Neurosis
Al.: Neurose.
Fr.: névrose.
Ing.: neurosis.
It.: nevrosi.
Por.: neurose.
Afección psicógena cuyos síntomas son la expresión simbólica de un conflicto psíquico que tiene sus raíces en la historia infantil del sujeto y constituyen compromisos entre el deseo y la defensa.
La extensión del concepto de neurosis ha variado; actualmente el término, cuando se utiliza solo, tiende a reservarse a aquellas formas clínicas que pueden relacionarse con la neurosis obsesiva, la histeria y la neurosis fóbica. Así, la nosografía distingue neurosis, psicosis, perversiones y afecciones psicosomáticas, mientras que se discute la posición nosográfica de las denominadas «neurosis actuales», «neurosis traumáticas» y «neurosis de carácter».
Al parecer, el término «neurosis» fue introducido por William Cullen (médico escocés) en un tratado de medicina aparecido en 1777 (First Lines of the Practice of Physics). La segunda parte de su obra se titula Neurosis or Nervous Diseases y trata no solamente de las enfermedades mentales o «vesanias», sino también de la dispepsia, las palpitaciones cardíacas, el cólico, la hipocondría y la histeria.
Durante el siglo xix se incluirán, por lo general, bajo la denominación de neurosis toda una serie de afecciones que se podrían caracterizar como sigue:
a) se les reconoce una localización orgánica precisa (de donde los nombres de «neurosis digestiva», «neurosis cardíaca», «neurosis gástrica», etc.) o se les supone una tal localización en el caso de la histeria (útero, tubo digestivo) y de la hipocondría;
b) se trata de afecciones funcionales, es decir, «sin inflamación ni lesión estructural» del órgano interesado;
c) se consideran como enfermedades del sistema nervioso.
Al parecer, la noción de neurosis en el siglo xix debe relacionarse, desde un punto de vista de la comprensión, con los conceptos modernos de afección psicosomática y de neurosis de órgano. Pero, desde el punto de vista de la extensión nosográfica, el término incluiría afecciones que hoy en día se reparten en los tres campos de la neurosis (por ejemplo, histeria), de lo psicosomático (neurastenia, afecciones digestivas) y de la neurología (epilepsia, enfermedad de Parkinson).
El análisis de la transformación que experimentó el concepto de neurosis a finales del siglo xix exigiría una extensa investigación histórica, tanto más cuanto que esta evolución difiere de un país a otro. Digamos únicamente, para fijar las ideas, que en dicho período la mayoría de los autores se percataron del carácter heterogéneo de las afecciones clasificadas bajo la denominación de «neurosis».
De esta amalgama se desprenden progresivamente afecciones en las cuales se supone con fundamento la existencia de una lesión del sistema nervioso (epilepsia, enfermedad de Parkinson, corea) ...
Por otro lado, en la frontera móvil que lo separa de las enfermedades mentales, el grupo de las neurosis tiende a anexionarse cuadros clínicos (obsesiones, fobias) que algunos autores todavía clasificaban entre las «psicosis», las «demencias» o los «delirios».
La posición de Pierre Janet atestigua el resultado de esta evolución en Francia a finales del siglo pasado; Janet distingue fundamentalmente dos grandes tipos de neurosis: la histeria y la psicastenia (esta última concuerda en gran parte con lo que Freud designa como neurosis obsesiva).
¿Cuál es la posición de Freud en esta época (1895-1900)? Al parecer, encuentra, en la cultura psiquiátrica de lengua alemana, una distinción relativamente bien establecida, desde el punto de vista clínico, entre psicosis y neurosis. Exceptuando algunas raras ambigüedades en su terminología, con estos dos términos designa afecciones que todavía hoy se clasifican bajo los mismos nombres.
Pero la principal preocupación de Freud no consistía entonces en delimitar la neurosis de la psicosis, sino en poner en evidencia el mecanismo psicógeno en toda una serie de afecciones. De ello resulta que el eje de su clasificación pasa entre las neurosis actuales, cuya etiología se busca en una disfunción somática de la sexualidad, y las psiconeurosis, en las cuales el factor determinante es el conflicto psíquico. Este grupo, llamado de las «psiconeurosis de defensa», incluye neurosis, como la histeria, y psicosis que en ocasiones se designan con el término «psicosis de defensa», como la paranoia.
A continuación, dentro de la misma perspectiva, Freud intentará imponer el término «psiconeurosis (o neurosis) narcisista» para designar lo que en psiquiatría, en la misma época, se denominaban psicosis. Finalmente, vuelve a la clasificación psiquiátrica usual y reserva la noción de neurosis narcisista para designar la psicosis maníaco-depresiva. Recordemos, finalmente, que Freud diferenció muy pronto, y de modo claro, el campo de las neurosis del de las perversiones.
En resumen, en el siguiente cuadro podríamos esquematizar la evolución, en extensión, del concepto de neurosis en la nosografía psicoanalítica.
1915Neurosis actualesPsiconeurosis
de transferencianarcisistas
1924Neurosis acutalesNeurosisNeurosis narcisistasPsicosis
Clasificación actualAfecciones psicosomáticasNeurosisPsicosis
maníaco depresivaparanoia esquizofrénica
Aun cuando las subdivisiones, dentro del grupo de las neurosis, varían según los autores (así, la fobia puede incluirse en la histeria o considerarse como una afección específica), actualmente se constata una gran unanimidad respecto de la delimitación clínica del conjunto de síndromes considerados como neuróticos. El reconocimiento, por la clínica contemporánea, de los «casos-límite» indica que, por lo menos teóricamente, el campo de la neurosis se considera como bien definido. Puede decirse que el pensamiento psicoanalítico se halla en gran parte de acuerdo con la delimitación clínica adoptada por la inmensa mayoría de escuelas psiquiátricas.
En cuanto a una definición en «comprensión» del concepto de neurosis, aquélla puede concebirse teóricamente, ya a nivel de la sintomatología, como la agrupación de cierto número de características que permitirían distinguir los síntomas neuróticos de los psicóticos o perversos, ya a nivel de la estructura.
De hecho, la mayoría de las tentativas de definición propuestas en psiquiatría oscilan entre estos dos niveles, siempre y cuando no se limiten a establecer una simple distinción de grado entre perturbaciones «más graves» y perturbaciones «menos graves». A título de ejemplo, citaremos el siguiente ensayo de definición, tomado de un manual reciente: «La fisonomía clínica de las neurosis se caracteriza:
»a) Por los síntomas neuróticos. Se trata de trastornos de la conducta, de los sentimientos o de las ideas que manifiestan una defensa contra la angustia y constituyen, en relación con este conflicto interno, una transacción de la cual el sujeto obtiene, en su posición neurótica, cierto beneficio (beneficio secundario de la neurosis).
»b) Por el carácter neurótico del Yo. Éste no encuentra, en la identificación con su propio personaje, buenas relaciones con los demás y un equilibrio interior satisfactorio»
Si se intenta establecer, con vistas a la comprensión del concepto, la especificidad de la neurosis tal como la establece la clínica, la tarea tiende a confundirse con la propia teoría psicoanalítica, en la medida en que ésta se ha constituido fundamentalmente como una teoría del conflicto neurótico y de sus modalidades.
Difícilmente se puede considerar como perfecta la diferenciación entre las estructuras psicóticas, perversas y neuróticas. Es por ello que nuestra definición corre el inevitable peligro de resultar demasiado extensa, por cuanto puede aplicarse también, al menos parcialmente, a las perversiones y a las psicosis.
Neurosis
s. f. (fr. névrose; ingl. neurosis; al. Neurose). Modo de defensa contra la castración por fijación a un escenario edípico.
Mecanismos y clasificación de las neurosis según Freud. Tras haber establecido la etiología sexual de las neurosis, S. Freud emprendió la tarea de distinguirlas según sus aspectos clínicos y sus mecanismos. De un lado, situó a la neurastenia y a la neurosis de angustia, cuyos síntomas provienen directamente de la excitación sexual sin intervención de un mecanismo psíquico (la primera ligada a un modo de satisfacción sexual inadecuado, la masturbación, y la segunda, a la ausencia de satisfacción) (Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia» 1895). A estas neurosis, a las que agregará luego la hipocondría, llamará neurosis actuales.
Del otro lado, situó a las neurosis en las que interviene un mecanismo psíquico de defensa (la represión), a las que denomina psiconeurosis de defensa. En ellas la represión se ejerce sobre representaciones de orden sexual que son «inconciliables» con el yo, y determina los síntomas neuróticos: en la histeria, la excitación, desligada de la representación por la represión, es convertida en el terreno corporal; en las obsesiones y la mayoría de las fobias, permanece en el terreno psíquico, para ser desplazada sobre otras representaciones (Las neuropsicosis de defensa, 1894).
Freud observa luego que una representación sexual sólo es reprimida en la medida en que ha despertado la huella mnémica de una escena sexual infantil que ha sido traumatizante; postula entonces que esta escena actúa après-coup de una manera inconciente para provocar la represión (Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa, 1896). La «disposición a la neurosis» parece depender entonces de acontecimientos sexuales traumatizantes realmente ocurridos en la infancia (en particular, la seducción). Después, Freud reconocerá el carácter poco constante de la seducción real, pero mantendrá que la neurosis tiene su origen en la primera infancia. La emergencia de las pulsiones sexuales, efectivamente, constituye un trauma en sí misma, y la represión consiguiente es el origen de la neurosis infantil. Con frecuencia esta pasa inadvertida y, cuando hay síntomas, se atenúan en el período de latencia, pero luego resurgen. La neurosis del adulto o del adolescente es, por lo tanto, una revivencia de la neurosis infantil.
La fijación (a los traumas, a las primeras satisfacciones sexuales) aparece así como un factor importante de las neurosis; con todo, no es un factor suficiente porque se encuentra también en las perversiones. El factor decisivo es el conflicto psíquico: Freud da cuenta constantemente de las neurosis por la existencia de un conflicto entre el yo y las pulsiones sexuales. Conflicto inevitable, puesto que las pulsiones sexuales son refractarias a toda educación y sólo buscan el placer, mientras que el yo, dominado por la preocupación de la seguridad, está sometido a las necesidades del mundo real así como a la presión de las exigencias de la civilización, que le imponen un ideal. Lo que determina la neurosis es la «parcialidad del joven yo en favor del mundo exterior con relación al mundo interior». Freud pone así en juego el carácter inacabado, «débi1» del yo, que lo conduce a desviarse de las pulsiones sexuales y, por lo tanto, a reprimirlas en lugar de controlarlas.
En 1914, Freud divide las psiconeurosis en dos grupos, que opone: las neurosis narcisistas (expresión ahora en desuso, que corresponde a las psicosis) y las neurosis de trasferencia (histeria, neurosis obsesiva e histeria de angustia) (Introducción del narcisismo, 1914). En las neurosis narcisistas, la libido inviste al yo y no es movilizable por la cura analítica. Por el contrario, en las neurosis de trasferencia, la libido, investida en objetos fantasmáticos, es fácilmente trasferida sobre el psicoanalista.
En cuanto a las neurosis actuales, también ellas se oponen a las neurosis de trasferencia porque no provienen de un conflicto infantil y no tienen una significación dilucidable. Freud las considera «estériles» desde el punto de vista analítico, pero reconocerá que la cura puede ejercer sobre ellas una acción terapéutica.
En reiteradas oportunidades, Freud se esforzó en precisar los mecanismos en juego en las neurosis de trasferencia (La represión, 1915; Conferencias de introducción al psicoanálisis, 1916; Inhibición, síntoma y angustia, 1926). Trabajó allí las siguientes cuestiones: ¿hay modalidades diferentes de represión en las diversas neurosis de trasferencia? ¿En qué tendencias libidinales recae? ¿De qué manera fracasa o, dicho de otro modo, cómo se forman los síntomas? ¿Hay otros mecanismos de defensa en juego? ¿Qué lugar le cabe a la regresión? Sin que pueda resumirse el rumbo de su pensamiento, se puede establecer simplemente que, en la histeria, la represión desempeña el papel principal, mientras que en la neurosis obsesiva intervienen otros mecanismos de defensa, que son la anulación retroactiva y el aislamiento.
El Edipo, complejo nuclear de las neurosis. Freud situó al Edipo como el núcleo de toda neurosis de trasferencia: «La tarea del hijo consiste en desprender de su madre sus deseos libidinales para volver a ponerlos en un objeto real ajeno, en reconciliarse con el padre si le guarda cierta hostilidad o en emanciparse de su tiranía cuando, por reacción contra su rebelión infantil, se ha convertido en su esclavo sumiso. Estas tareas se imponen a todos y cada uno y debe observarse que su cumplimiento rara vez se logra de una manera ideal (...) Los neuróticos fracasan totalmente en estas tareas, permaneciendo el hijo toda su vida inclinado bajo el peso de la autoridad del padre y siendo incapaz de volver a colocar su libido en un objeto sexual ajeno. Tal puede ser también, mutatis mutandis, el destino de la hija. En este sentido preciso, el complejo de Edipo puede ser considerado como el núcleo de las neurosis» (Conferencias de introducción al psicoanálisis).
¿Por qué persiste este apego a los padres, en buena parte inconciente? ¿Por qué no es superado, sobrepasado, el Edipo? Porque las reivindicaciones libidinales edípicas son reprimidas y se hacen así perennes, En cuanto al móvil de la represión, Freud va a precisar que se trata de la angustia de castración, quedando abierta para él la cuestión de lo que perpetúa esta angustia (Inhibición, síntoma y angustia). Para Lacan, la angustia de castración viene a señalar que la operación normativa que es la simbolización de la castración no ha sido totalmente realizada. Esta se realiza por vía del Edipo. La castración, es decir, la pérdida del objeto perfectamente satisfactorio y adaptado, está determinada simplemente por el lenguaje, y el Edipo permite simbolizarla atribuyéndola a una exigencia que el Padre (la función paterna simbólica tal como nosotros la imaginamos) tendría respecto de todos. Habiendo sido simbolizada la castración, persiste habitualmente una fijación al Padre, que es nuestro modo ordinario de normalidad (designado por el término síntoma en su acepción lacaniana).
Pero, si el síntoma no es la neurosis, ¿cuáles son entonces los factores que hacen al Edipo neurotizante? No se puede dejar de evocar la influencia de los padres reales, pero, ¿con qué criterio evaluarla? Lacan afirma que lo patógeno es la discordancia entre lo que el sujeto percibe del padre real y la función paterna simbólica (El mito individual del neurótico, 1953). El problema es que tal discordancia es inevitable y por lo tanto es peligroso atribuir la neurosis a lo que los padres le hicieron o no le hicieron sufrir al niño. Se vuelve a encontrar aquí la cuestión que se le había planteado a Freud desde sus principios, a propósito de la cual terminó concluyendo que, en la neurosis, lo que importa es la «realidad psíquica».
Retomando la expresión mito individual, Ch. Melman insiste en la importancia de la historización en la constitución de la neurosis. Resalta que hay un rechazo de la situación general común: rechazo de la aceptación de la pérdida del objeto, que, desde entonces, es atribuida no a una exigencia del padre sino a una historia estimada como original y exclusiva (y que forzosamente no lo es: insuficiencia del amor materno, impotencia del padre real, trauma sexual, nacimiento de un hermano o hermana, etc.). Allí donde el mito edípico, mito colectivo, abre una promesa, el mito individual del neurótico hace perenne un daño. Y si bien hay también allí una fijación al padre, es por el reclamo que se le dirige de reparar ese daño.
Así, no sólo al padre y a la madre el neurótico permanece atado, sino, más ampliamente, a una situación original que su mito individual organiza. Ch. Melman observa que esta situación está estructurada como un libreto y que este libreto va a repetirse a lo largo de toda la vida imponiendo sus estereotipias y su fracaso a las diversas circunstancias que se presentarán.
