Principio de placer
Al.: Lustprinzip.
Fr.: principe de plaisir.
Ing.: pleasure principle.
It.: principio di piacere.
Por.: principia de prazer.
Uno de los dos principios que, según Freud, rigen el funcionamiento mental: el conjunto de la actividad psíquica tiene por finalidad evitar el displacer y procurar el placer. Dado que el displacer va ligado al aumento de las cantidades de excitación, y el placer a la disminución de las mismas, el principio de placer constituye un principio económico.
La idea de basar en el placer un principio regulador del funcionamiento mental dista de ser propia de Freud. Fechner, cuyas ideas ya es sabido hasta qué punto pudieron influir sobre Freud, había enunciado un «principio del placer de la acción». Por él entendía, a diferencia de las doctrinas hedonistas tradicionales, no que la finalidad perseguida por la acción humana sea el placer, sino que nuestros actos vienen determinados por el placer o displacer producidos en el presente por la representación de la acción a realizar o de sus consecuencias. Hace observar también que estas motivaciones pueden no ser percibidas conscientemente: «[...] es natural que, cuando los motivos se pierden en el inconsciente, lo mismo sucede con el placer y el displacer».
Esta característica de motivación actual se encuentra también en el centro de la concepción freudiana: el aparato psíquico viene regulado por la evitación o la evacuación de la tensión displacentera. Se observará que el principio es designado primeramente como «principio de displacer»: la motivación es el displacer actual y no la perspectiva del placer a obtener. Se trata de un mecanismo de regulación «automática».
El concepto de principio de placer persistió sin grandes variaciones a todo lo largo de la obra freudiana. En cambio, lo que constituye un problema para Freud y recibe distintas respuestas, es la situación de este principio en relación con otras referencias teóricas.
Una primera dificultad, que ya se aprecia en la enunciación misma del principio, se relaciona con la definición del placer y del displacer. Una de las hipótesis constantes de Freud, dentro del marco de su modelo del aparato psíquico, pretende que, en los comienzos de su funcionamiento, el sistema percepción-conciencia sería sensible a una gran diversidad de cualidades provenientes del mundo exterior, mientras que del interior sólo percibiría los aumentos y disminuciones de tensión, que se traducen en una sola gama cualitativa: la escala placer-displacer. ¿Podemos entonces atenernos a una definición puramente económica, según la cual placer y displacer sólo serían la traducción cualitativa de modificaciones cuantitativas? Por otra parte, ¿cuál es la correlación exacta entre estos dos aspectos, cualitativo y cuantitativo? Freud subrayó cada vez más la dificultad que él había encontrado en dar una respuesta sencilla a este problema. Si bien, en una primera etapa, se contentó con enunciar una equivalencia entre el placer y la reducción de tensión, y entre el displacer y el aumento de esta última, muy pronto dejó de considerar esta relación como evidente y simple: «[...] no olvidemos el carácter altamente impreciso de esta hipótesis, mientras no logremos descubrir la naturaleza de la relación existente entre placer-displacer y las variaciones en las cantidades de excitación que actúan sobre la vida psíquica. Lo que es seguro es que, si tales relaciones pueden ser muy diversas, en todo caso no pueden ser muy simples».
Apenas hallamos en Freud unas cuantas indicaciones referentes al tipo de función de que se trata. En Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), señala la conveniencia de distinguir entre displacer y sentimiento de tensión: existen tensiones placenteras. «La sensación de tensión no podría relacionarse con la magnitud absoluta de la catexis, eventualmente con su nivel, mientras que la gradación placer-displacer indicaría la modificación de la cantidad de catexis en la unidad de tiempo». Asimismo un factor temporal, el ritmo, se toma en consideración en un texto ulterior, al mismo tiempo que se vuelve a conceder valor al aspecto esencialmente cualitativo del placer.
A pesar de las dificultades existentes en encontrar equivalentes cuantitativos exactos a los estados cualitativos que son el placer y el displacer, es evidente el interés que tiene, para la teoría psicoanalítica, una interpretación económica de estos estados; permite enunciar un principio válido tanto para las instancias inconscientes de la personalidad como para sus aspectos conscientes. Así, por ejemplo, el hablar de un placer inconsciente en relación con un síntoma manifiestamente penoso puede plantear objeciones a nivel de la descripción psicológica. Al situarse en el punto de vista de un aparato psíquico y de las modificaciones energéticas que en él se producen, Freud dispone de un modelo que le permite considerar cada subestructura como regulada por el mismo principio que el conjunto del aparato psíquico, dejando en suspenso el difícil problema de determinar, para cada una de estas subestructuras, la modalidad y el momento en que un aumento de tensión se vuelve efectivamente motivante como displacer sentido. Este problema, sin embargo, no fue descuidado en la obra freudiana. Fue directamente considerado, a propósito del yo, en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Symptom und Angst, 1926) (concepción de la señal de angustia como motivo de defensa).
Otro problema que, por lo demás, no deja de hallarse en conexión con el anterior, es el referente a la relación entre placer y constancia. En efecto, incluso una vez admitida la existencia de una significación económica, cuantitativa, del placer, persiste el problema de saber si lo que Freud denomina principio de placer corresponde a un mantenimiento de la constancia del nivel energético o a una reducción radical de las tensiones al nivel más bajo. Numerosas formulaciones de Freud, que asimilan principio de placer y principio de constancia, hablan en el sentido de la primera solución. Pero, por el contrario, si se hace intervenir el conjunto de las referencias teóricas fundamentales de Freud (como se desprenden especialmente de textos como el Proyecto de psicología científica [Entwurf einer Psychologie, 1895] y Más allá del principio del placer), se aprecia que el principio de placer se halla más bien en oposición al mantenimiento de la constancia, ya sea porque corresponda al flujo libre de la energía, mientras que la constancia corresponde a la ligazón de ésta, ya sea porque, en último extremo, Freud llegue a preguntarse si el principio de placer no se encuentra «al servicio de la pulsión de muerte». Este problema lo discutimos más extensamente en el artículo «Principio de constancia».
El problema, frecuentemente debatido en psicoanálisis, de la existencia de un «más allá del principio de placer» sólo puede plantearse con validez una vez destacada plenamente la problemática que hace intervenir los conceptos de placer, constancia, ligazón, reducción de las tensiones a cero. En efecto, la existencia de principios o de fuerzas pulsionales que trascienden el principio de placer sólo es defendida, por Freud cuando opta por una interpretación de éste que tiende a confundirlo con el principio de constancia. Cuando, por el contrarío, se tiende a asimilar el principio de placer a un principio de reducción a cero (principio de nirvana), no se discute su carácter último y fundamental (véase especialmente: Pulsión de muerte).
La noción de principio de placer interviene principalmente en la teoría psicoanalítica en conexión con el de principio de realidad. Asimismo, cuando Freud enuncia en forma explícita los dos principios de funcionamiento psíquico, lo que propone es este gran eje de referencia. En un principio las pulsiones sólo buscarían descargarse, satisfacerse por los caminos más cortos. Progresivamente efectuarían el aprendizaje de la realidad, que es el único que permite, a través de los rodeos y aplazamientos necesarios, alcanzar la satisfacción buscada. En esta tesis simplificada se ve cómo la relación placer-realidad plantea un problema que a su vez depende de la significación que se atribuya, en psicoanálisis, a la palabra placer. Si entendemos esencialmente por placer la satisfacción de una necesidad, cuyo modelo lo constituiría la satisfacción de las pulsiones de autoconservación, la oposición principio de placer-principio de realidad no ofrece nada de radical, tanto más cuanto que fácilmente puede admitirse la existencia en el organismo vivo de una dotación natural, de predisposiciones que hacen del placer una guía de vida, subordinándolo a comportamientos y funciones adaptativas. Pero si el psicoanálisis ha situado en primer plano la noción de placer, lo ha hecho en un contexto totalmente distinto, en el que aparece, por el contrario, como ligado a procesos (experiencia de satisfacción), a fenómenos (el sueño) cuyo carácter arreal es evidente. Dentro de esta perspectiva, los dos principios aparecen como fundamentalmente antagonistas, por cuanto la realización de un deseo inconsciente (Wunscherfüllung) respondería a diferentes exigencias y funcionaría según otras leyes que la satisfacción (Befriedigung) de las necesidades vitales (véase: Pulsiones de autoconservación).
