Histeria
¿Cómo puede hablarse hoy en día de histeria? El D.S.M. III-R (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Y edición ref.) ha descartado el término, para retener sólo la noción de «síntoma de conversión», más clara y precisa. Por otra parte, los famosos síntomas de las histéricas de Charcot han ido desapareciendo poco a poco, aunque cabe preguntarse si la histeria no se ha desplazado acaso al campo social. Por un lado, tenemos entonces el rechazo de la denominación; por el otro, el cambio de significación, con la duda de que se trate todavía de una neurosis. Habrá que ver cuáles son las razones de esta crisis, y qué es lo que se juega en ella.
Sin duda se puede hablar de síntoma de conversión somática, pero ¿se trata acaso de histeria? Como lo indica su etimología, es symptoma lo que cae junto, lo que llega al mismo tiempo, en virtud de una relación necesaria entre la causa y el efecto. Ahora bien, lo propio del síntoma de conversión calificado de histérico es que está sujeto a un cambio doble, que cuestiona esa relación de necesidad.
Para empezar, de ninguno de estos síntomas se puede decir que es típico, puesto que además lo acompaña regularmente su contrario. Así, en cuanto al humor, hay risa y llanto, depresión y euforia, frialdad emocional y calor del verbo. En cuanto a la memoria, amnesias y recuerdos detallados. En cuanto a los estigmas sensoriales, hiperestesia y anestesia (según una disposición que no corresponde a la anatomía nerviosa), apatía y volubilidad, mutismo e inclinación al rumor, ceguera y alucinación, anorexia y bulimia, amenorrea e hipermenorrea. En cuanto a los trastornos motores, tics, clownismo, convulsión epileptoide y parálisis, contractura.
Pero a esta inestabilidad en la desmesura la acompaña otra de orden temporal. Hacer la historia de la histeria es atribuirle síntomas en cambio constante. No hay una relación necesaria entre la histeria y los signos que produce ante la mirada de los espectadores... y de los historiadores. No obstante, esos síntomas no sobrevienen al azar; por el contrario, parece determinarlos la probabilidad que tengan en cada período de atraer la atención y despertar la inquietud, no de la opinión común, sino de los expertos que por su saber constituyen el sostén del poder político o religioso: médicos, filósofos, teólogos, inquisidores. En virtud de una duplicidad siempre inasible, de la movilidad de la máscara misma, la apuesta histérica es, en efecto, confundir los hábitos de pensamiento admitidos socialmente, desordenar los puntos de referencia del saber universitario, mostrando sus límites, sus avatares y sus obstáculos. De allí proviene la desconfianza constante de estos expertos, que de buena gana asimilan lo histérico a lo femenino.
Habrá que llegar a Charcot para que por fin se reconozca la histeria masculina, sin duda no sin reticencia, como lo demuestra la denominación «hipocondría», aún preferida muy a menudo cuando se trata del hombre. Más radicalmente, se necesitará de Freud para desligar histeria y conversión somática, y ligar histeria y angustia, con o sin estigmas corporales.
Pero es imposible captar lo que fue el aporte de Freud sin describir en qué consistía, antes de él, la etiología atribuida a la histeria. La historia de esta etiología anterior a Freud se divide en varios grandes períodos.
La Antigüedad
En el origen, la histeria encontró su razón junto con su etimología: enfermedad de la hystera, es decir, de la matriz. De ese modo se anudaban dos rasgos: déficit funcional de un órgano sexual, y déficit concerniente a las mujeres. Ésa es la fuerza con que llegaron hasta el siglo XX los textos atribuidos a Hipócrates. Ya en el 1900 a.C., en el papiro Kahún, la medicina egipcia hablaba de la histeria de la misma manera que Hipócrates y sus sucesores, Ceiso, Areteo, Galeno. Pero sólo el nombre de Hipócrates atravesaría los siglos atribuyéndole a la histeria un origen uterino. En efecto, ¿qué era
lo que producía síntomas como las convulsiones, el globo en la garganta, la parálisis? La constricción y la sofocación debidas a la migración del útero, que se desplazaba de abajo hacia arriba. Así el gran Platón, contemporáneo de Hipócrates, pudo decir: «En las mujeres, lo que se llama matriz o útero es como un ser vivo poseído por el deseo de hacer niños. Cuando durante mucho tiempo, y a pesar de la época favorable, la matriz sigue estéril, se irrita peligrosamente; se agita en todos los sentidos en el cuerpo, obstruye los pasajes del aire, impide la inspiración, somete así al cuerpo a las peores angustias y le ocasiona enfermedades de toda clase» (Timeo, 91 C). Opinión que los médicos griegos no cesaron de perpetuar: nada más móvil que la matriz, nada más vagabundo que este animal en el animal. ¿Es ya ésta la perversión de la libido de la que hablará Freud?
En consecuencia, el remedio preconizado consistía en hacer volver el útero errante a su lugar supuestamente natural; relaciones sexuales, trabajos manuales y embarazos debían calmar la actividad febril de la cabeza, que en la ociosidad y la ensoñación es llevada fácilmente hacia «abajo». ¿No es ésta acaso la enfermedad de las vírgenes y las viudas?
La Edad Media
El cristianismo, a partir de San Agustín, trastornó esta etiología. El goce del sexo no podía ser un remedio, porque la naturaleza, madre de todos los seres vivos, no es un principio de orden. El síntoma en su exceso provenía de una desmesura que no era solamente ignorancia de la naturaleza o transgresión de sus leyes, pues la naturaleza en sí es desordenada y engañosa en razón del mal introducido por demonios y espíritus maléficos. La humanidad es la apuesta en el combate entre Dios y ese adversario llamado Satán. En esa lucha del orden del espíritu, los síntomas somáticos eran entonces el signo de un triunfo de la influencia de las fuerzas del mal. En eso consiste la brujería: en una complicidad culpable con fuerzas maléficas, ante una tentación que Dios permite para poner a prueba la fe del creyente.
Lo que otrora se había llamado histeria tomó entonces el nombre de posesión diabólica:
-Lo que está en juego es cuestionar el poder del amo, poder a la vez político y religioso.
-La bruja, como consecuencia de un pacto con el demonio, tiene poder sobre el cuerpo de la persona a la que quiere dañar, poder de embrujar mediante un sortilegio o maleficio.
-La posesión se manifiesta por una influencia de tipo erótico sobre el cuerpo de hechizado: visiones, tocamientos, audaces íncubos sobre las mujeres, súcubos con los hombres.
-El estigma importante es la anestesia de cierta zona del cuerpo. De ahí proviene la actividad de ese experto que es el pinchador público, que con una aguja somete el cuerpo a las preguntas ¿sufre?, ¿sangra?
-La curación de orden espiritual es obra de exorcistas que con sus palabras persiguen al demonio. Pero lo decisivo es obtener del embrujado o la embrujada el nombre de la bruja y la confesión de complicidad con ella, en vista de un juicio de condena.
-La ejecución de la condena le corresponde al poder político, al que le está confiada la purificación por el fuego, según el precepto bíblico: «No dejarás que viva la hechicera» (Éxodo 22:18). La muerte es inevitable como punición que recae sobre el cuerpo; el alma es salva si ha habido confesión, y se condena al infierno si no la ha habido. El castigo debe tener lugar ante el pueblo, puesto que la posesión es interpretada como cuestionamiento del poder del amo.
Entre los manuales de los inquisidores, el Malleus Maleficarum (Martillo de las Brujas), gracias a su precisión, sirvió de referencia en Europa desde el siglo XV hasta el XVIII, como instrumento de la lucha contra la brujería. En Francia, los casos más conocidos y estudiados son los de Juana de los Ángeles y Urbain Grandier en Loudun, y el de Elizabeth de Ranfaing.
El nacimiento de una psiquiatría
Con el Renacimiento se produce un retorno de la Antigüedad: la histeria es una enfermedad; deriva de causas internas y naturales. De este modo, puede nacer una ciencia teórica y terapéutica. Esta búsqueda de una etiología de la histeria generará a partir del siglo XVII tres corrientes distintas.
En primer lugar, la corriente organicista de Gran Bretaña, con Jorden, Burton y Cullen. Se cuestiona la teoría uterina de Hipócrates en nombre de la neurología: la histeria se debe a un trastorno nervioso del cerebro.
Por otro lado, con Sydenhani en Gran Bretaña y Pinel en Francia, la histeria recibe por primera vez un fundamento psíquico. Es curable justamente porque no es una enfermedad orgánica del cerebro, sino un desorden de las pasiones con consecuencias somáticas. Es una alienación mental, una afección del espíritu y, por lo tanto, requiere un tratamiento moral o psíquico.
Finalmente, a partir del siglo XVIII, poco a poco se distingue una tercera vía con Mesmer en Francia, Braid en Gran Bretaña, y sobre todo Charcot en la Salpêtrière. Llamándola magnetismo, fluido o sugestionabilidad, ellos demuestran el poder de la hipnosis sobre los síntomas histéricos. Sobre este punto, Charcot es verdaderamente el maestro que la histérica llama. El síntoma no es la expresión de una emoción oculta, sino que se lo reduce a un conjunto de signos, cada uno de los cuales sólo tiene valor en su relación con los otros. De modo que el síntoma conforma un cuadro: un cuadro clínico ante la mirada de Charcot. La histeria tiene por etiología la herencia, o sea una degeneración, pero las causas ocasionales de los síntomas son agentes provocadores: por ejemplo, caerse de una escalera, palabras brutales, bofetadas ofensivas... ¡y la voz del hipnotizador! De modo que, por medio de la sugestión, éste hace aparecer y desaparecer el síntoma en virtud de una escisión de la conciencia.
Por lo tanto, Charcot podía decir con toda razón que esto mismo era lo que ocurría en el siglo XV, bajo el nombre de posesión demoníaca o de maleficio. Y Freud, refiriéndose a esa escisión, concluye: «La Edad Media había escogido ya esta solución al declarar que era la causa de los fenómenos histéricos la posesión por un demonio; habría bastado con sustituir la terminología religiosa de esa época oscura y supersticiosa por la científica del tiempo presente» («Charcot»).
El psicoanálisis
La causa de la histeria no es la herencia, como creía Charcot. La invención freudiana se basa esencialmente en la noción de inconsciente, y por esa vía concierne a la sexualidad infantil. En efecto, el inconsciente quiere decir que uno es guiado por palabras que no comprende en absoluto, pero en las cuales está totalmente tomada la sexualidad.
