Fantasía
Al.: Phantasie.
Fr.: fantasme.
Ing.: fantasy o phantasy.
It.: fantasia.
Por.: fantasia.
Guión imaginario en el que se halla presente el sujeto y que representa, en forma más o menos deformada por los procesos defensivos, la realización de un deseo y, en último término, de un deseo Inconsciente.
La fantasía se presenta bajo distintas modalidades: fantasías conscientes o sueños diurnos, fantasías Inconscientes que descubre el análisis como estructuras subyacentes a un contenido manifiesto, y fantasías originarias.
I. La palabra alemana Phantasie designa la imaginación. No tanto la facultad de imaginar en el sentido filosófico del término (Einbildungskraft), como el mundo imaginario, sus contenidos, la actividad creadora que lo anima (das Phantasieren). Freud recogió estos diferentes usos de la lengua alemana.
En francés, el término fantasme ha sido utilizado de nuevo por el psicoanálisis y, en consecuencia, está más cargado de resonancias psicoanalíticas que su homólogo alemán. Por otra parte, no corresponde exactamente al término alemán, pues su extensión es menor. Designa una determinada formación imaginaria y no el mundo de las fantasías, la actividad imaginativa en general.
Daniel Lagache ha propuesto volver a utilizar en su antiguo sentido el término «fantaisie», que tiene la ventaja de designar tanto la actividad creadora como sus producciones, pero que, para la conciencia lingüística contemporánea, es muy difícil que no sugiera los matices de capricho, originalidad, falta de seriedad, etc.
II. Los términos «fantasía» «actividad fantaseadora», sugieren inevitablemente la oposición entre imaginación y realidad (percepción). Si se hace de esta oposición un eje de referencia fundamental del psicoanálisis, habrá que definir la fantasía como una producción puramente ilusoria que no resistiría a una aprehensión correctora de lo real. Algunos textos de Freud parecen justificar tal orientación. En las Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento psíquico (Formulierungen über die zwei Prinzipen des psychischen Geschehens, 1911), Freud contrapone al mundo interior, que tiende a la satisfacción por ilusión, un mundo exterior que impone progresivamente al sujeto, por mediación del sistema perceptivo, el principio de realidad.
En igual sentido se invoca a menudo la forma como Freud descubrió la importancia de las fantasías en la etiología de las neurosis: Freud, que en un principio admitió la realidad de las escenas infantiles patógenas halladas en el curso del análisis, habría abandonado definitivamente esta primera convicción, denunciando su «error»: la realidad aparentemente material de estas escenas no era más que «realidad psíquica».
Pero conviene subrayar aquí que la expresión «realidad psíquica» no es simplemente sinónima de mundo interior, campo psicológico, etc. Tomada por Freud en su sentido más fundamental, designa un núcleo, heterogéneo en este campo, resistente, el único verdaderamente «real» en comparación con la mayoría de los fenómenos psíquicos. «¿Es preciso atribuir una realidad a los deseos inconscientes? No sabría decirlo. Naturalmente, debe negárseles a todos los pensamientos de transición y de ligazón. Cuando nos encontramos ante deseos inconscientes llevados a su última y más verdadera expresión, nos vemos obligados a decir que la realidad psíquica constituye una forma de existencia particular que es imposible confundir con la realidad material».
El esfuerzo de Freud y de toda la reflexión psicoanalítica consiste precisamente en intentar explicar la estabilidad, la eficacia y el carácter relativamente organizado de la vida de fantasía del sujeto. Dentro de esta perspectiva, Freud, desde que centró el interés sobre las fantasías, destacó modalidades típicas de guiones fantaseados, como, por ejemplo, la «novela familiar». Rehusa dejarse encerrar en la oposición entre una concepción que considera la fantasía como un derivado deformado del recuerdo de acontecimientos reales fortuitos, y otra que no atribuiría realidad propia a la fantasía, viendo en ella únicamente una expresión imaginaria destinada a enmascarar la realidad de la dinámica pulsional. Las fantasías típicas halladas por el psicoanálisis condujeron a Freud a postular la existencia de esquemas inconscientes que trascienden lo vivido individual y se transmitirían hereditariamente: las «fantasías originarias ».
III. La palabra «fantasía» se utiliza muy extensamente en psicoanálisis. Según algunos autores, esta utilización tendría el inconveniente de no precisar la situación tópica (consciente, preconsciente o inconsciente) de la formación que se considera.
Para comprender el concepto freudiano de Phantasie, conviene distinguir diversos niveles:
1.° Lo que Freud denomina Phantasien son ante todo los sueños diurnos, escenas, episodios, novelas, ficciones que el sujeto forja y se narra a sí mismo en estado de vigilia. En los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie, 1895), Breuer y Freud mostraron la frecuencia y la importancia de esta actividad fantaseadora en el histérico y la describieron como frecuentemente «inconsciente», es decir, produciéndose durante estados de ausencia o estados hipnoides.
En La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900) todavía describe Freud las fantasías basándose en el modelo de los sueños diurnos. Las analiza como formaciones de compromiso y muestra que su estructura es comparable a la del sueño. Estas fantasías o sueños diurnos son utilizados por la elaboración secundaria, factor del trabajo del sueño que se aproxima mucho a la actividad en vigilia.
2.° Freud utiliza a menudo la expresión «fantasía inconsciente», sin que implique siempre una posición metapsicológica bien establecida. Con ella parece designar a veces un ensueño subliminal, preconciente, al cual se entrega el sujeto y del que tomará o no conciencia reflexivamente. En el artículo Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad (Hysterische Phantasien und ihre Beziehung zur Bisexualität, 1908), las fantasías « inconscientes », consideradas precursoras de los síntomas histéricos, se describen como hallándose en íntima conexión con los sueños diurnos.
3.° Dentro de una línea de pensamiento distinta, la fantasía aparece en una relación mucho más íntima con el inconsciente. En el capítulo VII de La interpretación de los sueños, Freud sitúa a un nivel inconsciente, en el sentido tópico de esta palabra, ciertas fantasías, las ligadas al deseo inconsciente y que se hallan en el punto de partida del proceso metapsicológico de formación del sueño: la primera parte del «trayecto» que conduce al sueño «[...] va, de forma progresiva, desde las escenas o fantasías inconscientes hasta el preconsciente».
4.° Por consiguiente, aunque Freud no lo hace explícitamente, se podrían distinguir en su obra varios niveles de la fantasía: consciente, subliminal, inconsciente (ver nota). Pero Freud parece preocupado no tanto en establecer esta distinción, como en recalcar los lazos existentes entre estos diversos aspectos:
a) En el sueño, los ensueños diurnos utilizados por la elaboración secundaria pueden estar en conexión directa con la fantasía inconsciente que constituye el «núcleo del sueño»: «Las fantasías de deseo que el analista descubre en los sueños nocturnos muestran a menudo ser repeticiones y recomposiciones de escenas infantiles; así, en más de un sueño, su fachada nos indica inmediatamente el verdadero núcleo del sueño, que se encuentra deformado porque aparece mezclado con otro material». Por consiguiente, en el trabajo del sueño, la fantasía se halla presente en los dos extremos del proceso: por una parte, está ligada al deseo inconsciente más profundo, al «capitalista» del sueño; por otra, en el otro extremo, se halla presente en la elaboración secundaria. Los dos extremos del sueño y las dos modalidades de fantasías que en él se encuentran parecen, si no juntarse, por lo menos comunicarse interiormente y simbolizarse entre sí.
b) Freud encuentra en la fantasía un punto privilegiado donde podría captarse, a lo vivo, el proceso de paso entre los diferentes sistemas psíquicos: represión o retorno de lo reprimido. Las fantasías «[...] se aproximan mucho a la conciencia y permanecen allí sin ser perturbadas mientras no posean una catexis intensa, pero cuando sobrepasan un cierto nivel de catexis son nuevamente alejadas».
c) En la definición metapsicológica más completa que dio Freud, conecta entre sí los aspectos de la fantasía aparentemente más distantes: «Ellas [las fantasías] se hallan, por una parte, altamente organizadas, no son contradictorias, han aprovechado todas las ventajas del sistema Cs, y nuestro juicio difícilmente las distinguiría de las formaciones de este sistema; por otra parte, son inconscientes e incapaces de volverse conscientes. Su origen [inconsciente] es lo decisivo para su destino. Podrían compararse a los mestizos, que en conjunto se parecen a los blancos, pero cuyo color de origen se delata por alguna señal sorprendente y que por este hecho permanecen excluidos de la sociedad y no gozan de ninguno de los privilegios reservados a los blancos».
Parece, pues, que la problemática freudiana de la fantasía no solamente no permite efectuar una distinción de naturaleza entre fantasía inconsciente y fantasía consciente, sino que tiende más bien a señalar sus analogías, sus estrechas relaciones, los pasos entre ellas: «Las fantasías claramente conscientes de los perversos (que, en circunstancias favorables, pueden transformarse en comportamientos «organizados»), los temores delirantes de los paranoicos (que son proyectados sobre otros con un sentido hostil), las fantasías inconscientes de los histéricos (que el psicoanálisis descubre detrás de sus síntomas), todas estas formaciones coinciden en su contenido hasta en los menores detalles». En formaciones imaginarias y estructuras psicopatológicas tan diversas como las que aquí cita Freud, pueden encontrarse una misma organización, un mismo arreglo, tanto si son conscientes como inconscientes, realizadas o imaginadas, asumidas por el sujeto o proyectadas sobre otro.
