Prueba de realidad
Al.: Realitätsprüfung.
Fr.: épreuve de réalité.
Ing.: realitytesting.
It.: esame di realtà.
Por.: prova de realidade.
Proceso postulado por Freud, que permite al sujeto distinguir los estímulos procedentes del mundo exterior de los estímulos internos, y prevenir la posible confusión entre lo que el sujeto percibe y lo que meramente se representa, confusión que se hallaría en el origen de la alucinación.
El término Realitäisprüfung no aparece hasta 1911 en Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento psíquico (Formulierung über die zwei Prinzipien des psychischen Geschehens), pero el problema que comporta se planteó a partir de los primeros escritos teóricos de Freud.
Uno de los presupuestos fundamentales del Proyecto de 1895 es el de que, en su origen, el aparato psíquico no dispone de un criterio para distinguir entre una representación, fuertemente catectizada, del objeto satisfactorio (véase: Experiencia de satisfacción) y la percepción de éste. Ciertamente, la percepción (que Freud adscribe a un sistema especializado del aparato neuronal) se halla en relación directa con los objetos exteriores reales y proporciona «signos de realidad», pero éstos pueden igualmente ser provocados por la catexis de un recuerdo, la cual, cuando es lo bastante intensa, conduce a la alucinación. Para que el signo de realidad (también llamado signo de cualidad) posea el valor de un criterio cierto, es necesario que se produzca una inhibición de la catexis del recuerdo o de la imagen, lo que supone la constitución de un yo.
Como puede verse, en esta etapa del pensamiento freudiano, no es una «prueba» lo que decide sobre la realidad de lo que se representa, sino un modo de funcionamiento interno del aparato psíquico. En La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900), el problema se plantea en términos similares: la realización alucinatoria del deseo, especialmente en el sueño, se concibe como el resultado de una «regresión» tal que el sistema perceptivo se encuentra cargado por las excitaciones internas.
Solamente en el Complemento metapsicológico a la teoría de los sueños (Metapsychologische Ergänzung zur Traumlehre, 1917) se discute el problema en forma más sistemática:
1.° ¿Cómo una representación, en el sueño y en la alucinación, implica la creencia en su realidad? La regresión únicamente constituye una explicación en la medida en que existe no sólo una recatectización de imágenes mnémicas, sino también del propio sistema Pc-Cs.
2.° La prueba de realidad se define como un dispositivo (Einrichtung) que permite efectuar una discriminación entre las excitaciones externas, que pueden ser controladas por la acción motriz, y las excitaciones internas, que aquélla no puede suprimir. Este dispositivo se adscribe al sistema Cs, en tanto que éste gobierna la motilidad; Freud lo incluye «entre las grandes instituciones del yo».
3.° La prueba de realidad puede dejar de funcionar en las enfermedades alucinatorias y en el sueño, en la medida en que la desviación parcial o total de la realidad es correlativa de un estado de retiro de la catexis del sistema Cs: éste se encuentra entonces libre para cualquier catexis que le llegue desde dentro. «Las excitaciones que [...] han seguido la vía de la regresión encuentran esta vía libre hasta el sistema Cs, en el que adquirirán el valor de una realidad incontestable».
Al parecer coexisten en este texto dos concepciones distintas de lo que permite discriminar entre percepción y representación de origen interno. Por una parte, una concepción económica: la diversa distribución de las catexis entre los sistemas explica la diferencia entre el sueño y el estado de vigilia. Por otra parte, dentro de una concepción más empirista, tal discriminación se efectuaría mediante una exploración motriz.
En uno de sus últimos trabajos, Esquema del psicoanálisis (Abriss der Psychoanalyse, 1938), Freud vuelve a este problema. La prueba de realidad se define como un «dispositivo especial» que sólo se vuelve necesario cuando ha aparecido la posibilidad de que los procesos internos informen a la conciencia en forma distinta a las simples variaciones cuantitativas de placer y de displacer. «Dado que las huellas mnémicas, sobre todo por su asociación a los restos verbales, pueden volverse conscientes al igual que las percepciones, subsiste aquí una posibilidad de confusión capaz de conducir a un desconocimiento de la realidad. El yo se protege de ella haciendo intervenir el dispositivo de prueba de realidad [...] ».
En este texto, Freud se aplica en deducir la razón de ser de la prueba de realidad, pero no a describir en qué consiste.
El término «prueba de realidad», muy a menudo utilizado en la literatura psicoanalítica con aparente acuerdo sobre su sentido, sigue siendo, de hecho, impreciso y confuso: se emplea en relación con diversos problemas, que conviene distinguir:
I. Si nos atenemos estrictamente a la formulación de Freud:
1.° la prueba de realidad es la más generalmente invocada a propósito de la distinción entre alucinación y percepción;
2.° no obstante, sería un error suponer que la prueba de realidad sea capaz de efectuar para el sujeto la discriminación entre la alucinación y la percepción. Cuando se ha instaurado el estado alucinatorio o el sueño, ninguna «prueba» permite suprimirlos. Parece, pues, que en los casos en los que la prueba de realidad debería teóricamente desempeñar una función discriminativa, se halla desprovista de eficacia (así, en el paciente alucinado, la acción motriz resulta inútil como medio de distinguir lo subjetivo de lo objetivo);
3.° en consecuencia, Freud se vio inducido a determinar las condiciones capaces de evitar la aparición misma del estado alucinatorio, es decir, de impedir el paso de la reviviscencia de la imagen a la creencia en la realidad de ésta. Pero aquí no se trata ya de una «prueba», ya que esta palabra lleva implícita la idea de una tarea que se desarrolla en el tiempo y que es susceptible de aproximación, ensayos y errores. Freud recurre entonces como principio explicativo a un conjunto de condiciones metapsicológicas, fundamentalmente económicas y tópicas.
II. Para salir de esta aporía, se podría intentar ver en el modelo freudiano de la satisfacción alucinatoria del lactante, no una explicación del hecho alucinatorio como aparece en clínica, sino una hipótesis genética en relación con la constitución del yo a través de las distintas modalidades de la oposición entre el yo y el no-yo.
Si se intenta esquematizar, con Freud, esta constitución (véase: Yo-placer, yo-realidad), pueden reconocerse en ella tres tiempos: un primer tiempo en el que el acceso al mundo real se halla fuera de toda problemática; «el yo-realidad del comienzo distingue lo interior de lo exterior según un buen criterio objetivo». Existe una «ecuación percepciónrealidad (mundo exterior)». «Al principio, la existencia de la representación es una garantía de la realidad de lo representado», mientras que, desde el interior, el yo sólo es informado, por las sensaciones de placer y de displacer, de los cambios cuantitativos de la energía pulsional.
En un segundo tiempo, llamado del «yo-placer», el par antitético ya no es el de lo subjetivo y lo objetivo, sino el de lo placentero y lo displacentero, siendo el yo idéntico a todo lo que constituye una fuente de placer, y el no-yo a todo lo displacentero. Freud no relaciona explícitamente esta etapa con la de la satisfacción «alucinada», pero parece que se está autorizado a hacerlo, puesto que, para el «yo-placer» no existe un criterio que permita distinguir si la satisfacción está o no ligada a un objeto exterior.
El tercer tiempo, denominado «yo-realidad definitivo» sería correlativo a la aparición de una distinción entre lo que es simplemente «representado» y lo que es «percibido». La prueba de realidad sería lo que permitiría esta distinción, y por su medio la constitución de un yo que se diferencia de la realidad exterior en el movimiento mismo que lo instituye como realidad interna. Así, en La negación (Die Verneinung, 1925), Freud describe la prueba de realidad como algo que se halla en el principio del juicio de existencia (que afirma o niega que una representación tenga su correlato en la realidad). Esta prueba se ha vuelto necesaria por el hecho de que « [...] el pensamiento posee la capacidad de traer de nuevo a presencia, por su reproducción en la representación, algo que ha sido percibido en otro momento, sin necesidad de que el objeto exista todavía en el exterior».
III. Bajo el término «prueba de realidad» parecen confundirse también dos funciones bastante distintas: una, fundamental, que consistiría en diferenciar lo que es simplemente representado de lo que es percibido y, por ende, instituiría la diferenciación entre el mundo interior y el mundo exterior; la otra consistiría en comparar lo objetivamente percibido con lo representado, con vistas a rectificar las eventuales deformaciones de esto último. El propio Freud incluyó estas dos funciones bajo el mismo epígrafe de prueba de realidad. Así, llama prueba de realidad no solamente la acción motriz, única capaz de asegurar la distinción entre lo externo y lo interno, sino también, como, por ejemplo, en el caso del duelo, el hecho de que el sujeto, enfrentado a la pérdida del objeto amado, aprende a modificar su mundo personal, sus proyectos, sus deseos, en función de esta pérdida real.
Dicho esto, Freud no explicitó en ningún sitio tal distinción, y al parecer, en el empleo actual, ha persistido o incluso se ha reforzado la confusión inherente al concepto «prueba de realidad». En efecto, esta expresión puede inducir a considerar la realidad como aquello que pone a prueba, mide y atestigua el grado de realismo de los deseos y fantasías del sujeto, les sirve de patrón. Entonces se tiende, en último extremo, a confundir la cura analítica con una reducción progresiva de lo que ofrecía de arreal el mundo personal del sujeto. Esto equivaldría a olvidar uno de los principios constitutivos del psicoanálisis: «Que no se debe introducir en las formaciones psíquicas reprimidas el patrón de realidad; ya que entonces se correría el peligro de subestimar el valor de las fantasías en la formación de los síntomas aduciendo precisamente que aquéllas no son realidades, o hacer derivar un sentimiento de culpabilidad neurótico de otro origen, porque no puede probarse la existencia de un crimen realmente cometido. También expresiones como «realidad de pensamiento» (Denkrealität) y «realidad psíquica» implican la idea de que las estructuras inconscientes no sólo debe considerarse como dotadas de una realidad específica que obedece a sus leyes propias, sino que pueden adquirir para el sujeto un pleno valor de realidad (véase: Fantasía).
Psicastenia
Término introducido por Pierre Janet en 1903 para reemplazar el de neurastenia y designar una neurosis comparable, con el plano clínico, a lo que Sigmund Freud llama neurosis obsesiva.
Psicoanálisis
Al.: Psychoanalyse.
Fr.: psychanalyse.
Ing.: psycho-analysis.
It.: psicoanalisi o psicanalisi.
Por.: psicanálise.
Disciplina fundada por Freud y en la que, con él, es posible distinguir tres niveles:
A) Un método de investigación que consiste esencialmente en evidenciar la significación inconsciente de las palabras, actos, producciones imaginarias (sueños, fantasías, delirios) de un individuo. Este método se basa principalmente en las asociaciones libres del sujeto, que garantizan la validez de la interpretación. La interpretación psicoanalítica puede extenderse también a producciones humanas para las que no se dispone de asociaciones libres.
B) Un método psicoterápico basado en esta investigación y caracterizado por la interpretación controlada de la resistencia, de la transferencia y del deseo. En este sentido se utiliza la palabra psicoanálisis como sinónimo de cura psicoanalítica; ejemplo: emprender un psicoanálisis (o un análisis).
C) Un conjunto de teorías psicológicas y psicopatológicas en las que se sistematizan los datos aportados por el método psicoanalítico de investigación y de tratamiento.
Freud utilizó primeramente los términos análisis, análisis psíquico, análisis psicológico, análisis hipnótico, en su primer artículo Las psiconeurosis de defensa (Die Abwehr-Neuropsychosen, 1894). Sólo más tarde introdujo el término psico-análisis en un artículo sobre la etiología de las neurosis, publicado en francés. En alemán, Psychoanalyse figura por vez primera en 1896 en Nuevas observaciones sobre las psiconeurosis de defensa (Weitere Bernerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen). El empleo del término «psicoanálisis» consagró el abandono de la catarsis, practicada bajo hipnosis y de la sugestión, y el recurrir a la única regla de la asociación libre para obtener el material.
Freud dio varias definiciones del psicoanálisis. Una de las más explícitas se encuentra al principio del artículo de la Encyc1opédie aparecido en 1922: «Psicoanálisis es el nombre:
l.° de un método para la investigación de procesos mentales prácticamente inaccesibles de otro modo;
2.° de un método, basado en esta investigación, para el tratamiento de los trastornos neuróticos;
3.° de una serie de concepciones psicológicas adquiridas por este medio y que en conjunto van en aumento para formar progresivamente una nueva disciplina científica».
La definición propuesta al principio reproduce, en forma más detallada, la que Freud dio en este texto.
Acerca de la elección del término « psicoanálisis », nada mejor que ceder la palabra a quien forjó el término en la misma época en que efectuaba su descubrimiento: «Llamamos psicoanálisis al trabajo mediante el cual traemos a la conciencia del enfermo lo psíquico reprimido en él. ¿Por qué "análisis", que significa fraccionamiento, descomposición, y sugiere una analogía con el trabajo que efectúa el químico en las substancias que encuentra en la naturaleza y que lleva a su laboratorio? Porque tal analogía es efectivamente fundada, en un importante aspecto. Los síntomas y manifestaciones patológicas del paciente son, como todas sus actividades psíquicas, de naturaleza altamente compuesta; los elementos de esta composición son, en último término, motivaciones, mociones pulsionales. Pero el paciente nada sabe, o muy poco, de estas motivaciones elementales. Le enseñamos, pues, a comprender la composición de estas formaciones psíquicas altamente complicadas, referimos los síntomas a las mociones pulsionales que los motiva, señalamos al enfermo en sus síntomas la intervención de motivaciones pulsionales hasta entonces ignoradas por él, en forma similar a como el químico separa la substancia fundamental, el elemento químico, de la sal en la cual, al combinarse con otros elementos, resultaba irreconocible. De igual modo mostramos al enfermo, basándonos en las manifestaciones psíquicas consideradas como no patológicas, que él sólo era imperfectamente consciente de su motivación, que otras mociones pulsionales, que permanecían ignoradas para él, han contribuido a producirlas.
»También hemos explicado la tendencia sexual del ser humano fraccionándola en sus componentes, y, cuando interpretamos un sueño, prescindimos de considerar el sueño como una totalidad y hacemos partir las asociaciones de sus elementos aislados.
»Esta comparación justificada de la actividad psicoanalítica con un trabajo químico podría sugerir una nueva dirección a nuestra terapia [...]. Se nos ha dicho: al análisis del psiquismo enfermo debe seguir su síntesis. Y pronto se experimentó inquietud por la posibilidad de que el enfermo recibiese demasiado análisis y no bastante síntesis, y se insistió en que la acción psicoterápica dependería de esta síntesis, de esta especie de restauración de lo que, por así decirlo, había sido destruido por la vivisección.
