Haas Ladislav
(1904-1985) Médico y psicoanalista checoslovaco
Gran figura del freudomarxismo europeo, Ladislav Haas, originario de Eslovaquia, fue durante toda su vida un militante comunista y un freudiano riguroso, a pesar de la tortura, el exilio y la persecución. Junto a Theodor Dosuzkov y Otakar Kucera (19061980), ejerció como psicoanalista en un país en el que el freudismo no tuvo ningún desarrollo.
Después de cursar la escuela secundaria en Hungría, Haas se volcó 4 la psiquiatría en Berlín, descubrió las obras de Sigmund Freud, y más tarde frecuento a la "izquierda freudiana", sobre todo a Wilhelm Reich. En 1926 se afilió al Partido Comunista Alemán. A partir de 1933, instalado en Praga, trabajó como médico generalista. En 1934 sufrió seis semanas de cárcel por su compromiso político. Más tarde se integró al grupo de los psicoanalistas praguenses, pero en el momento de la ocupación de Chescoslovaquia por los nazis emigró a Gran Bretaña.
En 1945 volvió a su país, y en Kosice, ciudad cercana a la frontera con la Unión Soviética, trabajó como neurólogo en un hospital, En esa época atendió al dirigente político Klement Gottwald.
Después de la instauración del régimen comunista, en 1948, adoptó las tesis pavIovianas, lo mismo que Dosuzkov. A pesar del estalinismo, que él reprobaba, siguió siendo un militante. Mientras ejercía oficialmente la psiquiatría (y era presidente del Instituto Nacional de Salud en Praga), recibía a analizantes en privado, fuera para tratarlos, fuera para formarlos como psicoanalistas. Acusado brutalmente de alta traición en 1952, encarcelado y torturado, fue dejado en libertad dos años más tarde. Retomó entonces su práctica, interesándose en los pacientes suicidas.
En 1964 abandonó Praga para instalarse en Londres, donde se convirtió en miembro de la British Psychoanalytical Society (BPS). Conservó siempre los vínculos con su país y sus amigos, y no renegó de su elecciones políticas e ideológicas.
Haeckel Ernst Heinrich
(1834-1920) Médico y zoólogo alemán
Ernst Heinrich Haeckel nació en Potsdam en una familia protestante marcada por el patriotismo prusiano. Su padre, originario de Silesia, era jurista, y su madre provenía de Renania.
Muy pronto apasionado por la botánica, Haeckel emprendió estudios de medicina en la Universidad de Wurtzburgo, ciudad cuyo espíritu estrechamente católico contribuiría al desarrollo del odio de Haeckel al papismo. Obtuvo su título de doctor en medicina en la Universidad de Berlín en 1857, y completó su formación en Viena, con Johannes Peter Müller (1801-1858), a quien más tarde reconoció como "uno de los más grandes naturalistas del siglo XIX".
En 1860 leyó con pasión la primera traducción alemana de El origen de las especies, de Charles Darwin (1809-1882), de quien se convertiría en admirador entusiasta y propagandista valiente, aunque un poco simplificador, en el conjunto de los países germánicos. Designado a los 28 años profesor extraordinario de la Universidad de Jena, y director del museo zoológico de la misma ciudad, Haeckel se convirtió también en uno de los jefes más célebres de la filosofía monista, al servicio de la cual puso las tesis darwinianas.
La obra científica y filosófica de Haeckel ha sido hoy en día superada, pero en su tiempo ejerció una influencia considerable en toda Europa, incluida Francia, donde contribuyó a fortalecer la hostilidad al darwinismo, en beneficio del pensamiento lamarckiano.
En 1866 publicó una Morfología general, pronto seguida por una Historia de la creación. Después de otras obras y múltiples viajes por Asia y América, hizo editar en 1899 su libro de divulgación titulado Los enigmas del universo. De este libro se vendieron cuatrocientos mil ejemplares en Alemania; llegó incluso hasta la mesa de trabajo de Lenin (1870-1924), quien apreció su materialismo militante.
Haeckel, a diferencia de Carl Claus, Theodor Meynert, Ernst Brücke o Franz Brentano, no fue uno de los maestros de Sigmund Freud. No obstante, a través de su popularidad, por la lectura de sus obras y sus conferencias varias veces reeditadas, Freud tomó conocimiento de las ideas de Darwin y encontró la célebre ley de la recapitulación (“la ontogénesis es el resumen de la filogénesis"), que él utilizaría ininterrumpidamente a lo largo de su obra, a pesar de las reservas y las críticas de algunos de sus discípulos, como Ernest Jones o, más tarde, Ernst Kris.
Esos reproches no carecían de justificación, pero ocultaban un malentendido de graves consecuencias, cuya trama ha sido reconstituida minuciosamente por Lucille B. Ritvo, en su libro L'Ascendant de Danvin sur Freud: la trama de las modalidades con las que Freud tuvo acceso al pensamiento darwiniano, y el lugar específico de Haeckel en ese recorrido intelectual.
Si bien Haeckel fue quien forjó las ideas de ecología, filogénesis y ontogénesis, no se le debe a él la ley de la recapitulación que por lo general se le atribuye (aunque es cierto que hizo de ella uno de los pivotes de su concepción del evolucionismo). En realidad, los prolegómenos de esta ley aparecen en el capítulo XIII de El origen de las especies. Pero el propio Darwin dijo que Haeckel y Fritz Müller (1822-1897), ambos alumnos de Johannes Müller, "han sin duda [ ... ] elaborado [esta ley] de manera más profunda, y en ciertos aspectos más correctamente que yo".
A esta confusión se suma otra, vinculada con la asimilación que en 1917 se realizó entre dicha ley y la herencia de los caracteres adquiridos: "Contrariamente a lo que pensaba Freud -escribe Lucille B. Ritvo-, la teoría de la recapitulación no depende de la herencia de los caracteres adquiridos, y por ello sobrevivió a la caída del lamarckismo [ ... ]. Los discípulos de Freud que le reprocharon su neolamarckismo no le reprochaban sus aplicaciones de la recapitulación; deploraban que la hubiera basado en la herencia de los caracteres adquiridos." Toda la discusión científica apuntará a determinar si la ley de la recapitulación implica o no la idea de que lo que se repite en el embrión es el estado adulto atávico. Evidentemente, las respuestas de Müller, Haeckel y también de Darwin son afirmativas. Freud, siguiéndolos a ellos, pensaba que era el adulto atávico el que se reproducía en el desarrrollo psicosexual del niño.
La tesis de la recapitulación fue abandonada en los años 1930-1940, pero la nostalgia de esta idea seductora obsesionó durante mucho tiempo a numerosos investigadores.
Fascinado por el alcance de esta ley que da fundamento a la continuidad entre el desarrollo psicológico individual y el de la humanidad, Freud tenía conciencia de los peligros ligados a su utilización demasiado sistemática. De allí su renuncia a continuar y publicar su ensayo metapsicológico "Visión de conjunto de las neurosis de transferencia", esa "fantasía filogenética" descubierta por llse Grubrich-Simitis.
Más allá de los errores y los atolladeros que jalonan esa trayectoria intelectual, y de esas luchas entre los científicos del siglo XIX, Lucille B. Ritvo e lise Grubrich-Simitis, desde perspectivas diferentes, atestiguan por igual el doble interés de esa aventura teórica y epistemológica. La convicción, el encarnizamiento y el abandono freudianos acerca de esta cuestión ilustran la complejidad y el carácter trágico de la investigación científica cuando la exigencia de rigor choca con la pasión y la fuerza pulsional de la curiosidad. Pero, por otra parte, las cuestiones exploradas recurriendo a la llamada ley de Haeckel conservan la más viva actualidad para todos los psicoanalistas o biólogos a quienes no les basta la perspectiva estrechamente organicista, y que persisten, en el linaje de Freud y Darwin, en interrogar los misterios de los orígenes.
Haltzmann Christopher
(?-1700)
Sigmund Freud escribió, y publicó en 1923, un artículo titulado "Una neurosis demoníaca en el siglo XVIV, por pedido de un consejero áulico, R. Payer Thurn, quien había descubierto en la Biblioteca de los Fideicomisos un manuscrito proveniente del monasterio de Mariazell en el que se relataba la historia de la curación "milagrosa" del pintor bávaro Christopher Haitzmann. En su artículo, Freud estudió detalladamente el caso de ese hombre, atacado de convulsiones en 1677, ocho años después de haber firmado un pacto con el diablo, y curado gracias a un exorcismo.
Freud demostró que para ese pintor el diablo era un sustituto del padre. Pero, sobre todo, tomó a broma el exorcismo, subrayando que Haitzmann, convertido en el hermano Crisóstomo, nunca se había curado: en su monasterio de Mariazell, continuó hasta la muerte inquieto por el Maligno, principalmente cuando bebía más de la cuenta. En otras palabras, Freud opuso en ese artículo los beneficios del psicoanálisis, capaz a su juicio de tratar las neurosis, y las prácticas religiosas y ocultas de tiempos antiguos, poco compatibles con la Aufklärung.
Ya en su correspondencia con Wilhelm Fliess, Freud se había interesado por el diablo y, en enero de 1909, en oportunidad de una exposición de Hugo Heller en la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV), declaró que en el diablo no veía sólo la esencia misma de la sexualidad humana (la libido única), sino un fantasma construido según el modelo de un delirio paranoico.
A pesar de todas las precauciones tomadas por Freud, su estudio sobre Christopher Haitzmann tenía un defecto propio de todos los trabajos de patografía y psicoanálisis aplicado a los cuales se entregaban en esa época sus discípulos. Freud había interpretado retroactivamente los fenómenos de posesión como casos patológicos que la "ciencia" moderna (el psicoanálisis) pretendía aclarar con una racionalidad nueva. De allí algunas especulaciones difícilmente admisibles: por ejemplo, Freud "analiza" la reacción melancólica del pintor después de la muerte de su padre como si se tratara de un paciente en el diván.
Al igual que todos los grandes casos freudianos, este estudio fue revisado por los herederos del maestro, en función de las escuelas a las que pertenecían. Por ejemplo, Geza Roheim, en 1950, subrayó que el diablo, lejos de ser un sustituto del padre, era más bien una especie de superyó. Seis años más tarde, dos clínicos kleinianos, Richard Hunter e Ida Macalpine, que ya habían revisado el caso de Daniel Paul Schreber, realizaron una exégesis completa de la historia de Haitzmann, publicando su autobiografía y sus obras plásticas. Desde luego, invalidaron el diagnóstico freudiano; en su pluma, el pintor se convirtió en un perfecto esquizofrénico según la terminología bleuleriano-kleiniana. No contentos con asemejar a Haitzmann a un nuevo Schreber, multiplicando las interpretaciones, tan dudosas como las de Freud, los dos autores añadieron a su revisión un análisis del "caso" Freud, subrayando que sus interpretaciones sobre el "diablo sustituto del padre" tenían por origen la cuestión no resuelta de la muerte de su propio padre en 1896.
