Preconsciente
El término Vorbewusst (preconsciente) era de empleo relativamente común en la psicología alemana anterior a Freud; se lo utilizaba para designar un contenido o proceso psíquico cuyas características internas no son diferentes de las que se le reconocen al estado consciente, y sin embargo, no son efectivamente dadas para el sujeto. Hartmann (cuya Filosofía del inconsciente domina la segunda mitad del siglo XIX) le consagra desarrollos sustanciales en su Psicología moderna, de 1901, sobre todo con referencia a J. H. Ficlite (Zur Seelenfrage, 1869): «A la conciencia en acto -escribe Fichte- debe subyacer una conciencia en estado de simple potencialidad, es decir, un estado intermedio del espíritu, en el cual éste, aún no consciente, ya lleva sin embargo en sí, objetivamente, el carácter específico de la inteligencia. Es a partir de las condiciones de esta existencia preconsciente como la conciencia efectiva puede surgir y desarrollarse gradualmente».
Sobre el fondo de ese primer cañamazo, la elaboración psicoanalítica del concepto de preconsciente se realizó en dos tiempos: el primero, del que da testimonio la carta a Fliess de 1896, asocia los puntos de vista genético y estructural, como respuesta a las necesidades de la clínica, en el marco de una teoría general de la inscripción estratificada de las huellas mnémicas; el segundo, formulado al término de la carrera de Freud en el fragmento (de publicación póstuma) del Esquema del psicoanálisis (1938), retorna el problema de inconsciente desde un punto de vista energético.
«Parto de la hipótesis -le escribía Freud a Fliess el 6 de diciembre de 1896- de que nuestro mecanismo psíquico se ha establecido por un proceso de estratificación. Los materiales presentes en forma de huellas mnémicas sufren cada tanto una reorganización en un nuevo orden (Umordnung), en una nueva escritura (Umschrift).»
Después de la percepción y el inconsciente, el preconsciente es «el tercer reordenamiento escritural, ligado a las representaciones verbales, que corresponde a nuestro yo oficial (die dritte Umschrift, an Wortvorstellungen gebunden, unserem offizielle Ich entsprechend)». En un pasaje posterior de la misma carta, Freud muestra que el recurso a la noción de preconsciente tiene fundamentalmente que ver con la concepción genética de las neurosis y la perversión; se precisan más la «ligazón» con las representaciones verbales y la «correspondencia» con el yo oficial.
Más tarde, la correspondencia de Freud introduce las precisiones siguientes: represión entre el preconsciente y el inconsciente (25 de mayo de 1897), «defensa que emana del preconsciente (el yo), insinuándose en el inconsciente y transformando en multilocular la defensa» (31 de mayo de 1897).
Tres años después, lo que propiamente hay que atribuir a La interpretación de los sueños es que haya constituido el preconsciente en «sisterna» (versión de la «instancia», producido a los fines de una representación intuitiva).
«Llamaremos preconsciente al último de los sistemas previos al extremo motor, para indicar que desde allí los fenómenos de excitación pueden llegar a la conciencia sin otra demora, siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones, por ejemplo un cierto grado de intensidad, una cierta distribución de la función que llamamos atención. Al mismo tiempo, es el sistema que contiene la llave de acceso a la motilidad voluntaria.»
«Le daremos el nombre de inconsciente al sistema ubicado más atrás; éste no podría comunicar con la conciencia sino pasando por el preconsciente, y en el transcurso de ese pasaje el proceso de excitación deberá plegarse a ciertas modificaciones. »
Freud plantea entonces una pregunta: «¿En cuál de estos sistemas podemos situar el impulso a formar el sueño? Respuesta: digamos para simplificar, que en el sistema inconsciente. Veremos más adelante que esto no es totalmente exacto, que la formación del sueño tiene que ligarse a pensamientos del sueño que pertenecen al sistema del preconsciente. Pero por otra parte veremos, al tratar del deseo del sueño, que la fuerza pulsional de este último es provista por el inconsciente y, a causa de ese elemento, admitimos que es el sistema inconsciente el punto de partida de la formación del sueño. Desde allí, como en todos los otros hechos de pensamiento, la excitación tenderá a propagarse al preconsciente y a pasar por medio de éste a la conciencia».
A continuación se evoca el contenido del preconsciente, lo mismo que sus relaciones con el inconsciente: «Problemas no resueltos, preocupaciones muy penosas, una superabundancia de impresiones prolongan la actividad del pensamiento que continúa durante el sueño de la manera siguiente: 1) lo que durante el día quedó sin terminar a causa de un obstáculo fortuito; 2) lo que quedó sin resolver como consecuencia de nuestra fatiga psíquica; 3) lo que durante el día es rechazado y reprimido; 4) lo que el trabajo del preconsciente ha suscitado durante el día en nuestro inconsciente (grupo particularmente importante); 5) las impresiones del día no liquidadas porque son indiferentes».
Pero en el análisis iba a prevalecer la consideración dinámica de las «intensidades» de esos restos diurnos: «No puedo indicar aquí qué modificaciones exactas provoca el dormir en el sistema preconsciente, pero está fuera de duda que la característica psicológica del dormir debe buscarse esencialmente en los cambios de investidura de ese sistema, que gobierna también el acceso a la motilidad paralizada en dicho estado. En cambio, no conozco nada en la psicología del sueño que pueda llevarnos a creer que el dormir ejerce sobre la naturaleza del sistema inconsciente una influencia que no sea secundaria. La excitación nocturna desarrollada en el preconsciente no encuentra otro camino que el seguido por las excitaciones optativas (Wunschregungen) provenientes del inconsciente; tiene que buscar un refuerzo en el inconsciente, y seguir los mismos rodeos que las excitaciones inconscientes».
El mismo punto de vista se aplica a esa emanación del preconsciente que es el deseo de dormir. Esto permite decir que «el deseo de continuar durmiendo secunda en todos los sueños al deseo inconsciente».
De esta dinámica del preconsciente se desprende una conclusión acerca de la esencia misma de la psicoterapia.
«Su tarea consiste en aportar a los fenómenos inconscientes la liberación y el olvido. El borramiento de los recuerdos, el debilitamiento afectivo de las impresiones remotas que nos parecen totalmente naturales, y que explicamos por la influencia primaria del tiempo sobre las huellas mnémicas, son en realidad transformaciones secundarias, obtenidas a continuación de un trabajo penoso. Es el trabajo del preconsciente, y en la psicoterapia no hay otro camino que someter el inconsciente al preconsciente.»
Más precisamente, «cada proceso inconsciente de excitación dispone entonces de dos salidas: o bien, librado a sí mismo, termina por abrirse una vía y derrama su exceso de excitación en la motilidad, o bien se somete a la influencia del preconsciente, que contiene su excitación en lugar de dejar que se derrame. Esto es lo que se produce en el proceso del sueño. La excitación de la conciencia ha llevado al preconsciente a investir el sueño convertido en percepción; esta investidura contiene la excitación inconsciente del sueño y la neutraliza».
Esta dinámica del preconsciente encontrará su fundamento energético en 1938, en la prolongación de la segunda tópica, y más allá de ella. El Esquema del psicoanálisis, en el espíritu de Freud, estaba en efecto destinado a subordinar en la definición del preconsciente la consideración inicial de la distribución de las huellas, a la consideración de los dos estados, móvil y ligado, de la energía.
«El interior del yo -escribe Freud-, que comprende ante todo los procesos cogitativos, tiene calidad de preconciencia. Esta última caracteriza al yo y le corresponde exclusivamente.
Con todo, no sería justo postular el vínculo con las huellas mnémicas de la palabra como condición del estado preconsciente; éste es más bien independiente de esa condición, aunque el hecho de que un proceso esté condicionado por la palabra permite concluir con seguridad que es de naturaleza preconsciente. El estado preconsciente, caracterizado por una parte por su acceso a la conciencia, y por la otra por su ligazón con las huellas verbales, es por lo tanto algo particular, cuya naturaleza no queda agotada por estas dos características. Lo prueba el hecho de que grandes fragmentos del yo, y sobre todo del superyó, a los cuales no se les podría cuestionar un carácter preconsciente, permanecen en general inconscientes, fenomenológicamente hablando.»
Así se introducirá la referencia energética: «Confesarnos no saber nada de ello -responde Freud- y las profundas tinieblas de nuestra ignorancia son apenas iluminadas por un débil resplandor. Aquí nos aproximamos al verdadero enigma, aún no resuelto, que presentan los fenómenos psíquicos. Según los datos de las ciencias naturales, admitimos que cierta energía entra en juego en la vida psíquica, pero faltan las indicaciones que nos permitirían comparar esta energía con otras. Parece que la energía nerviosa o psíquica existe en dos formas, una fácilmente móvil, y la otra, al contrario, ligada. Hablamos de investiduras y de sobreinvestiduras de los contenidos psíquicos, y llegamos incluso a suponer que toda sobreinvestidura determina una especie de síntesis de diversos procesos, en el curso de la cual la energía libre se transforma en energía ligada.
Nuestro saber se detiene allí, pero sostenemos firmemente que la diferencia entre el estado inconsciente y el estado preconsciente se manifiesta en relaciones dinámicas de este tipo, lo que explicaría por qué, espontáneamente o gracias a nuestros esfuerzos, un estado puede transformarse en el otro».
En definitiva, el problema del preconsciente aparece entonces como el problema principal de una epistemología del psicoanálisis que, viendo las cosas desde más cerca, se confunde con la trayectoria más característica del psicoanálisis en sí: «A pesar de todas estas incertidumbres -escribe Freud en su texto inconcluso-, la ciencia analítica ha establecido un hecho. Ha demostrado que los procesos que juegan en el inconsciente o en el ello obedecen a leyes distintas de las que se despliegan en el yo preconsciente. Al conjunto de estas leyes lo llamamos proceso primario, en oposición al proceso secundario, que rige los fenómenos del preconsciente del yo. De modo que el estudio de las cualidades psíquicas no habrá sido en última instancia totalmente infructuoso».
Preconciente
s. m. (fr. préconscient; ingl. preconscious; al. [das] Vorbewußte). Instancia psíquica supuesta por S. Freud tras su descubrimiento del inconciente para representar en el aparato psíquico un lugar intermedio entre el conciente y el inconciente, lugar necesario para asegurar el funcionamiento dinámico de este aparato.
