Neurosis traumática
Al.: Traumatische Neurose.
Fr.: névrose traumatique.
Ing.: traumatic neurosis.
It.: nevrose traumatica.
Por.: neurose traumática.
Tipo de neurosis en la que los síntomas aparecen consecutivamente a un choque emotivo, generalmente ligado a una situación en la que el sujeto ha sentido amenazada su vida. Se manifiesta, en el momento del choque, por una crisis de ansiedad paroxística, que puede provocar estados de agitación, estupor o confusión mental. Su evolución ulterior, casi siempre después de un intervalo libre, permitiría distinguir esquemáticamente dos casos:
a) el trauma actúa como elemento desencadenante, revelador de una estructura neurótica preexistente;
b) el trauma posee una parte determinante en el contenido mismo del síntoma (repetición mental del acontecimiento traumático, pesadillas repetitivas, trastornos del sueño, etc.), que aparece como un intento reiterado de «ligar» y descargar por abreacción el trauma; tal «fijación al trauma» se acompaña de una inhibición, más o menos generalizada, de la actividad del sujeto.
Generalmente la denominación de neurosis traumática es reservada por Freud y los psicoanalistas para designar este último cuadro.
El término «neurosis traumática» es anterior al psicoanálisis y sigue utilizándose en psiquiatría en forma variable, en virtud de las ambigüedades del concepto de traumatismo y de la diversidad de opciones teóricas que permiten tales ambigüedades.
El concepto de traumatismo es ante todo somático; designa entonces «[...] las lesiones producidas accidentalmente, de forma instantánea, por agentes mecánicos cuya acción vulnerante es superior a la resistencia de los tejidos u órganos sobre los que actúan»; los traumatismos se dividen en heridas y contusiones (o traumatismos cerrados), según que exista o no efracción del revestimiento cutáneo.
En neuropsiquiatría se habla de traumatismo con dos acepciones muy distintas:
1) se aplica al caso particular del sistema nervioso central el concepto quirúrgico de traumatismo, cuyas consecuencias pueden abarcar desde las lesiones evidentes de la substancia nerviosa hasta las supuestas lesiones microscópicas (por ejemplo, noción de «conmoción»);
2) se transpone metafóricamente al plano psíquico el concepto de traumatismo, el cual, entonces, designa todo acontecimiento que hace efracción bruscamente en la organización psíquica del individuo. La mayor parte de las situaciones generadoras de neurosis traumáticas (accidentes, batallas, explosiones, etc.) plantean a los psiquiatras, en la práctica, un problema de diagnóstico (¿existe o no lesión neurológica?) y, desde un punto de vista teórico, permiten una gran libertad para estimar, según las preferencias de cada uno, la causa última del trastorno. En una posición extrema, algunos autores llegan a clasificar el cuadro clínico de las neurosis traumáticas dentro del grupo de los «traumatismos cráneo-cerebrales» (véase: Trauma psíquico).
Si nos limitamos al campo del traumatismo tal como se entiende en psicoanálisis, el término «neurosis traumática» puede tomarse bajo dos perspectivas bastante distintas.
I. En relación con lo que Freud denomina una «serie complementaria» en el desencadenamiento de la neurosis, deben tomarse en consideración factores que varían en razón inversa entre sí: predisposición y traumatismo. En este sentido, se encuentra toda una gama entre los casos en que un acontecimiento mínimo adquiere valor desencadenante, debido a la débil tolerancia del sujeto frente a toda excitación o frente a una determinada excitación especial, y los casos en que un acontecimiento de una intensidad objetivamente excepcional viene a perturbar bruscamente el equilibrio del sujeto.
A este respecto deben efectuarse varias observaciones:
1) el concepto de trauma se vuelve puramente relativo;
2) el problema trauma-predisposición tiende a confundirse con el de los papeles respectivos de los factores actuales y del conflicto preexistente (véase: Neurosis actual);
3) en los casos en que se comprueba con evidencia la existencia de un traumatismo importante en el origen de los síntomas, los psicoanalistas se dedicarán a investigar, en la historia del sujeto, los conflictos neuróticos que el acontecimiento no habría hecho más que precipitar. En favor de este punto de vista conviene señalar que, con frecuencia, los trastornos desencadenados por un trauma (guerra, accidente, etc.) se asemejan a los hallados en las neurosis de transferencia clásicas;
4) singularmente interesantes, desde esta perspectiva, son los casos en los que un acontecimiento exterior viene a realizar un deseo reprimido del sujeto, a poner en escena una fantasía inconsciente. En estos casos, la neurosis que se desencadena se caracteriza por rasgos que la asemejan a las neurosis traumáticas: repetición mental, sueños reiterativos, etc.;
5) dentro de la misma línea de pensamiento, se ha intentado relacionar la ocurrencia misma del acontecimiento traumático con una predisposición neurótica especial. Algunos individuos parecen buscar inconscientemente la situación traumatizante, aunque la temen; según Fenichel, de este modo repetirían un trauma infantil con la finalidad de descargarlo por abreacción: «[...] el Yo desea la repetición para resolver una tensión penosa pero la repetición es en sí misma penosa [...]. El enfermo ha entrado en un círculo vicioso. No logra jamás controlar el traumatismo por medio de sus repeticiones, ya que cada tentativa aporta una nueva experiencia traumática». En estos individuos, descritos como «traumatófilos», Fenichel ve un caso típico de «asociación de neurosis traumáticas y de psiconeurosis». Por lo demás, se observará a este respecto que K. Abraham, que introdujo el término «traumatofilia», relacionaba incluso los traumas sexuales de la infancia con una predisposición traumatofílica preexistente.
II. Vemos, pues, cómo la investigación psicoanalítica conduce a poner en tela de juicio la noción de neurosis traumática: pone en duda el papel determinante del acontecimiento traumático, por una parte al subrayar la relatividad del mismo con respecto a la tolerancia del sujeto, y por otra parte insertando la experiencia traumática en la historia y la organización particulares del individuo. Desde este punto de vista, el concepto de neurosis traumática sería sólo una primera aproximación, puramente descriptiva, que no resistiría a un análisis profundo de los factores que intervienen.
¿No es necesario, sin embargo, conservar un puesto aparte, desde el punto de vista nosográfico y etiológico, para aquellas neurosis en las que un traumatismo, por su misma naturaleza e intensidad, sería con mucho el factor predominante en su desencadenamiento, y en las cuales los mecanismos que intervienen y la sintomatología serían relativamente específicos con respecto a los de las psiconeurosis?
Tal parece ser la posición de Freud, según se desprende principalmente de su obra Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920): «El cuadro sintomatológico de la neurosis traumática se acerca al de la histeria por su riqueza en síntomas motores similares; pero, por regla general, lo sobrepasa por sus signos, muy acentuados, de sufrimiento subjetivo (que recuerdan la hipocondría o la melancolía) y por las manifestaciones de una debilitación y perturbación mucho más generales de las funciones psíquicas». Cuando Freud habla de neurosis traumática, insiste en el carácter a la vez somático («conmoción» [Erschütterung] del organismo, que provoca una afluencia de excitación) y psíquico (Schreck: susto) del trauma. Según Freud, es este susto, « [...] estado que sobreviene cuando uno entra en una situación peligrosa sin estar preparado para ella», el factor determinante de la neurosis traumática.
Frente a la afluencia de excitación, que irrumpe y pone en peligro su integridad, el sujeto no puede reaccionar mediante una descarga adecuada ni por medio de una elaboración psíquica. Desbordado en sus funciones de ligazón, repetirá de forma compulsiva, especialmente en los sueños, la situación traumatizante, a fin de intentar ligarla (véase: Compulsión a la repetición; Ligazón).
Con todo, Freud no dejó de señalar la posible existencia de conexiones entre las neurosis traumáticas y las neurosis de transferencia. Deja sin contestar la pregunta de la especificidad de las neurosis traumáticas, como lo atestiguan las siguientes líneas del Esquema del psicoanálisis (Abriss der Psychoanalyse, 1938): «Es posible que lo que llamamos neurosis traumáticas (desencadenadas por un susto demasiado intenso o choques somáticos graves, tales como choques de trenes, desprendimientos etc.), constituyan una excepción; pero, hasta ahora, sus relaciones con el factor infantil han escapado a nuestras investigaciones».
Neurosis y psicosis
Las primeras reflexiones de Freud sobre la psicosis conciernen a la paranoia, que él agrupa con la histeria y la neurosis obsesiva en la categoría de «neuropsicosis de defensa». Pero mientras que en estas dos últimas afecciones el «contenido representativo» del que es preciso defenderse es «apartado», «mantenido fuera de la conciencia» (de modo que el afecto queda entonces «separado» de la representación), en la paranoia, «contenido [de la representación] y afecto son mantenidos [presentes en el nivel consciente], pero se encuentran proyectados en el mundo exterior». Desde ese momento, paranoia y proyección se encuentran íntimamente ligadas: «la finalidad de la paranoia es defenderse de una representación inconciliable con el yo, proyectando su contenido en el mundo exterior». Observemos aquí que el caso de «paranoia» estudiado por Freud en «Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa», más tarde será considerado por él como «más seguramente demencia precoz», lo que nos autoriza a vincular la proyección con el conjunto de los mecanismos alucinatorios e interpretativos de las psicosis.
Psicosis y represión
En esos años (1895-1896) Freud no ha precisado aún su teoría de la represión en tres fases, que sólo explicitará unos quince años más tarde, en sus «Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia», y que retomará en la Métapsychologie. El primer tiempo de la represión es un tiempo lógicamente necesario que sólo cabe postular: « ... tenemos en consecuencia bases para admitir una represión originaria [ ... ] con ella se produce una fijación». El segundo tiempo es la represión propiamente dicha (represión «a posteriori») en la cual se conjugan los efectos de «la atracción de lo que ha sido reprimido precedentemente» (en el momento de la represión originaria), y «la repulsión que, a partir del nivel consciente, obra sobre lo que debe ser reprimido». Sólo con la tercera fase de la represión podemos hablar de conflicto y de síntomas neuróticos: la activación (actual) de una «moción pulsional» reprimida desencadena «procesos capaces de llevarla a irrumpir en la conciencia»; las «formaciones sustitutivas» y los síntomas no se deben a la represión en sí, sino que constituyen más bien «indicios de un retorno de lo reprimido».
El problema planteado de entrada por Freud acerca de la proyección en la psicosis es fundamentalmente el de su estatuto. ¿Está la proyección ligada a «un procedimiento o un mecanismo especial de represión que le es propio»? ¿O más bien debemos considerarla como un «síntoma del retorno de lo reprimido», incluso como el efecto de un «compromiso entre la resistencia del yo y la presión del retorno de lo reprimido» («formación de compromiso») En otras palabras, las interpretaciones y alucinaciones propias de la psicosis, ¿son inherentes a «una forma particular de represión» (diferente, por lo tanto, del mecanismo de la «represión» tal como ha sido definido), o bien pertenecen al tercer tiempo, siendo entonces la proyección una modalidad especial de «retomo de lo reprimido» (en cuyo caso el mecanismo de la represión en las psicosis sería análogo al de la represión que obra en las neurosis)
Este cuestionamiento, siempre subyacente en los primeros escritos de Freud sobre la psicosis, es explícitamente retomado en el análisis del caso Schreber: « ... Si la característica distintiva de la paranoia (o de la demencia precoz) reside [ ... ] en la forma particular que revisten los síntomas», esta forma particular ¿está en sí misma «determinada por el mecanismo de la formación de los síntomas o por el mecanismo de la represión?»
En lo que concierne al mecanismo de la formación de los síntomas en las psicosis, «la característica más sorprendente reside en el proceso que merece el nombre de proyección».
Pero si bien el fenómeno de la proyección remite a «problemas psicológicos más generales» (en particular, existe una proyección «normal»), es más bien «la modalidad con la que se realiza el proceso de la represión» lo que constituye la característica distintiva de la psicosis, modalidad por otra parte «más íntimamente ligada a la historia del desarrollo de la libido», y por lo tanto a las «disposiciones personales engendradas por ese desarrollo».
Sea que se trate de la demencia precoz o de la paranoia, «la represión se realiza por medio del desasimiento de la libido». En su artículo «La represión», Freud precisa: «Hay por lo menos una cosa en común en los mecanismos de la represión: la sustracción de las investiduras de energía (o de la libido, cuando se trata de pulsiones sexuales)». Pero en «Lo inconsciente», se pregunta «si el proceso llamado aquí [en la esquizofrenia] represión conserva algo en común con la represión que obra en las neurosis de transferencia».
Lo común es el desasimiento de la libido del objeto real (lo que Freud retomará más tarde como «pérdida de realidad»). Pero mientras que en la neurosis «la investidura de objeto persiste en el sistema les a pesar de la represión, o más bien como consecuencia de ella», en la esquizofrenia, «a la inversa, la libido que ha sido retirada no busca un nuevo objeto, sino que se repliega sobre el yo», proceso que desemboca en un «estado secundario de narcisismo», clínicamente atestiguado por la megalomanía.
En el final de su «Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños» (1915) Freud expresa muy claramente en qué consiste la distinción entre el «retiro de investidura» propio de las neurosis, y el «retiro de investidura» que caracteriza a las psicosis: «En las neurosis de transferencia, lo retirado es la investidura preconsciente; en la esquizofrenia se retira la investidura del Ics».
En la neurosis, «el relajamiento de la relación con la realidad» debe situarse como «reacción contra la represión y fracaso de esta última». Sabemos hasta qué punto los rituales obsesivos, los comportamientos contrafóbicos, la inhibición («expresión de una limitación funcional del yo»), restringen la actividad del sujeto, o cómo, en otros casos la actividad fantasmática (por ejemplo, amorosa) reemplaza o incluso convierte en redundante toda relación en la realidad... La «pérdida de realidad» es aquí secundaria al establecimiento de la neurosis, ya sea que provenga del «combate del yo contra el síntoma» o que constituya, por el predominio del fantasma sobre la realidad, «un resarcimiento a la parte dañada del ello».
Por el contrario, en la psicosis, la «pérdida de realidad» es primera, «es» la enfermedad en sí, y «el desasimiento parcial tiene que ser con mucho lo más frecuente y servir de preludio al desasimiento total», dice Freud. El segundo tiempo «tiene también la característica de reparación»: así, «el delirio aparece como una pieza que se emplaza en el lugar donde inicialmente se produjo un desgarramiento en la relación del yo con el mundo exterior»; asimismo, «la sobreinvestidura de la representación de palabra [ ... ] representa la primera de las tentativas de restablecimiento o de curación que dominan de manera tan impactante el cuadro clínico de la esquizofrenia».
De modo que neurosis y psicosis tienen una etiología común: «el no cumplimiento de uno de aquellos deseos infantiles eternamente indómitos... En último análisis esta frustración proviene siempre de afuera» o, si se prefiere, del «principio de realidad»; «la neurosis [de transferencia] es el resultado de un conflicto entre el yo y el "ello", mientras que la psicosis es el resultado análogo de un trastorno equivalente entre el yo y el mundo exterior».
Podemos formular esto de otra manera: si la neurosis (con su pérdida secundaria de la relación con la realidad) sólo aparece con la tercera fase de la represión, presupone lógicamente la segunda (el tiempo de la represión propiamente dicha), que podemos definir como la «sustracción» al «yo consciente» de una parte de la «realidad psíquica» que está en contradicción con las opciones «realistas» del yo.