Hubo que aguardar los trabajos del historiador francés Michel de Certeau (1926-1986) para desprender el texto freudiano de esa espiral interpretativa, y darle un contenido nuevo. Según de Certeau, Freud "fabricaba" ficciones a partir de hechos históricos, y de tal modo, sin saberlo, contribuía a reintroducir en el trabajo del historiador un modelo de inteligibilidad subjetiva que la historiografía había excluido al volverse positivista.
Halberstadt Sophie
Nacida Freud (1893-1920), hija de Sigmund Freud
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Sophie era el cuarto vástago de Sigmund Freud y su mujer Martha, y por lo tanto su segunda hija, nacida en Viena después de Mathilde Hollitscher, y antes de Anna Freud. Le habían puesto ese nombre en homenaje a Sophie Schwab, una mujer muy hermosa que era sobrina de Emil Hammerschlag, antiguo profesor de hebreo de Freud. Lo mismo que su hermana mayor, fue educada en los principios de la burguesía vienesa que, como único destino para las mujeres, preveía que se convirtieran en esposas modelo y madres perfectas. Entre los hijos de Freud, educados de esta manera, se repitieron los conflictos y las rivalidades que había experimentado la generación anterior.
Más bella aún que Mathilde, Sophie fue la preferida de la madre, y tuvo que enfrentar los celos de su hermana Anna, quien sufría por su físico ingrato y por su ineptitud casi total para los trabajos de costura y bordado, en los cuales Sophie aparecía dotada de un talento fuera de lo común: "Deberías ser generosa con tu hermana -le escribió Freud a Anna-; si no, las dos terminarán como dos de sus tías, que nunca pudieron entenderse en su infancia y cuyo castigo fue que se volvieron incapaces de separarse -pues el amor y el odio no son muy diferentes-".
En 1913 Sophie se casó con Max Halberstadt, fotógrafo y retratista renombrado de Hamburgo. La ceremonia de casamiento fue preparada con cuidado, pero la pobre Anna, convalesciente en Merano después de un apendicectomía, no fue autorizada a asistir. Consciente de la desdicha de su última hija, Freud le envió sin embargo una carta de una crueldad increíble, en la que sugería que sin duda Anna estaba celosa de Max, que había sabido ganarse muy rápidamente el amor de Sophie.
En realidad, era Freud, patriarca tiránico compulsivamente apegado al amor de sus hijas, quien no soportaba el matrimonio de Sophie después del de Mathilde, al punto de que Sandor Ferenczi le diagnosticó un complejo de Sophie, y lo comprometió a aceptar normalmente esa pérdida.
Después de un aborto terapéutico que llevó a la familia a temer una esterilidad semejante a la de Mathilde, Sophie puso en el mundo a dos niños: Ernst (apodado Ernsti) en 1914, y Heinz (apodado Heinerle) en 1918. Parecía hecha para la felicidad conyugal pero, en 1920, murió súbitamente, llevada por una epidemia de gripe que asolaba el norte de Alemania. Freud acababa de enterarse de la muerte de Anton von Freund. No fue al entierro de Sophie, al cual asistieron sus dos hijos, Ernst y Martin, en compañía de Max Eitingon, llegado de Berlín. Deprimido, melancólico, Max Halberstadt no se repuso nunca de la muerte de su esposa. Mientras que Mathilde tomó a su cargo al pequeño Heinerle, que iba a sucumbir trágicamente a una tuberculosis miliar tres años más tarde, Anna se ocupó de Ernsti, y pensó incluso en adoptarlo.
Freud le confesó su dolor a Oskar Pfister, subrayando la dureza de los tiempos: "La felicidad [de Max y Sophiel estaba sólo en el corazón de ellos, y no en su vida: la guerra, el llamado al servicio, la herida, la merma de sus recursos, a pesar de esto, seguían teniendo coraje y alegría [ ... ]. La pérdida de un hijo parece ser una herida grave, narcisista; lo que se llama el duelo sólo llega probablemente después."
La muerte de Heinerle fue más terrible aún para él: "Es cierto, perdí una hija querida de 27 años, pero lo he soportado extrañamente bien. Fue en 1920, uno estaba agotado por la miseria de la guerra, preparado desde años antes para enterarse de que había perdido un hijo, o incluso tres hijos. Así estaba preparada la sumisión al destino [ ... ]. Después de la muerte de Heinerle, ya no amo a mis nietos y no disfruto de la vida. Éste es también el secreto de la indiferencia. Se la ha llamado coraje ante la amenaza que pesa sobre mi vida."
En 1924, Fritz Wittels quiso demostrar que la teorización por Freud de la noción de pulsión de muerte en Más allá del principio de placer era el contragolpe del dolor experimentado ante la muerte de Sophie. No lo era en absoluto, y Freud subrayó en una carta a Eitingon de julio de 1920 que el trabajo estaba a medio terminar mucho antes de esa tragedia. Por otra parte, la idea de un instinto de muerte ya había sido formulada por Sabina Spielrein.
En su texto, Freud narra la historia de un niño amado por sus padres, que no los molestaba por la noche ni lloraba nunca cuando la madre se ausentaba, pero que había tomado la costumbre de jugar con un carretel de madera atado a una cuerda. Lo arrojaba y lo recogía gritando "fort-da ", con lo cual expresaba el sufrimiento que le causaba la pérdida del objeto, y el placer de hacerlo reaparecer. Ese "niño del carretel", célebre en toda la literatura freudiana, era el hijo mayor de Sophie, Ernsti. Después de estudiar en Berlín, Ernstl viajó, Visitó en Jerusalén a Eitingon, que había emigrado, después se dirigió a Moscú, y finalmente pensó en instalarse en Johannesburgo, donde residía el padre. En 1938 terminó estableciéndose en Londres. Analizado por Wilhelm (Willi) Hoffer (1897-1967), discípulo vienés de Freud naturalizado inglés, se convirtió en psicoanalista, miembro de la International Psychoanalytical Association (IPA), y trabajó en la Hampstead Child Therapy Clinic, donde se especializó en el estudio de las relaciones precoces entre los bebés y sus madres. También se ocupó de los niños prematuros. En busca de una identidad que lo vinculara con su abuelo, adoptó el apellido de soltera de la madre, y se hizo llamar Ernest W. Freud. Al morir Anna, renunció a heredar la casa londinense de 20 Maresfield Gardens, que se convirtió en el Freud Museum, y se radicó en Alemania, para practicar el psicoanálisis en ese país.
De modo que "el niño del carretel", que por otra parte había olvidado e¡ episodio narrado por su abuelo en Más allá del principio de placer. fue el único descendiente varón de la familia Freud que se convirtió en psicoanalista.
Hall Granville Stanley
(1844-1924) Psicólogo norteamericano
Fundador norteamericano de la psicología genética inspirada en el darwinismo y de una pedagogía evolucionista, pionero de la introducción del psicoanálisis en los Estados Unidos, junto con James Jackson Putnam y Adolf Meyer, Stanley Granville Hall nació en Ashfields, en una vieja familia de granjeros puritanos de la Nueva Inglaterra. Aunque inicialmente orientado hacia la teología y el sacerdocio, se volvió hacia la filosofía después de una fuerte rebelión contra el padre y de una experiencia amorosa.
A los 30 años aprobó su doctorado con el psicólogo William James (1842-1910), y con James Jackson Putnam comenzó a interesarse por los niños deficientes y discapacitados. En el curso de un viaje a Europa llegó a Leipzig para estudiar psicología con Wilhelm Wundt ( 1832-1920), poniéndose además en contacto con los grandes maestros de la patología de la época: Jean Martin Charcot en París, Theodor Meynert en Viena, Hippolyte Bernheim en Nancy. Apasionado de la hipnosis, enseñó psicología en la Johns Hopkins University, y después, entre 1889 y 1920, en la Clark University, de Worcester. En 1887 fundó el American Journal of Psychology, y más tarde realizó una intensa actividad editorial, lanzando otros tres periódicos: el Pedagogical Seminary (que iba a convertirse en el Journal of Genetic Psychology), el Journal of Applied Psychology, y el Journal of Religious Psychology.
En 1909 invitó a Sigmund Freud a dar conferencias en la Clark University, después de haber enseñado psicoanálisis él mismo. Más tarde se volvió hacia la escuela de psicología individual de Alfred Adlter, y posteriormente se consagró al estudio de la religión y la gerontología.
Hans
(el pequeño [Juanito])
Seudónimo de un niño a propósito del cual Freud expone su perspectiva sobre la sexualidad infantil y el lugar de esta en la historia individual.
Freud presenta estas concepciones en un artículo de 1909, Analyse der Phobie eines fünfjährigen Knaben (Análisis de la fobia de un niño de cinco años). El surgimiento de una fobia en la historia de este niño le permite a Freud poner en evidencia el papel del complejo de Edipo y la función subjetiva de la castración, y, más allá de ello, el papel de la función paterna en el deseo inconciente. Véase fobia.
Handling
s. m. [Término inglés.] En la terminología de D. W. Winnicott, manera adecuada de manipular y cuidar corporalmente a un bebé, que favorece sobre todo, en su desarrollo espontáneo, el proceso de personalización.
Esta función nace, como la del holding, de la identificación de la madre con el recién nacido, que la hace capaz de adaptarse a sus primeras necesidades de una manera casi perfecta. Véase holding.
Happel Clara
Nacida Pinkus (1889-1945) Médica y psicoanalista alemana
Nacida en Berlín en una familia judía, Clara Happel se interesó muy pronto por el psicoanálisis y se formó en el diván de Hanns Sachs. En 1920 participó en la creación del Instituto Psicoanalítico de Francfort. Más tarde se instaló en Hamburgo para trabajar con August Watermann. En 1934 emigró a los Estados Unidos con sus dos hijos, en condiciones difíciles. En el consulado norteamericano anotaron en sus papeles: "Mujer con dos hijos. Se convertirá en una carga para los Estados Unidos." Al llegar fue llevada a Ellis Island. Sandor Rado fue a buscarla para albergarla en su casa y ayudarla a integrarse. Clara decidió finalmente instalarse y practicar el psicoanálisis en Detroit, donde no había ningún grupo freudiano. En 1941, después del ataque a Pearl Harbor, fue denunciada a la policía como enemiga del país por un ex paciente psicótico, y pasó seis semanas en la cárcel. Al salir, no pudo ya ejercer su profesión y cayó en la melancolía. En 1944, sin dinero y solitaria, partió a vivir en Nueva York, donde se suicidó un año más tarde, tomando una dosis masiva de barbitúricos.
