Psicoanalítico
(historia del movimiento)
I. Viena y el «Comité». Fue en Viena donde Freud pasó casi toda su vida, salvo los años de su primera infancia (nació en Freiberg, Moravia, en 1856; su familia residió allí hasta 1859, y luego se detuvo por algunos meses en Leipzig) y el último año de su existencia, cuando, echado por la persecución nazi, tuvo que refugiarse en Londres.
La ciudad. La juventud y la madurez de Freud son contemporáneas del reino de Francisco José (1848-1916). Se trata de una época de desarrollo considerable de la ciudad y, en primer lugar, de un desarrollo demográfico sin precedentes (unos 900.000 habitantes en 1869, más de dos millones en 1910). Es un período de florecimiento de la industria y la banca. Es también la época en que ocurrieron las trasformaciones más considerables del marco urbano mismo, con la sustitución de las antiguas defensas por un bulevar circular, el Ring, en el que iban a alternarse edificios públicos monumentales (museos, la Opera, el Parlamento, la Universidad) y ricas mansiones privadas. Pero sobre todo, sin duda, es una época de desarrollo cultural considerable, tanto en la ciencia como en la literatura y en la música. El psicoanálisis surgió, por consiguiente, en un mundo donde las necesidades vitales de la población empezaban a estar mejor garantizadas, en un mundo también donde las aspiraciones intelectuales mismas podían encontrar cierta satisfacción. Esto constituyó quizás una condición necesaria para que pudiese al fin ser interrogada la cuestión del deseo, si se la quiere distinguir de la cuestión de la necesidad, aunque fuese necesidad espiritual. Debe decirse sin embargo que, a pesar de ese clima favorable, fueron muchos los intelectuales vieneses de la época que criticaron la vida cultural de la gran ciudad, a veces en duros términos. Algunos, como Musil, reprocharon a Viena su dependencia de Berlín, sobre todo en el plano editorial. Otros, como Hofmannstahl, criticaron con severidad ciertos aspectos estrechos del pensamiento vienés: «En lo intelectual-escribe- somos como cocottes que sólo se alimentan de champagne y de caviar». Hay que decir que, por considerable que fuese el desarrollo cultural, podía parecer a veces carente de autenticidad, o de originalidad, ya sea, por ejemplo, que en la arquitectura de fines del siglo XIX se hiciese un pastiche de los estilos anteriores (antiguo, gótico, renacentista), ya sea que se buscara inspiración en formas y conceptos tomados de otras grandes capitales europeas, y en particular de Berlín. Así, hacia fines del siglo XIX, Viena ofrecía ese aspecto convencional que, en cierto modo, el psicoanálisis cuestiona en la existencia individual. Es verdad que los primeros decenios del siglo XX debían asistir al surgimiento de formas artísticas nuevas: la «secesión» en arquitectura, el simbolismo de un Klimt en pintura; y en música, sobre todo, la evolución anunciada por Bruckner o Maliler se ve confirmada en Schönberg, Berg y Webern. Es verdad también que los días que siguieron a la Gran Guerra hicieron aparecer mejor una profundidad e incluso una gravedad que los valses de Strauss y el gusto vienés por la opereta disimulaban en el período anterior: basta con pensar aquí en Hofmannstahl o en Schnitzler. Pero, precisamente en ese momento, el público vienés no encontraba en ello la ocasión de serenarse espiritualmente. La época era más bien de inquietud, inquietud sobre los límites de la civilización, que los decenios posteriores confirmarían trágicamente.
La Sociedad Psicológica de los Miércoles. Freud, en todo caso, fue siempre ambivalente con respecto a Viena. Es cierto que residió en ella durante setenta y nueve años y no aceptó de buen grado partir, ni aun cuando la ocupación de Austria lo puso en peligro. Pero no dejó de criticarla durante su vida y de considerar la posibilidad de ir a instalarse en otra parte, por ejemplo Roma, como se lo confía en una carta a su mujer fechada en setiembre de 1907.
Esta ambivalencia (se ha llegado a hablar inclusive de un verdadero odio) se debía en parte a ese carácter un poco provinciano de Viena, pero más, sin duda, a la forma del poder político, puesto que la modernización de la sociedad, curiosamente, estaba acompañada del mantenimiento de una monarquía neo-absolutista. Y sobre todo, esa ambivalencia se debía al antisemitismo casi oficial que reinaba en Viena. Si, hacia sus doce años, época del ministerio burgués, Freud puede escuchar que le predicen que será ministro sin que esto sorprenda a su entorno, las cosas, en cambio, ya han variado mucho en el momento de su madurez, y son conocidas las dificultades que tendrá para obtener un puesto de profesor en la universidad, que, por otra parte, nunca ocupará plenamente.
A todo esto hay que agregarle todavía el tiempo que le requirió a Freud ser reconocido en su ciudad. Se sabe que durante casi diez años, en la época en que introdujo la teoría de la etiología sexual de las neurosis, Freud conoció el aislamiento y la incomprensión.
Sin embargo fue en Viena donde comenzaron a reunirse, a partir de 1902, sus primeros discípulos. Al principio, se trataba de un grupo muy pequeño: dos médicos que habían tenido ocasión de oír las conferencias de Freud, M. Kahane y R. Reitler, otro que había sido tratado por Freud por una afección neurótica, W. Steke1, y por último A. Adler constituyeron con Freud el primer núcleo. Aquello fue «la Sociedad Psicológica de los Miércoles», así llamada porque el grupo tomó la costumbre de reunirse, cada semana, los miércoles, en la sala de espera de Freud. En los años siguientes, otros se unieron a ellos, a veces transitoriamente. En 1906, la primera sesión del año reúne a diecisiete personas, pero por aquella época sólo una decena de miembros asisten a las sesiones y habrá que esperar a 1910 para que el grupo alcance un número demasiado grande como para poder continuar reuniéndose en casa de Freud. Entretanto, en 1908, ha tomado el nombre de «Sociedad Psicoanalítica de Viena».
Los informes detallados de las reuniones, cuya redacción desde 1906 estuvo a cargo de O. Rank, se han conservado [Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena]. Ellos nos muestran bien la composición, el trabajo y el funcionamiento de este pequeño grupo. Muy pronto no se limitó sólo a médicos sino que incluyó a docentes, escritores, y un musicólogo. Durante los primeros años, de todas maneras, era Freud solo, o casi, el que podía beneficiar al grupo con su experiencia del psicoanálisis. Pero los otros estaban lejos de ser únicamente receptores pasivos. Se los ve interesarse por todo, analizar las obras más importantes que se publicaban, de literatura, de historia o de etnología. Se los ve discutir francamente, sin cuidarse unos de otros, lo que no será siempre el caso en las sociedades psicoanalíticas. Se los ve a veces evocar su propia vida, como cuando Urbantschitsch describe su vida sexual hasta su matrimonio. Freud interviene siempre, aun cuando no exponga: rectifica lo que le parece erróneo pero no deja nunca de subrayar la calidad de las intervenciones.
El comité. En resumen, la sociedad de los miércoles, y luego la Sociedad Psicoanalítica de Viena, fueron lugares de real actividad intelectual donde personalidades diversas pero en muchos casos originales comenzaron a retomar de manos de Freud la teoría y la práctica del psicoanálisis. Pero curiosamente el grupo de los primeros discípulos dio muestras a mentido de insatisfacción con respecto a Freud, a quien acusaron de manera más o menos explícita de relegarlos para preferir a los extranjeros que comenzaban a adherir a las tesis del maestro vienés. Esto sucedió, en particular, cuando Freud decidió confiar la presidencia de la Asociación Psicoanalítica Internacional a C. G, Jung, idea que en efecto mostró ser mala porque muy rápidamente este iba a criticar las tesis de Freud, en particular sobre la etiología sexual de las neurosis, y a descuidar por completo su función de presidente para desarrollar sus propias opciones y separarse finalmente del grupo freudiano. Se ha creído poder explicar la excesiva confianza que Freud depositó en Jung a partir de algunas observaciones de Freud mismo: le preocupaba que el psicoanálisis quedase confinado a un medio restringido como el medio judío vienés, y el hecho de que Jung, un célebre terapeuta de Zurich, hubiese adherido al psicoanálisis podía llegar a constituir un comienzo brillante de reconocimiento oficial. Pero tal explicación es sin duda por entero insuficiente.
Más bien es probable que Freud haya sentido las dificultades a las que podían llevar las relaciones en el interior de un grupo cuando estas tienden a anular toda diferencia y cada uno se reconoce con demasiada absorción en el otro, mientras todos buscan estar en un acuerdo absoluto con el maestro. Sin duda, Freud estaba preocupado por preservar las tesis esenciales que había introducido y no dejaba de elevar su voz cuando le parecía que sus discípulos renunciaban a ellas. Pero también alentaba a sus seguidores a labrar por sí mismos, a su manera, el terreno que él abría, antes que buscar una conformidad absoluta con él. Eso es por ejemplo lo que le escribe a Ferenczi en febrero de 1924: «En cuanto a su deseo de permanecer en un perfecto acuerdo conmigo (...) estimo que no es un objetivo deseable ni fácil de alcanzar (...)¿Por qué no tendría usted el derecho de tratar de ver si las cosas no funcionan de una manera distinta de la que me ha parecido? Si al hacerlo se extravía, se dará cuenta solo (...) o yo me tomaré la libertad de hacérselo ver no bien esté seguro de ello».