El tiempo inaugural de la neurosis (la represión) aparece entonces como consistiendo en «apartar» del yo una parte de la realidad psíquica; por el contrario, el tiempo inaugural de la psicosis consiste en apartar el yo de la realidad exterior. «¿Cuál puede ser el mecanismo, equivalente a la represión, mediante el cual el yo se aparta del mundo exterior?», pregunta Freud.
Realidad psíquica y realidad exterior
Tratar de responder este interrogante presupone una «teoría» de la realidad «exterior», y una «teoría» de la relación con los objetos de esa realidad, lo que quizá constituye un solo y mismo problema. Debemos recordar que precisamente a partir de una reflexión sobre las psicosis Freud llegó a distinguir la «libido del yo» y la «libido de objeto»: «Nos formamos la idea de una investidura originaria del yo, una parte de la cual será más tarde cedida a los objetos, pero, fundamentalmente, esta investidura (del yo) persiste». En las neurosis, una parte de la libido queda disponible para los objetos, y es precisamente esa «libido de objeto» la que se moviliza en la transferencia; en las psicosis, por el contrario, la libido «abandona las investiduras de objetos y se repliega en el yo»; «la regresión llega... hasta el retorno al autoerotismo infantil».
Pero mientras que en los episodios melancólicos, por ejemplo, la libido sigue siendo a posteriori capaz de reinvestir espontáneamente la realidad (quizá por la «fuerte fijación al objeto», que contrasta con la «débil resistencia de la investidura de objeto» de la que habla Freud), en las psicosis crónicas la libido parece haberse convertido en «impropia» para la investidura de objetos reales después de producido su repliegue en el yo. La «tentativa de reconstrucción» en las psicosis es de hecho «autoplástica», dice Freud; «se contenta con producir alteraciones internas»; los procesos de pensamiento no conducen a «la acción específica»... En la psicosis todo ocurre como si las «modificaciones interiores» fueran el equivalente de modificaciones del exterior.
En ciertos episodios oniroides neuróticos puede suceder, por ejemplo, que la actividad fantasmática venga a recubrir la realidad exterior. Pero los dos lugares -la realidad psíquica y la realidad exterior- siguen siendo tópicamente distintos, aunque la primera pueda reemplazar a la segunda. Por el contrario, nos parece característico de la psicosis que haya indistinción tópica de esos dos lugares: indistinción a veces «total» (esquizofrenia, psicosis alucinatorias crónicas), a veces «parcial» (así, en ciertos estados delirantes, incluso crónicos, la relación con la realidad se conserva, salvo en lo que concierne a un dominio particular de pensamiento: el mágico-religioso, por ejemplo).
«En los casos de neurosis, lo rechazado reaparece in loco, allí donde ha sido reprimido, es decir, en el ambiente mismo de los símbolos [ ... ] reaparece in loco bajo una máscara. Lo rechazado en la psicosis [ ... ] reaparece en otro lugar, in altero en lo imaginario, y allí, sin máscara», dice Lacan. Freud ya se interrogaba sobre el hecho de que, en la esquizofrenia, «se expresan muchas cosas en el nivel consciente, mientras que, en las neurosis, sólo el psicoanálisis permite mostrar que ellas están presentes en el nivel inconsciente».
La indistinción tópica de los lugares de la realidad psíquica y la realidad exterior, que para nosotros constituye un rasgo distintivo de las psicosis, nos parece entonces tener que relacionarse con la indistinción de los registros de lo imaginario y lo simbólico de Lacan. Por otra parte, el hecho de que en la psicosis el «contenido» del Ics se ponga de manifiesto, según una fórmula que se ha convertido en clásica, «a cielo abierto», nos incita a volver sobre la problemática de la represión originaria, la cual asegura la distinción tópica de los lugares del Ics y del sistema Pcs/Cs, y la separación de los dos «principios del acaecer psíquico» que los rigen respectivamente.
Pero ¿de qué modo puede una realidad constituirse como «exterior»? «Lo extraño al yo, lo que se encuentra afuera, son al principio idénticos para él», dice Freud. El tiempo primordial del «juicio de atribución» es de hecho un tiempo de admisión previa (Bejahung) de un «primer cuerpo de significantes». Hemos asimilado el campo de lo «admitido» al «universo del discurso» de los lógicos, universo cuyos «objetos» parecen surgir de la «unidad originaria de logos, nus y usía» que el filósofo y lingüista J. Lohmann ve en el principio de la forma de pensamiento intrínsecamente ligada a la lengua griega originaria: «unidad originaria de objetividad, subjetividad e intersubjetividad (lenguaje)», precisamente reunidas en el término «logos».
La realidad exterior se constituirá en un segundo tiempo a partir de esos «datos previos» del universo del discurso; en el juicio de existencia, «se trata también... de una cuestión de adentro y afuera», y por lo tanto lógicamente de una actividad de reparto de los «objetos» del universo del discurso en dos clases disjuntas: el «afuera» y su complementario, el «adentro». Nos parece que un equivalente lógico es el propuesto por la primera separación en el interior de esta unidad originaria (cuyos elementos constitutivos son progresivamente emancipados), que constituye el «Logos» en su sentido primero, corte realizado por la lógica estoica: «lo que aún no se separa es el objeto pensado y el objeto dicho, que son precisamente reunidos en el lektou estoico, y opuestos al tugcauou, al objeto real» (J. Lohmann). Si el juicio de existencia constituye una primera «partición» del universo del discurso en dos subconjuntos (el adentro y el afuera), es preciso que incluyamos como «parte» el conjunto vacío. Volvemos a encontrar aquí el «mismo» conjunto vacío del que hemos hecho el análogo lógico de la represión originaria.
Estamos entonces en condiciones de formular la hipótesis de que en las psicosis hay un «estallido» de la represión originaria, que constituía en un primer tiempo lógico el corolario de la delimitación del universo del discurso: lo que una paciente consideraba como «huida del vacío» puede entonces entenderse como «huida» de los significantes primordiales fuera de la clase de los «datos previos», es decir, no-delimitación del universo del discurso.
Esto quiere decir que ya no se puede en modo alguno definir la «partición» del universo del discurso (pues éste no está delimitado) o, en otros términos, que el estallido del conjunto vacío hace de éste un solo y simple conjunto vacío, y es entonces al mismo tiempo destrucción de la disyunción entre el sistema Ics y el Pcs/Cs, por una parte, y por la otra, entre «realidad exterior» y «realidad psíquica».
Psicosis y renegación
Puesto que la realidad se constituye a partir de un juicio de existencia, ¿en que puede consistir una «pérdida (primera) de la realidad»?
La expresión «desmentida (Verleugnung) de la realidad» aparece con frecuencia en Freud. Pero así como la experiencia clínica nos induce a postular en la base de la psicosis un «mecanismo de defensa» diferente del de la represión neurótica, también nos lleva a diferenciar la «renegación de la realidad exterior» característica del fetichismo (y, más ampliamente, de las escisiones perversas), por un lado, y por el otro, un «mecanismo de "rechazo" de la realidad» propio de las psicosis.
En el fetichismo, llegan a «coincidir» en el nivel Cs/Pcs dos versiones contradictorias: la de la prueba de realidad y la de la realidad psíquica. La tesis de la realidad psíquica (por ejemplo, de la existencia de pene en la mujer) ya no es contradictoria con la prueba de realidad, en cuanto un «fetiche» ocupa el lugar del pene, por lo cual «sería incorrecto considerar como escisión del yo al proceso de elección del fetiche», dice Freud. En este caso, el fetiche ocupa en la realidad «exterior» el lugar de pene, pero en otros casos, «la significación de pene puede ser "transferida" a otra parte del cuerpo (femenino)». Como ciertos elementos de la realidad, reemplazando el pene, convierten en no contradictorias las dos tesis opuestas, no podemos verdaderamente hablar de escisión del yo... No podemos por otra parte dejar de observar una analogía de estos dos mecanismos con los de la fobia y la histeria, respectivamente.
Por el contrario, hablaremos de «escisión del yo» cuando «las dos opiniones contradictorias persisten sin influirse» (y por lo tanto sin dar forma a «un compromiso» del tipo de fetiche): «Se instauran dos actitudes opuestas, independientes entre sí, lo que lleva a una escisión del yo». Por cierto, ese clivaje aparece como «una característica universal de la neurosis», pero en este caso, «una de las dos actitudes es la que adopta el yo, mientras que la opuesta, que es reprimida, pertenece al ello»; el clivaje que actúa en las neurosis es por lo tanto el clivaje Ics/Pcs. Por el contrario, en el caso de la «desmentida», las dos actitudes opuestas parecen coexistir en el nivel del yo; no obstante, esta escisión nos resulta muy distinta de la que actúa en las psicosis (y sobre todo en la esquizofrenia); evoca más bien un proceso de defensa de tipo obsesivo del orden del «aislamiento»: «la experiencia (desagradable) no es olvidada (por lo tanto, no es reprimida), sino despojada de su afecto; sus relaciones asociativas son reprimidas o quebradas, aunque ella persiste, aislada, por así decirlo». En el caso de la desmentida hablaremos de «escisión de la realidad psíquica» (Freud habla de «escisión psíquica»), en cuanto coexisten «dos actitudes psíquicas» opuestas. Así, «el rechazo tiene siempre como correlato una aceptación»; las dos tesis contradictorias pertenecen por igual a la «realidad psíquica»; una se adecua a la prueba de realidad (al yo-realidad), y su opuesta permanece en el orden puro de la realidad psíquica regida por el principio de placer. Pero una «desertificación», una ruptura de las asociaciones, mantiene a distancia a estos dos términos de la contradicción, que en consecuencia ni se plantean como contradictorios. Se activa por turno una u otra de las dos tesis, en un movimiento único que deja a la restante desinvestida e inerte.
Es notable que en las dos series de ejemplos de «desmentida de la realidad» que proporciona Freud se trate de renegación de una ausencia: ausencia del pene de la mujer, ausencia de un padre muerto. En este último caso, tan frecuente en la clínica (y en la «normalidad»), la escisión se sitúa en efecto en el nivel de «comportamientos independientes» entre sí, y no en el del discurso del yo consciente.
«Al signo no nada le corresponde en la realidad», dice Wingenstein, y nada tampoco en la realidad psíquica, añadiremos nosotros, siguiendo a Freud. Es decir que la ausencia sólo puede identificarse a partir del «símbolo de la negación» y, por consiguiente, de los «procesos secundarios», en tanto que el «no», «sustituto del rechazo», aparece en tanto condena por un juicio, como secundario, desde el punto de vista lógico, con respecto a la represión.
Estos procesos de «escisión» característicos de la «desmentida» nos parecen derivar de un clivaje entre «el yo realista consciente» y una parte de la «realidad psíquica», que no está sin embargo reprimida; así, «la ausencia» sólo puede ser «aceptada» por el yo consciente, regido por el principio de realidad, mientras que, en el nivel de la realidad psíquica, el único «equivalente» posible es la desinvestidura de la representación correspondiente. La sintomatología que acompaña a tales «clivajes» muestra bien -precisamente a través de «la independencia de los dos tipos de comportamientos opuestos»- que «realidad exterior» y «realidad psíquica» siguen siendo en este caso perfectamente distintas; el fenómeno de la desmentida en sí manifiesta el funcionamiento «en paralelo» del proceso secundario y el proceso primario.
Precisamente porque en las psicosis realidad psíquica y realidad exterior no son distintas, tenemos que postular en su principio un mecanismo que no es el de la desmentida.
«La realidad (exterior) es en sí misma incognoscible», dice Freud, y sólo a partir de nuestro propio pensamiento podemos tener una visión de las relaciones que la rigen. Los «procesos de pensamiento secundario» constituyen entonces un «relevo» de la realidad exterior, pero no pueden estar en correspondencia absoluta con esa realidad exterior ni con la realidad psíquica (cf. el problema del «símbolo de la negación»).
Hemos definido la psicosis precisamente como la negación del no (ausencia del no) mientras que lo característico de la renegación es que el no esté presente en ella.
Ahora bien, el «no», «la ausencia», están intrínsecamente ligados con lo simbólico. Por ello, siguiendo a Lacan, hemos ubicado el fundamento de la psicosis en el nivel de un fenómeno de «forclusión» en ese «primer cuerpo de significantes» que constituye el dominio de la Bejahung.
En «De la historia de una neurosis infantil», Freud indica un mecanismo de rechazo de la realidad diferente a la vez de la represión y de la desmentida: En el paciente «subsistían una junto a la otra dos corrientes opuestas; una abominaba la castración, mientras que la otra estaba dispuesta a admitirla ... » (aquí «el rechazo es acompañado por una aceptación», lo que es característico de la desmentida). «Pero una tercera corriente, la más antigua y la más profunda, que pura y simplemente había rechazado (verworfen hatte) la castración, y por la cual ni siquiera podía abrirse juicio sobre la realidad de la castración, esa corriente era aún reactivable ... »
En este caso, una desmentida parece «recubrir» un mecanismo de rechazo más fundamental (forclusión), que Freud también antes había opuesto a la represión: «Él no quería saber nada [de la castración], ni siquiera en el sentido de la represión [ ... ] todo ocurría como si [ese problema] no hubiera jamás existido». No es entonces indiferente recordar la evolución psicótica ulterior del Hombre de los Lobos, que podemos comprender, precisamente, como «reactivación» de una forclusión, hasta ese momento más o menos compensada...
«La falta de un significante [de base] lleva necesariamente al sujeto a poner en tela de juicio el conjunto del significante [ ... ] y de las leyes que le son propias», dice Lacan; es decir que la forclusión de un significante basa] pone en jaque a todo el edificio simbólico.
No podemos «concluir» mejor este breve estudio de la oposición entre neurosis y psicosis que mediante la definición que da Freud de lo que él llama (prudentemente) «comportamiento normal»: «Llamamos comportamiento normal o «sano» a un comportamiento que reúne ciertos rasgos de las dos reacciones; que, como en la neurosis, no desmiente la realidad, pero que, como en la psicosis, se esfuerza a continuación en modificarla».
Neutralidad
s. f. (fr. neutralité; ingl. neutralíty; al. Neutralität). Rasgo planteado históricamente como característico de la posición del analista en la cura, o incluso de su modo de intervención.
Históricamente, el psicoanálisis se ha constituido desprendiéndose de otras formas de intervención terapéutica, especialmente de aquellas, nacidas de la hipnosis, que otorgaban un sitio importante a la acción directa sobre el paciente, a una «sugestión». En esta perspectiva es preciso resituar cierto número de indicaciones de Freud referidas a la neutralidad que le convendría al analista.
Esta noción, sin embargo, es menos evidente de lo que parece y ha dado lugar a muchos malentendidos. Lo que es seguro es que el analista debe guardarse de querer orientar la vida de su paciente en función de sus propios valores: «No buscamos ni forjar por él su destino, ni inculcarle nuestros ideales, ni modelarlo a nuestra imagen con el orgullo de un Creador» (S. Freud, Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica, 1918).
Es en un plano técnico, precisamente, donde esta noción de neutralidad plantea más problemas. Tiene un cierto alcance en cuanto a la relación imaginaria del analizante y el analista. Ser neutro, en este sentido, sería, para el analista, evitar entrar en el tipo de relaciones que generalmente se establecen con la mayor facilidad, relaciones en las que la identificación sostiene tanto el amor como la rivalidad. Con todo, el analista no puede evitar totalmente que el analizante lo instale en ese lugar, y debe evaluar sus consecuencias antes que conformarse con preconizar la neutralidad.