El establecimiento de estos lugares le da a Freud la base de su «nueva psicología», el psicoanálisis.
Características. El preconciente hace de pantalla entre el inconciente y el conciente. Mantiene en el inconciente lo que está allí reprimido, imponiendo una censura cuyo levantamiento obedece a ciertas fuerzas y que es un lugar de resistencia en la cura. Las excitaciones que le llegan del otro lado se evacuan bajo el control del proceso secundario, tanto en forma de descarga motriz como de trasformación en fenómeno conciente, pero con ciertas condiciones. Lugar de almacenamiento donde vienen a inscribirse las representaciones de cosa y las representaciones de palabra ligadas entre sí, es por consiguiente sede de la memoria y corresponde a nuestro «yo oficial».
El término preconciente subraya una separación relativa del conciente, del que es «la antecámara», a tal punto que el hecho de aislar este término desdeña ciertas formulaciones, como la de «sistema preconciente-conciente». Freud, efectivamente, osciló entre un aparato de dos y de tres instancias. Y sólo posteriormente el conjunto de las tres instancias diferenciadas recibió la denominación de primera tópica.
Premisas. En la carta 52 a Fliess, en 1896, abandonando parcialmente sus presupuestos biológicos, Freud habla de registro, de trascripción, de traducción de las representaciones verbales en un espacio psíquico: «El preconciente es la tercera trascripción ligada a las representaciones verbales». Esta tesis se repetirá en todos los textos y se confirmará aun en el Esquema del psicoanálisis (1938).
El aporte de la Interpretación de los sueños. La publicación de La interpretación de los sueños, en 1900, hace conocer las teorías freudianas a partir del estudio del sueño, tomado como paradigma de las formaciones psíquicas anormales, como Freud lo menciona desde la primera edición. Establece en primer lugar que el sueño es una producción del inconciente. Siempre al acecho de las contradicciones, se da cuenta, al estudiar la elaboración secundaria del sueño, de que tropieza «con los sentimientos de crítica en el interior del sueño» y se pregunta de dónde viene que «en un sueño, podamos tener el sentimiento de que eso es sólo un sueño». Comprueba que «el contenido del sueño no proviene enteramente de los pensamientos del sueño sino que una parte de sus elementos puede ser provista por una función psíquica inseparable de nuestro pensamiento de vigilia» -lo que exige la hipótesis del preconciente- y agrega que «esta función que censura puede también producir agregados y acrecentamientos», que llama «pensamientos inter -medios». Destaca su carácter tendencioso, dirigido a «quitarle al sueño su apariencia de absurdo e incoherencia».
Identifica «la elaboración secundaria con el trabajo de nuestro pensamiento de vigilia (pensamiento preconciente), que se comporta hacia los elementos provistos por la percepción exactamente igual que la elaboración secundaria hacia los contenidos del sueño. Pone orden, establece relaciones, aporta una cohesión inteligible». Freud estipula además que el preconciente asegura la creación de compromisos en las formaciones del inconciente que no son el sueño: el síntoma, el chiste, el lapsus, el acto fallido. Concluye, en esa época, que «la psicoterapia no puede seguir otro camino que poner al inconciente bajo el dominio del preconciente».
Los aportes de la metapsicología. Quince años después de La interpretación de los sueños, Freud precisa, en Trabajos sobre metapsicología (escritos en 1915), ciertas propiedades del preconciente: «El sistema preconciente-conciente rige la afectividad como también el acceso a la motilidad», y al preconciente le incumbe el gasto permanente de la represión originaria gracias a un «contrainvestimiento». En la represión propiamente dicha, se agrega a ello el retiro del investimiento preconciente sobre los retoños inconcientes. En el preconciente reina el principio de realidad y, con él, la relación con el tiempo. Es la sede de una cierta memoria cuyo contenido proviene en parte de la vida pulsional y en parte de la percepción. En 1916, Freud no vacila en asimilar «la vida psíquica normal al sistema preconciente».
A partir de 1920, la segunda tópica: el ello, el yo y el superyó, sustituye a la primera sin recubrirla, y el preconciente pierde su referencia tópica para no ser más que una cualidad del yo. En el Esquema del psicoanálisis, Freud retoma su definición primera del preconciente (carta 52) y agrega que «el hecho de que un proceso sea condicionado por la palabra permite concluir con seguridad que este proceso es de naturaleza preconciente» y que «el estado preconciente, caracterizado de un lado por su acceso a la conciencia, de otro lado por su ligazón con las huellas verbales, es algo particular cuya naturaleza no se agota en estas dos características».
Después de Freud. Sería excesivo afirmar que el concepto de preconciente resultó fallido, pero son pocos los analistas que lo utilizan. Lacan, en los Escritos, se refiere a él rara vez y no lo desarrolla. En su Seminario I, 1953-54, «Los escritos técnicos de Freud» (1975), se vale de la proposición freudiana de comparar el aparato psíquico con una especie de «microscopio complicado» para dar «libre curso a sus hipótesis», según el consejo de Freud. Es así como sustituye el esquema freudiano del aparato psíquico por la experiencia del ramo invertido y luego por un esquema óptico que muestra este objeto. Con la ayuda de esta nueva metáfora, hace el salto desde la tópica freudiana hasta sus propias categorías: real, imaginario y simbólico, dándole desde entonces al yo [moi] preconciente su estatuto imaginario.
Preconsciente
Alemán: Vorbewusst.
Francés: Préconscient.
Inglés: Preconscious.
Sigmund Freud utilizó el término preconsciente como sustantivo, para designar una de las tres instancias de su primera tópica (las otras dos son el consciente y el inconsciente). Empleado como adjetivo, el término califica los contenidos de esa instancia o sistema, que, aunque no estando presentes en la conciencia, son accesibles para ella, a diferencia de los contenidos del sistema inconsciente.
En el marco de la segunda tópica freudiana, el preconsciente, distinto del yo y sobre todo de la parte inconsciente de este último, está no obstante inscrito en el dominio de esa instancia.
Como los términos consciente, inconsciente o yo, la palabra preconsciente existía antes de Freud. Se la encuentra en las principales obras de los filósofos y psicólogos alemanes del siglo XIX, en particular en el libro de referencia de Eduard von Hartmann (1842-1906), Filosofía del inconsciente, aparecido en 1868.
Freud escribió por primera vez este término en la famosa carta a Wilhelm Fliess del 6 de diciembre de 1896, al mismo tiempo que la expresión aparato psíquico. Desde ese momento, la palabra fue elevada a la categoría de concepto técnico, y recibió una definición circunstanciada: el preconsciente está ligado a las representaciones verbales, y corresponde "a nuestro yo oficial. Las investiduras de este Precs [más tarde Freud escribirá Pcs] se vuelven conscientes según ciertas leyes." En el último capítulo de La interpretación de los sueños, el preconsciente es objeto de definiciones mas precisas. En primer lugar, en la reformulación del aparato psíquico, se lo concibe "como el último de los sistemas del extremo motor, para indicar que desde allí los fenómenos de excitación pueden llegar a la conciencia sin otra demora, siempre que existan algunas otras condiciones, por ejemplo, un cierto grado de intensidad, una cierta distribución de la función que denominamos atención. Es al mismo tiempo el sistema que contiene las claves de la movilidad voluntaria." En cambio, el inconsciente está situado "más atrás: no podría acceder a la conciencia sino pasando por el preconsciente y durante ese pasaje el proceso de excitación debe plegarse a ciertas modificaciones". Al final de ese mismo capítulo, cuando Freud traza la distinción entre su noción de inconsciente y las concepciones de su predecesores, el preconsciente es considerado inconsciente en el sentido descriptivo, pero se distingue del inconsciente en sentido dinámico, freudiano, por el hecho de que sus contenidos pueden llegar a la conciencia, "quizá sólo después del control de una nueva censura, pero sin tener en cuenta al sistema inconsciente".
Esta distinción es retomada unos veinticinco años más tarde, en El yo y el ello, donde el preconsciente es calificado de inconsciente latente, capaz de convertirse en consciente, y distinto del inconsciente reprimido, "que es en sí mismo, y por decirlo todo, incapaz de volverse consciente”
Situado entre el inconsciente y el consciente, el preconsciente está separado del primero por una censura severa. Ésta impide el acceso de los conteniendos inconscientes al preconsciente, en la medida en que, en el otro extremo, la censura entre el preconsciente y el consciente es permeable. Por otra parte, Freud habla al respecto del sistema "preconsciente-consciente" (Pcs-Cs). En otras palabras, desde el punto de vista de la economía de la organización psíquica, caracterizada por la búsqueda de la menor tensión y de la adaptación al principio de realidad, el preconsciente no es muy fiable, puesto que puede dejar pasar con demasiada facilidad las mociones de deseo inconscientes hacia el consciente.
De modo que el preconsciente actúa como protector del consciente: separa, selecciona, a fin de descartar las mociones desagradables que podrían importunar al consciente. En este sentido, está ligado al proceso secundario, pero esta distinción, que implica una correlación entre el inconsciente y el proceso primario, fue a menudo cuestionada por Freud, precisamente cuando esa actividad organizadora se ejerce con restos diurnos: nuestra atención, que resulta de la actividad preconsciente, puede muy bien abandonar ciertos pensamientos, pero no por ello éstos dejan de seguir su curso y de reaparecer de manera deformada en nuestros sueños: "Llamamos preconsciente a este proceso -escribe Freud-, y lo consideramos totalmente normal".
Hasta el final de su obra, y sobre todo en el Esquema del psicoanálisis, Freud mantuvo esta concepción del inconsciente, subrayando siempre que una de sus características es la proximidad a las "representaciones de palabra", y por lo tanto al lenguaje.
Preconsciente (s. y adj.)
Al.: das Vorbewusste, vorbewusst.
Fr.: préconscient.
Ing.: preconscious.
It.: preconscio.
Por.: preconsciente.
A) Término utilizado por Freud dentro del marco de su primera típica: como substantivo, designa un sistema del aparato psíquico claramente distinto del sistema inconsciente (Ics); como adjetivo, califica las operaciones y los contenidos de este sistema preconsciente (Pcs). Éstos no están presentes en el campo actual de la conciencia y son, por consiguiente, inconscientes en el sentido «descriptivo» del término (véase: inconsciente, B), pero se diferencian de los contenidos del sistema inconsciente por el hecho de que son accesibles a la conciencia (por ejemplo, conocimientos y recuerdos no actualizados).