Asimismo, en la cura, el psicoanalista se dedica a descubrir la fantasía subyacente, tras las producciones del inconsciente, como el sueño, el síntoma, el actuar, las conductas repetitivas, etc. El progreso de la investigación hace aparecer incluso aspectos de la conducta muy alejados de la actividad imaginativa v, a primera vista, gobernados por las solas exigencias de la realidad, como emanaciones, «derivados» de fantasías inconscientes. Desde esta perspectiva, todo el conjunto de la vida del sujeto aparece como modelado, organizado por lo que podría denominarse, para subrayar su carácter estructurante, una actividad fantaseadora. Esta no debe concebirse únicamente como una temática, aunque estuviera marcada para cada individuo por rasgos eminentemente singulares, sino que comporta un dinamismo propio, en virtud del cual las estructuras fantaseadas intentan expresarse, encontrar una salida hacia la conciencia y la acción, atrayendo constantemente hacia ellas un nuevo material.
IV. La fantasía guarda la más estrecha relación con el deseo; un término freudiano lo atestigua: Wunschphantasie, o fantasía de deseo. ¿Cómo concebir esta relación? Sabemos que, para Freud, el deseo tiene su origen y su modelo en la experiencia de satisfacción: «El primer desear [Wünschen] parece haber sido una catexis alucinatoria del recuerdo de la satisfacción». ¿Equivale esto a decir que las fantasías más primitivas son aquellas que tienden a encontrar de nuevo los objetos alucinatorios ligados a todas las primeras experiencias de aumento y resolución de la tensión interna? ¿Puede decirse que las primeras fantasías son fantasías de objeto, de los objetos fantaseados a los que tendería el deseo como la necesidad tiende a su objeto natural?
A nuestro modo de ver, la relación entre la fantasía y el deseo es más compleja. Incluso en sus formas menos elaboradas, la fantasía aparece como irreductible a una mira intencional del sujeto que desea:
1.° se trata de guiones, aunque se enuncien en una sola frase, de escenas organizadas, susceptibles de ser dramatizadas en forma casi siempre visual;
2.° el sujeto está siempre presente en tales escenas; incluso en la «escena originaria», de la que puede parecer excluido, figura de hecho, no sólo como observador, sino como participante que viene, por ejemplo, a perturbar el coito de los padres;
3.° lo representado no es un objeto al cual tiende el sujeto, sino una secuencia de la que forma parte el propio sujeto y en la cual son posibles las permutaciones de papeles y de atribución (véase especialmente el análisis que Freud hizo de la fantasía Pegan a un niño (Ein Kind wird gesch1agen, 1919) y a los cambios sintácticos que experimenta esta frase; véanse también las transformaciones de la fantasía homosexual en el Caso Schreber);
4.° en la medida en que el deseo se articula así en la fantasía, ésta es también asiento de operaciones defensivas; da lugar a los procesos de defensa más primitivos, como la vuelta hacia su propia persona, la transformación en lo contrario, la negación, la proyección;
5.° tales defensas, a su vez, se hallan indisolublemente ligadas a la función primaria de la fantasía (la escenificación del deseo), escenificación en la que lo prohibido se encuentra siempre presente en la posición misma del deseo.
Fantasías originarias
Al.: Urphantasien.
Fr.: fantasmes originaires.
Ing.: primal phantasies.
It.: fantasmi (o fantasie) originari(e), primari(e).
Por.: protofantasias, o fantasias primitivas, u originárias.
Estructuras fantaseadas típicas (vida Intrauterina, escena originaria, castración, seducción) que el psicoanálisis reconoce como organizadoras de la vida de la fantasía, cualesquiera que sean las experiencias personales de los individuos; según Freud, la universalidad de estas fantasías se explica por el hecho de que constituirían un patrimonio transmitido filogenéticamente.
El término Urphantasien aparece en los artículos de Freud en 1915: «Estas formaciones fantaseadas (observación de la relación sexual entre los padres, seducción, castración, etc.) las denomino fantasías originarias». Las llamadas fantasías originarias se encuentran de un modo muy general en los seres humanos, sin que puedan referirse siempre a escenas vividas realmente por el individuo; reclamarían, por lo tanto, según Freud, una explicación filogenética, mediante la cual la realidad recobraría sus derechos: así, por ejemplo, la castración habría sido efectivamente practicada por el padre en el pasado arcaico de la humanidad. «Es posible que todas las fantasías que se nos cuentan actualmente en el análisis [...] hayan sido en otra época, en los tiempos primitivos de la familia humana, realidad, y que el niño, al crear fantasías, no haga más que rellenar, con la ayuda de la verdad prehistórica, las lagunas de la verdad individual». En otras palabras, lo que fue realidad de hecho en la prehistoria se habría convertido en realidad psíquica.
Lo que entiende Freud por fantasías originarias resulta difícil de comprender si se considera aisladamente; en efecto, este concepto es introducido al final de un largo debate sobre los elementos últimos que el psicoanálisis puede sacar a la luz en relación con el origen de la neurosis y, de un modo más general, tras la vida fantasmática de todo individuo.
Muy pronto Freud se esforzó en descubrir acontecimientos arcaicos reales, capaces de suministrar el último fundamento de los síntomas neuróticos. Denomina «escenas originarias» (Urszeizeiz) estos acontecimientos reales, traumatizantes, cuyo recuerdo se halla en ocasiones elaborado y enmascarado por fantasías. Entre ellas, hay una que conservará en el lenguaje psicoanalítico el nombre de Urszene: la escena del coito parental, que habría presenciado el niño (véase: Escena originaria). Se observará que estos acontecimientos primordiales se designan con el nombre de escenas y que, desde un principio, Freud se esforzó en destacar, entre ellas, guiones típicos y en número limitado.
No podemos reproducir aquí la evolución que condujo a Freud desde esta concepción realista de las «escenas originarias» al concepto «fantasías originarias»; esta evolución, con toda su complejidad, corre pareja con la delimitación del concepto psicoanalítico de fantasía. Sería demasiado esquemático creer simplemente que Freud abandonó una primera concepción que buscaba la etiología de la neurosis en los traumatismos infantiles contingentes, substituyéndola por otra que, viendo el precursor del síntoma en la fantasía, no reconocería en éste más realidad que la de expresar en forma imaginaria una vida pulsional que en sus líneas generales se hallaría determinada biológicamente. En efecto, el mundo de la fantasía aparece desde un principio en psicoanálisis como dotado de una consistencia, una organización y una eficacia que queda bien expresada por el término «realidad psíquica».
Durante los años 1907-1909, en que el tema de la fantasía suscita la realización de numerosos trabajos, reconociéndose plenamente su eficacia inconsciente, por ejemplo, como subyacente al ataque histérico que lo simboliza, Freud se dedica a sacar a la luz secuencias típicas, guiones imaginarios (novela familiar) o construcciones teóricas (teorías sexuales infantiles) por medio de las cuales el neurótico y quizá también «todo hijo de los hombres» intenta responder a los grandes enigmas de su existencia.
Con todo, es notable que el pleno conocimiento de la fantasía como un dominio autónomo, explorable, dotado de su propia consistencia, no elimina para Freud el problema de su origen. El ejemplo más llamativo lo proporciona el análisis de Historia de una neurosis infantil: Freud intenta establecer la realidad de la escena de observación del coito parental reconstituyéndola en sus menores detalles y, cuando parece conmovido por la tesis junguiana, según la cual tal escena no sería más que una fantasía construida retroactivamente por el sujeto adulto, sigue insistiendo en que la percepción ha suministrado al niño los indicios, pero sobre todo introduce el concepto de fantasía originaria. En este concepto vienen a juntarse la exigencia de encontrar lo que podríamos llamar la «roca» del acontecimiento (y si éste, refractado y como reducido, se esfuma en la historia del individuo, nos remontaremos más allá, hasta la historia de la especie), y la preocupación por basar la estructura de la fantasía sobre algo distinto del acontecimiento. Tal preocupación puede llevar a Freud incluso a afirmar la preponderancia de la estructura presubjetiva sobre la experiencia individual: «Allí donde los acontecimientos no se adaptan al esquema hereditario, experimentan una recomposición en la fantasía Estos casos son precisamente los más apropiados para mostrarnos la existencia independiente del esquema. A menudo podemos observar que el esquema triunfa sobre la experiencia individual; en nuestro caso, por ejemplo [el de Historia de una neurosis infantil], el padre se convierte en castrador y en el que amenaza la sexualidad infantil, a pesar de un complejo de Edipo por lo demás invertido [...]. Las contradicciones que aparecen entre la experiencia y el esquema parecen suministrar amplio material para los conflictos infantiles».
Si pasamos ahora a considerar los temas que se encuentran en las fantasías originarias (escena originaria, castración, seducción), nos sorprenderá un carácter común: todas ellas se refieren a los orígenes. Como los mitos colectivos, intentan aportar una representación y una «solución» a lo que para el niño aparece como un gran enigma; dramatizan como momento de emergencia, como origen de una historia, lo que se le aparece al sujeto como una realidad de tal naturaleza que exige una explicación, una «teoría». En la «escena originaria» se representa el origen del sujeto; en las fantasías de seducción, el origen o surgimiento de la sexualidad; en las fantasías de castración, el origen de la diferencia de los sexos.
Para terminar, señalemos que el concepto de fantasía originaria posee un interés central para la experiencia y la teoría psicoanalítica. A nuestro modo de ver, las reservas que suscita la teoría de una transmisión genética hereditaria no deben hacernos considerar igualmente caducada la idea de que existen, en la vida de la fantasía, estructuras irreductibles a las contingencias de lo vivido individual.
Fantasías originarias
Definición
Laplanche y Pontalis definen la Fantasía como un: "guión imaginario en el que se halla presente el sujeto y que representa, en forma más o menos deformada por los procesos defensivos, la realización de un deseo, y en último término, de un deseo inconsciente".
