Pase
s. m. (fr. passe, s. F.; ingl. pass). Procedimiento establecido por Lacan en su escuela para plantear la cuestión del fin del psicoanálisis, y renovar a partir de allí las cuestiones del análisis didáctico y de la nominación de los analistas.
A partir de 1918, las asociaciones de psicoanalistas convienen en considerar que es indispensable que todo psicoanalista haya sido él mismo analizado. No se trata solamente, como en los años anteriores, de una simple experiencia puntual destinada a hacerle reconocer al clínico la realidad del inconciente. Se considera más bien que, sin un análisis profundizado, aquel tendería a proyectar demasiado fácilmente sobre sus pacientes sus propias dificultades, y que por lo tanto hay que limitar al máximo las zonas de sombra, sin desconocer que los puntos ciegos nunca serán totalmente reductibles, ni en el psicoanalista ni en ninguna otra persona. Ferenczi fue uno de los que más insistió en la necesidad de llevar lo más lejos posible lo que la tradición llama «análisis didáctico».
¿Puede ser precisada, sin embargo, esta exigencia? La mayoría de los institutos de psicoanálisis adheridos a la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) han arribado a una concepción formalista del análisis didáctico: número y duración de las sesiones determinados por adelantado, elección del analista limitada a una breve lista de «didactas», planificación de la enseñanza teórica que debe acompañar al cabo de algunos años a la cura misma. Al término de este recorrido, el sujeto postulante [«candidato»] al título de psicoanalista puede ser autorizado a conducir análisis bajo control [o «supervisión»]. Todo este dispositivo da a estos institutos la forma de grupos fuertemente jerarquizados que inducen con facilidad a cierto conformismo.
Para Lacan, que deseaba que su escuela funcionase de acuerdo con otros principios totalmente distintos, el sujeto que se compromete en un psicoanálisis de miras didácticas no debe ser distinguido, en un primer momento, del analizante común. ¿Cómo podría revelarse su deseo en un procedimiento estipulado, entre estructuras burocráticas? En contrapartida, esto no nos exime de interrogarnos por lo que puede hacer que un psicoanalizante devenga analista, tanto más cuanto que este pasaje no va de suyo. Devenir analista, en efecto, es aceptar, sobre todo, hacer función de objeto a para el analizante: en la trasferencia, el analista está en ese lugar del objeto que ha causado el deseo del analizante, pero porque la relación del hombre con su objeto está hecha así, por ello mismo es objeto de horror, objeto de angustia, objeto finalmente expulsado al término del proceso.
Lacan imagina entonces un procedimiento particular que permitiría, a aquellos a quienes su psicoanálisis ha llevado a ese punto de pasaje al analista, dar testimonio de ello. Para él, «el analista sólo se autoriza por sí mismo», en el sentido de que nadie puede tomar en su lugar las responsabilidades que son las de él en la efectuación de su acto. Esto no impide que una institución pueda reconocer a un psicoanalista. En el dispositivo previsto por él, los que son concernidos por el pasaje al analista, los «pasantes», se dirigen a «pasadores», analizantes que están en su propio análisis en un momento en que pueden oír algo de este pasaje, y son ellos los que trasmiten a un jury lo que han oído, lo que debería evitar algunos efectos imaginarios ligados ordinariamente a todo funcionamiento de una instancia encargada de una nominación. El jury puede designar como Analista de la Escuela (AE) al pasante, que a partir de entonces es supuesto capaz de contribuir a los problemas cruciales del psicoanálisis. Paralelamente a este modo de nominación bastante revolucionario, Lacan mantenía otro más tradicional que, sobre la base de la calidad profesional de los psicoanalistas, podía designarlos como Analistas Miembros de la Escuela (AME).
Aunque Lacan haya considerado que el pase fue un fracaso, muchos grupos salidos de su escuela han retomado el procedimiento. Hoy es uno de los desafíos de la formación del analista saber si todavía es esencial retomar de modo sistemático el examen de lo que produce el deseo del analista en tanto elemento operante en una cura (deseo cuyo objeto puede ser por otra parte muy diferente del objeto del fantasma), o si tal procedimiento plantea más dificultades de las que resuelve.
Pase
El pase es una invención de Lacan; «pase» es un término de la lengua común al que Lacan forjó un sentido nuevo para el psicoanálisis. Constituye el cruce, el resultado del pasaje de una orilla a la otra, para utilizar una metáfora náutica. En psicoanálisis, es el pasaje que marca a la vez el final de un análisis y la opción del analizante de comprometerse a devenir psicoanalista. El pase es el acto analítico inaugural de un analista recién salido de un análisis: es el momento de la elección.
Evidentemente, este término era por completo inédito en el psicoanálisis antes de Lacan; no es una palabra que empleara Freud, ni tampoco deducible de Freud; es una invención de Lacan, propuesta en 1967 a su escuela, como solución a una crisis interna concerniente a la articulación entre el análisis «personal» o análisis «en intención» y la elaboración del saber analítico, es decir, el psicoanálisis «en extensión». El pase es el hallazgo lacaniano para sacar al grupo del impase de la didáctica y del reconocimiento de los analistas. Para captar lo que significó la aparición de esta invención y aprehender sus objetivos y sus escollos, tenemos que retroceder y seguir paso a paso las vicisitudes de este pase.
Un poco de historia
El considerable aliento que Lacan aportó al psicoanálisis fue la causa real de las diferentes fracturas por las que atravesaron las sociedades psicoanalíticas en Francia.
En 1951 Lacan ya había modificado su técnica para los análisis didácticos, acortando el tiempo de las sesiones, lo que había explicado ante la Sociedad Psicoanalítica de París (SPP), a la cual pertenecía entonces como titular. Esas modificaciones técnicas fueron en gran medida desaprobadas por sus colegas. En el momento de la creación de un Instituto dedicado a la enseñanza, esa sociedad se vio agitada por una crisis debida al cambio de alianzas que realizó Marie Bonaparte. Ella, defendiendo a los no-médicos, se había unido a Lacan y Lagache en oposición a Sacha Nacht, presidente de la Sociedad, que proponía acreditar sólo a los analistas médicos. En 1952 Lacan se impone, es elegido para suceder a Nacht en la presidencia de la Sociedad. En ese contexto había redactado estatutos para el nuevo Instituto de enseñanza. En la exposición de los motivos, se puede leer: « ... el Instituto se distinguirá por no plantear las exigencias formales de asistencia y exámenes que, quizá por ejercerse con algo de excesiva insistencia en nuestros días en los estudios superiores, muestran suficientemente que degradan el estilo sin elevar el nivel. [ ... ] el Instituto será reconocido sobre todo en el valor de sus alumnos». Pero Lacan omitió conservarle a Marie Bonaparte sus funciones honoríficas; ahora bien, ella, en razón de sus vínculos con la familia Freud, gozaba de una autoridad indiscutible en el seno de la Sociedad de París y de la Internacional (IPA). Marie Bonaparte cambió entonces de bando, y apoyó a Nacht en un inquietante estrechamiento autoritario de las condiciones de la enseñanza y el reconocimiento de los psicoanalistas jóvenes.
Los alumnos humillados se rebelaron espontáneamente, exigiendo el respeto de los compromisos ya contraídos, explicaciones, y la posibilidad de discutir procedimientos coherentes de reconocimiento de su análisis didáctico, de sus controles y de su calidad de analistas. Esta actitud no fue entendida ni reconocida. Se acusó a Lacan de ser la causa de la rebelión, y «aunque Lacan no había inspirado el conflicto, era responsable de él por el solo hecho de su existencia».
Unos meses más tarde se le rehusó a Lacan un voto de confianza, lo que decidió a algunos miembros titulares de la fracción liberal a renunciar y anunciar la creación de una nueva Sociedad Francesa de Psicoanálisis, a la que Lacan se unió, lo mismo que los alumnos encolerizados. Esta nueva sociedad reclamó muy pronto a la Internacional que la admitiera en calidad de miembro, tal como lo había hecho en el caso de otros grupos escindidos, por ejemplo la Sociedad de Nueva York. Pero a este nuevo grupo francés se le opuso una negativa expresada esencialmente por Anna Freud, bajo la influencia de Marie Bonaparte, contra las opiniones tolerantes de Rudolpli Loewenstein, Heinz Hartmann y Michael Balint. La apuesta solapada pero legible de esta crisis violenta y extremadamente ambigua era la cuestión del reconocimiento del análisis didáctico; se pretendía que este reconocimiento se realizara de manera unilateral y autoritaria, en circunstancias en que ya las modificaciones introducidas por Lacan en su técnica habían abierto una brecha en el edificio de la jerarquía.
La renovación de la solicitud de afiliación a la Internacional en 1959 condujo a la nueva SFP, que funcionaba en torno a la enseñanza de Lacan, a fragmentarse en 1963. Otra vez Lacan constituía el obstáculo principal para esa afiliación. Después de una investigación, la condición que planteó la Internacional era que se borrara a Lacan, y también a Françoise Dolto, de la lista de los didactas. Para obtener esa afiliación, Lacan había consentido en volver a las normas, pero ello no bastó, pues los investigadores dudaban de que esa sumisión fuera real en su práctica. De nuevo el grupo se escindió en dos: los que estaban dispuestos a renunciar a Lacan para obtener su afiliación a la sociedad madre, y los que estaban decididos a seguir con él. En ambas situaciones (1953 y 1963), Lacan fue el obstáculo a la normalización en la IPA del reconocimiento de análisis didáctico.
La disolución de la SFP generó la creación de dos grupos: la Asociación Psicoanalítica de Francia (APF) en 1963, y la Escuela Francesa de Psicoanálisis (EFP) por Lacan, en 1964.
Lacan funda la EFP con reglas totalmente nuevas. En la Escuela no hay necesidad de recibir un consentimiento previo para emprender un análisis «didáctico», pues entre el análisis didáctico y el terapéutico no existe ninguna diferencia. Hay un análisis personal, que se revelará o no didáctico a posteriori, según que produzca o no un analista. En este caso, a ese psicoanálisis se lo llama «psicoanálisis puro». Los miembros de la escuela tienen el mismo derecho de voto en lo que concierne a toda instauración de estructuras que regulen las instancias de la institución (jurados, directorio ... ). El grupo se llama «Escuela», término que «hay que tomar en el sentido que tenía en los tiempos antiguos, cuando designaba ciertos lugares de refugio, incluso base de operación contra lo que ya podía llamarse malestar en la cultura». Lacan muestra de entrada el juego; la Escuela gira en torno a una enseñanza, la suya. Se llamará Escuela Freudiana de París, asignando a su enseñanza la cualidad de «freudiana» que no le reconocía la sociedad que había querido Freud. «París» retorna la relación con el período (1926) del surrealismo, y también con la fundación de la primera sociedad psicoanalítica francesa, «de París».
