Escisión
El término Spaltung es muy ambiguo en Freud. Por cierto, la operación que designa es de escisión o clivaje, como se traduce el término; de separación, por lo tanto, pero todo depende de qué es lo que se separa. Desde los Estudios sobre la histeria, Freud se sirve de él (igual que Breuer) para designar la «escisión» de la conciencia (Bewussteseinsspaltung), propia de la histeria y la hipnosis. Es pues una palabra que se utiliza para decir que «uno se divide en dos», y Freud también la emplea cuando tiene necesidad de separar absolutamente en el aparato psíquico registros tan diferentes en su funcionamiento como el sistema Inconsciente y el sistema Preconsciente. No obstante, en ese nivel sería excesivo considerar el término «escision» como un concepto operatono en Freud.
La palabra sólo se particulariza bastante tarde, a partir del artículo «Fetichismo» (1927), refiriéndose sólo al yo, y en relación con un mecanismo altamente específico: la desmentida (Verleugnung). Fue incluida en un título de 1938 («Die Ichspaltung im Abwehrvorgang»), para ser tomada por última vez en el Esquema del psicoanálisis. La escisión del yo designa entonces dos actitudes opuestas sostenidas por el yo, sin que éstas entren en conflicto, y por lo tanto sin salida sintomática. Freud señala esencialmente esta dualidad del yo frente a la castración materna, a la vez plenamente reconocida y perfectamente ignorada. No se trata de una diferencia debida a un juego de instancias o de funcionamientos heterogéneos, sino de una partición sin línea de conflicto aparente en el seno de una misma estructura, que por otra parte se supone homogénea: el yo. Allí reside la dificultad que hace vacilar a Freud acerca de si lo que él propone «debe ser considerado como conocido desde hace mucho tiempo y evidente de por sí, o como totalmente nuevo y desconcertante». «El conjunto del proceso -continúa sólo nos parece tan extraño porque consideramos la síntesis de los procesos del yo como obvia. Pero en esto nos hemos equivocado de modo evidente.»
Frente a las exigencias pulsionales, la máquina sintética que es el yo freudiano se encontraría sometida «a toda una serie de perturbaciones»; al avenirse a la vez con la satisfacción pulsional y con el bienestar moral ligado al respeto de la prohibición, el yo, escribe Freud, «ha alcanzado un cierto éxito», al precio «de una desgarradura (eine Einriss) que no curará jamás, sino que aumentará con el tiempo».
Esta desgarradura del yo que cede a la vez a las exigencias contradictorias del ello y del superyó no es la herencia de ninguna estructura, puesto que Freud basa sobre ese modelo «La pérdida de la relidad en la neurosis y la psicosis», mientras que considera la desmentida como eje de toda perversión. De modo que hay escisión en todas partes, aunque sea en grados cuantitativos diferentes. Subsiste entonces una cuestión muy difícil de resolver: cuando el yo quiere rechazar algo, tiene también el recurso de la represión. ¿Qué diferencia hay entre escisión y represión? Al final del Esquema, Freud escribe: «La diferencia entre los dos casos es de orden esencialmente topográfico o estructura], y no es siempre fácil decidir de cuál de las dos eventualidades se trata en cada caso particular». Esta observación se impone, en efecto, si es cierto que la escisión, sin conducir a una formación de compromiso sintomático, termina por fracasar, en la medida en que no se pueda mantener indefinidamente una perfecta impermeabilidad entre las dos partes escindidas. Si añadimos que en el juego de las tópicas freudianas una parte del yo puede ser inconsciente, vemos mejor aún hasta qué punto escisión y represión -tan diferentes a primera vista- tienden a coincidir parcialmente.
Hay que distinguir con cuidado esta noción freudiana de «escisión del yo», de la introducida por Lacan con el mismo término, pero con respecto al sujeto. La «división del sujeto» no puede confundirse de ningún modo con la represión, puesto que, por definición, a ese sujeto no se le atribuye ninguna «unidad», ningún poder sintético. Esta división, lejos de ser un accidente del desarrollo patógeno, no es sino el régimen normal del sujeto lacaniano, siempre representado por un significante para otro significante, indefinidamente dividido por el funcionamiento de la cadena significante. El término freudiano Spaltung, que Lacan traduce también en sus Escritos como «hendidura» [refente], le sirve para instalar la noción defading del sujeto en el lugar mismo de la Ichspaltung freudiana: «[ ... ] se llega al "splitting del objeto" -escribe Lacan criticando a Jones- por no haber sabido leer, en la admirable nota interrumpida de Freud sobre el "splitting del ego", el fading del sujeto que lo acompaña» (Escritos).
Escisión
Alemán: Trennung.
Francés: Scission.
Inglés: Scission, schisni.
Se denomina escisión a un tipo de rupturas institucionales que sobrevinieron en el interior de la International Psychoanalytical Association (IPA) a partir de fines de la década de 1920. El eseisionismo fue un proceso ligado al desarrollo masivo del psicoanálisis en el período de entreguerras, y después, durante la segunda mitad del siglo XX. Atestiguó una crisis de la institución psicoanalítica y su transformación en un aparato burocrático destinado a manejar los intereses profesionales de la corporación (análisis didáctico y control, análisis profano o análisis por los médicos) a partir de reglas técnicas (duración de las sesiones y las curas, cursus, jerarquías) que se habían vuelto cuestionables a juicio de algunos de sus miembros, al punto de llevarlos a rechazarlas radicalmente, y luego a realizar una secesión.
El escisionismo se produce en general en torno a la palabra de un maestro cuyo pensamiento y enseñanza despiertan las conciencias, indicando a los alumnos o discípulos el camino de una posible renovación de la doctrina. Este despertar lleva por lo general al cuestionamiento de la máquina burocrática cuyo objetivo es en primer término la igualdad de condiciones entre todos sus miembros: ningún jefe, ningún pensador nuevo, ningún maestro que pueda asemejarse a Freud y reunir a su alrededor a epígonos o idólatras.
El escisionismo es por lo tanto el síntoma de la imposibilidad de que el psicoanálisis y el freudismo de la segunda mitad del siglo XX sean representados en su totalidad exclusivamente por la IPA, aunque ésta sea la asociación más poderosa y más legítima del mundo. Cuanto más importante es el movimiento freudiano en un pais, mas frecuentes son las escisiones. Por ello el escisionismo es un fenómeno ligado al desarrollo de las instituciones psicoanalíticas.
Los grandes países escisionistas fueron primero Suiza (donde lo que estuvo en juego en la primera escisión fue el análisis profano [1927-1928]), después Holanda (donde estalló la segunda escisión con la inmigración de los judíos [1934-1935] perseguidos por el nazismo), y a continuación los Estados Unidos, Francia, la Argentina, Brasil. Sólo Gran Bretaña logró evitar las escisiones, mediante un acomodamiento interno en la British Psychoanalytical Society (BPS) luego de las Grandes Controversias: en lugar de conducir a una verdadera fractura, los conflictos desembocaron en una división tripartita de la propia BPS (kleinismo, annafreudismo, Independientes). Es preciso decir que lo que estaba en juego tenía un carácter específico, puesto que se corría el riesgo de que fuera la hija de Freud la excluida o la que abandonara la sociedad legítima.
La palabra escisión tiene una dimensión política. También conviene perfectamente al movimiento psicoanalítico, que ha construido sus asociaciones siguiendo un modelo tomado de las organizaciones modernas. Remite por otra parte al concepto freudiano de clivaje (Spaltung), y a la idea de que no se puede alcanzar ninguna identidad en el registro de lo humano. Por lo tanto, el término no equivale a cisma, palabra a menudo empleada en la terminología inglesa y que, aunque designa la impugnación de una autoridad legítima, la acompaña una connotación religiosa que no conviene a la inscripción del psicoanálisis en el siglo.
La palabra disidencia tiene otra significación. Se refiere a la acción o el estado de ánimo de quien rompe con la autoridad establecida, pero no implica la idea de partición o división presente en el término escisión. Por ello se la emplea en psicoanálisis para designar ¡as rupturas producidas durante la primera mitad del siglo XX, época en la que el freudismo no se había aún convertido en un verdadero movimiento de masas, como lo sería después de la muerte de Freud. De modo que la disidencia es un fenómeno históricamente anterior al de las escisiones, contemporáneas de la expresión masiva del psicoanálisis en el mundo, y por lo tanto de la llegada de la tercera generación psicoanalftica mundial (Jacques Lacan, Heinz Kohut, Marie Langer, Wilfred Ruprecht Bion, Igor Caruso, Donald Woods Winnicott). Instruidos por los representantes de la segunda generación, los miembros de la tercera sólo tuvieron acceso a Freud a través de la lectura de los textos. Considerando que la IPA no era ya una instancia legítima inatacable, cuestionaron no sólo la interpretación clásica de la obra freudiana, sino también las modalidades de la formación didáctica, a las cuales ya no querían someterse, arrastrando con ellos a las generaciones siguientes.
En general, se emplea el término disidencia para calificar las dos grandes rupturas que marcaron los inicios del movimiento psicoanalítico: la de Alfred Adler en 1911, y la de Carl Gustav Jung en 1913. Estas dos rupturas llevaron a sus protagonistas a abandonar el freudismo y fundar por su lado nuevas doctrinas y nuevos movimientos políticos e institucionales: la psicología individual en el caso del primero, y la psicología analítica en el caso del segundo.
