Lacan Jacques-Marie Emile
Médico y psicoanalista francés
(París 1901 - id. 1981).
Jacques-Marie Emile Lacan nació de una madre emparentada con una rica familia de vinagreros de Orleans y de un padre que se empleó como representante de comercio de la empresa. En 19 18, el joven no volvió a encontrar en aquel que volvía de la guerra al padre delicioso, moderno y cómplice que su infancia tanto había amado. De todas maneras, fue una tía materna quien distinguió la precocidad del niño y le permitió estudiar en el colegio Stanislas, en París; su condiscípulo Louis Leprince-Ringuet ha referido sus dones para las matemáticas. El provinciano se introdujo en la vida mundana de la capital y fue seducido por ella; esta disipación no le impidió asociar a sus sólidos estudios médicos un interés ecléctico pero desprovisto de amateurismo por las letras y la filosofía (los presocráticos y Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel (con Kojève) y Marx más que Bergson o Blondel), la Edad Media (con Gilson), la antropología (Mauss), la historia (Marc Bloch y los Anales), la lingüística (F. de Saussure en sus principios), las ciencias exactas (en particular la lógica con B. Russell y Cou ' turat). A título de primera publicación se tiene de él un poema publicado en Le phare de Neuilly de los años 1920, obra de factura clásica, en alejandrinos bien rimados y de lectura siempre agradable, sin duda a causa de la sumisión de la forma al fondo. Los estudios de psiquiatría se mezclaron con la frecuentación de los surrealistas de una manera que lo puso al margen de los dos medios. Más tarde dirá que la apología del amor le pareció una impasse irreductible del movimiento de A. Breton.
Aparecida en 1932, la tesis de doctorado en medicina De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad es así una ilustración clínica de las potencialidades del amor cuando es llevado al extremo: la cuchillada que dio Aimée a la vedette que, como ideal, absorbía su investimiento libidinal. Pero este estudio también está en ruptura con los trabajos de los psiquiatras franceses de la época, que veían en la psicosis paranoica una agravación delos rasgos que para ellos definían el carácter paranoico. G. G. de Clérambault, el único maestro que hubiera podido apoyarlo y respecto de quien Lacan proclamará su deuda toda la vida, lo desmentirá acusándolo de plagio. Queda así levantado el decorado que ya no cambiará más: la independencia de un pensamiento sólidamente argumentado, expuesto al ataque de los maestros que contraría y de la moda que desnuda, pero también el rechazo a ceder al orgullo del solitario. Sus estudios sobre la paranoia le muestran, en efecto, que los rasgos denunciados por el enfermo en el mundo son los suyos propios, desconocidos por él mismo (se dirá proyectados), y un texto precoz, De la aserción de certidumbre anticipada, ilustra, a propósito de un sofisma, que la salvación individual no es un asunto privado sino de inteligencia colectiva, aunque en competencia. Nada de alma bella entonces, lo que sus alumnos no dejarán de reprocharle luego puesto que no tuvo nada que proponerles más que la honestidad intelectual: que cada uno extraiga de ello su moraleja.
La descripción fenomenológica exhaustiva de un caso, su tesis, dirá Lacan, lo condujo al psicoanálisis: único modo de determinar las condiciones subjetivas de la prevalencia del doble en la constitución del yo. El paso por París, después de 1933, de los psicoanalistas berlineses en camino a los Estados Unidos le ofreció la ocasión de remitirse a R. Loewenstein antes que a A. Hesnard, a R. Laforgue, a E. Pichon, o a la misma princesa Bonaparte. Una carta que le dirigió a Loewenstein en 1953 durante sus dificultades con el Instituto de Psicoanálisis, y publicada mucho después, da testimonio de una relación confiada con su psicoanalista, fundada en una comunidad de rigor intelectual. Cosa que no impedirá por otra par -te a su corresponsal, entonces en Estados Unidos, desautorizarlo ante sus pares.
El paisaje psicoanalítico francés de la preguerra estaba, como sus pueblos, organizado alrededor del campanario. No es injuriar a sus protagonistas decir que cada uno parecía haber sido delegado por su parroquia para controlar un producto importado de la Viena cosmopolita: Hesnard era médico de la Marina, Laforgue se comprometió en el camino del colaboracionismo, Pichon era maurrasiano [movimiento nacionalista de derecha francés].
Sólo Marie Bonaparte dio testimonio de un apego trasferencial por Freud que nunca se desmintió. Por otra parte fue la única visita de Freud, en camino a Londres, a su paso por París en 1939. Sea como fuere, este medio parecía esperar de un joven dotado y de buena familia que contribuyese a inventar un psicoanálisis bien a la francesa.
Una vez más, la decepción debió ser recíproca. En la última edición de la Revue Fran~aise de Psychanalyse, la única aparecida en 1939, una crítica de Pichon reseña el artículo de Lacan sobre «La familia», publicado en la Encyclopédie Française a instancias de Anatole de Monzie, lamentando un estilo más marcado por los idiotismos [particularismosl alemanes que por la bien conocida claridad francesa. Después de la guerra se volverá a encontrar el rastro de Lacan en 1945 con un artículo publicado en elogio de «La psiquiatría inglesa durante la guerra».
Parece decididamente difícil para Lacan encontrar una casa que pueda reconocer como propia. Después de 1920, Freud había introducido lo que llamará la segunda tópica: una tesis que hace del yo (al. das Ich) una instancia reguladora entre el ello (al. das Es; fuente de las pulsiones), el superyó (al. das Über-Ich; agente de las exigencias morales) y la realidad (lugar en el que se ejerce la actividad). Reforzar el yo para «armonizar» estas corrientes en el neurótico puede aparecer como una finalidad de la cura.
Pues sucede que Lacan hace su entrada en el medio psicoanalítico con una tesis totalmente diferente: el yo [moi], escribe, se construye a imagen del semejante y en primer lugar de esa imagen que me es devuelta por el espejo -eso soy yo-. El investimiento libidinal de esta forma primordial, «buena» porque suple la carencia de mi ser, será la matriz de las identificaciones futuras. El desconocimiento se instala así en el corazón de mi intimidad y, de quererlo forzar, me encontraré con otro, así como con una tensión de celos hacia ese intruso que, por su deseo, constituye mis objetos a la vez que me los sustrae, en el propio movimiento por el cual me sustrae a mí mismo. Justamente como otro me veo llevado a conocer el mundo: una dimensión paranoica es así normalmente constituyente de la organización del «je» [en francés, pronombre de la primera persona del singular. Véase yo]. El estadio del espejo como formador de la función del «yo» [je] fue presentado en 1936 en el Congreso Internacional de Psicoanálisis sin encontrar otro eco que el timbre de E. dones interrumpiendo una comunicación demasiado larga. Retomado en París en 1947, no suscitó demasiado entusiasmo. Es verdad que esta tesis contraviene una tradición especulativa, en su origen platónica, que conjuga la búsqueda de la verdad con la de una identidad asumible por medio de la captación del ideal, o del ser. La afirmación del carácter paranoico de lo idéntico a sí no podía dejar de chocar con ella. Sin embargo, no se trata de una simple adición; su soporte es experimental y se inspira en los trabajos conducidos en el campo de la fisiología animal y humana sobre los efectos orgánicos inducidos por la percepción del semejante. Pero sobre todo ilustra (aunque eso permanece tácito) la captura precoz del niño en el lenguaje. Si el notable hallazgo del «estadio del espejo» no es deducible de la práctica analítica, debe sin embargo su soporte, su marco, a un análisis del lenguaje que, aun viniendo del lingüista, se experimenta en la cura, pero en tanto deducción retroactiva, si es verdad que la palabra articulada comienza con la iluminación de esta identificación sin poder decir más sobre sus condiciones ni sobre el orden de su génesis. Lo imaginario propio de esta fase está investido de tal carga libidinal, dirá Lacan, sólo porque funda con este ese soy yo [o aquí está yo] original- la protesta contra el déficit radical por medio del cual el lenguaje somete al «serhablante», es decir, al que plantea la cuestión del ser porque habla.
