Liébeault Ambroise Auguste
(1823-1904) Médico francés
Padre espiritual de la Escuela de Nancy, Auguste Liébeault era el duodécimo vástago de una familia de campesinos loreneses. Cuando estudiaba medicina, descubrió el magnetismo en un informe de 1848 redactado por Henri-Marie Husson (1772-1853), y se entusiasmó con ese método, en una época en la que era condenado por el conjunto de la profesión en Europa. Convertido en médico de campaña en Pont-Saint-Vincent, cerca de Nancy, trataba gratuitamente a los jóvenes y desposeídos con el método del sueño artificial. Acusado de charlatanismo por sus colegas, adquirió no obstante una gran reputación como hipnotizador, atendiendo indiferentemente las enfermedades orgánicas (úlceras, tuberculosis pulmonar) y las afecciones psíquicas. Después de haberse retirado durante dos años, creó en la ciudad de Nancy la famosa clínica del doctor Liébeault, en la cual recibió a numerosos enfermos.
Su técnica era siempre la misma: les pedía a los pacientes que lo miraran fijamente a los ojos, y después les ordenaba que tuvieran cada vez más ganas de dormir. Este método de sugestión mediante la fijación de la mirada y el mandato de dormir había sido creado en 1813 por el abate portugués José Custodio de Faria (1756-1819). Lo mismo que el marqués Armand de Puységur (1751-1825), Faria había abandonado toda idea de fluido magnético, por las ideas de concentración y sueño lúcido, estimando que el sueño artificial provenía de la voluntad del paciente, y no de la del hipnotizador. Así había abierto la puerta a las curas por medio de la sugestión hipnótica, sin necesidad de aducir un soporte tangible (el fluido) para demostrar la eficacia terapéutica de una relación dual que James Braid (1795-1860) había ubicado bajo la categoría del hipnotismo, y que Sigmund Freud teorizaría mucho más tarde con el vocablo "transferencia".
De modo que, en la historia de la primera psiquiatría dinámica, Liébeault, después de Puységur, Faria y Braid, fue el cuarto gran pionero del abandono del magnetismo mesmeriano, y uno de los inventores de ese hipnotismo moderno que iba a dar origen a las diversas psicoterapias de la segunda psiquiatría dinámica, entre ellas la más brillante e innovadora: el psicoanálisis.
Fue en 1882 cuando lo visitó Hippolyte Bernheim. Éste se convirtió a las ideas de Liébeault, se declaró su discípulo y amigo, e introdujo la sugestión en la medicina oficial hospitalaria-universitaria, oponiéndose pronto a Jean Martin Charcot, gran maestro de la Escuela de la Salpêtrière, embarcado en un nuevo enfoque de la histeria.
En su autobiografía de 1925, Sigmund Freud incluyó el recuerdo de ese médico sorprendente: Con la intención de perfeccionar mi técnica hipnótica, en el verano de 1889 viajé a Nancy, donde pasé varias semanas. Vi al viejo Liébeault, que era conmovedor en el trabajo que practicaba con las mujeres y los niños pobres de la población obrera."
Lieben Anna von
Nacida von Todesco (1847-1900)
Caso “Frau Cäcilie M."
Anna von Lieben fue una de las pacientes de Sigmund Freud y Josef Breuer cuyos casos se narran en los Estudios sobre la histeria; allí aparece con el nombre de Frau Cäcilie M. La enferma, que sufría de violentas neuralgias faciales, había sido tratada sin resultado con todos los métodos usuales: toques eléctricos, aguas alcalinas, laxantes, etcétera, Después un dentista le realizó una cruel operación quirúrgica -la extracción de siete dientes perfectamente sanos-, sin obtener la menor mejoría. Fue entonces cuando Freud utilizó la hipnosis, enunciando una "muy enérgica prohibición" a los dolores. Un año más tarde surgieron múltiples síntomas histéricos. Freud volvió a hipnotizarla, y a continuación recurrió a la palabra. Frau Cäcilie describió entonces una antigua escena traumática, una disputa conyugal, en cuyo transcurso el marido la había golpeado. Al contar ese acontecimiento, ella se llevó la mano a la mejilla y exclamó: "Fue como un golpe en pleno rostro".
