Más allá del principio del placer
Obra de Sigmund Freud publicada en 1920 con el título de Jenseits des Lustprinzips. Traducida al francés por primera vez por Samuel Jankélévitch en 1927, con el título de Au-delá du principe de plaisir, revisada por Angelo Hesnard en 1966 y retraducida en 1981 por Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis sin cambio de título. Retraducida en 1996 sin cambio de título por Alain Rauzy, André Bourguignon (1920-1996), Pierre Cotet y Janine Altounian. Traducida al inglés en 1922 por C. J. M. Hubback, con el título de Beyond the Pleasure Principle, y retraducida en 1950 por James Strachey, sin cambio de título.
Más allá del Principio de placer, redactada entre marzo y mayo de 1919, modificada en el curso del invierno de 1920, y publicada en el otoño de ese mismo año, inauguro lo que se ha denominado "la gran refundición" o "el gran giro" de la década de 1920, reordenamiento teórico fundamental, al que darían sus dimensiones definitivas otros dos libros: Psicología de las masas y análisis del yo y El yo y el ello.
Las circunstancias en las cuales fue concebida la obra, y el destino inicial que Sigmund Freud pareció asignarle, dieron origen a múltiples ambigüedades. En marzo de 1919, mientras Freud redactaba la primera versión, Lou Andreas-Salomé le escribió para preguntarle dónde estaba su metapsicología, de la cual ella había leído las cinco primeras partes. Como se sabe, las otras nunca vieron la luz, pero se tiene el derecho de pensar, dada la respuesta de Freud algún tiempo más tarde, que en ese momento él no había renunciado totalmente a ese proyecto. En efecto, aduciendo la dificultad de la materia, el carácter parcial de sus experiencias y su falta de inspiración para justificarse, prometió escribir otros textos si sobrevivía, psíquica y materialmente, a la trágica situación de Austria después de la derrota. Más tarde, como para confirmar esa resolución, añadió que una de las primeras contribuciones "de ese tipo está incluida en Más allá del principio de placer", sobre el cual le pedía a su corresponsal "una apreciación sintético-crítica".
Pero, en julio de 1919, en una nueva carta a Lou, en gran medida dedicada al tema del suicidio de Viktor Tausk, Freud se refirió a su trabajo en curso con un tono totalmente distinto: "He escogido ahora como alimento el tema de la muerte, he llegado hasta aquí al tropezar con una curiosa idea de las pulsiones, y estoy obligado a leer todo lo relacionado con esta cuestión, como por ejemplo, y por primera vez, a Schopenhauer. Pero no lo leo con placer." Frase importante, que ayuda a definir la lógica de la elaboración en curso: esa "curiosa idea de las pulsiones" parece indicar una modificación de su pensamiento.
Sin duda poco satisfecho con las modificaciones introducidas en su teoría de las pulsiones en 1914, se vio obligado a leer, sin placer, la obra de Schopenhauer (1788-1860), y a nutrirse con el tema de la muerte. Esta declaración, por otra parte, puede entenderse como una respuesta anticipada a quienes, incómodos con esa idea de la pulsión de muerte, o deseosos de restarle alcance teórico, se empeñarían en no ver en ella mas que una noción circunstancial, producto del contexto económico y político ya evocado por el propio Freud, o un efecto de las desapariciones que en esa época se produjeron en su entorno. Desaparición de Tausk, de Anton von Freund y, sobre todo, unos días más tarde, el 25 de enero de 1920, de su hija Sophie Halberstadt, cuya muerte lo trastornó, según surge de numerosas cartas suyas a Ludwig Binswanger o a Oskar Pfister. Esa idea de una relación causa¡ entre la muerte de Sophie y la elaboración del concepto de pulsión de muerte sería desarrollada sobre todo, en 1923, por el primer biógrafo de Freud, Fritz Wittels, a quien Freud le hizo conocer su desacuerdo. Con la intención de oponerse a esa especie de psicoanálisis aplicado, Freud, como si se hubiera anticipado a su eventualidad, tuvo el cuidado de afirmar, en una carta a Max Eitingon del 18 de julio de 1920, lo siguiente: "El Más allá está finalmente terminado. Usted podría confirmar que ya estaba a medio hacer en la época en que Sophie vivía y estaba floreciente." Pero esta observación no impidió que Max Schur continuara considerando la muerte de Sophie como causa esencial de la elaboración del concepto de pulsión de muerte. Incluso hace poco tiempo, Peter Gay ha sostenido esta interpretación, relativizándola.
Más allá del principio de placer, del que Jean Laplanche ha dicho que es "el texto más fascinante y desconcertante de la obra freudiana" por la audacia y la libertad que el autor pone de manifiesto, ha sido rechazado por muchos psicoanalistas, inclinados a considerar la audacia como una falta de rigor, y la libertad del tono como una deriva especulativa.
Conforme a la promesa hecha a Lou Andreas-Salomé, el ensayo se basa en la concepción metapsicológica desarrollada en 1915: se trata en primer lugar del funcionamiento del principio de placer, según el cual el aparato psíquico trata de mantener la cantidad de excitación en el nivel más bajo posible, y de la subordinación de este principio al principio de constancia, enunciado por Gustav Theodor Fechrier. Si bien estas ideas ocupaban ya un lugar esencial en el "Proyecto de psicología" y en La interpretación de los sueños, esos recordatorios iniciales le dan a Freud la oportunidad de repetir que ese principio, junto a las dimensiones tópica y dinámica, constituye la dimensión económica de la metapsicología.