Si el lenguaje es un sistema de elementos discretos que deben su pertinencia no a su positividad sino a su diferencia (de acuerdo con el análisis de F. de Saussure), este desnaturaliza al organismo biológico sometido a sus leyes, privándolo, por ejemplo; de un acceso a la positividad; salvo que este organismo tienda sobre el intervalo [entre-deux: entre dos; remite a una parte o hueco entre dos cosas. También existe en castellano como «entredós», pero es una expresión poco habitual, por ejemplo, para una tira de encaje bordada entre dos telas, o un mueble entre dos ventanas] de los elementos la pantalla iluminada de lo imaginario -su primera imagen fija: el yo- La práctica analítica es la puesta a prueba de los efectos de esta desnaturalización de un organismo por el lenguaje, cuerpo cuyas demandas son pervertidas por la exigencia de un objeto sin fundamentos y son así imposibles de satisfacer, cuyas necesidades son trasformadas por el hecho de no encontrar apaciguamiento sino sobre un fondo de insatisfacción; cuyas pulsiones mismas se manifiestan organizadas por un montaje gramatical; cuyo deseo se muestra articulado por un fantasma que desafía al yo y al ideal, violando su pudor a través de la búsqueda de un objeto cuya captura provocaría disgusto. El lugar desde donde este deseo toma su voz se llama inconciente y el sujeto escapa a la psicosis bajo la condición de reconocer su voz como su propia voz. El lenguaje deviene así símbolo del pacto de aquello a lo que el sujeto renuncia: el dominio de su sexo, por ejemplo, a cambio de un goce del que deviene esclavo. Sí, pero, ¿cuál?
En efecto, no hay relación sexual, dirá Lacan, para escándalo de sus seguidores como de sus detractores. Con esa fórmula (que choca porque contradice dos siglos de fe religiosa) recordaba que, si el deseo apunta al intervalo velado por la pantalla en la que se proyecta la forma excitante, la relación siempre se hace con una imagen:
¿Imagen de qué, si no es del instrumento que hace la significancia del lenguaje, es decir, el Falo (causa del panerotismo que le fue reprochado a Freud)? Por eso una mujer se dedica a representarlo haciendo semblante de serlo (la mascarada femenina) mientras que el hombre, por su parte, hace semblante de tenerlo (lo cómico viril). Si tuviese que haber relación, se haría así, imaginariamente, con el Falo (verdad de experiencia para el homosexual), y no con la mujer, que no existe. El intervalo designa también, en efecto, el lugar Otro (Otro porque no puede haber ninguna relación con él), y en el cual, de mantenerse en ese lugar, una mujer no podría encontrar aquello que la fundase en su existencia e hiciese de ella la mujer. Es conocida, por otra parte, la inquietud habitual de las mujeres acerca de lo bien fundado de su existencia y la envidia que fácilmente dirigen hacia el varón que, sin necesidad alguna de rendir examen, se estima de entrada legitimado.
La categoría del Otro es esencial entre las formulaciones originales de Lacan porque designa primordialmente, en el intervalo, el lugar vacío, pero también potencialmente grávido de todos los elementos del lenguaje susceptibles de venir a insertarse en mi enunciación y de hacer allí oír a un sujeto que no puedo sino reconocer como mío, sin que por ello pueda hacerlo hablar a mi gusto ni tampoco saber qué quiere: el sujeto del inconciente.
Un significante (S1) es así, dirá Lacan, lo que representa a un sujeto ($) para otro significante (S2). Pero que este último venga del lugar Otro lo designa también como síntoma, si es cierto que decepcionará infaltablemente mi llamado haciendo fracasar la relación.
El signo, por su parte, designa alguna cosa (así el humo es indicio del fuego; la cicatriz, de la herida; la subida de la leche, de un parto, dicen los estoicos), pero para alguno; en presencia de la cosa, efectivamente, el yo [je] se desvanece. La fórmula lacaniana del fantasma $ à a (a leer «S tachada losange /punción de pequeño a» [véase fantasma]) liga la existencia del sujeto ($) a la pérdida de la cosa (a), lo que la teoría también registra como castración. La emergencia eventual en mi universo perceptivo del objeto perdido singular que me funda como sujeto -de un deseo inconciente- lo oblitera, dejándome sólo la angustia propia del individuo (un-dividido). Se habrá reparado seguramente en el desplazamiento radical así operado en la tradición especulativa. El enunciado de que el significante no tiene una función denotativa sino representativa, no de un objeto sino del sujeto, que no existe sino a condición de la pérdida del objeto, no es sin embargo una aserción más que se agregue a otras aserciones, anteriores en la tradición. No se autoriza en un decir sino en el ejercicio de una práctica verificable y repetible por otros.
En cuanto a la mutación del significante en signo que denota la cosa, es divertido observar que estos ejemplos tomados de los estoicos señalan todos el alguno a quien se dirigen, en sus figuras urinaria, castradora o fecundante: el Falo, del que son otros tantos llamamientos. Si este es una causa de la imposibilidad de la relación sexual, se debe considerar entonces otra categoría, además de las de lo imaginario y lo simbólico: la de lo real, como imposible precisamente. No se trata de lo imposible de conocer, propio del noúmeno kantiano, ni siquiera de lo imposible de concluir, propio de los lógicos (cuando les importa Gödel), sino de la incapacidad propia de lo simbólico para reducir el agujero del que es autor, puesto que lo abre a medida que intenta reducirlo, siendo nada la respuesta propia de lo real a los ensayos hechos para obligarlo a responder. Este tratamiento de lo real rompe con las alternativas demasiado clásicas: racionalismo positivista, escepticismo o misticismo.
Scilicet -«Tú puedes saber»-, tal fue el título dado por Lacan a su revista. ¿Saber qué, si no es el objeto a por el cual haces de tapón al agujero en el Otro y mutas lo imposible en goce, aunque este deba quedar marcado por ello? ¿Irás sin embargo suficientemente lejos en su conocimiento como para saber qué objeto eres? Sea como fuere, la gestión del psicoanálisis se demuestra bien inscrita en la tradición del racionalismo, pero dándole, con las categorías de lo imaginario y lo real, un alcance y unas consecuencias que esta tradición no podía sospechar ni agotar.