Freud advirtió que los dolores cesaron, en razón del proceso de simbolización (o conversión simbolizadora). Continuó el tratamiento y logró hacer que la paciente narrara las afrentas que había sufrido desde la infancia. Así, a los 15 años, cuando la abuela la miró con sus ojos agudos que habían "penetrado" en su cerebro, ella experimentó un violento dolor de cabeza. Frau Cäcilie le permitió a Freud comprender la relación que existía entre el síntoma histérico y una simbolización. Según él, los accesos de neuralgia eran provocados por el lenguaje. En esa afección histérica había una conversión de las palabras en un fenómeno somático.
En su viaje a Nancy del verano de 1889, Freud llevó con él a Frau Cäcilie, y le pidió a Hippolyte Bernheim que la hipnotizara: "Ésta era una histérica de gran distinción -dijo-, genialmente dotada, que habían puesto a mi cuidado porque no se sabía qué hacer con ella. En mi ignorancia de entonces, atribuí el hecho de que ella recayera una y otra vez al cabo de cierto tiempo, a que su hipnosis nunca había alcanzado el grado del sonambulismo con amnesia. Entonces Bernheim hizo varios intentos, pero sin más resultados que yo."
En 1986 el historiador Peter Swales identificó por primera vez a Frau Cäcilie, con la hipótesis de que se trataba de Anna von Lieben, una rica aristócrata vienesa que había sido atendida primero por Jean Martin Charcot y después por Theodor Meynert. Según Swales, entre 1889 y 1893 realizó con Freud un prolongado tratamiento, en cuyo transcurso él elaboró los principios del método psicoanalítico. En la gran saga de los casos princeps, Anna von Lieben puede en consecuencia ser considerada la primera mujer psicoanalizada de la historia del freudismo. Habría sido entonces la "maestra" de Freud, su prima donna, al presentarle el inconsciente en "una fuente de plata".
Ligazón
Al.: Bindung.
Fr.: liaison.
Ing.: binding.
It.: legame.
Por.: ligaclio.
Término utilizado por Freud para designar, de un modo muy general y en registros relativamente distintos (tanto a nivel biológico como en el aparato psíquico), una operación que tiende a limitar el libre flujo de las excitaciones, a unir las representaciones entre sí, a constituir y mantener formas relativamente estables.
Aunque el término «ligazón» debe relacionarse con la oposición energía libre-energía ligada, su sentido no se agota en esta acepción puramente económica: más allá de su significación propiamente técnica, este término, que se encuentra en diferentes momentos de la obra de Freud, señala una exigencia constante de la conceptualización. Más que enumerar sus usos, preferimos situar su alcance en tres momentos de la metapsicología, en la que desempeña un importante papel.
I. En el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895), Bindung designa ante todo el hecho de que la energía del aparato neuronal pasa del estado libre al estado de energía ligada, o también que se encuentra en este último estado. Esta ligazón implica, según Freud, la existencia de una masa de neuronas bien unidas, entre las cuales existen buenas facilitaciones, el yo: «El mismo yo es una masa de neuronas de este tipo, que mantienen su catexis, es decir, que se encuentran en el estado de ligazón, lo cual indudablemente sólo puede producirse por su acción recíproca».
