Homeomorfismo
Se llama homeomorfismo entre dos espacios topológicos X e Y a una función f:X® Y que resulte biunívoca y bicontinua, es decir:
f es uno a uno (biunívoca), lo que significa que para cada elemento x Î X existe un único y Î Y tal que f(x) = y y viceversa. Esto permite definir la función inversa, f- 1:Y® X
f y f- 1 son continuas (f es bicontinua)
La noción de homeomorfismo responde a la idea intuitiva de deformación, y determina cierta clase de equivalencia: dos espacios homeomorfos tienen las mismas propiedades topológicas.
Homología
Invariante topológico que asocia a cada espacio topológico una estructura algebraica llamada complejo. Como invariante, tiene mayor precisión que el grupo fundamental, aunque su definición y cálculo resultan más complicados.
Homosexualidad
Alemán: Homosexualität.
Francés: Homosexualité.
Inglés: Homosexuality.
Término derivado del griego (homos: semejante) y creado hacia 1860 por el médico húngaro Karoly Maria Benkert para designar todas las formas de amor carnal entre personas pertenencientes al mismo sexo biologico.
Entre 1870 y 1910, el término homosexualidad se fue imponiendo progresivamente con esta acepción en todos los países occidentales, reemplazando de tal modo a las antiguas denominaciones que caracterizaron esta forma de amor, según las épocas y las culturas (inversión, uranismo, sodomía, hermafroditismo psicosexual, pederastia, unisexualismo, homofilia, safismo, lesbianismo, etcétera). Se definía entonces por oposición a la palabra heterosexualidad (del griego heteros: diferente), forjada hacia 1880, que designaba todas las formas de amor carnal entre personas de sexos biológicamente distintos.
Ni Sigmund Freud, ni sus discípulos, ni sus herederos, hicieron de la homosexualidad un concepto o una idea propia del psicoanálisis. En consecuencia, ninguna de las tendencias del freudismo produjo una teoría específica de esta disposición sexual, que se hacía derivar de la bisexualidad propia de la naturaleza humana y animal, y que se relacionó al principio con el ámbito de las perversiones sexuales, y después con el de la perversión en general, como elemento de una estructura ternaria que incluye además a la psicosis y la neurosis.
Pero, dada la transformación inducida por la doctrina freudiana en la mirada que la ciencia y el saber occidentales posaban sobre la sexualidad humana, se puede afirmar que Freud, a propósito de la homosexualidad, y con los medios teóricos que eran los suyos, rompió con el discurso psiquiátrico de fines del siglo XIX. Desde Bénédict-Augustin Morel (1809-1873) hasta Valentin Magnan (1835-1916), pasando por Richard von Krafft-Ebing, este discurso consideraba la homosexualidad como una tara, una degeneración, que caracterizaba a juicio de algunos de ellos una "especie" o una "raza" siempre maldita, siempre reprobada. En tal sentido, hay que observar que la figura del homosexual, desde Oscar Wilde (1854-1900) hasta Marcel Proust (1871-1922), era recibida a fines de siglo, cuando progresaba el antisemitismo, como un equivalente del judío: "Al odio al judío por judío -escribe Hans Mayer- le corresponde el odio al homosexual por homosexuaV. Y este odio, en ambos casos, muy bien podía transformarse en auto-odio: auto-odio judío, como en Karl Kraus u Otto Weininger, u odio a la parte "femenina" de sí mismo, como en Charlus, el personaje de En busca del tiempo perdido, que se burla de los otros sodomitas.
Freud no ignoró nunca el papel desempeñado por la tradición judeocristiana en la larga historia de las persecusiones físicas y morales infligidas durante siglos a quienes se acusaba de transgredir las leyes de la familia y entregarse a prácticas sexuales anormales, demoníacas, desviadas, bárbaras y altamente reprobadas por la Biblia, por Dios, por los profetas, por la Iglesia y por la justicia de los hombres. Apasionado de la cultura griega y la literatura, muy a menudo subrayó que los grandes creadores habían sido homosexuales, y fue siempre sensible a la tolerancia del mundo de la Antigüedad respecto de la pederastia, al punto de olvidar que incluso entre los griegos el amor a los efebos pudo ser reprobado como vicio que amenazaba a la civilización. Por ejemplo, en su interpretación del mito de Edipo nunca se le ocurrió evocar el episodio "homosexual" de Layo: mientras era rey de Tebas, Layo había raptado al bello Crisipo. Hera, protectora del matrimonio, se escandalizó, y envió la Esfinge a los tebanos para castigarlos por haber sido demasiado tolerantes con esa relación culpable.
Aunque no fue nunca un militante de la causa de los homosexuales, Freud, como todos los científicos de su época, sufrió la influencia de los grandes interrogantes derivados del darwinismo, que apuntaban a transformar radicalmente la representación de la sexualidad humana. De allí la inspiración que obtenía de la sexología, antes de desprenderse totalmente de ella.
Como doctrina "progresista" del comportamiento sexual, la sexología, lo mismo que la criminología, inventó su propio vocabulario: se trataba entonces de dotar de una definición "científica" a las prácticas sexuales llamadas patológicas; a veces se las quería clasificar como enfermedades hereditarias (y no ya como pecados), a fin de remitirlas a la nosología psiquiátrica, y otras veces definirlas como crímenes o delitos (y no ya como actos contrarios a la moral cristiana), a fin de juzgarlas con la ley: "La homosexualidad -escribió Michel Foucault (1926-1984)- apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando dejó de identificarse con la práctica de la sodomía para pasar a ser una especie de androginia interior, un hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso; el homosexual era en adelante una especie." En este contexto, en Hungría y Alemania, se crearon los términos "homosexualidad" y "heterosexualidad", que se impusieron definitivamente en el siglo XX.
En nombre de esta teoría hereditarista de una homosexualidad constitucional, innata o natural, varios científicos atacaron las legislaciones represivas de Europa que castigaban la homosexualidad, según lo atestiguan las acciones llevadas a cabo por Magnus Hirscheld sobre el "sexo intermedio", por Havelock Ellis sobre el "carácter innato" natural de la homosexualidad, pero también por un jurista de Hannover: Carl Heinrich Ulrichs (1826-1895). Homosexual él mismo, publicó con el seudónimo de Numa Numantius una serie de obras en las cuales popularizó el término uranismo (por el dios Urano de la mitología griega, castrado por su hijo Cronos, y por Urania, la musa de la astronomía), para sostener que la inversión sexual era una anomalía hereditaria, cercana a la bisexualidad, que producía un "alma de mujer en un cuerpo de hombre". Después de él, el psiquiatra Carl Westplial (1833-1890) sostuvo que la homosexualidad era congénita, afirmando la existencia de un "tercer sexo". Entre 1898 y 1908 aparecieron mil publicaciones sobre la homosexualidad.
El discurso psiquiátrico del siglo XX siempre consideró la homosexualidad como una inversión sexual, es decir, una anomalía psíquica, mental o constitucional, un trastorno de la identidad o la personalidad que podía llegar a la psicosis y llevaba a menudo al suicidio. La terminología experimentó múltiples variaciones: para las mujeres, se emplearon los términos safismo o lesbianismo, con referencia a Safo, la poeta griega de la isla de Lesbos adepta al amor entre mujeres; para los hombres, se habló de uranismo, pederastia, sodomía, neuropatía, homofilia, etcétera. La nosologia sigulo siendo mucho más vaga en este terreno que en lo concerniente a la locura, y la legislación difería según los paises.
Hubo que aguardar la década de 1970, y después los trabajos de los historiadores (desde Michel Foucault hasta John Boswei [1947-1994]), y los grandes movimientos de liberación sexual, para que la homosexualidad dejara de ser considerada una enfermedad, y se la viera como una práctica sexual de pleno derecho: se habló entonces de las homosexualidades, y no ya de la homosexualidad, para significar que se trataba menos de una estructura que de una componente de la sexualidad humana, suscitadora de una pluralidad de comportamientos, tan variados como los de los neuróticos comunes. Por lo demás, Freud había indicado el camino de ese enfoque, al derivar la homosexualidad de la bisexualidad, y remitiéndola a una elección inconsciente ligada a la renegación, a la castración y al Edipo.
En 1974, bajo la presión de los "movimientos de liberación", la American Psychiatric Association (APA) decidió por referéndum eliminar la homosexualidad de la lista de las enfermedades mentales. Este hecho escandalizó. En efecto, indicaba que la comunidad psiquiátrica norteamericana, como no podía definir científicamente la naturaleza de la homosexualidad, había cedido a la presión de la opinión pública, haciendo votar a sus miembros sobre un problema cuya solución no dependía de un procedimiento electoral. Trece años más tarde, en 1987, sin que mediara la menor discusión teórica, el término perversión desapareció de la terminología psiquiátrica mundial, y fue reemplazado por el de parafilia, el cual no incluía ya a la homosexualidad.