Se puede exponer esta dificultad a la luz del mismo psicoanálisis. Cuando la personalidad de un maestro domina considerablemente a la de sus discípulos, estos a menudo no tienen otro recurso que intentar inscribirse en una filiación, con todos los avatares que entonces se avizoran: ya sea buscar una conformidad total con lo que representa el padre, ya sea rebelarse contra su autoridad, en tanto que las elaboraciones «teóricas» sólo vienen a dar un pretexto a la rebelión. Esto no podía dejar de producirse en el entorno de Freud.
¿Cómo evitarlo entonces? Habiéndose mostrado insuficiente el recurso a alguna personalidad exterior, como se vio en el episodio con Jung, E. Jones tuvo la idea del «comité», o sea, de un pequeño grupo de amigos fieles, una especie de «vieja guardia» alrededor de Freud que le asegurase la prolongación de su obra. El único compromiso de los miembros sería no cuestionar públicamente los principios fundamentales del psicoanálisis, como el inconciente o la sexualidad infantil, antes de discutirlo con los otros. Este comité se reunió efectivamente por primera vez en mayo de 1913, y Freud le dio a este acontecimiento un peso simbólico particular al ofrecer a cada uno de los que lo componían con él (K. Abraham, S. Ferenczi, Rank, Sachs, luego Eitingon) una piedra tallada griega que cada uno hizo luego montar en un anillo.
Si su objetivo era evitar el retorno de las formas desagradables de conflicto, como las producidas con Jung o con Adler, está claro que el comité fracasó en su tarea. Los años siguientes vieron todavía la defección de Rank, que ni siquiera ocurrió de la forma atemperada que Jones había imaginado para los desacuerdos eventuales futuros. Pero lo esencial no está quizás allí. La idea del comité da cuenta indudablemente de una cuestión esencial para el psicoanálisis. Si la cura analítica a la que cada analista se somete lleva a cada uno a sostener su deseo con menos dependencia, quizá, de las formas convencionales de la vida social, ¿puede imaginarse una forma nueva de lazo social en el grupo analítico que responda a lo que, en la cura, permite prestar atención a aquello que está reprimido en otra parte? La pregunta sigue planteada hoy para las diversas asociaciones de analistas, tal como se le había planteado ya a la Sociedad Psicológica de los Miércoles o a la Sociedad Psicoanalítica de Viena.
II. Algunos hitos en la historia de las instituciones psicoanalíticas. Los conceptos freudianos no fueron todos aceptados en bloque por aquellos que se consideran pertenecientes al movimiento psicoanalítico. La historia del movimiento, efectivamente, está ornada de escisiones por cuestiones teóricas desde el principio.
A partir de 1902, se reunía en Viena, los miércoles, en el domicilio de Freud, un grupo de médicos con el fin de estudiar el psicoanálisis, grupo al que se unirán rápidamente A. Adler, S. Ferenczi, O. Rank y W. Stekel. E. Bleuler, psiquiatra suizo de renombre, y luego su asistente, C. G. Jung, muestran enseguida interés por los descubrimientos freudianos. Jung participa en el primer congreso de psicoanálisis en Salzburgo en 1908 y acompaña a Freud en su viaje a los Estados Unidos (1908). En 1910, durante el segundo congreso de psicoanálisis, en Nuremberg, queda fundada la International Psychoanalytical Association (IPA), «con el fin -escribe Freud- de prevenir los abusos que podrían cometerse en nombre del psicoanálisis una vez que este se haya vuelto popular». El propio Freud dicta después algunas exclusiones: por una parte, las de Adler (1911) y Jung (1913); por otra, la de Rank (1924). Con los primeros, el diferendo recae sobre el papel de la sexualidad como referencia primordial de la causalidad en psicoanálisis; con Rank, sobre cuestiones prácticas, ligadas a la teoría de la regresión y al trauma. Los discípulos más fieles de Freud son K. Abraham, que funda en Berlín el primer instituto de psicoanálisis, y E. Jones, en Londres. Viena, la ciudad de Freud, permanece en el centro del movimiento -al que W. Reich se une en 1920- hasta que el nazismo obliga a una gran parte de los psicoanalistas a emigrar, principalmente a los Estados Unidos. Es en este país, al que se dice que Freud creía haber llevado la peste, donde el psicoanálisis se dejará domesticar más fácilmente: con H. Hartmann, por ejemplo, se convertirá en una especie de psicología adaptativa. En los países socialistas, a despecho de una implantación en los comienzos de la revolución socialista (sobre todo por la actividad de Ferenczi en Budapest, en 1919), pronto el psicoanálisis es excluido totalmente por considerárselo una ciencia burguesa y reaccionaria; esta situación permanece inalterable hasta 1990, donde, de subterráneo y clandestino que era, comienza a hacer algunas apariciones en el mundo de los escritores y en cierta intelligentsia.
En Gran Bretaña, el psicoanálisis tiene un repunte teórico importante: con Melanie Klein, que se opone a Anna Freud con respecto al análisis de niños, se da un paso esencial en la teoría de los estadios preedípicos. Más tarde, los trabajos de D. W. Winnicott, de W. Bion y de D. Meltzer se inscriben en la dimensión desarrollada por Klein, y permiten especialmente el abordaje de las psicosis.
En Francia, habrá que esperar a 1923 para que algunas de las obras de Freud sean traducidas y a 1926 para que Marie Bonaparte, Eugénie Sokolnicka, A. Hesnard, R. Allendy, A. Borel, R. Laforgue, R. Loewenstein, G. Parcheminey y E. Pichon funden la Sociedad Psicoanalítica de París. Esta sociedad tiene como objetivo agrupar a todos los médicos de lengua francesa en condiciones de practicar el método terapéutico freudiano y de dar a los médicos deseosos de hacerse psicoanalistas la ocasión de pasar por el psicoanálisis didáctico indispensable para el ejercicio del método. La sociedad es reconocida por la IPA. J. Lacan es aceptado como miembro adherente en noviembre de 1934, y expone su primer estudio sobre el estadio del espejo en el Congreso Internacional de Psicoanálisis en Marienbad en 1936. La primera escisión del movimiento psicoanalítico francés se produce en 1953 a propósito de lo que se llama la «cuestión del Instituto». Ya desde 1933 existía un Instituto de Psicoanálisis en el seno de la Sociedad Psicoanalítica de París. Después de la guerra, S. Nacht, rodeado por S. Lebovici y M. Bénassy, elabora un proyecto de separación del Instituto de Psicoanálisis (reservado a la enseñanza y la formación de los futuros analistas) de la Sociedad Psicoanalítica de París, y propone también reglamentos para la formación de los candidatos a analistas. Las oposiciones a estos reglamentos se cristalizan alrededor de Lacan, que funda la Sociedad Francesa de Psicoanálisis (S.F.P.), cuyos miembros, por el hecho de su salida de la Sociedad Psicoanalítica de París, no son reconocidos por la IPA. Es también desde esta época cuando la enseñanza de Lacan, que insiste especialmente en el lugar de la palabra y del lenguaje en el psicoanálisis, adquirirla una importancia de primer plano.
En 1963, una nueva escisión, llamada «de la Internacional», ve la luz en el seno de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis: un grupo, compuesto sobre todo por universitarios, aspira al reconocimiento de la IPA, la que dicta la condición sine qua non para la renovación de su reconocimiento: la corrección de la manera en que Lacan conduce sus análisis didácticos. Muchos miembros dan vuelta su posición de 1953. La S.F.P. es disuelta. El 21 de junio de 1964, Lacan funda la Escuela Freudiana de París (E.F.P.), seguido por P. Aulagnier, J. Clavieul, S. Leclaire, F. Perrier, G. Rosolato y J. -P. Valabrega. También se forma otro grupo, la Asociación Psicoanalítica de Francia, que pide y obtiene su afiliación a la IPA. Otra escisión, concerniente al análisis didáctico, se produce en marzo de 1969, alrededor de P. Aulagnier, que deja la E.F.P. para formar el Cuarto Grupo. En 1980, Lacan disuelve la Escuela Freudiana de París. Hará falta sin duda algún tiempo todavía para apreciar correctamente lo que estuvo en juego en esta disolución, así como en la consiguiente constitución de varios grupos que invocan la enseñanza de Lacan. En contrapartida, lo que se ve claramente es que la trasmisión no se opera en el psicoanálisis de una manera simple y directa, como un padre lega su herencia a sus hijos. El psicoanálisis pone a cada uno frente a algo real difícil de aceptar, se trate de la pulsión de muerte o de lo que en la sexualidad se acomoda mal. La tentación es grande en cada uno de olvidar eso real, deslizándose hacia teorías o prácticas edulcoradas, o de intentar amaestrarlo en instituciones burocráticas. A partir de todo esto es comprensible que las renegaciones y los retornos a la inspiración original puedan alternarse: estas dificultades no han impedido, sin embargo, hasta el presente, que el psicoanálisis mantuviese vigente lo más vivo de su experiencia.
Psicodrama
Alemán: Psychodrama.
Francés: Psychodrame.
Inglés: Psychodrama.
Método de psicoterapia creado por Jacob Levy Moreno, derivado de la catarsis y consistente en que el sujeto, con un objetivo curativo, ponga en escena una situación conflictiva, es decir, que la interprete en una escena improvisada de teatro.
Jacob Levy Moreno creó el psicodrama después de su emigración a los Estados Unidos en 1925, para develar teatralmente la verdad del paciente en sus relaciones con el prójimo. La sesión psicodramática está dividida en tres partes: el comienzo, en el que el paciente es invitado a explicar cómo ve su papel; la acción, durante la cual presenta su vida en forma de drama, y el retorno, donde debe explicar como ha sido "alcanzado" por el drama. La sesión apela a todo tipo de técnicas teatrales: inversión de roles, juego de espejos, desdoblamientos de la personalidad, utilización del coro o del soliloquio. Moreno creó también el sociodrama, que se despliega "entre grupo y grupo" y pone en escena conflictos colectivos: las vicisitudes de las minorías negras, de los prisioneros, de los marginales, etcétera.
