Metáfora
La metáfora y la metonimia son definidas clásicamente como «figuras de retórica» que modifican el sentido de las palabras: ellas «animan», «adornan el discurso», como si por otra parte existiera la palabra justa. Las cuestiones que suscitan en los textos más antiguos (por ejemplo en Aristóteles) recubren las concernientes al origen: la cuestión de la lengua, la del ser hablante en la lengua y la del uso poético en relación con el mito.
Los tratados de poética, incluso los más antiguos, siempre hacen referencia a la metáfora: Aristóteles, para quien el objeto de la poética es «imitar por medios diferentes», «imitar cosas diferentes», o incluso «imitar de una manera diferente» (Poética), define la metáfora como el «transporte a una cosa de un nombre que designa otra, transporte del género a la especie o de la especie al género, o de la especie a la especie, siguiendo una relación de analogía». «La metáfora -escribe- es lo único que uno no puede tomarle a otro, y es un indicio de dones naturales, pues hacer bien las metáforas es percibir bien las semejanzas.» Aristóteles subraya ya entonces un rasgo esencial, la singularidad del sujeto. Para Max Müller y sus contemporáneos, cuya obra es algo anterior a la de Freud, la estratificación de la palabra está constituida por tres fases: la temática -formación de una gramática primitiva (las ideas más necesarias para todas las lenguas del mundo)-; la dialectal -que define el sistema gramatical en su forma definitiva-, y la mitopoética -que abarca los primeros rudimentos de poesía y religión. Esta última fase comprende la idea de la temporalidad; hay una alteración del sentido primitivo de las palabras y se produce su oscurecimiento «por las potencias míticas». Los dioses «crecen y la lengua comienza a hablar más de Io que dice» (Leçons et nouvelles leçons sur la science du langage, 1861-1864).
Las nociones de condensación y desplazamiento, retomadas por Lacan desde el ángulo de la metáfora y la metonimia, no son homogéneas en los trabajos de Freud. En las Conferencias de introducción al psicoanálisis, los elementos de lo manifiesto están sobredeterminados por series de asociaciones de pensamientos latentes, cuyas ideas, sin embargo, no están necesariamente ligadas entre sí. En La interpretación de los sueños, en cambio, la condensación unifica elementos latentes que tienen rasgos comunes; los representará un solo elemento manifiesto. En El chiste y su relación con lo inconsciente, Freud describe la condensación como una formación compuesta en la que el sentido surge del sin-sentido: el célebre ejemplo de «famillionario», que se descompone en «familiar» y «millonario». Lacan retomará esta fórmula para elevar la noción de metáfora al nivel de un concepto fundamental para designar la relación del sujeto castrado y sexuado con el lenguaje: «la metáfora se ubica en el punto preciso donde se produce el sentido en el sin-sentido» (Escritos); «la chispa poética se produce entre el significante del nombre propio de un hombre y el que realiza metafóricamente su abolición». Lo que es abolido no vuelve a surgir nunca, se manifiesta por lo que ocupa su lugar. En otras palabras, el nombre propio en tanto que tal apela al lenguaje.
Lacan introducirá las primeras referencias a las operaciones metafórico-metonímicas en Las psicosis, a propósito del delirio del presidente Schreber: el delirio -dice- se produce de tal manera que poco a poco hay «preminencia del juego significante, cada vez más vaciado de significación». La carencia del significante paterno engendrará una metáfora que no se estructura con la metonimia. Así, el Otro es vaciado de su función simbólica y ya no funciona del mismo modo que en la neurosis.
Lacan tiene argumentos para promulgar la metáfora paterna como prototipo de la metáfora. Se concibe entonces que la metáfora paterna replantee la cuestión del origen. El lenguaje se fundará en esta inscripción iniciadora: es una producción en la cual el sujeto no será exactamente el agente, sino el efecto; el sujeto ya no podrá comunicar con el lenguaje sino en el lenguaje.
En este punto la metonimia desempeñará también su papel preponderante, en el sentido de que el objeto del deseo sólo podrá ser el objeto causa del deseo, y en ningún caso un objeto absoluto cualquiera. Si existiera el objeto absoluto, la metáfora se encargaría de actualizarlo. El eje metonímico es el del deseo propiamente dicho, en el que el sentido se sitúa con respecto a la letra. El sentido se encuentra inscrito en esa metáfora fundadora, inscripción de la cual el sujeto emergerá como sujeto hablante. En síntesis, hay que entender por esto, si se quisiera plantear arbitrariamente una noción de temporalidad, que la metáfora paterna, su estructura y su sentido preceden a la estructura y al sentido de toda metáfora realizada lingüísticamente. Ella da al sujeto su acceso a lo simbólico, al romper su sujeción a la madre y conferirle al mismo tiempo el estatuto de sujeto deseante. Por esto, precisará Lacan, a semejanza de las definiciones clásicas de la metáfora, no hay tampoco comparación, sino identificación (Las psicosis); ningún sujeto escapa a la metáfora paterna; no hay reductibilidad al sentido. De modo que, para Lacan, la noción de metáfora está ante todo sostenida por una coherencia posicional, pues «el lenguaje es ya metalenguaje en su registro propio». Es «la expresión misma» de la posición del sujeto hablante con respecto al inconsciente. Lacan irá mucho más lejos, e instituirá en esta lógica una metáfora del sujeto: sólo hay lenguaje, no hay significante para decir el ser. «Es por la ley por lo que la enunciación no se reducirá jamás al enunciado de ningún discurso» (Escritos).
Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, a continuación de los trabajos de los lingüistas Saussure, Benveniste y especialmente Jakobson, Lacan mostrará que las formaciones del inconsciente se manifiestan según una estructura formal. El discurso está orientado según dos ejes espacio-temporales: el eje paradigmático, eje de la selección, eje del léxico, del tesoro de la lengua, de la sustitución y de la sincronía, eje de la metáfora, y el eje sintagmático, eje de la combinación, de la contigüidad y de la diacronía, eje de la metonimia. Las operaciones metafórico-metonímicas darán cuenta de la extensión de la metáfora paterna a la alienación del sujeto en el campo del Otro: la falta abierta por la carencia del Otro (¿qué me quiere?) va a recubrir la falta del sujeto, instituyendo la dialéctica del deseo. Así, si el Otro es el lugar donde ello habla, allí se encontrará anudada la dimensión fundamental de la verdad. Esto llevará a decir a Lacan que «el síntoma es metáfora y el deseo metonimia» (Escritos): el sujeto es el efecto de una sustitución significante cuyo movimiento inaugura la metáfora y cuya consecuencia lógica es la metonimia.
Lacan definirá entonces la metáfora como sigue: «Es la implantación en una cadena significante de un otro significante, por lo cual aquel que él suplanta cae al rango de significado y como significante latente perpetúa allí el intervalo donde puede introducirse otra cadena significante» (Escritos). Se caracteriza literalmente por una sustitución significante, y destaca la idea fundamental de la supremacía del significante. Esto es coherente con las reflexiones freudianas sobre la condensación, salvo que en la condensación las ideas de los elementos latentes no están siempre y necesariamente ligadas entre sí. Pero se comprende que Lacan haya extendido la noción de metáfora, no sólo al funcionamiento de los procesos inconscientes, sino también a la articulación del sujeto hablante y sexuado con el campo inconsciente. Para ilustrar sus palabras, Lacan retomará, en Las psicosis, el análisis de un verso de un poema de Hugo en La Légende des siècles: «Su gavilla no era avara ni rencorosa». La metáfora reside en «su gavilla», que reemplaza al significante «Booz», el cual ha caído al rango de significado.
Como significante latente, el nombre propio Booz «perpetúa el intervalo» introducido en la cadena significante por el juego de la sustitución. En este intervalo, Booz puede ser religado a otra cadena significante, «aquí tanto más eficaz para realizar la significación de la paternidad cuanto que ella reproduce el acontecimiento mítico con el que Freud reconstruyó el encaminamiento del misterio paterno en el inconsciente de todo hombre» (Escritos). Este ejemplo señala que toda significación se engendra en el significante: ésa es la «paternidad» de la significación. Si una palabra funciona para otra, lo hace porque el sujeto mismo está implicado en la metáfora, y en ningún caso podrá hacer de su nombre propio un decir. La metáfora condensa en sí la función misma del sujeto en su lucha con las palabras: a él le corresponde inventarles sus letras.
Así se presenta entonces la trama del pensamiento inconsciente cuyo sujeto es sujeto del deseo en tanto que castrado. La metáfora no es simplemente un tropo «que desvía una palabra o una expresión de su sentido propio», sino que, con respecto a la metáfora paterna que articula el inconsciente según cuatro términos, ella aparece como una figura esencial según la cual es el inconsciente el que se da como pensamiento.
Metáfora
s. f. (fr. métaphore; ingl. metaphor; al. Metapher). Sustitución de un significante por otro, o trasferencia de denominación.
«Una palabra por otra, esa es la fórmula de la metáfora», escribe J. Lacan, dando como ejemplo un verso de Victor Hugo de Booz dormido: «Su gavilla no era avara ni odiosa» [«Sa gerbe n'était pas avare ni haineuse», de La légende des siècles, citado en «La instancia de la letra», Escritos; también en Seminario III, «Las psicosis»]. Pero no se trata simplemente del remplazo de una palabra por otra: «Una ha sustituido a la otra tomando su lugar en la cadena significante, mientras que el significante oculto permanece presente por su conexión (metonírnica) con el resto de la cadena». Si, en una cadena significante, «gavilla» remplaza a Booz, en otra cadena se alude a la economía agraria de este.