Era previsible sin duda que este sacudón de estanterías, aunque tomado de Freud y de su práctica, provocase reacciones. ¿Acaso no era incomprensible, en primer lugar, por estar en ruptura con los hábitos mentales -la comodidad-, que van mucho más allá de lo que se cree? En realidad, lo es sobre todo por su soporte lógico -una topología no euclidiana-, al haber marcado el estadio del espejo lo que la familiaridad del pensamiento y nuestra intuición le deben al espejismo plano del narcisismo.
En 1953 y aunque era su presidente, Lacan dimitió de la Sociedad Psicoanalítica de París (la que siempre tuvo una actitud reservada hacia Freud) en compañía de D. Lagache, J. Favez-Boutonier, F. Dolto, y fundó con ellos la Sociedad Francesa de Psicoanálisis.
El motivo de la ruptura fue la decisión de la Sociedad parisina de fundar un instituto de psicoanálisis encargado de impartir una enseñanza reglada y diplomada sobre el modelo de la Facultad de Medicina. ¿Ignoraba acaso el carácter ambiguo y fácilmente falaz de nuestra relación con el saber cuando es impuesto? Pero la realidad sin duda era más trivial: el seminario de Lacan, los cursos en la Sorbona de Lagache y de Favez-Boutonier, el carisma de Dolto atraían a los estudiantes, que por otra parte los siguieron en su éxodo. Este conoció la atmósfera estimulante y fraternal, de las comunidades libres en su principio. El discurso de Lacan en Roma sobre «Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis» servía de brújula. Demasiado sin duda; su éxito vino bastante pronto a hacerle sombra a sus amigos y luego también a los alumnos que habían crecido y se mostraban ahora preocupados por su persona. Un decenio de nomadismo bastaba; era necesario, parece, reintegrarse a la Asociación Psicoanalítica Internacional. Las negociaciones conducidas por un trío de alumnos (W. Granoff, S. Leclaire y F. Perrier) terminaron en un trueque: reconocimiento por la IPA a cambio de la renuncia de Lacan a formar psicoanalistas...
En 1963, Lacan fundaba solo la Escuela Freudiana de París. Un puñado de amigos deprimidos y de alumnos aislados lo siguieron en ese nuevo desierto. Gracias a su trabajo, iba a mostrarse de una fecundidad excepcional. A los primeros signos de enfermedad del fundador, se produjo una agitación tal que lo condujo a disolver su Escuela (1980). El objetivo de Lacan fue asegurarle al psicoanálisis un estatuto científico que protegiese sus conclusiones de los desvíos de los taumaturgos para imponerlo así al pensamiento occidental: volver a encontrar el Verbo, que estaba en el comienzo y que hoy se encuentra bien olvidado. Pero mostrar también que no se trataba de una teoría sino de las condiciones objetivas que determinan nuestra vida mental. Y además ponerle un término a ese recomienzo por el cual cada generación parece querer reescribir el psicoanálisis como si sus conclusiones, precisamente, Siguiesen siendo inadmisibles.
Pero, ¿es el campo psicoanalítico apropiado para un tratamiento científico, es decir, para asegurar una respuesta siempre idéntica de lo real a la formalización que lo solicita? Más aun, ¿es apto para calcular las respuestas susceptibles de ser dadas por un sujeto, que la teoría de los juegos construye en el marco de las ciencias conjeturales? Sí, si se admite que existe una clínica de las histerias, es decir, una reseña de los modos de contestación del sujeto al orden formal que lo condena a la insatisfacción.
Hay allí un proyecto de revisión del estatuto del sujeto tal como lo valoriza el humanismo cristiano. ¿Será en provecho de una mortificación, a ejemplo del budismo? Seguramente que no, si la finalidad de la cura es devolverle al sujeto el acceso a la fluidez propia del lenguaje sin que reconozca en él otro punto fijo que no sea un anclaje a través de un deseo acéfalo, el propio.
Tarde, sin embargo, Lacan volverá de esta esperanza de cientificidad (que justificó, por ejemplo, el anonimato de los artículos de Scilicet a semejanza de los libros de Bourbaki [grupo de matemáticos que inventó este nombre, como si fuera el de un solo autor, ocultando la identidad de sus miembros en el trabajo colectivo de la obra]), sin explicarse de otro modo que por medio de enunciaciones que antes hubiera repudiado, tales como: «Es con mi pedazo de inconciente que he tratado de avanzar...».
Una interpretación sin embargo es posible: si la ciencia, arrinconada entre el dogmatismo y el escepticismo, no tiene otra alternativa que dominar lo real (y forcluir la castración) y afirmar un incognoscible demostrado por la pluralidad de los modelos (se renuncia a la verdad en provecho de lo que es operatorio), otro abordaje de lo real se justifica, precisamente el psicoanalítico. Por eso la consistencia de lo real, lo simbólico y lo imaginario (R.S.I.) ya no se buscará en la asociación con el síntoma (que es una defensa frente a lo real), tradición que la ciencia prosigue, sino en otro campo: el campo fisico-matemático del nudo borromeo (tres redondeles de hilo ligados de modo que el corte de cualquiera de ellos desanuda los otros dos), donde las tres categorías (R.S.I.) deben sostenerse juntas, ya no a través de un anudamiento por medio de un cuarto redondel (el del síntoma) sino por la propiedad borromea del nudo y su consistencia de cuerda. ¿La castración, o sea, lo que, causa la insatisfacción sexual y el malestar en la cultura, es un hecho de estructura o de cultura? ¿El Edipo, o sea, el culto del padre, es necesario o contingente? He aquí estas últimas reflexiones a propósito de la posibilidad de escribir el nudo con tres o bien cuatro redondeles, en cuyo caso el último es edípico y debe su consistencia al anudamiento por medio del redondel del síntoma. La afasia motriz, con la que Lacan tropezó [que sufrió él mismo al fin de su vida], silenció esta tentativa.
Fuese cual fuese el visitante, Lacan le ofrecía siempre la condición previa de su interés y su simpatía: ¿no compartía acaso con él la suerte del «serhablante», es decir, de aquel que plantea la cuestión del ser porque habla? A cambio, él esperaba que se privilegiase la honestidad intelectual: reconocer y decir lo que hay. A pesar de las decepciones repetidas con sus maestros, que lo desaprobaron, con sus amigos, bien discretos hacia él (¿dónde lo citaron Lévi-Strauss o Jakobson?), con sus alumnos que quisieron venderlo, siempre mantenía lista una atención que no era nunca ni prevenida ni desconfiada.