Lacan distingue tres títulos: AME, AE y AP En principio, es miembro de la Escuela quienquiera que desee trabajar en ella, sean cuales fueren sus compromisos profesionales, ingresando sobre la base de un trabajo en cartel (es decir, un pequeño grupo de tres a cinco personas, más otra); de tal modo, podían pertenecer a esta Escuela personas que no eran psicoanalistas, ni psicoanalizantes, ni médicos, lo cual representaba un elemento radicalmente nuevo. El AME, analista miembro de la Escuela, es el «que ha pasado la prueba en los controles». El AE, analista de la Escuela, es el que «ha pasado la prueba del didáctico».
A fin de no herir susceptibilidades ni romper con lo adquirido en cuanto al reconocimiento, fueron nombrados AE por Lacan todos los que eran ya titulares de la SPP y la SFR De este modo mantuvo la vigencia de sus nombramientos. Así se inició la EFP en 1964, con estas nuevas perspectivas.
En 1967, la Escuela sufrió una crisis: no llegaba a regular las corrientes y los fenómenos de grupo con las estructuras nuevas que la regían; las viejas costumbres no habían desaparecido. François Perrier presentó entonces el proyecto de creación de un colegio para sacar a la escuela de su atascamiento en la repetición de lo que había esperado evitar, y para tratar el escollo diferenciando las cuestiones de la enseñanza y la formación (del didáctico y el reconocimiento: siempre lo mismo) respecto de las del trabajo en grupo. Ese colegio debía « ... proponerse la clínica como vocación y objetivo» (se trataba incluso de titularizar a quienes habían hecho sus pruebas de aptitud mediante la «comunicación clínica»; cf. el Proyecto de François Perrier, del 31 de marzo de 1967, en Analytica, 7).
El pase
Lacan elaboro su proposición, enunciada el 9 de octubre de 1967, en un contexto de alboroto y de crisis. En esa propuesta respalda un procedimiento que apunte a procurar a quienes escojan convertirse en analistas al final de su análisis la posibilidad de atestiguarlo ante la Escuela, con el fin de que ella pueda renovar la doctrina gracias al saber recibido en esos testimonios. Este procedimiento totalmente revolucionario lleva el nombre de «pase». Se basa en el principio siguiente: el analista sólo se autoriza de sí mismo, y este sí mismo se revela en su análisis personal. Un analista adviene de allí, de la experiencia analítica misma, confirmando que el análisis es necesario para convertirse en analista. Pero la autorización no puede otorgarse de antemano en virtud de la demanda de un didáctico, ni a posteriori, concebida por analistas confirmados, sino que sólo debe resultar de sí mismo. No se trata de autorizar a cualquiera, sino, al contrario, de una exigencia mayor inscripta en el corazón de la experiencia. Este procedimiento rompe radicalmente con la pendiente identificatoria que constituye el resorte corriente de los fenómenos de grupo y que nutre lo que en el lazo social obtiene su consistencia del narcisismo.
La invención del pase es una consecuencia de lo que Lacan ha aportado como renovación de doctrina al freudismo. Es el resultado lógico de la reorientación realizada por él en el texto de Freud, con su efectividad en la práctica. Esta increíble revolución es coherente con un planteo de la teoría de Lacan concerniente al estatuto del objeto en el amor de transferencia y sus consecuencias en cuanto al deseo al final del análisis, seguidos de la refundición que Lacan realiza del narcisismo freudiano con el estadio del espejo.
Por ejemplo, un análisis que concluye con la identificación del analizante con una figura ideal, o con el analista, no conoce el pase. Conocerá otras salidas en el grupo, y Lacan intentó introducir el dispositivo del pase para cerrar el acceso en el grupo a esas otras salidas. A diferencia de Freud, para quien la terminación del análisis seguía siendo incierta, para Lacan hay un fin del análisis. Es ampliamente discutido y precisado por él en sus seminarios de la década de 1960, hasta la proposición e incluso después. El pase sólo tiene que ver con los análisis que llegan a ese fin. Ahora bien, se sabe que muchos análisis no alcanzan ese fin; algunos se interrumpen cuando el analizante mejora, o por todo tipo de razones, decisivas en cada caso; otros se detienen cuando el analizante ha encontrado una posición que soluciona los impases de su deseo, sin que no obstante pueda hablarse de final del análisis.
Según Lacan, el final del análisis está regulado. Es el fin del análisis del fantasma, por lo menos en el caso de las neurosis: cuando se revela el fantasma fundamental, el sujeto es destituido del soporte que encontraba en ese fantasma. El objeto a del fantasma que, en virtud de la acción de la transferencia, se encarnaba en el analista, se separa entonces realmente. Allí está el final de la transferencia. Hay pase cuando el momento de este final se anuda con el momento en que el analizante se compromete en la elección, en la decisión de convertirse él mismo en analista para otro, es decir, exactamente cuando decide hacerse él mismo objeto del fantasma de otro.
La tesis de Lacan es la siguiente: con respecto al acto analítico inaugural, cuando un analizante llega al momento en que el analista se hace su objeto, el suyo, bajo su forma caída, separada, real, un objeto que habitualmente estaba enmascarado, velado, cubierto, vestido; cuando se produce esta caída, al final, él opta movido por razones que desconoce, se compromete a encarnar lo que acaba de producir en el analista; se consagra a prestarse a ser aquello en lo que por él ha devenido su analista, a hacerse ese objeto que debe caer irremediablemente. Llegado a ese punto de desamparo tan violento, tan extraño, tan pasajero, tan perturbador, allí, en ese punto del acto, está la tesis de Lacan: éste es el único punto de experiencia sobre el que debe empalmar el grupo analítico. Este punto es el pivote de la articulación del análisis en intención con el análisis en extensión; es el centro, el resorte, el meollo de la experiencia. Dar existencia (ex-sistencia) a este punto es procurar que la experiencia analítica no desaparezca, que continúe renovándose; por otra parte, ésa es la única manera en que puede continuar, pues si continúa sin renovarse se ritualiza y se extingue.
Lacan tuvo muchas dificultades para hacer aceptar su proposición por la Escuela. La sostuvo en diciembre de 1967, en una respuesta aguda a las críticas que se le dirigían. En particular, se le reprochaba que pusiera el control de la escuela en manos de «no-analistas». Ése era el escándalo: que con el pase fueran nombrados AE algunos jóvenes que aún no habían hecho su prueba por la experiencia ni por la acumulación de saber que puede poseer un analista veterano, después de años de práctica. A estas objeciones Lacan respondió recogiendo el guante al formular esta noción escandalosa de «no-analista» como clave de bóveda de la construcción de su Escuela. «Quiero poner a no-analistas en el control del acto analítico, si hay que entender por ello que el estado presente del estatuto del analista no sólo lo lleva a eludir este acto, sino que degrada la producción para la ciencia, que dependía de él.»
Lacan no quiere que su Escuela sea como las Sociedades, una casa de retiro para veteranos, según lo que parece «el estatuto presente del analista», con una producción «tan estancada, incomestible afuera, una teoría cada vez más regresiva, incluso involutiva en el sentido de que evoca la menopausia». «¿Por qué en psicoanálisis no se ha visto nunca invención de jóvenes?», añade.
El no-analista es ese joven en psicoanálisis. «El no-analista no implica el no-analizado, al que evidentemente no tengo la menor intención de hacer acceder [ ... ] a la función de analista de la Escuela. [ ... ] Digamos que ubico allí a un no-analista en perspectiva, al que se puede tomar antes de que se precipite en la experiencia -como suele regularmente ocurrir- de una amnesia de su acto.» En suma, la escuela debe tomarlo antes de que la experiencia cubra con amnesia la particularidad de su acto. No se trata, como se ha creído, del lógico, el etnólogo o el lingüista, quienes vienen a trabajar y debatir ciertas cuestiones con los analistas y son bienvenidos en la Escuela. El no analista es quien ha llevado su análisis al punto de su terminación, sin por ello haber escogido convertirlo en profesión, o sin haberse lanzado aún a la práctica profesional.
El solo hecho de que Lacan pueda decir que ese personaje existe significa en sí un golpe subversivo a la confusión, mantenida en las sociedades analíticas de entonces, que llevaba a unificar y confundir la posición del sujeto en el momento del final del análisis y la elección profesional. Hay que trazar una distinción entre el acto analítico y la elección profesional que lo cubre: es lo que está en juego en el pase. Esta apuesta es encarnada por el «no-analista», aquel que se encuentra en el momento del acto inaugural.
Tal confusión se superpone a la confusión entre analizante y analista; el analista se convierte en un analizante interminable. No, la lógica del acto quiere que «. ..se abra o cierre [una puerta], sea que se esté en la vía psicoanalizante o en el acto analítico. [ ... ] el acto analítico se juzga en su lógica y sus límites». Es exactamente en el nivel de esta puerta donde hay que situar el pase.
Esta proposición se dirigía a una Escuela reticente, confundida u hostil, en virtud de su incomprensión o su rechazo a lo que estaba en juego en el pase. Hubo que atravesar más de un año de críticas (cf. las cartas de Piera Aulagnier a Lacan de febrero de 1968, donde ella plantea sus condiciones para aceptar la elección al azar en un jurado; Aulagnier quiere que el candidato sea «ya AME», que tenga «una experiencia real»; véase también una carta de Jean Clavreul en el mismo sentido, en Analytica, 7) y debates agitados, para que llegara a aceptarse la proposición en una versión modificada. En enero de 1969 la escuela aprobó el procedimiento, al precio de la renuncia de quienes se habían opuesto ferozmente a él: François Perrier, Jean Paul Valabrega, Piera Aulagnier, que fundaron el «Cuarto Grupo». Esa vez no fue Lacan quien se vio obligado a alejarse, sino que algunos de sus alumnos lo abandonaron.
La proposición
Después de esta ojeada histórica, volvamos más precisamente a las apuestas del pase, y después examinaremos el procedimiento.