Hay por lo tanto en la metáfora un elemento «dinámico de esa especie de operación brujeril cuyo instrumento es el significante y cuyo objetivo es una reconstitución tras una crisis del significado» y, agrega Lacan a propósito de Hans: «a partir del significante caballo (...) que va a servir de soporte a toda una serie de trasferencias», a todos los reacomodamientos del significado.
La sustitución significante «es en primer lugar lo que el niño encuentra» (igual etimología que «tropo» (en francés: «trouve» = encuentra, proviene de tropare: inventar, componer -presente en «trovador»-, y tiene un puente en común con «tropo» en «tropus»: giro, manera]. Por ejemplo el juego del «fort-da» descrito por Freud en Más allá del principio de placer (1920): su nieto simboliza (metaforiza) a su madre por medio de un carretel que hace desaparecer a lo lejos (al. Fort) y reaparecer acá (al. Da: acá, ahí) cuando lo desea (metaforización de la alternancia ausencia-presencia).
El niño somete luego el lenguaje a sus propias metáforas, desconectando «la cosa de su grito» y elevándola a la función de significante: el perro hace miau, dice, usando el poder del lenguaje para conmover al otro. Ataca al significante: ¿qué es correr? ¿por qué es alta la montaña? Freud da además el ejemplo de la metáfora radical, las injurias del niño a su padre en el Hombre de las Ratas (1909): «Tú lámpara, tú pañuelo, tú plato». Lacan da la fórmula matemática y linguística de la estructura metafórica:
f (S') S = S (+) s [cf. «La instancia de la letra»].
s
En una función proposicional, un significante sustituye a otro, S a S', creando una nueva significación; la barra resistente a la significación ha sido franqueada (+), un significante «ha caído en los abajos» [«les dessous»: también «secreto» y «ropa interior femeninw>]; un nuevo significado aparece: (s). El signo de congruencia indica la equivalencia entre las dos partes de la fórmula.
Metáfora paterna. En la relación intersubjetiva entre la madre y el niño, un imaginario se constituye; el niño repara en que la madre desea otra cosa (el falo) más allá del objeto parcial (él) que representa; repara en su ausencia-presencia y repara finalmente en quien constituye la ley; pero es en la palabra de la madre donde se hace la atribución del responsable de la procreación, palabra que sólo puede ser el efecto de un puro significante, el nombre-del-padre, de un nombre que está en el lugar del significante fálico.
Metáfora paterna
La metáfora paterna es una escritura por la cual Lacan, en sus primeros años de enseñanza, propuso una concepción de la función del padre en el complejo de Edipo adecuada para evitar algunas dificultades que el propio Freud y sus seguidores habían encontrado: para dar cuenta de la función del complejo de Edipo y su finalización, descrita por Freud como complejo de castración, conviene en efecto explicar de qué modo el padre se convierte en portador de la ley. Ningún padre, real o imaginario, basta para la función; no puede cumplirla plenamente porque se trata de la ley simbólica, es decir, de la ley del significante, y de padre simbólico sólo hay huellas en el texto del discurso.
En 1838, en Les Complexes familiaux dans la formation de l'individu, Lacan había señalado que la cuestión no es sólo regulada por el asesinato del padre de la horda primitiva, perpetrado por sus hijos: este mito freudiano, expuesto en Tótem y tabú, era a la vez una petición de principio y un salto en lo real.
Lacan propone dar cuenta de la función paterna, en tanto que instauradora de la ley simbólica, por una escritura significante basada en la escritura de la metáfora; se volverá sobre este término, «escritura», puesto que justamente con respecto a la metáfora paterna Lacan se ve llevado a producir sus primeras escrituras (sus «letritas»), que parten de concebir al significante como tal, y resulta interesante ver por qué encaminamiento llega a la fórmula definitiva que figura en el escrito «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis».
Se verá al mismo tiempo de qué modo la metáfora paterna está ligada al emplazamiento del significante fálico como significante central de toda la economía subjetiva.
Lacan ha instalado ya la dualidad significante/significado en sus primeros seminarios, y ha expuesto en el Seminario III un primer enfoque de las funciones de la metáfora y la metonimia, sirviéndose del aporte pertinente de Jakobson.
El Seminario IV (1956-1957), decisivo para esta elaboración, se introduce en la estructura de la neurosis. El título del seminario, La relación de objeto, no debe llevar a que nos hagamos ilusiones, puesto que, desde la primera sesión de ese año de enseñanza, Lacan denunció vigorosamente la concepción entonces vigente de «relación de objeto», que apunta a deducir todo el desarrollo del sujeto de su relación con la madre, descrita en términos duales y también en los términos de una relación real. Ahora bien, observa Lacan, esta expresión, «relación de objeto», no es en absoluto freudiana. En cuanto se quiere analizar uno u otro momento de esta relación, aparece un tercer término imaginario que es el falo (imagen del órgano erecto, reconocida por Freud como central en la economía libidinal): si el niño es real y la madre simbólica, es preciso adjuntar a esa díada el falo, en tanto que el niño sólo vale para la madre como respondiendo para ella en mayor o menor grado al Penisneid, la envidia del pene.
SR
MadreNiño
Falo
A la inversa, para el niño la madre sólo vale en tanto que satisface sus necesidades en el momento oportuno; pero, justamente, no las satisface siempre. Así aparecen discordancias, momentos de carencia, que hacen que para el niño la madre aparezca poco a poco como la que da o no da en el momento oportuno: ella se dibuja como «pura potencia de don», capaz quizá de darlo todo, pero según su voluntad, a la cual el niño está sometido. El niño simbolizará entonces a su madre como potencia, hará de ella una madre simbólica (ya entonces Lacan ha desarrollado la dialéctica del fort-da y mostrado que sólo un símbolo puede hacer lugar a la presencia sobre un fondo de ausencia, y recíprocamente).
Cuando la madre no da, frustra al niño del objeto imaginario. Lacan retorna la teorización de la frustración, comparándola con la privación (falta de un objeto real) y con la castración (deuda simbólica). Muestra los límites de la función de la frustración en la teoría del complejo de Edipo, observando que, en Freud (desde el «Proyecto de psicología»), el objeto de la tendencia ha sido perdido originalmente, y no podría volver a encontrarse «el mismo»: desde las primeras vocalizaciones, la demanda se expresa por la palabra, y al pasar por los desfiladeros del significante, el objeto original de la necesidad «pierde su particularidad de ser el objeto de esta vez»; en tal sentido es una «nada de objeto», y si es obtenido, el niño sólo puede con ello «aplastar su insatisfacción fundamental». En virtud de la demanda y del deseo, el objeto no podría colmar el deseo que está más acá o más allá de la demanda, y uno se ve llevado a verificar que «lo que es deseado es precisamente lo imposible».
La pérdida del objeto lleva a introducir algo que constituye el aporte propio de Lacan en este punto: a la dialéctica de la frustración hay que añadir la de la privación, basada en el acta de un agujero en lo real: más allá de la frustración, el niño se sentirá privado de algo, así como la madre está privada del falo.
Para acceder a un agujero en lo real (un objeto falta en su lugar), «hay que suponer un real ya simbolizado». Lacan señala que, en efecto, éste es siempre el caso: «el niño no tiene que recrear todo el mundo simbólico, nace en un mundo de lenguaje», mundo simbólico que lo rodea desde antes de su nacimiento.
Pero ¿cómo, concretamente, es llevado el niño a habitar ese mundo simbólico? ¿Cómo, en otras palabras, puede «acceder a la estructura R.S.I. de la madre»?
Allí adquiere el falo la plenitud de su rol, en cuanto el niño puede ser conducido a captar que la madre desea algo que está más allá de él, y que ella sólo tiene acceso al término fálico a través del padre: la estructura R.S.I. de partida constituye «un esbozo de simbolicidad» y prepara la función del padre en tanto que es él quien tiene la potencia y el uso legítimo del falo, quien está en condiciones de prohibirle la madre al niño como objeto de sus primeras aspiraciones sexuales (se verá más adelante qué restricciones aporta Lacan a esta formulación freudiana), pero también puede darle al niño, al término del complejo de Edipo, un futuro uso legítimo del falo: a través del complejo de castración, el niño, en efecto, tiene que «renunciar al falo para tenerlo de un otro que se lo da», al mismo tiempo que le procura el acceso al mundo simbólico. Este tercer término que es en el inicio el falo imaginario entre la madre y el niño, constituye por lo tanto el esbozo del acceso a toda la dialéctica simbólica sobre el fondo de una experiencia de pérdida.
De hecho, detrás de la madre simbólica está el padre simbólico, que es una «necesidad de la construcción, siempre situada en un más allá; sólo se lo alcanza mediante una construcción mítica». «El padre simbólico es el significante o un dato irreductible del mundo significante.» En el mismo sentido, Lacan precisará a continuación que nada en el significante puede explicar el ser padre, así como tampoco la aparición en lo real de un nuevo ser o su desaparición: se trata siempre de una metáfora, y algo en el discurso concreto en el cual se constituye el sujeto «supone algo que responde a esta función o no» (si no responde, hay ausencia de metáfora paterna, es decir forclusión del Nombre-del-Padre, generadora de psicosis).