Esta misma masa ligada ejerce sobre otros procesos un efecto de inhibición o de ligazón. Así, por ejemplo, cuando Freud se pregunta por el destino de algunos recuerdos referentes a experiencias dolorosas (Schmerzerlebnisse), que, al ser evocados de nuevo, «[...] despiertan a la vez afecto y displacer», los califica de «indomados» (ungebändigt): «Si el curso del pensamiento choca con alguna de estas imágenes mnémicas todavía indomadas, se comprueba la aparición de sus indicios de cualidad, a menudo de naturaleza sensorial, de una sensación de displacer y de tendencias a la descarga, elementos cuya combinación caracteriza un determinado afecto; el curso del pensamiento queda así roto». Para que un recuerdo de este tipo pueda ser «domado» es preciso que se establezca «[...] una relación con el yo o con las catexis del yo [...]»; es necesaria una ligazón particularmente fuerte y repetida proveniente del yo para contrarrestar la facilitación que conduce al displacer».
Nos parece que aquí se deben subrayar dos ideas:
1.ª Es condición para la ligazón energética el establecimiento de relaciones, de facilitaciones, con un sistema ya catectizado y que forme un todo: se trata de una « [...] inclusión de nuevas neuronas» en el yo.
2.ª La Bindung tiene, a todo lo largo del Proyecto, su polo opuesto, la Entbindung (literalmente, «desligazón»); este último término designa el proceso desencadenante, de liberación brusca de energía, por ejemplo, la que se produce en los músculos o en las glándulas, cuando la magnitud cuantitativa del efecto es muy superior a la de la energía desencadenante. El término se encuentra principalmente en las formas Unlustentbindung (liberación de displacer), Lustentbindung (liberación de placer), Sexualentbindung (liberación [de excitación] sexual), Affektentbindung (liberación de afecto) y, en otros textos, Angstentbindung (liberación de angustia). En todos estos casos, lo que se designa es una brusca aparición de una energía libre que tiende en forma incoercible a la descarga.
El hecho de relacionar estos diferentes términos no deja de sorprender por la concepción económica que implican; en efecto, el utilizar el mismo término para calificar tanto la liberación de placer como la de displacer equivale en apariencia a atacar la idea fundamental de que placer y displacer son dos procesos inversos que se refieren a una misma energía (disminución de la tensión en el primer caso, aumento en el segundo), a menos de suponer, lo que no concuerda en modo alguno con la hipótesis freudiana, que placer y displacer corresponden respectivamente a dos energías cualitativamente distintas.
Para superar esta dificultad, parece singularmente útil la oposición Entbindung-Bindung. Al oponerse a la ligazón del yo, toda liberación de proceso primario, tanto en el sentido de aumento como de disminución del nivel absoluto de tensión, vulnera el nivel relativamente constante del yo. Cabe pensar que, para Freud, es sobre todo la liberación de excitación sexual la que pone en peligro de este modo la función de ligazón del yo (véase: Posterioridad; Seducción).
II. Con la obra Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), el problema de la ligazón no solamente pasa al primer plano de la reflexión de Freud, sino que su planteamiento se vuelve más complejo. Freud recurre de nuevo a la noción de ligazón a propósito de la repetición del traumatismo por el sujeto, que se toma como modelo de la repetición de experiencias displacenteras. Recoge la concepción ya presente desde el Proyecto, según la cual es un sistema ya fuertemente catectizado el capaz de ligar psíquicamente un aflujo de energía. Pero el caso del trauma como amplia efracción de los límites del yo permite captar esta capacidad de ligazón en el momento mismo en que se encuentra amenazada. De ello resulta una situación inesperada de la ligazón con relación al principio del placer y al proceso primario. Si bien generalmente la ligazón se concibe como una influencia del yo sobre el proceso primario, es decir, como la introducción de la inhibición característica del proceso secundario y del principio de realidad, Freud se ve inducido aquí a preguntarse si en ciertos casos el «dominio [mismo] del principio de placer» no supone la ejecución previa de la «[...] tarea [...] de controlar o ligar la excitación, tarea que prevalecería, sin duda, no en oposición con el principio de placer, sino independientemente de éste y en parte sin tenerlo en cuenta».