"La fantasía, dicen, se presenta bajo distintas modalidades: fantasías conscientes o sueños diurnos, fantasías inconscientes que descubre el análisis como estructuras subyacentes a un contenido manifiesto, y fantasías originarias".
Freud señala que las fantasías inconscientes fueron, en ciertos casos, desde siempre inconscientes, y en otros fueron en el pasado fantasías conscientes o sueños diurnos que después fueron olvidados intencionalmente y llegaron al inconsciente por acción de la represión.
Las primeras constituyen las Fantasías Originarias o primordiales (Urphantasien), de origen inconsciente, cuya inscripción corresponde a la represión primaria (Urverdrämgung).
Las fantasías secundarias, en cambio, serán inscriptas a posteriori a nivel inconsciente (relegadas y determinadas por la represión secundaria) o consciente (sueños diurnos).
Estas últimas, las fantasías originarias, serían "estructuras fantaseadas típicas (vida intrauterina, escena originaria, castración, seducción) que el psicoanálisis reconoce como organizadoras de la vida de la fantasía, cualesquiera que sean las experiencias personales de los individuos'»).
Origen e historia del término
El término Fantasías Originarias (Urphantasien) aparece en Freud en 1915.
Inicialmente, a partir de 1897, Freud se esforzaba por descubrir ciertas experiencias infantiles reales, traumatizantes, que se organizaban en guiones, en escenas (Urszenen), que daban cuenta de los síntomas neuróticos.
Al respecto entabla una discusión con Jung, quien sostenía que esas escenas eran "fantasías reconstruidas retrospectivamente por el sujeto adulto". Freud pensaba en cambio que estas escenas pertenecían realmente al pasado del individuo,
Sin embargo, después reconoce que estas escenas, que a partir de 1915 pasa a denominar Fantasías Originarias, se encontrarían de un modo muy general en todos los seres humanos, independientemente de lo realmente vivido por el sujeto. Por eso afirma la existencia de una estructura pre-subjetiva, a modo de esquema preexistente, aunque les sigue atribuyendo un contenido específico: fantasías de seducción, de escena primaria y de castración.
Esto lo lleva a atribuirles una explicación filogenética, es decir, un modo de retrotraerlas a escenas que hayan ocurrido realmente en las épocas primigenias del ser humano. Según esta explicación, lo que fue realidad en la horda primitiva, se transformaría en realidad psíquica.
Las escenas primitivas se verían así transformadas en Fantasías Originarias.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
No parece necesario atenerse a una explicación filogenética para dar cuenta de la universalidad de las Fantasías Originarias.
Más que a un esquema anterior, que precedería al sujeto, el hecho de su universalidad remite a una cualidad estructural en todo ser humano.
Al nacer el niño, sea cual fuere la cultura en la que está inserto, deberá vérselas con la problemática del pasaje de la "continuidad" intrauterina a la discontinuidad, fractura que se traduce en un desamparo originario, producida con el nacimiento, con la separación frente a la que sólo sobrevivirá, como ser humano a través del vínculo con el otro. Buscará entonces recuperar esa fusión mítica perdida, y esto se constituirá en un motor de vínculo.
De ahí el carácter universal de estas fantasías que serán de inmediato resignificadas a través del sucederse de las experiencias de vida, dándose entonces una confluencia de la estructura y el contenido. Por eso se puede postular un continuum entre las fantasías originarias y las secundarias, una relación de resignificación.
Según Laplanche y Pontalis, las Fantasías Originarias "constituyen una formación del inconsciente de un sujeto único pero son también, por su frecuencia, su generalidad y su origen, una pertenencia colectiva. Por lo tanto, estas fantasías tienen un carácter mixto, manifiestan una doble pertenencia, individual y colectiva.
M. Bernard señala que "la secuencia de presencia-ausencia de la madre introducirá un elemento de distinción que aparecerá como un desgarro en la piel del vínculo".
Propone una serie de categorías que caracterizan las Fantasías Originarias y dan cuenta de su impronta estructural en la formación de la psiquis.
Estas son: adentro-afuera/ antes-después/ el mismo-el otro.
En la fantasía de seducción, ésta remite a "los contenidos del afuera, introducidos como manera de manejar el espacio materno-filial".
En efecto, las Fantasías Originarias surgen "en ocasión" del encuentro entre el mundo exterior y la deflexión de la pulsi6n sexual y el instinto de autoconservación, origen de la psiquis del bebé humano.
Destaca Bernard que "la fantasía de escena originaria, que algunos autores relacionan con su complemento, la de la vida intrauterina, daría cuenta de la vuelta al adentro... El fantasma de la vida intrauterina sólo podría ser concebible desde el après coup que reconstruye un estado del que no hay memoria... La fantasía de castración sería el rastro del hiato que separa los pares de categorías".
Las experiencias por las que pasa un sujeto desde su nacimiento ofrecen un contenido específico a estas fantasías. Por eso estructura y contenido se constituyen recíprocamente al mismo tiempo.
Laplanche y Pontalis sostienen que "los temas de las fantasías Originarias se relacionan con los orígenes. En la 'escena originaria' se representa el origen del sujeto.
En la fantasía de seducción, el origen o el surgimiento de la sexualidad.
En la fantasía de castración, el origen de las diferencias de los sexos".
Profundizando esta temática, L. Edelman y D. Kordon han destacado la diferencia entre las Fantasías Originarias, denominadas también Protofantasías, y las Fantasías de los Orígenes, vinculadas a las Teorías sexuales infantiles, en tanto "explicación construida por el niño acerca de esos orígenes". Estas últimas serían una resignificación de las primeras, pero en un nivel muy distinto.
Las Fantasías de los Orígenes, dicen estas autoras, como respuesta a los enigmas infantiles, "requieren un cierto acceso al orden simbólico; es necesario contar con un sistema ideativo con cierto grado de desarrollo que construye o se apropia de los sistemas de creencias aportadas por la cultura".
¿Por qué la pregnancia de las Fantasías Originarias en los vínculos?
R. Dorey señala que éstas "tienen un estatuto doble porque participan de lo individual y de lo colectivo. Si el grupo puede ser definido como un conjunto de personas interdependientes formando una cierta unidad, se puede concebir que la especificidad de esta unidad reposa sobre la existencia de una Fantasía Originaria prevaleciente, cuyo estatuto mixto le permite estar a la vez en el sujeto y en el grupo, y que la situación regresiva permite aflorar".
De ahí su efecto organizador, destacado también por D. Anzieu.
Una de sus características es la de paliar la angustia de no-asignación, de no lugar en el vínculo. Lo que caracteriza el polo de lo originario es el grado de indiscriminación de las fantasías. Éstas se presentan como una escena de entradas múltiples.
M. Bernard señala su capacidad distributiva y permutativa, es decir que el grado de sincretismo que las caracteriza permite una fácil permutación de lugares dentro de la escena fantaseada, por eso su pregnancia como organizadores grupales.
Dado su grado de ambigüedad, las Fantasías Originarias resultan fácilmente convocantes para los que configuran un vínculo, promoviendo la ilusión de unidad, de borramiento de los límites subjetivos.
Esto es fácil de apreciar en la ilusión grupal o en el enamoramiento.
De ahí la vigencia del apuntalamiento en el encuentro (R. Kaës).
Lo que caracteriza al polo originario es el aspecto no subjetivado de las fantasías, aunque son individuales. Cuanto más predomina este aspecto indiscriminado, menos específico es el rol de un sujeto en un grupo, menor autonomía subjetiva puede observarse en los integrantes de una pareja.
Se despliega la vivencia primigenia de desamparo y el intento de velarlo a través del vínculo. Esta ilusión de completud está en el origen de todo comienzo vincular, de todo proyecto. A su vez, es necesaria como matriz de libidinización para el infans.
Frente al auge de patologías graves como las adicciones, las impulsiones, la anorexia y la bulimia, es dable pensar en un déficit en ese sustrato ilusorio, necesario para la constitución de la psiquis.
La problemática básica de fusión-diferenciación, aparece en las Configuraciones Vinculares, en relación a la problemática de la pertenencia.
La disyuntiva negación-reconocimiento de la alteridad del otro propias del polo originario, impregna toda relación intersubjetiva (M. Bernard.(1c)
Construir un grupo, dice R. Kaës -un vínculo, se puede ampliar- "es darse recíprocamente la ilusión metafórica de ser un cuerpo omnipotente no sometido a la división ni a la muerte, espacio fusiona] sustitutivo de la pérdida donde se despliega la ilusión de completud y su contracara, la angustia de despersonalización, el temor a quedar atrapado dentro del otro".
El comienzo de un nuevo vínculo promueve un impacto regresivo en sus integrantes. Esta observación, realizada por D. Anzieu, R. Kaës y M. Bernard, es una situación recurrente en los más diversos vínculos. Es más, tiene un efecto de matriz, de nuevo comienzo, con todo lo relativo al despliegue ilusorio de cerrar la brecha con el otro.
En situaciones de crisis surge con más pregnancia el polo originario, con su problemática fusional, ya que se pierden los aspectos más discriminados.
Se puede entonces postular (Selvatici, M., Zadunaisky, A. la hipótesis de un zócalo originario presente en toda Configuración Vincular.
Problemáticas conexas
Se puede detectar la vigencia del polo originario en todas las cuestiones atinentes a la Pertenencia y su relación con la autonomía.
En ese sentido la Identidad por pertenencia muestra su pregnancia cuando el sujeto " es" el grupo, o cuando en la pareja o en la familia no hay discriminación entre sus integrantes, o cuando la pertenencia a una Institución se sostiene a pesar del malestar y el sufrimiento que provoca, o sea cuando el sujeto requiere del vínculo para ser. (Ver "El Grupo Analítico de Reflexión").