»[...] La comparación con el análisis químico encuentra su límite en el hecho de que, en la vida psíquica, nos enfrentamos con tendencias que se hallan sometidas a una compulsión a la unificación y a la combinación. Cuando llegamos a descomponer un síntoma, a liberar una moción pulsional de un conjunto de relaciones, aquél no permanece aislado, sino que entra inmediatamente a formar parte de un nuevo conjunto.
»[...] También en el sujeto que se halla bajo tratamiento analítico, la psicosíntesis se realiza sin nuestra intervención, en forma automática e inevitable».
La Standard Edition contiene una lista de las principales exposiciones generales sobre el psicoanálisis, publicadas por Freud. ,
La boga alcanzada por el psicoanálisis ha inducido a numerosos autores a designar con este término ciertos trabajos cuyo contenido, método y resultados, no tienen más que una relación muy remota con el psicoanálisis propiamente dicho.
Psicoanálisis
Alemán: Psychoanalyse.
Francés: Psychanalyse.
Inglés: Psychoanalysis.
Término creado por Sigmund Freud en 1896 para denominar un método particular de psicoterapia (o cura por la palabra) derivado del procedimiento catártico (catarsis) de Josef Breuer, y basado en la exploración del inconsciente con la ayuda de la asociación libre por parte del paciente, y de la interpretación por parte del psicoanalista.
Por extensión, se da el nombre de psicoanálisis a:
1. El tratamiento realizado con este método.
2. La disciplina fundada por Freud (y sólo ella) en cuanto comprende un método terapéutico, una organización clínica, una técnica psicoanalítica, un sistema de pensamiento y una modalidad de transmisión del saber (análisis didáctico, control) que se basa en la transferencia y permite formar profesionales del inconsciente.
3. El movimiento psicoanalítico, es decir una escuela de pensamiento que engloba a todas las corrientes del freudismo.
Como lo ha subrayado Henri E Ellenberger, el psicoanálisis es heredero de las antiguas curas magnéticas inauguradas por Franz Anton Mesmer, las cuales, a través de los debates sobre la hipnosis y la sugestión de fines del siglo XIX, dieron origen a la segunda psiquiatría dinámica. No obstante, entre todas las escuelas de psicoterapia derivadas de Hippolyte Bernheim y la Escuela de Nancy, es el único método que reivindica el inconsciente y la sexualidad como los dos grandes universales de la subjetividad humana. En el plano clínico, es también el único que sitúa la transferencia como formando parte de esa misma universalidad, y que propone su análisis en el interior mismo de la cura, como prototipo de las relaciones de poder entre el terapeuta y el paciente y, más en general, entre maestro y discípulo. En este sentido, el psicoanálisis remite a la tradición socrática y platónica de la filosofía. Por ello ha aplicado el principio iniciático del análisis didáctico, exigiendo que quien quiera convertirse en psicoanalista se someta a su vez a una cura.
En la historiografía oficial se ha dado una versión legendaria del nacimiento del psicoanálisis, atribuyendo su origen a dos mujeres: Bertha Pappenheim y Fanny Moser. A la primera, atendida por Josef Breuer, se le ha atribuido la invención de la cura por la palabra, y de la segunda, tratada por Freud, se ha dicho que hizo posible una clínica de la escucha al obligar al médico a renunciar a la observación directa y a mantenerse retirado, detrás del paciente. Esta leyenda, en la que se mezclan los nombres de los dos autores de los Estudios sobre la histeria, vehiculiza una genealogía del psicoanálisis que no es extraña a los enunciados freudianos. Freud, en efecto, fue el iniciador de un cambio total de la mirada médica, un cambio consistente en tomar en cuenta en el discurso de la ciencia las teorías elaboradas por los propios enfermos sobre sus síntomas y su malestar. Con ese cambio el psicoanálisis originó los grandes trabajos históricos del siglo XX sobre la locura y la sexualidad.
Freud empleó por primera vez la palabra psicoanálisis en un artículo de 1896, redactado en francés y titulado "La herencia y la etiología de las neurosis": "Debo mis resultados al empleo de un nuevo método de psicoanálisis, el procedimiento de exploración de Josef Breuer, un poco sutil pero irreemplazable, a tal punto ha demostrado ser fértil para aclarar las vías oscuras de la ideación inconsciente".
Ocho años más tarde, en un texto destinado a una obra colectiva, proporcionó una excelente definición de su propio método, hablando por otra parte en tercera persona y refiriéndose siempre a Breuer: "El método catártico había ya renunciado a la sugestión y Freud dio un paso más, rechazando también la hipnosis. Trata por igual a sus enfermos de la manera siguiente: sin intentar influirlos de ningún modo, los hace tender cómodamente sobre un diván, mientras él, sustraída su mirada, se sienta detrás de ellos. No les pide que cierren los ojos y evita tocarlos o emplear cualquier otro procedimiento que pueda recordar la hipnosis. Este tipo de sesión se desarrolla a la manera de una entrevista entre dos personas en estado de vigilia, a una de las cuales se le ahorra cualquier esfuerzo muscular, cualquier impresión sensorial capaz de apartar su atención de su propia actividad psíquica." Después de muchas vacilaciones, cuyas huellas pueden seguirse en la correspondencia entre Freud y Carl Gustav Jung, en alemán quedó acuñada, ya en 1909, la denominación Psychoanalyse (en lugar de Psychanalyse) en francés se impuso psychanalyse (en lugar de psycho-analyse) en 1919, y en inglés psychoanalysis (a menudo escrita Psycho-analysis o Psycho-Analysis). Entre 1905 y 1914, el propio Freud realizó tres grandes curas psicoanalíticas: con Ida Bauer (Dora), Ernst Lanzer (el Hombre de las Ratas) y Serguei Constantinovich Pankejeff (el Hombre de los Lobos). Además dirigió a la manera de un control el análisis de Herbert Graf (Juanito), realizado por su padre, Max Graf, abriendo el camino al psicoanálisis de niños. Finalmente, en 1911, publicó un estudio sobre las Memorias de Daniel Paul Schreber, que consideró un caso de paranoia. Esos cinco psicoanálisis serían comentados interminablemente a lo largo de la historia del freudismo, sirviendo como corpus clínico al conjunto del movimiento, a igual título que los casos reunidos en los Estudios.
Ya en 1910, en "Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica", Freud delimitó un marco "técnico" para la cura, afirmando que ésta tenía por objetivo vencer las resistencias. La tesis fue muchas veces discutida, y los problemas de técnica dieron origen a otros artículos, y después a debates y escisiones en la historia del movimiento psicoanalítico, desde Sandor Ferenczi hasta Jacques Lacan.
En 1922, en "Dos artículos de enciclopedia: «Psicoanálisis» y «Teoría de la libido»", Freud proporcionó la definición más precisa del marco psicoanalítico, al subrayar que sus "pilares" teóricos eran el inconsciente, el complejo de Edipo, la resistencia, la represión y la sexualidad: "Quien no los acepte no debería contarse entre los psicoanalistas".
Si bien los freudianos de todas las tendencias siempre aceptaron reconocerse en esta definición del psicoanálisis, no han cesado de combatir entre ellos y dividirse acerca de la cuestión de la técnica psicoanalítica y el análisis didáctico. Inspirándose en el modelo darwiniano, Freud quiso ubicar el psicoanálisis entre las ciencias de la naturaleza, o al menos asignarle un estatuto de ciencia "natural". Ahora bien, como heredero de las medicinas del alma, pertenecía a otra tradición científica, según la cual el arte de curar consiste menos en demostrar la validez de una deducción que en elaborar un discurso capaz de dar cuenta de una verdad simbólica y subjetiva. A causa de esta doble pertenencia del psicoanálisis (al dominio de las ciencias de la naturaleza y al de las artes de la interpretación), sus refutaciones "científicas" se desplegaron en el terreno de la terapia. Entre ellas se cuenta la de Karl Popper (1902-1994) en 1962, en la que se basará el conjunto de la historiografía revisionista; Popper intentó demostrar que la doctrina freudiana se reduce a una simple hermenéutica, y que su método es una técnica chamánica de influencia, consistente en actuar sobre el enfermo por simple sugestión.
El argumento no era nuevo y, desde 1917, en el capítulo de sus Conferencias de introducción al psicoanálisis dedicado a la terapia psicoanalítica, Freud había intentado responder a él, insistiendo una vez más en la distancia radical que separaba al psicoanálisis de todos los otros métodos de psicoterapia basados en la sugestión. En particular, refutó la idea de que el médico, en la cura por la palabra, pudiera sugestionar al enfermo; en ese ámbito reivindicaba una racionalidad basada en la interpretación verdadera, subrayando que la solución de los conflictos y la supresión de las resistencias (la "curación") sólo se producían cuando el terapeuta podía darle al paciente representaciones de él mismo que correspondieran a la realidad: "Lo que en las suposiciones del médico no corresponde a esa realidad es espontáneamente eliminado en el curso del análisis, y debe ser retirado y reemplazado por suposiciones más exactas".
La historia del psicoanálisis demuestra que las resistencias que se le opusieron, así como sus conflictos internos, fueron siempre el síntoma de su progreso activo, de su propensión a fabricar dogmas y de su capacidad para refutarlos.
Psicoanálisis aplicado
Alemán: Angewandte Psychoanalyse.
Francés: Psychanalyse appliquée.
Inglés: Applied psychoanalysis.
El hecho de que Sigmund Freud tuvo muy pronto la inquietud de desarrollar las ideas capaces de extenderse a ámbitos exteriores al estudio del funcionamiento psíquico, como por ejemplo la creación literaria o artística, lo atestiguan por lo menos dos cartas a Wilhelm Fliess, En la primera, del 15 de octubre de 1897, observó que cada lector o espectador de la pieza de Sófocles había sido alguna vez, "en gérmen, en imaginación, un Edipo", añadiendo: "Pero una idea atravesó mi mente: ¿no se encontrarían hechos análogos en la historia de Hamlet?” En la segunda carta, del 5 de diciembre de 1898, donde habla del narrador suizo Conrad Ferdinand Meyer (1828-1898) y del entusiasmo que le suscita la lectura de sus libros, le pidió a Fliess "informaciones sobre la existencia de ese escritor, sobre el orden de publicación de sus obras, lo que es indispensable para interpretarlas".
Primero fue la Sociedad Psicológica de los Miércoles la que sirvió de marco a las exposiciones y discusiones, a menudo apasionadas, sobre la aplicación del psicoanálisis a los ámbitos de la literatura, las artes plásticas, la mitología y la historia. Por ejemplo, en la sesión del 10 de octubre de 1906, después de que Otto Rank hablara de los fundamentos de una psicología de la creción literaria, Adolf Häutler (1872-1938) lo criticó, afirmando que no se podía---aplicarla noción de represión más que a los individuos, y no a la vida psíquica de un pueblo". En esa misma sesión, Häutler rechazó la idea de una correspondencia automática entre la vida personal del creador y sus obras, y previno contra el exceso de interpretación. Freud criticó a su vez el empleo incorrecto que se había hecho del concepto de represión. En la sesión del 24 de octubre de 1906, dedicada a la segunda parte de la exposición de Rank, Häutler reiteró sus críticas, pero declarando que "aplicar las teorías de Freud a otros dominios, y descubrir la ramificación de la sexualidad en la literatura y la mitología, es una actividad que merece ser alentada".
Después fue Alfred Meisl (1868-1942) quien señaló su desacuerdo; Meisl sostuvo que las tesis de Rank eran demasiado frágiles, y que ese tipo de publicación podía constituir un peligro: "1) para la psicología como cie-ncia y 2) para las teorías de Freud"; la gente podría utilizar las "debilidades de los libros de Rank para rechazar igualmente las teorías de Freud". Max Graf recomendó prudencia en la interpretación de las obras literarias, precisando que "sólo cuando ciertos temas se desprenden muy claramente y se repiten a menudo, se los puede relacionar con la vida sexual". Un año más tarde, el 4 de diciembre de 1907, una exposición de Isidor Sadger dedicada a Meyer provocó un severo enfrentamiento, preludio a la elaboración de una especie de documento, enunciado la semana siguiente, el 11 de diciembre de 1907, en ocasión de la exposición de Graf sobre "la metodología de la psicología de los escritores". Graf se entregó primero a una crítica radical de las tesis de Cesare Lombroso (1836-1909) y de las desarrolladas por la escuela francesa de psicología, partidaria de la teoría de la herencia-degeneración. Desde ese punto de vista, explicaba Graf, se han escrito patografías, "análisis de escritores sobre la base de experiencias patológicas [ ... ]. El método de Freud -añadía Graf- es muy diferente; lleva al inconsciente y demuestra que la enfermedad psiquica no es más que una variante de la pretendida salud psíquica, que las enfermedades mentales son una disociación de los elementos psíquicos de la persona sana." Antes de exponer los principios del método psicoanalítico y las reglas de "su aplicación a los artistas", Graf concluía: "Lombroso trata a los escritores de la misma manera que a un tipo criminal particularmente interesante"; en cuanto a los "psicólogos franceses, [ellos] en el escritor no ven más que un neurótico".
La discusión le dio a Freud la oportunidad de respaldar una vez más a Graf, quien acababa de recordar con fuerza: "Quien quiere conocer al escritor, tiene que buscarlo en sus obras". Retornando la tesis expuesta unos días antes en una conferencia, "El creador literario y el fantaseo", pronunciada en la sede de la editorial de Hugo Heller, tesis que postulaba la identidad de los procesos de producción literaria con los mecanismos del sueño despierto, Freud sostuvo: "Todo escritor que presente tendencias anormales puede ser objeto de una patografía. Pero la patografía no nos enseña nada nuevo. El psicoanálisis, en cambio, informa sobre el proceso de la creación merece ser colocado por encima de la patografía."
La empresa del psicoanálisis aplicado, distinta de la patografía, se inició por lo tanto muy pronto. Daría lugar a los ejercicios de interpretación más diversos, a la psicobiografía (interpretación de las obras en función de la vida del autor), a la psicocrítica (interpretación psicoanalítica de los textos), pasando por la psicohistoria (interpretación de la historia con ayuda del psicoanálisis). El objetivo de esta extensión de la teoría psicoanalítica y de su campo interpretativo no tardó en ser puntualizado. Ludwig Binswanger lo registró en sus notas sobre su segunda visita a Freud, en 1909: “Freud encara siempre el psicoanálisis como una ciencia total, como el gran y nuevo método de investigación que le gustaría ver aplicado a la religión, la historia y el arte". En 1914, en su artículo "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico", Freud, a propósito de La interpretación de los sueños y de otro libro, El chiste y su relación con lo inconsciente, escribió que esas dos obras habían "demostrado de entrada que las enseñanzas del psicoanálisis no pueden limitarse al dominio médico, sino que es posible aplicarlas a otras ciencias del espíritu".