No obstante, esta perspectiva es rápidamente superada, y después abandonada, en provecho de una discusión sobre los límites del dominio del principio de placer: "Debemos decir sin embargo que, en rigor, es inexacto hablar de un dominio del principio de placer sobre el curso de los procesos psíquicos. Si ese dominio existiera, la inmensa mayoría de nuestros procesos psíquicos deberían estar acompañados de placer o llevar al placer; ahora bien, la experiencia más general está en contradicción flagrante con esta conclusión. Por lo tanto, hay que admitir lo siguiente: hay en el psiquismo una fuerte tendencia al principio de placer, pero algunas otras fuerzas o condiciones se oponen a él, de manera que el desenlace final no puede corresponder siempre a la tendencia al placer." El primer límite a este dominio del principio de placer es bien conocido: se trata del principio de realidad, enunciado en 1911 en el artículo "Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico". El principio de realidad es concebido allí como un relevo del principio de placer bajo la influencia de las pulsiones de autoconservación del yo. También se conoce una segunda limitación, bajo la forma de la represión de las pulsiones, que contraría el desarrollo unitario del yo. Podría parecer, precisa entonces Freud, que no cabe investigar otras limitaciones a este principio de placer. Ahora bien, la observación de las reacciones psíquicas a ciertas formas de peligro exterior (hasta allí se había tratado de la organización ante las pulsiones y los conflictos internos) lleva a reconsiderar la totalidad del problema.
Primera forma del peligro exterior, las catástrofes naturales, los accidentes graves o los hechos de guerra, son otras tantas circunstancias capaces de provocar neurosis traumáticas o neurosis de guerra. Curiosamente, los sueños que acompañan este tipo de neurosis reconducen sin cesar a los sujetos a las circunstancias traumáticas de su accidente, mientras que no piensan en ellas durante el día. En un primer momento, esta fijación psíquica al trauma es asimilada por Freud a esas reminiscencias que, con Josef Breuer, él había considerado la causa principal del sufrimiento de las histéricas. La segunda forma de peligros exteriores es la que ilustra el juego de algunos niños muy pequeños. Freud observó que su nieto (Ernstl), el hijo de Sophie Halberstadt, se distraía, al ausentarse su madre, arrojando lejos de su cuna los pequeños objetos que tenía a su alcance. Ese gesto era acompañado por una expresión de satisfacción que tomaba la forma vocal de un "o-o-o-o" prolongado, en el cual se podía reconocer la palabra alemana fort, es decir, "ido". Un día, narra Freud, el niño inició ese mismo juego del "ido" con un carretel de madera atado a un hilo: lanzaba el carretel acompañando su movimiento con el célebre "o-o-o-o", y después, tirando del hilo, lo recuperaba, saludándolo con un alegre da, "¡aquí está!" Por medio de este juego, Ernst parecía transformar una situación en la cual era pasivo y sufría el peligro o el displacer causado por la partida de la madre, en otra situación que él dominaba, a pesar del carácter doloroso de lo que en ella se repetía. A esta primera interpretación Freud añade una segunda, complementaria: el niño, a través de ese juego, habría encontrado el medio de expresar sentimientos hostiles, inconfesables en presencia de la madre, pero capaces de satisfacer sus deseos de venganza por las partidas de la mujer. En otras palabras, el niño podría soportar la disgregación generada en ese juego por la repetición de una separación sólo gracias a que a esa repetición había ligada "una ganancia de placer de otro tipo, pero directa". De estas dos observaciones, agrupadas bajo la etiqueta de "peligro exterior", ¿se puede concluir la existencia de tendencias psíquicas más originarias, situadas más allá del principio de placer?
En lugar de responder inmediatamente, Freud da un rodeo por la situación analítica, caracterizada por las resistencias del paciente y por su transferencia sobre la persona del analista. Hacer consciente lo que es inconsciente no es algo fácil en esa situación. Como lo demuestra la observación, la rememoración voluntaria es ineficaz, y el paciente se ve obligado a repetir en la cura aquello que ha reprimido, sobre todo de su vida sexual infantil marcada por la fase edípica, y esto para llegar a instalarse en una nueva neurosis, la neurosis de transferencia, sustituto de aquella por la cual ha concurrido a consultar. De modo que en la cura se asiste a la aparición de un proceso idéntico a los que se observan en la actividad onírica de los sujetos afectados de neurosis traumáticas, o en el juego del fort da, proceso que Freud denomina compulsión de repetición, y cuya justa apreciación implica reconsiderar la idea de la resistencia inconsciente.
En este punto, Freud, sin advertírselo al lector, y quizá sin darse cuenta él mismo, anticipa la modificación tópica que constituirá el objeto de su libro El yo y el ello, aportando así la prueba de que ya en 1919 estaba en marcha la gran transformación teórica. En efecto, para avanzar en el razonamiento bosquejado había que abandonar la oposición consciente /inconsciente, y reemplazarla por la confrontación entre el yo, del cual la mayor parte es inconsciente, y lo reprimido, totalmente inconsciente y siempre amenazante para el yo. Por lo tanto, las resistencias del analizante eran inconscientes, pero debían estar situadas en ese yo, que no era ya totalmente asimilable al consciente; la compulsión de repetición, actuante sobre todo en la cura, y fuente de displacer para el yo, debía por el contrario estar inscrita del lado de lo reprimido.
¿Cuál era entonces la relación entre esta compulsión de repetición y el principio de placer? El displacer no contradice el principio de placer, como lo demuestra la interpretación del juego del fort da, en el cual la dimensión displacentera es compensada por el placer ligado a la expresión de la hostilidad. Pero la compulsión de repetición es también la ocasión de un retorno de experiencias anteriores que no traen consigo ningún placer. Para ilustrar su idea, Freud toma el ejemplo de las personas condenadas a experimentar incansablemente el fracaso, como si obedecieran a un mandato "demoníaco". En ese punto, Freud se basa en observaciones que había hecho algunas semanas antes de emprender la redacción del Más allá. Terminaba entonces su artículo "Lo ominoso", en el cual había abordado el tema del doble y del "eterno retorno de lo rnismo". Reconoce que "existe efectivamente en la vida psíquica una compulsión de repetición que se ubica más allá del principio de placer". Pero, ¿cuál es su función, cuáles son las condiciones de su intervención, y cómo pensar su relación con el principio de placer?