No por ello era un santo. Si el deseo es la esencia del hombre, como escribió Spinoza, Lacan no temía ir hasta el fin de sus impasses, confrontando al mismo tiempo a estas y a los que se encontraban invitados a ellas. Pocos, parece, encontraron el hilo del laberinto: ya que no existe. Pero quejarse de haber sido seducido sigue siendo una ridiculez que es un aditamento de nuestra época; los procesos por posesión diabólica siempre son de actualidad.
Faltaría todavía decir al menos una palabra sobre su estilo, considerado oscuro. Un día se percibirá que se trata de un estilo clásico de gran belleza, es decir, sin ornamento y regido por el rigor: es este último el difícil de captar. En cuanto a los juegos de palabras que pululan en sus proposiciones, estos prosiguen una tradición retórica que se remonta a los Padres de la Iglesia, en la época en que se sabía y se experimentaba el poder del Verbo.
Después de un fin de agosto pasado a solas, Lacan muere el 9 de setiembre de 1981 y es enterrado con una discreción que impidió a numerosos de sus más cercanos alumnos rendirle el homenaje que le debían.
Lacan Jacques
Nacido Jacques-Marie (1901-1981)
Psiquiatra y psicoanalista francés
Entre los grandes intérpretes de la historia del freudismo, Jacques Lacan es el único que le dio a la obra freudiana un esqueleto filosófico y la sacó de su anclaje biológico, pero sin caer en el espiritualismo. La paradoja de esta interpretación innovadora consiste en que reintrodujo en el psicoanálisis el pensamiento filosófico alemán del que Sigmund Freud se había distanciado voluntariamente. Esta poderosa contribución ha hecho de Lacan el único verdadero maestro del psicoanálisis en Francia, lo que le ha valido mucha hostilidad. Pero si bien algunos de los que lo despreciaron con ferocidad han sido injustos, él presentó el flanco a la crítica al rodearse de epígonos que hablaban en jerga y contribuyeron a oscurecer una enseñanza por cierto compleja, y a menudo enunciada en un lenguaje barroco y refinado, pero perfectamente comprensible (al menos hasta 1970).
Lacan padecía inhibiciones de escritura, y necesitó ayuda para publicar sus textos y transcribir el famoso seminario que dio en público entre 1953 y 1979. Nueve seminarios sobre veinticinco han sido "establecidos" y publicados por su yerno, Jacques-Alain Miller, entre 1973 y 1995. El seminario vigésimo sexto, de 1978-1979, es "silencioso", puesto que Lacan ya no podía hablar.
Jacques Lacan escribió aproximadamente unos cincuenta artículos, provenientes en general de conferencias: de ellos, treinta y cuatro (los más importantes) fueron reunidos por el editor François Walil en 1966 en una obra imponente de novecientas páginas, titulada Écrits, a la cual hay que añadir las "variantes" realizadas en 1994 por Ángel de Frutos Salvador. Un gran artículo de Lacan, publicado en 1938, fue editado como libro por Jacques-Alain Miller en 1984 (Les Complexes familiaux); otro, "L'étourdit", apareció en la revista Scilicet, fundada por el propio Lacan. Finalmente, hay dos entrevistas, una realizada por Robert Georgin para la radio-televisión belga ("Radiophonie"), y la otra por Jacques-Alain Miller para una película del servicio de investigación de la ORTF realizada por Benoit Jacquot (Télévision). Jacques Lacan escribió un solo libro, su tesis de medicina de 1932, publicada con el título De la psychose paranoiaque dans ses rapports avec la personnalité, en la cual relata el caso de Marguerite Anzieu.
Sus otros artículos, así como sus numerosas intervenciones en coloquios o en la École freudienne de Paris (EFP), están dispersos en diversas revistas. Su correspondencia es casi inexistente: doscientas cuarenta y siete cartas catalogadas por Élisabeth Roudinesco en 1993. La obra de Lacan está traducida a dieciséis idiomas, y a Joël Dor se le debe la mejor bibliografía del conjunto de los títulos, publicados e inéditos.
Jacques Lacan reinterpretó casi todos los conceptos freudianos, así como los grandes casos (Herbert Graf, Ida Bauer, Serguei Constantinovich Pankejeff, Ernst Lanzer, Daniel Paul Schreber), agregando sus propias conceptuafi zaciones al corpus psicoanalítico.
Hay dos diccionarios de conceptos lacanianos: uno en inglés, realizado por Dylan Evans, y el otro en castellano, de Ignacio Garate y José Miguel Marinas. Algunos de los más bellos comentarios de la obra de Lacan han sido escritos por filósofos: Louis Althusser (1918-1990), Jacques Derrida, Christian Jambet, Jean-Claude Milner, Bernard Sichére.
Nacido en París el 14 de abril de 1901, en una familia de vinagreros de Orleáns (los Dessaux), Jacques-Marie Émile Lacan provenía de la burguesía media católica y bien pensante. Lo mismo que a sus otros hermanos, además del primer nombre le pusieron el de la Virgen María. Lacan fue renunciando progresivamente a él en sus diversos escritos del período de entreguerras. El padre, Alfred Lacan (1873-1960), era un hombre débil, abrumado por el poder de su propio padre, Émile Lacan (1839-1915). En cuanto a la madre, Émilie Baudry (1876-1948), más intelectual, estaba totalmente volcada a la religión. De este clima familiar más bien trivial, el joven Lacan se llevó una impresión de horror.
Después llegaron una hermana (Madeleine), nacida en 1903, un hermano (Raymond), muerto a temprana edad, y finalmente Marc-François (1908-1994), que iba a sentir un gran afecto por Jacques. En 1929, Marc-François ingresó como monje en la orden de los benedictinos, en la abadía de Hautecombe, situada en las orillas del lago del Bourget.
Después de estudiar en el colegio Stanislas, Lacan rompió con el catolicismo. A los 16 años admiraba la Ética de Baruch Spinoza (1632-1677). Un año más tarde se hizo nietzscheano, y después, durante algún tiempo, lo fascinó Charles Maurras (1868-1952), de quien adoptó el esteticismo y el gusto por la lengua. Finalmente se interesó por la vanguardia literaria. Alfred Lacan deseaba que su hijo mayor lo sucediera en los negocios y le diera un impulso decisivo al comercio de mostaza; no comprendía ni aprobaba su evolución. Émilie Lacan, por su parte, ignoraba todo de la vida que llevaba su hijo, fuera de los caminos de la religión y del conformismo burgués.
En el París de la década de 1920, donde aspiraba a la gloria, se comparó con Rastignac, frecuentó la librería de Adrienne Monnier y a los surrealistas, asistió con entusiasmo a la lectura pública del Ulises de James Joyce (1882-1941) y se vinculó a escritores y pintores. Interno en el Hospital Sainte-Anne, donde era alumno de Henri Claude al mismo tiempo que su amigo Henri Ey, se orientó hacia la psiquiatría, siguiendo la enseñanza de Georges Heuyer (1884-1977), Georges Dumas (1866-1946) y Gaétan Gatian de Clérambault, cuyo estilo dejó en él una fuerte impresión. En junio de 1932 comenzó su análisis didáctico con Rudolph Loewenstein y, al final del año, publicó su tesis sobre la historia de una mujer criminal (Marguerite Anzieu), que él consideró un caso de paranoia de autocastigo (el caso "Aimée").
