Fachinelli Elvio
(1928-1989) Psicoanalista italiano
Figura eminente del movimiento contestatario y radical de la década de 1970 en Italia, Elvio Fachinelli se hizo primeramente conocer como uno de los iniciadores del contracongreso que se realizó en Roma en 1969, al mismo tiempo que el de la muy poderosa y conservadora International Psychoanalytical Association (IPA).
Ese movimiento, que tuvo una gran repercusión mediática, cuestionaba las estructuras jerárquicas de la Societá Psicanalitica Italiana (SPI), así como los criterios de la formación de los analistas. Los resultados se hicieron sentir unos años más tarde, en la forma de una reorganización de la SPI que establecía una distinción entre los centros (seis en Italia), encargados de la difusión cultural, y los institutos (tres), responsables de la formación.
Influido por las ideas de Jacques Lacan, que él contribuyó a difundir en Italia desde 1965, Elvio Fachinelli fue también sensible a todas las tesis antiautoritarias: las de Wilhelm Reich, las de Herbert Marcuse, las de diferentes miembros de los movimientos feministas.
Sensible a las nuevas aspiraciones políticas, Fachinelli, con Enzo Morpurgo, Diego Napolitani, etcétera, procuró que el psicoanálisis participara, fuera de las estructuras institucionales ortodoxas, en todas las experiencias en curso en los suburbios de las grandes ciudades, principalmente Milán. Elvio Fachinelli, uno de cuyos libros ha sido traducido al francés, fue el fundador de la revista L’Érba voglio, que en la década de 1970 llegó a tener dos mil quinientos suscriptores, y más tarde se transformó en una editorial.
Facilitación
Al.: Bahmung.
Fr.: frayage.
Ing.: facilitation.
It.: facilitatione.
Por.: facilitação.
Término utilizado por Freud cuando da un modelo neurológico del funcionamiento del aparato psíquico (1895): la excitación, para pasar de una neurona a otra, debe vencer cierta resistencia; cuando este paso implica una disminución permanente de esta resistencia, se dice que hay facilitación: la excitación escogerá la vía facilitada con preferencia en la que no lo ha sido.
El concepto de facilitación ocupa un lugar central en la descripción del funcionamiento del «aparato neuronal» que dio Freud en su Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895). Jones indica que este concepto desempeñaba un papel importante en el libro de Exner publicado un año antes, Proyecto de una explicación fisiológica de los fenómenos psíquicos (Entwurf zu einer physiologischen Erklärung der psychischen Erscheinungen, 1894). Sin haberlo abandonado, apenas lo usa en sus trabajos metapsicológicos. Sin embargo, volvemos a encontrar el concepto de facilitación cuando, en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), se ve inducido a utilizar de nuevo un modelo fisiológico.
Fairbairn Ronald
(1889-1964) Médico y psicoanalista inglés
Nacido en Edimburgo, Ronald Fairbairri realizó estudios de teología y filosofía, antes de orientarse hacia la medicina y la psicoterapia. Clínico hospitalario, docente en la universidad, se consagró en tiempo completo al psicoanálisis a partir de 1954: era el único miembro de la British Pschoanalytical Society (BPS) que ejercía en aquella ciudad, y nunca fue verdaderamente reconocido por sus pares. Primero favorable a las tesis kleinianas, más tarde se incorporó al grupo de los Independientes. Teórico de la relación de objeto, elaboró una posición original, según la cual los objetos externos son transformados por los procesos inconscientes. Como clínico de la esquizofrenia y de la fobia, fue uno de los ardientes defensores de la doctrina del self, que él contribuyó considerablemente a desarrollar en los Estados Unidos.
Fálica
(mujer o madre)
Al.: phallische (Frau o Mutter).
Fr.: phallique (femme o mère).
Ing.: phallic (woman o mother).
It.: fallica (donna o madre).
Por.: fálica (mulher o mãe).
Mujer fantaseadamente provista de un falo. Esta Imagen puede adoptar dos formas principales, según que la mujer se encuentre representada, ya sea como portadora de un falo externo o de un atributo fálico, ya sea como conservando en su interior el falo masculino.
La imagen de mujeres provistas de un órgano sexual masculino se encuentra frecuentemente en psicoanálisis, en los sueños y en las fantasías.
Desde un punto de vista teórico, la imagen de la mujer fálica tiene su fundamento en la patentización progresiva de una «teoría sexual infantil» después de una fase libidinal propiamente dicha, en las cuales únicamente existiría para ambos sexos un solo órgano sexual, el falo (véase: Fase fálica).
Según Ruth Mack Brunswick, esta imago se formaría «[...] para asegurar la posesión del pene por la madre y, así, aparecería probablemente en el momento en que el niño comienza a dudar de que la madre lo posea efectivamente. Con anterioridad [...] parece más que probable que el órgano ejecutivo de la madre activa es el pecho; la idea del pene es luego proyectada retrospectivamente sobre la madre activa, una vez reconocida la importancia del falo».
Desde un punto de vista clínico, Freud ha mostrado, por ejemplo, cómo el fetichista encontraba en su fetiche un substitutivo del falo materno cuya ausencia reniega.
En otra dirección, los psicoanalistas, siguiendo a F. Boehm, han puesto de manifiesto, especialmente en el análisis de los homosexuales masculinos, la fantasía ansiógena según la cual la madre habría retenido, dentro de su cuerpo, el falo recibido durante el coito. Melanie Klein, con la idea de la «imago de los padres acoplados», ha dado mayor extensión a este fantasma.
Se observará que, en conjunto, el término «mujer fálica» designa a la mujer que posee un falo y no la imagen de la mujer o de la niña identificada con el falo. Señalemos, por último, que la expresión «mujer fálica» se utiliza a menudo, en sentido figurado, para calificar a una mujer que presenta rasgos de carácter supuestamente masculinos, por ejemplo una mujer autoritaria, pero esto sin que se sepa cuáles son exactamente los fantasmas subyacentes.
Fálico
(estadio)
(fr. stade phallique; ingl. phallic stage; al. phallische Stufe). Fase de la sexualidad infantil, entre los 3 y los 6 años, en la que, en los dos sexos, las pulsiones se organizan alrededor del falo.
Pero es verdad que el falo como significante tiene un papel determinante para el sujeto desde el principio de la vida, lo que puede hacernos vacilar en aislar un estadio fálico especial. Véase estadio.