En la historia de la sexología, y después del psicoanálisis, Sandor Ferenczi ocupa un lugar aparte. En 1906, antes de su encuentro con Freud, y en un texto sobre los estados intermedios presentado ante la Asociación de Médicos de Budapest, había asumido abiertamente la defensa de los homosexuales perseguidos en Hungría. Desaprobó a todos los médicos que los empujaban a casarse para encontrar un "remedio" a su "supuesto" problema. Más tarde, en sus textos ulteriores de inspiración psicoanalítica, se reveló como un excelente clínico de la cuestión.
Entre 1905 y 1915, gracias a los trabajos clínicos de sus discípulos de la Sociedad Psicológica de los Miércoles (Alfred Adler, Isidor Sadger, etcétera), que le informaban sobre numerosos casos de homosexualidad, Freud se desprendió de la sexología. Lo que le interesó en primer lugar no fue valorizar, inferiorizar o juzgar la homosexualidad, sino comprender sus causas, su génesis, sus estructuras, desde el punto de vista de la nueva doctrina del inconsciente. De allí el interés en la homosexualidad latente de los heterosexuales en la neurosis, y más aún en la paranoia. Freud conservó el término perversión para designar los comportamientos sexuales desviados respecto de una norma estructural (y ya no social), e incluyó la homosexualidad como una perversión de objeto, caracterizada por una fijación de la sexualidad en una disposición bisexual. Con este enfoque le retiraba todo carácter peyorativo, diferencia] ista, antiigualitario o, por el contrario, valorizador. En una palabra, hizo entrar la homosexualidad en el universal de la sexualidad humana, y la humanizó, renunciando progresivamente a considerarla una disposición innata o natural (es decir biológica) o una cultura, para concebirla como una elección psíquica inconsciente. En 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual hablaba aún de inversión, pero en 1910, con Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, renunció a este término, por el de homosexualidad. Cinco años más tarde, en una nota añadida a los Tres ensayos.... indicó claramente su hostilidad a toda forma de diferencialismo y discriminación: "La investigación psicoanalítica -escribió- se opone con la mayor determinación al intento de separar a los homosexuales de los otros seres humanos, como grupo particularizado".
En 1920, a propósito de una joven vienesa que había tenido en tratamiento porque amaba a una mujer y sus padres querían obligarla a casarse, Freud dio una definición canónica de la homosexualidad, que rechazaba todas las tesis sexológicas sobre el "estado intermedio", el "tercer sexo" o "el alma femenina en un cuerpo de hombre". Según la doctrina del Edipo y el inconsciente, la homosexualidad, como consecuencia de la bisexualidad humana, existe en estado latente en todos los heterosexuales. Cuando se convierte en una elección de objeto exclusiva, tiene por origen en la mujer una fijación infantil a la madre y una decepción respecto del padre. En ese texto Freud aportaba un esclarecimiento clínico de la cuestión, mostrando que era inútil tratar de "curar" a un sujeto de su homosexualidad cuando ella estaba instalada, y que la cura psicoanalítica en ningún caso debía realizarse con ese objetivo. Añadía que, a veces, se podía despejar el camino hacia el otro sexo: el paciente se convertía entonces en bisexual. Pero, precisaba, "...transformar a un homosexual plenamente desarrollado en un heterosexual es una empresa sin más probabilidades de éxito que la operación inversa...".
Un año después, en Psicología de las masas y análisis del yo, traza una definición más clara de la homosexualidad masculina: sobreviene después de la pubertad, cuando durante la infancia se instauró un vínculo intenso entre el hijo y la madre. En lugar de renunciar a la madre, el niño se identifica con ella, se transforma en ella y busca objetos capaces de reemplazar su yo, a los que pueda amar como había sido amado por la madre. Finalmente, en una carta del 9 de abril de 1935, dirigida a una mujer norteamericana cuyo hijo era homosexual, de lo cual ella se quejaba, Freud escribió lo siguiente: "La homosexualidad no es evidentemente una ventaja, pero no hay nada en ella de lo que uno deba avergonzarse; no es un vicio, ni un envilecimiento, y no se la podría calificar de enfermedad; nosotros la consideramos una variación de la función sexual, provocada por una detención del desarrollo sexual. Muchos individuos sumamente respetables, de los tiempos antiguos y modernos, han sido homosexuales, y entre ellos encontramos algunos de los más grandes hombres (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vine¡, etcétera). Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen, y es también una crueldad. Si no me cree, lea los libros de Havelock Ellis." Añadió que era inútil tratar de transformar a un homosexual en heterosexual. Observemos que Freud se sentía mucho más cómodo con la homosexualidad masculina que con la homosexualidad femenina, la cual siguió siendo para él tanto más enigmática cuanto que tenía con las mujeres, y sobre todo con su hija, un complejo paterno del que se defendía.
Los herederos de Freud no siguieron sus orientaciones, ni las de Ferenczi, y pusieron de manifiesto respecto de la homosexualidad una intolerancia extrema, al punto de que se convirtió en una especie de "continente negro" en la historia del movimiento psicoanalítico. A partir de diciembre de 1921, y durante un mes, la cuestión dividió a los miembros del Comité Secreto que dirigían la International Psychoanalytical Association (IPA). Los vieneses se mostraron mucho más tolerantes que los berlineses. Apoyados por Karl Abraham, estos últimos, en efecto, consideraban que los homosexuales no podían ser psicoanalistas, puesto que el análisis no los "curaba" de su "inversión". Con el respaldo de Freud, el valeroso Otto Rank se opuso a los berlineses. Declaró que los homosexuales tenían que poder acceder normalmente a la profesión de psicoanalistas, según su competencia: "No podemos descartar a esas personas sin otra razón valedera, así como no podemos aceptar que sean perseguidos por la ley". Recordó asimismo que existían diferentes tipos de homosexualidad, y que había que examinar cada caso en particular. Ernest Jones se negó obstinadamente a tomar en cuenta esa posición, apoyó a los berlineses, y declaró que a los ojos del mundo la homosexualidad era "un crimen repugnante: si uno de nuestros miembros lo cometiera, nos atraería un grave descrédito". De modo que quien había sido acusado de abuso sexual durante su estada en Canadá se convirtió a su vez, y por mucho tiempo, en el representante de una política de discriminación que iba, a pesar mucho sobre el destino del psicoanálisis en el mundo. Bajo la presión de Jones y los berlineses, los miembros del Comité cedieron -incluso Ferenczi y Freud- De modo que la homosexualidad fue proscrita de la legitimidad freudiana, al punto de ser de nuevo considerada como "una tara".
Con el correr de los años, y durante más de cincuenta, bajo la influencia creciente de las sociedades psicoanalíticas norteamericanas, en sí mismas enfeudadas a las tesis de la APA, la IPA reforzó su arsenal represivo. Después de haberse apartado de las posiciones freudianas para tomar una decisión acerca del acceso de los homosexuales al análisis didáctico, no vaciló, siempre en sentido contrario a la clínica freudiana, en calificar a los homosexuales de perversos sexuales, y a juzgarlos a veces inmunes al tratamiento psicoanalítico, y otras veces tratables, con la condición de que la cura tuviera por objeto orientarlos hacia la heterosexualidad. Para no ser acusada de discriminación, la dirección de la IPA no emitió ninguna regla escrita sobre el tema, pero sus sociedades evitaron en todo el mundo integrar en sus filas a candidatos oficialmente homosexuales.
Anna Freud desempeñó un papel principal en el desvío respecto de las tesis de su padre. Sospechada ella misma por el ambiente psicoanalítico de mantener una relación "culpable" con Dorothy Burlingham, luchó contra el acceso de los homosexuales al análisis didáctico. Respaldada por Jones y por el conjunto de las sociedades norteamericanas de la IPA, ejerció en este ámbito una influencia considerable, no contrarrestada por la corriente kleiniana, con todo más liberal, pero para la cual la homosexualidad (latente o realizada), sobre todo en su versión femenina, era resultado de la identificación con un pene sádico, y en su versión masculina, un trastorno esquizoide de la personafidad.