Los adversarios de este texto le han reprochado su carácter especulativo. Sin embargo, el propio Freud se lo había señalado al lector, y la continuación de su argumento es en efecto una pura especulación motivada por el deseo de saber, a riesgo de equivocarse. Cada uno, dice Freud, tiene la libertad de seguirlo o de no ir más lejos.
Sin embargo, antes de entregarse a esta "especulación", Freud propone una recapitulación, primero, del tratamiento diferencial que el aparato psíquico aplica a las excitaciones exteriores filtradas por lo que él denomina "protección antiestímulos" (Reizschutz), especie de dispositivo que envuelve al organismo para protegerlo, y en segundo lugar del modo en que los efectos de las funciones internas se distribuyen en un abanico de sensaciones que van desde el placer hasta el displacer. Todo esto se traduce en una prevalencia de las sensaciones placer-displacer, y en un funcionamiento psíquico esencialmente dirigido contra las excitaciones internas portadoras de displacer. De allí la tendencia a tratar las excitaciones internas como si fueran externas, para defenderse de ellas por medio de la protección antiestímulos: tal es el fundamento de ese mecanismo identificado en la observación clínica de la neurosis al cual se le ha dado el nombre de proyección. Estos son los elementos que permiten situar la especificidad del trauma constituido por excitaciones externas suficientemente fuertes como para atravesar la protección antiestímulos y crear de tal modo una perturbación en el aparato psíquico. En esa situación, el principio de placer ya no constituye un recurso, y para el organismo sólo se trata de intentar el dominio de esa invasión. Esto supone una movilización de todas las energías disponibles, lo que inevitablemente se hace en detrimento del buen funcionamiento de los otros sistemas psíquicos, en especial de los normalmente movilizados para enfrentar el displacer ocasionado por las excitaciones internas. Con este enfoque, se puede formular la hipótesis de que la neurosis traumática, objeto de la observación inicial, se debería a una efracción importante de la protección antiestímulos.
La causa del trauma no es tanto el hecho en sí como el pánico o la sorpresa experimentados, consecuencia de una falta de angustia, siendo la angustia el medio por el cual quedan movilizados los sistemas que tienen que enfrentar las excitaciones exteriores. Los sueños en los cuales los sujetos víctimas de una neurosis traumática reviven la situación del accidente "tienen por objetivo el dominio retroactivo de la excitación", recrean una situación en la cual la angustia, que fue insuficiente en la realidad, está bien presente. Se comienza así a advertir la posible existencia de un modo de funcionamiento del aparato psíquico independiente del principio de placer. Estos sueños son excepciones a la ley del sueño como realización de deseos: obedecen a la compulsión de repetición, que a su vez está al servicio del deseo inconsciente de dejar volver lo que ha sido reprimido.
Más allá de la especificidad de cada una de estas situaciones, las manifiestaciones de la compulsión de repetición en el juego del niño, así como en la cura psicoanalítica, presentan el mismo carácter pulsional, independiente del principio de placer. Pero, ¿cuál es la naturaleza de la relación entre lo pulsional y la compulsión de repetición?
Para responder esta pregunta, Freud se ve llevado a dar otro paso: éste es el punto de inflexión de la obra. A los enunciados en forma de bosquejo los sucede una afirmación explícita: "Una pulsión sería un empuje inherente al organismo vivo hacia el restablecimiento de un estado anterior [.. . ] sería [ ... ] la expresión de la inercia en la vida orgánica". Freud es muy consciente de la audacia implícita en reconocer la existencia, en los seres vivos, de una dimensión conservadora. Por ello la continuación del ensayo está consagrada a la búsqueda de argumentos y pruebas capaces de fundamentar esa hipótesis.
Si bien la observación de ciertos comportamientos animales y el estudio de algunos procesos embriológicos atestiguan la existencia de esas fuerzas conservadoras, ¿cómo explicar su coexistencia con las fuerzas vitales responsables del desarrollo del organismo? La contradicción es sólo aparente: esos movimientos vitales, esas fuerzas del desarrollo son rodeos en "el camino que lleva a la muerte", siguen siempre dominados por las pulsiones conservadoras, que gobiernan el desarrollo global del organismo sometido a una finalidad regresiva. Todo ser vivo es llamado a morir, enuncia Freud y añade: "El objetivo de toda vida es la muerte y, volviendo hacia atrás, lo inerte estaba allí antes que la vida".
Hasta ese punto, la concepción freudiana se inscribe en gran medida en continuidad con las numerosas corrientes de la filosofía alemana de los siglos XVIII y XIX, desde Gothulf Heinrich von Schubert (1780-1860), que afirmaba la coexistencia en el hombre de una "nostalgia del amor" y una "nostalgia de la muerte", hasta Friedrich Nietzsche (1844-1900), pasando por Novalis (1772-1801) y, desde luego, por Arthur Schopenhauer, a quien Freud se refiere explícitamente.
La originalidad del aporte freudiano reside en la construcción de un nuevo dualismo pulsional que opone las pulsiones de vida (aun designadas con el término eros), que son las pulsiones sexuales y la pulsiones del yo, a las pulsiones de muerte, a veces denominadas pulsiones de destrucción o, cuando se trata de especificar su orientación hacia el exterior, pulsiones agresivas. En este marco, Freud asigna a las pulsiones de muerte una posición funcional, y las retira del registro de lo inefable. Si bien las pulsiones de vida no se sustraen completamente al movimiento regresivo general, en la medida en que su satisfacción implica un retorno a un estado anterior, son sin embargo resistentes a las influencias exteriores, y más aún a las otras pulsiones, totalmente vueltas hacia la muerte.
Ésta es una concepción global del psiquismo, cuyo funcionamiento sería ritmado por un movimiento pendular que hace alternar las pulsiones que urgen a alcanzar el objetivo final de la vida, y otras dirigidas a prolongarla.