Falo
s. m. (fr. phallus; ingl. phallus; al. Phallus). Símbolo de la libido para los dos sexos; significante que designa el conjunto de los efectos del significante sobre el sujeto y, en particular, la pérdida ligada a la captura de la sexualidad en el lenguaje.
La noción de falo, central en la teoría psicoanalítica, marca que el punto de impacto eficaz de la interpretación, en una cura, es sexual. Al mismo tiempo, nos plantea cuestiones de orden ético sobre la sexualidad humana.
Historia del concepto. Este término, familiar para los etnólogos y los historiadores de la Antigüedad griega, remite al ritual religioso de los misterios, donde, al parecer -ya que no hay documentos directos sobre Eleusis en particular-, uno de los puntos culminantes era el develamiento de un simulacro del sexo masculino, prenda de potencia, de saber y de fecundidad para la tierra y los hombres. Se percibe por lo tanto la ambigüedad de este término, que, poniendo en imagen la turgencia del pene, hace de él o bien un símbolo a venerar o bien un símbolo capturado por la lógica del inconciente. Se ve además la confusión a la que el término puede dar lugar entre la sexualidad y la procreación, así como el posible entrampamiento del enigma de la relación entre hombre y mujer por la descripción antropológica de la relación familiar entre el padre y la madre.
Por la noción freudiana de complejo de Edipo y por su correlato, el complejo de castración, la prohibición del incesto sale de la descripción antropológica y del mito trágico en tanto el falo deviene objeto del deseo de la madre, prohibida para el niño. Freud sitúa entonces la castración, es decir, la manera en que está regulado el goce del ejercicio de la sexualidad, como lo que liga el sexo con la palabra, palabra amenazante, es verdad, pero cuya interdicción estructura el deseo, tanto en el varón como en la niña, en la que se hubiera podido creer que la ausencia de pene podía dispensarla de pagar el tributo simbólico a la sexualidad para que esta se haga humana.
La concepción freudiana del falo. Para Freud, el término falo, que aparece bajo su pluma en reiteradas oportunidades (a propósito de los símbolos fálicos en el sueño, a propósito de la organización de la fase fálica), sirve para afirmar el carácter intrínsecamente sexual de la libido. En esto se opone por ejemplo a la teoría de Jung, en la que el deseo está ligado a fuerzas vitales metafísicas y los mitos conservan su acento iniciático religioso.
El acento puesto en el adjetivo fálico corresponde a una posición teórica esencial de parte de Freud: la libido es fundamentalmente masculina, incluso para la niña, a despecho de las afirmaciones de discípulos de Freud como E. Jones o K. Horney. No se puede decir «a cada uno su libido o a cada uno su esencia»: el falo es una especie de operador de la disimetría necesaria para el deseo y el goce sexuales. ¿Engendra esta disimetría un discurso en Freud? Veámoslo. El falo está ligado a Eros, fuerza que tiende a la unión, mientras que Tánatos desune, desorganiza. Sin embargo, en Más allá del principio de placer (1920), Freud muestra que la reproducción sexuada implica la muerte del individuo; lo fálico, por lo tanto, no puede ser un puro símbolo de la vida. La complejidad de esta noción parece jugarse, en Freud, menos en la irreductible diferencia entre los sexos que en la oposición entre vida y muerte.
La primera aproximación lacaniana al falo. Sólo con J. Lacan el falo se convierte verdaderamente en un concepto fundamental de la teoría psicoanalítica. ¿De qué se trata con el falo? De la asunción de su sexo por el hombre. En el artículo «La significación del falo» (1958), publicado en los Escritos (1966), Lacan marca de entrada la postura simbólica del falo en el inconciente y su lugar en el orden del lenguaje: «Sólo sobre la base de los hechos clínicos la discusión puede ser fecunda. Estos demuestran una relación con el falo que se establece sin consideración por la diferencia anatómica de los sexos (...) El falo es un significante, un significante cuya función en la economía intrasubjetiva del análisis levanta quizás el velo que mantenía en los misterios. Pues es el significante destinado a designar en su conjunto los efectos de significado, en tanto el significante los condiciona por su presencia de significante». Es decir que Lacan sitúa al falo en el centro de la teoría psicoanalítica y hace de él el objeto de la represión originaria freudiana. Así debe entenderse la siguiente afirmación lacaniana: «El falo no puede desempeñar su papel si no es velado». Esto tiene consecuencias técnicas y clínicas. El develamiento del falo está por lo tanto en las antípodas de la interpretación psicoanalítica, pero remite a una iniciación en un signo último y siderante. Aunque, si es verdad que en última instancia toda significación remite al falo, no es como a una clave mágica de los sueños y los discursos, sino tomando en cuenta la barra que separa significante y significado, y que también divide al sujeto deseante ($) [«de-siderante», si hacemos jugar sideración y deseo en cuanto a su origen: de-siderare], puesto que «el inconciente está estructurado como un lenguaje».
Esta elección teórica aclara a posterior¡ la diversidad de las concepciones del falo de Freud y de sus discípulos: «El falo, en la doctrina freudiana, no es ni un fantasma (en el sentido de un efecto imaginario) ni un objeto parcial (interno, bueno, malo) ni tampoco el órgano real, pene o clítoris» (Lacan, «La significación del falo»). La distinción y la articulación entre las tres dimensiones de lo real, lo simbólico y lo imaginario resuelven las contradicciones de esta noción. Lacan escribe además: «El falo es el significante privilegiado de esa marca en que la parte del logos se conjuga con el advenimiento del deseo. Se puede decir que este significante es elegido como lo más saliente de lo que se puede atrapar en lo real de la copulación sexual, y también lo más simbólico en el sentido literal (tipográfico) de este término, puesto que equivale allí a la cópula (lógica). Se puede decir también que es por su turgencia la imagen del flujo vital en tanto pasa por la generación».
Segunda aproximación combinatoria y topológica. Hacia 1972-73, el concepto de falo hace en Lacan un giro importante en el que resultan conjugadas dos problemáticas: por un lado, una combinatoria lógica en la que el falo deviene función fálica; por otro lado, una topología, la del nudo borromeo, en la que el término falo aparece, a propósito del goce fálico, como lo que, respecto de la consistencia del nudo, ex-siste, es decir, lo que se mantiene en una distinción radical.
