Phantasme
Ing.: Phantasy.
Grafía propuesta por Suzan Isaacs y adoptada por diversos autores y traductores para designar la fantasía inconsciente y señalar su diferencia con la fantasía consciente (véase: comentario de Fantasía).
Phantasme
Alemán: Phantasie.
Francés: Phantasme.
Inglés: Phantasy.
Grafía adoptada en francés para reflejar la distinción trazada por Susan Isaacs en 1948 entre fantasy con f, fantasma consciente, y phantasy, con ph, considerado inconsciente.
La palabra fantasme (fantasma) fue adoptada en francés por los primeros traductores de Freud (Marie Bonaparte, Édouard Pichon) a partir del griego phantasma (aparicíón, que pasó al latín como fantasma o espectro), para traducir lo que en la palabra alemana Phantasie se relaciona con una formación imaginaria, esto es, con un concepto, y no con una fantasía en el sentido de actividad imaginativa. De modo que, allí donde Freud emplea una sola palabra alemana (Phantasie) para designar dos cosas distintas (un concepto y una actividad) la lengua francesa utiliza dos términos: fantasme o phantasme y fantaisie (fantasía). En este sentido, no hay por lo tanto en francés ninguna diferencia entre las dos grafías, utilizadas de manera equivalente incluso por los traductores de la obra de Melanie Klein.
Algunos autores, como Piera Aulagnier, han sistematizado la grafía ph, mientras que otros han preferido no establecer ninguna distinción. En la terminología inglesa, en la cual la palabra fantasy significa, como en alemán, fantasma y fantasía a la vez, el empleo de phantasy, se ha generalizado sólo entre los poskleinianos, por otra parte al punto de reemplazar fantasy. Hay en ello una cierta lógica, puesto que el kleinismo tiende a situar toda la clínica psicoanalítica del lado de la realidad psíquica y de los fenómenos más inconscientes y arcaicos.
En 1967, Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis señalaron que la distinción entre las dos grafías era inútil, puesto que en Freud el concepto de fantasma pertenece tanto al registro consciente como al inconsciente. No obstante, se puede decir que hay una diferencia conceptual entre fantasy y phantasy, es decir, entre los kleinianos de lengua inglesa y los otros freudianos también de lengua inglesa, mientras que en Francia la
adopción de una u otra grafía no es pertinente, salvo cuando un autor se refiere explícitamente a la terminología kleiniana. En alemán, la distinción kleiniana tampoco entraña un cambio de escritura.
En 1989, los responsables de la nueva traducción francesa de las obras de Freud, con el fin de crear una lengua "freudológica", excluyeron del sistema conceptual psicoanalítico la palabra fantasme en beneficio de fantaisie. De tal modo redujeron el concepto a una palabra. En francés, el vocablo fantaisie no puede abarcar la dimensión conceptual de fantasme ni instaurar una distinción de tipo kleiniano entre consciente e inconsciente.
Pichon Édouard
(1890-1940) Médico y psicoanalista francés
Pediatra, médico hospitalario, gramático, monárquico, ideólogo del afrancesamiento absoluto de la doctrina freudiana y miembro de la liga Action française, Édouard Pichon ha quedado como el personaje más original, más contradictorio y más inteligente de la primera generación psicoanalítica francesa. Yerno de Pierre Janet sin ser janetiano, sintió la pasión del psicoanálisis sin ser realmente freudiano. Después de su análisis con Eugénie SokoInicka casi no formó didactas, prefiriendo siempre la medicina hospitalaria a la práctica de consultorio. Si bien adhirió sin reservas a las tesis antisemitas de Charles Maurras (1868-1952), fue dreyfusista. No publicó ningún texto sospechado de antisemitismo ni tuvo nunca, en la vida cotidiana, la menor actitud antisemita con sus colegas de la SPP y el grupo de L'Évolution psychiatrique. A diferencia de Angelo Hesnard y de muchos psiquiatras franceses de su generación, no era germanófobo.
Su creencia en la superioridad de la "civilización" francesa sobre todas las otras culturas derivaba menos del chovinismo que de la política. Al defender la "civilización" contra la Kultur, Pichon reivindicaba un catolicismo racionalista, el único capaz a su juicio, contrariamente al judaísmo y el protestantismo, de encarnar los valores de una espiritualidad occidental que pudiera actuar como contrapeso frente al bolcheviquismo, el feminismo, el liberalismo, el nazismo y los ideales de la Revolución de 1789. De allí sus posiciones ultraconservadoras en favor de la familia tradicional, del matrimonio único, de la virginidad de las jóvenes y de la educación de los niños.
Por su rigor teórico, y a pesar del fracaso radical de su programa de afrancesamiento de la doctrina vienesa, desempeñó un papel considerable en la génesis del freudismo francés, poniendo muy pronto el acento en la relación entre el lenguaje y el inconsciente, animando en el seno de la Société psychanalytique de Paris (SPP) una comisión para la traducción y la unificación del vocabulario freudiano y, finalmente, introduciendo nociones que más tarde utilizaría Jacques Lacan: por ejemplo, la de forclusión. Fue también el maestro en pediatría de Françoise Dolto, quien le debía un estilo brillantísimo y una manera de hablar en la que se mezclaban la tradición de la derecha maurrasiana y un realismo poético derivado directamente de las películas de Jean Renoir (1894-1979).
Nacido en Sarcelles, en una familia originaria de Borgoña, Édouard Pichon fue educado en un espíritu laico y republicano. Muy pronto sufrió el embate de un reumatismo articular hereditario (moriría de esa afección), y ése fue el tema de su tesis de medicina. Junto con el tío, Jacques Damourette, gran erudito, fanático de la lengua y la literatura, emprendió desde la juventud (entre 1911 y 1940) la tarea más importante de su vida: la edificación de una gramática descriptiva de la lengua francesa. La obra se titula Des mots à la pensée y comprende siete enormes volúmenes acompañados de un "Glosario de términos especiales" que cataloga todos los neologismos inventados por los dos estudiosos.
En 1927 se casó con Héléne Janet, de quien tuvo un hijo, Étienne Pichon, y ese mismo año dirigió a Charles Maurras su carta de adhesión a la Action française: "Señor y admirable maestro, no soy un racionalista puro. Aunque la razón tenga alguna belleza, alguna utilidad, me parece que el corazón, si me atrevo a decirlo, es aún más divino [ ... ]. El Papa está haciéndose protestante, y ésta es la razón de mi humilde solicitud de adhesión [ ... ]. Un último punto: soy psicoanalista. Los resultados obtenidos por el método freudiano han obligado a mi buena fe a aceptar esta disciplina. He escrito recientemente un artículo para demostrar que la adopción del psicoanálisis como método terapéutico no entrañaría en absoluto la renuncia a ningún estilo metafísico, moral ni religioso.-
En el período de entreguerras publicó muchos artículos, tres de los cuales llegaron a ser esenciales para la comprensión del sistema conceptual propio del movimiento psicoanalítico francés: "la gramática como modo de exploración del inconsciente", "Sobre la significación psicológica de la negación en francés", y "La persona y la personalidad vistas a la luz del pensamiento idiomático francés". Estos textos revelan que Pichon fue el primero en advertir, antes de Lacan, que el descubrimiento freudiano del inconsciente le planteaba a la lingüística saussureana una cuestión fundamental. También subrayan hasta qué punto su posición de gramático estaba en contradicción con su lectura psicoanalítica de los textos freudianos. En efecto, la idea de una primacía de la lengua sobre el pensamiento llevó a Pichon a sostener en la gramática el principio de una primacía del inconsciente sobre la conciencia, mientras que, en su enfoque de la obra freudiana, negaba la existencia de un inconsciente "psicológico". De modo que accedió a la naturaleza del inconsciente freudiano a través de la gramática. Fue entonces el primero en identificar, a partir de la lengua, una confluencia entre el lenguaje y el inconsciente. Ésta sería retomada por Lacan.
En 1938 Pichon entabló una polémica con Lacan a propósito de un texto titulado "Los complejos familiares", encargado al último por Lucien Febvre (1878-1956) y Henri Wallon (1879-1962) para la Encyclopédie française. Si bien Pichon compartía con Lacan la idea de que la familia era un agente de la tradición, y no de la herencia, rechazaba la doctrina de la antropología cultura¡, y con esta óptica negaba el antropologismo lacaniano, a su juicio "marxista" y "hegeliano". Tanto como el universalismo de Lacan se basó desde esa época sobre la idea de una universalidad de la razón y la cultura frente a la naturaleza, el universalismo de Pichon (maurrasiano) reposaba sobre la pretendida superioridad universalizante de la civilización francesa. Pichon admiraba a Lacan con lucidez, y pensaba que era el único capaz de asumir después de él la función de ideólogo de un freudismo que había que afrancesar.