Esta captura en un libreto es propia de la neurosis. En la psicosis, no hay drama edípico que pueda ser representado. En la fobia, que es de un tiempo anterior a la neurosis, hay repetición de un elemento idéntico que es el elemento fobígeno, pero que no se inscribe en un libreto. En cuanto a la perversión, se caracteriza por un montaje inmutable que tiene como objetivo dar acceso al objeto sin acordar un lugar ni una historia a personajes específicos. De este modo, «lo real establecido en la infancia va a servir de modelo para todas las situaciones por venir, la vida se presenta como un sueño sometido a la ley del corazón [expresión de Hegel retomada por Lacan] Y al desprecio de una realidad forzosamente distinta, y el conflicto sigue siendo el de antaño» (Ch. Melman, Seminario 1986-87, inédito). El punto fundamental, en razón de sus consecuencias clínicas, es que el libreto desemboque en el fracaso: «La manera en que el neurótico aborda lo real muestra que reproduce, incambiada, la situación del fracaso originario». ¿Qué significación darle a esta repetición del fracaso? ¿Se trata de conseguir al fin una captación perfecta del objeto o, por el contrario, de lograr que su pérdida sea verdaderamente definitiva? Se verá que la posición del neurótico oscila entre estas dos metas opuestas.
La relación del neurótico con el Otro. Para el neurótico, como para todo serhablante, la relación fundamental es con el Otro. La relación narcisista es por cierto de una gran pregnancia en la neurosis (por lo que las reacciones paranoicas no son excepcionales en ella), pero toma su estructura de la relación con el Otro. Para retomar, con otros términos, lo dicho precedentemente: el Edipo, a través de la promoción del nombre-del-padre, propone un pacto simbólico. Por medio de la renuncia a un cierto goce (el del objeto a), el sujeto puede tener un acceso lícito al goce fálico. Para el futuro neurótico, las condiciones del pacto están bien establecidas (lo que no es el caso para el psicótico), pero él no va a renunciar completamente al goce del objeto a (como se ve muy bien en la neurosis obsesiva, e incluso frecuentemente en la histeria), como tampoco va a renunciar a pretenderse no castrado.
¿Cómo se defiende entonces? Imaginarizando el Nombre-del-Padre, que es un significante, y haciendo de él el Padre ideal, que, como dice Lacan, «cerraría los ojos ante los deseos», no exigiría la estricta aplicación del pacto simbólico. El neurótico da existencia de este modo al Otro que, por definición, sólo es un lugar. El dispositivo de la cura, con su posición acostada y con la invisibilidad del psicoanalista, hace más sensible esta necesidad de la existencia del Otro: es al Otro, y no a la persona del psicoanalista, al que se dirigen los llamados y las interrogaciones del analizante.
La trasferencia neurótica es esta creencia, muy a menudo inconciente, en el Padre ideal, que se supone acoge la queja, se conmueve con ella y aporta su remedio, y que es «supuesto saber» acerca de la senda en que el sujeto debería comprometer su deseo. La trasferencia es el motor de la cura puesto que la interrogación del «sujeto supuesto [al] saber» le permite al analizante adquirir los elementos de ese saber, pero es también el obstáculo para su fin, puesto que este fin implica la destitución de ese Padre ideal.
El neurótico se querría a la imagen de ese Padre: sin falta, no castrado; por eso Lacan dice que tiene un yo «fuerte», un yo que, con toda su fuerza, niega la castración que ha sufrido. Lacan indica así que toda tentativa de reforzar al yo agrava sus defensas y va en el sentido de la neurosis. A pesar de estar en contradicción con la expresión yo «débil» empleada por Freud, Lacan está de acuerdo con lo que, al final de su obra, Freud formula sobre la «roca de la castración», que no es otra cosa que el rechazo a admitir la castración (Análisis terminable e interminable, 1937).
Defendiéndose de la castración, el neurótico la sigue temiendo como amenaza imaginaria, y al no saber nunca muy bien en qué puede autorizarse -respecto de su palabra o de su goce-, mantiene sus limitaciones. Cuando estas son demasiado intolerables, el llamado a la indulgencia del Otro puede, momentáneamente, trasformarse en un llamado a cumplir su castración, lo que no constituye para nada un progreso, porque enseguida se imagina que es el Otro el que pide su castración, que, desde ese momento, rechaza. «Lo que el neurótico no quiere, y rechaza encarnizadamente hasta el fin del análisis, es sacrificar su castración al goce del Otro, dejándola que sirva para ese fin» («Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconciente freudiano», 1960; Escritos, 1966).
El psicoanálisis, que no está al servicio de la moral ordinaria (de inspiración edípica y que preconiza la ley paterna), debe permitirle al sujeto interrogarse tanto sobre la elección de goce que ha hecho como sobre la existencia del Otro.
Histeria y neurosis obsesiva. Las dos principales neurosis de trasferencia son la histeria y la neurosis obsesiva. Freud ha incluido entre las neurosis de trasferencia a ciertas fobias, bajo la denominación de histeria de angustia, aproximándolas así a la histeria. Lacan, al final de su enseñanza, dio a la fobia otro lugar, calificándola de «plataforma giratoria» hacia otras estructuras, neuróticas o perversas. Ch. Melman, como se ha visto, separa radicalmente la estructura fóbica de la neurosis.
La histeria y la neurosis obsesiva pueden ser opuestas sistemáticamente en cierto número de puntos:
el sexo: predominancia femenina en la histeria y predominancia masculina todavía más marcada en la neurosis obsesiva. Si se sitúa la neurosis, no con relación al sexo anatómico, sino a la posición sexuada («sexuación»), la oposición se hace todavía más nítida: la histeria es propia de la posición femenina, y la neurosis obsesiva, de la posición masculina. En el primer caso [la histeria], la cuestión del sexo es central (cuestión inconciente que Lacan formula como: «¿soy hombre o mujer?» o: «¿qué es una mujer?»); en el segundo (la neurosis obsesiva], es central la cuestión de la deuda simbólica impaga, que se formula en los temas de la existencia y de la muerte;
la sintomatología: propende a lo somático en la histeria, puramente mental en la neurosis obsesiva-,
el mecanismo psíquico en juego: represión en la histeria, aislamiento y anulación retroactiva en la neurosis obsesiva;
el objeto preeminente y la dialéctica operante respecto del Otro: en la histeria, el seno que simboliza la demanda hecha al Otro; en la neurosis obsesiva, las heces que simbolizan la demanda hecha por el Otro;
la condición que determina la angustia: pérdida del amor en la histeria, angustia ante el superyó en la neurosis obsesiva;
la subjetividad: la histeria es la manifestación de la subjetividad, la neurosis obsesiva es la tentativa de abolirla. Se entiende que la sintomatología, en el primer caso, pueda ser exuberante e incluso «teatral», y que, en el segundo, esté mucho tiempo disimulada:
el tipo de obstáculo puesto a la realización del deseo: Lacan señala el carácter «insatisfecho» del deseo de la histérica («el deseo se mantiene por la insatisfacción que se le aporta al sustraerse como objeto») y el carácter «imposible» que reviste el deseo en el obsesivo.
Esta serie de oposiciones subraya la «antipatía profunda» (Melman) entre las dos neurosis. Con todo, hay que precisar que histeria y neurosis obsesiva no se sitúan en el mismo plano, en la medida en que el término histeria no connota sólo una neurosis, sino, mucho más ampliamente, un discurso, aquel en que la subjetividad ocupa la posición amo, y que puede ser adoptado por cualquiera. Esto da cuenta, y no por argumentos genéticos, de la posibilidad de rasgos histéricos en una neurosis obsesiva.
Neurosis
Alemán: Neurose.
Francés: Névrose.
Inglés: Neurosis.
Término propuesto en 1769 por el médico escocés William Cullen (1710-1790) para designar las enfermedades nerviosas que entrañan un trastorno de la personalidad. Fue popularizado en Francia por Plillippe Pinel (1745-1826) en 1785. Como concepto técnico empleado por Sigmund Freud a partir de 1893, se aplica a las enfermedades nerviosas cuyos síntomas simbolizan un conflicto psíquico reprimido de origen infantil.
Con el desarrollo del psicoanálisis, el concepto evolucionó, para encontrar finalmente su lugar en una estructura tripartita, junto a la psicosis y la perversión.
En consecuencia, desde el punto de vista freudiano, en el registro de la neurosis se clasifican la histeria y la neurosis obsesiva, a las cuales hay que añadir la neurosis actual, que comprende la neurosis de angustia y la neurastenia, y la psiconeurosis, que abarca la neurosis de transferencia y la neurosis narcisista.
La expresión "neurosis de carácter" es propia de la terminología de Edward Glover y de la doctrina de Wilhelm Reich; la noción de neurosis de fracaso fue forjada por René Laforgue, y la de neurosis de abandono por la psicoanalista suiza Germaine Guex (1904-1984).
El término neurosis fue creado por William Cullen durante la segunda mitad del siglo XVIII, y atestigua la renovación de la mirada clínica que le daba prioridad a la disección de cadáveres y por lo tanto a la observación "directa" y post mortem de los órganos afectados por las diversas patologías. De allí la idea de crear una palabra genérica para designar el conjunto de afecciones de la sensibilidad y la motricidad sin fiebre y sin relación con algún órgano.
De tal modo nació la definición moderna de la neurosis, que por la vía negativa permitió construir una nosografía excluyendo de su campo el ámbito de las enfermedades para las cuales la nueva medicina anatomopatológica no encontraba explicación orgánica. Philippe Pinel retomó muy pronto el término y, un siglo más tarde, Jean Martin Charcot lo popularizó, haciendo de la histeria una enfermedad funcional (y por lo tanto una neurosis), mientras que su alumno Pierre Janet se orientaría hacia la idea de una pura causalidad psíquica. En la terminología de Janet, que iba a marcar a todos los clínicos franceses del período de entreguerras, la neurosis pasaba a ser una enfermedad de la personalidad, caracterizada por conflictos psíquicos que perturbaban las conductas sociales. Janet distinguía dos tipos de neurosis: la histeria, en la cual había una retracción del campo de la conciencia, y la psicastenia, en la que se ponía de manifiesto un debilitamiento de la función de adaptación a la realidad.
Después de su encuentro con Charcot, Freud comenzó a definir también la histeria como una neurosis, pero con una perspectiva totalmente distinta de la de Janet. Desprendió definitivamente a la histeria de la conjetura uterina, asociándola a una etiología sexual y un enraizamiento en el inconsciente. En adelante, y después de la publicación de Estudios sobre la histeria en 1895, la histeria en el sentido freudiano se convirtió en el prototipo de la neurosis como tal para el discurso psicoanalítico. Quedó definida como una enfermedad nerviosa en la cual había intervenido en primer lugar un trauma. De allí la idea defendida por Freud de que los pacientes afectados de neurosis histérica, en general mujeres, habían sufrido abusos sexuales en la infancia. Después del abandono en 1897 de esta teoría llamada de la seducción, la neurosis pasó a ser una afección ligada a un conflicto psíquico inconsciente de origen infantil, con una causa sexual. Resultaba de un mecanismo de defensa contra la angustia, y de una formación de compromiso entre esa defensa y la posible realización de un deseo.
Paralelamente, a partir de 1894, Freud adoptó el término psiconeurosis (que abandonaría más tarde) para ampliar la definición de la neurosis. Clasificó por un lado los fenómenos de defensa (o psiconeurosis de defensa) derivados de una situación edípica (fobia, obsesiones, histeria), y por el otro las problemáticas narcisistas (o psiconeurosis narcisistas) derivadas de una situación preedípica. Con las nuevas definiciones, de principio del siglo XX, de la paranoia y la esquizofrenia, las psiconeurosis de defensa fueron catalogadas como neurosis, y las psiconeurosis narcisistas incluidas en la categoría de las psicosis.
Junto a la histeria, y en el marco de las psiconeurosis de defensa, Freud formuló en 1894 una definición de la neurosis obsesiva: "He tenido que comenzar mi trabajo con una innovación nosográfica. Junto a la histeria, he encontrado razones para ubicar la neurosis de obsesiones (Zwangneurose) como afección autónoma e independiente, aunque la mayoría de los autores clasifican las obsesiones entre los síndromes que constituyen la degeneración mental, o las confunden con la neurastenia.- Cuatro años después, en 1898, Freud empleó la expresión "neurosis actual" para designar la neurosis de angustia (o excitabilidad nerviosa) y la neurastenia, que según él no cedían a la cura psicoanalítica. Se trataba de una neurosis en la cual el conflicto surgía de la actualidad del sujeto, y no de su historia infantil, y el síntoma no era una simbolización.
Entre 1914 y 1924 Freud conservó la definición clásica que había dado de la neurosis al principio de sus descubrimientos y de sus experiencias clínicas. Pero después de los grandes debates con Carl Gustav Jung y Eugen Bleuler sobre la disociación, el autoerotismo y el narcisismo, y con la ulterior entrada en la escena de la segunda tópica, organizada en torno a la trilogía del yo, el ello y el superyó, organizó en una estructura la pareja formada por la neurosis y la psicosis, a las cuales añadió la perversión.
Partiendo de la distinción entre el narcisismo primario en el que el sujeto inviste la libido en si mismo, y el narcisismo secundario, en el que hay una retracción de la libido sobre los fantasmas, Freud define la oposición entre neurosis y psicosis como resultado de dos actitudes derivadas de un clivaje del yo. En la neurosis hay un conflicto entre el yo y el ello, y coexistencia de una actitud que contraría la exigencia pulsional con otra que tiene en cuenta la realidad, mientras que en la psicosis hay un trastorno entre el yo y el mundo exterior, que se traduce en la producción de una realidad delirante y alucinatoria (la locura).
Freud completó este edificio estructural introduciendo un tercer elemento: la perversión. Después de haber considerado, en 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual, que la neurosis era el "negativo de la perversión", caracterizó a esta última como una manifestación en bruto y no reprimida de la sexualidad infantil (perversa polimorfa). Desde este punto de vista, los tres términos terminaron reunidos: la neurosis como resultado de un conflicto con represión, la psicosis como reconstrucción de una realidad alucinatoria, y la perversión como renegación de la castración, con fijación en la sexualidad infantil.
A partir de la década de 1950, este modelo del freudismo clásico fue cuestionado, sobre todo en los Estados Unidos y Gran Bretaña, con la aparición de la noción de estados límite, por un lado, y por el otro, de las nuevas concepciones de la neurosis derivadas de los trabajos de Donald Woods Winnicott y Heinz Kohut, centradas en la cuestión del self.
Neurosis actual
Al.: Aktualneurose.
Fr.: névrose actuelle.
Ing.: actual neurosis.
It.: nevrosi attuale.
Por.: neurose atual.
Tipo de neurosis que Freud distingue de las psiconeurosis:
a) el origen de las neurosis actuales no debe buscarse en los conflictos Infantiles, sino en el presente;
b) los síntomas no constituyen una expresión simbólica y sobredeterminada, sino que resultan directamente de la falta o inadecuación de la satisfacción sexual.
Primeramente Freud Incluyó en las neurosis actuales la neurosis de angustia y la neurastenia, y más tarde propuso añadir la hipocondría.
El término «neurosis actual» aparece en 1898 en la obra de Freud para designar la neurosis de angustia y la neurastenia, pero el concepto de una especificidad de estas afecciones con respecto a las restantes neurosis fue elaborado ya antes de sus investigaciones sobre la etiología de las neurosis, tanto en la correspondencia con Fliess como en las publicaciones de los años 1894-1896.
1. La diferenciación entre neurosis actuales y psiconeurosis es fundamentalmente de tipo etiológico y patogenético: la causa es sexual en ambos tipos de neurosis, pero, en el caso de las neurosis actuales, debe buscarse en «desórdenes de la vida sexual actual» y no en «acontecimientos importantes de la vida pasada». La palabra «actual» debe interpretarse, por tanto, sobre todo en el sentido de una «actualidad» en el tiempo. Por otra parte, esta etiología es somática y no psíquica: «La fuente de excitación, el factor desencadenante del trastorno, se halla en la esfera somática, mientras que, en la histeria y la neurosis obsesiva, se encuentra en la esfera psíquica». Este factor sería, en la neurosis de angustia, la falta de descarga de la excitación sexual, y, en la neurastenia, un alivio inadecuado de ésta (por ejemplo, masturbación).