Hartmann Heinz
Médico y psicoanalista norteamericano de origen austríaco (Viena 1894 - Stony Point, Nueva York, 1970).
Junto con E. Kris y R. Loewenstein, es representante de la ego psychology o psicología del yo, que plantea como objetivo de la terapia analítica la adaptación del yo a la realidad.
Hartmann Heinz
(1894-1970) Psiquiatra y psicoanalista norteamericano
Fundador de la corriente de la Ego Psychology- y gran figura de la escuela neoyorquina de psicoanálisis, Heinz Hartmann nacio en Viena y fue educado en un ambiente intelectual sin confesión ni pertenencia religiosa, fenómeno raro para la époéa. Provenía de la gran burguesía vienesa, elitista y refinada. Su padre había sido profesor de historia antes de ser nombrado embajador en Berlín, y su abuelo materno era el famoso ginecólogo Rudolf Chrobak (1843-1910), quien había puesto a Sigmund Freud en la pista de la etiología sexual de la histeria. En su juventud, Hartmann había sido atendido por Josef Breuer. De modo que tenía vínculos con la familia freudiana.
Después de haber sido alumno de Julius Wagner-Jauregg, viajó a Berlín, donde se familiarizó con el pensamiento de Max Weber (1864-1920) y de Kurt Lewin (1890-1947). Paralelamente realizó un primer análisis didáctico con Sandor Rado en el marco del prestigioso Berliner Psychoanalytisches Institut (BPI). De vuelta en Viena, se integró en 1925 a la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPB), y después emprendió un segundo análisis con Sigmund Freud, quien lo consideraba uno de sus mejores alumnos de lo que se ha convenido en llamar la segunda generación. A partir de 1932 fue uno de los directores del Interantionale Zeitschrift.für Psychoanalyse; en 1937 emprendió la revisión de la segunda tópica freudiana, lo que lo llevaría a la Ego Psychology.
De paso por París en 1938, se vio mezclado sin quererlo en los conflictos de la Société psychanalytique de Paris (SPP) a propósito de la elección de Jacques Lacan como miembro titular. En efecto, Rudolph Loewenstein le rehusaba este título a Lacan, e intervino Édouard Pichon intercambiando la designación de Hartmann por la del maestro francés. Más tarde Hartmann se opuso con firmeza a Lacan en las dos escisiones del movimiento psicoanalítico en Francia. En cuanto a Lacan, no vaciló en tratar a la Ego Psychology de "cáncer constituido por las coartadas recurrentes del psicologismo", y en calificar al psicoanálisis norteamericano, encarnado a sus ojos por los trabajos de Hartmann, de psicología descarriada al servicio de la libre empresa. Por otra parte, Freud no había sido más indulgente al reprocharle a los norteamericanos, a propósito de ¿Pueden los legos ejercer el análisis?, que hubieran hecho de su doctrina "la criada para todo servicio de la psiquiatría".
Obligado a huir de Francia en 1939, Hartmann se refugió en Suiza, en la casa de Raymond de Saussure, donde se reunió con Loewenstein. Los dos emigraron a los Estados Unidos en 194 1, y en Nueva York Hartmann comenzó una segunda vida de jefe de escuela, convirtiéndose en el principal representante de la ortodoxia freudiana, junto a Anna Freud. Con ella y Ernst Kris creó en 1945 la revista Psychoanalytic Study of the Child, órgano representativo del annafreudismo en el dominio del psicoanálisis de niños. René Spitz publicó allí numerosos textos. Director del Instituto de Nueva York entre 1948 y 1951, presidente de la New York Psychoanalytical Society (NYPS) entre 1952 y 1954, presidente de la International Psychoanalytical Association (IPA) entre 1953 y 1959, murió colmado de honores, no sin haber sido violentamente criticado en el interior mismo de la internacional freudiana, sobre todo por Heinz Kohut, en razón de la imagen desastrosa que daba del psicoanálisis a través de su teoría del yo, de su ortodoxia y de su apología de las curas clásicas, cronometradas, silenciosas, y fuera de precio.
Heimann Paula
(1899-1982) Médica y psicoanalista inglesa
Nacida en Dantzig de padres rusos, Paula Heimann estudió en varias universidades alemanas antes de instalarse en Berlín. Se orientó entonces hacia el psicoanálisis, realizando una cura con Theodor Reik. Se convirtió en miembro de la Deutsche Psychoanalytische Gesellschaft (DPG) en 1932, y al año siguiente se vio obligada a emigrar. Ernest Jones la invitó a vivir en Londres y a integrarse a la British Psychoanalytical Society (BPS). Muy pronto se hizo amiga de Melanie Klein, de quien fue la confidente después de la muerte trágica de su hijo mayor. De hecho, se convirtió de alguna manera en su hija adoptiva. Más tarde realizó con ella una nuevo análisis, y fue una discípula asidua. Durante el período de las Grandes Controversias, la apoyó lealmente. Después de la Segunda Guerra Mundial, convertida en una de las didactas importantes de la BPS, escribió numerosos artículos clínicos y se hizo notar sobre todo por sus trabajos sobre la contratransferencia, la identificación proyectiva y las relaciones de objeto.
En 1949, la publicación de su artículo sobre la contratransferencia le creó un conflicto con Melanie Klein. Sintiéndose tratada "como esclava", se rebeló y fue rechazada de manera implacable por los kleinianos. Se unió entonces al grupo de los Independientes.
Heller Hugo
(1870-1923) Editor austríaco
Vienés de origen húngaro. Hugo Heller participó desde 1902 en las reuniones de la Sociedad Psicológica de los Miércoles. Su célebre librería era un lugar de encuentro de escritores y poetas. Heller fue el primer editor de la revista Imago y del Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse.
Helmholtz Hermann Ludwig Ferdinand von
(1821-1894) Psicólogo y físico alemán
Nacido en Potsdam, Hermann von Helmholtz estudió en la escuela de los médicos militares prusianos. Designado primero profesor de fisiología en la Universidad de Königsberg, en 1849, más tarde ocupó la cátedra de la misma disciplina en Heidelberg, antes de enseñar en Berlín, donde se creó especialmente para él una cátedra de física.
Para comprender el lugar de la obra de HeImholtz en la historia del descubrimiento del inconsciente y, más en general, en la historia de las ciencias, es preciso relacionarla con esa fisiología moderna cuyo terreno se constituyó a fines del siglo XIX a través de los trabajos de los grandes positivistas: "Entre la experimentación fisiológica del siglo XVIII y la del siglo XIX -escribió Georges Canguilhem- la diferencia radical tiene que ver con la utilización sistemática por esta última de todos los instrumentos y aparatos que las ciencias fisicoquímicas en pleno desarrollo permitieron adoptar, adaptar y construir, tanto para la detección como para la medición de los fenómenos.
Alumno del embriólogo Johannes Peter Müler (1801-1858), Helmholtz supo aliar a la exigencia de medición y cuantificación (extraña a su maestro) el sentido filosófico de la unidad de la naturaleza que Müller le había transmitido. Dominando todas las ciencias de su época, se interesó por los fenómenos de la percepción, y creó la expresión -inferencia inconsciente- para designar el proceso de reconstrucción que le permite a cada sujeto percibir una experiencia o un objeto a distancia de la simple impresión de los órganos.
En 1847, en su memoria Sobre la conservación de la fuerza, presentó una audaz demostración de la aplicación al conjunto del universo físico de una ley que iba a convertirse en principio fundamental de la termodinámica. Con el mismo enfoque, se interesó por la óptica y la acústica, e inventó dos aparatos: el oftalmómetro y el oftalmoscopio. Uno servía para explorar el ojo, y el otro para medir sus curvaturas. De tal modo abrió el camino para el desarrollo experimental de la óptica fisiológica.
Siegfried Bernfeld, en 1944, fue el primero en señalar la importancia de los trabajos de la escuela de Helmholtz en la génesis de la doctrina freudiana. Si bien Johannes Müller había inculcado en sus alumnos la convicción de que la fisiología debía triunfar sobre la vieja medicina romántica, él mismo siguió apegado a la doctrina del vitalismo. Precisamente, ésa fue la doctrina que combatieron Helmholtz y sus compañeros. Emil Du Bois-Reynond (1818-1896), Carl Ludwig (1816-1895) y Ernst Wilhelm von Brticke. todos alumnos de Müller. En 1845, animados por un espíritu de cruzada, formaron un pequeño grupo, cuyo objetivo era imponer la verdad de que "en el organismo sólo actúan las fuerzas físicas y químicas, con exclusión de cualesquiera otras". Treinta años más tarde eran los jefes indiscutibles de la medicina y la fisiología de lengua alemana, e impusieron una corriente mecanicista y organicista en la neurología y la fisiología, a fin de separarlas de cualquier modelo filosófico. De tal modo realizaron la unión de la neurología y la psicología.
Gran admirador de los trabajos de Helmholtz, Sigmund Freud fue introducido en su pensamiento a través de la enseñanza de Brücke. Tomó de la fisiología de su época la referencia a la dinámica, que se encuentra en su primera tópica, así como las nociones de conflicto, oposición o formación de compromiso, que estructuran su descripción del aparato psíquico.
Herbart Johann Friedrich
(1776-1841) Filósofo alemán
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Sucesor de Immanuel Kant (1724-1804) en la cátedra de Königsberg en 1809, y alumno de Johann Fichte (1762-1814), Johann Friedrich Herbart fue uno de los fundadores de la psicología moderna. En su obra principal, La psicología como ciencia basada en la experiencia, la metafísica - y las matemáticas, trató de erigir una ciencia del hombre sobre la enseñanza de las ciencias naturales, el asociacionismo inglés y el idealismo especulativo alemán.
Aunque nunca estuvo en Austria, fue por cierto el filósofo más admirado en ese país, donde ganó partidarios y tuvo discípulos entre los católicos, los médicos y los pedagogos laicos (que trataron de reformar la enseñanza en los liceos y las universidades a partir de tales teorías). Éste fue sobre todo el caso de Franz Brentano, o incluso el de Franz Exner (1802-1853) y su alumno Gustav Adolf Lindner (1822-1877), ambos autores de manuales de psicología empírica muy difundidos a partir de la década de 1850.