En la proposición de octubre de 1969, modificada y publicada en Scilicet, nº 1, se puede leer: «Hay algo de real en juego en la formación del psicoanalista. Nosotros sostenemos que las sociedades existentes se basan en ese real [ ... ] ese real provoca su propio desconocimiento, incluso produce su negación sistemática». Freud asumió el riesgo de una cierta detención y « ... quizá más: quizá vio en ella la única protección posible para evitar la extinción de la experiencia». Este desconocimiento sistemático, esta negación de lo real sobre el que se fundan las sociedades psicoanalíticas es como « ... una sombra espesa para recubrir ese empalme [ ... ] donde el psicoanalizante pasa a psicoanalista; esto es lo que la Escuela puede aplicarse a disipar».
De modo que el procedimiento del pase tiene por meta disipar esa sombra espesa que recubre con rechazo lo real que está en juego en la formación del psicoanalista. Lo real es el empalme donde el psicoanalizante pasa a analista, desde el psicoanálisis en intención, « ... o sea el didáctico, en tanto que no hace más que preparar operadores», al psicoanálisis en extensión, « ...o sea todo lo que resume la función de nuestra Escuela en tanto que ella presentifica el psicoanálisis en el mundo». Los puntos de empalme donde tienen que funcionar los órganos de la Escuela son «el principio y el final del psicoanálisis». Pues, « ... en el comienzo del psicoanálisis está la transferencia. Está allí por la gracia del psicoanalizante». La transferencia es por sí sola -escribe Lacan- objeción a la intersubjetividad, pues, habiendo relacionado el sujeto del inconsciente con el sujeto del cogito cartesiano, habiendo distinguido el pequeño otro imaginario respecto del lugar de operación del lenguaje llamado «gran Otro», Lacan ha desarrollado suficientemente en el curso de su enseñanza «que ningún sujeto es suponible por otro sujeto». La transferencia se articula con el «sujeto supuesto saber», pues el inconsciente freudiano es saber, saber no sabido antes del análisis, saber de los significantes en el inconsciente. El sujeto es supuesto, no por otro sujeto, sino «por el significante que lo representa para otro significante».
Para esta proposición, Lacan produce el algoritmo de la transferencia que escribe como sigue al sujeto supuesto saber:
SSq
s(S1, S2, ... Sn
sobre la base del modelo del algoritmo saussuriano, invertido como ya lo había presentado antes en «La instancia de la letra en el inconsciente»; los significantes aparecen arriba, y el significado abajo. El algoritmo de la transferencia es un avatar de la escritura canónica de la relación del sujeto con el significante: S1/$---->S2. Aquí, arriba, el significante S de la transferencia, nombrable mediante un nombre propio, el del analista, con su implicación de un significante cualquiera, Sq, en que se convertirá el nombre del analista al final del análisis. Debajo de la raya, el sujeto s que resulta de la implicación significante, «...que implica en el paréntesis el saber, supuesto presente, de los significantes en el inconsciente». El sujeto supuesto saber en que consiste la transferencia es una «formación de vena», como una formación del inconsciente, «desprendida del psicoanalizante».
¿Qué es lo que califica al psicoanalista para responder a esta situación que, precisémoslo, no envuelve a su persona? Por otra parte, no es necesario que el analizante le imponga el sujeto supuesto saber, pues del «saber supuesto» el psicoanalista no sabe nada. En efecto, Freud ha insistido « ... en recomendarnos que abordemos cada caso nuevo como si no hubiéramos adquirido nada de sus primeros desciframientos». El psicoanalista no sabe nada de antemano. Pero esto no lo autoriza en absoluto «a bastarse con saber que no sabe nada». ¿Qué tiene entonces que saber? «Lo que tiene que saber puede ser trazado con la misma relación "de reserva" según la cual opera toda lógica digna de ese nombre [ ... ] eso se articula en cadena de letras tan rigurosas que, bajo la condición de no perder ninguna, lo no-sabido se ordena como el armazón del saber.» Para el analista se trata de orientarse por el rigor lógico del arreglo de los significantes, y no por su significación.
El saber del que se trata es ante todo un saber textual, el texto tomado en su literalidad, texto del analizante y texto de Freud. Este abordaje del saber es el de un deseo particular que Lacan nombra el deseo del psicoanalista. Lacan había dedicado un año de su enseñanza a la cuestión de la posición del analista en la transferencia. En ese seminario ilustra la posición del analista con la de Sócrates en El banquete, de Platón: Sócrates, continente ingrato del ágalma, maravilla que atrae al amante (erastés). «Pero ¿quién sabe mejor que Sócrates que él no detenta más que la significación que engendra al retener esa nada, lo que le permite remitir a Alcibíades al destinatario presente de su discurso, Agatón?» Alcibíades, al amar de tal modo a Sócrates, se engaña; no es a él a quien desea, sino a otro, pues Sócrates no responde como partenaire. El ágalma es el algoritmo. Es decir que el enganche del significante S de la transferencia, por el encuentro con el nombre del analista, desencadena esta especie de confianza, de fe amorosa que es la transferencia, o sea el sujeto supuesto saber. No obstante, si el analista mantiene su posición como Sócrates retiene esa nada, no responde como partenaire. El amor por Sócrates es la atracción por el ágalma que él parece contener de manera secreta.
La envoltura del ágalma demuestra ser lo que Freud ha llamado ideal del yo, es decir, la imagen idealizada del Otro, desde donde el sujeto se ve amable, punto desde el cual se preserva el cimiento narcisista de su yo. Pero el trabajo de análisis del fantasma por la articulación de los significantes en la sesión hace que este objeto pierda su brillo narcisista que retiene el amor, para hacer emerger al objeto caído, que es primero el objeto del fantasma, el que se escapa en la demanda, luego el objeto de la pulsión, objeto causa del deseo, encamado de manera engañosa en la persona del analista. Si el analista ocupa este lugar de semblante del objeto causa de la división del sujeto, significante tras significante el análisis opera entonces una distancia entre el ideal del yo y el objeto de la pulsión que emerge del narcisismo del amor.
Al final, en el momento del análisis del fantasma fundamental, el resto, el objeto a, se separa innegablemente; el sujeto pierde el soporte que encontraba en su fantasma, queda allí destituido, estado que Lacan ha designado como «destitución subjetiva». «Pero es allí donde nosotros nos retiramos», dice. Esta destitución, final obligado de un psicoanálisis, está «inscrita en el ticket de entrada». Esto es lo que provoca horror, pánico, indignación. «Sólo que hacer interdicción de lo que se impone de nuestro ser [la destitución subjetiva] -dice Lacan-, es ofrecernos a un retorno de destino que es maldición.» El final del análisis como identificación con el analista es rechazo de la destitución subjetiva, rechazo de la degradación del objeto que se impone a nuestro ser, rechazo de lo que hace lo real del empalme del analizante con el analista. Ahora bien, la destitución subjetiva hace ser «más bien singularmente y fuerte», a diferencia del des-ser que ella produce en el analista. «El efecto de ser se toca mejor en Jean Paulhan. El guerrero aplicado es la destitución subjetiva en su salubridad.»
La puerta del pasaje del psicoanalizante es el objeto a, caído como resto de la operación de la que es gozne, división «del sujeto de la que ese resto es la causa». El analista caído como objeto a real experimenta por su lado el momento del des-ser; « ... en ese des-ser se devela lo inesencial del sujeto supuesto saber, desde donde el psicoanalista por venir se consagra» a hacerse aquello en lo que él ve que se convierte su analista, « ... en ágalma de la esencia del deseo, dispuesto a pagarlo, reduciéndose, él y su nombre, al significante cualquiera. Sicut palea, como dijo Tomás de su obra, al final de su vida: como basura». El saber adquirido es poca cosa, es mierda, palea: paja. «¿Dónde -dice Lacan- podría tener alcance un testimonio justo sobre quien atraviesa este pase, sino en un otro que, como él, es todavía, este pase, a saber, en quien está presente en ese momento ese des-ser en el que su psicoanalista conserva como un duelo la esencia de lo que le ha pasado?» La destitución subjetiva, momento de báscula en el pase, hace ser, ser este pase, mientras que en ese momento el analista deses. El que demanda convertirse en analista de la Escuela, AE, le hablará a un psicoanalizante que está en el pase, como él, que es el pase, un «pasador».
De modo que Lacan propone un dispositivo para recoger el «testimonio justo sobre el que atraviesa este pase». El pasante, para hacerse «autorizar como analista de la Escuela» hablará de su análisis a dos pasadores ya elegidos por su analista, también AE, « ... y el testimonio que sabrán acoger con lo vivo de su propio pasado será del tipo que no recoge nunca un jurado de confirmación. Por lo tanto esclarecerá la decisión de ese jurado». ¿De qué pasado? Es de su pasado que los pasadores acogerán el testimonio del pasante que está en el mismo paso que ellos, y testimoniarán ante un jurado de confirmación compuesto por AE. «El título de analista de la Escuela se obtiene de un jurado de confirmación» cuya «función [ ... ] consiste en autenticar el pase». «Los pasadores no proceden a realizar nombramientos. Escuchan al candidato acerca de lo que funda su demanda y dan testimonio al respecto ante el jurado de confirmación; por esto mismo, el jurado se encuentra interrogado sobre posiciones teóricas que justifican el nombramiento o el aplazamiento de un candidato. De este modo, todo acceso al título de analista de la Escuela es de entrada una contribución efectiva al progreso de la teoría psicoanalítica.»
Al candidato que se lanza a esta experiencia que consiste en producir un decir sobre el riesgo que asume en ese pasaje loco, de decidir hacerse el objeto que está en vías de dejar caer, de hacerse aquel objeto del que acaba de separarse, el objeto que ve caer en su psicoanalista golpeado por el des-ser, a ese candidato, decimos, ¿para qué le sirve? No sería justo decir que alguien se somete a la prueba del pase por devoción, para realizar una contribución efectiva al progreso de la teoría psicoanalítica. Más bien, esta experiencia le es necesaria para inscribir su opción en su lugar, para su público. El mismo forjará la articulación de su testimonio dirigido a terceros que están en el pase como él, que no son viejos, que son testigos, pares, personas en transición, «pasadores». El pasante habla de este acto inaugural que ya ha tenido lugar, que, como todo acto, es ciego, pero él encontrará su consistencia en el testimonio mismo; él trata de hacerse saber. El pasante está en un extraño paso, puesto que habla de su pasaje al mismo tiempo que lo efectúa en extensión. De alguna manera habla de sí como en tercera persona, a otros que quieren hablar de él en tercera persona ante un jurado que evaluará si ese punto del acto ha atravesado o no a los pasadores, si ha pasado a través de los pasadores, si ha llegado hasta ellos. La fineza de este procedimiento consiste en pasar por la falla que constituye el juego en zigzag de la tercera persona (la dritte Person), como la estructura del chiste. Esta estructura apunta a desbaratar al máximo lo que podría funcionar como figura de saber ya allí, o de autoridad constituida (por igual para los pasadores, el pasante y los miembros del jurado). Se trata de que el punto de real que el testimonio circunscribe atraviese, que «pase», de manera que llegue a su lugar de autenticación haciéndose saber, en el sentido de hacerse conocer y convertirse en un saber dirigido al público que es la Escuela.