En el anteúltimo capítulo, Freud examina las críticas que ese trabajo tendría que provocar. Comienza por buscar en el campo de la biología argumentos capaces de invalidar la hipótesis de la existencia de pulsiones de muerte. Búsqueda vana, que lo lleva a volver, desde una perspectiva esta vez positiva, a las diferentes etapas de la construcción de la teoría analítica, a fin de reafirmar la correcta fundamentación del dualismo pulsional. Al hacerlo, responde a la vez a las acusaciones de pansexualismo y a la concepción junguiana de una libido general, no sexual, consolidando la permanencia de su concepción dualista y su negativa a ceder al monismo junguiano.
Subsiste el hecho de que aún no había podido aportarse ninguna prueba concluyente de la existencia de las pulsiones de muerte. Esa constatación de una "oscuridad" en la teoría de las pulsiones actuará como aliento para continuar la investigación. De allí el examen de temas vírgenes, el del odio y el sadismo, que sólo encontrarán respuestas definitivas en 1924, en el artículo "El problema económico del masoquismo". Este retorno le da también a Freud la oportunidad de citar el trabajo de Sabina Spielrein sobre la componente sádica de la pulsión sexual, que ella, ya en 1911, había caracterizado por su dimensión destructiva.
Las últimas páginas del libro atestiguan el rigor de Freud, la angustia inherente al trabajo teórico, y el coraje intelectual del sabio.
Freud se empeña en encontrar argumentos que apoyen su construcción teórica, tanto en lo que concierne a las pulsiones de muerte como a la compulsión de repetición que actúa en las pulsiones sexuales, a fin de fundamentar la idea del dominio final y general de las pulsiones de muerte. Retornando el reconocimiento inicial del principio de constancia como fundamento económico del principio de placer, ratifica la idea, enunciada por la psicoanalista inglesa Barbara Low (1877-1955), de un principio de nirvana. Le parece que éste expresa "la tendencia dominante de la vida psíquica, y quizá de la vida nerviosa en general; dice que apunta "a la reducción, a la constancia, a la supresión de la tensión de la excitación interior". Freud piensa encontrar en ese funcionamiento uno de los "motivos más poderosos para creer en la existencia de las pulsiones de muerte". Este recorrido, una vez más calificado de "especulación" por su autor, concluye con una evocación del Banquete de Platón, en el cual él cree poder discernir el enunciado de una primacía originaria de una pulsión destructora, cuyos efectos podrían ser atenuados, si no borrados, por la acción de las pulsiones sexuales. Este pasaje será comentado por Jacques Derrida en La Carte postale.
Cansado de esta búsqueda de argumentos, Freud dice entonces con total claridad lo que piensa, lo que siente y lo que le parece esencial. Seguro de no haber convencido a nadie, confiesa que tampoco lo está él, pero de inmediato le niega a lo afectivo cualquier valor en la discusión científica. Lo esencial sigue siendo la curiosidad... y los riesgos que ella hace correr. Renunciando deliberadamente a lo que puede haber de intuitivo, e incluso de prejuicioso, en su trabajo, Freud sigue decidido a no ceder, precisando con humor que la autocrítica no le exige una especial "tolerancia con las opiniones distintas de la propia".
En la medida en que el desarrollo de la biología amenazaba con destruir ese hermoso edificio especulativo, cabría preguntarse por qué razón Freud se dejó llevar a exponerlo al público. Sencillamente, responde, porque algunos de los vínculos y las relaciones descubiertas le han parecido "dignas de consideración".
Por su altura y su tono, el último capítulo anuncia la firmeza de la que Freud dará pruebas más adelante, sobre todo en El malestar en la cultura y en el Esquema del psicoanálisis, frente a los ataques de los que iba a ser objeto esa proposición teórica. Empeñado en defender su punto de vista, precisa en algunas líneas, como si se tratara de un argumento olvidado, que, a diferencia de las pulsiones de vida, ruidosas en sus búsquedas, y peligrosas en razón de las tensiones internas que provocan, las pulsiones de muerte son silenciosas, y como tales más difíciles de localizar. Esta última observación le inspira una profesión de fe epistemológica que condena sin apelación las creencias cientificistas, dándole a este libro el último toque de esa modernidad a la cual no dejará de rendir homenaje una gran parte del pensamiento del siglo XX.
Masculinidad - feminidad
Al.: Männlichkeit - Weiblichkeit.
Fr.: masculinité - féminité.
Ing.: masculinity - feminity.
It.: mascolinitá - femminilitá.
Por.: masculinidade - feminidade.
Oposición recogida por el psicoanálisis y de la que éste ha mostrado que, en realidad, es mucho más compleja de lo que generalmente se cree: el modo de situarse el sujeto humano en relación con su sexo biológico constituye el término aleatorio de un proceso conflictual.
Freud subrayó la diversidad de significaciones inherentes a los términos «masculino» y «femenino»: significación biológica, que remite al sujeto a los caracteres sexuales primarios y secundarios; en este campo los conceptos tienen un sentido muy preciso, pero el psicoanálisis ha puesto de manifiesto que estos datos biológicos no bastan para explicar el comportamiento psicosexual. Significación sociológica, variable según las funciones reales y simbólicas atribuidas al hombre y a la mujer en la civilización que se considere. Finalmente, significación psicosexual, necesariamente imbricada con las anteriores, especialmente con la significación social. Todo esto equivale a señalar que estas nociones son problemáticas y con cuánta prudencia deben ser consideradas; así, una mujer que ejerza una actividad profesional que requiera cualidades de autonomía, carácter, iniciativa, etc., no será necesariamente más masculina que otra. De un modo general puede decirse que lo decisivo, en la apreciación de una conducta con respecto al par masculinidad-feminidad, son las fantasías subyacentes, que sólo pueden descubrirse mediante la investigación psicoanalítica.
El concepto de bisexualidad, tanto si se intenta basarlo en un substrato biológico como si es interpretado en términos de identificaciones y de posiciones edípicas, implica en todo ser humano una síntesis, más o menos armónica y mejor o peor aceptada, de rasgos masculinos y femeninos.