Incluso aunque esta ligazón actúe finalmente en beneficio del yo, parece que Freud le atribuye, no obstante, una significación propia, en la medida en que ve en ella el fundamento de la compulsión a la repetición y hace de ésta, en último análisis, la marca misma de lo pulsional. Queda, pues, sin responder la cuestión de la existencia de dos tipos de ligazón: una, reconocida desde bastante tiempo antes, que es coextensiva a la noción de yo: otra, más próxima a las leyes que regulan el deseo inconsciente y la disposición de las fantasías, leyes que son las del proceso primario: la energía libre misma, tal como se la descubre en psicoanálisis, no es una descarga masiva de excitación, sino una circulación a lo largo de cadenas de representaciones, que implican la existencia de «lazos» asociativos.
III. Finalmente, dentro de la última teoría de las pulsiones, la ligazón se convierte en la característica fundamental de las pulsiones de vida, en oposición a las pulsiones de muerte: «El fin del Eros consiste en establecer unidades cada vez mayores, y por consiguiente conservar; es la ligazón. El fin de la otra pulsión es, por el contrario, romper las relaciones, y por consiguiente destruir las cosas».
En la última formulación de la teoría, la instancia del yo y la energía pulsional que tiene a su disposición quedan situadas fundamentalmente en el lado de las pulsiones de vida: «Sirviendo para instaurar este conjunto unificado que caracteriza el yo o la tendencia de éste [esta energía] se atendría siempre a la intención principal del Eros, que es unir y ligar».
Creemos finalmente que la problemática psicoanalítica de la ligazón podría plantearse a partir de tres direcciones semánticas que evoca dicho término: la idea de relación entre varios términos ligados, por ejemplo, dentro de una cadena asociativa (Verbindung), la idea de un conjunto en el que se mantiene una cierta cohesión, de una forma definida por ciertos límites o fronteras (compárese con la palabra inglesa boundary, en la que se vuelve a encontrar la raíz bind), y en fin, la idea de una fijación sobre un lugar de una cierta cantidad de energía que ya no puede fluir libremente.
Locura
Alemán: Wahnsinn.
Francés: Folie.
Inglés: Madness.
Fuera que se la llamara furor, manía, delirio, rabia, frenesí, alienación, o que al insensato se lo designara con un término popular (chalado, chiflado, tocado, piantado), la locura siempre fue considerada lo otro de la razón. Extravagancia, pérdida del sentido, trastorno del pensamiento, divagación del espíritu, dominio de la pasión: tales son las figuras de ese mal que afecta a los hombres desde la noche de los tiempos, y cuyo origen se buscó a veces en la magia (posesión diabólica o divina), otras veces en el cerebro o los humores (medicina hipocrática), y otras en los movimientos del alma (psicología). Con Descartes, en la célebre primera frase de las Méditations, se concretó en el siglo XVII la idea de que la locura podría ser interna del pensamiento mismo: "Y ¿cómo podría yo negar que estas manos y este cuerpo son míos, a menos que me compare con ciertos insensatos cuyo cerebro está a tal punto turbado y ofuscado por los negros vapores de la bilis que constantemente aseguran que son reyes cuando son muy pobres, que están vestidos de oro y púrpura cuando están totalmente desnudos, o que se imaginan que son cántaros o que tienen un cuerpo de vidrio? Pero ¡vaya!, son locos, y yo no sería menos extravagante si siguiera su ejemplo."
Hay tres maneras de pensar el fenómeno de la locura, una vez arrancado al universo de la magia o la religión. La primera consiste en hacerla entrar en el marco nosológico construido por el saber psiquiátrico, y considerarla una psicosis (paranoia, esquizofrenia, psicosis maníaco-depresiva); la segunda apunta a elaborar una antropología de sus diferentes manifestaciones en las distintas culturas (etnopsiquiatría, etnopsicoanálisis, sociología, psiquiatría transcultural); la tercera, finalmente, propone abordar la cuestión desde el ángulo de una escucha transferencial de la palabra, del deseo o la vivencia del hombre loco (psiquiatría dinámica, análisis existencial, fenomenología, psicoanálisis, antipsiquiatría).