La función fálica. En el seminario Aún, el falo queda situado dentro de una algebrización que radicaliza la asimetría de la diferencia sexual: «No hay relación sexual inscribible corno tal». No se puede escribir x R y para dar cuenta de la relación entre los sexos. Pensar el falo en términos de «función» fálica permite entonces inscribir precisamente este hiato entre hombre y mujer. Véase matema.
Lacan se separa de una esencia o naturaleza, masculina o femenina, pues «sea lo que fuere del ser hablante, este se inscribe de un lado o del otro». Lo que permite pensar de otro modo ciertos problemas clínicos, como el de la histeria masculina.
Es lo que se llama la función del padre, de donde procede, por negación, la proposición Fx, lo que funda el ejercicio de aquello que suple por medio de la castración la relación sexual, en tanto esta no es inscribible de ninguna manera. El todo reposa por lo tanto aquí en la excepción planteada como término por el cual este ?? es negado integralmente». Del lado derecho, lado del ser hablante, en tanto puede inscribirse del lado mujer, se puede decir lo siguiente: «Por ser radicalmente Otra en la relación sexual, respecto de lo que puede decirse del inconciente, la mujer es la que tiene relación con ese Otro». La mujer por lo tanto no es [o está] toda en el goce fálico. Lo que hace que el que se inscribe del lado varón no alcance a «su compañía sexual que es el Otro» sino a través del fantasma $ à a, es decir, de la relación que mantiene el sujeto dividido con el objeto causa del deseo.
Esta combinatoria de cuatro fórmulas proposicionales marca el hiato entre los sexos e intenta ordenar el texto del goce entre el universal y la excepción, cuando se trata de un campo finito, por una parte, y, por otra parte, cuando se trata de un campo infinito (a la derecha), marca el tironeo entre las dos proposiciones cuya relación no puede resolverse en términos de contradicción.
Esta radical imposibilidad de escribir la relación sexual como tal, la necesidad, por lo tanto, de pasar por la función fálica, hace oír la palabra falo entre fallar [faillir] y hacer falta [falloir]: entre lo que hace defecto y lo que hace falta [doble sentido de necesitar y faltar, a lo que se agrega que faillir evoca no sólo la falla, sino también un «por poco»: il a failli tomber = por poco se cae, relación que acota la falla en un margen, en un borde]. No hay por lo tanto en Lacan, como sí en cambio este lo denuncia en Freud en el seminario R.S.I., «prosternación ante el goce fálico». Si «hay Uno», no es el falo, en tanto signo del Eros, el que marcaría la posibilidad de una comunión; si hay uno, este uno entra en el cálculo lógico en el que la función fálica opera. Esto marca muy bien cómo el falo, este significante del goce sexual, no nos remite a ningún dominio, a pesar de su brillo imaginario, sino al agujero que representa la imposibilidad de marcar con un «uno» la relación sexual. La función fálica permite de igual modo situar el Nombre-del-Padre como la excepción fundante de lo que regula, con relación al falo, el ser o no ser, el tener o no tener. Se observa que este lazo entre el falo y la función paterna fundante de la ley que rige el goce, en lugar de confundir sexualidad y generación, las distingue claramente una de otra.
Esta combinatoria, en fin, permite no tomar más al objeto fálico confundiendo sus situaciones imaginaria y simbólica. A la afirmación de M. Klein de que la madre «contiene» el falo, Lacan responde, radicalizando la cuestión: «Que el falo sea un significante impone que el sujeto tenga acceso a él en el lugar del Otro». A lo imaginario del continente, del poseedor que podría pensar que lo da o lo trasmite como un objeto, Lacan lo remplaza por la idea topológica del lugar del Otro.
El falo en el nudo borromeo. El segundo aspecto del giro iniciado alrededor de 1972-73 en la posición teórica del falo concierne a la topología del nudo borromeo. Este nudo tiene la particularidad de anudar tres redondeles de hilo sin anudarlos dos a dos: si un redondel se rompe, se rompe el nudo. Cada redondel es equivalente a los otros, y si respectivamente representan lo Real, lo Imaginario y lo Simbólico, esto quiere decir que estas tres dimensiones son de igual importancia para el abordaje de las cuestiones teóricas y clínicas. También quiere decir, si el nudo es representado rebatido, que todo lo que queda entonces distribuido en diferentes superficies tiene bordes que pertenecen a los tres diferentes redondeles.
Esto obliga a pensar lo Real lo Imaginario y lo Simbólico en términos de agujeros y no de sustancias. E impide igualmente restaurar a su respecto alguna jerarquía o génesis.
En la última parte de la obra de Lacan, el falo es situado como «ex-sistencia»; se trata de ubicarlo en la separación entre el redondel de lo Real y el de lo Simbólico, en el límite del goce fálico que, en los bordes del objeto a, se articula con el goce del Otro y el sentido. El falo es por lo tanto una noción central para el psicoanálisis, a condición de articular y de entender sus tres dimensiones en un abordaje a la vez lógico y topológico que, de modos diferentes, pero no contrarios, permita no hacer de él una sustancia, mágica, religiosa o metafísica. Significante del goce sexual, es el punto en el que se articulan las diferencias en la relación con el cuerpo, con el objeto y con el lenguaje. Véase matema.
Falo
Al.: Phallus.
Fr.: phallus.
Ing.: phallus.
It.: fallo.
Por.: falo.
En la antigüedad grecorromana, representación figurada del órgano masculino. En psicoanálisis, el empleo de este término hace resaltar la función simbólica cumplida por el pene en la dialéctica intra e intersubjetiva, quedando reservado el nombre «pene» para designar más bien el órgano en su realidad anatómica.
Sólo en algunas ocasiones encontramos el término «falo» en los escritos de Freud. En compensación, en su forma adjetiva, lo hallamos en diversas expresiones, principalmente la de «fase fálica». En la literatura psicoanalítica contemporánea se constata un empleo cada vez más diferenciado de los términos «pene» y «falo», utilizándose el primero para designar el órgano masculino en su realidad corporal, mientras que el segundo hace resaltar el valor simbólico del mismo.