Por otro lado, un cierto grado de fusión es estructurante y está en la base de todo vínculo.
En lo referente al Zócalo originario en los vínculos es interesante destacar la vigencia de lo atinente al concepto de Apuntalamiento, ya presente en Freud, pero desarrollado por R. Kaës.
Este autor reconoce cuatro dimensiones en el apuntalamiento: el apoyo, el modelo, el desvío y la transcripción.
Las dos últimas apuntan a una metabolización subjetiva del vínculo, mientras que las dos primeras estarían más cercanas a la indiscriminación que caracteriza el polo originario. Implican la necesariedad de la presencia concreta del otro, a modo de verdadero puntal, lo que remite nuevamente a la Identidad por pertenencia.
La problemática de las patologías graves puede ser estudiada a la luz de las dificultades para establecer en el vínculo originario una matriz de ilusión estructurante. Esto abre una perspectiva muy interesante en lo que se refiere a la dirección de la cura y a nuevas líneas de investigación.
Fantasma
Alemán: Phantasie.
Francés: Fantasme.
Inglés: Fantasy o phantasy.
Término utilizado por Sigmund Freud, primero en el sentido corriente que tiene en lengua alemana (fantasía o imaginación), y después como concepto técnico, a partir de 1897. Correlativo de la elaboración de la noción de realidad psíquica y del abandono de la teoría de la seducción, designa la vida imaginaria del sujeto y el modo en que éste se representa a sí mismo en su historia o la historia de sus orígenes: se habla entonces de fantasma originario.
En francés, la palabra fantasme fue creada por los primeros traductores de la obra freudiana, con un sentido técnico no relacionado con la palabra fantaisie. Deriva del griego phantasma (aparición; en latín se convirtió en fantasma) y del adjetivo fantasmatique, en otro tiempo cercano por su significación afantomatique (fantástico).
La escuela kleiniana creó el término phantasy (phantasme) junto al de fantasy.
Valiéndose de algunas declaraciones someras de Freud al respecto, la historia oficial durante mucho tiempo validó la idea de un abandono definitivo de la teoría de la seducción en 1897, por imposición de los hechos, en favor de una teoría del fantasma.
No obstante, desde los Estudios sobre la histeria, Freud y Josef Breuer abordaron las manifestaciones fantasmáticas de las histéricas, y Breuer, más aún que Freud, al presentar el caso "Anna O." (Bertha Pappenheim), privilegia el registro de la imaginación, el de los fantasmas de su paciente, sin atribuir mucha importancia a los acontecimientos vividos. Varias cartas de Freud a Wilhelm Fliess atestiguan por otra parte la evolución de Freud acerca de esta cuestión. Por ejemplo, el 2 de mayo de 1897 observa que, si la estructura de la histeria está constituida por la reproducción de ciertas escenas, a veces, para llegar a ellas, es necesario pasar "por fantasmas interpuestos". En el Manuscrito M, del 25 de mayo, hay todo un párrafo dedicado a los fantasmas, considerados desde el punto de vista de su formación y su papel, y esto en términos cercanos a los que empleaba para hablar de los sueños. Este aspecto encontró su confirmación unos días más tarde en el Manuscrito N, donde el proceso de formación de los sueños se evoca como modelo de la formación de los fantasmas y los síntomas.
En 1964, desde una perspectiva inspirada por esa tradición de la historia de las ciencias para la cual Alexandre Koyré (1892-1964), Gaston Bachelard (1884-1962) y Georges Canguilhem (1904-1995) ganaron sus títulos de nobleza, Jean Laplanche y Jean Bertrand Pontalis emprendieron la exploración de los fundamentos epistemológicos de ese momento clave del descubrimiento del psicoanálisis. Releyendo la teoría de la seducción, estos autores demostraron que, más allá del registro empírico del trauma, para Freud se trataba ya de exponer la observación clínica de la represión y su acción privilegiada sobre la sexualidad. El abandono de la teoría de la seducción, lejos de abrirse automáticamente a una concepción acabada del desarrollo psicosexual, dejaba por el contrario a Freud un tanto desamparado. Él no lograba vincular la sexualidad infantil, el Edipo y el fantasma. Entonces, en los Tres ensayos de teoría sexual, y más aún en el artículo titulado "La sexualidad en la etiología de las neurosis", existió el riesgo de que Freud volviera a un anclaje biológico de la sexualidad.
Para salir de esa aporía de oposiciones inconciliables -lo psíquico o lo biológico, lo real o lo imaginario, lo interior o lo exterior-, cuya persistencia implicaba la disolución silenciosa del registro del fantasma, Freud introdujo el concepto de realidad psíquica. La explicitación de ese concepto, sobre todo en La interpretación de los sueños, lo llevó a distinguir entre la realidad material, realidad exterior nunca alcanzable como tal, la realidad de lo que él llama Ios pensamientos de transición y ligazón", el registro de la psicología, por una parte, y por la otra la realidad psíquica propiamente dicha, núcleo irreductible del psiquismo, registro de los deseos inconscientes, de los cuales el fantasma es "la expresión última y más verdadera".
"Vuelvo a pensamientos que he desarrollado en otros lados [en la parte teórica de La interpretación de los sueños]", escribe Freud en 1911, para introducir este concepto de realidad psíquica, lo cual le permite ampliar su concepción de la actividad psíquica más allá del eje exclusivo placer/displacer, y definir, junto a la represión, la noción discriminatoria de acto de juicio, distinguiendo, como "creación de fantasmas", la parte de la actividad psíquica que sigue siendo independiente del principio de realidad, sólo sometida al principio de placer. La partición que se organiza en el curso de la fase del autoerotismo entre pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación da testimonio del vínculo entre las pulsionos sexuales y el fantasma: "l_a prolongada persistencia del autoerotismo hace posible que la satisfacción fantasmática ligada al objeto sexual, inmediata y más fácil de obtener, se mantenga durante tanto tiempo, en lugar de la satisfacción real, pero que exige esfuerzos y aplazamientos".
Más allá de las cuestiones de ortografía, para Freud sólo existe un solo concepto de fantasma. Desde este punto de vista, la oposición kleiniana, sostenida y desarrollada por Susan Isaacs, entre phantasine (phantasy) inconsciente y fantasma (fantasy) consciente, es totalmente contradictoria con el pensamiento freudiano.
En 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual, el fantasma es postulado como correspondiente a las tres localizaciones de la actividad psíquica -consciente, preconsciente e inconsciente-, sea cual fuere la estructura psicopatológica considerada.
Sin embargo, Freud distingue entre los fantasmas conscientes, los ensueños diurnos y las novelas que el sujeto se cuenta a sí mismo, y también ciertas formas de creación literaria, por un lado, y por el otro los fantasmas inconscientes, ensueños subliminales, prefiguración de los síntomas histéricos, concebidos no obstante en vinculación estrecha con los fantasmas conscientes.
Estos dos registros de la actividad fantasmática se vuelven a encontrar en el proceso del sueño: el fantasma consciente participa de ese reordenamiento del contenido manifiesto del sueño que constituye la elaboración secundaria, y el fantasma inconsciente está inscrito en el origen de la formación del sueño.
En 1915, en su artículo metapsicológico dedicado al inconsciente, Freud da una definición del fantasma que confirma sus concepciones precedentes: el fantasma es allí caracterizado por su movilidad; está presente como lugar y momento de pasaje desde un registro de la actividad psíquica a otro, y aparece entonces como irreductible a uno solo de esos registros, el consciente o el inconsciente.
Ese mismo año, en oportunidad de un artículo dedicado a un caso de paranoia que parece contradecir la teoría psicoanalítica, Freud introduce el concepto de fantasma originario: "La observación del comercio amoroso entre los padres es una pieza que pocas veces falta en el tesoro de los fantasmas inconscientes que el análisis permite descubrir en todos los neuróticos, y verosímilmente en todos los hijos de hombres. A estas formaciones fantasmáticas, la de la observación del comercio sexual entre los padres, la de la seducción, la de la castración, y otras, yo las denomino fantasmas originarios..." De tal modo, Freud vuelve a una concepción bidimensional nunca abandonada y ya descubierta a propósito de los sueños típicos y de la simbólica de los sueños. Freud busca un origen para la historia individual del sujeto. Persigue, bajo otra forma, lo que estaba en cuestión a través de la teoría de seducción o la teoría del trauma. Pero al mismo tiempo examina la validez de un origen anterior al sujeto individual: un origen de la historia global de la especie humana. Este fantasma de los orígenes, cuya búsqueda es omnipresente tanto en Tótem y tabú, en 1912, como en 1939 en Moisés y la religión monoteísta, lo lleva a retomar, suscribiéndola, la hipótesis filogenética atribuida a Ernst Heinrich Haeckel. La importancia de esta hipótesis, discutible y discutida, llega a su punto culminante con este texto metapsicológico, su "fantasía filogenética", hallada y editada por primera vez por llse Grubrich-Simitis, que ve en ella el intento teórico de integrar el origen traumático de la patología en el modelo fantasmático y pulsional.
Además de la perspectiva kleiniana que, al privilegiar en la cura la realidad psíquica en detrimento de cualquier forma de realidad material, hace de la fantasía (phantasme) el lugar de intervención único del trabajo analítico, el concepto de fantasma ha sido objeto de un trabajo teórico esencial en la obra de Jacques Lacan.
De manera general, Lacan adopta el concepto freudiano de fantasma, pero subraya muy pronto la función defensiva. En el seminario de los años 1956-1957, el fantasma es asimilado a lo que en adelante denomina una "detención en la irnagen", un modo de impedir que surja un episodio traumático. Imagen coagulada, modo de defensa contra la castración, el fantasma es no obstante inscrito por Lacan (diferencia fundamental con la perspectiva kleiniana) en el marco de una estructura significante, de modo que no se lo podría reducir al registro de lo imaginario.