Con Breuer, Freud descubre en primer lugar que hay un vínculo simbólico entre el síntoma somático y su causa, que es un trauma de orden psíquico. Dicho trauma es un afecto penoso, provocado por uno o varios acontecimientos, que ha persistido tal cual por no haber encontrado su solución en una respuesta adaptada, en razón de una represión. Es así como la histérica sufre de reminiscencias inconscientes, ligadas a un afecto insoportable. Con la ayuda de la hipnosis, el acto de palabra que dice el recuerdo de la escena traumatizante hace desaparecer su efecto somático, que es el síntoma como retorno de lo reprimido. Después hay que arrancar el recuerdo trozo por trozo.
Más allá de Breuer, Freud descubre que ese trauma psíquico, causa de la histeria, es una experiencia sexual prematura que ha sorprendido al sujeto. Dicha experiencia no fue deseada sino sufrida como consecuencia de la intervención seductora de un adulto (casi siempre el padre) sobre el niño. De modo que la histeria es una reacción posterior a la sexualidad en tanto que «perversión rechazada» (Carta 52 a Fliess). El síntoma es el signo de ese conflicto.
En 1897, Freud descubre que el niño tiene sexualidad y que los relatos ulteriores de una seducción por el padre ocupan el lugar de recuerdos reprimidos de una actividad sexual propia. Pero los síntomas son el retorno de lo reprimido. De modo que la histeria no es más que un caso entre otros de ese fenómeno general que es el carácter infantil de la sexualidad humana y de los fantasmas de deseo edípico (incesto y parricidio). Ese infantilismo se debe a que la sexualidad es traumática por sí misma y no por accidente. En efecto, no existe ninguna iniciación humana a la sexualidad, en razón de lo que Ferenczi llamaba la confusión de las lenguas entre las generaciones. El proton pseudos, la primera mentira, de la que Freud habla a propósito de Emma y de la histeria en el «Proyecto de psicología» (1895), es la única vía por la cual se dice originalmente, bajo la forma engañosa de la seducción paterna, la demanda inversa de ser el objeto hacia el cual se vuelva el deseo del padre. La histeria no cesa de enseñárnoslo.
La lectura de Lacan
El aporte de Lacan consistió en volver al texto freudiano para leer en él cómo se articulan las formaciones del inconsciente (síntomas, sueños) en la histérica.
Así, en su comentario sobre el famoso sueño de la bella carnicera, Freud nos dice: «Ella está obligada a crearse en su vida un deseo insatisfecho» (La interpretación de los sueños). Lo crea mediante una identificación histérica, instaurando en el sueño un deseo insatisfecho en su amiga, en el Otro, lugar de los significantes. En efecto, el deseo de caviar como significante del deseo insatisfecho es sustituido por el deseo de salmón ahumado como significante del deseo de la amiga.
¿Cuál es entonces el objeto del deseo? No el de la necesidad, ni el de la demanda de amor, sino el deseo de un deseo, deseo que se basa en la falta del Otro, y no en lo que causa esa falta (lo cual sería simple rivalidad). Esto es lo que revela la estructura histérica. Si el Falo es el significante del deseo del Otro, sólo se muestra el velo que lo oculta, sin que nadie pueda saber si detrás de ese velo él está o no está.
Pero, ¿por qué esa apelación a un deseo puro de todo objeto? ¿Es sólo el cuestionamiento del discurso corriente, «a cada uno su cada una» y a la inversa, para una genitalidad feliz? No, lo que está en juego es otra cosa. Para verlo, pasemos de la relación de la bella carnicera con su amiga a la de Dora con la Sra. K., es decir, relación con un objeto del mismo sexo. La Sra. K. es la metáfora de la pregunta que cautiva a Dora: ¿Qué es una mujer? Esta pregunta es también la del histérico masculino. ¡Misterio de la feminidad! Ella no se reduce a las funciones sociales de las 3 K (Kinder Küche, Kirche). Es enigma que deriva de que no hay simbolización del sexo de la mujer como tal, porque lo imaginario sólo da una ausencia.
Pero ¿cómo sostiene Dora su propia pregunta encarnada por la Sra. K? Dora goza de la Sra K desde el punto de vista del Sr. K, asumiendo el rol del hombre vuelto hacia la Sra. K. Ella «hace de hombre» situado en posición de tercero (y no en posición de objeto, como lo supuso Freud erróneamente). Asimismo, ese tercero masculino sirve de sostén al histérico masculino, que interroga a la mujer. En todos los casos hay identificación narcisista con un tercero masculino para reconocer en él el propio deseo en tanto que deseo del deseo de una mujer.
Pero ¿cuál es el origen de esta triangulación? El genio de Freud consistió en haber identificado en el Edipo el lugar de ese tercero masculino: el del padre del sujeto. Todo niño, en el momento del ocaso de Edipo, se vuelve hacia un padre, un padre que sea digno de ser amado porque es omnipotente, un padre ideal que tiene el falo y puede darlo. Éste es el padre que es amado (cf. el mito de Tótem y tabú). Ahora bien, la histérica sabe que no tiene un padre tal. Ésa es su desgracia. Sea que se trate de Anna O., de Emmy, de Dora o de las otras mujeres que en ese entonces escucha Freud, siempre hay una supuesta impotencia del padre. Éste tiene los títulos simbólicos de padre, pero como un ex combatiente. Tiene los títulos, pero está fuera de servicio.
Y lo que Lacan supo leer en Freud es justamente ese amor inaudito del histérico (masculino o femenino) por el padre en tanto que impotente, herido, disminuido. El histérico ama al padre por lo que no da... y encuentra así su lugar junto a él dándose la vocación de sostenerlo en su desfallecimiento designado, marcado, y en consecuencia supuesto sabido. ¿Qué es lo que la histérica recibe a cambio? Si Dora se hace cómplice de la relación entre su padre y la Sra. K, es porque así recibe el amor de su padre por intermedio de la Sra. K., es decir, de aquella que encarna su pregunta sobre su ser. Si bien Dora no sabe qué ama su padre en la Sra. K., es en cambio importante para ella que la Sra. K. sea amada, en tanto que es en ella y a través de ella como encuentra el amor de su padre.
¿Qué es una mujer? Para responder, se necesitaría un saber de la relación sexual, saber según el cual, teniendo cada uno lo que no tiene el otro, un hombre y una mujer, de dos harían uno. La posición histérica es el arte de volver a plantear la pregunta instaurando la negación siguiente: no hay relación sexual, un hombre y una mujer no hacen uno, sino dos. De la ausencia actual de ese saber, se extrae entonces la conclusión de que es necesario suplirlo con la abnegación y el don de sí mismo como sostén de la impotencia de ese hombre que es el nombrado padre. Tal es el deseo histérico: que el amor al padre cumpla una función de suplencia, esperando que algún día futuro se escriba la relación sexual. En otras palabras, para la histérica la no-relación sexual no es real; no es del orden de lo imposible. Es sólo impotencia provisoria que proviene de ese padre. La esperanza histérica es que la pregunta «¿qué es una mujer?» tenga al fin la respuesta de una proposición universal que diga qué es la mujer.
La histeria como discurso
Freud partió de lo siguiente: la histérica está preocupada por la impotencia del padre. Pero, ¿por qué esa posición? Sólo hay impotencia con relación a un ideal de potencia. Responder a esta cuestión es realizar un desplazamiento tomando en consideración la distancia entre la impotencia supuesta de tal padre en particular y un imposible estructural,
Lacan dio ese paso en 1969 (cf. El reverso del psicoanálisis)- Califica con el nombre de histeria un cierto lazo social que denomina un discurso. De tal modo, «histeria» no nombra una neurosis, según la interpretación médica, ni una complicidad culpable con el mal, según la interpretación teológica. Lo que está en juego es de orden estructural: escribir lo que ordena y regula un lazo social.
Es posible hacerlo en la medida en que un lazo social nuevo, analista-analizante, permite hoy escribir aquello que articula otros tres lazos sociales. Esta escritura diferencia en primer término cuatro lugares:
agenteotro
verdadproducción
Después, diferencia cuatro letras que inscriben lo que por turno torna operante a cada uno de esos lugares. Por orden, estas letras son:
$: el sujeto tachado
S1: el significante amo
S2: el saber
a: el plus-de-gozar
Obtenemos así cuatro discursos, por un desplazamiento de un cuarto de giro de las letras. En primer lugar, el lazo dominación-servidumbre, que es el discurso del amo. Allí son ubicados en posición de agente ciertos sígnificantesamos (S,) que hacen marchar al cuerpo del otro. Esta fuerza del imperativo no deriva solamente del amo político o religioso, fundadores de toda ciudad, sino de aquellos y aquellas que presiden el destino de todo sujeto llamado humano desde antes de su nacimiento. Esta constelación simbólica es lo que Freud llama el inconsciente, en tanto que estructurado como un lenguaje según los significantes elementales de parentesco:
S1S2
$a
Amo de sí mismo, amo de los otros, es lo mismo. Para servir a este dominio y fortalecerlo, el discurso universitario le toma su saber (S2) al esclavo, es decir, al cuerpo dominado, y lo transmite al enseñando, que es el futuro amo. Este discurso no inventa; transmite. Formar amos esclarecidos no es algo reservado a Platón con Dionisio el Joven, o a Aristóteles con Alejandro; es la función de todo enseñante con pesar: ¡análisis indefinido! Sí. A menos desde el nacimiento de la escuela, estando el que uno se sitúe en el discurso del analista, es saber (S,) en posición de agente: estando éste en lugar de objeto a, causa del deseo del analizante:
S2a
S1$
El discurso histérico, como tercer discurso, es precisamente el que se opone al discurso universitario por su posición opuesta a la del amo. En efecto, no se trata de fortalecerse con un saber, sino de cuestionarlo, mostrando dónde desfallece:
$S1
aS2
El discurso histérico es el retorno de lo reprimido, que es el inconsciente constituido por significantes-amos. Es el síntoma del amo. El sujeto del inconsciente ($), interrogando los significantes-amos (S1) revela el saber de la siguiente verdad: el amo (masculino o femenino) es por función castrado; su dominio sobre el cuerpo (el del otro y el suyo propio) es renuncia al goce. Así, esta interrogación produce los estigmas de esta castración (S2)
¿Cuál es esta relación con el amo? En el discurso del amo, el objeto a, el plus-de-gozar, no le concierne al amo, sino a su otro, al dominado, el esclavo. Esto es lo imposible del dominio. Con Freud, desde los Estudios sobre la histeria, y por lo tanto en la neurosis, este imposible no se encuentra como tal, sino que toma la forma de la impotencia paterna. Ahora bien, este imposible concierne al amo; el histérico lo interroga: demuestra que tú eres un hombre; da prueba entonces de tu ser hombre para una mujer. A esta solicitación, él no responde. En efecto, el dominio es renuncia al goce. Mediante la introducción de un saber (S2), el discurso histérico es el síntoma de esta imposibilidad estructural.
