Paranoia
Al.: Paranoia.
Fr.: paranoia.
Ing.: paranoia.
It.: paranoia.
Por.: paranóia.
Psicosis crónica caracterizada por un delirio más o menos sistematizado, el predominio de la interpretación, la ausencia de debilitación Intelectual, y que generalmente no evoluciona hacia la deterioración.
Freud Incluye en la paranoia no sólo el delirio de persecución, sino también la erotomanía, el delirio celotípico y el delirio de grandezas.
El término «paranoia» es una palabra griega que significa locura, desorden del espíritu. Su empleo en psiquiatría es muy antiguo. La complicada historia de esta palabra se ha descrito a menudo en los tratados de psiquiatría, a los que nos permitimos remitir al lector. Es sabido que la paranoia, que en la psiquiatría alemana del siglo xix tendía a englobar el conjunto de los delirios, experimentó una mayor precisión y limitación de su extensión durante el siglo xx, principalmente por la influencia de Kraepelin. Sin embargo, todavía hoy persisten divergencias entre las distintas escuelas en cuanto a la extensión de este cuadro nosográfico.
No parece que el psicoanálisis haya ejercido una influencia directa en esta evolución; pero ejerció una influencia indirecta, en la medida en que contribuyó, por intermedio de Bleuler, a definir el campo limítrofe de la esquizofrenia.
Para el lector de Freud puede resultar útil ver cómo se inserta en esta evolución el empleo freudiano de la palabra paranoia. En sus cartas a Fliess y en sus primeros trabajos publicados, Freud parece mantenerse dentro de la acepción prekraepeliana y considerar la paranoia como una entidad muy extensa que agrupa la mayoría de los delirios crónicos. En sus escritos publicados a partir de 1911, adopta la gran distinción de Kraepelin entre paranoia y demencia precoz: «Considero plenamente justificado el paso dado por Kraepelin, que ha reunido en una nueva unidad clínica, con la catatonia y otras formas patológicas, una gran parte de lo que anteriormente se denominaba paranoia». Ya es sabido que Kraepelin reconocía, junto a las formas hebefrénica y catatónica de la demencia precoz, una forma paranoide en la que existe un delirio, aunque poco sistematizado, que se acompaña de inafectividad y que evoluciona hacia la demencia terminal. Freud, al adoptar esta terminología, se verá inducido a modificar, en uno de sus primeros escritos, un diagnóstico de «paranoia crónica» en dementia paranoides.
Freud, en concordancia con Kraepelin, mantuvo siempre como independiente del grupo de las demencias precoces, el conjunto de los delirios sistematizados, reuniéndolos bajo la denominación de paranoia: engloba en ella no sólo el delirio de persecución, sino también la erotomanía, el delirio celotípico y el delirio de grandezas. Su posición difiere claramente de la de su discípulo Bleuler, que incluye la paranoia en el grupo de las esquizofrenias, por encontrar en ella el mismo trastorno fundamental y primario: la «disociación» (véase: Esquizofrenia). Esta última tendencia prevalece sobre todo en la escuela psiquiátrica americana de inspiración psicoanalítica.
La posición de Freud presenta algunos matices. Si bien en varias ocasiones intentó diferenciar la paranoia de la esquizofrenia, en lo referente a los puntos de fijación y a los mecanismos que intervienen, también admite que « [...] los síntomas paranoicos y esquizofrénicos se pueden asociar en todas las proporciones», y ofrece una explicación genética de tales estructuras complejas. Si tomamos como referencia la distinción introducida por Kraepelin, la posición de Freud aparece como opuesta a la de Bleuler. Kraepelin distingue claramente la paranoia, por una parte, y la forma paranoide de la demencia precoz, por otra; Bleuler incluye la paranoia en la demencia precoz o grupo de las esquizofrenias; Freud, por su parte, incluiría en la paranoia algunas formas llamadas paranoides de la demencia precoz, especialmente por considerar que la « sistematización » del delirio no constituye un buen criterio para definir la paranoia. Como indica claramente el estudio del Caso Schreber (e incluso su título), la «demencia paranoide» del presidente Schreber para Freud es esencialmente una «paranoia».
No aspiramos a exponer aquí una teoría freudiana de la paranoia. Indicaremos solamente que la paranoia se define, en sus distintas modalidades delirantes, por su carácter de defensa contra la homosexualidad. Cuando predomina este mecanismo en un delirio llamado paranoide, esto constituye para Freud una razón suficiente para relacionarlo con la paranoia, incluso en ausencia de « sistematización ».
Aunque elaborada sobre bases bastante distintas, la posición de Melanie Klein entronca con esta tendencia de Freud a hallar un fundamento común para la esquizofrenia paranoide y la paranoia. Ello explica, en parte, la aparente ambigüedad del término «posición paranoide». La posición paranoide se centra en el fantasma de persecución por los «objetos malos» parciales, y M. Klein encuentra esta misma fantasía en los delirios, tanto paranoides como paranoicos.
Paranoia
s. f. (fr. paranoia; ingl. paranoia; al. Paranoia). Psicosis caracterizada por un delirio de persecución sistematizado e interpretativo al que se atribuyen especialmente los delirios de celos, de erotomanía y de grandeza. Desde el punto de vista freudiano, estas diversas formas de delirio son otras tantas maneras de negar la homosexualidad proyectándola al exterior [véase delirio]. El análisis de la paranoia es ejemplar para Lacan de la teoría de la psicosis, para la cual justamente ha introducido el concepto de forclusión del Nombre-del-Padre.
Esta «forclusión del Nombre-del-Padre» le quita todo sentido a lo que depende de la significación fálica, cuyo encuentro sumerge al sujeto en el desconcierto, librándolo al retorno en lo real, en forma de alucinaciones, de lo que falta en el nivel simbólico. El delirio va a suplir a la metáfora paterna desfalleciente, construyendo una «metáfora delirante», destinada a dar sentido y cohesión a aquello que carece de sentido y cohesión.
El uso del término paranoia, muy antiguo en psiquiatría, ha evolucionado desde una extensión muy amplia, tanto que en la psiquiatría alemana del siglo XIX llega a englobar al conjunto de los delirios, hasta un empleo más preciso, limitado, esencialmente bajo la influencia de E. Kraepelin (1899), a las psicosis en las que se instala un sistema delirante durable e inconmovible, que deja intactas las facultades intelectuales, la voluntad y la acción. Corresponde a los conceptos de monomanía y de delirio crónico sistematizado de los autores antiguos y se distingue por lo tanto de la esquizofrenia, o demencia precoz.
S. Freud, después de Kraepelin, adopta esta gran distinción y engloba en la paranoia, además del delirio de persecución, la erotomanía, el delirio de celos y el delirio de grandeza. Se opone así a Bleuler, que hace entrar la paranoia dentro del grupo de las esquizofrenias y encuentra en el origen de las dos enfermedades mentales el mismo trastorno fundamental, la disociación. Esta última concepción es la que prevalece actualmente en la escuela psiquiátrica norteamericana de inspiración psicoanalítica.
Freud, sin embargo, por otras razones, en particular porque la sistematización del delirio no bastaba a sus ojos para definir la paranoia, no vacila en vincular a este grupo ciertas formas, llamadas «paranoides», de la demencia precoz. Así, en el título mismo de su observación del caso Schreber, hace equivaler paranoia y demencia paranoide (dementia paranoides).
