clínico, el camino del medio es difícil para una «enciclopedia».
Para el trabajo del analista de las «crisis», tal como lo propongo, el astuto Ulises hubiera sugerido provocar en el acto la resolución de la titulada «crisis» indefinidamente irresuelta, de la cual el epileptic-fit es sin duda el prototipo, pero que incluye también la migraña, la bulimia, el asma, la ira, la crisis neurovegetativa, la crisis de órganos, de destino, y, con perdón del lector, «de fe».
El paradigma-crisis intenta reagrupar, a partir de la experiencia epiléptica, esas situaciones del ser humano en las que la caída (ptosis) no está aún con-sumada en el individuo (síntoma). Situaciones en las que la existencia vacila aún en el umbral de la encarnación, retenida como lo está por las hadas encantadoras, las brujas maldicientes, los clanes celosos, los antepasados feroces, los fantasmas quejosos y amenazantes.
Nosotros abordaremos ese umbral pagando el Gran Libro de los Muertos con la Moneda del Sueño.
Trabajo del psicoanalista de nuestros días, si es que no quiere ignorar toda su historia; trabajo de los tres Estados de su mesa de artesano:
1) el de las cadenas significantes y su articulación fálica;
2) el de la cadena genealógica explicitada aquí;
3) el de las situaciones evocadas y/o compartidas a espaldas de ambos protagonistas de la cura, generalmente a cuenta desde Dolto, de la imagen inconsciente del cuerpo (agón: lucha-agonía: angustia).
A quienes piensen que me falta timidez al asignar, al psicoanalista así expuesto, una tarea tan activa, interrogativa, reflexiva, los remito al breve pasaje de «Análisis terminable e interminable» donde Freud califica de «acción inamistosa», «ataque contra el yo», el hecho de interrogar sueños, actos fallidos, relaciones sexuales; interrogar sobre los padres y la historia de los parientes colaterales sería un ataque contra el superyó. Instauración por el analista de la «transferencia negativa», respecto de la cual Freud recuerda con insistencia que, si no es resuelta, el análisis será muy poco sólido.
Para los «casos resistentes», Freud emplea la expresión «viscosidad de la libido». Adviértase la coincidencia: la palabra «viscosidad» se aplica por lo general al supuesto carácter epiléptico.
Que el analista recuerde que él es el primero, incluso aunque no lo advierta, en instaurar el estado de crisis, escandido y repetido por el espaciamiento de las sesiones, así como limita el exceso siempre amenazante de la «transferencia positiva» y de su «desbocamiento».
Al hacerse de tal modo apelante, el analista no puede dejar de percibir la mencionada «transferencia catastrófica», la que sobreviene cuando se apela (a-en) lo oscuro...
Asuntos de palabras entonces, escuchadas como enunciados, enunciaciones, pero también gramática, retórica, escena, momentos, voz, polifonía, cuerpo-acorde, ausencias, silencios.
... Todo lo contrario de lo inefable (ineffable) que se considera que caracteriza las experiencias más singulares; pero todo tipo de fábulas (fables) a extraer de las diversas fabulaciones, mágicas o racionales, que hay que sacar de lo infame.
A menos que se recaiga en la médico-psicologización indefinida, el proceso «crítico» exige del analista que no caiga en la negligencia de apelar a las ficciones fracturantes (effractrices), según la palabra de Michel Serres, quien dice que el único sentido que puede tener para él el término religión es lo contrario de la (ne[no]-gligencia). Que no deje de apelar en la caída solitaria (y no el compromiso del síntoma) de la epilepsia, tomada por sorpresa, a la epifanía de las piezas faltantes en el proceso de los cuerpos excluidos, de los lazos abolidos. Hacer síntomas de esas crisis. Tejer bastantes ligazones para poder después desligar- analizar.
Para ello, antes de instituir lo clásico («diga lo que se le ocurra, sin elegir, etc.»), hay que pro-ferir:
-«Puesto que no se le ocurre nada, diga lo que le pasa por la cabeza.» Antes de recordar (esto puede ser útil con quienes no tienen una falsa familiaridad con el ambiente llamado cultivado): «Cuente también sus sueños, sus sentimientos, sus deseos».