Magnífica síntesis de todas las aspiraciones freudianas y antiorganicistas de la nueva generación psiquiátrica francesa de la década de 1920, el trabajo fue inmediatamente saludado como una obra maestra por René Crevel (1900-1935), Salvador Dalí (1904-1989), y particularmente por Paul Nizan (1905-1940), quienes apreciaron la utilización por Lacan de los textos novelescos de la paciente, y la fuerza doctrinaria de su posición respecto de la locura femenina. Al año siguiente, en la revista Le Mínotaure, Lacan dedicó un artículo al crimen cometido en Le Mans por dos domésticas (las hermanas Papin) que asesinaron a sus patronas. En ese acto, de intenso salvajismo, él vio una mezcla de delirio à deux, homosexualidad latente, pero ante todo la emergencia de una realidad inconsciente que se sustraía a las propias protagonistas. En ese drama Jean Genet (1910-1986) basó una pieza de teatro, Les Bonnes, y Claude Chabrol una película, sesenta años ulterior a los hechos: La Cérémonie.
Si bien fuera del ambiente psicoanalítico francés se lo estimaba como a un brillante intelectual, Lacan sufría en cambio porque no lo reconociera la Société psychanalytique de Paris (SPP), donde no se tomaban en cuenta sus trabajos, y su inconformismo irritaba.
Su análisis con Loewenstein duró seis años y medio, concluyendo en el fracaso y con una desinteligencia duradera entre los dos hombres. Finalmente Lacan logró ser titular en 1938, gracias a la intervención de Édouard Pichon. Éste reconoció su genio y quiso hacer de él, a pesar de su hegelianismo, el heredero de una tradición “francesa" del freudismo: Lacan nunca obedeció a ese mandato.
En 1934 se casó con Marie-Louise Blondin (1906-1983), de sobrenombre Malou, hermana de su amigo Sylvain Blondin (1901-1975). En el viaje de bodas por Italia, Lacan descubrió con arrobamiento la ciudad de Roma, de la que se enamoró, lo mismo que Freud. Pero la ciudad antigua lo apasionaba menos que la Roma católica y barroca. Pasaba horas contemplando los éxtasis de Bernini y la arquitectura de las iglesias y los monumentos.
Desde el principio, ese matrimonio había sido un malentendido. Malou creía casarse con un hombre perfecto, cuya fidelidad estaría a la altura de sus propios suenos de felicidad. Ahora bien, Lacan no era ese hombre ni lo sería nunca. La pareja tuvo tres hijos: Caroline (1937-1973), Thibaut y Sibylle.
En 1936 Lacan se inició en la filosofía hegeliana en el seminario que Alexandre Kojève (1902-1968) dedicó a la Fenomenología del espíritu. Conoció a Alexandre Koyré (1892-1964), Georges Bataille (1897-1962), Raymond Queneau (1903-1976), y después frecuentó la revista Recherches philosophiques y participó en las reuniones del Colegio de Sociología. De esos años de gran riqueza cultural y teórica extrajo la certidumbre de que la obra freudiana tenía que ser releída "a la letra" y a la luz de la tradición filosófica alemana.
En 1936 se cruzó por primera vez con la historia del freudismo internacional, al participar, en Marienbad, en el Congreso de la International Psychoanalytical Association (IPA). Allí presentó un trabajo sobre el estadio del espejo, pero al cabo de diez minutos de exposición Ernest Jones le cortó la palabra. Más tarde viajó a Berlín, donde asistió a los juegos olímpicos. El triunfo del nazismo provocó en él una sensación de repugnancia.
En 1938, por pedido de Henri Wallon (1879-1962) y Lucien Febvre (1878-1956), hizo el balance muy sombrío de las violencias psíquicas propias de la familia burguesa en un artículo de la Encyclopédie française. Constatando que el psicoanálisis había nacido de la declinación del patriarcado, llamó a revalorizar la función simbólica del padre en un mundo amenazado por el fascismo.
En 1937 se enamoró de Sylvia Maklès-Bataille (1908-1993). Separada en esa época de Georges Bataille, de quien seguía siendo esposa, ella había interpretado un papel en la película de Jean Renoir (1894-1979) titulada Une partie de campagne. Era madre de una pequeña, Laurence Bataille (1930-1986), que sería una notable psicoanalista.
Proveniente de una familia judía rumana, Sylvia Bataille se había integrado al alegre equipo del grupo Octubre, con Jacques-Bernard Brunius, Raymond Brussiéres y Joseph Kosma. Guiados por Jacques (1900-1977) y Pierre Prévert, los octubristas querían renovar el teatro popular, inspirándose en Bertolt Brecht (1898-1956) y Erwin Piscator (1893-1966). La hermana mayor de Sylvia (Bianca) estaba casada con el poeta surrealista Theodor Frankel; la menor (Rose) se casaría con André Masson (1896-1987), y la tercera (Simone) iba a ser esposa de Jean Piel, director de la revista Critique.
Cuando estalló la guerra, Sylvia se refugió en la zona libre. Cada quince días Lacan la visitaba. En París, él interrumpió toda actividad pública, recibiendo sólo a su clientela privada. Sin ser resistente, puso claramente de manifiesto su hostilidad a todas las formas de antisemitismo. Lo horrorizaba el régimen de Vichy y todo lo relacionado, de cerca o de lejos, con la Colaboración.
Durante los dos primeros años de la guerra se preocupó sobre todo por su vida privada. En septiembre de 1940 su situación era insostenible. Le anunció a su mujer legítima, encinta de ocho meses, que Sylvia, su compañera, también esperaba un hijo. De inmediato Malou le pidió el divorcio, y dio a luz en plena crisis de depresión, el 26 de noviembre, a una niña a la que bautizó Sibylle: "Cuando yo nací -escribió esta última en 1994-, mi padre ya no estaba. Incluso podría decir que él ya estaba en otra parte cuando fui concebida [ ... ]. Soy el fruto de la desesperación, algunos dirán del deseo, pero yo no les creo." Ocho meses más tarde, el 3 de julio de 1941, Sylvia dio a luz al cuarto vástago de Lacan, Judith, inscrita en el registro civil con el apellido Bataille. No iba a poder llevar el de su padre hasta 1964. Esta imposibilidad de transmitir el apellido sería una de las determinaciones inconscientes de la elaboración del concepto lacaniano del nombre-del-padre.
A principios de 1941 Lacan se instaló en el 5 de la rue de Lille: siguió viviendo en esa casa hasta su muerte. En diciembre, el divorcio disolvió su matrimonio con MarieLouise Blondin; en 1943 Sylvia se instaló en el 3 de la rue de Lille, con sus dos hijas: Laurence y Judith. En julio de 1953, divorciada de Georges Bataille desde agosto de 1946, se casó con Jacques Lacan en la alcaldía de Tholonet, cerca de Aix-en-Provence. Durante muchos años, por pedido de Malou, Lacan no les reveló a los hijos de su primer matrimonio la existencia de un segundo hogar donde él criaba a dos niñas, la suya y la de Bataille. Este enredo tendría consecuencias dramáticas para las dos familias.