Por último, el mecanismo de formación de los síntomas sería somático (por ejemplo, transformación directa de la excitación en angustia) y no simbólico. El término «actual» viene a significar aquí la ausencia de esta mediación que se encuentra en la formación de los síntomas psiconeuróticos (desplazamiento, condensación, etc.).
Desde el punto de vista terapéutico, estos puntos de vista conducen a la idea de que las neurosis actuales no surgen del psicoanálisis, puesto que en ellas los síntomas no proceden de una significación susceptible de ser aclarada.
Freud no abandonó jamás estos puntos de vista acerca de la especificidad de las neurosis actuales. Los expresó de nuevo en distintas ocasiones, indicando que el mecanismo de formación de los síntomas debería buscarse en el campo de la química (intoxicación por productos del metabolismo de las substancias sexuales)
2. Entre psiconeurosis y neurosis actuales no existe solamente una oposición global; en varias ocasiones Freud intentó establecer correspondencias individuales entre, por una parte, la neurastenia y la neurosis de angustia y, por otra, las diversas neurosis de transferencia. Cuando, más tarde, introduce la hipocondría como tercera neurosis actual, la hace corresponder a las parafrenias o psiconeurosis narcisistas (esquizofrenia y paranoia). Estas correspondencias vienen justificadas, no sólo por analogías estructurales, sino también por el hecho de que « [...] el síntoma de la neurosis actual es, a menudo, el núcleo y la fase precursora del síntoma psiconeurótico». La idea de que la psiconeurosis es desencadenada por una frustración que conduce a un estancamiento de la libido viene de nuevo a poner en evidencia este elemento actual.
Actualmente tiende a desaparecer de la nosografía la noción de neurosis actual, en la medida en que, sea cual fuere el valor desencadenante que posean los factores actuales, se encuentra siempre en los síntomas la expresión simbólica de conflictos más antiguos. Con esta salvedad, la idea de conflicto y de síntomas actuales conserva su valor y reclama las siguientes observaciones:
1.ª la distinción entre conflictos de origen infantil, reactualizados, y conflictos determinados en su mayor parte por la situación actual se impone en la práctica psicoanalítica: así, la existencia de un conflicto actual agudo constituye a menudo un obstáculo al curso de la cura psicoanalítica;
2.ª en toda psiconeurosis, junto a los síntomas cuya significación puede ser aclarada, existe un cortejo más o menos importante de síntomas del tipo de los descritos por Freud dentro del marco de las neurosis actuales: fatigas no justificadas, dolores vagos, etc. Dado que el conflicto defensivo impide la realización del deseo inconsciente, se concibe que esta libido no satisfecha se encuentre en el origen de cierto número de síntomas inespecíficos;
3.ª en la misma dirección se observará que, en las concepciones de Freud, los síntomas «actuales» son ante todo de tipo somático, y que la antigua noción de neurosis actual conduce directamente a las concepciones modernas sobre las afecciones psicosomáticas;
4.ª por último, se observará que Freud sólo considera, en su teoría, la no-satisfacción de las pulsiones sexuales. Se debería tener en cuenta igualmente, en la génesis de síntomas neuróticos actuales y psicosomáticos, la supresión de la agresividad.
Neurosis de abandono
Al.: Verlassenheitsneurose.
Fr.: névrose d'abandon.
Ing.: neurosis of abandonment.
It.: nevrosi d'abbandono.
Por.: neurose de abandono.
Término introducido por psicoanalistas suizos (Charles Odier, Germalne Guex) para designar un cuadro clínico en el que predominan la angustia del abandono y la necesidad de seguridad. Se trata de una neurosis cuya etiología sería preedípica. No correspondería necesariamente a un abandono sufrido en la infancia. Los individuos que presentan esta neurosis se denominan «abandónicos».
En su obra La névrose d’abandon, Germaine Guex considera necesario aislar este tipo de neurosis, que no entraría en ninguno de los cuadros clásicos de la nosografía.
La sintomatología del abandónico no presenta a primera vista nada rigurosamente específico: angustia, agresividad, masoquismo, sentimiento de minusvalía; de hecho, estos síntomas no se relacionarían con los conflictos habitualmente evidenciados por el psicoanálisis (especialmente con los conflictos edípicos), sino con una inseguridad afectiva fundamental.
La necesidad ilimitada de amor, que se manifiesta de un modo polimorfo que a menudo la hace difícil de reconocer, significaría una búsqueda de la seguridad perdida, cuyo prototipo sería una fusión primitiva del niño con la madre. No correspondería necesariamente a un abandono real por la madre, abandono cuyas consecuencias fueron estudiadas por Spitz (véase: Hospitalismo; Depresión anaclítica), sino esencialmente a una actitud afectiva de la madre, que es sentida como que le rehusa el amor (por ejemplo, «falsa presencia» de la madre). Finalmente, según Germaine Guex, debería invocarse un factor constitucional psico-orgánico («glotonería» afectiva, intolerancia a las frustraciones, desequilibrio neurovegetativo).
Germaine Guex estima que el abandónico ha permanecido más acá del Edipo, el cual constituía para él una amenaza excesiva a su seguridad; la neurosis de abandono debería relacionarse con una «perturbación del yo» que a menudo sólo se pone de manifiesto durante la cura psicoanalítica.
Observemos que el término «abandónico» se utiliza, en forma descriptiva, incluso por autores que no han adoptado, ni desde un punto de vista nosográfico, ni desde un punto de vista etiológico, las concepciones (aquí muy resumidas) de Germaine Guex.
Neurosis de angustia
Al.: Angstneurose.
Fr.: névrose d'angoisse.
Ing.: anxiety neurosis.
It.: nevrosi d'angoscia.
Por.: neurose de angústia.
Tipo de enfermedad que Freud aisló y diferenció:
a) desde el punto de vista sintomatológico, de la neurastenia, por el predominio de la angustia (expectación ansiosa, ataques de angustia o equivalentes somáticos de ésta);
b) desde el punto de vista etiológico, de la histeria: la neurosis de angustia es una neurosis actual caracterizada específicamente por la acumulación de excitación sexual que se transformaría directamente en síntoma sin mediación psíquica.
El problema del origen de la angustia y de sus relaciones con la excitación sexual y la libido preocupó a Freud desde 1893, como pone de manifiesto su correspondencia con Fliess. Este problema lo trata sistemáticamente en su artículo Sobre la justificación de separar de la neurastenia cierto complejo de síntomas a título de «neurosis de angustia» (Über die Berechtigung, von der Neurasthenie cinen bestimmten Symptomenkmplex als «Angstneurose» abzutrennen, 1895).
Desde el punto de vista nosográfico, aísla del síndrome clásicamente descrito como neurastenia una afección centrada en torno al síntoma fundamental de la angustia. Sobre un fondo de «excitabilidad general» destacan diferentes formas de angustia: angustia crónica o expectación ansiosa, susceptible de ligarse a todo contenido representativo capaz de ofrecerle un soporte; ataque de angustia pura (por ejemplo: pavor nocturnus), acompañado de o reemplazado por diversos equivalentes somáticos (vértigo, disma, trastornos cardíacos, sudoración, etc.); síntomas fóbicos, en los que el afecto de angustia se halla ligado a una representación, pero sin que pueda reconocerse en ésta un substitutivo simbólico en una representación reprimida.
Freud relaciona la neurosis de angustia con etiologías específicas, cuyos factores más corrientes son:
a) acumulación de tensión sexual;
b) ausencia o insuficiencia de «elaboración psíquica» de la excitación sexual somática, la cual no puede transformarse en «libido psíquica» (véase: Libido) más que entrando en conexión con grupos preestablecidos de representaciones sexuales. Cuando la excitación sexual no es controlada de este modo, se deriva directamente hacia el plano somático en forma de angustia.
Freud considera como condiciones para esta insuficiente elaboración psíquica, ya «[...] un desarrollo insuficiente de la sexualidad psíquica, ya una tentativa de supresión de ésta, ya su degradación, ya, por último, la instauración de una separación, que se ha vuelto habitual, entre la sexualidad psíquica y la sexualidad física».
Freud intentó poner de manifiesto cómo intervienen estos mecanismos en las diferentes formas etiológicas que enumera: angustia de las vírgenes, angustia de la abstinencia sexual, angustia provocada por el coitus interruptus, etc.
Señaló los puntos de contacto que ofrecen las sintomatologías y, hasta cierto punto, los mecanismos de la neurosis de angustia y de la histeria: en ambos casos «[...]se produce una especie de "conversión" [...]. Con todo, en la histeria, es una excitación psíquica la que toma una falsa vía exclusivamente hacia lo somático, mientras que aquí (en la neurosis de angustia) se trata de una tensión física que no puede pasar a lo psíquico y permanece entonces en una vía física. Ambos procesos se asocian con gran frecuencia».
Aunque, como puede verse, Freud indicase lo que puede haber de psíquico en las condiciones de aparición de la neurosis de angustia, subrayando la afinidad de ésta con la histeria y su posible asociación en forma de «neurosis mixta», no por ello dejó de sostener siempre la especificidad de la neurosis de angustia como neurosis actual.
En la actualidad, los psicoanalistas no aceptan sin reservas la noción de neurosis actual; sin embargo, el cuadro clínico de la neurosis de angustia (acerca de la cual se olvida a menudo que fue Freud quien la separó de la neurastenia) sigue conservando su valor nosográfico en clínica: neurosis en la que predomina una angustia masiva, sin objeto claramente manifiesto, y en la que es patente el papel desempeñado por los factores actuales.
En este sentido, se diferencia claramente de la histeria de angustia o neurosis fóbica, en la cual la angustia se ha fijado sobre un objeto substitutivo.
Neurosis de carácter
Al.: Charakterneurose.
Fr.: névrose de caractére.
Ing.: character neurosis.
It.: nevrosi del carattere.
Por.: neurose de caráter.
Tipo de neurosis en la cual el conflicto defensivo no se traduce por la formación de síntomas claramente aislables, sino por rasgos de carácter, formas de comportamiento o incluso una organización patológica del conjunto de la personalidad.
El término «neurosis de carácter» se ha convertido en una expresión de empleo corriente en el psicoanálisis contemporáneo, sin que, no obstante, posea un sentido muy preciso.
Si este concepto sigue estando mal delimitado, ello es debido, sin duda, a que plantea no sólo problemas nosográficos (¿es posible la diferenciación de una neurosis de carácter?) sino también psicológicos (origen, fundamento, función de lo que la psicología llama carácter) y técnicos (¿qué lugar debe darse al análisis de las defensas llamadas «de carácter»?).
En efecto, esta noción tiene sus antecedentes en trabajos psicoanalíticos de inspiración diversa:
1) estudios sobre la génesis de ciertos rasgos o de ciertos tipos de carácter, especialmente en relación con la evolución libidinal;
2) las concepciones teóricas y técnicas de W. Reich sobre la «coraza caracterológica» y la necesidad, especialmente en los casos rebeldes al análisis clásico, de poner de manifiesto e interpretar las actitudes defensivas que se repiten, sea cual fuere el contenido verbalizado.
Si nos atenemos a una orientación nosográfica, que necesariamente evoca el mismo término «neurosis de carácter», aparece en seguida la confusión y multiplicidad de sentidos posibles:
1) La expresión se utiliza a menudo en forma poco rigurosa para designar todo cuadro neurótico que, en un primer examen, no revela síntomas, sino únicamente formas de comportamiento que implican dificultades repetidas o constantes en la relación con el ambiente.
2) Una caracterología de inspiración psicoanalítica relaciona diferentes tipos de carácter, ya con las grandes enfermedades psiconeuróticas (caracteres obsesivo, fóbico, paranoico, etc.), ya con las diversas fases de la evolución libidinal (caracteres oral, anal, uretral, fálico-narcisista, genital, reagrupados a veces en la gran oposición carácter genital-carácter pregenital). Desde este punto de vista, puede hablarse de neurosis de carácter para designar toda neurosis aparentemente asintomática, en la cual lo que revela la organización patológica es el tipo de carácter.
Pero, si vamos más lejos y recurrimos, como se hace, cada vez más, actualmente, al concepto de estructura, tenderemos a superar la oposición entre neurosis con o sin síntomas y haremos recaer el acento, más que en las expresiones manifiestas del conflicto (síntomas, rasgos de carácter), en el modo de organización del deseo y de la defensa. (ver nota)
3) Los mecanismos más a menudo invocados para explicar la formación del carácter son la sublimación y la formación reactiva. Las formaciones reactivas «evitan las represiones secundarias realizando, de una vez por todas, una modificación definitiva de la personalidad». En la medida en que predominen las formaciones reactivas, el carácter mismo puede aparecer como una formación esencialmente defensiva, destinada a proteger al individuo no sólo contra la amenaza pulsional, sino también contra la aparición de síntomas.
Desde un punto de vista descriptivo, la defensa caracterológica se diferencia del síntoma, sobre todo, por su relativa integración en el yo: desconocimiento del aspecto patológico del rasgo de carácter, racionalización, generalización, en un esquema de comportamiento, de una defensa originariamente dirigida contra un peligro específico. En estos mecanismos específicos pueden reconocerse otros tantos rasgos característicos de la estructura obsesiva. En este sentido, la neurosis de carácter indicaría, ante todo, una forma particularmente frecuente de neurosis obsesiva en la que prevalece el mecanismo de la formación reactiva, mientras que los síntomas (obsesiones, compulsiones) son discretos o esporádicos.
4) Por último, en oposición al polimorfismo de los «caracteres neuróticos», se ha intentado designar como neurosis de carácter una estructura psicopatológica original. Así, Henri Sauguet reserva «[...] el término "neurosis de carácter" para los casos en los que la infiltración del yo es tan importante que determina una organización que recuerda la de la estructura prepsicótica».
Esta concepción puede considerarse enlazada con una serie de trabajos psicoanalíticos (Alexander, Ferenczi, Glover) que intentan situar las anomalías del carácter entre los síntomas neuróticos y las afecciones psicóticas.
Neurosis de destino
Al.: Schicksalsneurose.
Fr.: névrose de destinée.
Ing.: late neurosis.
It.: nevrosi di destino.
Por.: neurose de destino.
Designa una forma de existencia caracterizada por el retorno periódico de las mismas concatenaciones de acontecimientos, generalmente desgraciados, concatenaciones a las cuales parece hallarse sometido el sujeto como a una fatalidad exterior, mientras que, según el psicoanálisis, se deben buscar los factores de este fenómeno en el Inconsciente y, específicamente, en la compulsión a la repetición.
Al final del capítulo III de Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920) Freud menciona, como ejemplo de repetición, el caso de las personas que « [...] dan la impresión de un destino que las persigue, de una orientación demoníaca de su existencia» (bienhechores pagados con ingratitud, amigos traicionados, etc.). Señalemos, por lo demás, que, a propósito de estos casos, habla de compulsión de destino (Schicksalzwang), no de neurosis de destino. Con todo, esta última denominación ha prevalecido, sin duda con motivo de la extensión del psicoanálisis a las neurosis llamadas asintomáticas (neurosis de carácter, de fracaso, etc.). Sea como fuere, la denominación no posee valor nosográfico, sino descriptivo.
La idea de neurosis de destino fácilmente puede tomarse en un sentido muy amplio: el curso de toda existencia sería «[...] trazado de antemano por el sujeto». Pero, al generalizarlo, el concepto peligra de perder incluso su valor descriptivo. Designaría todo aquello que la conducta de un individuo ofrece de recurrente, de constante.