En psicoanálisis, el psicodrama es utilizado como técnica de apoyo en el tratamiento de la psicosis y de los trastornos narcisistas del niño. De allí la creación de la expresión "psicodrama psicoanalítico", que ha prosperado en numerosos países, integrando algunos conceptos freudianos, como los de transferencia, proyección y fantasma.
Psicología clínica
Alemán: Klinische Psychologie.
Francés: Psychologie clinique.
Inglés: Clinical psychology.
Práctica terapéutica basada en la entrevista directa y en el examen del caso a partir de la observación de las conductas individuales.
La expresión psicología clínica fue empleada por primera vez en 1896 por el psicólogo norteamericano Lightner Witmer, quien la definió como un método de investigación consistente en examinar, con una perspectiva generalizadora, las aptitudes de los sujetos y sus deficiencias. Freud la utilizó una sola vez, en una carta a Wilhelm Fliess del 30 de enero de 1899: "Ahora -escribió- la conexión con la psicología tal como se presenta en los Estudios [sobre la histeria] sale del caos. Advierto las relaciones con el conflicto, con la vida, todo lo que me gustaría denominar psicología clínica." Si bien el método psicoanalítico se basa en una clínica, renuncia no obstante a la observación directa del enfermo, para interpretar los síntomas en función de la escucha del inconsciente. En vista de la vía abierta por La interpretación de los sueños, la noción no podía encontrar un lugar en el vocabulario freudiano.
Pierre Janet retomó este concepto con el nombre de clínica psicológica, como herencia directa de la escuela francesa de psicología y de la enseñanza de Théodule Ribot (1839-1916). Para él se trataba de constituir el ámbito de la psicopatología y dotar a la psicología de una competencia llamada clínica, retirándole a la medicina el privilegio de esa famosa mirada en el lecho del enfermo. Basada en la investigación y el enfoque de las conductas, el análisis de Janet se ocupa menos de estructuras que de funciones. Excluye de su ámbito dos términos esenciales para la práctica psicoanalítica: el inconsciente y la transferencia.
La noción cayó más tarde en desuso, a medida que la psicología como ciencia del sentido íntimo fue reemplazada por un saber freudiano introducido en el terreno mismo de la psicología, la psiquiatría y la medicina.
Sin embargo, a partir de la década de 1960, con el desarrollo del psicoanálisis de masas y la generalización de los estudios de psicología, experimentó un nuevo impulso. Daniel Lagache volvió a darle un vigor particular en 1949, al imponer su programa de integración del psicoanálisis a la psicología. Su objetivo era separar en la universidad la enseñanza de la psicología de la enseñanza de la filosofía, y favorecer el acceso de los no-médicos al psicoanálisis. Pero esto terminó simplemente con la liquidación de una verdadera enseñanza del freudismo en la universidad, en beneficio de la psicología o de un freudismo edulcorado. En este marco, la psicología enseñada se definía como el estudio de casos individuales con un método basado en tres postulados: la dinámica, la totalidad, la génesis. El primer punto tiene que ver con la investigación de los conflictos, el segundo encara la totalidad inacabada del ser según un modelo sartreano, y el tercero quiere aprehender la historia del sujeto en términos de evolución y balance. De estos tres postulados derivan metas prácticas: el psicólogo clínico cura enfermos, educa niños, aconseja a los adultos y reclasifica a los inadaptados.
Psicología colectiva
[o de las masas]
(fr. psychologie collective; ingl. group psychology; al. Massenpsychologie). Estudio racional de las relaciones sociales en tanto están determinadas por factores psíquicos.
Las relaciones de lo individual y de lo colectivo (de lo «social») constituyen uno de los objetos triviales de la epistemología de las ciencias humanas. Hay que admitir que este tema suscita controversias generalmente bastante estériles, sobre todo cuando se busca hacer valer la preeminencia de un abordaje psicológico o de un abordaje sociológico de los hechos humanos.
El psicoanálisis es en cierto modo más radical. Según él, lo colectivo y lo individual obedecen a las mismas leyes, son producidos por mecanismos idénticos, aun cuando esto sólo pueda ser demostrado por ahora en un número reducido de ejemplos.
Es concebible que haya una continuidad entre lo colectivo y lo individual, desde que se observa, con Freud, «que el otro desempeña siempre en la vida del individuo el papel de modelo, de objeto, de asociado o de adversario». Así, la psicología individual se presenta desde el principio, al mismo tiempo y bajo cierto aspecto, como una psicología social, en el sentido amplio, pero plenamente justificado de la palabra» (Psicología de las masas y análisis del yo, 1921). J. Lacan mostrará después que el inconciente está formado por lo que no pudo ser dicho en un discurso dirigido al Otro, o no pudo ser oído en un discurso proveniente del Otro. El inconciente está constituido por la parte faltante de un discurso transindividual, y así incluye de entrada una referencia a una instancia social.
¿De qué fenómenos colectivos, sin embargo, está en mejores condiciones de dar cuenta el psicoanálisis? Freud le ha dedicado numerosas páginas a la constitución de esos grupos ligados por un ideal común, al funcionamiento de esas «masas» frecuentemente conducidas por un líder indiscutido. Toma así de Gustave Le Bon (Psicología de las masas) la descripción de una multitud «impulsiva, móvil e irritable», «inclinada a todos los extremos», influenciable y voluble. Y propone una teorización rigurosa de ella poniendo en serie el estado de enamoramiento, la hipnosis y la masa. En la hipnosis, como en el enamoramiento, el objeto ha tomado el lugar del ideal del yo y se convierte así en el único objeto digno de atención (aun cuando por otra parte «la hipnosis se distingue (...) del enamoramiento por la ausencia de tendencias sexuales directas»). Del otro lado, la hipnosis está tan cerca de la masa (con su fascinación por el líder) que se puede decir que constituye una «formación colectiva de dos». A partir de allí Freud va a presentar lo que pasa en la masa con ayuda de un esquema.
Este esquema permite observar que «una masa primaria se presenta como una reunión de individuos que han remplazado su ideal del yo por el mismo objeto, lo que ha tenido como consecuencia la identificación [recíproca] de sus propios yoes».
El estudio fue escrito en 1921. Se puede estimar que, aparte de su alcance general, anticipa elementos que permitirán captar lo que podrá unir a las masas fanatizadas del nazismo algunos años más tarde. En este sentido, es prolongado por el que constituye sin duda uno de los mejores libros de W. Reich: La psicología de masas del fascismo (1933). Reich resitúa el amor por el jefe (der Führer) en el marco más general de la familia patriarcal. Muestra que las pulsiones sexuales, desviadas de su objetivo, pueden fácilmente trasformarse en sadismo; y que pueden, al mismo tiempo, ser proyectadas sobre el otro, el extranjero acusado de contaminar a la «madre Alemania» (la asimilación del judío a la enfermedad venérea se lee en numerosos textos nazis).
Se puede lamentar que el psicoanálisis contemporáneo no dé mayor espacio a este tipo de investigaciones. Sin embargo, un autor como Lacan, con su teoría de los «discursos», ha suministrado algunos elementos teóricos nuevos que podrían favorecer estas búsquedas.
Psicología de las masas y análisis del yo
Obra de Sigmund Freud publidada en 1921 con el titulo de Massenpsychologie und Ich-Analyse. Traducida por primera vez al francês en 1924 por Samuel Jankélévitch con el titulo de Psychologie collective et analyse du moi, revisada por Angelo Hesnard en 1966. Nueva traduccién en 1981 por Pierre Cotet, André Bourguignon (1920-1996), Odile Bourguignon, Janine Aitounian y Alain Rauzy, con el tituIo de Psychologie des foules et analyse du moi, y en 1991 con el titulo de Psychologie des masses et analyse du moi. Traducida ai inglés por James Strachey en 1922 con el titulo de Group Psychology and the Analysis of the Ego, retomado sin modificaciones en 1955.
Escrita en 1920, a continuación de Más allá del principio de placer, Psicología de las masas y análisis del yo constituye el segundo tiempo de la gran refundación teórica de la década de 1920, cuya tercera parte fue El yo y el ello, publicado en 1923.
En una carta a Romain Rolland del 4 de marzo de 1923, Freud definió su objetivo: "No se trata de que yo considere este escrito particularmente logrado -precisó-, pero él indica el camino que lleva desde el análisis del individuo a la comprensión de la sociedad".
La explicación psicológica de algunos aspectos del funcionamiento de las sociedades humanas, y en particular de lo que sucede con el psiquismo del individuo insertado en la masa, respondía a la preocupación que tenían en esa época escritores como Arthur Schnitzler y Hugo von Hofmannsthal (1874-1929): aclarar las relaciones entre la psique y la política. El objeto sociológico y político de este ensayo, en el que Freud se refiere explícitamente a la concepción aristotélica del hombre como animal político, fue en varios casos eclipsado por traducciones aproximativas. James Strachey, al traducir el término alemán Massen por el inglés group, y no por mass -lo que deplora la Encyclopedia of Psychoanalysis de Ludwig Eidelberg (1898-1970)-, optó por una concepción reduccionista de lo social, característica de la psicología social norteamericana, según la cual el grupo constituye el modelo, reducido o experimental, de la sociedad. Las diversas traducciones francesas no fueron más precisas. Hasta 1981 se privilegió la dimensión cuantitativa (a pesar de que Freud la había refutado), hablándose de psicología colectiva. Un disfraz tanto más notable cuanto que, para traducir el término francés foule utilizado por Gustave Le Bon (1841-1931), Freud empleó el término alemán Massen, y no Menge, privilegiando de tal modo la connotación política. Deseoso de mantener el vínculo con la obra de Le Bon, los autores de la nueva traducción francesa escogieron primero la palabrafoule para traducir Massen, antes de volver a “masse" (masa) en su última versión, conforme a la elección freudiana.