Pero el aporte esencial del psicoanálisis a propósito de la paranoia no concierne a estos problemas de clasificación nosográfica. Incluso tendería a dejarlos de lado para dedicarse más bien a poner en evidencia los mecanismos psíquicos en juego en esta psicosis y la parte innegable que le cabe a la psicogénesis en su etiología.
El caso Schreber, En 1911 Freud establece la observación de un caso de paranoia a partir de las Memorias de un neurópata (1903) del presidente Schreber, eminente jurista que había escrito y publicado él mismo la historia de su enfermedad. Esta había comenzado, después de su nominación para la presidencia de la Corte de Apelaciones, bajo la forma progresiva de un «delirio alucinatorio» multiforme, para culminar luego en un delirio paranoico sistematizado, a partir del cual, según uno de sus médicos, «su personalidad se había reconstruido» y había podido mostrarse «a la altura de las tareas de la vida, exceptuando ciertos trastornos aislados».
En este delirio, Schreber se creía llamado a salvar el mundo, por una incitación divina que se trasmitía a él por medio del lenguaje de los nervios y en una lengua particular, llamada lengua fundamental (al. Grundsprache). Para eso, debía trasformarse en mujer. La hipótesis de arranque de Freud fue que podía abordar estas manifestaciones psíquicas a la luz de los conocimientos que el psicoanálisis había adquirido de las psiconeurosis, porque ellas provenían de los mismos procesos generales de la vida psíquica.
Así, en las relaciones que en su delirio Schreber mantiene con Dios, Freud reencuentra, traspuesto, el terreno familiar del «complejo paterno». Reconoce, en efecto, en ese personaje divino, el «símbolo sublimado» del padre de Schreber, médico eminente, fundador de una escuela de gimnasia terapéutica, con quien él mantenía relaciones a la vez de veneración y de insubordinación. Del mismo modo, en la subdivisión entre un Dios superior y un Dios inferior, redescubre los personajes del padre y del hermano mayor.
Narcisismo y homosexualidad. Freud hace girar su interpretación esencialmente en torno de la relación erótica homosexual con estas dos personas. Considera, en efecto, esencial a la paranoia que Schreber haya debido construir un delirio de persecución para defenderse del fantasma del deseo homosexual, que expresaría, según él, la feminización exigida por su misión divina. Este fantasma, presente en la evolución normal del varón, sólo deviene causa de psicosis porque hay en la paranoia un punto de fragilidad situado «en alguna parte de los estadios del autoerotismo, del narcisismo y de la homosexualidad».
La referencia al narcisismo será precisada en 1914, cuando Freud distinga más nítidamente todavía la libido de objeto de la libido narcisista, de cuyo lado situará la psicosis en su conjunto. Tanto en los esquizofrénicos como en los paranoicos, Freud supone una desaparición de la libido de objeto en provecho del investimiento del yo, y el delirio tendría como función secundaria la de intentar retrotraer la libido al objeto.
Esta reflexión ya se encuentra en los trabajos de K. Abraham (1908), que opone, a propósito de la demencia precoz, los dos tipos de investimiento, del mismo modo como supone para la persecución un origen erótico, no siendo el perseguidor al principio sino el objeto sexual mismo.
El mecanismo proyectivo. Al retomar esta tesis, Freud le va a dar un desarrollo muy importante, puesto que va a fundar lo esencial de su teoría: el delirio de persecución, en efecto -lo mismo, por otra parte, que los delirios erotomaníacos y de celos-, sería siempre el resultado de una proyección, que produce, a partir del enunciado de base homosexual «Yo, un hombre, amo a un hombre», primero su negación: «Yo no lo amo, lo odio», y luego la inversión de las personas: «El me odia». Por medio de esta proyección, lo que debería ser sentido interiormente como amor es percibido como odio proveniente del exterior. El sujeto puede evitar así el peligro en el que lo colocaría la irrupción en su conciencia de sus deseos homosexuales. Peligro considerable a causa de la fijación de estos enfermos al estadio del narcisismo, lo que haría de la amenaza de castración una amenaza vital de destrucción del yo. El delirio por lo tanto aparece como un medio para el paranoico de asegurar la cohesión de su yo al mismo tiempo que reconstruye el universo.
Desarrollos de la teoría freudiana. De estos dos puntos esenciales en la teoría freudiana de la paranoia, regresión al narcisismo y evitación de los fantasmas homosexuales por medio de la proyección, el primero conoció su desarrollo más importante a partir de M. Klein, para quien toda psicosis era un estado de fijación o de regresión a un estadio primario infantil, en el que un yo precoz era capaz, desde el nacimiento, de experimentar angustia, emplear mecanismos de defensa y establecer relaciones de objeto, pero con un objeto primario, el seno, escindido entre un seno ideal y un seno persecutorio. Este yo todavía desorganizado y lábil desviaría la angustia, suscitada en él por el conflicto entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte, por una parte recurriendo a la proyección y, por la otra, a la agresividad. Se ve en consecuencia que, desde el principio, todo ser humano es psicótico y, en particular, paranoico. Esta posición primitiva es denominada, por otra parte, esquizoparanoide.
Por el contrario, en lo concerniente al segundo punto, es decir, al núcleo homosexual de la paranoia, Melanie Klein no lo retorna y plantea además problemas de fondo que ya los mismos contemporáneos de Freud habían señalado.
La forclusión del Nombre - del - Padre. Pero sin duda es en Lacan (Seminario sobre las psicosis, 1955-56) en quien esta cuestión ha sido retomada de la manera más apropiada para aclararla. Volviendo a la lectura freudiana del texto de Schreber, introduce un supuesto esencial para comprender lo que Freud llama el «complejo paterno» en el neurótico y lo que lo distingue de lo que se encuentra en el psicótico, clarificando de un solo golpe considerablemente lo que significa la pretendida «homosexualidad» del paranoico. Este supuesto es el de la función paterna simbólica, o metáfora paterna, designada también con el término Nombre-del-Padre, que conviene distinguir del padre real porque resulta del reconocimiento por la madre no sólo de la persona del padre, sino sobre todo de su palabra, de su autoridad, es decir, del lugar que ella le reserva a la función paterna simbólica en la promoción de la ley. En el paranoico, esta metáfora no opera. Hay en él -Lacan retorna aquí un término posterior en la obra de Freud- Verwerfung, que Lacan traduce por «forclusión», es decir que, en el lugar del Nombre-del-Padre, hay un agujero, que produce en el sujeto un agujero correspondiente en el sitio de la significación fálica, lo que provoca en él, cuando se encuentra confrontado con esta significación fálica, el desarreglo más completo. Es así como se desencadena la psicosis en Schreber, en el momento en que es llamado a ocupar una función simbólica de autoridad, situación frente a la cual sólo puede reaccionar con manifestaciones alucinatorias agudas, a las que poco a poco la construcción de su delirio vendrá a aportarles una solución, constituyendo, en el lugar de la metáfora paterna desfalleciente, una «metáfora delirante», destinada a dar un sentido a lo que para él carece totalmente de sentido.