Ése era el objetivo esencial: liberarse de la tutela médica, sustraerse al registro exclusivo del método terapéutico, y no quedar reducido a servir a la psiquiatría. Pero la idea era que el psicoanálisis -sobre el que Freud insistía en que no era una de esas ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften) a las que sin embargo podía enriquecer- encontrara su lugar en el orden de las ciencias de la naturaleza (Naturwissenschaften). Más de una vez Freud se aplicó a procurarle a este objetivo su legitimidad teórica, recordando, en particular en la trigésimo cuarta de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, que, habiendo comprendido el alcance del psicoanálisis como "psicología de las profundidades", se vio llevado a admitir que, en cuanto "nada de lo ejecutado o creado por los hombres es comprensible sin el concurso de la psicología", de ello resultaban "espontáneamente las aplicaciones del psicoanálisis a numerosos ámbitos del saber, en particular los de la ciencia del espíritu, aplicaciones que se imponían y reclamaban su elaboración".
Esencial para el desarrollo del psicoanálisis y la adquisición del estatuto pleno de disciplina científica, la aventura del psicoanálisis aplicado fue vivida por Freud como una conquista militar y colonial. Lo atestigua la correspondencia con Carl Gustav Jung, Oskar Pfister o Sandor Ferenczi. Hubo por lo tanto una logística, reflejada en proclamas institucionales (el psicoanálisis aplicado figura en un buen lugar en la declaración de los fines de la International Psychoanalytical Association [IPA]), en la investigación sistemática en colaboración con especialistas de las ciencias del espíritu, que los psicoanalistas conocían sólo superficialmente, y finalmente en actividades editoriales. Fue así como, en 1907, con la publicación del ensayo de Freud titulado El delirio y los sueños en la "Gradiva " de W Jensen, se creó la colección de los Schriften zur Angewandten Seelenkunde (Monografías de psicoanálisis aplicado).
Muy pronto esta serie demostró ser demasiado estrecha para permitir el desarrollo de un sector en plena expansión. Surgió entonces la idea de una revista totalmente dedicada a trabajos de psicoanálisis aplicado, "no médicos", como precisaría Freud en una carta a Jung del 29 de junio de 1911; una revista que Hamis Sachs y Otto Rank iban a fundar en 1912, que llevaría el nombre de Imago, y a la cual Freud dedicó muchos recursos y energía. En particular, publicó en ella las primeras versiones de Tótem y tabú, así como su estudio "El Moisés de Miguel Ángel", que hizo aparecer sin firma. Con independencia de lo que haya podido decir Freud, quien en una carta a Edoardo Weiss del 12 de diciembre de 1933 habló al respecto de un "hijo del amor" que era también un "hijo no analítico", ese anonimato era el signo de sus vacilaciones sobre la validez del psicoanálisis aplicado. En una carta a Karl Abraham del 6 de abril de 1914 se refirió a dicho estudio, criticando su "carácter diletante" y añadiendo que ese diletantismo era algo difícil de evitar "en los trabajos para Imago".
En otra carta a Abraham del 4 de marzo de 1915, hablando de su "Guerra y muerte", calificó ese ensayo de "charla de actualidad”, precisando: "Por supuesto, no faltan en esto reticencias interiores".
La ambivalencia freudiana respecto del psicoanálisis aplicado se refleja tanto en las contribuciones del propio Freud como en las reacciones contrastantes que este ámbito suscita en la comunidad psicoanalítica.
En primer lugar, es preciso observar que, a pesar del entusiasmo provocado por el psicoanálisis aplicado en el círculo freudiano y más allá, el propio Freud practicó muy poco la psicobiografía (que por otra parte execraba cuando pretendía aplicársele a él). Con la excepción de una breve colaboración incluida en el libro de Rank El mito del nacimiento del héroe, donde desarrolló la noción de la novela familiar, acerca de estas cuestiones Freud adoptó una posición singular. En todos sus trabajos considerados propios del ámbito del psicoanálisis aplicado, se puede en efecto constatar la existencia de un segundo objetivo, puramente teórico, que casi siempre reemplaza a la aplicación pura y simple.
Por ejemplo, el estudio sobre Leonardo da Vine¡ (1452-1519) se distancia de las psicobiografías habituales para dar un paso hacia la teoría de la sexualidad, en particular en el enfoque de la homosexualidad. También Tótem y tabú supera los límites de sus referencias etnológicas, ya perimidas en el momento de su publicación. En Psicología de las masas y análisis del yo Freud recurrió a la psicosociología francesa de Gustave Le Bon (1841-1931), pero muy pronto abandonó ese marco para elaborar el primer ensayo teórico dedicado a los aspectos de lo que se denominaría el fenómeno totalitario, y plantear, teórica e históricamente, los fundamentos de la segunda tópica. Y la obra que firmó con William C. Bullitt (1891-1967) sobre el presidente Thomas Woodrow Wilson sigue siendo hasta hoy el único intento de comprender los procesos subyacentes en la emergencia del fenómeno del "gran hombre", tema que se vuelve a encontrar en la última obra de Freud publicada durante su vida, Moisés y la religión monoteísta.
En la actualidad, el psicoanálisis aplicado es objeto de juicios particularmente contrastantes. En el mundo de lengua inglesa, autores tan diferentes como Ernest Jones y Peter Gay ubican por igual una parte importante de las obras de Freud bajo el rótulo de psicoanálisis aplicado, sin que ello suscite el menor debate; en cambio, en la comunidad psicoanalítica francesa esa expresión es objeto de un rechazo particularmente violento.
Se pueden proponer dos explicaciones para la reacción francesa: la primera corresponde a la preocupación de algunos psicoanalistas, entre ellos Daniel Lagache, de recobrar para el psicoanálisis una respetabilidad que la ligereza de numerosos ensayos de psicoanálisis aplicado le hicieron perder. Al mantenerse a distancia de ese tipo de proyectos -ilustrado sobre todo en Francia por la psicobiografía de Edgar Allan Poe (18091849) debida a Marie Bonaparte y por las diversas obras de René Laforgue-, y desarrollando trabajos articulados especialmente con la teoría y la clínica de la cura, estos psicoanalistas apuntaban a obtener para su disciplina el reconocimiento universitario que hasta allí le había faltado. La otra razón fue expuesta por Jacques Lacan en su intervención sobre la cuestión del psicoanálisis aplicado, en su reseña crítica de la obra de Jean Delay titulada La Jeunesse d’André Gide.
En ese artículo, Lacan afirmó en particular que "El psicoanálisis, en sentido propio, sólo se aplica como tratamiento, y por lo tanto a un sujeto que habla y escucha"; cualquier otra forma de aplicación sólo podía serlo en sentido figurado, es decir, imaginario, sobre la base de analogías, y como tal sin eficacia.
Psicoanálisis aplicado
La expresión «psicoanálisis aplicado» designa, en la acepción corriente, al psicoanálisis cuando «se aplica» su saber teórico y su método a objetos exteriores al campo de la cura (tales como las obras literarias o artísticas, pero también las religiones, las instituciones, la medicina, la economía, la política, la justicia, el deporte y cualquier otra disciplina).
La expresión proviene del título Ensayos de psicoanálisis aplicado dado a la recopilación de una serie de artículos de Freud sobre el tema. De estos artículos, escritos en su mayor parte entre 1910 y 1923, citemos El Moisés de Miguel Angel, Sobre el sentido antitético de las palabras primitivas, El motivo de la elección del cofre, Un recuerdo de infancia en «Poesía y verdad».
El término «aplicado» pegado al de «psicoanálisis» no siempre tuvo consecuencias felices, en tanto pudo llevar a privilegiar la idea del apoderamiento por parte de un saber totalmente constituido de un objeto pasivo que no tendría ningún efecto de retorno sobre dicho psicoanálisis. Tal concepción del psicoanálisis «aplicado» puede encontrarse por cierto en algunas obras de los psicoanalistas de la primera hora, que no contenían su entusiasmo militante por un instrumento teórico capaz de abrazar «totalmente» la significación «escondida» de una obra y las motivaciones «profundas» del autor puestas al desnudo por un diagnóstico colonizador (cf. Edgar Poe de Marie Bonaparte, que además tradujo al francés en 1933 los Ensayos mencionados en el párrafo anterior).
Esta acepción no es la de Freud, que, en El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W Jensen, nos dice de entrada: «(...) los poetas y los novelistas son aliados preciosos (...) Son, en el conocimiento del alma, los maestros de nosotros, hombres vulgares, pues abrevan en fuentes que todavía no hemos podido hacer accesibles a la ciencia». Esta perspectiva freudiana será retomada por Lacan en su Hommage fait à Marguerite Duras du ravissement de Lol V. Stein [Homenaje hecho a Marguerite Duras por el encantamiento de Lol V. Stein]. «Sería una grosería -dice- atribuir la técnica confesa de un autor a alguna neurosis (...) la única ventaja que un analista tiene derecho a tomar de su posición es recordar con Freud que en su materia el artista siempre lo precede y que por lo tanto no tiene que hacerse el psicólogo allí donde el artista le franquea el camino».
Pero Lacan también dirá: «El psicoanálisis no se aplica, en el sentido estricto, más que como tratamiento, por consiguiente, a un sujeto que habla y escucha»; y agrega, dándonos los límites del llamado psicoanálisis aplicado: «Sólo puede tratarse, fuera de este caso, del método psicoanalítico, aquel que procede al desciframiento de los significantes sin consideración por ninguna forma de existencia presupuesta del significado».
Si tomamos el ejemplo de la obra literaria, y si retenemos la acepción común del «psicoanálisis aplicado», no se trata por consiguiente de abordar la obra como un síntoma neurótico, no se trata de «comprender», de remitir el discurso del escritor a un saber constituido, sino de confiar en el escritor, en el trabajo de la escritura y la coherencia interna de la obra, en su desarrollo lógico. Y, lejos de un discurso manifiesto que esconde un sentido profundo, se trata de operar un desciframiento de los significantes en juego, o sea, de tomar el texto a la letra.
«La práctica de la letra converge con el uso del inconciente», nos dice Lacan. Edipo nos hace oír lo que dice todo sujeto y «Hamlet no es un caso clínico. No es un ser real, es un drama que se presenta como una plataforma giratoria en la que se sitúa el deseo». La práctica del llamado psicoanálisis aplicado comienza en general en el analista por un interrogante que tiene su elaboración en el encuentro con una obra, un acontecimiento o una disciplina particular. Lo que constituye el punto de encuentro entre el psicoanalista «aplicante» y la obra es la manera en que la obra va a cernir un mismo punto de imposible, un efecto de real, con la lógica de los instrumentos que le son propios. Por eso, si el psicoanálisis aplicado a una obra o a otra disciplina ha permitido a veces ilustrar o ejemplificar la teoría, para ofrecer didácticamente una presentación de ella a un público más amplio, el apoyo tomado en la obra, el hecho de servirse de un saber para interrogar a otro saber, está allí para permitir franqueamientos, para ofrecer vados a los avances teóricos.
Esto es totalmente coherente con la teoría lacaniana de los cuatro discursos, en la cual el discurso psicoanalítico es el que interroga y pone a trabajar a los otros discursos.
Citemos, entre los ejemplos más famosos de psicoanálisis «aplicado» en Freud, al Edipo por supuesto, a la Gradiva de Jensen, al motivo de los tres cofres, a Hamlet, a Goethe, al Moisés de Miguel Angel, a Leonardo da Vinci, pero también a Moisés, a las religiones, a la Iglesia, al ejército, a la civilización moderna, etcétera.
Del lado de Lacan, La carta robada de Edgar Poe, Booz dormido [La leyenda de los siglos, Victor Hugo], El balcón de Genet, Hamtet, Antígona y Edipo en Colona de Sófocles, la trilogía de Claudel, El encantamiento de Lol V. Stein, Joyec, pero también la pintura, la lingüística, las matemáticas.
Y a propósito de James Joyce, ¿no se puede, por otra parte, remitir al encuentro de Jacques Lacan con la topología y el nudo borromeo (véase topología), que menciona por primera vez en 1972, en el seminario Aún? Psicoanálisis «aplicado» al nudo borromeo, por cierto, pero en tanto este es portador de respuestas potenciales a cuestiones cruciales y a obstáculos del psicoanálisis.
Gracias a Jacques Lacan, el nudo borromeo recibe nuevos títulos de nobleza, es reconocido en su justo valor y llega así a su destino. En retorno, «se aplica» a la teoría psicoanalítica, la cuestiona y la hace avanzar. Tomemos el ejemplo del seminario de Lacan sobre Joyce, donde Lacan postula el nudo de cuatro redondeles, siendo el cuarto el del «sinthome» como suplencia de una «falta» en el anudamiento borromeo. ¿Y qué decir del hecho de que, gracias al nudo, el objeto a ya no puede ser considerado como el resultado de un corte sino de un encaje por medio de este mismo anudamiento? Todas estas postulaciones cuestionan al psicoanálisis en cuanto a su fin y tienen notables incidencias o «aplicaciones» en la práctica de la cura, En este sentido, por ejemplo, ¿qué decir de la interpretación en análisis y del escrito poético, si recordamos que en 1977 Lacan dice: «sólo la poesía permite la interpretación»? ¿Cómo hacer pasar no sólo al dicho o al escrito la verdad de la estructura, sino también cómo hacerla consecuente, como obtener efectos de sentido reales en la cura e incluso en nuestros intercambios cotidianos y en el campo social? ¿No nos podrá ayudar el nudo borromeo en estas cuestiones que se le plantean al psicoanálisis y, por lo tanto, a todo aquel que habla y escucha?
Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares
Definición
La expresión Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares -que da título a este diccionario- plantea al menos dos cuestiones:
A) el significado de la expresión "configuraciones vinculares" (C.V.)
B) un nuevo campo clínico-teórico para el psicoanálisis.
A) 1) Los términos configuración y configurar tienen en lengua vulgar significados que interesa reproducir. Configuración es la acción de configurar(se), la forma o el aspecto exterior de las cosas. Configurar viene del latín configurare, compuesto en parte por figurare, derivado de figura que a la vez deriva de fingere que significa fingir, conformar, dar a una cosa forma.