Desde las primeras líneas de su obra, Freud rechaza la oposición clásica entre psicología individual y psicología social, o psicología de las masas, destacando que en la vida psíquica del individuo hay constantemente un otro (modelo, objeto, rival), y que por lo tanto la psicología individual es siempre social. Existe no obstante una diferencia, pero en el interior de la psicología individual, entre las acciones sociales y las acciones narcisistas, en las cuales la satisfacción pulsional se sustrae a los efectos de la alteridad.
¿Qué es una masa, de dónde extrae su capacidad para cambiar al individuo, en qué consiste ese cambio? Freud registra en primer lugar las respuestas aportadas a estos interrogantes por Gustave Le Bon, en su célebre obra La Psychologie desfoules, cuya primera edición data de 1895, y por uno de los fundadores de la psicología social norteamericana, William McDougall, en su libro The Group Mind, aparecido en 1920.
Freud toma nota de los aportes positivos de estos dos autores, pero tiene reservas respecto de las explicaciones que ellos dan de la modificación psicológica del individuo en la masa. Observa que este fenómeno se traduce por un acrecentamiento del afecto y una inhibición del pensamiento. Propone reemplazar la "palabra mágica" sugestión -que treinta años antes ya había encontrado en Hippolyte Bernheim y que Le Bon y McDougall consideraban capaz de dar cuenta de los procesos constitutivos de una masa- por el concepto de libido, fuente energética de las pulsiones actuante en todo lo que tiene que ver con el amor. Formula entonces la hipótesis de que las relaciones amorosas son la esencia del alma de las masas, y enfatiza la función del conductor, parámetro que Le Bon y McDougall habían pasado por alto. Freud se ve así llevado a distinguir entre las masas sin conductor, que él llama masas espontáneas, cercanas al estado de naturaleza, y las masas con conductor, o masas artificiales, que son el producto de la cultura. La Iglesia y el ejército son dos ejemplos de esas masas organizadas con conductor, masas artificiales, puesto que están construidas a partir de coacciones que obstaculizan su disolución espontánea.
Del examen de estos dos ejemplos surge la existencia de dos ejes estructurales: un eje vertical según el cual se organiza la relación de los miembros de la masa con el conductor, y un eje horizontal que representa la relación de los miembros de la masa entre ellos. Diversas observaciones dan testimonio en favor de la naturaleza amorosa de esos vínculos. En primer lugar, en cada uno de esos dos ejemplos se piensa que el conductor (Cristo o comandante en jefe) profesa el mismo amor por cada miembro de la masa. En segundo lugar, en caso de disolución de la masa, aparece un fenómeno de pánico, en el cual se mezclan sentimientos de soledad y abandono, ligados al debilitamiento de los lazos constitutivos de la masa, y generadores de angustia. Finalmente, siempre en apoyo de la hipótesis acerca de la naturaleza libidinal de los vínculos constitutivos de la masa, Freud observa la existencia de un sentimiento de hostilidad, incluso de odio, dirigido a quienes no son miembros de la masa, y que por ello representan un peligro para su cohesión.
Estas observaciones demuestran que el eje vertical, el vínculo con el conductor, es determinante para el eje horizontal, el de la relación entre los miembros de la masa. Y surgen otras cuestiones. Si bien el conductor es indispensable para el mantenimiento de la masa, puede no obstante ser reemplazado por una idea, o por un sentimiento negativo y unificador respecto del objeto exterior a la masa, y el examen de todos estos temas queda subordinado a la demostración, distinta de la simple observación, del carácter libidinal de los vínculos que forman la masa.
En el curso de esa demostración, Freud se ve llevado a abandonar por un tiempo su objeto, la psicología de las masas, para remitirse a reflexiones teóricas anteriores, expuestas sobre todo en un artículo de 1914 ("Introducción del narcisismo"), y otro de 1915 ("Duelo y melancolía"). En consecuencia, por una parte propondrá la teorización acabada de la cuestión de la identificación, proceso que él considera el fundamento del eje horizontal, y por otro lado la reconsideración de la diferenciación del yo, para trazar una distinción clara entre el yo y el ideal del yo. Esta conceptualización llevará en 1923 al emplazamiento, en El yo y el ello, de la segunda tópica, donde el ideal del yo se convierte en el superyó.
Al término de su reflexión, Freud establece que una masa organizada es el producto de un proceso doble. Por un lado, resulta de la instalación por numerosos individuos de un mismo objeto exterior en el lugar de su ideal del yo, o sea de la constitución del eje vertical, que él asimila al vínculo entre el hipnotizado y el hipnotizador. Por otra parte, la genera la identificación recíproca entre esos mismos individuos, o sea el eje horizontal, que Freud considera asimilable a un vínculo amoroso cuya dimensión sexual habría sido sublimada.
Desconfiando de la explicación por el fenómeno de la sugestión, Freud, para dar cuenta de la transformación psíquica del individuo en la masa, saca a luz tres mecanismos. La transformación, dice, es el producto de una limitación del narcisismo, aceptada por cada uno de los miembros de la masa. Esta limitación es consecuencia de la instalación del conductor en la posición del ideal del yo para cada uno de esos individuos. El vínculo amoroso que se establece entre los miembros de la masa actúa como una compensación de la lesión narcisista aceptada.
Más que ningún otro, este ensayo de Freud ha sido objeto de múltiples interpretaciones acerca del contexto en el que fue elaborado y del esclarecimiento que se considera que aportó sobre ciertos tipos de regímenes políticos.
Sobre los orígenes del texto, Jacques Lacan, en "Situación del psicoanálisis y formación de psicoanalistas en 1956", ha señalado que Freud teorizó en ese ensayo los fenómenos cuyas consecuencias negativas, de haber aparecido diez años antes, lo habrían quizá llevado a desconfiar de la organización creada por él mismo, la International Psychoanalytical Association (IPA), con el propósito de preservar y transmitir la verdad de su descubrimiento. Para Lacan, la naturaleza de los vínculos de masa reconocidos por Freud había dado lugar, en cuanto al psicoanálisis y su transmisión, al establecimiento de un imperativo que asignaba como criterio del fin del análisis didáctico la identificación del yo con el analista, fuente de un conformismo y de una suficiencia capaces de edulcorar el carácter subversivo del descubrimiento freudiano.
Se advertirá en este sentido que Freud elaboró su texto en el momento en que un diferendo lo oponía a Karl Abraham. El desacuerdo se refería a un punto de la organización y el funcionamiento de la comunidad analítica. En mayo de 1920, Abraham le había propuesto a Freud que se detuviera en Berlín en septiembre, al volver del Congreso de La Haya, a fin de participar en un ciclo de conferencias cuyo éxito quedaría entonces asegurado. Freud se refirió a un “Trabajo difícil" en curso (se trataba de Psicología de las masas), y respondió subrayando que la creación de un comité debía tener el efecto de que se pudiera "prescindir cada vez más de [su] presencia". Abraham insistió en la necesidad absoluta de que él estuviera en Berlín, explicando que Jones y Ferenczi eran aún desconocidos, y que la presencia de Freud constituiría "el punto de mira de la atención". Freud le respondió el 4 de julio con algo de impaciencia: "Para agosto, tengo un tema difícil en trabajo, que me exigirá una concentración total [ ... ]. Usted dice que el acto de ustedes no tendrá ninguna posibilidad de éxito si yo no estoy allí, pero ésta es justamente la actitud contra la cual quiero luchar." De modo que, precisamente en el momento en que se aprestaba a reflexionar sobre la naturaleza de la psicología de las masas, sobre la función de los jefes, de los conductores y otros personajes supuestamente "carismáticos", Freud se vio llevado a negarse a ocupar ese lugar. Vale la pena subrayar esta coincidencia, aunque, en tal sentido, hay que recordar que a Fritz Wittels, que postulaba la existencia de una relación entre la muerte de Sophie Halberstadt, la hija de Freud, y la redacción de Más allá del principio de placer, el maestro le respondió: 'Trobabilidad no siempre significa verdad".
Los comentadores de la Psicología de las masas se entregaron por otra parte a interpretaciones ambiguas. En el texto ya citado, Lacan circunscribe con una frase definitiva el alcance de la exposición de Freud, revelando en ella "un descubrimiento sensacional", anticipatorio de "las organizaciones fascistas que lo hicieron patente". Poco tiempo después, Jean-Bertrand Pontalis asumió a su vez la apreciación lacaniana, y habló de una "primera explicación psicológica -anticipada- del nazismo". Contemporáneos del clima ideológico de la posguerra en Francia, donde la sombra de los regímenes del Eje aún acosaba a todos los discursos, en especial después de la aparición del libro de Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor Adorno (1903-1969) titulado La dialéctica de la razón, en realidad estos juicios se tomaban libertades con la historia. Si bien el texto de Freud anticipó "por poco" una forma de autoritarismo político, no fue tanto la de las organizaciones fascistas futuras como la que se instalaba en la URSS en el momento mismo en que Freud redactaba este ensayo. El autoritarismo se concretó sobre todo con la adopción de la demasiado célebre "Resolución sobre la unidad del Partido", votada en el X Congreso del Partido Comunista de marzo de 1921, que prohibía la formación de fracciones en el interior del partido, y hacía imposible el debate democrático. Esa resolución se convertiría en la principal herramienta para el ejercicio de la dictadura estalinista que acompañó la instalación del "culto de la personalidad".