Estas dos disidencias se basaban en realidad en cuestiones teóricas. En tal sentido, entre la disidencia y la escisión existe la misma distancia que entre el cisma y la herejía. El cisma (religioso), así como la escisión (laica), es la impugnación de la autoridad legítima de la institución que representa la doctrina a transmitir (Iglesia para la religión, la IPA para el psicoanálisis), mientras que la disidencia (laica), lo mismo que la herejía (religiosa), es una crítica a la doctrina transmitida, crítica que puede llevar a la ruptura radical, al acomodamiento, a la reformulación interna de la doctrina original.
Las disidencias de Wilhelm Stekel y Otto Rank fueron en este sentido diferentes de la adleriana y la junguiana, en cuanto se referían a ciertos aspectos de la doctrina, y no a la totalidad, Se trató, por lo tanto, de disidencias internas de la historia de la teoría freudiana, de la cual conservaban lo esencial o una parte. La disidencia de Wilhelm Reich fue del mismo tipo; como a la de Rank, la siguió la exclusión de la IPA.
Observemos que sólo Jacques Lacan utilizó la palabra "excomunión" para designar la manera en que fue obligado a abandonar la IPA en 1963. De tal modo inscribió su ruptura con la legitimidad freudiana en una relación directa con el herem de Baruch Spinoza (1632-1677), que había sido un castigo de carácter laico, y no religioso. Lacan se comportó por otra parte frente a la IPA del mismo modo que el filósofo frente a su comunidad: él mismo consumó su propia exclusión. Y el empleo de la palabra traduce perfectamente la posición particular que ocupa el lacanismo en la historia del freudismo. Contrariamente a las otras corrientes que intentan superar el freudismo, Lacan construyó un relevo ortodoxo de los textos freudianos. Reprochándole a la institución freudiana (la IPA) que ya no fuera freudiana, se encontró obligado a fundar un nuevo lugar de legitimidad para el ejercicio del psicoanálisis: la École freudienne de Paris (EFP). De tal modo dio origen a un movimiento que, mientras se creía freudiano, sería denominado lacaniano. Ésta es la contradicción que traduce la palabra excomunión: también el joven Spinoza se vio obligado, por su herem, a fundar una filosofía “spinozista".
Escisión del objeto
(fr. clivage de l'objet; ingl. splitting of the object-, al. Objektspaltung). Mecanismo de defensa arcaico que se manifiesta a partir de la posición esquizoparanoide, escindiendo el objeto pulsional en objeto bueno y objeto malo, para sustraerse de la angustia. Véase Klein (Melanie).
Escisión del objeto
Al.: Objektspaltung.
Fr.: clivage de l’objet.
Ing.: splitting of the object.
It.: scissione dell’oggetto.
Por.: clivagem do objeto.
Mecanismo descrito por Melanie Klein y considerado por esta autora como la defensa más primitiva contra la angustia: el objeto al que tienden las pulsiones eróticas y destructivas es escindido en un objeto «bueno» y un objeto «malo», que entonces seguirán destinos relativamente Independientes dentro del juego de introyecciones y proyecciones. La escisión del objeto interviene especialmente en la posición esquizo-paranoide, en la que afecta a objetos parciales. Vuelve a encontrarse en la posición depresiva, afectando entonces al objeto total.
La escisión de los objetos se acompaña de una escisión correspondiente del yo en un yo «bueno» y un yo «malo», por cuanto, para la escuela kleiniana, el yo está constituido esencialmente por la Introyección de los objetos.
Acerca de la palabra «escisión», véase el comentario del artículo: Escisión del yo. Las concepciones de Melanie Klein parten de ciertas indicaciones de Freud concernientes a los orígenes de la relación sujeto-objeto (véase: Objeto; Yo placer-yo realidad). En cuanto a la aportación kleiniana respecto a este tema, remitimos al lector a los artículos: Objeto «bueno», objeto «malo»; Posición paranoide; Posición depresiva.
Escisión del Yo
Al.: Ichspaltung.
Fr.: clivage du moi.
Ing.: splitting of the ego.
It.: scissione dell'io.
Por.: clivagem do ego.
Término utilizado por Freud para designar un fenómeno muy particular cuya Intervención observó especialmente en el fetichismo y en las psicosis: la coexistencia, dentro del yo, de dos actitudes psíquicas respecto a la realidad exterior en cuanto ésta contraría una exigencia pulsional: una de ellas tiene en cuenta la realidad, la otra reniega la realidad en juego y la substituye por una producción del deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente.
I. La palabra Spaltung, para la cual adoptamos el equivalente de «escisión», ha hallado usos muy antiguos y variados en psicoanálisis y en psiquiatría; numerosos autores, entre ellos Freud, la han utilizado para designar el hecho de que el hombre, en uno u otro aspecto, se divide con respecto a sí mismo. A finales del siglo xix, los trabajos psicopatológicos, especialmente sobre la histeria y la hipnosis, se hallan impregnados de conceptos tales como «desdoblamiento de la personalidad», «doble conciencia», «disociación de los fenómenos psicológicos», etc.
En Breuer y Freud, las expresiones «escisión de la conciencia» (Bewusstseiizsspaltung), «escisión del contenido de conciencia», «escisión psíquica», etc., designan las mismas realidades: partiendo de los estados de desdoblamiento alternante de la personalidad o de la conciencia, tal como los muestra la clínica de algunos casos de histeria o tal como los provoca la hipnosis, Janet, Breuer y Freud llegaron a la idea de una coexistencia, dentro del psiquismo, de dos grupos de fenómenos, o incluso de dos personalidades, que pueden ignorarse mutuamente. «Desde los interesantes trabajos de P. Janet, J. Breuer y otros, se ha llegado a reconocer de un modo general que el complejo sintomatológico de la histeria justifica la hipótesis de una escisión de la conciencia, con formación de grupos psíquicos separados. Las opiniones son menos claras respecto al origen de esta escisión de conciencia y al papel que desempeña en el conjunto de la neurosis histérica». Precisamente sobre la base de esta divergencia de apreciación, surge el concepto freudiano del inconsciente como separado del campo de la conciencia por la acción de la represión, concepción que se opone a los puntos de vista de Janet sobre la «debilidad de síntesis psicológica» y se diferencia rápidamente de los conceptos breuerianos de «estado hipnoide» y de «histeria hipnoide».
La escisión es, para Freud, el resultado del conflicto; así, pues, si bien el concepto tiene para él un valor descriptivo, no posee en sí mismo ningún valor explicativo. Por el contrario, plantea el problema de por qué y cómo el sujeto consciente se ha separado así de una parte de sus representaciones.
Cuando Freud describe la historia de los años en que tuvo lugar el descubrimiento del inconsciente, no deja de utilizar la palabra Spaltung y otros términos similares que designan el mismo dato fundamental: la división intrapsíquica. Pero en la elaboración propiamente dicha de su obra, sólo utiliza la palabra Spaltung de modo esporádico y sin hacer de ella un instrumento conceptual; la emplea en especial para describir el hecho de que el aparato psíquico está dividido en sistemas (Inconsciente y Preconsciente-Consciente), en instancias (ello, yo y superyó) y también el desdoblamiento del yo en una parte que observa y una parte que es observada.
Por otra parte, ya es sabido que Bleuler utilizó la palabra Spaltung para designar el síntoma fundamental, según él, del grupo de enfermedades que denomina esquizofrenia. Para este autor, Spaltung no sólo describe un dato de observación, sino que, además, implica una determinada hipótesis sobre el funcionamiento mental (véase: Esquizofrenia).
A este respecto resulta sorprendente la analogía existente entre el tipo de explicación propuesto por Bleuler para dar cuenta de la Spaltung esquizofrénica y el que da Janet: la escisión del psiquismo en grupos asociativos distintos se concibe como una reagrupación secundaria dentro de un mundo psíquico disgregado a consecuencia de una debilidad asociativa primaria.
Freud no hace suya la hipótesis de Bleuler, critica la palabra «esquizofrenia» que alude a dicha hipótesis y cuando, al final de su vida, recoge de nuevo el concepto de escisión, lo hace desde una perspectiva completamente distinta.
II. El concepto de escisión del yo fue establecido por Freud sobre todo en sus artículos Fetichismo (Fetischismus, 1927), La escisión del yo en el proceso de defensa (Die Ichspaltung im Abwehrvorgang, 1938) y Esquema del psicoanálisis (Abriss der Psychoanalyse, 1938), en el marco de una reflexión sobre las psicosis y el fetichismo. Según Freud, estas enfermedades plantean principalmente el problema de las relaciones entre el yo y la «realidad». A partir de ellas Freud establece de forma cada vez más afirmativa la existencia de un mecanismo específico, la renegación (Verleugnung), el prototipo de la cual es la renegación de la castración.
Ahora bien, la renegación por sí sola no permite explicar lo que se observa en clínica en las psicosis y el fetichismo. En efecto, señala Freud, «el problema de la psicosis sería sencillo y claro si el yo pudiera desprenderse totalmente de la realidad, pero esto rara vez ocurre, o quizá nunca». En toda psicosis, por profunda que sea, se comprueba la existencia de dos actitudes psíquicas: «[...] una que tiene en cuenta la realidad, la actitud normal; otra, que, por influencia de las pulsiones, separa al yo de la realidad». Esta segunda actitud es la que se traduce en la producción de una nueva realidad delirante. En el fetichismo Freud encuentra la coexistencia de dos actitudes contradictorias dentro del yo, frente a la «realidad» de la castración: «Por una parte [los fetichistas] reniegan el hecho de su percepción, que les ha mostrado la falta del pene en el órgano genital femenino»; esta renegación se traduce en la creación del fetiche, substitutivo del pene de la mujer; pero «[...] por otra parte, reconocen la falta de pene en la mujer, de la que extraen las consecuencias correctas. Estas dos actitudes persisten conjuntamente durante toda la vida sin influirse entre sí. Esto puede denominarse escisión del yo».