La organización fálica, que fue reconocida progresivamente por Freud como fase de evolución de la libido en ambos sexos, ocupa un lugar central, en la medida en que es correlativa del complejo de castración e impone el planteamiento y resolución del complejo de Edipo. La alternativa que se ofrece al sujeto en esta fase consta de estos dos términos: tener el falo o estar castrado. Se observa que aquí la oposición no es entre dos términos que designen dos realidades anatómicas, como son el pene y la vagina, sino entre la presencia o la ausencia de un solo término. Esta primacía del falo para los dos sexos es correlativa, para Freud, al hecho de que la niña ignoraría la existencia de la vagina. Aunque el complejo de castración adopte diferentes modalidades en el niño y en la niña, en ambos casos continúa centrado alrededor del único falo, el cual es concebido como separable del cuerpo. En esta perspectiva, el artículo Sobre las transposiciones de la pulsión y especialmente del erotismo anal (Über Triebumsetzungen, insbesondere der Analerotik, 1917 viene a mostrar cómo el órgano masculino se inscribe en una serie de términos substituibles unos por otros en «ecuaciones simbólicas» (pene = heces = niño = regalo, etc.), términos que tienen en común la propiedad de ser separables del sujeto y susceptibles de poder circular de una persona a otra.
Para Freud, el órgano masculino no es solamente una realidad que puede encontrarse como la referencia última de toda una serie. La teoría del complejo de castración atribuye al órgano masculino un papel preponderante, esta vez como símbolo, en la medida en que su ausencia o su presencia transforma una diferencia anatómica en un criterio fundamental de clasificación de los seres humanos, y también en la medida en que, para cada sujeto, esta presencia o ausencia no es algo obvio, no es reductible a un puro y simple dato, sino que es el resultado problemático de un proceso intra e intersubjetivo (asunción por el sujeto de su propio sexo). Es sin duda en función de este valor de símbolo que Freud y, en forma más sistemática, el psicoanálisis contemporáneo, habla de falo; se hace entonces referencia, de un modo más o menos explícito, al uso de este término en la Antigüedad, donde designaba la representación figurada, pintada, esculpida, etc., del órgano viril, objeto de veneración que desempeñaba un papel central en las ceremonias de iniciación (Misterios). «En aquella lejana época, el falo en erección simbolizaba la potencia soberana, la virilidad trascendente, mágica o sobrenatural y no la variedad puramente priápica del poder masculino, la esperanza de la resurrección y la fuerza que puede producirla, el principio luminoso que no tolera sombras ni multiplicidad y mantiene la unidad que eternamente mana del ser. Los dioses itifálicos Hermes y Osiris encarnan esta inspiración esencial».
¿Qué debe entenderse aquí por «valor de símbolo»? No es posible asignar al símbolo falo una significación alegórica determinada, por muy amplia que sea (fecundidad, potencia, autoridad, etc.). Tampoco puede reducirse lo que simboliza al órgano masculino o pene, tomado en su realidad corporal. En suma, tanto o más que un símbolo (en el sentido de una representación figurada y esquemática del órgano viril), el falo se encuentra como significación, como lo que está simbolizado en las más diversas representaciones; Freud ya indicó, en su teoría del simbolismo, que se trataba de uno de los símbolos universales; creyó encontrar, como tertium comparationis entre el órgano viril y lo que lo representa, el rasgo común de ser una cosa pequeña (das Kleine). Pero, en esta misma línea, cabe pensar que lo que caracteriza el falo y se encuentra también en sus diversas metamorfosis figuradas, es el hecho de ser un objeto separable, transformable (y, en este sentido, un objeto parcial). El hecho, advertido por Freud desde La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900) y ampliamente confirmado por la investigación analítica, de que el sujeto como persona total pueda ser identificado al falo, no invalida la idea precedente: es en aquel momento cuando una persona misma es asimilada a un objeto capaz de ser visto, exhibido, e incluso de circular, de ser dado y recibido. Freud demostró, especialmente en el caso de la sexualidad femenina, cómo el deseo de recibir el falo del padre se transforma en deseo de tener un niño de él. Por lo demás, en relación con este ejemplo, cabría preguntarse si está justificado establecer, en la terminología psicoanalítica, una distinción radical entre pene y falo. El término Penisneid (véase: Envidia del pene) encierra una ambigüedad que quizá sea fecunda y que no es posible suprimir mediante una distinción esquemática entre, por ejemplo, el deseo de gozar del pene real del hombre en el coito y el deseo de tener el falo (como símbolo de virilidad).
En Francia, J. Lacan ha intentado volver a centrar la teoría psicoanalítica en torno a la noción de falo como «significante del deseo». El complejo de Edipo, tal como ha sido reformulado por este autor, consiste en una dialéctica en la que las principales alternativas son: ser o no ser el falo, tenerlo o no tenerlo, y cuyos tres tiempos están centrados en el lugar que ocupa el falo en el deseo de los tres protagonistas.
Falo
Si la teoría psicoanalítica no formuló antes de 1923 la «primacía del falo» como corolario de la castración, la aparición del símbolo fálico en la prehistoria del pensamiento freudiano atestigua ya su presencia, en dependencia de la tradición antigua, En efecto, en 1880 el tío político de Freud, Jakob Bernays, al reconstruir la parte perdida de la Poética de Aristóteles acerca del tema de la catarsis, exhumó algunos textos cuya influencia sobre el desarrollo de la cura catártica no ofrece dudas. Restituyamos sobre todo a esta perspectiva la interpretación de Jámblico, que Bernays no deja de subrayar, acerca de la aparición, en los misterios, de la referencia fálica.
«Ésta será nuestra justificación genérica del culto sin mácula: vincula íntimamente los otros seres a aquellos que valen más que nosotros, y se dirige puro a los puros, exento de pasión a los seres exentos de pasión. Para entrar en detalles, decimos que la erección de imágenes fálicas es un símbolo del poder generador, que creemos, es llamado a fecundar el mundo; por ello la mayor parte de estas imágenes se consagran en primavera, precisamente cuando el conjunto del universo recibe de los dioses la generación de todo lo creado. Y, a mi juicio, las "palabras obscenas" tienen la función de expresar la carencia de belleza que marca la materia y la indecencia anterior de lo que va a ser puesto en orden; estos seres, que tienen necesidad de ser ordenados, aspiran a ello tanto más cuanto más condenan su propia inconveniencia. De nuevo persiguen entonces las causas de las formas ideales y de lo bello cuando enseñan lo obsceno por la expresión de obscenidades; descartan la práctica de estas últimas, pero las hacen conocer por el discurso, e invierten sus deseos en sentido contrario.»