De hecho, estas tres maneras de concebir la locura siempre se han cruzado. Es difícil concebir la verdad de la locura con independencia de la razón que la piensa, aunque esta verdad desborde la razón. Y si el psicoapálisis nació de un gran deseo de atender y curar las enfermedades nerviosas, siempre se implantó al mismo tiempo en el terreno del tratamiento de la locura, como reacción al nihilismo terapéutico de una psiquiatría más ansiosa por clasificar las entidades clínicas que por escuchar el sufrimiento de los enfermos. Lo atestigua, si acaso es necesario, la experiencia princeps de Eugen Bleuler en la Clínica del Burghölzli en Zurich.
Los discípulos y sucesores de Freud (en especial Karl Abraham, Melanie Klein y sus alumnos) fueron los primeros en elaborar una clínica de la locura. Jacques Lacan, por su lado, ha sido el único de los herederos de Freud que realizó una verdadera reflexión filosófica sobre el estatuto de la locura. En 1932 preconizó en su tesis que se repensara el saber psiquiátrico según el modelo del inconsciente freudiano y, en 1946, comentó la famosa frase de las Méditations, señalando que la fundación por Descartes del pensamiento moderno no excluía el fenómeno de la locura.
Hacia 1960, la generalización de la farmacologfa en el tratamiento de las enfermedades mentales puso fin a la nosografía proveniente de Emil Kraepelin y al enfoque freudo-bleuleriano, reemplazando el asilo por el chaleco de fuerza químico, la clínica por el diagnóstico conductal, y la escucha del sujeto por la "tecnologización" del cuerpo. De allí el estallido del vínculo dialéctico y crítico que unía las tres antiguas maneras de pensar la locura. De esta crisis y de esta ruptura da cuenta el libro de Michel Foucault (1926-1984), Histoire de lafólie ú Páge classique: "Este libro no ha querido hacer la historia de los locos al lado de las personas razonables, frente a ellas, ni la historia de la razón en su oposición a la locura. Se trataba de hacer la historia de su partición incesante pero continuamente modificada." Basándose en esta idea de partíción, tomada de la "parte maldita" de Georges Bataille (1897-1962), Foucault le inventó de algún modo la escena primitiva: partición entre la sinrazón y la locura; entre la locura amenazante de los cuadros de Bosch y la locura domesticada M discurso de Erasmo; entre una conciencia crítica (en la que la locura se convierte en enfermedad) y una conciencia trágica (en la que se abre a la creación, como en Goya, Van Gogh o Artaud); partición, finalmente, interna al cogito cartesiano, en la que la locura es excluida del pensamiento en el momento en que deja de poner en peligro los derechos de este último.
A propósito del cogito, Foucault adoptó una posición inversa a la de Lacan, lo que le valdría una crítica argumentada de Jacques Derrida.
Al mismo tiempo que precipitaba el ocaso de la psiquiatría clásica mediante un acto "psiquiatricida", como dijo Henri Ey, este libro abrió el camino a un nuevo enfoque historiográfico de la locura, cuyo impacto puede medirse por la acogida negativa que tuvo, y por las múltiples resistencias suscitadas. Fue sin duda alguna el punto de partida de una inversión de la perspectiva sobre la razón y la locura, tomada en cuenta en la casi totalidad de los trabajos ulteriores acerca del tema, fueran o no foucaultianos. No obstante, este enfoque no tuvo ningún efecto sobre el tratamiento psiquiátrico de la locura que, a fines del siglo XX, evoluciona cada vez más hacia un nihilismo terapéutico y un organicismo comparables a los que combatió Freud hace cien años.