Finalmente, desde el punto de vista del desarrollo del individuo, el psicoanálisis pone de manifiesto que la oposición masculino-femenino no existe desde un principio para el niño, sino que va precedida por fases en las que desempeñan una función preponderante las oposiciones activo-pasivo (véase: Actividad-Pasividad) y, a continuación, fálico-castrado, siendo esto válido para ambos sexos (véase: Fase fálica).
Así, por ejemplo, dentro de esta perspectiva, Freud sólo habla de feminidad cuando la niña ha logrado, por lo menos en parte, realizar la doble tarea de cambiar de zona erógena directriz (del clítoris a la vagina) y de cambiar de objeto de amor (de la madre al padre).
Masoquismo
Al.: Masochismus.
Fr.: masochisme.
Ing.: masochism.
It.: masochismo.
Por.: masoquismo.
Perversión sexual en la cual la satisfacción va ligada al sufrimiento o a la humillación experimentados por el sujeto.
Freud extiende la noción de masoquismo más allá de la perversión descrita por los sexólogos: por una parte, al reconocer elementos masoquistas en numerosos comportamientos sexuales, y rudimentos del mismo en la sexualidad infantil, y, por otra, al describir formas que de él derivan, especialmente el «masoquismo moral», en el cual el sujeto, debido a un sentimiento de culpabilidad Inconsciente, busca la posición de víctima, sin que en ello se halle directamente Implicado un placer sexual.
Krafft-Ebing fue el primero en describir, de forma muy completa, la perversión sexual a la que dio un nombre derivado del de Sacher Masoch. «Se mencionan allí todas las manifestaciones clínicas: dolor físico por pinchazo, golpes, flagelación; humillación moral por actitud de sumisión servil a la mujer, acompañada del castigo corporal considerado indispensable. El papel de los fantasmas masoquistas no le pasó desapercibido a Krafft-Ebing. Señala, además, este autor las relaciones entre el masoquismo y la perversión opuesta, el sadismo, y no vacila en considerar el conjunto del masoquismo como un aumento patológico de elementos psíquicos femeninos, como un refuerzo morboso de ciertos rasgos del alma de la mujer».
En lo referente a la íntima ligazón entre el masoquismo y el sadismo, y a la función que Freud atribuye a este par antitético en la vida psíquica, remitimos al lector al artículo sadomasoquismo. Aquí nos limitaremos a efectuar algunas observaciones acerca de las distinciones conceptuales propuestas por Freud y continuadas en psicoanálisis.
En El problema económico del masoquismo (Das ökonomische Problem des Masochismus, 1924), Freud distingue tres formas de masoquismo: erógeno, femenino y moral. Así como el concepto de «masoquismo moral» es fácil de delimitar (véase definición y los artículos siguientes: Necesidad de castigo; Sentimiento de culpabilidad; Superyó; Neurosis de fracaso; Reacción terapéutica negativa), las otras dos formas pueden prestarse a equívocos.
1.° Se tiene la tendencia a designar con el término «masoquismo erógeno» la perversión sexual masoquista. Si bien puede parecer legítima esta denominación (por cuanto el perverso masoquista busca la excitación erótica en el dolor), no corresponde a lo que Freud parecía querer designar con ella: para él no se trata de una forma clínicamente delimitable del masoquismo, sino de una condición que se halla en la base de la perversión masoquista y que se encuentra también en el masoquismo moral: la ligazón del placer sexual al dolor.
2.° El término «masoquismo femenino» hace pensar ante todo en el «masoquismo de la mujer». Es cierto que Freud designó con dicho término la «expresión de la esencia femenina», pero, dentro de la teoría de la bisexualidad, el masoquismo femenino representa una posibilidad inmanente en todo ser humano. Es más, con esta denominación describe Freud, en el hombre, lo que constituye la esencia misma de la perversión masoquista: «Si se tiene ocasión de estudiar casos en los que los fantasmas masoquistas se hayan elaborado de forma especialmente rica, fácilmente se descubre que colocan al sujeto en una situación característica de la feminidad [...] ».
Otros dos conceptos clásicos son los de masoquismo primario y masoquismo secundario.
Freud entiende por masoquismo primario un estado en el que la pulsión de muerte todavía se dirige sobre el propio sujeto, aunque ligada por la libido y unida a ésta. Este masoquismo se denomina «primario» porque no sigue a una fase en que la agresividad se dirigiría hacia un objeto exterior, y también para diferenciarlo de un masoquismo secundario, consistente en una vuelta del sadismo hacia la propia persona, que se añade al masoquismo primario.
La idea de un masoquismo irreductible a una vuelta del sadismo hacia la propia persona sólo fue admitida por Freud una vez establecida la hipótesis de la pulsión de muerte.
Masoquismo
s. m. (fr. masochisme; ingl. masochism-, al- Masochismus). Búsqueda del dolor físico o, más generalmente, del sufrimiento y de la decadencia, que puede ser conciente pero también inconciente, especialmente en el caso del masoquismo moral.
El término masoquismo proviene del nombre de Leopold von Sacher-Masoch, escritor austríaco (1836-1895) que describió en sus novelas una actitud de sumisión masculina a la mujer amada, con búsqueda del sufrimiento y la humillación.
Para el psicoanálisis, el masoquismo constituye una de las formas en las que puede comprometerse la libido, de una manera mucho más frecuente de lo que dejaría pensarlo el número bastante reducido de masoquistas en el sentido trivial de este término, es decir, de adultos que no pueden encontrar una satisfacción sexual a menos que se les inflija un dolor determinado.
La toma en consideración de la sexualidad infantil muestra que la pulsión sexual puede adquirir corrientemente en la infancia una dimensión sádica o masoquista. El masoquismo aparece allí más precisamente como una inversión del sadismo (actividad trasformada en pasividad) y una vuelta contra la propia persona. Por otra parte, Freud destaca que originalmente el sadismo busca más bien la humillación o la dominación del otro. Es con la inversión masoquista como la sensación de dolor puede ligarse con la excitación sexual. Sólo entonces puede aparecer el objetivo sádico de infligirle dolores al otro, lo que quiere decir que en ese momento «se goza de manera masoquista en la identificación con el objeto sufriente».