En esta concepción se comprende mejor a qué corresponde lo que Freud designa como homosexualidad. Se trata, con más exactitud, de una posición transexual, es decir, de una feminización del sujeto, subordinada no al deseo de otro hombre, sino a la relación que su madre sostiene con la metáfora paterna y, por lo tanto, con el falo. En este caso, que es de forclusión del primer término, se atribuye al hijo ser ese falo materno, lo que lleva a la conclusión de que «a falta de poder ser el falo que le falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que le falta a los hombres» («De una cuestión preliminar ... », Escritos) o, todavía, la mujer de Dios.
La forclusión de la metáfora paterna impide en efecto asimilar a una posición femenina en la homosexualidad, o a aquella más general del Edipo invertido, este ser la mujer al que se encuentra constreñido Schreber, porque, contrariamente a esas otras dos situaciones, lo que le falta precisamente es la amenaza de castración. El padre de Schreber, situado fuertemente como una figura imponente y respetada, ilustra bien que un padre pueda ser así en la realidad, pero, al propio tiempo, por el hecho mismo de que se arroga una posición de legislador o de servidor de una obra, puede estar en relación con esos ideales en una postura de demérito o incluso de fraude, es decir, «de excluir al Nombre-del-Padre de su posición en el significante» (Escritos).
Otra consecuencia de esta reformulación teórica es que pone término, de manera quizás abrupta, a las discusiones sobre el distingo entre paranoia y esquizofrenia. La cuestión de la paranoia deviene la cuestión totalmente general de la estructura de la psicosis.
Paranoia
La mayor parte de los tratados y vocabularios de psiquiatría y psicoanálisis se consideran obligados a recordar que el término «paranoia» está tomado del griego clásico. Convendría además subrayar la distancia entre su acepción originaria y su transposición moderna. En la lengua de Esquilo, Eurípides, Aristófanes -pero también en la de Hipócrates-, «paranoia» no designa una enfermedad del alma, sino el arrebato de un delirio. En Los siete contra Tebas, el término evocará el abrazo fatal en el que se precipitan Edipo y Yocasta; en Eurípides, la terrorífica visión de la que cae víctima Orestes después del asesinato de su madre; en Aristófanes, el ensueño ideológico de un burgués ateniense; en Hipócrates, finalmente, la crisis epiléptica. Es cierto que este mismo vocablo, «paranoia», se encuentra también en la definición jurídica, atestiguada por Platón y Andócides, de procedimiento de interdicción al que está expuesto el padre pródigo por parte de sus herederos. Pero también en este caso es llamada a recubrir la descripción de comportamientos observables; le corresponderá a la psiquiatría alemana del siglo XIX realizar su transposición desde ese registro descriptivo a la clasificación nosográfica, en equivalencia con esa entidad que es el delirio sistematizado de la escuela francesa. Testimonio de una evolución ya esbozada, el léxico etimológico de Kraus aportará su definición en su 4 a edición, de 1844, bajo la doble entrada de «paranoia» o «parancea». Kahlbaum y Krafft-Ebing continúan su elaboración con esta denominación nueva. Finalmente, en vísperas de la llegada del psicoanálisis, la cuarta edición del Tratado de psiquiatría de Kraepelin fija en unas cincuenta páginas los elementos en adelante clásicos de una sintomatología destinada a dar asidero a todas las discusiones ulteriores. Punto de referencia sin duda precioso para marcar la originalidad en tal sentido de la investigación freudiana.
El delirio sistematizado
No obstante, mayor que ningún otro será en este sentido el aporte de la enseñanza de Griesinger; hasta nosotros ha llegado un ejemplar de su Tratado de psiquiatría cuidadosamente anotado por el propio Freud; se trata de una obra que, con reserva de la terminología, anticipa ya la intervención del psicoanálisis. Al tratar los caracteres generales de la locura y sus analogías con ciertas formas «normales» de experiencia, Griesinger, en efecto, describe sobre todo las afinidades con el sueño y la hipnosis. En lo que concierne al delirio, delimita su dominio con la denominación de Verrücktheit [demencia], distinguida de la Versinnung o confusión alucinatoria. Algunos años después, Kraepelin suscribirá esta denominación. Simplemente reemplazará el término Verrücktheit (el delirio sistematizado de los franceses) por el término paranoia, no sin asociarlo, en nota, con la designación de Griesinger, dejando en manos de Freud el desarrollo de fondo de las intuiciones más originales de Griesinger. No obstante, la interpretación psicoanalítica de la paranoia no se desarrollará sobre el terreno abarcado por esta nueva designación, sino por un efecto de arrastre a partir del estudio de la histeria y de la neurosis obsesiva.
«En psiquiatría -escribe Freud el 24 de enero de 1895-, las ideas delirantes se clasifican con las ideas obsesivas, siendo unas y otras perturbaciones puramente intelectuales; la paranoia se ubica junto al trastorno obsesivo en tanto que psicosis intelectual. Si las obsesiones son atribuibles a un trastorno afectivo, y si se ha demostrado que deben su potencia a algún conflicto, la misma explicación debe ser valedera para las ideas delirantes. Estas ideas se desprenden de una perturbación afectiva y su fuerza se debe a un proceso psicológico. Los psiquiatras tienen una opinión contraria, mientras que los profanos acostumbran atribuir la locura a choques psíquicos... El hecho es éste: la paranoia crónica, en su forma clásica, es un modo patológico de defensa, lo mismo que la histeria, la neurosis obsesiva y los estados de confusión alucinatoria.»
Más precisamente, entonces, según el principio de explicación admitido por Freud en su generalidad, «estas personas se vuelven paranoicas porque no pueden tolerar ciertas cosas». «Además -añade-, es preciso que su psiquismo esté particularmente predispuesto.» ¿En qué consiste esta predisposición?
Proyección y recusación de creencia
El análisis de un ejemplo remite a Freud a una escena de seducción (24 de enero de 1895), en la que el problema consistirá en caracterizar la represión en la especificidad del proceso paranoico. La defensa -escribe Freud-, era innegable, pero también habría podido terminar en un síntoma histérico o una obsesión. ¿Cuál era la especificidad de la defensa paranoica? Se introduce entonces el mecanismo de la proyección. Un mecanismo a fin de cuentas trivial, cuya importancia había sido señalada en particular por Schopenhauer; no obstante, también hay que reconocer que Freud renovó su concepción, interpretándolo como equivalente a una represión -diferente de la represión histérica- que se basa en primera instancia en el contenido que la motiva. Por lo tanto, hay que precisar la relación de esa defensa, asegurada por un «mal uso» del mecanismo de proyección, con el incidente primario.
El 1 de enero de 1896 Freud encara sucesivamente el incidente primario (sin duda análogo al que engendra la neurosis obsesiva), el recuerdo de ese incidente, el displacer que provoca (de manera aún indeterminada), la represión consecutiva y la proyección. Pero a esta última está asociado además un proceso totalmente característico, que es el de recusar la creencia (versagen des Glaubens). Entendemos por esto la desconexión respecto del yo, o desapropiación, de un contenido incompatible con la identidad que el sujeto se reconoce. Más precisamente, la conciencia se niega a dar crédito al autorreproche, y a tal fin emplea el procedimiento de la proyección. Se hace responsable al prójimo del displacer. El síntoma primario así constituido es la desconfianza, la susceptibilidad exagerada con respecto a los otros. Las voces representan los autorreproches a la manera de un síntoma de compromiso. En términos más amplios, «los caracteres generales de esta neurosis -la importancia atribuida a la voz en tanto que imagen de las relaciones con el prójimo y a los gestos que nos revelan la mentalidad de los otros, la importancia asimismo del tono de sus dichos y de las alusiones-, todo ello emana del hecho de que la conciencia no puede admitir ninguna relación directa entre el contenido de las observaciones y el recuerdo reprimido». Con la puesta en evidencia del «rehusamiento de creencia» concomitante con la proyección, en el curso de ese año de 1896 se realiza una redistribución de conjunto de los datos del problema. En primer lugar, al prestarse atención a la emergencia del síntoma originario, su localización cronológica aparece como característica distintiva en relación con la neurosis obsesiva y la histeria.