2) Aplicado a vínculos menciona entonces las figuras, las formas prototípicas en que se organizan los conjuntos multipersonales por efecto de determinaciones del orden inconsciente.
La C.V. es una hipótesis de nivel intermedio entre lo manifiesto y los contenidos fantasmáticos inconscientes y en un sentido más amplio y general designa la modalidad misma del agrupamiento dentro del encuadre terapéutico: pareja, institución, familia o grupo.
B) Como intenta mostrar este diccionario, el nuevo campo clínico lleva a una ampliación de la teoría. En ésta, las alianzas, acuerdos, pactos, trama fantasmática serán expresiones que aluden a un nuevo objetivo psicoanalítico: el develamiento de lo inconsciente que estructura al conjunto.
Origen e historia del término
I. En general hay coincidencia bibliográfica en cuanto a que la psicoterapia de grupo es iniciada en E.E.UU. por Pratt en 1905 en una sala de tuberculosos como método terapéutico auxiliar. Su técnica activa sentimientos de rivalidad, emulación y solidaridad entre pares y estimula la identificación con un terapeuta idealizado. Se la denomina Terapia Exhortativa Patemal que actúa "por el grupo"; maneja las emociones colectivas sin intentar comprenderlas.
De esta corriente se separan las Terapias de Estructura Fraternal, que si bien actúan también "por el grupo", buscan abolir todo liderazgo externo a favor de un par que se propone como modelo (ej.; Asociación de Alcohólicos Anónimos).
También en la corriente de Psicodrama creada por Moreno, quien trabaja originalmente en Viena y luego en E.E.UU. tras su migración, hay ciertos elementos del segundo tipo de terapia "por el grupo", si bien se trata de un instrumento terapéutico más sofisticado. Consiste en la dramatización de los conflictos psicológicos de un paciente por parte de un equipo de psiquiatras y ayudantes que ofician de "Yo auxiliares".
II. Slavson, Schilder y Klapman abandonan las técnicas de apoyo y sugestión y transportan la técnica psicoanalítica al grupo. Las prácticas en salud mental son actos médicos y éstos clásicamente se ejercen dentro de una relación bipersonal. Esto será una de las dificultades para la difusión de las terapias grupales señaladas por Wolf, A. y Schwartz, E. El primero ya en 1938, en Nueva York, agrupa pacientes para dar respuesta a una demanda numerosa con el beneficio adicional de bajar el costo del tratamiento. Las expresiones que utiliza al relatar la experiencia "buscar ayuda y brindarla en público"... "pacientes y analista expuestos al escrutinio de los otros" llevan a pensar que este "psicoanálisis en grupo" poco repara en lo que concierne a los efectos del agrupamiento mismo. No obstante diez años después cuando publiquen sus trabajos sobre la experiencia han de abordar algunos fenómenos propios del grupo como lo que hoy llamaríamos "difracción de la transferencia"
En 1948 Bion, W., en Inglaterra, trabajando con veteranos de guerra convoca y se instala como psicoanalista utilizando la transferencia-contratransferencia en abstinencia y mediante intervenciones interpretativas. Con sutileza y frescura sus descripciones y teorizaciones sobre la clínica de[ agrupamiento (4) toman a éste como una totalidad.
III. En la Argentina durante la década de los cincuenta Pichon Rivière, E. desarrolló una práctica de grupos en su trabajo con pacientes psicóticos en el hospicio. Más tarde extendió la experiencia grupal al ámbito de la enseñanza. Entre sus conceptualizaciones aparece la idea de vínculo como una ampliación del concepto de relación de objeto (v. Vínculo)
En 1957 Langer, M, Grinberg, L. y Rodrigué, E. introducen la "Micro-sociología" o "Técnica Interpretativa de Grupo" al tomarlo como fenómeno al que se dirige la interpretación y concebir lo individual como efecto de la participación en el marco colectivo.
El interés por el abordaje clínico de familias cobra nuevo impulso cuando, a mediados de los años sesenta en E.E.UU., surgen desarrollos ---con gran repercusión en nuestro medio--- sobre lo que se denominó Teoría de la Comunicación, algunos de cuyos conceptos, como "doble vínculo", "cerco de goma", etcétera son, a la vez, utilizados para construir una teoría psicógena ambientalista de la psicosis.
Paralelamente a nivel internacional y en nuestro medio despiertan interés los estudios antropológicos de Lévi-Strauss, C. (V. Estructuralismo) y comienza a pensarse el traslado de sus concepciones estructuralistas a la clínica.
En lo que respecta a parejas, en los años cincuenta ya existían en el medio psicoanalítico trabajos escritos sobre el conflicto matrimonial desde las referencias de pacientes tratados en el dispositivo clásico.
Dos décadas después tendremos abordajes de la pareja en forma conjunta, con marcos referenciales diversos.
Finalmente, en la clínica Tavistock, durante la post-guerra en Inglaterra, se desarrolla una línea de trabajos psicoanalíticos sobre institución.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
I. A principios de los años ochenta Puget, J. Games Chaves, G., Romano, E. y Bernard, M. publican "El grupo y sus configuraciones. Terapia psicoanalítica". Este libro incluye un capítulo sobre pareja, al igual que el publicado por Langer, M. Grinberg, L. y Rodrigué, E. en 1961.
Los autores desarrollan un modelo propio con referencias a ideas de otras escuelas grupalistas como por ejemplo el C.E.F.F.R.A.P. (Círculo de Estudios Franceses para la Formación y la Investigación Activa en Psicología Dinámica de la Personalidad y Grupos Humanos). Citamos del prólogo : "El grupo terapéutico es un grupo secundario primarizado mediante la regresión y el encuadre. Despierta ansiedades básicas grupales --caos y masificación- con sus correspondientes defensas, lo que nos llevó a formular la hipótesis de configuraciones diádicas, triádicas y triangulares".
En apretada síntesis este dispositivo de "terapia psicoanalítica" -aún ha de transcurrir un tiempo para que se utilice el nombre de psicoanálisis- propone el mismo rehusamiento o abstinencia simbolizante presente en el dispositivo bipersonal. Pero a diferencia de aquél, la posición asimétrica del analista aquí sólo se sostiene en la función normativa y de interpretación.
En una transferencia con multiplicidad de depositarios la regresión no sólo transcurre en tiempos diferentes al dispositivo clásico sino que los contenidos han de ser distintos. Esta cuestión es planteada cuando al desarrollar "fantasía inconsciente" se afirma que "...(el grupo) hace posible el abordaje a una conflictiva intersubjetiva y dificulta el abordaje a partes de la personalidad a las que sólo se tiene acceso en una terapia bipersonal ......
Años más tarde Puget, J. ha de desarrollar una ampliación de la teoría del inconsciente a partir de esta observación clínica.
La afirmación guarda también relación con las consideraciones sobre "organizadores del grupo" de la escuela francesa.
En lo que refiere al par asociación libre - atención flotante, el primer término adopta una forma peculiar en el agrupamiento pues, a partir del relato de un miembro los demás han de sentirse o no convocados a "encadenar" lo suyo. El analista, dispuesto a la atención flotante, tiene frente a sí un exceso de estímulos (ver adelante Problemáticas Conexas) aunque a la vez puede tomar otra distancia de la escena.
Consideremos por último conflicto y configuración. Respecto del primero, tenemos una modalidad que pasa por la clásica problemática inclusión-exclusión debido a ..."las expectativas narcisistas de establecer vínculos diádicos". Y complementariamente el deslizamiento del rol manifiesto al de un lugar -personaje- en el fantasma del otro (doble estructura de roles). En base a las características atributivas-distributivas de la fantasía inconsciente de cada miembro hay una "propuesta" a los otros de que ocupen un lugar en ella.
En lo que refiere a configuración, frente a las "ansiedades básicas grupales de caos o masificación", la defensa pasará por adoptar configuraciones diádicas, triádicas o triangulares. Caos o masificación son las dos situaciones de máxima indefensión del individuo en un grupo habiendo pérdida del intercambio (ver adelante Problemáticas Conexas). Se le llamó configuración a las estructuras comunicacionales en las que a) diádica: no hay hiancia entre el sujeto y sí mismo (monólogo), dos miembros, o dos subgrupos, etcétera b) triádica: la exclusión de la terceridad tiende a caer c) triangular: en este momento de la teoría el acento se pone en el predorninio del fantasma sexual edípico y su correlato, las ansiedades de castración. Más adelante la triangularidad-terceridad implicará reconocer un espacio entre cada individuo y la posibilidad de intercambio de significaciones en un código común.
II. El desarrollo de la teoría de las C.V. ha tenido una interlocución permanente con el C.E.F.F.R.A.P. y particularmente con la obra de Kaës, R. Éste será continuador y ha de ampliar la tarea iniciada por Pontalis, J.B. (1963) y Anzieu, D. (1965) los primeros en interrogarse en Francia sobre si el grupo constituye un objeto para el psicoanálisis". En este trabajo afirma: "No es obvio que en un grupo un psicoanalista como tal tenga lugar..." aún cuando allí ..."se produzcan experiencias específicas del inconsciente y de sus formaciones."
Efecto paradójico del grupo: ilusionar encontrar afuera aquello que complete el grupo interno y a la vez descentrar el yo imaginario de su propia representación omnipotente, autónoma y unificada. De aquí desprende el autor una de las mayores dificultades clínicas cuando, oscilando hacia el primer postulado de la paradoja el grupo funcione como resistencia "manteniendo en estado las relaciones internas entre los objetos, las instancias, los sistemas".
Además partiendo de una idea de Major, R., sostiene que "el dispositivo de la cura psicoanalítica fue inventado contra el efecto de ligadura imaginario del grupo histérico" y que "Freud designa el lugar del psicoanalista por detrás de la escena, fuera del espacio de la representación especular en la que se precipitan seducción y dominio". Por último recuerda la afirmación de Lacan, J . yo diría que mido el efecto de un grupo por lo que añade de obscenidad imaginaria al efecto del discurso".
En suma, respecto del dispositivo freudiano el grupal es regresivo y en relación a la afirmación de Lacan, J. -si ha de ser tomada como interdicción y no como desafío clínico- el trabajo psicoanalítico con grupos es transgresivo. Regresión y transgresión han de situar en riesgo el -contrato narcisista" del analista de grupos con la institución psicoanalítica.
Interesa señalar que, dadas las condiciones de encuadre (estudiadas exhaustivamente por Bleger, J.) "...que hagan justicia a las características del inconsciente..." el grupo produce un "discurso asociativo significante", "cadena asociativa grupal" donde se ha de oír la palabra de uno distinta a la del otro, lo que tienen de propio y de común", lo no dicho y lo no decible. Esto último remite a su teoría sobre las distintas formas de negatividad.
En el grupo serán analizables: "los efectos de ligadura... sucesión mimética, de asociación identificatoria, de ilusión... de transferencia etcétera; los efectos catárticos relacionados con la descarga de pulsionalidad y los efectos de análisis,...”desligamiento y re-articulación de significaciones ... efectos de individuación y de interdependencia subjetivante".
III. A partir de los años setenta podemos citar un conjunto de autores argentinos y extranjeros que hacen avances en la clínica de familia y de pareja: Willi, J., Teruel, G., Liendo, E. y Gear, M. C.
La originalidad del Psicoanálisis de las C.V. estuvo en tomar como objeto de estudio y tratamiento el vínculo (V. Vínculo), ubicándolo además, en el caso de pareja y familia, dentro de las estructuras de parentesco.
El vínculo transcurre en la intersubjetividad, y da origen a representaciones mentales inconscientes por efecto de la presencia del otro (imposición). Posee una estructura -lo cual le confiere una estabilidad aunque susceptible de transformaciones- y sus elementos y representación (V. Representación Vincular) guardan entre sí relaciones de correlación y oposición. Es bidireccional y le es inherente toda la problemática de la ajenidad y el exceso.
Los desarrollos psicoanalíticos respecto del inconsciente clásico y sus representaciones sujetas a condensación y desplazamiento producidas en ausencia del objeto quedan adscriptas a lo que se denominó intrasubjetivo.
La pertenencia del sujeto al conjunto está adscripta a representaciones conscientes, preconscientes e inconscientes propias de lo transubjetivo (Transubjetividad y Tres Espacios).
Podemos señalar, como problemáticas de la intersubjetividad, los motivos de la elección mutua de la pareja, los pactos y acuerdos fundantes en el zócalo inconsciente (V. Zócalo Inconsciente), la forma en que la alianza semantiza la relación con las familias de origen (V. Estructura Familiar Inconsciente y Avúnculo) y cómo se realiza la transmisión de significados a lo largo de las generaciones. En su libro de 1988, Puget, J. y Berenstein, I. acuñan la noción de parámetros definitorios. Éstos son: la cotidianeidad, las relaciones sexuales, la tendencia monogámica y el proyecto vital compartido.
Las C.V. diádicas, triádicas y triangulares se constituirán en un operador teórico al describir una tipología de las parejas en función de tres elementos: 1) modalidad y significado que cada pareja le da a los parámetros, 2) grado de discriminación entre los yoes -lugar de la terceridad y 3) emociones circulantes.
En la clínica de familia el concepto de C.V. como operador técnico ha sido menos utilizado que en la clínica de pareja. No ha encontrado aún un lugar en el trabajo psicoanalítico con instituciones.
Problemáticas conexas
A partir de la clínica de los dispositivos multipersonales se abren diversidad de consideraciones sobre la condición humana y el psiquismo. Pensamos que el hilo conductor es una ampliación del concepto de narcisismo.
Kaës, R. afirma que no se trata de comprender cómo se expresa el inconsciente en el grupo sino más bien de sostener que el campo psíquico se estructura en el grupo, en la red grupal de la palabra y en la corporeidad. En el grupo el sujeto apuntala su narcisismo, al mismo tiempo que sufre por el descentramiento que el agrupamiento provoca. Doble es la sujeción: a) a la cadena transgeneracional -grupo vertical- marcado por lo negativo, los sueños no realizados en cada eslabón y b) al grupo horizontal, contemporáneo, que también demanda su sacrificio.
Puget, J. destaca la imposibilidad de no pertenecer a una estructura vincular, así como la posibilidad siempre existente de elegir cómo hacerlo, lo cual tiene interesantes consecuencias éticas.
Al trabajo de representación ligado al desamparo originario, la pulsión y el deseo se agregan los efectos de la imposición de lo otro, de lo ajeno, un exceso que también provoca trabajo psíquico. Puget, J. señala dos excesos: el que constituye el otro en sí mismo y un exceso propio, ligado a la necesidad del otro para construir la subjetividad.