El masoquismo infantil cede generalmente a la represión. A partir de allí subsiste en el inconciente bajo la forma de fantasmas. Estos fantasmas pueden retornar a la conciencia, generalmente a través de una formulación trasformada. Este es el caso especialmente del fantasma «pegan a un niño», célebre porque Freud le ha dedicado uno de los artículos más importantes concernientes a la teoría psicoanalítica del fantasma.
Esta representación fantasmática -indica- es confesada con una frecuencia sorprendente en los sujetos histéricos u obsesivos que han demandado un análisis. Se ligan a ella sentimientos de placer y, con frecuencia, una satisfacción onanista eventualmente rechazada y que vuelve entonces de modo compulsivo. Freud desmonta, a partir de cuatro casos, todos femeninos, los diferentes tiempos de este fantasma. Un primer tiempo en el que el fantasma se presenta bajo la forma «el padre le pega al niño odiado por mí», forma que da testimonio de una rivalidad infantil primitiva. El segundo, reconstruido por el análisis, en el que es el sujeto mismo el azotado: «Soy azotado(a) por el padre». En esta etapa, masoquista, el hecho de ser azotado satisface la culpa edípica y permite al mismo tiempo la obtención de un placer en una modalidad regresiva. Sólo en una tercera etapa tanto el fustigador como el niño azotado pierden toda identidad definida, lo que le permite al fantasma mantenerse conciente bajo esta nueva forma, tolerada esta vez por la censura.
Si este artículo limita el lugar del masoquismo, del que hace uno de los tiempos del fantasma, tiempo que no es más que la inversión de un fantasma sádico, un artículo posterior, El problema económico del masoquismo, que data de 1924, es decir, es posterior a la hipótesis de la pulsión de muerte, le da un alcance mucho mayor, distinguiendo un masoquismo erógeno, un masoquismo femenino y un masoquismo moral.
En lo concerniente al masoquismo erógeno, Freud retorna las tesis anteriores según las cuales hay masoquismo erógeno desde el momento en que el placer está ligado al dolor. También continúa distinguiendo el fantasma masoquista de su realización perversa. La idea de un masoquismo femenino, por otra parte, ha sido históricamente controvertida. Si psicoanalistas como H. Deutsch la retoman y hacen de ella una condición indispensable para asumir «la función de la reproducción», muchos otros autores, entre ellos psicoanalistas, la han rechazado. Por otra parte, es interesante notar que Freud describe sobre todo este masoquismo «femenino» en hombres cuyo fantasma masoquista sería ser castrado, sufrir el coito o parir.
El masoquismo moral es el de esos sujetos que no esperan su sufrimiento de un compañero sino que se las arreglan para obtenerlo de diversas circunstancias de la vida, dando cuenta así de una especie de «sentimiento inconciente de culpa» o, si esta expresión parece demasiado paradójica, de una «necesidad inconciente de castigo». Esta forma de masoquismo se puede presentar totalmente desexualizada y manifestar así una necesidad de autodestrucción, referible en sí a la pulsión de muerte. Pero Freud indica que la necesidad de castigo, cuando se revela como deseo de ser azotado por el padre, puede remitir al deseo de tener relaciones pasivas con él. De este modo, aun esta forma de masoquismo manifiesta la intricación de las pulsiones.
Lacan se interesó en la cuestión del masoquismo. Especialmente intentó demostrar que, al hacerse objeto, al hacerse desecho, el masoquista busca provocar la angustia del Otro, un Otro que hay que situar más allá del compañero del perverso, un Otro que, en el límite, se confundiría aquí con Dios. De hecho, lo que sobre todo se puede ver es que hay una inclinación en todo sujeto hacia el masoquismo en la precisa medida en que el Otro, en el que cada uno busca el sentido de la existencia, el Otro al que le planteamos la cuestión de nuestro ser, no responde. A partir de ahí, curiosamente, es que el sujeto supone lo peor y nunca está tan seguro de existir ante los ojos del Otro como cuando sufre.
Masoquismo
Alemán: Masochismus.
Francés: Masochisme.
Inglés: Masochism.
Término creado por Richard von Krafft-Ebing en 1886, a partir del apellido del escritor austríaco Leopold von Sacher-Masoch (1835-1895), para designar una perversión sexual (con golpes, flagelación, humillación física y moral) en la cual la satisfacción proviene del sufrimiento vivido y expresado por el sujeto en estado de humillación.
Este término pertenece esencialmente al vocabulario de la sexología, pero fue retomado por Sigmund Freud y sus herederos en el marco más general de una teoría de la perversión ampliada a actos distintos de las perversiones sexuales. En este sentido, fue acoplado al término sadismo en un nuevo vocablo, "sadomasoquismo", que más tarde se impuso en la terminología psicoanalítica.
Masoquismo y sadismo
Cuando Krafft-Ebing propuso en 1886 el término «masoquismo» para caracterizar una conducta sistemática de búsqueda del placer en la condición de víctima sufriente, no pretendía ver en el propio Sacher-Masoch la figura ejemplar de esta perversión (como tampoco en Sade la figura ejemplar del sadismo), sino solamente la de alguien que en sus obras propugnó ese ideal y condensó, en sus contratos sucesivos con las mujeres (en particular con la llamada Wanda), la esclavitud en la que se les entregaba. El autor de La venus de las pieles, en efectol escribió de modo muy explícito: «Encuentro un atractivo extraño en el dolor, y nada puede atizar más mi pasión que la tiranía, la crueldad y sobre todo la infidelidad de una mujer hermosa». Freud, seguido por toda la literatura psicoanalítica, adoptará pronto el neologismo de Psychopathia sexualis para calificar este extraño deseo de sufrir, del que sin embargo uno de los principales avatares le parece más bien específico de la posición femenina. Pero, sobre todo, encuentra muy paradójico el hecho de que esa conducta parezca hacer fracasar la tendencia profunda de la vida pulsional a procurarse satisfacción: «En efecto -escribe en 1924-, si el principio de placer domina los procesos psíquicos de manera tal que la meta inmediata de éstos consiste en evitar el displacer y obtener el placer, el masoquismo resulta ininteligible. Si el dolor y el displacer pueden ser metas en si mismos, y ya no advertencias, el principio de placer está paralizado, el guardián de nuestra vida psíquica está como bajo el efecto de un narcótico» («El problema económico del masoquismo»).