Pichon Rivière Enrique
(1907-1977) Psiquiatra y psicoanalista argentino
Verdadero padre fundador del freudismo argentino, Enrique Pichon-Rivière ejerció por su enseñanza oral (conferencias, cursos, seminarios), mucho más que por sus escritos, un extraordinario poder de fascinación sobre sus amigos, sus discípulos y sus contemporáneos. Fue el más grande analista argentino, e incluso, junto a Marie Langer, de quien era muy distinto, una de las figuras más eminentes de la escuela psicoanalítica latinoamericana.
Nacido en Ginebra, provenía de una familia de origen francés que se instaló en 1911 en el Chaco, y después en Goya, al norte del país, ex territorio de los indios guaraníes. Tuvo una infancia melancólica, y dijo más tarde que su deseo de ser analista provenía de su voluntad de ver claro entre dos culturas. El padre, propietario de una plantación de algodón, tenía ya cinco hijos de un primer matrimonio con la hermana de su segunda mujer, la que tuvo uno solo: Enrique. Ella creó en Goya la escuela profesional y el colegio nacional.
A los 19 años emprendió estudios de medicina en la Universidad de Buenos Aires. Siempre melancólico, y con depresiones que "curaba" bebiendo, le interesaba tanto la medicina como la política y la poesía. En 1934 comenzó a escribir críticas de arte para la revista Nervio. Después de descubrir la obra freudiana leyendo artículos de Carl Gustav Jung y Alfred Adler, abrió en la revista una sección de psicoanálisis.
En el hospital de Torres, donde ejercía como psiquiatra, organizó un equipo de fútbol mientras estudiaba los problemas sexuales de los enfermos mentales. Más tarde trabajó en el Instituto Charcot, y después como crítico de literatura en un diario. A lo largo de sus estudios tuvo a su lado a su más querido amigo, Federico Aberastury, psiquiatra como él, y con cuya hermana, Arminda, se casó en 1936. Ese mismo año se comprometió con fervor en el comité de apoyo a los republicanos españoles, junto al escritor Roberto Arlt (1900-1942).
En 1938 conoció a Arnaldo Rascovsky. Entusiasmados por el psicoanálisis, los dos soñaban con salvarlo del peligro fascista, ofreciéndole una nueva tierra prometida. Con ese objetivo reunieron a su alrededor a un círculo de elegidos, que constituyó el núcleo fundador del freudismo argentino: Luis Rascovsky, el hermano de Arnaldo; Matilde Wencelblat, su esposa; Simón Wencelbiat, el hermano de esta última; Arminda Aberastury y, finalmente, Guillermo Ferrari Hardoy y Luisa Gambier Álvarez de Toledo. Con los inmigrantes Celes Cárcamo, Ángel Garma, Marie Langer y sus amigos, Pichon Rivière fundó en 1942 la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), de la que se distanció en 1959. Analizado primero por Garma y después controlado por Cárcamo, viajó más tarde a Gran Bretaña, donde realizó un segundo control con Melanie Klein.
Como todos los representantes de la tercera generación psicoanalítica mundial, Pichon-Rivière sólo tuvo acceso a la obra freudiana a través de la lectura, y no mediante un contacto directo con el maestro vienés. En consecuencia, y también por el gusto de la independencia y la negativa a encerrarse en un dogma, elaboró una enseñanza muy poco ortodoxa que entreteje múltiples influencias: una especie de paradigma del freudismo argentino.
A la vez socialista y partidario de la psiquiatría dinámica, desarrolló todas las formas de psicoterapia de las psicosis que cuestionaban la nosografía clásica, el nihilismo terapéutico y el encierro. Se orientó entonces hacia diversas formas de práctica grupa], desde la creación en 1947 de lo que él denominó "el grupo operativo", cuya tarea era responder a las dos angustias fundamentales de la vida social e institucional (el miedo y la pérdida), hasta la fundación, en 1959, de la Escuela de Psicología Social, donde pudo transmitir no sólo su concepción de la "enfermedad única", sino también una enseñanza original y abierta a las aspiraciones de la juventud estudiantil.
Como lo ha señalado Hugo Vezzetti, con esa expresión de "enfermedad única", creada en 1947, le asignaba un marco psicosomático a la psicosis en general, relacionando tres entidades: la melancolía, la epilepsia y la esquizofrenia. La primera era para él el núcleo central de toda psicosis; Pichon-Rivière describió la pérdida del objeto como equivalente a una muerte inducida por un superyó sadomasoquista. De la segunda derivaba a su juicio el prototipo de la crisis capaz de restaurar provisionalmente el equilibrio pulsional. Finalmente, de la tercera extraía el modelo de todas las formas de regresión hacia el yo. En este enfoque, la neurosis y la psicosis se diferencian menos por su estructura que por la profundidad de las posiciones regresivas que engendran.
De modo que esta denominación de "enfermedad única" reunía varias tradiciones clínicas que se encuentran a la vez en el kleinismo, la antipsiquiatría y la Self-Psychology.
Influido por el surrealismo, Pichon-Rivière conoció a André Breton (1896-1966) y se interesó por los dos grandes escritores de la modernidad literaria que habían expresado, a través de una nueva escritura poética, la idea de cambiar al hombre a partir del "Yo es un otro": Arthur Rimbaud (1854-1891) y Lautréamont (1846-1870). En este sentido, sus trabajos contribuyeron a establecer el vínculo entre las dos vías de implantación del psicoanálisis en la Argentina: la literaria y cultural, por un lado, y por el otro la vía terapéutica (psicología, psiquiatría).
En 1955 conoció a Jacques Lacan, quien lo recibió en su casa acompañado de Tristan Tzara ( 1896-1963). Interesado por ese hombre, y por la nueva manera de pensar el freudismo, Pichon-Rivière desempeñó un papel fundamental, diez años más tarde, en la introducción del lacanismo en su país, al incitar al joven filósofo Oscar Masotta a leer los textos del maestro francés.
Hacia 1965 dejó de interesarle mucho el análisis didáctico, pero su seminario, en el que se apiñaba la juventud intelectual, continuó asegurándole un lugar incuestionado de maestro de pensamiento, a pesar del alcohol y los medicamentos: "Su vida era una verdadera deriva -escribió Masotta- y, de todos modos, nos concernía a todos de una manera u otra. Él tenía algo de la imagen del Santo a quien se le perdona todo."
Placer
Si la actividad psíquica consiste en primer lugar en evitar el displacer y buscar el placer, se trata de que ella apunta por una parte a esquivar el dolor o el terror y descargar la excitación, y por la otra a repetir la experiencia de satisfacción primaria y suprimir de tal modo la tensión pulsional. Esta concepción de la que parte Freud es influida por el modelo de la acción refleja, y complicada en cuanto hay un rodeo por el recuerdo y la representación. En lo que respecta a la vida sexual, ella da testimonio del hecho de que el placer no se reduce a la satisfacción de la necesidad: en efecto, el erotismo infantil aparece como suplemento del apuntalamiento sobre las funciones vitales; todas las partes del cuerpo, y no sólo el lugar genital, pueden constituir zonas erógenas, y el placer preliminar demuestra que una tensión puede ser a la vez placentera e incitadora, lo que pone en juego una dimensión distinta que la del «placer de órgano». Además, si soñar y fantasear llevan a obtener placer, sucede en estos casos que lo útil en sí es desviado para orientarlo en el sentido de una realización de deseo.
De modo que el placer se produce en la confluencia del goce del cuerpo y la actividad representativa, lo cual vale por otra parte en el campo de lo erógeno, pero también para el placer de la agresión. Esto supone que hubo un tiempo de constitución de un «yo-placer» (Lust-Ich) con aceptación y ligadura psíquica de lo pulsional. En consecuencia, este estado da lugar a reencuentros, tanto cuando el placer acompaña al reconocimiento de lo conocido como cuando surge ante lo nuevo. En otras palabras, se trate de una reducción de las tensiones o de la reactivación de un deseo, el placer parece ser función de la variación de intensidad de las excitaciones, con la condición de que éstas no superen un cierto umbral, marcado por la señal de la angustia.
No obstante, cada pulsión parcial sigue su propia vía hacia la satisfacción que lo real está lejos de garantizar. ¿Qué sucede entonces cuando persiste el empuje de las pulsiones sofocadas y retorna lo reprimido? Allí donde se esperaba placer, el yo experimenta displacer. Además, las experiencias primarias de displacer también se repiten, y esta compulsión hace aparecer lo pulsional en obra, como agente de muerte. De ahí los síntomas como compromiso entre el goce imposible y la satisfacción exigida. De ahí las formaciones del inconsciente como modo sustitutivo de realización del deseo. Y de ahí también el juego de la lengua en tanto que posibilidad de reencontrar las fuentes del placer interdicto, de remontar la represión y de acceder al libre empleo de las palabras y los pensamientos. Queda por decir que el placer no carece de límites, y que el goce que los excede es rechazado en parte en tanto que extraño al sujeto. Lacan insiste también en el modo en que la regulación del placer refrena el goce corporal; no obstante, la falta de este último deja lugar a lo que causa el deseo en el inconsciente.