Como puede verse, esta escisión no es propiamente una defensa del yo, sino una forma de lograr la coexistencia de dos procedimientos de defensa, uno dirigido hacia la realidad (renegación), el otro hacia la pulsión, pudiendo además este último conducir a la formación de síntomas neuróticos (por ejemplo, síntomas fóbicos).
Freud, al introducir la noción de escisión del yo, se pregunta si lo que éste aporta era ya «[...] conocido desde hacía mucho tiempo y obvio o si, por lo contrario, se trataba de algo nuevo y sorprendente». En efecto la existencia, dentro de un mismo sujeto, de «[...] dos actitudes psíquicas diferentes, opuestas e independientes una de otra» se halla en la misma base de la teoría psicoanalítica de la persona. Pero, al describir una escisión del yo (intrasistémica) y no una escisión entre instancias (entre el yo y el ello), Freud intenta poner en evidencia un proceso nuevo respecto al modelo de la represión y del retorno de lo reprimido. En efecto, una de las particularidades de este proceso estriba en que no conduce a la formación de un compromiso entre las dos actitudes presentes, sino que las mantiene simultáneamente, sin que se establezca entre ellas una relación dialéctica.
Es interesante señalar que, en el ámbito de la psicosis (el mismo en que Bleuler, bajo una concepción teórica distinta, habla también de Spaltung), sintió Freud la necesidad de crear una cierta concepción de la escisión del yo. Hemos creído útil exponerla aquí, aun cuando haya sido recogida por pocos psicoanalistas; su mérito estriba en subrayar un fenómeno típico, aun cuando no aporte una solución teórica plenamente satisfactoria del mismo.
Escisión del Yo,
escisión del sujeto
(fr. clivage du moi, clivage du sujet; ingl. splitting of the ego, splitting of the subject; al. Ichspaltung, Subjektspaltung). Para Freud, mecanismo de defensa y estado del yo que resulta de él, que consiste en el mantenimiento al mismo tiempo de dos actitudes, contradictorias y que se ignoran mutuamente, respecto de la realidad, en tanto esta contraría una exigencia pulsional. Una de estas actitudes tiene en cuenta esta realidad, la otra reniega de ella. Lacan designa con el término freudiano Ichspaltung (rehendidura [refente], escisión, división del sujeto) la condición obligada de todo sujeto por el hecho de que habla.
La noción específica de escisión del yo aparece con la segunda tópica (1920), en la que el yo se presenta como una diferenciación del ello en el contacto con la realidad, sometido además a las exigencias del superyó. Apoyándose en esta nueva partición del aparato psíquico, Freud estima que en la neurosis «el yo, al servicio de la realidad, reprime un pedazo del ello, mientras que en la psicosis se deja llevar por el ello a desprenderse de un pedazo de la realidad» (Fetichismo, 1927). Pero ya en 1924 Freud mencionaba la posibilidad para el yo de evitar la ruptura con el ello o con la realidad «deformándose a sí mismo, aceptando el menoscabo de su unidad, eventualmente incluso resquebrajándose o despedazándose» (Neurosis y psicosis). Por otro lado, Freud pronto admitiría que también en la neurosis había una pérdida de la realidad, bajo la forma de una fuga ante la vida real. Pero, además, la renegación (Verleugnung) de la realidad colocada en la base de la psicosis y también del fetichismo no es total. Especialmente en el fetichismo, Freud comprueba «una actitud de escisión en torno de la castración de la mujer»: a veces es el fetiche mismo el que expresa tanto la renegación como la afirmación de la castración, a veces «la escisión aparece entre lo que el fetichista hace de su fetiche en la realidad o en el fantasma» (Fetichismo).
Es en este mismo artículo, a propósito de otra realidad, la muerte del padre, «escotomizada» por dos jóvenes, donde Freud introduce el término «Spaltung». En el Esquema del psicoanálisis (1938), Freud generaliza la existencia de la escisión del yo: «Decimos entonces que en toda psicosis existe una escisión del yo y si nos empeñamos tanto en este postulado es porque se ha confirmado en otros estados más próximos a las neurosis y, por último, en estas también».
Se ve entonces que el concepto de renegación de la realidad propio de la psicosis, y luego del fetichismo, ha llevado al de escisión del yo, para dar cuenta del carácter parcial de la renegación. Más adelante, Freud vuelve a encontrar la posibilidad de esta escisión del yo en todas las estructuras. En La escisión del yo en el proceso defensivo, también de 1938, es, a la vez, una defensa calificada de «muy hábil solución», como también el precio a pagar para esta solución. El texto resulta muy interesante para aclarar el sentido de esta solución. Al término del proceso, «las dos partes en litigio han recibido su premio: la pulsión puede conservar su satisfacción y, en cuanto a la realidad, el respeto debido le ha sido pagado. Sin embargo, como se sabe, sólo la muerte es gratuita. El éxito se ha alcanzado al costo de un desgarramiento en el yo que ya no sanará, sino que se agrandará con el tiempo».
¿De qué realidad se defiende el yo con tal energía?
En el ejemplo citado, se trata del peligro de que su padre lo castre si el niño continúa masturbándose. La visión de los órganos genitales femeninos debería convencer al niño de la realidad de la amenaza. Pero tal sevicia no es de temer realmente en la mayoría de los casos. Por otro lado, la angustia de castración no es menos viva cuando el padre es «muy gentil», hasta tal punto que en esos casos el objeto fóbico aparece como sustituto de un padre insuficientemente creíble en su amenaza (cf. el pequeño Hans).
Si retomamos este texto con el esclarecimiento de la enseñanza de Lacan, vemos que Freud pone allí el acento en la división del yo, digamos del sujeto, ante la verdad. Las metáforas jurídicas abundan y, cuando dice que «se estaría tentado de calificar como "kniffige" (astuta, y hasta maliciosa) esta manera de tratar la realidad» a través de la escisión, ironiza menos sobre el yo en su función de síntesis que sobre el sujeto en su relación con la ley. Defendiéndose de admitir la posibilidad de la castración de la madre, el sujeto imagina para sí mismo la posibilidad de tal castración, sin duda, pero esta, al ser imaginaria, encuentra su determinismo en una estructura simbólica que le impone una alternativa: no puede aspirar a tener el falo sino en la medida en que no lo es (el falo). Es en la revelación progresiva de esto real donde aparece la angustia de castración. La solución del astuto fetichista consiste en desplazar lo imposible de la conjunción del ser y el tener sobre el objeto: ella será el falo y ella lo tendrá... gracias a un tratamiento ortopédico de la realidad. El fetiche, por cierto, sitúa con justeza la castración, haciéndose su significante: el falo. Pero la elección para este fin de un objeto a partir de una «detención sobre la imagen» que precede al descubrimiento de la ausencia de pene da testimonio también de la detención del sujeto mismo, congelado en su adhesión al falo materno.
Lo real de lo que se defiende el fetichista, como todo sujeto, es que él sólo existe en la división. Precisamente para escapar de esta división del sujeto aparece el fenómeno de la escisión. La Ictispaltung es en efecto la condición necesaria de todo sujeto en tanto está tomado por el lenguaje. El sujeto nace de un corte y no es más que este corte entre el significante que lo representa y el Otro significante que autentifica esta representación. Está dividido entre un sujeto del deseo $, producto de este corte significante, y su correlato de goce, el objeto a, parte del cuerpo erótico cedida para servir de garantía a la verdad a falta en el Otro de un significante último que responda por su valor. Está dividido entre un sujeto inconciente, supuesto, de la enunciación, y un sujeto del enunciado.
Una vez que la distinción de los registros de lo real, lo simbólico y lo imaginario ha permitido diferenciar en el Ich freudiano al yo [moi], función imaginaria, del sujeto, efecto de lo simbólico, se comprobará que, en la mayoría de los casos en los que la expresión escisión del yo es usada en los trabajos psicoanalíticos, se trata, más allá de las diferencias de teorización, de situaciones donde una parte de real pudo ser abordada «negligentemente» por lo simbólico, sin producir una división del sujeto (duelo negado, incesto actuado ... ). Por último, con la presentación del nudo borromeo, Lacan describe la estructura del sujeto como efecto de la escisión, pero también de un anudamiento específico de los tres registros. Por el contrario, la ausencia de escisión entre estos tres registros, su puesta en continuidad, constituiría lo característico de la paranoia, es decir, del fracaso en la subjetivación.
Escrito
Si tanto la lengua del sueño como el dialecto del síntoma le recuerdan a Freud una escritura, es porque la escritura está implicada en el análisis de las repeticiones, los desfallecimientos y las transposiciones que constituyen la trama de la actividad psíquica inconsciente. En efecto, para Freud el fantasma es la puesta en escena de una frase («Sobre los recuerdos encubridores», 1899) y «el sueño es un rebus» (La interpretación de los sueños, 1900), una escritura en imágenes que él relacionará con los jeroglíficos, el efecto de un proceso o de un juego de intensidades que se corresponden con las cursivas o negritas de un texto. En cuanto a la memoria inconsciente, Freud, en «Nota sobre la "pizarra mágica"», de 1925, la relaciona con la inscripción de huellas duraderas, que no desaparecen aun cuando se borren en la superficie.
