Oberholzer Emil
(1883-1958) Psiquiatra y psicoanalista norteamericano
Analizado por Sigmund Freud, en 1919 Emil OberhoIzer fue cofundador Ounto con Oskar Pfister, Hermann Rorschach y Hans Walser) de la Sociedad Suiza de Psicoanálisis (SSP). Hostil al análisis profano, en 1927 fundó, con el psiquiatra Rudolf Brun (1885-1969), la Asociación Médica de Psicoanálisis, a la que se unieron algunos médicos de la SSP. Freud tomó partido por Oskar Pfister y por la SSP, de modo que la nueva asociación nunca fue reconocida por la International Psychoanalytical Association (IPA), y se disolvió cuando OberhoIzer emigró a los Estados Unidos con su esposa, Mira OberhoIzer-Gingburg (1887-1949). Ambos se incorporaron a la New York Psychoanalytie Society (NYPS).
Oberndorf Clarence Paul
(1882-1954) Psiquiatra y psicoanalista norteamericano
Proveniente de una familia de Alabama, en el sur de los Estados Unidos, y criado por una niñera negra, Oberndorf viajó a Europa para estudiar psiquiatría. Fue alumno de Emil Kraepelin, y después uno de los fundadores, junto con Abraham Arden Bril, de la New York Psychoanalytic Society (NYPS). Más tarde ocupó dos veces la presidencia de la American Psychoanalytic Association (APsaA).
Analizado por Sigmund Freud en Viena en 1921, se contaba entre esos norteamericanos a los que el maestro trataba con desdén. Abram Kardiner narró una anécdota suya. Oberndorf se encontró desubicado respecto de Freud desde el primer día de su análisis, cuando le contó un sueño en el cual se había visto viajando en una calesa tirada por dos caballos, uno negro y otro blanco. Freud interpretó ese sueño explicándole que nunca se casaría, porque no lograba decidirse entre una mujer blanca y una mujer negra: "La interpretación puso a Oberndorf fuera de sí -escribe Kardiner- y discutieron sobre ese sueño durante meses, hasta que Freud puso fin al análisis".
Oberndorf se mostró siempre hostil al análisis profano. En tal sentido fue, como Brill, uno de los representantes más ortodoxos del freudismo norteamericano basado en una asimilación pura y simple del psicoanálisis al saber psiquiátrico. En 1953 redactó la primera obra oficial sobre la historia del psicoanálisis en los Estados Unidos.
Objeto
Al.: Objekt.
Fr.: objet.
Ing.: object.
It.: oggetto.
Por.: objeto.
La noción de objeto se considera en psicoanálisis bajo tres aspectos principales:
A) Corno correlato de la pulsión: es aquello en lo cual y mediante lo cual la pulsión busca alcanzar su fin, es decir, cierto tipo de satisfacción. Puede tratarse de una persona o de un objeto parcial, de un objeto real o de un objeto fantaseado.
B) Como correlato del amor (o del odio): se trata entonces de la relación de la persona total, o de la Instancia del yo, con un objeto al que se apunta como totalidad (persona, entidad, ideal, etc.), (el adjetivo correspondiente sería «objetal»).
C) En el sentido tradicional de la filosofía y de la psicología del conocimiento, como correlato del sujeto que percibe y conoce: es lo que se ofrece con caracteres fijos y permanentes, reconocibles por la universalidad de los sujetos, con Independencia de los deseos y de las opiniones de los individuos (el adjetivo correspondiente sería «objetivo»).
En los escritos psicoanalíticos, la palabra objeto tanto se encuentra sola como en numerosas expresiones, tales como elección de objeto, amor de objeto, pérdida del objeto, relación de objeto, etc., que pueden desorientar al lector no especialista. Objeto se toma en un sentido comparable al que le atribuía el lenguaje clásico («objeto de mi pasión, de mi resentimiento, objeto amado», etc.). No debe evocar la idea de «cosa», de objeto inanimado y manipulable, tal como corrientemente se contrapone a las ideas de ser vivo o de persona,
I. Estas diferentes utilizaciones de la palabra objeto en psicoanálisis tienen su origen en la concepción freudiana de la pulsión. Freud, al analizar la noción de pulsión, distinguió entre el objeto y el fin: «Introducimos dos términos: llamamos objeto sexual a la persona que ejerce la atracción sexual, y fin sexual a la acción empujada por la pulsión». A lo largo de toda su obra conserva esta distinción y la reafirma especialmente en la definición más completa que dio de la pulsión: «[...] el objeto de la pulsión es aquello en lo cual y mediante lo cual la pulsión puede alcanzar su fin»; al mismo tiempo, el objeto se define como medio contingente de la satisfacción: «Es el elemento más variable en la pulsión, no se halla originariamente ligado a ésta, sino que se adapta a ella en función de su aptitud para permitir la satisfacción». Esta tesis fundamental y constante de Freud, la de la contingencia -del objeto, no significa que cualquier objeto pueda satisfacer la pulsión, sino que el objeto pulsional, a menudo muy definido por rasgos singulares, viene determinado por la historia (principalmente la historia infantil) de cada individuo. El objeto es lo que, en la pulsión, se halla menos constitucionalmente determinado.
Esta concepción no ha dejado de despertar objeciones. El planteamiento del problema podría resumirse refiriéndose a la distinción efectuada por Fairbairn: ¿va la libido a la búsqueda del placer (pleasure-seeking) o del objeto (object-seeking)? Para Freud, es indudable que la libido, aunque muy pronto experimente la impronta de un determinado objeto (véase: Experiencia de satisfacción), en su origen se halla totalmente orientada hacia la satisfacción, la resolución de la tensión por las vías más cortas según las modalidades apropiadas a la actividad de cada zona erógena. Con todo, no es ajena al pensamiento de Freud la idea, subrayada por la noción de relación de objeto, de que existe una íntima relación entre la naturaleza y los «destinos» del fin y del objeto (para la discusión de este punto, véase: Relación de objeto).
Por otra parte, la concepción freudiana del objeto pulsional se constituyó en los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905) a partir del análisis de las pulsiones sexuales. ¿Cuál es el objeto de las otras pulsiones, y especialmente, dentro del marco del primer dualismo freudiano, el de las pulsiones de autoconservación? En lo que respecta a estas últimas, el objeto (por ejemplo, el alimento) se halla claramente más especificado, por las exigencias de las necesidades vitales.
Sin embargo, la distinción entre pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación no debe conducir a establecer una oposición demasiado rígida en cuanto a las características de sus objetos respectivos: contingente en un caso, rigurosamente determinado y especificado biológicamente en el otro. El propio Freud mostró que las pulsiones sexuales funcionaban apoyándose en las pulsiones de autoconservación, lo que significa especialmente que éstas señalan a las primeras el camino hacia el objeto.
El recurrir a esta noción de apoyo permite aclarar el complejo problema del objeto pulsional. Refiriéndonos, por ejemplo, a la fase oral, el objeto es, en el lenguaje de la pulsión de autoconservación, lo que alimenta-, en el de la pulsión oral, lo que se incorpora, con toda la dimensión fantasmática que comporta la incorporación. El análisis de los fantasmas orales muestra que esta actividad de incorporación puede referirse a objetos completamente distintos de los de la alimentación, caracterizando entonces la «relación de objeto oral».
II. La noción de objeto en psicoanálisis no debe entenderse únicamente en relación con la pulsión -en la medida en que es posible captar el funcionamiento de ésta en estado puro-. Designa también lo que constituye para el sujeto objeto de atracción, objeto de amor, casi siempre una persona. Sólo la investigación analítica permite descubrir, más allá de esta relación global del yo con sus objetos de amor, el funcionamiento propio de las pulsiones en su polimorfismo, sus variaciones, sus correlatos fantaseados. En los primeros tiempos en que Freud analiza los conceptos de sexualidad y de pulsión, no se halla explícitamente presente el problema de articular entre sí el objeto de la pulsión y el objeto de amor, y es lógico que así sea; en efecto, los Tres ensayos, en su primera edición (1905) giran en torno a la gran oposición que existiría entre el funcionamiento de la sexualidad infantil y el de la sexualidad postpuberal. La primera se define como esencialmente autoerótica, y, en esta etapa del pensamiento de Freud, no se insiste en el problema de su relación con un objeto distinto del propio cuerpo, aunque fuera fantaseado. La pulsión, en el niño, se define como parcial, y ello más en razón de su modo de satisfacción (placer en el propio lugar de origen, placer de órgano) que en función del tipo de objeto al cual tendería. Solamente en la pubertad interviene una elección de objeto, cuyos «modelos» o «bosquejos» pueden encontrarse ciertamente en la infancia, lo que permite a la vida sexual, al tiempo que se unifica, orientarse definitivamente hacia otro individuo.
Ya es sabido que, entre 1905 y 1924, se fue atenuando progresivamente la oposición entre autoerotismo infantil y elección objetal puberal. Se describen una serie de fases pregenitales de la libido, todas las cuales implican un tipo original de «relaciones de objeto». El equívoco que podía implicar el concepto de autoerotismo (el cual podía entenderse como implicando que el sujeto ignoraría al principio todo objeto exterior, real o incluso fantaseado) se disipa. Las pulsiones parciales, cuyo funcionamiento caracteriza el autoerotismo, se denominan parciales en la medida que su satisfacción va ligada, no sólo a una zona erógena determinada, sino a lo que la teoría psicoanalítica llamará objetos parciales. Entre estos objetos se establecen equivalencias simbólicas, evidenciadas por Freud en Sobre las transposiciones de las pulsiones y especialmente del erotismo anal (Über Triebumsetzungen, insbesondere der Analerotik, 1917), intercambios que hacen pasar la vida pulsional por una serie de avatares. La problemática de los objetos parciales da lugar a un desmantelamiento de lo que tenía de global la noción, relativamente indiferenciada, de objeto sexual en los comienzos del pensamiento freudiano. En efecto, nos vemos inducidos entonces a separar un objeto propiamente pulsional y un objeto de amor. El primero se define esencialmente como capaz de procurar la satisfacción a la pulsión de que se trate. Puede tratarse de una persona, pero no es indispensable que sea así, ya que la satisfacción puede ser especialmente proporcionada por una parte del cuerpo. El acento recae entonces sobre la contingencia del objeto, en tanto que éste está subordinado a la satisfacción. En cuanto a la relación con el objeto de amor, hace intervenir, al igual que el odio, otro par de términos: «[...]los términos "amor" y "odio" no deben utilizarse para las relaciones de las pulsiones con sus objetos, sino reservarse para designar las relaciones del yo total con los objetos».
A este respecto se observará, desde un punto de vista terminológico, que Freud, al tiempo que puso en evidencia las relaciones con el objeto parcial, reservó la expresión de elección de objeto para designar la relación de la persona con sus objetos de amor, que son esencialmente, en sí mismo, personas totales.