El masoquismo de la primera tópica
Podemos preguntarnos en qué medida la conducta masoquista es perversión, qué tipo de goce procura, qué partes tienen en ella el fantasma y la realidad, si la relación que establece entre la víctima y su verdugo es verdaderamente de naturaleza sexual, etc. Siempre, por el hecho de que consiste en buscar de otro el dolor y la humillación, o en infligírselos uno mismo, el masoquismo aparece como perfectamente simétrico al sadismo, sea que se trate del sadismo del partenaire o del que uno encuentra en sí mismo y del que uno se sirve contra sí mismo. Queda por saber si, en el par que forman esas dos conductas recíprocamente necesarias, par que designamos con el nombre de sadomasoquismo, todo se basa en el masoquismo, siendo que el sadismo (del partenaire o del propio sujeto) sólo parece sostenerse en una identificación con esa parte de la naturaleza humana a la que tanto le gusta sufrir.
En el texto de 1915 donde presenta la pulsión como uno de los «conceptos fundamentales convencionales» del saber analítico y define la «meta» de la pulsión como siendo en toda circunstancia la satisfacción, Freud formula una primera teoría que su nueva tópica lo llevará a modificar cinco años más tarde: al principio niega la existencia de un «masoquismo originario que no derive del sadismo». Este último es entonces considerado como primero en la pareja de opuestos que forma con aquél. Es una agresividad que se ejerce «contra otra persona tomada como objeto». Después, «ese objeto es reemplazado por la propia persona». Y, «al mismo tiempo que la inversión sobre la propia persona, se cumple una transformación de la meta pulsional activa en meta pasiva». Finalmente, en un tercer momento, «de nuevo se busca como objeto una persona extraña que, en razón de la transformación de meta que se ha producido, debe asumir el rol del sujeto». Ésta es la situación común del masoquismo: la satisfacción pasa «por la vía del sadismo originario, en cuanto el yo pasivo retorna, de modo fantasmático, su lugar anterior, que es ahora cedido al sujeto extraño» («Pulsiones y destinos de pulsión»).
Según la primera tópica freudiana, el comportamiento sádico- masoquista se basa entonces en un sadismo originario activo que se dirige normalmente a un objeto exterior, pero que puede sufrir, por una parte, una inversión de la actividad del sujeto en pasividad y, por la otra, una transformación de la agresividad contra el objeto en agresividad contra el propio sujeto. De modo que el masoquismo no sería constitutivamente más que una sadización de sí. Esta concepción de Freud (que volverá a encontrar un lugar en la segunda tópica, bajo la forma de un «masoquismo secundario») tiene por corolario una interpretación particular del comportamiento de la pulsión sádica en la neurosis obsesiva: «Se encuentra en ella una vuelta sobre la propia persona sin que haya pasividad ante otra persona [ ... ] la necesidad de atormentar se convierte en tormento infligido a uno mismo, autopunición y no masoquismo. De la voz activa, el verbo no pasa a la voz pasiva, sino a la voz media reflexiva».
Masoquismo y sadismo en la nueva teoría de las pulsiones
En el texto titulado «Pegan a un niño» (1919), donde sin embargo se anuncian esas profundas modificaciones de la teoría de las pulsiones, Freud declara todavía que «parece necesario confirmar que el masoquismo no es una manifestación pulsional primaria sino que proviene de una vuelta del sadismo contra la propia persona». La segunda tópica, introducida explícitamente con Más allá del principio de placer (1920), no dedica mucho espacio a la cuestión del masoquismo, pero ésta sin embargo aparece, con la corrección que se le introduce, como si constituyera la piedra de toque de la nueva teoría de las pulsiones: «El masoquismo -declara ahora Freud- puede ser primario, posibilidad que otrora creí tener que refutar». En efecto, el dualismo pulsional se ha transformado radicalmente: el conflicto entre pulsiones sexuales y pulsiones del yo (o de autoconservación) ha sido reemplazado por otro en el que se oponen la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Se sigue de ello que la relación entre sadismo y masoquismo ya no tiene su fuente en el primero sino en el segundo: la pulsión de muerte se ejerce de manera inmediata en dirección al sujeto, y después, al encontrar la libido en el momento de la organización sexual de este sujeto, ella determina dos tipos de actitudes agresivas-activas, una vuelta hacia el objeto exterior (en el sadismo originario), y la otra vuelta hacia el sujeto (en el masoquismo erógeno o primario); sólo entonces el sadismo primario puede volverse contra el sujeto (en el masoquismo secundario). Las principales consecuencias sobre esta cuestión de la nueva teoría de las pulsiones se desarrollan con claridad en la breve comunicación titulada «El problema económico del masoquismo» (1924). Los modos denominados masoquismo erógeno, masoquismo femenino y masoquismo moral se encuentran erigidos sobre el masoquismo primario, concebido como resultante de la intrincación de las pulsiones eróticas con una parte de las pulsiones agresivas y destructivas dirigidas hacia el yo. El primero, el masoquismo erógeno, que consiste en «placer en el dolor» y representa un «modo de excitación sexual», sigue el desarrollo de la libido y reviste formas específicas en los diferentes estadios de esta última: la organización oral es la fuente de una «angustia de ser devorado por el animal totémico», el padre; la fase sádica-anal engendra el deseo de ser golpeado por el padre; el estadio fálico introduce el fantasma de la castración, y el estadio genital, «las situaciones características de la feminidad, sufrir el coito y dar a luz». De este modo se reúnen las condiciones necesarias para la aparición de otros dos modos del masoquismo: el femenino y el moral.