El marco edípico
«En la paranoia -escribe Freud en mayo de 1896-, las escenas (originarias) tienen lugar después de la segunda dentición, y son evocadas en la madurez. La defensa se manifiesta entonces como incredulidad; la paranoia es la neurosis que menos depende de los determinantes infantiles. Representa la neurosis de defensa por excelencia, independiente de la moral y la aversión sexual que proveen a la neurosis obsesiva y a la histeria sus motivos de defensa.»
En la estructura de la paranoia encontrará su justificación un vuelco metodológico esencial. Hemos aprendido que el proceso se despliega en un orden: incidente, recuerdo, displacer, recusación de creencia (desconexión), represión (1 de enero de 1896). Como consecuencia se considera que el prójimo me imputa el rasgo o el deseo que yo condeno.
Ahora bien, al año siguiente se produjo la crisis de la que emergió la primacía de la organización edípica, y sin duda la paranoia contribuyó al descubrimiento de esta organización en un grado no menor que la influencia que el descubrimiento del Edipo tuvo sobre el análisis de la paranoia. En síntesis, la paranoia puso de manifiesto un tipo de defensa que implica, en la recusación de la creencia, la relación del sujeto con el otro. La organización edípica confirma esta investigación, en cuanto asigna a tal experiencia sus dimensiones normativas. Por ello, la interpretación de la paranoia abre el camino a la reconstrucción de las fases de la cultura. «En la paranoia -escribe Freud el 24 de enero de 1897- se combina la megalomanía con la creación de mitos genealógicos sobre el linaje del niño, tendientes al extrañamiento de la familia. La novela de enajenación, añade Freud el 25 de mayo de 1897 -según la cual el sujeto se cree extraño en su familia (p. ej. en la paranoia) está presente en todas partes y sirve para hacer ¡legítima a esa familia.»
El testimonio autobiográfico publicado en 1903 por el presidente Schreber -Memorias de un neurópata- dará cuerpo a estas primeras sugerencias, en un comentario cuyo título e introducción no dejan de sorprender por su modestia, Modestia del título, que se limita a simples «Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (dementia paranoides) descrito autobiográficamente». Modestia de la presentación del caso, por la exclusión de toda dependencia con respecto a la investigación teórica ante la práctica psiquiátrica efectiva; la investigación se reduce a la interpretación de un texto.
En el intervalo de 1897 a 1903 se producirá no obstante una revisión esencial, en forma de extensión a la paranoia de la crítica ya realizada de la etiología traumática de la histeria. El 21 de setiembre de 1897, Freud declara en efecto haber renunciado a su «neurótica» es decir, a la hipótesis de que la histeria se origina en un incidente sexual, hipótesis conservada aún en la carta 52 del 6 de diciembre de 1896: «estoy cada vez más convencido -escribía Freud entonces- de que la histeria deriva de la perversión del seductor». Una solución posible, añade el 21 de setiembre de 1897, cuando abandona esta última hipótesis, tendría en cuenta que el fantasma sexual se juega siempre en torno del tema de los progenitores.
Ahora bien, el 15 de octubre de 1897 el mismo movimiento crítico se extiende a la paranoia, y precisamente en el contexto de la representación edípica.
«He encontrado en mí, como por otro lado en todas partes, sentimientos de amor respecto de mi madre y de celos respecto de mi padre, sentimientos que son, creo, un fenómeno general de la temprana infancia», aun cuando su aparición no sea tan precoz como en la niñez de los pacientes histéricos (de una manera análoga a la de la novela sobre la genealogía de los paranoicos -héroes, fundadores de religiones-). Si esto es así, se comprende el poder cautivador de Edipo rey, que desafía todas las objeciones racionales que se oponen a la hipótesis de una fatalidad inexorable. Se comprende también por qué todos los dramas ulteriores del destino tenían que fracasar lastimosamente. Nuestros sentimientos se revelan contra todo destino individual arbitrario como el que se encuentra expuesto en Die Ahnfrau, etc. Pero el mito griego ha captado una compulsión que todos reconocen, porque todos la han experimentado. En germen, en fantasía, cada espectador fue alguna vez un Edipo, y se espanta ante la realización de sus sueños transpuestos a la realidad; se estremece proporcionalmente a la represión que separa su estado infantil de su estado actual.»
En síntesis, en la fecha en que se produce el vuelco decisivo del desarrollo del psicoanálisis, parecen adquiridos los temas siguientes:
1) El resorte de la proyección paranoica tiene que ver con nuestra intolerancia a que la gente conozca de nosotros lo que nosotros ignoramos (24 de enero de 1895).
2) Las características generales de esta afección (importancia atribuida a la voz, al gesto, al tono) traducen el corte entre el alter ego y el recuerdo reprimido (1 de enero de 1896).
3) La paranoia es la neurosis que menos depende de las determinaciones infantiles. Ella representa la neurosis de defensa por excelencia, independiente de la moral y de la aversión sexual, que procuran a la neurosis obsesiva y a la histeria sus motivos de defensa (20 de mayo de 1896).
4) La elección de neurosis (histeria, neurosis obsesiva, paranoia) depende verosímilmente del estadio de evolución en el que la represión es posible, es decir, en el que un placer de fuente interior se transforma en repugnancia proveniente del exterior.
5) Hay desplazamiento por vía asociativa en la histeria, desplazamiento por semejanza conceptual en la neurosis obsesiva, característico del lugar y quizá también de la época en la que se produjo la defensa, y desplazamiento de orden causal en la paranoia (25 de mayo de 1897).
Proyección y narcisismo
De modo que, partiendo de la importancia asignada a la fecha del trauma, progresamos al tomar en cuenta la fecha de la represión (proyección), y desde allí el marco edípico en el que ésta interviene.
Finalmente, el 9 de diciembre de 1899 se reveló la relación con la teoría de la sexualidad. «Lo que me preocupa es la "elección de las neurosis". ¿En qué circunstancias una persona se convierte en histérica, en lugar de volverse paranoica? En un intento primero y grosero, en la época en que yo procuraba impetuosamente forzar la ciudadela, pensaba que esa elección dependía de la edad en que se habían producido los traumas sexuales del momento del incidente... Después ya no tuve opinión, hasta estos últimos días, en que se me reveló la conexión con la teoría de la sexualidad... Entre las capas sexuales, la más profunda es la del autoerotismo, que no tiene ninguna meta psicosexual y sólo exige una sensación capaz de satisfacerlo localmente. Más tarde lo releva el aloerotismo (homoerotismo y heteroerotismo), pero sin duda subsiste con la forma de una corriente independiente. La histeria (así como su variedad, la neurosis obsesiva) es aloerótica y se declara principalmente por una identificación con la persona amada. La paranoia vuelve a deshacer las identificaciones, restablece a las personas que se ha amado en la infancia (véanse mis observaciones relativas a los sueños de exhibición) y escinde al yo en varias personas ajenas. Esto es lo que me ha llevado a considerar la paranoia como el asalto de una corriente autoerótica, como un retorno a la situación de antaño. La formación perversa correspondiente sería la que se denomina locura original.»