Permaneciendo fiel a lo que indica Freud en el pasaje citado, parece posible dar al término «neurosis de destino» un sentido más preciso, que la diferencia especialmente de la neurosis de carácter. En efecto, los ejemplos dados por Freud indican que sólo recurre al concepto «compulsión de destino» para explicar experiencias relativamente específicas:
a) se repiten a pesar de su carácter displacentero;
b) se desarrollan según un guión inmutable, constituyendo una secuencia de acontecimientos que puede exigir un largo desarrollo temporal;
c) aparecen como una fatalidad externa de la que el individuo, aparentemente con razón, se siente víctima (ejemplo de una mujer que, casada tres veces consecutivas, vio a sus maridos caer enfermos poco después de la boda y hubo de cuidarlos hasta su muerte).
La repetición se advierte aquí en un ciclo aislable de acontecimientos. Como indicación, podría decirse que, en el caso de la neurosis de destino, el sujeto no tiene acceso a un deseo inconsciente que le vuelve a él desde el exterior (de ahí el aspecto «demoníaco» subrayado por Freud), mientras que, en la neurosis de carácter, lo que interviene y se descubre en el mantenimiento rígido de una forma (rasgos de carácter) es la repetición compulsiva de los mecanismos de defensa y de los esquemas de comportamiento.
Neurosis de fracaso
Al.: Misserfolgsneurose.
Fr.: revrose (o syndrome) d'échec.
Ing.: failureneurosis.
It.: nevrosi di scacco.
Por.: neurose de fracasso.
Término Introducido por René Laforgue y cuya acepción es muy amplia: designa la estructura psicológica de toda una gama de Individuos, desde los que, de un modo general, parecen ser los artífices de su propia desgracia, hasta aquellos que no pueden soportar el conseguir precisamente lo que parecen desear ardientemente.
Al hablar de neurosis de fracaso, los psicoanalistas piensan en el fracaso como consecuencia del desequilibrio neurótico y no como factor desencadenante (trastorno reactivo al fracaso real).
El concepto de neurosis de fracaso va asociado al nombre de René Laforgue, que ha consagrado numerosos trabajos a estudiar la función del superyó, los mecanismos de autocastigo y la psicopatología del fracaso. Este autor ha agrupado todos los síndromes de fracaso que pueden observarse en la vida afectiva y social, en el individuo y en un grupo social (familia, clase, grupo étnico), y ha buscado el factor común a todos ellos en la acción del superyó.
En psicoanálisis, la noción de neurosis de fracaso se utiliza más en un sentido descriptivo que nosográfico.
De un modo general, el fracaso es el precio pagado por toda neurosis en la medida que el síntoma implica una limitación de las posibilidades del sujeto, un bloqueo parcial de su energía. Pero sólo se hablará de neurosis de fracaso en los casos en que el fracaso no es el producto de añadidura del síntoma (como en el fóbico, que ve disminuir sus posibilidades de desplazamiento a causa de sus medidas de protección), sino que constituye el síntoma mismo y exige una explicación específica.
En Varios tipos de carácter descubiertos en la labor psicoanalítica (Einige Charaktertypen aus der Psychoanalytischen Arbeit, 1916), Freud había llamado la atención acerca de este tipo especial de individuos que «[...] fracasan ante el éxito»; el problema del fracaso por autocastigo se examina allí en un sentido más restringido que en los trabajos de René Laforgue:
a) se trata de individuos que no soportan la satisfacción en un punto preciso, evidentemente ligado a su deseo inconsciente;
b) el caso de estos individuos pone de manifiesto la siguiente paradoja: mientras la frustración externa no era patógena, la posibilidad ofrecida por la realidad de satisfacer el deseo resulta intolerable y desencadena la «frustración interna»: el sujeto se priva a sí mismo la satisfacción;
c) este mecanismo no constituye para Freud una neurosis ni tampoco un síndrome, sino una forma de desencadenamiento de la neurosis y el primer síntoma de la enfermedad.
En Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), Freud relaciona algunos tipos de fracaso neurótico con la compulsión a la repetición, especialmente lo que él llama compulsiones de destino (véase: Neurosis de destino).
Neurosis de guerra
Alemán:Kriegsneurose.
Francés:Névrose de guerre.
Inglés:War neurosis.
La neurosis de guerra no es una entidad clínica en sí misma. Pertenece a la categoría de la neurosis traumática definida en 1889 por Hermann Oppenheim (1858-1919), quien la describió como una afección orgánica consecutiva a un traumatismo real que provocó una alteración física de los centros nerviosos, acompañada de síntomas psíquicos: depresión, hipocondría, angustia, delirio, etcétera.
Es conocido el empleo que hizo Sigmund Freud de esta neurosis en su discusión sobre la etiología de la histeria, a partir de la doctrina funcionalista de Jean Martin Charcot: la noción de trauma fue entonces traspuesta desde el dominio físico y orgánico al plano psicológico, desembocando en una nueva concepción de la neurosis, basada primero en la teoría de la seducción, y después en la de conflicto defensivo. La neurosis se convertía de tal modo en una afección puramente psíquica, con lo cual caducaba la idea de la simulación, tanto para los adeptos del organicismo como para los partidarios del funcionalismo o la causalidad psíquica.
Con la Primera Guerra Mundial se reactivó el interminable debate sobre el origen traumático de la neurosis. Las jerarquías militares recurrieron a psiquiatras de todas las orillas para que trataran de desenmascarar a los simuladores, sospechados (como en otro tiempo las histéricas) de ser falsos enfermos, es decir mentirosos, desertores, malos patriotas.
En este contexto se produjo en Viena, en 1920, en el marco de una resonante polémica, el primer gran debate sobre el estatuto de la neurosis de guerra. El poder de los Habsburgo se había derrumbado, y Austria, como lo ha subrayado Stefan Zweig, y no era en el mapa de Europa más que un resplandor crepuscular, una sombra gris incierta y sin vida de la antigua monarquía imperial---. Este asunto, que iba a ser totalmente exhumado por Kurt Eissler, comenzó con una acusación del teniente Walter Kauders contra el psiquiatra Julius Wagner-Jauregg, a quien se atribuyó haber utilizado un tratamiento eléctrico para atender a soldados afectados de neurosis de guerra, y de hecho considerados simuladores. Freud fue entonces convocado como experto por una comisión investigadora, para que diera su opinión sobre el eventual delito de Wagner-Jauregg.
En el informe, Freud se mostró muy moderado con el psiquiatra, pero en cambio criticó con suma violencia, no sólo el método eléctrico, sino también la ética médica de quienes lo utilizaban. Recordó que el deber del médico es siempre y en todas partes ponerse al servicio del enfermo, y no de cualquier poder estatal o bélico, y estigmatizó la idea de la simulación, incapaz de definir la neurosis, fuera de origen traumático o psíquico: "Todos los neuróticos son simuladores -dijo-, simulan sin saberlo, y ésta es su enfermedad".
La implantación progresiva del psicoanálisis en los diferentes países occidentales transformó la mirada psiquiátrica sobre la cuestión de la neurosis de guerra, y en Gran Bretaña, durante la Segunda Guerra Mundial, se desarrolló una reflexión nueva en torno a las tesis de John Rickman y Wilfred Ruprecht Bion, mientras que en Alemania varios psicoanalistas, bajo la dirección de Matthias Heinrich Göring, participaron en la elaboración de una psicoterapia de guerra al servicio del nacional socialismo.
Históricamente, la cuestión de la neurosis de guerra es tan antigua como la guerra misma. La idea de que las tragedias sangrientas de la historia pueden inducir en los sujetos -normales-algunas modificaciones del alma o del comportamiento se remonta a la noche de los tiempos. Todos los trabajos del siglo XX sobre los traumas vinculados con la guerra, la tortura, el encierro o situaciones extremas, confirmaron la tesis freudiana: esos traumas son a la vez específicos de una situación determinada, y reveladores en cada individuo de una historia que le es propia. En otras palabras, los períodos llamados "de trastornos- favorecen menos la eclosión de la locura o la neurosis que el drenaje de sus síntomas en forma de traumas. Por ejemplo el suicidio explícito, la melancolía, son menos frecuentes cuando la guerra justifica la muerte heroica, y las neurosis son más numerosas y manifiestas cuando la sociedad en la que se expresan presenta todas las apariencias de la estabilidad. Charcot teatralizó la histeria quince anos después de la Comuna de París, en el momento en que la calma republicana parecía haber triunfado sobre las convulsiones-revolucionarias, y Freud identificó las causas sexuales de la neurosis, renunciando al trauma real, en el seno de una sociedad aparentemente hundida en la quietud inmóvil de su sueño burgués.
Neurosis de transferencia
Al.: Übertragungsneurose.
Fr.: névrose de transfert.
Ing.: transference neurosis.
It.: nevrosi di transfert.
Por.: neurose de transferência.
A) En sentido nosográfico, tipo de neurosis (histeria de angustia, histeria de conversión, neurosis obsesiva) que Freud diferencia de las neurosis narcisistas dentro del grupo de las psiconeurosis. Se diferencian de las neurosis narcisistas por el hecho de que la libido está siempre desplazada sobre objetos reales o imaginarios, en lugar de estar retirada de éstos sobre el yo. De ello resulta que son más accesibles al tratamiento psicoanalítico, ya que se prestan a la constitución, durante la cura, de una neurosis de transferencia en el sentido B.
B) Dentro de la teoría de la cura psicoanalítica, neurosis artificial en la cual tienden a organizarse las manifestaciones de transferencia. Se constituye en torno a la relación con el analista; representa una nueva edición de la neurosis clínica; su esclarecimiento conduce al descubrimiento de la neurosis infantil.
A) En el sentido A, el término «neurosis de transferencia» fue introducido por Jung, en oposición al de «psicosis». En esta última, la libido se encuentra «introvertida» (Jung) o catectizada sobre el yo (Abraham; Freud), lo que reduce la capacidad de los pacientes para transferir su libido sobre objetos y, en consecuencia, los hace poco accesibles a una cura cuyo resorte fundamental es la transferencia. Es por ello que las neurosis que constituyeron el primer objeto de la - cura psicoanalítica se definen como trastornos en los que existe esta capacidad de transferencia, y se designan con el término neurosis de transferencia».
Freud establece (por ejemplo, en las Lecciones de introducción al psicoandlisis [Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse, 1916-1917]) una clasificación que puede resumirse así: las neurosis de transferencia y las neurosis narcisistas forman dos categorías opuestas entre sí, dentro del grupo de las psiconeurosis. Por otra parte, éstas, en la medida en que sus síntomas son la expresión simbólica de un conflicto psíquico, se contraponen -al grupo de las neurosis actuales, cuyo mecanismo sería fundamentalmente somático.
Señalemos que, si bien sigue siendo válida la distinción de las dos clases de psiconeurosis, ya no se admite que puedan distinguirse entre sí por la simple presencia o ausencia de transferencia. En efecto, actualmente se admite que, en las psiconeurosis, la ausencia aparente de transferencia, la mayoría de las veces, no es otra cosa que uno de los aspectos del modo de transferencia (que puede ser muy intensa) propio de los psicóticos.
B) En Recuerdo, repetición y trabajo elaborativo (Erinnern, Wiederholen und Durcharbeiten, 1914) Freud introduce la noción de neurosis de transferencia (en el sentido B) en relación con la idea de que el paciente repite en la transferencia sus conflictos infantiles. «Supuesto que el paciente respete las condiciones de existencia del tratamiento, llegamos generalmente a conceder a todos los síntomas de la enfermedad una nueva significación transferencial, a reemplazar su neurosis corriente por una neurosis de transferencia, de la cual puede ser curado por la labor terapéutica».
Según este pasaje, parece que la diferencia entre las reacciones de transferencia y la neurosis de transferencia propiamente dicha puede concebirse como sigue: en la neurosis de transferencia, todo el comportamiento patológico del paciente viene a centrarse ahora en la relación con su analista. De la neurosis de transferencia puede decirse que, por una parte, coordina las reacciones de transferencia, al principio difusas («transferencia flotante» según Glover) y, por otra, permite al conjunto de los síntomas y de las conductas patológicas del paciente adoptar una nueva función al referirse a la situación analítica. Según Freud, la instauración de la neurosis de transferencia constituye un elemento positivo en la dinámica de la cura: «El nuevo estado ha adquirido todas las características de la enfermedad, pero representa una enfermedad artificial que es plenamente accesible a nuestro control».
Dentro de esta perspectiva, la secuencia siguiente puede considerarse como el modelo ideal de la cura: la neurosis clínica se transforma en neurosis de transferencia, cuyo esclarecimiento conduce al descubrimiento de la neurosis infantil
Con todo, es preciso indicar que, más tarde, Freud, cuando acentúa el alcance de la compulsión a la repetición, da una concepción menos unilateral de la neurosis de transferencia, subrayando el peligro que ofrece el dejarla desarrollarse. «El médico se esfuerza en limitar todo lo posible el ámbito de esta neurosis de transferencia, en impulsar el máximo posible de contenido hacia la vía del recuerdo y abandonar lo menos posible a la repetición [...]. Por lo general el médico no puede ahorrar al analizado esta fase de la cura. Se ve forzado a permitirle revivir cierto fragmento de su vida olvidada, pero debe velar para que el paciente conserve una cierta capacidad de dominar la situación, que le permita, pese a todo, reconocer, en lo que aparece como una realidad, el reflejo renovado de un pasado olvidado».
Neurosis familiar
Al.: Familienneurose.
Fr.: névrose familiale.
Ing.: family neurosis.
It.: nevrosi familiare.
Por.: neurose familial.
Término utilizado para designar el hecho de que, en una determinada familia, las neurosis individuales se complementan, se condicionan recíprocamente, y para poner en evidencia la Influencia patógena que puede ejercer sobre los niños la estructura familiar, principalmente la de la pareja parental.
La noción de neurosis ha sido utilizada, sobre todo, por los psicoanalistas de lengua francesa, siguiendo a René Laforgue. Según manifiestan los mismos autores que utilizan esta expresión, la neurosis familiar no constituye una entidad nosológica.
Este término reúne en forma casi gráfica cierto número de adquisiciones fundamentales del psicoanálisis: el papel central que, en la constitución del sujeto, desempeña la identificación con los padres; el complejo de Edipo como complejo nuclear de la neurosis; la importancia que posee, en la formación del Edipo, la relación de los padres entre sí, etcétera. René Laforgue insiste especialmente en la influencia patógena que posee una pareja parental constituida en función de una cierta complementariedad neurótica (por ejemplo, pareja sadomasoquista).
Pero al hablar de neurosis familiar equivale a subrayar, no tanto la importancia del ambiente, como el papel desempeñado por cada miembro de la familia dentro de una red de interrelaciones inconscientes (lo que a menudo se denomina la «constelación» familiar). El término adquiere valor sobre todo en el abordaje psicoterápico de los niños, que desde un principio se hallan situados dentro de esta «constelación». Desde el punto de vista práctico, esto puede conducir al psicoterapeuta, no sólo a intentar actuar directamente sobre el ambiente, sino incluso a relacionar la neurosis familiar con la petición, formulada por los padres, de que su hijo sea tratado (el niño considerado como «síntoma» de los padres).
Según R. Laforgue, el concepto de neurosis familiar derivaría de la concepción freudiana del superyó, tal como se expresa en las siguientes líneas: «El superyó del niño no se forma a imagen de los padres, sino a imagen del superyó de éstos; se llena del mismo contenido, se convierte en el representante de la tradición, de todos los juicios de valor, que de este modo perduran a través de las generaciones».
El término «neurosis familiar» apenas se utiliza ya en psicoanálisis; aunque ofrece el interés de llamar la atención sobre las funciones complementarias de los diversos sujetos dentro de un campo inconsciente, no debe inducirnos a minimizar el papel de las fantasías propias de cada sujeto, a expensas de una manipulación de la situación real considerada como factor determinante de la neurosis.
Neurosis mixta
Al.: Gemischte Neurose.
Fr.: névrose mixte.
Ing.: mixed neurosis.
It.: nevrosi mista.
Por.: neurose mista.
Forma de neurosis caracterizada por la coexistencia de síntomas que provendrían, según Freud, de neurosis etiológicamente distintas.
En Freud, el término «neurosis mixta» se encuentra sobre todo en sus primeros escritos, donde lo utiliza para explicar el hecho de que los síntomas psiconeuróticos se asocian a menudo a síntomas actuales, o también que los síntomas de una determinada psiconeurosis se asocian a los de otra distinta.