"El objetivo de Lacan -ha escrito Jacques-Alain Miller- no era reinventar el psicoanálisis. Por el contrario, ubicó el inicio de su enseñanza bajo el signo de un «retorno a Freud»; sólo se preguntó, a propósito del psicoanálisis, en qué condición es posible." Lacan comenzó ese retorno a los textos de Freud en 1950, basándose a la vez en la filosofía heideggeriana, los trabajos de la lingüística saussureana y los de Lévi-Strauss. De la primera tomó el cuestionamiento infinito sobre el estatuto de la verdad, del ser y de su develamiento; de la segunda, extrajo su concepción del significante y de un inconsciente organizado como un lenguaje; de la enseñanza de Lévy-Strauss, dedujo la idea de lo simbólico, que utilizó en una tópica (simbólico, imaginario, real: S.l.R.), así como una lectura universalista de la prohibición del incesto y del complejo de Edipo.
Al revalorizar el inconsciente y el ello en detrimento del yo, Lacan enfrentó a una de las grandes corrientes del freudismo, la Ego Psychology, de la cual su ex analista se había convertido en uno de los representantes, y que para él era una versión edulcorada y adaptativa del mensaje freudiano. Solía llamarla "psicoanálisis norteamericano", y le opuso la peste, es decir, una visión subversiva de la teoría freudiana, centrada en la primacía del inconsciente. Como en el período de entreguerras, Lacan continuó anudando fuertes relaciones fuera del ambiente psicoanalítico: con Roman Jakobson (1896-1982), Claude Lévi-Strauss, Maurice Merleau-Ponty (1908-1961). Gracias a Jean Beaufret (1907-1982), que era analizante suyo, conoció a Martin Heidegger (1889-1976).
En la SPP, Lacan atrajo a numerosos alumnos fascinados por su enseñanza y deseosos de romper con el freudismo académico de la primera generación francesa. Empezó entonces a ser reconocido como didacta y también como clínico. Su sentido agudo de la lógica de la locura, su enfoque original del ámbito de la psicosis y su talento le aseguraban, junto a Françoise Dolto, un lugar de privilegio a los ojos de la joven generación psiquiátrica-psicoanalítica.
En 1951 Lacan compró una casa de campo, la Prévóté, situada en Guitrancourt, a unos cien kilómetros de París. Allí se refugiaba los domingos para trabajar, pero también recibía a pacientes y organizaba reuniones. Le encantaba interpretar comedias ante sus amigos, disfrazarse, bailar, jaranear y a veces ponerse ropa extravagante. En esa casa coleccionó una cantidad considerable de libros que, con el transcurso de los años, terminaron por constituir una biblioteca inmensa, cuya simple consulta da la medida de su pasión por el trabajo intelectual. En un ambiente que daba al jardín había una mesa llena de objetos de arte. En la galería contigua al único salón, colgó el famoso cuadro de Gustave Courbet (1819-1877) titulado El origen del mundo, que había comprado por consejo de Bataille y Masson.
Como todos los demás países, después de la Segunda Guerra Mundial la Francia freudiana entró en la era de los conflictos, las crisis y las controversias. La primera escisión francesa se produjo en 1953, en torno a la creación de un nuevo instituto de psicoanálisis y de la cuestión del análisis profano. Agrupados alrededor de Sacha Nacht, los partidarios de la corporación médica se oponían a los universitarios liberales que rodeaban a Daniel Lagache y sostenían a los alumnos del instituto indignados por el autoritarismo de Nacht.
Discutido a lo largo de esta crisis por su práctica de las sesiones de duración variable (o sesiones cortas), que cuestionaba el ritual de la duración obligatoria (cuarenta y cinco-cincuenta minutos) impuesto por las normas de la IPA, Lacan se alineó con los universitarios. Por cierto, era favorable al análisis profano, pero no compartía ninguna de las tesis de Lagache sobre la psicología clínica. Recusando cualquier idea de asimilación del psicoanálisis a cualquier psicología, consideraba los estudios de filosofía, letras o psiquiatría como las tres mejores vías de acceso a las formación de los analistas. De tal modo retomaba el programa diseñado por Freud en el Congreso de la IPA de Budapest, en 1918.
Violentamente hostil a Lacan y asustada por la agitación de los alumnos, Marie Bonaparte, aunque favorable al análisis profano, brindó su apoyo al grupo de Nacht, provocando de tal modo la partida de los liberales y de la gran mayoría de los alumnos. Lagache fundó entonces la Société française de psychanalyse (SFP, 1953-1963), donde se encontraron Lacan, Dolto, Juliette Favez-Boutonier, así como los principales representantes de la tercera generación psicoanalítica francesa: Didier Anzieu, Jean Laplanche, Jean-Bertrand Pontalis, Serge Leclaire, François Perrier, Daniel Widlócher, Jenny Aubry, Octave Mannoni, Maud Mannoni, Moustapha Safotran. Con la excepción de WIadimir Granoff, todos ellos estaban o habían estado en análisis o control con Lacan. En el primer congreso de la SFP, que se reunió en Roma en septiembre de 1953, Lacan presentó un trabajo notable, "Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis" (o "Discurso de Roma"), en el cual expuso los principales elementos de su sistema de pensamiento, derivado de la lingüística estructural y de influencias diversas, filosóficas y científicas. Allí elaboró varios conceptos (sujeto, imaginario, simbólico, real, significante) que iba a desarrollar a lo largo de los años, enriqueciéndolos con nuevas formulaciones clínicas, y después lógico-matemáticas: forclusión, nombre-del-padre, matema, nudo borromeo, sexuación.
Gracias a su amigo Jean Delay obtuvo un anfiteatro del Hospital Sainte-Anne. Durante diez años, dos veces por mes, dio allí su seminario, comentando de manera sistemática todos los grandes textos de la obra freudiana y generando de tal modo una nueva corriente de pensamiento: el lacanismo. El "Discurso de Roma" se publicó en el primer número de La Psychanalyse (la revista de la SFP). Todos los años Lacan hacía entrega a esta revista de sus mejores conferencias, que eran una especie de condensación de los temas del seminario. También hizo publicar en ella artículos de Martin Heidegger, Émile Benveniste, Jean Hyppolite (1907-1968) y muchos otros.
Durante diez años, la enseñanza de Lacan le permitió a la comunidad feudiana francesa experimentar un desarrollo considerable: "nuestros mejores años", dirán los ex combatientes de este grupo en crisis y de ese movimiento en busca de reconocimiento.
