Fechner Gustav Theodor
(1801-1887) Médico y filósofo alemán
Fundador de la psicofísica, y después de la psicología experimental, este hijo de pastor fue uno de los representantes tardíos de la tradición del romanticismo alemán. Personaje fáustico, tuvo la experiencia personal de su objeto de estudio, atravesando una especie de crisis mística a la que Henri F. Ellenberger denominó de neurosis creadora. Su obra ejerció una influencia importante sobre la de Freud: "Yo he estado siempre abierto a las ideas de G. Th. Fechner -escribió el padre del psicoanálisis en 1925-, y por otra parte me he basado sobre este pensador en puntos importantes".
Después de estudiar medicina y biología, Fechrier fue designado en 1834 profesor de física en la Universidad de Leipzig. Durante los tres años siguientes cayó en un estado melancólico por el que tuvo que renunciar a la cátedra y vivir casi sin comer en una habitación sombría con las paredes pintadas de negro. A continuación de este episodio experimentó un breve período de exaltación. Se creyó elegido de Dios, y estaba persuadido de haber descubierto un principio universal tan fundamental para el universo como el de lsaac Newton (1642-1727). En 1848, le dio el nombre de principio de placer.
Después de su curación, cambió su cátedra universitaria de física por la de filosofía, y publicó numerosas obras en las que sostuvo que la tierra es un ser vivo, que la conciencia está difundida en el universo, y que el alma es inmortal. En 1860 publicó sus Elementos de psicofísica para dar un fundamento experimental a sus trabajos sobre las relaciones entre el alma y la materia. En 1873 teorizó el principio de conservación (o estabilidad) de la energía, formulado en 1842 por el físico Robert Meyer, y retomado en 1845 por Hermann von Helmholtz. De este principio, completamente abandonado por la ciencia moderna, Freud extrajo en 1920 el principio de placer/dispiacer, en las primeras páginas de su libro Más allá del principio de placer.
En 1924, Imre Hermann dedicó un estudio a Fechner, pero hubo que esperar los trabajos de la historiografía experta para que se acordara un lugar a sus obras en la génesis del descubrimiento freudiano del inconsciente.
Federación psicoanalítica de América Latina
(FEPAL)
La primera federación psicoanalítica latinoamericana fue creada en 1960, con el nombre de Consejo Coordinador de las Organizaciones Psicoanalíticas de América Latina (COPAL); su objetivo era defender los intereses comunes de todas las sociedades psicoanalíticas de América latina afiladas a la International Psychoanalytical Association (IPA). Fue disuelta en 1979, y reemplazada en noviembre de 1980 por una nueva organización que tomó el nombre de Federación Psicoanalítica de América Latina (FEPAL). Reconocida por la IPA, a fines del siglo XX se ha convertido en la tercera potencia freudiana del mundo, después de la American Psychoanalytic Association (APsaA) y la Fédération européenne de psychanalyse (FEP); en ella están representadas dieciocho sociedades componentes o provisionales, y seis grupos de estudio, abarcando en total ocho países: la Argentina (cuatro sociedades, un grupo de estudio), Brasil (seis sociedades, tres grupos de estudios), Chile, Colombia, México (dos sociedades), Perú, Uruguay, Venezuela (dos sociedades). La Federación agrupa a algo más de tres mil psicoanalistas en total, es decir, un tercio de la cifra global de la IPA, para una población de trescientos ochenta millones de habitantes: ocho psicoanalistas por millón de habitantes, con diferencias considerables entre país y país; la Argentina y Brasil tienen la densidad más alta, a mucha distancia de los otros.
Fédération Européenne de psichanalyse
(FEP) (Federación Europea de Psicoanálisis)
Creada en 1966 con el nombre de Fédération des sociétés européennes de psychanalyse, para contrapesar a la poderosa American Psychoanalytic Association (APsaA) y a la COPAL (futura Federación Psicoanalítica de América Latina, FEPAL), la Fédération européenne de psychanalyse (FEP) sólo inició verdaderamente su actividad en 1969. Reconocida por la International Psychoanalytical Association (IPA), tomó la costumbre de realizar congresos en tres idiomas (alemán, inglés, francés).
A partir de la década de 1990, quedaron representados en la FEP dieciocho países, a través de dieciocho sociedades componentes o provisionales, dieciséis institutos y tres grupos de estudio: Alemania (doce institutos), Austria (Viena), Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega (países escandinavos), España (dos sociedades), Francia (un instituto, dos sociedades), Gran Bretaña, Grecia (un grupo de estudio), la República Checa (un grupo de estudio), Hungría, Italia (tres institutos, ocho ramas para siete ciudades), Portugal, Holanda, Serbia, Suiza. En 1992 se sumaron a estos países Irlanda y Rusia, y más tarde otros países de Europa deseosos de reconstruir el psicoanálisis después de salir del comunismo: Polonia, Rumania. Gracias a este aporte, la FEP pudo cobrar impulso en el momento mismo en que el psicoanálisis estaba en declinación en los distintos países de Europa.
A fines del siglo XX, agrupa a tres mil miembros de aproximadamente diecisiete países, es decir un poco menos de un tercio del efectivo global de la IPA, para una población de cuatrocientos millones de habitantes, o sea un promedio de siete u ocho psicoanalistas por millón de habitantes, con diferencias considerables entre país y país. En este sentido, ha pasado al tercer puesto mundial entre las instituciones freudianas legitimistas, despu6s de la American Psychoanalytic Association (APsaA) y la FEPAL.
En razón de la pérdida de influencia de Europa en el seno de la comunidad psicoanalítica internacional, dominada primero por el idioma inglés común a todas las sociedades de la IPA (desde los Estados Unidos hasta Japón y la India, pasando por Canadá y Australia), y después cada vez más enfeudada al mundo americano, debido a la pujanza creciente de las sociedades latinoamericanas, la FEP se dedica al trabajo científico y teórico, dejando a la IPA el cuidado de regular las cuestiones políticas.
Para tratar de reconquistar mediante la elaboración doctrinaria el poder perdido en el ámbito político, la FEP consagra lo esencial de sus fuerzas a reflexionar sobre el estatuto teórico del psicoanálisis y su modo de transmisión, en un momento en que éste sufre una considerable competencia de las diversas psicoterapias, incluso de las distintas prácticas mágicas y espiritualistas. El objeto de la FEP es tender un puente hacia los países de la Europa del Este, en los cuales, después de su salida del comunismo, no sólo prevalece el idioma inglés, sino también las corrientes provenientes del mundo de lengua inglesa: sobre todo el kleinismo y la Self Psychology.
En Europa, la FEP enfrenta a aproximadamente a seis mil lacanianos (tres mil en Francia) y dos mil freudianos no miembros de la IPA.
Federn Paul
(1871-1950) Psiquiatra y psicoanalista norteamericano
Quinto miembro adherente de la Sociedad Psicológica de los Miércoles, este brillante discípulo de las primeras horas del freudismo se comparaba de buena gana con el apóstol Pablo o con "un oficial subalterno del ejército psicoanalítico". Admiraba el orden y la disciplina de la cultura alemana y, en el primer grupo vienés, fue no sólo un clínico notable, sino también un formador de alumnos. Muchos, más jóvenes que él, pasaron por su diván para convertirse a su vez en didactas de las generaciones posteriores.
Nieto de rabino e hijo de un médico generalista muy reputado en Viena, Federn provenía de la burguesía judía liberal. Su madre, una mujer muy hermosa, pertenecía a una familia de comerciantes ricos.
Desde su juventud padeció un humor depresivo, lo que no le impidió ser un fogoso oficial de la caballería imperial, amar a las mujeres y tener éxitos con ellas. Su estatura imponente, su voz atronadora, sus ojos vivos y su gran barba negra le daban el aspecto de un califa de Las mil y una noches. Y como no vacilaba en pasearse por las calles de Viena con un gran sombrero, le pusieron el sobrenombre de Harún Al-Rachid.
Obedeciendo al padre, que obligó a sus dos hijos a orientarse hacia su misma carrera, Paul Federn estudió medicina, a pesar de que le gustaba la biología. En 1902 se instaló como médico internista en Viena y, dos años más tarde, se casó con Wilma Bauer, a quien conocía desde el momento en que la había atendido, en una edad precoz, por un reumatismo articular. Ella provenía de una familia protestante, cercana a la de Hermann Nothnagel, quien le presentó a Sigmund Freud. Como muchos judíos vieneses, Federn proyectaba convertirse, y educó a sus tres hijos en la religión de la madre.
Con Freud realizó una especie de análisis avant la lettre en cuyo transcurso logró controlar su humor melancólico. Las crisis depresivas fueron menos frecuentes, pero en caso de recaída pensaba suicidarse. En el seno de la Sociedad de los Miércoles, de la cual fue uno de los pilares, se consagró a la enseñanza, dando un seminario particularmente rico sobre La interpretación de los sueños. También se interesó por la telepatía, y en el seno de la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV) se desempeño como administrador y organizador. En 1914 viajó a los Estados Unidos para dar una serie de conferencias, y tuvo cierta importancia al tomar en análisis a Clarence Oberndorf y Smith Ely Jelliffe.
Médico militar durante la Primera Guerra Mundial, suscribía los ideales patrióticos del Imperio, y tenía una fe inconmovible en la victoria de Alemania. Después de la derrota, se afilió al Partido Socialdemócrata, y comenzó a interesarse, con August Aichhorn, Siegfried Bernfeld y Willi Hoffer, en la delincuencia juvenil, la educación sexual y la emancipación de las mujeres.
En el seno de la familia Federn, Wilma desempeñaba un papel eminente. Ernst, el hijo de Paul, que se convertiría en psicoanalista después de una cura con Hermann Nunberg, cuenta que Freud comparaba a la señora Federn con Mussolini y a Paul con el rey Víctor Manuel: "En esa época -añade-, nadie ignoraba que el rey era un fantoche bajo el gobierno del dictador. Eso le valió a mi madre que la bautizaran Mussolina, sobrenombre que ella aceptó con una cierta satisfacción."