El término no se limita a designar un cuadro clínico complejo. Para Freud, en los casos de neurosis mixta, es posible, por lo menos idealmente, relacionar cada tipo de síntoma existente con un mecanismo específico: «Cada vez que nos hallamos en presencia de una neurosis mixta, se puede mostrar la existencia de una mezcla de varias etiologías específicas».
Las neurosis rara vez se presentan en estado puro: este hecho ha sido ampliamente reconocido por la clínica psicoanalítica. Así, por ejemplo, se insiste en la existencia de rasgos histéricos en la raíz de toda neurosis obsesiva y de un núcleo actual en toda psiconeurosis (véase: Neurosis actual). Los llamados, desde Freud, casos-límites, como afecciones en las que intervienen simultáneamente componentes neuróticos y psicóticos, atestiguan también la imbricación de las estructuras psicopatológicas.
Pero la noción de neurosis mixta no debe inducir a rechazar toda clasificación nosográfica. Por el contrario, implica la posibilidad, en un caso clínico complejo, de determinar la parte que corresponde a una cierta estructura o mecanismo.
Neurosis narcisista
Al.: Narzisstische Neurose.
Fr.: névrose narcissique.
Ing.: narcissistic neurosis.
It.: nevrosi narcisistica.
Por.: neurose narcísica.
Término que actualmente tiende a desaparecer del lenguaje psiquiátrico y psicoanalítico, pero que se encuentra en los escritos de Freud para designar una enfermedad mental caracterizada por el retiro de la libido sobre el yo. De este modo se contrapone a las neurosis de transferencia.
Desde el punto de vista nosográfico, el grupo de las neurosis narcisistas abarca el conjunto de las psicosis funcionales (cuyos síntomas no son los efectos de una lesión somática).
La puesta en evidencia del narcisismo, a la que Freud se vio conducido especialmente por la aplicación de las concepciones psicoanalíticas a las psicosis, se halla en el origen del término «neurosis narcisista». Freud recurre a él casi siempre para contraponerlo al de neurosis de transferencia.
Esta oposición es a la vez de orden técnico (dificultad o imposibilidad de transferencia libidinal) y teórico (retiro de la libido sobre el yo). En otras palabras, se trata de estructuras en las que prevalece la relación narcisista. En este sentido, Freud considera equivalentes las neurosis narcisistas y las psicosis, que él todavía llama parafrenias.
Más tarde, especialmente en el artículo Neurosis y psicosis (Neurose und Psychose, 1924), limitará el empleo del término «neurosis narcisista» a las afecciones de tipo melancólico, diferenciándolas así tanto de las neurosis de transferencia como de las psicosis.
En la actualidad el término tiende a desaparecer.
Neurosis obsesiva
Al.: Zwangsneurose.
Fr.: névrose obsessionnelle.
Ing.: obsessional neurosis.
It.: nevrosi ossessiva.
Por.: neurose obsessiva.
Clase de neurosis que fue aislada por Freud y constituye uno de los grandes cuadros de la clínica psicoanalítica.
En su forma más típica, el conflicto psíquico se expresa por los síntomas llamados compulsivos: Ideas obsesivas, compulsión a realizar actos indeseables, lucha contra estos pensamientos y tendencias, ceremoniales conjuratorios, etc., y por un tipo de pensamiento caracterizado especialmente por la rumiación mental, la duda, los escrúpulos, y que conduce a Inhibiciones del pensamiento y de la acción.
Freud aisló sucesivamente la especificidad etiopatogénica de la neurosis obsesiva desde el punto de vista de los mecanismos (desplazamiento del afecto hacia representaciones más o menos alejadas del conflicto original, aislamiento, anulación retroactiva), desde el punto de vista de la vida pulsional (ambivalencia, fijación a la fase anal y regresión) y, por último, desde el punto de vista tópico (relación sadomasoquista Interiorizada en forma de tensión entre el yo y un superyó singularmente cruel). Esta puesta en evidencia de la dinámica subyacente a la neurosis obsesiva y, por otra parte, la descripción del carácter anal y de las formaciones reactivas que lo constituyen, permiten relacionar con la neurosis obsesiva ciertos cuadros clínicos en los que los síntomas obsesivos, propiamente dichos, no son evidentes a primera vista.
Ante todo conviene subrayar que la neurosis obsesiva, que hoy día constituye una entidad nosográfica universalmente admitida, fue aislada por Freud en los años 1894-1895: «He debido comenzar mi trabajo por una innovación nosográfica. Al lado de la histeria, he hallado razones para situar la neurosis obsesiva [Zwangsneurose] como afección autónoma e independiente, aunque la mayor parte de autores clasifican las obsesiones entre los síndromes de la degeneración mental o los confunden con la neurastenia». Freud comenzó por analizar el mecanismo psicológico de las obsesiones (Zwangsvorstellungen), y luego reunió, en una afección psiconeurótica, síntomas descritos desde hacía mucho tiempo (sentimientos, ideas, conductas compulsivas, etc.), pero relacionados con cuadros nosográficos muy distintos («degeneración» de Magnan, «constitución emotiva» de Dypré, «neurastenia» de Beard, etc.). Poco después de Freud, Janet describió, con el nombre de psicastenia, una neurosis parecida a la que Freud designa como neurosis obsesiva, pero centrando su descripción en torno a una concepción etiológica distinta: lo que para Janet es fundamental y condiciona la misma lucha obsesiva es un estado deficitario, la debilidad de la síntesis mental, una astenia psíquica, mientras que, para Freud, las dudas e inhibiciones son consecuencias de un conflicto que moviliza y bloquea las energías del sujeto.
En lo sucesivo se fue afirmando cada vez más, en la teoría psicoanalítica, la especificidad de la neurosis obsesiva.
Las adquisiciones del psicoanálisis han hecho recaer el acento preferentemente sobre la estructura obsesiva (más que sobre los síntomas), lo que, desde el punto de vista terminológico, invita a preguntarse acerca del valor descriptivo del término neurosis obsesiva.
Señalemos ante todo que este término no es un equivalente exacto del alemán Zivangsneurose, puesto que Zwang no sólo designa las compulsiones del pensamiento u obsesiones (Zwangsvorstellungen), sino también los actos (ZwangshandIungen) y afectos compulsivos (Zwangsaffekte) (véase: Compulsión). Por otra parte, el término neurosis obsesiva orienta la atención hacia un síntoma, bien importante, más que hacia la estructura. Ahora bien, con frecuencia se habla de estructura, de carácter, de enfermos obsesivos en ausencia de obsesiones típicas. En este sentido se constata, por lo demás, una tendencia, en el uso terminológico actual, a reservar el término «obsesivo» al enfermo que presenta obsesiones características.
Neurosis obsesiva
En 1926, es decir, más de treinta años después de haber hecho de la neurosis obsesiva (Zwangsneurose) una afección autónoma al lado de la histeria, Freud continuaba considerándola como «sin duda, el objeto más fecundo y más interesante de la investigación analítica». Por cierto, en esa fecha relativamente tardía añadía que el problema que ella plantea no estaba totalmente resuelto, y que a su juicio aún era imposible «dispensarse de formular hipótesis inseguras y suposiciones carentes de pruebas» (Inhibición, síntoma y angustia). Pero el vuelco que, en virtud de su «innovación nosográfica» de 1894, le hizo dar a la clínica de las obsesiones, inauguró en Freud un fecundo período de investigación en este ámbito. Su plenitud iba a alcanzarse con la publicación, en 1909, del caso princeps del Hombre de las Ratas, donde, según Lacan, se exponen «los descubrimientos fundamentales que aún nos nutren acerca de la dinámica y la estructura de esta neurosis».
Neurosis obsesiva e histeria
En uno de sus primeros textos sobre el tema, «La herencia y la etiología de las neurosis», publicado en francés en la Revue neurologique (1896), Freud traduce el término Zwangsneurose, que emplea habitualmente, por «névrose des obsessions» («neurosis de obsesiones»), expresión que los editores franceses de sus obras completas decidieron reemplazar por «névrose de contrainte» («neurosis de coacción»). La lengua alemana utilizaba entonces varios términos que Freud, bajo la influencia de la psiquiatría francesa, traduce en todos los casos por «obsesión»: por una parte, Zwangsvorstellung (representación obsesiva); por otro lado, Zwangsaffekt (afecto obsesivo) y Zwangshandlung (acción compulsiva). En francés, la palabra obsession, originalmente propia del discurso religioso sobre la posesión, figura en el Dictionnaire de Furetière de 1690. Viene del latín obsideo, que significa «ocupar un lugar» (de allí la idea de asediar) y apareció en la psiquiatría francesa a principios del siglo XIX, para designar una idea o imagen que se impone a la mente de manera incoercible e inexpugnable. Esquirol asimila las obsesiones a los «delirios parciales» de las monomanías, y Falret las incluye en la «locura de la duda», cuyo cuadro completa Legrand du Saulle añadiendo un «delirio del tocar»; Freud , citando a veces la expresión en francés, la mencionará desde sus primeros artículos sobre el tema. Pero sobre todo se referirá críticamente a las teorías etiológicas de las neurosis formuladas por el norteamericano George Beard y por los discípulos de Charcot; uno de ellos, el «filósofo» llamado en 1890 a la Salpêtrière, Pierre Janet, explicitaría más tarde su propia concepción (desdeñando la vía abierta por el maestro vienés) en su obra de 1903 titulada Las obsesiones y la psicastenia. No obstante, cuando Freud, en el marco de su «innovación», rompe el consenso reunido sobre todo en tomo de Beard, que reducía la obsesión a la neurastenia (mientras que Janet iba a ver en ella una forma degradada de la energía psíquica), inaugura, con un método aparentemente limitado a la clínica, el estilo de una investigación prometedora, la investigación de una estructura que muy pronto le parecería esencial para una tipología de las conductas; la inserción de esta estructura en el tejido de la cultura permitió crear un objeto de estudio que nunca había despertado la curiosidad de los alienistas del siglo XIX.
Después de las observaciones y teorizaciones freudianas, el psicoanálisis de la cultura y la antropología contemporáneas ha desarrollado plenamente sus consecuencias, más allá de las fronteras en cuyo interior esta patología estaba estrictamente acantonada. Sobre todo en la distinción establecida entre comportamiento y estructura, entre síntoma particular y organización de la personalidad, encontraron un ordenador decisivo para su campo específico. Esa distinción, por ejemplo, permitirá comprender que en muchas sociedades tradicionales se encuentren conductas obsesivas, en particular con la forma de ritos conjuratorios del peligro, pero muy pocas personalidades que remitan a la estructura obsesiva en sí, como si el individuo no tuviera necesidad de construir por sí mismo un modo de defensa contra la angustia, en tanto la sociedad le ofrece uno ya preparado con tal fin.
La «innovación nosográfica» con la cual Freud inicia su trabajo sobre «la etiología de las grandes neurosis», y de la que sólo comenzó a hablar en 1894, después de varios años de investigación, consistía en primer lugar en asimilar, antes que en distinguir, la neurosis obsesiva y la histeria. En efecto, una y otra tienen en común (y por ello son ambas denominadas «neuropsicosis de defensa») el hecho de resultar de la acción «traumática» de experiencias sexuales vividas en la infancia, y de empeñarse en una defensa contra toda representación o todo afecto que provenga de esas experiencias y que intente perpetuar lo que ellas tenían de inconciliable con el yo. El trabajo defensivo de la neurosis -obsesiva o histérica- consistirá entonces en transformar la representación fuerte de la experiencia infantil penosa en una representación debilitada, y en orientar hacia otros usos la suma de excitación que, en virtud de esta estratagema, ha sido separada de su fuente verdadera.
La diferencia entre las dos neurosis reside en que en la histeria la fuente de excitación es «transpuesta (unisetzen) a lo corporal» por un proceso de conversión, mientras que en la neurosis obsesiva, así como en la fobia, «debe necesariamente permanecer en el dominio psíquico». El carácter puramente mental de los procesos obsesivos no asegura, por otra parte, que sean más fáciles de comprender que los de la histeria. Por el contrario, nos resultan más oscuros, así como se accede menos fácilmente a un dialecto que a la lengua a la que éste está próximo. El proceso por el cual la representación del acontecimiento sexual pasado se separa de su afecto propio y ese afecto se une a otra representación adecuada -pero ya no inconciliable con el yo- es un proceso que, por una parte, se produce fuera de la conciencia, y por la otra, consiste en una sustitución en la que puede verse «un acto de defensa [Abwehr] del yo contra la idea inconciliable». Una transformación tal (que se produce durante o después de la pubertad) de las impresiones penosas de la experiencia sexual infantil, a veces muy precoz, conduce a obsesiones que toman la forma de ideas, o bien de actos o impulsiones. En el primer caso, se ha «logrado solamente reemplazar la idea inconciliable por otra idea inapropiada para asociarse con el estado emotivo, que por su lado sigue siendo el mismo. Es este enlace falso del estado emotivo y la idea asociada con él lo que explica el carácter absurdo de las obsesiones». En el segundo caso, la idea general no es reemplazada por otra, sino «por actos o impulsiones que en el origen sirvieron de alivio o como procedimientos protectores, y que ahora se encuentran en una asociación grotesca con un estado emotivo que no les corresponde, pero que ha seguido siendo el mismo, y está tan justificado como en el origen».
En el artículo de 1896, «La herencia y la etiología de las neurosis», Freud, que hace alusión a sus futuros Tres ensayos de teoría sexual (1905) y a la «tormenta de impugnaciones» y escándalo que teme, evoca otra diferencia, considerada entonces capital, entre la histérica y el obsesivo; es una diferencia concerniente a la naturaleza de las experiencias sexuales precoces vividas respectivamente por una y otro. La histeria tendría por origen una experiencia de pasividad erótica, «vivida con indiferencia y algo de repugnancia o terror», mientras que el punto de partida de la neurosis obsesiva sería un acontecimiento que provocó positivamente placer, «una agresión sexual inspirada por el deseo [en el caso del varón] o una participación con goce en relaciones sexuales [en el caso de la niña] ». Al hacer del carácter activo de la experiencia erótica infantil la «causa específica» de la morbilidad obsesiva, y de la «pasividad sexual» la de la patología histérica, Freud creía haber encontrado la razón de «la conexión más íntima» de la última con el sexo femenino, y la mayor frecuencia de las obsesiones en los sujetos masculinos. Pero, en 1913, tendría que reconocer que esta manera de explicar las etiologías respectivas de tales afinidades no era pertinente («La predisposición a la neurosis obsesiva»).
El sentimiento de culpa y el ceremonial obsesivo
Al ubicar en la vida sexual precoz el origen de la neurosis obsesiva, así como el de la neurosis histérica, Freud sacó a luz una característica principal de la primera, es decir, su vínculo estructural con el sentimiento de culpa. En efecto, a través de la reviviscencia, en las representaciones y los afectos actuales, de experiencias precoces generadoras de placer, el sujeto se encuentra invadido por reproches, con los cuales Freud llegará a identificar las ideas obsesivas: éstas, reducidas a su expresión más simple y comprendidas en su significación más íntima, «no son otra cosa que reproches», reproches que el obsesivo se formula a sí mismo al revivir el goce sexual anticipatorio de la experiencia activa de antaño, «pero reproches desfigurados por un trabajo psíquico inconsciente de transformación y sustitución». El artículo del mismo año, 1896, «Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa», describe el desarrollo típico de una neurosis obsesiva presentando las antiguas experiencias de placer como «acciones pasibles de reproche». Ahora bien, cuando esas experiencias se rememoran en la pubertad, engendran dos tipos de procesos obsesivos, según sea que sólo el contenido mnémico concerniente a esas acciones fuerce su acceso a la conciencia, o que llegue a ella en compañía del «afecto de reproche» ligado a ellas.
