Estadio
s. m. (fr. stade; ingl. stage; al. Stufe, Phase). Cada uno de los grados de organización libidinal en el desarrollo del ser humano que tienen un carácter topográfico (zonas erógenas) y un carácter objetal (elección de objeto).
Es en 1915, en la 39 edición de los Tres ensayos de teoría sexual, cuando S. Freud establece de manera sistemática la noción de estadios en psicoanálisis. Contrariamente a las perspectivas de la psicología del niño elaboradas por Wallon y Piaget, continuando los primeros trabajos de W. T. Preyer, E. Claparède y W. Stern, los estadios freudianos se registran a posteriori, en las curas de adultos.
En Freud no se trata tanto de etapas genéticas que marcarían un desarrollo observado en el niño, cuanto de grados de organización que toman su sentido en una metapsicología.
De una manera general, la noción de estadio es empleada todavía en la psicología contemporánea y es objeto de discusiones muy vivas: concepto esencial para algunos, simple artificio de investigación para otros. Se tiene la costumbre de oponer los estadios del desarrollo de la personalidad del campo de la inteligencia a los del campo de la «afectividad». No es sin embargo bajo este ángulo como Freud distingue los estadios. Más bien indica que los diversos estadios de la sexualidad del niño y del adolescente están regidos por una migración propiamente topológica de las funciones representadas por las zonas erógenas promovidas sucesivamente a un lugar predominante por el placer que se despierta con su funcionamiento, observada en las diversas dialécticas de la relación de objeto.
Freud distingue dos modalidades de organización de la libido: pregenital y genital. La fase pregenital incluye el estadio oral y el estadio anal.
El estadio oral. Se caracteriza por una organización sexual «canibálica» en cuyo curso la actividad sexual no está separada de la función de devorar: estas dos actividades buscan la incorporación del objeto (prototipo de la identificación posterior), De modo que, en este estadio, la pulsión oral se encuentra evidentemente apoyada [véase apoyo] en la función digestiva. La succión aparece entonces como un «vestigio» de ese grado inicial del estadio, pues consagra la separación de las actividades sexual y alimentaria, remplazando el objeto exterior por una parte del cuerpo del sujeto: desde ese momento, este acto, repetitivo, encargado de procurar placer, deviene autoerótico: la zona bucolabial queda desde entonces designada como zona erótica. Freud da una importancia capital a esta primera parte del estadio oral para la determinación de la vida sexual futura. Sobre todo para la posterior elección de objeto: el seno aparece así como esencialmente perdido y «encontrar al objeto sexual no es en suma sino volver a encontrarlo».
Una segunda fase del estadio oral se caracteriza por el pasaje de la succión a la mordedura, donde aparece combinada con la libido una pulsión agresiva y destructiva. Esto fue puesto particularmente en evidencia por K. Abraham y retomado por M. Klein, que sitúa en este estadio la aparición del superyó precoz. R. Spitz divide este estadio en tres subestadios: estadio preobjetal de indiferenciación (0-3 meses), estadio del objeto precursor (3-8 meses) y luego estadio del objeto propiamente dicho.
El estadio sádico - anal. Segundo estadio, siguiente al estadio oral, el estadio sádico-anal está regido por la erogeneidad de la zona anal; esta organización libidinal se liga con las funciones de expulsión y retención, y se constituye alrededor de la simbolización de las materias fecales, objeto separable del cuerpo del mismo modo que el seno. Las pulsiones erótico-anal y sádica se encuentran en esta fase pregenital de la sexualidad infantil. Las nociones de actividad y pasividad traducen la bipolaridad de la función anal, que apuntala las dos pulsiones parciales: la de prensión, ligada a la musculatura, y la de pasividad, ligada a la mucosa anal.
Abraham ha descrito una subdivisión de este estadio, con relación al comportamiento frente al objeto: la primera parte asocia a la expulsión la destrucción; la segunda asocia la retención y la posesión. Se instaura así una dialéctica entre el sadismo y el erotismo anal dentro de la función esfinteriana misma: contención-dominio; relajamiento- evacuación. A través de esta actividad que desemboca en la defecación vienen a simbolizarse las heces en su función de regalo hecho a la madre, en tanto su retención constituye por el contrario una posición agresiva hacia ella.
El estadio fálico. El estadio fálico es la fase característica de la acmé y de la declinación del complejo de Edipo, marcada esencialmente por la angustia de castración. Tanto en la niña como en el varón, este estadio sucede a los estadios oral y anal en una unificación de las pulsiones parciales en la región genital representada por el falo. Para los dos sexos, tenerlo o no tenerlo es la alternativa característica de este estadio: «En efecto, esta fase conoce una sola especie de órgano genital, el órgano masculino».
Este establecimiento bastante tardío del estadio fálico representa para Freud una transición respecto de su descripción inicial: falta de organización de las pulsiones sexuales pregenitales, opuesta a la organización genital adulta. Al estar esta fase fálica bajo el signo de la castración, se plantea la cuestión, con relación al Edipo, de la existencia misma de este estadio: el descubrimiento por parte de la niña de la ausencia de pene (donde la envidia del pene viene a determinar la asimetría. en las relaciones con los padres, entre el varón y la niña) se puede situar tanto en una perspectiva de inter -subjetividad como en la del acceso a un estadio.
El estadio genital. El estadio fálico se termina con el período de latencia, que separa así el «primer empuje», que comienza entre los dos y los cinco años, «caracterizado por la naturaleza infantil de los fines sexuales», y el «segundo empuje», que «comienza en la pubertad y determina la forma definitiva que tomará la vida sexual». Este rebrote en dos tiempos es de una importancia decisiva para los trastornos en el adulto. «La elección del niño sobrevive en sus efectos, ya sea que permanezcan con su intensidad primera, ya sea que, durante la pubertad, tengan una renovación»: en este período, efectivamente, se ubica la represión secundaria.
La pulsión sexual autoerótica que caracteriza a los estadios proviene de diversas pulsiones parciales y de diversas zonas erógenas, cada una de las cuales tiende a la satisfacción. En la pubertad, estas pulsiones cooperan y un fin sexual nuevo aparece; las zonas erógenas se subordinan al «primado de la zona genital». Parecería entonces que pudieran conjugarse allí en la vida sexual la corriente tierna y la sensual. Pero destaquemos que esta descripción del «amor genital» plantea en sí misma problemas nada desdeñables.
Estadio
La determinación de concepto de estadio toma sus elementos más decisivos de su distinción respecto de las nociones con las cuales a veces se sentirá la tentación de compararlo, como, por ejemplo, la noción de estrato. Semejanza y distinción tanto o más útiles cuanto que la importancia reconocida a la idea de estrato es una consecuencia del importante desarrollo producido en el pensamiento freudiano con el desplazamiento del centro de la teoría desde la neurosis hasta la psicosis, y de¡ interés constante suscitado por los problemas del yo en respuesta a la especificidad de la regresión psicótica. La noción de estadio fue en efecto elaborada en la época de los Tres ensayos de teoría sexual, cuando importaba explicar la regresión neurótica a las etapas arcaicas del desarrollo libidinal, construcción que jalona en una progresión lineal la aparición sucesiva de las zonas erógenas. Por el contrario, la regresión psicótica que implica la conmoción de las organizaciones que tienen por centro al yo determina la definición de la noción de estrato, concebido como momento globalizante de la organización del ello, en los términos de la segunda tópica. Por eso la dimensión simplemente temporal en que se ordenan los estadios cede el lugar a una visión sistemática comparable a la estratíficación geológica, más apta para la modelización histórica de una filosofía de la cultura basada en el principio onto-filogenético de Haeckel. Retrospectivamente, los límites de la noción de estadio se encontrarán marcados en tanto que la noción se inscribe en el marco de una preformación biológica.
Estadio
(oral, anal, fálico, genital)
Alemán: Stufe.
Francés: Stade.
Inglés: Phase.
La noción de estadio es común a la biología evolucionista, la psicología y el psicoanálisis. En efecto, las tres disciplinas han tenido el cuidado de diferenciar las edades de la vida, las etapas o los momentos de la evolución. En el marco de su teoría de la libido, y en los Tres ensayos de teoría sexual, Sigmund Freud comenzó a aportar una definición de los estadios -pregenital (oral y anal) y genital-, en función de la evolución del sujeto y de su relación con cuatro zonas erógenas distribuidas en cuatro regiones del cuerpo: oral, anal, uretro-genital, mamaria. A cada zona le corresponden una o varias actividades eróticas, entre las cuales Freud incluye los actos más simples de la vida cotidiana de los niños: succión del pulgar o del seno de la madre, defecación, masturbación.
Los estadios son entonces definidos como modalidades de la relación con el objeto. Después de múltiples revisiones, Freud definió cuatro: el estadio oral, en el que el placer sexual está ligado a la excitación de la cavidad bucal y a la succión (comer/ser comido); el estadio anal (o sádico-anal), en el que el erotismo se define (entre los dos y los cuatro años) con relación a la actividad de la defecación y, según una simbólica obsesiva de las heces, se asocia con el dar y el dinero; el estadio fálico, en el que la unificación de las pulsiones parciales, tanto en el varón como en la niña, se realiza bajo la primacía del órgano genital masculino, y finalmente el estadio genital, que se establece en la pubertad y marca el pasaje a la sexualidad adulta.
La noción de estadio fálico aparece en la obra de Freud en 1923, en un artículo titulado "la organización genital infantil”, pero el falicismo está ya presente en 1915, en un agregado a los Tres ensayos.... lo que le permite a Freud atribuir a la libido una esencia única de naturaleza masculina, tanto en la niña como en el varón. Esta tesis llamada "falocéntrica" dará origen a todos los debates ulteriores sobre la sexualidad femenina, la diferencia de los sexos, el género, desde Melanie Klein hasta Jacques Lacan, pasando por Karen Horney, Helen Deutsch, Simone de Beauvoir (1908-1986), los culturalistas y las feministas.
De tal modo, Freud relacionó la evolución de la libido y la elección de objeto, en virtud de las cuales el sujeto pasa del autoerotismo al narcisismo, después a la elección homosexual y finalmente a la heterosexual.
La teoría de los estadios fue reformulada muchas veces por las diveras escuelas. En 1913, Sandor Ferenczi diferenció un estadio psíquico primario, caracterizado por una actividad ligada al principio de placer (sueño, neurosis, fantasma) y compartida por los niños, los animales y los “salvajes" (primitivos), y un estadio psíquico secundario, el del hombre normal en estado de vigilia.