No obstante, la escritura es ella misma lugar del síntoma: lo atestiguan los lapsus cálami, las deformaciones u omisiones de palabras y de nombres, los olvidos de firmas, los errores de cálculo, etc. Erotizada, puede representar un sustituto del acto sexual; agresiva, puede equivaler a un ataque. Por lo tanto, puede producir una inhibición o bien convertirse en sublimación. Así, en el Hombre de los Lobos basta la supresión de una letra en una palabra para traducir la amenaza de mutilación o castración. Pero en Leonardo da Vine¡ la escritura invertida es tomada en un movimiento de investigación en el cual el conflicto no excluye la invención. Y no es posible subestimar la influencia de las obras literarias en la elaboración psicoanalítica, desde Sófocles hasta Shakespeare, o desde Goethe hasta Joyce.
Por otra parte, en Estudios sobre la histeria, de 1895, Freud declara: «A mí mismo me sorprende que las observaciones de enfermos que escribo se lean como novelas». Después, en su obra el pasaje al análisis queda indicado como realizándose desde «Ein Fall» («un caso» , a «Einfall» (la «idea que sobreviene» en el curso de la asociación libre). Ahora bien, lo que sucede entonces es reconocido por Freud como proveniente de la alusión o la metáfora, o sea de una dimensión poética de la lengua, según lo subrayan Lou Andreas-Salomé (Carta abierta a Freud) y Ella Sharpe (Dream Analysis, 1937).
A Lacan, que encontró el psicoanálisis a partir de estudio de escritos «inspirados» o delirantes, le ha tocado seguir los rodeos de «La carta robada» en el cuento homónimo de Poe, y después afirmar la existencia de «La instancia de la letra en el inconsciente» (1957, Escritos). «Soporte material que el discurso concreto, toma del lenguaje», la letra no tiene nada de un ser sustancial, pero localiza al significante, se desplaza, queda en suspenso o llega a destino. Por cierto puede ser tratada como un objeto, perdida o rechazada, incluso convertirse en fetiche allí donde falta el falo. Pero en tanto que ella se refiere al goce, constituye un soporte de la repetición y es puesta en juego en el cifrado de los mensajes donde se significan los deseos inconscientes. Literalmente, hace de borde entre el saber y el goce.
Puesto que va a considerar que la relación sexual no puede escribirse de manera formalizada, Lacan, en la década de 1970, contará con lo escrito para delimitar ese imposible. A los grafos les sucederán los matemas, y después el apego a las investigaciones topológicas, con el objeto de llegar a la exposición de un escrito sin autor. Por otra parte, él recordará que la consistencia es en este caso la del fantasma (cf. «l’Étourdit», 1973). Es que hay lo real que «no cesa de no escribirse», aun cuando el escrito mismo es «saber supuesto sujeto».
Entre visible y audible, la letra permite así una transmisión cuya parte de enigma no es anulada. En efecto, la voz sólo hace oír las resonancias de lo escrito, lo cual es necesario para diferenciar las palabras homófonas y encontrar lo que se articula a través de las asonancias. Así, en psicoanálisis, surge que las palabras son a leer, como los escritos a oír.
Esfera
En el espacio n–dimensional Rn, se define la esfera de radio r centrada en x al conjunto formado por aquellos puntos cuya distancia a x es igual a r, es decir: Sr(x) = { y Î Rn / d(x,y) = r}. Se desprende de la definición que la esfera es la frontera de la bola n–dimensional. Es importante señalar que la dimensión de la esfera así definida es n–1: por ejemplo, la esfera usual del espacio tridimensional tiene dimensión 2. A la esfera de dimensión n de radio 1 centrada en el origen se la suele escribir Sn. Desde el punto de vista topológico, la esfera coincide con la superficie de un poliedro simple: así, la esfera bidimensional S2 es equivalente a un cubo o un prisma. El caso unidimensional corresponde a la circunferencia S1.
Se puede demostrar que la esfera n–dimensional se obtiene agregando un punto (punto del infinito) al espacio n–dimensional. A dicha operación se la conoce como compactificación del espacio n–dimensional.
Espacio cociente
Se llama así al espacio obtenido al considerar una relación de equivalencia (») en un espacio topológico X. La clase de equivalencia de un elemento x, que notaremos á xñ , es el conjunto de todos los elementos de X equivalentes a x, es decir: áxñ = {y Î X / y » x}. El conjunto de todas las clases de equivalencia, o espacio cociente X/» admite una topología llamada topología cociente, de modo tal que la proyección p:X® X/» que a cada punto de x le asigna su clase de equivalencia áxñ resulta una función continua. A modo de ejemplo, podemos tomar la esfera bidimensional S2, e identificar a cada punto x con su antípoda –x. El espacio así obtenido es homeomorfo al plano proyectivo o crosscap.
Espacio n–dimensional
Se llama espacio n–dimensional usual al conjunto Rn, construido como el producto cartesiano R ´ ... ´ R (n veces), en donde R es el conjunto de los números reales. Los elementos de Rn se piensan como vectores de n coordenadas. El vector nulo es aquel cuyas coordenadas son todas 0, y se lo llama origen o centro de coordenadas. Por ejemplo, el plano R2 es el conjunto de todos los pares ordenados (x,y) en donde sus dos coordenadas x, y son números reales cualesquiera, y su origen es el vector (0,0). A este espacio se le suele asignar una topología, conocida como topología usual de Rn.
Espacio topológico
Se llama espacio topológico a un conjunto X provisto de una topología, es decir, una familia de subconjuntos de X, llamados abiertos, que satisfacen los siguientes axiomas:
1. Æ y X son conjuntos abiertos
2. La intersección de un número finito de conjuntos abiertos es un conjunto abierto
3. La unión de cualquier número de conjuntos abiertos es un conjunto abierto
Se desprende de la definición que en cualquier espacio topológico X los conjuntos Æ y X son a la vez abiertos y cerrados (ver también: topología usual)
España
Como en todos los demás países de Europa, y particularmente en Francia, las tesis freudianas fueron acogidas en España de manera crítica, y encontraron eco en el ambiente médico y psiquiátrico a través de las resistencias y las diversas acusaciones suscitadas (obscenidad, pansexualismo, metapsicologismo, etcétera). En sus tesis de 1983, Francisco Carles Egea cataloga noventa y cinco trabajos dedicados al psicoanálisis (libros y artículos) para el período 1893-1922. Entre ellos se destaca el papel pionero de algunos psiquiatras que criticaron la obra freudiana pero atribuyéndole un papel central: José Sanchis Banus (1890-1932), reformador del asilo y militante socialista; Gonzalo Rodríguez Lafora; Enrique Fernández Sanz (1872-1950), presidente de la Liga de Higiene Mental, formado en la escuela francesa y en la nosografía alemana; Rafael Valle y Aldabalde (1863-1937), comprometido con la extrema derecha y mandarín de la psiquiatría madrileña-, Emilio Mira y López (1896-1963), presidente de la Sociedad Psiquiátrica de Cataluña. Además de esta difusión por la vía médica, hay que insistir en el papel que desempeñó en esta implantación el filósofo Ortega y Gasset, iniciador de la primera gran traducción de las obras completas de Sigmund Freud.
Mientras que en Francia esa primera fase de introducción desembocó en 1926 en la creación de la Société psychanalytique de Paris (SPP), en España no ocurrió nada parecido. En efecto, lejos de orientarse hacia la práctica del psicoanálisis creando un grupo freudiano, los pioneros españoles incorporaron los datos del freudismo al saber psiquiátrico, dando así lugar, no a la constitución de una corriente crítica ni de una escuela ligada a la ortodoxia, como en otros lugares, sino sólo al desencadenamiento de un antifreudismo en gran medida orquestado por la Iglesia Católica.
En este contexto, Ángel Garma, al volver de Berlín en 1931, no logró fundar ni una mínima sociedad psicoanalítica en España. En efecto, tropezó primero con la indiferencia general, y después con una hostilidad creciente. El estallido de la guerra civil lo obligó más tarde a exiliarse en la Argentina, y obstaculizó cualquier institucionalización del freudismo.
Del lado literario, Ortega y Gasset no dejó ninguna herencia. Cuando volvió a España después de haber emigrado, ya no le interesaba el psicoanálisis: "No se puede citar a ningún novelista español del segundo medio siglo -escribe Christian Delacampagne- para el que el psicoanálisis haya constituido una fuente de inspiracion o creación. En cuanto a los pocos artistas para los cuales parece haber desempeñado ese papel (el cineasta Buñel, los pintores Dalí o Clavé), pertenecen a una generación ya antigua, la generación surrealista, que, además, realizó una gran parte de su obra fuera de E spaña.-
Se comprende entonces por qué, en 1936, López Ibor, representante de una concepción represiva y reaccionaria de la psiquiatría, al publicar un libro de anatemas contra Freud, Vida y muerte del psicoanálisis, pudo eclipsar todos los trabajos de los pioneros españoles.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el psicoanálisis fue proscrito de España durante treinta años, mientras que el saber psiquiátrico, violentamente antifreudiano, tomó una orientación ultraorganicista, incluso policial, generalizando la utilización de la lobotomía, el electroshock y la insulinoterapia. A través de las campañas realizadas por el Opus Dei, el psicoanálisis fue entonces denunciado como un "cornplot judeo-masónico", y a Freud se lo trató de "genio satánico". En cuanto a López Ibor, se convirtió en el portavoz oficial de esa psiquiatría franquista cada vez más hostil al psicoanálisis. En 1951 reeditó su libro con un nuevo título (Agonía del psicoanálisis), y en 1975 renovó su anatema con otra obra: Freud y sus dioses ocultos. Por su estilo, estas denuncias recordaban a los tribunales de la Inquisición. Subrayaban también la determinación del franquismo de identificar toda forma de modernidad con una herejía.