En su práctica, Anna Freud tuvo siempre por objetivo transformar a sus pacientes homosexuales en buenos padres de familia heterosexuales. La consecuencia de esta postura fue un desastre clínico. En 1956 invitó a la periodista Nancy Procter-Gregg a renunciar a citar en The Observer la célebre carta de su padre de 1935: "Hay varias razones para ello, y una es que hoy en día podemos curar muchos más homosexuales que los que se creía posible al principio. La otra razón es que los lectores podrían ver allí una confirmación de que todo lo que puede hacer el análisis es convencer a los pacientes de que sus defectos o «inmoralidades» no son graves, y de que deberían aceptarla con alegría."
Jacques Lacan fue el primer psicoanalista de la segunda mitad del siglo que rompió radicalmente con la persecución de los homosexuales en la IPA. No sólo tomó en análisis a muchos homosexuales sin intentar reeducarlos, sin tratarlos de desviados o enfermos, y sin impedirles nunca que se convirtieran en psicoanalistas si lo deseaban, sino que, cuando en 1964 fundó la École freudienne de Paris (EFP), aceptó el principio de su integración como didactas. De modo que el lacanismo fue en Francia, y después en los países en los que se implantó, la punta de lanza de una reactivación de la tolerancia freudiana respecto de la homosexualidad. Esto tiene que ver con la personalidad misma de Lacan. Libertino y seductor de mujeres, lector de Sade y Bataille, gran admirador de la obra de Foucault, no tenía ningún prejuicio respecto de las diversas formas de la sexualidad humana. Desde el punto de vista teórico no aportó modificaciones a la doctrina freudiana del Edipo y la bisexualidad, pero en el plano clínico, en virtud de su interés por la paranoia y la sexualidad femenina, él abrió, más que Freud y Melanie Klein, una vía original para el estudio de la homosexualidad femenina.
En los Estados Unidos, a partir de 1975, las tesis psicoanalíticas sobre la homosexualidad masculina y femenina fueron impugnadas radicalmente por los "movimientos de liberación" de los homosexuales que, mientras luchaban por la igualdad de derechos entre los sexos, recurrían a la noción de género para explorar ese dominio y demostrar que la sexualidad en general es una construcción ideológica que excede cualquier realidad anatómica. Estos estudios (gay studies, lesbian studies), tomaron un giro diferente, y de nuevo apareció una terminología que recusaba la noción misma de homosexualidad, reemplazándola por una reivindicación de tipo identitario o comunitarista. De allí la creación de un vocabulario específico que define categorías favorables u hostiles a las prácticas homosexuales: homofobia, heterosexismo, homofilia, etcétera.
Homotopía
Dados dos espacios topológicos X e Y, una homotopía es una función continua h:X ´ [ a,b] ® Y, en donde [ a,b] es un intervalo cerrado. Por comodidad, siempre supondremos que [ a,b] es el intervalo [ 0,1] . Se puede interpretar intuitivamente la noción de homotopía pensando al [ 0,1] como un intervalo de tiempo, y en consecuencia h representa una cierta deformación a partir del instante inicial t = 0, hasta llegar a t = 1 pasando por cada instante t fijo.
Horda primitiva
(fr. horde primitive; ingl. horde of brothers; al. Brüderhorde). Teoría expuesta por Freud para dar cuenta de la persistencia de ciertas realidades psíquicas.
El mito de la horda primitiva descrito por Freud en Totem y tabú (1912-13) es el siguiente: en el origen existía una horda en la que un macho jefe reinaba sobre sus hijos y tenía el monopolio de las mujeres. Los machos jóvenes se rebelaron y mataron al macho viejo. En el après-coup, los remordimientos y el temor invistieron a este viejo jefe con el nombre de padre y, correlativamente, a los jóvenes con el nombre de hijos. Tras el asesinato del padre, los hijos comieron su cuerpo, comida canibálica que después se perpetuaría en la comida totémica, donde la víctima consumida es un animal. La trama de esta ficción, además de permitir asignar el origen de las religiones y de la cultura en general a la represión inicial del asesinato del padre, constituye una construcción teórica sobre la cual se fundaría el complejo de Edipo, que parece reactivar, en cada sujeto, la cuestión del asesinato del padre y de su represión, y, en la perspectiva lacaniana, la problemática del falo y de la metáfora paterna. Al no confirmar la antropología la concepción freudiana de la horda primitiva, este mito aparece más como un concepto operatorio que como la descripción positiva de una realidad empírica. Sin embargo, permite explicar la referencia frecuente a un ancestro común del que los miembros del grupo serían descendientes.
Horney Karen
Nacida Danielsen (1885-1952)
Psiquiatra y psicoanalista norteamericana
Nacida en Eilbeck, cerca de Hamburgo, Alemania, Karen Horney provenía de una familia protestante. El padre, de origen danés, era capitán de marina, y la madre, veinte años menor de que él, no se había casado por amor, sino por miedo a quedar soltera. Hija de un arquitecto, se sentía en un nivel social superior al del marido, y le reprochaba su conducta luterana, su conservadurismo, sus imprecaciones y sus plegarias. Se separó de él en 1904.
Desde su juventud, Karen consagró un amor exclusivo a la madre, y rechazó al padre, quien no quería que ella estudiara, y deseaba que se dedicara a los trabajos hogareños. Como todas las mujeres de su generación, Karen debió librar una lucha violenta para acceder a la libertad de sus propias elecciones. Apoyada por la madre, pudo inscribirse en la Facultad de Medicina de Friburgo.
Marcada por la desavenencia de los padres, y ansiosa de escapar al destino que se le había asignado, puso de manifiesto su rebelión con numerosas relaciones amorosas. De tal modo escapaba de una depresión latente. Pero, contrariamente a otras mujeres de su época que preferían la libertad a la maternidad, Karen sintió muy pronto el deseo de tener varios hijos. En octubre de 1909 se instaló en Berlín, donde se casó con Oskar Horney, quien iba a convertirse en un rico industrial. Allí conoció a Karl Abraham, con el que entró en análisis. Muy pronto Abraham atribuyó los síntomas depresivos a la atracción que sobre su paciente ejercían los hombres fuertes, y a una admiración reprimida por el padre. Abraham le estaba aplicando al caso "Horney" la tesis clásica de la envidia del pene, que sería impugnada por Melanie Klein, Ernest Jones y la escuela inglesa. Él desarrolló esta tesis en el Congreso de la Intemational Psychoanalytical Association (IPA) de La Haya en 1920, afirmando que las mujeres deseaban inconscientemente ser hombres porque, en su infancia, habían sentido envidia del pene y deseado tener un hijo de su padre. Esta interpretación simplista tuvo un efecto desastioso en la cura de Karen Horney. Temiendo ser sometida a una "transferencia paterna", la joven interrumpió el análisis. Más tarde no cesó de valorizar el principio del autoanálisis (contra la cura clásica), y consideró como un insulto a las mujeres la teoría de la sexualidad femenina. Sin duda alguna, a través de su crítica a la obra freudiana ella atacaba en primer lugar el modo salvaje en que Abraham la había tratado.
Cuando murió el padre, y Karen estaba encinta de su primera hija (iba a tener tres), pasó por un estado de depresión intensa. Unos meses más tarde, inmediatamente antes del parto, perdió a la madre, el "gran amor de [su] infancia", y pensó en retomar una cura con otro analista. Renunció finalmente a hacerlo, prefiriendo refugiarse en el autoanálisis.
En 1912 presentó un trabajo sobre la educación de los niños y, después de la guerra, escogió el diván de Harms Sachs para realizar un análisis didáctico. Al integrarse al movimiento psicoanalítico, fue la primera mujer docente del instituto psicoanalítico berlinés, y también la primera en criticar la famosa tesis freudiana sobre la feminidad, respondiéndole a Abraham en el Congreso de la IPA en Berlín de 1922.
En el período de entreguerras, la reflexión sobre la relación precoz del niño con la madre, y sobre la especificidad de la sexualidad femenina, la condujo a la refundición teórica total del sistema de pensamiento freudiano -refundición en la cual el kleinismo era una de las componentes principales-. De la atención prestada al padre;, al patriarcado y al Edipo clásico, pasó a una redefinición de lo materno, lo femenino, y a una crítica de lo que se experimentaba como un poder masculino.
Con este enfoque, Karen Horney abandonaba el terreno del freudismo para orientarse hacia el culturalismo. Trató entonces de basar la psicología de la mujer sobre una identidad propia, en ruptura con la idea del universalismo del género humano. En 1926 afirmó que la sociedad masculina reprimía la envidia a la maternidad de los hombres. Después, en 1930, desarrolló la tesis de que el propio psicoanálisis, en tanto obra del "genio masculino" no podía en ningún caso resolver la cuestión femenina.