Karl Abraham, en el marco de una teoría de la relación de objeto basada en el clivaje entre neurosis y psicosis, propuso en 1924 la subdivisión del estadio oral en un estadio oral precoz (succión del seno) y un estadio sádico-oral, que corresponde a la aparición de los dientes e implica la idea de morder o destruir el objeto. Introdujo asimismo una distinción en el interior del estadio anal, entre una primera fase, con el erotismo ligado a la evacuación y la destrucción del objeto, y una segunda fase, con un erotismo caracterizado por la retención y el deseo de poseer el objeto. El pasaje de una fase a otra definía un progreso (impulso hacia una elección de objeto), o bien una regresión (evolución hacia la destrucción y el repliegue sobre sí mismo).
A partir de la herencia de Abraham, Melanie Klein introdujo la idea de posición (posición depresiva y posición esquizoparanoide) para dar un estatuto más estructural a la idea de estadio, mientras que Lacan conservó la palabra (con su estadio del espejo), dándole un contenido a la vez fenomenológico y cercano a la posición en el sentido kleiniano.
Estadio del espejo
Alemán: Spiegelstadium.
Francés: Stade du miroir
Inglés: Looking-glass-phase.
Expresión creada por Jacques Lacan en 1936 para designar un momento psíquico y ontológico de la evolución humana, ubicado entre los seis y los dieciocho primeros meses de vida, durante el cual el niño anticipa el dominio de su unidad corporal mediante una identificación con la imagen del semejante y por la percepción de su propia imagen en un espejo.
La frecuentación del seminario del filósofo Alexandre Kojève (1902-1968) le permitió a Jacques Lacan, a partir de 1933, iniciarse en la filosofía hegeliana y examinar la génesis del yo a través de una reflexión filosófica concerniente a la conciencia de sí.
De tal modo, lo mismo que Melanie Klein, se vio llevado a proponer una lectura de la segunda tópica freudiana que iba en sentido contrario a la psicología del yo. En efecto, después de la reformulación realizada por Sigmund Freud en 1920-1923, había dos opciones posibles. Una consistía en hacer del yo el producto de una diferenciacion progresiva del ello, que actuaba como representante de, la realidad y tenía la función de contener las pulsiones (Ego Psylchology,)-, la otra, por el contrario, le volvía la espalda a toda idea de autonomización del yo, para estudiar su génesis en términos de identificación.
En otras palabras, en la primera opción, que fue en parte la del desarrollo del psicoanálisis en los Estados Unidos, se intentaba sacar el yo del ello, para hacer de él el instrumento de una adaptación del individuo a la realidad exterior, mientras que la segunda -la del kleinismo, el lacanismo y más tarde la Self Psychology- lo volvía a llevar hacia el ello, para mostrar que se estructuraba por etapas, en función de imagos tomadas al otro, o de identificaciones proyectivas.
En 1931, el psicólogo Henri Wallon (1879-1962) dio el nombre de "prueba del espejo" a una experiencia en la cual el niño enfrentado a un espejo lograba progresivamente distinguir su propio cuerpo de la imagen reflejada en aquél. Según Wallon, esta operación dialéctica se realizaba gracias a una comprensión simbólica por el sujeto del espacio imaginario en el cual se forjaba su unidad. En la perspectiva de Wallon, la prueba del espejo especificaba el pasaje de lo especular a lo imaginario, y después de lo imaginario a lo simbólico.
En una conferencia dada en la Société psychanalytique de Paris (SPP) el 16 de junio de 1936, Lacan retomó la terminología de Wallon, transformando la prueba del espejo en un "estadio del espejo---, es decir, en una combinación de posición, en el sentido kleiniano, y estadio en el sentido freudiano. De tal modo desaparecía la referencia de Wallon a una dialéctica natural: en la perspectiva lacaniana el estadio del espejo no tenía ya mucho que ver con un verdadero estadio, ni con un verdadero espejo. Se convertía en una operación psíquica, incluso ontológica, mediante la cual se constituye el ser humano en una identificación con su semejante.
Según Lacan, que tomó esta idea del embriólogo holandés Louis Bolk (1866-1930), el alcance del estadio del espejo debía relacionarse con la prematuración del nacimiento, atestiguada objetivamente por el carácter anatómicamente inacabado del sistema piramidal y la falta de coordinación motriz de los primeros meses de vida.
En consecuencia, al describir el proceso desde el ángulo del inconsciente, y no ya desde el de la conciencia, y afirmar que el mundo especular, donde se expresaba la identidad primordial del yo, no contenía alteridad, Lacan se apartaba de la perspectiva psicológica de Wallon.
En el Congreso de la International Psychoanalytical Association (IPA) de Marienbad en 1936, Lacan expuso por segunda vez su tesis sobre el estadio del espejo. Interrumpido al cabo de unos minutos por Ernest Jones, olvidó entregar los originales de su comunicación, que se perdieron. De ese primer texto sólo se conservaron las notas tomadas por Françoise Dolto en la SPP. Más tarde, Lacan incorporó algunos pasajes de su conferencia a un trabajo muy largo dedicado a la familia y publicado en 1938 en la Encyclopédie française por pedido de Henri Wallon. El tema del estadio del espejo fue objeto de una nueva comunicación en el Congreso de la IPA en Zurich, en 1949, con el título de "El estadio del espejo como formador de la función del yo [Je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica".
Estado fronterizo
(fr. état límite, ingl. borderline). Caso límite que se definiría en el plano nosológico y estructural como intermedio o «en la frontera» entre una estructura neurótica y una estructura psicótica.
Se trata por lo tanto de trastornos mentales cuya posición nosográfica sigue siendo bastante ambigua: las designaciones psiconeurosis graves, de un lado, y esquizofrenias seudoneuróticas, del otro, pudieron, en cierta época, situarlos en el plano diagnóstico. Pero, con los trabajos de O. Kernberg y de H. Kohut en los Estados Unidos y de J. Bergeret en Francia, la noción se define más bien en el nivel de la estructura de la personalidad. Esos autores exponen las dificultades para llevar adelante una cura analítica en ciertos pacientes que presentan gran inseguridad interior, intolerancia a la frustración e hipersensibilidad a las observaciones, que ellos suelen percibir como juicios. La aparición en la trasferencia de una regresión inhabitual obligaría a modificaciones del procedimiento psicoterapéutico. Clínicamente, los pacientes que presentan este tipo de personalidad con frecuencia están bien adaptados socialmente, pero sus relaciones afectivas son inestables, marcadas por la dependencia llamada «anaclítica» y la manipulación agresiva. Se defienden de la depresión, hecha sobre todo de un sentimiento de soledad, de vacuidad y de aburrimiento, sin la culpa ni el enlentecimiento psicomotor habitual. Para zanjar las tensiones conílictivas se utilizan preferentemente pasajes al acto, que acarrean inestabilidad socio-profesional y afectiva, pero también conductas de autodestrucción a través de impulsos suicidas, accidentes o abusos tóxicos.
Siguiendo a Kernberg, muchos psicoanalistas han intentado una descripción de los mecanismos que serían específicos de estos casos (escisión en un sector adaptativo y un sector idealizado que protege al sujeto de un conflicto interno inaceptable-, proyección productora de momentos de confusión entre lo que es interno y lo que es externo, sin pérdida total sin embargo de la diferenciación entre sí mismo y los otros; renegación de las emociones y desvalorización del objeto). Debe destacarse sin embargo que la idea misma de estructuras intermedias entre neurosis y psicosis plantea un problema, desde el momento en que estas últimas pueden ser opuestas desde un punto de vista estructural a partir de lo que sucede en ellas con el Nombre-del-Padre, de un lado simbolizado, del otro forcluido.
Estado hipnoide
Al.: hypnoider Zustand.
Fr.: état hypnoïde.
Ing.: hypnoid state.
It.: stato ipnoide.
Por.: estado hipnóide.
Término Introducido por J. Breuer: estado de conciencia análogo al que produce la hipnosis; durante él los contenidos de conciencia que aparecen apenas entran, o no entran en absoluto, en ligazón asociativa con el resto de la vida mental; la consecuencia sería la formación de grupos de asociaciones separadas.
Breuer ve en el estado hipnoide, que Introduce una escisión (Spaltung) dentro de la vida psíquica, el fenómeno constitutivo de la histeria.
El término «estado hipnoide» se sigue relacionando con el nombre de J. Breuer, pero éste citó como su precursor a P. J. Moebius.
La relación entre hipnosis e histeria, y más especialmente la similitud entre los fenómenos producidos por la hipnosis y ciertos síntomas histéricos, fue lo que condujo a Breuer a propugnar la noción de estado hipnoide: los acontecimientos ocurridos durante el estado de hipnosis (por ejemplo, una orden del hipnotizador) conservan una autonomía; son capaces de resurgir en forma aislada, ya sea durante una segunda hipnosis, ya sea en estado de vigilia, en forma de actos aparentemente aberrantes, excluidos del comportamiento actual del individuo. La hipnosis y sus efectos ofrecen una especie de modelo experimental de lo que, en el comportamiento del histérico, aparece como básicamente ajeno a las motivaciones del sujeto.
Los estados hipnoides serían, en el origen de la histeria, los equivalentes naturales de los estados producidos artificialmente por la hipnosis. «[El estado hipnoide] debe corresponder a un cierto vacío de la conciencia, en el cual una representación que emerge no encuentra resistencia alguna por parte de otras representaciones -estado en el cual, por así decirlo, el campo está libre para la primera llegada». ver nota
Los estados hipnoides poseen, según Breuer, dos condiciones: un estado de ensueño (sueño diurno, estado crepuscular) y la aparición de un afecto, desencadenándose la autohipnosis espontánea cuando «[...] la emoción penetra en el ensueño habitual». Ciertas situaciones (enamoramiento, cuidados prestados a un enfermo querido) favorecerían la unión de tales factores: «En virtud de la tranquilidad exterior a que obliga, el papel de enfermera exige una concentración de espíritu sobre un solo objeto, dirigir la atención a la respiración del enfermo, es decir, se realizan las condiciones de muchos procedimientos de hipnotismo. El estado crepuscular así creado se halla invadido por sentimientos de angustia». Según Breuer, en último término, sólo uno de ambos factores es capaz de producir estados hipnoides-, transformación de un ensueño en autohipnosis sin intervención del afecto, o emoción viva (susto) que paraliza el curso de las asociaciones.
La Comunicación preliminar (Vorläufige Mitteilung, 1893), obra de Breuer y Freud, plantea el problema en términos algo diferentes: se trata menos de determinar el papel respectivo del estado de ensueño y del afecto en la producción de estados hipnoides, que la parte que corresponde al estado hipnoide y al afecto traumatizante en el origen de la histeria: si el trauma puede provocar el estado hipnoide o producirse durante éste, es capaz también, por sí solo, de resultar patógeno.