Se verá de qué modo este proceso va a dar lugar a una escritura, si se sigue el comentario que realiza Lacan del caso de Juanito en ese mismo Seminario IV.
Juanito arranca muy mal. No realiza la metáfora del deseo de la madre, sino que «es su metonimia, en tanto que para ella realiza totalmente el falo», que ella cree tener, y así lo afirma: sí, ella también tiene un «pipí». Nada parece apto para despegar a Juanito de esta posición neurótica por excelencia de ser el falo de la madre, pero sobrevienen discordancias en su real: nace la hermanita, surgen las primeras sensaciones penianas. De la discordancia, del desprendimiento de lo real y lo imaginario, nace la angustia, angustia que parece sin fondo, en tanto que el padre parece incapaz de organizar la situación de otro modo. Felizmente allí está el significante, y trae consigo bastantes potencialidades de padre («el significante va en auxilío») para que Juanito cree una fobia, la del «caballo de angustia», que realizará para él un sustituto de metáfora paterna y tornara su angustia relativamente vivible, al permitirle estructurar todo su mundo en torno a la fobia: los caballos y aquello de lo que tiran o no, los diferentes trayectos que ritman la vida de Juanito, etcétera.
La fobia, «puesto avanzado de la angustia y que permite defenderse de ella», sólo puede escribirse como una metáfora. Lacan ya había dado una prefiguración de esto en el Seminario III, para precisar el efecto metafórico de la gavilla de «Booz dormido». Había escrito ese efecto metafórico como sigue:
(P/x) M - - + s
para anotar que la aparición de un sentido nuevo (+s) resulta de una configuración significante en la que la paternidad se introduce por el lado de la madre, como soporte de un misterio en el cual un doble signo -, que figuraba la castración como separando y ligando significante y significado, era el operador de la aparición de un sentido nuevo («+s»).
Para Juanito, la situación antes de la creación de la fobia se escribía
(M + . F + A) M -- m + p
donde - significa «congruente con»; m, mordedura por el caballo, y p, pene real.
La entrada en pánico ante el caballo como mediación metafórica se anota entonces
I
----------------------------------M --- (m) p
(M + F + A)
«l» remite a la vez a la imagen y al ideal del yo, siendo el beneficio de la operación que «M» se convierte en una significación. Al término del despliegue escandido de los díferentes mitos de Juanito, algo aparece finalmente del orden de la castración, si es que «Juanito no esta castrado por su padre, sino castrado como su padre»: se convierte en su padre, y este punto determinará el despliegue de sus elecciones amorosas ulteriores.
Lacan lo escribe como sigue:
p (M) (M) I --- (¥/j) p
No hay metáfora paterna, puesto que Juanito es su propia metáfora, lo que remite al infinito el emplazamiento del Otro como tal, pero le permite al pene quedar en posición de significado.
Con respecto a estas diferentes escrituras, Lacan habla de la necesidad de crear una nueva lógica, deformable, una lógica de caucho, en la cual el reemplazo de uno de los términos modifique el conjunto de la escritura.
Es evidente que la necesidad de escribir esas letras en una pizarra estaba ligada para Lacan a la noción de sustitución significante: en lo que es ya una lógica del significante, si un significante nuevo se introduce en la cadena, hace caer otro en el fondo («tomber dans les dessous»: traducción constante del término freudiano Unterdrückung), y hay necesidad de visualizarlo en una escritura para no perder el rigor.
Convenía recordar estas elaboraciones del Seminario IV para situar bien el escrito decisivo de mayo de 1957, titulado «La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud»: se ve así hasta qué punto los Escritos de Lacan se han nutrido del trabajo del seminario y constituyen a la vez su resumen y su superación. De este escrito retendremos que Lacan «rinde homenaje» al Saussure de «el algoritmo»
S1
---
S
para observar que ese autor nunca habló de algoritmo ni de preeminencia del significante sobre todo efecto de significado. Lacan interpreta aquí al lingüista y al mismo tiempo rompe con la lingüística (¿qué lingüística aceptaría tales premisas?): constituye una teoría psicoanalítica y finalmente hablará de su «lingüistería», sosteniendo que es la única compatible con la experiencia del inconsciente.
De este artículo retendremos además la formulación de la metáfora como único caso en el que el significante atraviesa la barrera entre significante y significado:
SS'S1
S'xs
Hay que recorrer un camino para explicitar esta escritura y mostrar por qué es fundamentalmente la de la metáfora paterna. Éste es el trabajo de Lacan al principio del Seminario V (Les Formations de l'inconscient), de 19571958.
Se trata de retomar esta formulación de la metáfora, para mostrar de qué modo «el padre» sólo puede introducirse como un dato del discurso: el padre simbólico es inhallable, pero ha dejado esa huella en el discurso que es el Nombre-del-Padre, el cual sólo tiene efecto en una metáfora cuando sustituye literalmente al deseo de la madre: «dos cadenas significantes entran en colisión», y el Nombre-del-Padre S ocupa el lugar del deseo de la madre S', que cae en el fondo. Haciendo entrar en juego el Nombre-del-Padre se puede dar fundamento a una especie de ecuación en la cual se elude el deseo de la madre y de la que resulta una significación nueva: el niño renuncia a ser el falo de la madre (primer paso exigible para su entrada en el mundo simbólico) y recibe de la metáfora paterna su significación, que queda por descifrar como su x: él es, como sujeto, una pura significación cuyo sentido puede eventualmente interrogar; es una significación creada ex nihilo en su facticidad.
En el Seminario V, Lacan retorna los diferentes tiempos del complejo de Edipo en la niña y el varón, acentuando la función propia del padre. Observa que el juego empieza con los tres términos subjetivos del complejo de Edipo -el padre, la madre y el niño-, que constituyen un primer ternario:
jM
EP
El padre triangulariza la relación entre la madre y el niño y la convierte en un ternario simbólico, pero si ocupa el lugar del Otro en tanto que Otro, tiene que poder mostrar al menos los cuatro puntos cardinales, a saber: hacer aparecer un triángulo complementario, homólogo, cuyo vértice será el falo, término con el cual el niño podrá identificarse en su ideal de viviente. En el varón, si seguimos a Freud, el padre se introduce en el complejo de Edipo como el padre terrible, que veda a la madre: en el niño, el temor a la castración partiría de un miedo a la represalia, debido a la relación dual agresiva anudada con el padre -represalia imaginaria, duplicada por la cuestión del Edipo invertido, puesto que hay también amor al padre, y este componente es incluso esencial, en cuanto pone fin al complejo de Edipo con la forma de una identificación termina] con el padre como solución: así se adquirirá ese término ideal que hace del varón un futuro padre potencial, aunque exista siempre un riesgo de pasivización y de resbalar hacia un «hacerse amar por el padre»-
Lacan descubre allí un deslizamiento: el padre no tiene que prohibir la pulsión sexual real. El agente real pronuncia una ley cuyo objeto es imaginario, es decir que interviene como frustrador. Al final se hará preferir a la madre, y habrá una identificación ideal con el padre, que hay que entender en el registro de la privación, como que el niño no ha elegido lo que tiene y lo reconoce.
Es por lo tanto una privación que lleva a su término el proceso edípico, y de tal modo se confirma que el padre, en el complejo de Edipo, no es un agente real: se trata del padre simbólico. Más exactamente, el padre es una metáfora; es un significante que se introduce en el lugar del significante del deseo de la madre, y por ello el ternario simbólico NMP aporta algo real: el padre es «lo real de lo simbólico»; pone en lo real como ya instituido una relacion simbólica que incluso se puede objetivar, considerar como un objeto: es en tanto que simbolizado que se lo puede escribir. El padre resulta de una necesidad de la cadena simbólica como tal, es decir que ella instaura un orden simbólico y en adelante algo responde o no en el discurso concreto a la función definida como Nombre-del-Padre.
No es entonces por azar que el artículo «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis», que retorna el Seminario III, incluyendo el trabajo realizado en los Seminarios IV y V, aporte las dos precisiones siguientes: por una parte, los ternarios imaginario y simbólico que hay que unir constituyen el esquema R, en el que se ve que el campo R delimita lo real con que tiene que ver el sujeto como delimitado por la ventana de su fantasma fundamental; por otro lado, la metáfora paterna recibe su escritura definitiva:
Nombre del PadreDeseo de la Madre
Deseo de la MadreSignificado al sujeto
S(A/F) = S (A/) como se verá a propósito del grafo.
El Nombre-del-Padre ha realizado esta metáfora que hace surgir al sujeto como significación y, en tanto creación metafórica, pone esta significación como bajo la dependencia de la cadena significante representada por S. S vale con relación al A: A/F quiere decir que el otro se especifica porque «allí falta el significante del deseo, suplido por el falo como encargado del conjunto de las relaciones del significante con el significado».