-Hay que precisar, insistir: «Trate de encontrar lo que pasó en usted, alrededor de usted o en la coyuntura, en tal o cual momento (la primera crisis, los puntos críticos de la existencia) ... ».
El psicoanalista de tal modo apelante no faltará a la catástrofe de la transferencia, de otro modo indefinidamente escamoteada en la pasión de hacer el vacío. Vacío que el paciente lleva con insignia de su pertenencia al clan donde ha sido diversamente repudiado, abandonado. Pero -esperemos- el analista no repudia (renonce): allí donde el artista pronuncia (prononce) sin saberlo las palabras (imágenes~ formas) que nunca han sido, allí donde pinta, escribe, escucha lo que jamás ha visto, leído, oído, tocado, gustado, experimentado, movido o conmovido, el «crítico» renueva sin cesar su asentimiento forzado al renunciamiento que lo domina.
Transferencia-catástrofe
El paciente nos pone en crisis, nos desafía a decirle eso que «pasa» de generación en generación, de pareja con falsos lazos, de muertos olvidados en votos abolidos. En ese desafío, las ausencias y los múltiples pasajes al acto que «adulteran» los encuentros con los psicoanalistas, ¿son algo distinto de apelaciones renovadas al «¿me quiere usted?». Son asimismo apelaciones a la verdad del otro, pasajes al otro lado del espejo, oblicuamente, allí donde se mueve el analista, allí donde él asume la responsabilidad por su «estado»: llamados a que comunique suficientemente ese estado para terminar con el «escándalo de la apatía» (J. M. Gaudillire), llamados a que los secretos «dejen de no escribirse» (Lacan). Exigencia de que por una vez sea creado el marco de un espejo a partir de su mutismo, el soporte de una escritura, que precipite, que abarque.
Ese precipitado es la transferencia-catástrofe que nos instaura como escucha y nos obliga al primer pasaje al acto, a la interrogación activa (el ejercicio genealógico entre otras cosas), a la interrogación activa y asidua de las circunstancias y las coyunturas, a la puesta en obra aplicada y constante del adagio «Imaginar lo real de lo simbólico», sobre todo de lo simbólico que falta; si no, se repite esto: que el trauma de lo real permanece fuera de todo decir y apela al analista en su consistencia (lo que se mantiene junto), en su verdad propia, instaurado de pronto como portador de la posibilidad de imaginar sin temor. O con temor finalmente enmarcado por la vida, física, histórica y psíquica, del analista.
El analista no siempre puede tomar impunemente sobre sí el conjunto de los no-representados -aunque su propia historia sea solicitada para ocupar el lugar del tejido faltante- sin producir en ese lugar saber psiquiátrico o maternaje abusivo. Y la falta en decir de la historia del analista puede tener para el paciente, y a espaldas de ambos, efectos nefastos. Falta en decirse, por lo menos. Pero, a psicoanalista silencioso, trauma indefinidamente repetido.
Entonces, ¿transferencia-catástrofe? Para los dos protagonistas de la cura, un momento de ruptura que conjuga el trayecto del symbolon sumbolou (marca)], roto en dos para reunirse. El analizante «critica» el hecho de haber sido mantenido en la ignorancia de que había otros (seres humanos) capaces de reconocer sufractura, y que ella era allí por lo menos virtual, para hacer símbolo con otras.
La transferencia-catástrofe prepara, bosqueja el lugar de la escena primitiva, si ésta es concebida como la posibilidad (la escena-el guión) de imaginar, o de crear, una conjunción de personas que dé prevalencia a la dimensión fálica del goce, aquella en la que el «el falo» no es ni de uno ni de otro.
Para la «creación», o más bien la invención de la escena primitiva, dos vertientes:
a) «Mal visto-mal dicho» (S. Beckett):
El origen es fantasmatizable, puede suscitar representaciones de lo que hace yugo, el conjunto «nombre-de-los-falos». En el discurso parental hay con qué «ilustrar» lo que se ha cruzado (co-ire: teorías sexuales infantiles, cuentos de hadas transformables y cuyo desenlace no es prevalentemente mortal).
b) «Demasiado visto, demasiado dicho»:
El origen está aprisionado en las criptas, los limbos, los cuerpos amortajados. Hay demasiados nombres ocultos que hacen creer en un falo salvador, creer que los genitores hacen conjunto: ocultar los traumas uno en otro.