De modo que el histérico, masculino o femenino, quiere un amo que reine sobre él, al revelar el saber de lo imposible del goce del amo en tanto que hombre de una mujer. El histérico o histérica puede entonces encontrar su lugar junto al amo sosteniéndolo allí donde fracasa. ¿No es ésta la posición de Freud en su relación con el padre? Salvarlo (cf. Lacan, Aun).
La histerización es el efecto del discurso psicoanalizante; no tiene fin. Freud lo confiesa
a$
S2S1
Así se constituye para el analizante el fantasma fundamental: à
Éste es el discurso que permite, por el giro de un cuarto de círculo, escribir los otros tres, y más aún, permite responder al interrogante dejado en suspenso por el propio Freud acerca de la relación entre el amo y la paternidad. Esta pregunta es precisamente la que el discurso histérico plantea, en razón de la castración del amo; el discurso histérico es su síntoma.
Freud mantiene al padre edípico; en efecto, el ocaso del complejo no es verdaderamente su duelo, sino su interiorización como instancia del superyó, cuyo vozarrón viene del amo, según las tres figuras que presenta Freud: Layo, el Urvater y Moisés. Un rey, un fundador y un profeta: se trata tres veces de padres en tanto que amos de la sociedad política y religiosa.
Freud supo recoger de la boca del psicoanalizante esta demanda de mantener esa alta estatura y esa bella estatua. Lacan sitúa esta verdad freudiana en lo que él denomina el discurso histérico. Y acerca de este punto crucíal responde como sigue: «Un padre sólo tiene con el amo -hablo del amo tal como lo conocemos, tal como funciona- la relación más lejana» (El reverso del psicoanálisis).
El reconocimiento de esta distancia es la terminación misma del duelo del padre edípico, y por ello el pasaje del discurso histérico al discurso del analista.
La verdad freudiana
Al término de ese recorrido, se revela con Lacan que el descubrimiento freudiano ha consistido en desprender la verdad de la histeria de su referencia tradicional, médica o teológica. Freud dio lugar y derecho a la histeria como lazo social; el escrito freudiano es el saber sobre la verdad de la histeria por fin advenido. Y Lacan la nombra como tal. La verdad se dice por y en las formaciones del inconsciente: síntoma, sueño, acto fallido, chiste. Así retorna en el discurso histérico lo que el discurso del amo ha reprimido. De ahí la invención de Freud: la regla fundamental de la asociación libre del analizante permite la producción de un saber sobre ese decir de la verdad -saber nuevo, totalmente distinto del saber universitario-
Pero la verdad sólo se dice a medias, no toda. Se dice según una estructura de ficción; el proton pseudos histérico es la retórica misma de la verdad. En efecto, no hay significante que diga el ser del sujeto; el significante no hace más que representar al sujeto en el lugar del significante faltante que diría su ser.
División del sujeto: allí donde está representado, no es; allí donde es, no hay significante que lo diga. Por lo tanto, no hay sujeto que no sea sujeto que miente... ¡sin saberlo! Es exclusión de la cadena significante, retirada respecto del orden simbólico. La histeria define la verdad freudiana de que sólo hay sujeto enmascarado (mascarada, decía Joan Riviere, pero que no hay que reservar a la feminidad); no sin razón la persona latina del teatro ha dado su nombre a la noción occidental de persona.
¿Qué dice a medias la verdad, que retorna por y en las formaciones del inconsciente? Ella saca los significantes-amo. Gracias a Freud, el discurso de la histérica se identificó con el psicoanálisis. En efecto, Freud hizo suya la interrogación que nos plantea la histérica. El o ella nos hace preguntar: ¿que quiere una mujer, un hombre? ¿Qué quiere tal otro? $-->S1 . Y Freud supo oír la respuesta: no pertenece al orden de la necesidad, ni al de los roles a desempeñar, ni al de las tareas por realizar, sino que concierne directamente al deseo. Ahora bien, la respuesta freudiana es igual a la respuesta histérica: quiere un amo, es decir, un padre en tanto que amo.
Por ello, en su escrito analítico, Freud salva, preserva, mantiene un padre digno de ser amado, lo que se llama el padre idealizado. Según esta lógica, Lacan pudo decir, contrariamente a lo que se cuenta de Freud: «Lo que Freud preserva de hecho, si no de forma intencionada, es muy precisamente lo que designa como lo más sustancial en la religión, a saber: la idea de un padre todo-amor». ¿No es significativo que al principio del famoso capítulo VII sobre la identificación en Psicología de las masas Y análisis del yo, Freud plantee como primerísima identificación del niño la identificación con el padre por amor?
Esta promoción freudiana del deseo histérico en el psicoanálisis no deja de suscitar interrogantes. Lacan responde con una distinción radical entre el padre y el amo. Para mantener esta distinción, leerá en Freud tres órdenes, tres funciones, tres dimensiones, que él llama lo simbólico, lo imaginario, lo real. Esta tríada, habrá sido, a lo largo de toda su enseñanza, la vía por la cual Lacan responde a Freud acerca de la función paterna.
Histeria
Alemán: Hysterie.
Francés: Hystérie.
Inglés: Hysteria.
La palabra histeria deriva del griego hystera (matriz, útero); se trata de una neurosis caracterizada por cuadros clínicos diversos. Su originalidad reside en el hecho de que los conflictos psíquicos inconscientes se expresan en ella de manera teatral y en forma de simbolizaciones, a través de síntomas corporales paroxísticos (ataques o convulsiones de aspecto epiléptico) o duraderos (parálisis, contracturas, ceguera).
Las dos formas principales de histeria teorizadas por Sigmund Freud son la histeria de angustia, cuyo síntoma central es la fobia, y la histeria de conversión, en la que se expresan a través del cuerpo representaciones sexuales reprimidas. Hay que añadir otras dos formas freudianas de la histeria: la histeria de defensa, que se ejerce contra los afectos displacientes, y la histeria de retención, en la cual los afectos no llegan a expresarse mediante la abreacción.
La expresión histeria hipnoide pertenece al vocabulario de Freud y Josef Breuer del período 1894-1895. También la empleó el psiquiatra alemán Paul Julius Moebius (1853-1907). Designa un estado inducido mediante hipnosis, que produce un clivaje en el seno de la vida psíquica.
La expresión histeria traumática pertenece al vocabulario clínico de Jean Martin Charcot, y designa la histeria consecutiva a un traumatismo físico.
Ciertos términos (histeria, inconsciente, sexualidad, sueño) están a tal punto ligados a la génesis de la doctrina psicoanalítica, que se han convertido en "palabras freudianas". Y así como los Estudios sobre la histeria, publicados en 1895, son considerados el libro inaugural del psicoanálisis, la histeria sigue siendo la enfermedad princeps y proteiforme que no sólo hizo posible la existencia de una clínica freudiana, sino también el nacimiento de una nueva mirada sobre la feminidad.
En este sentido, la noción remite tanto a los sufrimientos psíquicos de las ricas burguesas de la sociedad vienesa, escuchados en secreto por Freud, como a la miseria mental de las locas del pueblo, exhibidas por Charcot en el escenario del Hospital de la Salpêtrière. De una ciudad a otra, la histeria de fin de siglo hacía estremecer el cuerpo de las mujeres europeas, síntoma de una rebelión sexual que sirvió de motor a su emancipación política: "La histeria no es una enfermedad -subraya Gladys Swain-; es la enfermedad en estado puro, nada en sí misma, pero capaz de tomar la forma de todas las otras enfermedades. Es más estado que accidente: lo que hace a la mujer enferma por esencia."
En griego, hystera significa matriz. Para los antiguos, sobre todo Hipócrates, la histeria era una enfermedad orgánica de origen uterino, y por lo tanto específicamente femenina, que tenía la particularidad de afectar el cuerpo en su totalidad con "sofocaciones de la matriz". En su Timeo, Platón retomó la tesis hipocrática, subrayando que la mujer, a diferencia del hombre, llevaba en su seno "un animal sin alma". Cercano a la animalidad: tal fue durante siglos el destino de la mujer, y más aún el de la mujer histérica.
En la Edad Media, bajo la influencia de las concepciones agustinianas, se renunció al enfoque médico de la histeria, y la palabra misma dejó de emplearse. Las convulsiones y las famosas sofocaciones de la matriz eran consideradas expresión de placer sexual, y por lo tanto de pecado. Fueron entonces atribuidas a intervenciones del diablo: un diablo engañador, capaz de simular las enfermedades y entrar en el cuerpo de las mujeres para "poseerlas". La mujer histérica se convirtió en la bruja, redescubierta de manera positiva en el siglo XIX por Jules Michelet (1798-1874).
En el Renacimiento, médicos y teólogos se disputaron el cuerpo de las mujeres. En 1487, con la publicación del Malleus maleficarum, la Iglesia Católica Romana y la Inquisición se dotaron de un temible manual que permitía "detectar" los casos de brujería y enviar a la hoguera a todos sus representantes, en especial a las mujeres. Durante dos siglos más, la caza de brujas hizo numerosas víctimas, aunque la opinión médica intentaba resistir a esa concepción demoníaca de la posesión. En el siglo XVI, el médico alemán Jean Wier (1515-1588) trató de contrarrestar el poder de la Iglesia, y asumió la defensa de las "poseídas", subrayando que no eran responsables de sus actos y que había que considerar a las convulsivas de todo tipo como enfermas mentales. En 1564, en Basilea, en plena guerra de religión, se publicó un libro, De la impostura del diablo, que tuvo una gran resonancia. Los teólogos vieron en él la huella de Satanás, y el autor evitó a duras penas la persecución gracias a príncipes que lo protegieron. Gregory Zilboorg considera a Jean Wier el padre fundador de la primera psiquiatría dinámica.