Antes de Herbart, Johann Fichte había criticado el cogito cartesiano y el acto de conocimiento kantiano como toma de conciencia del pensamiento cognocente. Fichte definió el yo como un sujeto trascendental que se ponía a sí mismo para sí mismo. Este yo era infinito y, para realizarse, necesitaba un no-yo. Según Fichte, este drama de la relación del yo con el no-yo caracterizaba la identidad del sujeto moderno, siempre obligado a afirmar su realidad mediante una actividad.
A partir de esta concepción del yo, Herbart desarrolló una doctrina completa en torno a las nociones de representación, pulsión y represión. Hizo estallar la identidad ya dividida del sujeto de la filosofía poskantiana en múltiples representaciones definidas como átomos del alma: reprimidas por debajo del umbral de la conciencia, luchan entre sí para invadirla.
Con esta teoría, Herbart describía todas las modalidades del inconsciente dinámico en el que se inspiraría Sigmund Freud en la elaboración de su primera tópica.
Partidario del orden y del conservadurismo político, Herbart hizo obra de pedagogo basándose en los principios de una disciplina semifeudal que convenía al ideal conservador del imperio de José II. Prefiriendo el saber adquirido al espíritu inventivo, preconizó un sistema educativo que favorecía a los especialistas y los conocedores, en detrimento de los creadores. De allí su éxito en el ambiente académico vienés.
En una conferencia de 1911, publicada tres años más tarde, Luise von Karpinska, una psicóloga polaca, fue la primera en estudiar la importancia de la doctrina dinámica de Herbart en la génesis del pensamiento freudiano. Después de ella, Maria Dorer trató de demostrar que Freud había sido marcado por el herbartismo a partir de la enseñanza de su maestro Theodor Meynert. Más tarde, Siegfried Bernfeld puso de manifiesto la importancia que había tenido para el joven Freud la lectura del manual de Lindner titulado Lehrbuch der Psychologie von Stanpunkte des Realismus und nach genetischer Methode, publicado en 1875. Finalmente, Ernest Jones y sobre todo Ola Andersson estudiaron de manera más sistemática el lugar del herbartismo en la doctrina freudiana.
Herencia - Degeneración
Proveniente del darwinismo social, el término herencia-degeneración invadió a fines del siglo XIX todos los dominios del saber, desde la psiquiatría hasta la biología, pasando por la literatura, la filosofía y la criminología. Se encuentran sus huellas principales en la teoría de la sexualidad de Richard von Krafft-Ebing, en la nosografía de Emil Kraepelin, en las tesis de Cesare Lombroso (1835-1909) sobre el "criminal nato", en las de Gustave Le Bon (1841-1931) sobre la psicología de las multitudes, y en las de Georges Vacher de Lapouge sobre el eugenismo, pero también en las obras de Hippolyte Taine (1828-1893) sobre la Revolución Francesa, en la novela de Karl Huysmans (1848-1907) titulada A rebours, aparecida en 1884, en la de Émile Zola (1840-1902) Le Docteur Pascal, publicada en 1893, y sobre todo, el mismo año, en el libro célebre de Max Nordau (1849-1923) Dégénérescence, que impregnó a toda la generación de los judíos vieneses obsesionados por la cuestión del "auto-odio judío" y la bisexualidad.
La emergencia de esta configuración fue perfectamente descrita en 1976 por Michel Foucault (1926-1984). Era la etapa final de la creencia en el privilegio social, que favorecía la afirmación de un ideal "biológico" en el que el culto de las "buenas" razas se basaba en el antisemitismo, las desigualdades, el odio a las multitudes (criminales, histéricos, marginales, etcétera), para proponer una teoría general de las relaciones entre el cuerpo social, el cuerpo individual y el dominio de lo mental, concebidos como entidades orgánicas y descritos en términos de norma y patología.
La doctrina de la herencia-degeneración subordinaba así el análisis de los fenómenos llamados patológicos (locura, neurosis, crímenes, enfermedades sexuales, anomalías diversas) a la observación de estigmas o huellas que revelaban las taras (sociales o individuales), las cuales tenían la consecuencia de hundir al hombre en la degradación, y a la nación en la decadencia. A partir de ese tronco se perfilaban dos vías antagónicas. Una tomaba la degeneración al pie de la letra, y anunciaba la caída final de la humanidad, víctima de sus instintos. Desembocó lógicamente en el eugenismo y el genocidio. Contra el mal radical, el remedio tenía que ser radical: por un lado la selección para preservar la "buena raza", y por el otro la eliminación para hacer desaparecer a la "raza mala”.
La otra vía era higienista y progresista. Creía en la curación del hombre por el hombre. Se propuso entonces combatir las taras y la patología mediante la profilaxis, la pedagogía, la reeducación de las almas y los cuerpos. Contra la idea de la caída, desarrolló la idea de la redención del hombre por la ciencia. De tal modo restableció la tradición de la filosofía de la Ilustración, de la cual provenía la psiquiatría dinámica.
En virtud de su ruptura radical con las teorías hereditaristas del inconsciente y la sexualidad, Sigmund Freud inscribió el psicoanálisis en esa tradición progresista e higienista, aunque como heredero del romanticismo su conciencia oscilaba entre crítica y trágica, entre el discurso "racional" de la ciencia y el apego a lo "irracional" de la pulsión, la locura, el sueño.
La doctrina de la herencia-degeneración tuvo en Francia un destino particular en la historia de la implantación del freudismo, por la eclosión del affaire Dreyfus en 1894, la irrupción de una fuerte corriente germanófoba, y la constitución de un modo de resistencia al psicoanálisis, chovinista, xenófobo y antisemita, a través de diversas teorías psicológicas, sobre todo la de Pierre Janet. De allí el intento de la primera generación psicoanalítica francesa de elaborar un freudismo---nacional-desembarazado de la supuesta "barbarie alemana".
Hermann Imre
(1889-1984) Médico y psicoanalista húngaro
Imre Hermann, gran figura de la escuela húngara de psicoanálisis, e Isl:van Hollos fueron los únicos psicoanalistas que permanecieron en el país. Debido a su longevidad, Hermann aseguró el relevo del freudismo bajo el régimen comunista a partir de 1945.
Hijo de un ejecutivo de la compañía ferroviaria, pasó su infancia en Zagreb. Muy pronto se interesó por las matemáticas y la psicología experimental, y después eligió la carrera de médico. Miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Budapest desde 1919, fue analizado por la primera esposa de Sandor Rado, Erzsebet Revesz (1887-1923), más tarde por Sandor Ferenczi, y finalmente por Wilma Kovacs (1882-1940). En 1922 se casó con Alice Czinner, que se convertiría en psicoanalista; este matrimonio tuvo tres hijos.
Autor de diez libros y de un centenar de artículos, Hermann, lo mismo que Ferenczi y casi todos los representantes de la escuela húngara, fue un excelente clínico, partidario de la técnica activa y persuadido de la necesidad de una transferencia maternante en los casos de psicosis. En este sentido, sus tesis anticiparon las de la Self Psychology, sobre todo en los ámbitos de la sexualidad femenina y el narcisismo.
Trató de elaborar modelos matemáticos para basar el psicoanálisis sobre datos biológicos. Con este enfoque, forjó la expresión "instinto de aferramiento" para designar un modo de frustración consistente en la renuncia progresiva por el niño a los hábitos del mono. En efecto, según Hermann la madre y el infante constituyen una unidad biológica que se deshace y da lugar a continuación a un "enganche a distancia", es decir, a una relación de amor. Melanie Klein iba a ser fuertemente influida por los trabajos de Hermann.
Hesnard Angelo
(1886-1969) Psiquiatra y psicoanalista francés
Nadie puede cuestionarle a Angelo Hesnard el título de primer pionero del psicoanálisis en Francia. Este navegante infatigable, autor de un hermoso libro sobre el universo de la culpa, incluido en el índex por la Santa Sede, durante toda su vida se negó a hacerse analizar. Fue ante todo un polígrafo oportunista, marcado por la tradición francesa de la herencia-degeneración. Al adoptar de entrada las tesis de la escuela francesa de psiquiatría, a través de la enseñanza de su maestro Errimanuel Régis (1855~1918), fue un representante puro del "psicoanálisis a la francesa", germanófobo y hostil al supuesto pansexualismo freudiano.
De tal ¡nodo, en el núcleo de la primera generación de la Société psychanalytique de Paris (SPP), se convirtió en el artífice principal de una corriente patriotera cuyas tesis pueden resumirse como sigue: Sigmund Freud es un científico entre otros, sus tesis provienen de la psiquiatría zuriquesa (Eugen Bleuler, Carl Gustav Jung), y la idea de inconsciente no es más que una variante de la de subconsciente (Pierre Janet). En cuanto a la teoría freudiana de la sexualidad, lo mismo que la del simbolismo (en el sueño), es la expresión de una mística germana y desmedida (por lo tanto, pansexualista), que se debe adaptar al "genio latino- y a la racionalidad "cartesiana".
De allí la pretensión de transformar el freudismo en una doctrina pro domo et pro patria, cuya mejor expresión sería la tradición psiquiátrica francesa: contra Zurich por una parte, y contra Viena por la otra. De allí la paradoja que también puede encontrarse en otros países: el primer pionero del psicoanálisis en Francia, aunque apasionado del freudismo, no fue analizado ni fue verdaderamente freudiano.
En 1905 el joven Angelo Hesnard ingresó en la escuela principal del servicio de salud de la marina en Burdeos. La escuela bordelesa de psiquiatría disfrutaba entonces de gran renombre, gracias a las personalidades de Albert Pitres (1848-1928, neurólogo, alumno de Jean Martin Charcot, y conocido por su trabajo con la gran histeria) y Emmanuel Régis (alumno de Benjamin Ball [1833-1893], a su vez heredero de la nosografía hereditarista proveniente de la enseñanza de Valentin Magnan [1835-1916]).
Afectado como médico al servicio de salud de la marina en Tolón, y después en el crucero acorazado Amiral Charner, Hesnard comenzó a trabajar con Régis, quien le encargó que emprendiera un estudio profundo de los trabajos de Freud. Gracias a su hermano Oswald, catedrático de alemán, pudo realizar este proyecto y, en 1912, le envió a Freud una carta en la que se disculpaba por el desprecio francés respecto del psicoanálisis. Dos años más tarde publicó con Régis el famoso libro La Psychoanalyse des névroses et des psychoses, verdadero manifiesto germanófobo en favor de una latinización del psicoanálisis; ese libro sería considerado el primer texto de implantación de las tesis freudianas en Francia por la vía médica.