Más importantes sin duda son las observaciones que se pueden hacer a partir de las teorías del deseo y del significante. Si en el sueño, por ejemplo, el deseo aparece ligado a significantes privilegiados, nada indica empero, por lo general, si cada uno de esos términos está tomado en un sentido positivo o negativo, si el sujeto persigue o evita los objetos y situaciones que los significantes de sus sueños organizan. La tarea del analista entonces es mantenerse más bien en el nivel del cuestionamiento, dejando que la elaboración acostumbre poco a poco al sujeto no sólo al lenguaje de su deseo, sino a los puntos de bifurcación que este incluye.
Sin embargo, a pesar de todo esto, el término neutralidad quizá no esté particularmente bien elegido. Ya que en efecto puede dar a entender una actitud de aparente desapego o, peor todavía, de pasividad: una forma de creer que basta con dejar venir los sueños y las asociaciones sin tener que meterse en ellos de ninguna manera. Por ello más vale oponer, a la idea de una neutralidad del analista (incluso de una «neutralidad benevolente», según una fórmula que se ha impuesto pero que no es de Freud), la idea de un acto psicoanalítico, que da mejor cuenta de la responsabilidad del analista en la dirección de la cura.
Neutralidad
Al.: Neutralität.
Fr.: neutralité.
Ing.: neutrality.
It.: neutralitá.
Por.: neutralidade.
Una de las cualidades que definen la actitud del analista durante la cura. El analista debe ser neutral en cuanto a los valores religiosos, morales y sociales, es decir, no dirigir la cura en función de un Ideal cualquiera, y abstenerse de todo consejo; neutral con respecto a las manifestaciones transferenciales, lo que habitualmente se expresa por la fórmula «no entrar en el juego del paciente»; por último, neutral en cuanto al discurso del analizado, es decir, no conceder a priori una importancia preferente, en virtud de prejuicios teóricos, a un determinado fragmento o a un determinado tipo de significaciones.
En la misma medida en que la técnica psicoanalítica se desprendió de los métodos de sugestión, que implican una influencia deliberada del terapeuta sobre su paciente, se vio abocada a la idea de neutralidad. En los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysteria, 1895) se encuentran vestigios de una parte de esta evolución. Observemos que, hacia el final de esta obra, Freud escribe, refiriéndose a la acción del terapeuta: «Actuamos, en la medida de lo posible, como aclaradores (Aufklärer), cuando una ignorancia ha engendrado un temor, como maestros representantes de una concepción del mundo más libre y más elevada, como confesores que, con la perduración de su simpatía y de su estima después de la confesión, ofrecen al enfermo una especie de absolución».
En sus Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico (Ratschläge für den Arzt bei der psychoanalytischen Behandlung, 1912) es donde Freud da la idea más precisa de lo que puede entenderse por neutralidad. En este trabajo denuncia «el orgullo terapéutico» y «el orgullo educativo»; considera «contraindicado dar al paciente instrucciones tales como la de reunir sus recuerdos, pensar en un determinado período de su vida, etc.». El analista, al igual que el cirujano, no debe tener más objetivo que «[...] llevar a buen término, tan hábilmente como le sea posible, su operación».
En La iniciación del tratamiento (Zur Einleitung der Behandlung, 1913) Freud sostiene que el establecimiento de una transferencia segura depende de la neutralidad analítica: «Este primer resultado puede malograrse adoptando una actitud distinta a la de la simpatía comprensiva, por ejemplo una actitud moralizadora, o comportándose como el representante o mandatario de un tercero [...]». La idea de neutralidad se expresa también con gran fuerza en el siguiente pasaje de Los caminos de la terapia psicoanalítica (Wege der psychoanalytischen Therapie, 1918), que apunta a la escuela de Jung: «Hemos rehusado categóricamente considerar como un bien propio al paciente que pide nuestra ayuda y se pone en nuestras manos. No intentamos formar su destino ni inculcarle nuestros ideales, ni modelarlo a nuestra imagen con el orgullo de un creador».
Se observará que la expresión «neutralidad benevolente», tomada sin duda del lenguaje diplomático y que se ha vuelto tradicional para definir la actitud del analista, no se encuentra en Freud. Debe añadirse que la exigencia de neutralidad es estrictamente relativa a la cura: constituye una recomendación técnica. No implica ni garantiza una «objetividad» suprema de quien ejerce la profesión de psicoanalista. La neutralidad no alude a la persona real del analista, sino a su función: el que da las interpretaciones y soporta la transferencia debería ser neutral, es decir, no intervenir como individualidad psicosocial; se trata, evidentemente, de una exigencia límite.
El conjunto de recomendaciones relativas a la neutralidad, aunque no siempre se siga, no suele ser discutido por los analistas. Con todo, incluso los psicoanalistas más clásicos pueden sentirse inducidos a no considerar deseable o posible una neutralidad absoluta en determinados casos (especialmente en la angustia de los niños, en las psicosis y en ciertas perversiones).
Niño
(psicopatología del)
Tratándose de lo que se denomina la «psicopatología del niño», el desarrollo que consiste aquí en dar cuenta del punto de vista del psicoanálisis no podría ser sino dialéctico. Por una parte, cabrá recordar en qué el psicoanálisis aporta mucho más que un esclarecimiento particular de esta temática de la psicopatología precoz; en efecto, en el marco de las concepciones actuales, ella encuentra en el psicoanálisis una parte esencial de sus fundamentos. El aporte del psicoanálisis ha sido aquí constitutivo.
Pero, por otro lado, habrá que señalar no menos resueltamente en qué el psicoanálisis, en lo que inspira su puesta en obra, se aparta de lo que pueda implicar, directa o indirectamente, un enfoque psicopatológico, en la medida en que una perspectiva tal tiende, en virtud de su epistemología implícita, a sostener prácticas terapéuticas medicalizantes o psicologizantes, normativas o reductoras, positivistas, que reducen los trastornos del psiquismo a procesos de maduración frustrados, a disfunciones en un programa de desarrollo, suprimiéndoles la especificidad humana que supone tomar en cuenta un orden simbólico, relacional y lenguajero irreductíble. En este sentido, el psicoanálisis puede perfectamente basarse en el aparato teórico de una descripción psicopatológica más o menos formalizada. Pero su especificidad impide que quede reducido a ella. Y lo importante es entonces calibrar más bien lo que lo aparta de esa descripción.
El niño en el psicoanálisis
Quizá sorprenda que se consagre aquí al niño o a la infancia una entrada en particular, separada. La perspectiva psicoanalítica del niño, haciendo abstracción del psicoanálisis de niños propiamente dicho, ¿constituye una rama aparte, derivada, un avatar de la experiencia analítica ortodoxa? Es cierto que aún hoy se plantea el interrogante de si lo que se llama psicoanálisis de niños debe ser efectivamente reconocido o no como psicoanálisis stricto sensu...
Esto, no obstante, contrasta con la opinión actualmente difundida, que recuerda hasta qué punto el psicoanálisis se nutre fundamentalmente de lo infantil. Tanto en su principio teórico como en su efectuación clínica concreta, como dinámica y como efecto, ¿no relaciona acaso el devenir y el destino del ser humano singular con los acontecimientos subjetivados de su pasado, con la historia vivida de su infancia?
No hay duda de que una parte esencial del descubrimiento de Freud tuvo que ver con el hecho de que supo extraer, formalizar, esa afinidad de estructura entre lo infantil y lo inconsciente.
Por este sesgo el psicoanálisis revolucionó realmente el orden establecido de la psicopatología del niño. Pero lo hizo en la misma medida en que permitió repensar los fundamentos de la psicopatología general, incluso la del adulto, sacando a luz, justamente, sus enraizamientos infantiles. Esto supuso en primer lugar sacar al niño de la Edad Media en que lo había mantenido la psiquiatría médico-social del siglo XIX, al alinear la patología psíquica con los encasillamientos ideológicos de la demencia, la debilidad o el retardo mental es, incluso de la degeneración hereditaria.
Yendo más allá de la pura patología, el psicoanálisis, por el contrario, abrió a la reevaluación del tiempo de la infancia en su significación humana esencial, lo que constituye una de sus implicaciones más contundentes incluso en lo social, por lo menos en nuestras colectividades occidentales, durante el transcurso de este siglo XX. Y no obstante, si bien fue Freud quien descubrió ese continente inexplorado y significante de la primera infancia en sus efectos de constitución y de determinación mental, de efectuación del destino y de puesta en lugar del deseo para el ser humano, es cierto que ello no lo llevó a ocuparse él mismo, directamente, como psicoanalista, del niño. Esto parece indicar que, alineada según el reparto de cartas inconsciente, la infancia era en primer lugar para él aquello de lo cual se está estructuralmente separado; la infancia sólo se le hacía entonces presente al analista en tanto que dicha y producida a posteriori, (re)-construida por un adulto en la cura. Esto explica que haya sido necesario un cierto tiempo de elaboración para que se afianzara, gracias a la determinación de las pioneras (Hug-Helmuth, A. Freud, M. Klein), Io que iba a convertirse en ejercicio del psicoanálisis de niños propiamente dicho.
El niño o lo infantil
De hecho, es en el mejor de los casos en el marco de la práctica analítica donde puede entonces situarse el examen de la patología precoz, por medio de una distinción posible entre niño e infantil. El niño, en tanto que no tiene aún los medios para permitirnos captar con facilidad la polifonía pulsional que lo habita. Y lo infantil, cuya frescura en el adulto que se ha separado de ella se trata de recuperar más 0 menos laboriosamente.
El valor de esta distinción consiste en que hace sentir lo que inspira una concepción verdaderamente psicoanalítica de la patología infantil. Ya que, después de todo, si uno se atiene a sus formulaciones, la codificación de la psicopatología freudiana podría parecer extremadamente clásica, incluso conformista. Sin volver a la teoría positivista, pronto abandonada, de un trauma datable para explicar la neurosis (seducción), la clínica analítica del niño, ¿no se basa, en efecto, en los datos de un desarrollo sistematizado, dividido linealmente por la sucesión normativa de las etapas libidinales: oral, anal, etc.? (cf. la entrada «Desarrollo»).
Se sabe que, si uno se limita a ello, corre el riesgo de caer en una concepción estrictamente evolutiva, que reduce el trastorno o el síntoma a los azares de una programación preestablecida, sea ella llamada relacional o libidinal. Esto equivale a meter el dedo en los engranajes de una interpretación restrictivamente madurativa del desarrollo, que da pie a la idea totalmente reduccionista de una progresión programada susceptible de ser detenida o impedida por la mecánica conjugada de la regresión y la fijación.
Esta digresión permite por lo menos formular claramente el peligro, la impasse que parece implícitamente posible en el abordaje psicoanalítico del niño, en todo caso cuando se trata de presentar su formalización, es decir, positivizar la metapsicología freudiana en términos de psicología evolutiva o genética. Tal es entonces la cuestión planteada: el psicoanálisis de niños, ¿implica fatalmente esa amortiguación psicologizante de la experiencia?'Más aún, ¿constituye en sí mismo una desviación de la invención freudiana, con fines madurativos u ortopédicos? ¿O bien existe un medio de valorizar los esquemas de desarrollo de los que se vale la teoría del análisis de niños para fundar en ellos una práctica auténticamente psicoanalítica?
Con relación al objetivo más educativo del discurso de Anna Freud (a veces caricaturizado, es cierto), Melanie Klein fue quien sentó las bases de una profundización radical de la comprensión analítica de la vivencia psíquica precoz, basada en lo inconsciente. También sacó a luz el carácter constituyente del fantasma como elemento primordial de toda la vida psíquica, y con más razón de la más temprana.
Pero al mismo tiempo dio pie a una sistematización de su pensamiento que condujo a un corpus dogmático aplicado demasiado sistemáticamente, en detrimento de la singularidad de cada caso.
La vía francesa
En este sentido, hay que acreditar al psicoanálisis en Francia que, alejado de los defectos adaptativos anglosajones, haya sabido calibrar los verdaderos cuestionamientos que la práctica analítica de la psicología infantil introduce o reactiva.
Sobre este punto, también a Lacan le corresponde el mérito de ese saneamiento de la doctrina, que implica una gran exigencia de rigor en la práctica. ¿Sorprenderá que sea su nombre el que aquí aparece en primer lugar, tratándose del psicoanálisis de niños? Sin embargo, es en la obra de Lacan donde se encuentran los elementos de un reordenamiento asegurado sobre una base estructural de datos concernientes al fundamento del psiquismo infantil en la experiencia analítica. Lo atestiguan sobre todo el estadio del espejo, el anclaje del yo en el registro imaginario, el despliegue de la relación de objeto según las categorías de lo imaginario, lo simbólico y lo real, etcétera.
Esas formulaciones teóricas de Lacan encontraron un eco directo en el trabajo de analistas mujeres, especialistas en la infancia. Maud Mannoni, en primer lugar, ha dado testimonio de esta extensividad conquistadora del psicoanálisis, al arriesgarse justamente en el terreno de los trastornos psícopatológicos considerados hasta entonces del dominio reservado de la psiquiatría medicalizante, reeducativa: el retardo mental, la debilidad mental. La importancia de este aporte consiste sobre todo en que contribuyó a circunscribir mejor el registro de la psicosis propiamente infantil, haciendo de ella un campo de trabajo posible para los psicoanalistas. Al mismo tiempo y en la misma línea de pensamiento -nutrida y fortificada por la ensefianza de Lacan- Françoise Dolto sentó las bases de una práctica y una teoría auténtica del psicoanálisis de niños.
Evocar los grandes principios de esa praxis nos permitirá hablar de psicopatología de un modo que no sea el que, en cuanto al diagnóstico y la nosografía, prevalece en las obras de sistematización (Ajuriaguerra, Lang). Por otra parte, la visión clara de estos mismos autores los ha llevado a formular que una psicología infantil no podría estar separada de la práctica concreta, en otras palabras, del encuentro clínico con el niño. Esto tiene que ver con algo sobre lo que no cesan de insistir los diversos autores, es decir, que el enfoque de la psicopatología del niño no puede entenderse de una manera coagulada, codificada, como sigue siendo el caso en la psiquiatría del adulto. Hay una especificidad del psiquismo infantil que lo hace irreductible al recorte establecido con respecto a las enfermedades mentales del adulto, aunque más no fuera por todo lo que atestigua una gran labilidad de funcionamiento mental en el niño, siempre abierto a transformaciones posibles, sea cual fuere la característica más o menos sorprendente de su patología. Una de las grandes problemáticas psicológicas consistirá en este sentido en separar, dentro de lo posible, por un lado una sintomatología coyuntural o reactiva susceptible de circunscribirse, sea que se trate de un trastorno mental (inhibición, fobia, ansiedad ... ) o corporal (enuresis ... ), y, por otro lado, lo que correspondería más al afianzamiento estructurado de una neurosis. Por su amplitud y su dificultad, este problema atestigua lo importantes que son los interrogantes que plantea la psicopatología infantil.
Una práctica específica
A fortiori, se encuentra la incidencia que este problema tiene en la práctica analítica con el niño, en la que siempre existirá la preocupación de principio de evitar los excesos de objetivación nosográfica a los que pueden inducir los datos de la psicopatología. En suma, esos recortes diagnósticos serán tanto más útiles por su valor indicativo cuanto que el analista los deje en el lugar que les corresponde: un segundo plano. Sin duda es importante demarcar una sintomatología y hacer pie en una denominación nosográfica que dé un sustento por lo menos indicativo a la orientación diagnóstica, ya que no de pronóstico. Así se podrá definir mejor la perspectiva clínica, una vez reconocidas las patologías diferencialmente calificables de obsesivas e histéricas, por ejemplo. Pero esto es así con la condición de no dejarse encerrar en esa codificación previa, de no esperar de ella más que una demarcación preliminar. Pues la práctica no se orientará sólo a partir de ese dato; en ella se trata, en todos los casos, del encuentro analítico con un ser humano, por inexpresivo, por regresivo que sea, y de llegar en él a la persona oculta.