Si bien Federn siguió fiel a la doctrina clásica, en el período de entreguerras, lo mismo que muchos freudianos de la segunda generación, se comprometió en la revisión de la teoría del yol- y en la reestructuración de la segunda tópica, trabajo que desembocó en la distinción entre el yo (ego) y el sí-mismo (self), primer paso hacia la Self Psychology. Lo afectó mucho el hecho de que no fuera verdaderamente reconocido por los representantes de la Ego Psychology, que no citaban sus trabajos. De hecho, él elaboró su concepción de las “fronteras del yo" a partir de una reflexión sobre el narcisismo y la clínica de las psicosis. Consideraba la psicosis, y sobre todo la esquizofrenia, como una disminución de las investiduras del yo, que llevaba al sujeto a no conocer ya sus fronteras, no saber ya distinguir sus percepciones o sus sentimientos. Desarrolló la idea, cara a la psiquiatría clásica, de que el delirio es la expresión de una "falsedad del juicio". Por otra parte, él mismo trató a pacientes psicóticos y se interesó por el progreso de la quimioterapia.
Este interés en la locura no carecía de relaciones con su situación personal. En efecto, su primer hijo, Walter, nacido en 1910, se convirtió muy pronto en un niño difícil. A pesar de sus brillantes estudios de egiptología, que le permitieron realizar una exitosa carrera universitaria, se hundió progresivamente en la esquizofrenia.
En 1938, Paul Federn emigró con su familia a los Estados Unidos. Después de repetir sus estudios de medicina y obtener un nuevo diploma, se integró a la New York Psychoanalytical Society (NYPS), cuyas reglas rígidas impugnó, al punto de que él, un freudiano ortodoxo, fue considerado "desviacionista". Unos meses antes de emigrar, su hijo Ernst había sido arrestado por la Gestapo en razón de sus actividades políticas, y después deportado al campo de Buchenwald, donde conoció a Bruno Bettelheim. Ernst y Paul sólo volvieron a encontrarse, del otro lado del Atlántico, en 1946. En esa fecha, afectado de un tumor maligno en la vejiga, Paul debió sufrir una primera intervención quirúrgica.
La recaída se produjo después de la muerte de Wilma. Él no quiso padecer una agonía atroz, y decidió poner fin a sus días según la más pura tradición antigua. El 3 de mayo de 1950 ordenó sus asuntos, dejó instrucciones estrictas a su amigo Edoardo Weiss, y retiró de su banco una pistola cuidadosamente guardada en un cofre. La cargó con dos balas. Durante todo el día recibió normalmente a sus analizantes, e incluso bromeó con su ama de llaves sobre las diferentes maneras de darse muerte. En mitad de la noche redactó una carta para su hijo Walter; le advertía que tuviera cuidado: quedaba una bala en el cargador; a las tres de la madrugada, sentado en su sillón de analista, le bastó un disparo. "Hasta su último aliento -subrayó Ernst-, se preocupó más por los otros que por él mismo.-
En 1968, Walter Federn se suicidó, dejándose morir de hambre.
Fenichel Otto
(1897-1946) Médico y psicoanalista norteamericano
Poco conocido fuera del movimiento psicoanalítico, y muy a menudo considerado un simple técnico de la cura, Otto Fenichel fue sin embargo un gran freudiano. A la vez disidente y antiautoritario, hostil a todos los dogmatismos y abierto a la cuestión social, se opuso siempre a la política conservadora de Ernest Jones, y criticó el biologismo reichiano, así como el culturalismo de los neofreudianos. En nombre de la defensa humanista del sujeto, luchó por los principios de un universalismo atemperado, respetuoso de las diferencias culturales. En consecuencia, negándose a olvidar su juventud socialista y su pasado vienés, le costaba asumir los ideales pragmáticos y normalizadores de la sociedad norteamericana, a la que no obstante se vio obligado a adaptarse.
Como lo ha subrayado el historiador Russel Jacoby, Otto Fenichel formó parte, con sus amigos y colegas -Annie Reich, Barbara Lantos (1894-1962), Edith Jacobson, Kate Friedlánder, Georg Geró (1901-1981), y algunos más-, de lo que se llama la izquierda freudiana. Nacidos un poco antes o después de principios de siglo, estos hombres y mujeres, lo mismo que Sandor Rado, Helene Deutsch, Ernst Kris, Rudolph Loewenstern, Marie Bonaparte, Melanie Klein y Karen Horney, pertenecfan a la segunda generción psicoanalítica mundial. De modo que los había marcado la Revolución de Octubre, el ascenso del nazismo, el exilio y la necesidad de integrarse a una nueva cultura. A veces encontraron en la International Psychoanalytical Association (IPA) una nueva patria freudiana, y fueron los artífices del legitimismo; otras veces, por el contrario, impugnaron el aparato freudiano, llegando a la escisión, el exilio interior, o incluso el cambio de profesión.
Nacido en Viena en una familia de la burguesía judía, Fenichel militó activamente durante su adolescencia en el movimiento de la juventud austríaca y en el de la juventud judía, apuntando a hacer converger la revolución política con la liberación sexual, En 1916, a partir de una investigación conjunta con sus compañeros de clase, redactó un artículo sobre esta cuestión, lo que le valió la expulsión del liceo.
En 1918 se orientó hacia el psicoanálisis al entrar en contacto con las tesis de Siegfried Bernfeld, y participó en los trabajos de la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV). Realizó entonces su primer análisis con Paul Federn, y después otro con Sandor Rado, al instalarse en Berlín en 1922. Sin dejar de ser fiel a la legitimidad freudiana en materia de formación didáctica, muy pronto tomó distancia respecto del formalismo burocrático de la IPA, y organizó un círculo de estudio independiente (denominado Seminario de Niños), en el cual alternaron, hasta 1933, las discusiones políticas y la enseñanza sobre las técnicas psicoanalíticas. En 1930, Wilhelm Reich y su mujer Annie se unieron al grupo, encontrando a los analistas berlineses más adelantados que los vieneses sobre las cuestiones sociales. Así nació el movimiento de los freudianos políticos, que llegó a su apogeo en 1932, cuando Fenichel fue designado vicepresidente de la Deutsche Psychoanalytische Gesellschaft (DPG).
A pesar de varios viajes a Rusia y de las simpatías pregonadas por el socialismo y el marxismo, Fenichel no adhirió al Partido Comunista Alemán, al que juzgaba demasiado sectario. En una primera etapa mantuvo con Reich un diálogo fecundo. Compartía su interpretación de la psicología de masas del fascismo, y su enfoque del análisis de las resistencias. Sin embargo, a partir de 1933, las relaciones entre estos hombres se volvieron difíciles. Intelectual sutil y cultivado, amante de las síntesis y los trabajos ordenados, Fenichel no apreciaba las violencias pulsionales de Reich, ni tampoco su tendencia a sentirse perseguido y su megalomanía dogmática. También desaprobaba su método terapéutico, su manera de fragmentar la "armadura" defensiva del paciente, y su teoría biológica de la sexualidad.
A partir del advenimiento del nazismo, este círculo se vio obligado a disolverse, y sus miembros debieron abandonar Alemania. Deseoso de conservar la unidad del grupo, Fenichel inventó entonces un sistema de comunicación clandestino, las Rundbriefe (cartas circulares), que les permitían a todos los miembros de la sociedad secreta mantenerse informados de sus respectivas actividades. Entre 1934 y 1945 se intercambiaron ciento diecinueve Rundbriefe sobre todos los temas posibles.
Exiliado en Oslo, Fenichel intentó sin éxito darle una cierta unidad al movimiento psicoanalítico de los países escandinavos. Se vio varias veces con Reich, que también había emigrado, pero terminó por votar su exclusión de la IPA en el Congreso de Lucerna, en 1934. En el plano político, la oposición entre los dos hombres se refería al mejor modo de luchar contra el nazismo para salvar al psicoanálisis y el marxismo: Reich preconizaba el combate a cara descubierta, y Fenichel la lucha clandestina. A pesar de sus divergencias, subsistían entre ellos vínculos de amistad.
Durante algún tiempo, en compañía de Edith Jacobson, Fenichel aceptó la política de Ernest Jones orientada a un supuesto "salvamento" del psicoanálisis en Alemania. Pero en 1935, cuando los judíos fueron excluidos de la DPG, lamentó haber adoptado esa posición, y dio un giro de ciento ochenta grados, mostrándose, como dice Jacoby, "escandalizado por la estupidez del establishment psicoanalítico, incapaz de comprender la realidad del nazismo". En este punto, Reich fue más lúcido al preconizar la disolución pura y simple de la DPG en 1933, y la lucha a muerte contra los nazis.
De paso por Viena en 1936, Fenichel fue bien recibido por los freudianos, ante los cuales pronunció una serie de conferencias sobre la técnica psicoanalítica. Evidentemente, rechazaba las tesis kleinianas y prefería las posiciones annafreudianas. No obstante, con respecto a los mecanismos de defensa no adoptó el mismo punto de vista que Anna Freud. Creó entonces la expresión "defensa de defensa", para designar el modo en que un sujeto se defiende dialécticamente de una defensa que en realidad sería una pulsión.
De nuevo exiliado, Fenichel residió durante algún tiempo en Praga, donde convirtió al pequeño grupo psicoanalítico checoslovaco en una rama de la IPA. Después, por invitación de su amigo Ernst Simmel, partió a los Estados Unidos y se instaló en Los Angeles, luego de haber pasado por Chicago y Topeka (Kansas), donde dio numerosas conferencias y se volvió a encontrar con la diáfora freudiana de la Europa central que, lo mismo que él, había huido del nazismo. Sobre todo volvió a ver a Bernfeld, instalado también él en la Costa Oeste, en San Francisco.