El valor patógeno del estado hipnoide estribaría en que las representaciones que aparecen durante el mismo quedan excluidas de la «circulación asociativa» y, por consiguiente, de toda «elaboración asociativa». Forman así un «grupo psíquico separado», cargado de afecto, que, si bien no entra en conexión con el conjunto de los contenidos de conciencia, es capaz de unirse a otros grupos formados en estados análogos. Así se constituye una escisión dentro de la vida mental, singularmente manifiesta en los casos de desdoblamiento de la personalidad, que ilustran la disociación del psiquismo en consciente e inconsciente.
Breuer consideró el estado hipnoide como la condición fundamental de la histeria. Freud indicó desde un principio lo que, a su juicio, ofrecía de positivo esta teoría (especialmente en comparación con la de Janet) para explicar la existencia, en el paciente histérico, de una «[...] escisión de la conciencia con formación de grupos psíquicos se parados». Allí donde, según él, invoca Janet « una debilidad innata de la capacidad de síntesis psíquica y un estrechamiento del "campo de conciencia"», Breuer tiene el mérito de mostrar que la escisión de la conciencia (carácter fundamental de la histeria) encuentra una explicación genética a partir de estos momentos privilegiados que son los estados hipnoides.
Pero Freud no tarda en limitar el alcance de las concepciones de Breuer, creando el concepto de histeria de defensa.
Finalmente, condenará retrospectivamente y de un modo radical la concepción de Breuer: «La hipótesis de estados hipnoides proviene enteramente de la iniciativa de Breuer. Yo considero el uso de este término como superfluo y equívoco, ya que interrumpe la continuidad del problema referente a la naturaleza del proceso psicológico que interviene en la formación de los síntomas histéricos».
Estados límite
(bordeline states)
La noción de borderline state forma parte del vocabulario clínico anglosajón propio de la corriente de la Self Psychology y, en ciertos aspectos, del poskleinismo de la década de 1960. También atraviesa el neofreudismo y el culturalismo, y ha terminado por integrarse a la terminología psicoanalítica francesa con el nombre de "estados límites" (en plural). La palabra borderline (frontera) designa los trastornos de la personalidad y la identidad que están en la frontera entre la neurosis y la psicosis. Se habla también de casos límite, de personalidades límite, o incluso de patologías límite.
Otto Fenichel fue uno de los primeros, en 1945, en subrayar la existencia de este tipo de patologías: "Hay personalidades neuróticas que, sin desarrollar una psicosis completa, tienen predisposiciones psicóticas, o incluso ponen de manifiesto aptitudes para emplear mecanismos esquizofrénicos en caso de frustración". La noción fue después considerablemente desarrollada en los trabajos de Heinz Kohut y Otto Kernberg, quien propuso la expresión "organización límite" para indicar claramente que el estado límite es estable y duradero.
Fue el psicoanalista norteamericano Harold Searles, especialista en esquizofrenia, quien, durante el n-fismo período, produjo los trabajos más pertinentes sobre esta cuestión, a partir de una larga práctica realizada en la Chesnut Lodge Clinic, sede importante del tratamiento psicoanalítico de la psicosis, en la que trabajó Frieda Fromm-Reichmann después de emigrar de Alemania. Marcado por la enseñanza de Harry Stack Sullivan, Searles hizo estallar la definición clásica de la locura, a la manera de los artífices de la antipsiquiatría, demostrando que en los pacientes borderline el yo funciona de manera autística. En su célebre libro de 1965, El esfuerzo por volver loco al otro, criticó la ortodoxia freudiana, subrayando que la práctica ortodoxa de la transferencia puede desembocar en una estrategia de terror que consiste en volver al paciente dependiente del analista. A esto él oponía una práctica de la cura inspirada en el tratamiento de los estados límite, y basada en el reconocimiento mutuo entre el terapeuta y el paciente.
Estados Unidos
A la historia del psicoanálisis en los Estados Unidos se han dedicado excelentes trabajos; entre ellos, el de Nathan G. Hale. Esta obra monumental en dos tomos permite seguir todas las etapas de la implantación del freudismo en el país que de algún modo "salvó" al psicoanálisis del nazismo, transformando radicalmente sus ideales, su práctica, su esencia y su técnica. Sin la potencia norteamericana, sin la emigración masiva en el período de entreguerras de la casi totalidad de los terapeutas de Alemania, Austria (Viena), Hungría, Italia y Europa central, nunca el freudismo habría alcanzado tal renombre en la historia universal.
Fue en los Estados Unidos donde se desarrollaron la mayor parte de las grandes corrientes freudianas (Ego Psychology, annafreudismo, Self Psychology, neofreudismo, culturalismo), así como todas las psicoterapias inspiradas o no en la doctrina vienesa: la terapia guestáltica, la terapia familiar, el análisis directo, el análisis transaccional, etcétera. A ellas hay que añadir la corriente representada por la Escuela de Chicago, centrada en Franz Alexander y en la medicina psicosomática. Fue también en el continente americano donde se encontraron todos los grandes disidentes europeos del movimiento psicoanalítico: Karen Horney, Wilhelm Reich, Otto Rank, Erich Fromm. No sorprenderá entonces que el psicoanálisis llamado "norteamericano" haya marcado tanto, primero a países de lengua inglesa -Canadá y Australia-, y después al resto del mundo, en particular Japón, así como a todas las naciones que salieron del comunismo a partir de 1989 y se abrieron de nuevo a la práctica psicoanalítica: Rusia, Hungría, etcétera.
No obstante, tres grandes corrientes del freudismo han seguido extrañas a esa pujanza norteamericana: los Independientes, el kleinismo y el lacanismo. Símbolo de la gran fuerza clínica de la escuela inglesa (Gran Bretaña), el kleinismo se implantó sobre todo en los países latinoamericanos (Argentina, Brasil), mientras que los representantes del grupo de los Independientes, desde Michael Balint hasta Donald Woods Winnicott, han hecho fructificar en todo el mundo una tradición ejemplar: ni demasiado enfeudada a la psiquiatría, ni demasiado extraña a la medicina, ni demasiado centrada en el fantasma y la realidad psíquica (como el kleinismo). En cuanto al lacanismo, nacido en Francia, ha seguido la misma vía que el kleinismo, y sólo se ha implantado en los países latinos y latinoamericanos. En los Estados Unidos, la obra de Jacques Lacan se enseña fundamentalmente en la universidad, en los departamentos de literatura. Considerablemente utilizada por las feministas y los diferencialistas, ha insuflado un nuevo vigor, a partir de la década de 1970, a todos los debates norteamericanos sobre la sexualidad femenina y la diferencia de los sexos. Observemos que los principales debates concernientes a la historiografía se han desarrollado también en los Estados Unidos, debido a que los Archivos Freud están depositados en la Library of Congress de Washington.
Para captar las modalidades específicas de la implantación del psicoanálisis en el otro lado del Atlántico, hay que remontarse a fines del siglo XVIII y comparar tres concepciones de la democracia: la francesa, la inglesa y la norteamericana.
Nacida en la Nueva Inglaterra, y fundada por los descendientes de los puritanos, la democracia norteamericana se basa en la Declaración de Independencia firmada por los ,.padres fundadores- el 4 de julio de 1776, y en la creación, diez años más tarde, de los estados federados, reunión de comunidades con un proyecto de inspiración religiosa. De esencia filantrópica y política, la Revolución Norteamericana tiene sus cimientos en la preeminencia de los poderes locales, contrariamente a la Revolución Francesa, que construyó un Estado centralizador y se quiso universalista, preocupada por instituir una nueva organización social. A través de sus "padres fundadores", el pueblo norteamericano se considera fundamentalmente el nuevo intérprete de la Biblia, y heredero de la antigua alianza divina con Israel.
El advenimiento de una nueva teoría del derecho individual permitió instituir el asilo moderno, y dar el primer impulso al denominado tratamiento moral de la locura. Inspirándose en un ideal filantrópico que en la misma época también se encuentra en el inglés William Tuke (1732-1822), creador de la casa de salud en York, y en el francés Philippe Pinel (1745-1826), reformador del asilo de Bicétre, Benjamin Rush (1746-1813) comenzó luchando por la abolición de la esclavitud, antes de firmar la Declaración de Independencia. Después realizó investigaciones sobre la enfermedad mental, que lo llevaron a fundar la psiquiatría norteamericana.
Durante toda la primera mitad del siglo XIX, la expansión de la psiquiatría coincidió con el desarrollo de los state mental hospitals, verdadero sistema de asistencia que se hacía cargo de los alienados indigentes, mientras se creaban múltiples fundaciones y establecimientos privados dedicados al tratamiento de la locura. En el relevo de Rush, Dorothée Dix (1802-1887) se hizo célebre en Massachusetts por su piedad protestante y su cruzada activa en favor del mejoramiento de la suerte de las mujeres alienadas. Sus múltiples actividades desembocaron en la creación, en 1923, de la poderosa American Psychiatric Association (APA), que iba a desempeñar un papel importante en la organización de los cuidados prodigados a los enfermos mentales.
Entre 1870 y 1908 se perfilaron tres grandes orientaciones que más tarde permitirían una vasta implantación del psicoanálisis. Se trató primero de las “curas de alma" realizadas por los pastores y practicadas espontáneamente en las comunidades aldeanas o urbanas. Transición hacia el tratamiento psicoanalítico, proliferaron con la moda del espiritismo; mezclaban el canto, la plegaria y los hechizos, desembocando más tarde en la hipnosis y la sugestión. Herederas de la técnica de la confesión, cara a los puritanos, vehiculizaban un ideal de purificación del espíritu que debía llevar al sujeto a dominar sus pasiones y a la adopción de una moral basada en la tolerancia y el respeto de las diferencias.
Por otra parte, la neurología y la psicología influyeron en el desarrollo de la psicoterapia. Mientras que el psiquiatra Edward Cowles (1837-1907) se basaba en una concepción funcionalista de la enfermedad mental, Morton Prince, contemporáneo de Pierre Janet y de Théodore Flournoy, dio prioridad a la teoría asociacionista de Huglings Jackson para imponer el "estilo somático" en el estudio de los casos de personalidad múltiple. Atribuyó entonces a los trastornos psíquicos un origen neurológico, y propugnó un educational treatment (tratamiento educativo). Disciplina médica, la neurología sirvió entonces de sustrato a un vasto despliegue de la psiquiatría dinámica.