Principio
(de placer, de realidad)
Al redactar en 1911 el artículo «Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico», Freud sin duda quería subrayar que se trataba efectivamente de dos principios, y que la neurosis no podía caracterizarse, como Jung tendía a sostenerlo, por el desconocimiento del privilegio (que sería propio del sujeto humano) de conciliarse con las tareas que le solicita la realidad.
Lo que por el contrario apunta a demostrar el artículo es que en lo que concierne al psicoanálisis, las exigencias gobernadas por el principio de placer son imprescriptibles, y que el desarrollo de una «función de lo real», sobre la cual Pierre Janet había esperado fundar una teoría de la neurosis, sólo adquiere sentido si se asumen sus impases.
Además, las «formulaciones» freudianas barcan desde lo ya formulado acerca de la economía psíquica (sobre todo en La interpretación de los sueños), hasta la puesta en evidencia de los recursos creados a partir de las carencias de la satisfacción.
Principio de Placer / Principio de Realidad
Alemán: Lustprinzip - Realitätsprinzip.
Francés: Principe de plaisir - principe de réalité.
Inglés: Pleasure principle - principle of reality.
Expresiones introducidas por Sigmund Freud en 1911 para designar los dos principios que rigen el funcionamiento psíquico. El primero tiene por fin procurar el placer y evitar el displacer, sin trabas ni límites (por ejemplo, el lactante al seno de su madre), y el segundo modifica al anterior, imponiéndole las restricciones necesarias para la adaptación a la realidad externa.
Principio de realidad
Al.: Realitätsprinzip.
Fr.: principc de réalité.
Ing.: principle of reality.
It.: principio ùi realtà.
Por.: princípio de realidade.
Uno de los dos principios que, según Freud, rigen el funcionamiento mental. Forma un par con el principio del placer, al cual modifica: en la medida en que logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones Impuestas por el mundo exterior.
Considerado desde el punto de vista económico, el principio de realidad corresponde a una transformación de la energía libre en energía ligada; desde el punto de vista tópico, caracteriza esencialmente el sistema preconsciente-consciente; desde el punto de vista dinámico, el psicoanálisis Intenta basar el principio de realidad sobre cierto tipo de energía pulsional que se bailaría más especialmente al servicio del yo (véase: Pulsiones del yo).
Implícito desde las primeras elaboraciones metapsicológicas de Freud, el principio de realidad es enunciado como tal en 1911 en Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento psíquico (Formulierungen über die zwei Prinzipien des psychischen Geschehens); desde un punto de vista genético, se relaciona con el principio de placer, al que sucede. El lactante intentaría primeramente encontrar, en forma alucinatoria, una posibilidad de descargar de un modo inmediato la tensión pulsional (véase: Experiencia de satisfacción): «[...] sólo la ausencia persistente de la satisfacción esperada, la decepción, ha conducido a abandonar esta tentativa de satisfacción por medio de la alucinación. En su lugar, el aparato psíquico hubo de decidirse a representar el estado real del mundo exterior y a buscar una modificación real. Se introduce así un nuevo principio de la actividad psíquica: lo que se representa no es más lo agradable, sino lo real, incluso aunque sea desagradable». El principio de realidad, principio regulador del funcionamiento psíquico, aparece secundariamente como una modificación del principio de placer, que en los comienzos es el que domina; su instauración corresponde a una serie de adaptaciones que debe experimentar el aparato psíquico: desarrollo de las funciones conscientes, atención, juicio, memoria; sustitución de la descarga motriz por una acción encaminada a lograr una transformación apropiada de la realidad; nacimiento del pensamiento, el cual se define como una «actividad de prueba» en la que se desplazan pequeñas cantidades de catexis, lo que supone una transformación de la energía libre, que tiende a circular sin trabas de una representación a otra, en energía ligada (véase: Identidad de percepciónIdentidad de pensamiento). El paso del principio de placer al principio de realidad no suprime, sin embargo, el primero. Por una parte, el principio de realidad asegura la obtención de las satisfacciones en lo real; por otra parte, el principio de placer continúa imperando en todo un campo de actividades psíquicas, especie de territorio reservado, entregado al fantasma y que funciona según las leyes del proceso primario: el inconsciente.
Tal es el modelo más general elaborado por Freud en el marco de lo que él mismo denominó «psicología genética». Freud indica que este esquema se aplica de distinta forma según que se considere la evolución de las pulsiones sexuales o la de las pulsiones de autoconservación. Así como éstas, en su desarrollo, llegan progresivamente a reconocer de un modo pleno el dominio del principio de realidad, las pulsiones sexuales se «educarían» con retraso y siempre en forma imperfecta. De ello resultaría, secundariamente, que las pulsiones sexuales seguirían siendo el dominio preferente del principio de placer, mientras que las pulsiones de autoconservación representarían rápidamente, dentro del aparato psíquico, las exigencias de la realidad. En definitiva, el conflicto psíquico entre el yo y lo reprimido tendría su raíz en el dualismo pulsional, correspondiendo éste al dualismo de los principios.
A pesar de su aparente simplicidad, esta concepción plantea dificultades sobre las que ya llaman la atención numerosas indicaciones dadas en su obra por el mismo Freud.
1.ª En lo que respecta a las pulsiones, resulta poco satisfactoria la idea de que pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación evolucionan según un mismo esquema. Es difícil ver cuál sería para las pulsiones de autoconservación esta primera etapa regulada únicamente por el principio de placer: ¿no se hallan orientados desde un principio hacia el objeto real satisfactorio, como el propio Freud indicó para diferenciarlas de las pulsiones sexuales?. Y a la inversa, el nexo entre la sexualidad y la fantasía es tan fundamental que la idea de un aprendizaje progresivo de la realidad resulta aquí muy discutible, como atestigua, por lo demás, la experiencia analítica.
A menudo se ha planteado la cuestión de cómo el niño, si es capaz de satisfacerse a voluntad en forma alucinatoria, ha de recurrir alguna vez a buscar un objeto real. Este difícil problema se esclarece mediante la concepción que hace surgir la pulsión sexual de la pulsión de autoconservación en una relación doble de apoyo y de separación. Esquemáticamente, las funciones de autoconservación ponen en marcha dispositivos de comportamiento, esquemas perceptivos que desde un principio apuntan, aunque sea en forma torpe, hacia un objeto real adecuado (el pecho, el alimento). La pulsión sexual nace de forma marginal durante la realización de esta función natural; sólo se vuelve verdaderamente autónoma en el movimiento que lo separa de la función y del objeto, repitiendo el placer en forma de autoerotismo y apuntando en lo sucesivo a las representaciones electivas que se organizan en forma de fantasía. Desde este punto de vista, como puede apreciarse, la ligazón entre los dos tipos de pulsiones consideradas y los dos principios, no constituye en modo alguno una adquisición secundaria: desde el comienzo existe un íntimo nexo entre autoconservación y realidad; y a la inversa, el momento en que emerge la sexualidad coincide con el de la fantasía y la realización alucinatoria del deseo.