Lo no-aún-advenido de lo sexual diferencial hombres/mujeres - adultos/niños se presentará sir, representaciones en forma de crisis, que fallan siempre el intento de ser resolutivas, que no dejan de dar prueba de la inconsistencia de la articulación allí donde sólo hay ensambladura disyuntiva.
Ese reentrenamiento es «la encarnación maligna» de esas enfermedades-crisis.
«Allí donde en el analizante no hay lugar para acoger lo que llega, es decir, lo real de los acontecimientos y los actos, para que él los realice -tarea infinita que necesita repetición- es de primera necesidad que ese lugar donde recibir esté en el analista. A partir de allí éste puede hablar, devolver lo que recibe al lugar donde el analizante no puede aún recibirlo él mismo. [ ... ] [homenaje al Squiggle de Winnicott].
«... Instauración de un lugar donde recibir... Ésa es quizá la verdadera función del trabajo genealógico (cf. Dolto, Mélése, Dumas). Le permite al analizante comprender un poco qué objetos de transferencias pulsionales ha sido y es aún, a partir de qué se constituyó su yo corporal inconsciente como trozo de real inespecularizable. Desde allí se separa como analista de las transferencias imaginarias de las que él ha sido el objeto real a pesar suyo» (P. Delaunay).
«El goce en la psicosomática es del orden de lo congelado.» «Es por la revelación del goce específico que hay en su fijación como hay siempre que tratar de abordar lo psicosomático», decía Lacan en Ginebra en 1975.
Y un poco antes, una especificación: «en ciertos "seres" el encuentro con su propia erección no es en absoluto autoerótico [Juanito ... ]. El goce que es resultado de ese Wiwi-Macher le es extraño, al punto de estar en los inicios de su fobia ... ».
Lo que nos interesará en los «sujetos de epilepsia», si se considera que lo que para ellos se convierte en «extraño» es su propia existencia corporal.
¿Qué volver a poner en movimiento en esta galería de espejos donde todo se atropella sin jamás unirse?
a) Nuestra tarea más clásica consiste en despertar el equívoco:
Imágenes que ya están ahí fijan las imagos familiares. Del silencio pueden emerger palabras emocionadas, se pueden desprender las enunciaciones, se puede reanimar la coreografía de los personajes, los deseos pueden circular por lugares otros que los márgenes: los sueños, los compromisos sintomáticos, los cuerpos impedidos.
b) La tarea del analista «en crisis» consistirá más bien en evocar lo abolido:
El mundo está en pedazos, las imágenes-palabras no han emergido de un caos tan estrepitoso como helado.
La tarea del analista consiste en instaurar (directa o indirectamente) la enunciación princeps que crea tiempos y lugares: Hay... Precipitación en la que el analista es útil en persona, y no solamente en efigie. Despertar el lugar del muerto entre los tramposos, pasar por encima del decoro de los secretos, construir sobre las ruinas y los hundimientos (únicas maneras de amonedar el tesoro de lo no sabido, la caverna de Alí Babá de los monstruos, en pequeños «cortes» aptos para el comercio psíquico). únicas maneras de que los decires se particularicen y se quiebren las formaciones de supervivencia, las llamadas «neurosis narcisistas», en su gran retorno a la escena analítica, al registro llamado «psicosomático» (¡enfermedades o necedad!) al registro llamado «psicopático» (crímenes, accidentes, prueba del destino), al llamado «perverso» (abuso de goces, sin duda, pero también «tomas de cuerpos, indebidas, la paidofilia «normal» de las familias, la coherencia de los clanes), al registro llamado «psicótico» (construcciones y destrucciones totalitarias e inadecuadas, el hecho de un solo «delirante» designado, o de todo un grupo sellado).