Más allá de la diversidad de los fantasmas de cada sujeto, Lacan postula la existencia de una estructura teórica general, el fantasma fundamental, cuyo "atravesamiento,' por el paciente marca la eficacia del análisis, materializada en un reordenamiento de las defensas y una modificación de su relación con el goce.
Desde la primera formulación, en 1957, del grafo del deseo, Lacan elaboró un matema de lo que él llama la lógica del fantasma. Se trata de dar cuenta de la sujeción originaria del sujeto al Otro, relación que traduce una pregunta imposible de responder: ¿Qué quieres? (Che vuoi?). El matema $ O a expresa la relación genérica, de forma variable pero nunca simétrica, entre el sujeto del inconsciente, sujeto barrado, dividido por el significante que lo constituye, y el objeto (pequeño) a, objeto inaprehensible del deseo que remite a una falta, a un vacío en el Otro. En su seminario de los años 1966-1967, Lacan desarrollará esta lógica del fantasma, expresión última de la lógica del deseo. También en ese momento Lacan da un giro decisivo en su trabajo hacia la formalización lógica y matemática del inconsciente.
Fantasma
[fantasía]
s.m. (fr.fantasme; ingl. phantasy,fantasy; al. Phantasie). Para Freud, representación, guión escénico imaginario, conciente (ensoñación), preconciente o inconciente, que implica a uno o a varios personajes y que pone en escena de manera más o menos disfrazada un deseo.
El fantasma es a la vez efecto del deseo arcaico inconciente y matriz de los deseos, concientes e inconcientes, actuales.
En la continuidad de Freud, Lacan ha destacado la naturaleza esencial de lenguaje del fantasma. También ha demostrado que los personajes del fantasma valen más por ciertos elementos aislados (palabras, fonemas y objetos asociados, partes del cuerpo, rasgos de comportamiento, etc.) que por su totalidad. Propuso el siguiente matema: $ à a, a leer «S tachado losange a pequeña» [o «S barrado rombo/punción a pequeña»]. Este materna designa la relación particular de un sujeto del inconciente, tachado e irreductiblemente dividido por su entrada en el universo de los significantes, con el objeto pequeño a que constituye la causa inconciente de su deseo.
Con Freud. En sus primeras publicaciones, Freud utiliza el concepto de fantasma en un sentido relativamente amplio, designando con él una serie de producciones imaginarias más o menos concientes. Un momento determinante de su elaboración teórica del fantasma fue su descubrimiento del carácter imaginario (en el sentido de «producido por la imaginación») de los traumas referidos por sus pacientes como causa de sus dificultades actuales. Lo que le era presentado como recuerdo mostraba no tener más que una relativa vinculación con la realidad llamada «histórica» y aun a veces sólo tenía realidad psíquica. Freud dedujo de ello que una fuerza inconciente empujaba al hombre a remodelar su experiencia y sus recuerdos: vio allí el efecto de un deseo primero (al. Wunsch). Para Freud, ese Wunsch era una tentativa de reproducir, de un modo alucinatorio, las primeras experiencias de placer vividas en la satisfacción de las necesidades orgánicas arcaicas. A continuación, Freud tuvo que comprobar que la repetición de ciertas experiencias productoras de displacer también podía ser buscada, y esto por el placer mismo que ellas procuran en el seno del displacer y de los sufrimientos que traen consigo.
El fantasma no sólo es el efecto de ese deseo arcaico, también es la matriz de los deseos actuales. Es que los fantasmas arcaicos inconcientes de un sujeto buscan una realización al menos parcial en la vida concreta del sujeto. Así, ellos trasforman las percepciones y los recuerdos, están en el origen de los sueños, de los lapsus y de los actos fallidos, inducen las actividades masturbatorias, se expresan en los sueños diurnos, buscan actualizarse, de manera disfrazada, por medio de las elecciones profesionales, relacionales, sexuales y afectivas del sujeto.
Puede verse entonces el carácter circular de las relaciones que anudan fantasma y deseo. Pero también se puede ver que existen fantasmas concientes, preconcientes e inconcientes. Sólo estos últimos intervienen en una definición estricta del concepto psicoanalítico. Algunos de estos fantasmas inconcientes sólo se vuelven accesibles para el sujeto en la cura. Otros permanecen para siempre bajo el imperio de la represión originaria: sólo pueden ser reconstruidos por medio de la interpretación. Freud desarrolla esto en su artículo titulado «Pegan a un niño», fórmula que utiliza para nombrar un fantasma masoquisita frecuentemente encontrado en su práctica (Ein Kind wird geschlagen, 1919).
Freud indica también allí que, si el fantasma representa el deseo inconciente del sujeto, el mismo sujeto puede estar representado en el fantasma por diversos personajes en él incluidos. En función del narcisismo y el transitivismo originarios, los cambios, los vuelcos de rol en este guión escénico fantasmático son frecuentes.
Por último, Freud distingue ciertos fantasmas que llama «originarios», designando con ello los fantasmas que conciernen al origen del sujeto, a saber: su concepción (por ejemplo, los fantasmas de escena primaria o incluso las novelas familiares), el origen de su sexualidad (por ejemplo, los fantasmas de seducción) y, finalmente, el origen de la diferencia de los sexos (por ejemplo, los fantasmas de castración). Nueva prueba de la importancia del deseo en la constitución del fantasma: no hay relación inmediata entre el fantasma y los acontecimientos concretos vividos por el niño.
Con Lacan. Cuando elabora su esquema llamado «de la persona» (Escritos, 1966), Lacan representa el fantasma por medio de una superficie que incluye las diversas figuras del yo [moi], del otro imaginario, de la madre originaria, del ideal del yo y del objeto. Esta superficie del fantasma está bordeada por el campo de lo imaginario y por el de lo simbólico, mientras que el fantasma recubre el de lo real. Estas notaciones indican muy bien el carácter transindividual del fantasma, su participación, aunque más no fuera marginal, en los campos de lo simbólico y de lo imaginario, y sobre todo su función de obturación de lo real. (Lo real designa aquí a lo indecible del sujeto, aquello con lo que le resulta insoportable encontrarse y que no por ello deja de ser aquello con lo que tropieza continuamente; por ejemplo, la castración en la madre o tal trauma determinado de su infancia que, rebelde a la imaginarización y a la simbolización, se olvida tras la pantalla de ese fantasma.)
En esta perspectiva, la mirada del padre presente en el fantasma sería mucho más importante que el padre mismo. Lo propio sucede con el seno de la madre que amamanta al niño, el látigo que empuña el profesor que castiga al niño, o la rata con la que se tortura a la víctima. Como surge de la cura del Hombre de las Ratas, estos objetos del fantasma funcionan no sólo como objetos sino también como significantes. Por otra parte, Freud mismo ya había subrayado la gran sensibilidad de su paciente a toda una serie de palabras que incluían el morfema «rat».
Que el fantasma se compone de elementos dependientes del universo simbólico e imaginario del sujeto, y que se encuentra en relación de obturación con su real, se expresa también en el matema propuesto por Lacan: $àa. Este materna escribe la estructura de base del fantasma. Se vuelve a encontrar en él el universo simbólico bajo la forma de esa barra que representa el nacimiento y la división del sujeto consecutivos a su entrada en el lenguaje. Se vuelve a encontrar también allí al objeto a en tanto perdido, lugar vacío, hiancia que el sujeto va a intentar obturar, durante su vida, con los diversos objetos a imaginarios que la particularidad de su historia (y en especial su encuentro con los significantes faltantes y los objetos del fantasma de los Otros concretos parentales) lo habrá llevado a privilegiar. Por último, se puede leer allí la función de anudamiento (à) de lo simbólico ($), de lo imaginario (a) y de lo real (a) que opera el fantasma así como su doble función de protección. En efecto, este protege al sujeto no sólo del horror de lo real, sino también de los efectos de su división, consecuencia de la castración simbólica; dicho de otro modo, lo protege de su radical dependencia con relación a los significantes.
El objeto a del fantasma tiene entonces un doble valor. Como objeto real, está irremediablemente perdido. Si bien es el resultado de una operación lógica (Seminario XTV, 1966-67, «La lógica del fantasma»), sin embargo ciertas partes del cuerpo propio se prestan particularmente a la operación lógica de separación que traspone su objeto en lo imaginario: la mirada, la voz, el seno y las heces. En efecto, nunca tenemos acceso a nuestra mirada en tanto mira al otro, ni tampoco a nuestra voz como es percibida por el otro. Las heces son evidentemente partes del cuerpo separables, perdidas y a perder. En cuanto al seno, no sólo está perdido porque el niño fue privado un día u otro del seno materno, sino más esencialmente porque este seno ha sido vivido primero por el niño como parte integrante de su propio cuerpo. El número de los objetos a reales es limitado. El de los objetos a obturadores imaginarios es infinito: esa mirada que atrae, ese látigo que se teme, esa forma del seno que fascina, esa rata execrada, esos objetos de colección acumulados, esa cabellera seductora, ese ojo alucinado, esa voz adorada, etc.