2.ª A menudo se ha atribuido a Freud, y se ha criticado, la idea de que el ser humano debería salir de un hipotético estado en el que realizaría una especie de sistema cerrado consagrado sólo al placer «narcisista», para llegar, no se sabe por qué camino, a la realidad. Esta suposición es desmentida por varias formulaciones freudianas: desde un principio existe, por lo menos en ciertos sectores, especialmente el de la percepción, un acceso a lo real. ¿Esta contradicción no tiene su origen en el hecho de que, en el campo de la investigación psicoanalítica, la problemática de lo real se plantea en términos totalmente distintos de los de una psicología que tiene por objeto el análisis del comportamiento del niño? Lo que Freud establecería indebidamente como una generalidad válida para el conjunto de la génesis del sujeto humano, recobraría su valor al nivel, desde un principio arreal, del deseo inconsciente. En la evolución de la sexualidad humana, en su estructuración por el complejo de Edipo, Freud busca las condiciones del acceso a lo que él denomina «pleno amor de objeto». Difícilmente puede captarse la significación de un principio de realidad capaz de modificar el curso del deseo sexual aparte de esta referencia a la dialéctica del Edipo y a las identificaciones correlativas de éste (véase: Objeto).
3.ª Freud atribuye un papel importante a la noción de prueba de realidad, aunque no elaboró nunca una teoría coherente de ella ni mostró bien su relación con el principio de realidad. En el empleo de este concepto se ve todavía de un modo más manifiesto cómo puede abarcar dos direcciones muy distintas de pensamiento: una teoría genética del aprendizaje de la realidad, de un sometimiento de la pulsión a la prueba de la realidad (como si aquél procediera por «ensayos y errores») y una teoría casi trascendental que trata de la constitución del objeto a través de toda una serie de oposiciones: interior-exterior, placentero-displacentero, introyección-proyección. (Para la discusión de este problema, véase: Prueba de realidad y Yo-placer, Yo-realidad.)
4.ª En la medida en que Freud, con su última tópica, define el yo como una diferenciación del elle que resultaría del contacto directo con la realidad exterior, hace de él la instancia cuya misión sería garantizar el imperio del principio de realidad. El yo «[...] intercala, entre la reivindicación pulsional y la acción que procura la satisfacción, la actividad de pensamiento, que, orientada en el presente y utilizando las experiencias anteriores, intenta adivinar, mediante acciones de prueba, el resultado de los proyectos considerados. De este modo el yo llega a descubrir si la tentativa de obtener la satisfacción debe efectuarse o aplazarse, o si la exigencia pulsional no debe ser simplemente suprimida como peligrosa (principio de realidad)». Esta formulación representa la expresión más franca de la tentativa de Freud de hacer depender del yo las funciones adaptativas del individuo (véase: Yo, comentario VI). Esta concepción despierta dos tipos de reservas: por una parte, no es seguro que el aprendizaje de las exigencias de la realidad deba atribuirse enteramente a una instancia de la personalidad psíquica cuya génesis y función se hallan también marcadas por identificaciones y conflictos; por otra, en el campo propio del psicoanálisis, la noción de realidad ¿no ha sido profundamente renovada por descubrimientos tan fundamentales como la del complejo de Edipo y la de una constitución progresiva del objeto libidinal? Lo que en psicoanálisis se entiende por «acceso a la realidad» no puede reducirse a la idea de un poder de discriminación entre lo irreal y lo real ni a la de una puesta a prueba de los fantasmas y deseos inconscientes al contacto con un mundo exterior que, en definitiva, sería el único soberano.
Privación
La distinción terminológica expuesta por Freud en El porvenir de una ilusión (1927) enre la frustración, la prohibición [l’interdit] y la privación, se complica a causa de una indicación consignada anteriormente (1916) en el artículo «Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico».
En la hipótesis -escribía Freud- de que la libido quiera lanzarse hacia metas o vías proscriptas por el yo y que éste ha en consecuencia prohibido [interdit] (Verboten) para siempre, y en ausencia de una satisfacción ideal grata al yo, «la privación (Entbehrung) -frustración (Versagung) de una satisfacción real (reale)- se convierte en la condición primera de la génesis de la neurosis». Surge aquí una dificultad, por la sucesión un tanto abrupta de los términos «privación» y «frustración».
Retomemos entonces, para comenzar, las definiciones comparativas de El porvenir de una ilusión. Caracterizaremos en primer lugar la frustración (Versagung) como «el hecho de que una pulsión no es satisfecha»; a continuación la prohibición [l'interdit] (Verbot) como dispositivo (Einrichtung) en virtud del cual la satisfacción es impedida, y finalmente la privación (Entbehrung) como la situación (Zustand) resultante de la prohibición [interdiction]».
Así, en 1916, la privación (Entbehrung) designaba una frustración (Versagung) de un tipo determinado (la frustración de una satisfacción real) y, en 1927, el resultado de una prohibición [interdiction]. ¿Es posible conciliar ambas definiciones?
Continuemos con la lectura de El porvenir de una ilusión. Vamos a distinguir entre las privaciones (Entbehrungen) que alcanzan a todo el mundo, y las que sólo tocan a ciertos grupos, a ciertas clases, incluso a ciertos individuos.
Las primeras, las privaciones comunes a todos, son las más antiguas. Con las prohibiciones [interdits] que ellas tienen en su origen inició la cultura la ruptura con respecto al estado animal originario. Después de unos cuantos renglones, aparece no obstante un cambio terminológico. Al referirse a los anhelos pulsionales en los cuales se perpetúa este estado primitivo, Freud evoca «esa clase de hombres los neuróticos» que reaccionan de manera asocia] a esa «frustración» (Versagung) que resulta de los desarrollos de la cultura.
Esta sustitución del término privación (Entbehrung) por el de frustración (Versagung) es significativa.
De hecho, se observará en primer lugar que la proximidad, subrayada en 1916, entre la «privación» y la «frustración real» tomaba en cuenta el desarrollo de yo. El mismo texto remitía además a la especificación de la frustración como «real». Esto nos induce a suponer que la «privación» (Entbehrung) tiene por marca distintiva el ordenarse correlativamente a uno y otro de estos dos puntos de referencia: el yo por una parte, la realidad por la otra. Además, según este modo de ver se fijará la función común atribuida a la prohibición [l'interdit] en ambos textos: la prohibición [interdiction] (concebida en su mayor generalidad) interesa al yo que ella coacciona, en su relación con la realidad, de la que es mantenido aparte. Desde este punto de vista, una tal experiencia, ¿puede calificarse no obstante como «frustración real»? La definición de la privación como «situación derivada de la prohibición [l'interdit] nos permite comprenderlo, en el contexto de El porvenir de una ilusión.
En esa fecha (1927), ella nos sitúa, en efecto, en la perspectiva de la segunda tópica, en un plano en el que el superyó interviene no sólo como capa superficial de la organización del ello que es el yo, sino sobre todo en tanto que representa la realidad. El progreso de El porvenir de una ilusión con relación al artículo «Algunos tipos de carácter ... » encuentra su razón en este punto. Es cierto que Freud no impulsó su elaboración. Una formulación de Lacan nos ayudará no obstante a explicitar su alcance. Según el texto relativamente antiguo de Las formaciones del inconsciente (1957) hay privación real de un objeto simbólico, castración simbólica de un objeto imaginario y frustración imaginaria de un objeto real. Esta concepción de la privación prolonga la de Freud, en el sentido de que el interdicto [l'interdit] hace valer su objeto como proveniente de una negación y, en consecuencia, como objeto simbólico, en la acepción de Lacan; la privación es «real» en tanto que representa precisamente ese agujero en el ser que figura en Lacan la ex-sistencia de lo real.
Privación
s. f. (fr. privation; ingl. privation; al. Entbehrung). Ausencia real de un objeto que, según el sujeto lo entiende, es algo que le debe pertenecer, o que debe pertenecer a aquel a quien él percibe indebidamente despojado de ese objeto.