Entre esas formaciones de supervivencia, el estado de crisis como puesta en cuerpos, toma en masas (recuérdese la Massen - Psychologie), manifiesta que hay ocultamiento de bien simbólico (P. Delaunay) que ha tenido efecto de asesinato. únicas supervivencias: mitos, documentos, lenguas muertas.
Debemos tener en cuenta, a veces sin comprender, nuestro lugar de traductores, «establecido» en el curso de ese atravesamiento repartido. Y sobre todo no erigir con ello un estado, un nuevo cierre (forclusión) teórico. Tenemos que balbucear, cojear, engañar y desengañar.
Invención del inconsciente
«Lo psicosomático es algo que, en su fundamento, está profundamente enraizado en lo imaginario [ ... ]. En esto puede esperarse que el inconsciente, la invención del inconsciente, pueda servir para algo» (Lacan, le Bloc-Notes, Ginebra, 1985).
«Hemos retornado a las fuentes glaucas... les escribo desde la ciudad del tiempo interrumpido» (Henri Michaux).
Trabajo de la argumentación: la crisis insiste en no renunciar. «Renunciar» a alguien era rehusarse a reconocerlo. «Esperar» allí el camino de la libre asociación sería renunciar de nuevo. Y hacer de nuevo de ese cuerpo presente el exceso de una elipse no trazada, cuerpo de más reducido a esa extraña lanzadera que no teje nada. Por ejemplo, la crisis de epilepsia que tan a menudo se produce en lugar de la cópula (papá y mamá) desde el bosquejo de su enunciación.
Escribir ese trabajo de la argumentación, el ejercicio genealógico, es sin duda asumir el riesgo de tocar el pasado... «Palpar la superficie de la conciencia», decía Freud de su ejercicio. Nosotros vamos más allá, y hablamos del ejercicio por el analista de todos sus sentidos.
Pero esta carta del país lejano es preciso escribirla con esmero y con cuidados. Si dejamos un trozo de tiempo en el espacio, ya ningún límite podrá ser fiable. ¿Cómo podría ello devenir finalmente inconsciente? ¡Ningún sufrimiento experimentado para poner límite al dolor devorador! ¡Ningún placer vivido para tachar el exceso de goce apremiante! ¡Ningún deseo confesado para detener lo infinito de la demanda!
Construyamos entonces ese nuevo espacio-tiempo apto para recibir ese «trozo de verdad histórica», como decía Freud del delirio. Aquí la crisis remite a la verdad genealógica más que a la del sujeto que «sufriría de reminiscencias». Digamos que se trata de reminiscencias de linajes, de raleas.
Desde la acogida por el psicoanalista, atento a situar al paciente en una red ordenada de ascendientes y colaterales, que incluya a los excluidos, no nacidos, no confesados, rechazados de los lazos o de los relatos, desaparecidos o mal-muertos, situar en verdad, en «detalle», cronológico, topográfico, coyuntural, tanto las historias grandes como las pequeñas, a la espera de que la coyuntura de la primera crisis, siempre por revelar, adquiera su valor sobre ese fondo. Sin vacilar en solicitar la indagación, el documento, el testimonio. Allí el propio psicoanalista se aventura a veces a dar testimonios de sus múltiples «pases».
De modo que lugar de traductor, pero también lugar de padre que no dice «Yo quiero», o «Tú debes», sino «Hay», o más bien Es gibt: Ello (se) da (a) ser. Dicho de otro modo, traducir en juicio.
Esta «construcción para el análisis» prepara de hecho la aparición súbita de la sorpresa de otro modo evitada: un abuelo ignorado, una circunstancia reservada, que de otro modo ocultarían su nocividad incontrolable, insituable. No hay que temer el vértigo de la «completud». El interés cae cuando la tarea de exhumación ha hecho una obra suficiente. Enough. Después de haber consultado algunos árboles genealógicos comentados, uno mismo los establecerá, tomándose tiempo para acoger en ellos las sorpresas que acotan el dominio de la crisis.
Lugar del acto
«Los niños insoportables y antagonistas ayudan a una madre depresiva a no derrumbarse Un niño insoportable es en verdad, de manera crónica, el electroshock del pobre. Durante todo el día impide que su madre caiga en sus fantasmas depresivos. Siendo agresivo, le permite ser agresiva a su vez, y también mantenerse en la superficie» (Dolto, Séminaires de Psychanalyse de l’Infant).