Es por autorizarse de sí mismo que hay analista. Este «de sí mismo» es así puesto en juego en tercera persona y se hace oír al efectuarse como tal a través de la fabricación del testimonio. El pasante pone su candidatura a prueba porque sabe que el dispositivo existe, que está allí precisamente para acoger su testimonio. Por otra parte, el momento del pase sólo existe porque hay un lugar para nombrarlo como tal. En caso contrario, al final del análisis se trata de experiencias que quedarán en espera o se revelarán inefables; buscarán sus lugares de efectuación a derecha e izquierda, tratarán de hacerse saber más o menos salvajemente ante cualquier público, sin que por ello encuentren su «top». Pues el pasante quizá quiera probar si puede pasar la fulguración del acontecimiento que lo ha sobrecogido como un «relámpago». ¿Es lo que él cree que es? ¿Quiere hacerse autenticar por algo que él posea, por algo que él ya sepa, por algo que se trataría de mostrar, de hacer ver, de hacer oír? No. El trata de darle un giro de saber, en el diálogo mismo, a ese pase que acaba de atravesar. El testimonio es un decir que no está ya producido, es un decir inédito. No es ya análisis, es el pase. Querer hacerse autenticar desencadena su producción. Este es el modo de hacer advenir un saber sobre ese acontecimiento, hacerlo advenir para algunos otros con los cuales se trama para él la apuesta del psicoanálisis. Pues cada emergencia de un nuevo analista debería producir un acontecimiento de saber para los otros que constituyen la escuela en la cual él se inscribe. «El AE o analista de la Escuela, al que se imputa contarse entre quienes pueden dar testimonio de los problemas cruciales en los puntos importantes en que están para el análisis, especialmente en tanto que ellos mismos están en la tarea o por lo menos en la brecha de resolverlos», escribe Lacan.
Este título responde a una regla del gradus, que se distingue de la jerarquía que envolvía los efectos de nominación en las sociedades anteriores. El gradus marca una diferencia en el desempeño y no tiene consecuencia en el nivel de la jerarquía. En el «Apéndice 1 » de la primera versión de la proposición del 9 de octubre de 1967, Lacan dice: «El gradus es conforme a la capacidad que se demuestra para hacer progresar la Escuela. No se confunde con un grado jerárquico [ ... ] ustedes pueden apreciar el poder puesto en las manos de aquellos que trabajan».
Esto era lo que estaba en juego en el funcionamiento del pase en la Escuela Freudiana de París.
1973, evaluación
En 1973, en un congreso realizado en Montpellier, Lacan presentó su punto de vista sobre la experiencia en curso. Reconoció haberla producido con una «prudencia quizá demasiado humana»; no veía de qué modo podía haber sido más prudente. Su prudencia había sido «impuesta por el estado de cosas existente», dijo. En efecto, otorgó el título de analista de la Escuela a quienes ya tenían un título en otras sociedades. Lacan confirmó entonces que las sociedades analíticas después de Freud habían «seguido siendo demasiado prudentes, en cuanto funcionaban según las leyes ordinarias de los grupos [ ... ] en los que es absolutamente necesario que se manifieste el arno».
Él juzga que esta experiencia es radicalmente nueva, pues precisa que «el pase no tiene nada que hacer con el análisis». En efecto, según ya lo hemos dicho, es como una puerta: si hay pase, ya no hay análisis. El pase no es un suplemento del análisis, ni el escollo para el inanalizado, como se decía de buena gana en la época, sino atravesar el final del análisis mediante el acto analítico. Según Lacan, un jurado de confirmación reclutado con los métodos de selección de las sociedades anteriores no podía sino quedar «perplejo y confuso» ante los testimonios de pase que recibía. No obstante, el comentario de Lacan es el siguiente: «algunos pasantes no podrán olvidar jamás lo que fue para ellos [.. .] la experiencia del pase. [ ... ] fue algo así como un relámpago». «Para algunos -dice el pase ha sido una experiencia absolutamente turbadora. [ ...] Lo que obtengo es algo que no es del orden del discurso del amo.» Lacan quiere borrar definitivamente el término «didáctico»; «del análisis se desprende una experiencia -dice-; es totalmente erróneo calificarla de didáctica. La experiencia no es didáctica. [ ... ] Un análisis implica por cierto la conquista de un saber que está allí antes de que nosotros lo sepamos, es decir, el inconsciente, y el sujeto puede ciertamente aprender allí cómo es que eso se produjo [ ... ] pero esto no es gran cosa [ ... ] es poca cosa frente a lo que se ha revelado ante él en la experiencia analítica Esta dimensión es totalmente distinta que la del aprender. Su primer movimiento es no saber por qué punta asirla». «En este sentido, este pase no podrá ser juzgado en definitiva más que por el esfuerzo de aprehensión de quienes, por haberse expuesto a este pase, han vivido su experiencia», es decir, los pasantes.
Lacan verifica que existe una diferencia importante entre los AE que no se presentan al pase (didactas de las sociedades anteriores, la SPP o la SFP) y los pasantes que se han expuesto al pase. No es de los «viejos» de los que se puede esperar recoger los resultados de esta experiencia, sino de los pasantes llamados AE. En 1973 la experiencia es todavía reciente. Lacan, en efecto, dice: «los que se prestan a esta experiencia no son los viejos, y se puede plan~ tear la cuestión de si es ahora cuando se necesita que presenten yo no sé qué inscripción, dibujo, caricatura, o si es necesario que lo dejen madurar».
Lacan precisa que él «sólo opera [en el seno del jurado] con la discreción más extrema»; debe tener la sensación de esperar: «por mi parte, sólo estoy allí para esperar que eso pueda dar hasta e incluso un modo totalmente diferente de recoger su testimonio». Concluye esta evaluación diciendo: «El resultado es algo totalmente nuevo, y el pase no ha dejado de tener efectos en ninguno de los que se presentaron. Esos efectos son quiza -¿por qué no?- estragos. Cada uno sabe que, tal como estamos hechos los de la especie humana, el deterioro es lo mejor que podría sucedernos. Y bien, aquí estoy con los estragos sobre mis espaldas. No por ello esto es más inútil, puesto que, como alguien me lo señaló, si hay alguien que pasa su tiempo en pasar el pase, ése soy yo.» ¿Qué relación existe entre los «estragos» producidos por el pase y el hecho de que él mismo se declare pasante? Allí está quizás el problema; en efecto, él carga los estragos sobre sus hombros porque es quien quiere algo en este asunto; espera resultados de esta experiencia, y por el momento (1973) es el único que carga con este nuevo intento para el grupo, y espera algo de los AE nombrados en el marco del procedimiento.
Recordemos que con la apuesta al pase Lacan comprometió nada menos que la supervivencia del psicoanálisis. Libró una lucha encarnizada para imponer a sus discípulos, a aquellos de quienes lo había aprendido, la posibilidad de establecer reglas que hicieran existir el pase en el grupo: que ese punto del acto analítico inaugural pudiera decirse, delimitarse, tener un estatuto. Con el pase se trata de dar oportunidad, favorecer el lugar para que pueda advenirle, en su singularidad, al grupo esta experiencia de un analista nuevo que surge de un análisis. Es preciso que tal experiencia pueda aportarle al grupo su eco, sus luces, sus remolinos, incluso sus perjuicios. Que nutra a la escuela con sus hallazgos, sus elaboraciones de escritura. En 1973, parece que la prudencia de Lacan ha dejado la experiencia en una cierta indecisión.
1974, un intento
Poco tiempo después, en 1974, Lacan presenta una nueva proposición. Esta vez dirige una carta a tres alumnos italianos (Muriel Drazien, Armando Verdiglione y Giacomo Contri), en la que les pide que establezcan un nuevo grupo analítico teniendo en cuenta la experiencia que él realizó en la Escuela de París, y tratando de corregir ciertos errores o dificultades. El pivote de esta carta es la sugerencia de Lacan de establecer el pase, esta vez como única clave de la constitución del grupo. Cito: «El grupo italiano -dice Lacan-, si quiere oírme, se atendrá a nombrar a quienes postulen su entrada a partir del principio del pase, asumiendo el riesgo de que no los haya». A propósito de su prudencia, manifiesta: «Lo que el grupo italiano ganaría siguiéndome es un poco más de seriedad que la que yo logro con mi prudencia. Para ello es preciso que asuma un riesgo; esto tendrá otro alcance en el grupo italiano, si me sigue en este asunto, pues en la Escuela de París no hay margen para algo así».
Lacan le sugiere al «trípode» italiano que inicie una nueva experiencia de grupo, que no asuma el pasivo de las sociedades anteriores, el cual pesaría sobre la innovación. Esta proposición es más radical, más exigente y más precisa que la del 9 de octubre de 1967. Es más radical porque convierte el pase en la única vía de nombramiento que ofrece el grupo analítico; además sanciona así la entrada de quien será nombrado. De modo que el grupo italiano debía estar constituido únicamente por personas nombradas en virtud del pase, analistas tomados en la emergencia de su elección. Lacan no propone ninguna otra nominación (AME, AE, AP) como en la Escuela Freudiana de París; lo que le interesa a este grupo no es la función sino la ex-sistencia del analista. «Hay analistas ahora, es un hecho -dice-, pero se debe a que funciona. Ahora bien, esta función sólo hace probable la ex-sistencia del analista. [ ... ] la probabilidad de que sean grandes las posibilidades para cada uno, las deja insuficientes para todos.»
Que esto sea probable no basta. Más adelante lo dice de otra manera: «autorizarse no es autorritualizarse». Por lo tanto, la ex-sistencia del analista no coincide necesariamente con la función del analista. Lacan le pide a ese grupo que no se contente con que los analistas funcionen (con una probabilidad), sino que distinga la ex-sistencia del analista estableciendo el pase para velar por «los que se autorizan de sí mismos; sólo ahí hay analistas».
¿Cómo puede un grupo cumplir tal requisito? Velar porque sólo sean analistas los que se autorizan de sí mismos ¿es siquiera posible? Parecía imposible, utópico. No obstante, tal fue el desafío que Lacan les lanzó a los tres italianos.