En realidad, fue con Franz Anton Mesmer como se realizó, a mediados del siglo XVIII, el pasaje de una concepción demoníaca de la histeria, y por lo tanto de la locura, a una concepción científica. A través de la falsa teoría del magnetismo animal, Mesmer sostuvo que las enfermedades nerviosas se originaban en un desequilibrio de la distribución de un "fluido universal”. Bastaba entonces con que el médico, convertido en "magnetizador", provocara crisis convulsivas en los pacientes, en general mujeres, para curarlas mediante el restablecimiento del equilibrio del fluido. De esta concepción nació la primera psiquiatría dinámica, que le asignó el lugar de honor a las "curas magnéticas". La histeria se sustrajo entonces a la religión, para convertirse en una enfermedad de los nervios. Henri E Ellenberger señala que el pasaje de lo sagrado a lo profano se produjo en 1775, cuando Mesmer obtuvo su gran victoria sobre el exorcista Josef Gassner (?-1779), demostrando que las curaciones obtenidas por este último dependían del magnetismo.
Durante todo ese período, la conjetura uterina no había dejado de ser impugnada. Haciendo a un lado la posesión demoníaca, muchos médicos pensaban que la enfermedad provenía del cerebro y que afectaba a los dos sexos: de allí la idea de la existencia de una histeria masculina, que Charles Lepois (1563-1633), médico francés originario de la ciudad de Nancy, fue el primero en establecer en 1618. La hipótesis cerebral conducía a una "desexualización" de la histeria, sin poner fin a la vieja concepción de la animalidad de la mujer. No obstante, en el siglo XVII, en lugar de la antigua sofocación de la matriz se pudo invocar el papel de las emociones, de los "vapores", de los "humores”, por otra parte al punto de confundir en una misma entidad la histeria y la melancolía: "Hasta fines del siglo XVIII -escribe Michel Foucault-, hasta Pinel, el útero y la matriz siguieron estando presentes en la patología de la histeria, pero gracias a la difusión por los humores y los nervios, y no por un prestigio particular de su naturaleza.
En 1859, antes de la entrada en escena de las tesis de Charcot, la hipótesis cerebral fue afirmada una última vez por el médico francés Pierre Briquet (1796-1881), que incorporó a la histeria fenómenos "sociológicos" o "materiales" tales como las condiciones de vida y de trabajo, los ciclos de la naturaleza e incluso el movimiento de los astros. El advenimiento de la sociedad industrial (y sobre todo la generalización del ferrocarril, con su cortejo de accidentes traumáticos que afectaban en primer lugar a los hombres) abrió el camino a un prolongado debate sobre la histeria masculina.
La revolución pineliana dio origen al alienismo moderno, y puso fin a las tesis demonológicas, en beneficio de una concepción psiquiátrica de la enfermedad mental, que incluía la histeria. Se enfrentaron dos tendencias: por un lado, los sostenedores del organicismo, y por el otro los partidarios de la psicogénesis. Para los primeros, la histeria era una enfermedad cerebral de naturaleza fisiológica o sustrato hereditario; para los segundos, una afección psíquica, es decir, una neurosis. Este término, "neurosis" que hizo carrera, había sido introducido en 1769 por un médico escocés, William Cullen (1710-1790). Designaba las afecciones mentales sin origen organico, calificándolas de "funcionales", es decir, sin inflamación ni lesión del órgano donde aparecía el dolor. Esas afecciones eran entonces enfermedades nerviosas.
Paralelamente, sobre las ruinas del magnetismo mesmeriano se desarrolló una corriente terapéutica que, a través de la hipnosis, iba a desembocar en la creación de las psicoterapias modernas, entre ellas la más innovadora: el psicoanálisis.
En 1840, todas las grandes organizaciones médicas desalentaban los estudios sobre el magnetismo, y en Inglaterra, en 1843, el médico escocés James Braid (1795-1860) creó la palabra hipnotismo (del griego hypnos: sueño). Él reemplazó la antigua teoría fluídica por la idea de la estimulación psíquico-químico-psicológica, demostrando así la inutilidad de una intervención de tipo magnético.
Al vincular el hipnotismo con la neurosis, Charcot volvió a darle dignidad a la histeria. No sólo abandonó la conjetura uterina, al punto de negarse a tomar en cuenta oficialmente la etiología sexual, sino que, al hacer de la enfermedad una neurosis, liberó a las mujeres histéricas de la sospecha de simulación.
La concepción moderna de la neurosis histérica vio la luz al mismo tiempo que en el mundo occidental, entre 1880 y 1900, se producía una verdadera epidemia de síntomas histéricos. Ahora bien, escritores, médicos e historiadores estaban de acuerdo en ver en las crisis de la sociedad industrial signos convulsivos de naturaleza femenina. Las masas obreras eran tratadas de histéricas cuando declaraban la huelga, mientras que en las multitudes se veían “tumres uterinos" cuando amenazaban el orden establecido.
Atribuida a una causa traumática vinculada con el sistema genital, la histeria de Charcot pasó a ser durante algún tiempo una enfermedad funcional, de origen hereditario, que afectaba tanto a los hombres como a las mujeres. De allí que se retomaran las tesis de Lepois sobre la existencia de una histeria masculina, a la cual se atribuía un origen traumático: por ejemplo, el accidente ferroviario.
Teórico de la neurosis, Charcot no utilizaba la hipnosis para curar o sanar a sus enfermos, sino para demostrar sus hipótesis. Hipnotizando a las “locas" de la Salpêtrière, fabricaba experimentalmente síntomas histéricos, y los suprimía de inmediato, demostrando el carácter neurótico de la enfermedad. Hippolyte Bernheim, alumno de Ambroise Liébeault y jefe de la Escuela de Nancy, lo acusó entonces de fabricar mediante sugestión síntomas histéricos, y de atentar contra la dignidad de las enfermas; las cuales, en lugar de ser atendidas, servían como cobayos para las demostraciones de un maestro únicamente preocupado por la clasificación.
De hecho, en ese debate se enfrentaban dos grandes corrientes del pensamiento médico. Proveniente de la neurología y de la tradición del alienismo, la Escuela de la Salpêtrière, animada por un ideal republicano y exaltadora de los "grandes patrones" transformados en monarcas del saber, ponía la investigación teórica en el centro de sus preocupaciones. La Escuela de Nancy, por el contrario, más culturalista, pretendía ser una medicina de los pobres y los excluidos; reivindicaba por lo tanto una tradición terapéutica en la cual el bienestar de los enfermos prevalecía sobre todo lo demás.
A la vez teórico y terapeuta, Freud admiraba sin embargo mucho más a Charcot (a quien consideraba un maestro) que a Bernheim. Pero se inspiró tanto en la Escuela de la Salpêtrière como en la de Nancy para sostener, contra los médicos de Viena (Theodor Meynert o Richard von Krafft-Ebing), las hipótesis francesas. Su trayectoria fue dialéctica. Puso lado a lado las tesis de Charcot y las de Bernheim, extrayendo lecciones fructíferas de unas y otras. Si el primero había abierto el camino a una nueva conceptualización de la histeria, el segundo, contra el anterior, había encontrado el principio de su tratamiento psíquico.
Entre 1888 y 1893 Freud forjo un nuevo concepto de la histeria. Tomó de Charcot la idea del origen traumático. Pero, en virtud de la teoría de la seducción, afirmaba que el trauma tenía causas sexuales: la histeria sería el fruto de un abuso sexual realmente vivido por el sujeto en la infancia.
A fines de siglo, todos los especialistas en enfermedades nerviosas conocían la importancia del factor sexual en la génesis de los síntomas neuróticos, sobre todo para la histeria. Pero ninguno de ellos sabía teorizar esta observación. Y fue Freud quien resolvió la cuestión. En un primer momento, hasta 1897, adoptó las ideas compartidas por numerosos médicos de la época, y elaboró su teoría del origen traumático (seducción real). En un segundo momento renunció a ella, y desarrolló la concepción del fantasma, arrancando la idea de la libido a la sexología.
Tres hombres le habían sugerido el origen traumático sexual: Charcot, Breuer y el ginecólogo vienés Rodulf Chrobak (1843-1906). El primero le había murmurado en una oportunidad: "En este caso, está siempre la cosa genital, siempre..." El segundo le había hablado de "secretos de alcoba". El tercero, a propósito de una paciente virgen después de dieciocho años de matrimonio, había enunciado delante de él, en latín la prescripción siguiente: "Penis normalis, dosim repetatur".
En cuanto a la técnica terapéutica, Freud tomó de Bernheim la idea de la sugestión, que a él no le gustaba. La abandonó más tarde, en provecho de una elaboración de la noción de transferencia, después de haber pasado del método catártico de Breuer al de la asociación libre.
En los Estudios sobre la histeria, obra magistral tanto por su aporte teórico como por la exposición clínica de los historiales, se presentaron los grandes conceptos de una nueva captación del inconsciente: la represión, la abreacción, la defensa, la resistencia y, finalmente, la conversión, que explicaba de qué modo una energía libidinal se transformaba en una inervación somática, en una somatización con significación simbólica.
Después de abandonar la teoría de la seducción, posteriormente a la publicación en 1900 de La interpretación de los sueños, Freud reconoció el conflicto psíquico inconsciente como causa principal de la histeria. Afirmó en consecuencia que las histéricas no sufrían ya de "reminiscencias" como en los Estudios, sino de fantasmas. Aunque en la infancia hubieran sido víctimas de abusos o violencias, el trauma no podía ser la explicación única de la cuestión de la sexualidad humana. Junto a la realidad material, afirmaba Freud, hay una realidad psíquica igualmente importante en la historia del sujeto. Asimismo, la conversión debía considerarse un modo de realización del deseo: un deseo siempre insatisfecho.