En el continente americano, Fenichel debió enfrentar una situación delicada para él y sus allegados. Partidario del análisis profano en un país donde la profesión se había medicalizado por completo, se vio obligado a obtener de nuevo su diploma de médico, no reconocido del otro lado del Atlántico-, por lo tanto, a los 47 años, tuvo que cumplir con el año obligatorio de internado y guardias nocturnas. Además, debió renunciar oficialmente a manifestar sus opiniones marxistas. En desacuerdo con las transformaciones que le infligían al freudismo clásico los partidarios de la escuela de Chicago o los neofreudianos, apareció como un "ortodoxo" de la vieja escuela vienesa y alemana, incapaz de reconvertirse. Agotado por el espectáculo de la eliminacion progresiva de los no-médicos en el seno de la Los Angeles Psychoanalytic Society (LAPS), fundada en 1946, y por la degradación del psicoanálisis, convertido en método psiquiátrico, murió prematuramente, a los 48 años, un año antes que su amigo Simmel. Sus obras se convirtieron después en una verdadera biblia para los técnicos norteamericanos de la cura freudiana.
Recordando a estos dos hombres, Max Horkheimer (1895-1973) les rindió el siguiente homenaje: "Estos pensadores se oponían a la mentalidad de empleado que intenta transformarlo todo en una «función» al servicio de la máquina. Resistieron entonces a la traición al psicoanálisis en su propio terreno, por técnicos apresurados".
Fenómeno funcional
Al.: funktionales Phänomen.
Fr.: phénoméne fonctionnel.
Ing.: functional phenomenon.
It.: fenomeno funzionale.
Por.: fenómeno funcional.
Fenómeno descubierto por Herbert Silberer (1909) en los estados hipnagógicos y en el sueño: se trata de la transposición en imágenes, no del contenido del pensamiento del sujeto, sino del modo de funcionamiento actual de dicho pensamiento.
Las ideas de Silberer sobre el tema del fenómeno funcional experimentaron una evolución. Este autor partió de la observación de los estados hipnagógicos, en los que ve una experiencia privilegiada que permite observar el nacimiento de los símbolos (o fenómeno «autosimbólico»). Distingue tres tipos de fenómenos: material, se simboliza el objeto del pensamiento, aquello a lo que apunta; funcional, lo que se representa es el funcionamiento actual del pensamiento, su rapidez o su lentitud, su éxito o su fracaso, etc.; somático, simbolización de las impresiones corporales.
Silberer piensa que esta distinción es válida para toda manifestación en la que se encuentren símbolos, especialmente para el sueño. Al atribuir al «fenómeno material» únicamente la simbolización de los objetos del pensamiento y de la representación, clasifica en definitiva en el fenómeno funcional todo lo que simboliza «el estado, la actividad, la estructura de la Psiquis». Los afectos, tendencias, intenciones, complejos, «partes del alma» (especialmente la censura) se traducen por símbolos, a menudo personificados. La «dramatización» del sueño resume este aspecto funcional. Como puede verse, Silberer generaliza al extremo la idea de una representación simbólica del estado hic et nunc de la conciencia imaginadora.
Por último, Silberer estima que, en el simbolismo, especialmente en el sueño, existe una tendencia a pasar de lo material a lo funcional, una tendencia a la generalización, en virtud de la cual se pasa «[...] de un tema particular cualquiera al conjunto de todos los temas similares por su afecto o, como también podría decirse, al tipo psíquico del acontecimiento vivido en cuestión». Así, un objeto alargado que, en un primer tiempo, simboliza un falo podrá terminar (tras una serie de etapas intermedias cada vez más abstractas) por significar el sentimiento de potencia en general. El fenómeno simbólico se hallaría, pues, espontáneamente orientado en una dirección que la interpretación anagógica vendrá a reforzar.
Freud reconoció en el fenómeno funcional «[...] una de las raras adiciones a la doctrina de los sueños cuyo valor es incontestable. Él [Silberer] ha demostrado la intervención de la autoobservación (en el sentido del delirio paranoico) en la formación del sueño». Freud quedó convencido por el carácter experimental del descubrimiento de Silberer, pero limitó el alcance del fenómeno funcional a los estados intermedios entre la vigilia y el sueño o, en éste, a «la autopercepción del sueño o del despertar» que en ocasiones puede producirse y que atribuye al censor del sueño, al superyó.
Critica la extensión adquirida por este concepto: «[...] se ha llegado a hablar de fenómeno funcional cada vez que aparecen en el contenido de los pensamientos latentes del sueño actividades intelectuales o procesos afectivos, aun cuando este material tiene el mismo derecho que cualquier otro resto diurno a penetrar en el sueño». Así, pues, aparte de casos excepcionales, lo funcional, a igual título que los estímulos corporales, se adscribe de nuevo a lo material; el camino seguido por Freud es inverso al de Silberer.
Para una crítica de la concepción ampliada de Silberer, resulta útil consultar el estudio de Jones La teoría del simbolismo (The Theory of Symbolism, 1916).
Ferenczi Sándor
Médico y psicoanalista húngaro
(MiskoIc 1873 - Budapest 1933).
Ligado desde 1906 a Freud, del que por otra parte será el discípulo favorito y uno de sus raros amigos, es, junto con E. dones y K. Abraham, uno de los que más contribuyeron al desarrollo del psicoanálisis fuera de Austria. El éxito de las ideas freudianas en Hungría le permite a Ferenczi abrir una clínica e inclusive, durante el breve gobierno de Bela Kun, enseñar el psicoanálisis en la universidad. Pero, a partir de 1923, las divergencias comienzan a aparecer entre Freud y Ferenczi, alimentadas por la complejidad de los lazos afectivos existentes entre ellos.
Es en el plano técnico donde Ferenczi desarrolló sus aportes más originales. A fin de evitar que una parte demasiado grande de la energía psíquica encuentre el camino de la satisfacción sustitutiva, lo que entorpecería la cura, preconizó una «técnica activa» que prohibía tales satisfacciones, pero también podía incitar a afrontar las situaciones patógenas. Ante las dificultades ligadas a esta técnica, que a menudo reforzaba las resistencias, la modificó totalmente, y empleó entonces algo semejante a una forma de relajación. Llegó por último a concebir una especie de análisis mutuo, destinado a impedir que los deseos inconcientes del analista estorbarán en la cura. En general, sus soluciones apenas se aplican actualmente, pero sus planteos dan testimonio de una aguda conciencia de su responsabilidad de terapeuta.
En el plano teórico, las búsquedas de Ferenczi se dirigen a la constitución de una nueva ciencia, el bioanálisis o psicoanálisis de los orígenes, que es una extensión de la teoría psicoanalítica al terreno de la biología. En Thalassa. Psicoanálisis de los orígenes de la vida sexual (1924), elabora la hipótesis, apoyada en las teorías evolucionistas de Lamarck y de E. Haecke1, de que la existencia intrauterina sería la repetición de las formas anteriores de la vida, que tienen su origen en el mar. El nacimiento sería la pérdida del estado originario, al que todos los seres vivientes aspiran a retornar.
También contribuyó en forma interesante a la teoría del simbolismo. Por otra parte, abrió la vía para un abordaje más atento de las relaciones primarias de la madre y el niño, que luego iba a ser desarrollado por Alice y Michael Balint.
Ferenczi Sandor
(1873-1933) Psiquiatra y psicoanalista húngaro
Nacido en Miskolc, Hungría, en una familia de judíos polacos emigrados, Sandor Ferenczi no fue sólo el discípulo preferido de Sigmund Freud, sino también el clínico más dotado de la historia del freudismo. Bajo su impulso, la escuela húngara de psicoanálisis, de la que fue el primer animador, dio origen a una prestigiosa filiación de artífices del movimiento, entre ellos Melanie Klein, Geza Roheim y Michael Balint. La obra escrita de Ferenczi está compuesta por numerosísimos artículos, redactados en un estilo inventivo y siempre en contacto con la realidad. Gran escritor de cartas, Ferenczi fue también el autor de un Diario clínico publicado en 1969. Un año antes de su muerte consignó allí varias historias de casos, numerosas innovaciones, y también las críticas que dirigía al dogmatismo psicoanalítico.
El padre de Ferenczi fue un simpático librero que se comprometió con fervor en la revolución de 1848, antes de convertirse en un editor militante, partidario de la causa del renacimiento húngaro. Consecuentemente, cambió su nombre de resonancia alemana (Baruch Fraenkel) por otro magiar (Bernat Ferenczi). Dio a su hijo preferido -el octavo entre los doce hermanos- una educación en la que prevalecían el culto a la libertad y un gusto pronunciado por la literatura y la filosofía.
El joven Ferenczi optó por la carrera médica y trabajó en el Hospital Saint-Roch, en el cual, cuarenta años antes, otro gran médico húngaro, Philippc Ignace Semmelweis (1818-1865), había tratado de hacer reconocer su descubrimiento del carácter infeccioso de la fiebre puerperal. Lo mismo que su ilustre predecesor, Ferenczi se mostró muy pronto adepto a la medicina social. Siempre dispuesto a ayudar a los oprimidos, a escuchar a las mujeres en dificultades y a aliviar a los excluidos y los marginales, asumió en 1906 la defensa de los homosexuales, en un texto valiente presentado a la Asociación Médica de Budapest. En él refutaba los prejuicios reaccionarios de la clase dominante, que tendían a señalar como responsables degenerados del desorden social a las personas que se denominaba "uranistas".
Ése era el hombre que, después de haber leído con entusiasmo La interpretación de los sueños, visitó a Freud en febrero de 1908, acompañado por su colega y amigo Fulop Stein (1867-1917). Este último lo había iniciado en el test de asociación verbal puesto a punto por Carl Gustav Jung. A partir de ese día Ferenczi intercambió con el maestro de Viena, durante un cuarto de siglo, mil doscientas cartas: un verdadero tesoro de invención teórica y clínica, sazonado con confidencias privadas. De una curiosidad insaciable, durante toda su vida Ferenczi se interesó por múltiples formas de pensamiento, desde las más sabias hasta las más irracionales. Freud lo llamaba de buena gana su “Paladín" o su "Gran Visir secreto". En cuanto a él, le gustaba presentarse en el ambiente analítico corno “un astrólogo de corte".