Precisamente en ello puede especificarse la posición fundamental de la experiencia analítica con respecto a la psicopatología, sobre todo la infantil. No se trata de un enfermo a ser curado (pasivamente) sino de un sujeto que hay que escuchar en lo que concierne a la orientación o reorientación de su deseo, sobre la base de la figuración transferencial de ese deseo que él pueda manifestar.
Esto implica una cierta cantidad de orientaciones de principio, que articulan la perspectiva psicopatológica del análisis con su concreción en la experiencia clínica. Citaremos principalmente:
-El hecho de que, por espinoso que sea, el síntoma (del niño) no es aquello en lo que uno concentra primordial y exclusivamente la atención. El síntoma es recibido por su valor, desplazado, de mensaje a descifrar. Se lo reconoce como el signo que es de una demanda que busca hacerse oír en él.
-El propio niño es escuchado en el contexto de su grupo familiar, desde que, a priori, sus dificultades surgen de una problemática familiar de la cual él es un elemento... representativo. Sea cual fuere la relativa diversidad de las prácticas al respecto, no se ve que se pueda emprender un trabajo de psicoterapia analítica con un niño sin que los padres se asocien más o menos a él, en particular en la fase de investigación inaugural.
-No obstante, el trabajo se realiza con el niño, si resulta que la psicoterapia debe emprenderse con él. Pero esto no podría hacerse sobre la base de una línea de desarrollo preestablecida, con relación a la cual habría que juzgar un eventual «retardo». El objetivo tiene que ver con el niño, en tanto que sujeto deseante que hay que escuchar y ayudar con el trabajo de análisis de lo que él muestra allí donde puede encontrarse en vagabundeo, fuera de alcance comunicante. Si es tomado en una alienación que lo ausenta de su destino descante, se lo detiene en el disco rayado y repetitivo del síntoma.
-Por medio de esto, se trata esencialmente de entregarlo a la autonomía de su devenir de sujeto, ese devenir cuyo advenimiento el grupo familiar muy frecuentemente impide con el peso de sus propias inercias, conscientes o inconscientes. Esto no quiere decir que los padres sean en consecuencia identificados como «culpables», según el cliché que a veces todavía circula. Pero se los considera responsables, y es por otra parte a causa de ello que pueden encontrarse regularmente asociados al tipo de trabajo de emancipación que su hijo realiza en la cura.
-Se habrá comprendido que la fineza no está por cierto en este caso en la profundización diagnóstica, porque la rotulación sofisticada también oculta la ignorancia. La fineza reside sobre todo en la aplicación relacional, transferencial (y contratransferencial) de un eje de trabajo que consiste en poner en posesión del sujeto niño la capacidad del deseo, allí donde estaba detenido, en impasse o (incestuosamente) sojuzgado.
Además conviene precisar lo que diferencia los casos en que esta problemática de liberación se plantea en el terreno edípico, por una parte, y por la otra, los casos cuyo dinamismo remite a las coordenadas llamadas preedípicas. Ésta puede ser una manera de encontrar la distinción sintomática o estructural entre neurosis y psicosis.
La lección de las paradojas
En resumen, lo que nos descubre la experiencia analítica de la psicopatología del niño es un campo sostenido por toda una serie de paradojas. Y sin duda esto es acorde a lo que promueve la invención freudiana, para la cual el niño (en tanto que «niño en nosotros») surge de la función del mito individual, tal como lo construimos y tal como nos ha construido psíquicamente.
Esto va en contra de la esperanza de llegar con el niño a captar en vivo algo del orden de un inconsciente espontáneamente ofrecido por estar aún inconstituido, o a una toma directa sobre el terreno de origen del psiquismo como tal. El niño bien puede ser el pretexto de un discurso sobre lo original y lo arcaico; sin embargo, no se ajusta a ello en lo concreto de la experiencia clínica.
Pues lo que revela de específico que estaría fuera de alcance en el adulto no nos es sin embargo fácilmente accesible, desde que el niño puede no disponer aún de medios subjetivados para mediatizarlo. Como lo indica por ejemplo el hecho de que lo que muestra nos es entregado como al pasar allí donde aún no refleja el contenido según el modo de un yo [Je] que pueda apropiárselo. Y nada indica además que esté favorablemente dispuesto a concordar con el principio de cualquier interpretación que nosotros asumamos el riesgo de devolverle.
En el campo del análisis pudo haber alguna tendencia a retomar implícitamente la cantilena de que la verdad sale de la boca de los niños. Y sin duda no es infrecuente que sea a través de ellos que la verdad se ofrece en el síntoma, tomando incluso al cuerpo. Pero no por eso están menos sometidos a la represión, después de todo necesaria para que, como cualquiera, encuentren los medios de constituirse con ella. Por cierto, sucede que, precisamente por su trastorno, cuando es posible convocan a veces a toda una familia a cumplir con su palabra ante el psicoanalista. Pero esto no podría justificar el exceso de idealización que hace de ellos ipsofacto los mensajeros de la verdad del inconsciente de su linaje. Pues, en síntesis, también en el caso del niño, incluso de la manera más típica, la verdad sólo puede ser medio dicha, según la fórmula de Lacan.
Si volvemos entonces a comparar diferencialmente las experiencias clínicas con el niño y el adulto, llegamos a una comprobación más equilibrada; en términos generales, lo que «se gana» por una parte (por ejemplo, en espontaneidad comunicativa), se «pierde» por la otra (en irreflexividad del pensamiento).
Y uno se ve finalmente conducido al mismo dualismo de las palabras, al mismo balanceo, al retomar la cuestión de si ese acceso directo a la psicopatología del niño es una posibilidad del psicoanálisis. De inmediato se podrá responder que, en efecto, la práctica es auténticamente analítica cuando nos permite descubrir la vivacidad enigmática de una pulsionalidad que busca afirmarse, entre cuerpo y psiquismo. E incluso, al encontrársela menos enviscada en las ansias del yo que en el caso del adulto, ¿no se diría que allí está el psicoanálisis por excelencia? No obstante, esto significaría prestar demasiado poca atención a lo que también en el niño se presenta como resistencia. Y lo que es más, de un modo que ya no permite remitirse exclusivamente a la palabra del (joven) paciente. El analista es convocado aquí más en tanto presencia manifiesta...
Volvemos entonces a encontrar una dualidad que constantemente divide el campo de la psicopatología analítica del niño, Esto valdría también para la oposición entre fantasma y realidad, que se encuentra en el centro del conflicto entre Anna Freud y Melanie Klein. Se ha visto de qué modo, con relación a las veleidades pedagogizantes, educativas, de Anna Freud, Melanie Klein supo restaurar en el abordaje del psiquismo precoz la densidad constitutiva del fantasma. Pero, dicho esto, ¿de qué serviría haber inferido esa polaridad fantasmática si esto no provee también en la práctica el medio de hacer acceder al niño a más... realidad, y de ponerlo al abrigo de lo que de otro modo experimenta como angustia?
El niño de la ficción
Nos hemos limitado a un sobrevuelo de la psicopatología del niño tal como puede encontrarse retomada en la práctica del análisis, una práctica con los niños que después adquirió en gran medida derecho ciudadano (prolongación sociológica considerable, que en sí misma exigiría un examen). Además, si había razones para que esta práctica se impusiera como tal al movimiento analítico, ello tiene que ver con que refleja con agudeza algunos de los temas más cruciales del psicoanálisis: la problemática de la historicidad, la función de la memoria, el acceso al inconsciente, la curación. Nosotros hicimos referencia a la dialéctica en el inicio de esta reflexión. Recordando la dialéctica, el psicoanálisis ha inspirado todo lo que vivificó la comprensión innovadora de la psicopatología infantil. Y es ella, más precisamente, la que permitió reconocer su dimensión, no tanto solamente patológica, como constitutiva del psiquismo humano ofrecido a la pasión del deseo.
Sin duda, el psicoanálisis produjo los medios de un saber, de una psicopatología del niño. Pero lo que constituye la grandeza de la experiencia analítica en este sentido es la fuerza de su operatividad, que se aparta de una aplicación directa de ese saber. Por ello, si desestima el objetivo de llegar a una psicopatología académicamente detenida, lo hace en cuanto pone el saber sobre el papel de la experiencia al servicio de la puesta en obra del deseo, o de su revelación. En este sentido, está siempre más allá de la epistemología que sin embargo anuncia. Esto es también lo que le confiere su dimensión ética.
El verdadero niño, si así puede decirse, el niño en el psicoanálisis es, como lo hemos visto, un niño de poética, el niño que subsiste en cada uno, también en el adulto. Con el niño mismo, al considerarlo como sujeto deseante -¡y no sólo como niño enfermo!-, tendremos más bien en vista a la persona en que debe convertirse.
En suma, en lo que se refiere al respeto por el sujeto niño que el psicoanálisis implica, no podría tratarse del niño que ha de seguir siendo -ya que se le pide que se deshaga de él-, sino del niño que habrá sido, niño ficticio que por lo tanto, de algún modo, debe llegar a ser.
Nombre del Padre
Alemán: Name-des-Vates.
Francés: Nom-du-père.
Inglés: Name-of-the-Father
Expresión introducida por Jacques Lacan en 1953, y conceptualizada en 1956, como significante de la función paterna.
En la doctrina lacaniana, este concepto no tiene el mismo estatuto que los otros. En efecto, no ha sido tomado de un corpus preexistente. Tuvo su fuente primera e inconsciente en la vida del propio Lacan, y en su experiencia personal y dolorosa de la paternidad.
Primero como hijo, él tuvo que sufrir las debilidades de su padre, Alfred Lacan (1873-1960), abrumado por la tiranía de su propio padre, Émile Lacan (1839-1915). Más tarde, convertido en padre por cuarta vez en julio de 1941, en las horas más sombrías de la Ocupación, Lacan no pudo darle el apellido a su hija, que fue anotada en el registro civil como Bataille, pues su madre, Sylvia (1908-1993), era aún la esposa legal de Georges Bataille (1897-1962). El enredo infernal con el apellido del padre, debido a la legislación francesa sobre la filiación, se extendió hasta 1964, sumergiendo a Lacan, como él mismo lo manifestó en varias oportunidades, en un terrible sentimiento de culpa.
Si acaso fuera necesario, atestiguan ese sentimiento su seminario de 1961-1962, sobre la identificación (en cuyo transcurso atacó con violencia a su abuelo paterno, "...ese horrible personaje gracias al cual yo accedí a edad precoz a la función fundamental de maldecir a Dios"), y después sus conferencias de 1975 sobre James Joyce (1882-1941), en las cuales, evocando la relación del escritor con su hija esquizofrénica, se refirió de manera encubierta a su propio drama de padre.
La cuestión de la paternidad obsesionó a Lacan, lo mismo que a Sigmund Freud. En 1938, en su artículo magistral sobre la farnifia, demostró que el psicoanálisis había nacido en Viena a partir de una sensación de debilitamiento de la ¡mago paterna, y de la voluntad freudiana de revalorizarla. Él adoptó el mismo modelo de refundición simbólica de la paternidad, incorporándole las tesis kleinianas sobre las relaciones arcaicas con la madre.
En 1953, en un comentario sobre el caso del Hombre de las Ratas (Ernst Lanzer), apareció por primera vez en su pluma el sintagma "nombre del padre" (sin guiones). Basándose en la obra de Claude Lévi-Strauss publicada en 1949, Les Structures élémentaires de la parenté, Lacan sostuvo que el Edipo freudiano podía pensarse como un pasaje de la naturaleza a la cultura. Desde ese punto de vista, el padre ejerce una función esencialmente simbólica: nombra, da su nombre, y con ese acto encarna la ley. En consecuencia, si -como lo subraya Lacan- la sociedad humana es gobernada por la primacía del lenguaje, la función paterna consiste en el ejercicio de una nominación que le permite al niño adquirir su identidad.
Lacan pasa entonces a definir esa función como “Función del padre", más tarde como "función del padre simbólico", y después como "metáfora paterna", lo que lo lleva a interpretar el complejo de Edipo, no ya con referencia a un modelo del patriarcado o del matriarcado, sino en función de un sistema de parentesco. En 1956, en su seminario sobre las psicosis y su comentario sobre la paranoia de Daniel Paul Schreber, conceptualizó la función en sí, designándola "Nombre-del-padre" (con guiones). El concepto fue entonces asociado al de forclusión. Refiriéndose a la naturaleza de la relación de Daniel Paul Schreber con su padre, Lacan consideró la psicosis del hijo como una “Forclusión del nombre-del-padre". Después extendió este prototipo a la estructura misma de la psicosis.
Con esa interpretación totalmente nueva del caso, Lacan se convertía en el primero de los comentadores de Freud que teorizaba el vínculo existente entre el sistema educativo de un padre y el delirio del hijo. Es posible que esta idea le fuera sugerida por el recuerdo de la relación entre su padre (Alfred) y su abuelo (Émile), vivida por él de un modo dramático.
Según este enfoque, y en el marco de la teoría lacaniana del significante, el pasaje edípico de la naturaleza a la cultura se opera de la manera siguiente: como encarnación del significante, porque él nombra al hijo con su nombre, el padre interviene con este último como privador de la madre, dando origen al ideal del yo. En la psicosis, esta estructuración no se produce. Como el significante del nombre-del-padre es forcluido, retorna en lo real, en la forma de un delirio contra Dios, encarnación de todas las figuras malditas de la paternidad.
Nombre-del-Padre
s. m. Producto de la metáfora paterna que, designando en primer lugar lo que la religión nos ha enseñado a invocar, atribuye la función paterna al efecto simbólico de un puro significarite, y que, en un segundo tiempo, designa aquello que rige toda la dinámica subjetiva inscribiendo el deseo en el registro de la deuda simbólica.
El padre es una verdad sagrada de la cual por lo tanto nada en la realidad vivida indica su función ni su dominancia, pues sigue siendo ante todo una verdad inconciente. Por eso su función ha emergido en el psicoanálisis necesariamente a través de una elaboración mítica, y atraviesa toda la obra de S. Freud hasta su último libro, Moisés y la religión monoteísta, donde se desarrolla su eficacia inconciente como la del padre muerto en tanto término reprimido. Freud ya había situado muy temprano las figuras parentales con relación a las nociones de destino y de providencia. Se sabe, por otra parte, dado el gran número de tratados de la antigüedad sobre el tema, que el destino fue una de las preocupaciones rectoras de los filósofos y moralistas. Pero, si el Nombre-del-Padre es un concepto fundamental en el psicoanálisis, se debe al hecho de que el paciente viene a buscar en la cura el tropo bajo el que está la figura de su destino, es decir, aquello del orden de la figura retórica que viene a comandar su devenir. A este título, Edipo y Hamlet siguen siendo ejemplares. ¿Quiere esto decir que el psicoanálisis invitaría a un dominio de este destino? Todo va contra esta idea, en la medida en que el Nombre-del-Padre consiste principalmente en la puesta en regla del sujeto con su deseo, respecto del juego de los significantes que lo animan y constituyen su ley.
Para explicitar este hecho, nos conviene volver a la formalización de J. Lacan de la metáfora paterna, formalización que, debe observarse, consiste únicamente en un juego de sustitución en la cadena significante y organiza dos tiempos distintos que pueden, por lo demás, trazar el trayecto de una cura en su conjunto.