Placer de órgano
Al.: Organlust.
Fr.: plaisir d'organe.
Ing.: organ-pleasure.
It.: piacere d'organo.
Por.: prazer de órgão.
Modalidad de placer que caracteriza la satisfacción autoerótica de las pulsiones parciales: la excitación de una zona erógena se apacigua en el lugar mismo en que se produce, independientemente de la satisfacción de las otras zonas y sin relación directa con la realización de una función.
El término «placer de órgano» es utilizado por Freud en varias ocasiones; no parece constituir una innovación terminológica por su parte; el término sugiere una oposición con aquel otro, más corriente, de placer de función o placer funcional, que designa la satisfacción ligada a la realización de una función vital (por ejemplo, placer de la alimentación).
El término «placer de órgano» es utilizado por Freud sobre todo cuando intenta profundizar en sus hipótesis relativas al origen y a la naturaleza de la sexualidad, en el sentido dado a ésta por el psicoanálisis, que la amplía mucho más allá de la función genital. El momento de aparición de la sexualidad se busca en la fase llamada autoerótica, caracterizada por un funcionamiento independiente de cada pulsión parcial.
En el lactante, el placer propiamente sexual se separa de la función en la que primeramente se apoyaba (Véase: Apoyo) y de la que era el «producto marginal» (Nebenprodukt), para ser buscado por sí mismo: así, por ejemplo, el chupeteo intenta aliviar una tensión de la zona erógena buco-labial aparte de toda necesidad alimentaria.
En la noción de placer de órgano se condensan los rasgos que, según Freud, definen esencialmente la sexualidad infantil: «[...] aparece apoyándose en una función corporal de importancia vital; todavía no conoce objeto sexual: es autoerótica; su meta sexual viene gobernada por una zona erógena».
En las Lecciones de introducción al psicoanálisis (Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse, 1916-1917), Freud se interroga ampliamente sobre la posibilidad de definir la esencia misma de la sexualidad a través de aquellas manifestaciones acerca de las cuales el psicoanálisis ha mostrado su parentesco y continuidad con el placer genital. La definición de estas manifestaciones como «placer de órgano» Freud la presenta como una tentativa de sus interlocutores científicos de definir fisiológicamente los placeres infantiles que aquél designa como sexuales. Freud, en este pasaje, critica dicha definición, por cuanto conduciría a negar o limitar el descubrimiento de la sexualidad infantil. Pero, aunque se opone a esta utilización polémica del concepto, la hará suya de buen grado en cuanto hace recaer el acento sobre la originalidad del placer sexual infantil en relación con el placer ligado a las funciones de autoconservación. Así, en Las pulsiones y sus destinos (Triebe und Triebschicksale, 1915) escribe: «De un modo general, las pulsiones sexuales pueden definirse como sigue: son numerosas, nacen de fuentes orgánicas diversas, actúan en un principio independientemente unas de otras y sólo se reúnen tardíamente en una síntesis más o menos completa. El fin al cual tiende cada una de ellas es la obtención del placer de órgano».
Placer (principio de)
(fr. principe de plaisir, ingl. pleasure principle; al. Lustprinzip). Principio que rige el funcionamiento psíquico, según el cual la actividad psíquica tiene como objetivo evitar el displacer y procurar el placer.
Para Freud, el principio de placer, presentado paralelamente al principio de realidad, es una certidumbre, pero al mismo tiempo es la fuente de diversas dificultades. Puede ser concebido según el modelo del apaciguamiento de una necesidad, vinculada a la satisfacción de las pulsiones de autoconservación, pero más bien tendería por sí mismo a una desrealización; Freud dice, por ejemplo, que el lactante, bajo la influencia del principio de placer, alucinaría el seno en vez de alimentarse.
Por otra parte se lo presenta sobre todo como principio de disminución de la tensión, y sin embargo Freud reconoce la existencia de tensiones agradables. Bajo otro aspecto, la existencia de un más allá del principio de placer, a partir de la hipótesis de la pulsión de muerte, viene a plantear el interrogante sobre lo que el hombre efectivamente busca. La noción lacaniana de goce constituye una tentativa para resolver estas dificultades.
Plano euclidiano
Se llama plano euclidiano al espacio bidimensional R2, dotado de la distancia entre dos puntos definida en forma usual. Esta distancia, o métrica, se distingue de otras por la validez del teorema de Pitágoras.
Plano proyectivo
Espacio definido en geometría proyectiva, de acuerdo con la idea intuitiva de agregar al plano euclidiano un horizonte, de modo tal que dos rectas paralelas determinen un (único) punto. Las rectas resultan entonces cerradas, es decir, homeomorfas a una circunferencia, hecho relacionado además con la propiedad que tiene el plano proyectivo de ser compacto. Al horizonte, que también es una recta, se lo suele llamar recta impropia, pues está compuesta de puntos impropios, también llamados puntos del infinito.
En la geometría proyectiva los conceptos de punto y recta son duales, puesto que pueden intercambiarse. Por ejemplo, el enunciado: Dos puntos determinan una única recta se transforma en su dual Dos rectas determinan un único punto, que también es válido, aunque no lo es en la geometría euclidiana.
Plasticidad de la libido
At.: Plastizität der Libido.
Fr.: plasticità de la libido.
Ing.: plasticity of the libido.
It.: plasticità della libido.
Por.: plasticidade da libido.
Capacidad de la libido de cambiar más o menos fácilmente de objeto y de modo de satisfacción.
La plasticidad (o libre movilidad, freie Beweglichkeit) puede considerarse como una propiedad inversa de la viscosidad. Remitimos al lector a nuestro comentario sobre este último término, que se encuentra más a menudo que el de plasticidad en los textos de Freud.
La expresión «plasticidad de la libido» ilustra la idea, fundamental en psicoanálisis, de que la libido es en un principio relativamente indeterminada en cuanto a sus objetos y siempre es susceptible de cambiarlos.
Plasticidad igualmente en cuanto al fin: la falta de satisfacción de una determinada pulsión parcial se ve compensada por la satisfacción de otra o por una sublimación. Las pulsiones sexuales «[...] pueden reemplazarse recíprocamente, una puede asumir la intensidad de las otras; cuando la realidad impide la satisfacción de una de ellas, se puede encontrar una compensación en la satisfacción de otra. Podrían compararse a una red de vasos comunicantes llenos de líquido [...] ».
La plasticidad varía según el individuo, su edad, su historia. Constituye un factor importante en la indicación y pronóstico de la cura psicoanalítica, puesto que la capacidad de cambio dependería principalmente, según Freud, de la capacidad de modificar las catexis libidinales.
Plus-de-gozar
s. m. (fr. plus-de-jouir; ingl. increase in enjoy; al. Metirlust). [Debe entenderse como una renuncia al goce pero también como un franqueamiento que permite un deslizamiento en el goce, sustentado en el objeto a, paradoja que se apoya en la negación en francés, que se construye con los adverbios en función auxiliar pas, point, plus, absolument, etc., que Lacan explota en distintos conceptos.] Neologismo propuesto por Lacan para designar, por homología con la plusvalía, la función estructural a la que se reduciría generalmente el goce, y que constituye uno de los modos de presentación del objeto a.
La noción de plus-de-gozar viene a tomar su lugar, para el psicoanálisis, en el marco de una teoría del objeto causa del deseo, que Lacan denomina objeto a. Para Lacan, el sujeto no puede asegurar su ser en el nivel de la cadena significante, que empero lo determina. Allí, en efecto, se ve remitido sin cesar de un significante a otro significante, y en el fondo sólo se sitúa en el corte entre los significantes. De ahí que se sostenga más bien en el fantasma, o sea, en su relación con el objeto de deseo. Pero el objeto que causa su deseo se revela él mismo marcado por el sello formal del corte. De ahí que sea difícil hablar de él, sin errar, precisamente, aquello que le da su valor particular, y hace de él, según Lacan, un «ser sin esencia».
Por esta razón, sin duda, es que Lacan, a lo largo de toda su obra, busca proponer diversas vías de presentación de este objeto. Además de su ubicación topológica (véase topología), se refiere, a partir de una lectura del Banquete de Platón, a la noción de agalma. Y sitúa también al objeto a como «plus-de-gozar», por homología con el concepto de «plusvalía» [Mehrwert] en Marx.
Para Marx, la plusvalía se define a partir de una sustracción. Si se abstrae de la amortización del capital constante (máquinas, etc.), el valor de cambio de una mercancía corresponde al tiempo de trabajo necesario para su producción. En contrapartida, el salario del obrero corresponde solamente al valor de su fuerza de trabajo, valor inferior determinado por el tiempo necesario para su reproducción. De este modo, el capitalista puede realizar una plusvalía, igual a la diferencia entre el valor de la mercancía y el del trabajo del obrero. Sin embargo, Marx mismo hace notar que el capitalista no se apropia de esta plusvalía sino muy parcialmente. La lógica del sistema lo obliga, en efecto, a reinvertir en la producción. De este modo, la plusvalía da el modelo de un objeto del que nadie puede gozar verdaderamente, aun cuando toda la producción capitalista parece organizada con vistas a su realización.