A pesar de su antifreudismo, Morton Prince participó en la creación de la prestigiosa escuela bostoniana de psicoterapia, donde se elaboró, entre 1895 y 1909, en torno a William James (1877-1910), el método de tratamiento psíquico más racional del mundo angloamericano. Fue en ese grupo, y en particular con Stanley Grandville Hall, Josiali Royce, y sobre todo James Jackson Putnam, donde la doctrina freudiana fue acogida con un entusiasmo formidable.
A la manera de Eugen Bleuler, y en línea recta con la tradición suiza de la higiene mental, Adolf Meyer criticó el estilo somático y perpetuó el espíritu de Benjamin Rush, introduciendo en los Estados Unidos el estudio y el tratamiento de la esquizofrenia. En este sentido, contribuyó considerablemente, lo mismo que Bleuler, a la extensión de la clínica psicoanalítica al dominio de la psicosis, aunque rechazando la concepción freudiana del inconsciente.
Con un enfoque a la vez más freudiano y más abierto a las cuestiones sociales, también William Alanson White (en Washington) aplicó el psicoanálisis al tratamiento de las psicosis, subrayando la necesidad de tomar distancia respecto de la doctrina original. Formó a toda una generación de psiquiatras, entre ellos Smith Ely Jelliffe, así como al culturalista antibleuleriano Harry Stack Sullivan.
Todas estas actividades, limitadas a la Costa Este, contribuyeron al florecimiento de los métodos de psicoterapia, en seguida popularizados por los pastores, los trabajadores de la salud mental, los médicos y los educadores. En 1904 y 1906, Pierre Janet realizó giras de conferencias en la Nueva Inglaterra, y obtuvo un éxito excepcional ofreciendo a los norteamericanos el prestigio de la cultura europea. De modo que estaba abierto el camino para que Sigmund Freud emprendiera su famoso viaje.
Acompañado por Carl Gustav Jung y Sandor Ferenczi, el maestro vienés llegó a Nueva York a bordo del paquebote George Washington el 27 de agosto de 1909. Después de haber vacilado largo tiempo, aceptó dar cinco conferencias (Conferencias de introducciôn al psicoanálisis) en la Clark University de Worcester, invitado por Stanley Hall. Obtuvo un éxito enorme, pero sin llevarles la peste a los norteamericanos, como diría más tarde Jacques Lacan.
Igual que en todos los otros países, la doctrina freudiana de la sexualidad fue entonces asimilada a un pansexualismo. A partir de 1910 se iniciaron en todas partes discusiones sobre el estatuto de esa famosa libido. Siempre muy prácticos, los norteamericanos trataron de---medir-la energía sexual, probar mediante estadísticas la eficacia de la cura psicoanalítica y realizar investigaciones sociológicas, para saber si los conceptos freudianos eran aplicables empíricamente a los problemas psíquicos de los individuos. En esas condiciones, en América del Norte el psicoanálisis tendió a convertirse en instrumento de una formidable adaptación del hombre a la sociedad.
La idea de que el psicoanálisis puede ser subversivo proviene del propio Freud, quien se consideraba un sabio spinozista que había infligido a los hombres una herida profunda. Esa idea fue retomada por los surrealistas, quienes fueron los primeros en hablar de la "revolución freudiana", con referencia a la tradición francesa de la Revolución de 1789.
En los Estados Unidos, lo que invadió el campo de la cultura y la medicina fue más bien una visión terapéutica del psicoanálisis, que acordaba menos importancia a su sistema de pensamiento que a su poder curativo. El psicoanálisis se impuso entonces como un nuevo ideal de felicidad, capaz de aportar una solución a la moral sexual de la sociedad democrática y liberal: el hombre no está condenado al infierno de sus neurosis y sus pasiones. Por el contrario, puede curarse de ellas.
El sistema freudiano reemplazó así al "estilo somático" de la neurología, al punto de colonizar todo el campo de la psiquiatría. Muy pronto, la palabra psicoanálisis se convirtió en sinónimo de psiquiatría, en un país donde la idea misma de análisis profano no tenía ningún significado. Entre 19 10 y 1917, el período del idealismo de Putnam dejó paso al pragmatismo de Ernest Jones, por una parte, y sobre todo de Abraham Arden Brill. El psicoanálisis se organizó entonces como un verdadero movimiento profesional y corporativo en torno a varias instituciones. En 1911, Jones fundó la American Psychoanalytic Association (APsaA); ese mismo año, Brill, junto con Horace Frink, creó la New York Psychoanalytical Society (NYPS); dos años más tarde, White y Jelliffe editaron la Psychoanalytic Review, primer periódico norteamericano de difusión del freudismo. En 1914, Putnam e Isador Coriat crearon la Boston Psychoanalytic Society (BoPS).
Los tratados de Versailles y del Trianon, firmados en 1919 y 1920, marcaron el derrumbamiento de la cultura austro-húngara en el movimiento psicoanalítico internacional. En Europa, Alemania llevó aún durante diez años la bandera del freudismo, mientras que a los austríacos, arruinados por la guerra y la derrota, les costaba sobrevivir. En ese contexto, Freud, ya célebre, vio afluir a Viena a numerosos norteamericanos deseosos de analizarse con él. A Freud no le gustaban, los encontraba a menudo groseros e incapaces de comprender verdaderamente sus ideas. Pero no era insensible a los grandes éxitos logrados por su doctrina en el Nuevo Mundo. Y además necesitaba dinero para dar de comer a su familia, y ayudar a sus amigos en dificultades. No vaciló entonces en formar a los futuros analistas del movimiento norteamericano que le llevaban dólares. Adolph Stern fue el primero en llegar, en 1920. Lo siguieron Clarence Oberndorf, Horace Frink, Monroe Meyer (1892-1939), Leonard Blumgart (1881-1959), Joseph Wortis, Abram Kardiner, Roy Grinker, Ruth Mac-Brunswick.
El ascenso al poder de Adolf Hitler (1889-1945) aceleró un proceso de emigración ya activo, y provocó la partida hacia el continente americano (entre 1933 y 1938) de la casi totalidad de los pioneros del movimiento psicoanalítico europeo. Ese exilio masivo reforzó el poder norteamericano en el seno de la International Psychoanalytical Association (IPA). Dominada por la APsaA, puso sus estructuras burocráticas al servicio de la definición de las modalidades del análisis didáctico en función de criterios cada vez más adaptativos, en todo caso muy alejados del impulso del freudismo original.
Entre 1930 y 1951, la implantación del psicoanálisis (sociedades e institutos) progresó de manera considerable en el conjunto del territorio: Chicago (1931), Filadelfia (1931 y 1949), Topeka (1938), Detroit (1940), San Francisco (1941), Los Angeles (1946), Baltimore (1946), California del Sur (1950). A cada sociedad había ligado un instituto de formación (organizado según el modelo del Instituto de Berlín) y a veces un "padre fundador- que había tomado la ruta del exilio: Siegfried Berrifeld, Georg Simmel, Franz Alexander, por ejemplo. En 1932, miembros de la NYPS, entre ellos Gregory Zilboorg, editaron otra gran revista con el nombre de Psychoanaytic Quarterly. Mucho más liberal que el International Journal of Psychoanalysis (IJP), iba a tener una gran audiencia y contribuyó a acentuar aún más la pujanza del psicoanálisis en la Costa Este.
A partir de 1925, la cuestión del análisis profano dividió al movimiento psicoanalítico internacional en el momento mismo en que se establecían en la IPA las normas del análisis didáctico obligatorio. Brill, presidente de la NYPS, se opuso firmemente a los europeos y al propio Freud, negando la admisión a los no-médicos en el cuerpo profesional de los psicoanalistas. Al año siguiente, con el procesamiento iniciado a Theodor Reik y la publicación de. ¿Pueden los legos ejercer el análisis?, el conflicto adquirió una amplitud considerable. En 1929, en el Congreso de la IPA de Oxford, se logró un acuerdo, y la NYPS aceptó la afiliación de analistas profanos. Pero se votó una cláusula que permitía a las sociedades norteamericanas rechazar las solicitudes de afiliación de los psicoanalistas formados en Europa. De modo que se obligaba a todo inmigrante, no sólo a repetir sus estudios de medicina según las leyes en vigor en el territorio norteamericano, sino también a reiniciar su cursus psicoanalítico.
Mientras el idioma inglés se imponía en los congresos de la IPA, las sociedades norteamericanas, agrupadas en la APsaA, dominaban el movimiento internacional. En 1934, en el Congreso de la IPA en Lucerna, se anuló la cláusula de Oxford. Pero ese reconocimiento del valor del cursus psicoanalítico europeo no impidió que continuara el proceso de medicalización del pensamiento freudiano. En esa época, en los Estados Unidos, el psicoanálisis, para decirlo en los términos de Freud, se convirtió en "la criada para todo servicio de la psiquiatría".
Elaborada por europeos ansiosos de integración (sobre todo Heinz Hartmann), la Ego Psychology es la corriente que mejor encarna el ideal de adaptación propio del pragmatismo norteamericano. Sigue apegada al universalismo freudiano, y rompe con la terapia de la felicidad de los pioneros protestantes. Frente a esa psicología del yo, impugnada a fines de la década de 1960 por los partidarios de la Self Psychology, el culturalismo es al contrario portador de la disidencia y el cuestionamiento. Critica todos los modelos dogmáticos, normativos y adaptativos, con riesgo de disolver lo universal en lo particular.
Como en todos los lugares del mundo, la expansión del movimiento freudiano llevó a las sociedades psicoanalíticas a conflictos internos que se tradujeron en una sucesión de escisiones. Se produjeron cinco entre 1941 y 1950. Las dos primeras, en el seno de la NYPS: una en torno a Karen Horney en 1941, y la otra centrada en Sandor Rado, seis años más tarde. Ellas dan testimonio de la fuerte posición ocupada por el psicoanálisis en la Costa Este, gracias a la afluencia de inmigrantes masivamente instalados en Nueva York.
Dirigido al principio por Monroe Meyer y Dorothy Ross, el Instituto de Nueva York, fundado en 1931, alcanzaba con su enseñanza a numerosos estratos de la población: magistrados, policías, asistentes sociales, profesores. En 1946, la influencia de la NYPS se extendió aún más con la creación de un centro de tratamiento (treatmen center) dependiente del instituto, que recibió a traumatizados de guerra, y más tarde a adultos y niños.