Un pasaje del texto, al final del capítulo V, permite por otra parte pensar que Freud tenía perfecta conciencia de la evolución del comunismo soviético. Al referirse al debilitamiento del sentimiento religioso, causa primera de la disminución de la intolerancia y la crueldad que anteriormente habían caracterizado a la Iglesia, escribió: "Si otro vínculo de masa ocupa el lugar del vínculo religioso, como parece estar lográndolo actualmente el vínculo socialista [sozialistischen], de ello resultará hacia quienes están afuera la misma intolerancia que en la edad de las luchas de religión..."
Observemos que los primeros traductores franceses, Samuel Jankélévitch y Angelo Hesnard, utilizaron la expresión "partido extremista" para verter el sozialistischen de Freud, mientras que Strachey, fiel en este punto al texto original, habla de socialistic tie. Hubo que aguardar hasta 198 1, fecha de la nueva traducción, para que el lector francés pudiera volver a encontrar el sentido de esas líneas escritas cerca de quince años antes de la llegada de los nazis al poder.
No obstante, fuera cual fuere la forma del régimen político en el que Freud pensaba, su insistencia en privilegiar el eje vertical de la relación con el jefe lo llevó a desatender otros modos del funcionamiento de lo social y la política, estudiados en particular por Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) a partir de las nociones de lo improbable y lo incierto, nociones éstas que Myriam Revault d'Allonnes, filósofa francesa, ha examinado recientemente.
En 1938 Lacan estudió el funcionamiento de la familia, constatando la declinación, en la civilización occidental, de la ¡mago paterna, y subrayó ya el carácter caricaturesco de la revalorización de esta ¡mago en la ideología de las organizaciones fascistas, que para él ubicaban la pulsión de muerte en el fundamento del vínculo social. Siete años más tarde, en un viaje de estudio a Inglaterra, Lacan descubrió los trabajos de Wilfred Ruprecht Bion, y su utilización por el ejército inglés para consolidar su unidad. Advirtió entonces, como ha escrito Élisabeth Roudinesco, que "una teoría del poder del grupo sin jefe basada en la prevalencia del eje horizontal era superior a una teoría del poder del jefe sobre el grupo basada en el privilegio del eje vertical". Con este enfoque exploró el funcionamiento del eje horizontal, un tanto descuidado por Freud, para demostrar que la libertad inscrita en él dependía de una temporalidad que le dejaba a cada sujeto la posibilidad de hacer suya una decisión lógica. Esta posibilidad era en sí misma función de un tiempo para comprender, tiempo de meditación que precede al momento de concluir, que es el de la decisión propiamente dicha.
Psicología del yo
(fr. égopsychologie; ingl. ego psychology; al. IchPsychologie). Doctrina psicoanalítica de origen norteamericano, representada por E. Kris, H. Hartmann y R. Loewenstein, a la que se podría vincular también a Anna Freud, que hizo del ego el centro de la realidad del sujeto.
La psicología del yo se ha situado en la perspectiva de una psicología de adaptación a la realidad. El libro sobre el cual se basa la psicología del yo es La psicología del yo y el problema de la adaptación de H. Hartmann (1930), que se apoya en los trabajos de Freud posteriores a 1920, que dan una importancia creciente al yo y sus mecanismos de defensa, desinteresándose del estudio del ello y las pulsiones, centro de sus primeras investigaciones.
Las tesis de la psicología del yo, que restablecen en el ser humano una suerte de equivalente de la conciencia en el sentido filosófico y modifican sensiblemente el sentido de la práctica analítica, han sido vivamente discutidas por Lacan en sus primeros seminarios.
Psicología institucional
Definición
Es un campo de investigación y una práctica profesional consistente en abordajes o intervenciones en instituciones que consultan por conflictos en las relaciones interpersonales y en la tarea. Dado que su objeto son las instituciones debe sintéticamente puntualizarse una diferenciación (ver términos de Organización e Institución) Existe una doble acepción del término institución: 1) En sentido amplio alude a la sociedad que mediante sus marcos regulatorios (jurídicos, políticos, económicos, etc.) predetermina formas de actuar y pensar de los individuos en las organizaciones. 2) En sentido restringido es sinónimo de organización o establecimiento.
Su objeto de análisis y abordaje son: las organizaciones y las prácticas instituidas para diagnosticar e intervenir principalmente con técnicas grupales y recursos discursivos, con la finalidad de resolver los conflictos existentes, considerando los factores sociales determinantes.
En los diccionarios de psicología y psicoanálisis consultados no se encuentran estos términos unidos, aunque aparecen definidos campos conexos.
Origen e historia del término
El origen de este término en la década del 60 marca el inicio de su desarrollo en la Argentina, De aquí en adelante seguiremos, en forma somera, un eje histórico-académico centrados particularmente en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, dado que el proceso de institucionalización que allí se produce tiene un valor significativo, si bien no exclusivo, para el pensamiento y la práctica institucionalista. Es precisamente en aquella donde se institucionaliza el término aquí tratado con sus contenidos específicos y en la que se producen transformaciones a lo largo de estos casi cuarenta años.
De la década del 50 al 60 provienen los aportes precursores del Dr. Enrique Pichón Riviére, padre profesional de grupalistas e institucionalistas como los Dres. Bleger, Ulloa, Liberman Bauleo, Pav1ovsky, entre otros, que tuvieron un alto nivel de producción intelectual en distintos dispositivos y técnicas (instituciones, grupos, familia, psicoterapias breves, psicodrama) y que introdujeron a futuros institucionalistas en el "campo de las psicoterapias colectivas relacionadas con el psicoanálisis".
La mirada institucionalista del Dr. Pichon Rivière a través de cuestionamientos a la organización manicomial en Argentina y sus aportes a una psicología de la vida cotidiana, son antecedentes fundamentales de este campo.
Construyó una particular psicología con la concepción grupalista, las técnicas de grupos operativos, la inclusión del psicoanálisis freudiano y kleiniano en el ámbito grupal, la dialéctica materialista, ciertas concepciones lacanianas y la influencia de los literatos "malditos" y del arte pictórico no convencional. Dejó una huella abierta a sucesivos desarrollos que los Dres. Bleger y Ulloa produjeron para la Psicología Institucional en la vida académica.
Por la función formadora en el ámbito universitario y la importante producción de conocimiento que ambos asumieron, es que son considerados fundadores y pioneros en este campo en la Argentina. Sin desconocer la íntima relación de la dimensión sociodinámica de los grupos con la dimensión institucional, fueron profundizando en una caracterización diferencial esclarecedora.
En el año 1966 el Dr. José Bleger, verdadero creador pionero, afirmaba que este campo era un desarrollo reciente de la Psicología como disciplina. Publica "Psicohigiene y Psicología Institucional", que constituye un texto central para la psicología institucional donde dedica un capítulo al tema específico. El alto nivel y la vigencia de los conceptos allí desarrollados lo hace permanecer aún hoy como referente bibliográfico imprescindible.. El texto fue producto de un seminario dictado en la Carrera mencionada, donde se proveía a los psicólogos de los elementos fundamentales para la comprensión y el abordaje institucional. Definía la Psicología Institucional como un campo que requería de un modelo conceptual propio de la psicología social y de un ámbito específico y amplio: las instituciones. Afirmaba que los modelos conceptuales debían referir al uso de categorías adecuadas a los fenómenos de las agrupaciones humanas (comunicación, interacción, identificación, etc.). Consideraba para su especificidad el estudio de: a) la estructura y dinámica de las instituciones; b) la psicología de las instituciones; c) estrategia del trabajo del psicólogo institucional que comprende: 1. el encuadre de la tarea y la administración de los recursos, que establece la relación del psicólogo con la institución en la contratación, programación y realización del trabajo profesional. 2. teoría del encuadre que establece los criterios de dicha relación. Para este autor teoría y estrategia constituían una unidad.
El Dr. Fernando Ulloa en el mismo año produce un trabajo escrito sobre Psicología Institucional presentado en la A.P.A., que constituye un texto fundacional en tanto apertura del psicoanálisis al campo social, aportando definiciones pioneras en la Argentina para un tipo de práctica psicológica centrada en las instituciones.
En tanto el Dr. Ulloa a partir de 1962 incluía esta temática en las asignaturas electivas de "Psicología Clínica de Adultos I" y "Psicología Clínica de Adultos II" en la misma Carrera, con una perspectiva clínica dirigida a las agrupaciones humanas.
Como consecuencia del golpe de estado del General Onganía, que interrumpe el gobierno democrático a cargo del Dr. Illia, la Universidad de Buenos Aires sufre un impacto institucional por la intervención a la que fue sometida. Este hecho político provoca un corte en la temática referida a la psicología institucional.
En el año 1967, intentando reorganizar la vida universitaria, se abrió una cátedra con el nombre de "Psicología Institucional" en la entonces Carrera de Psicología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, con carácter de optativa en el plan de estudios. Se institucionalizó entonces la temática al dársele carácter de materia. Otro cambio de importante significación fue la designación, por primera vez un psicólogo, el Licenciado Ricardo Malfé, en calidad de profesor titular. Se realizaron consultas institucionales desde la Cátedra. La bibliografía incluía: los trabajos sociales de Freud, el aporte institucional de Elliot Jaques cuyo referente psicoanalítico era Melanie Klein, los conceptos organizacionales de Etzioni y de Schein, más los textos anteriormente señalados de Bleger y Ulloa.