Ya no estamos aquí en el dominio circunscrito por el triplete de «inhibición, síntoma y angustia». Permítaseme proponer «Exhibición, crisis y vergüenza».
Exhibición: Yo la ubico aquí en el lugar donde por lo común se enuncia el trauma. Por ejemplo, la obscenidad del sexo del padre no provendría de que sea mostrado, sino de que no represente una huella de lo que habría hecho inscripción en el centro (residencia) del otro (CI. Maritan). En ciertos casos, el cuerpo se manifiesta como ficha falsa [faux-jeton] de una partida no jugada. La crisis no es entonces resolutiva y no produce ningún retoño [rejeton] apto para elevarse.
La crisis de epilepsia ¿es un caso particular de acting-out, aquí de la fractura de las envolturas mortales? ¿O bien el caso tipo? Del cual el otro es la pasión: crimen de amor, porque ella no se dirige al otro en el amor sino a una virtualidad irrepresentable.
«La pasión patológica es apego a un objeto de forma arcaica del desarrollo, a una imagen sepultada ... » (Lacan). Quizá las concepciones recientes del objeto (en las que Lacan no ha intervenido por «nada») nos permiten, también ellas, concebir apegos alpor los agujeros, pozos de desencadenamientos pulsionales innombrables.
La crisis de epilepsia o el estado potencialmente crítico, ¿son entonces actos de pasaje, como desde el afuera? ¿Se los puede llamar enfermedad, maldición, accidente, lesión?
La experiencia verifica que la causación orgánica o funcional de las crisis, tal como la describen las obras de neurología, es sólo un elemento de facilitación al servicio del proceso crítico. Causación no obligatoria, según lo demuestran las curaciones con disminución o supresión de los medicamentos; tampoco necesaria, como lo indican los muy numerosos casos «sin causa» detectable. No obstante, le corresponderá al analista el reconocimiento del «afuera», real lesional o formación de supervivencia psíquica ante una herida simbólica, así como asegurar su tarea conjuntamente con un seguimiento médico atento y no competitivo. Lo cual por lo menos permitirá no facilitar el recurso de tipo tóxico a la escapada-crisis, reconociendo sus peligros neurológicos y vitales.
Es posible transformar la crisis o el estado Epilepsias (De la sedición de lo inédito a la crisis del psicoanalista) mediante el semblante, la fractura, el «proyecto» del analista que se instala en el corazón del dispositivo catástrofe. Las crisis pueden re-accionar [re-agir] en la cura pero sólo si su punto umbilical fuera del sujeto es interrogado por la reactividad del propio analista, hasta la dimensión [dit-mansionl de lo prenatal, entre genealogía y fantasmatización. Escena matriz de la ilusión [fantôme] si falta la función paterna como útil de extracción, escena matriz del fantasma [fantasme] si hay pregnancia de un goce en los bordes sexuados.
Convertido así en lugar de la inscripción, el psicoanalista apela a un epitafio cuyo soporte es un resto de las envolturas. Resto con lo que no designo sólo la mitad del huevo condenado al deterioro, sino también lo que hace amar y esperar al futuro-nacido, antes de que sea golpeado por la predicción de su sexo. Pero también lo que puede hacer envoltura, de tejido y palabras, para los difuntos mal enterrados. Enterrar, con ternura en la retrospección, a un progenitor mal muerto, puede terminar con una compulsión al homicidio. al suicidio, a lo fracasado, a lo abortado, que sobre todo no hay que tomar por un deseo de asesinato, pues así se corre el riesgo de precipitar su efecto, sino por lo inacabado de una partida de reconocimiento de defunción mal inscrita, que por lo tanto no permite la estabilidad de las inscripciones futuras.
En la envoltura, la «capacidad» [contenance] del psicoanalista, sucede entonces que se desconcierta [décontenance] el autómata de la crisis. Etapa esencial de la curación, se presentan disociadas esas inflorescencias siempre combinadas, amnesia, caída, convulsión, enuresis. Disociadas, y por lo tanto fácilmente asociables, reintegrables en el proceso psíquico, sueños, rememoración. No sin nostalgia: «¡Ah, qué bella era mi crisis!». Pero, si es cierto que «la belleza será convulsiva o no será» (A. Breton), la vida, quizá, será...