A partir del combate con el nihilismo terapéutico, Freud había elaborado una teoría de la neurosis y la psicosis que excedía considerablemente el marco de la clínica. Siempre consciente de su propio genio y de la importancia de su descubrimiento, sabía dominar sus afectos y mostrarse implacable con sus adversarios. Sobre todo, amaba la razón, la lógica, las construcciones doctrinarias. Más intuitivo, más sensual y más femenino, Ferenczi buscaba en el psicoanálisis el modo de aliviar el sufrimiento de sus pacientes. De modo que las grandes hipótesis generales lo atraían menos que las cuestiones técnicas. Era más inventivo que Freud en el análisis de las relaciones con el otro. En una carta de 1908 descubrió la existencia de la contratransferencia, al explicarle su tendencia a considerar los asuntos del enfermo como suyos propios. Dos años más tarde, Freud conceptualizó la noción para hacer de ella una apuesta esencial en la situación analítica. Es decir que el intercambio epistolar entre los dos hombres tenía la función de hacer surgir nuevas problemáticas que después servían para nutrir la doctrina común.
Como numerosos pioneros del freudismo, Ferenzci experimentó en sí mismo los efectos de sus descubrimientos. En 1904 se convirtió en compañero de Gizella Palos, ocho años mayor que él. Esta relación era tolerada por el marido de la mujer, que sin embargo se negaba a divorciarse. Gizella vivía con sus dos hijas: Magda, casada con el hermano menor de Sandor, y Elma, nacida en 1887. En 1908, Ferenczi no sólo se convirtió en analista de su amante, sino que, tres años más tarde, no vaciló en iniciar el tratamiento de Elma cuando ésta presentó síntomas depresivos.
Freud tuvo que prevenirlo contra los peligros de semejante práctica, pero Ferenczi no le prestó atención. Implicado en una especie de autoanálisis epistolar, trató entonces de desafiar a Freud, pidiéndole que lo reconociera como un padre reconoce al hijo, con la idea implícita de que él, Sandor, podía prescindir totalmente del maestro vienés. En noviembre de 1911, después de que el pretendiente de Elma se suicidara de un balazo, le anunció a Freud que se había enamorado de la joven. Le dijo que ya no experimentaba ningún deseo sexual por Gizella, demasiado vieja, y que quería convertirla en suegra, formando una familia con la hija. En realidad, quería conservar a las dos. Pronto anunció su intención de casarse con Elma.
Finalmente advirtió que estaba apresado en un enredo transferencial, y renunció a casarse con la joven, respecto de la cual estaba en posición de médico y analista. Pero, no pudiendo ya llevar correctamente la cura, obligó a Freud a tomar a Elma en análisis, y después se hizo analizar él mismo por el maestro, en tres oportunidades, entre 1914 y 1916. Freud actuó entonces como un padre autoritario, obligando a Ferenczi a casarse con Gizella y renunciar a Elma. De tal modo pensaba reforzar la tesis enunciada en Tótem y tabú en 1912, según la cual el deseo de incesto es inherente al hombre, y sólo puede alejarlo un interdicto formulado como ley.
Si bien Freud se comportó como los famosos "casamenteros" de las historias judías, Ferenczi tuvo la impresión de que ese análisis lo había despojado de sus pasiones y sus deseos. En una palabra, aceptó con pesar que Freud lo hubiera "normalizado": "...Le he dicho a Gizella que me he convertido en otro hombre, menos interesante y más normal. También le he confesado que algo en mí echa de menos al hombre de antes, un poco inestable, pero tan capaz de grandes entusiasmos (y, en verdad, a menudo inútilmente deprimido)."
Vemos entonces que, en las relaciones entre Freud y Ferenczi, entraron en juego todas las contradicciones de la cura psicoanalítica, que lleva a un sujeto a pasar desde el estado infantil a la edad adulta, desde la sinrazón a la razón, desde la omnipotencia ilusoria a la sabiduría, desde el goce al verdadero deseo, pero con el riesgo de que esta pérdida, lejos de ser benéfica y fuente de una nueva pasión, no constituya más que la expresión de la voluntad normalizadora del analista y, más allá de él, de la sociedad en la cual vive. Sea como fuere, el episodio de este enredo familiar y transferencial puede verse como la matriz de todas las reflexiones ulteriores sobre el estatuto incierto de la cura psicoanalítica, que oscila siempre entre un exceso de conformismo adaptativo (denunciado por Ferenczi y sus partidarios) y la ausencia de ley (contra lo cual reaccionarán los herederos ortodoxos de Freud).
Mientras continuaba su análisis con Freud, Ferenczi se consagró en cuerpo y alma a la "causa" freudiana. En 1909, junto con Jung, acompañó al maestro a los Estados Unidos. Un año más tarde, viajó con él a Italia: a Florencia, Roma, Palermo y Siracusa. Ese mismo año fundó la International Psychoanalytical Association (IPA). Finalmente, en 1912, creó la Sociedad Psicoanalítica de Budapest, teniendo a su alrededor a Sandor Rado, Istvan Hollos y Hugo Ignotus. A partir de 1919 se les unieron Geza Roheim, René Spitz, Irnre Hermann y Eugénie SokoInicka.
Miembro del Comité Secreto a partir de 1913, participó en todas las actividades de dirección del movimiento freudiano, formando con Otto Rank y Freud un polo "sudista" y austro-húngaro frente a las iniciativas más rígidas y burocráticas de los discípulos provenientes de la Europa del Norte: Karl Abraham, Ernest Jones, Max Eitingon. Durante ese período se desarrolló el gran debate sobre la telepatía, en torno al cual cristalizaron los conflictos entre Jones, partidario de un psicoanálisis racionalista empírico, y Ferenczi, mucho más abierto a experiencias que su adversario consideraba desviadas, irracionales o extravagantes.
La derrota de las potencias centrales anunció la insurrección húngara. En marzo de 1919, Bela Kun proclamó la República de los Consejos, mientras que en Budapest se creaba por primera vez en el mundo una cátedra de enseñanza de psicoanálisis en la universidad. Muy naturalmente, Ferenczi fue designado para el puesto. Pero cuatro años más tarde la Comuna fue reprimida de modo sangriento por las tropas del almirante Miklos Horthy. Hungría cayó entonces bajo el yugo de otra dictadura, y los brillantes re~ presentantes de la escuela húngara de psicoanálisis, joyas del movimiento, comenzaron a emigrar. Berlín se convirtió así en el centro neurálgico del freudismo: en esa época, en efecto, se creó el Berliner Psychoanalytisches Institut (BPI).
A partir de 1919, lo mismo que Rank, Ferenczi emprendió el camino de una reforma completa de la técnica psicoanalítica. Creó en primer lugar la técnica activa (que consiste en intervenir directamente en la cura mediante gestos de ternura y afecto) y después el análisis mutuo (en el curso del cual el analizante es invitado a "dirigir" la cura al mismo tiempo que el terapeuta), antes de restablecer la teoría del trauma, denunciando la hipocresía de la corporación analítica en un texto famoso de 1932, titulado "Confusión de lenguas entre el adulto y el niño". Con ese escrito, que provocó la oposición de Jones y Freud, reactivó todo el debate sobre la teoría de la seducción.
En 1926 realizó una gira de conferencias en los Estados Unidos, en cuyo transcurso algunos terapeutas, como Clara Thompson (1893-1958), la gran amiga de Harry Stack Sullivan, lo reconocieron pronto como un clínico genial.
En 1924 Ferenczi publicó Thalassa. Ensayo sobre la teoría de la genitalidad, obra cercana a la de Rank sobre el trauma de nacimiento. En ambos textos, en efecto, se perfila el abandono de la tesis de la primacía del padre, en favor de una investigación sobre los orígenes del vínculo arcaico del niño con la madre -tema abordado por Melanie Klein en la misma época-. A diferencia de los kleinianos, Ferenczi se ubicó en el terreno del evolucionismo darwiniano. Sostuvo que la vida intrauterina reproduce la existencia de los organismos primitivos que viven en el mar. Según él, el hombre tendría nostalgia del seno de la madre, pero también buscaría regresar al estado fetal en las profundidades marítimas. Este enfoque del psicoanálisis a través de la metáfora de la cripta y de las profundidades iba acompañado por innovaciones técnicas. Si la sesión analítica repite una secuencia de la historia individual y, por otra parte, la ontogénesis recapitula la filogénesis, la reflexión sobre la sesión en sí conduce naturalmente a preguntarse cuál es el estado traumático que la ontogénesis repite simbólicamente.
Cuestionado con dureza, en razón de sus tesis e innovaciones, por los representantes de la ortodoxia, Ferenczi no abandonaría el redil freudiano como Rank. Jones, sin embargo, lo iba a tratar de psicótico: Ferenczi siempre había creído firmemente en la telepatía. Después aparecieron los delirios sobre la presunta hostilidad de Freud. Hacia el final surgió una violenta paranoia, acompañada incluso de explosiones homicidas. Éste fue el fin trágico de una personalidad brillante..." En realidad, Ferenczi murió de una anemia perniciosa. Freud le rindió un vibrante homenaje, subrayando la enorme importancia que había tomado a sus ojos el deseo de curar: "De regreso de una temporada de trabajo en América, él [Ferenczi] pareció encerrarse cada vez más en un trabajo solitario [ ... ]. Nos dimos cuenta de que un único problema había monopolizado su interés. La necesidad de curar y ayudar se había vuelto en él extremadamente fuerte."