En el primer caso, el contenido de la representación obsesiva aparece deformado por efecto de la represión, de tal manera que la compulsión neurótica desempeña un papel de compromiso. Esta defensa primaria sofoca el reproche inicial dando origen a un primer tipo de síntoma, que se expresa en forma de desconfianza respecto de sí mismo (lo que equivale a justificar ese reproche, que el paranoico, por su lado, rechaza mediante la proyección y adoptando como síntoma de defensa la desconfianza respecto de los otros). En el segundo caso, en el que la representación de la acción pasada se acompaña del afecto correspondiente, el reproche dirigido a la acción sexual pasada se traducirá en una serie de afectos obsesivos, entre los cuales Freud evoca: la vergüenza (como si el otro pudiera enterarse de aquélla), la angustia hipocondríaca (o miedo a que la acción pasible de reproche tenga repercusiones somáticas), la angustia social (o miedo a que la mala acción provoque un castigo del ambiente), la angustia religiosa (o miedo al juicio divino), el delirio de observación (o miedo a revelar involuntariamente a otro el secreto de la acción cometida), y la angustia de tentación (o falta de confianza en las propias fuerzas morales para luchar contra la reiteración posible de acciones semejantes).
Los síntomas de compromiso que son esos afectos obsesivos representan una forma de «retorno de lo reprimido y, en consecuencia, un fracaso de la resistencia que había tenido éxito en el origen». Ese fracaso de la defensa primaria trae consigo la formación de otros síntomas, en los cuales Freud ve defensas secundarias o medidas de protección, a los cuales, al servicio de reprimir los síntomas del retomo de lo reprimido, se transferirá la compulsión, tomando estas defensas secundarias la forma de acciones compulsivas. Estas acciones compulsivas, que son siempre reactivas, constituyen un tercer tipo de proceso obsesivo, de una variedad muy grande. La defensa secundaria contra las representaciones obsesivas puede por ejemplo mantener la ruminación compulsiva de otros pensamientos totalmente ajenos al registro de la sensualidad, o bien una compulsión de pensamiento y de verificación o una enfermedad de la duda, con las cuales el sujeto se protege del recuerdo obsesivo, dejándose asediar por la consideración meticulosa y tiranizante de los objetos de su entorno. Pero Freud menciona muchas otras medidas protectoras generadoras de acciones compulsivas: «Medidas de expiación (ceremonial minucioso, observación de los números), medidas de precaución (todo tipo de fobias, supersticiones, manías, amplificación del síntoma primario de la escrupulosidad), miedo de traicionarse (colección de papeles, miedo a la compañía), medidas para aturdirse (dipsomanía)». A través de los diferentes niveles de la estrategia mediante la cual el enfermo se defiende contra las representaciones y los afectos relativos a la antigua «acción pasible de reproche», la compulsión puede alcanzar formas severas como la fijación de ceremoniales torturantes, una locura de la duda generalizada, una serie de inhibiciones y fobias mediante las cuales uno se castiga a sí mismo y se prohibe toda acción y toda relación posibles.
En esta neurosis «muy notable», dice también Freud en «La etiología de la histeria» (1896), las obsesiones son desenmascaradas por el análisis como «reproches encubiertos y transformados, reproches por agresiones sexuales realizadas durante la infancia». Pero estos reproches están tan eficazmente desfigurados, que una de las características del obsesivo es que sabe protegerse perfectamente, incluso contra toda confesión de la culpabilidad de que se trata. Llega a ello mediante un mecanismo muy curioso, relacionado sin duda con el hecho de que «desde la primera represión se ha formado el síntoma defensivo de la escrupulosidad, síntoma que también ha adquirido un valor compulsivo. La certeza de haber obrado moralmente durante el período de defensa exitosa hace imposible acordar crédito al reproche implicado en la representación obsesiva».
En un texto de 1907, «Acciones obsesivas y prácticas religiosas», Freud encontrará en el ceremonial devoto una forma particularmente clara de esta conciencia de culpa que caracteriza la conducta obsesiva. Ésta, como el ceremonial religioso, se despliega a la manera de una «acción sagrada», a través de «pequeñas prácticas, pequeños añadidos, pequeñas restricciones, pequeños reglamentos, puestos en obra en el momento de ciertas acciones de la vida cotidiana, de un modo siempre semejante o modificado según una ley». Si bien a primera vista las acciones del ceremonial religioso tienen un sentido, mientras que las del ceremonial neurótico parecen carentes de él, la investigación psicoanalítica demuestra que las segundas, de hecho, deben interpretarse como expresiones ya directas ya simbólicas de experiencias vividas que aún producen efectos actuales, o de pensamientos eficazmente investidos por los afectos ligados a ellas. Así puede decirse que «quien sufre compulsiones e interdicciones se comporta como si estuviera bajo el gobierno de una conciencia de culpa de la que por otra parte no sabe nada, es decir, de una conciencia inconsciente de culpabilidad, que es la forma en que uno se ve obligado a expresarse, a pesar de la resistencia que provoca la conjunción de esas palabras». Este sentimiento de culpa, del que Freud nos dice aquí que percibió primero todo su alcance en el fenómeno religioso, en el obsesivo está relacionado con procesos psíquicos precoces, y se reaviva en cada nueva ocasión en forma de tentación. Hace entonces «surgir una angustia de expectativa siempre al acecho, una angustia que consiste en la expectativa de una desdicha ligada a la percepción interna de la tentación por medio del concepto de la sanción». La formación de este ceremonial tiene por lo tanto la función de una «acción de defensa» o de aseguramiento, en otras palabras, de una «medida de protección» al igual que las prácticas religiosas, de las que el hombre piadoso, que las ejecuta al principio de cada actividad cotidiana, espera confusamente le procuren una garantía contra la desgracia, y cuya significación (sobre todo expiatoria o propiciatoria ante el castigo divino) era explícitamente reconocida al principio.
Basándose en la represión de un componente de la pulsión sexual que se había manifestado en cierto momento de la infancia, el ceremonial (tanto en el obsesivo como en el hombre religioso) obedece entonces al mecanismo del desplazamiento psíquico propio del sueño; los detalles fútiles de la actividad ritual se convierten en lo más importante una vez que se ha expulsado por la fuerza todo contenido de pensamiento que pueda tener un sentido. Esta semejanza entre las acciones compulsivas y las prácticas religiosas lleva a Freud -como se sabe- a formular su famosa tesis de la «concordancia esencial» de estos dos tipos de conducta, y a «concebir la neurosis obsesiva como el correlato patológico de la formación religiosa, a caracterizar la neurosis como una religiosidad individual y la religión como una neurosis obsesiva universal».
Del erotismo anal al tabú del tocar
El texto titulado «Carácter y erotismo anal», fechado en el mismo año en que se completaba el análisis del Hombre de las Ratas, 1908, aporta nuevos elementos que se pueden considerar ingredientes decisivos de ese caso ejemplar. Freud no aborda allí expresamente la neurosis obsesiva, que sólo menciona una vez como tal, sino tres rasgos de carácter (el amor al orden, la preocupación por el ahorro y la terquedad) que forman un «complejo» en el que cada uno está emparentado con los otros dos y en los que es fácil reconocer propiedades de la mencionada neurosis. En el gusto por el orden, relacionado en particular con el aseo corporal, se encuentra «la escrupulosidad en el cumplimiento de pequeños deberes» característica del obsesivo, y de la que se dice que va de la mano con la necesidad de sentirse «digno de confianza». Los otros dos rasgos -el carácter ahorrativo, que puede llegar a la avaricia, y la terquedad, que a menudo se inclina al desafío, la iracundia y la reivindicación- «están ligados entre sí con más fuerza» y forman «la parte más constante del complejo», como si indicaran con una especial claridad el vínculo riguroso que el autor de los Tres ensayos de teoría sexual quiere establecer aquí entre esta tríada completa y la extinción del antiguo erotismo anal.
Sentido del orden, espíritu ahorrativo y terquedad, en efecto, sólo serían las huellas de la muy enérgica acentuación erógena de la zona anal que marca la constitución sexual de ciertos sujetos. Éstos «parecen haber sido esos niños que se niegan a vaciar su intestino cuando se los sienta en la bacinilla, porque obtienen una ganancia suplementaria del placer de la defecación». Por otra parte, a menudo confiesan haber «incluso encontrado agrado en retener sus heces a una edad más avanzada, y recuerdan todo tipo de cosas inconvenientes realizadas con el excremento expulsado».
A la luz de las observaciones aportadas por los Tres ensayos sobre el montaje complejo de las pulsiones parciales, y acerca del hecho de que sólo una parte de ellas sirve a la vida sexual -mientras que, por sublimación, las otras son desviadas hacia otras metas diversas-, se puede decir que, entre el final del quinto año de vida y el inicio de la pubertad, estas personas ordenadas, ahorrativas y tercas, mediante «formaciones reactivas, anticuerpos como la vergüenza, la repugnancia y la moral», han trabajado para hacer fracasar las excitaciones que en el pasado les llegaban de esa zona erógena privilegiada. Como el erotismo anal es uno de los componentes de la vida sexual que en vista de los principios educativos de nuestra civilización, se convierten en «inutilizables para metas sexuales», las formaciones reactivas y el esfuerzo de sublimación que esos sujetos se han visto obligados a desplegar tienen por resultado los rasgos de carácter de los que se trata. Estos rasgos, por lo tanto, representan, al término de un tardío proceso de extinción, los vestigios del «interés originariamente erótico suscitado por la defecación».
Estas breves observaciones de Freud llevan evidentemente a pensar en la patología del Hombre de las ratas, sobre todo en ese «goce» de tipo anal del que el «horror» que suscita en el paciente será advertido por el analista al escuchar el penoso relato del suplicio orienta]. Pero ellas permiten también comprender ciertos rasgos obsesivos derivados de esta forma de erotismo, como un gusto celoso por el secreto, una renuencia a dar y a comunicar (que se combina muy bien con la habilidad para refrenar por amor la propia agresividad), una capacidad sorprendente para convertir una posición habitual de respeto, devoción y sumisión en actitudes violentas, injuriosas, obscenas, escatológicas, incluso criminales. Pero esta eventualidad es también reactiva. Así como su ritual propio consiste, lo mismo que la contabilidad funeraria de Leonardo da Vinci a la muerte de su madre, en exteriorizar, desplazándolos sobre actos fútiles, incluso absurdos, sentimientos intensos que se han vuelto inconscientes, el obsesivo da la impresión de querer atenuar todo, incluso su presencia personal. Le encanta ocultarse, rodearse de misterio, replegarse hasta los límites del anonimato. Se ingenia para defenderse contra toda intrusión, incluso y sobre todo por parte de los seres más próximos. Ahora bien, estas diversas actitudes consisten en retenerse, así como el niño, en la fase anal, retiene sus excrementos -con los que, por cierto, se dice que él se propone hacer un «regalo»... pero para ello tendrá que asegurarse de que puede entregarlo con una sensación de un perfecto dominio-
En 1913, Freud, que entretanto habrá modificado su teoría de los estadios de la libido, sobre todo introduciendo una fase de organización sexual pregenital, cuestiona la primacía antes aceptada del sadismo y el erotismo anal, haciendo lugar a la acción sustitutiva de otras pulsiones parciales, como la pulsión de saber, que «en el fondo es sólo un vástago sublimado, intelectualizado, de la pulsión de dominio». Su recusación explicaría entonces en gran parte la importancia torturante de la duda en esta patología. Por otro lado, según esta nueva concepción de las cosas, en la predisposición a la neurosis obsesiva, el desarrollo del yo se anticiparía cronológicamente al de la libido. Y la ambivalencia o alternancia del odio y el amor (tan característica de esta neurosis) se desequilibraría, según una idea de Stekel, en el sentido de una anterioridad del primero. El caso del obsesivo permitiría comprender el carácter defensivo de la génesis de la moral como salvaguardia del amor, el cual responde a la preocupación de mantener a distancia la agresividad primordial: «Si se considera -escribe Freud- que los obsesivos deben dar prueba de una supermoral para defender su amor al objeto contra la hostilidad que acecha detrás de él, uno se inclina a pensar como típica de la naturaleza humana una cierta anticipación del desarrollo del yo, y a pensar que la antelación del odio con respecto al amor, desde el punto de vista de desarrollo, funda la capacidad para la génesis de la moral» («La predisposición a la neurosis obsesiva»).
Esta concepción de las relaciones de la neurosis obsesiva con los estadios anteriores de la libido será objeto de una modificación aún más importante, en 1926, con Inhibición, síntoma y angustia, en la perspectiva metapsicológica de la segunda tópica. En este caso, según Freud, el mecanismo esencial es la regresión al estadio sádico-anal. El libreto que se desplegaría en la pubertad del obsesivo sería el siguiente: sea que la organización general se muestre demasiado débil, o que el yo se haya erigido demasiado pronto contra el proceso pulsional, iniciando así una desvalorización de la vida genital, el esfuerzo defensivo (primario) del yo consigue hacer regresar parcial o totalmente la organización genital al primer estadio sádico-oral. Esta regresión hace que en el obsesivo los procesos consecutivos a la resolución del complejo de Edipo superen la medida normal: a la destrucción de éste «se añade la degradación regresiva de la libido; el superyó se vuelve especialmente severo y duro, mientras que el yo, sometido al superyó, desarrolla importantes formaciones reactivas, que toman la forma del escrúpulo, la piedad y la limpieza». Estas formaciones, particularmente exageradas en comparación con el desarrollo normal de la personalidad, operan como un mecanismo de defensa complementario, mientras que el superyó aprovecha la regresión volviéndose más riguroso, más atormentador, más duro, más crítico del yo. Por su parte, el yo, que queda cerrado al universo pulsional del ello, no se sustrae de ningún modo a los tormentos que le inflige el superyó y, aunque considerándose inocente (por el hecho de la represión), debe «experimentar un sentimiento de culpa y admitir una responsabilidad que no puede explicar», a menos que evite la «percepción de esta culpabilidad mediante una nueva serie de síntomas, de acciones expiatorias, de limitaciones autopunitivas» que, reforzadas por la regresión a la fase sádico-anal, tienen «al mismo tiempo valor de mociones pulsionales masoquistas».
Pero estos síntomas, que al principio tenían una función de limitación del yo, en virtud de la tendencia de este último a la síntesis llegan a representar satisfacciones sustitutivas. El yo, en adelante sumamente limitado, queda reducido a buscar su satisfacción en los síntomas. Así se explica ese rasgo típicamente obsesivo de la inhibición de la voluntad; el yo descubre «para cada una de sus decisiones, motivaciones casi tan fuertes en un sentido como en el otro».
En este conflicto agudo entre el ello y el superyó, el yo, «afectado tenazmente a su relación con la realidad y la conciencia», utiliza dos técnicas descubiertas por Freud como mecanismos característicos de la neurosis obsesiva. La primera es la anulación retroactiva, que consiste en tratar como no ocurrido un acontecimiento que efectivamente se produjo; más exactamente, se intenta «suprimir el pasado en sí por medio del simbolismo motor». La segunda, el aislamiento, es un mecanismo por medio del cual la experiencia vivida en el pasado, en lugar de caer en la amnesia como en la histeria, es despojada de sus afectos, de tal manera que se encuentran cortados los lazos asociativos que pudiera tener con los otros pensamientos o actividades. Por cierto, el proceso que apunta a establecer rupturas entre los objetos múltiples para favorecer la concentración en algunos de ellos corresponde a una exigencia normal de la vida intelectual y la acción. Pero, también en este caso, la neurosis obsesiva se las ingenia para llevar más allá de su medida sana un procedimiento en sí mismo eficaz. Lo exagera y lo vuelve compulsivo, sobre todo mediante actos mágicos de aislamiento, ritos absurdos, estrategias al servicio de una vigilancia sin falla -recursos destinados a impedir las asociaciones entre los pensamientos y la imaginación Freud advierte aquí que, mediante tales síntomas, «el yo obedece uno de los mandatos más antiguos y fundamentales de la neurosis obsesiva, el tabú del contacto». Y, como terapeuta, evoca en tal sentido la dificultad particular que experimenta el enfermo para seguir la regla fundamental del análisis: «El aislamiento es supresión de la posibilidad de contacto, un medio de sustraer una cosa a todo tipo de tocamiento, y cuando el neurótico aísla de tal modo una impresión o una actividad mediante una pausa, nos da a entender simbólicamente que no quiere permitir que los pensamientos relacionados con aquéllas se toquen por asociación con otros».