Excluida de las instituciones oficiales, la doctrina freudiana interesó no obstante a círculos de médicos deseosos de estudiar los textos y discutir cuestiones clínicas.
La primera iniciativa fue tomada en 1948 por Molina Nuñez (ex analizante de Garma) y Ramón del Portillo. Ambos entraron en contacto con Garma. Formado en Alemania, éste los derivó al presidente de la Deutsche Psychoanalytische Gesellschaft (DPG). Fue así como Carl Müller-Braunschweig, recién salido de la colaboración con el Göring-Institut, fue invitado a ayudar a los españoles a construir el primer círculo psicoanalítico del régimen franquista. Aconsejó a sus interlocutores que llevaran a España a una de sus alumnas, Margarete Steinbach. También ella había formado parte del instituto alemán. Instalada en Madrid, Steinbach inició en el análisis didáctico a varios terapeutas reunidos en un grupo de una decena de médicos. Murió en 1954.
Tanto en Barcelona como en Madrid, otros candidatos tomaron contacto con colegas portugueses, cuya situación bajo el régimen de Salazar era idéntica a la de los españoles bajo Franco. Ellos se instalaron en Suiza y Gran Bretaña para recibir una formación didáctica en el marco de la International Psychoanalytical Association (IPA). Como el régimen franquista no había suprimido la libertad de asociación, ni impedido los intercambios culturales, ni prohibido la práctica de las diversas psicoterapias, fue posible fundar una asociación psicoanalítica que reuniera e¡ círculo de Madrid y el de Barcelona.
En un primer momento, el grupo luso-español se integró a la IPA, en 1957, en el Congreso de París, con el padrinazgo de la Sociedad Suiza de Psicoanálisis (SSP). En un segundo tiempo, después de haber sido reconocida como sociedad componente en 1959, esta sociedad se escindió (1966) en dos asociaciones distintas: una española (Sociedad Española de Psicoanálisis, SEP), y la otra portuguesa (Sociedade Portuguesa de Psicanálise). En 1971 se creó un instituto en Barcelona, muy influido por las tesis kleinianas. Más tarde, los castellanos (Madrid), abiertos a una mayor diversidad de corrientes, se separaron de los catalanes (Barcelona) y, en 1979, en el Congreso de Nueva York, fue reconocida una nueva sociedad componente: la Asociación Psicoanalítica de Madrid (APM). Ninguno de estos grupos logró impulsar la formación de un verdadero movimiento freudiano en la península ibérica. Nacida en el redil de un freudismo ortodoxo, la Sociedad Española de Psicoanálisis (antes de la separación entre Madrid y Barcelona) se contentó con existir sin impugnar el régimen, y adoptando sus principios jerárquicos. No obstante, extendió sus actividades a algunos servicios psiquiátricos y a algunas cátedras universitarias.
A mediados de la década de 1990, entre los dos grupos no sumaban más de cien profesionales, y no habían adquirido ninguna identidad intelectual o teórica en el dominio del freudismo, a pesar de la llegada en 1976 del argentino León Grinberg, exiliado con su mujer Rebeca. En cuanto a la pequeña sociedad portuguesa (una treintena de profesionales), se la veía como un grupúsculo en vías de desarrollo, frente a la potencia del freudismo brasileño. De modo que todo ocurría como si los antiguos colonizados del continente americano se tomaran la revancha con sus antiguos colonizadores europeos.
Con la implantación del terror en la Argentina, contemporáneo del fin del franquismo, el lacanismo comenzó a implantarse en España, gracias a la acción de Oscar Masotta. Después de haber fundado la Escuela Freudiana de Buenos Aires (EFBA), creó en Barcelona, en 1976, la Biblioteca Freudiana. Esta asociación sirvió para difundir la obra de Jacques Lacan en lengua castellana. Después de la muerte de su fundador, dio origen, a través de escisiones sucesivas (como por otra parte la propia EFBA), a varios grupos lacanianos que, frente al elitismo de sus rivales de la IPA, crearon una forma de psicoanálisis de masas. En ese país, en el que durante todo el franquismo no se había implantado en el ambiente psiquiátrico ninguna tradición clínica de inspiración psicoanalítica, el lacanismo apareció como movimiento de vanguardia.
Después de la muerte de Lacan y de la reorganización emprendida por Jacques-Alain Miller, la mayoría de los grupos fueron reunidos por la creación en Barcelona, en septiembre de 1990, de la École européenne de psychanalyse (EEF), que pronto iba a transformarse, en el interior de la Association mondiale de psychanalyse (AMP), en un polo avanzado de la corriente milleriana en Europa. A fines del siglo, España se ha convertido por lo tanto en el único país en el que esta tendencia es considerablemente mayoritaria, a diferencia de la Argentina y Francia: doce grupos distribuidos en treinta ciudades o regiones (entre ellas Las Palmas, en las islas Canarias), y ligadas a la École européenne de psychanalyse (EEP), a su vez adherente de la AMP.
Espejo
(estadio del)
(fr. stade du miroir; ingl. mirror pliase; al. Spiegelstadium). Fenómeno consistente en el reconocimiento por el niño de su imagen en el espejo, a partir de los seis meses. Este estadio sitúa la constitución del yo unificado en la dependencia de una identificación alienante con la imagen especular y hace de él la sede del desconocimiento.
Lacan habla por primera vez del «estadio del espejo» en 1936, en el congreso de Marienbad, Luego retomará este tema, que desarrollará en el curso de su enseñanza, pues el estadio del espejo es una tentativa de elaboración de una teoría que dé cuenta del establecimiento del primer esbozo del yo, que se constituye al principio como yo ideal y tronco de las identificaciones secundarias.
El estadio del espejo es el advenimiento del narcisismo en el pleno sentido del mito, pues denota la muerte, muerte ligada a la insuficiencia vital del período del que surge este momento. Esta es en efecto una fase de la constitución del ser humano que se sitúa entre los seis y los dieciocho meses, período caracterizado por la inmadurez del sistema nervioso. Esta prematuración específica del nacimiento en el hombre es atestiguada por los fantasmas de cuerpo despedazado que encontramos en las curas psicoanalíticas. Es el período que Melanie Klein ha llamado «esquizoide», que precede al estadio del espejo.
En el tiempo pre-especular, por consiguiente, el niño se vive como despedazado; no hace ninguna diferencia entre, por ejemplo, su cuerpo y el de su madre, entre él y el mundo exterior. Pues bien, el niño, sostenido por su madre, reconocerá luego su imagen. Efectivamente, se lo puede ver observándose en el espejo, volviéndose para mirar el medio reflejado (es el primer tiempo de la inteligencia): su mímica y su júbilo atestiguan una especie de reconocimiento de su imagen en el espejo. En ese momento experimentará lúdicamente la relación de sus movimientos con su imagen y con el medio reflejado.
Hay que comprender el estadio del espejo como una identificación imaginaria, es decir, como la trasformación producida en un sujeto cuando asume una imagen. La observación etológica atestigua que esta imagen es capaz de un efecto formador. La maduración de la gónada en la paloma tiene como condición necesaria la vista de un congénere; basta incluso con su reflejo en un espejo. Del mismo modo, el pasaje de la langosta peregrina de la forma solitaria a la forma gregaria se obtiene exponiendo al individuo, en cierto estadio, a la acción exclusivamente visual de una imagen similar, con tal de que esté animada de movimientos de un tipo suficientemente cercano a los que son propios de su especie. Estos hechos se inscriben en un orden de identificación homeomórfica. Se puede señalar ya en ese momento la capacidad de engaño, de señuelo que tiene la imagen, lo que indica la función de desconocimiento del yo.
Se puede entonces decir que es la imagen especular la que le da al niño la forma intuitiva de su cuerpo así como la relación de su cuerpo con la realidad circundante (del Innenwelt al Umwelt). El niño va a anticipar imaginariamente la forma total de su cuerpo: «El sujeto se ve duplicado: se ve como constituido por la imagen reflejada, momentánea, precaria, del dominio, se imagina hombre sólo a partir de que se imagina» (Lacan en el Seminario XI, 1964, «Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis»; 1973).
Pero lo que es esencial en el triunfo de la asunción de la imagen del cuerpo en el espejo es que el niño sostenido por su madre, cuya mirada lo mira, se vuelve hacia ella como para demandarle autentificar su descubrimiento. Es el reconocimiento de su madre el que, a partir de un «eres tú», dará un «soy yo» [en realidad, el giro presentativo del «c'est» francés es propicio para ilustrar mejor la situación tal cual es: «eso es tú» (c’est toi) dará un «eso es yo» (c'est moi), lo que ni siquiera implica la posibilidad del uso del pronombre «yo», mucho más tardía, sino la objetivación del yo en un «mí» cristalizado]. El niño puede asumir cierta imagen de sí mismo atravesando los procesos de identificación, pero es imposible reducir a un plano puramente económico o a un campo puramente especular (por prevaleciente que sea el modelo visual) lo que sucede con la identificación en el espejo, pues el niño no se ve nunca con sus propios ojos, sino siempre con los ojos de la persona que lo ama o lo detesta. Abordamos aquí el campo del narcisismo como fundante de la imagen del cuerpo del niño a partir de lo que es amor de la madre y orden de la mirada que recae sobre él. Para que el niño pueda apropiarse de esta imagen, para que pueda interiorizarla, se requiere que tenga un lugar en el gran Otro (encarnado, en este caso, por la madre). Este signo de reconocimiento de la madre va a funcionar como un rasgo unario a partir del cual va a construirse el ideal del yo. Por esto «incluso el ciego está ahí sujeto a saberse objeto de la mirada».