Formalización en dos tiempos. El primero realiza la elisión del deseo de la madre para sustituirlo por la función del padre, en tanto esta conduce, a través del llamamiento de su nombre, a la identificación con el padre (según la primera descripción de Freud) y a la extracción del sujeto fuera del campo del deseo de la madre. Este primer tiempo, decisivo, regula, con todas las dificultades atinentes a una historia particular, el porvenir de la dialéctica edípica. Condiciona lo que se ha convenido en llamar «la normalidad fálica», o sea, la estructura neurótica que resulta de la inscripción de un sujeto bajo el impacto de la represión originaria. En el segundo tiempo, el Nombre-del-Padre como significante viene a duplicar el lugar del Otro inconciente. Dramatiza en su justo lugar la relación con el significante fálico originariamente reprimido e instituye la palabra bajo los efectos de la represión y de la castración simbólica, condición sin la cual un sujeto no podría asumir válidamente su deseo en el orden de su sexo.
Correlación entre el Nombre del Padre y el deseo. De aquí se desprenden varias consecuencias: siendo la metáfora la creación de un sentido nuevo, el Nombre-del-Padre toma entonces una significación diferente. Si el nombre inscribe en primer lugar al sujeto como eslabón intermediario en la secuencia de las generaciones, en tanto significante intraducible, este nombre soporta y trasmite la represión y la castración simbólica. En efecto, el Nombre-del-Padre, al venir en el lugar del Otro inconciente a simbolizar el falo (originariamente reprimido), redobla en consecuencia la marca de la falta en el Otro (que es también la del sujeto: su rasgo unario) y, por medio de los efectos metonímicos ligados al lenguaje, instituye un objeto causa del deseo. Se establece así entre Nombre-del-Padre y objeto causa del deseo una correlación que se traduce en la obligación, para un sujeto, de inscribir su deseo de acuerdo con el orden de su sexo, reuniéndose bajo este Nombre, el Nombre-del-Padre, al mismo tiempo la instancia del deseo y la Ley que lo ordena bajo el modo de un deber por cumplir. Este dispositivo se distingue radicalmente de la simple nominación, porque el Nombre-del-Padre significa aquí que el sujeto asume su deseo como consintiendo en la ley del padre (la castración simbólica) y en las leyes del lenguaje (bajo el efecto de la represión originaria). La eventual deficiencia de esta última operación se traduce clínicamente en la inhibición o en una imposibilidad de satisfacer el deseo en sus consecuencias afectivas, intelectuales, profesionales o sociales.
Cuando J. Lacan recuerda que el deseo del hombre es el deseo del Otro (en genitivo objetivo y subjetivo), debe entenderse con ello que este deseo es prescrito por el Otro, forma reconocida de la deuda simbólica y de la alienación, y que, en cierto modo, su objeto también le es arrancado al Otro. De esta manera, el Nombre-del-Padre resume la obligación de un objeto de deseo hasta en el automatismo de repetición,
El nacimiento de la religión como síntoma. Por otra parte, Moisés y la religión monoteísta demuestra que la represión del asesinato del padre engendra una doble prescripción simbólica: en primer lugar, la de venerar al padre muerto; en segundo lugar, la de tener que suscitar un objeto de deseo que permita reconocerse entre los elegidos. Tal proceso sitúa entonces al Nombre-del-Padre en el registro del síntoma. De tal suerte que lo «necesario del Nombre-del-Padre», en tanto necesario para fundamentar la normalidad fálica, vuelve bajo la forma de la cuestión de lo necesario del síntoma» en la estructura. Esto no es una simple petición de principio puesto que, si la metáfora crea un sentido nuevo, su traducción será un síntoma original del sujeto. Esta es sin duda la razón por la que Lacan pudo afirmar que hay «Nombres-del-Padre», lo que la cura puede confirmar. Una paradoja sin embargo subsiste: si el Nombre-del-Padre significa que el sujeto toma en cuenta el deseo en todas sus consecuencias, también funda esencialmente la religión y humaniza el deseo. La cuestión en la cura es, por lo tanto, la posibilidad de levantar en parte la hipoteca de lo «necesario» en la estructura. Porque en la palabra del sujeto la Interrogación recae siempre sobre «¿quién habla más allá del Otro?», siendo la respuesta tradicional: el Nombre-del-Padre. Así Lacan creyó necesario sugerir que, si la cura permitía la ubicación del Nombre-del-Padre, su función era llevar al sujeto a poder pasárselas sin él. El lector puede remitirse a Lacan: Las estructuras freudianas de las psicosis (Seminario, 1955-56, publicado bajo el título Las psicosis, 1981), Las relaciones de objeto (Seminario, 1956-57, inédito), Las formaciones del inconciente (Seminario, 1957-58, inédito), De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis (Seminario, 1955-56; publicado en Ecrits, 1966).
Nombre propio
Al designar nuestro cuerpo y su lugar en la filiación, el nombre propio se singulariza como un significante puro. Como significante, nos sigue por todas partes en el mundo, pues el nombre propio no se presta a la traducción, subsiste en todas las lenguas, «incluso en Babel». Pero no por ello «revela» nuestra identidad. Al hacer circular de boca en boca, de letra en letra, este significante único, no entregamos ninguna palabra.
En efecto, el sujeto humano llega a un universo donde el discurso ya está y, como metáfora, el Nombre-del-Padre habrá sido el padre del nombre. Llevado a hablar, el hombre elide su nombre de sujeto del inconsciente, significante original reprimido para siempre.
Para Lacan, el nombre propio es de alguna manera el significante «sigla», que demuestra que el sujeto es siervo del lenguaje y, más exactamente, de la letra. En esta óptica, se basa en los trabajos de Russell y del egiptólogo Gardiner (l’Identification, sesiones del 10, 17 y 24 de enero de 1962). El nombre propio no es simplemente la designación de un sujeto, precisa Lacan a la manera de Russell: esto lo reduciría a un puro demostrativo, a una designación. Ahora bien, esta designación ya es metafórica: «incluso si yo digo "eso", "eso" al designarlo, implica ya, por haberlo llamado "eso", que efijo no hacer nada más» (D'un discours qui ne serait pas du semblant, 10 de febrero de 1971). En cambio, se traduce a todas las lenguas, sonido por sonido, fonema por fonema. El nombre hace rasgo, y como tal llena un vacío para un significante por siempre ausente del campo del Otro. Con respecto a las investigaciones de Gardiner, Lacan respaldará la idea de que lo que constituye el nombre propio no es tanto el fonema como la letra. El nombre propio en sí esboza «la instancia de la letra en el inconsciente», pues un ideal tautológico es imposible de realizar; por una parte, la letra no recubre el fenómeno y, por la otra, enseña cómo me llamo yo , pero no dirá estrictamente nada de mí. Por esta razón, en D'un discours qui ne serait pas du semblant, Lacan dice que «el nombre llama a hablar». La letra, subraya, siguiendo a Gardiner, no se contenta con anotar un fonema; la letra misma tiene un nombre: a, por ejemplo, se escribe «alfa».
De hecho, el nombre está articulado a una letra que, fundadora, está allíya antes de ser leída. Ella recubre el origen faltante, el encuentro imposible entre la materia y el vocablo y, desde este punto de vista, la letra es el origen, ocupa su lugar. Mucho antes de nacimiento del significante, la letra es negación del objeto por la inscripción de rasgo unario, y marcará su borramiento con un rasgo que evoca la unicidad del objeto. Al leer un trazo, el sujeto lee un «uno» contable distinto de otro uno; en consecuencia, el sujeto se encuentra inscripto en un campo significante y al mismo tiempo lógico: el nombre es «el al-menos-uno, condición lógica de la emergencia del significante como representación del sujeto». Cuando entra al mundo, el sujeto es ya contado, y desde esta óptica hay que entender que el significante se hace letra: el significante lo representa inmediatamente ante otro significante, pero el significado ya se le escapa en razón de los procesos metafórico-metonímicos que operan en el lenguaje; esta «escapada» es lo que constituye la letra en el inconsciente. El nombre propio se elabora como un cero, y el sujeto sólo puede responder en él con una aparición siempre más adelante en la cadena significante. El nombre propio demuestra que, antes de toda fonematización, el lenguaje entraña la letra como rasgo distintivo.
Hacia 1975 (R.S.L), Lacan comparará el nombre propio con el síntoma. El neurótico tapona lo real, imposible, impensable, con su síntoma; ahora bien, a tal título, el síntoma es «verdadero». Nombrar es también producir algo «verdadero», pero, en ese mismo movimiento, al desprenderse de lo real, el sujeto se aleja de ello, dejando lo real en su lugar. Así, al nombrar, «la criada engaña» crea un nombre allí donde se opera la falla de lo real, lo que quiere decir que, en suma, nombrar es sublimar, hacer obra de la letra, facilitarse un pasaje en una vía obstruida.
Normalidad
La dificultad de asignar un contenido propiamente psicoanalítico a los conceptos de lo «normal» y lo «patológico» tiene que ver en primer lugar con el hecho de que derivan de tipos de teorización fundamentalmente distintos, según el dominio de experiencia con que están relacionados, y que los vinculan con la primera o la segunda tópica, sea que se determinen en el terreno de la neurosis o en el de la psicosis.
Para la neurosis, campo en el que prevalece, en su aplicación a la histeria, la cura catártica, la Psicopatología de la vida cotidiana caracteriza un registro intermedio entre un orden de los procesos «normales» y la versión «patológica» de su prolongación.
«No vamos a comenzar con hipótesis», escribe Freud incluso en 1916, en el capítulo II de Conferencias de introducción al psicoanálisis, dedicado a los actos fallidos, «sino con una investigación, a la cual asignaremos por objeto ciertos fenómenos, muy frecuentes, muy conocidos y muy insuficientemente apreciados, que no tienen nada que ver con el estado mórbido, puesto que es posible observarlos en todo hombre con buena salud. Son los fenómenos que designaremos con el nombre genérico de actos fallidos, y que se producen cuando una persona dice o escribe, lo advierta o no, una palabra que no es la que quería decir o escribir (lapsus); cuando lee, en un texto impreso o manuscrito, una palabra que no es la que está realmente impresa o escrita (falsa lectura), o cuando oye algo distinto de lo que se le ha dicho, sin que esta falsa audición se deba a un trastorno orgánico de su capacidad auditiva. Otra serie de fenómenos del mismo tipo tiene por base el olvido, cuando se trata de un olvido no permanente sino momentáneo, como en el caso, por ejemplo, en que no se puede recordar un nombre que no obstante se conoce y que por lo general se termina por recordar más tarde, o cuando uno olvida ejecutar un proyecto que no obstante recuerda más tarde y que, en consecuencia, sólo ha sido olvidado momentáneamente».
También será preciso comprender en qué condiciones esos procesos se determinan como patológicos. La respuesta se encuentra en los Tres ensayos de teoría sexual, de 1905, que contribuyen en primera instancia a invocar la intervención de la pulsión sexual: «Sólo hay un medio de llegar a conclusiones útiles sobre la pulsión sexual en las neuropsicosis (histeria, neurosis obsesiva, la llamada neurastenia, sin duda también la demencia precoz y la paranoia); consiste en someterlas a las investigaciones psicoanalíticas, según el método practicado por primera vez por Breuer y por mí en 1893, y que entonces denominamos tratamiento «catártico».
«Diremos en primer lugar, repitiendo lo que hemos publicado en otra parte, que las neuropsicosis, por lo que he podido verificar, tienen que relacionarse con la fuerza de las pulsiones sexuales. Al decir esto no entiendo sólo que la energía de la pulsión sexual constituye una parte de las fuerzas que sostienen las manifestaciones patológicas, sino que ese aporte es la fuente de energía más importante de la neurosis, y la única constante. De manera que la vida sexual de los enfermos se manifiesta exclusivamente, o en gran parte, o parcialmente, por sus síntomas. Éstos, como lo he dicho en otro lugar, no son más que la actividad sexual del enfermo. La prueba de lo que afirmo surge de observaciones psicoanalíticas que tienen ya veinticinco años, realizadas con histéricos y otros neuróticos, con resultados consignados en otros escritos, o que serán publicados más adelante.»
Muy pronto, sin embargo, esta representación puramente cuantitativa encuentra su complemento en una perspectiva solidariamente genética y tópica: «El psicoanálisis puede hacer desaparecer los síntomas de la histeria si ellos son el sustituto, la transposición, por así decirlo, de una serie de procesos psíquicos, investidos de afecto, de deseos y tendencias que, en virtud de cierto acto (la represión), no han podido llegar a su término en una actividad que se integraría en la vida consciente. Estas formaciones de pensamiento, retenidas en el inconsciente, tienden a encontrar una expresión que corresponda a su valor afectivo, a una descarga. Esto es lo que ocurre en la histérica, con la forma de conversión en fenómenos somáticos que no son más que los síntomas de la histeria. Con la ayuda de una técnica precisa, que permite retransformar estos síntomas en representaciones afectivamente investidas, las cuales, en consecuencia, se vuelven conscientes, es posible llegar a comprender la naturaleza y el origen de esas formaciones psíquicas, que hasta ese momento seguían siendo inconscientes».
Interpretación genética, en la medida en que Freud, sin ningún tipo de duda, ve en las formaciones «retenidas en el inconsciente» las reliquias de estadios primitivos del desarrollo libidinal. Interpretación tópica, en cuanto parece esencial para la normalidad que esas reliquias sean «integradas a la conciencia», es decir, al registro de las «representaciones de palabra» o, en otros términos, «que hayan llegado a su término» en su verbalización, en el nivel del proceso secundario.
La inflexión que da a estos temas el análisis de las psicosis y la elaboración concomitante de la segunda tópica llevará a privilegiar en la teoría la diferenciación de lo simbólico y o imaginario.
En efecto, asistimos al desarrollo patológico de un modo de mediación que reemplaza la mediación simbólica por «una proliferación imaginaria». Esto, porque «la realidad», para retomar el modo de ver de Lacan en su seminario sobre la psicosis, está entonces marcada de entrada por la aniquilación simbólica.
Nothnagel Hermann
(1841-1905) Médico alemán
Alumno del gran anatomista Karl Rokitansky (1804-1878), Hermann Nothnagel, originario de Prusia, se desempeñó como profesor de medicina interna en la Universidad de Viena entre 1892 y 1905. Hostil al nihilismo terapéutico compartido por su maestro y una parte del cuerpo médico vienés, Nothnagel fue un clínico humanista, querido por sus alumnos y preocupado por el sufrimiento de los enfermos. Esto no le impidió dispensar una enseñanza basada en el diagnóstico anatomopatológico; le interesaban sobre todo las afecciones del sistema nervioso, el corazón y los órganos digestivos. Sigmund Freud trabajó como “aspirante" en su clínica durante seis meses y medio, entre octubre de 1882 y abril de 1883.
Novela corporal vincular
Definición
Expresión metafórica que se refiere al guión original que la pareja crea a partir del lenguaje vivido de sus cuerpos vinculados. Guión que alude al cuerpo de cada uno, al cuerpo de uno en relación al otro y al cuerpo del otro. Creación que se plasma a partir de la convergencia de vivencias de ajenidad - privacidad; mismidad - alteridad; exterioridad -interioridad. Novela sustentada en un argumento que se basa en el encuentro específico entre esos dos sujetos portadores de dos cuerpos singulares que prestan su encarnadura para escenificar los componentes imaginarios, simbólicos y reales que la díada sostiene.