La tercera escisión se produjo en la región de Washington, donde predominaban a la vez la tradición de la higiene mental y la de White, representada por Sullivan, fundador de la William Alanson White Foundation (Nueva York). En 1914, Adolf Meyer habfa creado la Washington Psychoanalytic Society (WPS). Diez años más tarde vio la luz otra sociedad, la Washington Psychoanalytic Association. De pronto, en 1926, la WPS cambió de nombre, para convertirse en la Washington Psychopathological Society. Los dos grupos rivalizaron entre sí por el ingreso en la APsaA, y finalmente, en 1930, se creó una tercera sociedad, mucho más amplia, la Washington-B alti more Psychoanalytic Society, en la cual se agruparon terapeutas provenientes de Kansas y Virginia, sin afiliación europea.
En el seno de esta sociedad iban a encontrarse, en torno a Sullivan, numerosos freudianos disidentes o discípulos de White que trabajaban en los tres grandes hospitales de la región, especializados en el tratamiento de las psicosis: St. Elizabeth, Chesnut Lodge, Sheppard-Pratt.
Fue en la Washington Baltimore Psychoanalytic Society donde, en 1947, se produjo la tercera escisión norteamericana. De manera característica, ella puso en juego disputas personales, intereses locales y problemas de formación. Según Donald Burnham, el conflicto principal opuso a Sullivan con Jenny Wälder-Hall (1898-1989), emigrada vienesa cercana a Anna Freud.
Jenny Wálder reunió a la Sociedad de Filadelfia antes de instalarse en Florida, mientras que los partidarios de Sullivan se agruparon en la Fundación White, que nunca sería reconocida por la IPA. Finalmente quedaron integradas en la APsaA: dos sociedades distintas (y un instituto que manejaban en común), la Washington Psychoanalytic Society (WPS) y la Baltimore Psychoanalytic Society (BaPS).
La cuarta escisión afectó en 1948 a la Philadelphia Psychoanalytic Society (PPS), fundada en 1931. Tenía que ver con la formación didáctica, y también opuso a inmigrantes vieneses, como Robert Wälder (1900-1967), con analistas de origen norteamericano. En 1949 se creó una segunda sociedad, la Philadelphia Association for Psychoanalysis (PAP), integrada asimismo en la APsaA.
Finalmente, hubo una quinta escisión en California, después de la muerte de Otto Fenichel y Ernst Simmel. Ambos habían defendido el análisis profano en el seno de la Los Angeles Psychoanalytic Society (LAPS). En 1950, sus alumnos se vieron obligados a crear un nuevo grupo favorable a los no-médicos: la Society for Psychoanalytic Medicine of Southern California, que más tarde se convertiría en la Southerri California Psychoanalytic Society (SCPS), integrada en la APsaA. Ella iba a formar más analistas profanos que todos los otros grupos del país.
Contrariamente a las otras sociedades, la de Chicago, fundada por Alexander, llegó a superar sus conflictos. Especializada en psicología psicosomática, acogió a una corriente de la que habría de emerger, con Heinz Kohut, una clínica de los trastornos narcisistas basada en la teoría del self.
A partir de 1945, el cine de Hollywood se apropió de la epopeya freudiana para dar de ella una imagen muy diferente de la que presentaban las sociedades psicoanalíticas norteamericanas. Pero, había un elemento que acercaba a los terapeutas y cineastas del Nuevo Mundo interesados en la doctrina vienesa: casi todos provenían de la vieja Europa. El saber freudiano les servía para criticar los ideales de la sociedad norteamericana. En este sentido, su posición respecto del psicoanálisis era diferente de la de los profesionales practicantes, también emigrados. En efecto, del cine de Hollywood de la posguerra no se desprende ninguna teoría de la adaptación, y ello se debe a que, a través de las películas de Alfred Hitchcock (1899-1980), Charlie Chaplin (1889-1977), Elia Kazan, Vicente Minelli o Nicholas Ray (1911-1979), se despliega una representación del freudismo antagónica de la vehiculizada por los institutos de la APsaA: una especie de retorno al psicoanálisis vienés. Nacido en América y después instalado en la Irlanda de sus padres, John Huston realizó de tal modo una película sobre el joven Freud (Freud, pasiones secretas) a partir de un magnífico guión de Jean-Paul Sartre (1905-1980). Esta obra profunda chocó, no obstante, con la sensibilidad de los representant~s de la ortodoxia annafreudiana, y Marianne Kris impidió que la actriz Marilyn Monroe (1926-1962) desempeñara el papel de Bertha Pappenheim.
Finalmente, a partir de 1960, el despliegue de las tesis de la Self Psychology permitió renovar el debate clínico y dio un segundo aliento al freudismo norteamericano.
A fines de la década de 1990, la APsaA y las otras sociedades de la IPA tenían tres mil quinientos miembros (o sea, más de un tercio de la IPA), repartidos en cuarenta y cuatro sociedades, cinco grupos de estudio y veintinueve institutos. A esto se sumaban aproximadamente ocho mil psicoanalistas freudianos, distribuidos en diversas asociaciones, y una cantidad importante de terapeutas agrupados en múltiples escuelas de psicoterapia implantadas en todo el territorio. El sociólogo francés Robert Castel, para reflejar esta expansión de la psiquiatría dinámica, ha calificado a la sociedad norteamericana de "sociedad psiquiátrica avanzada".
Entre 1965 y 1970 se inició la declinación del psicoanálisis, tanto en la opinión pública como en los altos niveles de difusión del saber psiquiátrico. Este movimiento se vio acompañado por el renacimiento de un antifreudismo más virulento aun que el de principios de siglo.
Varios factores explican esa situación de crisis. A pesar de la fuerza inaudita de su movimiento institucional, a pesar de la potencia terapéutica de sus clínicos y del talento de sus representantes, inmigrantes o no, el freudismo norteamericano siempre padeció una fragilidad extrema: por una parte, debida a su enfeudamiento a un saber psiquiátrico de naturaleza empírica, y por la otra, en razón de su ideal adaptativo. Contrariamente a Francia y Gran Bretaña, los Estados Unidos nunca produjeron en el ámbito del psicoanálisis un sistema de pensamiento capaz de oponer sus reglas, sus criterios y sus métodos, a los argumentos cientificistas de las diferentes corrientes organicistas de la psicología y la psiquiatría biológica. El psicoanálisis llamado norteamericano no sólo siguió siendo una psicoterapia entre otras, sino que no ha generado una teoría fuerte, comparable con el kleinismo, el poskleinismo, los Independientes o el lacanismo. Desplegado en diversas corrientes, ha terminado por destruir la unidad misma del pensamiento freudiano.
En otros términos, como lo subraya Nathan G. Hale, los partidarios del antifreudismo norteamericano de los años 1970-1990, y en particular el filósofo Adolf Grünbaum, no tendrían ningún inconveniente, en nombre de un materialismo puro y duro, en recurrir a los mismos argumentos que los freudianos entusiastas de principios de siglo. También propondrán evaluaciones, pruebas, encuestas: en síntesis, un arsenal tecnológico incapaz de dar cuenta de la realidad conceptual de la práctica y la teoría psicoanalíticas.
De modo que esta desaparición silenciosa del psicoanálisis se produjo en el país que había sido la tierra más hospitalaria para los judíos freudianos de Europa. Desde luego, esto no se debió a que no existiera un Estado de derecho, como bajo el comunismo, sino a un exceso de juridicidad y a la psiquiatrización de los fenómenos mentales, con el telón de fondo de la expansión de un nuevo comunitarismo.
Nacido de la crítica a la asimilación, este modelo recobró su vigor en 1985, para impugnar el ideal de la integración, en nombre de una defensa de las minorías, de las víctimas y de los excluidos (los negros, las mujeres, los homosexuales). Ese ideal reduce el sujeto a sus raíces, a su grupo (el negro a lo negro, la mujer a la mujer, y cada uno a su género). En lugar de pensar las diferencias con una perspectiva universal, como lo habían hecho los antropólogos freudianos, desde Geza Roheim hasta Georges Devereux, en lugar de vincular dialécticamente lo universal y lo particular, vuelve a formas primitivas de psicoterapia, contra el modelo freudiano, considerado "imperialista" o “abusivo". De allí el culto a las terapias menores: la hipnosis contra el psicoanálisis, la magia contra la ciencia, las medicinas llamadas paralelas contra la medicina, la búsqueda del trauma real (teoría de la seducción) contra la del fantasma demasiado inasible, demasiado impalpable, demasiado diluido en lo universal. Este fenómeno es de la misma naturaleza que el que opone la secta a la Iglesia.
En el dominio de la psiquiatría dinámica, el comunitarismo va de la mano con el desarrollo de un nuevo organicismo, que tiende a derivar todos los comportamientos mentales de un sustrato genético o biológico, en el que el sujeto está excluido y reducido a un cuerpo en busca de pharmakos (droga). Por ello las terapias menores, en ruptura con el universalismo, se nutren del cientificismo farmacológico. Es posible que este doble movimiento (comunitarismo, organicismo) alcance, en el siglo XXI, a otros países freudianos.
Estancamiento de la libido
Al.: Libidostauung.
Fr.: state libidinale.
Ing.: damming up of libido.
It.: stati della libido.
Por.: estase da libido.
Proceso económico que Freud supuso podía hallarse en el origen de la entrada en la neurosis o la psicosis: la libido que no encuentra camino hacia la descarga se acumula en las formaciones intrapsíquicas; la energía acumulada se utilizará en la constitución de los síntomas.
El concepto económico de estancamiento de la libido tiene su origen en la teoría de las neurosis actuales, tal como la expuso Freud en sus primeros trabajos: como factor etiológico de estas neurosis considera una acumulación (Anhäufung) de excitaciones sexuales que, en ausencia de una acción específica adecuada, no encuentran el camino hacia la descarga.
En Sobre los tipos de adquisición de las neurosis (Über neurotische Erkrankungstypen, 1912), el concepto de estancamiento de la libido se convierte en una noción muy general, ya que se encuentra en los diversos tipos de adquisición de la neurosis distinguidos por Freud: «Son éstos diferentes caminos que conducen a una cierta constelación patógena en la economía psíquica, a saber, el estancamiento de la libido, del cual el yo, con los medios de que dispone, no puede defenderse sin sufrir daño». Con todo, la función etiológica del estancamiento implica algunos matices importantes:
1.° Freud no considera el estancamiento como un factor prirnario en todos los tipos de adquisición de la enfermedad; al parecer, desempeña el papel determinante en los casos más afines a la neurosis actual (reale Versagung [frustración real]). En otros casos, constituye sólo un efecto del conflicto psíquico.
2.° El estancamiento no es en sí patógeno. Puede conducir a comportamientos normales: sublimación, transformación de la tensión actual en actividad que conduce a la obtención de un objeto satisfactorio.