Desde el punto de vista metapsicológico, el sistema preconsciente se halla regido por el proceso secundario. Está separado del sistema inconsciente por la censura, que no permite que los contenidos y procesos Inconscientes pasen al Pcs sin experimentar transformaciones.
B) Dentro de la segunda tópica freudiana, el término «preconsciente» se utiliza, sobre todo, como adjetivo, para calificar lo que escapa a la conciencia actual sin ser inconsciente en sentido estricto. Desde el punto de vista sistemático, califica los contenidos y procesos relativos esencialmente al yo y también al superyó.
La distinción entre preconsciente e inconsciente es fundamental para Freud. Sin duda, con intención apologética, se apoyó en la existencia indiscutible de una vida psicológica que desborda el campo de la conciencia actual, para defender la posibilidad de un psiquismo inconsciente en general; y, si se toma la palabra inconsciente en el sentido que Freud llama «descriptivo» (lo que escapa a la conciencia), desaparece la distinción entre preconsciente e inconsciente. Asimismo debe entenderse fundamentalmente en sus acepciones tópica (o sistemática) y dinámica.
El concepto fue muy pronto establecido por Freud durante la elaboración de sus puntos de vista metapsicológicos. En La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900), el sistema preconsciente se encuentra situado entre el sistema inconsciente y la conciencia; está separado del primero por la censura, que intenta prohibir a los contenidos inconscientes el camino hacia el preconsciente y la conciencia; en el otro extremo, controla el acceso a la conciencia y a la motilidad. En este sentido, se puede unir la conciencia al preconsciente; así, Freud habla de sistema Pcs-Cs; pero, en otros pasajes de La interpretación de los sueños, el preconsciente y lo que Freud llama el sistema percepción-conciencia se hallan claramente delimitados entre sí: esta ambigüedad obedecería a que la conciencia no se presta, como Freud señaló ulteriormente, a consideraciones estructurales (véase: Conciencia).
Freud somete el paso del preconsciente al consciente a la acción de una «segunda censura»; pero ésta se diferencia de la censura propiamente dicha (entre Ics y Pcs) en que selecciona más que deforma, consistiendo su función esencialmente en evitar la aparición en la conciencia de preocupaciones perturbadoras. De este modo favorece el ejercicio de la atención.
El sistema preconsciente se define, en relación con el sistema inconsciente, por la forma de su energía (energía «ligada») y por el proceso que en él se realiza (proceso secundario). Observemos, sin embargo, que esta distinción no es absoluta: al igual que ciertos contenidos del inconsciente, como señaló Freud, son modificados por el proceso secundario (por ejemplo, las fantasías), también los elementos preconscientes pueden ser regidos por el proceso primario (por ejemplo, restos diurnos en el sueño). De un modo más general, puede reconocerse en las operaciones preconscientes, bajo su aspecto defensivo, el dominio del principio de placer y la influencia del proceso primario.
Freud relacionó siempre la diferencia entre Ics y Pcs al hecho de que la representación preconsciente se encuentra ligada al lenguaje verbal, a las « representaciones de palabras».
Añadamos que la relación entre el preconsciente y el yo es evidentemente muy estrecha. Resulta significativo el hecho de que la primera vez que Freud introduce el preconsciente, lo asimila a «nuestro yo oficial». Y cuando, en la segunda tópica, define de nuevo el yo, aunque el sistema preconsciente no se confunda con el yo, que es parte inconsciente, se encuentra naturalmente englobado en él. Finalmente, en la instancia del superyó, recién desglosada, pueden ponerse en evidencia aspectos preconscientes.
¿Qué comprende, en lo vivido por el sujeto y, más especialmente, en la experiencia de la cura, el concepto de preconsciente? El ejemplo que más a menudo se da es el de los recuerdos no actualizados, pero que el sujeto puede evocar. De un modo más general, el preconsciente designaría lo que se halla implícitamente presente en la actividad mental, aunque sin constituir objeto de conciencia; esto es lo que quiere decir Freud cuando define el preconsciente como «descriptivamente» inconsciente, pero accesible a la conciencia, mientras que el inconsciente está separado de la conciencia.
En El inconsciente (Das Unbewusste, 1915), Freud califica el sistema preconsciente de «conocimiento consciente» (bewusste Kenntnis); se trata de palabras significativas que subrayan la distinción con respecto al inconsciente: «conocimiento» implica que se trata de cierto saber concerniente al sujeto y a su mundo personal; «consciente» indica que estos contenidos y procesos, aunque no conscientes, se adscriben al consciente desde el punto de vista tópico.
La distinción tópica se verifica, desde el punto de vista dinámico, en la cura, especialmente por el siguiente rasgo, en el que insiste D. Lagache: así como la verbalización de contenidos preconscientes puede provocar reticencias, que la regla de libre asociación tiene por objeto eliminar, el reconocimiento del inconsciente choca con resistencias, ellas mismas inconscientes, y que el análisis debe progresivamente interpretar y vencer (en el bien entendido de que las reticencias se basan casi siempre en resistencias).
Preedípico
ca adj. (fr. préoedipien, enne; ingl. preoedipal; al. präödipial). Se dice del estadio de la relación del hijo con su madre, anterior a su entrada en el Edipo. La presencia desde el principio de la vida de la instancia paterna obliga a relativizar esta noción.
Preedípico
Al.: Präoedipal. -
Fr.: préoedipien. -
Ing.: preoedipal. -
It.: preedipico. -
Por.: pré-edipiano.
Califica el período del desarrollo psicosexual anterior a la instauración del complejo de Edipo; en este período predomina, en ambos sexos, el lazo con la madre.
Este término no aparece hasta muy tardíamente en Freud, cuando éste se ve inducido a precisar la especificidad de la sexualidad femenina y, en particular, a insistir en la importancia, la complejidad y la duración de la relación primaria entre la niña y su madre. Tal fase existe también en el niño, pero es menos prolongada, menos rica en consecuencias y más difícil de diferenciar del amor edípico, ya que su objeto sigue siendo el mismo.
Desde el punto de vista terminológico, conviene distinguir claramente los términos «preedípico» y «pregenital», que con frecuencia se confunden. El primero se refiere a la situación interpersonal (ausencia del triángulo edípico), mientras que el segundo alude al tipo de actividad sexual que interviene. Ciertamente, el desarrollo del Edipo conduce en principio a la instauración de la organización genital, pero sólo una concepción normativa pretende hacer coincidir la genitalidad con la plena elección de objeto correlativa del Edipo. Ahora bien, la experiencia muestra que puede existir una actividad genital satisfactoria sin un Edipo consumado, y también que el conflicto edípico puede desarrollarse en registros sexuales pregenitales.
¿Puede hablarse, en rigor, de fase preedípica, es decir, de una fase en la que existiría exclusivamente una relación dual madre-niño? Esta dificultad no escapó a Freud, quien hace observar que el padre, incluso cuando predomina la relación con la madre, se halla presente como «rival inoportuno»; según él, los hechos podrían describirse diciendo que «[...] la mujer no llega a la situación edípica positiva normal hasta haber superado un período previo en el que impera el complejo negativo», formulación que, en opinión de Freud, tendría la ventaja de mantener la idea de que el Edipo es el complejo nuclear de las neurosis.
Esquemáticamente puede indicarse que, a partir de este matiz de la tesis de Freud, se abren dos direcciones: o bien se pone el acento en la exclusividad de la relación dual, o bien se detectan muy precozmente manifestaciones edípicas, hasta el punto de no poder delimitar una fase propiamente preedípica.
Como ejemplo de la primera dirección puede citarse el trabajo de Ruth Mack Brunswick, que es el resultado de una larga colaboración con Freud y que dicha autora considera como expresión del pensamiento de éste:
1) piensa que, si bien el padre está presente en el campo psicológico, no es percibido como un rival;
2) reconoce una especificidad a la fase preedípica, que se dedica a describir, sobre todo, el predominio de la oposición actividad-pasividad.
Por el contrario, la escuela de Melanie Klein, analizando las fantasías más arcaicas, sostiene que en la relación con la madre interviene precozmente el padre, como lo indica especialmente el fantasma del pene paterno guardado en el cuerpo de la madre (véase: Imago de los padres acoplados). Con todo, cabe preguntarse si la presencia de un tercer término (falo) en la relación primitiva madre-niño justifica el describir este período como «fase precoz del Edipo». En efecto, el padre no se halla entonces presente como instancia prohibitiva (véase: Complejo de Edipo). Dentro de esta perspectiva, J. Lacan, examinando las concepciones kleinianas, habla de «triángulo preedípico» para designar la relación madre-niño-falo, interviniendo este último término como objeto fantaseado del deseo de la madre.
Pregenital
Al.: prägenital.
Fr.: prégénital.
Ing.: pregenital.
It.: pregenitale.
Por.: pregenital.
Adjetivo que califica las pulsiones, las organizaciones, las fijaciones, etc., que se relacionan con el período del desarrollo psicosexual en el cual no se ha establecido aún la primacía de la zona genital (véase: Organización).
La introducción de este término por Freud en La predisposición a la neurosis obsesiva (Die Disposition zur Zivangsneurose, 1913) coincide con la de la idea de una organización libidinaf anterior a la organización que se efectúa bajo la primacía de los órganos genitales. Ya es sabido que, mucho antes, Freud había reconocido la existencia de una vida sexual infantil anterior al establecimiento de esta primacía. Desde la carta a Fliess del 14-XI-97, habla de zonas sexuales ulteriormente abandonadas; y en los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905), describe el funcionamiento originariamente anárquico de las pulsiones parciales no genitales.
El adjetivo pregenital ha alcanzado gran extensión. En el lenguaje psicoanalítico contemporáneo, no califica solamente pulsiones u organizaciones libidinales, sino fijaciones, regresiones a estos modos precoces del funcionamiento psicosexual. Se habla de neurosis pregenitales cuando predominan tales fijaciones. Se ha llegado incluso a substantivar el adjetivo y a hablar de «pregenital» como un tipo definido de personalidad.