O bien: «el lugar del prolongado palabrerío puede convertirse en el de la decisión» (E Ponge).
Ausencias y consecuencias
Recuerdo esta palabra de una joven epiléptica: «cache-mort» [«tapa muerte»]. La ausencia epiléptica, ¿sería una pesadilla [cauchemarl de filiación, fragmento de real, huella sin soporte?
¿La huella de una ausencia sin soporte para interrogarla? Allí donde se cortan los hilos, donde muerte e incesto enlazados hacen agujero negro, antimateria, vacío que aspira, escamoteo, en el discurso familiar, puntos de referencia esenciales nunca revelados (relevados). Escamoter [escamotear] significa en provenzal «deshilachar», deshacer la trama. Entonces las cadenas quedan libres, locas, y los «hilos»* yerran sin límite.
En la introducción a «El seminario sobre "la carta robada"», Lacan habla de lo que no se puede representar en una sola ocasión (una mano de cartas, una tirada de permutaciones). En suma, se trata de la forclusión de un estado de representaciones al que sólo se arriba por construcción, tal como ocurre con las tiradas imposibles del taquin. Esas tiradas, esas figuras, esos cuadros que no terminan de ocultar su ombligo: en ese lugar es requerido el «se» del sujeto llamado epiléptico -lugar del comodín apto para todo, ausencia.
«Me hago cero para pasar detrás de ellos y conocer sus reglas», decía una joven de quince años. Entonces, ¿esos comodines, esas lanzaderas en lugar de una clínica ausente? Por cierto se manifiestan a los analistas, al principio por ese primer golpe de suerte [coup de dés], imprevisible en su tirada, y más aún en su continuación, que yo he denominado transferencia-catástrofe. Golpe de suerte que no iluminará, digamos como un «relámpago» [coup de foudre], a menos que el analista se preste a ello, puesto que ese encuentro sólo puede ser recíproco.
En él no puede dejar de haber solicitación al «análisis mutuo», un tanto sulfuroso, de Ferenczi, siempre que se recuerde que recíproco no es simétrico. Lo que probablemente vale para toda empresa psicoanalítica.
Registro
A nosotros, a veces aterrados por esta clínica ausente, nos corresponde buscar las huellas de la borradura de las huellas. Reconstituir lo que sucedió y también registrar por qué no nos ha llegado y por qué el sujeto ha sido tan poco o tan mal marcado por ello. Proceso inacabado, que hay que retomar indefinidamente, ya que el derecho en este linaje no puede ser dicho, redicho, contado, y que el sujeto es abandonado, «renunciado» a lo que, a falta del dicho [dudit], le «hace la ley», o sea a los registros pulsionales, biológicos, entrópicos.
Los registros del proceso han sido escamoteados, lo que no es idéntico a forcluidos. Reabrir la causa no bastará; se necesitan hechos nuevos y un «por qué» recibirlos. A falta de inscripción fiable, siempre se espera una retroacción [aprés coup] y en ese suspenso se producen los golpes [coups]. La crisis es a veces lo que le falta a la realidad para ser verosímil.
La crisis, «se» del sujeto: exhibición sin continuidad ni consecuencias de una vergüenza sin nombre.
De pronto el encuentro con el psicoanalista exige un proceso-verbal. Mediante ese golpe, mediante la transferencia-catástrofe, ¿sabremos nosotros, los analistas, facilitar el pasaje hacia la isla de Robinson, a través de tempestades y naufragios?
Robinson crea sus instrumentos como síntomas de su humanidad. Después de la angustia vertiginosa del naufragio, esos útiles, esas medidas, esos procesos-verbales harán inhibición, creadora de los límites, de otras partes, de mañanas. Inhibición que permite asumir el terror del espejo-objeto, la mirada muda que no viene de ninguna parte, partición. Robinson, hijo de Robin... de los Bosques, ya no será obligado a eclipsarse para poner en crisis los estados sin ley.