De esta oposición entre objeto parcial (objeto pulsional y, esencialmente, objeto pregenital) y objeto total (objeto de amor y, esencialmente, objeto genital), podría deducirse, dentro de un enfoque genético del desarrollo psicosexual, que el sujeto pasaría de uno a otro mediante una integración progresiva de sus pulsiones parciales dentro de la organización genital, siendo ésta correlativa de una consideración creciente del objeto en la diversidad y riqueza de sus cualidades, en su independencia. El objeto de amor ya no es sólo el correlato de la pulsión, destinado a consumarse.
La distinción entre el objeto pulsional parcial y el objeto de amor, cualquiera que sea su indiscutible alcance, no implica necesariamente tal concepción. Por una parte, el objeto parcial puede considerarse como uno de los polos irreductibles, irrebasales, de la pulsión sexual. Por otra parte, la investigación analítica muestra que el objeto total, lejos de aparecer como un perfeccionamiento final, nunca carece de implicaciones narcisistas; en el origen de su constitución interviene más, una especie de precipitación, en una forma modelada sobre el yo, de los distintos objetos parciales, que una feliz síntesis de éstos.
Entre el objeto de la elección anaclítica, en el que la sexualidad se esfuma en beneficio de las funciones de autoconservación, y el objeto de la elección narcisista, especie de duplicado del yo, entre «la madre que alimenta, el padre que protege» y «lo que se es, lo que se ha sido o lo que se quisiera ser», un texto como Introducción al narcisismo (Zur Einführung des Narzissmus, 1914) hace difícil establecer la posición específica del objeto de amor.
III. Por último, la teoría psicoanalítica alude también a la noción de objeto en su sentido filosófico tradicional, es decir, asociada a un sujeto que percibe y conoce. Es evidente que se plantea el problema de la articulación entre el objeto así concebido y el objeto sexual. Si se concibe una evolución del objeto pulsional, y a fortiori si se considera que ésta desemboca en la constitución de un objeto de amor genital, definido por su riqueza, su autonomía, su carácter de totalidad, necesariamente se relacionará con la edificación progresiva del objeto de la percepción: la «objetalidad» y la objetividad no carecen de relaciones. Más de un autor se ha impuesto la tarea de armonizar las concepciones psicoanalíticas acerca de la evolución de las relaciones de objeto con los datos de una psicología genética del conocimiento, e incluso de esbozar una «teoría psicoanalítica del conocimiento». (Acerca de las indicaciones dadas por Freud, véase: Yo-placer-yo-realidad; Prueba de realidad.)
Objeto
s. m. (fr. objet; ingl. Object; al. Objekt, Gegenstand, Ding). Aquello a lo que el sujeto apunta en la pulsión, en el amor, en el deseo.
El objeto como tal no aparece en el mundo sensible. Así, en los escritos de Freud, la palabra Objekt siempre viene unida a un determinante explícito o implícito: objeto de la pulsión, objeto del amor, objeto con el cual identificarse. En oposición a Objekt, das Ding (la cosa) aparece más bien como el objeto absoluto, objeto perdido de una satisfacción mítica.
El objeto de la pulsión. El objeto de la pulsión es «aquello en lo cual o por lo cual ella puede alcanzar su objetivo» (Freud, Pulsiones y destinos de pulsíón, 1915). No está ligado a ella originariamente. Es su elemento más variable: la pulsión se desplaza de un objeto al otro en el curso de su destino. Puede servir para la satisfacción de varias pulsiones. Sin embargo, puede estar fijado precozmente. El objeto de la pulsión no podría entonces ser confundido con el objeto de una necesidad: es un hecho de lenguaje, como lo muestra la fijación. La fijación de la pulsión a su objeto puede ser ilustrada por un caso relatado en un artículo de 1927 (Freud, Fetichismo, 1927). En un sujeto germanófono, educado en Gran Bretaña desde su primera infancia, la condición necesaria para el deseo sexual era la presencia de un «GIanz» («brillo» en alemán) sobre la nariz de la persona deseada. El análisis mostró que había que oír «glance» «<mirada, vistazo» en inglés) sobre la nariz fetichizada. Gracias al destino particular de este sujeto, se demuestra que la fijación se inscribe en términos no de imagen sino de escritura.
Uno de los destinos de la pulsión aislado por Freud consiste en el retorno de la pulsión sobre la propia persona. Explica así la génesis del exhibicionismo. Habría primero una mirada dirigida sobre un objeto extraño (pulsión voyeurista). Luego el objeto es abandonado y la pulsión retorna sobre una parte del cuerpo propio. Por último se introduce «un nuevo sujeto al que uno se muestra para ser mirado». En su lectura de Freud, J. Lacan (Seminario del 13 de mayo de 1964) muestra que este movimiento de retorno es el que permite la aparición del sujeto en el tercer tiempo. En este caso, el objeto de la pulsión es, para Lacan, la mirada misma como presencia de ese nuevo sujeto. La persona exhibicionista hace «gozar» al Otro haciendo aparecer allí la mirada, pero no sabe que ella misma es, como sujeto, una denegación de esa mirada buscada. Se hace ver. Más en general, toda pulsión puede subjetivarse y escribirse bajo la forma de un «hacerse ... » al que puede agregarse la lista de los objetos pulsionales: «hacerse... chupar (seno), cagar (heces), ver (mirada), oír (voz)»..
El objeto del amor. El objeto de amor es un revestimiento del objeto de la pulsión. Freud reconoce que el caso del amor concuerda difícilmente con su descripción de las pulsiones:
1. si bien no puede ser asimilado a una simple pulsión parcial como el sadismo, el voyeurismo, etc., no por ello podría representar la «expresión de una tendencia sexual total» (que no existe);
2. su destino es más complejo; puede ciertamente retornar sobre la persona propia pero también puede trasformarse en odio; y odio y amor, además, se oponen ambos a la indiferencia como tercera posibilidad. La oposición amor -odio es referida por Freud a la polaridad «placer -displacer»;
3. el amor, por último, es una pasión del yo total (al. gesamtes Ich), mientras que las pulsiones pueden funcionar de modo independiente, autoerótico, antes de toda constitución de un yo.
Freud sostuvo siempre que «no existe un primado genital sino un primado del falo» (para los dos sexos). Este falo no entra en juego en el amor sino por medio del complejo de castración. La amenaza de castración, contingente, sólo adquiere su efecto estructurante tras el descubrimiento de la privación real de la madre. Hasta entonces, la falta de la madre sólo era registrable en los intervalos, en «el entre-dicho [interdicto]» de sus dichos, y el niño se complacía en identificarse con este órgano imaginario, el falo materno, verdadero objeto de amor. La simbolización de una falta al respecto y la asunción de su insuficiencia real para colmarla son decisivas para el desenlace del complejo de Edipo del varón, para obligarlo a abandonar sus pretensiones sexuales sobre la madre. Sin embargo, una de las derivaciones de este amor edípico, el fenómeno del rebajamiento del objeto sexual, consistente en separar el objeto idealizado (de la corriente tierna del amor) del objeto rebajado (de la corriente sensual), da testimonio de la persistencia frecuente de la fijación incestuosa a la madre. Los hombres llegan así frecuentemente a una división: «Allí donde aman, no desean, y allí donde desean, no aman».
Esta división entre amor y deseo reproduce la diferencia freudiana entre pulsiones de autoconservación (necesidades) y pulsiones sexuales (verdaderas pulsiones). El amor tiene una ligazón contradictoria con la necesidad. Todo lo que perturba la homeostasis del yo provoca displacer, es odiado. Pero todo objeto que aporta placer, en tanto extraño, amenaza también la perfecta tranquilidad del yo, desencadena una parte de odio. (Lacan traslada sobre el sujeto mismo la división operada por M. Klein entre objetos buenos y malos; ella es causada por el objeto [véase objeto a.) Ligado al placer, es decir, a la menor tensión posible compatible con la vida, el amor apenas tiene recursos para investir los objetos. Por eso debe ser sostenido por las verdaderas pulsiones, las pulsiones sexuales parciales. El objeto de amor se convierte así en el revestimiento del objeto de la pulsión. Para su puesta en acto y para la elección de objeto, el amor es tributario del discurso social: las formas del amor varían según los tiempos y los lugares.
El amor conoce también una vertiente pasional, debido a que compromete al «yo total», a la unidad del yo. Freud había destacado que no existía «desde el principio, en el individuo, una unidad comparable al yo»... «Una nueva acción psíquica debe venir entonces a agregarse al autoerotismo para darle forma al narcisismo» (Introducción del narcisismo, 1914). Una de las primeras contribuciones de Lacan al psicoanálisis fue haber mostrado que esta nueva acción psíquica era el reconocimiento por la criatura, todavía incoordinada en su motricidad, de la forma unificada de su cuerpo en su propia imagen en el espejo, siempre que fuera reconocida por el Otro. Que la unidad del yo dependa de una imagen (yo ideal) reconocida por la palabra del Otro explica, primeramente, la tensión agresiva hacia esta imagen rival tanto como su poder de fascinación, caracteres propios de toda relación dual; segundo, que el yo sólo se vea amable a condición de moldearse según este signo de reconocimiento (ideal del yo). El investimiento del yo ideal no es sin embargo total. Una parte de la libido permanece ligada al cuerpo propio. El núcleo autoerótico falta a la imagen amada y precisamente por esta falta el objeto es amado. En tanto no tiene el falo, justamente, una mujer puede serlo para un hombre.
El objeto de identificación. Se ha visto cómo situaba Lacan el ideal del yo, función simbólica, en este rasgo formal del asentimiento del Otro. Este rasgo extrae su poder del estado de desamparo del lactante frente a la omnipotencia del Otro. Lacan acerca así el ideal del yo a ese rasgo único (al. einziger Zug) que el yo, según Freud, toma del objeto de amor para identificarse con él a través de un síntoma. De acuerdo con este proceso, «la identificación toma el lugar de la elección de objeto, la elección de objeto regresa hasta la identificación» (Freud, Psicología de las masas y análisis del yo, 192l). Efectivamente, para Freud, la identificación es la forma más precoz y más originaria del lazo afectivo con otra persona. Una primera identificación se haría al principio con el padre. Ella instala el ideal del yo y hace así posible el enamoramiento: en el estado amoroso, «el objeto se ubica en el lugar del ideal del yo». El mismo mecanismo explica la hipnosis así como el fenómeno de la masa y su sumisión al conductor: «Una masa primaria (no organizada) es una suma de individuos que han puesto a un mismo y único objeto en el lugar del ideal del yo y, en consecuencia, en su yo, se han identificado los unos con los otros».