Las posiciones de Karen Horney no estaban alejadas de las de Wilhelm Reich o Erich Fromm, que a su vez se encontraban en ruptura con el movimiento psicoanalítico internacional. En 1932, separada desde cinco años antes de su marido, y marginada en su sociedad, decidió emigrar a los Estados Unidos, instalándose en Chicago, donde Franz Alexander, que había sido su alumno, la nombró assistant director del instituto que acababa de fundar. Un año más tarde Karen Horney obtuvo la ciudadanía norteamericana e inició una nueva vida, salpicada de nuevas relaciones amorosas. En 1934, convertida en compañera de Erich Fromm, también un emigrado, aceptó un puesto de docente en la Sociedad Psicoanalítica de Washington-Baltimore. Pero se instaló en Nueva York y, a pesar de la oposición virulenta de Sandor Rado, en 1935 fue elegida miembro de la New York Psychoanalytic Society (NYPS), donde, durante varios años, logró un éxito considerable con los estudiantes, en virtud de sus cursos y sus publicaciones. Cuando su hija Marianne emprendió la carrera de psiquiatra, no vaciló en realizar durante cuatro años un análisis con Erich Fromm.
En diciembre de 1936, en Berlín, ciudad a la que había tenido que viajar por su juicio de divorcio, Karen Horney dio una conferencia en el Instituto de Psicoterapia dirigido por el nazi Matthias Heinrich Göring. Éste se mostró encantado ante el antifreudismo de Horney y, por pedido de él, ella le hizo llegar un ejemplar del texto en el que se basaba su intervención: "La necesidad neurótica de amor".
A esa altura, su sed de reconocimiento prevalecía sobre el combate en favor de la feminidad. Ya célebre, Karen Horney puso de manifiesto un autoritarismo tan "masculino" como el que criticaba en los hombres, y sin duda ese amor a sí misma explica su ceguera respecto de Göring. Lo mismo que algunos psicoanalistas varones, ella transgredió las reglas de la cura, manteniendo una relación con uno de sus analizantes.
En 1941, los celos de sus colegas, que le envidiaban el éxito, determinaron que se le prohibiera formar analistas, de modo que se vio obligada, como más tarde Jacques Lacan, a abandonar su institución, en este caso la NYPS. Fundó entonces la Association for the Advancement of Psychoanalysis (AAP), en la cual fueron pronto admitidos, como miembros o conferenciantes, algunos de los grandes disidentes del freudismo legitimista, embarcados en el camino del culturalismo: entre ellos Harry Stack Sullivan, Margaret Mead, Abram Kardiner, Clara Thompson (1893-1958). Pero poco después Sullivan y Thompson abandonaron el grupo, cuando se le prohibió enseñar a Fromm porque no era médico.
A partir de 1950, Karen Horney desarrolló una nueva teoría, “la autorrealización", que no carecía de relaciones con otras formas corrientes del neofreudismo norteamericano basadas en la reconstrucción del self o en la autonomía del yo. Murió de un cáncer en 1952.
Horney (Karen)
Psiquiatra y psicoanalista americana de origen alemán
(Hamburgo 1885 - Nueva York 1952).
Secretaria del Instituto Psicoanalítico de Berlín, es luego directora asociada del Instituto de Psicoanálisis de Chicago (1932-34), y funda después (1941) el Instituto Norteamericano de Psicoanálisis. Separándose de la ortodoxia freudiana, integra cierto número de concepciones de A. Adler. El desacuerdo entre S. Freud y K. Horney surge a propósito de la sexualidad femenina, al poner ella en cuestión la noción freudiana de envidia del pene. Rechaza la teoría del desarrollo libidinal y de las neurosis de Freud, y pone el acento en los factores culturales y ambientales en la génesis de estas. Entre sus trabajos, citamos El complejo de virilidad de las mujeres (1927), La personalidad neurótica de nuestro tiempo (1937), Neurosis y crecimiento humano: la lucha por la realización de sí (1950).
Hospitalismo
Al.: Hospitalismus.
Fr.: hospitalisme.
Ing.: hospitalism.
It.: ospedalismo.
Por.: hospitalismo.
Término utilizado desde los trabajos de René Spitz para designar el conjunto de las perturbaciones somáticas y psíquicas provocadas en los niños (durante los 18 primeros meses de la vida) por la permanencia prolongada en una institución hospitalaria, donde se encuentran completamente privados de su madre.
Remitimos al lector a los trabajos especializados sobre la materia, y de un modo particular a los de Spitz, que son los más representativos. Éstos se basan en numerosas y detenidas observaciones, así como en la comparación de diversos grupos de niños (niños criados en orfelinato, en guardería con presencia parcial de la madre, por su madre, etcétera).
Es precisamente en los niños criados en ausencia completa de su madre, en una institución donde los cuidados les son administrados en forma anónima, sin que pueda establecerse un lazo afectivo, cuando se constatan los graves trastornos que Spitz agrupó bajo el nombre de hospitalismo: retardo del desarrollo corporal, de la habilidad manual, de la adaptación al medio ambiente, del lenguaje; disminución de la resistencia a las enfermedades; en los casos más graves, marasmo y muerte.
Los efectos del hospitalismo tienen consecuencias duraderas o incluso irreversibles. Spitz, después de haber descrito el hospitalismo, intentó situarlo en el conjunto de las perturbaciones provocadas por un trastorno de las relaciones madre-hijo; lo define por una carencia afectiva total diferenciándolo así de la depresión anaclítica; ésta es consecutiva a una privación afectiva parcial en un niño que hasta entonces había disfrutado de una relación normal con su madre, y puede desaparecer al volver a encontrar a la madre.
Hospitalismo
Alemán: Hospitalismus.
Francés: Hospitalisme.
Inglés: Hospitalism.
Término creado por René Spitz en 1945 para designar un estado de alteración profunda, física y psíquica, que se instala progresivamente en los niños muy pequeños durante los primeros dieciocho meses de vida, si son abandonados o permanecen durante un lapso prolongado en una institución hospitalaria.
Los signos del hospitalismo, diferentes de los de la depresión anaclítica, son un retardo del desarrollo corporal, una incapacidad de adaptación al ambiente, a veces un mutismo que asemeja al autismo y puede llevar a la psicosis. En caso de carencia afectiva total, ligada a la ausencia de todo vínculo materno, los trastornos pueden llegar hasta el marasmo y la muerte. Los estudios realizados por René Spitz han llevado, después de 1945, y en todos los países del mundo, a una reforma de las condiciones de hospitalización de los niños pequeños, a partir de la enseñanza del psicoanálisis. En Francia, fue Jenny Aubry la primera en demostrar las carencias afectivas en el ambiente hospitalario.
Huella
Una «huella mnémica» (Erinnerungsspur) es en primer lugar un resto o residuo de percepción. A continuación de sus trabajos sobre las afasias (1891) y de las indicaciones de Breuer en Estudios sobre la histeria (1895), Freud se forma una concepción de la memoria que presenta en 1896 en su «Proyecto de psicología» y en la carta 52 a Fliess, antes de desarrollarla en La interpretación de los sueños en 1900. La memoria es allí concebida en términos de «facilitaciones» (Balinungen) y de «signos de percepción» (Wahrnemungszeichen) que dan lugar a varias inscripciones. Entre la percepción y la acción motriz existiría entonces una serie de sistemas mnémicos estratificados. No obstante, si la acumulación de impresiones fuera consciente, el psiquismo quedaría pronto saturado y sería incapaz de recibir nuevas excitaciones, de modo que, según Freud, la memoria y la conciencia se excluyen entre sí. En consecuencia, una huella -es decir, una modificación del sistema mnérnico- sólo es durable e incluso inalterable en tanto que inconsciente. Pero ¿qué sucede cuando se toma consciente? A la hipótesis funcional o dinámica de un cambio de estado, Freud preferirá, en sus ensayos metapsicológicos de 1915, el punto de vista tópico, según el cual se trata de investiduras que se realizan en otros lugares psíquicos. Después, en Más allá del principio de placer, en 1920, Freud dice que hay percepción acompañada de conciencia cuando esta última «aparece en lugar de la huella mnémica». Y en 1925, en su «Nota sobre la "pizarra mágica"», propone, a la inversa, que la conciencia desaparece cuando a la percepción le es retirada la investidura, y que las huellas duraderas se inscriben en el inconsciente. Así se constituye el tesoro de los recuerdos, el almacén de la memoria, depósito de sedimentos en el que hacen huella acontecimientos, escenas y sensaciones, cosas vistas y oídas, experiencias de satisfacción así como de dolor o de terror, pero también los representantes de la actividad pulsional, los efectos de la percepción de la falta (desamparo ligado a la ausencia de la presencia auxiliadora, angustia del encuentro con la ausencia del falo) e incluso los elementos originarios heredados de las generaciones anteriores o aun, según Freud, de la prehistoria humana (cf. en particular Moisés y la religión monoteísta). En todo caso, sean ellas accesibles o subsistan en estado reprimido, estas huellas -principalmente visuales y auditivas- pueden ser reactivadas. Así, en la lengua figurada del sueño, con la ayuda de las huellas se realiza la representación y transposición de los restos diurnos y de los pensamientos de deseo. En la rememoración, es el punto de contacto entre la huella mnémica y el contenido del fantasma lo que permite el desplazamiento de los acontecimientos o los pensamientos que datan de épocas anteriores o ulteriores sobre los «recuerdos-pantalla» (Freud, 1899). Recuerdos deformados o fantasmas disfrazados, estas formaciones del inconsciente corresponden a un empuje de lo reprimido hacia la conciencia. Freud también sitúa allí el fenómeno de la creencia: en efecto, la actualización de lo reprimido por el sesgo del retorno a la percepción de las huellas mnémicas es lo que hace que se imponga una convicción, e incluso que se crea en una ilusión.