Freud acogió con frialdad esa "interpretación- de su pensamiento, y Sandor Ferenczi, en plena guerra, se encargó de atacar sin miramientos a los artífices de esa posición patriotera. Su artículo de 1915 titulado "El psicoanálisis visto por la escuela psiquiátrica de Burdeos" se mofaba de la idea de la "claridad latina", y oponía al nacionalismo de los autores una argumentación basada en la necesidad que tiene toda ciencia de reconocer a la vez la complejidad de los hechos y la autonomía de la conceptualización.
Miembro fundador en 1926 de la Société psychanalytique de Paris (SPP), Hesnard continuó sosteniendo los principios de la latinidad en el interior de la corriente chovinista representada por Adrien Borel, Henri Codet (1889-1939), y teorizada, desde una perspectiva nueva, por el gramático Édouard Pichon. Pero esto no impidió que, por oportunismo, renegara de la obra de 1914. En 1929, un año después de la muerte de Régis, en una nueva edición, anunció que los capítulos patrioteros, tan criticados por Ferenczi, habían sido escritos por su coautor, el cual ya no estaba allí para defenderse.
Durante toda su vida, Hesnard formó psicoanalistas en el Mediodía de Francia, entre Marsella, Tolón y Montpellier, donde era el único que ejercía, disfrutando del renombre que debía al hecho de haber sido el primer pionero. Allí creó un grupo de estudio para la región mediterránea. Amaba la vida, sabía mostrarse cálido, y aparecía a veces en las reuniones en uniforme de gala, como un almirante salido de las novelas de Pierre Loti.
No obstante, después de la Segunda Guerra Mundial, en el momento en que la SPP, ansiosa por olvidar su pasado chovinista, se adaptaba a los criterios de formación en vigor en todas las sociedades componentes de la International Psychoanalytical Association (IPA), fue puesto al margen debido a su rechazo categórico del análisis didáctico. En 1953, cuando se produjo la primera escisión del movimiento francés, volvió a encontrarse con René Laforgue en las filas de la Société française de psychanalyse (SFP). Diez años más tarde, en oportunidad de la segunda escisión, el comité consultivo de la IPA, presidido por Pierre Turquet, le prohibió formar analistas, al mismo tiempo que a Jacques Lacan y a Françoise Dolto. En 1964 fue integrado por Lacan en la École freudienne de Paris (EFP), donde continuó sus actividades de didacta, redactando numerosos libros de divulgación.
La trayectoria de Hesnard no se parece a la de Édouard Pichon, también apóstol de un psicoanálisis francés y miembro de la Acción Francesa, ni a la de René Laforgue, que no era chovinista y "malogró" su colaboración con los nazis, ni, finalmente, a la de Georges Mauco, el único psicoanalista francés que fue a la vez un antisemita activo y un colaboracionista partidario del nazismo. Sin embargo, la prosa patriotera de Hesnard no está exenta de ciertas huellas de antisemitismo, como lo demuestra su artículo "Sur l”israélisme de Freud", redactado entre noviembre de 1942 y mayo de 1943, y publicado en 1946, en el cual el filosemitismo proclamado en nombre de una psicología de los pueblos lleva irresistiblemente a pensar en el viejo discurso del antisemitismo francés. De hecho, la defensa de la supuesta superioridad de la "raza latina" es la confesión de un antisemitismo que no se atreve a decir su nombre y toma por blanco la KuItur alemana, considerada inferior a la civilización francesa.
Este antisemitismo reprimido, que jamás se ponía de manifiesto en sus publicaciones o en sus actos políticos, Hesnard lo expresaba en privado, como es posible verificarlo en una carta enviada al editor Bernard Grasset (1881-1955), cuyo análisis con René Laforgue había terminado mal: "Le ruego -escribió en 1932- que deje todos estos oropeles, todas estas grandilocuencias, estos «edipos». Usted, latino sutil y maravillosamente intuitivo, no se deje extraviar más por estos espectros del maleficio judeo-germánico." En 1990, la publicación de esta carta por Jean Bothorel, biógrafo de Grasset, suscitó polémicas y golpeó de frente a los alumnos de Hesnard, que siempre habían considerado el discurso latinizante de su maestro como expresión de una ideología común a toda una época, sin analizar su verdadero contenido.
Hilferding Margarethe
Nacida Húnigsberg (1871-1942) Médica austríaca
Nacida en Viena en una familia judía, Margarethe Hilferding fue la primera mujer que participó en las reuniones de la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV). Allí intervino sobre todo en noviembre de 1910, a continuación de una conferencia de Wilhelm Stekel titulada "Elección de profesión y neurosis", en la cual Stekel "aplicaba" el psicoanálisis de manera salvaje para explicar la elección de profesión. Stekel habló de los periodistas y los médicos, cuyas vocaciones, según él, respondían a la pasión por las prostitutas, en un caso, y en el otro a sadismo, voyeurismo y exhibicionismo.
Como era a la vez médica y esposa de un brillante economista de la República de Weimar, también periodista, Margarethe rechazó diplomáticamente esas tonterías. En enero de 1911 expuso sus ideas ante la Sociedad en Los fundamentos del amor materno, demostrando que éste no es innato, sino adquirido. Freud la felicitó. Igual que su esposo, fundador de la revista Marx Studien, Margarethe se convirtió en militante socialdemócrata y, en el momento de la ruptura entre Freud y Adler, ella siguió a este último.
Fue deportada por los nazis al campo de Theresienstadt, y exterminada en Maly Trostinec. Rudolf Hilferding murió en Auschwitz.
Hipérbola
La hipérbola es una curva muy conocida, clasificada entre las cónicas, llamadas así pues provienen de efectuar distintas secciones de un cono. En el caso de la hipérbola, se trata de intersecar al cono con un plano vertical que no pase por su vértice, quedando determinada la siguiente figura:
Las líneas rectas son las asíntotas de la hipérbola. En la geometría proyectiva todas las cónicas (circunferencia, elipse, parábola e hipérbola) son equivalentes, pues cada una puede pensarse como cierta perspectiva de las otras.
Hipnosis
s. f. (fr. hypnose; ingl. hypnosis; al. Hypnose). Estado modificado de conciencia, transitorio y artificial, provocado por la sugestión de otra persona, llamada «hipnotizador», que se caracteriza por una susceptibilidad acrecentada a la influencia de este último y una disminución de la receptividad para otras influencias.
Este cambio en la conciencia y la memoria se acompaña de ideas y reacciones que no son habituales en el sujeto, que son en parte sugeridas por el hipnotizador. Fenómenos como el letargo, la anestesia, la parálisis, la rigidez muscular y modificaciones vaso-motoras de localización a veces muy precisa pueden ser provocadas, mantenidas o suprimidas en tal estado, independientemente de la libre voluntad del sujeto. A. M. J. de Chastenet, marqués de Puységur, discípulo de F. A. Mesmer, tiene el mérito de haber sido el primero en describir, en 1784, este estado de «sonambulismo provocado» por el magnetismo animal. Y J. Braid, un dentista de Manchester, utilizó este «sueño artificial» como método para anestesiar a sus pacientes, y lo llamó «hipnosis» en 1843, cuando elaboró una primera teoría del hipnotismo. Esta sería profundizada por A. Liébault y H. Bernheim, de Naney, que pusieron en primer plano el papel de la sugestión, y por J. M. Charcot, quien, en París, en la misma época, la asimiló, sin duda abusivamente, a los fenómenos de la histeria. S. Freud sería el primero en mostrar que la hipnosis permitía la manifestación de la actividad del inconciente, y desde su práctica de la hipnosis descubriría el psicoanálisis.
Hipnosis
Alemán: Hypnose.
Francés: Hypnose.
Inglés: Hypnosis.
Término derivado del griego hypnos (sueño) y sistematizado entre 1870 y 1878 para designar un estado modificado de conciencia (sonambulismo o estado hipnoide) provocado por la sugestión de una persona por otra persona.
La palabra hipnotismo fue creada en 1843 por el médico escocés James Braid (1795-1860) para caracterizar el conjunto de las técnicas que permiten provocar un estado hipnoide en un sujeto, con fines terapéuticos. La sugestión se produce entonces entre un médico hipnotizador y un enfermo hipnotizado. Las dos palabras -hipnosis e hipnotismo- se utilizan a menudo con la misma acepción.
En 1784, en el momento mismo en que la teoría del magnetismo animal de Franz Anton Mesmer era condenada en París por los expertos de la Academia de Ciencias y por la Sociedad Real de Medicina, el marqués Armand de Puységur (1751-1825) demostraba en su aldea de Buzancy la naturaleza psicológica, y no "fluídica", de la relación terapéutica, reemplazando la cura magnética por un estado de "sueño despierto" o "sonambulismo". Sobre todo, observó que Vicor Race (su "paciente"), lejos de cumplir sus órdenes, se adelantaba a ellas e incluso imponía su voluntad al magnetizador, con palabras, con la verbalización de sus síntomas, sin experimentar crisis convulsivas. Fue así como, en vísperas de la Revolución de 1789, nació la idea de que un amo (un científico, un médico o un noble) podía ser limitado en el ejercicio de su poder por un sujeto capaz de hablar, aunque fuera inferior a él (un criado, un enfermo, un campesino, etcétera).
En 1813, el abate José Custodio de Faria (1756-1819) retomó esta idea, después de haber participado en el movimiento revolucionario. Criticando todas las teorías del "fluido", abrió en París un curso público sobre el "sueño lúcido", y demostró que se podía dormir a sujetos haciendo que concentraran su atención en un objeto o una mirada. De modo que el sueño no dependía del hipnotizador, sino del hipnotizado. En 1845, Alejandro Dumas (1802-1870) convirtió al abate Faria en un personaje de leyenda, con su novela El Conde de Montecristo.
Antes de que esta hermosa idea de la libertad de palabra, propia de la filosofía de la Ilustración, se abriera camino y fuera retomada por Sigmund Freud, fue necesario que, sobre las ruinas del magnetismo, se desarrollara la prolongada aventura de la hipnosis.
Progresivamente liberados del "fluido", los magnetizadores de la primera mitad del siglo XIX empezaron a practicar un hipnotismo espontáneo, provocando estados sonambúlicos en los enfermos nerviosos. Este método de exploración favorecía el develamiento de los secretos patógenos nocivos enterrados en el inconsciente y responsables del malestar psíquico de los sujetos.
A partir de 1840 se desencadenó en Europa y los Estados Unidos una gran ola de espiritismo. Entre las mujeres que se transformaban en videntes, dotadas de personalidades múltiples, y los médicos que dudaban de una posible comunicación con el más allá, el hipnotismo permitía darle un estatuto racional a la relación terapéutica. James Braid, que introdujo la palabra, refutó definitivamente la teoría fluídica, en beneficio de una explicación de tipo fisiológico, y reemplazó la técnica mesmeriana de los "pases" por la fijación de la mirada en un objeto brillante, en lo cual ya había pensado Faria.