Si para el psicoanálisis un sentimiento de falta está ligado a todo deseo, esto no significa que toda falta sea real. En contrapartida hay efectivamente a veces falta real. El descubrimiento de la diferencia de los sexos por el niño pasa por el reconocimiento del hecho de que la madre no tiene pene, que está realmente privada de él. Conviene sin embargo destacar que aun aquí interviene lo simbólico. Para Lacan, que presenta paralelamente castración, frustración y privación, el objeto de la privación es simbólico. Lo real, en efecto, es lo que es. Para que un objeto pueda faltar en lo real, hace falta que esté determinado simbólicamente como algo que debe estar allí presente. Así, un libro no falta en una biblioteca sino en tanto su sitio está previsto, determinado, por ejemplo, en un fichero.
La privación puede ser concebida como uno de los tiempos del Edipo. Si la madre parece apropiarse al principio del niño en lo que se presenta como una relación fusional, es necesario empero que sea privada de ello para que aquel pueda acceder a su propio deseo.
Esta privación es atribuida al padre, un padre que no se confunde ni con el padre real ni con el padre simbólico (o Nombre-del-Padre): proviene del padre imaginario.
Problema de los cuatro colores
Famosa conjetura formulada por de Morgan a mediados del siglo XIX, que dice que dado un mapa geográfico plano cualquiera, son suficientes cuatro colores para pintarlo de modo tal que dos zonas con frontera común tengan colores diferentes. Es inmediato ver que tres colores no siempre bastan, y poco tiempo después de planteado el problema se demostró que cinco colores alcanzan siempre. Sin embargo, la prueba definitiva de que son suficientes cuatro colores recién pudo efectuarse en 1976, con la ayuda de computadoras.
Problema de los puentes de Königsberg
Célebre acertijo que tiene su origen en los siete puentes que atraviesan el río de la ciudad de Königsberg, uniendo entre sí a las dos costas, y a dos pequeñas islas. El problema, que consiste en la pregunta de si es posible recorrer todos los puentes una (y sólo una) vez, fue resuelto en forma muy simple por Euler, dando origen a la teoría de grafos.
Proceso primario, proceso secundario
(fr. processus primaire, processus secondaire; ingl. primary process, secondary process; al. Primärvorgang, Sekundärvorgang). Modos de funcionamiento del aparato psíquico que caracterizan respectivamente al sistema inconciente y al sistema preconciente-conciente.
S. Freud designó como «proceso primario» un modo de funcionamiento caracterizado, en el plano económico, por el libre flujo de la energía y por el deslizamiento del sentido. El inconciente es por excelencia el lugar de esos procesos, cuyos mecanismos específicos son el desplazamiento y la condensación como modos de pasaje de una representación a otra. A la inversa, los procesos secundarios se caracterizan en el plano económico por estar ligados y por un control del flujo energético sometido al principio de realidad. El sistema preconciente-conciente es el lugar de estos procesos secundarios, que son el verdadero soporte del pensamiento lógico y de la acción controlada. Por el contrario, los procesos primarios corresponden a un pensamiento libre, imaginativo, en el que el movimiento de los significantes no sufre el peso de los conceptos, como ocurre en el caso del sueño.
Proceso primario, proceso secundario
Al.: Primärvorgang,Sekundärvorgang.
Fr.: processus primaire, processus secondaire.
Ing.: primary process, secondary process.
It.: processo primario, processo secondario.
Por.: processo primário, processo secundário.
Son los dos modos de funcionamiento del aparato psíquico, tal como fueron descritos por Freud. Pueden ser radicalmente distinguidos:
a) desde el punto de vista tópico: el proceso primario caracteriza el sistema Inconsciente, mientras que el proceso secundario caracteriza el sistema preconsciente-consciente.
b) desde el punto de vista económico-dinámico: en el caso del proceso primario, la energía psíquica fluye libremente, pasando sin trabas de una representación a otra según los mecanismos del desplazamiento y de la condensación; tiende a recatectizar plenamente las representaciones ligadas a las experiencias de satisfacción constitutivas del deseo (alucinación primitiva). En el caso del proceso secundario, la energía es primeramente «ligada» antes de fluir en forma controlada; las representaciones son catectizadas de una forma más estable, la satisfacción es aplazada, permitiendo así experiencias mentales que ponen a prueba las distintas vías de satisfacción posibles.
La oposición entre proceso primario y proceso secundario es correlativa de la existente entre principio de placer y principio de realidad.
La distinción freudiana entre proceso primario y proceso secundario es contemporánea del descubrimiento de los procesos inconscientes, al que aporta su primera expresión teórica. Se presenta a partir del Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895), es desarrollada en el capítulo VII de La interpretación de los sueños (Die Traunideutung, 1900) y continuará siendo una referencia inmutable del pensamiento freudiano.
El estudio de la formación de los síntomas y el análisis de los sueños conducen a Freud a reconocer un tipo de funcionamiento mental que presenta sus mecanismos propios, regido por ciertas leyes y muy diferente de los procesos de pensamiento que se ofrecen a la observación psicológica tradicional. Este modo de funcionamiento, que el sueño pone especialmente en evidencia, no se caracteriza, como afirmaba la psicología clásica, por una ausencia de sentido, sino por un deslizamiento incesante de éste. Los mecanismos que intervienen son, por una parte, el desplazamiento, en virtud del cual a una representación, a menudo de apariencia insignificante, puede atribuírsele el valor psíquico, la significación, la intensidad originalmente atribuidas a otra; por otra parte, la condensación: en una representación única pueden confluir todas las significaciones expresadas por las cadenas asociativas que vienen a cruzarse en ella. La sobredeterminación del síntoma ofrece otro ejemplo de este modo de funcionamiento propio del inconsciente.
También fue el modelo del sueño el que condujo a Freud a postular que el objetivo del proceso inconsciente consistía en establecer, por las vías más cortas, una identidad de percepción, a saber, reproducir, en forma alucinatoria, las representaciones a las que ha conferido un valor privilegiado la experiencia de satisfacción original.
En oposición a tal tipo de funcionamiento mental, pueden describir se como procesos secundarios las funciones clásicamente descritas en psicología como el pensamiento vigil, la atención, el juicio, el razona miento, la acción controlada. En el proceso secundario, lo que se busca es la identidad de pensamiento: «El pensamiento debe interesarse en las vías de ligazón entre las representaciones, sin dejarse engañar por su intensidad». Desde este punto de vista, el proceso secundario constituye una modificación del proceso primario. Cumple una función reguladora, que se ha vuelto posible por la constitución del yo, cuyo principal papel consiste en inhibir el proceso primario (véase: Yo). Con todo, no pueden describirse como proceso secundario todos los procesos en los que interviene el yo. Desde un principio Freud señaló cómo el yo sufría la influencia del proceso primario, especialmente en los tipos de defensa patológicos. En tales casos, el carácter primario de la defensa se caracteriza clínicamente por su aspecto compulsivo y, en términos económicos, por el hecho de que la energía puesta en juego busca descargarse de forma total, inmediata, por las vías más cortas :
«La catexis del deseo que llega hasta la alucinación, el pleno desarrollo de displacer que implica que la defensa sea plenamente consumida, los designamos con el término procesos psíquicos primarios; por el contrario, los procesos que hacen posible únicamente una buena catexis del yo y que representan una moderación de los anteriores, los designamos como procesos psíquicos secundarios».
La oposición entre proceso primario y proceso secundario corresponde a la existente entre los dos modos de circulación de la energía psíquica: energía libre y energía ligada. Asimismo guarda un paralelismo con la oposición entre principio de placer y principio de realidad.
Los términos «primario» y «secundario» poseen implicaciones temporales, es decir, genéticas. Estas implicaciones se acentúan en Freud dentro del rriarco de la segunda teoría del aparato psíquico, en la cual el yo se define, como el resultado de una diferenciación progresiva con respecto al ello.