A partir de Introducción al narcisismo (Zur Einführung des Narzissmus, 1914), el concepto de estancamiento de la libido se extiende al mecanismo de las psicosis: estancamiento de la libido catectizada sobre el yo. «Parece que más allá de cierto grado ya no puede soportarse la acumulación de la libido narcisista». Así, la hipocondría, que tan a menudo se encuentra como fase más o menos transitoria en la evolución esquizofrénica, traduce esta insoportable acumulación de libido narcisista; desde un punto de vista económico, el delirio representa un intento de volver a situar la energía libidinal en un mundo exterior formado de nuevo.
Estilo
s. m. (fr. style; ingl. style; al. Stil). Carácter singular de los giros que un artista o un grupo de artistas pueden dar a formas plásticas o retóricas. Si el psicoanálisis es un arte, el estilo es el modo en que toma forma en cada caso la operación propia de ese arte.
Del mismo modo en que se habla del estilo de un pintor o de un escritor, se puede hablar del estilo de tal o cual psicoanalista. Freud, Jung, A. Freud, M. Klein, Winnicott, Lacan, escribieron y condujeron curas. La interrogación sobre su estilo plantea la cuestión del lazo entre su escritura, fundadora del campo psicoanalítico, y su práctica, que inventa un nuevo tipo de relación entre sujetos hablantes. Su escritura guía la experiencia clínica por la que se rigen. Esto es particularmente claro en Freud, que funda una nueva relación con el lenguaje cuya audacia proviene tanto de la escucha de sus pacientes como de la elaboración simultánea del campo del inconciente a través del estudio escrito de sus propios sueños. Por último, la enseñanza escrita u oral de un psicoanalista forma parte del lazo trasferencial que existe en las curas, y particularmente en las que conduzcan a algunos a hacerse psicoanalistas.
Si la idea de estilo concierne a todos los psicoanalistas porque el psicoanálisis no es una disciplina en la que «se aplican» fórmulas científicas y porque la idea de estilo indica la materia misma de su campo, más allá de la antigua oposición entre materia y forma, hay que destacar que su pertinencia fue introducida por Lacan.
Este término abre los Escritos, distintos de los seminarios dichos y trascritos. «El estilo es el hombre mismo [cita de Buffon], se repite sin ver ello ninguna malicia, ni inquietarse de que el hombre ya no sea una referencia tan cierta -escribe en efecto Lacan- El estilo es el hombre, y adheriríamos a la fórmula, sólo alargándola: el hombre al que uno se dirige».
El estilo, en el campo del psicoanálisis, como lo señala Lacan, no se piensa en el registro de la expresión: no expresa ni revela al hombre, no es signo de él.
Freud, como puede leerse en su obra, planteaba siempre el problema del destinatario en el desciframiento de los rebus [véase en dibujo] del sueño y de los chistes: pedía la adhesión del paciente, y la cuestión tocaba en lo más vivo al estilo cuando el asentimiento debía recaer sobre lo que Freud denominaba rigurosamente una «construcción» en el análisis. Es que Freud plantea la práctica del lenguaje en términos de proposiciones y de juicios. Esto se puede captar particularmente en la correspondencia que mantiene con Jung. Freud, racionalista, demuestra, corrige, retoma, construye, y su interlocución se basa en la idea de un intercambio científico; mientras que Jung recurre a una intuición interior y a la iluminación de la evidencia,
Cuando Lacan plantea que «el inconciente está estructurado como un lenguaje» y que «el deseo es el deseo del Otro», instaura la práctica de lenguaje [langagière: «lenguajera», término usado por Lacan que empalma con su idea de «lalangue» («lalengua») y la «lingüistería»: un estatuto del lenguaje para el psicoanálisis (distinto del de los lingüistas), basado en el tesoro del lenguaje, en el caldero de la lengua que bulle multiforme en la mente de los hablantes, y especialmente en sus efectos determinantes inconcientes] del psicoanálisis en un rigor que se denominará estilo antes que ciencia, en la medida en que la lógica inconciente va a decirse según una retórica -metáfora, metonimia- que hace la textura del deseo. Lo que no significa que se pueda prescindir de lo que el discurso científico elabora, en cuanto lógica y topología. Aun si la posición de Lacan cambió en el curso de su obra y si ya no habló más del psicoanálisis como de una ciencia sino como de un arte, esta última posición se mantenía simultáneamente a la presentación de los nudos borromeos [véase topología], es decir, a lo que la radicalidad de la escritura matemática expone en el límite de su formalización: la irreductibilidad de lo real.
De lo real, justamente, en juego en toda inscripción, se trata en el estilo. «Al objeto que responde a la cuestión sobre el estilo lo planteamos de entrada. A ese lugar que el hombre marcaba para Buffon, nosotros llamamos (hacemos venir al la caída de este objeto, reveladora de lo que aísla, a la vez como causa del deseo en el que el sujeto se eclipsa, y como sostén del sujeto entre verdad y saber. Queremos, con el recorrido del que estos escritos son jalones y con el estilo que su destinación comanda, llevar al lector a una consecuencia en la que le sea necesario poner de lo suyo».
Hay por lo tanto una necesidad en el giro con el que se ordenan los significantes, y no sólo las palabras, y esta necesidad confluye hacia las formaciones del ínconciente. Desde 1932, en su tesis «De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad», Lacan insistía en la calidad de los escritos de Aimée [caso princeps analizado por Lacan como «paranoia de autocastigo», de una mujer que apuñala a una artista muy conocida a la entrada de un teatro], y, lejos de plantear esta escritura como un apoyo de la psicosis, destacaba sus puntos de hallazgo poético y sus atolladeros, apropiados no sólo para establecer un diagnóstico sobre nuevas bases, sino aun para considerar un texto en la apuesta misma de su inscripción.
Si es verdad, como dice Giraudoux en Amphitryon 38, que los dioses no saben leer, si es verdad que para Lacan la inscripción subjetiva en los significantes no se sostiene en ningún trasmundo, el estilo es el que deviene el portador de la palabra.
Estrato
La noción de estrato se impuso desde los primeros tiempos de la investigación psicoanalítica desde una doble perspectiva, teórica y metodológica: el segundo punto de vista rige evidentemente al primero, en cuanto la investigación «por estratos» del psiquismo sugiere y justifica un modelo de aparato psíquico fundado en la disposición «en estratos» de sus componentes. También convendrá tener en cuenta las modificaciones generadas en la noción por el desarrollo de la doctrina, desde la primera a la segunda tópica, en particular por la función reconocida al yo en la organización psíquica.
En el primer decenio de la investigación, es decir, en la dirección que prolonga la cura catártica, la noción de estrato permitió caracterizar el método en su generalidad como procedimiento de «excavación por estratos». Freud se explica al respecto en los Estudios sobre la histeria, con el ejemplo de Elisabeth: «Pude entonces renunciar en seguida a la hipnosis, reservándorne no obstante la posibilidad de recurrir a ella más tarde, cuando en el curso de la confesión, la memoria de la enferma no bastara para sacar a luz ciertas asociaciones. Ése fue mi primer análisis completo de una histeria. Me permitió por primera vez, con la ayuda de un método que más tarde erigí en técnica, proceder a la supresión, por estratos, de los materiales psíquicos, procedimiento comparable a la técnica de excavación en una ciudad sepultada. En primer lugar hice que la enferma me contara todo lo que le era conocido, tomando nota con cuidado de los pasajes en los que una conexión seguía siendo enigmática, o parecía faltar un eslabón en la cadena de las motivaciones, después penetraba en estratos cada vez más profundos del recuerdo, utilizando en este caso la exploración hipnótica o una técnica análoga a ella. Naturalmente, emplearnos este procedimiento porque esperábamos sacar a luz una determinacion completamente suficiente. Pronto hablaremos de los medios de esa exploración en profundidad».
De modo que la noción de estrato es introducida en su función operatoria con referencia a la estratificación de la memoria, que reposa sobre la presentación de series asociativas a lo largo de la cura. Subsiste el interrogante sobre el resorte de esa estratificación. La carta 52 a Fliess, del 6 de diciembre de 1896, le da un fundamento genético relacionado con la concepción de las huellas mnémicas corno signos (Zeichen). Esta presentación se inscribe en lo esencial de las concepciones psicoanalíticas, en tanto permite comprender la represión como exclusión de la transposición de un sistema de huellas mnémicas entre los diversos registros, constituidos en diferentes edades: «Tú sabes que en mis trabajos parto de la hipótesis de que nuestro mecanismo psíquico se estableció por un proceso de estratificación: los materiales presentes en forma de huellas mnémicas se encuentran cada tanto reordenados en función de las nuevas circunstancias. Lo que hay de esencialmente nuevo en mi teoría es la idea de que la memoria está presente no una sino varias veces, y que se compone de diversos tipos de «signos». En mi estudio sobre la afasia, ya he sostenido la idea de una disposición análoga de las vías provenientes de la periferia. Ignoro cuántos son esos registros. Hay por lo menos tres, y probablemente más. El esquema siguiente ilustra esta manera de ver. Muestra que las diversas inscripciones están también separadas (no necesariamente desde el punto de vista topográfico) según las neuronas que las transportan».
La noción de estrato adquiere también una significación no ya simplemente tópica sino dinámica en la época de las Conferencias de introducción al psicoanálisis, cuando se apela a ella para sostener las concepciones de desarrollo y de regresión requeridas por la teoría de la psicosis.
«En los mamíferos superiores, las glándulas germinativas que, en el origen, están situadas en la profundidad de la cavidad abdominal, sufren, en un momento dado de la vida intrauterina, un desplazamiento que las transporta a un lugar situado casi inmediatamente debajo de la piel de la parte terminal de la pelvis. Como consecuencia de esa migración, se encuentra un gran número de individuos en los cuales uno de esos órganos dobles ha permanecido en la cavidad abdominal o se ha localizado definitivamente en el llamado canal inguinal, que en circunstancias normales debe ser atravesado por las dos glándulas, o bien uno de esos canales ha quedado abierto, mientras que en los casos normales los dos deben cerrarse y volverse impermeables después del pasaje de las glándulas. Cuando, siendo un joven estudiante, realicé mi primer trabajo científico bajo la dirección de Von Brücke, tuve que ocuparme del origen de las raíces nerviosas posteriores de la médula espinal de un pez de una forma aun muy arcaica».
A continuación, después de haber subrayado el alcance operatorio de estas hipótesis en la teoría de la neurosis y de la fijación narcisista, Freud pasa al tema, heredado de Ferenczi, de los estadios del desarrollo del yo. Así se nos ubica en la vía de la segunda tópica, y en adelante la noción de estrato traduce los momentos sucesivos de la organización del yo. El alcance de esta noción es finalmente confirmado cuando se retorna la metáfora de la ciudad sepultada y la excavación arqueológica que la saca a luz en El malestar en la cultura. Desde el orden biológico hasta el sociológico, sigue abierta la cuestión de conjeturar cuál fue el modelo precisamente privilegiado en la elaboración del pensamiento freudiano.