Acontecimientos políticos de movimientos obreros y universitarios en Córdoba en la Argentina y el "Mayo del 68" francés en los claustros universitarios, cuestionando las formas pedagógicas tradicionales, son factores sociopolíticos de alta incidencia en el institucionalismo argentino y marcan hitos en sus cuerpos teórico-prácticos.
En la Argentina, los primeros tres años de la década del 70, por dentro y por fuera de la Universidad, fueron de gran actividad en el estudio y en las prácticas sociales institucionalistas. Fue un tiempo de cruce de esta práctica con los ideales utópicos en busca de una mejor sociedad, alcanzando desarrollos conceptuales y realizando numerosas prácticas sociales en el campo de la prevención así como en trabajos institucionales y comunitarios.
En 1972 y 1973 se agregaron, a la bibliografía de la Cátedra antes mencionada, autores franceses como Pagés, Tort, Lourau, con lo cual se introducían conceptualizaciones sobre la vida afectiva de los grupos, el psicoanálisis, el materialismo histórico y el análisis institucional.
En 1974 no se llegó a dictar la materia, en un contexto político turbulento que preanunciaba el próximo golpe de estado en el país.
En 1975 cambió el titular de la cátedra; el Licenciado Luis María Bick permaneció hasta 1985. Mantuvo los autores clásicos como Freud, Etzioni, Bleger, Ulloa, Schein, Crozier, entre otros y continuó agregando en su línea bibliográfica autores diversos como Foucault, Kristeva, Derrida, Bunge y otros de la psicología industrial.
Otra vez la historia política del país va a dejar su marca en el ámbito académico como en el extra académico en ¡o que atañe a todo el movimiento institucionalista: la nueva ruptura de la democracia, debido al golpe militar de 1976, bajo la forma de represión social, detiene el desarrollo de las prácticas en el campo social que la materia había llegado a producir.
Hasta 1985 la materia se dictó con el mismo profesor, sin que consten en sus programas trabajos de extensión universitaria, ni surja ese dato de informantes claves. Entonces, sólo se mantuvo dentro del claustro el conocimiento institucional teórico, debe rescatarse el hecho de no haber sido excluida del plan de estudios. Una línea de investigación abierta fue sobre el "Desarrollo institucional en la gran y mediana empresa".
Luego de un proceso de normalización la Carrera de Psicología pasó a ser Facultad de Psicología. Se concursó en 1985 -por primera vez- la materia "Psicología Institucional", que poco después pasó a ser obligatoria, perteneciendo al área profesional del plan de estudios. El profesor titular de la Cátedra concursada fue el Licenciado Ricardo Malfé, que produjo textos de profundización sobre la materia en la línea psicoanalítica freudiana. En sus contenidos se delineaban dos grupos temáticos: a) una psicología de los campos y procesos históricos, relacionada con el concepto amplio de institución, b) modelos de prácticas de intervención institucional y organizacional, referida a la acepción restringida.
La bibliografía incluía distintas perspectivas institucionalistas, de autores nacionales (Malfé, Schlemenson, entre otros) y extranjeros (Guattari, Lourau, Kaës, etc.) clásicos y contemporáneos. Se llevaron a cabo numerosas consultas por parte del equipo docente. La metodología de enseñanza práctica consistía en trabajos exploratorios en terreno.
En 1993 se concursa la materia para conformar dos cátedras. En una de ellas la profesora titular es la Lic. Virginia Schejter y en la otra la Lic. Alicia Corvalán de Mezzano, autora de este texto
Para la segunda cátedra nombrada la Psicología Institucional se ocupa de reconocer las instituciones fundantes de toda sociedad tales como el lenguaje, la sexualidad, la religión y los sistemas de producción, para centrarse -operativamente- en las formas organizacionales que se corresponden con el concepto de organización.
Se propone la aplicación de dos metáforas sociales: 1) La Tolva: alude a la Psicología Institucional que intenta comprender interdisciplinariamente el objeto institucional y aplicar recursos metodológicos y técnicos provenientes de diversas disciplinas del campo social, particularmente el psicoanálisis, la antropología y la historia oral. 2) El Obrador: remite al lugar de trabajo grupal que construyen los consultores o institucionalistas para su intercambio profesional, donde se analizan los factores transferenciales-contratransferenciales y las implicaciones suscitadas por las consultas en curso.
Ambas metáforas intentan constituir redes epistémico-prácticas que guarden analogía con la compleja realidad institucional del objeto y el trabajo institucional.
Siendo preciso acompañar la comprensión estructural de las organizaciones con el propio devenir o movimiento histórico que permite anudar historia libidinal e historia social en configuraciones que se nos ofrecen para ser develadas-ocultadas, la cátedra prioriza el eje histórico. El eje histórico es hoy en Argentina ineludible, aunque nos parece indispensable siempre, en tanto las instituciones son reservorios de memoria social.
El propio desarrollo del conocimiento institucional como cuerpo teórico y práctico, presenta una difícil pero perceptible tensión a reconocer entre lo instituido y lo instituyente. Se evidencia en el proceso mismo de transmisión académica y en el camino de profesionalización que ha ido realizando, según se intentó mostrar en esta escueta historia del término aquí trabajado.
Desarrollo desde la perspectiva vincular
El "movimiento institucionalista", del que habla Gregorio Baremblit, se refiere a una serie de tendencias que incluyen líneas institucionales diferenciadas por responder a distintas ubicaciones ideológicas, teóricas y técnicas, que sintéticamente pueden reconocerse en la línea francesa (Lourau, Lapassade, Mendel) y en la línea argentina -entre otras- que se afirma básicamente en el psicoanálisis coincidiendo con la temática hasta aquí desarrollada.
La Psicología Institucional puede incluirse en el "movimiento institucionalista", en tanto es una de las diversas perspectivas conceptuales y metodológicas del campo institucional, que recibe la herencia conceptual de los pioneros institucionalistas argentinos más los aportes de reconocidos autores como Castoriadis, Lourau, Baremblit.
La Psicología Institucional hoy, en tanto teoría y práctica, tiene el desafío de comprender e intentar transformar -a pedido de los actores sociales- el escenario complejo de las instituciones, que implica tan diversas dimensiones.
Los recortes de las instituciones sociales, plasmadas en la singularidad de las organizaciones consultantes, enfrentan al institucionalista con un doble requerimiento:
a) Abordar los vínculos intersubjetivos en ámbitos donde los aspectos conscientes, preconscientes e inconscientes constituyen una trama libidinal signada por objetivos sociales.
b) Abordar, en el recorte particular de las organizaciones, aspectos sociohistóricos que incluyen la política, la economía, la ecología, la tecnología, etcétera.
Este campo específico brinda la posibilidad de descifrar el cruce de los significados vinculares con inclusión de las dimensiones de lo real, lo imaginario y lo simbólico en una interacción constante.
No puede desconocerse la organización racional ni la organización fantasmática con sus intrínsecos y mutuos grados de coherencia y contradicción, siempre presentes en la estructura y dinámica institucional.
La Psicología Institucional constituye una práctica que requiere continuar desarrollando teóricamente su campo considerando distintos paradigmas que, en red epistémica, nos conduzca hacia la construcción también de una intervincularidad disciplinaria. Y como tal -porque nuestro ámbito de investigación y práctica así lo marca- eluda los paradigmas hegemónicos que sólo consiguen parcializar la sustancialidad estructural y dinámica de las instituciones y las organizaciones.
Desde la perspectiva vincular se remarca el carácter fundante de las instituciones tanto en el plano social como en la constitución del psiquismo. Así lo transmitieron S. Freud particularmente en sus escritos sociales, Pichón Riviére al hablar de estructura de vínculo, Bleger en relación al encuadre y Kaës en sus teorizaciones acerca de la función de apuntalamiento psíquico de las instituciones, las formaciones intermediarias, el sufrimiento institucional, el pacto de negación, el contrato narcisista, los organizadores socioculturales, etcétera.
Problemáticas conexas
Las instituciones básicas de toda sociedad, y las singulares formas organizacionales específicas tal como la familia, la escuela, la empresa, etc.) constituyen el macro contexto moldeador de los psiquismos desde la incidencia histórico-cultural.
Los temas conectados íntimamente provienen del psicoanálisis (identidad, procesos de identificación, ideal del yo, sublimación, sufrimiento institucional, entre tantos otros) y de disciplinas del campo social tales como la antropología (cultura, mitos, ritos); la historia (historia oral y vida cotidiana, historia de vida); ecología (intercambios con el medio ambiente); economía (asignación y distribución de recursos); sociología (agrupamientos humanos); psicología del trabajo (división técnica y jerárquica, condiciones de trabajo); entre otras.
Psiconeurosis
Al.: Neuropsychose.
Fr.: psychonévrose.
Ing.: psychoneurosis, o neuro-psychosis.
It.: psiconevrosi.
Por.: psiconeurose.
Término utilizado por Freud para caracterizar, contraponiéndolas a las neurosis actuales, las afecciones psíquicas cuyos síntomas constituyen la expresión simbólica de los conflictos infantiles, a saber, las neurosis de transferencia y las neurosis narcisistas.