Pero el problema se halla presente ya desde el primer modelo teórico freudiano. Así, en el Proyecto, los dos tipos de procesos parecen corresponder, no solamente a los modos de funcionamiento a nivel de la representación, sino a dos etapas en la diferenciación del aparato neuronal e incluso en la evolución del organismo. Freud distingue una «función primaria», en la que el organismo, y aquella parte especializada del mismo que es el sistema neuronal, funcionan según el modelo del «arco reflejo»: descarga inmediata y total de la cantidad de excitación, y una «función secundaria»: huida de las excitaciones externas, acción específica que es la única capaz de poner término a la tensión interna y que presupone un cierto almacenamiento de energía: «[...] todas las realizaciones del sistema neuronal deben ser consideradas ya desde el punto de vista de la función primaria, ya desde el de la función secundaria impuesta por la necesidad de la vida [Not des Lebens]. Difícilmente Freud podía escapar a lo que se le aparecía como una exigencia científica fundamental: insertar su descubrimiento de los procesos psíquicos primario y secundario en una concepción biológica que hace intervenir los modos de respuesta de un organismo al aflujo de excitación. Esta tentativa trae como consecuencia afirmaciones poco sostenibles desde el punto de vista biológico: por ejemplo, el arco reflejo concebido como transmitiendo a su extremidad motriz la misma cantidad de excitación que ha recibido en su extremidad sensorial, o, a un nivel más fundamental, la idea de que un organismo atraviese una etapa durante la cual funcionaría según el único principio de la evacuación total de la energía que recibe, de tal forma que, paradójicamente, sería la «necesidad de la vida» la que posibilitaría el advenimiento del ser vivo (véase: Principio de constancia).
Con todo, se observará que, incluso cuando Freud se halla más cerca de sus modelos biológicos, no asimila las «funciones» primaria y secundaria del organismo a los «procesos» primario y secundario, de los cuales hace dos modalidades de funcionamiento del psiquismo, del sistema ?.
Procesos primario y secundario
La distinción trazada por Freud entre proceso primario y proceso secundario aparece en La interpretación de los sueños, en el quinto apartado del capítulo titulado «Sobre la psicología de los procesos oníricos». Ese séptimo y último capítulo de la obra apunta a proporcionar una representación teórica de la organización y el funcionamiento del aparato psíquico, que permita comprender el alcance de las marchas interpretativas anteriormente expuestas, es decir, la traducción del contenido latente del sueño en las tramas del contenido manifiesto.
Surge entonces que, en el pensamiento de Freud, esta distinción tenía inicialmente el interés de que permitía discernir las condiciones de comunicación entre las diferentes instancias psíquicas: además, el subtítulo del apartado al que hacíamos referencia se completa con una mención de la represión. Sucede que estos procesos que se despliegan en cada una de estas instancias encuentran precisamente sus condiciones de comunicación en las características de sus constituciones respectivas, y estas características traducen efectivamente la función que cumplen en el psiquismo.
Freud insiste en particular en el papel del desplazamiento de intensidades --característico de la organización del contenido latente- en la génesis de la sensación de presencia cuasi alucinatoria con la cual se cumple la función propia del deseo que apunta a la reiteración de la experiencia originaria de satisfacción. El «proceso primario» se definirá entonces como ese modo de desarrollo del curso de las representaciones que fija el término del proceso de regresión bajo su triple aspecto: tópico, temporal y formal; más precisamente, le aporta a las otras dos formas de regresión el sello de la regresión formal, que tiene por función consagrar el primado de la condición de la intensidad en el funcionamiento inconsciente del aparato psíquico.
Protector o protección contra las excitaciones
Al.: Reizschutz.
Fr.: pare-excitations.
Ing.: protective shield.
It.: apparato protettivo controlo stimolo.
Por.: pára excitações.
Término utilizado por Freud, dentro del marco de un modelo psicofisiológico, para designar una determinada función y el aparato que le sirve de soporte. La función consiste en proteger (schützen) al organismo contra las excitaciones provenientes del mundo exterior que, por su Intensidad, ofrecerían el peligro de destruirlo. Este aparato se concibe como una capa superficial que envuelve al organismo y filtra pasivamente las excitaciones.
El término Reizschutz significa literalmente protección contra la excitación; Freud lo introduce en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lutsprinzips, 1920) y lo utiliza especialmente en Nota sobre el «bloc de notas mágico» (Notiz über den «Wunderb1ock», 1925) en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Symptom und Angst, 1926) para explicar una función protectora y, sobre todo, para designar un aparato especializado. Los traductores ingleses y franceses no siempre recurren al mismo término para estos diversos empleos. Nosotros consideramos preferible, para hacer resaltar mejor el concepto, buscar un equivalente del término freudiano, y proponemos el de protector contra las excitaciones.
Desde el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895), Freud postula la existencia de aparatos protectores frente a las excitaciones externas (Quantitätsschirme). Las cantidades de energía que actúan en el mundo exterior no son del mismo orden de magnitud que las que el aparato psíquico tiene por función descargar: de ahí la necesidad de que existan, en el límite entre lo externo y lo interno, «aparatos de terminación nerviosa» que «[...] sólo dejen pasar fracciones de las cantidades exógenas». Frente a las excitaciones provenientes del interior del cuerpo, tales aparatos serían innecesarios, ya que las cantidades de energía que aquí intervienen son desde un principio del mismo orden de magnitudes que las que circulan entre las neuronas.
Observemos que Freud relaciona la existencia de aparatos protectores con la tendencia originaria del sistema neuronal a mantener la cantidad a cero (Trägheitsprinzip: Principio de inercia).
En Más allá del principio del placer, Freud se basa, para ofrecer una teoría del trauma, en la representación simplificada de una vesícula viva. Ésta, para subsistir, debe rodearse de una capa protectora que pierde sus cualidades de substancia viva y se convierte en una barrera cuya función consiste en proteger la vesícula frente a las excitaciones exteriores, incomparablemente más intensas que las energías internas del sistema, aunque dejándolas pasar en una relación proporcional a su intensidad, de forma que el organismo reciba informaciones del mundo exterior. Dentro de esta perspectiva, el trauma puede definirse, en su primer tiempo, como una efracción, sobre una amplia extensión del protector contra las excitaciones.
Esta hipótesis de un protector contra las excitaciones forma parte de una concepción tópica: por debajo de esta capa protectora se encuentra una segunda capa, la capa receptora, definida en Más allá del principio del placer como el sistema Percepción-Conciencia. Freud comparará esta estructura por pisos a la de un «bloc de notas mágico».
Se observará que, si Freud, en los textos citados, niega la existencia de una protección frente a las excitaciones internas, ello se debe a que describe el aparato psíquico en una fase lógicamente anterior a la constitución de las defensas.
¿Qué sentido debe darse al protector contra las excitaciones? Para responder a esta pregunta, sería necesario tratar en su conjunto el problema del valor que debe concederse a los modelos fisiológicos. Limitémonos a señalar que frecuentemente Freud le atribuye una significación material: en el Proyecto alude a los órganos sensoriales receptores; en Más allá del principio del placer sitúa los órganos de los sentidos bajo «el protector contra las excitaciones de todo el cuerpo (allgemeiner Reizschutz)», que aparece entonces como un tegumento. Pero también atribuye al protector contra las excitaciones una significación psicológica más amplia, que no implica un soporte corporal determinado, hasta reconocerle un papel puramente funcional: la protección contra la excitación viene asegurada por una catexis y un retiro de la catexis periódicos del sistema percepción-conciencia. Así, éste sólo extraería «muestras» del mundo exterior. El fraccionamiento de las excitaciones sería entonces el resultado, no de un dispositivo puramente espacial, sino de un modo de funcionamiento temporal que garantizaría una «inexcitabilidad pediódica».