Es en Francia y en Suiza donde la obra de Ferenczi se aprecia particularmente, gracias a su traductora Judith Dupont, sobrina de Alice Balint (1898-1939) y a André Haynal, responsable en Ginebra de los archivos de Michael Balint.
Fetichismo
s. m. (fr.fétichisme; ingl.fetishism; al. Fetischismus). Organización particular del deseo sexual, o libido, tal que la satisfacción completa no se alcanza sin la presencia y el uso de un objeto determinado, el fetiche, que el psicoanálisis reconoce como sustituto del pene faltante de la madre, o como significante fálico.
Largamente descrito, en el siglo XIX, por autores como Havelock Ellis o Krafft-Ebing, el fetichismo es incluido por lo general en la esfera de la perversión. De hecho, el comportamiento del fetichista evoca fácilmente esta dimensión: el fetichista elige un objeto, un par de botines, por ejemplo, que se convierte en su único objeto sexual. Le da un valor totalmente excepcional y, como lo dice Freud, «no sin razón se compara este sustituto con el fetiche en que el salvaje ve su dios encarnado». Lo que en el nivel descriptivo parece particularmente representativo del registro perverso es la dimensión de condición absoluta que caracteriza, en numerosos casos, al objeto fetiche. Aunque pueda tener relaciones sexuales «normales», el fetichista no puede librarse a ellas, por ejemplo, o no puede extraer de ellas un goce, a menos que su compañía consienta en adoptar una vestimenta particular. El fin sexual no es aquí el acoplamiento; el deseo que ordinariamente se supone dirigido a un ser en su totalidad se encuentra claramente dependiente de una parte del cuerpo «sobrestimada» (fetichismo del pie, del cabello, etc.) o de un objeto material en relación más o menos estrecha con una parte del cuerpo (ropa interior, etc.). Agreguemos a esto que los rasgos fetichistas están a menudo presentes en las prácticas más comúnmente designadas como perversas (fetichización del látigo en el sadismo, etcétera).
Para el psicoanálisis, sin embargo, el fetichismo tiene una importancia más general, mucho más allá de la consideración de una entidad patológica particular. Debe así notarse que «Un cierto grado de fetichismo» se encuentra en «la vida sexual normal» (Freud, Tres ensayos de teoría sexual, 1905). Y allí Freud cita a Goethe: «Tráeme un chal que haya cubierto su seno, /Una liga de mi bienamada» (Goethe, Fausto, 1, 7).
Se convendrá por cierto en que el fetichismo caracteriza más especialmente a la libido masculina, puesto que los hombres, más o menos concientemente, van a menudo a la búsqueda de un rasgo distintivo que es el único en hacer deseable a su compañera. Pero sería poco pertinente oponer el fetichismo a las otras manifestaciones del deseo. Si el fetichista elige una categoría particular de objetos, no por ello está «fijado» a uno de ellos. Siempre capaz de desplazarse hacia otro, equivalente pero diferente, el fetichismo incluye esa parte de insatisfacción constitutiva de todo deseo.
La renegación de la castración. ¿Cómo dar cuenta del fetichismo y su importancia en la sexualidad humana? En Tres ensayos de teoría sexual, Freud toma de A. Binet la idea de la «influencia persistente de una impresión sexual experimentada casi siempre en el curso de la primera infancia». Pero reconoce que «en otros casos, es una asociación de pensamientos simbólicos, de los que el interesado a menudo no es conciente, la que ha conducido al remplazo del objeto por el fetiche». Y, en una nota de 1910, escribe, a propósito del fetichismo del pie, que este representa «el pene de la mujer, cuya ausencia impresiona fuertemente».
Debemos partir aquí, en efecto, de la cuestión de la castración o, más precisamente, del «terror de la castración» activado por la percepción de la ausencia de pene en la mujer, en la madre. Si la mujer está castrada, pesa sobre el varón una amenaza de castración concerniente a la posesión de su propio pene. Por lo tanto, para prevenirse de esta amenaza reniega de la ausencia de pene en la madre (véase renegación), no siendo el fetiche otra cosa que el sustituto del pene faltante.
Este mecanismo de formación del fetiche es puesto en evidencia por Freud (Fetichismo, 1927) a partir de la elección del objeto como tal. Si se imagina la mirada del niño que va al encuentro de lo que le será traumático, por ejemplo, remontándose a partir del suelo, el fetiche estará constituido por el objeto último percibido antes de la visión traumática misma: un par de botines, el borde de un vestido. «La elección tan frecuente de las piezas de lencería como fetiche se debe a lo que se retiene en ese último momento del desvestirse en el que todavía se ha podido pensar que la mujer es fálica». En cuanto a las pieles, simbolizan la pilosidad femenina, último velo tras el cual se podía todavía suponer la existencia de un pene en la mujer. Hay así en el fetichismo una especie de detención en la imagen, un resto congelado, separado de aquello que lo puede producir en la historia del sujeto. En este sentido el fetichismo es esclarecedor en lo concerniente a la elección de objeto perversa. Acerca de esta, Lacan demuestra que no tiene valor de metáfora, como el síntoma histérico, por ejemplo, sino que está constituida de manera metonímica. Elemento desprendido de una historia, constituido la mayor parte de las veces por desplazamiento, no sucede sin desubjetivación: en el lugar en el que se planteaba una cuestión subjetiva, responde con la «sobrestimación» de una cosa inanimada. Es curioso ver en este punto converger la teorización psicoanalítica con los análisis de Marx sobre la fetichización de la mercancía.
Notemos que la teoría freudiana de la renegación se acompaña de una teoría de la escisión psíquica. En efecto, el fetichista no «escotomiza» totalmente una parte de la realidad, en este caso la ausencia de pene en la madre. El intenta mantener en el inconciente dos ideas a la vez: la de la ausencia del falo y la de su presencia. Freud evoca en este sentido a un hombre que había elegido como fetiche un ceñidor púbico [Schamgürtel: ciñe-vergüenzas], cuyo antecedente había sido la hoja de parra de una estatua vista en la infancia. Este ceñidor, que disimulaba enteramente los órganos genitales, podía significar tanto que la mujer estaba castrada como que no lo estaba. E incluso, llevado por él como slip de baño, «permitía por añadidura suponer la castración del hombre». Esta idea de una escisión psíquica será mantenida por Freud hasta el final (La escisión del yo en el proceso defensivo, 1938), y adquirirá una importancia creciente en el psicoanálisis.
Eel fetiche como significante. ¿Qué es lo esencial en la teoría freudiana del fetichismo? Sin duda el señalamiento de la problemática fálica, de la problemática de la castración como aquella en la que se inscribe el fetiche. Y, por otra parte, el estatuto del fetiche mismo, que, con Lacan, se puede considerar como un significante.
En lo concerniente al primer punto, es verdad que Freud mismo alude, especialmente en Tres ensayos de teoría sexual, a otros componentes del fetichismo aparte de los fálicos: el fetichismo del pie incluye a menudo una dimensión olfativa (pie maloliente), que puede proceder de una pulsión parcial (registro anal). K. Abraham ha prolongado este tipo de análisis, retomado sobre todo por los autores anglosajones, generalmente kleinianos, como S. Payne («Some observations on the ego development of the fetishist», en International Journal of Psychoanalysis, tomo, XX). Es sabido que, para M. Klein, el niño aún muy pequeño experimenta una muy fuerte necesidad de destruir los objetos que siente como malos, como perseguidores, de los que correlativamente teme una retorsión. El fetichismo, para Payne, constituye una defensa, una defensa frente a lo que podría ser, en la prolongación de esa relación destructiva con el objeto, una verdadera perversión, una perversión de tipo sádico. Esta explicación nos parece que desconoce el primado del falo en el sujeto humano, primado que hace que el fetichismo, como por otra parte el conjunto de las perversiones, no se defina como supervivencia de «estadios pregenitales», sino más bien, siguiendo a Freud, dentro de la problemática fálica.
En lo concerniente al segundo punto, la identificación del fetiche con un significante, podemos guiarnos por la observación de Lacan (Seminario IV, 1956-57, «La relación de objeto y las estructuras freudianas») de que el fetiche no representa el pene real, sino el pene en tanto puede faltar, en tanto puede ser atribuido a la madre, pero reconociendo su ausencia al mismo tiempo: es la dimensión de la escisión, puesta en evidencia por Freud. Y esta alternancia de la presencia y de la ausencia -sistema fundado en la oposición del más y del menos- caracteriza a los sistemas simbólicos como tales. Notemos que la palabra ya constituye la presencia sobre un fondo de ausencia: nos desprende de la percepción empírica de la cosa; en el límite, la anula, y al mismo tiempo hace subsistir la cosa bajo otra forma. Ausente, no por ello deja de estar evocada.
Que la consideración del lenguaje, por ejemplo de los mecanismos de la homofonía, e incluso de su funcionamiento translingüístico, es esencial para captar lo que sucede con el fetiche, es algo que ya aparece en Freud (op. cit.): un hombre joven había adoptado como fetiche un cierto «brillo sobre la nariz». Este hombre había sido educado en Inglaterra y luego había pasado a Alemania: pues bien, oído en inglés, el «brillo sobre la nariz» (brillo en alemán se dice Glanz) era de hecho una «mirada sobre la nariz» (ya que en inglés glance quiere decir «mirada, vistazo»).
Sin embargo, quizás haya que insistir en otro punto. El fetichismo despliega ante la realidad un velo que la disimula, y es este velo el que el sujeto finalmente sobrestima. Hay allí una ilusión, pero una ilusión que sin duda se encuentra en todo deseo. «¿Por qué el velo es más precioso para el hombre que la realidad?». Es una pregunta que Lacan planteaba en 1958. Y que hoy sigue siendo actual.
Fetichismo
Alemán: Fetischismus.
Francés: Fétichisme.
Inglés: Fetishism.