Comentando a Marx, Lacan destaca que la plusvalía es posible a partir de efectos de lenguaje, en particular de aquellos que determinan una «absolutización del mercado», que hace que el trabajo mismo se convierta en una mercancía como las otras. E indica, sobre todo, que hay homología entre lo que revela la obra de Marx y lo que hace aparecer el discurso psicoanalítico: una renuncia al goce.
Cuando Freud estableció los grandes principios que regulan la existencia del sujeto, definió el principio de placer como una tendencia a reducir la excitación con el fin de evitar el displacer. Lacan, por su parte, intenta dar cuenta, al hablar de goce, de un más allá del principio de placer, de algo que pondría en juego al cuerpo, de una suerte de forzamiento. El goce absoluto, con todo, es imposible para el hombre, Este más bien se relaciona con una pérdida de goce, como se ve en el amo, en la teoría de Hegel, que efectivamente no puede hacerse amo si no es arriesgando su vida, renunciando al goce de la vida. Es más bien esta pérdida la que viene a simbolizar el objeto a. Lo que causa el deseo del sujeto es el objeto a en tanto signo de un goce perdido.
Estas tesis, introducidas en el Seminario XVI, «De un Otro al otro», son precisadas el año siguiente en el Seminario XVIII, «El revés del psicoanálisis». Presentado en el marco de una teoría de los discursos, el plus-de-gozar viene especialmente a definir, en el discurso del amo, lo que produce la articulación de lenguaje que nos determina. Es ahí donde la homología entre el objeto perdido que describe el discurso psicoanalítico y el estatuto de la plusvalía en Marx viene a tomar todo su sentido. Debe destacarse sin embargo que Lacan establecerá también una escritura específica destinada a presentar al «discurso capitalista«, escritura que da mejor cuenta de lo que después de Marx ha podido modificarse, incluso en la esfera de la economía.
Poder originario y poder de los orígenes
Definición
El poder originario está ligado a la constitución del psiquismo y encarnado en un mujer: la madre. Personaje dotado del bagaje biológico que la constituye en factor fundamental de la crianza en el primer año de vida del infans.
El poder de los orígenes, permanece centrado en la cultura y protagonizado por el hombre que controla los resortes económicos, políticos e ideológicos del mundo social.
Estos enunciados abonan la hipótesis de que en el devenir edípico y en la relación de pareja existe una lucha de ambos poderes de carácter estructural y que explica ciertos aspectos de la agresión humana.
Origen e historia del término
El Diccionario da dos definiciones de poder: "Capacidad que tiene una cosa de efectuar un cambio en otra cosa" y la segunda asociada a potencia, "capacidad interna de pasar de un estado a otro estado".
La problemática del poder no presentó mayor interés en el campo psicoanalítico, pese a ser tan masivo y cotidiano como el deseo, objeto de múltiples teorías.
Marie Langer señalaba "el poder, ese gran olvidado por los psicoanalistas".
Un precursor en el psicoanálisis fue W. Reich que en sus trabajos intentó articular el marxismo con la concepción freudiana, y relacionaba el poder con la represión sexual, en La lucha sexual de los jóvenes pensaba, demasiado linealmente que la liberación sexual iba a generar energías disponibles para la toma del poder por el proletariado.
Entre nosotros J. Puget propone revisar las teorías sobre el poder, y señala que en el ámbito familiar el poder está determinado por el sexo, mientras que en el área social se apoya en la capacidad de matar.
Los filósofos que han trabajado esta temática son Nietzche, para quien la voluntad de poder es la pulsión fundamental y las consecuencias de su inhibición es el sometimiento al otro. En la llamada genealogía del poder lo asocia con los aspectos dionisíacos (caos, desorden pulsional) en oposición a lo apolíneo (que representa aquello organizado y disciplinado).
Su continuador Foulcault, quien ilumina acerca de lo constituyente del poder y agrega en Microfísica del poder "Lo que hace que el poder prenda, que se acepte, es que no es sólo una fuerza que dice que no, sino algo que produce cosas, induce placer, forma saber, es una red productiva que atraviesa el cuerpo social más que instancia negativa que implica reprimir".
Desarrollo desde la perspectiva vincular
En 1988 se constituyó en la AAPPG un grupo para trabajar la perspectiva de género (Ver) y pareja, integrado por N. Inda, Gloria Mendilaharzu, Carlos Pachuk, Cielo Rolfo y Perla López Loinaz (quien se retiró un año después) escribiendo varios trabajos, de uno de ellos surgió el título que ilustra este vocablo. Su objetivo era puntuar las correspondencias entre el concepto de poder y la jerarquización de los géneros sexuales. Cómo éstas quedaban naturalizadas en el contexto de la pareja al tiempo que se invisibilizaban sus condiciones de producción. Proponían entonces deconstruir el discurso cultural.
Luego surgieron las preguntas acerca del status metapsicológico del poder ¿ Cómo se instala el poder en la psique? ¿Qué relación tiene con el deseo y la fantasía? ¿En qué momento se instala? ¿Tiene algún efecto sobre la pulsión? ¿Cómo se maneja el poder en los capilares de la intersubjetividad y en la familia?
También trabajaron las ideas de Lacan respecto a narcisismo y agresividad. Desde la estructura narcisista hay lugar para una sola posición de poder: él o yo. Disyuntiva frecuente en la pareja.
La tesis sobre los dos poderes (originario y de los orígenes) que mantiene la raigambre dualista freudiana, se nutre de diversas fuentes:
De J. Laplanche y Pontalis a través de fantasías originarias y fantasías de los orígenes toma su nombre. Del concepto de tres espacios psíquicos (Ver), teoría donde el poder queda adscripto a lo transubjetivo y se juega en lo intersubjetivo y en la formación del Yo. Correlativos a su vez con las ideas de J. Puget acerca del "complejo social" y el "complejo edípico" que se encuentran en correspondencia con el sistema género-sexo. Desarrollando las siguientes hipótesis: "Así como la ley, el poder pasa de la madre preedípica al padre en la etapa fálica y de éste a la cultura, pero como la misma está en un nivel de castración imaginaria, donde el hombre es el ideal, el poder retorna al padre y queda encarnado en él".
También se agregan ideas de Roger Dorey sobre la pulsión de dominio, que el mismo Freud en sus primeros trabajos ligaba a un fin no sexual.
Otra vía de acceso del poder a la psique sería a través de aquellas representaciones sociales que ingresan sin mediación materna (hipótesis a confirmar).
Ambos poderes se observan también en la construcción de la teoría psicoanalítica, fundamentalmente entre el "mamocentrismo" de M. Klein y el "falocentrismo" de Freud y Lacan.
Respecto al poder originario, la etapa desde el embarazo hasta el fin de la lactancia es presentada como sinónimo del poder absoluto, lo cual suscitó fuertes críticas, en especial de corrientes feministas.
Quizás la hipótesis más interesante de los autores es plantear que en la psique se generan representaciones dobles del poder, (similar a la dualidad pulsional eros-tánatos) el infans mientras padece el poder originario recibe el poder de los orígenes (cultural) a través de una misma persona: la madre.
El poder de los orígenes está relacionado con la estructura patriarcal, como ocurría en la democracia griega, donde estaban excluidos los esclavos y... las mujeres. La cultura carece de una representación de la diferencia sexual, se la reemplaza por una jerarquización, la actitud epistemológica es partir del hombre para entender lo femenino.
En este punto los teóricos del género critican a Levi-Strauss en su tesis acerca de la "circulación de las mujeres", pues ubica a éstas como objetos de intercambio entre los hombres.
Problemáticas conexas
El tema del poder ha sido revalorizado en el psicoanálisis vincular en los últimos años. 1. Berenstein plantea que "es la vía regia de acceso al inconsciente vincular" e interpreta que a su entender el objeto de estudio actual del psicoanálisis son las relaciones de poder, en lugar de la sexualidad. Subordinando lo pulsional a los vínculos de poder, critica el punto de vista solipsista y se acerca a la concepción nietzcheana.
A diferencia de los autores de este trabajo destaca el poder del bebé, del cual poco se dice, y propone que "el pezón es el nombre del vínculo que posiciona a ambos y desde allí impone un significado a uno y a otro".
En convergencia con las ideas de genealogía, señala que el poder se ejerce desde un pensamiento por convicciones y disociado del sujeto que no lo reconoce como tal.
Por último en el campo social se infiere su pensamiento acerca de la tiranía, los opositores son considerados ajenos y se puede representar el mal como aquello que suprime lo inasible del otro, para convertirlo en semejante al Yo.
Respecto a la problemática de genero, eje de este trabajo, se discute si ambos poderes son efecto de estructura o responden a una cuestión histórica.
En este punto los autores por un lado señalan que el poder y el deseo se desarrollan a través de múltiples combinatorias cuyo devenir no está previsto a lo largo de la existencia humana.