El término «psiconeurosis» aparece muy pronto en Freud, por ejemplo, en el artículo Las psiconeurosis de defensa (Die Abwehr-Neuropsychosen, 1894), que, según nos indica el subtítulo, intenta dar «una teoría psicológica de la histeria adquirida, de numerosas fobias y obsesiones y de ciertas psicosis alucinatorias».
Cuando Freud habla de psiconeurosis, hace recaer el acento en la psicogénesis de las afecciones incluidas bajo este epígrafe. Utilizará el término sobre todo contraponiéndolo al de neurosis actuales, por ejemplo en La herencia y la etiología de las neurosis (1896); La sexualidad en la etiología de las neurosis (Die Sexualität in der Ätiologie der Neurosen, 1898). Esta oposición se vuelve a encontrar en las Lecciones de introducción al psicoanálisis (Vorlesungen zur Einfi¡hrung in die Psichoanalyse, 1916-1917).
Como puede verse, el término «psiconeurosis» no es sinónimo de neurosis; por una parte, no incluye las neurosis actuales, y, por otra, comprende las neurosis narcisistas, que Freud llamará también psicosis, siguiendo un estilo psiquiátrico que más tarde se fue afianzando cada vez más.
Se observará también que, en el lenguaje psiquiátrico corriente, en ocasiones una ambigüedad respecto al término «psiconeurosis», como si el radical «psico» evocase para algunos autores el término de «psicosis»: se llega incluso a hablar de psiconeurosis con la errónea intención de conferir a la neurosis un matiz suplementario de gravedad o incluso de organicidad.
Psiconeurosis
s. f. (fr. psychonévrose; ingl. psychoneurosis; al. Psychoneurose). Freud introdujo el término para designar las neurosis determinadas por los conflictos infantiles y sus modos de defensa específicos (la histeria, la neurosis obsesiva, la fobia) y ciertas psicosis, entre ellas la paranoia, en oposición a las neurosis actuales [en las que no habría elaboración psíquica de la tensión sexual].
El término ya no se utiliza, a partir de la distinción entre neurosis y psicosis.
Psiconeurosis de defensa
Al.: Abwehr-Neuropsychose.
Fr.: psychonévrose de defense.
Ing.: defence neuro-psychosis.
It.: psiconevrosi da difesa.
Por.: psiconeurose de defesa.
Término utilizado por Freud durante los años 1894-1896 para designar cierto número de afecciones psiconeuróticas (histeria, fobia, obsesión, ciertas psicosis), poniendo en evidencia en ellas el papel, descubierto en la histeria, del conflicto defensivo.
Una vez adquirida la idea de que, en toda psiconeurosis, la defensa desempeña una función esencial, el término «psiconeurosis de defensa», que estaba justificado por su valor heurístico, desaparece a expensas del de psiconeurosis.
El término fue introducido en un artículo de 1894, Las psiconeurosis de defensa (Die Abwehr-Neuropsychosen), en el que Freud se dedica a destacar el papel de la defensa en el campo de la histeria, y luego a encontrar también la intervención de otras formas de defensa en las fobias, las obsesiones y algunas psicosis alucinatorias. En esta fase de su pensamiento, Freud no intenta generalizar la noción de defensa ni al conjunto de la histeria (véase: Histeria de defensa), ni al conjunto de las psiconeurosis, como hará algún tiempo después. En efecto, en el artículo de 1896, Nuevas observaciones sobre las psiconeurosis de defensa (Weitere Bernerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen), se considera ya como un hecho adquirido el de que la defensa constituye «el punto nuclear del mecanismo psíquico de las neurosis en cuestión».
Psicopatología
Alemán: Psychopathologie.
Francés: Psychopathologie.
Inglés: Psychopathology.
Este término fue utilizado a fines del siglo XIX por la medicina, la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis para designar los sufrimientos del alma, y más en general, los trastornos del psiquismo humano, a partir de una distinción o un deslizamiento dinámico entre lo normal y lo patológico, variable según las épocas.
Psicopatología de la vida cotidiana
Obra de Sigmund Freud publicada en 1901 con el título de Zur Psychopathologie des Alltagslebens. Traducida por primera vez al francés por Samuel Jankélévitch en 1922 con el titulo de Psychopathologie de la vie quotidienne. Retraducida en 1997 por Denis Messier con el titulo de La psychopathologie de la vie quotidienne. Traducida por primera vez al inglés en 1914 por Abraham Arden Brill con el título de Psychopatology of Everday Life, y por Alan Tyson en 1960 con el título de The Psychopathology of Everyday Life.
En su biografía de Freud, Peter Gay se pregunta si el creador M psicoanálisis, para marcar el "punto de partida" de su obra, no quiso escoger la interpretación de esos hechos menudos de la vida cotidiana, que son los olvidos, los lapsus y los otros actos fallidos, más bien que la del sueño. Incluso mientras redactaba La interpretación de los sueños, Freud puso de manifiesto un interés creciente por esos fenómenos de apariencia anodina. El 26 de agosto de 1898, en una carta a Wilhelm Fliess, dijo haber finalmente captado un "pequeño hecho" cuya naturaleza había sospechado desde mucho antes: el olvido de un nombre y su reemplazo "por algún elemento de otro que uno juraría que es exacto y que una y otra vez revela ser falso". Deplora no obstante no poder registrar públicamente esa observación. Un mes más tarde, también dirigiéndose a Fliess, se alegra de haber "podido incluso explicar fácilmente un segundo ejemplo de olvido de nombre", pero vuelve a preguntarse: "¿Cómo y ante quién hacer todo esto plausible?" Al cabo de ocho días, anuncia haber escrito un pequeño artículo sobre ese ejemplo: se trata del texto "Sobre el mecanismo psíquico de la desmemoria", que apareció, a fines de ese año de 1898, en la revista Monatschriftfür Psychiatrie und Neurologie. Al año siguiente, en ese mismo periódico, publicó su artículo "Sobre los recuerdos encubridores", y en 1901 un tercer artículo, "Psicología de la vida cotidiana" ("Zur Psychopathologie des Alltagslebens"), homónimo del volumen que más tarde reuniría lo esencial de esas tres contribuciones.
Psicopatología de la vida cotidiana constituye, junto con La interpretación de los sueños y El chiste y su relación con lo inconsciente, un tríptico que Ernest Jones agrupa bajo el rótulo de psicoanálisis aplicado, trazando así una distinción con otros textos de la misma época, más precisamente dedicados a la teoría y la clínica, como los Tres ensayos de teoría sexual y el relato del caso "Dora" (Ida Bauer). La decisión de Jones se justifica, en cuanto esas tres obras presentan efectivamente características de psicoanálisis aplicado.
Por ejemplo, al estudiar los fenómenos corrientes, el sueño, el chiste o los actos fallidos, manifestaciones psíquicas que Jacques Lacan denominará "formaciones del inconsciente", Freud quiere demostrar, como lo recuerda en varias oportunidades en el libro, que el campo de acción del psicoanálisis no podía limitarse al dominio de la patología.
Se trataba también de indicar, mediante el estudio de los lapsus, los olvidos y los actos fallidos, la influencia permanente del inconsciente sobre el conjunto de la vida consciente. Freud subrayó entonces que su meta era "precisamente atraer la atención sobre cosas que todo el mundo sabe y que comprende de la misma manera; en otras palabras, reunir hechos de todos los días y someterlos a un examen científico. No veo por qué, a esta suerte de sabiduría, que es la cristalización de las experiencias de la vida cotidiana, habría que negarle un lugar en las adquisiciones de la ciencia."
Finalmente, Freud sostiene la tesis del determinismo psíquico absoluto, que abre el camino a un empleo ¡limitado de la interpretación, contra el cual trató más tarde de rebelarse, recurriendo en particular al procedimiento de la construcción.
A pesar de las apreciaciones negativas de Freud sobre las primeras versiones de su trabajo, formuladas, entre otros lugares, en una carta a Fliess del 8 de mayo de 1901, donde dice esperar que la obra les disgustará aún más a los otros que a él mismo, Psicopatología de la vida cotidiana recibió, desde su publicación, una acogida favorable en el gran público. Objeto de dieciséis artículos, en su mayoría elogiosos, en el curso de los cuatro años siguientes a su aparición, el libro fue reeditado en 1907 y reseñado en Francia por Henri Claude en 1913, en L'Encéphale, en ocasión de la cuarta edición alemana.
En cada reedición, Freud, que había acumulado desde 1908 una cantidad considerable de ejemplos de olvidos y lapsus (habla en tal sentido de su "colección"), añadía casos nuevos al texto inicial, algunos proporcionados por colegas (Alfred Adler, Carl Gustav Jung, Viktor Tausk, Ernest Jones, Sandor Ferenczi, Eduard Hitschmann, Lou Andreas-Salomé, Otto Rank, Hanns Sachs, Wilhelm Stekel, Theodor Reik), y otros por lectores anónimos.
Psicopatología de la vida cotidiana está dividido en doce capítulos, dedicados a las diferentes formas de olvido, a los lapsus, errores, torpezas y actos fallidos más variados. Freud reconocía que esta distribución era esencialmente descriptiva, pues los fenómenos estudiados tenían una unidad interna de la que todo libro daba testimonio. En sus Conferencias de introducción al psicoanálisis señaló por otra parte que esa unidad se ponía de manifiesto en la lengua alemana por el prefijo ver común a todas las palabras que designaban esos "accidentes": das Vergessen (olvido), das Versprechen (lapsus linguae), das Vergreifen (errores de la acción), das Verlieren (el hecho de extraviar un objeto), etcétera.