Sus intercambios van promoviendo la creación de una representación vincular que tiene un aspecto que se juega esencialmente en el encuentro corporal de dichos partenaires.
Dicha novela se va construyendo y reconstruyendo al estilo del drama o la comedia según el momento vital y vincular de que se trate, fijando asimismo los límites y contactos que definen tanto lo propio unipersonal, como lo vincular.
Origen e historia del término
Novela: del latín novella, diminutivo de nova, nueva. Obra literaria en que generalmente se describen acciones, caracteres, tramas, personajes, etcétera. La novela constituye para el concepto literario moderno un género propio, de personalidad y acento distinto, de perfiles característicos. En la novela caben: la epopeya, el drama, la tragedia, con sus temores, la comedia con su alegría, lo lírico, lo filosófico, lo mítico y mucho más. Es el género que más elementos psicológicos conscientes o inconscientes ha absorbido.
Novela Familiar: es la expresión creada por Freud (1909) para designar fantasías mediante las que el sujeto modifica imaginariamente sus lazos con sus padres. Tales fantasías tienen su fundamento en el Complejo de Edipo.
Cuerpo vincular: concepto acuñado por J. Puget e I. Berenstein (1988) que refiere a la representación corporal de un vínculo. Cuerpo simbolizado por y simbolizante de la relación interpersonal. Estas representaciones comprenden a distintos niveles de intercambio. En un contexto estructural se podrían reconocer leyes de funcionamiento y niveles de menor a mayor complejidad.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
Es en el encuentro entre esos dos sujetos que nacerán el amor, el deseo y el erotismo.
Cada pareja arma su propio mapa vincular y delimita de fronteras y contactos verbales y corporales. En dicho armado, el cuerpo sexuado posee un lugar privilegiado, desplegándose una modalidad de relación anclada sobre el modelo de intercambio corporal, que porta, cual sello ineludible, la marca de la relación con el Otro primordial. Vínculo éste, que, al ser resignificado en posteriores elecciones de objeto, posibilita la puesta en juego de nuevas formas de contacto.
Búsqueda en el afuera del encuentro con un otro proveedor de vivencias de placer y dolor generadoras de la catectización del propio cuerpo erógeno.
Dicha corporalidad, fuente y sede de placer, dolor y sufrimiento, también incluye la depositación de ciertos aspectos no ligados que circulan a nivel del soma exentos de representación psíquica. La unión entre los cuerpos opera como lugar de anclaje y articulación de los tres registros: imaginario, simbólico y real.
Los límites entre lo propio y lo común operan en un interjuego dialéctico: pueden ser netos y definidos, o resultar desdibujados, dando lugar a que en el imaginario de la pareja circule la fantasía de una mutua posesividad. El cuerpo de cada uno es considerado por el otro como una pertenencia. Ilustrativo de esto es la temática de la infidelidad, en que por lo general resulta mucho más insoportable y disruptiva la consumación de una relación sexual, por fuera del vínculo que la relación fantaseada con un otro.
Pareciera que la fantasía, al igual que el sueño pudiese ser tolerada desde su estatuto de intrapsíquica. El cuerpo en cambio, es vivido imaginariamente como formando parte del espacio vincular. Quedar excluido de este territorio y que además sea transitado por un otro infringe una herida narcisista de muy difícil elaboración. Quiebra la ilusión de protagonismo y pertenencia incondicional.
En el dispositivo de una sesión de pareja, determinados significantes nos permiten una lectura de esta novela: es como una puesta en escena donde el analista se encuentra presenciando los múltiples dialectos en que se manifiesta la actuación de los cuerpos. Se configuran diversas escenas montadas sobre un mismo argumento estructural.
Estar atentos a la "novela corporal" comprende una amplia gama de observables que conducen a diversas abstracciones. Desde descripciones de modos específicos de intercambio, hasta conceptualizaciones teóricas.
Desde la observación clínica uno de los aspectos de la novela vincular corporal es lo que hemos denominado "piel vincular".
Fue Didier Anzieu quien con su propuesta de un "yo piel" nos inspiró a pensar que también en las parejas habría una suerte de piel envolvente de su vínculo. La hemos denominado "piel vincular". Con ella aludimos metafóricamente a una envoltura que actúa como continente sostén para ambos partenaires. Ligamen con el que originariamente se sienten recubiertos y que han ido armando y articulando en conjunto, dando lugar a un encuentro en el que la intimidad portará la marca de un circuito pulsional que cada pareja singular pone en juego. Piel que filtra y limita contorneando lo que es interior a lo que se vuelve exterior al vínculo, estableciendo los bordes de un adentro y de un afuera de¡ mismo.
En el matrimonio esta envoltura vincular bajo una piel común constituye una suerte de revestimiento imaginario promotor de la fantasía de pensarse cobijados y protegidos. Espacio que se erige en una estructura de apoyo, en un lugar confiable. En cambio durante una crisis o separación abrupta surge la fantasía de ruptura de esa piel con la concomitante vivencia sensorial y emocional de cuerpo fragmentado o desparramado. Sensación de estar en "carne viva".
En las distintas estructuras vinculares o en ciertos momentos vitales esta "piel vincular" opera de modos diversos y va a sufrir diferentes vicisitudes.
Problemáticas conexas
Existe una íntima relación entre novela corporal vincular y el circuito pulsional constitutivo del zócalo inconsciente del vínculo de pareja que imprime una marca propia y única a sus intercambios sexuales, verbales, económicos, emocionales e ideológicos.
Dicho circuito recorre los espacios psíquicos de la tópica vincular y se entrama en un interjuego corporal pleno de significaciones.
Novela familiar
Al.: Familienroman.
Fr.: roman familial.
Ing.: family romance.
It.: romanzo familiare.
Por.: romance familial.
Expresión creada por Freud para designar fantasías mediante las que el sujeto modifica imaginariamente sus lazos con sus padres (imaginando, por ejemplo, que es un niño encontrado). Tales fantasías tienen su fundamento en el complejo de Edipo.
Antes de dedicarles un artículo, en 1909, Freud ya había establecido, en varias ocasiones, la existencia de fantasías mediante las cuales el sujeto se crea una familia, inventa con tal motivo una especie de novela. Tales fantasías se observan de un modo muy manifiesto en los delirios paranoicos; pronto Freud las encontró también, con distintas variantes, en los neuróticos: el niño imagina que nació, no de sus verdaderos padres, sino de padres importantes, o bien de un padre importante, y atribuye entonces a su madre aventuras amorosas secretas; otras veces él es ciertamente hijo legítimo, pero sus hermanos y hermanas son bastardos.
Tales fantasías se atribuyen a la situación edípica; surgen por la presión que ejerce el complejo de Edipo. Sus motivaciones precisas son numerosas y mixtas: deseo de rebajar a los padres en un aspecto y ensalzarlos en otro, deseo de grandeza, intento de soslayar la barrera contra el incesto, expresión de la rivalidad fraterna, etc.
Novela familiar
(fr. Roman familial; íngl.family romance; al. Familienroman). Fantasma particular en el que el sujeto imagina haber nacido de padres de rango social elevado, al mismo tiempo que desdeña a los padres propios, creyendo haber sido un niño adoptado por estos.
En otras variantes de este fantasma, el sujeto puede imputar a su madre relaciones amorosas clandestinas o considerarse el único hijo legítimo de su madre. Estas elaboraciones sobrevienen cuando el niño se ve confrontado con la necesaria separación que debe consumar respecto de sus padres.
Novela familiar
El tema de la novela familiar se presentó de manera precoz en el espíritu de Freud, puesto que se lo encuentra en un manuscrito adjunto a una carta a Fliess fechada el 25 de mayo de 1897. El texto, en su conjunto, se refiere a las fantasías y su relación con «escenas» reprimidas. «No basta -escribe Freud- tener en cuenta la represión entre el preconsciente y el inconsciente; hay que pensar además en la represión normal que se produce dentro del sistema inconsciente en sí. Es un hecho muy importante, pero aún muy oscuro.» Añade entonces: «Una de nuestras más caras esperanzas es llegar a determinar el número y la especie de las fantasías, así como ya podemos hacerlo con las "escenas". La novela según la cual el sujeto se cree un extraño en su familia (en la paranoia) está presente en todas partes y sirve para convertir a esa familia en ¡legítima. La agorafobia parece ligada a una novela de prostitución, también relacionada con esa novela familiar. Una mujer que se niega a salir sola atestigua de ese modo la infidelidad de su madre».
El tema se encontrará retomado y desarrollado en una carta del 20 de junio de 1898, sobre el ejemplo de la novela Die Richterin (La señora juez). «Todos los neuróticos -escribe Freud al respecto- se forjan lo que se llama una novela familiar (la cual se vuelve consciente en la paranoia). Por una parte esta novela halaga la megalomanía, y por la otra constituye una defensa contra el incesto. Si la hermana no es hija de su propia madre, uno no tiene nada que reprocharse (lo mismo vale cuando uno es hijo de otros padres).» Entonces aparece introducida una nota sociológica con referencia al «grupo social inferior de las criadas».
No obstante, la elaboración de estas primeras sugerencias sólo continuará bajo la influencia de Rank. Este detalle puede rescatarse gracias a una nota que Freud añade en 1920 al capítulo de los Tres ensayos de teoría sexual dedicado a las transformaciones de la pubertad. En esa nota se menciona El mito del nacimiento del héroe, de Rank (publicado en la serie Escritos de psicología aplicada [Schriften zur angewandten Seelenkunde, dirigida por Freud, trabajo en el cual se hace referencia a «La novela familiar de los neuróticos». En este último artículo, Freud alude también a los ensayos aparecidos por esa misma época sobre el ensueño, y sobre todo a las prolongaciones que después del advenimiento de la pubertad encuentran los ensueños infantiles surgidos en tomo a la cuestión de la legitimidad de los padres. El alcance operatorio del tema se pondrá de manifiesto en dos direcciones: una dirección clínica en el análisis del Hombre de las Ratas, y una ilustración histórica en Moisés y la religión monoteísta, donde se refieren las vicisitudes experimentadas por la figura de Moisés y las leyendas relacionadas con ella.
En el ínterin, Psicología de las masas y análisis del yo había aportado un enriquecimiento teórico esencial, tanto a las sugerencias de Rank como al desarrollo realizado por Freud de sus propias anticipaciones.
Novela familiar
Alemán: Familienroman.
Francés: Roman familial.
Inglés: Family romance.
Expresión creada por Signaund Freud y Otto Rank para designar el modo en que un sujeto modifica sus vínculos genealógicos, inventándose con un relato o un fantasma una familia que no es la suya.
Desde 1898, Sigmund Freud observó que los neuróticos, en su infancia, tendían a idealizar a sus padres y a querer asemejárseles. A esta primera identificación le seguía el discernimiento crítico y la rivalidad sexual. En este estadio, la imaginación infantil era movilizada por una nueva tarea, consistente en desvalorizar a los padres reales y reemplazarlos por otros, fantasmáticos, más prestigiosos.
En 1909, en un artículo redactado especialmente para la obra de Otto Rank titulada El mito del nacimiento del héroe, Freud llamó "novela familiar- a la construcción inconsciente en la cual la familia inventada o adoptada por el sujeto se adorna con todos los prestigios provistos por el recuerdo de los padres idealizados en la infancia.
Basándose en esta noción, Rank estudió las leyendas tipo de las grandes mitologías occidentales sobre el nacimiento de los reyes y los fundadores de religiones. Por ejemplo, observó que Rómulo, Moisés, Edipo, Paris y Lohengrin e incluso Jesucristo, eran niños encontrados, "expósitos" o abandonados a una corriente de agua por sus progenitores reales, en razón de alguna predicción sombría. Destinados a morir, fueron en general recogidos por una familia sustituta de clase social inferior. En la adultez recobraron su identidad de origen, se vengaron del padre y reconquistaron su reino.
Esta leyenda tipo, subraya Rank, ha dado lugar a variantes de toda clase. En el caso de Rómulo, la nodriza fue una loba; en el de Moisés, la familia de origen era modesta, y la familia de adopción, real. En la historia de Edipo, las dos familias eran nobles. En cuanto a Jesucristo, su destino fue especial, como producto del acoplamiento de un dios y una virgen, que a su vez era esposa del padre adoptivo. En el caso de Paris, la figura mítica del animal protector aparece asociada a la idea de la realización de una predicción desastrosa. Príamo abandonó en el nacimiento a su segundo hijo porque su mujer Hécuba había soñado que daba a luz una antorcha ardiente. El niño, alimentado por una osa, fue recogido por un pastor que le puso el nombre de Paris (hijo de la osa). Paris, que provocó la guerra de Troya, causaría la ruina de su familia. En la historia de Lohengrin, el tema del secreto patógeno, caro a Moriz Benedikt, va de la mano con el del animal protector y la mujer curiosa. Un caballero errante, que llega navegando, salva a la heroína, se casa y tiene hijos con ella. Le promete la felicidad eterna, con la condición de que renuncie a saber quién es él y de dónde viene. Pero pronto la reina cede a la tentación de interrogar al marido. Lohengrin proclama entonces públicamente que es el hijo de Parsifal, y abandona para siempre el reino, a fin de volver al servicio del Grial en su embarcación tirada por un cisne.
Al cotejar la leyenda tipo con el mecanismo descrito por Freud, Rank demuestra que los relatos míticos pueden leerse como fantasmas en los cuales se invierten las situaciones reales. En la novela familiar común a la mayoría de los individuos, neuróticos o no, es en efecto el niño quien se libera de su familia de origen, para adoptar otra más conforme a su deseo, mientras que en el mito es el padre quien abandona al héroe, el cual es entonces recogido por una familia adoptiva, en general menos prestigiosa, con algunas excepciones.
La noción de novela familiar fue utilizada por Freud en sus primeras obras de psicoanálisis aplicado, en particular en Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, Tótem y, tabú y Moisés y la religión monoteísta. Esta idea abrió el camino a prolongados debates entre psicoanálisis y antropología, psicoanálisis y literatura, y psicoanálisis y religión, en cuanto señalaba rasgos análogos en los mitos fundadores, los relatos novelescos modernos, los sistemas delirantes o religiosos, por un lado, y por el otro un mecanismo fantasmático de naturaleza subjetiva.
Nudo
Se llama nudo de n componentes a la unión disjunta de n circunferencias, sumergidas en el espacio tridimensional. Esta idea responde a la noción intuitiva de un nudo como cierto número de redondeles de cuerda, aunque no es del todo exacta, dado que ciertos nudos nunca podrían efectuarse con cuerdas. Existen diversos invariantes que permiten estudiar distintas propiedades de los nudos, y determinar, en muchos casos, cuándo dos nudos son equivalentes, es decir: cuándo es posible, mediante una homotopía, pasar de un nudo a otro, sin cortar ninguna de las circunferencias (ver también: nudo borromeo, nudo aplanado).
Nudo aplanado
Se llama aplanamiento de un nudo a un esquema dibujado en el plano que permite estudiar, mediante reglas combinatorias, algunas propiedades de los nudos. El aplanamiento puede pensarse como una vista del nudo desde cierta perspectiva; por eso, es preciso disponer de ciertas reglas que digan en qué casos dos esquemas distintos corresponden a aplanamientos de un mismo nudo. Una de las herramientas más comunes para trabajar con nudos aplanados es el grupo de movimientos conocido como movimientos de Reidemeister.
Nudo borromeo
Un nudo de n componentes (n ³ 3) es borromeo si tiene la propiedad de que al eliminar cualquiera de sus componentes se obtiene un nudo trivial. Por esta razón se lo suele denominar nudo cuasi- trivial. Es fácil ver que existen nudos borromeos para cualquier valor n ³ 3.