El rigor de Lacan lo llevó incluso a señalar que el pase era la única necesidad para el grupo analítico; el resto no parecía pertenecer al orden de la necesidad. En síntesis, para que el grupo tuviera una razón para constituirse como grupo analítico, era necesario que se dieran los medios de « ... apreciar en el momento del pase por qué alguien asume ese riesgo loco de convertirse en aquello que el objeto a es». Lacan dice que el grupo lo necesita, que es un estimulante para él, una reanimación.
«El pase no tiene nada que hacer con el análisis», pudo decir Lacan en 1973. En consecuencia, el desafío que le lanza en 1974 al grupo italiano es el de dar una consistencia estricta a la ruptura entre psicoanállisis y pase. Que ese grupo, a diferencia de lo que sucedía en la Escuela Freudiana de París y en muchos otros grupos, no estuviera inmerso en todo tipo de modos de reconocimiento y nombramiento basados en criterios diferentes del pase. Por ejemplo, la enseñanza, las publicaciones, los congresos, sin hablar de todas las formas de nombramiento ocultas que se aplican en los grupos.
El objetivo de la carta de Lacan a los italianos es dar estricta consistencia con el pase a esa ruptura entre psicoanálisis y pase. Pero no se trata en absoluto de la división del pase en dos, tal como lo había propuesto Jacques-Alain Miller en un artículo titulado «Introducción a las paradojas del pase», donde distinguía el pase 1, que sería el momento del pase en la cura, indicador del final del análisis en intención, y el pase 2, pasaje por el procedimiento que acoge el testimonio de ese momento, en extensión. Al separar el pase en estos dos momentos, se malogra el asunto. Miller, tratando de citar a Lacan, habla entonces de doblamiento de uno por el otro, de reduplicación. Mientras que, como dice Lacan, se trata de un redoblamiento. El procedimiento redobla el momento a fin de que encuentre su efectuación en y por el grupo. La efectuación se completa con la nominación.
La articulación de la intención con la extensión no es la de un adentro con el afuera, sino la de un redoblamiento, de una efectuación. El análisis en intención no es una bolsa cerrada que se abriría sobre un afuera abierto. Por otra parte, el momento del pase sólo puede existir porque hay un lugar (una escuela) para nombrarlo como tal.
Lo mismo ocurre con el analista; su posición en la transferencia a la cual se presta a través de los análisis que realiza, no carece de articulación con la posición que tomará en el grupo analítico. Existe una articulación entre el modo de inscripción de un analista en la comunidad de los analistas y su desempeño en el acto analítico en sí. A veces se recibe un testimonio según el cual la ruptura con un grupo entraña para el analista cambios en su posición en el acto analítico. No hay por lo tanto dos pases, sino el pase, que va desde el momento del final de la transferencia hasta su efectuación en la nominación.
En la carta a los italianos, Lacan propone entonces un procedimiento en el que el criterio de la nominación está formulado de manera más precisa que en la Escuela de París. En efecto, un análisis, aunque haya llegado a su fin, a su final «lacaniano», es decir, a la caída del analista como objeto a, no desemboca forzosamente en el acto inaugural de elegir convertirse en analista. Esto no estaba absolutamente claro en 1967; Lacan añade aquí una precisión suplementaria concerniente a quienes eligen hacerse objeto a al final de su análisis. Pues no todos los análisis, aunque terminen, producen un nuevo analista.
Lacan vuelve en esta carta a las fórmulas que no obstante eran las consagradas en los años 1964-1967, acerca del final del análisis como la «revelación del fantasma fundamental», «la caída del objeto a», «el atravesamiento del fantasma». Dice que esto no basta para que haya allí un analista. Si eso es todo lo que hay, dice Lacan, si el objeto a « ... es el fruto del análisis, eso hace soporte a las realizaciones más efectivas, y además a las realidades más atrayentes»; en tal caso, « ... devolved al mencionado sujeto a sus queridos estudios. Él adornará con algunos jarrones suplementarios el patrimonio que se considera que pone de buen humor a Dios [ ... ] que él no se autorice a ser analista, pues jamás tendrá tiempo de contribuir al saber, sin lo cual no hay posibilidades de que el análisis continúe siendo apreciado en el mercado: es decir, de que el grupo italiano no esté condenado a la extinción».
Entonces, ¿quiénes son los que optan por convertirse en analistas, qué tienen de distinto? ¿Qué tienen de particular los que sólo se autorizan de sí mismos, a diferencia de los que han hecho el bucle un análisis? Lacan da la respuesta desde el lado del saber. Para «la humanidad [ ... ] no está hecho el saber, puesto que no lo desea», incluso la horroriza. «Sólo hay analista si le llega este deseo, es decir que ya por ello él sea el desecho de la mencionada (humanidad).» «Yo digo ya: ésta es la condición cuya marca debe llevar el analista en algún costado de sus aventuras. A sus congéneres les corresponde "saber” encontrarla; esos congéneres son aquí los pasadores, es decir, el trípode que fue llamado a formar este grupo nuevo. A ellos les corresponde encontrar en el pase esa marca que el analista ya lleva, antes del análisis, de ser el desecho de la humanidad. El pasante [ ... ] debe haber delimitado la causa de su horror a su propio [ ... ] horror al saber»; « ... puesto que sabe que es un desecho» (de la humanidad), de allí le llega ese deseo de saber más al respecto: «Si esto no lo entusiasma -dice Lacan-, bien puede él haber tenido análisis, pero no tiene ninguna posibilidad como analista».
Esta marca (saberse el desecho de la «llamada» humanidad) debe entonces jalonarse a través del pase y estampillarse con un nombre, para darle al nombre de ese analizante convertido en analista una inscripción localizada en ese grupo que lo ha nombrado, un nombre de analista de la Escuela, en el sentido subjetivo y objetivo. Es importante para el grupo y para el pasante que el nombre sea publicado, en letras de molde, que esté escrito con todas sus letras, primer rasgo del pase, escritura del analista, escritura del nombre propio en tanto que nombre de Analista de la Escuela.
En el tiempo de efectuación del pase, que puede durar mucho, a veces años, el sujeto está concernido por el impacto del nombre, por el estatuto del nombre propio en tanto que éste no nombra al sujeto destituido del fantasma, sino que inscribe el borde de un agujero particular. Este agujero real, en ese momento del pase, se encuentra al descubierto; es el siguiente: « ... el nombre propio es el lugarteniente de lo que le falta al Otro de lo que podría nombrar el ser del sujeto». En ese momento de efectuación en que el analista ya no está en posición de sujeto supuesto saber, debe no obstante responder presente para acompañar esta efectuación hasta su término, lo que implica de su parte un cambio de posición en la práctica, que trae consigo un modo de presencia diferente ante ese giro a posteriori de un análisis del que surgen hallazgos particulares, construidos con el crecimiento de ese análisis llegado a su término, que hace del ex analizante un teórico sin igual, cándido. En ese momento de pasaje, la posición del que entonces se convierte en ex analista es decisiva y delicada.
El nombre propio del analizante ya no es entonces un nombre de familia; tampoco pasa a ser un nombre de autor, aunque él escriba textos. Que él no se precipite a recibir un título, una responsabilidad o la nominación para una función en el grupo analítico sería taponar el trabajo de efectuación que está realizándose, que está en curso. Se trataría más bien de que acierte a efectuar su «nombre de analista» como, según la fórmula de Marguerite Duras, «Su nombre de Venecia, en Calcuta desierta». Esto sólo puede hacerse si este nombre se localiza en un lugar regulado para ello, localizado como tal. Es lo que Lacan había propuesto en 1974 a los italianos.
La efectuación del pase es que el nombre encuentre su lugar de inscripción, un nombramiento localizado de manera correcta. Empleo la palabra «correcta» pues, para volver al seminario de la misma época, el año 1974, Les nondupes errent, Lacan, en efecto, había ido a Italia y, el 9 de abril de 1974, al volver de Roma, dijo en la sesión de ese día « ... que el ser sexuado sólo se autoriza de sí mismo, tiene la elección». Esto equilibra su fórmula según la cual « ... el analista sólo se autoriza de sí mismo; esto no quiere decir sin embargo que esté sólo para decidirlo». Llega a interrogar si, de no haber escrito las fórmulas cuánticas de la sexuación, «¿ ... sería también cierto que el ser sexuado sólo se autoriza de sí mismo?».
La denominación «homosexual» no es correcta, dice Lacan, «sodomita», al localizar geográficamente esta práctica erótica, era una denominación más seria. Las fórmulas de la sexuación, una vez escritas en el seminario Aun, ofrecen a la elección sexuada el soporte de su efectuación.
Para el analista hay que inventar algo, dice, pues para el grupo analítico justamente Lacan no puede hacerlo solo. Según él, esto depende de la ligazón a producir entre la invención del saber y lo que se escribe. El pase es la fuente de invención del saber; lo escrito será en primer lugar la escritura del nombre en buen sitio, en su lugar. Seguirán otros escritos. Por otra parte, al final de esta carta a los italianos, Lacan dice: «Todo debe girar en torno a los escritos por aparecer». Se advertirá aquí una teoría de la nominación según la cual el nombre, en tanto que nombre de una elección del sujeto, debe encontrar su localización, su lugar de inscripción con todas las letras a fin de que se efectúe. A fin de que el nombre de elección del sujeto se convierta en su «nombre de».
Esta carta «italiana» quedó en espera; su lugar era Italia, pero no encontró su efectuación allí; el trípode no se constituyó en esa época, pues no se inventaron los medios de la puesta en obra de las «directivas» de Lacan. En efecto, si estas sugerencias no encontraban en los destinatarios una reacción demostrativa de que estaban en el secreto, de que las convertían en un asunto suyo, la propuesta no podía realizarse. Esta vez Lacan se cuidó bien de entrar en los detalles de procedimiento; sus indicaciones debían bastar para que los interesados encontraran las soluciones que inventarían la puesta en ruta de este grupo por venir, surgido del trípode en posición de pasadores.