Estructura
La noción de estructura aparece en Freud (desde La interpretación de los sueños, 1900) a fin de recubrir diversos aspectos de una configuración de elementos distribuidos según relaciones de orden: «Los dos sistemas psíquicos, la censura que los separa, la coerción de una actividad sobre la otra, las relaciones de cada una de ella con la conciencia -o cuanto se pueda descubrir en relación con esto mediante una interpretación más exacta-, todo ello pertenece a la estructura normal de nuestro aparato psíquico, y el sueño es una de las vías que permiten conocer dicha estructura».
Además, la estructura será a la organización lo que el aparato es a su modo de funcionamiento: «La interpretación de los sueños es el camino real que lleva al conocimiento del inconsciente en la vida psíquica. Al analizar el sueño, penetramos mejor la composición (Zusammenstellung) de este instrumento, el más pasmoso y misterioso de todos».
No obstante, la neurosis obsesiva aportará una precisión importante. No sólo la noción de estructura revela allí su función operatoria, sino que sobre todo descubre el dominio que está llamada a recubrir, a saber: un campo casi lingüístico. «Confieso -escribe Freud en 1900, a propósito del Hombre de las ratas- que hasta ahora no he logrado penetrar ni dilucidar completamente la estructura tan complicada de un caso grave de neurosis obsesiva. Por otro lado, no me creería capaz de hacer visible para el lector, mediante la exposición detallada del análisis y a través de los estratos superpuestos que descubre el tratamiento, esta estructura analíticamente reconocida o sospechada. Son las resistencias de los enfermos y la manera en que ellas se exteriorizan lo que hace esta tarea tan penosa.» Hasta allí interviene simplemente la articulación de las relaciones de orden, según un esquema que aún no se aleja mucho de la configuración estratificada de los Estudios sobre la histeria. «No obstante -continúa Freud- hay que reconocer que una neurosis obsesiva no es fácil de comprender -mucho menos fácil que un caso de histeria- A primera vista habría que esperar lo contrario. Los medios de los que se sirve la neurosis obsesiva para exteriorizar sus pensamientos más secretos, el lenguaje de esta neurosis, no es en cierto modo más que un dialecto, «como lo es el lenguaje histérico, pero un dialecto que deberíamos penetrar con más facilidad, puesto que es más afín a la expresión de nuestro pensamiento consciente que el dialecto de la histeria. Para empezar, al lenguaje de las obsesiones le falta ese rebote desde lo psíquico hasta la inervación somática -la conversión histérica- que siempre elude nuestra comprensión.»
Predisposición a la neurosis obsesiva
Por otra parte, desde el punto de vista genético la noción se prolonga en el principio de una «redistribución» (Umarbeitung) de los elementos de una «construcción» (Aufbau). «La acentuación del erotismo anal en el estadio de la organización pregenital -leemos en un artículo de 1913, «La predisposición a la neurosis obsesiva»- dejará en el hombre, cuando alcance el estadio siguiente de la función sexual, el de la primacía de los órganos genitales, una importante predisposición a la homosexualidad. La edificación (Aufbau) de la fase genital sobre la precedente y el reordenamiento (Umarbeitung) consecutivo de las investiduras de la libido, ofrecen a la investigación psicoanalítica los problemas más interesantes».
Además, estas premisas encontrarán su desarrollo en la elaboración de esa organización «sistemática» que es la segunda tópica. La noción de estructura, inicialmente reservada para caracterizar el aparato, traducirá en adelante la función esencial del yo en la ligazón de los procesos: «En nuestro trabajo analítico tropezamos con innumerables dificultades y oscuridades -escribe Freud, en 1923, en El yo y el ello cuando queremos atenernos a las definiciones habituales, reduciendo por ejemplo la neurosis a un conflicto entre la conciencia y el inconsciente. Debemos reemplazar esta oposición por otra, en virtud de nuestra penetración de las relaciones estructurales de la vida mental: la oposición que existe entre las conexiones del yo y lo reprimido que está disociado de él. Las consecuencias para la concepción del inconsciente son aun mas significativas. El punto de vista dinámico nos había aportado una primera corrección; el punto de vista estructural nos provee otra. Nos vemos llevados a reconocer que el inconsciente no coincide con los elementos reprimidos.» Desde el punto de vista genético, la distribución de los estratos de la organización podrá entonces compararse con la redistribución de los estratos arqueológicos: «El objeto psíquico -escribe Freud en 1937- es incomparablemente más complicado que el objeto material del análisis, y nuestro conocimiento no está preparado para lo que debemos encontrar, porque la estructura íntima de su objeto oculta aún mucho misterio».
De Lévi-Strauss a Lacan
A pesar de la precisión de estos textos, el alcance freudiano de la noción de estructura ha llamado tan poco la atención que quizá parezca que el psicoanálisis recibió desde afuera la orientación específica que se ha dado al desarrollo de dicha noción: desde la lingüística de Troubetzkoy hasta Lévi-Strauss, desde éste hasta el efecto de arrastre producido sobre Lacan. Habrá además que observar que las líneas de divergencia entre las disciplinas no son menos significativas que sus afinidades. Para resumir: en un primer momento Lévi-Strauss concibió el proyecto de extender los principios estructurales de la fonología al conjunto de las ciencias humanas. «La fonología no puede dejar de desempeñar frente a las ciencias sociales el mismo papel renovador que la física nuclear, por ejemplo, ha desempeñado para el conjunto de las ciencias exactas.» («El análisis estructural en lingüística y en antropología», retomado en Antropología estructural.) En el estudio publicado seis años más tarde, «Lenguaje y sociedad» (también reimpreso en Antropología estructural), Lévi-Strauss invoca además el carácter inconsciente de los fenómenos sociales para aducir la posibilidad de aplicarles la cibernética, contra ciertas objeciones de Wiener, cuya obra capital, Cybernetics, había aparecido en 1948. «Al mismo tiempo -concluye- finalmente podríamos esperar que algún día se supere la antinomia entre la cultura, que es algo colectivo, y los individuos que la encaman, puesto que, en esta nueva perspectiva, la pretendida "conciencia colectiva" se reduciría a una expresión en el nivel del pensamiento y sus conductas individuales, de ciertas modalidades temporales de las leyes universales en las que consiste la actividad de la mente.»
Estas sugerencias dejaron su huella en el texto-programa de Lacan titulado «Función y campo de la palabra y del lenguaje en Psicoanálisis», redactado inicialmente en 1953, retomado en la revista La Psychanalyse y publicado en los Escritos en 1966, en una versión modificada.
Ahora bien, los retoques echan luz sobre la evolución de la concepción que Lacan se formó de la estructura. En efecto, él encara retomar la noción de estructura en el terreno del psicoanálisis basándose en los fundamentos del trabajo de Lévi-Strauss, del que en particular extrae argumentos para asignar su estatuto al inconsciente.
«La reducción de toda lengua al grupo de un muy pequeño número de estas oposiciones fonémicas, que esboza una formalización rigurosa de sus morfemas más elevados, nos permite entrever una vía de abordaje totalmente estricta de los fenómenos del lenguaje. Este progreso se pone a nuestro alcance, al punto de ofrecer un acceso estricto a nuestro campo, por la marcha que realizamos a su encuentro, como lo hace ya, por estar en una línea paralela, la etnografía, con una formalización de los mitos según la sincronía de los mitemas, que es lo que nos interesa más directamente. Añadamos que las investigaciones de un Lévi-Strauss, al demostrar las relaciones estructurales entre el lenguaje y las leyes sociales que regulan alianza y parentesco, no aportan nada menos que los fundamentos objetivos de la teoría del inconsciente. En consecuencia, es imposible no centrar en una teoría general del símbolo una nueva clasificación de las ciencias, en la que las ciencias del hombre retomen su lugar central como ciencias de la subjetividad. Desde luego, aquí sólo podemos indicar su principio, pero sus consecuencias son decisivas en cuanto al campo que determina.»
Este es por lo menos el texto original de 1953. Pero la corrección realizada en 1966 en los Escritos atestigua retrospectivamente el partido que el psicoanálisis estaba llamado a sacar de ese elemento ajeno que incorpora, modificándolo. La implicación de las estructuras de lenguaje, y de la parte de las leyes sociales que regula la alianza y el parentesco, «no aporta nada menos que los fundamentos objetivos de la teoría del inconsciente», se lee en 1953. «Esta implicación -leeremos en 1966- conquista ya el terreno en el que Freud asienta el inconsciente.» ¿No nos vemos obligados a interrogarnos si, en la misma fecha (1953) en que Lacan evoca a Lévi-Strauss, no nos proporcionaba ya algún signo de la anticipación a la que estaba prometida la noción de estructura en la perspectiva propiamente psicoanalítica?
Historicidad de la estructura
De hecho, el texto de 1953 representa ya, desde el punto de vista del psicoanálisis, una apreciación crítica que se resume en una sola palabra: historicidad. Sin duda, esta referencia también le permite a Lacan recusar -en contra de una interpretación biológica de los «estadios»- la noción de una maduración instintiva. Sin embargo, lo que llama la atención es que esta crítica de lo biológico se inspire en la misma exigencia que el repudio de una estructura simbólica indiferente a su génesis y a su desarrollo: «Es sin duda esta asunción por el sujeto de su historia, en tanto que ella está constituida por la palabra dirigida al otro, lo que constituye el fondo del nuevo método al que Freud le da el nombre de psicoanálisis. Al igual que Freud, nosotros no negamos, en este análisis del sentido de su método, la discontinuidad psico-fisiológica que manifiestan los estados en los que se produce el síntoma histérico, ni que este síntoma pueda tratarse con métodos -hipnosis, incluso narcosis- que reproduzcan la discontinuidad de esos estados. Simplemente, y de modo tan expreso como a partir de un cierto momento Freud se prohibió recurrir a esos métodos, nosotros repudiamos todo apoyo en esos estados, tanto para explicar el síntoma como para curarlo. Pues si la originalidad del método está constituida por los medios de los que se priva, es porque los medios que se reserva le bastan para constituir un dominio cuyos límites definen la relatividad de sus operaciones. Sus medios son los de la palabra en tanto que ella confiere un sentido a las funciones del individuo; su dominio es el del discurso concreto en tanto que campo de la realidad transindividual del sujeto; sus operaciones son las de la historia en tanto que ella constituye la emergencia de la verdad en lo real».