La teorización de la sexualidad infantil le permitió después a Freud identificar el conflicto "nuclear" de la neurosis histérica (la imposibilidad para el sujeto de liquidar el complejo de Edipo y evitar la angustia de castración, lo que lo llevaba a rechazar la sexualidad): "Considero sin vacilar histérica -declaró Freud a propósito de Dora- a toda persona en la cual una ocasión de excitación sexual provoca sobre todo y exclusivamente repugnancia, sea que dicha persona presente o no síntomas somáticos". La elaboración de estos diversos temas puede advertirse en el modo en que Freud redactó en enero de 1901 el relato de la cura realizada con Ida Bauer. Con el seudónimo de Dora, esta joven iba a convertirse en el caso princeps de la histeria en la concepción freudiana llegada a la madurez. Toda la literatura posfreudiana habría de comentarlo tanto como al caso "Anna O." (Bertha Pappenheim). En esa época, Freud sostenía no obstante que la histeria, sin tener su fuente en un trauma, podía derivar de un mecanismo hereditario. Estimaba en efecto que los descendientes de personas afectadas de sífilis estaban predispuestos a neurosis graves.
Las epidemias histéricas de fines del siglo XIX contribuyeron a tal punto al nacimiento y la expansión del freudismo, que la noción misma de histeria desapareció del campo de la clínica. No sólo los enfermos no presentaban ya los mismos síntomas, puesto que éstos habían sido claramente reconocidos y desprendidos de toda simulación, sino que cuando, por azar, estos síntomas reaparecían, no eran clasificados en el registro de la neurosis, sino en el de la psicosis: se comenzó entonces a hablar de psicosis histérica, entidad que Freud había descartado, pues se la mezclaba con la nueva nosografía bleuleriana de la esquizofrenia. A partir de 1914, ya nadie se atrevía a hablar de histeria: a tal punto la palabra estaba identificada con el propio psicoanálisis.
En Francia, el concepto fue desmembrado por los dos principales alumnos de Charcot: Pierre Janet y Joseph Babinski. El primero consideraba la histeria como un estrechamiento del campo de la conciencia", y el segundo la reemplazó por el pitiatismo.
Hubo que aguardar la época perturbada de la Primera Guerra Mundial y la entrada en escena de una nueva forma de etiología traumática para que resurgiera el debate sobre la histeria a través de la discusión sobre las neurosis de guerra. Más tarde, en Francia, el movimiento surrealista reivindicó la "belleza convulsiva" para hacer de la histeria el emblema de un arte nuevo, mientras que Jules de Gaultier llamaba bovarysmo a una neurosis narcisista de connotación melancólica (y fuerte contenido histérico). Jacques Lacan la utilizó con provecho en su relato del caso "Aimée" (Marguerite Anzieu). Finalmente, después de la Segunda Guerra Mundial, la expresión "histeria de conversión" recobró un vigor particular con el desarrollo de los trabajos de la medicina psicosomática de inspiración psicoanalítica (Franz Alexander, Alexander Misteberlich). En cuanto a la idea de personalidad histérica, heredada del concepto de personalidad múltiple, hizo carrera a partir de la década de 1960, cuando se iniciaron los grandes debates norteamericanos e ingleses sobre la Self Psychology y el bordeline state (estados límite).
Histeria
s. f. (fr. hystérie; ingl. hysteria; al. Hysteríe). Neurosis caracterizada por el polimorfismo de sus manifestaciones clínicas.
La fobia, llamada a veces histeria de angustia, debe ser distinguida de la histeria cle conversión. Esta última se distingue clásicamente por la intensidad de las crisis emocionales y la diversidad de los efectos somáticos, ante los cuales fracasa la medicina. El psicoanálisis contemporáneo pone el acento en la estructura histérica del aparato psíquico, engendrada por un discurso, y que da lugar a una economía así como a una ética propiamente histéricas.
La histeria en la primera tópica freudiana. Freud se desprende ante todo de una concepción innatista y adopta la idea de una neurosis adquirida. Plantea el problema etiológico en términos de cantidad de energía: la histeria se debe a un «exceso de excitación». En los Estudios sobre la histeria (1895) se afirma el parentesco del mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos con la neurosis traumática: «La causa de la mayoría de los síntomas histéricos merece ser calificada de trauma psíquico». Habiéndose hecho autónomo el recuerdo de este choque, actúa a la manera de un «cuerpo extraño» en el psiquismo: «La histérica sufre de reminiscencias». En efecto, el afecto ligado al episodio causal no ha sido abreaccionado, es decir, no ha encontrado una descarga de energía por vía verbal o somática, porque la representación psíquica del trauma estuvo ausente, estuvo prohibida o era insoportable. La escisión del grupo de representaciones incriminadas constituye entonces el núcleo de un «segundo conciente» que infiltra al psiquismo durante las crisis o que inerva una zona corporal formando un síntoma permanente: neuralgia, anestesia, contractura, etc. El mecanismo de defensa que preside la formación del síntoma histérico es calificado entonces de «represión de una representación incompatible con el yo». Paralelamente, Freud afirma que el trauma en cuestión está siempre ligado a una experiencia sexual precoz vivida con displacer, comprendiendo en ello a los varones, lo que libera a la histeria de su condición exclusivamente femenina. Con posterioridad, Freud pensará que había sobrestimado la realidad traumática en detrimento del fantasma de la violencia perpetrada por un personaje paterno.
La concepción freudiana requiere algunas precisiones: supone que la relación psique-soma es de dos lugares, ocupando la psique la posición superior, y separados ambos lugares por una barra franqueable por una representación psíquica. Freud descubre así en la histeria una «solicitación somática», una especie de llamada del cuerpo a que una representación reprimida venga a alojarse en él. De este modo, Freud invitaba al abandono del debate clásico entre psicogénesis y organicismo en la histeria: el problema planteado por esta neurosis es el del encuentro entre el cuerpo biológico y el «representante pulsional», que es del orden del lenguaje, es decir, un significante. El síntoma entonces es un mensaje ignorado por su autor, que es preciso entender en su valor metafórico, e inscrito en jeroglíficos sobre un cuerpo enfermo en tanto parasitado.
La segunda tópica de Freud. Las dificultades encontradas en la cura llevaron a Freud a establecer la segunda tópica del aparato psíquico. Nuevos estudios prometidos sobre la histeria, sin embargo, nunca vieron la luz. La pertinencia de la clínica freudiana aparece en diversos textos y es puesta de relieve por la relectura de J. Lacan, gracias a los instrumentos conceptuales que propuso.
Así, el análisis del sueño llamado «de la bella carnicera», publicado en La interpretación de los sueños (1900), le permite a Freud afirmar que esta soñante histérica se ve obligada a crearse un «deseo insatisfecho»: ¿por qué no quiere el caviar que sin embargo desea? Para reservar así el lugar del deseo en tanto este no se confunde ni con la demanda del amor ni con la satisfacción de la necesidad. La falta constitutiva del deseo está empero articulada a través de una demanda con el lugar del Otro, definido como lugar simbólico del lenguaje. Esta falta está en el Otro, articulación significante de la falta de objeto como tal cuyo significante es el falo. De este modo, el deseo de la histérica revela la naturaleza general del deseo de ser deseo del Otro. Además, este sueño es propiamente el de una histérica, que no accede al deseo sino por el rodeo de la identificación imaginaria con una amiga, identificación que conduce a una apropiación del síntoma de un semejante por medio de un razonamiento inconciente por el que la histérica se atribuye motivos análogos para estar enferma.
El texto de este sueño, puesto en relación con el caso Dora, permite avanzar un paso más. Dora presentaba numerosos síntomas ligados a la relación compleja que su padre y ella misma mantenían con la pareja de los K.: lazo amoroso platónico disimulado de su padre y de la Sra. K., cortejo a veces apremiante pero secreto del Sr. K. hacia Dora. El análisis de Dora fue orientado por Freud hacia el reconocimiento de su deseo reprimido por el Sr. K. Esto le permitió mostrar la importancia, en el establecimiento de la histeria, del amor por el padre impotente, secuela edípica interpretada aquí como defensa actual contra el deseo. Pero Freud reconocerá haber omitido la dimensión homosexual del deseo histérico, de ahí el fracaso de la cura. Para Lacan, se trata de una «homosexualidad» que es preciso entender en este caso como identificación con el hombre, el Sr. K., por cuyo intermedio la histérica se interroga sobre el enigma de la femineidad: «Es así como la histérica se experimenta a sí misma en los homenajes dirigidos a otra, y ofrece la mujer en la que adora su propio misterio al hombre cuyo papel pretende sin poder nunca gozar de él. En una búsqueda sin descanso de lo que es ser una mujer...» (Escritos, 1966).
La histeria después de Freud. El establecimiento ulterior de la estructura de los discursos basada en un juego de cuatro elementos, el sujeto, el significante amo, el del saber inconciente y el objeto causa del deseo, le ha permitido a Ch. Melman proponer unos Nuevos estudios sobre la histeria [Nouvelles études sur l’ystérie, 1984]. Melman destaca que la represión propia de la histérica sería de hecho una seudo-represión. En efecto, si, como ya lo sostenía Freud, la niña pasa por una fase en la que debe renunciar a la madre y por lo tanto conoce la castración tanto como el varón, el establecimiento de la femineidad supone en cambio un segundo tiempo en el que ella reprime parcialmente la actividad fálica a la que la castración parecía autorizarla. «Adelantamos aquí la hipótesis de que la represión recae electivamente sobre el significante amo, aquel que el sujeto eventualmente invoca para interpelar al objeto». Esta represión sería la primera mentira del síntoma histérico, pues se hace pasar por una castración (real y no simbólica) demandada por el Otro, la que es fuente de la idea de que pueda haber un fantasma propio de la mujer. De este modo, la represión del significante amo reorganiza la castración primera y la hace interpretar como privación del medio de expresión del deseo. La sintomatología histérica «está ligada a partir de allí al resurgimiento del significante amo en el discurso social, que sugiere la idea de violación», y el cuerpo mima la posesión por un deseo totalizante cuyos significantes se inscriben en él como en una página. ¿Por qué entonces no es histérica toda mujer? Porque la histérica interpreta el consentimiento a la femineidad como un sacrificio, un don hecho a la voluntad del Otro al que así consagraría. Desde allí, se inscribe en un orden que prescribe tener que gustar y no desear. Opone a los que invocan el deseo un «nuevo orden moral» regido por el amor de un padre enfermo e impotente cuyos valores son el trabajo, la devoción y el culto de la belleza. Nacería así una nueva humanidad «igualitaria en tanto igual en lo sublime y en tanto desembarazada de la castración». Se deduce de ello una economía general de la histeria, que pone en evidencia dos formas clínicas aparentemente paradójicas: «Una. es una forma depresiva, en la que el sujeto se vive como extraño al mundo y rehusa toda afirmación y todo compromiso, la otra es una forma esténica [activa, fuerte, lo contrario de asténica], en la que el sujeto hace de su sacrificio el signo de una elección». La histérica puede entonces, alternadamente, consagrarse a los hombres, rivalizar con ellos, remplazarlos cuando los juzga muy mediocres, «hacer de hombre» no castrado a imagen del Padre. Es así apta para sostener todos los discursos constitutivos del lazo social, pero «marcados con la pasión histérica», que busca regir a todos. La contradicción reside en que, interpelando a los amos y trabajando para abolir los privilegios, reclama al propio tiempo a aquel que sería tan potente como para abolir la alteridad.