Preiswerk Héléne (1880-1911)
En su tesis de medicina publicada en 1902, Carl Gustav Jung narró la experiencia que había realizado con una joven médium espiritista que llamó S. W.; el abuelo materno de esta joven, un pastor protestante, tenía alucinaciones visuales; el hermano era retrasado mental, y la hermana sufría algunas anomalías psíquicas. En su presentación Jung no omite el lado paterno, subrayando que la abuela de la paciente era histérica y padecía crisis de sonambulismo durante las cuales "profetizaba". Los progenitores eran víctimas de trastornos mentales, dos hen-nanos eran excéntricos, y dos hermanas presentaban síntomas histéricos.
Durante las sesiones de espiritismo, S. W. revivía vidas anteriores. Había leído por azar el libro de Justinius Kerner (1786-1862) titulado La Vidente de Prevorst, que relataba un caso de transe magnético, y comenzó a hipnotizarse a sí misma, y después a hablar varias lenguas. Al cabo de cierto tiempo se enamoró de Jung, quien dejó de participar en las sesiones al sorprenderla en flagrante delito de fraude. En su tesis, Jung trataba a esta joven de manera despectiva, como nuevo objeto de observación. El trabajo, acogido calurosamente por Théodore Flournoy, que acababa de tener una experiencia idéntica, suscitó no obstante una tempestad de indignación, en razón del modo en que se presentaba la historia de S. W.
En 1975, Stéfanie Zumstein-Preiswerk reveló la identidad de su tía, S. W.: se trataba de Heléne Preiswerk, prima de Jung. La tesis de Jung era en realidad una autobiografía enmascarada que contenía una genealogía familiar. Samuel Preiswerk (1799-1871), el abuelo materno de Jung, pastor, teólogo, hebraísta y adepto al espiritismo, había pasado toda su vida junto a una silla especial instalada en su escritorio y reservada al espíritu de su primera mujer, que iba a "visitarlo" una vez por semana. Cuando redactaba los sermones, su hija Émilie Preiswerk (1848-1923), futura madre de Carl Gustav, debía permanecer detrás de él para que los espíritus no leyeran por encima de su hombro. Émilie era una mujer fea y, después del matrimonio, se convirtió en autoritaria y depresiva; pasaba su tiempo en ejercicios de espiritismo. El hermano, Rudolf Preiswerk, tenía dos hijas, Héléne y Louise, y con ellas y su madre el joven Jung tomó en su adolescencia la costumbre de entregarse al espiritismo, sin que lo supiera el padre, el reverendo Paul Jung (1842-1896), que ignoraba las actividades de las mujeres de la familia. El padre de Paul, Carl Gustav Jung (1799-1864), llamado el Viejo, personaje ilustre de la ciudad de Basilea, en su juventud había conocido la cárcel por sus ideas políticas, y después de un período de exilio se había dedicado al tratamiento de las enfermedades del alma.
Stéphanie Zumstein-Preiswerk reveló también cuál había sido el trágico destino de Héline. Después de caer en un estado de total desintegración psíquica, murió de tuberculosis en París. Nunca le perdonó al primo que la hubiera utilizado como cobayo para sus experiencias. En 1993, Henri F. Ellenberguer redactó un artículo sobre esta cuestión, su último texto antes de morir, donde una vez más demostró hasta qué punto la suerte de los pacientes es distinta de lo que dicen los historiales redactados por los científicos.
Prematuración
La noción biológica de prematuración, procedente de las concepciones desarrolladas por Bolk en la teoría de la evolución, con la idea de inscribir la especie humana en la descendencia de una mutación animal que se sustrajo a las normas cronológicas de la gestación, ha encontrado aplicación en psicoanálisis, para recubrir la experiencia de desamparo que ubica al ser humano, insuficientemente equipado en capacidad instintiva en el momento del nacimiento, en una dependencia absoluta respecto de su medio. Freud ya hizo alusión a la prematuración en su correspondencia con Fliess, y a Lacan la noción le ha interesado sobre todo porque confiere al concepto de necesidad un alcance existencial que amplía el tema trivial de la homeóstasis.
Presentación autobiográfica
Obra de Sigmund Freud publicada en 1925 con el título de Sigmund Freud presentado por él mismo, genérico de la colección dirigida por el profesor Dr. L. R. Grote, Die Medizin der Gegenwart in Selbstdarstellung (La medicina contemporánea presentada por ella misma). Reeditada en 1928 en los Gesammelte Schriften, y en 1934 en forma de libro, con el título de Selbstdarstellung. Traducida por primera vez al francés en 1928 por Marle Bonaparte, con el título de Ma vie et la psychanalyse, y en 1984 por Fernand Cambon con el título de Sigmund Freud présenté par lui-méme. Retraducida en 1992 por Pierre Cotet y René Lainé, con el título de Autoprésentation. Traducida por primera vez al inglés en 1927 por James Strachey con el título de An Autobiographical Study; reeditada en 1935 con el título de Autobiography, acompañada de un post scriptum, y en 1959 con el título de An Autobiographical Study.
En las primeras líneas de este ensayo, Freud se explica: su decisión de responder afirmativamente a la propuesta de la editorial Felix Meiner de que presentara el ámbito médico del que era creador, el psicoanálisis, le hacía correr el riesgo de contradecir lo que ya había dicho sobre el tema -en sus conferencias en los Estados Unidos en 1909,
En su "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico", publicada en 1914.
Bien de caer en una repetición pura y simple, De modo que debía "tratar de encontrar [ ... ] una nueva dosis entre presentación subjetiva y objetiva, entre interés biográfico e histórico".
De hecho, como lo han señalado la mayoría de los comentadores, Norman Kiell entre otros, la autopresentación de Freud (ése fue el título finalmente retenido en la segunda edición alemana, de 1934) resulta sobre todo notable por lo que él no dice. En su “Postscriptum" de 1935, precisó y justificó la salida elegida: "Dos temas recorren esta obra: el de mi propio destino y el de la historia del psicoanálisis. Están estrechamente ligados. Mi Autopresentación muestra de qué modo el psicoanálisis se convirtió en el contenido de mi vida, y después se adecua al principio justificado de que nada de lo que me sucede personalmente tiene interés para mis relaciones con la ciencia." Freud recuerda algunas fechas importantes del transcurso de sus estudios y su vida profesional, y vuelve sobre el tema: "Puedo permitirme poner aquí término a mis comunicaciones autobiográficas. Por otra parte, en lo que concierne a mis condiciones de vida personales, a mis luchas, mis decepciones y mis éxitos, el público no tiene ningún derecho a enterarse más. Y en algunos de mis escritos (La interpretación de los sueños, La vida cotidiana) he sido más franco y más sincero de lo que acostumbran serlo los personajes que describen su vida para los contemporáneos o para la posteridad." Freud tenía razón. En materia de confidencias y revelaciones sobre su vida privada, fue mucho más elocuente en los dos textos citados, pero también en otros artículos, en particular "Sobre los recuerdos encubridores" y "Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis", para no hablar de esa cantera de informaciones que es el conjunto de su correspondencia.
Este libro, casi totalmente silencioso sobre la vida de Freud, es invalorable por la recapitulación que propone de la historia del psicoanálisis, concebido como el producto de su propio genio. Poniendo al día sus balances anteriores, Freud le otorga un lugar considerable a la gran refundación teórica de principios de la década del 20, lanzando al pasar algunas indirectas (a costa de Pierre Janet, su "pobre competencia" y sus argumentos "inelegantes"); recuerda la mala acogida que recibieron sus primeros trabajos, denuncia la "barbarie" de la nación alemana (término que mantuvo a pesar de las presiones de Max Eitingon) y el deshonor de la ciencia alemana, incapaz de hacer lugar al psicoanálisis.
Ante varias empresas biográficas que le concernían, Freud dio siempre muestras de una gran ambivalencia.
En 1993, el psicoanalista francés Alain de Mijolla confeccionó la lista de esas reacciones freudianas: desde la carta a Martha del 24 de abril de 1885, en la cual se alegraba de antemano por los errores que podrían cometer sus futuros biógrafos, hasta el proyecto de Amold Zweig en 1936, cuyo abandono lo llenó de contento, pasando por la muy seca acogida que dio a la biografía escrita por Fritz Wittels, y sus reticencias amistosas al leer el retrato que Stefan Zweig bosquejó de él en su libro La curación por el espíritu, sin olvidar la carta del 23 de abril de 1933 al doctor Roy Winn, en la cual rechazó la idea, sugerida por su corresponsal, de que escribiera una autobiografía más íntima. Pero todas estas reacciones negativas no bastan para explicar el verdadero sentimiento de Freud respecto de la biografía. Lo caracterizan otras actitudes, que matizan la posición de rechazo: así, cuando tenía apenas 30 años, pensó ya en los biógrafos eventuales; más tarde tomó la costumbre de recoger y transmitir a los autores de esas biografías una larga lista de rectificaciones de los errores y los olvidos que hubieran podido cometer, en vista de las próximas ediciones de sus libros. Uno de los testimonios más sorprendentes de esta preocupación por la exactitud es la correspondencia, de una precisión extraordinaria, que dirigió a su discípulo peruano Honorio Delgado, autor de una biografía de Freud en honor de su septuagésimo cumpleaños.
De hecho, la reserva y el malestar de Freud se expresaban de distinto modo, como lo ha observado Alain de Mijolla, según el método adoptado por el autor de la biografía. Cuando el trabajo se limita a tomar en cuenta hechos objetivos (a los cuales se referían las rectificaciones de Freud), es decir, cuando el ejercicio biográfico no hace uso del psicoanálisis, él, a pesar de un cierto displacer, da muestras de tolerancia. En cambio, cuando un biógrafo, o un supuesto biógrafo, se remite al psicoanálisis y se entrega a interpretaciones más o menos rigurosas, Freud deja ver su irritación.