El masoquismo «femenino», que no hay que entender como una conducta específica de la mujer, define en realidad la posición femenina tal como se manifiesta en el fantasma de los hombres masoquistas perversos. Acerca de la exacta pertinencia explicativa de esta actitud (de la cual Sacher-Masoch da un testimonio excelente), Freud ya se había explayado con claridad en «Pegan a un niño»: «Parece, en efecto -escribe-, que tanto en sus fantasmas masoquistas como en las puestas en escena que permiten su realización, ellos [los hombres masoquistas] adoptan regularmente roles de mujeres; en otras palabras, su masoquismo coincide con una posición femenina [...] las personas que infligen los malos tratos son siempre mujeres, tanto en los fantasmas como en las puestas en escena».
El tercer modo en que aparece el masoquismo, y que Freud, desde cierto punto de vista, considera el más importante, desempeña un papel esencial en el sentimiento, generalmente inconsciente, de culpabilidad. Este masoquismo, denominado moral, se caracteriza sobre todo por una relación aparentemente cortada con la sexualidad, y por una indiferencia a la causa del sufrimiento: sólo importa su intensidad, provenga de una persona amada (como en los otros casos) o de un poder impersonal. El masoquismo moral, cuyo proceso Freud estudió particularmente en la reacción terapéutica negativa, puede analizarse como una agresividad feroz del superyó contra el yo; yo y superyó forman entonces una verdadera pareja sadomasoquista, en la cual, por la mediación del sentimiento inconsciente de culpa, la moral, observa
Freud, se encuentra «resexualizada», siendo que no había podido surgir como conciencia moral más que una vez superado, es decir desexualizado, el complejo de Edipo. Así, bajo la acción de una potencialidad autoerótica que consiste en saborear la tortura interior, el sujeto se encuentra devuelto al período anterior al Edipo, en una posición pregenital, en la cual la pulsión de muerte trabaja con el superyó que agrede al yo, y a la vez junto a este último, que se alimenta de su propia destrucción, mientras que también Eros encuentra lo suyo en la satisfacción libidinal procurada al yo. Por otra parte, es paradójico que, en razón de la conciencia de culpa tan típica de la neurosis obsesiva, el masoquista moral adquiera, en tanto que víctima, una fuerza narcisista tal que llega a imaginarse perfecto e irreprochable: «Los sistemas que forman los obsesivos -escribe Freud- halagan su amor propio proporcionándoles la ilusión de ser mejores hombres que otros, puesto que son particularmente puros y concienzudos». De este modo, en virtud de tal tortura en última instancia narcisizante, el masoquismo vuelve a ser un aliado de ese «guardián de la vida» que es el principio de placer, al que en un primer abordaje sólo cabía oponerlo.
Agresividad y pulsión de muerte
La segunda tópica se caracteriza también por la novedad de la noción de pulsión de muerte (esencial para la concepción del sadismo) con relación a la de agresividad. En efecto, a menudo se tiende a asimilarlas, como lo hace precisamente Melanie Klein, y a pensar que antes de 1920 Freud no tenía una teoría de la agresividad. En realidad, ya en la época en que rechazó la autonomía de la «pulsión de agresión» de Adler, le había hecho lugar a las tendencias agresivas, fueran ellas «hostiles» o incluso «sádicas», sobre todo en sus análisis de Juanito y del Hombre de las ratas. La pulsión de agresión propia de la teorización de 1920 se define (en contra de la concepción nietzscheana de agresividad como voluntad de poder, es decir, de autoconservación ilimitada) por la especificidad de su meta, concebida de manera radical como destrucción. Así, lejos de tener una función de vida, pertenece a la esfera de las pulsiones de muerte. Esta importante modificación permite comprender, por una parte, el sadismo que asocia la excitación sexual con la violencia ejercida sobre el prójimo, y por la otra, la economía de la génesis del superyó, esta instancia que vuelve contra el yo una agresividad impedida de desplegarse contra el mundo exterior. En este sentido, la noción de agresividad y de sadismo inscrita en la segunda tópica es, como lo observa Lacan, totalmente distinta de «la agresión que uno imagina en la raíz de la lucha vital». Responde, añade Lacan, en conformidad con las del «masoquismo primordial» y del instinto de muerte, a la imagen de un yo fragmentado, «al desgarramiento del sujeto contra sí mismo, desgarramiento cuyo momento primordial él ha conocido al ver la imagen del otro, aprehendida en la totalidad de su Gestalt, anticipada sobre el sentimiento de su discordancia motriz, que ella estructura retroactivamente en imágenes de fragmentación» (Escritos).
La vuelta del sadismo contra el yo en el masoquismo secundario nos conduce entonces sin cesar desde el juego intersubjetivo del sadomasoquismo hasta sus avatares intrasubjetivos. Pero la relación entre los dos perversos que son el sádico y el masoquista posee, también ella, su propia complejidad fenomenológica. El segundo, como lo piensa Deleuze a propósito de Sacher-Masoch, ino ejerce sobre su partenaire una verdadera coerción para llevarla a una práctica perversa que ella no ha escogido por sí misma? El primero, que por lo común conoce tan bien la falla donde está la vulnerabilidad del otro, ¿podría entregarse a las sevicias que lo excitan sin identificarse de alguna manera con su víctima? En realidad, incluso si sus roles respectivos no son fundamentalmente intercambiables, el sádico y el masoquista persiguen por igual al partenaire con la presión de una demanda, exorbitante en su perversidad, que los pone a ambos, en virtud de sutiles e incesantes inversiones, en la posición conflictual de un perpetuo perseguidor-perseguido.
|