Debe destacarse que la histeria masculina depende de los mismos discursos: la economía y la ética. Se caracteriza por la decisión de un joven de ubicarse del lado de las mujeres y de cumplir su virilidad por el camino de la seducción, como criatura excepcional y enigmática.
Masculina o femenina, «la pasión histérica se sostiene en la culpa que agobia al sujeto cuando se acusa de haber faltado a la castración» y ser así una mancha en el universo. Se hace responsable de la imposíble adecuación natural de los hombres y las mujeres desde que son «hombres» y «mujeres» por el lenguaje. Por eso la histeria estuvo en el origen del psicoanálisis, y el discurso histérico sigue siendo el desfiladero necesario para toda cura.
Histérica
(discurso de la)
En los términos del seminario de Lacan de 1969-1970, El reverso del psicoanálisis, el discurso «de» la histérica se da inicialmente Por característica la de sustituir en tanto que «producción» de la «institución discursiva», el plus de -gozar (a) del discurso del Amo por el saber (S2).
Discurso del AmoDiscurso de la histérica
S1S2$S1
$aaS2
a= plus-de gozar en la posición (homóloga de la plusvalía marxista)
S2= saber en la posción de la producción, de S2 a a, impotencia de la histérica para animar su saber con un plus-de-gozar.
Pero ¿cuál es ese saber S2 producido de tal modo? Para determinarlo, partiremos de lo que constituye el significante en su valor repetitivo, el SI o significante amo. El propio sujeto, histérico, «se aliena -nos dice Lacan- por el significante amo, como sujeto al que este significante divide -"al" que, en masculino, representa al sujeto-, este sujeto que se opone a hacerse su cuerpo»; es decir, a hacerse su cuerpo para que la marca sea impresa en él, tal como lo acepta el esclavo en su sumisión al amo.
Hay además «producción» de una serie de significantes, producción de «saber». «Sobre este saber propiamente histérico por su posición, interroguemos a Dora y al sueño de la alhaja. Lo que le interesa no es la joya, es el estuche, la envoltura. Ella goza del estuche. El Sr. K. no le da otra cosa, un estuche de alhajas.» «Cuando el Sr. K. le dice "mi mujer no es nada para mí”, es muy cierto que en ese momento el goce del Otro se ofrece a ella, y ella no lo quiere, porque lo que quiere es el saber como medio de goce, pero para que sirva a la verdad, a la verdad del amo que ella encarna, en tanto que Dora.»
«Y esta verdad, para decirla de una vez, es que el amo está castrado.»
De allí la relación de «impotencia» entre esta producción de significantes -ese saber inconsciente- y el plus-de-gozar que constituye la verdad de este discurso de la histérica.
Histeria o histerismo
Al.: Hysterie.
Fr.: hystérie.
Ing.: hysteria.
It.: isteriz. o isterismo.
Por.: histeria.
Clase de neurosis que ofrece cuadros clínicos muy variados. Las dos formas sintomatológicas mejor aisladas son la histeria de conversión, en la cual el conflicto psíquico se simboliza en los más diversos síntomas corporales, paroxísticos (ejemplo: crisis emocional con teatralidad) o duraderos (ejemplo: anestesias, parálisis histéricas, sensación de «bolo» faríngeo, etc.), y la histeria de angustia, en la cual la angustia se halla fijada de forma más o menos estable a un determinado objeto exterior (fobias).
En la medida en que Freud descubrió en la histeria de conversión rasgos etiopatogénicos fundamentales, el psicoanálisis logró relacionar con una misma estructura histérica diversos cuadros clínicos que se traducen en la organización de la personalidad y el modo de existencia, Incluso en ausencia de síntomas fóbicos y de conversiones manifiestas.
La especificidad de la histeria se busca en el predominio de cierto tipo de Identificación, de ciertos mecanismos (especialmente la represión, a menudo manifiesta) y en el afloramiento del conflicto edípico que se desarrolla principalmente en los registros libidinales fálico y oral.
La noción de enfermedad histérica es muy antigua, puesto que se remonta a Hipócrates. Su delimitación ha seguido los avatares de la historia de la medicina. Acerca de este punto sólo podemos remitir al lector a la abundante literatura existente sobre el tema.
A finales del siglo xix, especialmente por influencia de Charcot, pasó a primer plano el problema planteado por la histeria al pensamiento médico y al método anatomoclínico imperante. De un modo muy esquemático, puede decirse que se buscó la solución en dos direcciones: por una parte, ante la ausencia de toda lesión orgánica, atribuir los síntomas histéricos a la sugestión, a la autosugestión, o incluso a la simulación (línea de pensamiento que será recogida y sistematizada por Babinski); por otra, conceder a la histeria la denominación de enfermedad como las otras, tan definida y precisa en sus síntomas como, por ejemplo, una afección neurológica (trabajos de Charcot). El camino seguido por Breuer y Freud (y, desde otro punto de vista, por Janet) les condujo a superar esta oposición. Al igual que Charcot, cuya influencia sobre Freud es bien conocida, éste considera la histeria como una enfermedad psíquica bien definida, que exige una etiología específica. Por otra parte, intentando establecer el «mecanismo psíquico», se adhiere a toda una corriente que considera la histeria como una «enfermedad por representación». Ya es sabido que el hallazgo de la etiología psíquica de la histeria corre parejas con los principales descubrimientos del psicoanálisis (inconsciente, fantasía, conflicto defensivo y represión, identificación, transferencia, etc.).
Después de Freud, los psicoanalistas no han dejado de considerar la neurosis histérica y la neurosis obsesiva como las dos vertientes principales del campo de las neurosis, lo cual no implica que, como estructuras, puedan combinarse en un determinado cuadro clínico.
Freud relacionó con la estructura histérica y denominó histeria de angustia a un tipo de neurosis cuyos síntomas más destacados son las fobias (véase: Histeria de angustia).
Histeria de angustia
Al.: Angsthysterie.
Fr.: hystérie d'angoisse.
Ing.: anxiety hysteria.
It.: isteria Wangoscia.
Por.: histeria de angústia.
Término Introducido por Freud para aislar una neurosis cuyo síntoma central es la fobia y con el fin de subrayar su similitud estructural con la histeria de conversión.
El término «histeria de angustia» fue introducido en la literatura psicoanalítica por W. Stekel en Los estados de angustia neurótica y su tratamiento (Nervöse Angstzustände und ihre Behandlung, 1908) basándose en una indicación de Freud.
Esta innovación terminológica se justifica del siguiente modo:
a) Se encuentran síntomas fóbicos en diversas afecciones neuróticas y psicóticas. Se observan en la neurosis obsesiva y en la esquizofrenia; incluso en la neurosis de angustia, según Freud, pueden encontrarse algunos síntomas de tipo fóbico.
Por ello, en El pequeño Hans, Freud indica que no es posible considerar la fobia como un «proceso patológico independiente».
b) Existe, no obstante, una neurosis en la que la fobia constituye el síntoma central. Al principio, Freud no la aisló: en sus primeras concepciones las fobias se relacionaban, bien con la neurosis obsesiva, bien con la neurosis de angustia como neurosis actual. El análisis del pequeño Hans le proporcionó la ocasión para especificar la neurosis fóbica y señalar su similitud estructural con la histeria de conversión. En efecto, tanto en uno como en el otro caso, la acción de la represión tiende esencialmente a separar el afecto de la representación. Con todo, Freud subraya una diferencia esencial: en la histeria de angustia « [...] la libido que la represión ha separado del material patógeno no es convertida [...], sino. liberada en forma de angustia». La formación de los síntomas fóbicos tiene su origen «[...] en un trabajo psíquico que se ejerce desde un principio con el fin de ligar de nuevo psíquicamente la angustia que ha quedado libre». «La histeria de angustia se desarrolla cada vez más en el sentido de la "fobia"».
Este texto atestigua que, en rigor, no es posible considerar como sinónimos los términos «histeria de angustia» y «neurosis fóbica». El término «histeria de angustia», menos descriptivo, orienta la atención hacia el mecanismo constitutivo de la neurosis en cuestión y pone el acento en el hecho de que el desplazamiento sobre un objeto fóbico es secundario a la aparición de una angustia libre, no ligada a un objeto.
Histeria de conversión
Al: Konversionshysterie.
Fr.: hystérie de conversion.
Ing.: conversion hysteria.
It.: isteria di conversione.
Por.: histeria de conversão.
Forma de histeria que se caracteriza por el predominio de los síntomas de conversión.
En sus primeros trabajos, Freud no utilizaba la expresión «histeria de conversión», por cuanto el mecanismo de la conversión caracterizaba entonces la histeria en general. Cuando, con motivo del análisis del Pequeño Hans, Freud relaciona con la histeria un síndrome fóbico, que denomina histeria de angustia, aparece el término «histeria de conversión» para designar una de las formas de la histeria: «Existe una histeria pura de conversión sin angustia alguna, al igual que existe una histeria de angustia simple, que se manifiesta por sensaciones de angustia y fobias sin que se asocie la conversión».
Histeria de defensa
Al.: Abwehrhysterie.
Fr.: hystérie de défense.
Ing.: defence hysteria.
It.: isteria da difesa.
Por.: histeria de defesa.
Forma de histeria que Freud, en los años 1894-1895, diferenció de las otras dos formas de histeria: la histeria hipnoide y la histeria de retención.
Se caracteriza por la actividad de defensa que el sujeto ejerce frente a las representaciones susceptibles de provocar afectos displacenteros.
Desde que Freud reconoció la intervención de la defensa en toda histeria, dejó de utilizar el término «histeria de defensa», con la distinción implícita en él.