Lo distinto del otro puede clasificarse en tres categorías: a) aquello que ayuda a construir la subjetividad, en la medida en que puede ser transformado en semejante, b) aquello que constituye lo desconocido pero dinamiza el vínculo con el otro y c) aquello que permanecerá por siempre ajeno, con características amenazantes, en cuanto produce alteración en la estabilidad de la estructura, y que sin embargo, debe ser aceptado y recibir un lugar en el vínculo.
La subjetividad es un proceso nunca acabado que requiere del intercambio en la intersubjetividad. El resguardo del narcisismo como baluarte en las parejas y las familias será la adhesión a las significaciones provenientes de las familias de origen.
Psicoanálisis de niños
El psicoanálisis de niños no es un ámbito separado del psicoanálisis. En todos los países del mundo, la formación requerida para poder ser psicoanalista de niños es la misma exigida para la práctica con los adultos. Si bien el psicoanálisis de niños mantiene desde siempre una relación particular con la pedagogía, la medicina (la pediatría), la psiquiatría (la paidopsiquiatría) y la psicología, no se ha creado ningún término técnico (precisamente del tipo de "pediatría" o "paidopsiquiatría") que lo designe como especialidad. Oskar Pfister, que practicó muy pronto el psicoanálisis de niños en Suiza según la tradición de los pastores, inventó el término "pedanálisis" como denominación de la pedagogía psicoanalítica, Pero la palabra no se impuso. A pesar de ésto, los psicoanalistas de niños, que son también psicoanalistas de adultos, tienen a menudo la impresión de ser distintos de los otros psicoanalistas.
Así como el psicoanálisis nació de la medicina y después de la psiquiatría (y de la psiquiatría dinámica), la práctica del psicoanálisis de niños es heredera de la filosofía de las Luces. En todos los países se introdujo por cuatro vías: la medicina, la psiquiatría, la psicología y la pedagogía. En Francia tomó la vía de la psiquiatría o la psicología, mientras que en otros países de Europa (en general protestantes) se difundió más bien sobre el terreno de la pedagogía, y por lo tanto del análisis profano. En los otros lugares se mezcló con las disciplinas conexas.
Fue el oficial de sanidad francés Jean-Marc-Gaspard Itard (1774-1838), admirador de Philippe Pinel (1745-1826), quien realizó la primera descripción de un tratamiento moral aplicado a un niño: Victor del Aveyron (1789-1828). El caso de este "niño salvaje" sería considerado el prototipo de una cura de la psicosis infantil con autismo. Suscitó numerosos comentarios, y fue llevado a la pantalla por François Truffaut (19321984). Capturado en el bosque en 1800, a los 12 años, Victor fue llevado a la Institución de Sordomudos de París. Itard trató de enseñarle a hablar, sin lograrlo nunca.
Los trabajos de Philippe Ariés (1914-1984) sobre el niño y la familia en el Antiguo Régimen, los de Michelle Perrot sobre la familia y la vida privada, y los de Élisabeth Badinter sobre el amor materno han demostrado que el lugar acordado al niño en la familia varía según las sociedades, y sobre todo que se ha modificado considerablemente desde el siglo XIX, bajo el efecto del culto a la maternidad. En esta época terminó de imponerse una visión rousseauniana de la infancia, y el niño se convirtió en objeto de un apego específico que crecería con los progresos de la medicina, y después con la generalización de la anticoncepción de las sociedades industriales. Parece evidente que cuanto más desciende la tasa de mortalidad infantil, más dolorosa resulta la pérdida de un hijo. Asimismo, cuanto más el hijo es conscientemente deseado o "programado", más importante se considera su lugar en el afecto parental.
En este contexto, y más tarde en el de la crisis de la familia burguesa, el psicoanálisis de niños tomó impulso a principios de siglo, cuando Sigmund Freud, que había puesto de manifiesto el papel principal de la sexualidad infantil en el destino humano, le propuso a su amigo Max Graf que analizara a su hijo Herbert Graf (Juanito).
En la historia del psicoanálisis, la función de analizar a los niños le cupo primeramente a las mujeres. Esa función, llamada "educativa", no las obligaba a estudiar medicina (carrera en general reservada a los hombres), y les permitía adquirir muy pronto una gran libertad, así como ocupar un lugar importante en el movimiento freudiano. En este sentido, el análisis de niños favoreció la emancipación femenina. Pero fue también el ámbito de múltiples dramas. Las psicoanalistas de la primera y la segunda generación analizaron a menudo a sus propios hijos, o confiaron esa tarea a colegas allegados. Entre las mujeres psicoanalistas de niños hubo un número impresionante de muerles violentas: cuatro suicidios (Arminda Aberastury, Sophie Morgenstern, Tatiana Rosenthal, Eugénie Sokolnicka), y un asesinato (Hermine von Hug-Hellmuth).
Después de Sandor Fereenzi, que fue uno de los más grandes clínicos de la infancia a principios de siglo, y de August Aichhorn que se ocupó de los niños delincuentes en Viena, también otros hombres se dedicaron a esta rama del psicoanálisis: en particular Erik Erikson, René Spitz, Donald Woods Winnicott y John Bowlby.
En el área del análisis de niños (como en la de la sexualidad femenina), dentro de la International Psychoanalytical Association (IPA) se enfrentaron dos grandes concepciones, después de la publicación, en 1909, del historial de Juanito: la concepción de la escuela vienesa, representada por Anna Freud, su padre y los primeros discípulos de este último, y la de la escuela inglesa, representada desde 1924 por Melanie Klein. Para la escuela vienesa, el análisis de niños no debe comenzar antes de los cuatro años, ni ser realizado "directamente", sino con la mediación de la autoridad parental considerada protectora. Sigmund Freud sostuvo esta postura con argumentos perfectamente coherentes, como lo demuestra su correspondencia con Joan Riviere: "Nosotros planteamos como algo previo -escribió el 9 de octubre de 1927- que el niño es un ser pulsional, con un yo frágil y un superyó que está sólo en vías de formación. En el adulto trabajamos con ayuda de un yo fortalecido. Por lo tanto, no somos infieles al análisis si tomamos en cuenta en nuestra técnica la especificidad de niño, en el cual, en el análisis, el yo debe ser sostenido contra un ello pulsional omnipotente. Ferenczi ha hecho la observación muy ingeniosa de que si la señora Klein tiene razón, ya no hay verdaderamente niños. Naturalmente, la experiencia tendrá la última palabra. Hasta el momento, mi única constatación es que un análisis sin objetivo educativo no hace mas que agravar el estado del niño y tiene efectos particularmente perniciosos con los niños abandonados, asociales."
Para Melanie Klein, por el contrario, había que abolir todas las barreras que impedían que el psicoanalista accediera de modo directo al inconsciente del niño. A su juicio, la protección de la que hablaba Freud era un señuelo al cual había que oponer una verdadera doctrina del infans (el niño entre los 2 y 3 años), es decir, del niño que aún no habla, pero que ya no es un lactante, porque ha reprimido al lactante en él.
Si Freud fue el primero en descubrir en el adulto al niño reprimido, Melanie Klein, a través del interés por la psicosis y por las relaciones arcaicas con la madre, fue la primera que identificó en el niño lo que ya está reprimido, es decir, el lactante. En consecuencia, ella propuso no sólo una doctrina, sino también un marco necesario para la realización de curas específicamente infantiles: "Le proporcionó al niño un marco analítico apropiado -escribió Hanna Segal-, es decir que los horarios de las sesiones son fijados de manera estricta: cincuenta y cinco minutos, cinco veces por semana. El consultorio está especialmente adaptado para recibir a un niño. Sólo hay en él muebles simples y robustos, una pequeña mesa y una silla para el niño, otra silla para el analista, un pequeño diván. Las paredes son lavables. Cada niño debe tener su caja de juguetes reservada para el tratamiento. Los juguetes son escogidos cuidadosamente. Hay casitas, pequeños personajes de uno y otro sexo, preferentemente de dos tamaños distintos, animales de granja y animales salvajes, cubos, pelotas, bolitas, y otros materiales indispensables, tijeras, hilos, lápices, papel, pasta de moldear. Además, en la habitación debe haber un vertedero, pues el agua desempeña un papel importante en ciertas fases del análisis."
Freud dijo en 1927 que la experiencia tendría la última palabra. Ahora bien, la experiencia parece haberle dado la razón en todo el mundo a las teorías kleinianas, que se impusieron con fuerza entre todos los profesionales de la infancia. Pero en todas partes han sido revisadas, corregidas, transformadas, modificadas, en el sentido de una mayor participación de los progenitores en el despliegue de la cura. Por otro lado, la herencia de la escuela vienesa fue recogida por los partidarios de las experiencias sociales y educativas, desde Margaret Mahler hasta Bruno Bettelheim.
Francia es uno de los pocos países donde el kleinismo no hizo escuela; han influido en cambio dos fuertes tradiciones: la primera, vinculada con la psiquiatría hospitalaria y la Société psychanalytique de Paris (SPP), fue conducida por Serge Lebovici y René Diatkine. La segunda se forjó a partir de la herencia de las grandes pioneras: Eugénie SokoInicka, y después Sophie Morgenstern. Fue primero representada por Françoise Dolto, y más tarde por Jenny Aubry, Ginette Raimbault y Maud Mannoni, todas ellas ligadas a Jacques Lacan y a la École freudienne de Paris (EFP).
Muy influida por Winnicott, Maud Mannoni, cuyos trabajos son conocidos en todo el mundo, creó en 1969 la École expérimentale de Bonneuil-sur-Marne, que recibe a niños y adolescentes psicóticos.
Psicoanálisis del niño
(fr. psychanalyse de l’enfant; íngI. psychoanalysis of children; al. Kinderpsychoanalyse). Aplicación del psicoanálisis a los niños.
Considerado a menudo como una forma menor del psicoanálisis delegada a las mujeres no médicas o a los aprendices de psicoanalistas, el psicoanálisis del niño se ha impuesto como un campo de investigación y de creación excepcionales.
Su notable extensión a la psiquiatría del niño, cuyo cuerpo teórico alimenta [debemos hacer notar que esto sucede así en el marco hospitalario francés, y no en otros lados], pero también a campos conexos como la educación y la prevención, ha contribuido a la difusión del psicoanálisis y a la trivialización de algunos de sus conceptos. Este éxito y la doxa que ha generado, por ejemplo con respecto al desarrollo pretendidamente armonioso del niño y a un ideal de normalidad, son indisociables de la acción de los analistas de niños en las instituciones y en el terreno de la formación.
Los analistas de niños, efectivamente, han sido a menudo creadores de instituciones para niños y formadores proselitistas. Comprometidos con la vida de las ciudades, ya sea en la Viena de 1920 (Aichhorn con los delincuentes, Anna Freud que funda una escuela modelo, o luego la Jackson Nursery) o en la Londres de posguerra (la Hampstead Clinic de Anna Freud, la Tavistock Clinic de Melanie Klein) o en los Estados Unidos (la Escuela Ortogenética de Chicago de Bruno Bettelheim, la Child Analytic Clinic de Cleveland) o en Francia (el Centro Claude Bernard en 1946, los C.M.P.P. a partir de 1964, la Escuela Experimental de Bonneuil de Maud Mannoni, las Casas Verdes de Françoise Dolto), han tendido siempre a promover lugares específicos, una práctica específica, una formación específica, han buscado trasmitir su saber, su experiencia, y mantener vivas estas cuestiones en las sociedades de psicoanálisis a las que pertenecían.
¿Constituye sin embargo el psicoanálisis de niños, con todo ello, una disciplina aparte, una especialidad aparte?
Freud y el niño. Para dar cuenta de la etiología de las neurosis, ya desde los Estudios sobre la histeria (1895), Freud supone la existencia de un trauma sexual precoz ocurrido en la infancia. Aunque ya había descrito las zonas erógenas y las formas pregenitales de la excitación sexual en 1897, sólo muy lentamente terminó por reconocer la sexualidad infantil y por hacer de ella el verdadero pivote de la organización neurótica. En 1905, con los Tres ensayos de teoría sexual, Freud indica precisamente a sus alumnos la orientación a seguir: «Puesto que la fórmula según la cual los neuróticos han permanecido en el estado infantil de su sexualidad o han sido llevados a este estado comienza a dibujarse en nuestro espíritu, nuestro interés se volverá hacia la vida sexual del niño y pondremos nuestra energía en seguir el juego de las influencias que gobiernan el proceso evolutivo de la sexualidad infantil hasta su culminación bajo la forma de perversión, de neurosis o de vida sexual normal». El pedido que Freud hace a los primeros analistas de que verifiquen directamente en los niños la validez de sus teorías suscita numerosas observaciones, en particular la de Herbert Graf, llamado «el pequeño Hans». Conducido por su padre, bajo la alta autoridad de Freud, este constituye el caso princeps del análisis de niños, publicado por Freud en 1909: Análisis de la fobia de un niño de cinco años (el pequeño Hans). (Véanse Hans, fobia.)
La observación de Hans confirma las tesis de Freud sobre la sexualidad infantil, la angustia de castración y el complejo de Edipo. Permite afirmar la normalidad de la neurosis infantil y propone una comprensión de la fobia. Demuestra, además, la posibilidad de llevar adelante la cura de un niño pequeño y permite imaginar una profilaxis de las neurosis gracias a una educación basada en el psicoanálisis. Por primera vez, la palabra de un niño de cinco años es escuchada, trascrita por su padre analista, y relatada a Freud; el niño ya no es sólo un objeto de cuidados, de educación o de amor, sino también la fuente de un nuevo saber. De este modo, a semejanza del neurótico, el niño deviene sujeto de estudio del psicoanálisis; es él quien da testimonio de la realidad de la neurosis infantil y quien, al mismo tiempo, suscita la inmensa esperanza de poder prevenirla. En el texto de 1915, De la historia de una neurosis infantil (el Hombre de los Lobos), Freud compara «el análisis que se realiza en el niño neurótico con el del adulto, en el que la enfermedad del niño va a resurgir a través de los recuerdos». De este modo, el psicoanálisis de niños es de entrada una parte integrante del psicoanálisis: no se distingue de él, pues la teoría sobre el niño se elabora indisociablemente de la teoría analítica misma,
Hermine Hug-Hellmuth (1871-1924) es la primera en Viena en tener una práctica casi exclusiva con niños y en elaborar cuestiones teóricas precisas concernientes al análisis del niño, Fiel alumna de Freud, escribe desde 1912 numerosos artículos, publicados en Imago, entre los cuales una memoria en 1913, La vida psíquica del niño, y, en 1920, en A propósito de la técnica del análisis del niño, introduce el uso del juego. Pero es sobre todo el Diario de una niña el que suscitó un verdadero escándalo: fue acusada, como también el psicoanálisis, de arrebatar a los niños su inocencia (Entharmlosung). Caída en el olvido, su obra fue suplantada por las obras de Anna Freud (en Viena) y Melanie Klein (en Berlín), las que aparecen en la escena analítica a partir de 1920.