El Hombre de las ratas
Estas teorizaciones de Freud han tenido a la vez como punto de aplicación y como nueva fuente de enriquecimiento, la cura ejemplar que expuso en «A propósito de un caso de neurosis obsesiva», y de la que, por un azar excepcional, contamos con notas detalladas de las sesiones («Apuntes originales sobre el caso de neurosis obsesiva»). El paciente, un abogado de apenas treinta años, inicia con Freud, en 1907, una cura motivada por inhibiciones y compulsiones muy graves, que le han hecho perder varios años en su carrera. Desde la primera sesión, el analista puede realizar «un inventario completo de esta neurosis», interpretando, en función de sus propias elaboraciones anteriores, la escena de infancia que el paciente evoca de entrada. Recuerda haberse deslizado, a los cuatro o cinco años de edad, bajo las faldas de un aya consintiente, muy bella y muy ligeramente vestida, y haberle tocado los genitales y el vientre; después fue desarrollándose poco a poco en él un deseo muy intenso de ver desnudas a las mujeres que le agradaban. En el punto de partida, anota Freud, el yo del niño no estaba en contradicción con ese deseo, pero pronto apareció el conflicto, precisamente en el momento en que, «junto al deseo obsesivo, se encuentra un temor obsesivo, íntimamente ligado a ese deseo: siempre que piensa en él, lo obsesiona la idea de que suceda algo terrible». Ahora bien, el analista observa que esa «cosa terrible» está envuelta desde hace mucho tiempo en una imprecisión, típica de esa neurosis, bajo la cual señalará el elemento preciso que se oculta. Se trata de una fórmula que se enuncia como sigue: «Si tengo el deseo de ver una mujer desnuda, mi padre debe morir». Esto arrastra irresistiblemente a compulsiones defensivas que se juzgan capaces de apartar la desgracia anunciada. Tenemos así el esquema completo de la génesis de la neurosis: «Una pulsión erótica y un movimiento de rebelión contra ella; un deseo (todavía no obsesivo) y una aprehensión opuesta a él (que tiene ya carácter obsesivo), un afecto penoso y una tendencia a acciones de defensa.»
Se advierte ya que el obsesivo se siente sometido a palabras amenazantes o imperiosas: mandamientos, interdicciones, conminaciones, requisitorias o razonamientos en apariencia irrefutables. De modo que la compulsión se despliega en un universo lenguajero, pero los mandatos que se le formulan al paciente son tales que éste se encuentra imposibilitado de obedecerlos, como si la orden estuviera constituida en sí misma de manera tal que no puede ejecutarse. Esto ocurre con el Hombre de las ratas con respecto a una deuda famosa, cuya historia se inscribe en el marco de otras desgracias amenazantes. En la segunda sesión, el paciente, con una repugnancia en la que Freud detecta «el horror de un goce que él mismo ignoraba», relata una conversación, en el curso de la cual, durante un período de servicio militar, un colega oficial, «un capitán muy cruel», describió un suplicio oriental que consistía en hacer penetrar ratas hambrientas por el ano de la víctima. Al oír esa narración, el joven tuvo la idea obsesiva de que esa «cosa horrible» era efectivamente infligida a la mujer amada y a su propio padre, que no obstante había muerto nueve años antes; el paciente estaba ligado de modo narcisista a esas dos personas, cuyas imágenes, como dice Lacan, se sostenían «en una equivalencia característica del obsesivo, una en virtud de la agresividad fantasmática que la perpetúa, y la otra gracias al culto mortificante que la transforma en ídolo». El suplicio se aplicaba a ellos sin la participación del joven, como «de una manera impersonal», pero, para que eso dejara de suceder, se le exigía imperiosamente -como si lo obligara un juramento- que liquidara una deuda en realidad imposible de pagar en las condiciones prescritas por el mandato. En efecto, el verdadero acreedor era una empleada de correos que había adelantado el dinero, por otra parte mínimo, para la expedición de unos anteojos solicitados de urgencia, mientras que el joven oficial, que lo sabía perfectamente, se sentía obligado a reembolsar esa suma a otro militar, que no tenía nada que ver y que no podía sino sustraerse a la escenificación de esa restitución inútil. Ahora bien, el mandamiento interior que le ordenaba pagar la deuda, y al que obedecía de manera tan poco adecuada, estaba en contradicción con un primer movimiento que le prescribía evitar absolutamente pagar, bajo pena de ver a la mujer amada y al padre muerto entregados a ese horrible suplicio. Ante ese imperativo contradictorio, muy típico de esta neurosis, la crisis obsesiva llega a su pleno desarrollo. Pero el hecho de que el paciente («deudor» y «culpable», según el doble sentido del adjetivo alemán schuldig) se pierda, como la rata condenada al laberinto, en esas impasses angustiantes y culpabilizadas, responde también a una de las diversas indelicadezas del padre, que había tenido que renunciar a su carrera militar a causa de una deuda impaga. Y, si se representa a ese padre muerto como pudiendo aún sufrir el suplicio de las ratas, es porque todavía espera su muerte, en virtud de un deseo inconsciente incluso más antiguo, del mismo modo que vive con la obsesión de su propia muerte. Pues el obsesivo, maestro en el arte de anular, de desplazar, de negar, de amortiguar las más innegables intenciones agresivas, sólo logra ponerse al abrigo del menor deseo y la menor responsabilidad en tanto todo eso, según él, no puede tener más horizonte que la muerte, «la muerte que lo mira con sus ojos de betún».
En esa empresa de traducción del dialecto obsesivo que fue la cura del Hombre de las Ratas, Freud se aplica a sacar a plena luz esta ambivalencia del amor y el odio, de la que dirá, en Moisés y la religión monoteísta, que «es propia de la esencia de la relación con el padre». Pues el padre había desempeñado para el paciente el papel de prohibidor de un amor sensual, primero por una niña, después por la dama idealizada, y en este último caso el joven pretendiente se había dicho: «Con la muerte de mi padre, quizá me vuelva lo bastante rico como para casarme con ella». Pero «el anhelo reprensible de suprimir al padre que molestaba» seguía, en virtud de la represión, al abrigo de toda destrucción posible, e imponía a la pena consciente del enfermo el estatuto de un duelo realmente patológico, es decir ilimitado. Al destacar el lugar del padre muerto, Freud anticipaba el aporte relativo a la «función del Otro» que le debemos a Lacan, el que por otra parte no deja de elogiar al maestro de Viena por haber demostrado que «en la neurosis obsesiva se cumple con esta función de ser tenido por un muerto, y que en este caso no podría ser mejor cumplida que por el padre, puesto que, en efecto muerto, él alcanza la posición que Freud reconocía como la del Padre absoluto».
Neurosis obsesiva
(fr. névrose obsessíonnelle; ingl. obsessional neurosis, al. Zwangsneurose). Entidad clínica aislada por S. Freud gracias a su concepción del aparato psíquico: la interpretación de las ideas obsesivas como expresión de deseos reprimidos le permitió a Freud identificar como neurosis lo que hasta entonces figuraba como «locura de duda», «fobia al contacto», «obsesión», «compulsión», etcétera.
El caso princeps, publicado por Freud en 1909, es el del llamado «Hombre de las Ratas» (A propósito de un caso de neurosis obsesiva), rico en enseñanzas todavía no agotadas. Freud destaca que la neurosis obsesiva deberá sernos más fácil de captar que la histeria porque no comprende un «salto a lo somático». Los síntomas obsesivos son puramente mentales, pero aun así siguen siendo oscuros para nosotros. Hay que confesar que los epígonos han contribuido poco a aclararlos. J. Lacan, por su parte -excluyendo su tesis de medicina , no escribió sobre clínica, hablando propiamente, por temor a que contribuyese a la objetivación de los casos, es decir, que no agregase nada a los avatares de la subjetividad. Sin embargo, haremos referencia a sus tesis en este desarrollo.
¿Por qué esta dificultad específica, en primer lugar? Sin duda, obedece al hecho de que la neurosis obsesiva está muy próxima a nuestra actividad psíquica ordinaria y, por ejemplo, al procedimiento lógico mismo con el que habitualmente se está tentado de dar cuenta de ella. Por otro lado, esta disposición mental solicita una de nuestras relaciones más conflictivas, la que nos liga con el padre, mientras que el complejo de Edipo más bien nos incitaría, como Tiresias lo había aconsejado oportunamente, a atemperar nuestro deseo de saber. Opera a este respecto una disolución de la función propia de la causa en provecho de una relación que liga firmemente, en la cadena hablada, el antecedente con el sucesor, y de una manera que oblitera todo plano de clivaje. El investigador se ve así expuesto al riesgo de compartir la duda del obsesivo sobre lo que estaba al comienzo y hubiera podido ser determinante.
Clínica. La clínica de la neurosis obsesiva se distingue de la clínica de la histeria en principio por al menos dos elementos: la afinidad electiva aunque no exclusiva por el sexo masculino; la reticencia del paciente a reconocer y dejar conocer su enfermedad: suele ser la intervención de un tercero la que lo incita a consultar. La predilección de esta neurosis por el sexo masculino es instructiva, en tanto marca el rol determinante del complejo de Edipo -ahí está la causa que había sido disimulada en la instalación del sexo psíquico. En cuanto al «rechazo» en confesar la enfermedad, depende manifiestamente de que esta es vivida como «falta moral» y no como una patología. (Pero existe otro motivo esencial de disimulo.)
La sintomatología principal está por lo tanto representada por ideas obsesivas con acciones compulsivas y la defensa iniciada contra ellas.
Las obsesiones son destacables por su carácter resueltamente sacrílego: las circunstancias que llaman a la expresión del respeto, del homenaje, de la devoción o de la sumisión, desencadenan regularmente «ideas» injuriosas, obscenas, escatológicas, e incluso criminales. Aun cuando a menudo están articuladas bajo la forma de un mandato imperativo (por ejemplo, la «idea» respecto de la mujer amada: «Ahora, le vas a c... en la boca...»), son reconocidas por el sujeto -azorado y aterrorizado de que sea tan monstruosa- como expresión de su propia voluntad. Hay que destacar entonces que estas ocurrencias (al. Einfallen) no son tomadas nunca como de inspiración ajena, aun cuando en ciertos casos su audición puede ser cuasi alucinatoria. A partir de aquí se entabla una lucha, hecha de ideas contrarias expiatorias o propiciatorias, que pueden ocupar toda la actividad mental diurna, hasta que el sujeto se da cuenta, con espanto redoblado, de que estas contramedidas mismas están infiltradas. Se impone así la imagen de una fortaleza asediada, cuyas defensas, febril y sucesivamente elevadas, se revelan burladas y puestas al servicio del asaltante, o de la falla, que, apenas colinada, se abre en otra parte. Puede reconocerse, en estas representaciones familiares de nuestra imaginería mental, la expresión de la pesadilla, pero también de lo cómico. En cuanto a las acciones compulsivas, de objetivo verificador o expiatorio, están marcadas por una ambigüedad similar y pueden mostrarse también involuntariamente obscenas o sacrílegas.
Este debate permanente opera en un clima de duda mucho más sistemático que el aconsejado por el filósofo y no desemboca en ninguna certidumbre de ser. Con frecuencia se instala en medio de esa duda una interrogación lancinante, generadora de múltiples verificaciones siempre insatisfactorias, sobre la posibilidad de un asesinato que el sujeto habría cometido o acabaría de cometer sin saber -lo. Un automovilista se sentirá así obligado a desandar su camino para controlar si no ha atropellado a un peatón en un cruce sin darse cuenta; desde luego que la verificación no podrá convencerlo puesto que puede haber pasado una ambulancia y pueden haberse ido los testigos.
Un síntoma así merece ser destacado porque conjuga acto y duda; el obsesivo no está solamente posesionado por el horror de cometer algún acto grave (asesinato, suicidio, infanticidio, violación, etc.) que sus ideas podrían imponerle, sino también por el de haberlo realizado sin darse cuenta. Forzando el trazo, se delineará progresivamente la figura de un tipo humano que no es raro: un solterón que se ha quedado junto a su madre, un funcionario o un contador lleno de hábitos y pequeñas manías, escrupuloso y preocupado por una justicia igualitaria, que privilegia las satisfacciones intelectuales y vela con su civismo o su religiosidad una agresividad mortífera.
El hombre de las ratas. Tal caricatura no se parece en nada al joven jurista -su verdadero nombre parece haber sido Errist Lanzer- que en 1905 vino a consultar a Freud: inteligente, valiente, simpático, muy enfermo, el Hombre de las Ratas tenía todo como para seducirlo.
Su síntoma de ese momento se había producido durante un período militar: giraba alrededor de la imposibilidad de reembolsar, según las modalidades que le habían sido prescritas, una modesta suma debida a una empleada de correos. Cuando un capitán «conocido por su crueldad» le ordenó pagarle al teniente A. que hacía de correo las 3 coronas con 80 que había adelantado por un envío contra reembolso, Errist debía saber que se equivocaba. Era el teniente B. el que se había encargado de la función, y la empleada del correo la que había dado el crédito. Sin embargo, esta intimación actuó como una ocurrencia reincidente (al. Einfall) y se vio poseído por la coerción de realizarla para evitar que desgracias espantosas viniesen a caer sobre seres que le eran queridos. Fue un tormento atroz tratar de hacer circular su deuda entre estas tres personas antes de que llegara a indemnizar a la empleada de correos. Es cierto que el objeto despachado no era indiferente: un par de quevedos (al. Zwicker) encargados a un óptico vienés en remplazo de los que había perdido durante un alto y que no había querido buscar para no retrasar la partida. En el curso de ese descanso, el capitán «cr-uel», partidario de los castigos corporales, había relatado un suplicio oriental (descrito por O. Mirbeau en El jardín de los suplicios) por el cual a un hombre despojado de sus ropas lo sientan atado sobre un cubo que contiene ratas: estas, hambrientas, se introducen lentamente por su ano... Freud destaca el «goce ignorado por él mismo» con el que el paciente le relataba la anécdota.
El padre de Ernst había muerto poco tiempo antes: un buen parroquiano, un vienés vividor del tipo «tiro al aire», el mejor amigo de su hijo y su confidente «salvo en un solo terreno». Ex suboficial, había dejado el ejército con una deuda de honor que no pudo reembolsar y debía su buen pasar al matrimonio con una rica hija adoptiva.
Es la madre, por otra parte, la que tiene los cordones de la bolsa y la que será consultada, después de la visita a Freud, sobre la oportunidad de emprender una cura. En su horizonte amoroso está la dama que «venera» y corteja sin esperanza: pobre, no muy bella, enfermiza y sin duda estéril, no espera demasiado de él. El padre deseaba un matrimonio más pragmático, que siguiera su ejemplo. Por otro lado, el paciente tiene algunos raros vínculos de baja extracción, Tiene un amigo «como un hermano» al que acude en caso de desesperación; es este el que le aconseja consultar. La lectura que había hecho de la Psicopatología de la vida cotidiana lo conduce a Freud. Sus estudios de derecho no terminan y la procrastinación [postergar para mañana, de «cras»: mañana, en latín] se ha agravado después de la muerte del padre.
El esfuerzo de Freud se centró en hacerle reconocer su odio reprimido hacia su padre y que la renuncia relativa a la genitalidad había desembocado en una regresión de la libido al estadio anal, convirtiéndola en deseo de destrucción. Ernst parecía haberse beneficiado mucho con la cura, pero la guerra de 1914 terminó con su brío recuperado.
Obsesión. Como se ve, lo que permanece incomprensible especialmente es el carácter específico de la enfermedad: la obsesión. ¿Por qué retorna inmediatamente lo reprimido con una virulencia proporcional a la fuerza de la represión, a tal punto que esta pueda mostrar en una de sus caras a lo reprimido mismo? ¿Por qué esos actos impulsivos que constriñen al obsesivo?