Término creado hacia 1750, a partir de la palabra "fetiche" (derivada del portugués feitiço: sortilegio, artificio), y retomado en 1887 por el psicólogo francés Alfred Binet (1857-1911), y después por los fundadores de la sexología, para designar una actitud de la vida sexual normal consistente en privilegiar una parte del cuerpo del partenaire, o bien una perversión sexual (fetichismo patológico) caracterizada por el hecho de que una de las partes del cuerpo (pie, boca, seno, cabellos) u objetos relacionados con el cuerpo (zapatos, gorros, telas, etcétera) son tomados como objetos exclusivos de la excitación o el acto sexual.
En 1905, Sigmund Freud actualizó el termino, primero para designar una perversión sexual caracterizada por el hecho de que una parte del cuerpo o un objeto son elegidos como sustitutos de una persona, y después para definir una elección perversa, en virtud de la cual el objeto de amor (partes del cuerpo u objetos relacionados con él) funciona para el sujeto como sustituto de un falo atribuido a la mujer, y cuya ausencia se rechaza mediante una renegación.
La noción de fetiche es común a todos los dominios del saber. En tal carácter, se ha convertido en tema y objeto de múltiples controversias para la antropología, la filosofía, la economía política, la sociología, la religión, la psiquiatría, la literatura y el psicoanálisis. Por otra parte, conviene señalar que todos los freudianos. sea cual fuere su tendencia, han comentado los textos originales de Freud sobre el tema, y publicado numerosos historiales de fetichistas. En la Sociedad Psicológica de los Miércoles se dedicaron a esta cuestión varias sesiones, y los primeros discípulos de Freud quedaron manifiestamente fascinados por lo que aprendían: había fetichismo del pie, de la ropa, del olfato, de la vista, etcétera. Después, desde Richard von Krafft-Ebing hasta Masud Khan, pasando por Michael Balint, Edward Glover y muchos otros, cada corriente desarrolló su propia teoría, sea en el marco de una concepción kleiniana del objeto (bueno o malo), sea en la óptica winnicottiana del objeto transicional, sea en la perspectiva lacaniana de una doctrina de la perversión extendida a la "estructura perversa", y según la cual el fetiche, como objeto (pequeño) a, se convierte en la condición absoluta del deseo y el lugar de un goce.
Por lo general se atribuye al magistrado francés Charles De Brosses (1709-1777) la primera descripción del fetichismo como fenómeno religioso. Gran viajero y partidario de la filosofía de las Luces, De Brosses compartía con la mayor parte de los pensadores de su tiempo la idea de que el estudio de los pueblos llamados primitivos permitiría comprender el origen y la evolución de toda la humanidad. Esta "etnología", que dará origen a la antropología de inspiración darwiniana en la que se abrevó Freud para escribir Tótem y tabú, consideraba al "salvaje" como a un "niño", y la infancia como un estadio anterior a la edad adulta. De allí la idea de atribuir a las sociedades un principio de evolución biológica según el cual todas habrían pasado progresivamente desde un estado salvaje "infantil" a un estado "adulto" de civilización. Desde esta perspectiva, De Brosses hizo del fetichismo una forma de religión, consistente en transformar en divinidades a animales y seres inanimados, a los que se atribuye un poder mágico. El fetichismo del "negro" es al mismo tiempo inferiorizado y asimilado a un culto pueril característico de una "primera edad de la humanidad".
Esta tesis fue retomada por Hegel en 1831, en sus Lecciones de filosofía de la historia, pero invalidada por Auguste Corme (1798-1857), quien, como lo demostraría luminosamente Georges Canguilhem (1904-1995), no excluyó "la edad del fetichismo" en su historia de los tres estados del espíritu humano, sino que al contrario la integró como el primer estado teológico de la humanidad.
Freud retomó a su vez la idea de las diferentes "edades" de la humanidad, principalmente en Tótem y tabú, en 1912, inspirándose en ese evolucionismo, no compteano sino darwiniano. Ahora bien, el evolucionismo había sido criticado desde principio de siglo por los grandes fundadores de la antropología moderna, inglesa y francesa, marcados todos por la enseñanza de Émile Durkheim (1858-1917). En este contexto, la etnología abandonó la noción de fetichismo, como lo subrayó Marcel Mauss (18721950) en 1908: "La idea de fetiche [ ... ] debe desaparecer definitivamente de la ciencia [ ... ]. El objeto que sirve de fetiche, a pesar de todo lo que puede haberse dicho de él, no es nunca un objeto cualquiera, elegido arbitrariamente, sino que es siempre definido por el código de la magia o la religión [ ... ]. Cuando se escriba la historia de la ciencia de las religiones y de la etnografía, sorprenderá el papel indebido y fortuito que un concepto como el de fetiche ha desempeñado en los trabajos teóricos y descriptivos. Sólo corresponde a un inmenso malentendido entre dos civilizaciones, la africana y la europea; no tiene otro fundamento que una obediencia ciega al uso colonial.. ."
Evacuado de la antropología, el término, ya retomado por la sexología y la psiquiatría, iba a ser literalmente investido por el psicoanálisis. Si bien Freud conservó la idea del evolucionismo, y continuó comparando al niño con un primitivo, y al fetiche con el "dios incorporado" del salvaje, este modo de ver no tenía en él ningún carácter etnocentrista o inferiorizador. Por otra parte, la idea de incorporación, de sacralización, incluso de terror, relacionada con el fetiche, será retomada por algunos herederos franceses de Freud, en particular Guy Rosolato, no para analizar la religión, sino para explicar la gnosis y el fenómeno de las sectas religiosas organizadas en torno a una mitología del secreto en la que el bien y el mal, el éxtasis y la abyección constituyen otras tantas oposiciones irreductibles que arrastran al sujeto a servir a un fetiche, al punto de perder todo contacto con la realidad. Ya a principios de siglo, Hermann Rorschach había proyectado estudiar este fenómeno, y Michel de Certeau (1926-1986) volvió a privilegiar el tema en su análisis de los místicos.
La concepción freudiana del fetiche se despliega a través de varios textos. En 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual, el Ersatz (o sustituto) es una parte del cuerpo que se encuentra en relación con la persona sexual. La "sobrestimación- del objeto, es decir, un cierto grado de fetichismo, se produce "normalmente" en toda relación amorosa. Sólo se vuelve patológica cuando la fijación en el objeto es la consecuencia de una libido infantil.
Más tarde, en su estudio dedicado a Leonardo da Vine¡ (1452-1519), y después en sus comentarios a la Gradiva de Wilhelm Jensen (1837-1911), Freud identifica la dimensión fetichista de todas las formas de perversión (exhibicionismo, voyeurismo, coprofilia), demostrando que, en estos casos, el fetiche es portador de todos los otros objetos. Pero precisa que el encuentro con el fetiche no es más que la reactualización de un recuerdo precoz reprimido. A propósito de Leonardo da Vine¡ y el fantasma del "buitre", introduce la idea de que el fetiche (por ejemplo el pie) es un sustituto del falo que le falta a la mujer: "La veneración del pie femenino y del calzado toma al pie como símbolo del miembro antes faltante en la mujer".
En 1914, con "Introducción del narcisismo", Freud pasa del objeto al sujeto, para llegar a la conclusión de que no existe el fetichismo femenino. En efecto, el fetichismo de la ropa es a su juicio "normal" en las mujeres, puesto que lo que se fetichiza es todo el cuerpo, y no un objeto. De modo que el fetichismo femenino sólo sería una "narcización" del cuerpo.
Con la introducción del término renegación en 1923, Freud construye una teoría que en su artículo de 1927 lo lleva a comprender el fetichismo como la coexistencia de una negación de la percepción de la ausencia de pene en la mujer, y un reconocimiento simultáneo de esa falta, lo cual lleva a un clivaje permanente del yo y a la fabricación del fetiche como sustituto del órgano ausente. Para ilustrar lo que dice, narra el caso de un hombre cuyo fetiche era una funda pubiana que él podía llevar como slip. Esa prenda ocultaba los órganos genitales y enmascaraba la diferencia de los sexos. El fetichista encuentra placer en el hecho de que la mujer esté a la vez castrada y no castrada, y de que también el hombre pueda estar castrado. Se crea el fetiche con la intención de destruir la prueba de la castración, para sustraerse a la angustia concomitante. El fetiche se convierte entonces en una especie de paradigma de la perversión en general.
La tesis de la inexistencia del fetichismo femenino, considerablemente aceptada a principios de siglo, demuestra que los médicos de la época no habían tenido la ocasión de observar casos clínicos convincentes. Pero también da prueba de la ceguera de Freud respecto de las mujeres (y, sobre todo, de algunas mujeres de su entorno, Marie Bonaparte, por ejemplo, cuyas prácticas y teorías sobre la feminidad podrían haberlo llevado a una reflexión más detenida). De todos modos, esta tesis fue cuestionada por sus sucesores kleinianos, quienes inscribieron el fetichismo general en el marco de una relación arcaica con la madre, compartida por los dos sexos, y por Robert Stoller, gran especialista norteamericano en los problemas de la identidad sexual, para quien el fetichismo masculino (homosexual y heterosexual) es una fetichización de objeto u órgano, mientras que el fetichismo femenino (homosexual o heterosexual) sería una fetichización de la relación: por ejemplo, una mujer necrófila se enamora del cadáver que desea y del que se hace partenaire erótica, mientras que un hombre necrófilo se apropia del cadáver como de un trozo de cuerpo.
La escuela francesa, marcada a la vez por la enseñanza de Gatan Gatian de Clérambault y por la de Jacques Lacan, impugnó también la presunta inexistencia del fetichismo feminino y, más en general, de la perversión femenina. Uno de los mejores enfoques teóricos de la cuestión ha sido el de Wladimir Granoff y François Perrier, quienes publicaron en 1964 el texto de una conferencia pronunciada en 1960. Ambos admiten que el fetichismo no existe en la mujer como construcción de un objeto fetiche, pero señalan que la mujer puede convertirse en su propio fetiche, en una relación erotómana con el hijo. En tanto que madre, ella se construye entonces como ídolo omnipotente, y en consecuencia como un fetiche.