Se ve por esto que la escritura de la metáfora paterna tiene el estatuto extremadamente particular de inscribir la estructura misma: no sólo, en efecto, no hay escritura posible sino porque algo está simbolizado en ese término,
sino que en el esquema R está ya presente el anudamiento R.S.I., por cuanto, como Lacan lo señala en una nota añadida a su escrito en 1966, el esquema R es un cross-cap y presentifica la línea de corte central que puede aislar allí una banda de Moebius y un jirón (el objeto a).
Si lo simbólico como tal se escribe es porque ya está allí, y esto deriva de que lo real está allí, lo que nos introduce de entrada en una estructura agujereada: lo real del sujeto en tanto que habilitado por el objeto a, es decir, imposible, resulta de un corte en una superficie, y la escritura de que se trata revela tener la función de ser un corte y supone la futura instauración de una topología por Lacan.
Metáfora y metonimia.
Es estudiando el delirio del presidente Schreber y para desenmascarar sus articulaciones como J. Lacan, en su seminario Las [estructuras freudianas de las] psicosis (1956-57), apela al trabajo de R. Jakobson sobre las afasias motrices y sensoriales (Ensayos de lingüística general), donde la degradación del lenguaje se produce sobre las dos vertientes del significante: en el primer caso, articulación y sintaxis son afectadas, hay agramatismo, trastorno de la contigüidad; en el segundo caso (afasia sensorial), el enfermo no puede decir la palabra, gira alrededor de ella; está en la paráfrasis, toda respuesta a una demanda de sinónimos le es imposible; lo intenta pero se desvía: son los trastornos de la semejanza. El significante está conservado pero la intención es impedida, mientras que, en la afasia motriz, es el lazo interno al significante el descompuesto. Esto sería imposible sin la estructura misma del significante. Es el lazo posicional el afectado, no sólo en el orden de la sintaxis y del léxico, sino también en el del fonema, elemento radical de discriminación de los sonidos de una lengua. La distinción según lo posicional y lo opositivo es esencial a la función del lenguaje. La otra dimensión del lenguaje es la posibilidad infinita del juego de las sustituciones que crea las significaciones. Véanse metáfora, metonimia.
Metapsicología
s. f. (fr. métapsychologie; ingl. metapsychology; al. Metapsychologie). Parte de la doctrina freudiana que se presenta destinada a aclarar la experiencia sobre la base de principios generales, constituidos a menudo como hipótesis necesarias antes que como sistematizaciones basadas en observaciones empíricas.
Si la obra de Freud le otorga el lugar más grande al abordaje clínico, si partió de la cura, y especialmente de la cura de las histéricas, sin embargo pronto llega a la idea de que es absolutamente indispensable elaborar cierto número de hipótesis, de conceptos fundamentales, de «principios» sin los cuales la realidad clínica permanecería incomprensible. Estas hipótesis conciernen especialmente a la existencia del inconciente y, más en general, de un aparato psíquico dividido en instancias, a la teoría de la represión, a la de las pulsiones, etcétera.
Por otra parte, Freud tenía el proyecto, que sólo realizó parcialmente, de dedicar a la metapsicología una obra importante. En este conjunto de artículos indica que se puede hablar de metapsicología cada vez que se logra describir un proceso en el triple registro dinámico, tópico y económico.
Metapsicología
Al.: Metapsychologie.
Fr.: métapsychologie.
Ing.: metapsychology.
It.: metapsicologia.
Por.: metapsicologia.
Término creado por Freud para designar la psicología por él fundada, considerada en su dimensión más teórica. La metapsicología elabora un conjunto de modelos conceptuales más o menos distantes de la experiencia, tales como la ficción de un aparato psíquico dividido en Instancias, la teoría de las pulsiones, el proceso de la represión, etc.
La metapsicología considera tres puntos de vista. dinámico, tópico y económico.
El término «metapsicología» se encuentra episódicamente en las cartas de Freud a Fliess. Es utilizado por Freud para definir la originalidad de su propia tentativa de edificar una psicología « [...] que conduzca al otro lado de la conciencia», con respecto a las psicologías clásicas de la conciencia. Se apreciará la analogía existente entre los términos «metapsicología» y «metafísica», analogía que probablemente fue intencional por parte de Freud, puesto que se sabe, por su propio testimonio, hasta qué punto era intensa su vocación filosófica: «Espero que querrás prestar atención a algunas cuestiones metapsicológicas [...]. Durante mi juventud, sólo aspiraba al conocimiento filosófico, y ahora estoy a punto de realizar este deseo, al pasar de la medicina a la psicología».
Pero la reflexión de Freud acerca de las relaciones entre la metafísica y la metapsicología va más allá de esta simple comparación; en un pasaje significativo, define la metapsicología como una tentativa científica de rectificar las construcciones «metafísicas»; éstas, como las creencias supersticiosas o ciertos delirios paranoicos, proyectan hacia fuerzas exteriores lo que es en realidad propio del inconsciente: «[...] gran parte de la concepción mitológica del mundo, que se extiende hasta las religiones más modernas, no es otra cosa que psicología proyectada hacia el mundo exterior. El oscuro conocimiento (podríamos decir la percepción endopsíquica) de los factores psíquicos y de lo que acaece en el inconsciente, se refleja [...] en la construcción de una realidad suprasensible que la ciencia debe transformar en psicología del inconsciente [...]. Cabría en lo posible dedicarse [...] a convertir la metafísica en metapsicología».
Freud volverá a utilizar, mucho después, el término «metapsicología», para dar de él una definición precisa: «Propongo que se hable de exposición [Darstellung] metapsicológica cuando se pasa a describir un proceso psíquico en sus relaciones dinámicas, tópicas y económicas». ¿Deben considerarse como metapsico- lógicos todos los estudios teóricos que hacen intervenir conceptos e hipótesis inherentes a estos tres registros, o sería preferible designar así los textos que, de un modo más fundamental, elaboran o explican las hipótesis subyacentes a la psicología psicoanalítica: «principios» (Prinzipien), «conceptos fundamentalIes» (Grundbegriffe), «modelos» teóricos (Darstellungen, Fiktionen, Vorbilder)? Así, un cierto número de textos más propiamente metapsicológicos jalonan la obra de Freud, especialmente el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895), el capítulo VII de La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900), Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento psíquico (Formulierungen über die zwei Prinzipen des psychischen Geschehens, 1911), Más allá del principio de placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), El yo y el ello (Das Ich und das Es, 1923), Esquema del psicoanálisis (Abriss der Psychoanalyse, 1938). Por último, en 1915, Freud concibió y realizó parcialmente el proyecto de escribir unos Elementos para una metapsicología (Zur Vorbereitung einer Metapsychologie) con la intención «[...] de esclarecer y dar profundidad a las hipótesis teóricas que pueden servir de fundamento a un sistema psicoanalítico».
Metapsicología
Breve historia del proyecto metapsicológico
La palabra «metapsicología» fue usada por primera vez por Freud el 13 de febrero de 1896, en una de sus cartas a Fliess: «Me ocupa sin cesar la psicología -la metapsicología, propiamente hablando-». El 2 de abril, el término aparece ya como adjetivo: «Espero que quieras también prestar oídos a algunas cuestiones metapsicológicas». El 17 de diciembre, se ha convertido en su «ideal» y su «hija dolorosa» (Schmerzenskind). Se trata por lo tanto de un término que desde muy pronto le sirvió para designar lo que él consideraba lo más original de sus descubrimientos, construcciones y elaboraciones; desde ese punto de vista, es significativo el destino de la palabra a través de su obra.
Freud continúa empleándola aquí y allá en esa correspondencia, pero el 10 de marzo de 1898 pide una confirmación de la legitimidad de su empleo: «te pregunto seriamente, por la misma causa, si puedo utilizar el nombre de metapsicología para mi psicología, que conduce a lo que está más acá de la conciencia». El prefijo «meta» debe por lo tanto entenderse como en metafísica, voz que constituye el modelo del nuevo empleo: si los psicólogos hacen de la conciencia un umbral infranqueable, una psicología que toma en cuenta lo inconsciente deberá llevar ese prefijo.
La ruptura con Fliess parece haber asestado un serio golpe al empleo del término por Freud; en la mayor parte de sus escritos publicados antes de la guerra no encontramos huellas de la palabra (sólo una mención en Psicopatología de la vida cotidiana). Su empleo queda limitado a los iniciados, lo que tiende a indicar hasta qué punto el «meta» podía también parecerle a Freud una confesión narcisista demasiado brutal.
No obstante, al principio de la guerra, cuando Freud se acercaba a los sesenta años y encaraba la redacción de una especie de síntesis de sus concepciones psicológicas más profundas, la «metapsicología» ocupó el primer plano de la escena: «Zur Vorbereitung einer Metapsychologie». Desde ese momento, el término tuvo para él una triple acepción:
-de una manera muy vaga, es un calificativo que le sirve para reunir sus hipótesis y especulaciones, por lo menos aquellas que considera sistematizables;
-de modo más preciso, la palabra designa en 1915 una serie de textos que entonces se propone escribir, agrupándolos bajo ese título;
-por último, el adjetivo «metapsicológico» designa toda descripción de un proceso mental en las tres dimensiones identificadas como dinámica, tópica y económica.