Pero, si el estadio del espejo es la aventura original por la que el hombre hace por primera vez la experiencia de que es hombre, es también en la imagen del otro donde se reconoce. En tanto otro se vive y se siente en primer lugar.
Por otra parte, paralelamente al reconocimiento de sí mismo en el espejo, se observa en el niño un comportamiento particular respecto de su homólogo en edad. El niño puesto en presencia de otro lo observa con curiosidad, lo imita en todos los gestos, intenta seducirlo o imponerse a él en medio de un verdadero espectáculo. Se trata aquí de algo más que de un simple juego. En este comportamiento, el niño se adelanta a la coordinación motriz todavía imperfecta a esta edad, y busca situarse socialmente comparándose con el otro. Importa reconocer a quien está habilitado para reconocerlo, y mucho más importa imponerse a él y dominarlo. Estos comportamientos de los niños pequeños puestos frente a frente están marcados por el transitivismo más pregnante, que es una verdadera captación por la imagen del otro: el niño que pega dice que le pegaron, el que ve a otro caer, llora. Se reconoce aquí la instancia de lo imaginario, de la relación dual, de la confusión entre sí mismo y el otro, de la ambivalencia y la agresividad estructural del ser humano.
El yo [moi] es la imagen del espejo en su estructura invertida. El sujeto se confunde con su imagen, y en sus relaciones con sus semejantes se manifiesta esta misma captación imaginaria por el doble. También se aliena en la imagen que quiere dar de sí, ignorando además su alienación, con lo que toma forma el desconocimiento crónico del yo. Lo mismo ocurrirá con su deseo: sólo podrá ubicarlo en el objeto del deseo del otro.
El estadio del espejo es una encrucijada estructural que comanda: 1) el formalismo del yo, es decir, la identificación del niño con una imagen que lo forma pero que primordialmente lo aliena, lo hace «otro» del que es, en un transitivismo identificatorio dirigido sobre los otros; 2) la agresividad del ser humano, que debe ganar su lugar por sobre el otro e imponérsele bajo pena de ser, si no, aniquilado a su vez; 3) el establecimiento de los objetos del deseo, cuya elección se refiere siempre al objeto del deseo del otro.
Espejo
(estadio del)
El estadio del espejo, «primer pivote» de la intervención de Lacan en la teoría psicoanalítica (congreso de Marienbad, 1936), se sitúa en el período infantil que va de los 6 a los 18 meses, y consiste en una anticipación de la adquisición de la unidad funcional del cuerpo por parte del infans (término que Lacan emplea para caracterizar al niño que aún no utiliza el lenguaje), y esto con relación al estado de prematuración de la motricidad voluntaria propio de ese momento del desarrollo.
Esta «fase», más bien que estadio, como lo precisa Lacan en «Acerca de la causalidad psíquica», tan esencial para la comprensión de la relación intersubjetiva en cuya dependencia se constituye el yo, está descrita en «El estadio del espejo como formador de la función de yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica», artículo que constituyó la comunicación de Lacan al 16º Congreso Internacional de Psicoanálisis en Zurich (1949), y que después de haber aparecido integralmente en la Revue Française de Pychanalyse, y resumido en el International Journal of Psychoanalysis, el mismo año, fue incorporado a los Escritos (1966).
La captación especular y sus efectos
La versión definitiva del «estadio del espejo» fue precedida por otros textos y reflexiones de Lacan relativos a la experiencia especular en un contexto histórico cuyos principales representantes eran Henri Wallon para la psicología, y Paul Schilder y Jean Lhermitte para la psiquiatría. A pedido de Wallon y para ser incluido en el tomo VIII de la Encyclopédie Française, dedicado a «La vida mental», Lacan escribió un artículo sobre «La familia» que apareció en 1938, y fue reeditado posteriormente con el título original de autor: «Los complejos familiares en la formación del individuo». Allí se presenta por primera vez el estadio del espejo como el momento genético de la identificación afectiva puesta de manifiesto en el sentimiento de celos fraternos. En ese texto, a propósito del «complejo de intrusión», que sucede al «complejo del destete» y precede al «complejo de Edipo», en el momento del reconocimiento por el niño de la presencia de sus hermanos, Lacan introduce la experiencia especular, insistiendo en el comportamiento jubiloso que provoca en el niño y en el estado de prematuración psicofisiológica de éste, que subtiende la discordancia de sus pulsiones y sus funciones. Si no fuera el objeto de una verdadera captación por el reflejo especular que lo hace anticipar la aprehensión de la forma global de su cuerpo, el niño percibiría su imagen como fragmentada. En esto consiste la identificación del niño con la imagen del espejo, al punto de que no se puede distinguir de ella hasta que su yo llega a desprenderse; la imagen refuerza entonces la experiencia de la intrusión de una presencia extraña que Lacan llama «intrusión narcisista»: «la unidad que ella introduce en las tendencias contribuirá no obstante a la formación del yo. Pero antes de que el yo afirme su identidad, se confunde con esta imagen que lo forma, pero que lo aliena primordialmente».
Si uno no tuviera en cuenta el estado de prematuración del niño y la incoordinación de los aparatos que es su consecuencia, no podría captar la necesidad del proceso identificatorio, que es el único capaz de explicar el reconocimiento por el niño de su unidad corporal. Así la experiencia especular se inscribe en el inconsciente, y la posición de alienación del niño con respecto a la imagen dejará lugar a la ¡mago del doble como a la representación de un modelo ideal que, en adelante, recubrirá los rasgos del alter ego. Continuando con esta teorización en «La agresividad en el psicoanálisis» (1948), Lacan la asociará a un fenómeno de Gestalt inducido por la percepción muy precoz en el niño de la forma humana a la cual lo liga una primera relación erótica. A través de este análisis de la alienación del sujeto por la imagen (pregnancia simultánea de la forma de la especie y de la forma del propio cuerpo) se entrevé la fuente en la que se alimentará la agresividad constitutiva de la formación del yo y, a la vez, del lazo social: es, en efecto, en el intento del sujeto de deshacer esa captación por la imagen donde surge esa agresividad, en el lugar mismo donde el sujeto, en el advenimiento de su yo, se encuentra ante la elección irreductible del «o yo o el otro». La analogía de este análisis con la conceptualización hegeliana de la relación de servidumbre marcará profundamente a Lacan, y la definición del deseo atestiguará que surge necesariamente de la situación especular, en una tentativa de reapropiación por el sujeto de sus propios rasgos, que la imagen del doble, habitada por el otro, había capturado originalmente.
En consecuencia, en ese juego identificatorio en el que el sujeto «se ve» captado por una imagen extraña y suya a la vez, se descubre la función del proceso de proyección que organiza el modo de percepción del sujeto y atribuye a la realidad su estabilidad aparente. Este modo de aprehensión del Umwelt, que caracteriza la tendencia general del conocimiento, se basará entonces, según Lacan, en una organización paranoica constitutiva de la emergencia del yo, que daría testimonio de la génesis mental del hombre, así como de los momentos clave de la «identificación objetivante». Uno de tales momentos se anunciará, por ejemplo, en el «transitivismo infantil», observado por Charlotte Bülher y a menudo retomado por Wallon y Lacan, que consiste en que niños de edad semejante, puestos en presencia recíproca, confunden sus gestos y los continúan en una captación especular que pone aún más de manifiesto la anticipación respecto de la coordinación completa de los aparatos motores. De modo que la función de la agresividad y la naturaleza paranoica del conocimiento aparecen como proviniendo directamente de la experiencia especular, y participan en la constitución de un yo al que la virtualidad del modelo hace ilusorio para siempre.
La función del otro en la afirmación del yo
Es el carácter ilusorio o, en otras palabras, el fundamento imaginario del yo, lo que Lacan subraya en «El estadio del espejo como formación de la función del yo [je]», publicado un año después de «La agresividad en psicoanálisis». El autor tiene el cuidado de oponer su doctrina a toda filosofía que reivindique el cogito y, una vez denunciada la virtualidad del yo y su pretensión de ocupar el lugar de lo que algunos llaman «el núcleo duro» de la personalidad, se comprende fácilmente esta advertencia. En la perspectiva lacaniana, el yo, portado por esa Gestalt constituyente en la que se ha interesado la experimentación biológica, seguirá inaccesible al sujeto y determinará en él la aspiración a una imagen ideal (yo ideal), detrás de la cual se reconoce aún la imagen original del doble. Además el sujeto no llega nunca a identificar un yo [moi] que no cesa de escapársele en la afirmación de un yo [je] social, y que responde en el inconsciente a la confusión primitiva de la forma virtual de la especie con la forma virtual del individuo. Portador a la vez de la marca de lo imaginario y de la marca de la exterioridad, el yo especular da así origen al drama específicamente humano que repite incansablemente un sujeto en busca de su unidad: « ... el estadio del espejo es un drama -escribe Lacan- cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia de la anticipación, y que para el sujeto tomado en el señuelo de la identificación espacial, maquina las fantasías que se suceden desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad, y hasta la armadura finalmente asumida de una identidad alienante, que marcará con su estructura rígida todo su desarrollo mental. De este modo, la ruptura del círculo del Innenwelt al Umwelt engendra la cuadratura inagotable de las reaseveraciones del yo».