También puede pensarse que esta proposición no se llevó a la práctica porque era utópica, imposible de realizar en vista de lo que ya se sabía. ¿Es porque esta proposición supone la exigencia del dibujo acabado, por lo que hay que renunciar a ella? Si uno procede creyendo saber de antemano qué es lo imposible, antes de haberlo puesto a prueba, y se cuida de ello manteniéndose en lo que se sabe posible, entonces el grupo analítico no tendrá ninguna posibilidad de sobrevivir, ni tampoco el psicoanálisis. Lacan termina la carta como sigue: «Del saber en juego, yo he enunciado el principio como del punto de vista ideal, que todo permite suponer cuando se tiene el sentido del dibujo acabado: es que no hay relación sexual, relación, entiendo, que pueda ponerse en escritura. A partir de esto, inútil intentarlo, me dirán, por cierto no ustedes [...] [?] Sin intentar escribir esta relación, no hay en efecto medio de llegar a lo que yo, al mismo tiempo que planteaba su inex-sistencia, propuse como meta por la que el psicoanálisis se igualaría a la ciencia, a saber: demostrar que esta relación es imposible de escribir».
El objetivo del pase es darse los medios de inventar un saber en el que el psicoanálisis pueda «igualarse a la ciencia». Ahora bien, este saber accede a lo real, es decir, a lo imposible; si es esto lo que Lacan plantea, falta aún demostrarlo como imposible de escribir, y por lo tanto para ello hay que tratar de ponerlo en escritura; uno no puede contentarse con lo que pretendía saber ya, cuidándose de lo que se supone de antemano imposible. La experiencia italiana, ¿no debía ser intentada por quien toma el psicoanálisis en serio?
El fracaso de la escuela
Lacan dijo a menudo que lo serio es la serie. Ahora bien, recordemos que en la «Proposición del 9 de octubre de 1967» había indicado que «esta proposición implica una acumulación de la experiencia, su recolección y su elaboración, una seriación de su variedad, una notación de sus grados». No parece que haya podido efectuarse esta seriación que se esperaba de los jurados. Además Lacan esperaba que el AE, al agregarse a la «comunidad de los AE», le modificaría el estilo, el sentido, con los impulsos de saber que cada nuevo AE produciría allí.
Al instaurar el pase, Lacan había querido inventar un modo nuevo de lazo en el grupo, una escuela; gracias a la respuesta de la comunidad de los AE esperaba que se formara para los psicoanalistas « ... esa especie de república que hizo que Pascal se carteara con Fermat, con Roberval [ ... ] No se sabe qué se produjo que hizo que hubiera personas que deseaban saber más respecto de esas cosas inverosímiles», como la cicloide, el círculo, etc. En 1974 propuso entonces que se necesitaba empalmar las fórmulas de la sexuación con las del discurso analítico en una escuela, según una cierta redistribución de las letras, para que « ... se articule la elección de devenir analista de tal manera que al no autorizarse más que de sí mismo, el analista no pueda menos que autorizarse también de otros». «Que algo se invente en el grupo sin deslizarse al viejo carril que constituye la base del discurso universitario cuando se es nombrado con un título.» Los AE, ¿han hecho serie en la EFP, han producido esa «comunidad de analistas», « ... prestos a aumentar la coherencia de las tesis que regulan su trabajo»? Se diría que la respuesta es no.
En 1978, el pase está a la orden del día en la EFP, en las reuniones que se le dedican. Cada uno da allí su eco en un conjunto más bien cacofónico: el único rasgo común de los diversos testimonios es la presencia lancinante de la autoridad de Lacan en el seno de la experiencia. Hay que reconocer que Lacan ocupa un lugar de excepción, no sólo por lo avanzado de las elaboraciones de su seminario y su posición de analista de muchos de sus alumnos, sino en la experiencia del pase en sí. Pues él pide, propone, aguarda, espera lo nuevo, sugiere, esboza, anuncia los contornos de lo que acecha. Una espera tan insistente, ¿no compromete las condiciones de la invención de los otros? Por ello la actitud de Lacan no podía sino aumentar la dificultad de aprehensión de los objetivos del pase por parte de aquellos que él había comprometido en esta experiencia al lado suyo. Su «extrema discreción», en este contexto, ¿no se revelaba más pesada, incluso insoportable, para aquellos que trataban de satisfacer su espera? La situación era paradójica, pues por un lado él indicaba las vías de un modo nuevo de nombramiento y, para hacerlo, nombraba de la manera más tradicional a los notables que debían hacer funcionar la novedad esperada, paradoja que a estos últimos tenía que resultarles francamente insostenible. Por otro lado, en el curso de las reuniones, algunas de las personas que habían participado en los jurados cuestionaron el nombramiento que autenticaba el pase, denunciando con ello los efectos de grupo de los que, según ellos, este nombramiento era responsable, y esto hay que leerlo como signo de un impase.
Lacan cerró estas reuniones como sigue: «Lo único importante es el pasante, y el pasante es la cuestión que yo planteo, a saber: qué es lo que puede pasar por la cabeza de alguien para autorizarse a ser analista. Quise tener testimonios; naturalmente, no tuve ninguno [ ... ] desde luego, este pase es un fracaso completo». Si hay un fracaso, ¿dónde reside? Para empezar, los resultados del pase no fueron seriados, ni aparentemente seriables; en la EFP no siempre se sabe por qué alguien se autoriza a convertirse en psicoanalista. En segundo lugar, el fracaso ¿no está ligado también al malentendido que hizo que las condiciones de recolección de estos testimonios atrajeran como pasantes a analistas que ya trabajaban desde mucho antes, que quizá solicitaban implícitamente el reconocimiento de su práctica de analistas, pero no eran los que podían aportar algo nuevo? (Los primeros AE, que habían sido titulares de las sociedades anteriores, aparentemente no captaban bien la diferencia entre AE y AME; ahora bien, fueron ellos quienes designaron a los pasadores y formaron parte de los jurados; esperaban calificar a los analistas y no autenticar la elección de convertirse en analista.) «Cuando uno ve a los pasantes de siempre -dice Lacano bien a los que están ya comprometidos en esta profesión... es por eso que el AME no me interesa especialmente [ ... ] el AME lo hace por costumbre.»
El propio Lacan da entonces elementos de respuesta al interrogante que él plantea y replantea: « ... para constituirse como analista es necesario estar enormemente chiflado [ ... ] por Freud, es decir, creer en esa cosa absolutamente loca que se llama el inconsciente y que yo he tratado de traducir por el "sujeto supuesto saber"». Estar chiflado por Freud es creer en esa cosa loca que es el inconsciente, que Lacan dice haber traducido por el «sujeto supuesto saber», y creer en el inconsciente implica que hay ahí quienes se comprometen en la locura de la transferencia. El mismo año dirá que « ... el inconsciente es quizás un delirio freudiano [ ... ] eso explica todo, [ ... ] eso explica demasiado».
En suma, estos «chiflados-creyentes» son los aptos para la transferencia, desde los dos lados (analizante y analista).
Lacan, no siempre lo ha hecho, anuda el principio y el final del análisis, la demanda de análisis y el acto de convertirse en analista: «¿Cómo es que hay personas que creen a los analistas?». Nueva definición de la transferencia, «ésta es una historia absolutamente loca», dice. «¿Por qué se le demandaría a un analista la moderación de los síntomas? Todo el mundo tiene síntomas, puesto que todo el mundo es neurótico; por ello en estos casos se llama neurótico al síntoma, y cuando no es neurótico, la gente tiene la sabiduría de no demandar a un analista que se ocupe de él, lo que demuestra no obstante que sólo da ese paso -es decir, demandar al analista que arregle eso- aquél al que es preciso llamar el psicótico.» Sorprendente afirmación. Entonces, siguiendo a Lacan, si quienes no tienen síntomas neuróticos son los que tienen síntomas psicóticos, y éstos tienen la sabiduría de no demandar al analista que se ocupe de ellos, pues bien, puesto que todo el mundo no demanda un análisis, y dado que todo el mundo es neurótico, entonces, ¿sólo decide eso, demandar un análisis, «el psicótico»? Aquel que tiene la locura de creer en el analista, el que tiene esta locura sería entonces el «psicótico», pero «con síntoma neurótico».
Esta formulación sólo puede aprehenderse con la facilitación nueva que produce Lacan con el nudo borromeo de tres consistencias (real, simbólica, imaginaria), y teniendo presente la necesidad, para dar cuenta de la «realidad psíquica» freudiana, de introducir una cuarta consistencia a fin de mantener el nudo sujeto que, sin ella, no se conservaría. Esta cuarta consistencia, articulable al complejo de Edipo freudiano, sostiene el Nombre-del-Padre o «versión del padre», y es el «síntoma». Esta facilitación llevó a Lacan a modificar el sentido del término «simbólico» y a volver sobre el inconsciente freudiano, desdoblando lo simbólico en dos: el símbolo y el síntoma. Esto nos introduce en una clínica psicoanalítica que quizá proporcione elementos para distinguir a quienes hacen esta «cosa absolutamente loca» de demandar un análisis, así como a los que deciden esta «cosa absolutamente loca» de autorizarse como analistas; además permite «que el analista sepa un poco del límite de sus medios».
En julio de 1978, en el congreso de la EFP sobre la transmisión, Lacan confirma que el pase lo ha decepcionado. Al instaurar el pase con la proposición, dijo « ... haber confiado en algo que se llamaría transmisión si hubiera una transmisión del psicoanálisis»; y prosigue: « ... según lo que he llegado a pensar ahora, el psicoanálisis es intransmisible, resulta muy fastidioso [ ... ] que cada psicoanalista se vea obligado ( ... ) a reinventar el psicoanálisis».
Ahora bien, la proposición que instaura el pase se basa justamente en el hecho de que un psicoanálisis no es en sí mismo didáctico, lo que Lacan había confirmado muy claramente en Montpellier en 1973, como ya lo hemos señalado. Para ello se inventó el dispositivo del pase, a fin de recoger un saber inédito en la emergencia del momento de la elección de autorizarse como analista, y para confirmar de tal modo que cada acto analítico es inédito. Esta lógica del pase es coherente con el precedente freudiano de abordar cada demanda de análisis sin saber ya nada de los análisis precedentes. Hay por lo tanto también intransmisibilidad de un psicoanálisis a otro. Pero, puesto que el psicoanálisis en intención no es el lugar de la transmisión, ¿dónde situar la transmisibilidad del psicoanálisis que Lacan daba por descontada con el pase y de la que habla en el congreso? La respuesta es: en la escuela. La autenticación del pase no nombra al pasante con un nombre de «Analista», sino con el nombre de «Analista de la Escuela». El saber derivado del pase era provocado por un dispositivo de escuela, se dirigía a ella, debía alimentar a la Escuela instaurando un nuevo estilo de grupo. Ahora bien, parece que los AE no lograron constituir una comunidad, y por lo tanto «aumentar y sostener la coherencia de la elaboración de un saber que regule» su acto, ni los jurados produjeron series y acumulación del saber surgido de cada acontecimiento de pase efectivo, para producir en la Escuela una invención que pudiera pasar a la escritura. La transmisión del psicoanálisis por el pase en la Escuela no fue efectiva. Y veremos que la efectuación del pase en su lugar no impidió que se erigiera un obstáculo en la persona de Lacan.