¿Hay que ver en ello una contradicción a su propia pasión interpretativa? ¿Justificó él mismo el recurso a la interpretación en su ensayo Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci? En realidad la contradicción es sólo aparente, si se consideran las circunstancias que dan legitimidad a la interpretación analítica. Fuera del marco constituido por la cura, el recurso a la interpretación, capaz de develar afectos íntimos de la vida de un sujeto, siempre fue objeto de una extrema vigilancia por parte de Freud. El criterio principal es el respeto debido a la persona viva, o a su ambiente inmediato cuando esta persona ha fallecido. Por cierto, el propio Freud contravino a veces esta regla, sobre todo en la época febril de los primeros pasos del psicoanálisis. Por ejemplo, cuando nació la hija de Wilhelm Fliess, Pauline, él se permitió formular la hipótesis de que tal vez reemplazara a la hermana muerta de su amigo. De una manera aún más concertada, en la sesión del 11 de diciembre de 1907 de las reuniones de los miércoles, se lanzó a una conjetura sobre la presunta hermana con la que Wilhelm Jensen (1837-1911), el autor de la novela que había sido objeto de su ensayo. El delirio y los sueños en la "Gradiva" de W Jensen, habría tenido "una relación plena de intimidad". Sin embargo, más tarde sólo fueron objeto de interpretación los muertos lejanos, reales o ficticios.
En una carta del 2 de abril de 1928 dirigida a Ludwig Binswanger, que en su libro Sueño Y existencia había puesto de manifiesto su interés por el trabajo de Edgar Michaelis, Freud, no sin alguna irritación, indicó su posición con mucha claridad: "Quizá lo sorprenda a usted enterarse de que no he leído el análisis realizado sobre mí por ese Michaelis que usted tanto admira. Analizar a un hombre vivo es muy poco admisible y por cierto de mala educación. Dejaremos en suspenso la cuestión de si se trata de un agravamiento o una disminución de la descortesía que no se le envíe el resultado de la vivisección a la víctima. No he sentido curiosidad, pues ese Michaelis no me conoce. Nuestros análisis clínicos presuponen una mayor familiaridad con su objeto." Unos años más tarde aplicó esta misma regla al exigir que la obra escrita en colaboración con el embajador norteamericano William C. Bullitt (1891-1967), El presidente Thomas Woodrow Wilson, no se publicara en vida de la viuda del personaje.
Esta prudencia y estos escrúpulos freudianos no deben sin embargo ocultar otras cuestiones, más directamente ligadas al devenir de la historiografía psicoanalítica. Incuestionablemente, la salida elegida por Freud en este ensayo, con lo que implica de omisiones y secretos conservados, conscientes o no, contiene los gérmenes de la historia oficial (inaugurada por el primer biógrafo de Freud, Ernest Jones), caracterizada por preocupaciones estratégicas y opciones afectivas difícilmente compatibles con el rigor y la ética de una historiografía experta. Si la historia oficial y sus vicisitudes favorecieron la emergencia de una historiografía primero disidente y después revisionista, que encontró aliados entre los adversarios del psicoanálisis, la historiografía rigurosa debe por su parte preocuparse por preservar en su itinerario la especificidad del objeto del psicoanálisis: el inconsciente.
Presidente Thomas Woodrow Wilson (el)
Obra de William Christian Bultitt (1891-1967) escrita en colaboración con Sigmund Freud, y con un prefacio de este último de 1930. Publicada en inglés en Londres y Boston en 1967 con el título de Thomas Woodrow Wilson. A Psychlogical Study. Traducida al francés por M. Tadié en 1967 con el título de Portrait psychologique de Thomas Woodrow Wilson. Esta traducción fue reeditada en 1990 con el titulo de Le Président T W. Wilson.
En 1919, William Bullitt, proveniente de una familia acomodada de Filadelfia y convertido en consejero del presidente Wilson (1856-1924), fue enviado en misión a Rusia. Se entusiasmó por la Revolución de Octubre, y negoció con Lenin (1870-1924), con vistas al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países. Wilson rechazó sus propuestas, y Bullitt renunció. Después de casarse con Louise Bryant, la viuda de John Reed (el autor de Los diez días que conmovieron al mundo), durante diez años fue un peregrino en el desierto. Hizo periodismo, escribió una novela de éxito y frecuentó el ambiente cinematográfico.
Gracias a su mujer, entonces en análisis con Sigmund Freud, él conoció al maestro en Berlín, en mayo de 1930. Freud residía en la clínica de Tegel (en la casa de Ernst Simmel), y Bullitt lo encontró deprimido, atormentado por sus sufrimientos y no pensando más que en la muerte. Para distraerlo, le habló de la obra que preparaba sobre los cuatro protagonistas del Tratado de Versalles: Thomas Woodrow Wilson, Georges Clemenceau (1841-1929), David Lloyd George (1863-1945) y Vittorio Emanuele Orlando (1860-1952). Entonces el rostro del maestro se iluminó. Desde su libro Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, para el cual le habían faltado cruelmente los archivos, soñaba con dedicar un ensayo al destino de un personaje disponiendo de toda la documentación necesaria. Le propuso entonces a Bullitt que escribieran un libro sobre Wilson, y además lo tomó en análisis.
¿Por qué le interesaba el vigésimo octavo presidente de los Estados Unidos, un presbiteriano de cortos alcances, fealdad extremo. y temperamento enfermizo? La respuesta es simple: Freud no quería a ese hombre, al que consideraba responsable de la desdichas de la Mitteleuropa. Le reprochaba que hubiera ratificado un tratado inicuo, por el cual los vencedores le dictaron su ley a los vencidos. En efecto, en virtud de su sumisión a los signatarios franceses e ingleses, Wilson había sido el artesano de un tratado que, al humillar a Alemania y dislocar los imperios centrales, favoreció el ascenso del nazismo y llevó a la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, Freud había leído una obra publicada en 1920 donde se estudiaba el estilo de los discursos de Wilson.
En octubre de 1930, Bullitt le entregó a Freud unas mil quinientas páginas dactilografiadas, con notas sobre la vida y la actividad política de Wilson. Freud las leyó y se convirtió a la vez en amigo y analista del diplomático. Juntos discutieron punto por punto cada momento importante de la vida del presidente. Freud redactó entonces un primer borrador de algunas partes del futuro original, y Bullitt se encargó de los otros. Una vez realizado el trabajo, cada uno leyó los textos del otro hasta que los fragmentos compusieron una obra común. Para darle resonancia, Freud aceptó que se publicara en los Estados Unidos, bajo la responsabilidad de Bullitt. A fin de no hacer pesada la obra, los dos autores decidieron conservar sólo las notas redactadas por el diplomático acerca de la infancia y la adolescencia de Wilson. Sea como fuere, el 7 de diciembre de 1930, en una carta a Arnold Zweig, Freud manifestó estar trabajando en Ia introducción a una obra de otro".
En enero de 1932 Bullitt le remitió a Freud la suma de dos mil quinientos dólares en concepto de anticipo por la edición norteamericana, pero en la primavera estalló una disputa. Freud manifestó una fuerte insatisfacción y, de golpe, modificó el texto común, añadiendo pasajes que Bullitt no aprobaba. Ninguno de los dos reveló nunca el motivo de la querella ni el contenido de las partes añadidas. El 28 de mayo, Marie Bonaparte anotó en su diario que el libro con Bullitt estaba terminado, pero que éste aguardaba las elecciones en los Estados Unidos. En efecto, el diplomático había vuelto a su pais para participar en la campaña de los demócratas en favor de Roosevelt. La disputa no parecía haber afectado desmesuradamente a Freud, puesto que el 16 de febrero de 1933 le escribió a Jeanne Lampl-De Groot: "Bullitt es el único norteamericano que comprende algo a Europa y desea hacer algo por ella. Por esto no llego a esperar que se le confíe un cargo desde el que pueda ser eficaz y actuar a su manera."
En agosto de 1933 Bullitt fue nombrado por Roosevelt embajador de los Estados Unidos en la Unión Soviética. En diciembre, Freud le dijo a Marie Bonaparte: "De Bullitt, no hay novedades; nuestro libro no verá la luz".
Según Bullitt, después de una viva discusión, los dos habían decidido olvidarse del texto durante tres semanas. Cuando volvieron a verse, en el momento de la partida del diplomático a Moscú, acordaron dejar que madurara la obra común y retomarla más tarde. Cada uno de ellos puso su firma al lado de la del otro en los sucesivos capítulos del original. El 20 de mayo de 1935 Bullitt reapareció en Viena como un meteoro, y Freud ya no habló de la obra.
El 23 de mayo de 1936, Marie Bonaparte pasó el día en Viena con Bullitt, y anotó en su diario: "¡Está vivo! Quiere ayudar a la Verlag, pero no cesa de quejarse de que el análisis le quita la alegría de vivir." Defraudado por su estada en la URSS, aguardaba otro destino diplomático. En agosto fue nombrado embajador en París, y a partir de ese día no dejó de denunciar el peligro nazi. Desde la anexión de Austria, se aseguró el respaldo personal de Roosevelt para presentarse en la embajada alemana en París y amenazar a los nazis con el escándalo en el caso de que tocaran a la familia Freud. Cuando el maestro vienés llegó a París, en junio de 1938, él lo recibió con Marie Bonaparte y lo acompañó a la estación de Saint-Lazare, punto de partida a su exilio en Gran Bretaña.
Fue en Londres donde los dos hombres solucionaron finalmente su disputa. Según la versión de Bullitt, Freud aceptó suprimir los pasajes añadidos, y Bullitt integró las nuevas modificaciones del maestro (nadie sabe cuáles). Se tomó entonces la decisión común de publicar la obra después de la muerte de la segunda esposa de Wilson. El 17 de noviembre Marie Bonaparte anotó en su diario que "los manuscritos de Freud habían sido enviados a Bullitt en América".
La sorprendente aventura de este original inverosímil no se detuvo allí. Cuando los alemanes invadieron Francia, Bullitt permaneció en Paris y no siguio al gobierno de Paul Reynaud (1878-1966) en el exilio. Pensaba con justicia que en ese momento no correspondía la intervención norteamericana, pero subestimaba el poder de resistencia de Inglaterra, no creía en el de Francia, y se equivocó acerca de las posibilidades de la alianza con la URSS, actitud que iba a serle reprochada por el general de Gaulle. El 30 de junio de 1940 abandonó París, ciudad a la que volvió en septiembre de 1944, con el grado de comandante, en el primer ejército francés.