Finalmente, hay que subrayar con Freud (El yo y el ello, 1923) que las palabras son los restos mnémicos de vocablos oídos, y que «por su intermedio, los procesos internos de pensamiento se transforman en percepciones», lo que hace posible reconocerlos. Pues la articulación lenguajera que se produce en el nivel de las huellas mnémicas y condiciona el pasaje de la palabra a la escena de la transferencia, no es nada menos que lo que justifica la existencia de análisis.
Huella mnémica
(fr. trace mnésique; ingl. mnemic trace: al. Erinnerungsspur o Erinnerungsrest). Forma bajo la cual los acontecimientos o, más simplemente, el objeto de las percepciones, se inscriben en la memoria, en diversos puntos del aparato psíquico.
La teoría psicoanalítica de las neurosis supone una atención particular a la manera en que los acontecimientos vividos por el sujeto, acontecimientos eventualmente traumáticos (véase trauma), pueden subsistir en él («los histéricos sufren de reminiscencias»). De ahí la necesidad de concebir lo que sucede con las huellas mnémicas, inscripciones de los acontecimientos que pueden subsistir en el preconciente o el inconciente y ser reactivadas desde el momento en que son investidas. Si todas las huellas de la excitación subsistieran efectivamente en la conciencia, esto limitaría rápidamente la capacidad del sistema para recibir nuevas excitaciones: memoria y conciencia se excluyen. En cuanto a lo reprimido propiamente dicho, es necesario que subsista bajo forma de huella mnémica puesto que retorna en el sueño o en el síntoma.
A pesar de algunas formulaciones ambiguas de Freud, la huella mnémica no es una imagen de la cosa sino un simple signo, que no tiene una cualidad sensorial particular y que puede ser comparado por lo tanto con un elemento de un sistema de escritura, con una letra.
Huella mnémica
Al.: Erinnerungsspur o Erinnerungsrest.
Fr.: trace mnésique.
Ing.: mnemictrace o memory trace.
It.: traccia mnemonica.
Por.: traço o vestígio mnêmico.
Término utilizado, por Freud, a lo largo de toda su obra, para designar la forma en que se Inscriben los acontecimientos en la memoria. Las huellas mnémicas se depositan, según Freud, en diferentes sistemas; persisten de un modo permanente, pero sólo son reactivadas una vez catectizadas.
El concepto psicofisiológico de huella mnémica, de constante empleo en los textos metapsicológicos, implica una concepción de la memoria que Freud nunca expuso de un modo global. Es por ello que se presta a interpretaciones erróneas: un término como el de huella mnémica no sería otra cosa que el heredero de un pensamiento neurofisiológico periclitado. Sin pretender exponer aquí una teoría freudiana de la memoria, recordaremos las exigencias de principio que se hallan subyacentes al hecho de que Freud tomase este término de huella mnémica: Freud se propone situar la memoria dentro de una tópica y explicar su funcionamiento en términos económicos.
La necesidad de definir todo sistema psíquico por una función y hacer de la Percepción-Conciencia la función de un sistema particular (véase: Conciencia) conduce al postulado de una incompatibilidad entre la conciencia y la memoria: «No nos resulta fácil creer que persistan huellas duraderas de la excitación también en el sistema Percepción-Conciencia. Si permanecieran siempre conscientes, limitarían pronto la capacidad del sistema de recibir nuevas excitaciones; pero si, por el contrario, se volvieran inconscientes, nos hallaríamos en la obligación de explicar la existencia de procesos inconscientes en un sistema cuyo funcionamiento se acompaña, por otra parte, del fenómeno de la conciencia. Por así decirlo, nada habríamos cambiado ni ganado con nuestra hipótesis que localiza el hecho de volverse consciente en un sistema particular». Es ésta una idea que se remonta a los orígenes del psicoanálisis. Breuer la expresa por vez primera en los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie, 1895): «Resulta imposible que un solo y único órgano cumpla estas dos condiciones contradictorias. El espejo de un telescopio de reflexión no puede al mismo tiempo ser una placa fotográfica». Freud intentó ilustrar esta concepción tópica mediante comparación con el funcionamiento de un «bloc de notas mágico».
Freud introduce distinciones tópicas en el seno de la misma memoria. Un acontecimiento determinado es inscrito en diferentes «sistemas mnémicos». Freud propuso varios modelos, más o menos figurados, de esta estratificación de la memoria en sistemas. En los Estudios sobre la histeria, compara la organización de la memoria con complicados archivos en los que se ordenan los recuerdos según distintos modos de clasificación: orden cronológico, ligazón en cadenas asociativas, grado de accesibilidad a la conciencia. En la carta a W. Fliess del 6-XII-1896 y en el capítulo VII de La inetrpretación de los sueños (Die Trauindeutung, 1900), se vuelve a exponer, en una forma más doctrinal, esta concepción de una sucesión ordenada de inscripciones en sistemas mnémicos: la distinción entre preconsciente e inconsciente se asimila a una distinción entre dos sistemas mnémicos. Todos los sistemas mnémicos son inconscientes en sentido «descriptivo», pero las huellas del sistema Ics son incapaces de llegar como tales a la conciencia, mientras que los recuerdos preconscientes (la memoria, en el sentido usual del término) pueden actualizarse en una determinada conducta.
3) La concepción freudiana de la amnesia infantil puede aclarar la teoría metapsicológica de las huellas mnémicas. Ya es sabido que, para Freud, si no recordamos los acontecimientos de los primeros años de la vida, ello no es debido a una falta de fijación, sino a la represión. En general, todos los recuerdos quedarían inscritos, pero su evocación dependería de la forma en que actúan sobre ellos las catexis, contracatexis y retiro de las catexis. Esta concepción se basa en la distinción, evidenciada por la clínica, entre la representación y el quantum de afecto: «En las funciones psíquicas, está justificado diferenciar algo (quantum de afecto, suma de excitación) [...] que puede aumentar, disminuir, desplazarse, descargarse y que se extiende sobre las huellas mnémicas de las representaciones en forma comparable a como lo hace una carga eléctrica en la superficie de los cuerpos».
Como puede verse, la concepción freudiana de la huella mnémica difiere claramente de una concepción empirista del engrama definido como impresión que se asemeja a la realidad. En efecto:
1.° La huella mnémica se inscribe siempre en sistemas, en relación con otras huellas. Freud intentó incluso distinguir los diferentes sistemas en los que un mismo objeto inscribe sus huellas, según los tipos de asociaciones (por simultaneidad, causalidad, etc.). Por lo que respecta a la evocación, un recuerdo puede ser reactualizado dentro de un determinado contexto asociativo, mientras que, tomado en otro contexto, resultará inaccesible a la conciencia (véase: Complejo).
2.° Freud tiende incluso a negar a las huellas mnémicas toda cualidad sensorial: «Cuando los recuerdos vuelven a ser conscientes, no comportan cualidad sensorial, o muy poca en comparación con las percepciones».
En el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895). cuya orientación neurofisiológica justificaría, en apariencia, la asimilación de la huella mnémica a la imagen «simulacro», es donde se patentizaría mejor la originalidad de la teoría freudiana de la memoria. En efecto, en dicho texto Freud intenta explicar la inscripción del recuerdo en el aparato neuronal sin recurrir a una semejanza entre las huellas y los objetos. La huella mnémica no es más que una disposición especial de facilitaciones que hacen que una determinada vía sea seguida con preferencia a otra. Tal funcionamiento de la memoria podría relacionarse con lo que se llama «memoria» en la teoría de las máquinas cibernéticas, construidas según el principio de oposiciones binarias, de igual modo que el aparato neurónico, según Freud, se caracteriza por bifurcaciones sucesivas.