La enseñanza de Braid fue retomada por Auguste Liébeault, y a continuación por Hippolyte Bernheim. En 1884 los dos fundaron la Escuela de Nancy, que se convirtió en la gran rival de la Escuela de la Salpêtrière, en la que prevalecía la enseñanza de Jean Martin Charcot.
La disputa entre ambas escuelas, en la que estaba fundamentalmente en juego la cuestión de la histeria, duró una década. Mientras que Charcot asemejaba la hipnosis a un estado patológico, a una crisis convulsiva, y utilizaba el hipnotismo para sustraer la histeria a la simulación y darle el estatuto de una neurosis, Bernheim la consideraba un proceso normal. Veía en el hipnotismo una técnica de sugestión que permitía curar a los enfermos. Al retomar el proyecto de una terapia basada en una pura relación psicológica, abrió el camino al florecimiento de las diversas psicoterapias de la segunda psiquiatría dinámica. Por ello acusó a Charcot de "fabricar" histéricas mediante la sugesión.
La querella que opuso a estas dos escuelas y movilizó a todos los especialistas europeos en enfermedades del alma indicaba hasta qué punto la hipnosis era portadora de una nueva esperanza de curación, mientras la nosografía psiquiátrica de fines del siglo XIX se agotaba en el nihilismo terapéutico a fuerza de preconizar tratamientos inútiles (chaleco de fuerza, baños, electricidad, etcétera) y construir clasificaciones rígidas que excluían el sufrimiento del sujeto.
Marcado a la vez por la enseñanza de Charcot y la de Bernheim, Freud abandonó muy pronto la hipnosis por la catarsis, como surge de los Estudios sobre la histeria.
Las razones de ese abandono y ese desinterés han sido objeto de múltiples comentarios contradictorios. Sin embargo, son muy simples. Si a Freud no le gustaba la hipnosis, y consideraba el hipnotismo como una técnica bárbara que sólo podía aplicarse a una cantidad restringida de enfermos, ello se debía a que el psicoanálisis, como técnica de verbalización de los síntomas mediante la palabra, permitía finalmente que el enfermo hablara con libertad y plena conciencia, sin necesidad de entregarse a un sueño artificial.
Un siglo después de Puységur, y en la más pura tradición de las Luces, Freud reactualizaba de tal modo la gran idea de la libertad del hombre y su derecho a la palabra, demoliendo simultáneamente las tesis de Charcot y las de Bernheim. El primero sólo utilizaba la hipnosis con fines de demostración, y el segundo sólo curaba al precio de encerrar al enfermo en la sugestión. Apartándose de estas dos escuelas, Freud fue el único científico de su época con una propuesta terapeútica que, liberando al enfermo de los últimos restos de un magnetismo convertido en hipnotismo y sugestión, proponía una filosofía de la libertad basada en el reconocimiento del inconsciente y de su camino real: el sueño.
Con el florecimiento M freudismo se perfiló la decadencia del hipnotismo. Pero su práctica no desapareció. Se volvió a recurrir a él entre 1914 y 1918, en el momento de la primera conflagración mundial, para atender los síntomas histéricos de los soldados afectados de neurosis de guerra. Además, en cada una de las crisis del movjmiento psicoanalítico se planteó de nuevo la cuestión de la hipnosis y de su posible retorno. Obsesionados por sus orígenes, diversos psicoterapeutas formados en el freudismo tendieron a lo largo de todo el siglo XX a volver al hipnotismo, o para demostrar la existencia de un resto de sugestión en el interior de la relación transferencial, fuera para denunciar los atolladeros terapéuticos de la cura freudiana clásica, fuera finalmente para afirmar, con un enfoque revisionista, que Freud no había inventado nada nuevo, y que se había dejado engañar por simuladoras en estado hipnótico.
Sea como fuere, se continuó practicando la hipnosis, sobre todo en Rusia, después de la extinción del movimiento psicoanalítico. Proliferó en la tierra fértil de la teoría pavloviana. En los Estados Unidos experimentó una renovación a partir de 1960 con los trabajos del psiquiatra Milton Erickson (1901-1980), quien la volvió a ubicar en el lugar de honor, con un enfoque de eficacia y empatía, tanto para curar pacientes afectados de trastornos de la personalidad como en el marco de las terapias familiares breves. En Francia, la técnica M "ensueño dirigido" de Jacques Desoille fue un derivado del hipnotismo y la sugestión, lo mismo que el entrenamiento autógeno de Johannes Schultz en Alemania.
Hipocondría
Ante la multiplicidad de las «definiciones» de la hipocondría, resulta difícil escoger una que responda precisamente al cuadro mórbido tal como nos lo representamos en la práctica cotidiana. Desde Hipócrates, las «disputas» entre los médicos no han cesado, en particular en cuanto a la interpretación de la dicotomía psique-soma. Fue Galeno, en el siglo II, quien creó la noción de «enfermedad hipocondríaca», privilegiando en sus descripciones los síntomas mentales; esas descripciones atravesaron los siglos, nutriendo en el siglo XVII la obra de Moliére, que sigue siendo una de las mejores evocaciones clínicas de la hipocondría.
Entre todas las definiciones, retendremos principalmente la de Dubois d'Amiens, de 1833: «Monomanía muy clara, que se distingue por una preocupación dominante especial y exclusiva, o por un temor excesivo y continuo a enfermedades extravagantes e imaginarias, o por la íntima convicción de que las enfermedades, reales en verdad, pero siempre imprecisas, sólo pueden terminar de una manera funesta» (Histoire philosophique de l'hypocondrie et de l'hystérie).
A esto hay que agregar que, según H. Maurel, se trata siempre de un drama de dos personajes («Actualité de l'liypocondrie», Congr. Psychiatr. Neuro., Nimes, 1975) y, como lo precisa Jean-Louis Place, que en la hipocondría hay un «encuentro entre una sensación, una dinámica individual y un discurso» (cf. el estudio exhaustivo que él consagra en su tesis a l’Histoire de l'hypocondrie, en 1984, y en su informe Hypocondrie: étude clinique, de 1986, así como en diversos artículos).
La hipocondría... La mayoría de los autores franceses escriben la palabra sin la «h» intermedia, contrariamente a la tradición (hypochondrie); a la que no obstante siguió fiel Henti Ey. Esta ortografía simplificada -ya admitida con reticencia por Littré- denota quizás la preocupación por romper con la opinión milenaria según la cual se trata de una enfermedad del hipocondrio (I'hypochondre): lo que está debajo de las costillas; patología de los «humores», como lo es también la melancolía, etimológicamente «bilis negra».
Lugar de la hipocondría en la nosografía
La hipocondría, ¿es una «categoría» nosográfica como la histeria o la neurosis obsesiva? ¿Es una «enfermedad» que puede delimitarse? ¿O bien un síndrome, un agrupamiento de síntomas? ¿O simplemente un modo de ser, un estilo de existencia, una forma particular de «presentación» (Darstellung)? La dimensión hipocondríaca es universal: todo hombre, todo «ser hablante» («parêtre») presenta un trasfondo de hipocondría, pero los animales no son hipocondríacos. En términos clínicos, ¿hay que hablar, como en el siglo XVIII, de hipocondrías sine materia o cum materia? Este -" un falso problema. Por una parte, toda afección, aunque sea «mental», tiene un soporte material. Además habría que precisar la especificidad de ese soporte. Por otro lado, existen hipocondrías «injertadas» en enfermedades orgánicas verdaderas. El problema fundamental consiste en definir el estilo hipocondríaco: así como se habla de «queja melancólica», tendría que poder precisarse la «queja hipocondríaca». Se trata siempre de la expresión de un padecimiento, que es una forma particular de goce.
Freud, en 1896, distinguió la autoacusación propia de la neurosis obsesiva, de la angustia hipocondríaca. Nunca consagró a la hipocondría un capítulo especial; lo que dijo sobre ella está disperso en textos que abordan otros problemas. En 1911, por ejemplo, subrayó el parentesco entre hipocondría y paranoia, así como entre neurosis de angustia e histeria. En 1914, en «Introducción del narcisismo» diferenció tres grandes tipos de «neurosis actuales»: la neurastenia, la neurosis de angustia y la hipocondría. Y en relación con esto opuso libido del yo, dominio de la angustia hipocondríaca, y libido de objeto, dominio de la angustia neurótica.
¿Por qué hay tan pocos textos que traten exclusivamente de la hipocondría? Está, por cierto, el estudio de Henri Ey, pero en la Enciclopedia médico-quirúrgica de psiquiatría no se le dedica específicamente ningún trabajo. Es como si la hipocondría se infiltrara en cuadros mórbidos muy diferentes, en cuyos trasfondos se encuentran en efecto elementos hipocondríacos: por ejemplo, en la mayoría de las depresiones, en los síndromes predemenciales, en las alternancias o las combinaciones de paranoia e hipocondría, etcétera. Por otra parte, el hecho de que las quejas hipocondríacas sean -según Freud- manifestaciones patológicas de la «libido del yo», explicaría la nota megalómana del hipocondríaco, que puede fomentar sistemas de reivindicaciones. Se trata de una posición regresiva, de agresión dirigida contra los otros, sobre todo contra el ambiente habitual, familiar o de otro tipo, pero también respecto de una especie de alter ego privilegiado: el médico, el mago, el hechicero, etcétera. Por lo tanto, paradójicamente, «contra» y «con» otro. Necesidad de una «díada lógica». Lo que «quiere» el hipocondríaco es demostrar que tiene razón «contra» el facultativo. Cambia entonces con frecuencia de «partenaire científico» para demostrar su superioridad en cuanto a la verdad. Es patente (y constituye el signo de un estado regresivo) la confusión entre «verdad» y «saber», y la ilusión de que, agotando el saber, se alcanzará la verdad... El hipocondríaco está entonces condenado al fracaso, pero para él ese fracaso es siempre el fracaso del saber: por esta razón cambia de interlocutor, pasando del generalista a todos los especialistas. Se siente especialmente justificado en esa posición cuando alguno de los médicos, por cansancio o desaliento, baja los brazos y se rinde, diciéndole: «No comprendo lo que sucede, no soy lo bastante competente, lo envío a un especialista». En el estudio de la hipocondría a través de la historia, se comprueba que su retórica es influida por el estado de la medicina y el progreso de la ciencia. Se podría descifrar toda la historia de la medicina a través de los relatos hipocondríacos. El hipocondríaco de la época de Molière no tiene el mismo discurso que el hipocondríaco de los scanners, de las fibroscopias, las endoscopias, las radiografías, etcétera.