De esto surgen las condiciones particulares en las que se propondrá la tarea de interpretación, en los casos respectivos de las neurosis histéricas, la neurosis obsesiva y la paranoia. La relación transferencial, en los dos primeros tipos de afecciones, apunta a liberar representaciones marcadas por la sustitución (histeria), el desplazamiento (obsesión) y, en el caso de la paranoia, por la puesta en evidencia de una relación causal (25 de mayo de 1897).
Bajo esta forma recobra su sentido el principio formulado anteriormente (el 24 de enero de 1895), según el cual «el contenido real sigue intacto cuando cambia el emplazamiento (Stellung) de toda la cosa, y el reproche interior es empujado hacia afuera». Más precisamente, «la represión se realiza por recusación de creencia (1º de enero de 1896); se conservan los contenidos y afectos de la idea intolerable, pero son proyectados afuera».
Ahora bien, esto también significa que todos los datos del problema están reunidos de entrada por la experiencia, y que lo único llamado a modificarse es su configuración. De ello resulta que, en este terreno de la paranoia, un texto autobiográfico pueda hacer las veces de la emergencia progresiva del material en la cura. Así puede entonces apreciarse la originalidad de la contribución que le aportará a Freud el texto de Schreber. Se intentarán tres vías: la puesta en evidencia de la homosexualidad, la función de la proyección y el papel de la fijación sobre el yo. La homosexualidad, recuerda Freud, no es original; los estudios de casos realizados con el concurso de Jung ya habían atestiguado regularmente que el perseguidor del delirio paranoico es un ser que antes había sido amado. La proyección, en segundo lugar, no es específica de la paranoia. «En lo que concierne a la formación de los síntomas en la paranoia, el rasgo más sorprendente es el proceso que conviene calificar de proyección. Se reprime una percepción interna y, en lugar de ella, su contenido, después de haber sufrido una cierta deformación, llega a la conciencia con forma de percepción proveniente del exterior. En el delirio de persecución, la deformación consiste en una transformación del afecto: lo que debía experimentarse interiormente como amor es percibido exteriormente como odio. Uno se sentiría tentado a considerar este curioso fenómeno como el elemento más importante de la paranoia y como absolutamente patognomónico si no recordara oportunamente dos hechos. En primer lugar, la proyección no desempeña el mismo papel en todas las formas de paranoia; en segundo término, no aparece sólo en el curso de la paranoia, sino también en otras condiciones psicológicas; de hecho, tiene asignada una participación regular en nuestra actitud ante el mundo exterior. Pues cuando investigamos las causas de ciertas impresiones, no en nosotros mismos (como lo hacemos cuando se trata de otras impresiones del mismo orden), sino que las situamos en el exterior, ese proceso normal también merece el nombre de proyección. Así, si atendemos al hecho de que se trata -en el caso de la proyección- de problemas psicológicos más generales, remitimos a otra oportunidad el estudio de la proyección, y al mismo tiempo, el estudio del mecanismo de los síntomas paranoicos ... »
Si bien es cierto que las cuatro formas de funcionamiento de esta proyección permiten diferenciar los grandes tipos clínicos -paranoia persecutoria, celosa, erotómana y megalómana-, que corresponden, respectivamente, a los desplazamientos del verbo, del sujeto y del objeto del enunciado, y a la totalización de la enunciación implícitamente elaborada por el paciente, esto no basta todavía para que la proyección sea el fundamento de la paranoia. Para llegar a ello, tendremos que referirnos a ese aborto del desarrollo libidinal que es la fijación del sujeto al yo, en tanto representante del cuerpo.
El 9 de diciembre de 1899, en efecto, se reconocen las vicisitudes de la identificación como resorte del proceso paranoico. Más profundamente, éste nos remite a la génesis misma de la identificación, a esa matriz de la identificación que es la integración en un mismo cuerpo de las zonas erógenas antes dispersas: «Creo -escribirá Freud a propósito del presidente Schreber- que no es superfluo ni injustificado tratar de señalar que el conocimiento de los procesos psíquicos que hemos obtenido gracias al psicoanálisis permite desde ahora comprender el papel de los deseos homosexuales en la génesis de la paranoia. Investigaciones recientes han orientado nuestra atención hacia un estadio que atraviesa la libido en el curso de su pasaje desde el autoerotismo hasta el amor objetal. Se lo ha denominado estadio del narcisismo; personalmente, yo prefiero la palabra "narcismo", quizás menos correcta, pero más breve y eufónica. Este estadio consiste en lo siguiente: el individuo en desarrollo reúne en una unidad sus pulsiones sexuales, que hasta ese momento actuaban de modo autoerótico, a fin de conquistar un objeto de amor, y al principio se toma a sí mismo, toma su propio cuerpo como objeto de amor, antes de pasar a la elección objetal de otra persona. Quizás este estadio intermedio entre el autoerotismo y el amor objetal es inevitable en el curso de un desarrollo normal, pero parece que ciertas personas se detienen en él de una manera insólitamente prolongada, y que muchos de los rasgos de esta fase persisten en ellas en los estadios ulteriores de su desarrollo. En ese "sí mismo" tomado como objeto de amor, quizá los órganos genitales sean ya el atractivo primordial. La etapa siguiente conduce a la elección de un objeto dotado de órganos genitales semejantes a los propios, es decir, a la elección homosexual del objeto, y después, a partir de allí, a la heterosexualidad».
Si éste es entonces el término del proceso previo a la represión y a su expresión proyectiva, falta aún señalar el momento a partir del cual esta regresión interviene. La construcción de la segunda tópica dará base a la elaboración del problema, en cuanto fijará sus coordenadas directrices, sobre todo al referir el superyó a la ¡mago paterna, cuyas vicisitudes y cuya regresión gobiernan la interpretación de la paranoia. La polémica sostenida con Jung aproximadamente en 1911 arrojará una viva luz sobre este desarrollo.
La cuestión del padre
Recordemos sólo que si Jung, rompiendo con Freud, desarrolló la noción de una «libido» desexualizada (asimilada, según sus propios términos, al élan vital de Bergson o a la noción más general de un «interés» existencial), que por otra parte escaparía a toda determinación coactiva del pasado, en tanto que representativa de la exigencia de autonomía de un sujeto vuelto hacia el futuro, Jung, decimos, lo hizo en razón del desplazamiento del centro de la teoría desde la neurosis hasta la psicosis, y de la consiguiente «radicalización» de los planteos y conceptos derivados del análisis de la histeria, según lo atestiguan las Conferencias de introducción al psicoanálisis. En efecto, en la medida en que la libido freudiana es apetito de objeto, apetito de un objeto cuyo goce satisfaría la meta de la pulsión sexual, en esa medida la ruptura del psicótico con la realidad -sea que ella se manifieste por el delirio, la alucinación o el repliegue del sujeto sobre su experiencia íntima- parece exigir, a la inversa, un nuevo estatuto para la libido que, orientada al mundo y no ya a la búsqueda del objeto, se sustraiga por ese mismo hecho a la esfera de la sexualidad. Con esto Jung parece también abolir la distinción, mantenida por Freud, entre la energía de la pulsión y la dinámica de los procesos libidinales; se atribuye a la libido la energía de una tensión consagrada globalmente al desarrollo pleno del sujeto en un «mundo».