Además, el psicoanálisis no dará «fundamentos científicos a su teoría o a su técnica más que formalizando de manera adecuada estas dimensiones esenciales de su experiencia que son, con la teoría histórica de símbolo, la lógica intersubjetiva y la temporalidad del sujeto».
Con mejor disposición que a la cibernética, para «simbolizar el tiempo intersubjetivo de la acción humana» se interrogará a «la teoría de los juegos, llamada también estrategia», o incluso a «la formación matemática que ha inspirado la lógica de Boole, o sea a la teoría de los conjuntos», que es la única capaz de «aportar a la ciencia de la acción humana esa estructura del tiempo intersubjetivo que la conjetura psicoanalítica necesita para asegurarse su rigor».
Lacan se refiere en este caso al ensayo publicado en 1945, «El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada», donde piensa haber demostrado «en la lógica... su sentido por venir». Allí se demuestra, añade, «que es la certidumbre anticipada por el sujeto en el tiempo para comprender lo que, por la prisa que precipita el momento de concluir, determina en el otro la decisión que hace error o verdad del propio movimiento del sujeto».
Así formuladas y en ese contexto, estas ideas no representan no obstante más que una anticipación teórica. En el terreno propio del psicoanálisis, en efecto, sólo se fundamentan en una experiencia en este caso privilegiada, la de la psicosis, y más precisamente la del análisis del delirio paranoico, desarrollado por Lacan en 1956. Si se sigue la interpretación que al respecto propone Lacan, el delirio ejemplar de Schreber nos ofrece en negativo, con la forclusión del Nombre-del-Padre, la revelación del resorte constituido de la historización del sujeto, en el advenimiento de un orden simbólico. «La proyección en la psicosis -afirma Lacan- es el mecanismo que hace volver desde afuera lo que está tomado en la Verwerfung (forclusión), o sea que ha sido puesto fuera de la simbolización general que estructura al sujeto» (Las psicosis, Seminario III) . Pues «el punto pivote de la función del odio» -de su «función estructural con respecto al sujeto»- es «la subjetividad del Otro», su «alteridad», el hecho de que el Otro es esencialmente capaz, como el sujeto, de convencer y mentir. En otros términos, «el correlato dialéctico de la estructura fundamental que hace de la palabra del sujeto una palabra que puede engañar, es que haya también algo que no engaña».
En ausencia de esta dialéctica, «se produce una verdadera reacción en cadena en el nivel de lo imaginario», en cuyo origen se encuentra esa «estructura genérica» que es la del estadio del espejo. Además, el delirio nos mostrará el juego de los fantasmas «en su carácter absolutamente desarrollado de duplicidad. Los dos personajes a los cuales es reducido el mundo están hechos uno con relación al otro, uno le ofrece al otro su imagen invertida». «Dios, con todo lo que supone, el universo, la esfera celeste, y por otra parte el propio Schreber, en tanto que literalmente descompuesto en una multitud de seres imaginarios que continúan con sus idas y venidas en transfixiones diversas, son dos estructuras que se reemplazan estrictamente. Ellas desarrollan lo que está elidido, velado, domesticado en la vida del hombre normal, a saber: la dialéctica del cuerpo fragmentado con relación al universo imaginario, que subyace en la estructura normal.»
Estructura familiar inconsciente
Definición
Para definir este término puede elegirse la definición propuesta por Isidoro Berenstein, en el capítulo 1 de Familia e Inconsciente. Allí dice: "Sintetizaré las dos proposiciones del modelo: 1) Las relaciones familiares tienen un carácter simbólico cuyo significado yace en la estructura inconsciente. Relaciones familiares y Estructura Familiar Inconsciente corresponden a dos niveles lógicos distintos: las primeras son maneras de realización consciente de la segunda. Las relaciones son como los modos y usos del habla, así como es la aplicación de los nombres propios, la distribución de la vivienda, los modos de diagramar el espacio en la sesión, etcétera; 2) La estructura inconsciente de las relaciones familiares es la matriz de donde provienen los significados surgidos cuando se considera el conjunto ligado de las relaciones entre los términos del parentesco, a saber: a) La relación de pareja matrimonial o alianza, o sea entre marido y mujer; b) la relación consanguínea o sea de hermano a hermana; c) la relación de filiación o de los progenitores con el o los hijos; y d) a relación avuncular la del hijo con la familia materna o sus representantes".
Origen e historia del término
El modelo teórico del la Estructura Familiar Inconsciente propuesto por Berenstein surge de un conjunto de problemas suscitado en distintos ámbitos de la clínica (niños, psicosis, adicciones) en que para algunos analistas el ámbito del setting individual clásico no bastaba, y no había teoría suficiente para quienes se proponían abordar ciertas cuestiones en que se intuía como potencialmente fructífero convocar a sesión a la familia, desde una perspectiva psicoanalítica. En esa época, una de las opciones para dar cuenta de lo familiar era la teoría sistémica tal como estaba desarrollada hasta allí, rica descriptivamente, pero que dejaba por fuera de su discurso la noción de inconsciente y de transferencia e implicaba otro lugar terapéutico y otra dirección de la cura. Otras opciones, en una lista incompleta, las constituían los desarrollos de E. Pichon Riviere, que ubica la enfermedad como cualidad emergente de una interacción familiar alienizante; Laing y Cooper, con una propuesta atractiva, que si bien tomaba elementos del psicoanálisis, apelaban también a nociones como la de mistificación, proveniente del marxismo; asociada a la propuesta antipsiquiátrica, tenía el obstáculo de facilitar una lectura en el eje víctima - victimario en la cuestión de la enfermedad mental.
La concepción de la Estructura Familiar Inconsciente significó una ampliación del psicoanálisis -tal como se lo conocía en esos años- a lo vincular.
El modelo teórico de la estructura familiar inconsciente aparece ya delineado en el Relato Oficial de 1. Berenstein en el Primer Congreso Argentino de Psicopatología del Grupo Familiar: Familia y estructura familiar. Consideraciones clínicas, teóricas y técnicas (1970) y luego en Objetivos y metas de la terapia familiar (1978). En ese mismo ámbito, Juan Carlos Nocetti presenta su artículo: La organización de las relaciones familiares (1978). Este autor posteriormente publica su propio desarrollo basado en esta misma hipótesis.
Pero la hipótesis de una estructura familiar inconsciente como matriz inconsciente, reguladora de las relaciones familiares, aparece desplegada en el libro Familia y Enfermedad Mental (1976) y se despliega fundamentalmente en otros dos libros y numerosas publicaciones.
Desarrollo desde la teoría vincular
La Estructura Familiar Inconsciente se construye entre dos "más allá": el de la realidad psíquica del psicoanálisis de entonces y la estructura de parentesco, tal como la pensó Lévi Strauss en el nivel antropológico. Permite formalizar, predecir, hacer inteligibles los hechos de observación.
De esta manera se pudo resolver el pasaje de lo singular a lo plural, sosteniendo un psicoanálisis donde lo inconsciente tuviera lugar, y no reducir el sistema familiar a una pura interacción. Mediante el estructuralismo lingüístico y antropológico, se logra armar un nivel de homogeneidad del orden del "sistema" y se puede incluir la dualidad consciente/inconsciente definitoria del psicoanálisis, dejando de lado la identificación proyectiva como mecanismo clave del vínculo. Las relaciones familiares constituyen el plano consciente y organizan su racionalidad en diferentes modalidades de organizaciones dualistas, que a su vez en su polimorfismo ofrecen índices de una matriz simbólica inconsciente, la estructura familiar inconsciente. Se afirma entonces, que la matriz simbólica así constituida es la que determina la significación inconsciente de las relaciones familiares.
La noción de locutor de un discurso familiar sostiene ese nivel de homogeneidad más allá de cada hablante y de lo que suceda en el interior del psiquismo de cada uno de los integrantes de la escena vincular.
En el camino de precisar el campo de aplicabilidad de este concepto, surge en un segundo momento una variante de la primera definición: la estructura familiar inconsciente como operador entre sujeto y cultura.
Se genera así una productividad que va esquemáticamente en dos direcciones. Por un lado, se reinstala la cuestión de la relación sujetoestructura, apuntando a hacer articulaciones entre el plano de determinación de esta matriz simbólica y lo que es heterogéneo a ella. Se definen entonces funciones, lo que lleva a precisiones terminológicas en relación a denominación, función y lugar.
Por el otro, lleva a una reformulación de la estructura familiar inconsciente, en la que queda incluida la noción de tres espacios de producción simbólica: el intrasubjetivo, el intersubjetivo y el transubjetivo.
El estructuralismo, tanto en sus desarrollos en lingüística como en antropología resultaron una apertura importante para la aspiración de formalización en el campo de abordaje psicoanalítico a la familia. Fue, sin embargo, mostrando sus límites, básicamente asociados a la noción de determinismo estricto implicada. Se trata ahora de pensar nuevamente la localización de la estructura, en la búsqueda de un ordenamiento y una lógica aplicable al campo de los vínculos. Para eso fue necesario incorporar instrumentos teórico - filosóficos en relación a la complejidad de las organizaciones y a la multiplicidad del ser.
Problemáticas conexas
Sujeto y estructura como problemática metateórica: se podría plantear esquemáticamente como sigue la tensión teórica entre estos términos. Si se considera a la estructura familiar inconsciente como matriz simbólica determinante de la subjetividad, cada término de la estructura recibe su valor e identidad en relación a los demás. Queda problematizado entonces el lugar de emergencia de un sujeto diferenciado con facultad de palabra propia. La alternativa de introducción de cambios radicales en la estructura implica concebir un sujeto con posibilidad constructiva más allá de la prefigurada en el sistema de transformaciones y, por ende, revisar la concepción del concepto de estructura con que se trabaja.
Estructura Familiar Inconsciente y nociones fundamentales del psicoanálisis. Pueden encontrarse desarrollos en los libros citados de I. Berenstein y en otras publicaciones en que él mismo y un grupo de autores trabajan en esta dirección. En una lista incompleta pueden citarse en relación a la noción de inconsciente; a la temática del narcisismo: de la transferencia, de la pulsión; del yo ideal e ideal del yo. Se mencionan, además las siguientes temáticas psicoanalíticas conexas desarrolladas:
- Cuarto término y complejo de Edipo. Esta hipótesis complejiza la noción del complejo de Edipo de tres términos descripta por S. Freud. El dador de la mujer se incluye como cuarto término e implica una doble prohibición frente a un doble deseo (de la madre hacia su hermano o padre y del niño hacia su madre)
- Tabú del Incesto: El eje que organiza la estructura familia |