Surgiendo de las incertidumbres de la identificación con la Gestalt primitiva y, en consecuencia, del reconocimiento de la unidad del cuerpo propio, esas reaseveraciones del yo, que recubren la obsesión de una fragmentación siempre posible, a juicio de Lacan actualizan además el impacto de la imagen del otro, con la que el sujeto, en el transitivismo, confunde la suya propia. Por cierto, un autor como Henri Wallon, en Les Origines du caractère chez l'enfant, había ya analizado muy bien este fenómeno, así como inferido además la función de la forma genética del rostro en el reconocimiento de la imagen por el niño (recordando en tal sentido las observaciones de W. Mililer sobre los chimpancés); Wallon también había analizado la significación de la sorpresa extasiada del niño frente a su doble virtual (observaciones de A. Preyer y P. Guillaume). Pero mientras que Wallon describe y comenta sus observaciones en términos de conocimiento y complejización del pensamiento, Lacan las interpreta en términos de organización inconsciente, de la cual emerge la instancia yoica en la paradoja de uno de los desconocimientos más radicales.
Una misma preocupación une además a los dos autores en la importancia que atribuyen a la presencia del prójimo en el seno de la experiencia especular, y particularmente en el gesto por el cual el niño, ante su imagen, se vuelve hacia el adulto que lo sostiene. Y si Wallon lo interpreta como la simple verificación de una relación -en otras palabras, como la manifestación de un acto de conocimiento-, Lacan ya ve en ello la función primordial del otro, la que pondrá en juego la dialéctica del deseo en la dependencia de la que se esforzará por advenir el sujeto. Desde la garantía que el otro parece acordarle aquí al niño, que participa aún de la erotización de la imagen (y que anuncia la entrada en el estadio del espejo), hasta el transitivismo en el que ancla la noción del yo [je] en la relación social (y que anuncia el final de la experiencia), el sujeto se encuentra suspendido de su propia mirada como de una especie de doble marcado con el sello de la mirada del otro. Verse en una identificación con la mirada del otro puesta en uno resumiría el juego del estadio del espejo, cuyos efectos de buena o mala imagen determinarán la problemática narcisista. «Es ese momento el que hace bascular decisivamente todo el saber humano en la mediatización por el deseo del otro -escribe Lacan- el que constituye sus objetos en una equivalencia abstracta por la concurrencia del prójimo, y hace del yo [je] ese aparato para el cual todo empuje de los instintos será un peligro, así responda a una maduración natural: la normalización misma de esa maduración que en el hombre depende en consecuencia de un expediente cultural, como se ve en el complejo de Edipo para el objeto sexual.» Unos años más tarde, en el Seminario 1, Los escritos técnicos de Freud (1953-1954), Lacan designará ese mismo momento con la expresión «momento o movimiento de báscula», para significar que el hombre aprende a reconocer su cuerpo y su deseo por intermedio del otro y de una manera que se le aparece necesariamente asimétrica. Basándose en el trabajo de Freud titulado El yo y el ello para subrayar la relación del ego con la superficie del cuerpo, en el sentido de que ésta se encuentra reflejada en una forma, Lacan postula entonces la especificidad de un cierto modo de conocimiento del cuerpo propio, detrás del cual se ven ya perfilarse las premisas de una topología: «La imagen de la forma del otro es asumida por el sujeto. Es decir, situada en su interior, esta superficie gracias a la cual se introduce en la psicología humana esa relación del adentro con el afuera por la cual el sujeto se sabe, se conoce como cuerpo».
El advenimiento de lo simbólico
Si el sujeto se identifica con el reflejo especular en la erotízación de la tensión que lo lleva a la vez hacia su imagen y hacia el otro presente, ocurre que este otro, a través de los azares de una comunicación que él posee, lega al sujeto los fundamentos de una historia en la cual se inscriben un pasado y un futuro. Mucho más que un desarrollo genético, el estadio del espejo indicaría el momento de advenimiento histórico en el curso del cual se organizaría la estructura del sujeto. El desconocimiento fundamental en el cual se mantiene este último con relación a lo que lo constituye -en otras palabras, esta hiancia imaginaria en el seno de la cuestión del ser- reclama en adelante otro modo de expresión: el mismo que Lacan llama lo simbólico, y que ya habrá demarcado en el estadio del espejo, en ese momento en el que, precisamente, el niño se vuelve hacia el adulto como para buscar de algún modo su asentimiento.
No se trata entonces de comprender el advenimiento de lo imaginario y lo simbólico como dos tiempos diacrónicos distintos, sino, más bien, como el advenimiento de dos modos intrincados en una misma experiencia, que convergen para resolver la hiancia que lo imaginario, por sí, provoca en el seno de la constitución del sujeto. Por otra parte, Lacan no cesará de indicar, en la operación que liga la estructura con los efectos de la asunción de la imagen especular, el lugar y la función de lo simbólico, una de cuyas representaciones más didácticas sigue siendo la del espejo plano en la construcción del esquema llamado «del ramo invertido», descrito en la «Observación sobre el informe de Daniel Lagache» (1961), y construido sobre el modelo de la experiencia clásica de H. Bouasse (1917). Se comprende en el manejo de ese esquema la importancia que tiene la referencia simbólica A, sobre la cual el sujeto, en su relación con el otro, regula su propia imagen (yo ideal), y esto en función del modelo omnipotente del ideal del yo, al que sujeto y otro se encuentran por igual sometidos. Lacan utilizará este mismo esquema, así como el «esquema L» de las psicosis, que descompone la experiencia especular en sus diferentes momentos, cada vez que se trate de abordar la cuestión del narcisismo y, con él, la función de desconocimiento que está en el principio de la constitución del yo.
Esto ocurre, por ejemplo, en el Seminario X, l’Angoisse (1962-1963), en el que, al referirse a las vacilaciones de la imagen especular, asimila el doble a un punto situado en el Otro, más allá del espejo, que a su vez se pondría a mirar al sujeto. Se comprende que una escena tal, por el borramiento del espacio virtual, provoque un sentimiento de «inquietante extrañeza», «siniestro», a menos que el sujeto se regule de nuevo sobre imágenes sin doble, objetos no especularizables, entre los cuales Lacan incluye el pecho, el escibalo, la mirada y la voz; en otros términos, a menos que el sujeto se desprenda de la captación imaginaria para hacer lugar a la toma simbólica de lo que no puede reflejarse. Lacan hará entonces referencia a las figuras de la topología para representar la separación respecto de los objetos no especularizables: el toro, el cross-cap y la botella de Klein, figuras cuya articulación ordena el cross-cap con lo que se desprende de él y ofrece apoyo a la cadena significante. Además, a diferencia del reflejo especular que devuelve al sujeto una imagen invertida de sí, con lo cual denuncia el efecto de señuelo -a menos que con Kant, a propósito de la misma experiencia, expuesta en los Prolegómenos a toda metafísica del porvenir, se distingan las representaciones de la cosa en sí respecto de las intuiciones sensibles o fenómenos-, los objetos no especularizables le abren la vía hacia lo simbólico, que va a permitirle paliar los avatares de la constitución imaginaria de su identidad.
Se comprende por qué Lacan, en una nota de la presentación de los Escritos, «De nuestros antecedentes», designa el estadio del espejo como el «pivote» de su intervención en la teoría psicoanalítica; el que la percepción visual adquiera valor de anticipación funcional indica, en efecto, el carácter inconsciente del proceso que resulta de ella, y por el cual se constituye la especificidad de la relación del sujeto con el mundo. Captado por una imagen que jamás podrá aferrar, el sujeto nunca dejará desde entonces de pedir razón a ese otro sobre el que posa por primera vez su mirada. Un autor como D. W. Winnicott, por ejemplo, formulará todas las consecuencias de este hecho que, derivado de los intercambios entre la madre y el lactante, influirán en la constitución narcisista de este último. Por lo tanto, perpetuamente expuesto al malestar provocado por el efecto de discordancia entre la expresión de un yo ficticio y lo indecible de un ser presentido, el sujeto emprenderá su «viaje» -para seguir la idea de Lacan- al punto donde el análisis, denunciando los puntos de referencia imaginarios de su yo, le ordene el encuentro con el «tú eres eso».
Espiritismo
Alemán: Spiritismus.
Francés: Spiritisme.
Inglés: Spirit-rapping.
Término derivado del inglés spirit-rapper (o espíritu golpeador) para designar una doctrina según la cual los vivos pueden comunicarse con los muertos a través de un médium.
En la historiografía del psicoanálisis, el espiritismo y la telepatía (o transmisión del pensamiento a distancia) son considerados pertenecientes al ámbito del ocultismo o lo oculto.
El espiritismo pertenece a la historia de la parapsicología, a igual título que el ocultismo, la telepatía o el sonambulismo. No obstante, entre el estudio positivista del psiquismo y la tentación fáustica de conquistar el dominio de lo irracional, la frontera sigue siendo tenue. El espiritismo fue adoptado por numerosos científicos europeos del siglo XIX: entre ellos Frederick Myers en Inglaterra, Charles Richet (1850-1935) en Francia, y Théodore Flournoy en Suiza. Cincuenta años más tarde, fascinó a André Breton (1898-1966) y a los surrealistas, como había fascinado a Victor Hugo (1802-1885). Todos buscaban en él un medio de alcanzar ese otro lado de la conciencia (subconsciente o yo subliminal), cuyo funcionamiento se pensaba en términos de automatismo mental o psicológico.
Algunas de las mujeres que fueron las grandes médiums de los hombres de ciencia, de los poetas y los novelistas, se convirtieron en célebres: Catherine-Élise Müller (1861-1929), por ejemplo, heroína de la obra Des Indes á la planéte Mars, publicada por Flournoy en 1900, o incluso Héléne Preiswerk, la prima de Carl Gustav Jung. Genealógicamente, estas mujeres que hacían girar las mesas o inventaban idiomas desconocidos (glosolalia), eran las descendientes de las videntes, las curanderas, las brujas o las adivinas. Como ellas, estaban dotadas de personalidad múltiple y trataban de aportar a los hombres el arte de la adivinación. Pero, con el nacimiento del alienismo y de la primera psiquiatría dinámica a fines del siglo XVIII, se transformaron en objeto de estudio para la psicopatología. Después de haber sido las princesas de un reino de la noche, o las soberanas de un mundo imaginario basado en la magia, se convirtieron en locas, histéricas, agitadas, esquizofrénicas: en síntesis, enfermas mentales.