Anna Freud y Melanie Klein. El antagonismo célebre entre Anna Freud y Melanie Klein, si bien es por cierto fruto de una sólida enemistad, encuentra también su fundamento lógico en la naturaleza misma de sus investigaciones y de su objeto de estudio: una y otra no se interesan en el mismo «niño»; bien por el contrario, ellas exploran dos campos heterogéneos con instrumentos conceptuales radicalmente diferentes, aunque provenientes de la teoría de Freud.
A Anna Freud (véase Freud, Anna), pedagoga de formación, el psicoanálisis le permite ante todo llevar a cabo «una observación psicoanalítica» del niño y «verificar» las hipótesis de su padre. El niño que le interesa es en primer lugar el de la fase de latencia y el de la pubertad; es el niño que habla, en el que se puede ver la neurosis in statu nascendi; pero es también el niño víctima de sus padres, de la educación, de la pedagogía, de la miseria social y, luego, de la guerra. Preocupada por «observar» a los niños, siempre creyó imposible analizarlos antes de que se estableciesen los procesos secundarios y la verbalización. De la misma manera, las patologías graves son excluidas de su campo de estudio, que permanece exclusivamente centrado en la neurosis y las variaciones de la normalidad (El yo y los mecanismos de defensa, 1936). A lo largo de toda su vida, intentó promover una «educación psicoanalítica» del niño, formando educadores y maestros, creando lugares específicos «capaces de asegurar una prevención de la neurosis» (Normalidad y patología en el niño, 1965).
Su elaboración teórica pretende estar en continuidad con la de Freud; se apoya en particular en los Tres ensayos, en Inhibición, síntoma y angustia y en la teoría del yo de la segunda tópica. Su primera obra, El tratamiento psicoanalítico del niño, que agrupa sus primeras conferencias de 1926-27, tiene el mérito de desarrollar los puntos singulares de la práctica con niños (los padres, la trasferencia, la dificultad de las asociaciones verbales) y de poner de manifiesto el ideal de omnipotencia que anima a esta práctica.
Desde ese momento, la línea divisoria entre Anna Freud y Melanie Klein queda establecida virtualmente. Si Anna Freud permanece reticente a la cura psicoanalítica del niño, Melanie Klein (véase Klein, Melanie) encara desde un principio la cura analítica de niños muy pequeños, antes incluso del lenguaje. Para ella, no es la educación lo que puede provocar cambios en un niño, sino el trabajo analítico, que permite la exploración del inconciente. El niño que le interesa es el de antes del lenguaje, el de antes de la neurosis infantil (tal como Freud la define): se trata del terreno del infans, situado más acá de la amnesia infantil, y por extensión, de la psicosis infantil y el autismo (Psicoanálisis de niños, Desarrollos en psicoanálisis, Contribuciones al psicoanálisis).
Melanie Klein afirma que el inconciente de un niño de 2 a 3 años ya está constituido, ya está ahí, y que puede desplegarse en la trasferencia en la cura. El mundo interno del niño está compuesto para ella por ¡magos primitivas, resultado del proceso de introyección de las diferentes imágenes de la realidad; está poblado de monstruos, de demonios, y su sexualidad es fuertemente sádica. Para tener acceso al inconciente del niño, Melanie Klein recurre a la técnica del juego; el juego libre del niño es para ella el equivalente de las asociaciones libres; los elementos del juego pueden ser considerados análogos a los elementos del sueño en el adulto y sometidos al análisis, pues son la expresión simbólica de los fantasmas, los deseos y las experiencias del niño, cuyo contenido latente puede ser interpretado. En 1935, publica un artículo fundamental, Contribución al estudio de la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos, en el que aísla la posición depresiva infantil como posición central del desarrollo del niño; pone en evidencia las angustias psicóticas que subtienden la neurosis infantil, de la que elabora una nueva definición (hace de ella una estructura precoz de defensa contra las angustias). El objeto parcial y la pulsión de muerte constituyen los pilares de su elaboración teórica: descubre la importancia de los mecanismos de escisión y propone un cambio radical de perspectivas al insistir en los aspectos creadores de la posición depresiva.
Melanie Klein situó siempre su obra en continuidad con la de Karl Abraham, de la que fue discípula de 1921 a 1924. Su aporte teórico es reducido frecuentemente a la expresión de una dialéctica basada en los pares antagónicos: objeto bueno/objeto malo, objeto total/objeto parcial, introyección /proyección, paranoide/depresivo, cuando en cambio le ha abierto al psicoanálisis el terreno hasta entonces inexplorado del infans y de la psicosis. Lacan le ha rendido homenaje a menudo en sus seminarios, saludando su justeza clínica y su espíritu creador, al mismo tiempo que puntualiza los callejones sin salida de su teoría.
De estos dos cuerpos teóricos se pueden, con todo, desprender algunas cuestiones recurrentes que parecen específicas del psicoanálisis del niño: la cuestión de los padres y del campo social (como alternativa de ser tomados en cuenta o ignorados), la cuestión del uso de una técnica específica (el juego) y del manejo de la trasferencia (hacer una alianza con el niño o interpretar su trasferencia negativa), la de la finalidad de la cura y del imperativo terapéutico, la de la psicogénesis y el desarrollo del niño. Cada grupo responde de manera singular a estas cuestiones: así, mientras que para Anna Freud la profilaxis de la neurosis se sitúa en el nivel de la educación, para Melanie Klein depende de un psicoanálisis sistemático preventivo, hecho a partir de los tres años de edad. Sólo la definición del encuadre técnico del psicoanálisis del niño parece serles común: debe desarrollarse a razón de cinco sesiones semanales de cincuenta minutos. Winnicott (véase Winnicott, Donald Woods), independiente de las dos orientaciones, mantiene la misma definición. De este modo, es el encuadre ante todo el que para los anglosajones permite hablar de análisis o de psicoterapia.
Originalidad e invención. Si las teorías kleinianas fueron introducidas en Francia recién hacia 1960 y si la influencia de Anna Freud fue modesta, el éxito de Winnicott fue, por el contrario, muy grande, y su aporte teórico muy extensa e incluso abusivamente incorporado [observemos que en Argentina la influencia de M. Klein fue enorme desde la década de 1940, muy poca la de A. Freud, y fuerte la de toda la escuela inglesa siempre, en el psicoanálisis, con gravitación social pero escasa proyección hacia el campo de la psiquiatría y la educación]. Su teoría del self (falso self/verdadero self) y sobre todo la del objeto transicional y del espacio potencial constituyen referencias importantes. Para él, el juego del niño es una experiencia cultural esencial que abre el camino de la sublimación. Se interesa particularmente en las interrelaciones madre/hijo, e introduce la noción de «ambiente facilitador», insistiendo en la evolución de la dependencia a la independencia. Citemos por ejemplo El papel de espejo de la madre y de la familia en el desarrollo del niño y La capacidad de estar solo. Sus textos De la pediatría al psicoanálisis y Juego y realidad dan testimonio de un acercamiento original al otro, de un pensamiento muy elaborado y de un estilo inimitable que hacen particularmente delicada la posibilidad de la trasmisión de su práctica con los niños.
Los analistas franceses que se interesaron en los niños desarrollaron su actividad en numerosas instituciones; no se trató de análisis en sentido estricto, sino de psicoterapias dispensadas por analistas. Algunos crearon lugares de cuidados específicos como los C.M.P.P. (Centros Médicos Psicopedagógicos), o el Centro Alfred Binet, otros se incorporaron a lugares de cuidados pediátricos o neurológicos,
El servicio de neuropsiquiatría infantil del profesor Heuyer en la Salpêtrière [conocido hospital de París donde en su momento Freud asistió a las clases de Charcot] acogió de 1934 a1940 a Sophie Morgenstern, psicoanalista polaca que desarrolló la técnica del dibujo infantil y que, en 1937, publicó Psicoanálisis infantil.
Después de la guerra, el trabajo de Françoise Dolto (véase Dolto, Françoise) en el hospital Trousseau es muy notable. Lejos del marco confortable del análisis, escucha el sufrimiento de los niños y elabora todo un trabajo con ellos: más que ninguna otra, ilustra la fórmula que dice que «el análisis del niño es el trabajo hecho por un analista con un niño». Supo hacer valer la palabra de los niños, escucharlos, responderles, situar su síntoma en relación con los Otros reales encarnados por los padres. Conoció un éxito mediático resonante, justificado por su presencia, su carisma, y por un sentido de la interpretación fuera de lo común y por ello difícilmente trasmisible. Su libro El caso Dominique y sus seminarios sobre el dibujo infantil son buenos testirnonios de su estilo y de sus interpretaciones. Tenía también una preocupación por la prevención y hubiera querido ver multiplicarse las «Casas Verdes» donde pudiesen encontrarse los padres con sus hijos para hacer circular la palabra y para que se abriese una dimensión dialéctica entre los adultos y los niños. Esperaba así intervenir precozmente, antes incluso del surgimiento de los síntomas, fuera de todo marco terapéutico.
En el seno de su escuela, Lacan le permitió a Françoise Dolto y a otras (Maud Mannoni, Rosine Lefort) llevar adelante sus investigaciones de manera independiente y hacer valer su práctica.
Lacan. Si bien Lacan no se interesó nunca directamente en el psicoanálisis del niño, el niño sin embargo forma parte de su elaboración. Inaugura de este modo referencias teóricas que modifican radicalmente las concepciones psicoanalíticas sobre los niños. Así, El estadio, del espejo (Congreso de Marienbad, 1936) constituye una referencia tópica, un momento lógico en el que se originan el yo [moi] y la alienación imaginaria al semejante. La formalización del Otro y del objeto a va a permitir situar diversamente el lugar del niño y su relación con los Otros reales. Pero es el seminario La relación de objeto (1956-57) el que constituye un verdadero manual clínico del psicoanálisis del niño; propone allí un modelo teórico del desarrollo del niño que se sitúa en ruptura con las ideas dominantes de la época (los estadios instintivos). Demostrando las carencias de las diferentes teorías existentes, va a situar, por su parte, el lugar central de la falta en la subjetividad, y gracias a los tres registros, real, simbólico e imaginario, define y articula entre ellos los conceptos de privación, frustración y castración. A través del modelo dialéctico madre-hijo-falo, intenta dar cuenta de la organización preedípica, es decir, de la intersubjetividad en la que se basa la subjetividad del niño, en tanto no está solo, en tanto es dependiente de esos Otros reales que son los padres. Es esta dialéctica imaginaría madre-hijo-falo, referida a la dimensión simbólica del padre, la que va a llevar al sujeto al complejo de castración. Lacan elabora allí la teoría del significante y retorna cuestiones clínicas tales como la fobia, la perversión o la anorexia.
En otros seminarios, como Las formaciones del inconciente y El deseo y su interpretación, intenta formalizar el advenimiento del sujeto a la palabra y su capacidad de enunciación, y el niño es situado así en la teoría como un tiempo mítico, como una ficción, como el lugar de una suposición lógica que permite dar cuenta de la estructura y de la dialéctica imaginaria de la alienación al otro.
Estos señalamientos teóricos nos posibilitan pensar la práctica con los niños de otro modo que como una intuición genial. El niño está por cierto en una posición particular con respecto al psicoanálisis: está incluido en la teoría y es a la vez objeto singular de una práctica. Sujetos de una palabra propia, de deseos sexuales, del inconciente que el psicoanálisis les ha reconocido, para algunos niños el síntoma sigue siendo el único medio de hacerse oír. Pero, ¿a quién pertenece el síntoma? ¿Se trata acaso del síntoma del niño que da testimonio de su propia estructura o se trata de síntomas reactivos al inconciente parental?
A través de esta cuestión recurrente puede ser inscrita una especificidad de la práctica con niños: esta supone en efecto que la escucha analítica se despliega en el nivel de la dialéctica padres/hijos, de sus bloqueos, de sus impasses, tanto como en el nivel de los propios procesos psíquicos del niño. Apreciar su valor, el sentido del síntoma, y poder plantear las indicaciones justas, tal es la apuesta de este trabajo, de la que da testimonio el libro de J. Bergès y G. Balbo, L'enfant et la psychanalyse (Masson, 1994).
Psicoanálisis salvaje
Al.: wilde Psychoanalyse.
Fr.: psychanalyse sauvage.
Ing.: wild analysis.
It.: psicoanalisi selvaggia.
Por.: psicanálise selvagern, o inculta.
En sentido amplio, tipo de intervenciones de «analistas» aficionados o Inexpertos, que se basan en conceptos psicoanalíticos a menudo mal comprendidos para interpretar síntomas, sueños, palabras, actos, etc. En sentido más técnico, se califica de salvaje una interpretación que no tiene en cuenta una determinada situación analítica, en su singularidad y en su dinámica actual, en especial revelando directamente el contenido reprimido sin tener en cuenta las resistencias y la transferencia.
En el artículo que consagró al análisis salvaje Psicoanálisis «silvestre» (Über «wilde» Psychoanalyse, 1910), Freud lo definió ante todo por la ignorancia; el médico cuya intervención critica había cometido errores científicos (referentes a la naturaleza de la sexualidad, de la represión, de la angustia) y técnicos: «constituye un error de técnica lanzar bruscamente al rostro del paciente, durante la primera visita, los secretos que el médico ha adivinado». Así, puede decirse que todos aquellos que tienen «alguna noción de los descubrimientos del psicoanálisis», pero no han recibido la formación teórica y técnica necesaria efectúan un análisis salvaje.
Pero la crítica de Freud va aún más lejos: se extiende a los casos en que el diagnóstico formulado es correcto y la interpretación del contenido inconsciente exacta. «Ya hace mucho tiempo dejamos atrás la concepción según la cual el enfermo sufre de una especie de ignorancia: suprimiendo ésta mediante la comunicación (acerca de las relaciones causales entre su enfermedad y su biografía, los acontecimientos de su infancia, etc.), la curación sería segura. Pero no es este desconocimiento en sí el factor patógeno, sino el hecho de que esta ignorancia se basa en resistencias internas que le dieron origen y que continúan manteniéndola [...]. Comunicando a los enfermos su inconsciente, se provoca siempre en ellos una reactivación de sus conflictos y una agravación de sus dolencias». Es por esto que tales revelaciones exigen que la transferencia esté bien establecida y que los contenidos reprimidos se hayan aproximado a la conciencia. De lo contrario, crean una situación de ansiedad no controlada por el analista. En este sentido, el método analítico en sus comienzos, todavía mal diferenciado, como subrayó Freud con frecuencia, de ¡as técnicas hipnóticas y catárticas, puede calificarse hoy en día de salvaje.