Que el objeto a se distingue del objeto de la necesidad y del objeto de la pulsión queda indicado claramente cuando se considera, a título de paradigma, el seno (objeto imaginario o real del fantasma), la leche materna (objeto de la necesidad), el placer de la boca (objeto de la pulsión). Por otra parte, que el objeto del fantasma no coincide con el objeto del amor es lo que revela más de una dificultad de pareja y especialmente la frecuente escisión que separa a la mujer objeto de amor de la que suscita el deseo. Al contrario del objeto del fantasma, el objeto de amor a menudo está marcado por la idealización o incluso por el narcisismo, lo que lleva a más de un enamorado a comprobar que lo que ama en el otro es el reflejo de su propia imagen, más o menos idealizada. La complejidad y la dificultad de la vida de las parejas reside en buena parte en la necesidad de hacer coincidir en un solo objeto, de una manera que satisfaga al sujeto, el objeto del fantasma, el de la pulsión y el del amor.
Lacan ha propuesto diferenciar la fórmula del fantasma de la histérica y la del fantasma del obsesivo. El materna producido para la histeria destaca que la histérica no busca en el otro el objeto de su fantasma sino más bien el Otro absoluto, mientras se identifica con el objeto del fantasma del otro y de manera oculta con la falta de falo. El del obsesivo escribe la multiplicidad y la intercambiabilidad de los objetos a los que apunta, ubicados todos bajo el índice del significante del falo, es decir, muy erotizados (Lacan, Seminario sobre la trasferencia, abril de 1961). En cuanto al fantasma del perverso, destaca la búsqueda en el otro de su división y su voluntad de acentuarla al extremo (Lacan, Escritos, 1966).
Con relación al fantasma, en la perspectiva lacaniana, la finalidad de la cura es hacer la travesía del fantasma inconciente arcaico registrando la parte que tuvo el deseo del Otro concreto de la infancia en la construcción de ese fantasma, la dependencia radical del significante que ese fantasma intenta obliterar y la hiancia nodal subjetiva que los objetos a imaginarios intentan hacer olvidar.
Fase anal - sádica
Al.: sadistich-anale Stufe (o Phase).
Fr.: stade sadique-anal.
Ing.: anal-sadistic stage.
It.: fase sadico-anale.
Por.: fase anal-sádica.
Según Freud, segunda fase de la evolución libidinal, que puede situarse aproximadamente entre dos y cuatro años; se caracteriza por una organización de la libido bajo la primacía de la zona erógena anal; la relación de objeto está impregnada de significaciones ligadas a la función de defecación (expulsión-retención) y al valor simbólico de las heces. En ella se ve afirmarse el sadomasoquismo en relación con el desarrollo del dominio muscular.
Freud comenzó destacando los rasgos de un erotismo anal en el adulto y describiendo su funcionamiento en el niño en la defecación y la retención de las materias fecales.
A partir del erotismo anal surgirá la idea de una organización pregenital de la libido. En el artículo Carácter y erotismo anal (Charakter und Analerotik, 1908), Freud relaciona ya ciertos rasgos de carácter que persisten en el adulto (la tríada: orden, avaricia, obstinación) con el erotismo anal del niño.
En La predisposición a la neurosis obsesiva (Die Disposition zur Zwangsneurose, 1913), aparece por vez primera el concepto de una organización pregenital en la que predominan las pulsiones sádica y erótico-anal; al igual que en la fase genital, existe una relación con el objeto exterior. «Consideramos necesario intercalar otra fase antes de la forma final -fase en la que las pulsiones parciales ya se han reunido para la elección de objeto y éste ya es opuesto y ajeno a la propia persona, pero en la cual todavía no se ha establecido la primacía de las zonas genitales».
En las reformas ulteriores de los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1915, 1924), la fase anal aparece como una de las organizaciones pregenitales, situadas entre las organizaciones oral y fálica. Es la primera fase en la que se constituye una polaridad actividad-pasividad: Freud hace coincidir la actividad con el sadismo, y la pasividad con el erotismo anal, y atribuye a cada una de las pulsiones parciales correspondientes una fuente distinta:. musculatura para la pulsión de dominio (Bemächtigungstrieb), y mucosa anal.
En 1924, K. Abraham propuso diferenciar dos fases dentro de la fase anal-sádica, distinguiendo en cada uno de los componentes dos tipos opuestos de comportamiento en relación con el objeto. En la primera, el erotismo anal va ligado a la evacuación, y la pulsión sádica a la destrucción del objeto; en la segunda fase, el erotismo anal va ligado a la retención, y la pulsión sádica al control posesivo. Para Abraham, el paso de una fase a la otra constituye un progreso decisivo hacia el amor de objeto, como indicaría el hecho de que la línea de escisión entre las regresiones neuróticas y las psicóticas pasa entre estas dos fases.
¿Cómo concebir la ligazón entre el sadismo y el erotismo anal? El sadismo, por su naturaleza bipolar (puesto que apunta contradictoriamente a destruir el objeto y a conservarlo dominándolo), encontraría su principal correspondencia en el funcionamiento bifásico del esfínter anal (evacuación-retención) y el control de éste.
En la fase anal, se unen a la actividad de la defecación los valores simbólicos del don y del rechazo; dentro de esta perspectiva, Freud puso en evidencia la equivalencia simbólica: heces = regalo = dinero.
Fase del espejo
Al.: Spiegelstufe.
Fr.: stade du miroir.
Ing.: mirror's stage.
It.: stadio dello specchio.
Por.: fase do spelho.
Según J. Lacan, fase de la constitución del ser humano, situada entre los 6 y 18 primeros meses; el niño, todavía en un estado de impotencia e incoordinación motriz, anticipa imaginariamente la aprehensión y dominio de su unidad corporal. Esta unificación imaginaria se efectúa por identificación con la imagen del semejante como forma total; se ilustra y se actualiza por la experiencia concreta en que el niño percibe su propia imagen en un espejo.
La fase del espejo constituiría la matriz y el esbozo de lo que será el yo.
La concepción de la fase del espejo constituye una de las aportaciones más antiguas de J. Lacan, quien la presentó en 1936 al Congreso Internacional de Psicoanálisis celebrado en Marienbad.
Esta concepción reúne y se basa en cierto número de datos experimentales:
1) Datos proporcionados por la psicología infantil y la psicología comparada, referentes al comportamiento del niño ante su imagen reflejada en el espejo. Lacan insiste en «[...] la asunción triunfal de la imagen, con la mímica gozosa que la acompaña y la complacencia lúdica en el control de la identificación especular».
2) Datos proporcionados por la etología animal y que muestran algunos efectos de maduración y de estructuración biológica producidos exclusivamente por la percepción visual del semejante.
La importancia de la fase del espejo en el ser humano debe relacionarse, según Lacan, con la prematuridad del nacimiento, demostrada objetivamente por el estado anatómicamente incompleto del sistema piramidal, y por la falta de coordinación motriz de los primeros meses.
1.° Desde el punto de vista de la estructura del sujeto, la fase del espejo señalaría un momento genético fundamental: la constitución del primer esbozo del yo. En efecto, el niño percibe, en la imagen del semejante o en su propia imagen especular, una forma (Gestalt) en la cual anticipa (de ahí su «gozo») una unidad corporal que objetivamente le falta: se identifica con esta imagen. Esta experiencia primordial se encuentra en la base del carácter imaginario del yo, constituido en principio como «yo ideal» y «matriz de las identificaciones secundarias». Como puede apreciarse, desde este punto de vista, el sujeto no puede reducirse al yo, instancia imaginaria en la cual tiende a alienarse.
2.° Según Lacan, la relación intersubjetiva, en cuanto viene marcada por los efectos de la fase del espejo, constituye una relación imaginaria, dual, consagrada a la tensión agresiva, donde el yo está constituido como un otro, y el otro como un alter ego (véase: Imaginario).
3.° Tal concepción podría relacionarse con los puntos de vista freudianos acerca del paso del autoerotismo (anterior a la constitución de un yo) al narcisismo propiamente dicho, correspondiendo lo que Lacan denomina fantasías de «cuerpo fragmentado» a la primera etapa, y la fase del espejo a la aparición del narcisismo primario. Pero con un matiz importante: para Lacan, sería la fase del espejo la que haría surgir retroactivamente la fantasía del cuerpo fragmentado. Tal relación dialéctica se observa en la cura psicoanalítica: en ocasiones se ve aparecer la angustia de la fragmentación por pérdida de la identificación narcisista, y a la inversa.
Fase fálica
Al.: phallische Stufe (o Phase).
Fr.: stade phallique.
Ing.: phallic stage (o phase).
It.: fase fallica.
Por.: fase fálica.
Fase de organización infantil de la libido que sigue a las fases oral y anal y se caracteriza por una unificación de las pulsiones parciales bajo la primacía de los órganos genitales; pero, a diferencia de la organización genital puberal, el niño o la niña no reconocen en esta fase más que un solo órgano genital, el masculino, y la oposición de los sexos equivale a la oposición fálico-castrado. La fase fálica corresponde al momento culminante y a la declinación del complejo de Edipo; en ella predomina el complejo de castración.
El concepto de fase fálica surge tardíamente en Freud, puesto que no aparece de modo explícito hasta 1923 (La organización genital infantil [Die infantile Genitalorganisation]). Viene preparado por la evolución de las ideas de Freud referentes a los modos sucesivos de organización de la libido y por sus puntos de vista acerca de la primacía del falo: dos líneas de pensamiento que distinguiremos para mayor claridad de nuestra exposición.