El objeto perdido. «En el caso de la identificación, el objeto se ha perdido o se ha renunciado a él ...» (Freud, op. cit.). La identificación reduce el objeto a un rasgo único y se hace por lo tanto al precio de una pérdida. De acuerdo con el principio de placer, el aparato psíquico se satisfaría con representaciones agradables, pero el principio de realidad lo obliga a formular un juicio no sólo sobre la calidad del objeto, sino sobre su presencia real. «El fin primero e inmediato del examen de realidad no es por lo tanto encontrar en la percepción real un objeto correspondiente al representado, sino volver a encontrarlo, convencerse de que todavía está presente» (Freud, La negación, 1925). Ahora bien, por el hecho del acceso al lenguaje, el objeto está definitivamente perdido, al mismo tiempo que está constituido. «Es este objeto, das Ding, en tanto otro absoluto del sujeto el que se trata de volver a encontrar. Se lo vuelve a encontrar a lo sumo como nostalgia. No se lo reencuentra a él, sino que se reencuentran sus coordenadas de placer» (Lacan, Seminario del 9 de diciembre de 1959). Hay, por lo tanto, distinguido ya por Lacan en los textos freudianos, un objeto más fundamental: das Ding, la cosa, opuesta a los objetos sustitutivos, perdida desde el comienzo. Es el soberano bien, la «inadre» interdicta por las leyes mismas que hacen posible la palabra. Se puede comprender así, por ejemplo, el mecanismo de la melancolía y su potencial suicida: identificación no ya con un rasgo único del objeto (al precio de la pérdida de ese objeto) sino identificación «real», sin mediación, con la cosa misma, expulsada del mundo del lenguaje.
Objeto
Freud condujo la cuestión del objeto en psicoanálisis a la de un objeto perdido, en juego en la repetición, y Lacan añadió la cuestión del rasgo que inscribe la repetición. Partiremos de esta situación de la problemática del objeto (donde se encuentra además el aporte lacaniano «clásico» del papel de los significantes y de los efectos del lenguaje). Esta situación acusa un desplazamiento del énfasis desde la cuestión del objeto («el objeto de amor» o de deseo) hacia las cuestiones de lo pulsional, en el sentido de las pulsiones parciales, pero sin que el objeto se reduzca a aquéllas. Por otra parte, el objeto perdido en la repetición conduce también a la cuestión del acto en el que puede estar en juego. Y, en términos más generales, surge que el objeto en psicoanálisis se entiende en un sentido que se desdobla: por un lado, según la cuestión de lo pulsional, y por otro, según la cuestión de los fundamentos. Uno puede quedarse más acá de ese desdoblamiento, basándose en el término «apuesta»: el objeto que está en juego con lo pulsional se convierte también en la apuesta eventual de un análisis y en la apuesta del dominio en sí, puesto que el psicoanálisis implica que lo que está en juego se pueda captar en él, y que la teoría y la práctica sean (de una cierta manera) la «misma cosa». Es preciso además explicar lo que implica el aparente desdoblamiento de sentido del término «objeto», es decir, la manera en que su doble filo es conservado por Lacan con el objeto a.
El «objeto a» y su estatuto
Al retomar la problemática del objeto en psicoanálisis a partir del objeto a, no sólo se imponen cambios de perspectiva en esta problemática (el objeto se vuelve «activo», y el sujeto, efecto), sino que surge también el interrogante de en qué sentido se sigue hablando de un «objeto». El objeto a, dice Lacan, «no es más que una letra», pero al mismo tiempo, añade, parece «ser algo». Nos vemos por lo tanto llevados a tomar la problemática del objeto (en su aparente desdoblamiento) a partir de los interrogantes siguientes: ¿qué implica en la cuestión del objeto en psicoanálisis la introducción del objeto a? ¿De qué manera el objeto a puede ser considerado como objeto?
«Aspectos» de a
Tomemos en primer lugar el lado de lo pulsional. ¿Hasta qué punto se puede definir y captar el objeto a como el objeto de la pulsión? Según Lacan, es más bien lo que sería el objeto de la pulsión si existiera la pulsión genital, « ... donde se inscribiría una relación plena, inscribible, del Uno con lo que sigue siendo irreductiblemente Otro». (Como se sabe, Lacan pone en el centro del discurso analítico -y no sólo como «verdad»- que no hay «relación sexual» como tal.) Lo pulsional pasa necesariamente por las pulsiones parciales y su diversidad, su pluralidad. La lista de los objetos, especificados por las zonas corporales, desemboca en los objetos de la succión, la excreción, la mirada y la voz. ¿Esta lista es la de los objetos a (como se dice a veces, como lo dice el propio Lacan llegado el caso)? Esta lista es más exactamente la de las especies [éclats] del objeto a. ¿En qué consiste entonces el objeto a «en sí mismo» (si tal expresión es posible)? El problema reside en que no hay «¡dea» del objeto a, salvo en sus especies, a las cuales el objeto a no se reduce. Para no plantearlo entonces como un objeto en más (con relación a los de la lista de las pulsiones parciales), lo que terminaría por llevarnos de nuevo a la pulsión genital que no hay, describamos por el momento la complejidad de lo que se trata como la de «aspectos» del objeto a.
El objeto como vacío
Un primer aspecto está entonces constituido por esas especies de objeto a en la diversidad de las pulsiones parciales. Pero el objeto a «él mismo» (si esto puede decirse) constituye un segundo aspecto. Es el objeto «primero», que Lacan define como «el objeto del que no se tiene idea». Ahora bien, es posible no considerar esta definición como solamente negativa. El objeto a puede elaborarse como vacío sin contradecirla. La hipótesis de la elaboración del objeto como vacío remite en primer lugar a los procesos de vaciamiento del goce, que es posible postular como principio mismo del proceso analítico. Este vaciamiento, como elaboración, es capaz de alcanzar la cuestión de lo «íntimo» del sujeto.
Para no concebir el objeto «primero» como jugando de manera autónoma con relación a los objetos de las pulsiones parciales, proponemos concebir su juego como el de una especie de segundo fondo (expresión sugerida por el «doble fondo» de la prestidigitación, o el redoblamiento del fondo en la pintura): segundo fondo, entonces, con relación al juego de los fragmentos pulsionales.
El resto
Hay un tercer aspecto que necesariamente se suma a la complejidad del objeto a: el aspecto del «resto», a la vez función y residuo. Este aspecto de resto, como el aspecto de vacío, parecería susceptible de desprenderse del juego de las parcialidades pulsionales. Pero es más bien necesario concebir su solidaridad con los otros aspectos: él los dinamiza al reactivar (diversamente) en ellos la cuestión del resto de los goces inicialmente perdidos. Se vuelve a encontrar aquí la cuestión de lo perdido que está en juego en la repetición. Por otra parte, no es necesario plantear que lo perdido haya sido necesariamente alcanzado, como ocurre por ejemplo con respecto al problema del «narcisismo primario». El problema consiste más bien en que lo perdido no siempre parece estarlo tanto. No obstante, es posible volver a perderlo: esto es lo que sucede sobre todo con el fin del análisis, donde se repite de una cierta manera la represión primaria, solidariamente con la «alienación» del aspecto de resto. Entre los diferentes aspectos del objeto se produce entonces una especie de báscula capaz de llevar a una preponderancia de la elaboración del vacío.
La conservación de la solidaridad entre los tres aspectos del objeto a (fragmentos [éclats], vacío y resto) no responde sólo a una cuestión de prudencia descriptiva. Se trata de captar la solidaridad (con su juego de tensiones) de lo que Lacan reúne bajo el nombre de objeto a. Lo que significa, por ejemplo, que el deseo no se independiza del juego de las pulsiones parciales. En este caso la perversión hace cortocircuito. Es más bien la elaboración del aspecto de vacío lo que allí se encuentra en dificultades. Esa elaboración está como afuera de la elaboración de la diversidad de las pulsiones parciales, y las parcialidades en sí se convierten más bien en fragmentos a recuperar.
No obstante, la elaboración del vacío podría también llevar, por su lado, a hacer surgir de la solidaridad ciertos aspectos del objeto a. En efecto, en tanto que describamos esta elaboración como un proceso de vaciamiento (en particular de los goces), el problema del vacío mismo como objeto, aunque implicado en el horizonte, permanece inabordado, y su paradoja aparente, eludida. Por el contrario, es necesario llegar a plantear el vacío como objeto. Sin duda esto está ya implícito en la definición que da Lacan del objeto primero como «el objeto del que no se tiene idea». Pero plantear el vacío como objeto supone también una posibilidad de autonomización del aspecto de vacío en el objeto a. Trataremos más bien de mostrar que se trata fundamentalmente del efecto de una condición mezclada constitutiva del objeto. Lo que nos lleva a retomar ahora la cuestión del objeto a en tanto que objeto, a partir esta vez del nudo borromeo.
Niveles del nudo borromeo
Se pueden distinguir dos niveles del nudo borromeo despejando una primera borromeidad amplia que es la de los discursos que se fundan. Esta borromeidad supone tres «niveles», o está constituida por tres dimensiones que son: primero, lo que es captado en el dominio considerado; segundo, lo que escapa pero es interno al campo, como lo que hay a captar (ya se encuentra allí la función de resto); tercero, lo que es imposible de captar, aun siendo de algún modo interno al campo. (El trabajo de D. Vaudene acerca de los problemas de los fundamentos en la cientificidad actual demuestra que un discurso se funda en la medida en que organiza el lugar para lo que se le escapa en ese segundo, e incluso, de cierta manera, en ese tercer nivel.)
«a», que Lacan ubica a menudo en el centro del nudo, puede designar también al «objeto» del discurso analítico de una manera que pasa por la nodalidad de ese discurso, y por su relación real (efectiva) con lo real. La borromeidad de base está implicada en lo que concierne al análisis desde que se toma en cuenta el inconsciente. En efecto, se encuentra allí el juego de la función de resto: en la práctica analítica, el resto de un dicho se convierte en lo que resta decir. Pero este juego del resto implica (en el tercer piso de la borromeidad) lo inaccesible en la práctica (lo cual remite a la represión primaria), así como a lo que escapa además teóricamente al análisis en su propio campo, sin que pueda decir de qué se trata.
En un segundo nivel, el nudo borromeo específico del análisis está implicado por una hipótesis que concierne absolutamente a lo real (y por ello también al «objeto»): se trata, también aquí, de goce. Este segundo nivel implica una especificación correlativa a dimensiones tales como lo real, lo simbólico y lo imaginario. El objeto a designa allí además el resto, pero ese resto deviene «ambiguo»: no se trata solamente de la función de resto, sino también de residuos de goce con los cuales el objeto es constituido (en el sentido más corriente del término).