La idea
«En la transferencia, las palabras del sujeto vuelven a dar vida al esbozo interrumpido de un yo perimido. Es él el artista de su cuerpo, el que ha abandonado el esbozo... Ese instrumento lo ha traicionado»... (Dolto, op. cit.). Restablecer el movimiento en el «signo», construir los lazos reales, evita dejar al niño o al «crítico» en su lugar electivo de «placa sensible», lugar de ejercicio de luchas pulsionales indefinidamente telepáticas. Evita también la «enfermedad de la cópula» que él no cesa de elegir, «inimaginable» mensajero de un encuentro entre los linajes sin armazón estable. Linajes que sólo han sabido dejar huellas sin goce, o producir goces sin huella.
Construir el momento de ese encuentro le evitará al <crítico» cesar (de tratar) de ser su «primera piedra». En ese campo de ruinas, tratamos de reconstruir algunos «ojos fértiles». Espejito, dime... Pero, ¡cuidado, Reina! ¡Deja hablar a ese espejo! Y no despaches entonces a tu rival en ciernes a la regresión indefinida de sus pulsiones desorganizadas, sus «siete enanos» cortados del mundo.
El terror del espejo objeto es el aspecto de todo o nada de la crisis: o bien adentro, o bien afuera. Ese espejo de hielo, inexorable, fijamente cercado, y mudo. En la continuidad de la relación con el otro, aparece una discontinuidad-singular: el espejo objeto además de la mirada (o el dominio corporal mediatizado de otro modo). Pero, para nuestra desdicha, esta discontinuidad «espejo» es sin palabra, sin expresión, sin IDEA. A menos que hagamos pivotear nuestra «psiché» (M. Guibal), que hagamos dar vuelta los espejos del «estaba escrito», del «eso va de suyo».
Una palabra entonces sobre la idea: para mí es la organizadora de base que corresponde a la imagen inconsciente del cuerpo. Toma su forma de todos los espejos; su estado, de todos los depósitos lenguajeros; su movimiento, de ese «órgano irreal», la libido que desfleca los límites anatómicos (« ... designar la libido no como un campo de fuerzas, sino como un órgano. La libido es el órgano esencial para comprender la naturaleza de la pulsión. Ese órgano es irreal. Irreal no es imaginario. Lo irreal se define por articularse con lo real de una manera que se nos escapa, y es justamente esto lo que exige que su representación sea mítica, como nosotros la hacemos. Pero ser irreal no impide al órgano encarnarse»; Lacan, Seminario XI).
«ldea de sí» si se quiere, mito encarnado que se abre al Self, al yo, a la persona loca(o)(s) del «yo» Uel. La supongo en un antes del sujeto retroactivamente tejido, en un soporte que no se sabe destinado a la inscripción.
«Ella es el límite extremo de un estado, de una situación. Pero no tiene nombre ni rostro [ ... ] es designada por su función. Es un estado ¡limitado del individuo, el lugar de lo escrito, sin fondo, sin fin. [ ... ] un estado del ser humano, que no se conoce. [. .. ] ella es sin conocimiento [ ... ] es el instante. Es como un estado primero que será reencontrado, un estado animal del ser humano, que hace que ella participe del estado de todos... del cual ella es la idea más próxima.» (Marguerite Duras, comentario del filme India Song. «Ella» es la pordiosera.)
Lo urdido
La exhibición que opera en la crisis implora la Referencia, en su consistencia y su lógica.
Más allá del escamoteo que ha deshecho las tramas, es el depósito, el montaje singular de la cadena tal como está urdida, que maquina la pérdida del «Sujeto» en advenir-crítico.
Lo que se ha anudado para tejer las peticiones cotidianas (anatomía que se quiere destino, amor que se quiere salvador, barbarie que se quiere purificadora), esos nudos no han sido consistentes para nuestro «sujeto». (Como opción opuesta, uno podría considerar el carácter obsesivo «normal» como un delirio exitoso: todo funciona sin «referencia»... mientras los trenes lleguen a horario, poco importa lo que acarrean.) Para dividir estas evidencias, que «llegan sin decir» hasta la ruptura crítica, necesitamos los relatos. El R.S.I. (aunque ya sólo «existe» el electrón o el fotón, pensables de otro modo, como efectos de campos o como subpartículas en espera de clasificación). ¿Qué es entonces lo que sostiene la salida de la familia? ¿Qué bastón de peregrino? ¿Qué órgano irreal puede organizarse en cada uno de nosotros para mantener la presencia de ese «falo», de lo deseable?