Loewald Hans
(1906-1993) Psiquiatra y psicoanalista norteamericano
Nacido en Alsacia, con un padre judío que desapareció muy pronto, Hans Loewald fue criado en Berlín por la madre. En Friburgo, donde estudió filosofía como alumno de Martin Heidegger (1889-1976), lo afectó profundamente el acercamiento de este último al Partido Nacional social¡ sta. Abandonó entonces Alemania, instalándose en Roma, donde realizó estudios de medicina y psiquiatría. Huyendo del fascismo italiano, intentó en vano convertirse en ciudadano francés, y en 1939 emigró a los Estados Un¡dos.
Hizo su formación psicoanalítica en el instituto de la Baltimore-Washington Psychoanalytic Society (que más tarde se escindiría en dos sociedades distintas) y publicó sus primeros artículos a principios de la década de 1950. Se convirtió entonces en una de las figuras eminentes de la escuela psicoanalítica de la Nueva Inglaterra, en New Haven, y enseñó psiquiatría en la Universidad de Yale.
En la introducción que redactó en 1980 para la publicación de un volumen que reunía sus principales trabajos, recordó que la filosofía había sido "su primer amor". Subrayó su deuda intelectual con la filosofía de Heidegger, la persistencia de su adhesión a algunas de las tesis esenciales del autor de Ser y tiempo (Sein und Zeit), evocando asimismo su ruptura definitiva con el maestro de la Selva Negra.
Aunque más no fuera por su cultura filosófica y esa inspiración heideggeriana, Hans Loewald constituyó una excepción en el mundo psicoanalítico norteamericano, cuyas opciones positivistas rechazaba, mostrándose particularmente crítico de la corriente de la Ego Psychology..
Su formación filosófica, la fineza de su lectura de la obra de Freud, su rechazo a toda reducción de la segunda tópica freudiana, su concepción deliberadamente no biológica de la teoría de las pulsiones y su interés particular por la pulsión de muerte, y el privilegio que atribuía al lenguaje, son otras tantas características que han acreditado la idea de un parentesco entre el enfoque de Loewald y el sistema de pensamiento desarrollado por Jacques Lacan. No obstante, esta aproximación aparece atemperada por diferencias irreductibles, sea que se trate de la adhesión de Loewald a las normas de la International Psychoanalytical Association (IPA) en materia de práctica psicoanalítica, o de la ausencia en sus trabajos de referencias explícitas a la filosofía o de aplicaciones directas de su cultura filosófica.
Loewald desarrolló una problemática de inspiración fenomenológica, centrada en la dinámica de la organización preedípica, en el narcisismo primario y en la proximidad que durante ese período del desarrollo psíquico existe entre el yo y la realidad. En uno de sus artículos traducidos al francés expuso la idea de que la práctica psicoanalítica es un arte, comparando la neurosis de transferencia con el registro de la teatralidad. Según Loewald, el lugar de intervención del analista está constituido por el espacio transicional entre el fantasma interior y la realidad, una especie de tercer lugar comparable al àrea de juego teorizada por Donald Woods Winnicott.
Loewenstein Rudolph
(1898-1976) Psiquiatra y psicoanalista norteamericano
Nacido en Lodz, Rudolph Loewenstein provenía de una familia judía residente en la Galitzia polaca (integrada al Imperio Ruso). Estudió medicina, y después, huyendo del antisemitismo, emigró a Zurich, donde rehizo sus estudios médicos y descubrió la nueva psiquiatría bleuleriana. Interesado por el psicoanálisis, viajó entonces a Berlín donde, por tercera vez, tuvo que volver a estudiar medicina desde cero.
Analizado por Harms Sachs, no tardó en realizar el viejo sueño de instalarse en Francia, la patria de los derechos humanos. Gracias a Marie Bonaparte, de quien fue amante durante un breve período, pudo obtener la naturalización, después de rehacer por cuarta vez sus estudios de medicina. Llegó a París en 1925, conoció a los pioneros del freudismo francés y participó en la fundación del grupo L'Évolution psvchiatrique y de la Société psychanalytique de Paris (SPP), junto a René Laforgue, Eugénie Sokolnicka, Édouard Pichon, y otros.