Conviene señalar, sin embargo, que la forma en que Freud, en sus escritos ulteriores, habla de las huellas mnémicas (utilizando a menudo como sinónimo el término «imagen mnémica») muestra que se vio inducido, cuando no aludía al proceso de su formación, a hablar de ellas como de reproducciones de las cosas en el sentido de una psicología empirista.
Hug - Hellmuth Hermine von
Nacida Hug von Hugenstein (1871-1924). Psicoanalista austríaca
Nacida en Viena, Hermine Hug von Hugenstein era hija de un oficial del ejército austro-húngaro, cuya familia, nutrida de antisemitismo, había caído en la ruina en la crisis bursátil y económica de 1873. A los 12 años vio morir a la madre de una enfermedad prolongada, y durante toda su infancia la marcó la violenta rivalidad que la oponía a su hermana mayor, Antonia. Primero institutriz, fue admitida como estudiante en la Universidad de Viena, donde presentó una tesis de doctorado dedicada a algunos aspectos de la radiactividad. Volvió pronto a su primera profesión, y entonces, a los 36 años, emprendió un análisis con Isidor Sadger, que era también el médico de su familia. Con semejante analista, Hermine vio alentada su patología: dogmatismo, rigidez, sentimiento de persecución.
En 1913 se convirtió en miembro de la Sociedad Psicológica de los Miércoles, con el nombre de Hermine von Hug-Hellmuth, inmediatamente después de la conmocionante ruptura entre Sigmund Freud y Carl Gustav Jung. Freud le confió la sección dedicada al psicoanálisis de niños en la revista Imago. De tal modo ella se convirtió, después de Freud, e inmediatamente antes de Anna Freud y Melanie Klein, en la segunda profesional de ese ámbito. Desarrolló actividades de juego y dibujo, y publicó artículos sobre el tema.
Fascinado por esa "doctora" de una ortodoxia impecable, Freud y sus fieles no advirtieron (o no quisieron ver) que Hermine von Hug-Hellmuth aplicaba las tesis del maestro al caso de su joven sobrino, entregándose a interpretaciones salvajes. Por ejemplo, cuando él le contó en una carta que había matado a cinco avispas hincando un bastón en el nido, y que después se había dejado picar, ella realizó un comentario estereotipado: "Nos revela una buena parte de su curiosidad sexual y su sadismo, que se expresa en el acto de perforar el nido Revela el deseo que le suscita la madre y su espíritu se retuerce", etcétera.
Nacido en 1906, Rolf Hug era el hijo natural de Antonia, medio hermana de Hermine. Cuando murió la madre fue puesto a cargo de una nodriza, cambió dieciocho veces de domicilio, y tuvo cuatro tutores sucesivos, entre ellos Sadger. A los 13 años terminó albergado en la casa de la tía. A fuerza de experimentar con él las tesis freudianas, ella fue la víctima de su cobayo. En septiembre de 1924, Rolf quiso robarle dinero, y como la tía se puso a gritar, él la estranguló, después de haberle hundido una mordaza en la garganta.
La comunidad psicoanalítica vienesa se vio salpicada por este escándalo. Condenado a doce años de cárcel, Rolf fue liberado en 1930, y se apresuró a pedirle dinero a Paul Federn, entonces presidente de la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV). Quería que se lo indemnizara por haber servido como material humano en las experiencias interpretativas de la tía. A modo de respuesta, Edward Hirschmann le aconsejó que emprendiera un análisis con Helene Deutsch.
Hermine von Hug-Hellmuth no fue sólo la heroína de este folletín trágico. Pionera M psicoanálisis de niños, también demostró ser una notable falsaria, al fabricar por completo la que quedaría como su obra principal: el Diario de una adolescente de los 11 a los 14 años y medio. Por otra parte, tenía de quien heredarlo, puesto que en su familia se había siempre disimulado cuidadosamente la verdad y falsificado el estado civil. Por ejemplo, Antonia pasaba por hermana de Hermine, cuando en realidad era una hija ¡legítima, y ocultaba su edad real.
Realizado a partir de verdaderos recuerdos de infancia de Hermine, el Diario fue presentado al público en 1919, por una editora anónima, como el diario auténtico de una verdadera adolescente llamada Grete Lainer. El apellido de la supuesta autora hacía eco al de la madre de Hermine (Leiner). Acompañaba la obra una carta-prefacio de Sigmund Freud, fechada en 1915, en la que podía leerse que se trataba de una joya como testimonio de la sinceridad de la que era capaz el alma infantil en el estado presente de la cívilización. El hecho de que Freud se dejara engañar por esta superchería, que ilustraba maravillosamente sus tesis, no impidió que la denunciara Cyril Burt, miembro de la British Psychoanalytical Society (BPS). Burt estaba tanto más alerta al respecto cuanto que él mismo había recurrido al empleo de datos falsos para teorizar sus hipótesis sobre la herencia de la inteligencia.
Saludado por Stefan Zweig y Lou Andreas-Salomé, el Diario tuvo un éxito considerable. En ocasión de la reedición de 1923, Hermíne von Hug-Hellmuth declaró, en un nuevo prefacio (fechado en 1922) que era la editora del documento, presentado como el "verdadero" diario de una "verdadera" adolescente, y no como una ficción escrita por la propia Hermine. De todos modos, Freud lo retiró de circulación.
Después de la muerte de la autora, el asunto del asesinato y del diario falso fue borrado de los anales del movimiento freudiano, al punto de que a fines del siglo XX algunos psicoanalistas creían aun que se trataba de calumnias difundidas por los enemigos de Freud. Hubo que aguardar los trabajos del historiador norteamericano Pan¡ Roazen, del historiador austríaco Wolfgang Huber (1931-1989), de la psicóloga suiza Angela Graf-Nold y, finalmente, M germanista francés Jacques Le Rider, para que se conociera el conjunto del legajo en sus menores detalles.
Por otra parte, estos tres autores no tienen el mismo punto de vista. Sólo Angela Graf-Nold se ubica en la perspectiva de una historiografía revisionista y antifreudiana, para impugnar la realidad de la sexualidad infantil.
En Francia, el Diario fue traducido por Clara Malraux (1897-1982) y publicado en 1928 en una versión abreviada. Ese mismo material se reeditó en 1975, 1987 y 1988. En cada una de estas oportunidades hubo psicoanalistas poco preocupados por la historia que lo presentaron como el "verdadero" diario de una "verdadera" adolescente. En el volumen XII, editado en 1988, de las (Euvres complétes de Freud, a cargo del equipo de Jean Laplanche y André Bourguignon (1920-1996), el prefacio de Freud aparece acompañado de una nota que no menciona la reedición francesa de 1975, y confunde la edición vienesa de 1919 con la de 1923. No se pone en duda la autenticidad del Diario, Cyril Burt es tratado de falsificador, y no se hace ninguna mención de la historia del asesinato. En la edición de 1994 los autores han rectificado su error.
Huida en la enfermedad
Al.: Flucht in die Krankheit.
Fr.: fuite dans la maladie.
Ing.: flight into illness.
It.: fuga nella malattia.
Por.: fuga para a doença o refúgio na doença.
Expresión figurada que designa el hecho de que el sujeto busca en la neurosis un medio para escapar a sus conflictos psíquicos.
Esta expresión ha encontrado gran resonancia con la difusión del psicoanálisis; actualmente se extiende no sólo al campo de las neurosis, sino también al de las enfermedades orgánicas en las que puede ponerse en evidencia un componente psicológico.
Primeramente se encuentran en Freud expresiones tales como «huida en la psicosis»; «huida en la enfermedad neurótica»; y más tarde la de «huida en la enfermedad».
El concepto dinámico «huida en la enfermedad» expresa la misma idea que la noción económica beneficio de la enfermedad. Ahora bien, ¿tienen estos conceptos la misma extensión? Sobre este punto resulta difícil definirse, tanto más cuanto que la distinción, dentro del beneficio de la enfermedad, entre una parte primaria y una parte secundaria, tampoco resulta fácil de establecer (véase: Beneficio). Parece que Freud sitúa la huida en la enfermedad en el lado del beneficio primario; pero sucede que la expresión se emplea también en un sentido más amplio. Sea como fuere, ilustra el hecho de que el sujeto intenta evitar una situación conflictual generadora de tensión y lograr una reducción de ésta mediante la formación de síntomas.