La concepción del simbolismo y su función desarrollada en estas líneas nos lleva directamente al análisis de la catarsis, extensamente comentada por Bernays. Este tema, continúa Jámblico después de haber evocado el «culto sin mácula» con el ejemplo de la representación fálica, este tema supone un razonamiento del mismo tipo. Cuando la potencia de las pasiones humanas que hay en nosotros es contenida por todas partes, ellas se vuelven más fuertes; en cambio, si se las ejerce en una actividad breve y dentro de ciertos límites, gozan moderadamente y se satisfacen, después de lo cual, purificadas, se apaciguan por persuasión y sin violencia. Por ello, al contemplar en la comedia y la tragedia las pasiones del prójimo, estabilizamos las nuestras, las moderamos y las purificamos, y en el curso de los ritos, por la visión y la audición de obscenidades nos liberamos del mal que nos causarían si las practicáramos.
«Por lo tanto, uno se entrega a estas acciones para curar su alma, para moderar los males ligados a ella por el hecho de la generación, para liberarla y desembarazarla de sus ataduras. Por eso Heráclito las llama con toda razón "remedios", como que remedian los peligros y sustraen las almas a las desdichas de la generación.»
Retrospectiva freudiana
Habrá entonces que seguir el encaminamiento por el cual la clínica surgida, después de 1895, de la cura catártica unió ese legado de la antigüedad a la investigación inaugurada por Breuer. Para ello contaremos con la ayuda preciosa de la breve retrospectiva que el propio Freud aportó en 1923, en el artículo «La organización genital infantil».
«Los lectores de mis Tres ensayos de teoría sexual saben bien que ninguna de las ediciones posteriores de ese trabajo constituye una refundición total de la primera, sino que conservé el primer ordenamiento y tuve en cuenta los progresos de nuestros conocimientos interpolando pasajes y modificando el texto. En esta tarea es posible que a menudo lo antiguo y lo nuevo no queden bien fusionados en una unidad exenta de contradicciones. Al principio, en efecto, el acento caía sobre la diferencia fundamental entre la vida sexual de los niños y la de los adultos; más tarde pasaron al primer plano las organizaciones pregenitales de la libido y, hecho sorprendente y cargado de consecuencias, la instauración bifásica del desarrollo sexual. Finalmente, lo que retuvo nuestro interés fue la investigación sexual infantil y, a partir de ella, se ha podido descubrir hasta qué punto el desenlace de la sexualidad infantil- (más o menos a los cinco años) se asemeja a la forma acabada de la sexualidad en el adulto. Allí quedamos en la última edición de los Tres ensayos de teoría sexual (1922).»
En esta edición indico que «muy a menudo, o de una manera regular, en la infancia se realiza ya una elección del tipo de la que nosotros presentamos como característica de la fase puberal del desarrollo». No obstante, «ahora ya no me satisface la proposición de que la primacía de los órganos genitales en la primera infancia sólo se efectuaría de una manera muy imperfecta o faltaría por completo».
Primera etapa, entonces, la diferencia fundamental entre la vida sexual de los niños y la de los adultos. Se nos remite a los Tres ensayos en su primera edición de 1905. «La succión nos ha permitido conocer los tres caracteres esenciales de la sexualidad infantil; no conoce ningún objeto sexual, es autoerótica y su meta está determinada por el dominio de una zona erógena. Digamos, anticipándonos, que estas características vuelven a encontrarse en la mayor paj-te de las manifestaciones de la sexualidad en el niño.»
Segunda etapa: «organizaciones pregenitales» e «instauración bifásica del desarrollo sexual». En este caso se nos remite al artículo de 1913 titulado «La predisposición a la neurosis obsesiva». «El contenido de su neurosis -escribe Freud, a propósito de una paciente- consistía en una penosa obsesión de limpieza y en medidas preventivas muy enérgicas contra los graves daños con que su propia imaginaria maldad amenazaba a los demás, es decir, en formaciones reactivas contra las mociones erótico-anales y sádicas. Su necesidad sexual tenía que exteriorizarse de esas maneras después de la completa desvalorización sufrida por su vida genital, en razón de la impotencia de su irremplazable marido. Con este punto se vincula el embrión de teoría al que he dado forma hace muy poco tiempo, y que naturalmente sólo en apariencia se basa en esta única observación; en realidad, concentra un gran número de impresiones más antiguas, pero cuyo sentido sólo pude penetrar después de esta última experiencia. Me dije que faltaba intercalar un elemento nuevo en mi esquema del desarrollo de la función libidinal. Al principio sólo había distinguido dos fases: la del autoerotismo, en la cual las pulsiones parciales separadas unas de otras buscan cada cual para sí su satisfacción en el cuerpo propio; a continuación, la de la concentración de todas las pulsiones parciales para la elección de objeto, realizada bajo la primacía de los órganos genitales, al servicio de la reproducción.
«Se sabe que el análisis de las parafrenias nos ha obligado a interpolar entre estas fases el estadio del narcisismo, en el cual la elección de objeto ya ha tenido lugar, pero el objeto coincide todavía con el propio yo. Y ahora reconocemos la necesidad de admitir un estadio ulterior, ubicado antes de la configuración final, en el cual las pulsiones parciales están ya concentradas en una elección de objeto, y el objeto ya enfrenta a la propia persona como a una persona extraña, pero en el cual la primacía de las zonas genitales no está aún instaurada; las pulsiones parciales que dominan esta organizacion pregenital de la vida sexual son más bien las erótico-anales y sádicas.»
Tercera etapa: investigación sexual que indica una semejanza con la sexualidad adulta. Se nos remite a la edición de 1915 de los Tres ensayos, y a los dos añadidos introducidos en el segundo ensayo sobre la «sexualidad infantil», como capítulos 5 («La investigación sexual infantil») y 6 («Fases de desarrollo de la organización sexual»). El capítulo 5 se refiere: 1) a «la pulsión de saber»: su acción corresponde por una parte a una sublimación de la tendencia de dominio (Bemachügung), y por otro lado utiliza como energía el deseo de ver; 2) al enigma de la esfinge: «los niños no ponen en duda que todas las personas que conocen tienen un órgano genital semejante al de ellos; no les resulta posible conciliar la ausencia de este órgano con la idea que se forman del prójimo»; 3) al complejo de castración y la envidia del pene: «los varoncitos mantienen con tenacidad esta convicción, y sólo suelen abandonarla después de haber pasado por graves luchas interiores (complejo de castración) ... en cambio, la niñita no crea teoría alguna al descubrir la existencia de un sexo diferente del suyo... sucumbe a la envidia del pene que la lleva al deseo, tan importante más tarde, de ser también ella un varón»; 4) a las teorías sobre el nacimiento, la concepción sádica de las relaciones sexuales y el fracaso típico de las investigaciones sexuales del niño.