Entre 1926 y 1939, apoyado por Marie Bonaparte, Raymond de Saussure y Charles Odier, Loewenstein se convirtió en el representante de la corriente ortodoxa de la SPP, y después, frente a Laforgue, fue el principal didacta del grupo parisiense. En tal carácter tuvo en formación a los tres grandes representantes de la segunda generación psicoanalítica francesa: Sacha Nacht, Daniel Lagache y sobre todo Jacques Lacan, con quien sus relaciones fueron difíciles, conflictivas.
Habría seguido siendo francés y desempeñado un papel importante en Francia si la guerra no lo hubiera obligado a una nueva emigración. Después de ser movilizado en 1939 en el ejército francés, se refugió en la casa de Marie Bonaparte en Saint-Tropez, y desde allí llegó a Suiza, donde se encontró con Heinz Hartmann, a su vez exiliado y albergado en la casa de Saussure. En 1942 los tres se incorporaron a la New York Psychoanalytical Society (NYPS). Al año siguiente Loewenstein asumió la responsabilidad de la enseñanza en el instituto dependiente de la sociedad; después, entre 1959 y 1961, fue su presidente. En 1957-1958 se desempeñó asimismo como presidente de la poderosa American Psychoanalytic Association (APsaA).
Después de haber redactado artículos técnicos durante el período francés, participó, en el contexto de la gran expansión del movimiento psicoanalítico norteamericano, en el desarrollo de la corriente de la Ego Psychology, cuyo fundador fue Heinz Hartmann. También publicó una obra sobre el antisemitismo.
Luria Aleksandr Romanovich
(1902-1977) Médico y neuropsicólogo ruso
Nacido en Kazán, Aleksandr (o Alexandre) Romanovich Luria estudió medicina antes de volcarse hacia la psicología. Apasionado por las ciencias sociales y el socialismo utópico, inició una correspondencia con Sigmund Freud a los 19 años; en marzo de 1922 decidió fundar la Sociedad Psicoanalítica de Kazán. Compuesta por una mayoría de médicos, e incluyendo a siete mujeres (lo que era raro en la época), esa sociedad se integró más tarde a la formada en Moscú por Moshe WuIff e Ivan Dimitrievich Ermakov, para convertirse en la Asociación Psicoanalítica Rusa.
En su primera exposición en el círculo de Kazán, Luria habló de la psicología del traje y de la diferencia de los sexos: "Los motivos inconscientes del traje difieren en el hombre y la mujer. Los motivos primitivos que determinan la forma del traje femenino son de naturaleza sexualmente pasiva, mientras que los del hombre son de naturaleza activa. Encontramos los motivos femeninos en los momentos de debilitamiento de la censura (fiestas, bailes y carnavales), y los motivos masculinos, en las filas del ejército y entre los revolucionarios."
Ese mismo año comparó la doctrina psicoanalítica y sus métodos con las teorías reflexológicas de VIadimir Bejterev (1857-1927), concluyendo que ambas escuelas podían acercarse en el terreno del materialismo. Radicado en Moscú en el otoño de 1923, trabajó aún por el desarrollo del movimiento psicoanalítico ruso, publicando varios artículos de información en el Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse. En 1925, con su amigo Lev Semenovich Vygotski (1896-1934), redactó un prefacio para la traducción rusa de Más allá del principio de placer.
Más tarde participó en las discusiones que opusieron a los freudomarxistas y los antifreudianos, acerca de la cuestión del materialismo del psicoanálisis. Desarrolló entonces la idea de que el psicoanálisis podía integrarse a un sistema de psicología "monista". Él soñaba con tender un puente entre esa nueva ciencia del psiquismo y la psicología experimental. Su última contribución al psicoanálisis data de 1928. Después Luria se convirtió en uno de los grandes especialistas del cerebro, y sobre todo de las funciones corticales superiores.
En el curso de una reunión, en 1974, en la Sociedad de Psicólogos de Moscú, recordó con humor y emoción su juventud freudiana.
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