Los criterios de verificación característicos de estos trayectos se pueden captar comparando los trabajos que les sirvieron de preludio: el artículo publicado por Jung en 1909, «Die Bedeutung des Vaters für das Schicksal des Eizelnen» [La significación del padre para el destino del individuo] y el análisis presentado por Freud en 1911 sobre la demencia paranoide del presidente Schreber. Un intercambio de cartas entre Abraham y Freud acerca del artículo de Jung demuestra el interés que éste había suscitado en Freud, quien subraya que, mientras que la atención del psicoanálisis se había concentrado particularmente en la investidura libidinal de la madre, Jung era el primero en atribuir un rol esencial a la representación de la paternidad y sus vicisitudes. Habrá que observar además (y esto es lo esencial) que Jung entiende precisamente la paternidad como un modelo, herencia del linaje de los antepasados, según el cual se determina la figura efectiva y crucial del padre. En 1912, Freud retendrá en Tótem y tabú esta dimensión del problema, en una perspectiva filogenética. No obstante, desde el punto de vista de la ontogénesis individual en el que nos sitúa el análisis de Schreber, el padre interviene en tanto que objeto de una fijación homosexual. Y si, más profundamente, esta relación se enraíza en una fijación narcisista, lo hace en cuanto ese padre ha sido por sí mismo un objeto de amor, un objeto libidinal. El individuo en desarrollo «reúne, en efecto, en una unidad sus pulsiones sexuales -que hasta allí actuaban de modo autoerótico-, a fin de conquistar un objeto de amor, y al principio se toma a sí mismo, toma su propio cuerpo, como objeto de amor». Esta corriente libidinal arcaica, en una primera fase de represión, se fija en el inconsciente.
En una segunda fase interviene la represión, descrita, en el caso de las neurosis, como «emanada de las instancias más altamente desarrolladas, capaces de ser conscientes». Pero «la tercera fase, la más importante en lo que concierne a los fenómenos patológicos, es la del fracaso de la represión, la del retorno de lo reprimido. Esta irrupción se origina en el punto en que tuvo lugar la fijación, e implica una regresión de la libido hasta ese punto preciso». «Ya hemos aludido -continúa Freud- a la multiplicidad de los puntos posibles de fijación; hay tantos como estadios en la evolución de la organización de la libido.»
Esta regresión tiene una sanción, que es la vivencia de la destrucción del mundo. Schreber, en efecto, «adquiere la convicción de que es inminente una gran catástrofe, el fin del mundo». Pero entonces se desencadena el delirio: el paranoico reconstruye el universo, no en verdad «más espléndido», como dice Fausto, pero al menos «de modo tal que de nuevo pueda vivirse en él». Lo que entonces «atrae poderosamente nuestra atención es el proceso de curación que suprime la represión y reconduce la libido hacia las mismas personas que ella había abandonado». En este caso no podemos decir que el sentimiento reprimido adentro sea proyectado afuera: «se debería decir más bien que lo que ha sido abolido (aufgehoben) adentro vuelve desde afuera».
Lo que está en juego en la refutación de Freud a Jung es entonces la posición atribuida al objeto en la definición de la libido. La libido freudiana, que es ansia de objeto, recorre todas las posiciones que ese objeto puede ocupar, en una serie cuyo primer momento es dado por «la primera presencia auxiliadora». La libido junguiana es desexualizada por cuanto se asimila a la energía de una existencia singular que se realiza en el mundo, con exclusión de toda aspiración de objeto. Sin duda, en el ciclo recorrido por la libido se pueden distinguir la libido del yo y la libido de objeto. Esta precisión terminológica no compromete la esencia de la noción, tomada en su acepción freudiana, si es cierto que, en su posición más arcaica, la libido del yo nos es representada como segunda con relación a la investidura de la «primera presencia» que aseguró la satisfacción nutricia.
En la línea de las sugerencias de Freud, también es posible remover el equívoco terminológico del «objeto» libidinal con referencia al estado de «prematuración»; ante la carencia orgánica del recién nacido, este objeto se encuentra reducido al polo virtual de un «apetito», cuya cualidad de «sexual» sólo sirve para justificar el hecho de que proviene «del exterior», y a la exigencia de repetición que, por este mismo hecho, se liga menos a la satisfacción de la necesidad que al goce de un contacto precario. Así adquirirá todo su alcance la noción de una «pulsión altruista». Pero, si la libido del prematuro se inserta en un interés de supervivencia, que le presta un valor prospectivo, la repetición, cuya exigencia ella porta, devuelve la meta hacia el pasado y, si bien en el horizonte de la libido se perfila el objeto, la compulsión repetitiva sólo apunta a la extinción de la excitación, puesto que se da por fin el retorno de la satisfacción, en la que esa excitación es abolida.
De modo que la pulsión sexual aparecerá como anudada a la pulsión de muerte, y el principio de placer, que rige el curso del proceso libidinal, como subordinado al principio de constancia. Además, el superyó, representante de la pulsión de muerte, se hará cargo de la desexualización de la pulsión: la exclusión del objeto libidinal, al servicio de la cual se pondrá la empresa de la sublimación. Se nos propone una traducción matemática de esta formulación teórica, con la distinción de la representación vectorial del principio de placer, que rige la reducción relativa de la tensión, desde un valor superior a uno menor, y el pasaje al límite al que tiende la serie trigonométrica de Fourier, en la presentación, por Gustav Theodor Fechner, del principio de constancia. También se subrayará el alcance didáctico de la anticipación que al respecto ofrece el comentario de «El motivo de la elección del cofre» en 1913, o sea siete años antes de Más allá del Principio de placer. En el estilo del ensayo, Freud presentaba entonces la imagen de Venus como la envoltura ilusoria bajo la cual se oculta la fatalidad de la muerte. De este modo el objeto libidinal revelaba ya su estatuto de ilusión, la subordinación de la pulsión sexual a la pulsión de muerte.
Pero con la constitución del superyó, la clínica y la teoría de la paranoia se encuentran fusionadas con la génesis de la experiencia social. Ya el apéndice de 1911, agregado a la interpretación del caso del presidente Schreber, encuentra su asidero en Tótem y tabú. Veinticinco años más tarde, la mitología de Schreber (bajo la forma de la ordalía del águila) y la ilustración aportada a la hipótesis de Tótem y tabú por la religión totémica, se extienden al dominio general de la religión. Si es cierto que el gran hombre es un sustituto del padre, se lee en Moisés y la religión monoteísta (1938), no es sorprendente que cumpla la función del superyó en la psicología de las masas, y esta observación debe valer igualmente para Moisés en su relación con el templo judío.