Huida en la enfermedad
La idea de una «huida en la enfermedad» fue introducida por Freud en su artículo de 1894, «Las neuropsicosis de defensa», es decir, en la oportunidad de un acercamiento entre la teoría de la histeria, por una parte, y por la otra la «teoría psicológica», en vías de elaboración, de las fobias y las obsesiones, ampliada a una observación de la psicosis alucinatoria. En este último caso, escribió Freud, se tiene el derecho de decir que «el yo se ha defendido contra la representación insoportable mediante el refugio en la psicosis». Freud señala que, al tener el proceso ese resultado, también él escapa a la autopercepción, tanto como al análisis «psicológico-clínico». Es preciso considerarlo como la expresión de una «predisposición patológica del grado más alto», que «quizás» se puede describir como sigue: el yo se aparta de la representación intolerable, pero como ésta está inseparablemente entramada con un fragmento de realidad objetiva, al realizar esa acción el yo se separa también, total o parcialmente de la realidad en sí. Además sólo con esta condición alcanzan las representaciones una vivacidad alucinatoria, de manera que la persona, «después de haber logrado éxito con su defensa, cae en el estado de confusiones alucinatorias».
Presentada de este modo, la noción parece no obstante ser sólo susceptible de una aplicación restringida. «Sólo dispongo -indica Freud- de un muy pequeño número de análisis sobre psicosis de este tipo.» Y añade que «en ningún manicomio faltan ejemplos que puedan considerarse análogos». Las ilustraciones que da («una madre que cae enferma en razón de la pérdida de su hijo y que acuna incansablemente en sus brazos un trozo de madera», o «una novia abandonada que durante años espera a su novio, ataviada») son indicativas de un interés que anticipa los desarrollos del texto posterior «La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis» y los desarrollos que condujeron a la elaboración freudiana de la categoría de realidad.
Por esto hay que prestar una atención muy particular al contexto del empleo de la expresión, y en especial a la diferenciación entre la huida en la psicosis y la formulación de la huida en la enfermedad, que en verdad le sustrae a la noción sus premisas teóricas indispensables.
En una nota añadida en 1923 al texto del relato del «caso Dora», que examina los «motivos de la enfermedad» a título de «beneficio secundario», Freud subraya que «en toda neurosis debe reconocerse la existencia de un provecho primario de la enfermedad». En efecto, «el hecho de enfermar en primer lugar ahorra un esfuerzo. Por lo tanto, desde el punto de vista económico, es la solución más cómoda en el caso de un conflicto psíquico (huida en la enfermedad) (Flucht in die Krankheit), aunque la inadecuación de esa salida se revele ulteriormente de modo inequívoco en la mayor parte de los casos». Una expresión equivalente para designar esa parte del «provecho primario de la enfermedad» será «ganancia interior psicológica».
Humor
La tradición en la que se ejerció con exclusividad el comentario freudiano sobre humor, y que en consecuencia, en cierto sentido, marca su campo de aplicación, se puede conocer cotejando las abundantes referencias proporcionadas bajo el título general de lo cómico por el Wörterbuch der philosophische Begriffe de Rudolf Eissler (2a. edición, 1904). Este repertorio subraya la contribución a la elaboración del concepto de humor realizada por dos docenas de autores, la mayor parte de lengua alemana, así como dos textos de Freud, entre los cuales él señaló claramente la progresión que se había producido: «En mi libro sobre el chiste -escribió en un artículo consagrado al humo y publicado en Imago en 1928-, en realidad sólo abordé el humor desde el punto de vista económico. Trataba de descubrir la fuente del placer que nos procura el humor, y creo haber demostrado que la ganancia de placer debida al humor deriva del ahorro de un gasto afectivo».
Sin volver sobre los pocos párrafos del «Iibro sobre el chiste» (El chiste y su relación con lo inconsciente) que se refieren al goce humorístico, caracterizado por el ahorro energético de la evitación de ciertos rodeos, la novedad del artículo de 1928 se transparenta sin esfuerzo a través del texto. «El humor tiene no sólo algo de liberador, como la agudeza y lo cómico, sino además algo de sublime y patético, rasgos que no se encuentran en esos otros dos modos de ganancia de placer derivada de una actividad intelectual.»
«Lo sublime se relaciona con el triunfo del narcisismo, con la invulnerabilidad del yo que se afirma victoriosa. El yo rehúsa sentir las afrentas que le ocasiona la realidad, se niega a admitir que los traumas del mundo exterior pueden alcanzarlo; más aún, demuestra que ellos pueden incluso serle ocasión de ganancia de placer.»
Se ve entonces «en qué consiste la actitud humorística, por la cual uno se niega al dolor, proclama la indoblegabilidad del yo por el mundo real, y afirma victoriosamente el principio de placer, todo ello sin abandonar el terreno de la salud psíquica, contrariamente a lo que ocurre en los otros procesos que tienen un mismo objetivo. Estas dos actitudes parecen en efecto inconciliables entre sí».
En tanto que medio de defensa contra el dolor, el humor ocupará entonces su lugar «en la gran serie de métodos que la vida psíquica del hombre ha construido para sustraerse a la coacción del dolor, serie que se abre con la neurosis y la locura y abarca también la ebriedad, el repliegue sobre sí mismo y el éxtasis».
En síntesis, esta interpretación del humor aprovecha la mutación inaugurada en 1914, desde muchos puntos de vista, por la teorización del narcisismo propuesta en el desarrollo de la segunda tópica, que sistematiza la relación entre el yo y el superyó.
Hungría
En el corazón del Imperio Austro-Húngaro, Budapest, después de Viena, su hermana gemela, fue la segunda ciudad de la historia que se abrió al freudismo. Allí la actividad psicoanalítica tuvo una gran riqueza, no sólo por el lugar excepcional ocupado por Sandor Ferenczi, intelectual de alto nivel y clínico notable, sino también porque el medio literario y artístico de Budapest puso de manifiesto, hasta cierto punto como los surrealistas en París, un entusiasmo inmediato por los fenómenos relativos al inconsciente. Inmersos en una sociedad en plena mutación, los fundadores del movimiento psicoanalítico húngaro tuvieron así un destino original, sin ningún conformismo. La mayor parte de ellos produjeron trabajos innovadores: desde Melanie Klein hasta Geza Roheim, desde Imre Hermann hasta Michael Balint, pasando por Franz Alexander, René Spitz o Sandor Rador.
En marzo de 1849, después de la derrota de las revoluciones europeas, Francisco José suprimió la constitución húngara, para incorporar el país al Imperio. Negándose a someterse, y alentados por su gran poeta Sandor Petofi (1823-1849), los húngaros desencadenaron entonces una insurrección general (en la que participó el padre de Ferenczi), proclamando la caducidad de los Habsburgo. Pero la rebelión fue pronto reprimida por los ejércitos imperiales. Lajos Kossuth (1802-1894) y Gyu1a Andrassy (1823-1890), organizadores del movimiento independentista, se vieron obligados a exiliarse.
Hubo que aguardar hasta 1868 para que, como resultado de una negociación, Hungría se convirtiera en un reino independiente, aunque seguía ligado por una unión hereditaria a la dinastía de los Habsburgo. Favorable a la causa de la libertad, la emperatriz Isabel desempeñó un papel capital en las negociaciones con Andrassy para la creación de lo que en adelante se denominaría la monarquía austro-húngara. Ella fue coronada reina de Hungría.
El país emprendió entonces una modernización acelerada. Se acentuó la distancia entre las ciudades y el campo, donde aún prevalecían las estructuras heredadas del sistema feudal. Poblada por minorías (la eslovaca, la alemana, la croata, la serbia y la rumana), Hungría fue agitada por disputas entre las nacionalidades. Cada una reivindicaba su diferencia y su autonomía, mientras que las clases dominantes preconizaban una “magiarización" que, al favorecer la asimilación de los judíos, hizo de ellos los aliados de la burguesía liberal.
En este contexto surgió en Budapest a principio de siglo un gran movimiento cultural y literario cuya ambición era despojar a la antigua Hungría de las ilusiones del culto al pasado, y transformarla en un país moderno semejante a las democracias occidentales. Entre las numerosas revistas existentes (por ejemplo, Huszadik Szazad, "Siglo XX", o Gyogyaszat, “terapéutica"), donde se debatía sobre la sexualidad, la emancipación de los pueblos, la homosexualidad, el art nouveau, las ciencias sociales o los estados psíquicos, Nyugat fue una de las que más se interesaron por el psicoanálisis. Fundada en 1908 e impulsada por Hugo Ignotus, amigo de Ferenczi y traductor de las obras de Sigmund Freud, durante cuarenta años reunió a una pléyade de escritores de diversas orientaciones estéticas: Endre Ady (1877-1919), Milialy Babits (1883-1941), y más tarde el "poeta proletario" Attila Jozsef (1905-1937), quien realizó tres tratamientos analíticos antes de suicidarse tomando soda cáustica.