Nudo borromeo
Alemán: Borromüische Knoten.
Francés: Næud borroméen.
Inglés: Borromean knot.
Expresión introducida por Jacques Lacan en 1972 para designar las figuras topológicas (o nudos trenzados) destinados a traducir la trilogía de lo simbólico, lo imaginario y lo real, repensada en términos de real /simbólico /imaginario (R.S.I.), y por lo tanto en función de la primacía de lo real (es decir, de la psicosis) sobre los otros dos elementos.
En el marco de su último relevo lógico, basado en una lectura de la obra de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), y vuelto hacia el análisis de la esencia de la locura humana, Lacan introdujo simultáneamente el matema y el nudo borroraeo: por un lado, un modelo de lenguaje articulado a una lógica del orden simbólico; por el otro, un modelo de estructura basada en la topología, que operaba un desplazamiento radical de lo simbólico hacia lo real.
Desde 1950 Lacan se había entregado con su amigo Georges Th. Guilbault a ejercicios topológicos que recordaban los juegos de Sigmund Freud y Wilhelm Fliess con los números y las periodicidades, durante el período llamado del autoanálisis. Esa actividad lúdica consistía en anudar al infinito los extremos de cuerdas delgadas, inflar salvavidas de niños, trenzar, recortar; en síntesis, transcribir una doctrina en figuras topológicas. La banda de Moebius, sin revés ni derecho, proporcionaba así la imagen del sujeto del inconsciente, así como el toro o la cámara de aire para ruedas designaba un agujero o una hiancia, es decir, un "lugar constituyente que sin embargo no existe".
Durante veinticinco años, esas figuras sólo tuvieron la función de ilustraciones de la doctrina lacaniana, y la expresión "nudo borromeo", que remitía a la historia de la ilustre familia Borromea, apareció por primera vez en el discurso lacaniano el 9 de febrero de 1972. El escudo de armas de esa dinastía milanesa, en efecto, estaba constituido por tres anillos en forma de trébol, que simbolizaban una triple alianza. Si se retiraba uno de los anillos, los otros dos quedaban libres, y cada uno remitía al poder de una de las tres ramas de la familia,
A partir de ese momento, los ejercicios topológicos basados en el trenzado de nudos, cada uno de los cuales simbolizaba un elemento de la trilogía (real/simbólicolimaginario), comenzaron a ocupar un lugar considerable en la enseñanza lacaniana. En 1975, a ese tríptico Lacan le añadió un cuarto anillo, y para designarlo empleó la palabra "sinthome", en homenaje al Finnegans Wake de James Joyce (1882-194 l). Se trataba de señalar al escritor por su "síntoma", es decir, por la teoría de la creación, la "epifanía" o éxtasis místico, tomada a santo Tomás (un "santo hombre", saint homme, expresión parónima de sinthome).
En 1979, afectado de trastornos cerebrales, Lacan quedó afásico, al punto de no poder ya expresarse más que mediante la exhibición de sus juegos topológicos, en los cuales participaba un grupo de jóvenes matemáticos franceses de alto nivel, exaltados por las últimas iluminaciones de un maestro que sufría y aguardaba lo peor.
Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis
Obra de Sigmund Freud publicada en, alemán en 1933 con el título de Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse. Traducida por primera vez al francés en 1936 por Anne Berman (1889-1979) con el título de Nouvelles Conférences sur la psychanalyse; en 1984 la tradujo Rose-Marie Zeitlin con el tituIo de Nouvelles Conférences d'introduction à la psychanalyse, y en 1995 Io hicieron Janine Altounian, André Bourguignon (1920-1996), Pierre Cotet, Alain Rauzy y Rose-Marie Zeitlin, con el titulo de Nouvelle Suite des leçons d'introduction à la psychanalyse. Traducida al inglés por primera vez en 1933 por W. J. H. Sprott, y en 1964 por James Strachey, con el titulo de New Introductory Lectures on Psycho-Analysis.
A principios de 1932 la situación económica de la Internationaler Psychoanalytischer Verlag, la editorial fundada por Freud en 1918 gracias a la donación de su amigo húngaro Anton von Freund, estaba en su nivel más bajo, como consecuencia de la gran crisis de 1929. Para tratar de sanear las finanzas de la empresa, Freud tuvo la idea de escribir una nueva serie de conferencias, según el modelo de las anteriores Conferencias de introducción al psicoanálisis, sabiendo no obstante que esa vez no podría pronunciarlas en público, debido a su enfermedad.
La continuidad entre las dos series de conferencias es evidente. No sólo la materializa la numeración de las nuevas lecciones, la primera de las cuales lleva el número 29, sino que también se pone de manifiesto por la permanencia de los objetivos: no ocultar la complejidad de las cuestiones abordadas, no disimular las lagunas y las incertidumbres persistentes.
Como lo atestiguan la claridad del. estilo y la firmeza de la argumentación, y además una carta a Arnold Zweig del 27 de noviembre de 1932, mientras redactaba esas siete conferencias Freud estaba convencido de que ése sería su último libro. Con un despunte de ironía, expresó la misma idea en una carta a Max Eitingon del 20 de marzo de 1932, afirmando que uno "debería estar siempre haciendo algo, aunque exista el riesgo de ser interrumpido -esto es mejor que desaparecer en estado de pereza-".
Aunque la primera de esas conferencias se titula "Revisión de la teoría del sueño", en ella Freud reconoce explícitamente que en los últimos quince años "no ha habido nuevos descubrimientos" relacionados con el tema. Es evidente que Freud ignora, o quiere ignorar, la repercusión de su libro La interpretación de los sueños en el movimiento surrealista, y la importancia que le atribuyó André Breton (1896~ 1966). Centrado en su descubrimiento, Freud se felicita de que sus concepciones sobre el sueño hayan resistido la prueba del tiempo. Puesto que el estudio del sueño le permitió atravesar el umbral "que lleva de un procedimiento psicoterapéutico a una psicología de las profundidades", resulta normal que sea el objeto de la primera lección de esa compilación. Empleando una metáfora de resonancia militar (como lo hacía a menudo), Freud subraya que con la teoría del sueño el psicoanálisis ha conquistado "una porción de nueva tierra, ganada a la creencia popular y la mística”. La originalidad del aporte del psicoanálisis en ese ámbito le ha conferido al sueño -continúa Freud- el papel de una schibboleth, una contraseña, una palabra de pase o signo de reconocimiento que permite diferenciar a los partidarios del psicoanálisis, por un lado, y por el otro a quienes nunca llegarán a comprenderlo.
Pero, si no se ha sumado nada que enriquezca el tema, ¿por qué repetir la exposición? Sencillamente porque, si se considera atentamente lo que hacen y dicen al respecto las personas supuestamente cultivadas, y entre ellas los numerosos psiquiatras y psicoterapeutas que cocinan su caldo en nuestro fuego", surge que con la mayor frecuencia La interpretación de los sueños ha sido mal leído, o incluso no leído en absoluto.
Después de recordar los grandes avances expuestos en la obra pionera -la distinción entre el contenido manifiesto y los pensamientos latentes, la función de la represión y las resistencias en la formación del sueño, los procesos esenciales del trabajo del sueño (la condensación y el desplazamiento)-, Freud vuelve sobre la cuestión de la simbolización, no renunciando a las correspondencias que a su juicio vinculan la actividad psíquica inconsciente individual y el registro del patrimonio cultural de la humanidad, sobre todo en la forma de mitos y leyendas.
Responde entonces a las objeciones formuladas a su teoría sobre el sueño como realización de un deseo inconsciente, a la cual sus adversarios oponían la existencia de sueños de castigo y sueños de angustia.
Lo mismo que en un artículo de 1923 escrito en ocasión de una reedición de La interpretación de los sueños, Freud diferencia estas dos categorías de sueños, los sueños de castigo y los sueños de angustia. Los sueños de castigo, que no constituyen el cumplimiento de una moción pulsional, le parecen una respuesta positiva a un requisito de la instancia que no era aún conocida en las versiones precedentes de la teoría del sueño: el superyó. En cuanto a los sueños de angustia, ligados a acontecimientos traumáticos de los que se sabe que constituyeron el punto de partida, en Más allá del Principio de placer, de la noción de compulsión de repetición, premisa de la conceptualización de la pulsión de muerte, Freud se muestra prudente. En 1923 había considerado esos sueños como la única excepción real a su tesis. Diez años más tarde le parece muy difícil "conjeturar" qué moción de deseo podría satisfacerse mediante el retorno de acontecimientos penosos, y admite que su tesis, por justa que fuera, podía no obstante sufrir modificaciones vinculadas con la existencia de otras fuerzas psíquicas contradictorias: "Si quieren ustedes tener en cuenta estas últimas objeciones -aconseja o concede Freud-, digan por lo menos que el sueño intenta ser una realización de deseo".
La segunda conferencia aborda la cuestión del ocultismo, objeto de vivas controversias en el movimiento psicoanalítico durante el decenio 1920-1930. Siempre ambivalente, por momentos Freud se niega a abordar el tema, conformándose a los deseos de Ernest Jones y Max Eitingon, preocupados por preservar la respetabilidad científica del psicoanálisis, y por momentos acepta promover las manifestaciones de lo irracional, convencido de que al psicoanálisis le interesa penetrar en esa zona de sombra que el mundo anglo-norteamericano quería abandonar a los adeptos del espiritismo.
Además de sus intercambios epistolares, sus discusiones y sus sesiones de espiritismo con Sandor Ferenczi, por lo menos en dos oportunidades Freud trató la cuestión del ocultismo, bao la rúbrica más general de telepatía, en la década de 1920. La conferencia titulada "Sueño y ocultismo- no se aleja de las líneas de fuerza de esas dos intervenciones. Todo lo contrario. En 1932, en efecto, Freud ya no estaba en su primer intento. La cuestión del poder en la International Psychoanalytical Association (IPA) se había zanjado en provecho de la corriente angloamericana, y el viejo ya no temía las reconvenciones de los miembros del Comité Secreto.
En una declaración de principios no desprovista de ironía, Freud dice querer apartarse de todos los prejuicios, y en particular de la "pusilanimidad escolar" que frena el ejercicio de la reflexión. Se trata entonces de proceder con los fenómenos ocultos como con cualquier otro objeto de la ciencia, y establecer en primer lugar su existencia, para tratar a continuación de explicarlos.
Este trayecto se ve obstaculizado por tres tipos de dificultades: intelectuales, psicológicas e históricas. Recurriendo alternativamente al buen sentido y al humor, Freud llama primero la atención sobre la deformación intelectual que consiste en juzgar a quien habla o escribe, en lugar de discutir lo que propone. Recuerda en tal sentido los ataques que él mismo tuvo que sufrir en los primeros tiempos del psicoanálisis. En cuanto a la credulidad humana, frecuentemente invocada para rechazar el ocultismo, ella no informa nada sobre la naturaleza del objeto. Finalmente, la cercanía entre el ocultismo y las religiones no debe llevar a rechazar al primero en razón de la desconfianza respecto de las segundas.
Una vez apartados estos obstáculos, Freud se vuelve hacia los supuestos sueños telepáticos (una persona sueña con un acontecimiento que está produciéndose en la realidad). Admitiendo la hipótesis de un mensaje telepático cuya recepción sería favorecida por el estado de sueño, somete no obstante ese fenómeno al trabajo de una interpretación psicoanalítica, y demuestra que la dimensión telepática funciona en realidad como un resto diurno modificado por el trabajo del sueño. Después del examen de algunos ejemplos, se impone la conclusión de que el sueño telepático como tal es hermético, y sólo el trabajo psicoanalítico permite captar su sentido. Puesto que el sueño no es un instrumento útil para verificar la existencia de los fenómenos ocultos, conviene abordar estos últimos fuera del sueño, a fin de ver si la explicación psicoanalítica resulta satisfactoria.
Entre la serie de ejemplos sometidos a examen figura la historia de una paciente que había experimentado un apego muy fuerte a su padre. Feliz en su matrimonio, esta mujer no había tenido hijos, es decir que no había podido convertir a su esposo en padre. Al descubrirse la esterilidad del marido, ella cayó en una fuerte depresión. En el curso de un viaje de recreo a París, a escondidas del esposo, visitó a un adivino que le predijo que tendría dos hijos a los 32 años. La profecía no se realizó, pero la paciente la recordaba con placer. Freud se desplaza entonces al terreno psicoanalítico, para interpretar esa predicción. La madre de la paciente se había casado muy tarde, y le llegaron dos hijos a los 32 años. Las palabras del vidente podían interpretarse como sigue: "Consuélese, usted es aún muy joven. Tendrá el mismo destino que su madre, quien tuvo que esperar mucho tiempo para tener hijos; usted tendrá dos hijos a los 32 años." Tener el mismo destino que la madre significaba para la paciente ocupar el lugar de esta última con el padre al que tanto quería. Esa profecía tenía que llenar de contento a esta mujer. Pero, ¿cómo explicar la introducción de la cifra en número 32 por el mago, que no sabía nada de esta historia? Hay dos respuestas posibles, dice Freud, no sin alguna malicia: o bien esta historia es falsa, o bien hubo efectivamente una transmisión de pensamiento. En realidad, la hipótesis que él retiene es distinta: al narrar esta historia a su analista dieciséis años más tarde del momento en que se produjo (Freud no señala que 32 es múltiplo de 16), cabía pensar que la paciente extrajo el número 32 de su inconsciente para inscribirlo en su recuerdo.
El estudio de los otros ejemplos lleva a la misma conclusión: casi siempre la interpretación psicoanalítica permite explicar fenómenos que con excesiva facilidad se atribuyen a razones ocultas. Eso no impide que algunas historias excluyan el análisis, por demasiado precipitado: por ejemplo, el célebre caso del doctor David Forsyth. Freud logra de nuevo extraer, con ayuda del psicoanálisis, el sentido de la sucesión de coincidencias que salpican ese caso, pero reconoce la existencia de un residuo inexplicable. Admite entonces que tiene la sensación de que Ia balanza se inclina, también aquí, en favor de la transmisión de pensamiento. En apoyo de este juicio, se apresura a citar algunas observaciones idénticas realizadas por Helene Deutsch. Previendo las objeciones que seguramente no iban a faltar, Freud deja despuntar su pasión por la aventura y lo maravilloso, su curiosidad y audacia intelectuales que, unos treinta años antes, lo habían llevado a lanzarse a la epopeya psicoanalítica en compañía de Wilhelm Fliess. No sólo se confiesa incapaz de alinearse prudentemente detrás de la bandera del racionalismo, sino que exhorta a sus lectores "a pensar con mayor benevolencia en la posibilidad objetiva de la transmisión de pensamiento, y en consecuencia también de la telepatía".
En un discurso pronunciado en el octogésimo cumpleaños de Freud, Thomas Mann se refirió a la tercera de esas nuevas conferencias: la inspiración que en ella se ponía de manifiesto, su forma y su contenido, la descripción realizada del "mundo mental del inconsciente y el ello", atestiguaban, a juicio del gran escritor, la filiación de Freud con el "siglo de los Schopenhauer y los lbsen entre los cuales él nació".