En 1956 puso el original en manos de Ernest Jones, quien dijo que consideraba un privilegio ser su primer lector: "Aunque éste sea un trabajo compartido -comentó-, no es difícil distinguir la contribución analítica de uno de los autores, y el aporte político del otro". No añadió nada más. En 1964 Bullitt se dirigió a Max Schur, quien estaba escribiendo su libro sobre Freud. Schur se mostró interesado, y le preguntó donde estaban las notas y documentos preparatorios redactados por Freud. El embajador respondió que en junio de 1940 su ayuda de cámara los había quemado por negligencia, junto con los archivos de la embajada norteamericana,
De modo que todas las huellas de la colaboración de Bullitt y Freud quedaron reducidas a cenizas. Schur le sugirió a Bullitt que le enviara una copia del original a Anna Freud, para que el libro se publicara en el marco muy oficial del Sigmund Freud Copyright. Bullitt envió el texto sin pedirle ninguna ayuda a Anna, la cual, después de una lectura, declaró que lo único escrito por el padre era el prefacio. Un veredicto sin apelación. A partir de ese día, el Wilson fue proscrito de la comunidad psicoanalítica internacional, al punto de ser considerado apócrifo. Bullitt, un año antes de morir, se encargo, solo, de la publicación en los Estados Unidos: esa edición contiene una introducción de Freud, en la cual éste subraya claramente que colaboró en la obra, y otra introducción de Bullitt, notas de Bullitt sobre la infancia de Wilson, y un desarrollo común sobre el destino político del personaje. Erik Erikson en 1967, e llse Grubrich-Simitis en 1987 (en el prefacio a la edición alemana), expusieron opiniones coincidentes con la de Anna Freud. En consecuencia, el libro no figura en las ediciones de las obras completas de Freud (en inglés, francés y alemán).
De modo que los diferentes relatos del episodio se contradicen entre sí, Mientras que Marie Bonaparte anotó que los manuscritos de Freud habían sido enviados a Bullitt en América, éste le declaró a Schur que su ayuda de cámara los había quemado en París. Freud, por su lado, no aclaró nunca qué parte de la obra había redactado él, pero siempre respaldó el proyecto, afirmando haber colaborado en el libro. Anna Freud, Schur y Erikson fueron sin duda imprudentes al zanjar como lo hicieron la cuestión de la atribución de los textos.
La obra en sí es notable. Más allá del vocabulario psicoanalítico y conceptual simplista, debido a la pluma de Bullitt, propone un sorprendente análisis de la locura de un hombre de Estado, aparentemente normal, en ejercicio de sus funciones.
Identificado desde su más tierna edad con la figura de su "incomparable padre", pastor presbiteriano y gran predicador, Wilson se tomó primero por hijo de Dios, antes de convertirse a una religión de su propia cosecha, en la que se atribuía el lugar de Dios. Escogió la carrera política para realizar sus sueños mesiánicos. Cuando se convirtió en presidente, nunca había salido de los Estados Unidos, país al que consideraba el más hermoso del mundo, a igual título que la Inglaterra de Gladstone. No conocía la geografía de Europa e ignoraba que allí se hablaban distintos idiomas. Durante las negociaciones del Tratado de Versalles olvidó la existencia del paso de Brennero y le entregó a Italia los austríacos del Tirol, sin saber que hablaban alemán. También creyó en la palabra de un allegado, quien le dijo que la comunidad judía contaba con cien millones de individuos distribuidos en los cuatro rincones del mundo. Odiaba a Alemania, y pensaba que sus habitantes vivían como bestias salvajes.
Para aplicar su política internacional, Wilson inventó silogismos delirantes. Puesto que Dios es bueno y la enfermedad es mala, deducía que, si Dios existe, no puede existir la enfermedad. Este razonamiento le permitía negar la realidad y creer en la omnipotencia de sus discursos. Según los autores, esa denegación de la realidad lo llevó al desastre diplomático. Creó la Sociedad de las Naciones antes de discutir las condiciones de la paz, gracias a lo cual los vencedores, contando con la garantía norteamericana, pudieron despedazar a Europa y condenar a Alemania con toda impunidad.
Wilson creía entonces que la clave de la fraternidad universal podía formularse en catorce puntos. Pero en lugar de tratar con sus asociados discutiendo las cuestiones económicas y financieras, pronunció un sermón de la montaña. Después dejó Europa, persuadido de haberlos convencido y de haber instaurado la paz eterna sobre la tierra.
Con independencia de lo que pudo haber sido una disputa entre Freud y Bullitt, esta obra, desatendida por los historiadores y sospechada de apócrifa por la comunidad freudiana, traduce no obstante una concepción freudiana de la historia. En efecto, describe el encuentro de un destino individual, en el que interviene la determinación inconsciente, con una situación histórica precisa, sobre la cual obra dicha determinación. Pero también lleva a pensar en un ensueño aristotélico sobre el héroe caído. Freud compara a Wilson con Don Quijote, es decir, con el reverso ridículo del Príncipe de Nicolás Maquiavelo (1469-1527): lo contrario de un gran hombre.
Prince Morton
(1854-1929) Psiquiatra y psicoterapeuta norteamericano
Contemporáneo de Sigmund Freud y Théodore Flournoy, Morton Prince ocupa en la historia del psicoanálisis en los Estados Unidos el mismo lugar que Pierre Janet en Francia. Adversario declarado del freudismo, pero brillante partidario de la hipnosis, fue uno de los pioneros de la escuela bostoniana de psicoterapia, donde, alrededor de William James (1877-1910), James Jackson Putnarn, Josiah Royce y algunos otros, entre 1895 y 1909 se elaboró el método de tratamiento de las enfermedades nerviosas más racional y científico del mundo anglosajón. La doctrina psicoanalítica pudo más tarde florecer en el continente americano implantándose en ese terreno bostoniano, y en parte gracias a la conversión al freudismo de Putnam.
Nacido en Boston, en una familia acomodada de Nueva Inglaterra, Prince obtuvo su diploma de médico en la Universidad de Harvard en 1879. Un año después viajó a Francia con la madre, para consultar a Jean Martin Chacot por los trastornos psíquicos de ella. Hacia mediados de la década de 1880 se interesó por la cuesión de la personalidad múltiple, se inició pronto en la sugestión, conoció a Hippolyte Bernheim y descubrió los trabajos de Janet, y más tarde los Estudios sobre la histeria, publicados por Freud y Josef Breuer en 1895. En 1902 ingresó en la Tufts University con el título de profesor en la cátedra de enfermedades del sistema nervioso. En una serie de artículos elaboró entonces una teoría conductista de las neurosis, sosteniendo que sus síntomas eran provocados por asociaciones accidentales que después cristalizaba en modelos rígidos.
En 1901 participó en París en el IV Congreso Internacional de Psicología, en el cual se encontraron Janet, Flournoy, Théodule Ribot (1839-1916) y muchos otros. Allí presentó el caso de Sally Beauchamp, una joven de 23 años capaz de adquirir hasta cinco pesonalidades distintas, y que él había curado mediante hipnotismo. Un año más tarde narró su historia en un libro dedicado al fenómeno de la disociación, que tuvo un éxito resonante. Trasladado al teatrv, el relato del caso fue interpretado en Broadway ante salas colmadas. En 1906, ya célebre, Prince fundó el Journal of Abnormal Psychology, primer períodico de lengua inglesa dedicado exclusivamente a la psicoterapia, en el cual se registraron numerosas controversias a proposito de la nueva doctrina freudiana.
Contrariamente a su amigo Putnam, Prince rechazó el psicoanálisis y le opuso un educational treatment: "La cura puede hacerse, ha sido hecha y se podrá hacer sin psicoanálisis; por otra parte, éste se sirve del método educativo y no sólo del «principio de la luz del día». Desafío a cualquiera a que trate de utilizar el psicoanálisis sin emplear al mismo tiempo el método educativo tal como lo usamos nosotros." Lo mismo que numerosos científicos de esa época, Prince rechazaba la teoría freudiana de la sexualidad, no aceptaba el simbolismo del sueño, y seguía apegado a una concepción subconsciente del inconsciente. Además criticó duramente el fanatismo de los freudianos, y su tendencia a construir una especie de "Ciencia Cristiana" de tipo espiritualista. Atacó en particular a Ernest Jones por sostener que sólo el método psicoanalítico podía dar resultado en el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Se entregó a una interesante controversia con Flumarri, al presentar en mayo de 1912, ante la American Psychopathological Association, un estudio comparativo sobre el mismo paciente. Después, con el seudónimo de Fiona McLeod, publicó una crítica radical del freudismo.
En 1913 apareció una voluminosa obra suya sobre el inconsciente, que obtuvo un inmenso éxito editorial y lo llevó a ser considerado el más grande especialista norteamericano en psiquiatría dinámica. En 1926 fue nombrado profesor asociado del New Department of Abnormal and Dynarnic Psychology en la universidad. A pesar de su hostilidad al psicoanálisis, conservó buenas relaciones con Putnam, gracias al cual moderó sus críticas, al punto de admitir, después de la Primera Guerra Mundial, que la psiquiatría dinámica le debía a Freud dos conceptos principales: el de conflicto y el de represión.
Principio de constancia
Al.: Konstanzprinzip.
Fr.: principe de constance.
Ing.: principle of constance.
It.: principio di costanza.
Por.: principio de constância.
Principio enunciado por Freud, según el cual el aparato psíquico tiende a mantener la cantidad de excitación en él contenida a un nivel tan bajo o, por lo menos, tan constante como sea posible. Esta constancia se obtiene, por una parte, mediante la descarga de la energía ya existente; por otra, mediante la evitación de lo que pudiera aumentar la cantidad de excitación, y la defensa contra este aumento.
El principio de constancia se halla en la base de la teoría económica freudiana. Se encuentra presente desde los primeros trabajos, y nunca deja de suponerse implícitamente su influencia regulando el funcionamiento del aparato psíquico: éste intentaría mantener constante la suma de las excitaciones en su interior, lo cual lograría poniendo en marcha los mecanismos de evitación frente a las excitaciones externas, y de defensa y descarga (abreacción) frente a los aumentos de tensión de origen interno. Llevadas a su última expresión económica, las más diversas manifestaciones de la vida psíquica deberían interpretarse como tentativas más o menos logradas de mantener o restablecer esta constancia.
El principio de constancia guarda estrecha relación con el principio de placer, en la medida en que el displacer puede considerarse, desde un punto de vista económico, como la percepción subjetiva de un aumento de tensión, y el placer como la disminución de dicha tensión. Sin embargo, la relación entre las sensaciones subjetivas de placer-displacer y los procesos económicos que se considera les sirven de base apareció, a la reflexión de Freud, como muy compleja; así, un aumento de tensión puede acompañarse de una sensación de placer. Tales hechos obligan a establecer que la relación entre el principio de placer y el principio de constancia no es de una simple equivalencia (véase: Principio de placer).