El capítulo 6 trata en particular sobre las fases del desarrollo de la organización sexual: «Llamamos pregenitales a las organizaciones de la vida sexual en las que las zonas genitales no han impuesto aún su primacía. Hasta ahora conocemos dos, que sugieren un retorno a las formas primitivas de la vida animal: la organización oral o caníbal y la organización sádico-anal». «En esta última -subraya entonces Freud- se encuentra ya la polaridad sexual (actividad-pasividad) y la existencia de un objeto erótico exterior. Lo que falta aún es la organización y el sometimiento de las pulsiones parciales a la función de procreación.»
Y Freud añade: «Muy a menudo (podría decirse siempre) se realiza ya en la infancia la elección de un objeto sexual (elección que hemos definido como característica de la pubertad), de manera que todas las tendencias sexuales convergen hacia una sola persona y buscan en ella su satisfacción. Así se realiza en los años de la infancia la forma de sexualidad que más se asemeja a la forma definitiva de la vida sexual. La diferencia entre estas organizaciones y el estado definitivo se reduce al hecho de que en el niño no se produce la síntesis de las pulsiones parciales, ni su sumisión completa a la primacía de la zona genital. Sólo la última fase del desarrollo sexual conducirá a la afirmación de esta primacía».
Primacía del falo
Ésta es precisamente la formulación de la que Freud, en 1923, dirá que ya no puede satisfacerlo. Lejos de que «la primacía de los órganos genitales sólo se efectúe en la primera infancia de una manera muy imperfecta o falte por completo», la vida sexual del niño «se aproxima a la del adulto en una medida mucho mayor, y esto no tiene que ver sólo con la realización de una elección de objeto. Incluso si no se llega a una verdadera síntesis de las pulsiones parciales bajo la primacía de los órganos genítales, en la culminación del desarrollo de la sexualidad infantil el interés por los órganos genitales y la actividad genital adquiere sin embargo una importancia dominante que sólo va en poco a la zaga de la que es propia de la madurez. La característica principal de esta "organización genital infantil" es al mismo tiempo lo que la diferencia de la organización genital definitiva del adulto. Reside en que, para los dos sexos, sólo desempeña un papel un único órgano genital, el masculino. No existe por lo tanto una primacía genital, sino una primacía del falo».
Así, cuando el varón es confrontado con la diferencia de los sexos, percibe la ausencia de un órgano «genital»; Freud subraya que es imposible «apreciar en su justo valor la significación del complejo de castración a menos que se tenga en cuenta que sobreviene en la fase de la primacía del falo».
Freud precisa además que se ha observado, con razón, «que el niño adquiere la representación de un daño narcisista por pérdida corporal a partir de la pérdida del pecho materno después del destete, a partir de la entrega cotidiana de las heces, e incluso desde el nacimiento, a partir de la separación respecto del cuerpo de la madre. No obstante, no se debería hablar de complejo de castración más que a partir del momento en que esta representación de una pérdida se vincula con el órgano genital masculino».
Lo que aporta la fase fálica es entonces la referencia del goce al objeto originariamente narcisista, objeto no obstante proscripto en tanto que incestuoso, y cuyo abandono bajo la amenaza de castracion consagrará la renuncia a ese goce, cuya promesa vehiculizaba el órgano fálico.
De este modo el falo podrá ser considerado desde dos puntos de vista.
Por un lado, en la prolongación de la actividad de la cual Freud extraía el argumento para poner en evidencia la genitalidad infantil. Es cierto que en un primer momento esta orientación hacia el objeto no surge del registro fálico. Pero la fase fálica sólo se alcanza bajo la hipoteca de la amenaza de castración. Podemos entonces preguntarnos si este lazo esencial de las dos nociones, falo-castración, no tiene que ser comprendido en la perspectiva de la actividad que Freud colocó bajo la égida de «la investigación» infantil.
Por otra parte, se considerará el falo desde el punto de vista del goce, que es el objetivo de todo este desarrollo. Pues Freud insiste en esto. Si hay amenaza de castración, es en razón del privilegio del órgano del que se trata, ya investido por una experiencia anterior a la orientación hacia el objeto -como si el placer autoerótico hubiera llevado la promesa de un placer más intenso-
Por razones a la vez históricas y dialécticas (que no carecen de relación con el fondo de las cosas) la elaboración realizada por Lacan del tema del falo se presentará en la prolongación de este doble linaje conceptual: en un primer momento, en su especificidad en tanto que significante ambiguo y, en un segundo tiempo, en tanto que representante de la carencia de goce característica del sujeto, en su relación con lo real.
La significación del falo
El «interés» de Juanito o, de manera general, la parte reservada por los Tres ensayos a «la investigación» en la formación del dominio fálico, nos introduce directamente en la presentación condensada de la función del falo, propuesta en 1958 por Lacan.
«En la doctrina freudiana, el falo no es una fantasía, si por fantasía hay que entender un efecto imaginario. Tampoco es ya como tal un objeto (parcial, interno, bueno, malo, etc.), en cuanto este término tiende a apreciar en una relación la realidad de la que se trata. Menos aún es el órgano, pene o clítoris, que simboliza. Y no sin razón Freud ha tomado su referencia del simulacro que era para los antiguos.
«Pues el falo es un significante, un significante cuya función en la economía intrasubjetiva del análisis levanta quizás el velo de la que tenía en los misterios. Pues es el significante destinado a designar en su conjunto los efectos de significado, en tanto que el significante los condiciona por su presencia de significante.»
Dos años más tarde, la renovación correspondiente al aporte lingüístico de Jakobson es doblemente atestiguada por la conferencia «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano».
En primer lugar, por la referencia al shifter: «Una vez reconocida en el inconsciente la estructura del lenguaje», ¿qué tipo de sujeto podemos concebirle? Con cuidado por el método, podemos aquí intentar partir de la definición estrictamente lingüística del yo [je] como significante: en ella no es nada más que el shifter o indicativo que designa en el sujeto del enunciado al sujeto en tanto que habla actualmente. Es decir que designa al sujeto de la enunciación, pero no lo significa. Como es evidente por el hecho de que todo significante del sujeto de la enunciación puede faltar en el enunciado, además de que los hay que difieren del yo [e], y no sólo lo que se llama insuficientemente los casos de la primera persona del singular, aunque se sumara su alojamiento en la invocación plural, incluso en el sí-mismo de la autosugestión».