Ahora bien, esos dos niveles del nudo son conjugados por y en el análisis, de una manera que constituye el nudo borromeo lacaniano y determina su funcionamiento. Resulta de ello que el objeto a es intrínsecamente un «mixto»: mixto del principio de la nodalidad (o de la efectividad) y de residuos de goce. Se puede localizar aquí la definición por Lacan del objeto a como «el efecto mayor del lenguaje» si se toma ese carácter mixto del objeto en sentido inverso: el efecto mayor del lenguaje es ante todo en la producción de goce y de residuos de goce; en el objeto ambos se conjugan con el vaciamiento de goce: vaciamiento como efectividad que conduce a su vez al efecto del lenguaje. El objeto a es, puede decirse, «el efecto mayor del lenguaje» en tanto que conjugado a sí mismo.
Abordemos ahora la cuestión del vacío como objeto, implicado en el horizonte si se encaran las cuestiones desde lo pulsional. Para ello será preciso ubicarse en la perspectiva del carácter «mixto» del objeto. Se trata de la conjunción de la efectividad y del vacío de (o en) el goce. Según el orden R.S.I. implicado por el nudo borromeo constitutivo de[ análisis, se trata de entrada en lo relativo a ese vacío, de lo real, o más aún, de un agujero de lo real: aquel que resulta de la ininscriptibilidad, la imposibilidad de escribirse la «relación sexual» como tal; se vuelve a encontrar aquí que no se trata sólo de una «verdad», sino de un real: un defecto -en el sentido de agujero- en el goce.
Ese vacío como objeto, que no carece de aspectos traumáticos, puede elaborarse en una especie de pivoteo conforme al orden R.S.I. En primer lugar, puede convertirse -de manera decisiva en el proceso analítico- en la falla (en el sentido de imperfección) del goce al que se pudo acceder, y volverse de tal modo subjetivable como castración. Cabe observar que el vacío como objeto, al convertirse entonces en lo que Lacan llama también el «vacío central», implica siempre su naturaleza de objeto mixto, es decir, su conjunción simultánea con la efectividad.
Finalmente, puede convertirse en «la cima» (según un término tomado a Ives Bonnefoy, quien dice que «la imperfección es la cima») en la que un sujeto encuentra una satisfacción (relativa). Este último pivoteo del vacío implica repensar lo imaginario como siempre ya borromeo, y no planteado con anterioridad o independientemente del nudo.
Por otra parte, en el punto de partida de lo que es constitutivo del sujeto, Lacan despeja la implicación del lugar del Otro como «círculo quemado». Esta expresión podría evocar por ejemplo la necesidad de que «haya claros». Pero también se reencontrará ese «círculo quemado» en lo que implica la elaboración del vacío como objeto. Puede servir para constituir al menos dos tipos de «practicable» o elaboraciones de la «causa del deseo». Por una parte, el acto analítico, en tanto que capta por sí mismo su propia dimensión, implica un «círculo quemado» (es decir, el vacío como objeto). Por otro lado, también hay implicado un «círculo quemado» en la «ronda de las pulsiones», donde se encuentra la solidaridad entre los diversos aspectos del objeto a que hemos descrito antes.
Objeto a
Según J. Lacan, objeto causa del deseo.
El objeto a (pequeño a) no es un objeto del mundo. No representable como tal, no puede ser identificado sino bajo la forma de «esquirlas» [«éclats»: esquirlas, fragmentos brillantes, brillos) parciales del cuerpo, reducibles a cuatro: el objeto de la succión (seno), el objeto de la excreción (heces), la voz y la mirada.
Constitución del objeto a. Este objeto se crea en ese espacio, ese margen que la demanda (es decir, el lenguaje) abre más allá de la necesidad que la motiva: ningún alimento puede «satisfacer» la demanda del seno, por ejemplo. Este se hace más precioso para el sujeto que la satisfacción misma de su necesidad (mientras esta no se vea realmente amenazada) pues es la condición absoluta de su existencia en tanto sujeto descante. Parte desprendida de la imagen del cuerpo, su función es soportar la «falta en ser» que define al sujeto del deseo. Esta falta sustituye como causa inconciente del deseo a otra falta: la de una causa para la castración. La castración, es decir, la simbolización de la ausencia de pene de la madre como falta, no tiene causa, a no ser mítica. Depende de una estructura puramente lógica: es una presentación bajo una forma imaginaria de la falta en el Otro (lugar de los significantes) de un significante que responda por el valor de este Otro, de este «tesoro de los significantes», o sea, que garantice su verdad.
Incidencias del objeto a. El objeto a responde así en este lugar de la verdad para el sujeto en todos los momentos de su existencia. En el nacimiento, en tanto el niño se presenta como el resto de una cópula, maravilla alumbrada «inter faeces et urinas». Antes de todo deseo, como el objeto precursor alrededor del cual la pulsión hace retorno y se satisface sin alcanzarlo. En la constitución del fantasma, acto de nacimiento verdadero del sujeto del deseo, como el objeto cedido como precio de la existencia (ligado a partir de allí al sujeto por un lazo de reciprocidad total aunque disimétrico [notado por el losange]). En la experiencia amorosa, como esa falta maravillosa que el objeto amado reviste o esconde. En el acto sexual, como el objeto que remedia la irreductible alteridad del Otro y sustituye, en tanto participante del goce, la imposibilidad de hacer uno con el cuerpo del Otro. En el afecto (duelo, vergüenza, angustia, etc,), que es la prueba de su develamiento o solamente la amenaza de este develamiento, el objeto a, finalmente, responde según el lugar y el modo de su presencia: en el duelo, en tanto perdemos a aquel para quien éramos ese objeto; en la vergüenza, en tanto soportarnos su presentificación ante la mirada del otro; en la angustia, en tanto ella es la percepción del deseo inconciente; en el pasaje al acto suicida, en fin, donde sale del marco de la escena del fantasma forzando los límites de la «elasticidad» de su lazo con el sujeto.
El objeto a en la enseñanza de Lacan. Un breve recorrido de la elaboración que hace Lacan sobre el objeto a puede ser útil para mostrar su necesidad, la imposibilidad de su captación y la modificación constante de su escritura. Al principio de su enseñanza, Lacan designa con la letra a al objeto del yo [moi], el «pequeño otro». Se trata entonces de distinguir entre la dimensión imaginaria de la alienación por la cual el yo se constituye sobre su propia imagen, prototipo del objeto, y la dimensión simbólica donde el sujeto hablante está en la dependencia del «gran Otro», lugar de los significantes. En el seminario La ética del psicoanálisis (1960), Lacan retorna de Freud, esencialmente del Proyecto de psicología (1895) y de La negación (1925), el término alemán das Ding. «Das Ding» es la cosa, más allá de todos sus atributos. Es el Otro primordial (la madre) como eso real extraño en el corazón del mundo de las representaciones del sujeto, por lo tanto a la vez interior y exterior. Real también por inaccesible, «perdido» a causa simplemente del acceso al lenguaje. El descubrimiento y la teorización por D. W. Winnicott del objeto transicional (ese objeto que puede ser cualquiera: un pañuelo, un pedazo de lana, etc., hacia el cual el niño manifiesta un apego incondicional) fueron saludados por Lacan, más allá del interés clínico de este verdadero emblema del objeto a, porque el autor reconoció allí la estructura paradójica del espacio que este objeto crea, ese «campo de la ilusión» ni interior ni exterior al sujeto.
El objeto a no es por lo tanto la cosa. Viene en su lugar y toma de ella a veces una parte de horror. A ejemplo de la placenta, es algo común tanto al sujeto como al Otro, que vale para ambos como «semblante» en un linaje (metonimia) cuyo punto de perspectiva es el falo (lo que Freud había revelado en las equivalencias «en las producciones del inconciente entre los conceptos de excrementos -dinero, regalo-, hijo y pene»). Se convierte así en el objeto fálico dentro del fantasma que hace habitable lo real.
En el seminario VI, El deseo y su interpretación, Lacan introduce al objeto a definido como objeto del deseo. En Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconciente freudiano (setiembre de 1960) se precisará su carácter de incompatibilidad con la representación. De hecho, «el objeto del deseo en el sentido corriente es o un fantasma, que es en realidad el sostén del deseo, o un señuelo». Así, muy rápidamente, el objeto a se llamará «objeto causa del deseo». Como causa del deseo, es causa de la división del sujeto tal como aparece en la escritura del fantasma ($ ? a) «en exclusión interna de su objeto». Los seminarios La identificación (1961-62) y La angustia (1962-63) están dedicados, por tina parte, a la presentación topológica de este objeto a por el recurso a ciertos tipos de superficies aptas para soportar sus características-, por otra parte, al estudio clínico de su función en el afecto así como de su lugar según las diversas estructuras: enmascarado en el fantasma del neurótico, objetivamente presente en la realidad de la escena perversa, reificado alucinatoriamente en la psicosis.
En los seminarios de 1966-67 (La lógica del fantasma) y de 1967-68 (El acto psicoanalítico), Lacan retoma la dialéctica de la alienación. (Véase sujeto.) Distingue allí dos modos de la falta bajo los cuales se anuncia el sujeto del inconciente: o yo no pienso, o yo no soy. El objeto a presentifica la falta en ser del sujeto por oposición a -?, escritura del inconciente como pensamientos carentes de sujeto (manquant de sujet, resuena con falta del sujeto] (el sinsentido de lo sexual), retornando estas dos letras a y -? la disparidad en la teoría freudiana entre el ello (aspecto pulsional) de la segunda tópica y el inconciente (aspecto ideativo) de la primera.
En el Seminario XVII, 1969-70, «El revés del psicoanálisis», el objeto a deviene, bajo el nombre «plus-de-gozar» [marcando un punto de límite (en este caso de renuncia al goce), pero también de franqueo del límite, como suele hacer Lacan en otros Sintagmas similares], por analogía con la función de la plusvalía en Karl Marx, uno de los cuatro términos con los que Lacari formaliza los cuatro discursos que estructuran los diferentes modos del lazo social entre los hombres. (Véase discurso.)