Proyección
Al.: Projektion.
Fr.: projection.
Ing.: projection.
It.: proiezione.
Por.: projeção.
A) Término utilizado, en un sentido muy general, en neurofisiología y en psicología para designar la operación mediante la cual un hecho neurológico o psicológico se desplaza y se localiza en el exterior, ya sea pasando del centro a la periferia, ya sea del sujeto al objeto. Este sentido Implica acepciones bastante diferentes
B) En sentido propiamente psicoanalítico, operación por medio de la cual el sujeto expulsa de sí y localiza en el otro (persona o cosa) cualidades, sentimientos, deseos, incluso «objetos», que no reconoce o que rechaza en sí mismo. Se trata de una defensa de origen muy arcaico que se ve actuar particularmente en la paranoia, pero también en algunas formas de pensamiento «normales», como la superstición.
I. La palabra proyección tiene en la actualidad un empleo muy extenso, tanto en psicología como en psicoanálisis; comporta diversas acepciones que se distinguen mal unas de otras, como hemos señalado a menudo. Conviene enumerar, manteniéndonos primeramente en un plano semántico, lo que se quiere significar por «proyección»:
a) En neurología se habla de proyección en un sentido que deriva del de la geometría, donde esta palabra designa una correspondencia punto por punto entre, por ejemplo, una figura en el espacio y una figura plana. Así, se dice que una determinada zona cerebral constituye la proyección de cierto aparato somático, receptor o efector: con ello se designa una correspondencia que puede establecerse según leyes definidas, ya sea punto por punto, ya sea de estructura a estructura, y tanto en una dirección centrípeta como centrífuga.
b) Una segunda acepción deriva de la anterior, si bien implica un movimiento del centro a la periferia. Así, en lenguaje psicofisiológico, se dice que las sensaciones olfativas, por ejemplo, se localizan por proyección a nivel del aparato receptor. En este mismo sentido Freud habla de una «sensación de comezón o de excitación de origen central proyectada en la zona erógena periférica». Dentro de esta perspectiva, puede definirse la proyección «excéntrica» como lo hacen H. B. English y A. C. English, como «la localización de un dato sensorial en la posición que ocupa el objeto-estímulo en el espacio, y no en el punto de estimulación sobre el cuerpo».
En psicología se habla de proyección para indicar los siguientes procesos:
c) El sujeto percibe el medio ambiente y responde al mismo en función de sus propios intereses, aptitudes, hábitos, estados afectivos duraderos o momentáneos, esperanzas, deseos, etc. Una tal correlación entre el Innenwelt y el Umwelt constituye una de las adquisiciones de la biología y de la psicología modernas, especialmente bajo el impulso de la «psicología de la forma». Se verifica a todos los niveles del comportamiento: un animal destaca en su campo perceptivo ciertos estímulos privilegiados que orientan todo su comportamiento; un hombre de negocios considerará todos sus objetos desde el punto de vista de lo que puede comprarse o venderse («deformación profesional»); el hombre de buen humor tiende a ver la vida «de color de rosa», etc. De un modo más profundo, las estructuras o rasgos esenciales de la personalidad pueden aparecer en el comportamiento manifiesto. Tal es el hecho que se encuentra en la base de las técnicas llamadas proyectivas: el dibujo del niño revela su personalidad; en las pruebas normalizadas que son los tests proyectivos propiamente dichos (por ejemplo Rorschach, T. A. T.), se sitúa al sujeto en presencia de situaciones poco estructuradas o de estímulos ambiguos, lo que permite «[...] leer, según las normas de desciframiento propias del tipo de material y de actividad creativa propuestos, ciertos rasgos de su carácter y ciertos sistemas de organización de su conducta y de sus emociones».
d) El sujeto muestra, por su actitud, que asimila una determinada persona a otra: en tal caso se dice, por ejemplo, que «proyecta» la imagen de su padre sobre su jefe. De este modo se designa, en forma poco apropiada, un fenómeno que el psicoanálisis ha descubierto con el nombre de transferencia.
e) El sujeto se asimila a personas extrañas o, por el contrario, asimila a sí mismo otras personas o seres animados o inanimados. Así, se dice con frecuencia que el lector de novelas se proyecta en tal o cual protagonista y, en el otro sentido, que La Fontaine, por ejemplo, proyectó en los animales de sus Fábulas sentimientos y razonamientos antropomórficos. Este proceso debería incluirse más bien dentro de lo que los psicoanalistas llaman identificación.
f) El sujeto atribuye a otros las tendencias, deseos, etc., que él no reconoce en sí mismo; así, por ejemplo, el racista proyecta sobre el grupo odiado sus propios defectos y sus tendencias inconfesadas. Este sentido, que English y English designan como disowning projection, parece ser el más semejante a lo que Freud describió con el nombre de proyección.
II. Freud recurrió al concepto de proyección para explicar diversas manifestaciones de la psicología normal y patológica:
1) Inicialmente la proyección fue descubierta en la paranoia. Freud consagra a esta afección, a partir de 1895-1896, dos breves trabajos y el capítulo III de sus Nuevas observaciones sobre las psiconeurosis de defensa (Weitere Bemerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen, 1896). En ellos la proyección se describe como una defensa primaria que constituye un abuso de un mecanismo normal consistente en buscar en el exterior el origen de un displacer. El paranoico proyecta sus representaciones intolerables, que vuelven a él desde fuera en forma de reproches: « [...] el contenido efectivo permanece intacto, pero hay un cambio en el emplazamiento del conjunto».
Siempre que Freud vuelve a ocuparse de la paranoia, recurre a la proyección, especialmente en el Caso Schreber. Pero no debe perderse de vista la forma como Freud limita en ella el papel de la proyección: ésta es sólo una parte del mecanismo de la defensa paranoica y no se halla igualmente presente en todas las formas de la enfermedad.
2) Freud describe en 1915 el conjunto de la construcción fóbica como una auténtica «proyección» en lo real del peligro pulsional: «El yo se comporta como si el peligro de desarrollo de la angustia no viniera de una moción pulsional, sino de una percepción, y en consecuencia puede reaccionar frente a este peligro exterior mediante las tentativas de huida que representan las precauciones fóbicas».
3)Freud ve intervenir la proyección en lo que designa como «celos proyectivos», que distingue tanto de los celos «normales» como del delirio celotípico paranoico: el sujeto se defiende de sus propios deseos de ser infiel atribuyendo la infidelidad a su cónyuge; al hacerlo así, desvía su atención de su propio inconsciente, la desplaza sobre el inconsciente del otro, y lo que gana en clarividencia sobre lo que concierne al otro es equiparable a su ignorancia respecto de sí mismo. En consecuencia, resulta a veces imposible y siempre ineficaz denunciar la proyección como una percepción errónea.
4) En varias ocasiones Freud insistió en el carácter normal del mecanismo de la proyección. Así, ve en la superstición, en la mitología, en el «animismo», una proyección. «El oscuro conocimiento (por así decirlo, la percepción endopsíquica) de los factores psíquicos y de las relaciones existentes en el inconsciente se refleja [...] en la construcción de una realidad suprasensible que debe ser retransformada por la ciencia en psicología del inconsciente».
5) Finalmente, sólo en raras ocasiones Freud menciona la proyección en relación con la situación analítica. Nunca designa la transferencia en general como una proyección y sólo emplea este último término para indicar un fenómeno particular en relación con aquélla: el sujeto atribuye a su analista palabras o pensamientos que son en realidad los suyos propios (por ejemplo: «pensará usted que..., pero no es verdad»).