Ahora bien, en este modo de ver surge un nuevo punto de referencia teórico, que es el del Nombre-del-Padre: «Progresar en la vía de la espiritualidad no es sino relegar a un segundo plano las percepciones sensoriales directas y ceder el paso a los recuerdos, las deducciones, las reflexiones, procesos todos intelectuales, considerados superiores, es decidir, por ejemplo, que la paternidad, aunque los sentidos no puedan revelarla, es más importante que la maternidad. Por eso el hijo lleva el nombre de su madre y lo hereda». Pero, en un desarrollo paralelo al freudiano, en 1932 apareció la tesis de Lacan titulada De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. El propio autor comentará este trabajo de juventud en su escrito «Acerca de la causalidad psíquica» (1946), y volverá a él en su seminario de 1955-1956, sobre las psicosis, del que en 1958 se publicó un extracto muy elaborado, en el tomo IV de la revista La Psychanalyse.
La metáfora paterna y su fracaso
La elaboración de Lacan se basará en dos puntos esenciales: el narcisismo y el Nombre-del-Padre.
En su presentación del caso Schreber, Freud insistía en la integración de las zonas erógenas en una totalidad orgánica. Esta indicación es elaborada por Lacan en tomo a las nociones del cuerpo fragmentado y de la identificación iterativa, ilustración del «estadio del espejo».
Queda además por precisar, si se acepta que hay en el paranoico regresión narcisista, a partir de qué posición tiene lugar esta regresión y qué organización apunta a destruir. La sugerencia aportada en 1938 por Moisés y la religión monoteísta en cuanto a la función del «Nombre-del-Padre» (como prolongación de una nota más antigua en el texto sobre el Hombre de las Ratas, concerniente al pasaje del matriarcado al patriarcado) encontrará en tal sentido todo su alcance en el comentario de Lacan, un comentario que apunta a extraer todas las consecuencias de la hipótesis de la «forclusión» del Nombre-del-Padre en tanto que responsable del boquete del orden significante, en el que se precipita el delirio.
Basándose en el aporte freudiano, constantemente enriquecido desde las primeras formulaciones de las que atestigua la correspondencia con Fliess, la originalidad de este intento consiste en relacionar con la descomposición del registro simbólico la producción imaginativa del psicótico, en primer lugar Schreber. Lacan sigue entonces a Freud, para suponer en su origen la puesta fuera de juego del Nombredel-Padre. Hay que subrayar además el retoque aportado aquí a la sugerencia de Moisés y la religión nionoteista. Freud evocaba el nombre del Padre. Lacan introduce la función de una metáfora que se realiza «en el Nombre-del-Padre». En otras palabras, le confiere al padre una especie de trascendencia, y a tal título ese padre es llamado a constituirse en el Otro. En consecuencia, la elucidación del proceso paranoico recurrirá a la confrontación de dos diagramas; el primero -diagrama de la normalidad-, inserta el campo de la realidad entre los dominios respectivos de lo imaginario y lo simbólico; el segundo nos permite asistir a la deriva de las posiciones anteriormente fijadas en torno a las hiancias, donde se consumen el Falo imaginario y el Padre simbólico.
Sin duda sería instructivo un paralelo entre tales esquemas «que comparten -nos dice Lacan- el exceso al que se obliga a toda formalización que quiere presentarse en lo intuitivo», y la puesta en escena trágica, donde el vocablo «paranoia» tuvo su cuna cultural.
Paranoia
Alemán: Paranoia.
Francés: Paranoia.
Inglés: Paranoia.
Término derivado del griego (para: contra, noos: espíritu) que designa la locura en el sentido de arrebato y delirio. En la nosografía psiquiátrica alemana, el vocablo fue introducido en 1842 por Johann Christian Heinroth (1773-1843) a partir de una palabra creada en 1772, y en la nosografía francesa lo fue en 1887 por Jules Séglas (1856-1939). Con los trabajos de Wilhelm Griesinger (1817-1868), Emil Kraepelin, Eugen Bleuler, y después de Gaétan Gatian de Clérambault, la paranoia, junto con la esquizofrenia y la psicosis maníaco-depresiva, se convirtió en una de las tres formas modernas de la psicosis en general. Se caracteriza por un delirio sistematizado, el predominio de la interpretación y la ausencia de deterioro intelectual. Incluye el delirio de persecución, la erotomanía, el delirio de grandeza y el delirio de celos.
Sigmund Freud retomó en este sentido el término en 1911, caracterizando la paranoia como una defensa contra la homosexualidad. Después de él, Melanle Klein y Jacques Lacan desarrollaron para el psicoanálisis una concepcion estructural de la paranoia: Klein acercándola a la esquizofrenia (posición esquizoparanoide) en el marco de una definición de la relación de objeto, y Lacan haciendo de ella la esencia misma del proceso psicótico.
Esta forma de locura, que Freud comparaba con un sistema filosófico por su modo lógico de expresión y su nivel intelectual próximo al razonamiento de "normal", ya había sido descrita en la Antigüedad, no sólo por Hipócrates sino también por los grandes autores trágicos Esquilo y Eurípides. No obstante, hubo que aguardar hasta el siglo XIX, con los trabajos fundadores de la escuela psiquiátrica alemana, para que el término fuera incluido en una clasificación general de las enfermedades mentales. Siguiendo a Heinroth, que introdujo la palabra, Griesinger, en el marco de una nosografía organicista, en 1845 le dio a este tipo de delirio el nombre de Verrücktheit (trastorno de la mente). Después de él, Kraepelin impuso la palabra paranoia para designar el mismo fenómeno.
La novedad del sistema de clasificación de Kraepelin consistió en que ponía orden y claridad en la anarquía de las nosografías anteriores. Kraepelin dintiguió tres grupos de psicosis: la paranoia, la demencia precoz y la locura maníaca depresiva o psicosis maníaco-depresiva (heredera de la antigua melancolía). A ellas se sumaba un término intermedio, la parafrenia, un delirio crónico ubicado entre la demencia precoz y la paranoia.
En ese marco, Kraepelin definió la paranoia como el "desarrollo insidioso, dependiente de causas internas y en evolución continua, de un sistema delirante, duradero e imposible de quebrar, que se instaura con conservacion completa de la claridad y el orden en el pensamiento, la voluntad y la acción". Según él, se trataba de una enfermedad "constitucional", basada en dos mecanismos fundamentales: el delirio de referencia y las ilusiones de la memoria, ambos generadores de diferentes temas de persecución, celos, grandeza. De modo que el paranoico era un enfermo crónico que se tomaba por profeta, emperador, un gran hombre, un inventor, un reformador, etcétera.
Inspirándose en esta clasificación que jamás cuestionó, Freud adoptó otro enfoque del mecanismo de la paranoia desde fines del siglo, sobre todo en un manuscrito enviado a Wilhelm Fliess el 24 de enero de 1895. Eludiendo el problema de las clasificaciones, con la intención de curar a los pacientes y salir del nihilismo terapéutico característico de la psiquiatría de la época, él ubicó las ideas delirantes junto a las ideas absesivas, y dio una definición de la paranoia inspirada en su concepción de la defensa histérica: "La paranoia crónica en su forma clásica es un modo patológico de defensa, como la histeria, la neurosis obsesiva y los estados de confusión alucinatoria. Las personas se vuelven paranoicas porque no pueden tolerar ciertas cosas -naturalmente, siempre y cuando su psiquismo esté predispuesto-." A esto añadió un mecanismo de proyección, en virtud del cual el paranoico se defiende de una "representación inconciliable con el yo proyectando su contenido en el mundo exterior", y una definición de las modalidades del delirio: los paranoicos "aman su delirio como se aman a sí mismos, ése es todo el secreto". En una carta de diciembre de 1899 diferenció la histeria de la paranoia, señalando que la primera es aloerótica y se manifiesta por una identificación con la persona amada, mientras que la segunda es autoerótica, y escinde el yo en varias personas extrañas.