Necesitamos los relatos en su multivocidad en nuestras tres bandas, nuestros tres anillos de humo que e(qui)vocan sus chimeneas: las palabras para decir la significancia, las imágenes a partir de las cuales se constituye la idea de sí, la envoltura genealógica que autoriza los mapas detallados.
Ese relevamiento genealógico que yo pido pondría relieve en los cuentos planos de los espacios familiares, pero también relevaría, elevaría, promovería las sobras, los restos, los «dejados para no contar» de nuestras H/historias. Los relatos.
El R.S.I. permitiría mantenerlos juntos, sin caer en el horror de la escisión.
Quizá los epilépticos -en tal sentido paradigmas de otros «críticos»- han sido los precursores de nuestra modernidad, cuando después de Auschwitz e Hiroshima, la fobia se convirtió en la norma, cuando lo humano del destino dejó de estar asegurado.
Erikson Erik
Nacido Homburger (1902-1994)
Psicoanalista norteamericano
Nacido en Francfort, Erik Homburger no conoció a su padre biológico, que había abandonado a su madre, Karla Abrahamsen, antes de que él naciera. De origen danés, esta mujer se casó en 1905 con un pediatra alemán, Theodor Homburger, proveniente de una familia de la pequeña burguesía judía practicante. Responsable de la sinagoga de Karlsruhe, llevó allí a su mujer y le dio su apellido al niño, que fue educado en la ignorancia de su verdadera historia. Sobre todo se le ocultó que el padre era danés y que había abandonado a la madre. De allí el desconcierto que experimentó el joven Erik respecto de su judeidad. Por momentos tenía la impresión de ser judío por la filiación de su padre político, y otras veces le atribuía un origen judío a su familia materna. Este enredo lo llevó a convertirse al protestantismo y a cambiar de apellido.
En 1927 se instaló en Viena como artista plástico, especializado en retratos de niños. También se inició en los métodos pedagógicos de Maria Montessori y, a través de su amigo Peter Blos, que daba clases particulares a los cuatro hijos de Dorothy Burlingham, entró en contacto con Anna Freud. Juntos, y con Eva Rosenfeld (1892-1977), ellos crearon una escuela, a la que primero asistieron los hijos de Dorothy, y después otros niños en tratamiento analítico, cuyos padres también estaban en análisis. Cautivado por esta experiencia, pero pobre como Job, Erik Homburger fue no obstante aceptado en formación didáctica por Anna Freud, por una suma módica. En Viena él conoció a su futura esposa, Joan Moivat Serson, de origen norteamericano-canadiense, quien sería analizada por Ludwig Jekels.
Erik Homburger escribió entonces sus primeros artículos sobre pedagogía. Pronto se integró a la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV), cuya atmósfera le pareció asfixiante, y después decidió emigrar a los Estados Unidos, a continuación de una invitación para enseñar y practicar el psicoanálisis de niños en Boston. Primer discípulo de Anna Freud, fue por lo tanto también el primer hombre que se lanzó a esa actividad reservada hasta entonces a las mujeres. Más tarde se dedicó a la adolescencia, y enseñó en California, en la Universidad de Berkeley.
Inmediatamente antes de salir de Europa, abandonó el apellido Homburger y se creó uno nuevo, sobre la base de la práctica escandinava de añadir el sufijo "son" (hijo) a un nombre propio. Se convirtió entonces en Erik Erikson, es decir, Erik hijo de Erik.
El acceso hasta esa nueva identidad coincidió con el descubrimiento de las teorías del movimiento culturalista norteamericano, y le permitió a Erikson aplicarse con provecho a los problemas de la adolescencia: -Mientras trabajaba en las reservas de indios sioux de Dakota del Sur, y en la tribu yourok de California del Norte, d |