De esta enumeración se deduce que, si bien Freud encuentra la proyección en diversos campos, le atribuye un sentido bastante estricto. La proyección aparece siempre como una defensa, como la atribución a otro (persona o cosa) de cualidades, sentimientos, deseos, que el sujeto rechaza o no reconoce en sí mismo. El ejemplo del animismo es el que mejor demuestra que Freud no usa la palabra proyección en el sentido de una simple asimilación del otro a sí mismo. En efecto, muy a menudo se ha intentado explicar las creencias animistas por la supuesta incapacidad de los primitivos de concebir la naturaleza de forma distinta según un modelo humano; asimismo, refiriéndose a la mitología, se dice con frecuencia que los antiguos «proyectaban» sobre las fuerzas de la naturaleza las cualidades y pasiones humanas. Freud (y ésta es su principal aportación) sostiene que una tal asimilación tiene su origen y su fin en un desconocimiento: los «demonios», los «aparecidos» encarnarían los malos deseos inconscientes.
III. En la mayoría de las ocasiones en que Freud habla de proyección, evita tratar el problema en su conjunto. Da una explicación de ello en el Caso Schreber: «[...] dado que la comprensión de la proyección implica un problema psicológico más general, nos decidimos a dejar de lado, para estudiarlo en otro lugar, el problema de la proyección y, junto con éste, el mecanismo de la formación del síntoma paranoico en general». Tal estudio es posible que fuera escrito, pero jamás fue publicado. Con todo, en varios trabajos Freud dio indicaciones sobre la metapsicología de la proyección. Los elementos de su teoría y los problemas que ésta plantea podrían agruparse del siguiente modo:,
1) La proyección encuentra su principio más general en la concepción freudiana de la pulsión. Ya es sabido que, según Freud, el organismo se halla sometido a dos tipos de excitaciones generadoras de tensión: unas de las que puede huir y protegerse, y otras de las que no puede escapar y frente a las que no existe, en principio, un aparato protector o «protección contra las excitaciones». Tal es el primer criterio de lo interior y de lo exterior. La proyección aparece entonces como el medio de defensa originaria frente a las excitaciones internas que por su intensidad se convierten en excesivamente displacenteras: el sujeto las proyecta al exterior, lo que le permite huir (precaución fóbica, por ejemplo) y protegerse de ellas. Existe «[...] una tendencia a tratarlas como si no actuasen desde el interior, sino desde el exterior, para poder utilizar contra ellas el medio de defensa representado por el protector contra las excitaciones. Tal es el origen de la proyección». Tal beneficio tiene como contrapartida el hecho de que, como hizo observar Freud, el sujeto se ve obligado a conceder pleno crédito a lo que, en lo sucesivo, queda sometido a las categorías de lo real.
2) Freud atribuye un papel esencial a la proyección, asociada a la introyección, en la génesis de la oposición sujeto (yo)-objeto (mundo exterior). El sujeto «[...] incorpora a su yo los objetos que se le presentan en tanto que son fuente de placer, los introyecta (según expresión de Ferenczi) y, por otra parte, expulsa de él lo que en su propio interior es motivo de displacer (mecanismo de la proyección)». Este proceso de introyección y de proyección se expresa «en el lenguaje de la pulsión oral», por la oposición ingerir-rechazar. Es ésta la etapa de lo que Freud denominó el «yo-placer purificado» (véase: Yo placer, Yo realidad). Los autores que consideran esta concepción freudiana en una perspectiva cronológica se preguntan si el movimiento proyección-introyección presupone la diferenciación entre dentro y fuera, o si aquél constituye a ésta. Así, escribe Anna Freud: «Creemos que la introyección y la proyección aparecen en la época siguiente a la diferenciación del yo con respecto al mundo exterior». Se opone, por lo tanto, a la escuela de Melanie Klein, que sitúa en primer plano la dialéctica de la introyección-proyección del objeto «bueno» y «malo» y ve en ésta el verdadero fundamento de la diferenciación entre interior y exterior.
IV. Así, pues, Freud indicó ya cuál era, en su opinión, el ámbito metapsicológico de la proyección. Pero su concepción deja sin resolver una serie de problemas fundamentales, que no encuentran en sus obras una respuesta unívoca.
1) La primera dificultad se refiere a lo que se proyecta. Con frecuencia Freud describe la proyección como la deformación de un proceso normal que nos induce a buscar en el mundo exterior la causa de nuestros afectos: así es como parece concebir la proyección cuando se ocupa de ella en el caso de la fobia. Por el contrario, en el análisis del mecanismo paranoico, como se encuentra en el estudio del Caso Schreber, la apelación a la causalidad aparece como una racionalización a posterior¡ de la proyección: «[...] la afirmación "yo lo odio" se transforma por proyección en esta otra: "él me odia" (él me persigue), lo cual entonces me dará derecho a odiarlo». En este caso es el afecto de odio (podríamos decir, la pulsión misma) lo que se proyecta. Finalmente, en algunos textos metapsicológicos, como Las pulsiones y sus destinos (Triebe und Triebschicksale, 1915) y La negación (Die Verneinung, 1925), es lo «odiado», lo «malo» lo que se proyecta. Nos acercamos aquí a una concepción «realista» de la proyección, que adquirirá su pleno desarrollo en M. Klein: para ésta, lo que se proyecta es el objeto «malo» (fantaseado), como si la pulsión o el afecto, para poder ser verdaderamente expulsados, debieran encarnarse necesariamente en un objeto.
2) Otra gran dificultad se pone de manifiesto en la concepción freudiana de la paranoia. En efecto, Freud no siempre sitúa en el mismo lugar la proyección en el conjunto del proceso defensivo de esta enfermedad. En los primeros trabajos en que trata de la proyección paranoica, la concibe como un mecanismo de defensa primario, cuya naturaleza se esclarece por oposición a la represión, que actúa en la neurosis obsesiva: en esta neurosis, la defensa primaria consiste en una represión en el inconsciente del conjunto del recuerdo patógeno y en la sustitución de éste por un «síntoma primario de defensa», la desconfianza de sí mismo. En la paranoia, la defensa primaria debe comprenderse en forma simétrica a la anterior: también hay represión, pero hacia el mundo exterior, y el síntoma primario de defensa lo constituye la desconfianza de los demás. El delirio se concibe como el fracaso de esta defensa y como el «retorno de lo reprimido», que vendría del exterior.
En el Caso Schreber, el lugar que ocupa la proyección es muy distinto; ésta se describe en el tiempo de la «formación del síntoma». Tal concepción llevaría a relacionar el mecanismo de la paranoia con el de las neurosis: en un primer tiempo, el sentimiento intolerable (amor homosexual) sería reprimido hacia el interior, en el inconsciente, y transformado en su opuesto; en un segundo tiempo, sería proyectado hacia el mundo exterior: la proyección es aquí la forma en que retorna lo que ha sido reprimido en el inconsciente.
Esta diferencia en la concepción del mecanismo de la paranoia permite distinguir dos acepciones de la proyección:
a) un sentido comparable al cinematográfico: el sujeto envía fuera la imagen de lo que existe en él de forma inconsciente. Aquí la proyección se define como una forma de desconocimiento, que tiene por contrapartida el reconocimiento, en otra persona, de lo que precisamente se desconoce dentro del sujeto;
b) como un proceso de expulsión casi real: el sujeto arroja fuera de sí aquello que rechaza, volviéndolo a encontrar inmediatamente en el mundo exterior. Esquemáticamente podría decirse que aquí la proyección no se define como un «no querer saber», sino como un «no querer ser».
La primera perspectiva relaciona la proyección con una ilusión; la segunda, con una bipartición originaria del sujeto y del mundo exterior (véase: Repudio).
Este segundo enfoque no falta, por lo demás, en el estudio del Caso Schreber, como lo atestiguan las siguientes líneas: «No era exacto decir que la sensación suprimida en el interior se proyectaba al exterior; más bien reconocemos que lo que ha sido abolido [aufgehobene] en el interior vuelve desde el exterior». Se observará que, en este pasaje, Freud designa con el nombre de proyección lo que acabamos de describir como una forma de simple desconocimiento; pero, en la misma medida, estima precisamente que aquélla ya no basta para explicar la psicosis.