Lacan prosigue entonces (Julio de 1978) con la respuesta al interrogante que había esbozado en enero de 1978: « ... el sujeto supuesto saber es alguien que conoce el truco, el modo en que se cura una neurosis, Debo decir que en el pase nada anuncia tal cosa; debo decir que en el pase nada atestigua que el sujeto sepa curar una neurosis». «Neurosis» debe entenderse aquí como el síntoma en tanto que es neurótico. Lacan no espera una prueba de que alguien conozca por experiencia el truco para «remover el síntoma», sino que «sigue esperando algo que le aclare» y le anuncie que un «sujeto sabe hacer algo más que parlotear». «El significante opera porque es del orden del síntoma [ ... ] pero ¿cómo entonces comunicar el virus de ese síntoma con la forma del significante? Es esto lo que me he esforzado por explicar a lo largo de mis seminarios.»
Lacan, sin cesar de pasar el pase, produjo con su seminario ese esfuerzo de transmisión, y esperaba que algunos otros también lo hicieran, con el fin de instaurar, como la «república» de los matemáticos de la cicloide, una escuela donde el psicoanálisis continuara inventándose. Eso era lo que le había sugerido al trípode italiano, y que no se hizo.
En 1980 Lacan disuelve su escuela por haber fracasado, dice, « ... en producir Analistas de aquesta [de la escuela] (AE) que «estén a la altura», Se le pregunta qué es un AE que está a la altura. Él responde: «Que se relea mi proposición de octubre de 1967 [ ... ] funciona, por lo menos que se la abra» (¡la proposición y la boca!). «¿A cuál de mis jurados de confirmación le habría aconsejado que votara por sí mismo, si él, por ventura, se hubiera presentado hoy como pasante?» O publica en Le Monde: «¿Mi pase los sorprendió tan tarde como para que no obtenga de él nada que valga? ¿O esto es por haber confiado su cuidado a quien atestigua no haber advertido nada de la estructura que lo motiva?» (26 de enero de 1980).
En vista del lugar que Lacan ocupó en su Escuela, que es además el lugar que se le permitió ocupar, ella se solidificó en una transferencia sin análisis con él, con Lacan. Allí está el fracaso. En la escuela « ... sólo se ponen de acuerdo sobre esto; se me ama [ ... ] esta Escuela era síntoma, pero no el bueno», dijo. «El efecto de grupo es contrario al efecto de sujeto, el que sólo vale para nosotros por la desubjetivación necesaria del analista. El grupo se define como una unidad síncrono cuyos elementos son los individuos. Pero un sujeto no es un individuo. [ ... ] Esto cojea en el grupo analítico, precisamente porque él no puede ser sínerono sino síntoma, pero no cojea en el escrito donde me ciño a la cuestión» (o sea, en la proposición).
De modo que Lacan fracasó en hacer escuela porque el grupo que amparaba esa escuela no era el buen síntoma. Sin duda, ser síntoma es inevitable para un grupo analítico; el grupo es síntoma y no sínerono, pues no puede vivir de la sincronía que ordinariamente tienen los grupos en virtud de la unidad de los individuos en un mismo movimiento de identificación, como lo ha analizado Freud. Tiene necesariamente que fallar, pero ¿de qué manera? El síntoma de la Escuela Freudiana falló porque la escuela se sostenía en Lacan, y sin él no se sostenía.
Hoy en día, después de la disolución de la EFP y de la muerte de Lacan, la situación es tal que su persona ya no debería «velar lo que él enseñó». Para quienes fueron sus alumnos, se plantea la cuestión del duelo de su persona en la relación de ellos con su enseñanza. Los síntomas de este duelo están probablemente activos en los diversos grupos lacanianos que existen en la actualidad. En efecto, en Francia y en el extranjero se han fundado varios grupos sobre la enseñanza de Lacan: escuelas, asociaciones, convenciones, carteles, centros, círculos, talleres, colegios, fundaciones. Algunos han renunciado deliberadamente al pase como causa supuesta de un fracaso seguro, en vista de los perjuicios que según ellos entraña inevitablemente en todo grupo la nominación que autentifica el pase. Otros aplican un procedimiento de pase para que una escuela de psicoanálisis funcione por ser síntoma y no por amar a uno que constituya excepción, pues no hay un psicoanalista sino del psicoanalista, cuando lo hay. Un grupo analítico, eso cojeará siempre; valdría la pena que lo hiciera de la manera que da soporte a la invención.
En Caracas, Lacan había lanzado un « ... a ustedes les toca ser lacanianos si quieren; yo soy freudiario». Querer ser lacaniano es seguramente apostar al pase, pero no sin procurarse los medios para utilizar la enseñanza de Lacan. Para ello es preciso contar con transcripciones confiables de sus seminarios. Ahora bien, el único método posible para el desciframiento de los seminarios hablados de Lacan es el de la transcripción crítica (que emplea diversas fuentes, que tiene en cuenta sus propias referencias y deja las huellas de su desciframiento). La cuestión espinosa de la transcripción crítica de los seminarios no carece de relación con el pase, puesto que se trata de hacer valer el nombre de Lacan no como un autor ni como un padre, sino de autenticar, mediante el establecimiento, la desubjetivación de la que él dio testimonio con la invención de saber producida a lo largo de su seminario.
Pase
Alemán: Passel / Übergang.
Francés: Passe.
Inglés: Pass.
Término empleado en 1967 por Jacques Lacan para designar un procedimiento de pasaje, consistente en que un analizante (pasante) exponga ante analistas (pasadores) -quienes darán cuenta al respecto ante un jurado llamado de acuerdo aquellos elementos de su historia que el análisis lo ha llevado a considerar capaces de fundamentar su deseo de convertirse en analista.
En francés corriente, el término passe tiene varias acepciones. En particular, puede designar la acción de pasar o avanzar, e incluso el lugar o el momento preciso del pasaje.
Desde principios de la década de 1950, Lacan cuestionó las normas de acceso al análisis didáctico enunciadas por Max Eitingon en 1925, en el Congreso de la International Psychoanalytical Association (IPA) de Bad-Homburg.
En 1964, cuando fundó la École freudienne de Paris (EFP), Lacan abolió la distinción clásica entre análisis personal (o terapéutico) y análisis didáctico, instituyendo un reglamento que no obligaba a los candidatos a elegir su didacta en una lista de titulares establecida de antemano, como era la regla en la casi totalidad de las sociedades de la IPA.
Esta abolición apuntaba a restituirle una significación real al deseo de cada sujeto de convertirse en analista. En lugar de adecuarse a un cursus preestablecido, cada uno tenía entonces la libertad de escoger a su analista a su modo, fuera entre los miembros de la EFP o en otros grupos. Podría ser entonces aceptado en las filas de la EFP, según el procedimiento de admisión definido por los estatutos, pero sin estar obligado a rehacer su análisis con un didacta recomendado por la institución.
Mediante esta transformación, Lacan subrayó que el análisis personal podría o no revelarse didáctico con posterioridad. Nadie podía decidir "de antemano" la validez didáctica de un psicoanálisis. Se trataba por lo tanto de restituirles pertinencia a los interrogantes planteados por Sigmund Freud desde el origen del movimiento: por qué uno se convierte en analista, cómo sucede.
El 9 de octubre de 1967, después de una crisis en la EFP, Lacan decidió darle un estatuto institucional a esa noción de pasaje. Pronunció entonces un discurso memorable, en el cual propuso “fundar en un estatuto lo bastante duradero como para estar sometido a la experiencia, las garantías con las que nuestra Escuela podrá autorizar por su formación a un analista, y en adelante responder por ella".
De modo que el pase es definido como un ritual de pasaje que le permite a un simple miembro (ME) que haya realizado un análisis, acceder al título de analista de la escuela (AE), hasta entonces reservado a quienes habían sido "titularizados" de oficio en el momento de la fundación de la EFR El procedimiento era el siguiente: el candidato al pase (llamado pasante) debía dar testimonio de lo que había sido su análisis ante dos analistas (llamados pasadores), encargados de transmitir el contenido de dicho testimonio al jurado de acuerdo. Ese jurado estaba constituido por miembros elegidos en la asamblea general de la EFP, que ya hubieran recibido el título de AE. La "proposición de octubre" distingue la idea de gradus de la idea de jerarquía, e inscribe el fin del análisis en una dialéctica del "des-ser" ("désétre") y de la "destitución subjetiva". Lacan llama "caída del sujeto supuesto saber" a la situación de fin de análisis por la cual el analista se encuentra en posición de "resto" u objeto (pequeño) a, después de haber estado investido a lo largo de la cura de una omnipotencia imaginaria o de un "saber supuesto".
Lacan expone entonces una fórmula que sólo aparecerá en la segunda versión de su propuesta, la única que se publicaría (en 1968): "El único que autoriza al psicoanalista es él mismo" (“Le psychanalyste ne s'autorise que de lui méme"). Con esta proposición, que haría correr mucha tinta, subraya que el pasaje al ser-analista está en el ámbito de una experiencia subjetiva ligada a la transferencia, que del lado del analizante concluye en una "destitución subjetiva", y del lado del analista en un "des-ser". Esta prueba o experiencia se asemeja de algún modo a lo que Georges Bataille (1897-1962) llamaba Ia experiencia de los límites".
Lejos de ser reducida a una sanción institucional, la idea del fin de análisis, cara a Freud, se convierte entonces en un objeto teórico que es preciso elaborar. Por lo tanto, en lugar de la sacrosanta liquidación de la transferencia, que según las reglas clásicas indica la conclusión de un análisis exitoso, Lacan describe un proceso más sutil: el de una doble experiencia subjetiva (analizante/analista) en la que aparece un estado de pérdida, castración, incluso de depresión melancólica.
Y si bien conserva la denominación de “psicoanálisis didáctico", lo hace para darle una significación nueva basada en una inversión: el orden institucional que él (Lacan) denomina "psicoanálisis en extensión" debe en efecto ser sometido a la primacía de la teoría, es decir, al "psicoanálisis en intensión”, única manera de evitar la esclerosis burocrática generalmente inducida por la jerarquía tradicional de maestros y alumnos.