Por último, en el seminario Real, simbólico, imaginario o R.S.I. (1974), el objeto a, presentado hasta entonces como el efecto de un corte, aparece de una manera totalmente renovada. Es el punto de encaje por el cual los tres registros de la subjetividad: real, simbólico e imaginario, realmente independientes el uno del otro, revelan sin embargo poder «sostenerse juntos» en la presentación del nudo borromeo. Se trata siempre de una escritura. El objeto a es la letra en tanto se distingue del significante. Mientras que el significante está en lo simbólico, la letra en tanto letra (y no imagen o soporte de una combinatoria) está en lo real. Por eso permite la represión. Corresponde al «representante de la representación» de la pulsión en Freud [Vorstellungsrepräsentanz]. Proveniente de lo simbólico «caído» en lo real por efecto de la articulación significante, produce el franqueamiento del significado. El V romano, la hora quinta, que marca la escena primaria en el análisis del Hombre de los Lobos, da una ilustración de su función de vía de retorno de lo reprimido. El objeto a es entonces el objeto del psicoanálisis, y los psicoanalistas tienen en parte a su cargo el tratamiento de la letra. La ciencia, que sólo opera por medio de una formalización escrita, ha remontado vuelo desde que ha tomado el partido de no querer saber nada del objeto a, de la verdad como causa (en la ciencia la subjetividad está reducida al error). Pero la verdad hace su retorno en lo real con la profusión de objetos cuya fabricación permite (sin haberlo querido), que son otros tantos travestimientos positivizados del objeto a, con la conmoción ética que suscita su utilización.
El psicoanálisis, por racional que sea, no es la ciencia del objeto a. Sostiene que no hay esperanza de suturar la falla en el saber, la del objeto a en tanto condición absoluta del sujeto, y que, por consiguiente, «de nuestra posición de sujeto somos todos responsables» (Lacan, «La ciencia y la verdad», 1964-65, en Escritos, 1966).
Objeto
(bueno y malo)
Alemán: Gutes, böses Objekt
Francés: Objet (bon et mauvais).
Inglés: Good, bad object.
Expresión introducida por Melanle Klein en 1934 para designar una modalidad de la relación de objeto tal como aparece en la vida fantasmática del niño, y que remite a un clivaje del objeto en bueno y malo (por ejemplo, buena madre, mala madre), según sea ese objeto experimentado como frustrante o gratificante.
Esta noción hizo carrera, abriendo el camino, después de 1945, a una refundición general de la noción de objeto en psicoanálisis, de la que se desprendieron tanto el objeto transicional de Donald Woods Winnicott como el objeto (pequeño) a de Jacques Lacan.
A partir de la reflexión de Karl Abraham sobre los estadios de la libido, Melanie Klein introdujo en una misma conferencia los conceptos de posición depresiva y objeto (bueno y malo). Sigmund Freud sólo se había interesado por el objeto en el marco de su teoría de las pulsiones y los estadios (en el sentido evolutivo), y le reservaba al yo el hecho del clivaje. Con la intención de ampliar la clínica psicoanalítica al dominio de los trastornos mentales, Abraham revisó los conceptos freudianos para tratar de describir las relaciones arcaicas entre el niño y su ambiente, única manera de entender el origen precoz de los estados psicóticos. Hizo entonces estallar las nociones clásicas de objeto y estadio, reemplazando el objeto total por el objeto parcial. En sus Tres ensayos de teoría sexual Freud demostró la importancia de esa innovación teórica, puntualizando que existían, no objetos parciales, sino pulsiones parciales. Según él, las pulsiones toman por objeto ciertas partes del cuerpo o materias desprendidas del cuerpo: el seno, las heces, incluso el fetiche.
En 1934, a partir de la revisión de Abraham, Melanie Klein introdujo el clivaje en el objeto, escindiéndolo en bueno y malo. El objeto parcial (por ejemplo el pecho) es entonces clivado en un seno ideal, objeto del deseo del niño (objeto bueno), y un seno perseguidor, objeto del odio y del miedo, percibido como fragmentado.
Esta terminología permitió repensar totalmente el ámbito de la realidad psíquica, y mostrar hasta qué punto el universo fantasmático infantil, poblado de angustia, terror, odio e idealización, no sólo se vuelve a encontrar en la psicosis -en la cual el sujeto no logra ver a la madre como un objeto total, y continúa aprehendiéndola según el modelo del clivaje en objeto bueno y objeto malo-, sino también en el desarrollo normal, puesto que todo sujeto, en el sentido kleiniano, pasa por la posición depresiva para salir del estado persecutorio (paranoide), propio de la pérdida de la madre como objeto parcial.
Objeto «bueno», objeto «malo»
Al.: «gutes» Objekt, «böses» Objekt.
Fr.: «bon» objet, «mauvais» objet.
Ing.: «good» object, «bad» object.
It.: oggetto «buono», oggetto «cattivo».
Por.: objeto «bom», objeto «mau».
Términos introducidos por Melanie Klein para designar los primeros objetos pulsionales, parciales o totales, tal como aparecen en la vida de fantasía del niño. Las cualidades de «bueno» y de «malo» se les atribuyen, no solamente por su carácter gratificador o frustrante, sino sobre todo porque sobre ellos se proyectan las pulsiones libidinales o destructores del sujeto. Según M. Klein, el objeto parcial (pecho, pene) se halla escindido en un objeto «bueno» y un objeto «malo», constituyendo esta escisión el primer modo de defensa contra la angustia. El objeto total será Igualmente escindido (madre «buena» y madre «mala», etc.).
Los objetos «buenos» y «malos» se hallan sometidos a los procesos de Introyección y de proyección.
La dialéctica de los objetos «buenos» y «malos» ocupa un lugar central en la teoría psicoanalítica de M. Klein, deducida del análisis de las fantasías más arcaicas.
No pretendemos exponer aquí toda esta complicada dialéctica; nos limitaremos a señalar algunas características principales de los conceptos objeto «bueno» y «malo,» y a aclarar ciertas ambigüedades.
1) Las comillas que a menudo se encuentran en los trabajos de M. Klein tienen por objeto subrayar el carácter fantaseado de las cualidades del objeto «bueno» y objeto «malo».
Se trata, en efecto, de «imagos» o «[...] imágenes, deformadas por la fantasía, de los objetos reales en los cuales se basan». Esta deformación resulta de dos factores: por una parte, la gratificación por el pecho hace de éste un pecho «bueno», y a la inversa, la imagen de un pecho «malo» se forma correlativamente a la retirada o al rechazo del pecho. Por otra parte, el niño proyecta su amor sobre el pecho gratificador y, especialmente, su agresividad sobre el pecho malo. Aunque estos dos factores constituyen un círculo vicioso («el pecho me odia y me priva porque yo lo odio, y recíprocamente »), M. Klein insiste sobre todo en el factor proyectivo.
2) En el origen de la dialéctica entre objetos buenos y malos se hallaría la dualidad de las pulsiones de vida y de muerte, tal como Melanie Klein la ve actuar en su carácter irreductible desde el origen de la existencia del individuo. Según M. Klein, es precisamente al principio de la vida cuando el sadismo se halla en su «cenit», y el equilibrio entre libido y destructividad estaría entonces más bien desviado a favor de esta última.
3) En la medida que, desde el origen, se hallan presentes los dos tipos de pulsiones y se dirigen sobre un mismo objeto real (el pecho), puede hablarse de ambivalencia. Pero la ambivalencia, que es ansiógena para el niño, es contrarrestada desde un principio por el mecanismo de escisión del objeto y de los afectos relativos al mismo.
4) El carácter fantaseado de estos objetos no debe hacer perder de vista el hecho de que son tratados como si ofrecieran una consistencia real (en el sentido en que habla Freud de realidad psíquica). M. Klein los describe como contenidos en el «interior» de la madre; define su introyección y su proyección como operaciones que actúan, no sobre las cualidades buenas o malas, sino sobre los objetos, que implican de modo inseparable esas cualidades. Es más, el objeto, bueno o malo, se halla dotado, en la fantasía, de poderes similares a los de una persona («pecho malo perseguidor», «pecho bueno protector», ataque del cuerpo materno por los objetos malos, lucha entre los objetos buenos y malos dentro del cuerpo, etc.).
El pecho es el primer objeto así escindido. Todos los objetos parciales experimentan una escisión análoga (pene, heces, niño, etc.). Del mismo modo los objetos totales, cuando el niño es capaz de aprehenderlos. «El pecho bueno (externo e interno) se convierte en el prototipo de todos los objetos protectores y gratificadores, y el pecho malo en el de todos los objetos perseguidores externos e internos».
Observemos finalmente que la concepción kleiniana de la escisión del objeto en «bueno» y «malo» debe relacionarse con algunas indicaciones dadas por Freud, especialmente en Las pulsiones y sus destinos (1915) y La negación (1925). (Véase: Yo-placer, yo-realidad.)
Objeto inaugural conyugal
Definición
Un primer matrimonio es una experiencia inaugural. Esa experiencia inaugural modifica la representación del propio yo y del objeto pareja de cada uno de los integrantes. Este objeto inaugural pasará a formar parte del zócalo inconsciente del segundo matrimonio,
El objeto inaugural conyugal es una nueva representación que da acceso a una complejización intrasubjetiva y social,
El haber advenido a la conyugalidad coloca al sujeto en posición de haber accedido a la exogamia, y permanece como marca en el bagaje identificatorio de cada uno.
La experiencia de haber inaugurado en un primer matrimonio el lugar esposo/a queda como una marca fundante de ese lugar inscripta en su subjetividad.
El objeto inaugural conyugal posibilita la construcción de la función esposo/a. Este proceso se configura a lo largo de la vida conyugal. Una vez inaugurada esta función, el divorcio o la viudez no la clausuran, y permanece como una función virtual.
Al haberse acuñado la función esposo/a, se modifica cualitativamente la identidad de cada uno de los cónyuges. En caso de haber hijos, producto de la primera unión, se continúa la cadena generacional. Es por ello que pensamos que el objeto inaugural conyugal contiene doble marca si coincide con aquel con que se inauguró la función parental. Al objeto inaugural conyugal se le puede sumar la parentalidad inaugural. (Ver Desarrollo)
El objeto inaugural conyugal se constituye al advenir a un vínculo matrimonial. Posibilita la construcción de la función esposo/a. Dicha función se conforma en el vínculo matrimonial a lo largo del tiempo.
El objeto inaugural conyugal deja una marca en la subjetividad con independencia de las vicisitudes de ese vínculo conyugal singular. La impronta del objeto inaugural conyugal pasará a formar parte del zócalo inconsciente de los segundos matrimonios.
Origen e historia del término
El concepto de objeto inaugural conyugal deriva de aquel "objeto pareja" acuñado por J. Puget en 1982.
El objeto inaugural conyugal es una representación que deriva de una articulación entre el objeto pareja de cada cónyuge sumada a la inauguración de la experiencia inédita de la conyugalidad. Esta fundación deja una marca simbólica y una serie de consecuencias en los tres espacios psíquicos que pasaremos a desarrollar.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
El objeto inaugural conyugal obtiene su marca también desde el espacio social. Entendemos que se espera de la pareja matrimonial el dar hijos, "nuevas voces" (P. Aulagnier), eslabones necesarios para la continuidad de la cadena generacional y para cumplir con el "contrato narcisista". En el contrato matrimonial hay también un contrato implícito de formar una familia. (Por ejemplo algunas religiones autorizan a repudiar al cónyuge estéril y disolver el matrimonio. La libreta de casamiento posee un lugar asignado para anotar a los hijos). A su vez la inauguración de la conyugalidad incluye para la pareja la prescripción social de la sexualidad.