Al abandonar la SPP, los fundadores de la SFP habían perdido, sin advertirlo, su afiliación a la IPA. A partir de 1953 se iniciaron negociaciones con el ejecutivo central para que ese segundo grupo francés fuera también incorporado. En esa época nadie soñaba con emanciparse de la legitimidad freudiana, y Lacan incluso menos que los otros. Respaldados por él, Granoff, Leclaire y Perrier formaron una "troica" cuya tarea era negociar la incorporación de la SFR Después de años de discusiones e intercambios, el comité ejecutivo de la IPA negó a Lacan y Dolto el derecho de formar didactas. Las razones eran complejas. Se reprochaba a Lacan la transgresión de las reglas técnicas, en particular las que determinaban la duración de las sesiones. En el caso de Dolto, el rechazo se basaba en parte en su manera de practicar el psicoanálisis de niños, pero también cuestionaban su formación didáctica: en esa época, en efecto, los alumnos de René Laforgue habían sido invitados a realizar un nuevo análisis.
La segunda escisión (una "excomunión" según Lacan) del movimiento psicoanalítico se produjo en el invierno de 1963. Fue vivida como un des, ;tre por todos los miembros de la SFP, tanto por los alumnos como por los negociadores: Leclaire, Lacan, Granoff, Pierrier (y Pierre Turquet por Gran Bretaña).
En 1964 se disolvió la SFP y Lacan fundó la École freudienne de Paris (EFP), mientras que la mayoría de sus mejores alumnos se volvían a encontrar junto a Lagache en la Association psychanalytique de France (APF) reconocida por la IPA. Obligado a mudar su seminario, Lacan, gracias a la intervención de Louis Althusser, fue acogido en una sala de la Escuela Normal Superior (ENS) de la rue d'Ulm, donde pudo continuar su enseñanza.
En un artículo de 1964, Althusser dibujó un bello retrato matizado de Lacan. Captó muy bien las grandezas y debilidades del personaje, su rigor teórico, su dolor en los combates: "De allí la pasión contenida, la contención apasionada del lenguaje de Lacan, que sólo puede vivir y sobrevivir en estado de alerta y prevención. Lenguaje de un hombre asediado y condenado por la fuerza abrumadora de las estructuras y las corporaciones a adelantarse a sus golpes, a fingir al menos que los devuelve antes de haberlos recibido, desalentando al adversario para que no lo aplaste bajo los suyos [ ... ]. Tenía que enseñar la teoría del inconsciente a médicos, analistas o analizados, y Lacan, en la retórica de su palabra, les dio el equivalente mimado del lenguaje del inconsciente que, como todos saben, es en su esencia última Witz, juego de palabras, metáfora, frustrada o exitosa: el equivalente de la experiencia vivida en la práctica de ellos, fuera como analistas o como analizados."
En la ENS, Lacan conquistó un nuevo auditorio, el de una parte de la juventud filosófica francesa, a la cual Althusser confió la misión de trabajar sus textos. Entre esos jóvenes se encontraba Jacques-Alain Miller, que en 1966 se casó con Judith Lacan. Él se convertiría en el redactor de los seminarios de su suegro, su ejecutor testamentario e iniciador, en 1975, de una corriente neolacaniana en el interior mismo de la EFP.
En 1965, impulsado por Frangois Wahl, Lacan fundó la colección "Champ freudien" en Éditions du Seuil y, al año siguiente, el 15 de diciembre, publicó sus Écrits. La obra presenta las huellas de su difícil elaboración: reescritura del propio Lacan, correcciones múltiples de Wahl, comentarios de Miller. Lacan recibió por fin la consagración esperada y merecida: en quince días se vendieron cinco mil ejemplares, antes de que aparecieran las reseñas bibliográficas en la prensa. Se iban a vender más de cincuenta mil ejemplares de la edición normal, y la venta como libro de bolsillo batiría todas las marcas para un conjunto de textos tan difíciles: más de ciento veinte mil ejemplares del primer volumen, más de cincuenta mil del segundo.
En adelante, Lacan fue reconocido, celebrado, odiado o admirado como un pensador de envergadura, y no sólo como un maestro del psicoanálisis. Su obra fue leída y comentada por numerosos filósofos, entre ellos Michel Foucault (1926-1984) y Gilles Deleuze (1925-1995).
Incluso antes de la aparición de la opus magnum, Lacan viajó a los Estados Unidos, invitado al simposio sobre el estructuralismo que en octubre de 1966 organizaron René Girard y Eugenio Donato en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore: "En Baltimore -escribió Derrida” me habló del modo en que pensaba que sería leído, en particular por mí, después de su muerte [ ... ]. La otra inquietud (que él me confió) concernía a sus Écrits, que aún no habían aparecido pero cuya publicación era inminente. Lacan estaba preocupado, un poco descontento , me pareció, de quienes en Seuil le habían aconsejado reunir todo en un solo gran volumen [ ... ]. «Ya verá, me dijo, haciendo un gesto con la mano, eso no va a sostenerse»." Lacan volvió a los Estados Unidos en 1976, para dar una serie de conferencias en las universidades de la Costa Este. La lectura de su obra siguió limitada a los intelectuales, las feministas y los profesores de literatura francesa.
Enfrentado al gigantismo de la EFP, Lacan trató de resolver los problemas de formación introduciendo el pase, nuevo procedimiento de acceso al análisis didáctico. Aplicado en 1969, provocó la salida de un grupo de analistas que se oponían a él (Perrier, Piera Aulagnier, Jean-Paul Valabrega), quienes formaron una nueva escuela: la Organisation psychanalytique de langue française (OPLF) o Quatrième Groupe. Esta escisión, la tercera en la historia del movimiento francés, marcó la entrada de la EFP en una crisis institucional que desembocó en su disolución el 5 de enero de 1980, y después llevó a la dispersión del movimiento lacaniano en una veintena de asociaciones.
En 1974 Lacan asumió la dirección, en la Universidad París-VIII, en el departamento de psicoanálisis fundado por Serge Leclaire en 1969, de una cátedra del "Champ freudien" que confió a Jacques-Alain Miller. Alentó entonces la transformación progresiva de su doctrina en un sistema cerrado, mientras se empeñaba en hacer del psicoanálisis una ciencia exacta basada en la lógica del matema y la topología de los nudos borromeos.
Afectado de trastornos cerebrales y una afasia parcial, Lacan murió el 9 de septiembre de 1981 en la clínica Hartmann de Neuilly, después de la ablación de un tumor maligno de colon.
En una oportunidad, Lacan, a modo de confidencia, le había dicho a su amiga María Antonietta Macciocchi: "¡Ah querida, los italianos son tan inteligentes! Si pudiera elegir un lugar para morir, querría terminar mis días en Roma. Conozco todos los rincones de Roma, todas las fuentes, todas las iglesias. .. Y si no fuera Roma, me contentaría con Venecia o Florencia: estoy bajo el signo de Italia."
Lacanismo
Alemán: Lacanianismus.
Francés: Lacanisme.
Inglés: Lacanianism.