Por otra parte, el procedimiento apunta a eliminar toda idea de jerarquía entre el título de AME y el de AE; un AME puede ser un excelente clínico sin haberse interrogado sobre el famoso pasaje, mientras que se supone que un ME sin la menor experiencia terapéutica puede revelarse capaz, en el pase, de realizar un aporte teórico sobre la cuestión del análisis didáctico.
La proposición de Lacan fue ampliamente discutida en la EFR Seductora para algunos, incomprensible para otros, suscitó la hostilidad de algunos cuadros de la escuela, elegidos o nombrados mediante el procedimiento antiguo. Ellos hicieron conocer rápidamente su opinión sobre el peligro de permisivismo y los riesgos de un procedimiento que le permitía a cualquier analizante postularse para el título de AE.
El 6 de diciembre de 1967 Lacan respondió a las críticas, pero anunciando su decisión de permitir que se continuara discutiendo. No quería imponer este procedimiento por la fuerza. No obstante, después de los acontecimientos de mayo de 1968 optó por hacer votar su propuesta en la asamblea general, convencido de que obtendría una mayoría de votos: la moción, en efecto, fue acogida con entusiasmo por las generaciones cuarta y quinta del psicoanálisis francés, que acababan de participar en la rebelión estudiantil y, como en las otras sociedades de la IPA, deseaban transformar radicalmente los planes de estudio habituales.
La instauración del pase en la EFP provocó la salida de tres grandes discípulos de Lacan: François Perrier, Piera Aulagnier y Jean-Paul Valabrega. Ellos fundaron la Organisation psychanalytique de langue française (OPLF) o Quatrième Groupe. También en desacuerdo con el pase, Guy Rosolato se había unido a las filas de la Association psychanalytique de France (APF) algún tiempo antes.
Muy pronto, los defectos de esta propuesta, su falta de precisión y sus ambigüedades hicieron su aplicación azarosa e irregular. Afectada de gigantismo, la EFP no logró impedir el desarrollo de la esclerosis que se había considerado que el pase impediría.
En 1973, en el curso de las reuniones de la EFP, se procedió a una primera evaluación. Sin ocultar su desilusión, Lacan subrayó que por lo menos había "ocurrido algo". En lo cual tenía razón. Y con ese espíritu dirigió su "nota italiana" a tres de sus discípulos: Muriel Drazien, Giacomo Contri y Armando Verdiglione. En ella sugería la constitución de un grupo compuesto únicamente por analistas que hubieran realizado el pase y hubieran sido designados AE a continuación de ese procedimiento. Sin duda soñaba entonces con una sociedad ideal, semejante quizás a la célebre Sociedad Psicológica de los Miércoles: una academia de los elegidos. Sea como fuere, según lo ha subrayado Marie-Magdeleine Chatel, él deseaba que ese nuevo modelo de grupo no se viera sumergido en los ritos institucionales clásicos.
En 1978, en oportunidad de las nuevas reuniones de la EFP, el fracaso del pase fue constatado por el propio Lacan, quien lo comparó a un "impasse", y deploró que la masificación del lacanismo hubiera obstaculizado la realización de esa hermosa utopía: "¿Qué podía haber en la cabeza de alguien para que se autorizara a ser analista? He querido tener testimonios, naturalmente no tuve ninguno [ ... ] desde luego, este pase es un fracaso completo." En cuanto a las causas de dicho fracaso, nunca fueron objetos de una reflexión teórica. Los diversos grupos desprendidos de la disolución de la EFP se contentaron con retomar el procedimiento del pase, o bien con renunciar a él, sin que estas actitudes dieran lugar a algún texto de importancia.
Pasión
Jubilosa o dolorosa, entusiasta o melancólica, extática o colérica, toda pasión es una puesta en tensión del deseo y una intensificación de las emociones, incluso una puesta en escena dramatizada de lo que se verifica, se exige, se lamenta, se espera. No obstante, en el sentido del pathos, más se la sufre que se la actúa deliberadamente. Es, en efecto, por el hecho de que no se posee a si mismo que el sujeto puede ser tomado por una pasión que, si desborda los límites del yo, lo empuja a la expansión narcisista o lo amenaza con la disolución. De todos modos, el sujeto pasa cada vez por un momento de fascinación en el que es cautivado y en el que parece que el destino hiciera signo. Es éste el rasgo común que permite identificar como pasiones una serie de fenómenos: el enamoramiento, la entrada en trance, la creencia en un oráculo, el encuentro que deja estupefacto, la excitación súbita, pero también la apuesta del jugador, la obstinación del coleccionista, etcétera.
Como la pulsión, la pasión puede situarse en el límite entre lo psíquico y lo somático. En tanto que estado del cuerpo, es reactivación de experiencias primordiales, en la que lo que causa el deseo y la angustia da lugar a un apego vital marcado por la avidez de los primeros lazos. Pero al mismo tiempo el sujeto padece en su cuerpo el estar bajo el dominio de un discurso que lo aliena: es «la pasión del significante», según Lacan, es decir, la inscripción en el inconsciente de la parte de goce perdido. En este sentido, cada pasión atestigua la intrincación de la vida y la muerte, es una misma figura capaz de representarlas a las dos.
En cuanto al objeto de una pasión, se lo descubre único o variable, encantador o espantoso, encontrado fortuitamente o buscado con obstinación, amorosamente idealizado o rechazado con odio. Lo que está en juego es la identificación de algo que podría colmar la falta o garantizar la existencia del deseo del Otro. Así, la pasión es búsqueda de certidumbre, lo que no impide que pueda resultar de un rechazo de saber concerniente a la falta subjetiva que esa necesidad recubre.
Este último aspecto se destaca particularmente en las formas patológicas de lo pasional, en las que el ser atormentado por el vacío se consume en la destructividad. En este caso la falta es experimentada como humillación narcisista, y se intenta anular la pérdida. Se impone entonces como necesario un lazo fusional, aunque se huya de él o se lo ataque cada vez que interviene la angustia persecutoria. Entonces el amor se sustenta en la rivalidad celosa, intenta fijarse en el ideal pero finalmente sólo se sostiene en el odio. En efecto, si la alteridad es insoportable y la confusión peligrosa, el otro sólo puede ser alcanzado en la violencia. En el límite, el desconocimiento de las fuentes incestuosas o agresivas de una pasión puede así transformarse en una certidumbre en la que la prueba se relaciona con el hecho de que alguien debe ser sacrificado.
No obstante, la pasión no es mortífera si no procede de una fascinación en la que el sujeto se remite a una figura del destino que lo condena a lo trágico. En consecuencia, el análisis puede ser, no la anulación de las pasiones sino su pacificación, en la medida en que permita dilucidar lo que surge del impase repetitivo y lo que abre a nuevas posibilidades de realización. Pues, como lo enuncia Freud en ¿Pueden los legos ejercer el análisis?, «decidir cuándo es más oportuno dominar las pasiones y plegarse a la realidad, o bien tomar partido por ellas y prepararse para defenderse del mundo exterior, es el alfa y omega de la experiencia de la vida».
Patriarcado
Alemán: Patriarchat.
Francés: Patriarcat.
Inglés: PatriarchY.
El patriarcado es un sistema político-jurídico en el cual la autoridad y los derechos sobre los bienes y personas dependen de una regla de filiación llamada patrilineal, es decir, que se concentran en las manos del hombre que ocupa la posición de padre fundador, sobre todo en las sociedades occidentales. No obstante, el sistema patriarcal pocas veces se presenta con esa pureza, en la medida en que coexiste en numerosas sociedades con una filiación matrilineal que decide la pertenencia del individuo con referencia a vínculos genealógicos que pasan por las mujeres.
El debate sobre la oposición entre el patriarcado y el matriarcado fue contemporáneo de las hipótesis evolucionistas del siglo XIX, desde Henry Lewis Morgan (1818-1881) hasta Friedrich Engels (1820-1895), pasando por Johann Jakob Bachofen (1815-1887). Teóricos y juristas pensaban que el patriarcado era una forma tardía de organización social, que había sucedido a un estadio más primitivo, o matriarcado. Para Engels, el advenimiento del patriarcado constituía la gran derrota del sexo femenino, mientras que Bachofen, cuyas ideas influyeron mucho en los escritores vieneses de fines de siglo, obsesionados por la decadencia del padre, profetizó la declinación irreversible del patriarcado, símbolo de la conciencia occidental, y estigmatizó los peligros de un matriarcado que encarnara la omnipotencia irracional de las fuerzas de la naturaleza.
En realidad, ninguna sociedad ha experimentado un matriarcado definido de este modo. Sin embargo, esta tesis ha quedado como uno de los mitos fundadores de los sistemas de pensamiento modernos: a veces el reino del matriarcado es presentado como fuente de caos, anarquía, desorden, y se opone al patriarcado como sinónimo de razón y cultura, y otras, a la inversa, el reino del matriarcado es descrito como un paraíso natural que el patriarcado habría destruido con su despotismo autoritario.
Lo mismo que la del culturalismo y la de la diferencia de los sexos, esta cuestión atraviesa toda la historia del psicoanálisis. Pero en Sigmund Freud se plantea menos en términos de oposición histórica o mítica que como una reflexión estructural en torno al complejo de Edipo.
En las diferentes escuelas varían las actitudes respecto de la estructura edípica, según se privilegien las posiciones respectivas del padre o la madre en el interior de la configuración parental. Si el freudismo clásico tendía a privilegiar el rol del padre, el kleinismo, por el contrario, volcó toda la teoría edípica hacia el polo materno, a través de una concepción nueva de la relación de objeto. Jacques Lacan, por su lado, integró las dos tendencias: las relaciones arcaicas con la madre, y la revalorización simbólica de la función paterna. Desde 1938, en Les Complexes familiaux, subrayó que el psicoanálisis había nacido de la declinación de la función paterna en la sociedad occidental. Esta tesis era por otra parte compartida por los filósofos de la Escuela de Francfort, como lo atestigua una carta luminosa de Max Horkheimer (1895-1973) dirigida en 1942 a Leo Lowenthal: "Es justamente la decadencia de la vida familiar burguesa lo que le permitió a su teoría llegar a ese nuevo estadio que aparece en Más allá del principio de placer y los escritos siguientes".
A partir de 1949, influido por los trabajos de Claude Lévi-Strauss, Lacan introdujo en el psicoanálisis una teoría del significante que desplazaba el estudio de la configuración edípica en el campo de la reflexión sobre el lugar de los sistemas de parentesco en el inconsciente del sujeto.
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