Fijación
s. f. (fr. fixation; ingl. fixation; al. Fixierung). Ligazón privilegiada de la libido con objetos, imágenes, o tipos de satisfacción libidinal vinculados a los estadios pregenitales.
La noción de fijación, generalmente ligada a la de regresión, en una concepción genética y dinámica de la evolución de la libido, permite reconocer las condiciones en que un adulto puede persistir en la búsqueda de satisfacciones ligadas a un objeto desaparecido (por ejemplo, la fijación al estadio anal en la neurosis obsesiva). Más en general, se hablará de una fijación de ciertas representaciones (representantes de la representación [Vorstellungsrepräsentanz (véase representación)], o incluso significantes) ligadas al dinamismo pulsional, para designar con ello el modo de inscripción en el inconciente.
Fijación
Al.: Fixierung.
Fr.: fixation.
Ing.: fixation.
It.: fissazione.
Por.: fixação.
La fijación hace que la libido se una fuertemente a personas o a imagos, reproduzca un determinado modo de satisfacción, permanezca organizada según la estructura característica de una de sus fases evolutivas. La fijación puede ser manifiesta y actual o constituir una virtualidad prevalente que abre al sujeto el camino hacia una regresión.
El concepto de fijación forma parte, en general, de una concepción genética que implica una progresión ordenada de la libido (fijación a una fase). Pero, aparte de toda referencia genética, también se habla de fijación dentro de la teoría freudiana del inconsciente, para designar el modo de inscripción de ciertos contenidos representativos (experiencias, Imagos, fantasías) que persisten en el Inconsciente en forma inalterada, y a los cuales permanece ligada la pulsión.
El concepto de fijación se encuentra constantemente en la doctrina psicoanalítica, para explicar el siguiente dato manifiesto de la experiencia: el- neurótico, o de un modo más general todo sujeto humano, se halla marcado por experiencias infantiles, permanece ligado en forma más o menos disfrazada a modos de satisfacción, tipos de objeto o de relación arcaicos; la cura psicoanalítica atestigua tanto la influencia y la repetición de las experiencias pasadas como la resistencia del sujeto a desprenderse de ellas.
El concepto de fijación no contiene en sí mismo un principio explicativo; en cambio, su valor descriptivo es incontestable. Por ello, Freud lo pudo utilizar en los diversos momentos de la evolución de su pensamiento refiriéndose a lo que, en la historia del sujeto, ha constituido el origen de la neurosis. Así, Freud definió sus primeras concepciones etiológicas haciendo intervenir fundamentalmente la idea de una «fijación al trauma»; con los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei AbliandIungen zur Sexualtheorie, 1905), se relaciona la fijación con la teoría de la libido y se define por la persistencia, singularmente manifiesta en las perversiones, de caracteres anacrónicos de la sexualidad: el sujeto continúa practicando ciertos tipos de actividad, o bien permanece ligado a ciertas características del «objeto», de los que se puede encontrar el origen en un momento especial de la vida sexual infantil. Aunque no se niega el papel del trauma, éste interviene aquí sobre la base de una sucesión de experiencias sexuales, viniendo a favorecer la fijación en un determinado punto.
Con el desarrollo de la teoría de las fases de la libido, particularmente de las fases pregenitales, el concepto de fijación adquiere nueva extensión: puede referirse no solamente a un fin o a un objeto libidinal parcial, sino a toda una estructura de la actividad característica de una determinada fase (véase: Relación de objeto). Así, la fijación a la fase anal se hallaría en el origen de la neurosis obsesiva y de un determinado tipo de carácter.
En Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), Freud se referirá de nuevo al concepto de fijación al trauma como a uno de los hechos que no se explican completamente por la persistencia de un modo de satisfacción libidinal y que obligan a postular la existencia de una compulsión a la repetición.
La fijación libidinal desempeña un papel preponderante en la etiología de los diversos trastornos psíquicos, por lo cual se ha visto la necesidad de precisar su función en los mecanismos neuróticos:
La fijación se encuentra en el origen de la represión y puede considerarse incluso como el primer tiempo de la represión en sentido amplio: « [...] la corriente libidinal (que ha experimentado una fijación) se comporta con respecto a las formaciones psíquicas ulteriores como una corriente perteneciente al sistema del inconsciente, como una corriente reprimida». Esta «represión originaria» condiciona la represión en sentido estricto, que sólo es posible por la acción conjunta, sobre los elementos a reprimir, de una repulsión por parte de una instancia superior y de una atracción por parte de lo que ya había sido anteriormente fijado.
Por otra parte, la fijación prepara las posiciones sobre las cuales se producirá la regresión que se encuentra, bajo diversos aspectos, en las neurosis, las perversiones y las psicosis.
Las condiciones de la fijación son, según Freud, de dos tipos: por una parte viene provocada por diferentes factores históricos (influencia de la constelación familiar, trauma, etc.); por otra, es favorecida por factores constitucionales: un determinado componente pulsional parcial puede poseer mayor fuerza que otro; pero además puede existir en ciertos individuos una «viscosidad» general de la libido que los predispone a defender «[...] cada posición libidinal, una vez alcanzada, por miedo a salir perdiendo al abandonarla, y no encontrar en la posición siguiente un substitutivo plenamente satisfactorio».
La fijación se invoca a menudo en psicoanálisis, pero su naturaleza y significación no están bien determinadas. Freud utiliza en ocasiones este concepto, como lo hace con el de regresión, de forma descriptiva. En los textos más explícitos, la fijación se relaciona generalmente con ciertos fenómenos biológicos en los que subsisten, en el organismo adulto, vestigios de la evolución ontofilogenética. Por consiguiente, desde este punto de vista genético, se trataría de una «inhibición del desarrollo», de una irregularidad genética, de un «retardo pasivo».
Esta concepción tiene su origen y su campo de elección en el estudio de las perversiones. En efecto, una primera aproximación parece confirmar el hecho de que persisten sin variación ciertos esquemas de comportamiento que el sujeto puede volver a utilizar. Algunas perversiones que se desarrollan en forma continua desde la infancia proporcionarían incluso el ejemplo de una fijación que conduce al síntoma sin que sea necesario aducir la regresión.
Con todo, a medida que se desarrolla la teoría de las perversiones, parece dudoso que pueda reconocerse en éstas el modelo de una fijación equiparable a la simple persistencia de un vestigio genético. El hecho de que se encuentren en el origen de las perversiones conflictos y mecanismos similares a los de la neurosis pone en tela de juicio la aparente simplicidad del concepto de fijación (véase: Perversión).
La originalidad del empleo psicoanalítico del concepto de fijación, en relación con ideas como la de una persistencia de esquemas de comportamiento que se han vuelto anacrónicos, se pone de manifiesto al examinar las modalidades del uso de esta palabra por Freud. Esquemáticamente puede decirse que Freud habla unas veces de fijación de (por ejemplo, fijación de un recuerdo, de un síntoma), otras veces de fijación (de la libido) a (fijación a una fase, a un tipo de objeto, etc.). La primera acepción evoca el empleo que hace de este término la teoría psicológica de la memoria, que distingue varios tiempos: fijación, conservación, evocación, reconocimiento del recuerdo. Pero se observará que Freud entiende esta fijación en forma muy realista: se trata de tina verdadera inscripción (Níederschrifi) de huellas en series de sistemas mnémicos, huellas que pueden «traducirse» de un sistema al otro; en la carta a Fliess del 6-XII-1896 se encuentra ya elaborada toda una teoría de la fijación: «Cuando falta la transcripción siguiente, la excitación es liquidada según las leyes psicológicas válidas para el período psíquico anterior y según las vías que a la sazón se hallaban disponibles. Persiste así un anacronismo, en una cierta provincia se hallan todavía en vigor los fueros [antiguas leyes que siguen vigentes en ciertas ciudades o regiones de España]; de este modo encontramos "supervivencias" ». Por otra parte, este concepto de una fijación de las representaciones es correlativo con el de una fijación de la excitación a éstas. Tal idea, que se halla en la base de la concepción freudiana, encuentra su mejor expresión en la teoría más completa que Freud dio de la represión: «Tenemos razones para admitir una represión originaria, una primera fase de la represión consistente en que el representante psíquico (representante-representativo) de la pulsión ve negado el acceso a la conciencia. Con ello se produce una fijación; el representante correspondiente persiste, a partir de entonces, en forma inalterable, y la pulsión permanece ligada a él».
Ciertamente, el sentido genético de la fijación no ha sido abandonado en esta formulación, pero halla su fundamento en la búsqueda de momentos originarios en los que se incriben de modo indisoluble en el inconsciente ciertas representaciones electivas y en los que la pulsión misma se fija a sus representantes psíquicos, constituyéndose quizá, en virtud de este mismo proceso, como pulsión.
Fijación
El término filiación es común al derecho, la antropología y el psicoanálisis. Designa la regla en virtud de la cual un individuo adquiere su identidad social y se inscribe en un proceso de transmisión de tipo patrilineal o matrilineal. El debate sobre la naturaleza de la filiación coincide con los desarrollados sobre el patriarcado y el matriarcado. En cuanto a la filiación en sí, es uno de los objetos del estudio de los sistemas de parentesco.
En la historiografía freudiana, el término remite a la forma particular de iniciación en el saber y en la práctica del psicoanálisis que tiene lugar entre un maestro y su discípulo, a través de la experiencia de la cura personal o didáctica, y después mediante el análisis de control.
El estudio de las filiaciones es esencial para historiar el psicoanálisis, en cuanto el movimiento y sus instituciones siempre han constituido una comunidad comparable a una familia patriarcal, e incluso a un sistema de parentesco. Desde esta perspectiva, el estudio de las filiaciones tiene el objetivo de establecer quién ha sido analizado (o controlado) por quién, y permitir la comprensión de la naturaleza de las relaciones transferenciales entre psicoanalistas.