El objeto inaugural conyugal tiene ese anclaje en el espacio social, al otorgar a los cónyuges un lugar social y jurídicamente diferenciado que implica un entramado de obligaciones y derechos para con el cónyuge y la comunidad.
El primer acuerdo inconsciente de la pareja conyugal, que se establece con un otro privilegiado fuera del círculo endogámico, trae todo el peso, poco complejizado todavía de los componentes originarios de las respectivas familias de origen. Esta es una de las causas por las que la marca dejada por ese primer vínculo matrimonial permanece a lo largo del tiempo. Las parejas matrimoniales subsiguientes a ese primer vínculo, con sus respectivos acuerdos y pactos, ya traen complejizaciones, desplazamientos, transformaciones y condensaciones ocurridas durante el primer matrimonio.
Este vínculo inaugural conyugal es comparado de ahí en más con los subsiguientes vínculos conyugales. Esta comparación permite resignificar la alianza anterior y posibilita la tarea elaborativa en el transcurso de la consolidación de la segunda alianza.
A la luz de estas reflexiones, una de las características de los segundos matrimonios es el interjuego de tres representaciones de la conyugalidad para cada uno de los miembros de la pareja conyugal:
- el objeto pareja originario, proveniente de la representación de la pareja de los padres;
- el objeto actual del vínculo conyugal, representación del vínculo con el cónyuge actual;
- y el que nosotras denominamos: objeto inaugural de la conyugalidad, representación del acceso a la conyugalidad, proveniente del primer matrimonio.
Es por ello que planteamos que un segundo matrimonio implica acarrear un objeto inaugural que puede tener múltiples elaboraciones. En el segundo matrimonio hay una desarticulación entre el objeto actual conyugal y el objeto inaugural conyugal. Es así que, si la separación exige un trabajo de duelo, el segundo matrimonio exige otro trabajo mental: ser portador de ese objeto inaugural que proviene del primer vínculo matrimonial. La existencia de estos tres objetos: el objeto pareja originario, el actual y el inaugural, promueve la necesidad de rectificar o ratificar los mitos de origen y de separación del primer matrimonio. Se facilita así la reformulación de los mitos y las fantasías sobre el origen y el devenir del segundo matrimonio. Lo que aparece en el mito de "por qué se separaron" y de "por qué se unieron" en el primer matrimonio, es un resto que pasa a ser constitutivo del zócalo inconsciente del segundo matrimonio.
De este modo, el mito de lo realizado y lo no realizado en el primer matrimonio varía en un segundo matrimonio, de acuerdo con las vicisitudes de la relación con el cónyuge actual.
Problemáticas conexas
Vamos a puntualizar las conexiones del objeto inaugural conyugal en relación al divorcio, los hijos y lo que nosotros llamamos "segundos matrimonios", o sea los subsiguientes a aquel con el que se inauguró la conyugalidad.
El hecho de que haya un objeto inaugural conyugal en uno o en ambos miembros del matrimonio actual, hace que el acuerdo inconsciente de la nueva pareja incluya también un acuerdo inconsciente sobre qué lugar va a ocupar el anterior matrimonio. La nueva pareja hará también un pacto inconsciente sobre qué va a dejar de lado (reprimiendo, renegando, escindiendo) del anterior matrimonio. El lugar que va a ocupar el primer matrimonio en el segundo, dependerá de qué tipo de comunidad de negación o de alianza denegadora hayan sido utilizados en la elaboración de la separación del primer matrimonio. Cuanto más regresivos sean los mecanismos denegadores de ese pacto, mayor patología acarrearán en el vínculo, en el cuerpo, en los hijos, en el vínculo entre los hijos, en los vínculos ampliados del segundo matrimonio y en las generaciones siguientes. (Kaës, R. 1995)
Muchas veces un segundo matrimonio hace síntoma cuando amenaza con emerger aquello que se intentó denegar del anterior enlace. Es como una señal de alarma que puede aparecer en la relación con el objeto conyugal a modo de inminencia de ruptura (es motivo de consulta frecuente en los segundos matrimonios).
Ese vínculo inaugural conyugal puede ser depositario de hostilidades dirigidas al objeto originario, dejando al segundo matrimonio menos cargado de componentes endogámicos. En efecto, si hay permanencia del vínculo con el ex cónyuge a lo largo del tiempo, éste puede sufrir la vicisitud de volverse endogámico, con lo que pasaría a ser un subrogado del objeto originario, y el vínculo con el ex cónyuge podría transformarse en una relación fraterna sin vigencia o en una relación hostil con toda la violencia del incesto. Es por ello que este vínculo inaugural conyugal puede ser depositario del núcleo endogámico de un segundo matrimonio.
En el caso de haber tenido hijos en un segundo matrimonio y no en el primero, ese segundo cónyuge con quien se inauguró la parentalidad adquiere un matiz peculiar. En efecto, la inauguración de la parentalidad, sumada a la presencia cotidiana de un segundo ex cónyuge a través de¡ hijo, coadyuva a que en un tercer matrimonio el segundo ex cónyuge con el que se inauguró la parentalidad quede cargado como objeto inaugural. Esto se debe no sólo a que se subsume en él la conyugalidad inaugural anterior, sino a la inauguración de la parentalidad, que parece opacar la fuerza del objeto inaugural conyugal por el peso del cumplimiento de los ideales narcisistas de trascendencia en la descendencia.
Este vínculo inaugural conyugal presente/ausente, vivo/muerto, familiar/ajeno, puede revestir la característica de siniestro al irrumpir en la cotidianeidad del segundo matrimonio (presente/ausente, por el ejemplo, en las identificaciones de los hijos con el ex cónyuge progenitor, en los relatos o reflexiones de los hijos sobre el ex cónyuge, en las llamadas del ex cónyuge a los hijos, etc.).
Objeto parcial
Al.: Partialobjekt.
Fr.: objet partiel.
Ing.: part-object.
It.: oggetto parziale.
Por.: objeto parcial.
Tipo de objetos a los que apuntan las pulsiones parciales, sin que esto Implique que se tome como objeto de amor a una persona en su conjunto. Se trata principalmente de partes del cuerpo, reales o fantasmáticas (pecho, heces, pene) y de sus equivalentes simbólicos. Incluso una persona puede Identificarse o ser Identificada con un objeto parcial.
Los psicoanalistas kleinianos han introducido este término atribuyéndole un papel primordial en la teoría psicoanalítica de la relación de objeto.
Pero la idea de que el objeto de la pulsión no es necesariamente la persona total ya se encuentra, de modo explícito, presente en Freud. Sin duda, cuando Freud habla de elección de objeto, de amor de objeto, se refiere por lo general a una persona total, pero cuando estudia el objeto al que apuntan las pulsiones parciales, se trata ciertamente de un objeto parcial (pecho, alimento, heces, etc.). Es más, Freud puso en evidencia las equivalencias y las relaciones que se establecen entre diversos objetos parciales (niño = pene = heces == dinero = regalo), especialmente en el artículo Sobre las transposiciones de las pulsiones y especialmente del erotismo anal (Über Triebumsetzungen, insbesondere der Analerotik, 1917). Asimismo indica cómo la mujer pasa del deseo del pene al deseo del hombre, con la posibilidad de una «regresión pasajera del hombre al pene, como objeto de su deseo». Finalmente, en el terreno de la sintomatología, el fetichismo atestigua la posible fijación de la pulsión sexual a un objeto parcial: ya es sabido que Freud define el fetiche como un substitutivo del pene de la madre.
En cuanto a la idea, ya clásica, de la identificación de una persona total con un objeto parcial, especialmente con el falo, la encontramos episódicamente indicada por Freud (véase: Falo).
Con Karl Abraham pasa a primer plano, en la evolución de las relaciones de objeto, la oposición parcial-total. Dentro de la perspectiva, fundamentalmente genética, de este autor, existe una correspondencia entre la evolución del objeto y la de los fines libidinales que caracterizan las diferentes fases psicosexuales. El amor parcial de objeto constituye una de las etapas del «desarrollo del amor de objeto».
Los trabajos de Melanie Klein se sitúan en el camino abierto por Abraham. La noción de objeto parcial se halla en el centro de la reconstrucción que ella efectúa del mundo fantaseado del niño. Sin pretender resumir aquí esta teoría, indicaremos simplemente los pares antitéticos entre los cuales se establece la dialéctica de las fantasías: objeto bueno -objeto malo; introyección-proyección; parcial-total (véanse estos términos, así como: Posición paranoide y Posición depresiva).
De todos modos, se observará que, para Abraham, la evolución de la relación de objeto no debe interpretarse únicamente en el sentido de un progreso de lo parcial a lo total; dicho autor la concibe de un modo mucho más complejo. Así, por ejemplo, la misma fase de amor parcial va precedida por un tipo de relaciones que implican una incorporación total del objeto.
El objeto parcial (aunque este término parece no figurar en los escritos de Abraham) es sobre todo lo que se somete al proceso de incorporación.
Con Melanie Klein, en la expresión «objeto parcial», el término objeto adquiere todo el valor que le ha otorgado el psicoanálisis: aunque parcial, el objeto (pecho u otra parte del cuerpo) posee en la fantasía caracteres similares a los de una persona (por ejemplo, persecutorio, asegurador, benévolo, etc.).
Señalemos, por último, que, para los kleinianos, la relación con los objetos parciales no califica únicamente una fase de la evolución psicosexual (posición paranoide), sino que sigue desempeñando un importante papel cuando ya se ha establecido la relación con los objetos totales. Jacques Lacan insiste igualmente sobre este punto. Pero, en este autor, el aspecto propiamente genético del objeto parcial pasa a segundo plano. Lacan ha intentado dar al objeto un lugar privilegiado en una tópica del deseo
Objeto (pequeño) a
Alemán: Objekt (klein) a.
Francés: Objet (petit) a.
Inglés: Object (little) a.
Expresión introducida por Jacques Lacan en 1960 para designar el objeto deseado por el sujeto y que se sustrae a él, al punto de ser no representable, o de convertirse en "un resto" no simbolizable. En tal carácter, sólo aparece como una “falta en ser", o en forma estallada, a través de cuatro objetos parciales separados del cuerpo: el pecho, objeto de la succión; las heces, objeto de la excreción, la voz y la mirada, objetos del deseo en sí.