Al clasificar la hipocondría entre las «neurosis actuales», Freud consideró que no era competencia del psicoanálisis, sino de la patofisiología; en particular, estimó que en ella no existía la posibilidad de transferencia, afirmación discutida por la mayor parte de los analistas que se abocaron posteriormente a este problema. La puesta en perspectiva de los diferentes aportes analíticos que siguieron a esa posición demasiado global de Freud tendría que permitir que nos orientemos mejor en esta problemática, tanto más compleja cuanto que parece constituir una especie de encrucijada en la que convergen la psicología, la patofisiología, y también la mayoría de las grandes estructuras mentales como la paranoia, la neurosis obsesiva, la parafrenia, etcétera. Su delimitación es entonces más incierta que la de esa otra «encrucijada» que es la fobia, y el hecho de que se infiltre en cuadros mórbidos muy diversos constituye la marca misma de su dimensión regresiva; es la modalidad de esa regresión lo que se han esforzado en definir los analistas que abordaron el tema. Para precisar mejor lo que está en cuestión en la hipocondría, puede ser interesante comparar hipocondría e histeria.
La histérica da a ver -se da en espectáculoen lo visible. El paciente hipocondríaco, por su parte, da a oír. La histeria, incluso en las formas extremas de conversión, permanece en ese nivel de dar a ver la forma del cuerpo, la piel, la envoltura, mientras que la hipocondría da a oír lo que pasa bajo la piel, bajo la envoltura corporal. La histérica está en la «escena» («la otra escena»: escena del sueño, del fantasma); de ahí la correlación tradicional entre histeria y teatro. Al hipocondríaco, ¿hay que ubicarlo más bien del lado del apuntador? Esto significaría atribuirle un rol demasiado preciso: quizá sería más exacto decir que él es el gran poeta de todos los agujeros del cuerpo, y que cuando ha completado la recorrida por ellos, no para hasta que se hace abrir, o mejor, eventrar. De allí su apetencia por todas las técnicas de la medicina moderna que relegan a los médicos al rango de «grandes mecánicos», provistos de herramientas, de perforadoras, de tubos «voyeurs» como los fibroscopios, etcétera. El goce del que se trata no es el goce de la envoltura o del espectáculo, sino un goce «metafísico». Se quiere saber qué hay detrás de la envoltura... De modo que hay que interrogar los órganos, a tal punto que algunos autores, a propósito de la hipocondría, han hablado de «neurosis de órgano». Hay todo un goce de la intrusión, en cuanto esa intrusión va a demostrar que el hipocondríaco sabe, que es el poseedor de la verdad. Él quiere mostrarse, no en una escena, sino en un «hacerse ver» de segundo grado: quiere mostrarnos el funcionamiento de sus órganos... Se trata de una regresión a la posición «oral-sádica» activa en correlación con una personalidad ya totalmente constituida sobre una modalidad estructural «anal retentiva». Toda operación que él «se» haga padecer será consignada y engrosará la lista de las pruebas de su «saber». En efecto, a menudo tiene en su poder más documentos que el médico, y con ellos lidiará contra él. Siempre hay una especie de torneo entre el hipocondríaco y el hombre de ciencia. Por cada victoria, un trofeo. Y él inscribirá con letras de oro el nombre de todos los médicos que ha visto y que ha derrotado. Suele ocurrir que el hipocondríaco tenga de cinco a diez médicos a la vez, a los cuales, mediante una especie de broma provocativa, opone entre sí para neutralizarlos mejor y, a través de sus supuestos disensos, demostrar su propia superioridad en el campo del saber.
Un trastorno del narcisismo originario
Para Rosenfeld (1964), la regresión hipocondríaca está relacionada con un trastorno profundo del narcisismo originario. En efecto, la hipocondría se ubica más bien del lado del narcisismo originario, mientras que la histeria depende más del narcisismo especular. Parafraseando lo que dice Freud con respecto a los sueños y el inconsciente, se podría afirmar que la hipocondría es «la vía regia» que conduce hacia el narcisismo originario, pero en este caso se trata de un narcisismo originario patológico. Ante esta complejidad, los analistas que la estudiaron han tratado de encontrar puntos de reaseguro estructural. Así, llevando al infinito la serie de los síntomas hipocondríacos, se llega al síndrome de Cotard. Pero el síndrome de Cotard es la asíntota, el punto límite de la hipocondría-, ya pertenece a otro dominio. Y con todo derecho Henri Ey, en sus Estudios, consagra un capítulo independiente a este síndrome, que de tal modo distingue netamente de la hipocondría, tratada en el capítulo siguiente.
Ferenczi se interesó mucho en la hipocondría, cuya estructura, según él, está dominada por el erotismo anal. Para Schilder, el hipocondríaco tiende a una despersonalización total; el cuerpo del que aquí se trata no es el cuerpo tal como se ve, el cuerpo que es visto y que ve, sino el cuerpo que no es visto, Esta forma límite de una «despersonalización» que no es experimentada como tal, se parece a lo que Melanie Klein llamaba «el cuerpo "despedazado"». En el límite, hay un desmantelamiento del cuerpo, en una dimensión dionisíaca, y el peor error en el que puede caer el médico es «cargar las tintas» de la fragmentación. Pero eso es lo que exige el hipocondríaco (y puede incluso llegar a la agresión): más exámenes, nuevos análisis; exigencia de «fragmentación» técnica que el médico a veces se ve obligado a acatar. Se conocen casos de agresión contra médicos que se negaron a prescribir esos exámenes, sobre todo si justificaron su negativa con frases como «Pero veamos, si esto no es nada». La agresión puede ser incluso mortal, o tomar la forma de un paso al acto suicida. ¿Cómo explicar estos comportamientos? Es que la fragmentación constituye una defensa con la que el hipocondríaco preserva su narcisismo originario desfalleciente.
Hay monstruos detrás de la muralla: King Kong y monstruos arcaicos... Si uno va a verlos, corre el riesgo de liberarlos... Pero las «exploraciones» demandadas por el hipocondríaco no tienen por meta aventurarse en ese dominio, sino sólo detenerse un poco de este lado de la muralla... Schilder habla de «esquema corporal», lo cual no debe entenderse en el sentido neurológico, ni en el sentido de la imagen especular, y puede compararse con «la imagen del cuerpo» de Gisela Pankow. Lo que está en cuestión es la imagen encarnada del cuerpo. El hipocondríaco está constantemente ocupado en impedir que se rompa ese equilibrio defensivo. Esa fundamental preocupación vital se vuelve secundariamente libidinal: una especie de erogenización del interior del cuerpo, que se focaliza de manera privilegiada en los órganos. Aquí volvemos a encontrar el interés que suscitaba «el hipocondrio» en Hipócrates, en Areteo de Capadocia, en Galeno; pero esta erogenización va mucho más allá del hipocondrio... Algunos autores llegan a decir que son los órganos en sí los que empiezan a vivir de manera autónoma, y que entonces se trata de reconocerlos, de mimarlos... Pero los «grandes mecánicos», a pesar de sus aparatos sofisticados, no llegan al conocimiento de su intimidad. «¡Aún no tienen los análisis necesarios para encontrar lo que tengo!» Ésta es una frase típica del hipocondríaco, frase ambigua porque él sabe bien que ningún instrumento, ningún examen, llegarán a penetrar su misterio.
Esta actitud está subtendida por un fantasma fundamental, por lo menos en los hombres: un fantasma de embarazo. El hipocondríaco varón da vida a sus órganos, se convierte en su madre amante, y vive su cuerpo como receptáculo. Ese «fantasma de embarazo» implica elementos paranoides, pero se basa en una dimensión obsesiva, anal-retentiva. De ahí las enfermedades digestivas: «flatulencia», «meteorismo». La constipación hipocondríaca es una forma simulada de embarazo; el sadismo oscila entonces entre sadismo oral y sadismo anal; de ahí una caracterología muy particular...
Schilder, a propósito del «modelo postural del cuerpo», habla de una fijación en el estadio narcisista originario. La enfermedad somática, dice, pertenece al mundo exterior, pero la hipocondría no es una enfermedad «somática»: algo en el cuerpo cobra una existencia inoportuna, hay que deshacerse de ello, expulsándolo: proceso de «proyección narcisista». Ese trasfondo fantasmático, que se acompaña de mecanismos de defensa, da un estilo de existencia original. Por una parte, el hipocondríaco se entrega a una auto-observación compulsiva -es preciso que vigile sus órganos- y, al mismo tiempo, siempre existe en él una dimensión proyectiva, que apunta a liberarlo del órgano inoportuno. Inoportuno, no obstante, hasta cierto punto, pues es portador de goce.
Hipocondría y goce
La erotización del cuerpo propio en la hipocondría no es del mismo registro que en la histeria. Lacan propone reemplazar la palabra «mundo» por dos términos: das Ding (la Cosa) y los «bordes». «El mundo: hay la Cosa y los bordes». Si se retorna esta formulación, se tiene que situar la histérica del lado de los bordes, mientras que el hipocondríaco debe ubicarse del lado de das Ding, la Cosa. No es posible quitarse de encima la Cosa, mientras que es fácil gozar de los bordes.
Pero, ¿de qué se queja el hipocondríaco? ¿De un «en más» o de un «en menos»? Él es la afirmación viva de que no hay castración. Allí donde el otro dice «Pero yo no veo nada», él insiste: «¡Pero sí, hay algo! ¡Mire desde más cerca!». Esto subraya más aún la importancia de la dimensión anal: algo que al observador le parecía insignificante, un desecho cualquiera, adquiere para él un «valor» extraordinario, que en consecuencia no es «visible». Pero la puesta en evidencia de este no-valor («¡No es nada, es un desecho!») trae consigo el riesgo de desencadenar una agresión. ¿De qué naturaleza es entonces ese valor que no se ve? Se trata del valor de un goce... En este sentido, la mayor parte de los analistas, comenzando por W. Stekel, estiman que el órgano se ha convertido en un equivalente fálico. Esa erotización puede incluso desencadenar una turgencia del órgano, y uno se encuentra entonces frente a grandes dificultades, pues cuando una enfermedad somática está marcada por el dolor de un organo -riñón, vesícula, intestinos, etcétera- el dolor aparece con mucha frecuencia ligado a una distensión del órgano afectado -explicación valedera en términos fisiológicos- En el hipocondríaco, esta distensión resulta de una libidinización, de una cuasi erección del órgano. Pero expulsar el órgano, soporte de ese goce intolerable, equivaldría a correr el riesgo de suprimir todo goce: la proyección nunca debe llegar a su término; es una «proyección frustrada», una proyección que, en el mismo movimiento, es reintroyección. Hay entonces una patología de la «decisión»: ¿interior?, ¿exterior? ¿A la vez interior y exterior? Pero no hay que olvidar que la proyección es en sí misma un recurso erótico: especie de goce casi orgásmico, que hay que reintroyectar rápidamente para que no se pierda de modo definitivo.