Los textos escritos en 1915 llevan consigo un enorme signo de interrogación: Freud anuncia a sus corresponsales del momento (Jones, Abraham, Ferenczi, Andreas-Salomé) que tiene doce originales; ahora bien, solamente cinco nos han llegado directamente de su mano («Pulsiones y destinos de pulsión», «La represión», «Lo inconsciente», «Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños» y «Duelo y melancolía»). ¿Escribió realmente los otros siete? Jones parece no dudarlo, pero tropieza con el enigma de su desaparición después de la guerra, puesto que Freud casi no vuelve a hablar de ellos. A la inversa de esta suposición de Jones -que se maravilla de que Freud haya podido escribir doce ensayos de esta amplitud entre el 15 de marzo y principios de agosto del mismo año-, en una carta a Abraham del 11 de noviembre de 1917 Freud señala que acaba de realizar la última corrección de dos de los cinco textos conocidos: «Complemento ... » y «Duelo y melancolía». Su mención de los «otros» textos no permite de ningún modo llegar a la conclusión de que hayan existido realmente. Por lo contrario, cuando el 18 de marzo de 1919 Lou Andreas-Salomé le pregunta dónde están los «otros» escritos metapsicológicos, «los que ya estaban terminados», él le responde sin ambages el 4 de abril: «¿Dónde está mi metapsicología? Para empezar, no está escrita». De manera que las hipótesis de Jones sobre la supuesta «destrucción» de esos textos parecen ser más propias del «culto del héroe» que de una indagación histórica fiable. El descubrimiento reciente, en la correspondencia Freud-Ferenczi, de un manuscrito que sin duda formaba parte de la serie «Metapsicología» («Sinopsis de las neurosis de transferencia»), lejos de modificar esta perspectiva, la precisa: Freud no terminó los doce textos que se proponía escribir. Pero es preferible no soñar nostálgicamente con esa mitad suplementaria de la que, finalmente, su mano nos habría privado.
La factura de los textos que tenemos es bastante notable, incluso aunque se inscriban con claridad en la línea del «Proyecto», del famoso capítulo VII de La interpretación de los sueños, o de las «Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico». Su audacia especulativa se revela constantemente cuidadosa del suelo clínico, y la escritura escapa a la jerga, al punto de que un texto como «Duelo y melancolía» pudo alcanzar, con el transcurso de los años, a un público que desborda en mucho a los círculos freudianos.
Un trabajo condenado a no terminarse
Está excluido que resumamos aquí textos que se proponen explícitamente «clarificar y profundizar las hipótesis teóricas sobre las cuales podría fundarse un sistema psicoanalítico». Es en cambio posible entrever hasta qué punto esta anécdota de un proyecto inacabado -y por lo tanto de una publicación «parcial»- toca a la esencia misma del proyecto metapsicológico freudiano.
Freud nunca estableció una lista de sus «hipótesis teóricas» u otros «conceptos fundamentales»; el carácter heteróclito de los títulos de sus cinco artículos «metapsicológicos» casi bastaría para atestiguarlo. Esa falta de acabamiento debe considerarse reveladora de la consistencia particular del saber freudiano, que siempre ambiciona establecerse como un saber «científico» y no cesa de fallar ese objetivo, a pesar de su rigor intrínseco. Freud, y con él la primera generación de freudianos, quisieron ver, en este estado de hecho, el resultado de la juventud del psicoanálisis y de las resistencias exteriores que suscitaban los planteos sobre el Edipo, la sexualidad infantil, la «herida narcisista» infligida por la noción de inconsciente, etc. Es cierto que hubo -y hay todavía- resistencia al análisis, pero este árbol oculta el bosque desde hace mucho tiempo; oculta esa consistencia específica del saber analítico, en ruptura con los otros saberes científicos académicamente recibidos. Estos últimos, construidos más o menos sobre un modelo hipotético-deductivo, presentan una especie de axiomática a partir de la cual se elaboran los enunciados reconocidos como verdaderos en el marco de la teoría considerada. Desde luego, también puede haber trastornos en el nivel de esta axiomática, pero, según la expresión de Kuhn, en los períodos de «ciencia normal» esta axiomática varía muy poco; en consecuencia, es posible presentarla de manera globalizante y jerarquizada.
En su preocupación por hacer reconocer el psicoanálisis como ciencia, Freud enfatizó a veces el ideal de una presentación conceptual «completa»; sólo su respeto a las imposiciones inherentes al objeto de su indagación lo apartó regularmente de este ideal (que hoy en día no tenemos ninguna razón para confundir con la cientificidad). El proyecto «metapsicológico» es quizás el mejor testimonio de esta tensión presente en la obra de Freud entre un completamiento conceptual que llevaría al psicoanálisis a alcanzar un cierto Olimpo de la cientificidad, y una no clausura conceptual que atestigua un rasgo fundamental de su objeto, rasgo que ningún concepto particular llega a subsumir, y que no obstante sería fatal ignorar.
Esto resulta particularmente claro en el caso del tercer sentido del adjetivo «metapsicológico», que califica la descripción de un proceso mental desde el triple punto de vista dinámico, tópico y económico. Según la palabra de Freud, una descripción tal constituye el cumplimiento o «acabamiento» (Vollendung) de la investigación psicoanalítica. Ahora bien, si la dinámica trata de dar razón a los conflictos en juego en el síntoma, y la tópica intenta establecer los intercambios entre las diferentes instancias de un aparato psíquico necesariamente clivado, el punto de vista económico, «que se esfuerza en seguir los destinos de las cantidades de excitación y obtener una evaluación al menos relativa de éstas», aparece en seguida como singularmente opaco. No obstante, esta trinidad tiene de entrada una función precisa: responder a un cierto modelo científico, así como las tres unidades (de tiempo, de lugar y de acción) pudieron servir para definir la tragedia clásica. Una vez descritas las fuerzas en acción (dinámica), sus intensidades (económica) y sus puntos de aplicación (tópica), uno puede creer que ha completado la descripción de un sistema, sobre todo si éste es concebido según el modelo de los sistemas físicos. Pero para alcanzar ese «completamiento» es todavía imperativo que se cumpla otra condición: el sistema así descrito debe ser declarado «aislado». Éste es uno de los principales requisitos de la cientificidad de la descripción en la mecánica clásica: que pueda haber una sustitución del observador sin ninguna modificación de la descripción. Es porque los sistemas descritos son aislables que su descripción puede atribuirse a un observador «cualquiera». (La física cuántica ha desenmascarado este vínculo secreto entre aislamiento del sistema y completud de la descripción, al mostrar que ciertos sistemas físicos no pueden aislarse de los instrumentos de observación y de medida, y que por lo tanto en este caso no existe el «observador cualquiera», incluso aunque las experiencias sigan siendo fundamentalmente reproducibles.)
En tanto que apunta a una completud de la descripción, la metapsicología trata de inscribir el psicoanálisis en el centro del paradigma clásico de la cientificidad, en esa combinación de descripción completa y observador cualquiera. Tal ambición freudiana es claramente identificable en este caso, pero también es cierto que después de Freud otros psicoanalistas siguieron aportando ladrillos al gran templo de la completud por no haber captado que esa ambición era un ideal. Los sostenedores de la teoría del yo autónomo (Hartmann, Kris y Loewenstein) observaron que a las tres dimensiones freudianas se les suma el punto de vista genético, mientras que Rapoport, yendo aún más lejos, añadió por su parte el punto de vista de la adaptación. ¡Si uno quiere estar completo, más vale no mezquinar!
Freud, en cambio, en el momento en que proclamaba esta ambición de cientificidad que se atenía al modelo clásico de la descripción completa, dejaba su metapsicología notoriamente incompleta y, hasta donde sé, por afinada que haya sido la escritura de algunos de sus «casos», nunca pretendió que fueran ejemplos de descripción en los que la dinámica, la tópica y la económica se tomaran de las manos para bailar la ronda del «acabamiento». Ocurre que el ideal científico no obstaculizó en él la marcha, tanto clínica como especulativa, y podemos saber por qué.
Una doble tensión
Freud, en efecto, se explica parcialmente en la primera página del primero de los textos metapsicológicos («Pulsiones y destinos de pulsión»), verdadera declaración epistemológica. En las ciencias, afirma, nunca se empieza por los conceptos fundamentales; por el contrario, a veces se llega a inferirlos después de un largo trayecto, a partir de todo un fárrago de observaciones y especulaciones estrechamente entremezcladas. «Es entonces -continúa- cuando puede haber llegado el momento de encerrarlos en definiciones.» Al acercarse a los sesenta años -él creía que le iban a ser fatales (último avatar de los «cálculos» fliesseanos)-, estimó que ese momento había llegado para él. Pero, mientras enunciaba ese juicioso pragmatismo epistemológico, se cuidaba bien de pretender alcanzar cualquier completud: dejó planteada la cuestión, y pasó al primer concepto de la serie, la pulsión. Ahora bien, no habrá último término.