Sin embargo, sería presuntuoso considerar el análisis salvaje como algo propio de psicoterapeutas no cualificados o como algo perteneciente a épocas pasadas del psicoanálisis, lo que constituye un modo cómodo de creerse a salvo del mismo. En efecto, lo que Freud denuncia en el análisis salvaje no es tanto la ignorancia como cierta actitud del analista que encontraría en su «ciencia» la justificación de su poder. En un artículo en que Freud aborda la cuestión del análisis salvaje, aunque sin utilizar este término, cita el Hamlet: «¿Creéis que es más fácil servirse de mí que de una flauta?». En este sentido, es evidente que el análisis de las defensas o de la transferencia puede efectuarse de un modo tan salvaje como el del contenido.
Ferenczi definía el análisis salvaje como la «compulsión a analizar», compulsión que puede manifestarse tanto dentro como fuera de la situación analítica; lo contrapone a la elasticidad que exige todo análisis desde el momento en que no se ve en él una estructura edificada según un plan preestablecido. Glover hace observar que el analista que «salta» sobre un lapsus, aísla un sueño o uno de sus fragmentos, halla en ello ocasión de experimentar una «frágil omnipotencia».
Continuando tales observaciones, veríamos en el análisis salvaje, «sabio» o ignorante, una resistencia del analista al análisis singular en el que está implicado, resistencia que ofrece el peligro de conducirla a desconocer la palabra de su paciente y a «imponer» sus interpretaciones.
Psicoanalista
Un abordaje de la cuestión del psicoanalista es de entrada múltiple y moviliza de inmediato numerosos conceptos y categorías psicoanalíticas. Es difícil realizarlo con independencia de la concepción de la cura, que se ha modificado profundamente, y de la evolución de la teoría de las neurosis de transferencia y de su resolución por la cura.
No obstante, se pueden distinguir metodológicamente dos aspectos: la función del psicoanalista en la cura y, por otra parte, su formación y su estatuto con relación a los campos del saber, el «psicoanálisis profano».
La función del analista
En Freud, la definición de las tareas del psicoanalista va acompañando a la comprensión progresiva de la concepción de la cura analítica (lo que en términos más actuales se denomina el marco analítico: un cierto número de puntos de referencia relativamente fijos y definidos, tanto para el analista como para el analizante, que condicionan el proceso, la dinámica de la cura analítica). Pero también depende de los momentos de la construcción de la metapsicología, que determina, por ejemplo, cierta declinación de la interpretación concebida como tarea del analista, en beneficio de la reelaboración concebida como actividad del analizante.
Las tareas del analista resultan entonces diferentes según los descubrimientos clínicos y las invenciones metapsicológicas a las que Freud recurre para pensar la novedad que tiene que enfrentar. En los términos de uno de sus últimos textos, «Sin especular ni teorizar -por poco digo fantasear- metapsicológicamente, no se avanza ni un paso. Lamentablemente, las informaciones de la bruja -metapsicología- no son esta vez ni muy claras ni muy explícitas».
Importa aquí demarcar algunas etapas, ya coyunturales, ya definitivas, en el establecimiento de las tareas y las funciones del analista.
La historia del sufrimiento
Fue en un texto de 1893, al final del caso de Elisabeth von R,, donde Freud definió por primera vez la tarea del analista (der Analytiker), que él llama todavía psicoterapeuta, y que los escritos ulteriores sobre técnica analítica designan sobre todo con el término de «médico» (der Arzt).
Con este texto escrito al final de la primera cura analítica (que se desarrolló desde el otoño de 1892 hasta el verano de 1893), Freud se desprende de la neuropatología y la neuropsicología de las enfermedades nerviosas, y subraya la relación interna y significante entre la historia subjetiva de un sufrimiento y los síntomas clínicos.
«Yo no he sido siempre exclusivamente psicoterapeuta (Psichotherapeut), sino que he practicado el diagnóstico local y las reacciones eléctricas como los otros neuropatólogos, y aún me sorprende singularmente que los historiales clínicos (Krankengeschichten) que escribo se lean como novelas (Novellen) y estén desprovistos, por así decirlo, del carácter serio de la cientificidad (Wissenschaftlichkeit). Tengo que consolarme con el hecho de que lo manifiestamente responsable de este resultado es la naturaleza del objeto de estudio, y no mi preferencia personal: el diagnóstico local y las reacciones eléctricas no tienen ningún valor para el estudio de la histeria, mientras que una presentación (Darstellung) profundizada de los procesos psíquicos (seelischen Vorgänge), a la manera de la que nos proporcionan los poetas (Dichter), me permite, mediante el empleo de unas pocas fórmulas psicológicas, obtener una cierta comprensión del origen y despliegue de una histeria. Estas historias de enfermos (Krankengeschichten) deben considerarse psiquiátricas, pero tienen una ventaja sobre estas últimas: precisamente la relación estrecha entre la historia del sufrimiento (Leidengeschichte) y los síntomas de la enfermedad (Krankheitssymptomen), relación que buscamos en vano en las biografías de otras psicosis.»
Con este texto, Freud toma distancia, e incluso se despide, de la hipnosis, de la catarsis, y de una concepción neurofisiológica de la histeria. Para advertir la novedad de este texto, basta compararlo con un fragmento de la séptima lección de los martes de Charcot, que interroga a una madre sobre su hija histérica:
«La madre: Sí, ella habla de una cosa y después de otra; a veces me llama, o bien me dice que ve un hombre barbudo.
Charcot: ¿Un hombre?
La madre: Sí, a veces un hombre, pero a veces una mujer. ¡El hombre que ve es feo, horrible!
Charcot: Ésta es quizás una historia que resulta inútil profundizar en este momento». (Salpêtrère, Lección del martes 17 de enero de 1888; las cursivas son mías.)
El interés inicial de Freud por la historia singular del paciente lo lleva a renunciar a buscar localizaciones parestésicas; por el contrario, interroga a Elisabeth von R. sobre la fuente representativa de sus dolores, sobre el origen de las representaciones de su cuerpo, e incluso sobre el origen de los libretos que lo ponen en escena de un modo doloroso: «¿De dónde provienen los dolores (Woher rühren die Schmerzen) cuando camina, cuando está de pie, cuando está acostada?».
De manera que la definición que él da de la histeria -«el histérico sufre sobre todo de reminiscencias»- puede ampliarse a la fórmula «el neurótico sufre de representaciones psíquicas inconscientes y/o reprimidas, es decir, de fantasmas o de escenas históricas reprimidas».
La regla fundamental y su correlato
En los escritos técnicos redactados a partir de 1910 para uso de los analistas sobre la conducción de la cura analítica, Freud precisa la tarea del analista, ubicada como correlato de la regla fundamental para el analizante, que consiste en «comunicar sin crítica y sin elección todo lo que le pasa por la cabeza». La expresión «asociación libre», utilizada inapropiadamente, implica una posición más activa que la regla de pasividad impuesta al analizante, en el sentido de comunicar los pensamientos y las representaciones que surjan (Einfall) en su mente.
El correlato para el analista propuesto por Freud en este mismo texto, «como haciendo pareja (Gegenstück) con la regla psicoanalítica fundamental», es el siguiente: «El comportamiento justo que el analista mantendrá consiste en pasar de una posición psíquica (psychische Einstellung) a otra según las necesidades, en no especular o rumiar mientras analiza, y en no someter el material adquirido a un trabajo intelectual de síntesis antes de que el análisis haya terminado».
Lo que Freud propone aquí, en 1912, es en verdad suspender la actividad intelectual en beneficio de la actividad psíquica, una epojé teórica e intelectual, que posibilita el objetivo ideal de una comunicación «de inconsciente a inconsciente», según la teorizará en 1915 en «Lo inconciente». Por ello la función de interpretación inicialmente atribuida al analista pasará progresivamente al analizante, y en 1938 sólo subsistirá la «construcción» como hipótesis intelectual sometida a la apreciación del analizante.
Esta recusación de una posición de saber para el analista aparece además subrayada y teorizada en un escrito técnico del año siguiente, 1913, «Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, l)».
«En la primera época de la técnica analítica, es cierto que, desde una posición de pensamiento intelectualista (in intellektualistischer Denkeinstellung), nosotros sobrestimábamos el saber sobre el enfermo y lo que él había olvidado, y por eso no diferenciábamos nuestro saber del suyo.»
La tarea del analista se realiza a partir de una posición de saber. No diferenciar entre el saber de uno y otro es, de alguna manera, consumar un incesto psíquico con un solo aparato psíquico para dos cuerpos, como en la relación madre/hijo. Mientras que imponer un saber, introducir un saber exterior al paciente (aufgedrängter ausserte Wissen), representa una posición hegemónica, fuera de transferencia, análoga a lo que puede ser un traumatismo psíquico.
En adelante, lo que prima es la aptitud del analista para reconocer la transferencia, para identificarla -«se debe ante todo comenzar por el descubrimiento de la transferencia»-, para poder situarse en el lugar y el momento en que el paciente revive tal escena o tal relación a fin de que pueda operar el proceso psicoanalítico. Las cualidades psíquicas que se eligen al analista son indispensables para que la transferencia se elabore como neurosis de transferencia.
Reelaborar
Con el texto capital de 1914 titulado «Recordar, repetir, reelaborar» se abre una nueva etapa sobre el objetivo de la cura y una nueva articulación entre transferencia, repetición, actuar y resistencia, en cuanto todas estas nociones adquieren un nuevo sentido. También se encuentra modificada la función del analista.
La transferencia es entonces definida como un «fragmento de repetición». Ya no se la considera una relación con objetos (posición que Ferenczi sostiene en 1912 en su texto «Transferencia e introyección», según el cual la transferencia es sólo una modalidad de las introyecciones del sujeto), sino un desplazamiento de representaciones insistentes y repetitivas cuyo soporte es el analista, y cuya escena de actuación es el espacio analítico. Esta concepción de la transferencia privilegia la relación analítica misma por sobre los otros dos polos que son el analizante y el analista.
En adelante, la esencia de la transferencia es más temporal que afectiva; es el desplazamiento temporal de una escena del pasado, olvidada como pasado, y cuya insistencia en resurgir no es más que una forma de la compulsión de repetición (concepto que aparece por primera vez en este texto, según la Standard Edition, tomo XII). Del lado del analizante, la compulsión de repetición en la cura aparece como el intento de abolir ese doble saber, marca de la separación de dos psiques, para hacer coincidir el pasado y el presente en el espacio de la cura.
La tarea del analista consiste entonces en la reconducción al pasado (Zurückführung auf die Vergangenheit) de aquello que el enfermo experimenta como algo real y actual. Esto es lo que, con otras palabras, Freud llama el análisis de la resistencia, la resistencia del paciente a rememorar su pasado y a introducirlo en la escena del presente. «Cuanto más grande es la resistencia, más la rememoración es reemplazada por el actuar (la repetición).»
Desde el punto de partida, la enfermedad psicoanalítica fue definida por Freud como el sufrir de recuerdos que no llegan a constituirse como pasado y que continúan parasitando el presente. La reelaboración es esta actividad intrapsíquica del analizante que puede llevar a su término las repeticiones mantenidas en el dominio psíquico. Y esto en la medida en que el analista es el guardián del marco analítico y de la arena de la transferencia, donde las repeticiones sólo pueden actuar en forma de recuerdos.
La transferencia adquiere entonces un sentido nuevo, el de «neurosis de transferencia», y sobre todo el de «reino intermedio» entre la enfermedad y la vida real, lo que permitirá, si es reelaborada, separar pasado y presente. La finalidad de la cura analítica no es entonces separable del medio para llegar a ese término, curar del pasado mediante un trabajo intrapsíquico.
De lo psíquico a lo somático
En «Análisis terminable e interminable», Freud define el final del análisis en los términos siguientes: «sustituir, gracias al refuerzo del yo, por una solución correcta, la decisión inadecuada que se remonta a la primera época de la vida». Esta formulación remite al yo como totalidad psíquica y corporal («el yo es el cuerpo»), y sobre todo como instancia del presente, de lo actual, de la posibilidad de estar presente en el presente, por oposición a la insistencia repetitiva del pasado, que es la neurosis.
No obstante, esta concepción del final de análisis sigue siendo intrapsíquica, y omite considerar dos tipos de realidades de alguna manera externas a la psique: la realidad del cuerpo, sobre la que Freud, trasponiendo un adagio de Napoleón («la geografía es el destino») escribirá «la anatomía es el destino», y la diferencia de los sexos. Éste es el tema de uno de sus últimos textos metapsicológicos, «Análisis terminable e interminable», que relanza la cuestión del final del análisis, como término, como objetivo, y también el principio mismo de la analizabilidad.
Con el deseo de pene en la mujer y la protesta viril en el hombre (es decir, el rechazo de la feminidad y de la bisexualidad psíquica tanto en el hombre como en la mujer), Freud tiene la impresión de haber alcanzado la roca de origen de lo inanalizable, de lo que no puede ser analizado y ante lo cual sólo cabe «modificar [la propia] posición con respecto a ese factor» (biológico). El complejo de castración no sería analizable porque remite a la roca de lo biológico y de la diferencia de los sexos: esto escaparía a la representación y por lo tanto a una inscripción psíquica, pero pondría de manifiesto una realidad externa al sujeto.
Situación del psicoanálisis
La dificultad del ejercicio de la práctica del psicoanálisis, para el analista mismo, es a la vez tan singular y tan específica que le permite a Freud verificar que esa práctica «rompe todas las estructuras artificiales del analista [lo que Winnicott llamó posteriormente el "falso self”, una especie de protección del sujeto mediante un caparazón teórico] y eventualmente anula en él incluso el recurso de la sublimación» (carta a Lou Andreas-Salomé de 17 de noviembre de 1924).
Este riesgo, inherente a la práctica del psicoanálisis, está en el origen de las principales escisiones del movimiento psicoanalítico, de las reflexiones y de las tomas de posición circunstanciales de Freud acerca del psicoanálisis y el psicoanalista.