Pero a su vez proponen una lucha de poderes en la constitución del Edipo:
"Todo aparato psíquico está sometido a un poder originario, o sea al dominio de lo femenino. Los varones luego ejercerán en el mundo un poder de los orígenes que someterá a la mujer y ésta se vengará inconscientemente en los hijos estableciéndose un círculo vicioso" planteo fuertemente estructuralista.
En relación a la clínica vincular es importante elaborar los aspectos ideológicos del analista, especialmente si trabaja con parejas y familias.
Surgen interrogantes sobre ¿Qué es ser hombre, que es ser mujer?, de difícil abordaje. Nuestra época -fin de la postmodernidad implica crisis de valores, nuevas formas de organización social, relativización de lugares fijos y seguros para cada sexo.
Además la aceptación social de nuevos géneros sexuales como el travesti o el transexual, y las parejas homosexuales que inclusive adoptan, impone ampliar el universo conceptual del terapeuta respecto al punteo de los conflictos vinculares.
Para concluir la temática del poder es mucho más abarcativa y excede con creces el campo de los géneros sexuales, como bien dice J. Puget es necesario adscribirlo a la cuestión de la pertenencia, cuyo proceso atributivo tiene el poder de otorgar un lugar posible o el poder de fijar lugares imposibles.
Poliedro topológico
Generalización de la noción geométrica de poliedro. Consiste en un sistema formado por un número finito de polígonos topológicos sujetos a ciertas condiciones, entre las cuales se tiene, por ejemplo, que dos polígonos distintos no tienen puntos interiores comunes, que los lados de los polígonos del sistema coinciden dos a dos, etc.
Polígono topológico
Generalización de la noción geométrica de polígono. Consiste en tomar cierto número finito n1 de puntos en una circunferencia. Los arcos así determinados serán los lados, y los puntos se llamarán vértices del polígono. El polígono estará formado entonces, por el conjunto de lados y la región interior a la circunferencia.
Popescu Sibiu loan (1901-1974). Psiquiatra y psicoanalista rumano
loan Popescu-Sibiu, médico militar, fue, junto con Constantin Viad, uno de los dos pioneros del psicoanálisis en Rumania. En la Universidad de las¡, en 1927, presentó su tesis de medicina sobre la doctrina freudiana. Reeditada hasta 1946, esa obra sirvió como fuente principal de informacion a quienes querían iniciarse en el freudismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, Popescu-Sibiu criticó el pansexualismo freudiano, y se orientó hacia lo que se ha convenido en denominar el neopsicoanálisis, pero participó con VIad en la creación de la Sociedad Rumana de Psicopatología y Psicoterapia.
Porto Carrero Julio Pires
(1887-1936) Psiquiatra y psicoanalista brasileño
Nacido en Olinda, Porto-Carrero fue uno de los fundadores del psicoanálisis en Brasil. Con Juliano Moreira, creó en 1927, en Río de Janeiro, una filial de la Sociedade Brasileira de Psicanálise (SBP), fundada a su vez en San Pablo por Durval Marcondes. Psiquiatra de la marina y criminólogo, en su primera obra, Ensaios de psicanálise, publicada en 1929, estudió las tesis de Sigmund Freud y sus principales discípulos: Karl Abraharn, Wilhelm Stekel, Carl Gustav Jung, Alfred Adler, y otros. Cuando Freud recibió la obra, le escribió: Sus hermosos Ensaios que me han sido dedicados me llegaron justamente el 5 de mayo y fueron para mí el más feliz regalo de cumpleaños. El doctor [Max] Eitingon de Berlín estaba de visita en mi casa, y yo he podido mostrarle su carta: nos han alegrado las buenas noticias sobre nuestros jóvenes del grupo brasileño, y nos ha impresionado la cantidad de temas que su libro toma en consideración."
Como todos los fundadores del freudismo brasileño, Porto-Carrero no fue analizado; se consideraba públicamente un analista salvaje. Actuó en favor de una reforma de la justicia penal, llegando a reclamar que los jueces se sometieran a una cura a fin de sustraerse, en el ejercicio de su función, a todo sentimiento de venganza.
Porvenir de una ilusión (el)
Obra de Sigmund Freud publicada en 1927 con el título de Die Zukunft einer Illusion. Traducida por primera vez al francés en 1932 por Marle Bonaparte, con el título de L’Avenir d'une illusion, y en 1994 por Anne Balseinte, Jean-Gilbert Delarbre y Daniel Hartmann sin cambio de título. Traducida por primera vez al inglés en 1928 por W. D. Robson-Scott, con el título de The Future of an Illusion, retomado sin modificaciones por James Strachey en 1961.
La obra de Sigmund Freud El porvenir de una ilusión siguió a la publicación, en 1926, de . Pueden los legos ejercer el análisis?, y precedió a la aparición, en 1930, de El malestar en la cultura. En el núcleo de esta trilogía aparece una temática común, como lo demuestra una carta del autor a Oskar Pfister, del 25 de noviembre de 1928. En ella Freud precisó que, al abordar el tema del análisis profano, quería proteger al psicoanálisis de los médicos, mientras que en El porvenir de una ilusión intentaba defenderlo de los sacerdotes.
El título del libro está tomado de la obra de teatro de Romain Rolland titulada Liluli, y a su vez Rolland se apoyó en la obra de Freud para sostener su tesis de un "sentimiento oceánico", como primera forma de necesidad de lo religioso en todo hombre. Después, en El malestar, Freud discutió la validez de la posición de Rolland,
Con El porvenir volvió en todo caso al tema de la religión considerada en su dimensión de acto de fe y creencia, perspectiva que ya había examinado en 1907 en el artículo "Acciones obsesivas y prácticas religiosas", donde asimiló la religión a una neurosis obsesiva
Desde los primeros capítulos, Freud aborda un dominio mucho más amplio que el de la religión. En efecto, trata de la oposición entre la naturaleza y la cultura, entendida como el conjunto de los saberes y las técnicas adquiridos por el hombre para dominar las fuerzas naturales. Observa que la cultura, casi siempre impuesta a la masa por una minoría esclarecida, para edificarse tiene que emplazar un sistema de coacciones destinadas a favorecer la renuncia pulsional. Aunque los hombres encuentren en la cultura una protección contra las fuerzas amenazantes y destructoras de la naturaleza, no son por ello menos hostiles a las privaciones que aquélla les impone, sobre todo en el ámbito de las relaciones humanas, y esto al punto de preguntarse a veces si la cultura merece ser defendida.
Semejante situación, observa Freud, no es nueva: su modelo original se encuentra en la infancia. La pareja de progenitores, en particular el padre, asume un rol protector, sin dejar de ser temible por las interdicciones que enuncia. Además, lo mismo que el niño, el sujeto humano debe encontrar el modo de precaverse contra ciertas fuerzas de la naturaleza que la cultura no puede contener: en particular, la muerte. Para ello, trata de humanizar esas fuerzas terroríficas, convertirlas en padres, y más aún en dioses, que deberán asegurarle un resarcimiento por los sufrimientos padecidos como consecuencia de las coacciones culturales.
Se plantea entonces la cuestión del sentido de ese movimiento de deificación, del fundamento de esas ideas religiosas y las razones por las cuales son a tal punto apreciadas por los hombres.
La segunda parte del libro trata esos tres puntos, tomando la forma de un diálogo con un interlocutor ficticio que no es otro que el pastor Pfister, psicoanalista y amigo de Freud. Esa forma, de la que Freud dice que está destinada a evitarle los desacuerdos propios del monólogo, una seguridad exagerada y el rechazo de toda objeción, parece en realidad haber constituido para él un medio de manejar la susceptibilidad de Pfister.
Las ideas religiosas constituyen la realización de los anhelos más antiguos de la humanidad, en primer lugar el de ser protegido de la omnipotencia de la naturaleza, sin tener que soportar las limitaciones y las privaciones de la cultura. Pero ese resultado es imposible: sólo puede tratarse de una ilusión. En ese tiempo, sumamente preocupado por la sensibilidad de Pfister, Freud subraya que una ilusión no es un error, y que tampoco es asimilable a una idea delirante (la cual se caracteriza por el hecho de estar en total contradicción a la realidad). La ilusión, precisa Freud, no es necesariamente falsa; se caracteriza por el hecho de ser un producto de los deseos humanos: que una joven de condición modesta sueñe con casarse con un príncipe es algo que habla del deseo de esa joven sin ser totalmente falso, puesto que existe siempre una posibilidad, aunque sea ínfima, de que el sueño se realice. La ilusión, para mantenerse, no tiene necesidad de ser confirmada por lo real. Freud subraya que las doctrinas religiosas son todas ilusiones", y que "es tan imposible refutarlas como demostrarlas".
Pero si el hombre tiene una necesidad tal de la religión para ilusionarse, la argumentación freudiana, que denuncia el procedimiento, "¿no corre el riesgo de desestabilizarlo?" Ante esta pregunta atribuida a su interlocutor imaginario, Freud se apresura a responder que los filósofos de las Luces ya dijeron todo sobre el tema, y que el aporte de él consiste simplemente en añadir una dimensión psicológica a esos argumentos.