Es deseable una respuesta a estas preguntas si se quiere que su particularidad contribuya a enseñarnos las leyes del funcionamiento psíquico.
Por nuestra parte, trataremos de avanzar a partir de la comparación hecha por Freud entre la ceremonia religiosa y el ritual obsesivo, asimilando este último a «una religión privada».
Para ello debemos recordar el carácter patrocéntrico de la religión judeocristiana, basada en el amor al Padre y el rechazo de los pensamientos o sentimientos que le sean hostiles. Se habrá notado que, si la histeria está perfectamente descrita a pesar de su polimorfismo clínico y tiene identificada su etiología cerca de 2.000 años a. c. por los médicos egipcios, no se encuentra en cambio rastro alguno significativo de la neurosis obsesiva -en los textos médicos, literarios, religiosos, o en las inscripciones- antes de la constitución de esta religión judeocristiana. Una vez establecida esta, se observa una acumulación de los comentarios de los textos sagrados destinados a depurar actos y pensamientos de todo lo que podría no estar de acuerdo con la voluntad superior: de esta suerte, cada instante termina por estar dedicado a esto con una minuciosidad cada vez más refinada. Puede entenderse, por otra parte, en esta perspectiva, al Evangelio como una protesta de la subjetividad, que se supone separable del fardo de las obras y de un ritual que no impide la «incircuncisión [infidelidad] del corazón».
Sin embargo, una objeción importante hace de obstáculo en este camino. La tentativa racionalista, en efecto, no es menos causa de neurosis obsesiva. La recusación de la referencia a un Creador y la preocupación por un pensamiento riguroso y lógico van fácilmente a la par con la morbosidad obsesiva, compañera inesperada de quien esperaba una liberación del pensamiento. ¿Cómo reconciliarnos con tal paradoja si no intentamos hacerla funcionar para que nos aclare el mecanismo en juego?
Lo que las dos opciones aparentemente contrarias (no lo son para Santo Tomás) tienen en común, en efecto, es un tratamiento idéntico de lo real. Postulando nuestra filiación de aquel que se sostendría en lo real (categoría cuya cercanía produce angustia y espanto), la religión tiende a domesticarlo. No es excesivo decir que la religión -lazo sagrado- es una operación de simbolización de lo real. Una vez anulada la idea de que lo real siempre está en otra parte, el único modo -de hacer valer la dimensión del respeto al amo divino es la distancia euclidiana. En esta esencial mutación vemos la causa de la estasis propia del estilo obsesivo: el rechazo a desprenderse y crecer, a franquear etapas, a terminar los estudios, e incluso a la cura analítica. Tal acceso comportaría, efectivamente, el riesgo de igualarse con el ideal y de esa manera destruirlo, lo que comprometería el mantenimiento de la vida. Pero hay otra consecuencia todavía más destructiva: la anulación de la categoría de lo real a través de la simbolización suprime en el mismo movimiento al referente en el que se apoya la cadena hablada. Desde allí, no es solamente la duda lo que se instala. La función de la causa -privada de su soporte- recae sobre cualquier par de la cadena, ligando el antecedente con el sucesor, que se convierte así en consecuente. El poder de la generación depende ahora del rigor de la cadena, con lo que se entiende la preocupación obsesiva por verificarla incesantemente y expulsar de ella el error convertido en crimen.
La desdicha -típicamente obsesiva- de este esfuerzo considerable es que, si lo real está forcluido, vuelve como falla entre dos elementos cualesquiera que se trataba de soldar perfectamente (el niño jugará con la cesura entre dos adoquines). Pero cada falla es percibida como causa de objeciones, fuente de comentarios que llamarán a otros comentarios, verificación retroactiva del camino seguido, cuestionamiento de las premisas, etc., en resumen, como causa de un raciocinio que no puede encontrar descanso. Falto de un referente que lo alivie, cada elemento de la cadena adquiere una positividad tal («es eso») que sólo es soportable si se anula («no es nada»). Quedará así desbrozado el terreno propicio para una formalización, de la que daremos un ejemplo aplicado a esta neurosis.
Se puede decir, efectivamente, que el dispositivo evocado está soportado por una relación R que clasifica todos los elementos de la cadena según un modo reflexivo (x R x), lo que quiere decir que cada elemento puede ser supuesto como su propio generador, antisimétrico (x R y y no y R x), a causa del par antecedente-sucesor, y transitivo (x R y, y R u, por lo tanto x R u), lo que permite ordenar todos los elementos de la cadena. Siendo esta relación R idéntica a la de los números naturales, se comprenderá mejor la afinidad espontánea del pensamiento obsesivo con la aritmética y la lógica (lo mismo sucede a la inversa, causa por la cual una formación científica no siempre es la mejor para devenir psicoanalista).
En todo caso, estamos en la conjunción en la que se adivina por qué la religión y la racionalidad, al proponer un mismo tratamiento de lo real, se arriesgan a las mismas consecuencias mórbidas.
El precio de la deuda. La forclusión de lo real, categoría que se opone a «toda» totalitarización (y también al pensamiento que funda al totalitarismo), equivale a una forclusión de la castración. He aquí lo impago cuya deuda asedia la memoria del obsesivo, siempre preocupado por equilibrar las entradas y las salidas: en el caso del Hombre de las Ratas, primeramente es lo impago por su padre, que sin duda saldará a costa de su vida. Pero el rechazo del imperativo fálico se pagará con el retorno, en el lugar desde el cual se profieren para el sujeto los mensajes que deberá retomar por su cuenta (el lugar Otro en la teoría lacaniana), del imperativo puro, desencadenado, sin límite ahora (puesto que la castración está forcluida), y por lo tanto grávido de todos los riesgos. Es comprensible la repugnancia del obsesivo por las expresiones de autoridad, aun cuando es partidario del orden. En contrapartida, y a falta de referencia fálica, este imperativo del Otro surgirá de allí en adelante excitando las zonas llamadas «pregenitales» (oral, escópica, anal) como otros tantos lugares propicios a un goce, en este caso perverso y culpable, en tanto puramente egoísta.
Los lentes perdidos de Ernst Lanzer nos recuerdan el voyeurismo de su infancia, y la historia de las ratas, su analidad. Pero la homosexualidad que se atribuye al obsesivo es de un tipo especial, porque incluye no sólo el deseo de hacerse perdonar la agresividad contra el padre y de ser amado por él, sino también el retorno en lo real y de un modo traumático del instrumento que se trataba de abolir. Esta abolición, como se ha visto, ha provocado ya el retorno en el Otro (desde donde se articulan los pensamientos del sujeto) de una obscenidad desencadenada y sacrílega en efecto, porque concierne al instrumento que también prescribe el más alto respeto.
Pero también justifica la retención del objeto, denominado por Lacan «pequeño a», soporte del plus-de-gozar que el obsesivo consigue irregularmente pero al precio de infinitas precauciones y de una constipación mental. En fin, en cuanto a los actos impulsivos, sin duda vienen a recordar por su impotencia al acto principal (la castración) del que el obsesivo ha preferido sustraerse y que sólo le deja la muerte como acto absoluto, temible y deseable a la vez.
Neurosis obsesiva
Alemán: Zwangsneurose.
Francés: Névrose obsessionnelle.
Inglés: Obsessional neurosis.
Forma principal de neurosis identificada por Sigmund Freud en 1894, la neurosis obsesiva (o neurosis de coacción) es, junto con la histeria, la segunda gran enfermedad neurótica de la clase de las neurosis, según la doctrina psicoanalítica. Tiene por origen un conflicto psíquico infantil, y una etiología sexual caracterizada por una fijación de la libido en el estadio anal. En el plano clínico, se pone de manifiesto por ritos conjuratorios de tipo religioso, síntomas obsesivos y por permanente rumiación mental, en la que intervienen dudas y escrúpulos que inhiben el pensamiento y la acción.
El alienista francés Jules Falret (1824-1902) introdujo el término obsesión para designar el fenómeno de influencia en virtud del cual el sujeto es asediado por ideas patológicas, por una falta que lo acosa y obsesiona al punto de hacer de él un muerto vivo. El término fue más tarde traducido al alemán por Richard von Krafft-Ebing, quien escogió para ello la palabra Zwang, la cual remite a una idea de coacción y compulsión: el sujeto se obliga a actuar y pensar contra su voluntad. Pero le correspondió a Freud el mérito de haberle dado por primera vez un contenido teórico a la antigua clínica de las obsesiones, no sólo ubicando la enfermedad en el registro de la neurosis, sino haciendo de ella, frente a la histeria, la segunda gran componente de la estructura neurótica humana.
Mientras que la histeria era conocida desde la Antigüedad, la obsesión apareció tardíamente en la clínica de las enfermedades nerviosas. Sin embargo, las dos entidades tuvieron que ver con la historia de la religión en Occidente. En efecto, ambas están emparentadas con los antiguos fenómenos de posesión y con la división entre el alma y el cuerpo. En el caso de la histeria, la posesión es más bien sonambúlica, pasiva, inconsciente y "femenina": es el diablo quien se apropia de un cuerpo de mujer para torturarlo. En la obsesión, por el contrario, es activa y "masculina": el propio sujeto es torturado interiormente por una fuerza diabólica, mientras permanece lúcido acerca de su estado. Por una parte la mujer, asemejada a una bruja, es culpable a través de un cuerpo diabólico ofrecido a la lujuria; por la otra, el hombre es invadido por una mancha moral que lo obliga a convertirse en su propio inquisidor. La histeria es un arte “femenino" de seducción y conversión; la obsesión, un rito "masculino" comparable a una religión.
Esta diferencia entre lo femenino y lo masculino, entre lo activo y lo pasivo, entre el cuerpo convulsivo y la conciencia culpable, se vuelve a encontrar en el modo en que Freud opuso, en una carta a Wilhelm Fliess de 1895, la neurosis obsesiva a la histeria: “Imagínate, yo olfateo, entre otros, el condicionamiento estrecho siguiente: para la histeria, que se haya producido una experiencia sexual primaria (antes de la pubertad) con pánico; para la neurosis obsesiva, que se haya producido con placer La histeria es la consecuencia de un pánico sexual presexual. La neurosis obsesiva es la consecuencia de un placer sexual presexual que se transforma más tarde en reproche." De modo que, hasta 1897, en el marco de la teoría freudiana de la seducción (trauma sexual infantil) la sexualidad de las niñas se desplegaba bajo el signo de la pasividad y el pánico, y la de los varones, bajo el signo de un placer activo vivido como pecado.
Después del abandono de la teoría de la seducción, Freud no volvió sobre la cuestión de la neurosis obsesiva hasta 1907: presentó entonces por primera vez ante la Sociedad Psicológica de los Miércoles el principio de la historia de un enfermo afectado de esta neurosis: Ernst Lanzer, que se hizo célebre con el seudónimo de Hombre de las Ratas. Esa exposición magistral iba a servir de modelo a todos los comentarios ulteriores dedicados a la idea de la obsesión.
Aunque conservando una cierta correlación entre pasividad e histeria, y actividad y obsesión, Freud rechazó en lo esencial la bipolarización, reemplazándola por una explicación etiológica basada en su nueva teoría de la sexualidad. La neurosis obsesiva aparecía entonces como una afección que podía alcanzar por igual a hombres y mujeres, y cuyo origen era un conflicto psíquico. El cambio principal se produjo de hecho con la
publicación de 1905 de los Tres ensayos de teoría sexual, donde Freud puso de manifiesto la sexualidad infantil, la perversión polimorfa y el erotismo anal, que suscitarían una formidable hostilidad entre los adversarios del psicoanálisis, induciendo la acusación de pansexualismo dirigida contra Freud.
Entre 1907 y 1926, Freud transformó su concepción de la neurosis obsesiva. En el historial del Hombre de las Ratas lo que aparece dominando la organización sexual del obsesivo es el erotismo anal, y esa analidad está también presente -observa Freud- en los "ejercicios religiosos". Constatando la analogía entre la religión (cuyos rituales tienen un sentido) y el ceremonial de la obsesión (en el que esos mismos rituales sólo responden a una significación neurótica), Freud caracteriza la neurosis como una religión individual, y la religión como una obsesión universal.
En 1913 retomó esta temática con la publicación de un libro, Tótem y tabú, y un artículo, "La predisposición a la neurosis obsesiva". Comparada con la histeria, definida como un lenguaje pictórico, y con la paranoia, considerada una filosofía frustrada, la neurosis de coacción es nuevamente ubicada bajo el signo de la religión: "Las neurosis, por una parte, presentan concordancias sorprendentes y profundas con las grandes producciones sociales del arte, la religión y la filosofía-, por otro lado, aparecen como distorsiones de estas últimas. Podríamos arriesgarnos a decir que una histeria es una imagen distorsionada de una creación artística; que una neurosis de compulsión es la imagen distorsionada de una religión, y que un delirio paranoico es la imagen distorsionada de un sistema filosófico." No obstante, también había que relacionar la obsesión con una regresión de la vida sexual a un estadio anal, y su corolario: un sentimiento de odio propio de la constitución misma del sujeto humano. Pues, según Freud, era el odio, antes que el amor, lo que estructuraba el conjunto de las relaciones entre los hombres, obligándolos a defenderse contra él mediante la elaboración de una moral.
En 1926, en Inhibición, síntoma y angustia, esta teoría es revisada a la luz de la segunda tópica y de la noción de pulsión de muerte. El desencadenante de la neurosis obsesiva sería entonces el miedo del yo a ser castigado por el superyó. Mientras el superyó actúa sobre el yo como un juez severo y rígido, el yo se ve obligado a resistir a las pulsiones destructivas del ello, desarrollando formaciones reactivas que toman la forma de escrúpulos, limpieza, sentimientos piadosos y de culpa. De este modo el sujeto se hunde en un verdadero infierno del que nunca logra liberarse.
Ahora bien, este infierno no es más que la versión patológica de un sistema institucional patriarcal y judeocristiano del que Freud, por otra parte, pondera tanto las debilidades como los méritos. En su análisis del Hombre de las Ratas, y después en Tótem y tabú, vincula en efecto los progresos de la ciencia y de la razón con el advenimiento del patriarcado, señalando de tal modo que el freudismo, como expresión de esa ciencia y de esa razón, podía servir de defensa contra los diversos intentos de abolición de la familia, y contra la ineluctable declinación del padre en la sociedad occidental del siglo XX. En 1938, en la última etapa de la reflexión que realiza paralelamente sobre la religión y la lógica de la estructura obsesiva, sacó a plena luz, con Moisés y la religión monoteísta, la ambivalencia del amor y el odio, sintomática a sus ojos de la "relación con el padre". Desde luego, esta ambivalencia remite a la función de prohibición del incesto sostenida por el padre en el mundo judeocristiano.
De modo que la neurosis obsesiva definida por Freud siempre sería para él un verdadero objeto de fascinación, en la medida en que pone en escena la esencia de la relación edípica. En una carta de 1907 a Carl Gustav Jung, Freud se pintó a sí mismo con los rasgos de un obsesivo, mientras consideraba a su delfín como un histérico: "Si usted, un hombre sano, pertenece a la categoría del tipo histérico, yo tengo que reivindicar para mí el tipo obsesivo". Por otra parte, a propósito de un joven en tratamiento, caracterizó la historia de Edipo como un caso de neurosis obsesiva: "Se trata de un individuo sumamente dotado, de tipo edípico, amor a la madre, odio al padre (el Edipo antiguo es en efecto un caso de neurosis obsesiva en sí mismo -pregunta de la Esfinge-), enfermo desde los 11 años, ante la revelación de los hechos sexuales".
A igual título que la histeria, la neurosis obsesiva es por lo tanto correlativa de la historia del psicoanálisis en su intento clínico y antropológico de aportar una respuesta al enigma de la diferencia de los sexos y a la cuestión de la organización de la familia y las sociedades.
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