En unas pocas líneas, Freud resume el largo camino recorrido por el psicoanálisis: la atención prestada primeramente a los síntomas, que abrió la vía al inconsciente, la vida pulsional y la sexualidad; el conflicto entre las mociones inconscientes y las resistencias, y finalmente el gran punto de inflexión, caracterizado Por el rol esencial atribuido a ese yo hasta entonces inscrito en la perspectiva de la psicología popular. Se tratará sobre todo de la nueva concepción del yo. Esta conferencia constituye entonces una puesta a punto definitiva y magistral de las tesis desarrolladas en las grandes obras de la década de 1920, en particular Más allá del principio de placer y El yo y el ello. Basándose en observaciones clínicas, y afinando los desarrollos especulativos que tanto le habían sido reprochados, Freud vuelve sobre su descubrimiento del clivaje del yo, que permite la emergencia de una nueva instancia, una instancia observadora, que prepara para el juicio y la sanción sin reducirse a la conciencia moral: una instancia que tomará el nombre de superyó.
Las etapas de la formación de este superyó lo llevan a subrayar el papel esencial de la identificación precoz con la estructura parental, y le permite situar el superyó como heredero del Edipo. En esa oportunidad Freud clarifica la relación entre el superyó y el ideal del yo. El yo y el superyó son en gran parte instancias inconscientes, lo que implica una revisión fundamental de la concepción psicoanalítica de las relaciones entre el consciente y el inconsciente. Freud explica de qué modo, a partir de un cuestionamiento de la primera tópica, se vio llevado a introducir en 1923 el concepto de ello para designar al inconsciente en su perspectiva dinámica. La parte final de la conferencia está dedicada a esa instancia, y a las relaciones entre el ello y el yo.
Se plantea la cuestión de la salida de la relación conflictiva que se anuda entre ambas instancias. Para aclararla, Freud escribe una frase que se volverá célebre en el mundo entero, y cuyas diversas traducciones cristalizarían las fracturas del movimiento psicoanalítico: "Wo Es war soll Ich werden". Se trataba de señalar la nueva tarea que le incumbía a la cultura a través del psicoanálisis, y cuya importancia le parecía tan grande para la humanidad como la desecación del Zuiderzee.
En Francia, Anne Berman optó en 1936 por una traducción de tipo adaptativo basada en la prevalencia del yo: "El yo debe desalojar al ello". Veinte años más tarde, en una conferencia sobre "la cosa freudiana" pronunciada en Viena en 1955, Jacques Lacan cuestionó esta traducción, y propuso una nueva: "Allí donde ello [o eso] estaba debo yo advenir” ("oú c'etait doit-je advenir"). De este modo significaba la primacía del ello sobre el yo: allí donde estaba ello, debe estar el yo. Más tarde fueron retenidas dos nuevas traducciones, una de 1984 ("Allí donde había ello debe advenir yo", "Lá oú etait du Va doit advenir du moi"), y la otra de 1995 ("Allí donde había ello, yo debe advenir", ("oú etait du Va, du moi doit advenir").
James Strachey, por su lado, recurrió para la traducción inglesa a una tesis inversa a la de Lacan, optando por la idea de que el yo debía ir a ocupar el lugar del ello: "Where id was, there ego shall be".
La cuarta conferencia está dedicada a la angustia y la vida pulsional. La cuestión de la angustia había sido objeto de una de las lecciones de la primera serie. Freud la retoma en grandes líneas, para exponer de nuevo, con mayor claridad que en Inhibición, síntoma y angustia, las modificaciones que el tratamiento de esta cuestión había sufrido desde la introducción de la segunda tópica. En adelante se considera que sólo el yo podía producir y experimentar angustia. Esto lleva a distinguir tres formas de angustia: la angustia real (que corresponde a la dependencia del yo respecto del mundo externo), la angustia neurótica (resultante de la dependencia del yo respecto del ello), y la angustia moral (producida por la relación del yo con el superyó). A continuación Freud reformula su concepción de las relaciones entre la angustia, la castración y la represión. En este punto rinde un homenaje insistente a Otto Rank: "el psicoanálisis -dice- le debe muchas hermosas contribuciones", y él tuvo en particular el mérito de señalar la importancia del acto de nacimiento como primera separación respecto de la madre. Esta evocación respalda lo que sugieren muchos otros indicios, a saber: que, a diferencia de las rupturas con Alfred Adler o Carl Gustav Jung, Freud sin duda sufrió más que deseó el distanciamiento de Rank.
Si bien el tema de la angustia había sido objeto de una profunda revisión teórica, Freud recuerda que en el ámbito de las pulsiones no se estaba en una mejor situación: las dificultades respectivas habían sido y seguían siendo más grandes aún. Pasa revista a las etapas de la transformación de la teoría de las pulsiones, y esto le da la oportunidad de insistir en la pulsión de muerte, que "no podría estar ausente en ningún proceso de la vida". Acerca de este punto, Freud tiende a reafirmar su posición, precisando que no lo molesta en absoluto que se le reproche el perfil filosófico de su propuesta, siendo que la filosofía de la que se trata es la del gran Schopenhauer.
Con la quinta conferencia Freud vuelve a un terreno en el que nunca se había sentido muy cómodo, el de la sexualidad femenina, aspecto de lo que él llama, en términos más generales, "el enigma de la feminidad". Como en el texto de 1931 dedicado a este tema, da prueba de prudencia y dice querer referirse esencialmente a las investigaciones realizadas por sus "colegas mujeres" que han trabajo esta cuestión. Sin exponer claramente sus intenciones, Freud parece querer enmendar su concepción, atribuyéndole un papel esencial a la madre en el emplazamiento y la resolución del complejo de Edipo, y en la evolución del complejo de castración en la niña. Sin embargo este texto no modifica en nada su tesis de la libido única, ni su concepción falicista. Por ello sería criticado, sobre todo cuando volvió a discutirse la cuestión de la sexualidad femenina, a partir del Congreso de Amsterdam, organizado en 1958 por iniciativa de Jacques Lacan para tratar este tema, y más tarde en todos los trabajos feministas.
La conferencia siguiente trata de tres cuestiones de orden práctico. Freud evoca primero el lugar del psicoanálisis y la recepción que le dio la sociedad, así como las reacciones de los psicoanalistas frente a esa realidad. Renueva sus advertencias contra la utilización abusiva del saber psicoanalítico, contra todas las formas de interpretación salvaje y, más en general, contra el proselitismo. Se demora en el reconocimiento y la justificación de las modalidades de inscripción del método analítico en los ámbitos de las "ciencias del espíritu". Se trata de un alegato en favor de los diversos aspectos que puede revestir el psicoanálisis aplicado, con el acento en las cuestiones pedagógicas y educativas, a las cuales Freud había sido sensibilizado tanto por su hija Anna (Anna Freud) como por August Aichhorn. Los problemas relativos al psicoanálisis como terapia constituyen la tercera sección de esta conferencia. Aunque Freud tiene el cuidado de recordar su poco entusiasmo personal por el trabajo terapéutico, aprovecha la ocasión para realizar alguna puesta a punto sobre cuestiones técnicas tales como las indicaciones para la utilización del psicoanálisis, o incluso la duración del tratamiento, y subraya que las objeciones al respecto suelen ser incomprensibles. Si el psicoanálisis no tuviera valor como terapia, concluye Freud, "no habría sido descubierto al contacto con enfermos, ni se habría desarrollado durante más de treinta años".
La última lección constituye uno de los textos más célebres de Freud. La reflexión desarrollada es sólo parcialmente nueva, pero quiere ser una respuesta definitiva a una pregunta frecuente: ¿es el psicoanálisis una concepción del mundo (Weltanschauung), o conduce a ella? Subrayando que el término Weltanschauung es específicamente alemán y no se presta a una traducción rigurosa, Freud quiere definir en primer lugar lo que designa con esa palabra: ". ..una Weltanschauung es una construcción intelectual que resuelve, de manera homogénea, todos los problemas de nuestra existencia, a partir de una hipótesis que gobierna el todo, en el cual, en consecuencia, no queda abierto ningún problema, y todo lo que nos interesa encuentra su lugar determinado".
Después responde al interrogante planteado y su posición es clara: en tanto que doctrina científica, como "psicología del inconsciente", el psicoanálisis no es ni puede ser una concepción del mundo; sólo cabe que haga suya la Weltatischauung de la ciencia, cuya definición es rnucho rnenos ambiciosa. Son muchos los que le reprochan a la
Weltanschauung científica que no sea portadora de ninguna esperanza, porque ignora las exigencias del espíritu humano. Para Freud, esas objeciones son inadmisibles, puesto que ignoran el papel del psicoanálisis, que consiste precisamente en hacerse cargo de la parte del psiquismo, en el interior del continente científico.
Ni el arte, muy inofensivo, ni la filosofía, llena de buenas intenciones pero a menudo incoherente y demasiado hermética, son enemigos para la ciencia: sólo la religión puede serlo, pues tiene un poder enorme y "dispone de las emociones más fuertes de los seres humanos". La religión tranquiliza a los hombres dándoles la ilusión de que responde a sus preguntas más angustiosas. En algunas páginas, Freud se entrega a la crítica sistemática de la cosmovisión religiosa, como lo había hecho en algunas obra anteriores, asociando de nuevo la infancia del individuo con la infancia de la humanidad. Sin dejar de lamentar su incompetencia, emprende a continuación la crítica de otra concepción del mundo cuyo cuestionamiento había bosquejado en El porvenir de una ilusión y en El malestar en la cultura: el marxismo. Evaluando la fuerza y la debilidad de esta doctrina, escribe lo siguiente: "Por su realización en el bolcheviquismo ruso, el marxismo teórico ha ganado ahora la energía, la coherencia y el carácter exclusivo de una Weltanschauung, pero, al mismo tiempo, también una semejanza inquietante con lo que combate, Inicialmente concebido como una parte de la ciencia [ ... ], ha decretado no obstante una prohibición de pensar tan inexorable como lo fue en su tiempo la de la religión."
Freud concluye esta última conferencia moderando su entusiasmo respecto de la Weltanschauung científica, consciente de la insatisfacción que no puede dejar de suscitar un planteo dogmático, demasiado sumiso a las exigencias de la verdad y que profesa el rechazo de toda ilusión.
Número
El número, como el significante, plantea el problema de su engendramiento; si «la relación de la falta con el rasgo» instituye la lógica del significante, ¿qué es lo que va a permitir «la progresión de los números enteros naturales»?, se pregunta Jacques-Allain Miller («La suture du signifiant», Cahiers pour l'analyse, nº 1, 1986). La idea del pasaje del 1 a la sucesión es suficiente, pues el 1 es en sí mismo el efecto de la aparición de un 1, es decir, del acto de un sujeto que instaura una repetición. Es imposible estar seguro de que el primero es diferente de sí mismo, puesto que no hay metalenguaje para decirlo. En esta medida, «para que el número pase de la repetición del 1 de lo idéntico a su sucesión ordenada, para que la dimensión lógica obtenga decididamente su autonomía, es preciso que, sin ninguna relación con lo real, el cero surja».
Se presenta entonces la cuestión del objeto, puesto que, para que el objeto pueda caer bajo un concepto de número, se necesita una «asignación» entre un número y un concepto «que subsuma objetos». Ahora bien, no hay ningún objeto que caiga bajo el concepto de cero, en el sentido de que el cero es asignado por Frege al concepto de «no idéntico a sí mismo». Es preciso entonces que sea «anotado como cero y cuente como uno», a fin de permitir la escritura de su sucesión; sólo entonces puede desprenderse un sucesor. Se manifestará en tanto que ausencia en lo real: «sea n; la falta se fija como cero, que se fija como 1: n + 1, lo que se agrega para dar n', que absorbe al 1 ».
Esta notación pone de manifiesto la inscripción del ser hablante en lo real; de hecho pasa por el proceso de la identificación con lo unario que, no pudiendo representar al sujeto, constituye en suma «el concepto no idéntico a -R.S.I. sí mismo» para asegurarle su entrada en lo simbólico, Se designa entonces un lugar imposible que hará decir a Lacan que «el sujeto es contado antes de que se ponga a contar» (l’Identification, 1961-1962). Este lugar imposible funciona como límite en el interior del campo de lo simbólico: recubre el de la Cosa, cuyo concepto de goce se origina como goce imposible de decir en tanto tal; recubre tanto el lugar de lo real impensable e imposible como el del significante-amo, que es el instigador de la cadena en cuanto «el lenguaje es efecto de que hay significante uno» (Les non-dupes errent, 1973-1974). De tal modo, la falta en lo real se planteará en lo imaginario, y será simbolizada por un significante primero que representa al sujeto para otro significante; sólo desde el punto de vista de un segundo significante el primero adquirirá su propio valor significante. En consecuencia S1, o el enjambre, significante-amo, recubre el orden significante; gobierna y «asegura la unidad de la copulación del sujeto con el saber» (Aun, 1972-1973): «S 1 (S1 (S1 (S1 ---> S2»)». Por esta razón Lacan dirá «hay Uno»; en otras palabras, será a título de saber como ciframiento, que la lengua será interrogada. En tanto que número, ese significante 1 funciona a la manera de un lugarteniente.
Según la misma lógica, Miller dirá que «el 0, número de la serie como número, no es más que el lugarteniente que sutura la ausencia (del cero absoluto)». La reescritura por Lacan de las proposiciones de la lógica formal de Aristóteles muestra un punto de vista similar: «hay un exceso operando en la serie de los números: el sujeto».
Nunberg Hermann
(1883-1970) Psiquiatra y psicoanalista norteamericano
Nacido en Brendzin, Galitzia, provincia de Polonia incorporada al Imperio Ruso, Hermann Nunberg provenía de una familia judía cultivada, en la que se hablaba alemán. Realizó sus estudios secundarios en Cracovia, y después viajó a Zurich para estudiar psiquiatría en contacto con Eugen Bleuler y Carl Gustav Jung en la Clínica del Burghölzli. Se inició en la hipnosis y continuó su formación en otras clínicas suizas: Schaffhausen y Waldau. De vuelta en Cracovia, trabajó en el sanatorio de Ludwig Jekels, donde descubrió la obra freudiana.
En 1915 se convirtió en miembro de la Wiener Psychoanalytische Vereinigung (WPV), después de un análisis con Paul Federn. Antes había seguido las reuniones como invitado, enriqueciendo al círculo freudiano con su conocimiento de la escuela psiquiátrica zuriquesa. En 1932 publicó una obra titulada Principios de psicoanálisis. Su aplicación a las neurosis, para la cual Sigmund Freud redactó un prefacio. Ya formaba parte del círculo íntimo del maestro, puesto que en 1929 se había casado con la hija de Oskar Rie, Margarethe, que se convertiría en psicoanalista después de una cura con Freud.
Profesional ortodoxo del freudismo, Nunberg, en el Congreso de la International Psychoanalytical Association (IPA) de Budapest, en 1918, fue el primero en proponer que una de las condiciones requeridas para convertirse en psicoanalista fuera haberse analizado. Esta moción, que definía el estatuto de un posible análisis didáctico, fue rechazada por Otto Rank y Sandor Ferenczi.
Las contribuciones de Nunberg a la edificación de la doctrina freudiana se basan esencialmente en la función del yo, en el proceso de curación y en la experiencia de la cura. Contrariamente a los otros representantes del neofreudismo, él aceptó la noción de pulsión de muerte.
En 1933 emigró a los Estados Unidos, radicándose primero en Filadelfia y después en Nueva York, donde se incorporó a la New York Psychoanalytic Society con muchas dificultades; en particular, Abraham Arden Brifi le pidió que condenara el análisis profano y sólo formara a médicos; Nunberg se negó, lo que no le impediría llegar a ser presidente de la sociedad en 1950. Paul Federn le encargó a él la publicación de las Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.
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