En lo que concierne al psicoanálisis, Freud intervino en varias oportunidades pero nunca de manera sistemática, para especificar el lugar de esta disciplina en el campo del saber y de la ciencia. En 1913, en una revista científica internacional, Scientia, publicó un artículo titulado «El interés por el psicoanálisis», texto en el que precisa que el psicoanálisis no forma parte de las «ciencias del espíritu» (Geisteswissenschaft), cuyo equivalente actual serían las «ciencias humanas», sino de las «ciencias de la naturaleza». Esta formulación es sorprendente, pero para Freud significa sobre todo que el psicoanálisis no es un sistema cerrado de representaciones, como puede serlo un sistema filosófico, sin¿ esencialmente un método con un objetivo práctico, la cura analítica. Desde este punto de vista, está construido sobre el modelo de las ciencias, siempre abiertas y nunca acabadas ni acabables, según la concepción de su época.
En cuanto es eventualmente un espacio de interlocución y de enunciación en el que las transferencias, las repeticiones del pasado, pueden organizarse metodológicamente como neurosis de transferencia y regresión psíquica, el psicoanálisis no hace sistema. Freud utilizará también reiteradas veces el término bíblico Shibboleth, como signo de reconocimiento entre analistas, no para designar los artículos de una doctrina analítica, sino mecanismos psíquicos: el carácter dinámico del inconsciente, el complejo de Edipo como apuesta identificatoria, la etiología sexual de las neurosis.
Los mecanismos psíquicos, esos principios de modalidades referenciales del funcionamiento psíquico, se formulan para permitir que en el espacio analítico propio de cada sujeto se verifique individualmente de qué modo se ha constituido el mundo de sus pensamientos, cómo está construido su mundo interior. Precisamente en este sentido el psicoanálisis no es una nueva visión del mundo, ni entra en competencia o en rivalidad con la medicina o la filosofía, con la religión o con la ética.
De modo que la regla de conducta del analista, ante el estado amoroso que surge en la cura, debe apreciarse, no con relación a los «decretos de la moral», sino «según el respeto debido a la técnica psicoanalítica». Esta observación, que aparece reiteradas veces en los escritos de Freud, significa que la ética y la moral existen en forma separada, exteriores al proceso psicoanalítico, y que no coinciden con éste, si no se quiere reintroducir subrepticiamente una visión del mundo en el campo de la cura analítica. En este nivel, esto es corroborado por El malestar en la cultura, en cuyo capítulo VII Freud bosqueja una psicogénesis del sentimiento de culpa, a partir de la manera como se constituye subjetivamente el sentimiento de la falta y de la deuda en su sujeto en lugar de entregarse a una sociogénesis diferencial que tomaría partido por o contra tal formación cultural o religiosa.
Freud introducirá el término «profano», «Laie», para definir, no al psicoanalista, sino el psicoanálisis, porque el psicoanálisis no es del orden de un nuevo discurso, ni un simple discurso fuera de escuadra, sino la teorización de una práctica de interlocución que le hace posible a un sujeto descubrir la constitución de su subjetividad a través de su historia.
En la acepción freudiana, Laie se opone tanto a lo médico como a lo religioso, pero también a lo erudito y lo científico.
Freud emplea por primera vez esta palabra en 1914, en «El Moisés de Miguel Ángel». «Yo no soy un especialista en arte -dice-, sino un profano (sonder Laie)». En 1926, en razón de un proceso por ejercicio ilegal de la medicina al que fue sometido Theodor Reik, en Viena, precisa su pensamiento y define el análisis como profano ante la medicina; lo hace desde la primera frase del texto: «Lo explicaré: profano = no médico; y se trata de saber si se le debe permitir a los no médicos que también ellos practiquen el análisis». Pero si bien opone profano a médico en lo que concierne al ejercicio profesional, en la continuación el texto tiene el cuidado de oponer profano a psicología y a religión como campos del saber.
De la concepción misma del análisis como profano, se desprende para Freud la definición del psicoanalista y de su formación. En cambio, su definición profesional -y esto se ha observado poco- depende de las circunstancias de tiempo y de país, en cuanto lo profano es el psicoanálisis como método, y no el analista respecto de la profesión.
Que para convertirse en analista el analista emprenda un análisis es una necesidad que se fue instaurando progresivamente, y hacia el final de su vida Freud llegó incluso a sugerir que el analista repitiera circunstancialmente su análisis cada cinco años. De modo que la concepción de un análisis didáctico o de formación era extraña a su pensamiento; ningún análisis tiene efecto terapéutico más que en la medida en que es una investigación psíquica personal. Hay una sola forma de análisis.
En cuanto a la formación, Freud declara firmemente «que no se trata de saber si el analista tiene un diploma de médico, sino si ha adquirido la formación particular que necesita para la práctica del análisis». En efecto, tanto el interés de la medicina como su «manera de pensar» son ajenos a la aprehensión de los fenómenos psíquicos».
En cuanto a la «formación más apropiada», sería una que abarque «historia de la civilización, mitología, psicología de las religiones y literaturas», así como «sociología, anatomía, biología e historia de la evolución». Y llega a la conclusión de que sólo los «Institutos de Psicoanálisis» realizan ya en parte ese ideal en 1926.
Esta concepción de la formación analítica puede parecer demasiado vasta o ambiciosa; ahora bien, su especificidad no se basa en la extensión de los conocimientos y la multiplicidad de los campos del saber abiertos a la investigación, sino en la posición particular del psicoanálisis, que indaga el impacto de la cultura sobre un sujeto singular.
En un texto contemporáneo de ¿Pueden los legos ejercer el análisis?, titulado «Los límites de la interpretabilidad» (1925), en «Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto», Freud precisa que «nadie puede ejercer la interpretación de los suenos como una actividad aislada», independientemente de un espacio analítico y como si fuera exportable al campo social; ella «no es mas que una parte del trabajo analítico».
Este acotamiento de la actividad analítica, que es un límite, da testimonio de la preocupación de Freud por analizar en singular.
Psicoanalítica
(técnica)
(fr. technique psychanalytique; ingl. psychoanalitic technique; al. psychoanalytische Technik). Método original inventado por Freud para facilitar la verbalización de lo que es inaccesible para el sujeto en tanto está reprimido.
Hay que ver en ella una descripción de los medios que se ponen en práctica efectivamente en la conducción de una cura y no la codificación a priori de procedimientos tendientes a ritualizarse.
El descubrimiento freudiano supone la existencia de un psiquismo inconciente que nos determina sin saberlo nosotros, inconciente que no es una simple ausencia de conciencia sino el efecto estructural de una represión. Y establece que numerosas dificultades propias del sujeto, numerosos síntomas, no pueden desaparecer a no ser que la represión sea levantada al menos parcialmente y que el sujeto tenga acceso a lo que de ordinario es inaccesible. Hay a partir de allí una paradoja que parece difícilmente superable. ¿Cómo puede el sujeto tomar conciencia de lo que por definición es inconciente en sí mismo? El proyecto parece irrealizable, a menos que se promueva un método enteramente particular, una técnica apropiada para vencer la represión.
Asociación libre y atención flotante. La primera técnica utilizada por Freud, en la cual, por otra parte, hay que ver más bien un procedimiento preanalítico, otorga un lugar predominante a la hipnosis, ya empleada por J. Breuer en el tratamiento de Bertha Pappenheim, designada en los Estudios sobre la histeria con el seudónimo de Anna O. Pero Freud no estaba cómodo en la posición de hipnotizador, demasiado aleatoria y expuesta a menudo a la oposición de los pacientes. El abandono de la hipnosis, al que tuvo que decidirse, acentuó la paradoja incluida en el proyecto original: ¿cómo acceder a lo inaccesible privándose de un medio aparentemente apropiado para el objetivo buscado (al menos por la semejanza supuesta entre el estado que produce la hipnosis y la parte del psiquismo que se encuentra inaccesible)?
Fueron las histéricas, esas enfermas brillantes que constituyeron la primera clientela de Freud, las que sugirieron la solución. Ya Anna O. había puesto en evidencia que lo esencial del método empleado por Breuer residía en la verbalización: talking cure, decía, cura por la palabra, o también chimney sweeping, limpieza de chimenea. Breuer dio a este método el nombre más noble de catharsis (véase catártico (método)). Fue otra paciente, Emmy von N., de la que Freud nos habla en los Estudios sobre la histeria, la que lo incitó a Freud a confiar en las leyes que rigen esta palabra: cuando los obstáculos ordinarios, como la preocupación por la decencia y los modos de pensamiento constreñidos por una «racionalidad» demasiado estrecha, no impiden el funcionamiento de la asociación libre, se presentan otros pensamientos que poco a poco van a ligar -se, a tomar sentido y a dar una idea de los contenidos inconcientes que representan. Pero, para permitir su emergencia, es necesario incitar al sujeto a respetar lo que debía aparecer como la regla fundamental del psicoanálisis, o sea, a decir todo lo que se le presenta a la mente, en el momento mismo en que se presenta, aun cuando le parezca sin importancia, sin relación con lo que habla o embarazoso para decir por la razón que sea: en resumen, incitarlo a abstenerse de toda crítica, de toda selección.
Conviene además situar lo que corresponde a la regla fundamental del lado del psicoanalista. Freud le recomienda que permanezca por su parte en un estado de receptividad, en una apertura, en una disponibilidad tan grande como le sea posible hacia lo que el paciente pueda decir. En el plano de la práctica cotidiana, esto implica que no debe privilegiar un tipo de enunciado por sobre otro. Debe prestarle a todo la misma atención, lo que se designa, de una manera sin duda un poco imprecisa, como «atención flotante». Notemos por otra parte que este método instala del lado del psicoanalista una forma de pensamiento que se emparienta con la del paciente, en cuanto trata de favorecer los procesos inconcientes al menos tanto como la reflexión conciente. El terapeuta debe así, por ejemplo, para captar lo que se le ha dicho, fiarse más de su «memoria inconciente» que de un esfuerzo voluntario de atención.
Por otro lado, uno podría sorprenderse de la importancia que Freud da a esta regla que propone a los analistas, puesto que, en un texto como Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico, 1912, no vacila en decir que todas las reglas que debe emplear el terapeuta pueden reducirse a esta. Uno podría preguntarse por qué el consejo principal dado al analista consiste en evitar lo que podría hacer obstáculo a su escucha, antes que darle medios positivos, teóricamente fundados, para la comprensión del sentido de los síntomas o de las formaciones del inconciente. Es verdad que Freud, por otra parte, pudo describir por ejemplo bastante precisamente el método del que se servía para la interpretación de los sueños. Pero la interpretación de los sueños no constituye por sí misma lo esencial del psicoanálisis. Más aún, si el analista se preocupa sólo de ir lo más lejos posible en el análisis de cada sueño en particular, se arriesga a contrariar el proceso de la cura en su conjunto, ya sea por privilegiar de manera indebida un elemento intelectualmente interesante, ya sea por suscitar resistencias allí donde el sujeto no está todavía dispuesto a admitir concientemente los deseos que su sueño vehiculiza.
El análisis de las resistencias y la crítica de Lacan. La noción de resistencia, justamente, ha sido el centro de uno de los debates más vivos sobre la técnica psicoanalítica. Ya desde el principio, Freud había reconocido que la represión tiene efectos en la cura misma. Cuando el análisis se acerca mucho al «núcleo patógeno» del conflicto inconciente fundamental, el discurso del paciente se hace más dificultoso o aun se interrumpe. Y casi siempre, en el momento en que ya no puede enfrentarse con su propia verdad, traspone sus dificultades a la relación con su analista, repitiendo en la trasferencia lo que no puede verbalizar en su discurso.
En el nivel descriptivo, nadie puede negar que la experiencia impone reconocer estas dificultades. El problema se sitúa más allá, en el nivel de los deslizamientos de la teoría y de la práctica que produjo lo que se llamó el «análisis de las resistencias».
Si la lectura de los textos de Freud permite plantear claramente, a pesar de algunas ambigüedades, el origen de la resistencia en el nivel de las dificultades que encuentra el sujeto para abordar lo real de sus conflictos inconcientes, no ocurre lo mismo con los planteos de los analistas que lo siguieron. Insistiendo en lo que se manifiesta en el nivel de la trasferencia, estos hicieron de la resistencia una dificultad de la relación de persona a persona, de yo a yo [moi à moi] (véase yo) y, sobre todo, codificaron una técnica que buscaba en lo esencial analizar predominantemente en ese plano. W. Reich, por ejemplo, que dirigió el seminario técnico de Viena durante varios años, exigía que se analizaran las resistencias antes de analizar el «contenido» de los conflictos constitutivos de la problemática del paciente. Si el analista no podía vencer la agresividad del paciente (y antes que nada hacer manifiesta la agresividad latente), agresividad dirigida contra aquel que intentaba llevarlo a reconocer sus pulsiones reprimidas, fracasaría inevitablemente. Una interpretación dada antes de haber reconocido y vencido todas las resistencias era inútil. Al proponerla, el analista no haría más que perder sus «municiones» en un momento inadecuado, arriesgándose con ello a encontrarse escaso de argumentos en el momento en que debiesen encararse las cosas más serias.
J. Lacan iba a oponerse firmemente a esta técnica que después de la Segunda Guerra Mundial había alcanzado universal aceptación. Mostró que todo análisis de la resistencia en el nivel de la relación imaginaria con el analista, toda interpretación que situase los problemas en el nivel del ego, del yo, no podía sino incrementar las dificultades porque no hacía sino reforzar las reacciones de prestancia, de celos, de amor o de odio, al analizarlas en este plano. El análisis no es una relación de yo a yo, supone siempre un tercero, aunque más no sea el discurso mismo.
El acto psicoanalítico. Tal toma de posición tiene efectos inmediatos y constantes en la práctica. Por ejemplo, sobre la interpretación: interpretar no consiste en proponer al sujeto un sentido que vaya contra lo que cree comprender, y sobre todo no consiste en intentar imponerse a su aceptación conciente, a su yo oficial, sino más bien en hacer jugar el enigma que la propia enunciación vehiculiza. De este modo, la escansión, la detención de la sesión fuera de la jurisdicción del reloj, no sólo permite que surja en el discurso algún término esencial que así recorta: impide también al sujeto, descaminado por lo que ha podido decir, reasegurarse en su completud imaginaria, pone fuera de juego la resistencia, antes que combatirla o analizarla. Todo esto no es posible evidentemente si se considera que las reglas técnicas de Freud son las prescripciones, deducidas de una vez para siempre, de una ciencia acabada. Freud mismo decía por otra parte que su técnica sólo era un instrumento, un instrumento adaptado a su mano, pero que otros quizá podrían servirse de otros instrumentos. De este modo, ninguna regla técnica dispensa al analista de asumir a su manera la responsabilidad de su acto.
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