La concepción lacaniana del objeto (pequeño) a, como "causa del deseo que se sustrae al sujeto", proviene directamente de la reflexión de 1936 sobre el estadio del espejo, y de una concepción de la relación de objeto elaborada en 1956-1957, tomando en cuenta la trilogía privación/frustración /castración. Elemento principal de una terminología específica relativa a la alteridad, el objeto (pequeño) a es por lo tanto una va~ riante del otro en el interior de la pareja formada por el gran Otro y el pequeño otro:
Hay que distinguir dos otros, al menos dos: un Otro con A mayúscula y un otro con a minúscula (petit a), que es el yo. En la función de la palabra se trata del Otro."
Por otra parte el concepto de objeto (pequeño) a es inseparable de las nociones de objeto bueno y malo, y de objeto transicional, tal como se las encuentra en Melanie Klein y Donald Woods Winnicott. La creación lacaniana de una nueva categoría de objeto entra por lo tanto en el marco de las discusiones sobre la relación de objeto, llevadas a cabo por la escuela inglesa de psicoanálisis durante la segunda mitad del siglo XX.
A partir de la idea de pulsión parcial, que en los Tres ensayos de teoría sexual lleva a Freud a discernir las heces y el pecho como objetos específicamente investidos, Lacan, en su conferencia de 1960 sobre la dialéctica del deseo, se refiere al objeto parcial de Karl Abraham, y a los objetos bueno y malo de Melanie Klein, para introducir otros dos objetos del deseo, la mirada y la voz: "Observernos que este rasgo del corte no es menos evidentemente prevalente en el objeto que describe la teoría analítica: pezón, excremento, falo (objeto imaginario), chorro urinario. (Lista impensable si a ella no se añade con nosotros el fonema, la mirada, la voz -la nada.)"
Unos meses más tarde, en la sesión del 1 de febrero de 1961 de su seminario sobre la transferencia, dedicada en parte a un comentario del Banquete de Platón, introdujo por primera vez su objeto (pequeño) a. Es sabido que ese gran diálogo sobre el amor gira en torno a la cuestión del Agalma, definido por Platón como el paradigma de un objeto que representa la idea del Bien. Lacan define entonces ese Agalma como el objeto bueno kleiniano, que de inmediato reconvierte en objeto (pequeño) a: objeto del deseo que se sustrae y que, de pronto, remite a la causa misma del deseo. En otras palabras, la verdad del deseo sigue oculta a la conciencia, porque su objeto es una "falta en ser". En marzo de 1965 Lacan resumiría esta proposición en un aforismo resplandeciente: "El amor es dar lo que uno no tiene a alguien que no lo quiere".
Sin ninguna duda, estaba pensando en un artículo de 1912, titulado "Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa", en el cual Freud describió el funcionamiento del objeto del deseo en ciertas personas cuya vida amorosa se divide en un “amor celestial" y un "amor terrestre": "Allí donde aman no desean, y donde desean no pueden amar. Buscan objetos que no tengan necesidad de amar, para mantener su sensualidad a distancia de sus objetos de amor."
A partir de 1967 con la introducción del pase, y a medida que crecía la importancia del concepto de lo real en la trilogía de lo simbólico, lo real y lo imaginario, Lacan transformó a ese pequeño a (esa "nada" que siempre falta donde se la espera) en un resto (un real heterogéneo), imposible de simbolizar. El objeto del deseo se identifica entonces con el goce puro, con lo que se separa de lo simbólico y lo significante para "caer", con riesgo de que vuelva en lo real en forma alucinatoria (forclusión). De allí la idea de que la terminación de un análisis ubica al analista didacta en la posición del objeto (pequeño) a: desaparece, cae, para dejar que el sujeto advenga a su verdad.
Objteto (relación de)
Alemán: Objektbeziehung. F
rancés: Relation d'objet.
Inglés: Object-relation.
Expresión empleada por los sucesores de Sigmund Freud para designar las modalidades fantasmáticas de la relación del sujeto con el mundo exterior, tal como se presentan en las elecciones de objetos que ese sujeto realiza.
Para comprender la extensión que ha adquirido en psicoanálisis esta problemática durante la segunda mitad del siglo XX, es preciso partir de la concepción freudiana de la pulsión y su objeto, mediante el cual la pulsión trata de alcanzar su fin, "a saber: un cierto tipo de satisfacción -subrayan Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis-. Puede tratarse de una persona o de un objeto parcial, de un objeto real o de un objeto fantasmático.”
En Freud no se encuentra ninguna conceptualización de la relación como tal, y la cuestión de la relación del sujeto con el objeto es pensada bajo la categoría de los estadios en el sentido evolutivo y biológico del término. En 1924 Karl Abraham revisó esta teoría, dividiendo los diferentes estadios hasta atribuirles una posición (estructural) más bien que un itinerario biológico, e introduciendo la idea de que las actividades del sujeto son modeladas por los propios objetos o, más precisamente, por el modo en que el sujeto se construye en la relación con los objetos parciales.
Quedó de tal modo abierto el camino a una inversión radical de la perspectiva freudiana. En lugar de pensar la evolución del sujeto según los reordenamientos sucesivos de la relación pulsional y sexual con el objeto, en adelante se tratará de demostrar cómo se organiza estructuralmente la actividad fantasmática precoz según los tipos de relación objetal. En 1934, a continuación de Abraham, Melanie Klein reemplazó la noción de estadio por la de posición, elaborando al mismo tiempo el concepto de objeto (bueno y malo) El acento se puso entonces en el clivaje del objeto, y no ya en el clivaje del yo.
Dos años después, en 1936, Jacques Lacan siguió la misma vía, al teorizar la noción de Wallon de estadio del espejo. En ambos casos, para el movimiento psicoanalítico se trataba de explorar los fundamentos de la personalidad humana: el sí-mismo (self) como imagen o relación con el prójimo (el otro), el objeto en tanto que es incorporado, introyectado, proyectado, persecutorio o, por el contrario, gratificante. En el plano terapéutico, se trataba de introducir la técnica psicoanalítica en el ámbito de la educación de los niños y de luchar contra el nihilismo terapéutico de la psiquiatría en el terreno del tratamiento de la locura y el autismo.
De tal modo, el kleinismo y el lacanismo tienen en común una fuerte voluntad de aprehender la vida fantasmática inconsciente del hombre, más allá de la evolución biológica. De allí el reemplazo de la noción de estadio por la de relación objetal, y el acento puesto en el rol primero de la madre, mientras que Freud siempre había privilegiado al padre.
Después de la Segunda Guerra Mundial, y a continuación de las Grandes Controversias que dividieron en tres corrientes a la British Psychoanalytical Society (BPS), la clínica de las relaciones de objeto adquirió tal amplitud que desbordó a la vez el kleinismo y el annafreudismo: se habló entonces de una Object-Relations School (escuela de las relaciones objetales), ilustrada por los trabajos de Michael Balint, Wilfred Ruprecht Bion, Ronald Fairbairn, Donald Woods Winnicott y, más en general, por el grupo de los Independientes. El aporte kleiniano no dejó de estar presente, pero el análisis de las relaciones de objeto no apuntaba ya exclusivamente a la realidad psíquica o fantasmática; se extendió al estudio de todas las formas de ambiente (familiar, social, etcétera). En adelante se trataría de comprender las modalidades de la inserción del yo en la cultura (Ego Psychology, neofreudismo), la fenomenología de las transiciones entre el no-yo y el yo (objeto transicional), y los trastornos narcisistas ligados a la radicalización del individualismo en un mundo occidental dominado por la razón económica (Self Psychology). La relación de objeto se convirtió en la principal consigna de la edad de oro del psicoanálisis de lengua inglesa.
De hecho, la extensión del término acompañó a la expansión del propio psicoanálisis. Al convertirse en una práctica de masas, el freudismo de la segunda mitad del siglo no sólo tuvo que enfrentar las escisiones, sino que también se vio forzado a repensar su doctrina a través de una reflexión sobre el modo en que el hombre construye su personalidad en sus relaciones con el ambiente.
En Francia, Lacan atacó ese lugar creciente del fenómeno "relacional" en su seminario de 1956-1957, en el momento mismo en que se celebraba el centenario del nacimiento de Freud. Con la intención de reencontrar el objeto en sí (en el sentido freudiano), pero también de tratar con indulgencia a los autores ingleses que admiraba y en quienes se inspiraba, Lacan criticó violentamente a los clínicos de la escuela francesa, en particular a Maurice Bouvet, miembro de la Société psychanalytique de Paris (SPP), y autor de un artículo sobre la relación de objeto inspirado en los trabajos anglosajones.
Expuso entonces su propia concepción de la relación de objeto, a mitad de camino entre el freudismo clásico, el kleinismo y las tesis de Winnicott. Al plantear la cuestión del objeto en términos de falta y de pérdida, instauró una especie de geometría variable de la objetalidad, en la cual intervienen tres modalidades relacionales: la privación, la frustración y la castración, jerarquizadas según los tres registros de lo real, lo imaginario y lo simbólico. La privación es definida como la falta real de un objeto simbólico, la frustración como la falta imaginaria de un objeto real (una reivindicación sin término), y la castración como la falta simbólica de un objeto imaginario (resolución del enigma de la diferencia de los sexos: el pene le falta a la mujer sin que esto la inferiorice). Tres años más tarde, como su predecesores, Lacan introdujo una concepción propia del objeto: el objeto (pequeño) a.
Objeto transicional
At.: Übergangsobiekt.
Fr.: objet transitionnel.
Ing.: transitional object.
It.: oggetto transizionale.
Por.: objeto transicional.
Término introducido por D. W. Winnicott para designar un objeto material que posee un valor electivo para el lactante y el niño pequeño, especialmente en el momento de dormirse (por ejemplo, un ángulo del cubrecama, una toalla que chupetea).
El recurrir a objetos de este tipo constituye, según el autor, un fenómeno normal que permite al niño efectuar la transición entre la primera relación oral con la madre y la «verdadera relación de objeto».
Lo esencial de las ideas de Winnicott acerca del objeto transicional se encuentra en un artículo titulado Objetos transicionales y fenómenos transicionales (Transitional Objeas and Transitional Phenomena, 1953).
1.° En el plano de la descripción clínica, el autor pone de manifiesto un comportamiento frecuentemente observado en el niño y lo denomina relación con el objeto transicional.
Es frecuente ver al niño, entre los cuatro y doce meses, aficionarse a un objeto particular, como un pedazo de lana, el ángulo de un cubrecama o de un edredón, etc., que chupa, aprieta contra sí mismo y se muestra indispensable sobre todo en el momento de dormirse. Este «objeto transicional» conserva su valor durante mucho tiempo, antes de perderlo progresivamente; también puede reaparecer más tarde, sobre todo cuando se aproxima una fase de depresión.
Winnicott clasifica dentro de este grupo ciertos gestos y diversas actividades bucales (por ejemplo, gorjeos) que denomina fenómenos transicionales.