Freud termina por dar explícitamente la razón de esta ausencia, en uno de sus últimos textos, «Análisis terminable e interminable», cuando tropieza con la difícil cuestión de lo que podía ser el «domeñamiento» de una pulsión. Citando Fausto, de Goethe, escribe entonces: «Hay que decirse: "Es preciso que intervenga la bruja". Entiéndase: la bruja metapsicología. Sin especular ni teorizar -por poco digo fantasear- metapsicológicamente , aquí no se avanza ni un paso. Por desgracia, las informaciones de la bruja tampoco son esta vez ni muy claras ni muy explícitas...». La bruja de la que se trata toma el relevo de la observación cuando ésta es demasiado insuficiente, o imposible. Aparece para sugerir hipótesis, proporcionar elementos teóricos a fin de construir explicaciones que servirán a la vez para volver racionales fenómenos incomprensibles, y conectarlos así con otros fenómenos ya descritos. De ese modo la bruja tapona ciertos agujeros del discurso explicativo racional; es la parte de imaginario que permite asegurar la consistencia del tejido simbólico -lo que el verbo «fantasear» dice crudamente, a pesar de las precauciones oratorias-. Se advierte ahora que, en este sentido, no se supone que haya de lograrse ningún agotamiento, puesto que se recurrirá a la metapsicología cuando ya no sea posible «avanzar un paso».
Lo que está en juego en todo momento es el equívoco del prefijo «meta»: a veces indica un grado supremo, algo así como una «superpsicología», y entonces hay omnipresencia del ideal científico clásico de acabamiento y completud; en otros casos designa un mas allá, un punto fuente, una especie de ombligo del que podría brotar una psicología, y entonces entra en escena la «bruja», la que realiza el prodigio de hacer algo con nada.
Al desarrollar esta doble acepción, el término «metapsicología» atestigua por sí solo una de las tensiones más fuertes del texto y la práctica de Freud: la tensión entre el ideal de un acabamiento en la completud y la claridad científica, y la preocupación permanente de hacerle lugar y reconocerle su función al hormigueo del que surgen, además, las formas superiores de la inteligibilidad.
Metapsicología
Alemán: Metapsychologie.
Francés: Métapsychologie.
Inglés: Metapsychology.
Término creado por Sigmund Freud en 1896 para designar el conjunto de su concepción teórica, y distinguirla de la psicología clásica. El enfoque metapsicológico consiste en la elaboración de modelos teóricos que no están directamente vinculados a una experiencia práctica o a una observación clínica; se define por la consideración simultánea de los puntos de vista dinámico, tópico y económico.
Freud utilizó por primera vez el término metapsicología, sin otra explicación, en una carta a Wilhelm Fliess del 13 de febrero de 1896: "La psicología -O más bien la metapsicología- me preocupa sin cesar. Menos de dos meses después, el 2 de abril de 1896, siempre dirigiéndose a Fliess, proporcionó una primera precisión acerca de "algunas cuestiones metapsicológicas" que le parecían propias de un "nivel superior” al de Ia psicología de las neurosis": reconocía que, al pasar de la medicina a la psicología, se trataba para él de realizar su deseo inicial de dedicarse a los estudios filosóficos; la actividad de terapeuta era sólo una consecuencia anexa e imprevista de ese cambio de orientación.
La psicología clásica, la psicología de la conciencia, no podría por lo tanto constituir el objeto de una empresa intelectual cuya realización exigía un marco teórico y una forma de cientificidad que, apropiándose del método filosófico, llevaran a pensar la articulación de los procesos psíquicos con los fundamentos biológicos.
En otra carta a Fliess, la del 10 de marzo de 1898, Freud se refirió a su trabajo en curso sobre la interpretación de los sueños, y escribió: "Nle parece que la explicación por la realización de un deseo da una solución psicológica, pero ninguna solución biológica, más bien metapsicológica". Y añadió entre paréntesis: "Por otra parte, es preciso que me digas seriamente si puedo darle a mi psicología, que desemboca en el segundo plano del consciente, el nombre de metapsicología".
Estas anotaciones encontraron una forma de expresión más elaborada en la Psicología de la vida cotidiana: si bien la metafísica constituía una especie de modelo formal para la metapsicología futura, el objetivo no era encerrarse en ella, sino calibrarla y establecer que las construcciones filosóficas (mitológicas, religiosas), del mismo modo que todas las formas de creencias y delirios que pueden derivar de ellas, sólo constituyen "una psicología proyectada en el mundo exterior”. Y Freud precisa de inmediato: "El oscuro conocimiento de los factores y hechos psíquicos del inconsciente (en otras palabras, la percepción endopsíquica de esos factores y esos hechos) se refleja [. .. ] en la construcción de una realidad suprasensible que la ciencia retransforma en una psicología del inconsciente. Ubicándose en este punto de vista, uno podría aplicarse a descomponer los mitos relativos al paraíso y el pecado original, al mal y el bien, la inmortalidad, etcétera, y traducir la metafísica a la metapsicología."
Unos quince años más tarde, en el artículo dedicado al inconsciente, Freud da una definición precisa de la palabra metapsicología: “Propongo hablar de presentación metapsicológica cuando logramos describir un proceso psíquico en sus relaciones dinámica, tópica y económica. Es previsible que, en el estado actual de nuestros conocimientos, sólo lo consigamos en puntos aislados." Ésta es la misma definición, aunque enunciada con más fuerza, que encontramos en las primeras líneas de Más allá del principio de placer: "Pensamos que un modo de exposición en el que se intente apreciar el factor económico además de los factores tópico y dinámico es el más completo que podemos representarnos actualmente, y que merece ser puesto de manifiesto con el término metapsicología".
Ateniéndonos a estas definiciones, tendríamos que agrupar bajo el rótulo de la metapsicología una gran parte de la obra freudiana. El empleo un poco más restringido retiene como escritos metapsicológicos el "Proyecto de psicología", el séptimo capítulo de La interpretación de los sueños, las "Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico", “Introducción del narcisismo", Más allá del principio de placer, El yo y el ello y el Esquema del psicoanálisis.
Otro uso introducido por Freud consiste en agrupar bajo esta denominación las cinco exposiciones metapsicológicas a las que él se abocó en 1915. Esos cinco textos ("Pulsiones y destino de pulsión", "La represión", "Lo inconsciente", "Complernento metapsicológico a la doctrina de los sueños", "Duelo y melancolía"), publicados entre 1915 y 1917, formaban parte del proyecto de Elementos para una metapsicología, doce ensayos que habrían constituido una especie de testamento. La primera redacción del conjunto concluyó a principios de agosto de 1915. Cartas enviadas a Lou Andreas-Salomé, en el otoño de 1915 y la primavera de 1916, así como una a Karl Abraham del 11 de noviembre de 1917, atestiguan que, a juicio de Freud, los últimos siete textos debían ser revisados seriamente antes de la impresión. Se podría formular la hipótesis de que en ese momento Freud comenzó a concebir un enfoque diferente, el cual, en los años de posguerra, daría origen a lo que se ha denominado "la gran refundición", caracterizada por la introducción de una nueva dualidad pulsional y una nueva tópica, que marcaban una ruptura con las ideas del proyecto metapsicológico.
Como los manuscritos de los siete ensayos no publicados no se habían encontrado se impuso la hipótesis de que los destruyó el propio Freud.
Pero, en 1983, cuando catalogaba en Londres los documentos dejados por Sandor Ferenczi al cuidado de Michael Balint, llse Grubrich-Simitis halló un manuscrito de Freud que era el bosquejo del último de los doce ensayos metapsicológicos, dedicado a la neurosis de transferencia. Una carta a Ferenzci anunciaba el envío del texto y dejaba librada al destinatario la elección de "tirarlo o conservarlo".
La primera parte del manuscrito examina los seis factores -la represión, la contrainvestidura (investidura), la formación sustitutiva, la formación de síntomas, la relación con la función sexual, la predisposición a la neurosis -que intervienen en las neurosis de transferencia-, la histeria de angustia (fobia), la histeria de conversión y la neurosis obsesiva. En la segunda parte, Freud abandona el terreno clínico y la perspectiva ontogenética para estudiar las predisposiciones heredadas en la etiología de las neurosis. Es el inicio de lo que llse Grubrich-Simitis denomina "la aventura de la reconstitución filogenética", cuya lógica llevó a Freud a desbordar su tema inicial, para incluir las "neurosis narcisistas" (psicosis). En el curso de esa "aventura", Freud se deja llevar al desarrollo de hipótesis que él considera otras tantas “fantasías". Encuentra en este punto la cuestión de la herencia de los caracteres adquiridos, y la famosa ley llamada de la recapitulación, atribuida a Ernst Heinrich Haeckel, referencias éstas de las que ya había hecho un uso considerable en los Tres ensayos de teoría sexual y en Tótem y tabú. En el momento en que redactaba el bosquejo de ese duodécimo ensayo, su reflexión filogenética fue alentada por Ferenczi, quien por su lado se entregaba a una especulación "bioanalítica". Los dos hombres desarrollaron ampliamente estas cuestiones en su correspondencia, entre 1915 y 1917. Prestaron sobre todo atención a las tesis de Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), al punto de que surgió la idea de una obra común consagrada al tema de "el lamarckismo y el psicoanálisis"; a principios de 1917, Freud le envió a Ferenczi un "esquema para el trabajo Lamarck". Muy pronto, sin embargo, y sin abandonar las referencias a la filogénesis, a Haeckel y a Lamarck, cuyas huellas se encuentran en sus últimos trabajos (Moisés y la religión monoteísta, el Esquema del psicoanálisis), Freud abandonó esos proyectos para dejarle el timón a su discípulo húngaro, que les dedicó un desarrollo en su obra Thalassa. Ensayo sobre la teoría de la genitalidad, publicada en 1924.