Otra cuestión: esa empresa, ¿no corre el riesgo de perjudicar al psicoanálisis? La respuesta, impregnada de positivismo, es elocuente. El psicoanálisis es un medio de investigación científica, "un instrumento imparcial, semejante, por así decirlo, al cálculo infinitesimal". Por lo tanto, no es responsable de lo que pone de manifiesto, así como no lo sería el cálculo infinitesimal si le permitiera a un físico mostrar la aniquilación futura del planeta.
Con malicia, Freud señala que la lucha contra la ilusión religiosa debería precaverse de los efectos negativos de la pedagogía contemporánea, la cual, por su preocupación de retardar el desarrollo sexual y reforzar la influencia religiosa, contribuye a debilitar el pensamiento de quienes se considera que debe formar.
Finalmente, puesto que la religión es comparable a una neurosis infantil, el psicoanalista, concluye Freud, puede dar libre curso a su optimismo, suponiendo que, lo mismo que el niño, la humanidad llegará a superar esa fase neurótica.
Sin abandonar su humor, ni su admiración por Freud, Pfister le respondió en un artículo titulado "La ilusión de un porvenir", aparecido en Imago en 1928. Allí explicó que la crítica freudiana confundía la religión y la fe, y que la posición de Freud era en sí misma una ilusión.
Cincuenta años más tarde, el optimismo freudiano puede parecer liviano en comparación con la renovación de las fuerzas religiosas a través del mundo. Pero, por el hecho mismo de este retorno de la religiosidad, esta obra cuya debilidad subrayó el propio Freud, depresivo, reprochándole a René Laforgue que sobrestimara su alcance, bien podría encontrar una nueva actualidad, más allá de los límites positivistas y anticlericales en los cuales se la ha encerrado.
Posición depresiva
Al.: depressive Einstellung.
Fr.: position dépressive.
Ing.: depressive position.
It.: posizione depressiva.
Por.: posição depressiva.
Según Melanie Klein: tipo de relaciones de objeto consecutivo a la posición paranoide; comienza alrededor del cuarto mes y se supera progresivamente en el curso del primer año, aun cuando pueda encontrarse también en el curso de toda la Infancia y reactivarse en el adulto, especialmente en el duelo y en los estados depresivos.
Se caracteriza por los siguientes rasgos: el niño es, en lo sucesivo, capaz de aprehender a la madre como objeto total; se atenúa la escisión entre objeto «bueno» y «malo», las pulsiones libidinales y hostiles tienden a relacionarse con el mismo objeto; la angustia llamada depresiva se refiere al peligro fantaseado de destruir y perder a la madre a consecuencia del sadismo del sujeto; esta angustia es combatida mediante diversos modos de defensa (defensas maníacas o defensas más adecuadas: repartición, inhibición de la agresividad) y se supera cuando el objeto amado es introyectado en forma estable y aseguradora.
En cuanto a la elección del término «posición» por M. Klein, remitimos al lector a nuestro comentario: Posición paranoide.
La teoría kleiniana ' de la posición depresiva se sitúa en la línea de los trabajos de Freud, Duelo Y melancolía (Trauer und Melancholie, 1915), y de Abraham, Ensayo de una historia de la evolución de la libido basada en el psicoanálisis de los trastornos psíquicos (Versuch einer Entwick1ungsgeschichte der Libido auf Grund der Psychoanalyse seelischer Störungen), 1924, I parte, titulada Los estados maníaco-depresivos y las fases pregenitales de organización de la líbido (Die manisch-depressiven Zustände und die prägenitalen Organisationsstufen der Libido). Estos autores han situado en primer plano, en la depresión melancólica, los conceptos de pérdida del objeto amado y de introyección, y han buscado para explicarla puntos de fijación en el desarrollo psicosexual (segunda fase oral según Abraham); por último, han subrayado el parentesco existente entre la depresión y procesos normales como el duelo.
La primera originalidad de la aportación kleiniana consiste, a este respecto, en describir una fase del desarrollo infantil como mostrando una profunda analogía con el cuadro clínico de la depresión.
El concepto de posición depresiva fue introducido por M. Klein en 1934 en Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos (A Contribution to the psychogenesis of Manic-Depressive States). Con anterioridad, Melanie Klein ya había llamado la atención acerca de la frecuencia de los síntomas depresivos en el niño: «[...] en los niños se observa regularmente la transición de la exuberancia al abatimiento, que es característico de los estados depresivos». La exposición más sistemática que dio la autora de la posición depresiva se encontrará en las Conclusiones teóricas relativas a la vida emocional en la primera infancia (Some Theoretical Conclusions regarding the Emotional Life of the Infant, 1952).
La posición depresiva se instaura después de la posición paranoide, hacia la mitad del primer año. Es correlativa de una serie de cambios que afectan, por una parte, al objeto y al yo, y, por otra, a las pulsiones.
1) La persona total de la madre puede ser percibida, tomada como objeto pulsional e introyectada. Los aspectos «bueno» y «malo» ya no se encuentran radicalmente repartidos entre objetos separados por una escisión, sino que son referidos al mismo objeto. Asimismo se reduce la separación entre el objeto fantasmático interno y el objeto externo.
2) Las pulsiones agresivas y libidinales se unen para dirigirse hacia un mismo objeto, instaurándose así la ambivalencia en el pleno sentido de este término (véase: Ambivalencia): «El amor y el odio se aproximan mucho entre sí, y el pecho "bueno" y "malo", la madre "buena" y "mala" ya no pueden mantenerse tan ampliamente apartados unos de otros como en la fase precedente».
Correlativamente con estas modificaciones, cambia el carácter de la angustia: en lo sucesivo se referirá a la pérdida del objeto total interno o externo y encontrará su motivo en el sadismo infantil; aunque éste sea ya, según Melanie Klein, menos intenso que en la fase precedente, ofrece el peligro, en el mundo fantasmático del niño, de destruir, dañar, provocar el abandono. El niño puede intentar responder a esta angustia mediante la defensa maníaca que utiliza, más o menos modificados, los mecanismos de la fase paranoide (negación, idealización, escisión, control omnipotente del objeto). Pero vence y supera efectivamente la angustia depresiva por los dos procesos de la inhibición de la agresividad y de la reparación del objeto.
Añadamos que, mientras predomina la posición depresiva, la relación con la madre comienza a no ser ya exclusiva, entrando el niño en lo que Melanie Klein ha llamado las fases precoces del Edipo: «[...] la libido y la angustia depresiva se desvían hasta cierto punto de la madre, y este proceso de distribución estimula las relaciones de objeto al mismo tiempo que disminuye la intensidad de los sentimientos depresivos».
Posición depresiva / posición esquizo-paranoide
Alemán: Depressive Einstellung / paranoide-schizoide Einstellung.
Francés: Position djpressive-position paranoide-schizoide.
Inglés: Depressive position-paranoid-schizoid position.
La noción de posición depresiva fue introducida por Melanie Klein en 1934 para designar una modalidad de relación de objeto consecutiva a una posición persecutoria (o paranoide). Se produce durante el cuarto mes de vida, es superada en el curso de la infancia y se reactiva en la vida adulta durante el duelo o, de manera más grave, en los estados depresivos.
En 1942, Melanle Klein, en lugar de la noción de posición persecutoria, introdujo la de posición esquizoparanoide, lo que, desde el punto de vista evolutivo, permite definir el pasaje de la posición esquizoparanoide a la posición depresiva como el rasgo fundamental para todo sujeto del pasaje desde un estado arcaico de psicosis a un funcionamiento normal.
Como Sigmund Freud y Donald Woods Winnicott, Melanie Klein suele construir sus conceptos sobre la base de una oposición binaria. Éste es en particular el caso de las nociones de objeto bueno y malo, envidia y gratitud y, finalmente, de las posiciones (depresiva por un lado, esquizoparanoide por el otro, una introducida en 1934, y la otra ocho años más tarde).
Desde sus primeros trabajos, Melanie Klein recusó la palabra inglesa phase (estadio) para privilegiar el vocablo "posición". En efecto, la palabra phase supone un inicio, un fin y una interrupción definitiva del estado descrito, es decir, una duración precisa. La palabra posición, por el contrario, indica que el estado (depresivo, paranoide, esquizoide) aparece en un momento dado de la existencia del sujeto, en un estadio preciso del desarrollo, pero puede repetirse más tarde, de manera estructural, en ciertas etapas de la vida. Además el término expresa la idea de que el niño cambia de actitud o desplaza su posición en cuanto a la relación de objeto.