En Las psiconeurosis de defensa (Die Abwehr-Netíropsychosen, 1894), Freud introdujo, desde un punto de vista patogenético, la distinción entre tres formas de histeria (hipnoide, de retención y de defensa) y consideró especialmente como su aportación personal la histeria de defensa, la cual convierte en el prototipo de las psiconeurosis de defensa.
Se observará que, a partir de la Comunicación preliminar (Vorläufige Mitteilung, 1893) de Breuer y Freud, la imposibilidad de abreacción (característica de la histeria) se relaciona con dos series de condiciones: por una parte, un estado específico en el que se halla el sujeto en el momento del trauma (estado hipnoide), y, por otra, a condiciones ligadas a la propia naturaleza del trauma: condiciones externas o acción intencional (absichtlich) del sujeto que se defiende frente a contenidos «penosos». En esta primera fase de la teoría, la defensa, la retención y el estado hipnoide aparecen como factores etiológicos que contribuyen a la producción de la histeria. En la medida en que uno de ellos se considera como el más importante, se cree, por influencia de Breuer, que el estado hipnoide constituye «[...] el fenómeno fundamental de esta neurosis».
En Las psiconeurosis de defensa Freud especifica este conjunto de condiciones hasta el punto de distinguir tres tipos de histerias; pero, de hecho, sólo se interesa por la histeria de defensa.
En una tercera fase (Estudios sobre la histeria [Studien über Hysterie, 1895]), Freud sigue conservando esta distinción, pero, al parecer, ésta le sirve sobre todo para promover, a expensas de la preponderancia del estado hipnoide, la noción de defensa. Así, Freud hace observar: «Curiosamente, en mi propia experiencia no he encontrado la verdadera histeria hipnoide; todos los casos que yo he tratado han aparecido como histeria de defensa». Asimismo, duda de la existencia de una histeria de retención independiente y establece la hipótesis de que « [...] en la base de la histeria de retención interviene un elemento de defensa que ha transformado todo el proceso en fenómeno histérico».
Observemos, finalmente, que el término «histeria de defensa» desaparece después de los Estudios sobre la histeria. Todo ocurrió, pues, como si sólo hubiera sido introducido para hacer prevalecer la noción de defensa sobre la de estado hipnoide. Una vez logrado este resultado (considerar la defensa como el proceso fundamental de la histeria y extender el modelo del conflicto defensivo a las otras neurosis) el término «histeria de defensa» pierde evidentemente su razón de ser.
Histeria hipnoide
Al.: Hypnoidhysterie.
Fr.: hystérie hypnoïde.
Ing.: hypnoid hysteria.
It.: isteria ipnoida.
Por.: histeria hipnóide.
Término utilizado por Breuer y Freud en los años 1894-1895: forma de histeria que tendría su origen en los estados hipnoides; el sujeto no puede Integrar en su persona y en su historia las representaciones que aparecen durante estos estados. Aquéllas forman entonces un grupo psíquico separado, inconsciente, capaz de provocar efectos patógenos.
Remitimos al lector al artículo «Estado hipnoide» donde exponemos el fundamento teórico de este término. Observemos que el término «histeria hipnoide» no se encuentra en los textos escritos exclusivamente por Breuer; por ello parece lógico pensar que se trata de una denominación creada por Freud. En efecto, para Breuer toda histeria es «hipnoide» puesto que tiene su origen fundamental en el estado hipnoide; para Freud, en cambio, la histeria hipnoide es sólo una forma de histeria, junto a la histeria de retención y, sobre todo, a la histeria de defensa: distinción que le permitirá primeramente delimitar, y más tarde rechazar el papel del estado hipnoide en relación con el de la defensa.
Histeria de retención
Al.: Retentionshysterie.
Fr.: histérie de rétention.
Ing.: retention hysteria.
It.: isteria da ritenzione.
Por.: histeria de retenção.
Forma de histeria que Breuer y Freud diferenciaron, en los años 1894-1895, de las otras formas: la histeria hipnoide y la histeria de defensa.
Su patogenia se caracteriza por el hecho de que los afectos no han podido ser descargados por abreacción, sobre todo en razón de circunstancias exteriores desfavorables.
En Las psiconeurosis de defensa (Die Abwehr-Neuropsychosen, 1894) Freud aísla la histeria de retención como una forma de histeria.
En la Comunicación preliminar (Vorläufige Mitteilung, 1893) ya se hallaba presente, si no el término, por lo menos el concepto de retención para designar una serie de condiciones etiológicas en las que, a diferencia de lo que ocurre en el estado hipnoide, es la naturaleza del trauma lo que imposibilita la abreacción: el trauma choca, ya con condiciones sociales que impiden su abreacción, ya con una defensa del propio sujeto.
Más descriptiva que explicativa, la noción de retención había de desaparecer pronto; en efecto, cuando quiere explicar el fenómeno de la retención, Freud encuentra la defensa. Esto es lo que ilustra, en la experiencia terapéutica, una observación de Freud (el Caso Rosalía), a la cual alude sin duda al escribir: «En un caso que yo consideraba como de histeria de retención típica, contaba con obtener un éxito fácil y seguro, pero éste no se produjo, por más que el trabajo resultara realmente fácil. Por ello supongo, con todas las reservas inherentes a la ignorancia, que en la base de la histeria de retención actúa también un elemento de defensa que ha transformado todo el proceso en fenómeno histérico».
Histeria traumática
Al.: traumatische Hysterie.
Fr.: hystérie traumatique.
Ing.: traumatic hysteria.
It.: isteria traumatica.
Por.: histeria traumática.
Tipo de histeria descrito por Charcot: en ella los síntomas somáticos, en especial la parálisis, aparecen, a menudo, tras un período de latencia, consecutivamente a un traumatismo físico, pero sin que éste pueda explicar mecánicamente tales síntomas.
Charcot, en sus trabajos sobre la histeria, entre 1880 y 1890, estudia ciertas parálisis histéricas consecutivas a traumatismos físicos lo bastante importantes para que el sujeto sienta en peligro su vida, pero sin que lleguen a producir una pérdida de conciencia. Tales traumatismos no explican neurológicamente la parálisis. Charcot observa también que ésta se instaura después de un período, más o menos largo, de «incubación», de «elaboración» psíquica.
Charcot tuvo la idea de reproducir experimentalmente, bajo hipnosis, parálisis del mismo tipo utilizando un traumatismo mínimo o la simple sugestión. De este modo aportó la prueba de que los síntomas en cuestión habían sido provocados, no por el shock físico, sino por las representaciones ligadas al mismo y que sobrevenían durante un estado psíquico particular.
Freud señaló la continuidad existente entre esta explicación y las primeras explicaciones que Breuer y él mismo dieron de la histeria: «Existe una completa analogía entre la parálisis traumática y la histeria común, no traumática». «La única diferencia estriba en que, en el primer caso, ha actuado un traumatismo importante, mientras que en el segundo raramente puede señalarse un único acontecimiento de importancia, sino más bien una serie de impresiones afectivas Incluso en el caso del gran traumatismo mecánico de la histeria traumática, lo que produce el resultado no es el factor mecánico, sino el afecto de susto, el traumatismo psíquico».
Como es sabido, el esquema de la histeria hipnoide recoge los dos elementos ya señalados por Charcot: el traumatismo psíquico y el estado psíquico especial (estado hipnoide, afecto de susto) durante el cual aquél acontece.
Historia del psicoanálisis
En 1992, en un libro colectivo, Peter Kutter enumeró cuarenta y un países en los que el psicoanálisis ha influido (mucho o poco) desde principios de siglo: Alemania, Argentina, Australia, Austria (Viena), Bélgica, Brasil, Bulgaria, Canadá, Chile, China, Colombia, Corea (del Sur), Croacia, España, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Grecia, Hungría, India, Israel, Italia, Japón, Lituania, México, Holanda, Países escandinavos (Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suecia), Perú, Polonia, Portugal, República Checa, Rumania, Rusia, Serbia, Eslovenia, Suiza, Uruguay, Venezuela.
La International Psychoanalytical Association (IPA), por su lado, afirma estar implantada en treinta y dos países. La diferencia se debe a que la IPA no ha integrado aún a todos los grupos en vías de formación en los países donde el comunismo se derrumbó después de 1989.
Sea como fuere, todos los estudios demuestran que el psicoanálisis se implantó en cuatro de los cinco continentes, con un fuerte predominio en Europa y América (del Norte y del Sur).
Ligado a la industrialización y al debilitamiento de las creencias religiosas y del patriarcado tradicional, el psicoanálisis es en todas partes un fenómeno urbano. El freudismo dispensa su enseñanza, erige sus institutos y sus asociaciones en grandes ciudades, cuyos habitantes están en general desarraigados, replegados en un núcleo familiar restringido, e inmersos en el anonimato o el cosmopolitismo. ¿Es esta soledad propicia a la exploración del inconsciente?
En África, solamente un pionero, Wulf Sachs, emigrado de Rusia, logró formar un grupo que posteriormente se deshizo. A fines del siglo XX está en vías de constitución un grupo nuevo (en Sudáfrica, desde la finalización del apartheid).
En lo que concierne al continente asiático, el psicoanálisis se implantó en la India gracias a un pionero, Girindrashekhar Bose, y por la vía de la colonización inglesa, pero sin tomar la forma de un verdadero movimiento. En Japón, en cambio, existe una fuerte corriente de psiquiatría dinámica y un pequeño movimiento psicoanalítico, compuesto por varias tendencias (lacanismo, freudismo, kleinismo). Éste se extendió a algunos grupos coreanos a partir de 1930, esencialmente en torno a los trabajos de la escuela inglesa (Melanie Klein, Donald Woods Winnicott, etcétera). En Israel, fueron Max Eitingon y Moshe WuIff quienes fundaron (en Palestina) una sociedad psicoanalítica, mientras que en el Líbano, libaneses y franceses de origen libanés crearon en 1980 la Sociedad Libanesa de Psicoanálisis (SLP).
En China, después de un movimiento de higiene mental y reforma del asilo signado por la introducción de la terminología de Emil Kraepelin y las tesis de Adolf Meyer, el régimen comunista ha impedido desde 1949 cualquier implantación del psicoanálisis. No obstante, varias obras de Freud han sido traducidas, y son leídas por intelectuales o terapeutas: La interpretación de los sueños, Tres ensayos de teoría sexual, Tótem y tabú, El malestar en la cultura.