En la historia del movimiento psicoanalítico, se llama lacanismo a la corriente representada por los diversos partidarios de Jacques Lacan, de todas las tendencias. La refundición lacaniana tomó cuerpo en Francia entre 1953 y 1963, desembocando más tarde, con la creación en 1964 de la École freudienne de Paris (EFP), en un vasto movimiento institucional, y después en una nueva forma de internacionalización, en ruptura definitiva con la International Psychoanalytical Association (IPA). Después de la muerte de Lacan en 1981, el lacanismo se atomizó en una multitud de tendencias, grupos, corrientes y escuelas que forman una potente nebulosa diversamente implantada en muchos países.
Como el annafreudismo, el kleinismo y otras corrientes externas o internas a la IPA, el lacanismo pertenece a la constelación freudiana, en la medida en que se reconoce en la doctrina fundada por Sigmund Freud y se distingue claramente de las otras escuelas de psicoterapia por su adhesión al psicoanálisis (es decir, a la cura por la palabra como único lugar del tratamiento psíquico) y a los grandes conceptos freudianos funda~ mentales: el inconsciente, la sexualidad, la transferencia, la represión, la pulsión.
No obstante, a diferencia del annafreudismo, de la Ego Psychology y de la Self Psychology, no es una simple corriente sino una verdadera escuela. En efecto, se ha constituido como un sistema de pensamiento a partir de un maestro que modificó totalmente la doctrina y la clínica freudianas, no sólo creando conceptos nuevos, sino también una técnica original de la cura, de la que se desprendió un tipo de formación didáctica diferente de la del freudismo clásico. En este sentido, es comparable al kleinismo, diez años anterior a él; de hecho, está sobre todo emparentado con el propio freudismo, del que se reivindica heredero en línea directa, más allá de los otros comentarios, lecturas o interpretaciones de la doctrina vienesa.
De modo que el lacanismo se encuentra en una posición excepcional. Lacan, en efecto, ha sido el único de los grandes intérpretes de la doctrina freudiana que no realizó su lectura para "superar" o conservar esa doctrina, sino con el objetivo confesado de "retornar literalmente a los textos de Freud". Puesto que surgió de ese retorno, el lacanismo es una especie de revolución al revés, no un progreso respecto de un texto original, sino un "relevo ortodoxo" de ese mismo texto.
De modo que el lacanismo va a contracorriente de las otras tendencias del freudismo, y sobre todo de todas sus variantes norteamericanas, calificadas peyorativamente de "psicoanálisis norteamericano". Con esta expresión, Jacques Lacan, y después de él sus discípulos y herederos, designan al neofreudismo, el annafreudismo y la Ego Psychology. Todas estas corrientes remiten según él a una concepción "extraviada" del psicoanálisis, es decir, a una doctrina centrada en el yo y olvidadiza del ello, a una visión adaptativa o culturalista del individuo y la sociedad.
El lacanismo tiene en común con el kleinismo el hecho de haber extendido la clínica de las neurosis a una clínica de la psicosis, y de haber llevado más lejos que el freudismo clásico el interrogante sobre la relación arcaica con la madre. En este sentido, ha inscrito la locura en el núcleo mismo de la subjetividad humana. Pero, contrariamente al kleinismo, continuó, sin abolirlo, el examen del lugar del padre, al punto de ver en el debilitamiento simbólico de este último el origen mismo de la psicosis. De allí su interés por la paranoia, más que por la esquizofrenia. Por otra parte, ha procedido a una refundición completa de la metapsicología freudiana, creando una teoría del sujeto (distinto del yo, del ego, del self, etcétera), es decir, introduciendo una filosofía del sujeto y del ser en el corazón mismo del freudismo. Además, para pensar el inconsciente no se ha basado en un modelo biológico (darwiniano) sino en un modelo lingüístico.
Al pretenderse más freudiano que las diferentes corrientes del freudismo de la década de 1950, al aspirar incluso a desecharlas en nombre de un retorno a la pureza original, el lacanismo ocupa un lugar único en la historia del psicoanálisis de la segunda mitad del siglo XX. No sólo se lo puede separar en teoría de la obra original de la cual quiere ser el comentario, sino que está condenado a convertirse en la esencia misma de ese freudismo cuya bandera vuelve a alzar, asimilándolo a una revolución permanente o a una peste subversiva. De allí la siguiente paradoja: el lacanismo sólo existe porque se constituye históricamente como un freudismo y, mas aun, como la esencia del "verdadero" freudismo. En consecuencia, sólo puede fundarse sobreañadiendo el nombre mismo de Freud a su trayectoria y a sus instituciones.
Por ello, después de haber sido expulsada de la IPA, alto nivel de la legitimidad freudiana, la corriente lacaniana, a partir de 1964, se vio obligada a crear un nuevo modelo de asociación, más legítima que la antigua legitimidad: llamó entonces escuela a lo que se denominaba sociedad o asociación, para significar el carácter platónico de su refundición, y se apropió del adjetivo freudiano para demostrar que seguía al verdadero maestro, y no a sus herederos.
En el plano político, el lacanismo se ha implantado masivamente exportando el modelo institucional francés, en dos países de Latinoamérica, en la Argentina y Brasil, donde sin embargo ha estallado en un centenar de grupos y tendencias, y convive con un kleinismo también muy poderoso en el interior de la Federación Psicoanalítica de América Latina (FEPAL), rama latinoamericana de la IPA. Ha logrado una penetración importante en la parte de lengua francesa de Canadá. En Europa tuvo un desarrollo variable en los diferentes países. Es en Francia donde está mejor implantado. En la década de 1990, hay unos cincuenta grupos y escuelas distribuidos en el conjunto del territorio.
El legitimismo lacaniano es encarnado en Francia por Jacques-Alain Miller, ejecutor testamentario y yerno de Jacques Lacan. Él dirige por otra parte la internacional lacaniana, la Association mondiale de psychanalyse (AMP).
Fuera de Francia, España y algunos países de América latina, el lacanismo se ha expandido poco, sobre todo en los países de lengua inglesa (Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia). Pero en algunos casos se ha desarrollado en la universidad, en los departamentos de filosofía y literatura, donde la obra de Lacan es enseñada y comentada con independencia de cualquier formación psicoanalítica. Éste es el caso en muchas universidades norteamericanas.
Cuando comenzó a implantarse como método clínico, hacia 1970, el lacanismo tomó en todo el mundo el camino de la psicología clínica; frente a un freudismo considerablemente medicalizado, se convirtió de tal modo en instrumento de una expansión del análisis profano en el terreno de las diversas escuelas de psicoterapia, y a veces incluso en el interior de la IPA.
Es interesante observar que a partir de 1990 comenzaron a surgir corrientes separatistas que tienden a hacer del lacanismo un movimiento externo al freudismo, pero sin renegar de este último. Lo atestigua por ejemplo el primer diccionario en inglés sobre el tema, que apareció en 1996. Su título y su contenido sugieren que existiría un "psicoanálisis lacaniano" (lo que Lacan nunca quiso).
Igual que el kleinismo, el lacanismo ha generado un fenómeno de idolatría del maestro fundador, una hagiografía, un dogmatismo específico, y algunas "sumas" que catalogan sus conceptos y su historia.
|