Estas características se encuentran en todos los niveles de gravedad de la hipocondría, desde lo que, de una manera un tanto apresurada, se ha denominado «neurosis hipocondríaca» (aunque en realidad parece tratarse de un mecanismo fundamentalmente psicótico), que se expresa por medio de fenómenos relativamente poco importantes para la existencia, hasta la «psicosis hipocondríaca», manifiesta en ciertas formas de parafrenia o de psicosis paranoide... Por ejemplo, la «máquina de influir», descrita por Tausk, parece ser una proyección de todo el aparato genital, proyección que, en este caso preciso, es cuasi lograda.
Melanie Klein habla de un «recurso bloqueado», en correlación con una «persecución interna» -transformación de las angustias persecutorias en síntomas físicos-, lo que subraya los vínculos estrechos entre sensaciones físicas y fantasmas inconscientes.
¿Se puede hablar de la psicogénesis de un «terreno hipocondríaco»? La angustia que reina en las relaciones parentales es un factor patógeno preponderante. Ciertos «acontecimientos» han marcado inconscientemente la existencia del hipocondríaco, angustias profundas han alterado la calidad de la relación materna. Ésta es quizás una de las raíces del fantasma de embarazo: rehacer el mundo, ser la propia «madre»... El médico al que el hipocondríaco se dirige no es para él un «padre», sino una «madre»; una madre en tanto que naturalmente consagrada a intrusiones en el cuerpo del niño. El le demanda que preste atención a lo que dice, a lo que hace, a lo que él es. Para él cuenta ante todo la prescripción «en sí», más que el contenido de esa prescripción. Acumula medicamentos que no ha utilizado nunca; colecciona recetas. Sea cual fuere el producto prescrito, «nunca es eso». Parafraseando la fórmula de Lacan en Aun («Yo te demando que rechaces lo que te ofrezco porque no es eso»), se podría decir que él rechaza todo lo que le es ofrecido. Pero, en vista de la «maldición» que soporta, del hecho de un narcisismo originario profundamente perturbado, mal «construido», en relación con una deficiencia de la función materna, él no puede asumir esa frase. En el «no es eso» de Lacan, es el objeto a lo que está en cuestión. Ahora bien, en el hipocondríaco no puede haber objeto a, porque todo está falicizado. Falo degradado, encarnado en una multitud de órganos. El cuerpo del hipocondríaco se convierte en el jardín de los falos degenerados y, al cabo de cierto tiempo, a menudo muy largo, querrá cultivar su jardín solo, después de haber demostrado que todos los «grandes jardineros» son imbéciles. Cultivarlo, o más bien intentar recomponerlo. La existencia hipocondríaca se vuelve fantasmagórica: Frankenstein en persona. Invención de órganos artificiales, que se articulan entre sí en un sistema, que él cree dominar. Ideal del yo «pigmaliónico», que se pierde en ensoñaciones de máquinas extrañas.
Hipocondría y relación de objeto
Después de Melanie Klein, Paula Heimann retomó en 1952 el problema del paciente hipocondríaco, insistiendo en la auto-observación, en el interés libidinal respecto de los síntomas. Heimann describe un tipo particular de narcisismo: «El órgano corporal -dice- es preferido a los objetos externos». Las mociones de odio y destrucción coinciden siempre, de un modo ambiguo, en el órgano mismo. Mounro, en 1948, había subrayado la pregnancia de las pulsiones sádico-orales sobre un fondo de excitación cuasi genital permanente, irradiada a todos los órganos. El hipocondríaco no está nunca tranquilo: no está en «escena», pero él mismo es el teatro. Y en el interior, ¿qué encuentra?... La pareja parental, en discordia interminable...
Thorner, en 1955, siempre en una dimensión kleiniana, habla de objetos persecutorios internos, expulsados desde el centro del yo hacia el cuerpo, lo que determina una modalidad muy particular de clivaje.
Anna Freud había observado la frecuencia de las angustias hipocondríacas en los huérfanos. También en este caso, la identificación con la madre perdida puede explicar el fantasma de embarazo, el cuerpo mismo que se convierte en su propio «niño».
Fenichel retorna la expresión «neurosis de órgano»; el órgano se convierte en el pene amenazado y al mismo tiempo en el objeto. Simmel subraya las correlaciones entre el órgano afectado y el objeto íntroyectado. En 1957, Szasz afirma que «el yo hipocondríaco considera su propio cuerpo como un objeto», y atrae la atención sobre las angustias ligadas al cuerpo: «miedo de perder el cuerpo o las partes del cuerpo», etcétera.
No obstante, ¿puede decirse que el hipocondríaco ha reemplazado «el objeto» por los órganos del cuerpo? ¿No reemplaza «el estado de alma» por «estados del cuerpo»? ¿En qué se convierte en la hipocondría el objeto a? ¿Podrá el hipocondríaco recorrer un trayecto analítico, lo que supondría la renuncia a un cierto tipo de goce?
Cuando Freud, y muchos otros analistas, afirman que en el hipocondríaco no hay transferencia, ¿no están pensando en una amalgama de «transferencia» y «relación objetal»? De ahí el interés de Schilder, Kohut y los kleinianos por la noción de «transferencia narcisista», que ellos oponen a la «transferencia objetal».
Una de las dificultades de abordaje del hipocondríaco está ligada a esta ambigüedad por la que, aunque se presente como poseedor de la verdad, es sin cesar consciente de su desdicha. Pero su egotismo compromete las relaciones con la moral y con la ética, y sobre esta base se plantea el problema de la paranoia. El prójimo no es para el hipocondríaco más que un simple recurso, la prueba viviente de la superioridad de su propio saber... No es capaz de verdadera amistad, no puede sino tratar de que los «otros» caigan en una trampa.
Se encuentra entonces obligado a convertirse en un tirano. Tirano familiar, que se hace servir, vestir, mantener, y que está siempre descontento, porque «nunca es eso». Sobre un fondo de impotencia o de frigidez, está en la imposibilidad de plantearse el problema de la castración. Y su «fragmentación», la confusión de cuerpo y falo, le dan a menudo la apariencia de un histérico.
Hipocondría y defensas esquizo-paranoides
El esquema de defensa del paciente hipocondríaco es paranoide, más exactamente esquizo-paranoide, en el sentido de Melanie Klein, e intenta remediar un defecto del narcisismo originario: defecto del material, defecto de «energeia». El ideal del yo se torna megalómano, pero sin dejar de ser artificial, lo que no hace más que realzar esa falla del narcisismo originario, particularmente perceptible en la «transferencia narcisista». Se trata en efecto de una defensa contra la desintegración, en la fase que Winnicott denomina «personalización», la cual sólo puede lograrse mediante la asunción de la «fase depresiva». En cuanto sobreviene un ataque de «calma» depresiva, marca de un trabajo de delimitación del cuerpo y la persona, la imposibilidad de asumir esta unidad desencadena una defensa esquizo-paranoide. El hipocondríaco vaga así entre dos sistemas: la «persona» inasumible y un narcisismo originario desfalleciente. Defensa por fragmentación, reenvío de la «muralla» al cuerpo inacabado, que no puede acceder a la dimensión especular. La fragmentación se encarna en los órganos, en el interior del cuerpo; puede transformarse en un ideal de desaparición del cuerpo, «desopacamiento» que se nutre de un fantasma de transparencia: la transparencia del cuerpo, como esas estatuillas anatómicas que permiten ver los órganos internos. Pero la transparencia puede deslizarse hacia la desaparición del cuerpo; ideal de nada, «el hombre invisible» en un saco de piel. La ausencia de órganos, la eternidad: el síndrome de Cotard. Pero entonces estamos más allá de las defensas esquizo-paranoides.
En este «entre-dos-sistemas», hay exuberancia de una escucha íntima: los órganos se ponen a hablar -«elocuencia de los órganos», como lo expresa con tanta precisión Maurel, en su trabajo de 1975 sobre la hipocondría- A diferencia de la histérica, el hipocondríaco sólo se da en espectáculo en la sombra: está al acecho del menor ruido. Recuerdo a una hipocondríaca predemencial senil: veía y oía en su cuerpo y sobre su cuerpo una cantidad de sapos y ranas que gesticulaban y hacían un ruido infernal. Vivencia dramática, espectacular, íntima, diferente de la zoopsia del delirio. El hígado, el vientre: «batracomiomaquia» por auto-engendramiento. El cuerpo era el receptáculo de formas vivientes que se emancipaban...
Otro enfermo, un hombre joven, esquizofrénico paranoide, con un delirio cósmico, decía que daba a luz pequeños personajes por todos los puntos de su cuerpo: en su vientre, en el pecho... Se había convertido en la madre universal que daba vida a esas curiosas criaturas, experimentando sufrimiento y autoadmiración. ..
En el hipocondríaco, el menor borborigmo puede convertirse en el argumento principal de una hipótesis patofisiológica peyorativa. Toda su existencia se esfuerza en traducir el lenguaje de los órganos. Por las fallas del narcisismo originario se infiltra «el autoerotismo» que vuelve precario todo equilibrio de la libido del yo y mantiene una excitación libidinal casi constante a nivel de los órganos internos.
Estos mecanismos patógenos existen siempre, pero en diverso grado. Las «neurosis» hipocondríacas tienen en realidad una estructura psicótica -de allí el término «vesania» aplicado a la hipocondría en el siglo XVIII- que sin embargo no implica una disociación. Problema análogo al de la «psicosis histérica»: habría que hablar de «psicosis» hipocondríaca. Ella puede manifestarse de manera sorda o estrepitosa, según la personalidad de base, pero también según las circunstancias, en particular las circunstancias culturales. En efecto, hay modelos culturales de omnipotencia. Maurel sugiere que Prometeo podría ser ese modelo por excelencia: Prometeo encadenado, el hígado, el águila, el sacrificio siempre reiniciado... ¡Prometeo para la hipocondría, Edipo para las neurosis!
Será necesario estudiar las relaciones entre la hipocondría y el autismo. Frances Tustin y otros autores describen formas de autismo «de caparazón». El caparazón se mantiene sobre un vacío interior... ¿Hay factores comunes? Los bordes, los agujeros, la transparencia, la pérdida de volumen. Pero también variaciones clínicas en torno de la «cavidad primordial», en el sent |