Después de Sandor Ferenczi, que en 1928 fue el primero en interesarse específicamente por el análisis de los analistas, Michael Balint propuso en 1948 un estudio sistemático de lo que él denominó el sistema de formación de los analistas (o sucesión apostólica).
En 1975, el psicoanalista francés Wladimir Granoff, muy marcado por la enseñanza de Ferenczi, introdujo el término filiación. Más tarde, el historiador Ernst Falzeder realizó un aporte principal en este ámbito, al establecer la genealogía de las filiaciones freudianas en el mundo germánico y de lengua inglesa, agregando una lista de las prácticas consideradas "transgresivas" según los cánones de la cura adoptados por la International Psychoanalytical Association (IPA), entre 1920 y 1925: relaciones sexuales entre analistas y analizantes, análisis de niños por sus padres, etcétera. En Francia, a partir del aporte de Wladimir Granoff, la cuestión ha sido estudiada por Élisabeth Roudinesco. En todos los países con implantación del freudismo (Argentina, Brasil, Hungría, países escandinavos, Italia, etcétera), las investigaciones genealógicas son realizadas por la historia científica.
Fin o meta pulsional
Al.: Ziel (Triebziel).
Fr.: but (pulsionnel).
Ing.: aim (instinctual aim).
It.: meta (istintuale o pulsionale).
Por.: alvo o meta impulsor(a) o pulsional.
Actividad hacia la que empuja la pulsión y que conduce a una resolución de la tensión interna; esta actividad está sostenida y orientada por fantasías.
El concepto «fin o meta pulsional» se halla ligado al análisis freudiano del concepto «pulsión» en sus distintos elementos: presión, fuente, fin y objeto.
En sentido amplio, puede decirse que el fin pulsional es unívoco: en todos los casos se trata de la satisfacción, es decir, según la concepción económica de Freud, una descarga no cualitativa de energía, regida por el «principio de constancia». No obstante, incluso cuando habla de «meta final» (Endziel) de la pulsión, Freud entiende por tal una meta específica, ligada a una pulsión determinad. Esta meta final puede alcanzarse por medios, o «fines intermedios»I más o menos intersubstituibles; pero desde los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905) se afirma el concepto de una especificidad del fin de cada pulsión parcial: «El fin sexual de la pulsión infantil consiste en provocar la satisfacción mediante la excitación apropiada de alguna zona erógena». Este concepto parece tener su origen en el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895) bajo la forma de «la acción específica», única capaz de suprimir la tensión interna. Se reafirma más explícitamente en la edición de 1915 de los Tres ensayos: «Lo que distingue unas pulsiones de otras y las dota de propiedades específicas es su relación con sus fuentes sexuales y con sus metas».
Estos trabajos afirman al mismo tiempo la existencia de una estrecha ligazón entre la meta y la fuente, que la mayoría de las veces está representada por una zona erógena «[...] [en la sexualidad infantil] el fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena». Y también: « [...] la meta a la que tiende cada una de [las pulsiones sexuales] es la consecución del placer de órgano (Organlust)». Así, la meta correspondiente a la pulsión oral será la satisfacción ligada a la actividad de succión. Y a la inversa, el fin pulsional permite conocer la fuente de la pulsión, en el sentido del proceso orgánico que tiene lugar en el órgano erógeno: « [...] aun cuando su origen a partir de la fuente somática sea el factor absolutamente determinante de la pulsión, ésta sólo podemos conocerla, en el psiquismo, por sus fines [...]. Con frecuencia, es posible deducir con certeza las fuentes de la pulsión a partir de sus fines».
La fuente sería, pues, la ratio essendi del fin, y éste la ratio cognoscendi de la fuente. ¿Cómo conciliar esta rigurosa determinación recíproca con la existencia de aquellas «desviaciones del fin sexual» a las que Freud dedica un capítulo entero de los Tres ensayos? La intención de Freud en este texto consiste en mostrar que (contrariamente a la opinión usual) la sexualidad abarca un territorio mucho más extenso que el acto sexual adulto considerado normal, es decir, limitado a una sola fuente (el aparato genital) y a un solo fin: «la unión sexual o, al menos, los actos que conducen a ésta». Las «desviaciones» que señala Freud no constituyen modificaciones del fin de una misma pulsión parcial, sino las distintas variedades posibles de fines sexuales. Esstas son, ya fines ligados a las fuentes, a las zonas erógenas, distintas de la zona genital (por ejemplo el beso, ligado a la zona oral), ya modificaciones del acto sexual que implican un desplazamiento del objeto. (Así, Freud describe el fetichismo entre las «desviaciones del fin», aunque reconoce que, de hecho, se trata en esencia de una «desviación» relativa al objeto.).
El punto de vista expuesto en Las pulsiones y sus destinos (Triebe und Triebschicksale, 1915) es muy distinto. No se trata de efectuar un inventario de las variantes del fin sexual en general, sino de mostrar cómo puede transformarse el fin de una pulsión parcial determinada. Dentro de esta perspectiva, Freud se ve inducido a establecer una distinción entre las pulsiones autocróticas y las pulsiones dirigidas desde un principio hacia el objeto (sadismo y «pulsión scoptofílica»). En los primeros, « [...] el papel de la fuente orgánica es determinante, hasta el punto de que, según una hipótesis seductora de P. Fedem y L. Jekel, la forma y la función del órgano deciden la actividad o la pasividad del fin pulsional». Solamente en los segundos existe esa modificación del fin que consiste en la «transformación en lo contrario» (transformación del sadismo en masoquismo y del voyeurismo en exhibicionismo); pero conviene señalar que este cambio de fin se halla de nuevo estrechamente ligado a un cambio de objeto: la «vuelta hacia la propia persona».
En la sublimación, la modificación pulsional consiste esencialmente en un cambio de fin. Pero también aquí este cambio viene condicionado por una modificación de los restantes elementos de la pulsión: cambio de objeto, substitución de una pulsión por otra (reemplazamiento por una pulsión de autoconservación, con la cual la pulsión sexual funcionaba en apoyo).
Como puede verse, si nos atenemos a las categorías que hace intervenir explícitamente la concepción freudiana, el concepto de fin se encuentra como dividido entre los dos conceptos de fuente y de objeto de la pulsión. Si lo definimos por su estrecha ligazón con la fuente orgánica, el fin pulsional queda entonces especificado de forma muy precisa, aunque bastante pobre: es la succión para la boca, la visión para el ojo, el «dominio» para la musculatura, etc. Si se considera, como invita a hacerlo la evolución de la teoría psicoanalítica, cada tipo de actividad sexual en su relación con el tipo de objeto al que se dirige, entonces el concepto de fin pulsional desaparece en beneficio del de «relación de objeto».
Sin duda, las dificultades inherentes al problema del fin pulsional podrían explicarse por lo que hay de equívoco en su concepto mismo de pulsión; en efecto, Freud sitúa en esta misma categoría la pulsión sexual y la pulsión de autoconservación, mientras que toda su teoría de la sexualidad muestra sus básicas diferencias en cuanto a su funcionamiento y, en especial, en su fin, es decir, en lo que conduce a la satisfacción de uno y de otro.
Si el fin de una pulsión de autoconservación sólo puede comprenderse como una acción específica que da fin a un estado de tensión provocado por la necesidad, localizable en un determinado aparato somático y que exige, por supuesto, una realización efectiva (por ejemplo, aporte de alimento), el fin de la pulsión sexual es mucho más difícil de determinar. En efecto, éste (en la medida en que primeramente se confunde, en el apoyo, con la función de autoconservación, y emerge al desprenderse de ésta) halla su satisfacción en una actividad a la vez marcada por la función vital que le ha servido de soporte y desfasada, profundamente pervertida, con relación a ésta. En este desplazamiento se inserta una actividad fantaseadora que puede incluir elementos representativos a menudo muy alejados del prototipo corporal (véase: Autoerotismo; Apoyo; Pulsión; Sexualidad).
Fleischl - Marxow Ernst von
(1847-1891)
Brillante fisiólogo de la generación de Sigmund Freud, fue asistente de Ernst von Brücke en Viena. En el curso de un experimento, se hirió en la mano de modo cruento, y hubo que amputarle varios dedos. Comenzó entonces a sufrir dolores insoportables en los muñones, lo cual lo llevó a utilizar morfina y convertirse en adicto. Con la intención de curarlo de su toxicomanía, Freud lo trató con cocaína, persuadido de que esta droga le permitiría superarla. Pero de tal modo Fleischl se volvió cocainómano. Murió a los 44 años, asistido por su gran amigo Sigmund, quien lo recordó en La interpretación de los sueños.
Fliess Robert
(1895-1970) Médico y psicoanalista norteamericano
Hijo de Wilhelm Fliess e Ida Bondy (ella misma ex paciente de Josef Breuer y hermana de Margarethe Nunberg y Marianne Kris), Robert Fliess, Io mismo que Anna Freud, fue un hijo del psicoanálisis. Analizado en Berlín por Karl Abraham, se interesó por las prácticas de musculación y el masaje sueco. Después de la toma del poder por el nazismo, emigró a los Estados Unidos y se instaló en Nueva York, donde trabajó a la vez como médico y psicoanalista después de un segundo análisis con Ruth Mack-Brunswick. En una de sus obras, publicada póstumamente, adoptó la antigua teoría freudiana de la seducción, sosteniendo que todos los neuróticos graves han sufrido en su infancia traumas reales, o fueron víctimas de abuso sexual. Esta posición le permitió a la historiografía revisionista, y sobre todo a Jeffrey Moussaieff Masson, editor de la correspondencia de Sigmund Freud y Wilhelm Fliess, relanzar el debate sobre la seducción, y formular la hipótesis (pero sin aportar prueba alguna al respecto) de que el propio Robert Fliess habría sido víctima de su padre.
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