Históricamente, el espiritismo en su forma moderna nació hacia 1840, sobre las ruinas del magnetismo mesmeriano, y permitió que el hipnotismo floreciera en una nueva doctrina del conocimiento del inconsciente de la que surgirá el psicoanálisis en los albores del siglo XX.
Esquema del psicoanálisis
Obra póstuma e inconclusa de Sigmund Freud, escrita en 1938 y publicada por primera vez en alemán en 1940, con el título Abriss der Psychoanalyse, y en inglés, en la misma fecha, con el título An Outline of Psycho-Analysis, en una traducción de James Strachey. Traducida al francés por Anne Berman (1889-1979) en 1949, con el titulo Abrégé de psychanalyse.
Iniciado el 22 de julio de 1938, este último libro de Sigmund Freud quedó inacabado, y sólo incluye tres partes. Durante mucho tiempo, Freud había proyectado escribir un opúsculo destinado a presentar a un público amplio una condensación de su doctrina. Comenzó este trabajo en Viena, en vísperas de su exilio, quejándose de tener que escribir cosas que ya había dicho y a las cuales no tenía nada que añadir. Sin embargo, redactó el texto a paso vivo y con una pluma alerta, recurriendo a abreviaturas.
De hecho, la obra es por cierto mucho mejor que lo que Freud pensaba. Se trata de una síntesis excelente de los grandes ejes del pensamiento freudiano, acerca del aparato psíquico, la teoría de las pulsiones, la sexualidad, el inconsciente, la interpretación de los sueños, la técnica psicoanalítica. En algunos pasajes, Freud examina nuevas direcciones de investigación, principalmente a propósito del yo, y prevé el descubrimiento de sustancias químicas que podrían actuar de forma directa sobre el psiquismo, convirtiendo en anticuado el método psicoanalítico, cuya defensa, no obstante, asume vigorosamente: "Pero por el momento sólo disponemos de la técnica psicoanalítica; por ello, a pesar de todas sus limitaciones, es conveniente no menospreciarla".
Esquema óptico
Modelo físico utilizado por Lacan para presentar la estructura del sujeto y el proceso de la cura psicoanalítica.
Encontramos una primera representación de este esquema óptico en el Seminario I, 1953-54, «Los escritos técnicos de Freud». Se trata entonces de mostrar claramente la distinción entre el yo ideal y el ideal del yo, y de explicar también que el psicoanálisis, aunque actúa solamente por medio del lenguaje, es capaz de modificar el yo en un movimiento en espiral. En el texto «Observación sobre la exposición de Daniel Lagache» (1960), tal como aparece en los Escritos (1966), este esquema óptico se beneficia de un comentario enriquecido por los seminarios sucesivos, en particular sobre «la cosa». El esquema óptico es ampliamente reutilizado después en el curso del Seminario X, 1962-63, «La angustia», donde, gracias al aporte anterior sobre la identificación [seminario del año anterior], le permite tratar sobre el objeto a.
El esquema óptico remite a una experiencia de física divertida en la que son usadas ciertas propiedades de la óptica. Se trata de ver aparecer, en ciertas condiciones, un ramo de flores en un vaso real que de hecho no lo contiene, como uno puede darse cuenta saliendo del campo en que se produce la ilusión. Este dispositivo se refiere a la óptica geométrica, en la que el espacio real se ve duplicado por un espacio imaginario. En la cercanía del centro geométrico de un espejo esférico, los puntos reales tienen imágenes reales situadas en puntos diametralmente opuestos. Pero, para que la imagen real sea visible, el ojo debe ubicarse en el interior de un cono definido por una recta generadora que tiene como punto fijo esta imagen real y como curva directriz el borde circular del espejo. De este modo se explica la experiencia del «ramo invertido» que Lacan ha recogido de Bouasse.
Con el fin de utilizarlo para poner en imágenes las relaciones intrasubjetivas, Lacan coloca el vaso real, el cuerpo, en posición invertida dentro de la caja, y las flores reales: los objetos, los deseos, las pulsiones, arriba. Desde ese estadio, el dispositivo resulta apropiado para metaforizar ese yo primitivo constituido por la escisión, por la distinción entre mundo exterior e interior, este primer yo presentado de manera mítica en Die Verneinung [La negación]. Nos encontramos aquí en el nivel de los puros juicios de existencia: o bien es, o bien no es. Imaginario y real alternan y se intrican, como presencia sobre fondo de ausencia e, inversamente, como ausencia en relación con una presencia posible. Pero, para que la ilusión del vaso invertido se produzca, es decir, para que el sujeto tenga este acceso a lo imaginario, es necesario que el ojo que lo simboliza esté situado dentro del cono, y esto depende de una sola cosa, de su situación en el mundo simbólico que ya está ahí efectivamente. Las relaciones de parentesco, el nombre, etc., definen el lugar del sujeto en el mundo de la palabra, determinan que esté o no en el interior del cono. Si está fuera de él, se las ve con lo real despojado, está en «otra parte» [en el sentido de distraído, extraviado, perdido, y al mismo tiempo compactado en su mundo, que es el caso típico de la psicosis].
En «el caso Dick» de M. Klein, que Lacan comenta en su Seminario I, «Los escritos técnicos de Freud», vemos a un niño de cuatro años que, poseyendo ciertos elementos del mundo simbólico, no se sitúa sin embargo en el nivel de la palabra; es incapaz de formular un llamado. Este niño, como lo muestra la observación, se ve con un real despojado. Se sitúa fuera del cono, y la acción de M. Klein consiste en hacerlo entrar en él a través de sus interpretaciones masivas, con las que propiamente le inyecta un inconciente.
Este modelo visualiza así la relación especular y su anudamiento con la relación simbólica. En la caja encontramos la realidad del cuerpo, a la que el sujeto tiene muy poco acceso y que imagina, nos dice Lacan, como un guante que puede darse vuelta a través de los «anillos orificiales». El espejo cóncavo puede representar el córtex, sus reflexiones, las «vías de autoconducción». Evoquemos aquí el maniquí cortical del que habla Freud en El yo y el ello (1923), a propósito del yo concebido como «proyección de una superficie»; como lo observa Freud, esta proyección se hace al revés, cabeza abajo. Podemos asimilar esta imagen proyectada del cuerpo, obtenida por la inversión debida a las vías nerviosas, a la obtenida por reflexión en el espejo cóncavo. A esta imagen real, ausente, el sujeto sólo puede acceder a través de su imagen especular, y, por lo tanto, a través de una alienación fundamental en el pequeño otro; es aquí donde se sitúa la captura narcisista del yo ideal (Ideal-Ich). Pero esta relación especular está bajo la dependencia del gran Otro que dirige el espejo plano. (En el es quema óptico volvemos a encontrar los cuatro polos del esquema L [véase en matema], con la materialización del espejo plano entre a y a'; («Seminario sobre "La carta robada"», en Escritos). Al espacio imaginario, detrás del espejo, se superpone el lugar simbólico del Otro, tras el muro del lenguaje, que corresponde en el modelo al espacio real. Este Otro, cuyo papel de testigo vemos en el estadio del espejo, es primitivamente esta «primera potencia», este soporte de la «cosa». A partir de sus «insignias», marcas o rasgos significantes, se constituye en el interior del cono el ideal del yo (Ich-Ideal) en I, lugar donde el sujeto se orienta para obtener, «entre otros efectos, tal espejismo del yo ideal». El colocarlo ligeramente por fuera del campo imaginario ortogonal al espejo plano, le da a I todo su valor simbólico, puesto que es ubicándose en este punto de hecho invisible en el espejo como el sujeto puede obtener el efecto de ilusión.
Lacan indica así que la relación en espejo con el otro y la captura del yo ideal sirven de punto de apoyo en ese pasaje en cuyo trascurso la ilusión «debe desfallecer junto con la búsqueda que ella conduce». Pero Lacan nos indica que el modelo encuentra su límite en la imposibilidad de aclararnos la función simbólica del objeto a.
Pero en el Seminario X, 1962-63, «La angustia», Lacan reutiliza su modelo óptico a propósito del objeto a. Esta nueva representación del esquema óptico contiene los ejes imaginario y simbólico, lo que le da un aspecto comparable a los primeros esquemas que se encuentran en Freud (en particular el del manuscrito G). Pero el espacio euclidiano que sugieren esta abscisa y esta ordenada está aquí trasformado por la presencia de los espejos.
Este esquema expresa que «no todo el investimiento libidinal pasa por la imagen especular», «hay un resto», es el resto que el falo caracteriza, y este falo sólo se puede registrar bajo la forma de una falta (-j).
Esta falta está cernida por un corte en el nivel de la imagen especular, precisamente respecto del objeto a. El rodeo por el Seminario IX, 1961-62, «La identificación», ha sido necesario para concebir la topología de un objeto a no especular, de un objeto cuya imagen no puede encontrarse en el espejo. Esta es la topología del plano proyectivo o cross-cap. Este cross-cap, efectivamente, se recorta en una parte especular, la banda de Moebius, y una parte no especular, la rodaja [o tajada, si enfatizamos más el efecto de corte, y evitamos así imaginarnos algo con espesor, que sería especular] característica del objeto a.
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