La fragilidad de algunas referencias freudianas, sea que se trate del principio de constancia de Gustav Theodor Fechrier o, más en general, de los datos de la psicofísica de su tiempo (que por lo demás sólo trata como hipótesis), o bien de las especulaciones lamarckianas (que está menos dispuesto a poner en duda), a un gran número de psicoanalistas (y esto desde mucho antes de la publicación de ese manuscrito extraviado) les ha parecido un argumento válido para cuestionar la validez y la utilidad de la metapsicología.
Esos cuestionamientos dieron lugar a un debilitamiento de la teoría psicoanalítica, ilustrado principalmente por la corriente norteamericana de la Ego Psychology. Y fue como reacción a esas derivas que Jacques Lacan emprendió su "retorno a Freud", el cual concluiría en el reemplazo del apuntalamiento biológico freudiano por el recurso a la lingüística moderna y, más tarde, a la lógica formal y a la topología matemática.
Freud tenía perfecta conciencia de que su objetivo asintótico, la teorización de la articulación del psiquismo con el sustrato biológico, ponía al conjunto de su trabajo a merced de los descubrimientos futuros de la biología, que quizá demolieran ese edificio pacientemente construido por él. Pero en lugar de desalentarse por semejante perspectiva, parece haber considerado que la reflexión metapsicológica, con sus inevitables especulaciones, constituía el único bastión epistemológico capaz de obstaculizar las derivas psicologistas u organicistas que, ya en su tiempo, representaban el principal peligro para esa ciencia nueva. Es así como puede entenderse su declaración tardía en forma de profesión de fe: "Sin especular ni teorizar -casi preferiría decir fantasear- metapsicológicamente, aquí no se avanza ni un paso".
Metonimia
s. f. (fr. métonimie; ingl. metonymy; al. Metonymie). Palabra puesta en lugar de otra y que designa una parte de lo que significa.
Con la metonimia, Lacan introduce la posibilidad del sujeto de indicar su lugar en su deseo. Como la metáfora, la metonimia pertenece al lenguaje de la retórica. Un ejemplo trivial, como para hacernos captar mejor la duplicidad de los significantes en la lengua, es el de las «treinta velas», en lugar de naves: una información directa, pero que nos hace oír otra cosa. ¿Cuántos son?: ¿muchos, pocos, suficientes barcos? Vemos aquí que las condiciones de ligazón del significante son las de la contigüidad, una parte va en lugar de un todo no medible. De la estructura metonímica procede la fórmula lacaniana siguiente:
f (S ... S’)S ? S (-) s.
La función (f) de este palabra a palabra del significante (S...S') conserva la significación dada. Los dos significantes en contigüidad, vela y nave, en el mismo eje sintagmático (barco de vela) no autorizan una significación que remita a otra (de ahí el signo menos entre paréntesis); no es tanto el sentido lo que es evocado como el palabra a palabra.
Metonimia del deseo. Obligado a hacerse demanda para hacerse oír, el deseo se pierde en los desfiladeros del significante, alienándose en él. De objeto en objeto, el todo deseado por el niño se fragmenta en partes o metonimias que emergen en el lenguaje.
Metonimia
Etimológicamente, la metonimia se define como un cambio de nombre. Una cosa es designada mediante un término que no es el que la distingue habitualmente. Dicho esto, entre ambos debe existir necesariamente una relación; por ejemplo, se reemplaza el contenido por el continente (beber un vaso), el todo por la parte (una vela en lugar de una embarcación), el objeto por la materia (un bronce en lugar de una estatuilla). La noción de desplazamiento es tratada por Freud en sus cartas a Fliess. En efecto, Freud observa que «el mecanismo psíquico se establece según un proceso de estratificación ... ] las huellas mnémicas son modificadas [ ... la memoria [ ... ] está compuesta de diferentes tipos de signos» (6 de diciembre de 1896). Freud habla del mecanismo psíquico como de una estratificación escalonada: el material psíquico sufre un reordenamiento según relaciones nuevas -una transcripción- en términos de huellas mnémicas. En su artículo «Sobre los recuerdos encubridores» (1899), habla también del desplazamiento por contigüidad de una representación a otra; los componentes no esenciales de la representación representan a los componentes esenciales: «En lugar de la imagen mnémica originariamente justificada, sobreviene otra, parcialmente intercambiada con la primera por desplazamiento en la asociación». «Una huella de memoración del pasado efectivo permanece y ofrece su contenido como punto de contacto, y es la expresión verbal la que asegurará la ligazón entre el recuerdo encubridor y el recuerdo encubierto.» En La interpretación de los sueños, Freud observa que los pensamientos que parecen esenciales en el contenido del sueño desempeñan un papel muy desvaído. A la inversa, «lo que es visiblemente lo esencial de los pensamientos del sueño a veces no aparece en absoluto representado en él. El sueño está centrado de otro modo; su contenido está ordenado en torno a elementos que no son los pensamientos del sueño». En los procesos metonímicos, también un tema puede llevar a otro según una relación de contigüidad. Por ejemplo, en el sueño de la monografía botánica relatado por Freud en La interpretación de los sueños, él conversa con un hombre que le subraya sus debilidades en relación al análisis; a esta conversación la siguen alusiones a los Gärtner (jardinero en alemán), a una paciente de Freud, Flora, mientras que Freud se dice que la señora Gärtner es floreciente: «se podría pensar que lo que aparece en el sueño no es lo que era importante en los pensamientos del sueño, sino sobre todo lo que en él era repetido a menudo. En el momento de la formación del sueño hubo transferencia y desplazamiento de las intensidades psíquicas de los diferentes elementos».
La metonimia está fundamentalmente articulada con el deseo. En efecto, por la metáfora paterna y el acceso del falo al estatuto del significante, el deseo del sujeto pasa por la mediación del lenguaje. La plenitud es imposible, por este mismo proceso metafórico; como consecuencia, el sujeto es comprometido por su deseo en una búsqueda de objetos sustitutivos movidos a ocupar el lugar del objeto inicial, la madre. La metonimia lo proyecta entonces sobre el eje sintagmático de su discurso, eje de la combinación, la contigüidad y la diacronía. En lugar de ser el falo, se tratará para el sujeto de tenerlo: el espacio metafórico lo obliga a ubicarse sobre un eje temporal, pues en adelante el significado del significante es el deseo; en la escritura algebraica formulada a propósito de la metáfora, el significante 1 del deseo de la madre será reprimido en beneficio de los significantes 2, 3, ...x, los cuales instauran la cadena significante; Lacan dirá que, puesto que «lo propio del lenguaje es enganchar cualquier cosa que signifique, el refèrente no es nunca el bueno» (D'un discours qui ne serait pas du semblant, 1970-1971). El proceso metonímico se define entonces por hacer comparecer un significante ante otro significante, pero, a la inversa de la metáfora, el significante reemplazado no pasa abajo de la raya: el primer significante permanece en contigüidad con el segundo, de lo que se desprende la fórmula siguiente de Lacan:
«f (S... S') S = S (-)s
la cual indica que es la conexión del significante con el significante la que permite la elisión por la cual el significante instala la falta del ser en la relación de objeto, utilizando el valor de remisión de la significación para investirlo con el deseo que apunta hacia esa falta de la que es soporte. Un signo «-» entre paréntesis pone de manifiesto el mantenimiento de la raya, que en el primer algoritmo marca la irreductibilidad en que se constituye, en las relaciones del significante con el significado, la resistencia de la significación» (Escritos).
Perpetuamente reconducido en la cadena significante, en razón de la metáfora fundadora y al mismo tiempo por la represión originaria, el deseo es constantemente sostenido y relanzado por el significante.
Meyer Adolf
(1866-1950) Psiquiatra norteamericano
Hijo de un pastor, y fundador de la escuela norteamericana de psiquiatría dinámica, Adolf (o Adolph) Meyer fue uno de los pioneros de la introducción del psicoanálisis en los Estados Unidos. Nacido en Suiza, en Niederweningen, cerca de Zurich, se inició en la psiquiatría en la Clínica del Burghölzli, con August Forel. Después de una estada en Londres, donde siguió la enseñanza de Hughlings Jackson, y después en París, donde asistió a las clases de Jean Martin Charcot, emigró a los Estados Unidos en 1893. Hasta 1896 fue patólogo en el Illinois Eastern Hospital for the Insane de Kankakee. Después de esa experiencia enseñó en la Clark University de Worcester, a la que Sigmund Freud sería invitado en 1909 por Stanley Hall. Fue también jefe de clínica en el Worcester Insane Hospital, donde James Jackson Putnam y William James constataron que él estudiaba cada caso como un todo. De hecho, en la tradición de la escuela de Zurich, que dio origen a esa nueva psiquiatría dinámica de la que Freud y Eugen Bleuler fueron también artífices, Meyer consideraba que la enfermedad mental se debía a una reacción, a un ambiente patógeno y al mismo tiempo a una estructura, donde se mezclaban la organogénesis y la psicogénesis.