2.° Desde el punto de vista genético, el objeto transicional se sitúa «entre el pulgar y el oso felpudo». En efecto, si bien constituye «una parte casi inseparable del niño», diferenciándose así del futuro juguete, es también la primera «posesión de algo que es no yo» (not-mepossession).
Desde el punto de vista libidinal, la actividad sigue siendo de tipo oral. Lo que varía es la posición del objeto. En la primera actividad oral (relación con el pecho) existe lo que Winnicott denomina una «creatividad primaria»: «Este pecho es constantemente recreado por el niño en virtud de su capacidad de amor o, por así decirlo, en virtud de su necesidad [...]. La madre sitúa el pecho real en el lugar mismo en que el niño está dispuesto a crearlo y en el momento adecuado». Más tarde funcionará la prueba de realidad. Entre estos dos tiempos se sitúa la relación con el objeto transicional, que se halla a mitad de camino entre lo subjetivo y lo objetivo: «Desde nuestro punto de vista, el objeto viene del exterior: pero el niño no lo concibe así. Tampoco viene del interior: no es una alucinación».
3.° El objeto transicional, si bien constituye un momento de paso hacia la percepción de un objeto netamente diferenciado del sujeto y hacia una «relación de objeto propiamente dicha», no ve, sin embargo, su función totalmente abolida al continuar el desarrollo del individuo. «El objeto transicional y el fenómeno transicional proporcionan, desde un principio, a todo ser humano algo que seguirá siendo siempre importante para él, a saber, un campo neutro de experiencia que no será puesto en duda». Pertenecen, según Winnicott, al terreno de la ilusión: «Este campo intermedio de experiencia, del cual no necesita justificar la pertenencia a la realidad interior ni a la realidad exterior (y compartida), constituye la parte más importante de la experiencia del niño. Se prolongará, a lo largo de toda la vida, en la experiencia intensa que corresponde a la esfera de las artes, de la religión, de la vida imaginativa, de la creación científica».
Objeto transicional
Alemán: Übergangsobjekt.
Francés: Objet transitionnel.
Inglés: Transitional object.
Expresión creada por Donald Woods Winnicott en 1951 para designar al objeto material (juguete, animal de felpa o trozo de tela) que tiene para el lactante y el infante un valor preferencial y le permite efectuar la transición necesaria entre la primera relación oral con la madre y una verdadera relación objetal.
Esta conceptualización notable de una realidad que todo progenitor puede observar en el niño pequeño, que durante varios años conserva consigo un objeto predilecto, negándose a menudo a abandonarlo, se inscribe en el marco de la elaboración por el kleinismo de la cuestión de la relación de objeto. Fue expuesta por primera vez en una conferencia en la British Psychoanalytic Society (BPS), el 30 de mayo de 1951.
Notable clínico de la infancia, Winnicott sitúa el objeto transicional en el área de la ilusión y el juego. Aunque el lactante lo "posea" como sustituto del seno, no reconoce que forme parte de la realidad exterior: es la "primera posesión «no-yo»". También está destinado a proteger al niño de la angustia de separación en el proceso de diferenciación entre el yo y el no-yo. Un objeto es transicional porque marca el pasaje del niño, desde un estado en el que se encuentra unido al cuerpo de la madre, a otro estado en el que puede reconocerla como diferente de él y separarse de ella: hay allí una transición desde la relación fusional (no-yo) hacia una simbolización de la realidad objetal (yo).
Esta concepción del objeto transicional surgió de una lectura fenomenológica de la cultura cristiana, como lo ha señalado Winnicott en su prefacio de 1971 a Juego y realidad, en el cual evoca la célebre controversia sobre la transustanciación. La transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesús es a juicio de Winnicott un fenómeno transícional.
Objeto único
Definción
En el año 1988 Janine Puget e Isidoro Berenstein propusieron llamar Objeto único "a una modalidad vincular primitiva narcisista, que rinde cuenta de un vínculo entre un yo inerme y desamparado y un otro dotado de la capacidad de contrarrestar dicho estado".
Se refieren a un funcionamiento primitivo en el que uno de los polos del vínculo despliega una serie de funciones que se constituyen en condición necesaria para el devenir humano del otro polo del mismo. De ahí, su carácter universal.
Estas funciones consisten en proveer la acción específica convirtiéndose en un objeto asistente; ser dador de significados; dotar de índices para diferenciar mundo interno de mundo externo (función de indicación); ser dador de una organización del transcurso del tiempo (dador de temporalidad); dotar de los signos que permitan establecer la relación, uno a uno, entre signo y significado (función semiótica); y prever el estado emocional del otro (función anticipatoria).
Este modelo de funcionamiento corresponde a un vínculo originario, caracterizado por la asimetría definida desde la indefensión psíquica y la prematurez biológica que caracterizan al infans en la díada con el otro primordial.
Origen e historia del término
La conceptualización de este funcionamiento vincular reconoce sus orígenes en numerosos desarrollos psicoanalíticos.
Freud, en el "Proyecto de una Psicología para Neurólogos ", habla del asistente, para aludir a aquél que realiza la acción específica, y cuando más adelante describe el sentimiento oceánico, enfatiza la vertiente placentera del funcionamiento fusiona]. También en sus trabajos sobre enamoramiento e hipnosis vemos resaltados ciertos atributos y funciones de esta modalidad vincular, y designa "Objeto único" al lugar que ocupa el hipnotizador, que más tarde heredará el analista en una de las vertientes de la transferencia. Lugar del supuesto al saber, recubrimiento imaginario, condición indispensable para instalar el punto de partida analítico.
P. Aulagnier en sus desarrollos del concepto de violencia primaria, intrínsecamente necesaria para la constitución del aparato psíquico, alude -sin formularlo así- a los atributos del Objeto único en sus funciones semánticas, semióticas y anticipatorias. Reconocemos también en esta autora algunas resonancias del concepto cuando se refiere a la sombra hablada y al proyecto identificatorio. Podríamos también reconocer en la relación pasional, prototipo de vínculo asimétrico, una modalidad disfuncional del Objeto único.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
Las parejas pueden estructurar su vínculo tomando como modelo el funcionamiento a predominio de Objeto único. En ese caso se dirá que ostentan un funcionamiento dual y asimétrico.
Cada caso en particular pondrá en juego diferentes atributos o funciones del Objeto único configurando así, diversas tipologías. Por ejemplo en el funcionamiento amparador-desamparado se privilegia la función de asistente.
Este modelo de funcionamiento vincular, en tanto asigna lugares diferentes para cada uno en la asimetría, puede estereotiparse o bien ser intercambiable, dependiendo de la plasticidad de la pareja, así como de las posibilidades individuales.
Este funcionamiento a predominio de Objeto único, resulta paradigmático del enamoramiento.
Se trata de una conceptualización valiosa ya que rescata una modalidad relacional narcisista originaria que se encuentra, a su vez, formando parte de lo constitutivo mismo del vínculo de pareja, así como también entre sus expresiones más patológicas.
Señalaremos, sin embargo, algunos de los obstáculos que ha traído esta denominación, tanto como su conceptualización.
En cuanto a lo primero, el llamar Objeto a una modalidad vincular, genera una confusión propia del deslizamiento conceptual que supone el uso de un término tributario del psicoanálisis individual (Objeto), al psicoanálisis de los vínculos.
Históricamente, la relación de objeto alude al mundo interno, espacio intrasubjetivo y unidireccional en el sentido de la puesta en juego del deseo: hay un sólo deseo actuando, y la ausencia del otro es lo que motoriza.
Por el contrario, el vínculo se caracteriza por la bidireccionalidad de la relación intersubjetiva, en la que se da la extraterritorialidad entre los polos y en la que la presencia del otro es lo que motoriza.
Reconocemos que son muchas más las precisiones que se imponen en relación a estos términos, pero ellas excederían, en mucho, el alcance de este trabajo.
La otra vertiente de la dificultad tendría que ver con la revisión y actualización misma de la Teoría de los Vínculos, que ha tenido lugar en estos diez años, ampliando su alcance.
Una de las cuestiones con la que una de sus autores (J. Puget) hoy ya no estaría de acuerdo en sostener, es todo lo referente al tema de la asimetría y el desvalimiento con que se caracterizó a uno de los polos del vínculo, en su funcionamiento originario. La asimetría sería pensable sólo desde el modelo biológico y, en cambio, según la autora, tanto el bebé como la mamá tendrían, desde lo psíquico, la misma fuerza para la creación y determinación del vínculo. Obsérvese que la autora lo plantea ya desde el modelo de relación con el otro primordial.
Sin embargo, también sería enriquecedor para la teoría vincular conservar las funciones que se atribuyen al Objeto único, y poder decir algo más sobre el poder de determinación del vínculo, por presencia, en su especificidad.
Problemáticas conexas
Los nuevos desarrollos de la teorización sobre vínculos incluyen una nueva formulación metapsicológica de un sistema de tres espacios psíquicos con inscripción simultánea, a saber: los espacios intra, inter y transubjetivos (ver Tres Espacios Psíquicos).
Desde este nuevo postulado, el vínculo, tal como ya lo definimos, está presente desde el comienzo de la vida, y su representación cae bajo la represión primaria dando lugar a un ilusorio estado fusiona].
Por lo tanto, en esta modalidad de funcionamiento a predominio de Objeto único quedaría desmentido el otro del vínculo en su condición de sujeto, así como también la separatividad.
Esta nueva teorización genera un cambio en la manera de entender la constitución misma de la subjetividad, descartando las formulaciones clásicas que parten de una unidad fusional originaria para ir desplegando luego, modalidades de relación cada vez más complejas hasta arribar a una creciente separatividad y al reconocimiento de la alteridad del otro.
Veremos ahora cómo se despliega en los tres espacios este funcionamiento narcisista del Objeto único, entendido desde la nueva perspectiva.
En el espacio intersubjetivo de la pareja una de las posibles expresiones sería la tendencia monogámica, lo que Puget y Berenstein explican como una elaboración genital de la relación de Objeto único.
En el espacio transubjetivo podría manifestarse en la concepción monoteísta de Dios; como también en la relación entre la masa y el líder. En este caso, el funcionamiento a predominio de Objeto único es dador de pertenencia y constituye un factor de cohesión del conjunto.
En el espacio intrasubjetivo este modelo relacional narcisista ha sido ampliamente desarrollado por las teorías que sustentan las relaciones objetales.
El predominio de este funcionamiento narcisista en las parejas da lugar a disfunciones vinculares tales como el reproche y el malentendido así como también es generador de patologías graves tales como los vínculos pasionales, los de alienación y todos los funcionamientos duales.
Para finalizar, podemos decir que esta noción de Objeto único también forma parte de la definición de otros conceptos básicos de la teoría vincular tales como el zócalo inconsciente de la pareja y la representación del Objeto-Pareja.
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