Al situar en los fundamentos de la psicología una ley de constancia, Freud, al igual que Breuer, no hizo más que recoger una exigencia generalmente admitida en los medios científicos de finales del siglo xix: extender a la psicología y a la psicofisiología los principios más generales de la física, en la medida en que tales principios se hallan en la base de toda ciencia. Pueden observarse varias tentativas, ya anteriores (principalmente la de Fechner, que atribuye un alcance universal a su «principio de estabilidad»), ya contemporáneas a las de Freud, para encontrar en psicofisiología la intervención de una ley de constancia.
Pero, como el propio Freud hizo observar, bajo la aparente sencillez de la palabra constancia «[...]pueden entenderse las cosas más diversas».
Cuando se invoca en psicología, basándose en el modelo de la física, un principio de constancia, se hace con diferentes acepciones, que esquemáticamente pueden agruparse como sigue:
1.° Unas veces nos limitamos a aplicar a la psicología el principio de la conservación de la energía, según el cual, en un sistema cerrado, la suma de las energías permanece constante. El someter a este principio los hechos psíquicos lleva a postular la existencia de una energía psíquica o nerviosa, cuya magnitud no varía a través de las distintas transformaciones y desplazamientos que experimenta. Su enunciación conduce a establecer la posibilidad de traducir los hechos psicológicos en lenguaje energético. Se observará que este principio, constitutivo de la teoría económica en psicoanálisis, no se sitúa al mismo nivel que el principio regulador designado por Freud con el término «principio de constancia».
2.° Otras veces el principio de constancia se entiende en un sentido que permite compararlo con el 2.° principio de la termodinámica: dentro de un sistema cerrado, las diferencias de nivel energético tienden a igualarse, de forma que el estado final ideal es el de un equilibrio. Análoga significación reviste el «principio de estabilidad» enunciado por Fechner. En una transposición de este tipo, es preciso definir el sistema que se considera: ¿se trata del aparato psíquico y de la energía que circula por su interior?, ¿se trata del sistema constituido por el conjunto: aparato psíquico-organismo, o incluso del sistema: organismo-medio? En efecto, según los casos, la noción de tendencia a la igualación puede poseer significaciones opuestas. Así, en la última hipótesis, tiene por consecuencia la reducción de la energía interna del organismo hasta conducir a éste al estado inorgánico (véase: Principio de nirvana).
3., Finalmente, el principio de constancia puede interpretarse en el sentido de una autorregulación: el sistema considerado funciona de tal forma que intenta mantener constante su diferencia de nivel energético con respecto al ambiente. Dentro de esta acepción, el principio de constancia afirma que existen sistemas relativamente cerrados (como el aparato psíquico o el organismo en conjunto) que tienden a mantener y a restablecer, mediante los intercambios con el medio exterior, su configuración y su nivel energético específicos. En este sentido, el concepto constancia se ha relacionado útilmente con el de homeostasis, establecido por el fisiólogo Cannon. (ver nota)
De esta pluralidad de acepciones, resulta difícil determinar cuál es la que coincidiría exactamente con lo que entiende Freud por principio de constancia. En efecto, las formulaciones que dio del mismo, y de las cuales el propio Freud manifestó no sentirse satisfecho, son con frecuencia ambiguas o incluso contradictorias: « [...] el aparato psíquico tiene la tendencia a mantener lo más baja posible la cantidad de excitación existente en el mismo, o por lo menos a mantenerla constante». Freud parece atribuir a una misma tendencia «[...] la reducción, la constancia, la supresión de la tensión de excitación interna». Ahora bien, la tendencia a reducir a cero la energía interna de un sistema no parece asimilable a la tendencia, propia de los organismos, a mantener constante, a un nivel que puede ser alto, su equilibrio con el ambiente. En efecto, esta segunda tendencia puede traducirse, según el caso, por una búsqueda de la excitación o también por una descarga de ésta.
Las contradicciones y las imprecisiones, los deslizamientos de sentido que se encuentran en los enunciados freudianos sólo podrán esclarecerse si se intenta establecer, más claramente de lo que lo hizo el propio Freud, a qué experiencia y a qué exigencia teórica responden sus tentativas, más o menos logradas, de enunciar en psicoanálisis una ley de constancia.
El principio de constancia forma parte del aparato teórico que Breuer y Freud elaboran en común alrededor de los años 1892-1895, especialmente para explicar los fenómenos que observaron en la histeria: los síntomas se atribuyen a un defecto de abreacción, y el factor de la cura se busca en una descarga adecuada de los afectos. Con todo, si comparamos dos textos teóricos debidos a la pluma de ambos autores, constataremos, bajo el aparente acuerdo, una clara diferencia de perspectivas.
En las Consideraciones teóricas de los Estudios sobre la histeria (Theoretisches in Studien über Hysterie, 1895), Breuer considera las condiciones de funcionamiento de un sistema relativamente autónomo dentro del organismo, el sistema nervioso central. Distingue dos tipos de energía en este sistema: una energía quiescente o «excitación tónica intracerebral» y una energía cinética que circula en el aparato. Lo que regula el principio de constancia es el nivel de la excitación tónica: « [ . .. ] existe en el organismo una tendencia a mantener constante la excitación intracerebral». Aquí deben subrayarse tres puntos esenciales:
1.° la ley de constancia se concibe como una ley de óptimum. Existe un nivel energético favorable que debe restablecerse por medio de descargas cuando tiende a aumentar, pero también por medio de una recarga (especialmente el sueño) cuando ha descendido demasiado;
2.° la constancia puede hallarse en peligro, ya sea por estados de excitación generalizados y uniformes (por ejemplo, estado de expectación intensa), ya sea por una distribución desigual de la excitación en el interior del sistema (afectos);
3.° la existencia y el restablecimiento de un nivel óptimo constituyen la condición que permite una libre circulación de la energía cinética. El funcionamiento sin trabas del pensamiento, un desarrollo normal de las asociaciones de ideas, presuponen que no esté perturbada la autorregulación del sistema.
Freud, en su Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895), estudia también las condiciones de funcionamiento del aparato neuronal. Pero lo que plantea, desde el comienzo, no es un principio de constancia como mantenimiento de cierto nivel energético, sino un principio de inercia neuronal, en virtud del cual las neuronas tienden a vaciarse de la cantidad de excitación, a evacuarla por completo. En consecuencia, Freud supone ciertamente la existencia de una tendencia a la constancia, pero ve en ella una «función secundaria impuesta por la necesidad de la vida», una modificación del principio de inercia: «[...] el sistema neuronal se ve forzado a abandonar la tendencia originaria a la inercia, es decir, al nivel = 0. Debe decidirse a mantener una provisión de cantidad, para satisfacer las exigencias de la acción específica. Sin embargo, la forma en que lo hace pone de manifiesto la continuación de la misma tendencia, transformada en un esfuerzo por mantener lo más bajo posible dicha cantidad y por defenderse contra sus aumentos, es decir, por mantenerla constante». El principio de inercia regula, según Freud, el tipo de funcionamiento primario del aparato, la circulación de la energía libre. La ley de constancia, aun cuando no fue enunciada explícitamente como un principio independiente, corresponde al proceso secundario, en el cual la energía está ligada, mantenida a un determinado nivel.
Como puede verse, a pesar de utilizar un aparato conceptual que puede parecer el mismo, los modelos de Breuer y de Freud son muy distintos. Breuer desarrolla su pensamiento dentro de una perspectiva biológica que no carece de verosimilitud y que anticipa las ideas modernas acerca de la homeostasis y los sistemas de autorregulación. En contraposición, la construcción freudiana puede parecer aberrante desde el punto de vista de las ciencias biológicas, en la medida en que pretende deducir un organismo, con sus aptitudes vitales, sus funciones adaptativas, sus constantes energéticas, de un principio que es la negación de toda diferencia estable de nivel.
Pero esta divergencia, por lo demás no explicitada, entre Breuer y Freud es rica en significaciones. En efecto, lo que Freud considera regulado por el principio de inercia es un tipo de proceso cuya existencia se vio inducido a postular por el descubrimiento, a la sazón recentísimo, del inconsciente: el proceso primario. Éste es descrito desde el Proyecto basándose en ejemplos privilegiados, como el sueño y la formación de síntoma, especialmente en el histérico. Lo característico del proceso primario es fundamentalmente una circulación sin trabas, un «desplazamiento fácil». En el plano del análisis psicológico, se observa que una representación puede llegar a reemplazar completamente a otra, substrayéndole todas sus propiedades y su eficacia: «[...] la histérica que llora por A ignora que lo hace a causa de la asociación A-B, y el propio B no desempeña ningún papel en su vida psíquica. El símbolo ha sustituido aquí por completo a la cosa». El fenómeno de un desplazamiento total de la significación de una representación a otra, la comprobación clínica de la intensidad y eficacia que presentan las representaciones sustitutivas, tienen lógicamente su expresión, según Freud, en la formulación económica del principio de inercia. La libre circulación del sentido y el flujo total de la energía psíquica hasta su completa evacuación son, para Freud, sinónimos. Como puede verse, tal proceso es el opuesto al mantenimiento de la constancia.-
Esta última fue invocada en el Proyecto, pero en el sentido de venir precisamente a moderar e inhibir la simple tendencia a la descarga absoluta. La función de ligar la energía psíquica y mantenerla a un nivel más elevado se atribuye al yo; éste realiza dicha función porque él mismo constituye un conjunto de representaciones o de neuronas en las que se mantiene un nivel constante de catexis (véase: Yo).