"Nyugat abría sus páginas a todas las ideas nuevas provenientes de Occidente -escribe Zsuza Gombos-, al arte por el arte, al compromiso social, al naturalismo, al simbolismo, al impresionismo Encontraba audiencia y sostén financiero en la burguesía urbana, sobre todo la de Budapest, que era en sí misma un bastión del radicalismo político."
Los grupos artísticos se codeaban con los vieneses y mantenían vínculos con ellos. Por ejemplo, el pintor Robert Bereny, miembro del Grupo de los Ocho, se convirtió en amigo personal de Ferenczi, mientras que Bela Balazs (1884-1949) siguió los seminarios de Georg Simmel. En cuanto a Spitz, frecuentaba el Círculo del Domingo creado por Georg Lukács (1885-1971).
Inmediatamente después de su encuentro con Freud, Ferenczi trató en vano de interesar en el psicoanálisis al ambiente médico de Budapest. Tropezó con un rechazo categórico. Decidió entonces buscar apoyo en el medio literario, abierto a las ideas de vanguardia. Desde 1910 desplegó una intensa actividad clínica, teórica e institucional. Después de haber fundado la Internacional Psychoanalytical Association (IPA), creó el grupo húngaro. En mayo de 1913 fundó la Sociedad Psicoanalítica de Budapest, junto con Hollos, Rado e Ignotus. Esta era la tercera institución freudiana, después de las de Viena y Zurich. Un poco después, Ernest Jones fundaría la London Psychoanalytic Society (LPS).
La Primera Guerra Mundial trabó las actividades de Ferenczi. No obstante, después de ser trasladado al servicio de neurología del Hospital María Valeria, de Budapest, se ocupó de las neurosis de guerra, contribuyendo así a interesar a las autoridades médicas en las tesis freudianas. De tal modo pudo organizar en Hungría el V Congreso de la IPA. Éste se desarrolló en la Academia de Ciencias de Budapest, el 28 y 29 de septiembre de 1918, en presencia de representantes de los gobiernos de Alemania, Austria y Hungría. El éxito de la reunión fue considerable: "Nado en satisfacción, tengo el corazón leve -le escribió a Freud en una carta del 30 de septiembre-, pues sé que el «niño de todas mis preocupaciones », la obra de mi vida, será protegido por el interés que usted y otros tienen en él, y preservado para el futuro. Veré llegar tiempos mejores, aunque sea a lo lejos."
Nombrado jefe de gobierno, Mihaly Karolyi (1875-1955) proclamó la República. En enero de 1919 fue elegido presidente, pero, tres meses más tarde, Bela Kun (1886-1939), aliado con los socialistas, proclamó la República de los Sóviets, inspirada en la revolución bolchevique: -Estábamos en una situación muy favorable -escribió Georg Lukács-, pues, con o sin el socialismo, la vida cultural húngara era de una gran riqueza [ ... ]. Desde el primer día, la totalidad de los intelectuales estuvieron dispuestos a colaborar con el régirnen."
En ese momento, algunos de sus miembros enriquecían particularmente la Sociedad Psicoanalítica de Budapest: Melanie Klein, Zsigmond Pfeifer, Geza Roheim, Imre Hermann, Erzsebet Revesz (1887-1923). Favorecidos por la instauración de la Primera República, los estudiantes de la facultad de medicina redactaron una petición en la que reclamaban la enseñanza del psicoanálisis en la universidad. Citaban los nombres de Freud, Eugen Bleuler, James Jackson Putnam, para exigir la creación de una cátedra que sería confiada a Ferenczi. Después del informe negativo de un primer experto, que calificó al psicoanálisis como "pornografía", fue aceptada la candidatura de Ferenczi, y el decreto llevó la firma de Lukács, comisario del pueblo de Instrucción Pública y Cultura del gobierno de Bela Kun. El 10 de junio Ferenczi inauguró sus cursos en un anfiteatro donde se agolpaban estudiantes entusiastas.
En esa ocasión, Freud escribió un artículo publicado directamente en húngaro: "¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?" Allí inventariaba todas las materias necesarias en el currículo del estudiante de psicoanálisis. No sólo subrayaba la necesidad de conocer bien la historia de las psicoterapias para comprender las razones objetivas de la superioridad del método psicoanalítico, sino que también proponía un programa basado en la literatura, la filosofía, el arte, la mitología, la historia de las religiones y las civilizaciones. Freud subrayaba con fuerza que en ningún caso el psicoanálisis debía limitar su campo de aplicación a las afecciones patológicas. Ese programa nunca se realizó: ni en Budapest, ni en Viena, ni en ninguna universidad del mundo.
La caída de la Comuna de Budapest y la represión sangrienta organizada por las tropas del almirante Miklos Horthy (1868-1957), que se proclamó "regente", pusieron fin a la experiencia. Ferenczi perdió el cargo: "El aspecto más repugnante de los primeros diez años del régimen de Horthy -escribió William Johnston- fue seguramente el Terror Blanco de 1920. Con espíritu vengativo [ ... ] se empleó la tortura a diestro y siniestro, y se restableció la flagelación pública, mientras estallaban los asesinatos políticos y se expulsaba a los judíos refugiados desde 1914."
La ola de antisemitismo y represión obligó a los psicoanalistas a exiliarse. La mayoría de ellos emigraron, primero a Berlín y después a Londres (Melanie Klein, Michael Balint) o a los Estados Unidos (Sandor Rado, Geza Roheim). Expulsado por sus colegas de la Sociedad Médica, Ferenczi tuvo que buscar refugio. Siguió en Budapest, pero renunció a toda actividad oficial, para consagrarse a su obra y su práctica clínica. A pesar de la partida de sus mejores miembros, la pequeña asociación psicoanalítica de Budapest logró conservar, mal o bien, a una veintena de miembros. En 1931, incluso pudo abrir un policlínico para tratar adultos.
El fascismo destruyó todas las esperanzas de la escuela húngara de psicoanálisis. Y sus mejores representantes continuaron sirviendo a la causa en el exilio.
Hungría no se liberó del régimen de Horthy. Después de la muerte de Ferenczi y de la llegada del nazismo a Alemania, las condiciones para el ejercicio del psicoanálisis fueron haciéndose cada vez más difíciles. Las sesiones de la Sociedad eran vigiladas por la policía. Primero aliado a Mussolini, y después a Hitler, el gobierno del regente se apoyó en sus milicias, las Cruces de Flechas, para instaurar el terror contra los judíos y los opositores. En 1942 fue prohibida la sociedad psicoanalítica; Hollos, que había sucedido a Ferenczi en la dirección, escapó por poco a la deportación, gracias a la acción del diplomático sueco Raoul Wallenberg. En marzo de 1944, después de la invasión a Hungría por las tropas alemanas, varios analistas perecieron en los campos de exterminio: Milclos Gimes (médico y alumno en formación), Zsigmond Pfeifer, Geza Dukes (especialista en delincuencia infantil), Nikola Sugar, Josef Eisler (neurólogo y crítico de arte). Sólo Imre Hermann siguió en Budapest: hasta el final de su vida, logró mantener encendida la llama, en compañía de algunos otros practicantes.
Después de la toma de poder por los comunistas, Hungría debió sufrir la cruzada contra el psicoanálisis lanzada en el marco de la Jdanovchtchina, y la Sociedad de Budapest fue disuelta en 1948. No obstante, gracias a la presencia muy "patriarcal” de Hermann, el grupo húngaro consiguió sobrevivir bajo la cubierta de la Asociación Psiquiátrica Húngara.
En 1971, después de discusiones con la dirección de la IPA, Hermann solicitó que el grupo fuera reintegrado como sociedad componente, lo que se le negó. Los psicoanalistas húngaros, que tanto habían luchado por mantener una práctica en Budapest, fueron tratados como debutantes, e invitados a someterse al procedimiento de admisión clásico. Reconocida primero como grupo de estudio, la sociedad fue después aceptada como provisional en 1983, en el Congreso de la IPA en Madrid, un año antes de la muerte de Hermann. Tomó el nombre de Magyar Pszichoanalitikus Egyesulet (MPE) y publicó una revista: Psychiatria hungarica. A fines del siglo XX, cuenta con cuarenta y cinco miembros; los principales fueron alumnos de Hermann, sobre todo Livia Nemes, Gyorgy Hidas, Gyorgy Vikar, que se han esforzado por hacer conocer a la nueva generacion la historia de la tenaz escuela húngara.
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