Después de haber comenzado a estudiar las relaciones arcaicas del niño con la madre, y de haber desplazado la clínica freudiana hacia una interrogación sobre los orígenes de la psicosis, Melanie Klein introdujo el concepto de posición depresiva al mismo tiempo que el de objeto (bueno y malo), en el curso de una conferencia de 1934 titulada "Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos". Ella misma acababa de atravesar un grave período de depresión, consecutivo a la muerte accidental de su hijo Hans. Inspirándose en los trabajos de Freud (sobre el duelo y la melancolía), y en los de Karl Abraham (sobre los estados maníacos y depresivos, y sobre la depresión primaria), introdujo progresivamente en el campo del psicoanálisis el dominio que la psiquiatría reservaba para la categoría de las enfermedades mentales. No sorprende encontrar en esa pareja kleiniana (posición depresiva/posición esquizoparanoide) los tres adjetivos que remiten a los tres grandes componentes de la psicosis en el siglo XX: la esquizofrenia (Eugen Bleuler), la paranoia (Emil Kraepelin/Freud), y la psicosis maníaco-depresiva, heredera de la antigua melancolía.
El concepto de posición depresiva ilustra el hecho de que el desarrollo normal del niño presenta una analogía con el cuadro clínico de la depresión. Sirve para introyectar en el yo un objeto interno suficientemente bueno que permita superar el estado persecutorio (paranoide) propio de la pérdida de la madre como objeto parcial. Si el niño no logra ver a la madre como un objeto total, y tampoco en la modalidad de un clivaje entre el objeto bueno y el objeto malo, corre el riesgo de evolucionar hacia la psicosis (paranoia o depresión). En caso contrario, supera ese estado de destrucción del yo mediante la posición depresiva, que por lo tanto marca, para todo sujeto tomado en una situación preedípica, un momento capital entre el proceso de fijación de la neurosis y el de la psicosis.
En 1946, en una comunicación presentada a la British Psychoanalytical Society (BPS) con el título de "Notas sobre algunos mecanismos esquizoides", Melanie Klein expuso el concepto de identificación proyectiva, para describir un modo específico de proyección e identificación consistente en introducir la propia persona en el objeto, a fin de hacerle daño. Al mismo tiempo, transformó la noción de posición persecutoria en el concepto de posición esquizoparanoide. Esta expresión había sido empleada en 1941 por Ronald Fairbairn, gran especialista inglés en el tratamiento de la esquizofrenia, para describir el clivaje original del yo. Se trataba entonces de ampliar la clínica psicoanalítica, pasando de una teoría del yo a una psicología del self. En 1942, Melanie Klein le tomó estos términos a Fairbairn para poner de relieve la coexistencia, en la posición esquizoparanoide, de un clivaje esquizofrénico y una angustia persecutoria, pero sobre todo a fin de mostrar la coherencia interna de la construcción por el sujeto del conjunto de sus relaciones de objeto. Melanie Klein precisaría su pensamiento en un artículo de 1952 titulado "Algunas conclusiones teóricas acerca de la vida emocional de los bebés".
Con la conceptualización de las dos nociones se completaba el edificio de la teoría kleiniana de las posiciones, que permite pensar la organización subjetiva, no ya en términos de estadios, más o menos biológicos, sino según un sistema en el que el mundo fantasmático del yo, del self, del objeto, de la proyección, de la identificación y de la introyección está organizado como estructura coherente y distinta del mundo de la realidad objetiva. En este sentido, el pensamiento kleiniano se parece al pensamiento lacaniano, en la medida en que ambos, a diferencia del sistema freudiano, le acuerdan un lugar preponderante a la construcción de lo imaginario y al lugar de la locura en el núcleo de la realidad subjetiva.
Posición paranoide
Al.: paranoide Einstellung.
Fr.: position paranöide.
Ing.: paranoid position.
It.: posizione paranoide.
Por.: posição paranóide.
Según Melanie Klein, modalidad de las relaciones de objeto específica de los cuatro primeros meses de la existencia, pero que puede volver a encontrarse durante la Infancia y, en el adulto, especialmente en los estados paranoico y esquizofrénico.
Se caracteriza por los siguientes rasgos: las pulsiones agresivas coexisten desde un principio con las pulsiones libidinales y son singularmente intensas; el objeto es parcial (principalmente el pecho materno) y se halla escindido en dos, el objeto «bueno» y el «malo»; los procesos psíquicos que predominan son la Introyección y la proyección; la angustia, intensa, es de naturaleza persecutoria (destrucción por el objeto «malo»).
Comencemos por efectuar algunas observaciones terminológicas: el adjetivo paranoide se reserva, dentro de la terminología psiquiátrica debida a Kraepelin, para designar una forma de esquizofrenia, delirante como la paranoia, pero que difiere de ésta principalmente por la disociación. De todos modos, en el idioma inglés, la distinción entre los adjetivos paranoid y paranoiac es menos neta, pudiendo cada uno de ellos referirse a la paranoia o a la esquizofrenia paranoide.
Para M. Klein, aunque no discute la distinción nosográfica entre paranoia y esquizofrenia paranoide, este último adjetivo designa el aspecto persecutorio del delirio que se observa en las dos afecciones; en un principio habló Melanie Klein también de fase persecutoria (persecutory phase). Señalemos, finalmente, que en sus últimos escritos adopta la expresión posición esquizoparanoide (paranoid-schizoid position), en la cual el segundo calificativo destaca el carácter persecutorio de la ansiedad, y el primero indica el carácter esquizoide de los mecanismos que intervienen.
En cuanto al término «posición» M. Klein dice preferirlo al de fase: «[...] estos conjuntos de ansiedades y defensas, aunque aparecen inicial mente durante las fases más precoces, no se limitan a este período, sino que resurgen durante los primeros años de la infancia y ulteriormente bajo determinadas condiciones».
M. Klein establece desde el principio de su obra la existencia de temores persecutorios fantasmáticos, hallados en el análisis de los niños, especialmente los niños psicóticos. Sólo más tarde habla de un «estado paranoide rudimentario», que considera como una etapa precoz del desarrollo; lo sitúa entonces en la primera fase anal de Abraham; ulteriormente lo considera como el primer tipo de relación de objeto en la fase oral y lo designa con el nombre de posición paranoide. La descripción más sistemática de ésta, dada por la autora, se encuentra en Conclusiones teóricas relativas a la vida emocional en la primera infancia (Some Theoretical Conclusions regarding the Emotional Life of the Infant, 1952).
Esquemáticamente la posición esquizo-paranoide puede definirse así:
1) desde el punto de vista pulsional, la libido y la agresividad (pulsiones sádico-orales: devorar, desgarrar) se hallan desde un principio presentes y unidos; en este sentido, para M. Klein existe ambivalencia desde la primera fase oral de succión. Las emociones ligadas a la vida pulsional son intensas (voracidad, angustia, etc.);
2) el objeto es un objeto parcial, siendo el prototipo el pecho materno;
3) este objeto parcial se encuentra escindido desde un principio en objeto «bueno» y «malo», y no sólo en la medida en que el pecho materno gratifica o frustra, sino sobre todo en la medida en que el niño proyecta sobre él su amor o su odio;
4) el objeto bueno y el objeto malo que resultan de la escisión (splitting) adquieren una autonomía relativa entre sí y ambos se hallan sometidos a los procesos de introyección y de proyección;
5) el objeto bueno es «idealizado»: es capaz de procurar «una gratificación ¡limitada, inmediata, sin fin». Su introyección protege al niño contra la ansiedad persecutoria (reaseguramiento). El objeto malo es un perseguidor terrible; su introyección hace correr al niño peligros internos de destrucción;
6) el yo «muy poco integrado» tiene una capacidad limitada de tolerar la angustia. Utiliza como modos de defensa, aparte de la escisión y la idealización, la negación (denial), que tiende a rehusar toda realidad al objeto persecutorio, y el control omnipotente del objeto;
7) «estos primeros objetos introyectados constituyen el núcleo del superyó» (véase: Superyó).
Subrayemos, por último, que, en la perspectiva kleiniana, todo individuo pasa normalmente por fases en las que predominan ansiedades y mecanismos psicóticos: posición paranoide, más tarde posición depresiva. La superación de la posición paranoide depende especialmente de la fuerza relativa de las pulsiones libidinales con respecto a las pulsiones agresivas.
Posterioridad
Alemán: Nachträglichkeit, Nachträglich.
Francés: Aprés-coup.
Inglés:Deffiered action, Deffered.
Palabra introducida por Sigmund Freud en 1896 para designar un proceso de reorganización o reinscripción mediante el cual los acontecimientos traumáticos sólo toman significación para un sujeto en una posterioridad, es decir, en un contexto histórico y subjetivo posterior, que les da una significación nueva.
Este término resume el conjunto de la concepción freudiana de la temporalidad, según la cual un sujeto constituye su pasado reconstruyéndolo en función de un futuro o de un proyecto.
En la historia del freudismo, ha sido Jacques Lacan quien dio su mayor extensión a este término, en 1953, en el marco de su teoría del significante y de una concepción de la cura basada en "el tiempo para comprender".
Posterioridad, posteriormente, con posterioridad
Al.: Nachträglichkeit (subst.), nachträglich (adj. y adv.).