La filiación entre proceso primario y proceso secundario no debe comprenderse, pues, como una sucesión real, en el orden vital, como si, en la historia de los organismos, el principio de constancia hubiera venido a suceder al principio de inercia; sólo puede mantenerse a nivel de un aparato psíquico en el que Freud, desde un principio, reconoció la existencia de dos tipos de procesos, de dos principios de funcionamiento mental. (ver nota)
Como es sabido, el capítulo VII de La interpretación de los sueños (Die Traurndeutung, 1900) se basa en la existencia de tal oposición. En él desarrolla Freud la hipótesis «[...] de un aparato psíquico primitivo, cuyo trabajo viene regulado por la tendencia a evitar la acumulación de excitación y a mantenerse, en lo posible, sin excitación». Tal principio, caracterizado por «[...] el libre flujo de las cantidades de excitación», lo denomina Freud «principio de displacer». Preside el funcionamiento del sistema inconsciente. El sistema preconsciente-consciente tiene otro modo de funcionamiento: «[...] produce, en virtud de las catesis que de él emanan, una inhibición de este [libre] flujo, una transformación en catexis quiescente, sin duda con elevación del nivel». En consecuencia, la oposición entre los modos de funcionamiento de ambos sistemas será asimilada casi siempre por Freud a la oposición entre principio de placer y principio de realidad. Pero si, con un deseo de aclaración conceptual, se intenta mantener una distinción entre una tendencia a reducir a cero la cantidad de excitación y una tendencia a mantener ésta a un nivel constante, se aprecia que el principio de placer correspondería a la primera tendencia, mientras que el mantenimiento de la constancia correspondería al principio de realidad.
Hasta 1920, en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips), Freud no formuló explícitamente un «principio de constancia». A este respecto deben subrayarse varios puntos:
1.° el principio de constancia se presenta como el fundamento económico del principio de placer;
2.° las definiciones que de él se han propuesto implican siempre un equívoco: el de considerar equivalentes la tendencia a la reducción absoluta y la tendencia a la constancia;
3.° sin embargo, la tendencia al cero, designada con el nombre de principio de nirvana, se considera fundamental, siendo los demás principios únicamente modificaciones de aquélla;
4.° al mismo tiempo que Freud parece ver actuar en «[...] la vida psíquica y quizá [en] la vida nerviosa en general» una única tendencia másmenos modificada, introduce un dualismo fundamental e irreductiblenivel de las pulsiones, tendiendo las pulsiones de muerte a la reducción absoluta de las tensiones, mientras que, por el contrario, las pulsiones de vida intentan mantener y crear unidades vitales que suponen un nivel elevado de tensión. Este último dualismo (acerca del cual más de un autor ha subrayado, por lo demás, que debía interpretarse como un dualismo de principios) puede esclarecerse al ponerse en relación con algunas oposiciones fundamentales, que se hallan constantemente presentes en el pensamiento freudiano: energía libre-energía ligada, liberación-ligazón (Entbindung-Bindung), proceso primario-proceso secundario (véase también: Pulsión de muerte).
Por el contrario, Freud jamás estableció plenamente la oposición que, a nivel de los principios económicos del funcionamiento mental, correspondería a las oposiciones precedentes. Si bien es bosquejada en el Proyecto, con la distinción de un principio de inercia y de una tendencia a la constancia, no constituirá la referencia explícita que permitiría quizás evitar la confusión que sigue implícita en la noción de principio de constancia.
Principio de inercia
(neurónica)
Al.: Prinzip der Neuronenträgheit o Trägheitsprinzip.
Fr.: principe d’inertie neuronique.
Ing.: principle of neuronic inertia.
It.: principio dell'inerzia neuronica.
Por.: princípio de inércia neurônica.
Principio de funcionamiento del sistema neurónico, postulado por Freud en el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895): las neuronas tienden a evacuar completamente las cantidades de energía que reciben.
En el Proyecto de psicología científica, Freud enuncia un principio de inercia como principio de funcionamiento de lo que él llama entonces sistema neurónico. No utilizará esta expresión en los textos metapsicológicos ulteriores. Esta noción pertenece al período de elaboración de la concepción freudiana del aparato psíquico. Es sabido que Freud describe en el Proyecto un sistema neurónico que comporta dos conceptos fundamentales: el de neurona y el de cantidad. Se supone que la cantidad circula por el sistema, siguiendo una determinada vía entre las bifurcaciones sucesivas de las neuronas en función de la resistencia («barrera de contacto») o de la facilitación que exista en el paso de un elemento neurónico a otro. Es evidente la analogía existente entre esta descripción, efectuada en un lenguaje neurofisiológico, y las descripciones ulteriores del aparato psíquico que también hacen intervenir dos elementos: las representaciones agrupadas en cadenas o en sistemas y la energía psíquica.
El antiguo concepto de principio de inercia tiene el interés de que contribuye a precisar el sentido de los principios económicos fundamentales que presiden el funcionamiento del aparato psíquico.
La inercia, en física, consiste en que «[...] un punto libre de toda conexión mecánica y que no esté sometido a ninguna acción conserva indefinidamente la misma velocidad en magnitud y en dirección (incluido el caso en que esta velocidad es nula, es decir, en que el cuerpo está en reposo).
1. El principio enunciado por Freud respecto al sistema neurónico presenta una indudable analogía con el principio físico de inercia. Se formula así: «Las neuronas tienden a desembarazarse de la cantidad».
El modelo de un funcionamiento de este tipo lo proporciona cierta concepción del reflejo: en el arco reflejo se considera que la cantidad de excitación recibida por la neurona sensitiva se descarga totalmente en el extremo motor. De un modo más general, para Freud, el aparato neurónico se comporta como si tendiera no sólo a descargar las excitaciones, sino también a mantenerse alejado de las fuentes de excitación. Respecto de las excitaciones internas, el principio de inercia ya no puede funcionar sin experimentar una profunda modificación; en efecto, para que exista descarga adecuada, es necesaria una acción específica, que, para llevarse a cabo, exige una cierta reserva de energía.
2. Es bastante laxa la relación existente entre el empleo freudiano de la noción de principio de inercia y el que se hace en física:
a) En física, la inercia constituye una propiedad de los cuerpos en movimiento, mientras que, para Freud, no es una propiedad del móvil considerado, es decir, la excitación, sino una tendencia activa del sistema en el cual se desplazan las cantidades.
b) En física el principio de inercia constituye una ley universal, inherente a los fenómenos considerados y que puede verse actuar incluso en las manifestaciones que, para el observador corriente, la contradicen. Por ejemplo, el movimiento de un proyectil tiende aparentemente a detenerse por sí mismo, pero la física muestra que este paro es debido a la resistencia del aire y que, hecha abstracción de este factor contingente, no se discute en absoluto la validez de la ley de inercia. Por el contrario, en las transposiciones psicofisiológicas de Freud, el principio de inercia ya no es constitutivo del orden natural considerado; puede ser contrarrestado por otro modo de funcionamiento que limita su campo de aplicación. Así, la formación de grupos de neuronas de catexis constante supone la regulación por una ley (ley de constancia) que se opone al flujo libre de la energía. Sólo mediante una especie de deducción que apela a una finalidad, Freud puede sostener que el principio de inercia utiliza para sus fines una cierta acumulación de energía.
c) Este paso del mecanismo a la finalidad vuelve a encontrarse en el hecho de que Freud deduce del principio de la descarga de la excitación una tendencia a la evitación de toda fuente de excitación.
3. Se concibe que Freud, en la medida que intentaba mantenerse a un cierto nivel de verosimilitud biológica, se viera obligado inmediatamente a introducir considerables alteraciones en el principio de inercia. En efecto, ¿cómo podría sobrevivir un organismo que funcionase según este principio?; ¿cómo podría existir, si la noción misma de organismo supone el mantenimiento de una diferencia estable de nivel energético con respecto a su ambiente?
Sin embargo, a nuestro modo de ver, las contradicciones que se aprecian en el concepto freudiano de principio de inercia neurónica, no deben invalidar la intuición básica subyacente a su empleo. Esta intuición va ligada al descubrimiento del inconsciente; lo que Freud traduce en términos de libre circulación de energía en las neuronas no es más que la transposición de su experiencia clínica: la libre circulación del sentido que caracteriza el proceso primario.
En tal medida, el principio de nirvana, aparece mucho más tarde en la obra de Freud, puede considerarse como una reafirmación, en un momento decisivo del pensamiento freudiano («vuelta» de los años 20), de la intuición fundamental que guiaba ya la enunciación del principio de inercia.
Principio de Nirvana
Al.: Nirwanaprinzip.
Fr.: principe de nirvana.
Ing.: Nirvana principle.
It.: principio del Nirvana.
Por.: principio de nirvana.
Término propuesto por Barbara Low y recogido por Freud para designar la tendencia del aparato psíquico a reducir a cero o, por lo menos, a disminuir lo más posible en sí mismo toda cantidad de excitación de origen externo o Interno.
El término «nirvana», difundido en Occidente por Schopenhauer, está tomado de la religión budista, en la cual designa la «extinción» del deseo humano, la aniquilación de la individualidad, que se funde en el alma colectiva, un estado de quietud y felicidad perfectas.
En Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), Freud, recogiendo la expresión propuesta por la psicoanalista inglesa Barbara Low, enuncia el principio de nirvana como una «[...] tendencia a la reducción, a la constancia, a la supresión de la tensión de excitación interna». Esta formulación es idéntica a la que Freud da, en el mismo texto, del principio de constancia, e implica, por consiguiente, la ambigüedad de considerar como equivalentes la tendencia a mantener constante un cierto nivel y la tendencia a reducir a cero toda excitación (para la discusión de este punto, véase: Principio de constancia).
Con todo, no es indiferente observar que Freud introduce el término «nirvana», con su resonancia filosófica, en un texto en el que se adentra ampliamente en un camino especulativo; en el nirvana hindú o schopenhaueriano Freud ve una correspondencia con la noción de pulsión de muerte. Esta correspondencia se subraya en El problema económico del masoquismo (Das ökonomische Problem des Masochismus, 1924):
«El principio de nirvana expresa la tendencia de la pulsión de muerte». En este sentido, el «principio de nirvana» designa algo distinto a una ley de constancia o de homeostasis: la tendencia radical a llevar la excitación al nivel cero, como Freud la había ya enunciado con el nombre de «principio de inercia».
Por otra parte, la noción de nirvana sugiere una profunda ligazón entre el placer y la aniquilación, ligazón que Freud consideró siempre problemática (véase: Principio de placer).
Principio de Nirvana
Alemán: Nirwanaprinzip.
Francés: Principe de nirvana.
Inglés: Nirvana principle.
Término derivado del budismo y de la filosofía de Arthur Schopenhauer (1788-1860) propuesto por la psicoanalista inglesa Barbara Low (1877-1955) y retomado por Sigmund Freud en Más allá del principio de placer, para designar la tendencia del aparato psíquico a anular toda excitación y todo deseo.
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