Entre 1902 y 1910 dirigió el New York State Psychiatric Institute; allí introdujo los tests asociativos de Carl Gustav Jung y la técnica del psicoanálisis en el tratamiento de la demencia precoz (esquizofrenia). Ese instituto se convirtió entonces en uno de los centros más importantes de la discusión de las ideas freudianas en los Estados Unidos. Fueron muchos los psiquiatras, entre los alumnos de Meyer, que emprendieron más tarde la vía del psicoanálisis. En 1913 continuó su enseñanza en Baltimore, en la Johns Hopkins University, otro lugar en el que sus alumnos de psiquiatría se orientaron hacia el freudismo, Aunque fue miembro de la American Psychoanalytic Association (APsaA), no adoptó la teoría freudiana del inconsciente, y siguió convencido de que sólo el pensamiento consciente puede favorecer la integración del hombre a la sociedad. De tal modo encarnaba perfectamente los ideales de ese psicoanálisis "a la americana" (de todas las tendencias), centrado, a pesar de su adhesión a la doctrina vienesa, en la primacía de la conciencia y en una concepción de la adaptación extraña al freudismo original.
En 1907, después de la aparición de la obra de un ex enfermo mental que explicaba cómo había sido curado, Meyer comenzó a definir un programa de higiene mental basado en la prevención de los desórdenes del alma en ambiente hospitalario. Conforme a la ética protestante, que tanto inspiró a la escuela suiza de psiquiatría dinámica, desde Forel hasta Bleuler, pasando por Jung y Oskar Pfister, fue un pedagogo cuyos principios morales se adecuaban maravillosamente a un país marcado por la tradición puritana.
Meyers Donald Campbell
(1863-1927) Médico canadiense
Nacido en Trenton, en la provincia de Ontario, Donald Campbell Meyers estudió medicina y neurología en la Trinity College Medical School de Toronto antes de viajar a Europa, en particular a Francia, para seguir la enseñanza de Jean Martin Charcot. A su retorno en 1894 fue el primer canadiense que aplicó los principios del psicoanálisis al tratamiento de la neurosis, y abrió una sala para los enfermos nerviosos en el hospital general de Toronto. Más tarde fundaría una clínica privada. Esta innovación fue severamente criticada por el psiquiatra Edward Ryan. El gobierno de la provincia de Ontario invitó con firmeza a Meyers a formar parte de una comisión de visita y estudio de la psiquiatría en Europa, en la cual él sería el rival de Charles Kirk Clarke.
Meynert Theodor
(1833-1892) Psiquiatra alemán
Este maestro de la psiquiatría vienesa, amante de la música, del arte plástico y la literatura, era, lo mismo que Hermann Nothnagel, un alumno de Karl Rokitanski (1804-1878). Desde 1873, y hasta su muerte, ocupó el cargo de médico jefe del hospital psiquiátrico de la ciudad. Personaje de carácter difícil y ambivalente, era conocido por sus cóleras apasionadas, y sin duda esta actitud tuvo que ver con el interés que suscitó en él la amentia, es decir, la confusión mental. Gran anatomista del cerebro, se inspiró en el modelo herbartiano para diferenciar la corteza superior, que consideraba una instancia socializada, de la corteza inferior, de naturaleza primitiva o arcaica. Siguiendo a Willhelm Griesinger (1817-1869), esta descripción le permitió formular la hipótesis de un yo primario y un yo secundario, que sería retomada por Freud en 1895 en su "Proyecto de psicología" y después por los fundadores de la Ego Psychology. Según Meynert, el yo primario es la parte genéticamente primera e inconsciente de la vida mental, que se manifiesta en el momento en que el niño toma conciencia de la separación entre su cuerpo y el ambiente. El yo secundario es el instrumento para el dominio de la percepción.
Con la intención de reducir todos los fenómenos psicológicos a un sustrato orgánico, Meynert terminó por elaborar una verdadera "mitología cerebral". En consecuencia, adoptó el punto de vista del nihilismo terapéutico, desdeñando los tratamientos del alma y renunciando a curar a los alienados que estaban a su cargo.
Sigmund Freud fue su alumno en 1883. Pasó cinco meses en su clínica psiquiátrica, y ése fue el único momento de su vida en el que tuvo la oportunidad de observar a varias decenas de enfermos mentales hospitalizados: "Hay una gran diferencia -escribió Albrecht Hirschmüller- entre la manera en que Freud abordaba los casos estrictamente neurológicos y los casos psiquiátricos en el sentido moderno de la palabra. En lo que concierne a los primeros, demostró ser un clínico perspicaz [...] pero no llegó a abordar a los enfermos gravemente psicóticos desde un punto de vista psicológico."
Gracias a Meynert y al apoyo de Nottmagel y Ernst von Brücke, Freud obtuvo el puesto anhelado de Privatdozent en septiembre de 1885. No obstante, las relaciones entre los dos hombres eran conflictivas. Freud no creía en el modelo neuroanatómico de Meynert; además, no le gustaba ese hombre colérico, que a sus ojos carecía de autoridad. En París, en el invierno de 1885-1886, conoció a Jean Martin Charcot, el maestro que buscaba. Después de ese viaje a Francia, Freud entró en la controversia entre Viena y París a propósito de la hipnosis y de la naturaleza de la histeria masculina: en adelante, su oposición a Meynert se fue haciendo cada vez más violenta.
Charcot distinguía una forma clásica de histeria masculina, determinada por la herencia, y una forma "postraumática", en la cual la herencia no desempeñaba ningún papel. Consideraba los síntomas de la forma postraumática (en particular las parálisis) como trastornos funcionales, sin sustrato hereditario ni lesión orgánica. Como prueba, Charcot recurría al hipnotismo: las parálisis traumáticas presentaban según él una sintomatología idéntica a la de las parálisis producidas bajo hipnosis. La escuela francesa y la escuela vienesa rechazaban esta enseñanza, para atenerse a la concepción clásica de la histeria masculina, organicista y hereditarista.
En este contexto, el 15 de octubre de 1886 Freud dio su famosa conferencia (no publicada) sobre la histeria masculina, en la Sociedad de Médicos de Viena, en presencia de Meynert y Heinrich von Bamberger (1822-1888) exponiendo ante los profesionales vieneses las tesis de Charcot, a las cuales él acababa de adherir. En su entusiasmo, le atribuyó al maestro de la Salpêtrière la paternidad de la noción de histeria masculina, que en Viena ya era conocida. La consecuencia fue un formidable enredo.
A la controversia sobre la histeria masculina se sumó otra, acerca del hipnotismo. Meynert no sólo rechazaba las tesis de Charcot, sino que consideraba el hipnotismo como una "psicosis producida experimentalmente", y condenaba los métodos terapéuticos basados en la sugestión. A su juicio, el sujeto en estado de hipnosis se convertía en una criatura degenerada, sin razón ni voluntad. La crítica de Meynert a la escuela francesa (desde Charcot hasta Hippolyte Bernheim) prenunció la que haría más tarde el propio Freud, al renunciar a la hipnosis.
En 1932, Maria Dorer fue la primera en demostrar el papel de Meynert en la génesis de algunos conceptos freudianos. Había sido en parte siguiéndolo a él como Freud tomó conocimiento de los modelos elaborados por Johann Friedrich Herbart, uno de los fundadores de la psicología moderna.
En La interpretación de los sueños Freud narra que en 1892 su viejo maestro, poco antes de morir, le había confiado en secreto que él mismo era un caso de histeria masculina. De modo que había mentido durante toda la vida, siempre atormentado por sus síntomas y su sufrimiento. Así nació la leyenda, retomada por Ernest Jones y la historiografía freudiana oficial, de que Meynert y los médicos vieneses habían negado la existencia de la histeria masculina, y de que Freud había sido el único capaz de demostrar su mecanismo. En 1968 Henri F. Ellenberger restableció la verdad, poniendo en duda la "confidencia" de Meynert, y restituyendo la complejidad de un debate a través del cual Freud había podido construir una nueva definición de la histeria.
Inspirándose en la biografía de Jones, Jean-Paul Sartre (1905-1980) hizo de Meynert, en su Scénario Freud, un admirable personaje de médico romántico, excéntrico, alcohólico y neurótico, obsesionado por la mala fe y atravesado por los síntomas de esa enfermedad histérica cuya naturaleza funcional se había empeñado tanto en desconocer.
Minkowski Eugéne
(1885-1972) Psiquiatra francés
Proveniente de un ambiente de judíos ortodoxos lituanos, Eugéne Minkowski, nacido en San Petersburgo, tenía 7 años cuando los padres se establecieron en Varsovia. Estudió medicina y filosofía en Múnich, y después partió hacia Kazan, donde conoció a su mujer. La declaración de guerra de 1914 lo sorprendió en Múnich, adonde había vuelto. Refugiado en Suiza, se formó en Zurich, en la Clínica del Burghölzli, con Eugen Bleuler, y después emigró a Francia, en 1915, para incorporarse al ejército como médico militar. En 1925, junto con su esposa Françoise Minkowska y Paul Schiff, fue uno de los fundadores del grupo de L'Évolution psychiatrique. Influido por la filosofía de Husserl, y después por el análisis existencial de Ludwig Binswanger, incorporó la fenomenología al saber psiquiátrico francés, desempeñando de tal modo un papel de primer plano para la generación siguiente, en particular para Jacques Lacan y Henri Ey. Su mujer introdujo en Francia el test de Hermann Rorschach.
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