Sólo en el área llamada de la civilización occidental el psicoanálisis floreció como movimiento de masas, con diferencias considerables entre país y país.
En Europa, tales diferencias están vinculadas con la evolución de las naciones y los Estados entre 1900 y 1990. A principios de siglo, el psicoanálisis se desarrolló en un espacio dominado por cuatro potencias centrales: al norte, el Imperio Prusiano autoritario; en el centro, el Imperio Austro-Húngaro en decadencia; al este, el Imperio Ruso en vísperas de una revolución, y al sur, el Imperio Otomano en vías de desalojo.
En los dos primeros imperios (y una parte del tercero) había diseminadas comunidades judías atravesadas por varias corrientes ideológicas, entre ellas la Ilustración (Haskalah); de este grupo provenían la casi totalidad de los freudianos. Fueran alemanes, vieneses, húngaros, checos, croatas, eslovacos, polacos o rusos, estos judíos eran todos de lengua y cultura alemana (incluso cuando estaban "magiarizados", como en Hungría). En estos imperios se constituyó desde fines del siglo XVIII un movimiento de reforma del saber psiquiátrico que transformó el tratamiento de la locura y de las enfermedades psíquicas.
En el sur, cinco Estados habían instaurado nuevas monarquías, mientras seguían sometidas al Imperio Otomano: Bulgaria, Rumania, Serbia, Grecia y Montenegro. En estos países de fronteras inciertas, las minorías judías eran importantes, pero no había ningún movimiento de reforma capaz de favorecer la implantación del saber psiquiátrico y la afirmación de una nueva mirada sobre la locura. En consecuencia, el psicoanálisis siguió siendo un fenómeno marginal, vinculado a algunos pioneros abiertos a la cultura occidental.
En los demás países de Europa (Francia, Gran Bretaña, Italia, Suiza, Bélgica, Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca) se habían constituido democracias modernas: monarquías constitucionales o democracias parlamentarias. Fue allí donde el psicoanálisis se desarrolló a partir de 1913, transformándose radicalmente a medida que se derrumbaban los antiguos imperios centrales en los que habían nacido. Con una excepción: la Península Ibérica (España, Portugal). A principios de siglo, ésa era la única parte del oeste de Europa que había conservado regímenes monárquicos tradicionales, aunque en notoria declinación. Ésa no fue una tierra que acogiera al psicoanálisis, y sus partidarios emigraron a América latina en el momento de la guerra civil (1936-1939). Después, el franquismo obstaculizó la implantación del freudismo.
De modo que, nacido en el corazón del Imperio Austro-Húngaro, el psicoanálisis sedujo a una primera generación de pioneros de lengua alemana, llegados de todos los lugares de la Mitteleuropa y provenientes en general de un ambiente de comerciantes o intelectuales judíos. Entre 1902 y 1913 conquistó tres "tierras prometidas" (o Estados democráticos) donde se habían desarrollado, según el ideal de la época protestante, los grandes principios de la psiquiatría dinámica: Suiza, Gran Bretaña y los Estados Unidos.
A partir de 1913, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, progresó en dos países "latinos" (Francia e Italia), y después en los países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Holanda, Noruega, Finlandia), donde tropezó con resistencias específicas, vinculadas con las crisis políticas de la IPA.
La derrota de los grandes imperios y los tratados de Versailles, Trianón y Saint-Germain trastornaron el mapa de Europa, retrazando las fronteras y generando la emergencia de nuevos Estados (Polonia, Chescoslovaquia, Yugoslavia), que no tuvieron tiempo de estructurarse antes de la llegada del nacionalsocialismo.
La victoria del estalinismo en Rusia y el nazismo en Alemania modificó las modalidades de implantación y organización del psicoanálisis en Europa. Entre 1933 y 1941, en olas sucesivas abandonaron Europa los freudianos de la primera y segunda generación: rusos y húngaros refugiados en Alemania y Francia desde 1920, alemanes perseguidos por el nazismo, italianos y españoles acosados por el fascismo y el franquismo, austríacos de la Austria ocupada por las tropas alemanas. A partir de 1939, los suizos instalados en Francia volvieron a su país, algunos franceses salieron del territorio (Marie Bonaparte), y otros se ocultaron o interrumpieron toda actividad pública.
El movimiento migratorio volcó una cuarta parte de la comunidad freudiana continental en Gran Bretaña, las tres cuartas partes en los Estados Unidos, y una ínfima minoría en Sudamérica (Argentina, Brasil). La emigración tuvo tres consecuencias: el refuerzo del poder burocrático de la IPA, el estallido del freudismo clásico en varias corrientes (con las escisiones), y el fin de la supremacía de la lengua alemana, reemplazada por el inglés.
Esta distribución geográfica demuestra que la aceptación o el rechazo dill psicoanálisis no pueden explicarse en primer lugar por los obstáculos mentales o culturales, sino por el contexto histórico, por un lado, y por la situación política, por el. otro.
Para la implantación de las ideas freudianas y la formación de un movimiento psicoanalítico deben cumplirse dos condiciones. Primero, la constitución de un saber psiquiátrico, es decir, una mirada sobre la locura capaz de conceptualizar la noción de enfermedad mental en detrimento de la idea de posesión divina, sagrada o demoníaca. Y, en segundo término, la existencia de un Estado de derecho capaz de garantizar el libre ejercicio de una enseñanza freudiana.
Un Estado de derecho se caracteriza por los límites que pone a su poder sobre la sociedad y los ciudadanos, y por la conciencia de que tiene límites. Sin él, el psicoanálisis no puede ejercerse libremente, transmitirse por la cura o enseñarse en instituciones específicas. En otras palabras, toda implantación del psicoanálisis pasa por el reconocimiento consciente de la existencia del inconsciente, así como la asociación libre, como la técnica de la cura, pasa por el principio político de la libertad de asociación.
En general, la ausencia de uno de estos elementos (o de los dos a la vez) explica la no-implantación o la desaparición del freudismo en los países con dictadura, así como en las regiones del mundo marcadas por el Islam o por una organización comunitaria todavía tribal. Observemos que las dictaduras militares no han impedido la expansión del psicoanálisis en América latina (sobre todo en Brasil y la Argentina). Esto se debe a su naturaleza, diferente de los otros sistemas (estalinismo, nazismo) que lo destruyeron en Europa. Los regímenes de tipo caudillista no pusieron en práctica un plan de eliminación del freudismo como "ciencia judía" (éste fue el caso en Alemania entre 1933 y 1944), ni como "ciencia burguesa" (enfoque de la Unión Soviética entre 1945 y 1989).
Las condiciones de existencia de psicoanálisis parecen responder a una concepción de la libertad humana que está en contradicción con la teoría freudiana del inconsciente. En efecto, ésta demuestra que el hombre no es el amo en su casa, en tanto su libertad está sometida a determinaciones que él no conoce. Pero para que un sujeto pueda hacer la experiencia de esa "herida narcisista" es necesario que la sociedad en la que vive reconozca conscientemente el inconsciente. Así como el ejercicio de la libertad supone ese reconocimiento, también la historia del psicoanálisis está vinculada con la constitución de la noción de sujeto en la historia de la filosofía occidental. En la historia de las revisiones sucesivas de la doctrina freudiana y de su modelo biológico, sólo Jacques Lacan ha tratado de dar consistencia a este vínculo entre el psicoanálisis y la filosofía del sujeto.
A fines del siglo XX, el freudismo retrocede en las sociedades occidentales, en las que durante cien años se reunieron todas las condiciones necesarias para una implantación exitosa del psicoanálisis. Este debilitamiento resulta de una expansión de un nuevo tipo de comunitarismo, en el que el sujeto, reducido a sus raíces, a su grupo o a su individualidad, opta más gustosamente por formas primitivas de psicoterapia (el cuerpo, el grito, el grupo, el juego, la relajación, la hipnosis, la magia, etcétera); se debe también a la pujanza de un nuevo organicismo, que tiende a presentar todos los comportamientos mentales como resultado de un proceso cognitivo articulado a un sustrato genético o biológico.
Historiografía
Los primeros trabajos históricos sobre el psicoanálisis fueron redactados por el propio Sigmund Freud, primero en 1914, con la forma de un largo artículo titulado "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico", y en 1925 a través de una autobiografía, la Presentación autobiográfica.
Estos dos textos, de una gran calidad literaria, demuestran que Freud, aunque muy atento a la ciencia histórica, no logró desprenderse, para narrar su propio destino y el de su movimiento, de un modelo historiográfico arcaico, basado en el mito del auto-engendramiento del psicoanálisis por su valeroso fundador: la doctrina habría nacido de su propio cerebro, lejos de las ideas pre-científicas características de la época anterior. En el primer escrito, Freud, dando batalla contra dos disidentes (Alfred Adler y Carl Gustav Jung), se presenta como el padre de una doctrina que pretende regentear. En el segundo, redacta una Bildung en la más pura tradición alemana, en la cual el autor rememora su itinerario intelectual.
Esta voluntad de dominar la historia es constante en Freud. Nunca intenta disimularla, y jamás miente conscientemente sobre sí mismo. Por ello, cuando alguien intenta narrar su vida, como lo hizo Fritz Wittels, por ejemplo, Freud se preocupa por el respeto a la estricta exactitud de los hechos. Pero experimenta un cierto goce ante la idea de que sus biógrafos futuros puedan embrollarse. Así, intentó (en vano) convencer a Marie Bonaparte de que no conservara su correspondencia con Wilhelm Fliess. En cuanto a la idea del largo plazo, propia de la historiografía experta del siglo XX, no la tuvo muy en cuenta cuando, en 1931, leyó la obra de Stefan Zweig titulada La curación por el espíritu, en la que el autor relacionaba el método de Franz Anton Mesmer con el psicoanálisis. Freud trató sobre todo de corregir lo que le concernía, sin interesarse verdaderamente por la tesis enunciada.
La historiografía psicoanalítica nació verdaderamente después de la Segunda Guerra Mundial, por impulso de Ernest Jones, primer gran biógrafo de Freud. Su obra magistral en tres volúmenes, publicada entre 1952 y 1957, basada en archivos inéditos y pacientemente reunidos por él, Siegfried Bernfeld y Kurt Eissler, permitió c |