Lo que en el enunciado designa al sujeto en tanto que habla actualmente, ¿tiene entonces un fiador en el seno del tesoro del significante? Este garante emanaría del Otro al que dirijo mi demanda; allí inspiraría la garantía de que mi demanda es recibida. Ahora bien, precisamente no se me puede dar esta garantía, porque «no hay Otro del Otro». El Otro es el lugar de mi palabra, pero allí se detiene su poder»; no encuentro allí ninguna seguridad de la alteridad del destinatario de mi mensaje, ninguna segur¡ -dad de que la satisfacción de mi demanda me será efectivamente destinada desde el lugar al cual yo la dirijo.
Tal será, en el registro del significante, la significación del falo, indisociable de esta carencia de significante, que se escribe S de A tachado. En otras palabras, es indisociable de la castración. Pues la castración equivale al derrumbe de toda seguridad de obtener mi goce del Otro en tanto que Otro; en otras palabras, equivale a «la reducción de mi goce al autoerotismo».
«Aquello a lo que hay que atenerse es que el goce está interdicto a quien habla como tal, o incluso que no puede ser dicho más que entre líneas por cualquiera que sea sujeto de la ley, puesto que la ley se funda precisamente en esta interdicción.» Ahora bien, «la sola indicación de este goce en su infinitud lleva consigo la marca de su interdicción y, por constituir esta marca, implica un sacrificio: el que encierra en un solo y mismo acto con la elección de su símbolo, el falo.
»Esta elección es permitida porque el falo, es decir, la imagen del pene, es negatividad en su lugar en la imagen especular. Esto es lo que predestina al falo a dar cuerpo al goce en la dialéctica del deseo. Es preciso por lo tanto distinguir, respecto del principio del sacrificio, que es simbólico, la función imaginaria que se consagra a él, pero que lo vela al mismo tiempo que le da su instrumento.
»Es así como el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce, no en tanto él mismo, ni siquiera en tanto que imagen, sino en tanto que parte que le falta a la imagen deseada: por ello es igualable al (RAIZ DE -1) de la significación producida supra, del goce al que él restituye por el coeficiente de su enunciado a la función de falta de significante (-1).
»Si le es dado anudar de tal modo la interdicción del goce, no es sin embargo por estas razones de forma, sino que su rebasamiento significa lo que reduce todo goce codiciado a la brevedad del autoerotismo.»
En definitiva, se advierte que Lacan extiende el dominio fálico mucho más allá de los límites que sugiere.
Como habrá de decirlo en 1971-1972, en «El saber del psicoanalista», «La significación del falo es el único caso de genitivo plenamente equilibrado. Esto quiere decir que el falo es lo que les explicaba Jakobson, el falo es la significación, es aquello por lo cual el lenguaje significa; no hay más que una sola Bedeutung, el falo».
Falo
Alemán: Mallus.
Francés: Phallus.
Inglés: Millus.
Para designar el órgano genital masculino se emplean diversas palabras. El vocablo pene se reserva al miembro real; falo, derivado del latín, designa más bien el órgano en el sentido simbólico, mientras que se llama itifálico (del griego ithus, recto) el culto al falo como símbolo del órgano masculino en erección. Investidos de un poder soberano, tanto en la celebración de los misterios antiguos como en diversas religiones paganas y orientales, los dioses itifálicos y el falo fueron rechazados por la religión monoteísta, según la cual ellos remitían a una época bárbara de la humanidad, caracterizada por prácticas orgiásticas.
Sumamente reivindicado por Sade en el Siglo de las Luces, en una impugnación radical del cristianismo, y por Nietzsche cien años más tarde, el falo, para las sectas del período moderno, como intentó demostrarlo Hermann Rorschach, se convertirá en el instrumento de una verdadera sujeción de los miembros de la comunidad, obligados a obedecer los mandatos sexuales del gurú e idolatrar su órgano. En la historia del psicoanálisis, todas las psicoterapias de tipo orgástico se desarrollaron en nombre de un culto biológico y sexológico al órgano masculino.
El término falo fue empleado muy pocas veces por Sigmund Freud, a propósito del fetichismo o la renegación, y a menudo como sinónimo de pene. En cambio, el adjetivo fálico ocupa un lugar importante en la teoría freudiana de la libido única (de esencia masculina), en la doctrina de la sexualidad femenina y de la diferencia de los sexos y, finalmente, en la concepción de los diferentes estadios (oral, anal, fálico, genital). El falocentrismo freudiano fue objeto de una amplia discusión, tanto en el interior del movimiento psicoanalítico (donde Melanie Klein, Ernest Jones y la escuela inglesa cuestionaron el monismo sexual, en favor del dualismo) como entre las feministas, que vieron en esta doctrina la expresión de un "falocratismo" o un "falogocentrismo".
Fue Jacques Lacan, nietzcheano de cultura católica, admirador de Sade y amigo de Georges Bataille (1897-1962), quien reactualizó la palabra falo en la más pura tradición de un antieristianismo nutrido en el amor místico y la filosofía platónica. Muy diferente en este sentido a Freud y los kleinianos, Lacan se distancia todo lo posible de la concepción biológica de la sexualidad, interesándose más por la perversión que por la neurosis, más por el goce que por el placer, más por el deseo que por la necesidad, más por el objeto (pequeño) a que por la pulsión. Fascinado por todas las formas de transgresión, pero habitado por la certidumbre de que el falo es un atributo divino inaccesible al hombre, y no el órgano del placer o de la supremacía viril, Lacan, a partir de julio de 1956, hizo de él el significante mismo del deseo, aplicándole una mayúscula y evocándolo primero como el “faloimaginario", después como el "falo de la madre”, antes de pasar finalmente a la idea del "falo simbólico". De tal modo revisó la teoría freudiana de los estadios, de la sexualidad femenina y de la diferencia de los sexos, mostrando que el complejo de Edipo o de castración consiste en una dialéctica "hamletiana" del ser: ser o no ser el falo, tenerlo o no tenerlo.
Falocentrismo
Alemán: Phallocentrisnius.
Francés: Phallocentrisme.
Inglés: Phallocentrism.