Sólo en 1911, en el marco de su gran discusión con Carl Gustav Jung y Eugen Bleuler, Freud, con la intención de extender el saber psicoanalítico al tratamiento de las enfermedades mentales, se vio llevado a dar la definición canónica de la paranoia que serviría de referencia a sus comentadores ulteriores.
El debate nosográfico que se produjo entre los tres hombres puso en juego una violenta relación transferencial y concluyó en rupturas: entre Freud y Jung, entre Jung y Bleuler, y entre Freud y Bleuler. Contra la nueva palabra "esquizofrenia", creada por Bleuler para reemplazar a la antigua demencia precoz de Kraepelin, Freud eligió el término "paranoia" (en el sentido de Kraepelin), mientras que Jung prefirió mantener la antigua expresión "demencia precoz". Para Freud no se trataba de construir una nueva nosografía psiquiátrica como quería Bleuler, sino de dar una definición de la psicosis que permitiera integrarla al marco estructural de la doctrina psicoanalítica, y por lo tanto situarla en oposición a la neurosis, por una parte, y por la otra a la perversión. En un primer momento, Freud retomó contra Jung el término "parafrenia" para designar la demencia precoz, y en un segundo tiempo ubicó la esquizofrenia de Bleuler en la categoría de la paranoia. Finalmente, en una tercera etapa aceptó la nosografía bleuleriana, renunciando a llamar parafrenia a la demencia precoz, y a clasificar la esquizofrenia en la categoría de la paranoia. De tal modo dejó el camino libre para el posible desarrollo de una concepción psicoanalítica de la esquizofrenia (que realizarían sus herederos, en particular la escuela norteamericana de la Self Psychology), elaborando una doctrina de la psicosis basada en la noción de paranoia, que él concretó en su célebre estudio de 1911 sobre las Memorias de Daniel Paul Schreber.
De modo que, en la terminología freudiana clásica, la paranoia pasó a ser el modelo paradigmático de la organización de la psicosis en general. A los delirios de grandeza, de persecución, de interpretación, y al autoerotismo, Freud añadió dos elementos principales: en adelante, la paranoia quedaba definida como una defensa contra la homosexualidad, y el paranoico dejaba de ser visto como un enfermo mental en el sentido de la nosografía psiquiátrica. En efecto, a propósito de Schreber, Freud desarrolló la idea muy original de que el conocimiento delirante que el loco tiene de sí mismo puede ser tan verdadero como el conocimiento racional construido por el clínico para explicar la locura. No obstante, sólo este último conocimiento tiene un estatuto teórico.
Al redactar su estudio sobre Leonardo da Vinci, Freud había elaborado un enfoque de la homosexualidad que le serviría para el análisis del caso Schreber, y en la oportunidad de su ruptura con Alfred Adler, y en largas conversaciones con Sandor Ferenczi, concibió la idea de vincular el conocimiento paranoico con una investidura homosexual, y el conocimiento teórico con un rechazo de esa investidura. Por cierto, la ruptura con Adler había reavivado en él el sufrimiento experimentado en la ruptura con Fliess. Esto explica dos frases escritas por Freud. Una aparece en una carta a Sandor Ferenczi de octubre de 1910: "Desde el asunto Fliess [ ... ] una parte de la investidura homosexual ha desaparecido, y me he servido de ella para ampliar mi propio yo. He tenido éxito allí donde el paranoico fracasa.- La otra frase está en una carta a Jung de 1908: Fliess ha desarrollado una buena paranoia después de haberse desembarazado de su inclinación a mí. A él le debo esta idea [de la componente homosexual de la paranoia]."
Psiquiatra de formación, Jacques Lacan abordó la paranoia y el ámbito de la psicosis en general de una manera totalmente distinta de la de Freud. Mientras que el maestro vienés trató siempre de insertar la locura en el marco de la neurosis, o en el de una concepción de la psicosis que se sustrajera al discurso psiquiátrico, Lacan hizo todo lo contrario. Puesto que había abordado el freudismo por la vía de la clínica psiquiátrica de inspiración francesa y alemana, y siendo él mismo un gran práctico de la psicosis, el ámbito de la locura siempre le interesó mucho más que el de las patologías ordinarias. Y, entre las psicosis, la paranoia fue para él el modelo paradigmático de la locura en general: lo fascinaba la lógica del discurso paranoico, al punto de pensar que la cura psicoanalítica debía asemejarse a una paranoia dirigida. En ese sentido, desde la publicación de su tesis de medicina de 1932, dedicada a la personalidad paranoica, se unió a la posición de Freud por una vía que no era verdaderamente la de Kraepelin, sino más bien la de Gaétan Gatian de Clérambault: lo mismo que Freud, vinculaba homosexualidad y conocimiento paranoico. Pero al tener que describir, con la historia de Marguerite Anzieu, su caso princeps, una locura criminal femenina, consideró que la erotomanía era una componente central de la paranoia. Hizo lo mismo un año después, en su artículo consagrado al crimen de las hermanas Papin.
A partir de 1946 la escuela kleiniana se orientó hacia una concepción de la paranoia que la relacionaba con un proceso arcaico en el que ya no aparecía la componente homosexual descrita por Freud y Ferenczi. Según ese enfoque, cada sujeto pasa necesariamente en su infancia por una fase psicótica (o posición esquizoparanoide), en cuanto la psicosis es definida como un estado de fijación o regresión a un estadio primario. El caso Schreber fue entonces comentado y revisado a la luz de las tesis kleinianas, sobre todo por Ida Macalpine y Richard Hunter.
Diez años más tarde, Lacan tomó otra dirección, y comentó a su vez la historia de Schreber, sobre todo en su seminario de 1955-1956, dedicado a la psicosis. A diferencia de la escuela kleiniana, Lacan conservó lo esencial de la doctrina de Freud, añadiéndole dos conceptos forjados por él -la forclusión y el nombre-del-padre-, que dieron origen a lo que se ha convenido en llamar la clínica lacaniana de la paranoia y de la psicosis en general.
Parentesco
Alemán: Verwandtschaft.
Francés: Parenté.
Inglés: Kinship.
El estudio del parentesco fue iniciado en 1861 por el jurista inglés Henry Maine (1822-1888), y la expresión "sistema de parentesco" fue introducida en 1871 por el antropólogo norteamericano Lewis Henry Morgan (1818-1881) para designar el conjunto estructurado de actitudes fijadas por las normas sociales y observadas por los individuos emparentados por la sangre o el matrimonio. Los trabajos antropológicos sobre los sistemas de parentesco se basan en el cuádruple estudio de la alianza (el matrimonio), los lazos de filiación, la genealogía y las generaciones. Según sea la orientación adoptada (evolucionismo, funcionalismo, estructuralismo, etcétera), cada escuela privilegia determinados elementos respecto de los otros.
Jacques Lacan, influido por los trabajos de Claude Lévi-Strauss, fue quien introdujo en el psicoanálisis una reflexión sobre los sistemas de parentesco, reemplazando los interrogantes del freudismo y el kleinismo acerca de los lugares respectivos del padre y la madre en el complejo de Edipo por una teorización de la función paterna en el inconsciente del sujeto.
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