1.° Acerca del primer punto, recordemos que Freud, en un principio (1905), consideró la falta de organización de la sexualidad infantil como el rasgo que la diferenciaba de la sexualidad postpuberal: el niño no sale de la anarquía de las pulsiones parciales hasta que, con la llegada de la pubertad, queda asegurada la primacía de la zona genital. La introducción de las organizaciones pregenitales anal y oral (1913, 1915) pone implícitamente en tela de juicio el privilegio, hasta entonces concedido a la zona genital, de organizar la libido; pero no se trata todavía más que de «rudimentos y fases precursoras» de una organización en el pleno sentido de esta palabra. «La combinación de las pulsiones parciales y su subordinación bajo la primacía de los órganos genitales no se realiza o sólo tiene lugar de forma muy incompleta». Cuando Freud introduce el concepto de fase fálica, reconoce la existencia, desde la infancia, de una verdadera organización de la sexualidad, muy parecida a la del adulto, «[...] la cual merece ya el nombre de genital, en la que encontramos un objeto sexual y una cierta convergencia de las tendencias sexuales sobre este objeto, pero que se diferencia en un aspecto esencial de la organización definitiva que se produce con la maduración sexual: en efecto, no conoce más que una sola clase de órgano genital, el órgano masculino».
2.° Esta idea de una primacía del falo se insinúa ya en textos muy anteriores a 1923. A partir de los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905) encontramos dos tesis:
a) La libido es «de naturaleza masculina, tanto en la mujer como en el hombre»;
b) «La zona erógena directriz en la niña se localiza en el clítoris, que es el órgano homólogo de la zona genital masculina (glande)».
El análisis del Pequeño Hans, en el cual se establece el concepto de complejo de castración, sitúa en primer plano para el niño la alternativa: poseer un falo o estar castrado. Finalmente, el artículo sobre las Teorías sexuales infantiles (über infantile Sexualtheorien), si bien considera, al igual que los Tres ensayos, la sexualidad desde el punto de vista del niño varón, subraya el interés particular que la niña concede al pene, su envidia de éste y su sentimiento de haber sido perjudicada en comparación con el niño.
Lo más importante acerca de la concepción freudiana de la fase fálica se encuentra en tres artículos: La organización genital infantil (Die infantile Genitalorganisation, 1923); La declinación del complejo de Edipo (Der Untergangs des Ödipuskomplexes, 1924); Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos (Einige psychische Folgen des anatomischen Geschlechtsunterschieds, 1925). Esquemáticamente, la fase fálica, según Freud, puede definirse del siguiente modo:
l.° Desde el punto de vista genético, el «par antitético» actividad-pasividad, que predomina en la fase anal, se transforma en el par fálico-castrado; sólo en la pubertad se establece la oposición masculinidad-feminidad.
2.° En relación con el complejo de Edipo, la existencia de una fase fálica desempeña un papel esencial: en efecto, la declinación del Edipo (en el caso del niño) viene condicionada por la amenaza de castración, cuya eficacia depende, por una parte, del interés narcisista que el niño siente por su propio pene, y, por otra, del descubrimiento de la falta de pene en la niña (véase: Complejo de castración).
3.° Existe. una organización fálica en la niña. La constatación de la diferencia de los sexos suscita una envidia del pene; ésta implica, desde el punto de vista de la relación con los padres, un resentimiento hacia la madre, que no ha dado pene a la niña, y la elección del padre como objeto de amor, en la medida en que él puede dar el pene o su equivalente simbólico, el niño. Así, pues, la evolución de la niña no es simétrica de la del niño (según Freud, la niña ignora la existencia de la vagina); la evolución de ambos se centra igualmente en el órgano fálico.
La significación de la fase fálica, especialmente en la niña, ha dado lugar a importantes discusiones en la historia del psicoanálisis. Los autores que admiten la existencia, en la niña, de sensaciones sexuales específicas desde un principio (como K. Horney, M. Klein, E. Jones), en especial un conocimiento intuitivo primario de la cavidad vaginal, se ven inducidos a considerar la fase fálica sólo como una formación secundaria de tipo defensivo.
Fase libidinosa
Al.: Libidostufe (o -phase).
Fr.: stade libidinal.
Ing.: libidinal stage (o phase).
It.: fase libidica.
Por.: fase libidinal.
Etapa del desarrollo del niño caracterizada por una organización, más o menos marcada, de la libido bajo la primacía de una zona erógena y por el predominio de un modo de relación de objeto. En psicoanálisis se ha dado una mayor extensión a la noción de fase, al intentar definir las fases de la evolución del yo.
Cuando se habla de fase en psicoanálisis, se alude generalmente a las fases de la evolución libidinosa. Pero se observará que, ya antes de que comenzara a destacarse el concepto de organización de la libido, se manifestó la preocupación de Freud por diferenciar «edades de la vida», «épocas», «períodos del desarrollo»; ello corre parejas con el descubrimiento de que las distintas afecciones psiconeuróticas tienen su origen en la infancia. Así, alrededor de los años 1896-1897, Freud, en su correspondencia con W. Fliess, de quien es sabido que elaboró una teoría de los períodos, intenta establecer una sucesión de épocas, en la infancia y la pubertad, cuyas fechas pueden fijarse con mayor o menor precisión; este intento se halla en íntima relación con el concepto de posterioridad y con la teoría de la seducción, que fue entonces elaborada por Freud. En efecto, algunas de las épocas consideradas («época del acontecimiento», Ereigniszeiten) son aquellas en las que se producen las «escenas sexuales», mientras que otras son «épocas de represión» (Verdrängungszeiten). Freud relaciona la «elección de la neurosis» con esta sucesión: «Las diferentes neurosis hallan sus condiciones temporales en las escenas sexuales [...]. Las épocas de represión son indiferentes para la elección de la neurosis, las épocas del acontecimiento son decisivas». Por último, el paso de una época a otra es puesto en relación con la diferenciación del aparato psíquico en sistemas de «inscripciones», y el paso de una época a otra y de un sistema a otro se compara a una «traducción» que puede efectuarse con mayor o menor éxito.
Pronto surge la idea de relacionar la sucesión de estos diversos períodos con el predominio y el abandono de «zonas sexuales» o «zonas erógenas» determinadas (región anal, región buco-faríngea y, en la niña, región clitorídea); Freud lleva bastante lejos esta tentativa teórica, como lo demuestra la carta del 14-XI-1897: el proceso de la represión llamado normal se pone en estrecha relación con el abandono de una zona por otra, la «declinación» de una determinada zona sexual.
Tales concepciones anticipan en muchos puntos lo que habría de ser, en su forma más completa, la teoría de las fases libidinosas. Pero resulta sorprendente comprobar que, después de la primera exposición efectuada por Freud de la evolución de la sexualidad, desaparecen para ser redescubiertas y precisadas ulteriormente. En la edición de 1905 de los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie), la principal oposición se sitúa entre la sexualidad puberal y adulta, por una parte, organizada bajo la primacía genital, y la sexualidad infantil, por otra, cuyas metas sexuales son múltiples, al igual que las zonas erógenas que les sirven de soporte, sin que se instaure en modo alguno la primacía de una de ellas o una elección de objeto. Sin duda, Freud acentúa especialmente esta oposición, debido al carácter didáctico que ofrece la obra en cuestión y también por la originalidad de la tesis que defiende: el carácter originalmente perverso y polimorfo de la sexualidad (véase: Sexualidad; Autoerotismo).
Progresivamente, entre 1913 y 1923, esta tesis es modificada por la introducción del concepto de fases pregenitales que preceden a la instauración de la fase genital: fase oral, anal, fálica.
Lo que caracteriza estas fases es un determinado modo de organización de la vida sexual. El concepto de la primacía de una zona erógena no es suficiente para explicar lo que hay de estructurante y de normativo en el concepto de fase: ésta tiene su fundamento en un tipo de actividad, ligada ciertamente a una zona erógena, pero que puede reconocerse a diferentes niveles de la relación de objeto. Así, la incorporación, característica de la fase oral, sería un esquema que se encontraría también en muchos fantasmas subyacentes a actividades distintas de la nutrición (por ejemplo, «comer con los ojos»).
Si el concepto de fase ha encontrado, en psicoanálisis, su modelo en el registro de la evolución de la actividad libidinal, se observará que se han bosquejado también otras varias líneas evolutivas:
1.ª Freud indicó una sucesión temporal en cuanto al acceso al objeto libidinal, pasando el sujeto sucesivamente por el autoerotismo, el narcisismo, la elección homosexual y la elección heterosexual;
2.ª otra dirección conduce a reconocer distintas etapas en la evolución que desemboca en un predominio del principio de realidad sobre el principio de placer. Un ensayo sistemático en este sentido lo efectuó Ferenczi;
3.ª algunos autores estiman que sólo la formación del yo puede explicar el paso del principio de placer al principio de realidad. El yo « [...] entra en el proceso como una variable independiente». El desarrollo del yo es el que permite la diferenciación entre sí mismo y el mundo exterior, el aplazamiento de la satisfacción, el control relativo sobre los estímulos pulsionales, etc.
Freud, aunque indicó el interés que tendría determinar con precisión la evolución y las fases del yo, no trabajó en esta dirección. Por lo demás, señalemos que, cuando evoca el problema, por ejemplo, en La predisposición a la neurosis obsesiva (Die Disposition zur Zwangsneurose, 1913), el concepto de yo todavía no ha sido delimitado en el sentido tópico preciso que adquirirá en El yo y el ello (Das Ich und das Es, 1923). Freud supone que es preciso introducir « en la predisposición a la neurosis obsesiva un matiz temporal en el desarrollo del yo con respecto al desarrollo de la libido»; pero indica que «[...] hasta ahora es muy poco lo que sabemos acerca de las fases del desarrollo de las pulsiones del yo».
Asimismo se observará que Anna Freud, en El Yo y los mecanismos de defensa (Das Ich und die Abwehrmechanismen, 1936), renuncia a establecer una sucesión temporal en la aparición de los mecanismos de defensa del yo.