Fr.: après-coup (subs. m., adj. y adv.).
Ing.: deffered action, deffered (adj.).
It.: posteriore (adj.), posteriormente (adv.).
Por.: posterioridade, posterior, posteriormente.
fuente|próximo acierto|acierto anterior|volver|panel de búsquedas
Palabra utilizada frecuentemente por Freud en relación con su concepción de la temporalidad y de la causalidad psíquicas: experiencias, impresiones y huellas mnémicas son modificadas ulteriormente en función de nuevas experiencias o del acceso a un nuevo grado de desarrollo. Entonces pueden adquirir, a la par que un nuevo sentido, una eficacia psíquica.
La palabra nachträglich es de uso corriente en Freud, quien con frecuencia la subraya. También se encuentra muy a menudo la forma substantiva Nachträglichkeit, lo que viene a demostrar que, para Freud, esta noción de «posterioridad» forma parte de su aparato conceptual, aun cuando no la definiera ni diera de ella una teoría de conjunto. A J. Lacan corresponde el mérito de haber llamado la atención sobre la importancia de este término. Se observará que las traducciones de Freud, al no utilizar un equivalente único, no permiten darse cuenta de su frecuente utilización.
No intentamos proponer aquí una teoría de la posterioridad, sino sólo subrayar brevemente el sentido y el interés que presenta la concepción freudiana de la temporalidad y la causalidad psíquicas.
1.° Ante todo este concepto impide una interpretación sumaria que reduciría la concepción psicoanalítica de la historia del sujeto a un determinismo lineal que tendría en cuenta, únicamente, la acción del pasado sobre el presente. Se suele reprochar al psicoanálisis el reducir el conjunto de las acciones y deseos humanos al pasado infantil; esta tendencia se habría ido agravando con la evolución del psicoanálisis; los analistas se remontarían cada vez más lejos: para ellos, todo el destino del hombre estaría decidido desde los primeros meses de la vida, o incluso ya en la vida intrauterina...
Ahora bien, desde un principio Freud señaló que el individuo modifica con posterioridad los acontecimientos pasados, y que es esta modificación la que les confiere un sentido e incluso una eficacia o un poder patógeno. El 6-XII-1896 escribió a W. Fliess: «[...] trabajo sobre la hipótesis de que nuestro mecanismo psíquico se establece por estratificación: los materiales existentes en forma de huellas mnémicas experimentan de vez en cuando, en función de nuevas condiciones, una reorganización, una reinscripción».
2.° Tal idea podría conducir a pensar que todos los fenómenos que se encuentran en psicoanálisis se sitúan bajo el signo de la retroactividad, o incluso de la ilusión retroactiva. Así, Jung, habla de fantasmas retroactivos (Zurückphantasieren): según él, el adulto reinterpreta su pasado en sus fantasmas, que constituyen otras tantas expresiones simbólicas de sus problemas actuales. En esta concepción, la reinterpretación constituye para el individuo un medio de huir de las «exigencias de la realidad» presente, refugiándose en un pasado imaginario.
Desde otra perspectiva, el concepto de posterioridad podría evocar también una concepción de la temporalidad que ha sido puesta de relieve por la filosofía y recogida por las diversas tendencias del psicoanálisis existencial: la conciencia constituye su pasado y modifica constantemente el sentido de éste, en función de su «proyecto».
La concepción freudiana de la posterioridad aparece mucho más precisa. A nuestro modo de ver, lo que la define podría agruparse del siguiente modo:
1.° Lo que se elabora retroactivamente no es lo vivido en general, sino electivamente lo que, en el momento de ser vivido, no pudo integrarse plenamente en un contexto significativo. El prototipo de ello lo constituye el acontecimiento traumático.
2.° La modificación con posterioridad viene desencadenada por la aparición de acontecimientos y situaciones, o por una maduración orgánica, que permiten al sujeto alcanzar un nuevo tipo de significaciones y reelaborar sus experiencias anteriores.
3.° La evolución de la sexualidad favorece notablemente, por los desfasamientos temporales que implica en el ser humano, el fenómeno de la posterioridad.
Estos puntos de vista quedan ilustrados por numerosos textos en los que Freud utiliza la palabra nachträglich. Singularmente demostrativos son, a nuestro juicio, dos de estos textos.
En el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895), estudiando la represión histérica, Freud se pregunta por qué la represión afecta en forma electiva a la sexualidad. Basándose en un ejemplo, muestra cómo la represión supone dos acontecimientos claramente separados en la serie temporal. El primero en el tiempo está constituido por una escena sexual (seducción por un adulto), pero que entonces no tiene para el niño una significación sexual. El segundo presenta algunas analogías, que pueden ser superficiales, con el primero; pero esta vez, por haberse presentado entre tanto la pubertad, ya es posible la emoción sexual, emoción que el sujeto atribuirá conscientemente a este segundo acontecimiento, mientras que en realidad es provocada por el recuerdo del primero. El yo no puede utilizar aquí sus defensas normales (por ejemplo, evitación por medio de la atención) contra este afecto sexual displacentero: «La atención se dirige hacia las percepciones, por ser éstas las que habitualmente dan lugar a una liberación de displacer. Pero aquí es una huella mnémica y no una percepción la que, de forma imprevista, libera displacer, y el yo se da cuenta de ello demasiado tarde». El yo utiliza entonces la represión, modo de «defensa patológica», en el que actúa según el proceso primario.
Vemos, pues, que la represión halla aquí su condición general en el «retardo de la pubertad» que caracteriza, según Freud, la sexualidad humana: «Todo adolescente guarda huellas mnémicas que sólo pueden ser comprendidas por él al aparecer las sensaciones propiamente sexuales». «La aparición tardía de la pubertad posibilita procesos primarios póstumos».
Desde este punto de vista, únicamente la segunda escena confiere a la primera su valor patógeno: «Se reprime un recuerdo que sólo posteriormente se volvió traumatizante». El concepto de posterioridad va también íntimamente ligado a la primera elaboración freudiana de la noción de defensa: la teoría de la seducción.
Podría objetarse que el descubrimiento de la sexualidad infantil, efectuado algún tiempo después por Freud, quita todo valor a esta concepción. La mejor respuesta a tal objeción se hallaría en Historia de una neurosis infantil, donde se invoca constantemente el mismo proceso de la posterioridad aunque desplazado a los primeros años de la infancia. Se encuentra en el núcleo del análisis que Freud da del sueño patógeno en sus relaciones con la escena originaria: el paciente no comprendió el coito «[...] hasta la época del sueño, a los 4 años, y no en la época en que lo observó. A la edad de un año y medio recogió las impresiones que posteriormente, en la época del sueño, pudo comprender, gracias a su desarrollo, a su excitación sexual y a su curiosidad sexual». El sueño, en la historia de esta neurosis infantil, es, como muestra Freud, el factor desencadenante de la fobia: «[...] el sueño confiere a la observación del coito una eficacia con posterioridad».
En 1917 Freud añadió dos extensas discusiones a la observación de Historia de una neurosis infantil, en las que muestra la conmoción que le produjo la tesis de Jung sobre el fantasma retroactivo. Admite que, siendo la escena originaria, en el análisis, el resultado de una reconstrucción, aquélla podría muy bien haber sido construida por el propio sujeto, si bien insiste en que la percepción debió proporcionar por lo menos indicios, aunque sólo fuera una cópula entre canes... Pero, sobre todo, en el mismo momento en que parece transigir en cuanto al apoyo que puede proporcionar una base de realidad (que se muestra tan frágil a la investigación), introduce un concepto nuevo, el de las fantasías originarias, es decir, un más acá, una estructura que fundamenta en último término la fantasía, trascendiendo tanto lo vivido individual como lo imaginado (véase: Fantasías originarias).
Los textos comentados muestran que la concepción freudiana del Nachträglich no puede reducirse al concepto de «acción diferida», si se entiende por ésta un intervalo temporal variable, debido a un efecto de sumación, entre las excitaciones y la respuesta. La traducción, adoptada en ocasiones en la Standard Edition, de deferred action, podría autorizar una tal interpretación. Los editores de la S. E. se basan en un pasaje de los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie, 1895), en el cual, refiriéndose a la llamada histeria de retención, Freud habla de «la eliminación con posterioridad de los traumas acumulados» durante un cierto período. Aquí la noción de posterioridad podría interpretarse, en un primer análisis, como una descarga retardada, pero se observará que, para Freud, se trata de una verdadera elaboración, de un «trabajo de memoria», que no consiste en la simple descarga de una tensión acumulada, sino en un complicado conjunto de operaciones psicológicas: «Ella [la enferma] vuelve a recorrer diariamente cada una de sus expresiones, llora sobre ellas, se consuela de ellas, podríamos decir a satisfacción [...]». A nuestro modo de ver, resulta preferible explicar el concepto de abreacción por el de posterioridad, que reducir la noción de posterioridad a una teoría estrictamente económica de la abreacción.
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