3) Otra dificultad se encuentra en la teoría freudiana de la alucinación y del sueño como proyección. Si, como insiste Freud, es lo displacentero lo que se proyecta, ¿cómo explicar la proyección de un cumplimiento de deseo? Este problema no escapó a Freud, el cual le dio una respuesta que podría formularse así: si bien, en su contenido, el sueño realiza un deseo agradable, en su función primaria es defensivo: tiene por fin ante todo mantener a distancia lo que amenaza con perturbar el sueño: « [...] en lugar de la solicitación interna que aspiraba a ocupar [al durmiente] por completo, se ha instalado una experiencia externa, y él [el durmiente] se ha desembarazado de la solicitación de ésta. Un sueño es pues, también, entre otras cosas, una proyección: una exteriorización (le un proceso interno».
V. 1) Como vemos, a pesar de estas dificultades de fondo, la utilización freudiana del término «proyección» se halla claramente orientada. Se trata siempre de arrojar fuera lo que no se desea reconocer en sí mismo o ser uno mismo. Al parecer, este sentido de rechazo, de arrojar fuera, no era el preponderante antes de Freud en el empleo lingüístico, como lo atestiguan, por ejemplo, las siguientes líneas de Renan: «El niño proyecta sobre todas las cosas lo maravilloso que lleva en sí mismo». Este empleo ha sobrevivido, como es natural, a la concepción freudiana y explica algunas ambigüedades actuales de la noción de proyección en psicología e incluso a veces entre los psicoanalistas.
2) Aunque nos esforcemos en conservar para la noción de proyección el sentido preciso que le da Freud, no es posible negar la existencia de todos los procesos que hemos clasificado y distinguido más arriba (véase I). Por otra parte, el psicoanalista no deja de señalar que la proyección, como rechazo, como desconocimiento, interviene en estos diversos procesos.
Ya la proyección, en un órgano corporal, de un estado de tensión, de un sufrimiento difuso, permite fijar éste y desconocer el verdadero origen.
Asimismo es fácil mostrar, a propósito de los tests proyectivos, que no se trata aquí solamente de una estructuración de los estímulos en concordancia con la estructura de la personalidad: el sujeto, de modo especial en las láminas del T. A. T., proyecta seguramente lo que él es, pero también lo que él no quiere ser. Cabría preguntarse si la técnica proyectiva no suscita en forma electiva el mecanismo de proyección de lo «malo» afuera.
Se observará también que un psicoanalista no asimilará la transferencia en su conjunto a una proyección; en cambio, reconocerá que la proyección puede intervenir en la transferencia. Así, por ejemplo, dirá que el sujeto proyecta sobre su analista su superyó, logrando, mediante esta expulsión, una situación más ventajosa, un alivio de su conflicto interno.
Finalmente, las relaciones entre la identificación y la proyección son muy complejas, en parte por la utilización imprecisa de la terminología. En ocasiones se dice indistintamente que el histérico, por ejemplo, se proyecta en o se identifica con un determinado personaje. La confusión es tal que Ferenczi habló incluso de introyección para designar este proceso. Sin que pretendamos en modo alguno exponer aquí la articulación de los dos mecanismos de la identificación y la proyección, cabe pensar que en el caso citado se efectúa un empleo abusivo del término «proyección». En efecto, sólo encontramos en él lo que se halla siempre implícito en la definición psicoanalítica de la proyección: una bipartición en el seno de la persona y el arrojar sobre otro la parte de sí mismo que ha sido rechazada.
Proyección
s. f. (fr. projection; ingl. projection; al. Projektion). Operación por la cual un sujeto sitúa en el mundo exterior, pero sin identificarlos como tales, pensamientos, afectos, concepciones, deseos, creyendo así en su existencia exterior, objetiva, como un aspecto del mundo.
En un sentido más estricto, la proyección constituye una operación por la que un sujeto expulsa hacia afuera y localiza en otra persona una pulsión que no puede aceptar en su persona, lo que le permite desconocerla en sí mismo. La proyección, a diferencia de la introyección, es una operación esencialmente imaginaria.
Proyección
La definición de la proyección que daba en 1904 el Diccionario de conceptos filosóficos de Rudolf Eisler, como proyección de la sensación (Empfindung) o desplazamiento hacia el exterior (Hinausverlegung) de los contenidos sensoriales táctiles o visuales, permite rastrear el trayecto por el cual esta noción -lugar común en el contexto psico-filosófico de la época, según lo atestiguan unas cincuenta-, referencias llegó a conquistar sus títulos en la teoría psicoanalítica. Desde esta última perspectiva, el primer mojón aparece con el esbozo de un análisis de la paranoia en la correspondencia con Fliess (manuscrito H, del 24 de enero de 1895). Basándose en la observación de una perseguida que decía ser compadecida por sus vecinos porque la consideraban abandonada por un hombre con el que había tenido un contacto sexual fugaz, Freud define una defensa paranoica caracterizada precisamente por el mecanismo de proyección, «abuso», escribe además, de un mecanismo psíquico muy corriente en la vida normal. Él relaciona su origen y función con la constitución de la expresión en efecto, «estamos acostumbrados a ver que nuestros estados interiores se le revelan al prójimo, lo que da lugar a la idea normal de ser observado y a la proyección normal. Estas reacciones no dejan de ser normales mientras permanezcamos conscientes de nuestras propias modificaciones interiores. Si las olvidamos, si sólo tomamos en cuenta el término del silogismo que desemboca en el exterior, tenemos una paranoia con sus exageraciones relativas a lo que la gente sabe de nosotros y a lo que nos hace; ¿qué conoce de nosotros que nosotros ignoramos o no podemos admitir? Se trata de un abuso del mecanismo de proyección, utilizado como defensa».
De la fijación narcisista al estadio del espejo
Así se establecen los primeros elementos teóricos de la interpretación de la autobiografía de Schreber, que será desarrollada veinte años más tarde, y cuyo aporte consistirá esencialmente en la conexión establecida entre la proyección y la fijación narcisista. Con la elaboración del narcisismo, la teoría de la proyección y la oposición del «afuera» y el «adentro» se situarán como dependientes del análisis del yo. Entonces la concepción de este tipo particular de defensa que representa la proyección se formulará en los términos de que «lo suprimido adentro vuelve desde afuera». Así queda abierto el camino para la distinción entre los dos tipos de relación que el yo mantiene con la realidad: según que traslade a ella «por proyección» una parte de él mismo que quiere tener por extraña, o que asimile «por introyección» una realidad que le es ajena. La interpretación psicoanalítica que da Lacan de las funciones arcaicas del estadio del espejo le aportará a esta dialéctica un complemento nuevo.
Proyección
Alemán: Projektion.
Francés: Projection.
Inglés: Projection.
Término utilizado por Sigmund Freud a partir de 1895, esencialmente para definir el mecanismo de la paranoia, pero retomado más tarde por el conjunto de las escuelas psicoanalíticas como designación de un modo de defensa primaria, común a la psicosis, la neurosis y la perversión, mediante el cual el sujeto proyecta sobre otro sujeto o sobre un objeto algunos deseos que provienen de él pero cuyo origen él mismo desconoce y atribuye a una alteridad exterior.
Proyección (topología)
Dada una relación de equivalencia en un conjunto cualquiera, se llama proyección a aquella función que asigna a cada elemento x su clase de equivalencia, es decir, el conjunto de todos los puntos que son equivalentes a x. Por ejemplo, si X es un subconjunto del plano, podemos proyectarlo sobre el eje de las abscisas, considerando equivalentes a todos los puntos de X que tienen el mismo valor en su primera coordenada.
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