¿Qué visión de conjunto se puede lograr acerca de estas distintas líneas de pensamiento? La tentativa más comprensiva de establecer una correspondencia entre estos diversos tipos de fases fue la de Abraham (Ensayo de historia del desarrollo de la libido basada en el psicoanálisis de los trastornos psíquicos [Versuch einer Entwick1unggeschichte der Libido auf Grund der Psychoanalyse seelischer Störungen, 1924]); Robert Fliess completó el cuadro propuesto por Abraham.
Conviene subrayar que Freud no se ocupó de elaborar una teoría holística de las fases que agrupara, no sólo la evolución de la libido, sino también la de las defensas, del yo, etc.; una teoría de este tipo, presidida por el concepto de relación de objeto, termina por englobar, dentro de una sola línea genética, la evolución del conjunto de la personalidad. A nuestro modo de ver, no se trata aquí simplemente de que el pensamiento de Freud quedara incompleto, sino que para él, de hecho, el desfasaje y la posibilidad de una dialéctica entre estas distintas líneas evolutivas son fundamentales en el determinismo de la neurosis.
En este sentido, incluso aunque la teoría freudiana sea una de las que, en la historia de la psicología, más ha contribuido a promover el concepto de fase, al parecer no utiliza, en su inspiración fundamental, esta palabra en el sentido que le atribuye la psicología genética, al postular, en cada nivel de evolución, una estructura de conjunto de carácter integrativo.
Fase oral
Al.: orale Stufe (o Phase).
Fr.: stade oral.
Ing.: oral Stage.
It.: fase orale.
Por.: fase oral.
Primera fase de la evolución libidinosa: el placer sexual está ligado entonces predominantemente a la excitación de la cavidad bucal y de los labios, que acompaña a la alimentación. La actividad de nutrición proporciona las significaciones electivas mediante las cuales se expresa y se organiza la relación de objeto; así, por ejemplo, la relación de amor con la madre se hallará marcada por las significaciones: comer, ser comido.
Abraham propuso subdividir esta fase atendiendo a dos actividades distintas: succión (fase oral precoz) y mordedura (fase oral sádica).
En la primera edición de los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905), describe Freud una sexualidad oral que pone en evidencia en el adulto (actividades perversas o preliminares) y que encuentra también en el niño basándose en las observaciones del pediatra Lindner (significación masturbatoria de la succión del pulgar). No obstante, no habla de fase, de organización oral, como tampoco habla de organización anal.
Con todo, la actividad del chupeteo adquiere, desde esta época, el valor de ejemplo, permitiendo a Freud mostrar cómo la pulsión sexual, que al principio se satisface en apoyo sobre una función vital, adquiere una autonomía y se satisface en forma autoerótica. Por otra parte, la experiencia de satisfacción, que proporciona el prototipo de la fijación del deseo a un determinado objeto, es una experiencia oral; por consiguiente, se puede establecer la hipótesis de que el deseo y la satisfacción quedan marcados para siempre por esta primera experiencia.
En 1915, después de haber reconocido la existencia de la organización anal, Freud describe como primera fase de la sexualidad la fase oral o canibalística. La fuente es la zona oral; el objeto se encuentra en estrecha relación con el de la alimentación, el fin es la incorporación. Así, pues, el acento no se hace recaer solamente en una zona erógena (una excitación y un placer específicos), sino también en un modo de relación, la incorporación; el psicoanálisis muestra que ésta, en los fantasmas infantiles, no solamente es relacionada con la actividad bucal, sino que se transpone también a otras funciones (por ejemplo, respiración, visión).
Según Freud, la oposición entre actividad y pasividad, que caracteriza la fase anal, no existe en la fase oral. Karl Abraham intentó diferenciar los tipos de relación que intervienen en el período oral, lo que le condujo a distinguir una fase precoz de succión preambivalente (que parece la más próxima a lo que Freud describió en un principio como fase oral) y una fase oral-sádica que corresponde a la aparición de los dientes, en la cual la actividad de mordedura y devoramiento implica una destrucción del objeto; en ella se encuentra conjuntamente el fantasma de ser comido, destruido por la madre.
El interés concedido a las relaciones de objeto condujo a algunos psicoanalistas (especialmente Melanie Klein, Bertram Lewin) a describir en forma más compleja las significaciones connotadas en el concepto de fase oral.
Fase oral - sádica
Al.: oral-sadistische Stufe (o Phase).
Fr.: stade sadique-oral.
Ing: oral-sadistic stage.
It.: fase sadico-orale.
Por.: fase oral-sádica.
Segundo tiempo de la fase oral, según una subdivisión introducida por K. Abraham; coincide con la aparición de los dientes y de la actividad de mordedura. Aquí la incorporación adquiere el sentido de una destrucción del objeto, lo que implica que la ambivalencia entra en juego en la relación de objeto.
En Ensayo de una historia de desarrollo de la libido basada en el psicoanálisis de los trastornos psíquicos (Versuch einer Entwicklungsgeschichte der Libido auf Grund der Psychoanalyse seelischer Störungen, 1924), K. Abraham distingue, dentro de la fase oral, una fase precoz de succión, «preambivalente», y una fase oral-sádica que corresponde a la aparición de los dientes; la actividad de mordedura y devoramiento implica una destrucción del objeto y aparece la ambivalencia pulsional (libido y agresividad dirigidas sobre un mismo objeto).
Con Melanie Klein se atribuye una importancia creciente al sadismo oral. En efecto, para esta autora la fase oral constituye el momento culminante del sadismo infantil. Pero, a diferencia de Abraham, hace intervenir desde un principio las tendencias sádicas: «[...] la agresividad forma parte de la relación precoz del niño con el pecho, aunque en esta fase no se exprese habitualmente por la mordedura». «El deseo libidinoso de mamar se acompaña de la meta destructiva de aspirar, de vaciar, de agotar succionando». Aunque M. Klein discute la distinción de Abraham entre una fase oral de succión y una fase oral de mordedura, el conjunto de la fase oral es para la autora una fase oral-sádica.
Fase u organización genital
Al.: genitale Stufe (o Genitalorganisation).
Fr.: stade (u organisation) génital(e).
Ing.: genital stage (u organization).
It.: fase (u organizzazione) genitale.
Por.: fase (u organização) genital.
Fase del desarrollo psicosexual caracterizada por la organización de las pulsiones parciales bajo la primacía de las zonas genitales; comporta dos tiempos, separados por el período de latencia: la fase fálica (u organización genital infantil) y la organización genital propiamente dicha, que se instaura en la pubertad.
Algunos autores reservan el término «organización genital» para designar este último tiempo, incluyendo la fase fálica en las organizaciones pregenitales.
Según atestigua la primera edición de los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905), para Freud no existía al principio más que una sola organización de la sexualidad, la organización genital, que se instauraba en la pubertad y se oponía a la «perversidad polimorfa» y al autoerotismo de la sexualidad infantil. Luego, Freud modifica progresivamente esta primera concepción:
1) describe organizaciones pregenitales (1913, 1915: véase: Organización);
2) en un capítulo añadido a los Tres ensayos, Fase de desarrollo de la organización sexual, establece la idea de que, desde la infancia, tiene lugar una elección de objeto sexual: «[...] todas las tendencias sexuales convergen hacia una sola persona y buscan en ésta su satisfacción. Se realiza así, durante los años infantiles, la forma de sexualidad que más se aproxima a la forma definitiva de la vida sexual. La diferencia [...] se reduce a que, en el niño, todavía no se ha realizado la síntesis de las pulsiones parciales, ni su sumisión completa a la primacía de la zona genital. Sólo la última fase del desarrollo sexual traerá consigo la afirmación de esta primacía».
3) Vuelve a poner en tela de juicio la teoría enunciada en esta última frase al reconocer la existencia de una «organización genital» llamada fálica, antes del período de latencia, que sólo se diferenciaría de la organización genital postpuberal en que un solo órgano genital es el que cuenta para ambos sexos: el falo (1923) (véase: Fase fálica).
Como puede verse, la evolución de las ideas de Freud acerca del desarrollo psicosexual le condujo a aproximar cada vez más la sexualidad infantil a la sexualidad adulta. No desaparece, sin embargo, la primera idea, según la cual con la organización genital puberal las pulsiones parciales se unifican y jerarquizan definitivamente, y el placer inherente a las zonas erógenas no genitales se vuelve «preliminar» al orgasmo, etc.
Freud también señaló insistentemente que la organización genital infantil se caracteriza por una discrepancia entre las exigencias edípicas y el grado de desarrollo biológico.
Favez - Boutonier Juliette
Nacida Boutonier (1903-1994)
Psicoanalista francesa
Proveniente de una familia de maestros del Mediodía de Francia, Juliette Boutonier fue aprobada para el profesorado universitario de filosofía a los 22 años de edad, y estudió medicina en Dijon, donde conoció a Gaston Bachelard (1884-1962). Interesada en el psicoanálisis, le escribió una carta a Sigmund Freud, quien le respondió el 11 de abril de 1930. En 1935, nombrada en París para enseñar filosofía, conoció a Daniel Lagache e inició un análisis con René Laforgue. Frecuentó el Hospital Sainte-Anne y el servicio de Georges Heuyer (1884-1977). Después de la Segunda Guerra Mundial, creó, junto con Georges Mauco, el centro psicopedagógico del liceo Claude-Bernard. Casada en 1952 con Georges Favez (1902-198 l), también psicoanalista, desempeñó un papel en la historia de las escisiones del movimiento francés, fundando con Lagache, en 1935, la Société française de psychanalyse (SFP) y después, una vez más con Lagache, en 1953, la Association psychanalytique de France (APF). En la universidad, y sobre todo en la cátedra de psicología general, donde lo sucedió en 1955, Juliette Favez-Boutonier encarnó muy bien el ideal de esa psicología clínica universitaria, heredada de Pierre Janet, que fue una de las corrientes del freudismo francés.
|