Este término, creado en 1927, pertenece al vocabulario freudiano y se basa en la tradición grecolatina, en la cual las diversas representaciones figuradas del órgano masculino estaban organizadas en un sistema simbólico. Remite a la teoría freudiana de la sexualidad femenina y la diferencia de los sexos, y designa la doctrina monista de que en el inconsciente sólo existiría un tipo de libido, de esencia masculina. Esta doctrina fue criticada por Melanie Klein, Ernest Jones y la escuela inglesa de psicoanálisis, que le opusieron una teoría dualista de la diferencia de los sexos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, con el desarrollo del movimiento feminista, la palabra falocentrismo adquirió una significación peyorativa, en tanto se la asimiló a una doctrina relacionada con la "falocracia", es decir, un modo de poder sexista basado en la desigualdad y la dominación de las mujeres por los hombres.
En 1965, el filósofo francés Jacques Derrida forjó el término falogocentrismo, a partir de falocentrismo y logocentrismo, para designar la primacía atribuida por la filosofía occidental al logos platónico y a la simbólica del falo. El término fue retomado en 1974 por la psicoanalista francesa Lucy Irigaray, en el marco de una teoría diferencialista de la sexualidad femenina. Más tarde hizo carrera en los Estados Unidos, entre las feministas antifreudianas.
Fanon Frantz
(1925-1961) Escritor y psiquiatra francés
Héroe de la lucha antinazi y figura de vanguardia del combate contra el colonialismo, Frantz Fanon nació en Fort-de-France, Martinica, en un ambiente acomodado. Su madre era de origen alsaciano, lo que explica la elección de su nombre, y el padre trabajaba para la administración colonial. Hijo ¡legítimo de una pareja mixta (sang mêlé) fue además marcado por el hecho de que era el más negro de los ocho hijos de la familia. Ser el más negro -dirá más tarde- es "ser el menos blanco". No sorprenderá que durante toda su vida lo haya obsesionado la cuestión de lo blanco y lo negro.
Entre 1939 y 1943 estudió en el Liceo Scheelcher donde enseñaba Aimé Césaire. Después, hostil a la política del mariscal Pétain, marchó a la Dominica, para unirse a las Fuerzas Francesas Libres del Caribe. En 1944, a los 19 años, combatió en el frente europeo, y descubrió, en las filas del ejército de liberación, que la Francia resistente no era menos racista que la Francia petainista y antisemita. Después de ser enviado a Argelia fue condecorado con la cruz de guerra por el general Raoul Salan, comandante en jefe del sexto regimiento de tiradores senegaleses.
En 1947, gracias a una beca estatal, se inscribió en la facultad de medicina de Lyon, y se especializó en psiquiatría. Emprendió entonces la redacción de su tesis, Peau noire, masques blancs, publicada en 1952, año en que se encontraba en el Hospital de Saint-Alban. Allí, formado por François Tosquelles, se inscribió en la gran corriente de la psiquiatría institucional, nacida en Francia con la lucha antinazi. Antifreudiano, se negó a analizarse y, en diciembre de 1953, fue nombrado médico jefe del Hospital de Blida, en Argelia, donde pasó tres años atendiendo a enfermos mentales en el contexto de la guerra de liberación nacional.
Peau noire, masques blanes era una respuesta a Psychologie de la colonisation, obra del psicoanalista francés Octave Mannoni publicada en 1950. Aunque juzgaba "sincera" la argumentación de su adversario, Fanon le reprochó que psicologizara la situación colonial y redujera los conflictos entre el hombre blanco y el hombre negro a un juego sofisticado que llevaba a mantener al colonizado bajo la dependencia del colonizador.
La crítica era de peso y, después de esa polémica, Mannoni mantuvo con su propio libro una relación ambivalente, renegando a veces de algunas de sus tesis, y otras reivindicándolas. En realidad, en ese debate los protagonistas adoptaron tesis que ya habían sido discutidas por Bronislaw Malinowski y Geza Roheim a propósito de Tótem y, tabú y del alcance, universal o no, del complejo de Edipo en el conjunto de las sociedades humanas. Si Mannoni, incluso antes de convertirse en freudiano, defendía posiciones universalistas, corregidas por la fenomenología, Fanon, rechazando el freudismo, adoptaba el principio de un culturalismo afirmado en el compromiso anticolonial. Por ello descartaba el psicoanálisis, en razón de su supuesta incapacidad para tomar en cuenta la negritud o la identidad negra: "Ni Freud ni Adler, ni siquiera el cósmico Jung, pensaron en los negros en el curso de su investigación 1. Quiérase o no, el complejo de Edipo no está cerca de ver la luz entre los negros."
No obstante, para construir su teoría de la identidad negra, Fanon se basaba en la noción del estadio del espejo tomada de Jacques Lacan. Ella le permitía criticar la psicología colonial fundada en una clasificación "racista", y distinguir el enfoque culturalista de la subjetividad respecto de la psicología de los pueblos y del diferencialismo. En la misma medida en que Mannoni seguía siendo tributario de una psicología que lo llevaba a considerar la situación colonial como un juego de roles o un galanteo perverso, Fanon integraba la adquisición del psicoanálisis para rechazar el freudismo en nombre de una política. En tal sentido, anticipaba las posiciones de la antipsiquiatría.
Cercano al Frente de Liberación Nacional (FLN), del que se convirtió en miembro en 1957, Fanon renunció a su puesto de médico jefe en 1956, para digirirse a Túnez y comprometerse en el combate desde una posicion más adelantada. Enseñó en la facultad de medicina y practicó la psiquiatría en el Hospital de la Manouba, y después, con Charles Géronimi, en el Hospital Charles-Nicolle, donde abrió un servicio de día.
Por otra parte continuó escribiendo. En 1960, cuando redactaba su gran libro, Les Damnés de la terre, el más hermoso manifiesto de la rebelión anticolonial, supo que padecía una leucemia. Murió en diciembre de 1961 en un hospital de Washington, convencido del carácter ineluctable de la independencia por la que había luchado tanto.
Apasionadamente leída y comentada en todo el mundo, la obra de Fanon ha sido mitificada en los Estados Unidos, donde el autor, aureolado con una leyenda de héroe de la negritud, se transformó, en la década de 1990, y en virtud de su referencia al estadio del espejo, en un "Lacan negro", más psicoanalista que psiquiatra, y sobre todo teórico de la hibridización cultural, es decir, de una no-diferenciación entre la identidad negra y la identidad blanca.
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