El primer capítulo, sobre el olvido de los nombres propios, se inicia con un ejemplo célebre, que constituyó el objeto de un artículo de 1898 dedicado al mecanismo psíquico del olvido. Mientras viajaba con un compañero casual hacia una ciudad de Herzegovina, Freud no pudo recordar el nombre de Luca Signorelli (1441-1523), el autor de los frescos de la catedral de Orvieto que representan las cuatro "últimas cosas". En su lugar, le venían a la mente otros nombres de pintores, el de Sandro Botticelli (1444/45-1510) y el de Giovanni Boltraffio (1466/67-1516), que reconocía como incorrectos. Cuando el compañero de viaje pronunció el nombre que él buscaba, Freud no se sorprendió, pero trató de encontrar las razones de su olvido. Recordó entonces que, antes de hablar de Italia con su interlocutor, habían comentado la mentalidad de los turcos de Bosnia Herzegovina, en particular su resignación frente al destino, por ejemplo su reacción cuando un médico les anunciaba que el caso de algún allegado era desesperado: "Herr [Señor] -decían entonces-, no hablemos más de ello, sé que si fuera posible salvarlo, tú lo habrías hecho", Freud observó que los nombres Bosnia y Herzegovina, así como la palabra Herr, encontraban su lugar en una cadena asociativa entre Signorelli-Botticelli y Boltraffio. El Bo de Bosnia se volvía a encontrar en los nombres de los dos pintores que reemplazaban al olvidado y buscado; en cuanto a Herr, se lo encontraba en Herzegovina, pero también, con su traducción italiana, en Signorelli. Para explorar las razones inconscientes de este olvido, Freud procedió como lo hacía en el análisis de sus sueños. Trató de asociar a partir del material manifiesto. En el curso de la conversación, había pensado a menudo en otro aspecto de las costumbres de los turcos de Bosnia: la importancia que tenía para ellos el placer sexual, y su desesperación cuando experimentaban dificultades en ese aspecto, tema éste que Freud no había querido abordar con un desconocido; recordó también que en ese momento había pensado en la noticia, Tecibida en Trafoi, en el Tirol, del suicidio de uno de sus pacientes, afectado de trastornos sexuales incurables. La proximidad entre Trafoi y Boltrafflo "me obliga a admitir -escribe Freud- que, a pesar de la distracción intencional de mi atención, yo sufría la influencia de esta reminiscencia". Se observará en este ejemplo la especificidad de la lógica inconsciente, que lleva a reemplazar el nombre de Signorelli por el de un pintor de la misma nacionalidad y la misma época, Boltraffio, que contiene los fonemas de Trafoi, reenviando a los temas de la muerte y la sexualidad, reprimidos por Freud en la conversación que precedió a su olvido. "Ya no me es posible ver en el olvido del nombre Signorelli un hecho accidental. Me veo obligado a ver en este acontecimiento el efecto de móviles psíquicos. [...] Es cierto que yo quería olvidar otra cosa, y no el nombre del maestro de Orvieto; pero entre esa «otra cosa» y el nombre se estableció un vínculo asociativo, de manera que mi acto de voluntad no dio en el blanco, y yo, a pesar de mí mismo, olvidé el nombre, siendo que lo que quería intencionalmente era olvidar la otra cosa." De modo que -comenta Octave Mannoni- "el nombre del pintor italiano, asociado a ciertas ideas de muerte y sexualidad reprimidas, había sido arrastrado con ellas al inconsciente. Desde luego, las ideas de muerte y sexualidad por sí mismas no tienen ese efecto: Freud no había olvidado el tema de los frescos, ni las cuatro últimas cosas, una de los cuales era la muerte. Ni tampoco las historias sexuales turcas: la represión no estaba allí (estaba ligada a la noticia recibida en Trafoi)."
Freud enuncia entonces las condiciones necesarias para hablar del olvido no accidental de un nombre, que son tres: la tendencia a olvidar ese nombre, la existencia de una represión relativamente reciente, y la posibilidad de establecer una asociación exterior entre el nombre del que se trata y el objeto de la represión. No obstante, Freud no abandona una cierta prudencia, precisando, para cerrar ese primer capítulo, que no todos los casos de olvido de un nombre propio se pueden incluir en la categoría ilustrada por el olvido del nombre de Signorelli.
Fueran cuales fueren los ejemplos presentados y el rótulo bajo el cual Freud los cataloga, el procedimiento es el mismo, y consiste en recurrir al método de las asociaciones libres para relacionar el contenido del olvido o el objeto del acto fallido con un elemento reprimido.
En el cuarto capítulo, al abordar los recuerdos de infancia y los recuerdos encubridores, Freud se refiere a su artículo de 1899, que modifica notoriamente. Los primeros recuerdos, o los recuerdos más antiguos, suelen tener que ver con cosas secundarias, mientras que los acontecimientos importantes no parecen haber dejado ninguna huella en la memoria. Todo ocurre, observa Freud, como si, a través de un recuerdo anodino, se produjera una representación sustitutiva de otras impresiones importantes, cuya reproducción tropezaría con una resistencia. De allí la expresión recuerdo encubridor, que pone en juego, a la manera de lo que sucede en los sueños, un mecanismo de desplazamiento.
La misma analogía se aplica a la formación de los lapsus. En este sentido, Freud evoca trabajos anteriores que consideraban al lapsus un proceso de contaminación, resultado de la proximidad y la semejanza entre dos palabras, explicación muy cercana a la basada en el mecanismo de la condensación que él había puesto de manifiesto en su estudio de los sueños. El lapsus, por sus efectos de hilaridad y desconcierto, por su estructura, la de una abreviatura, presenta afinidades con el chiste; como este último, y como el sueño, es una herramienta preciosa en la cura, una herramienta "que yo uso -escribe Freud- para deshacer y suprimir los síntomas neuróticos".
En una de las síntesis recapitulativas que puntúan el libro, Freud observa que "en todos los casos, el olvido estaba motivado por un sentimiento desagradable". Y habla entonces de un conflicto doloroso, al mismo tiempo que deja que emerja una astucia de su propio inconsciente. En efecto, narra que, durante el verano de 1901, olvidó que no había sido él, sino Wilhelm Fliess, el autor de la hipótesis de la bisexualidad. Aunque al evocar este recuerdo Freud afirma haberse vuelto "más tolerante", no por ello deja de omitir en ese relato el nombre de Fliess; habla de "un amigo", con el cual dice haber tenido entonces "discusiones muy vivas sobre cuestiones científicas". En 1904 la amistad con Fliess no era más que un recuerdo lejano, aunque en lo esencial la gestación del libro se había realizado en el contexto de esa relación. Quizá fue esa amistad extinguida (o bien las huellas de culpa que su destrucción pudo dejar) lo que se puso de manifiesto en la aparición, unas páginas más adelante, del nombre de Fliess, con respecto al olvido de un proyecto anodino. Se trataba del olvido reiterado de comprar papel secante. Buscando las razones de ese olvido, Freud se ve obligado a reconocer que cuando escribe "papel secante" utiliza el término alemán Lúschpapier, pero oralmente utiliza un sinónimo, ¡el vocablo Fliesspapier! "Ahora bien, Fliess -dice Freud- es el nombre de uno de mis amigos de Berlín, un nombre al que en mi mente se encuentran asociadas, estos últimos días, ideas y preocupaciones penosas."
En la medida en que los actos fallidos, calificados más rigurosamente de actos sintomáticos, "expresan algo que el propio actor no sospecha, y tiene por lo general la intención de reservarse, en lugar de hacerlo conocer a los otros", se puede afirmar que en realidad son "actos logrados", que traducen la realización de un deseo inconsciente. Pero las equivocaciones y las torpezas pueden a veces, por sus consecuencias, exceder el registro de lo anodino. Y se plantea entonces la cuestión de si el análisis permite descubrir una intención inconsciente cuanto tales actos generan consecuencias cuya gravedad puede llegar a poner en peligro la vida del sujeto. Sobre este punto, Freud se muestra prudente, y sólo formula hipótesis.
Psicopatología de la vida cotidiana termina con un capítulo dedicado a la cuestión del determinismo, de la creencia y la superstición, temas que Freud abordará de nuevo en una de las conferencias pronunciadas en los Estados Unidos y reunidas en un pequeño volumen titulado Cinco conferencias sobre psicoanálisis. Observa que el determinismo psíquico -que denomina por antífrasis "azar interior" (opuesto al "azar exterior" en el cual las determinaciones psíquicas están totalmente ausentes)-, es a menudo el objeto de una ignorancia espontánea del ser humano. El supersticioso, subraya Freud, funciona al revés: cree en el azar interior, el azar psíquico, demostrando con ello que no quiere saber nada de las manifestaciones inconscientes, pero se niega a creer en el azar externo, convencido de poder revelar intenciones o relaciones por lo común ocultas. En este sentido, la superstición constituye una prueba a contrario del conocimiento inconsciente y reprimido de la motivación de los actos fallidos. La superstición es el producto de una inversión, comparable en más de un sentido al modo del funcionamiento del paranoico, quien niega que en las manifestaciones del prójimo pueda haber algo accidental, pero es incapaz de dar prueba de una perspicacia equivalente en lo que concierne a su propio inconsciente. El paranoico, continúa Freud, proyecta sobre la vida psíquica de los otros lo que ocurre en su propia vida en estado inconsciente, y de tal modo produce la impresión frecuente de que en parte tiene razón.
Desarrollando su argumentación, Freud expone ideas que apuntalará más tarde, en El porvenir de una ilusión y El malestar en la cultura. Según él, el razonamiento que opera en la superstición se encuentra también en las concepciones mitológicas del mundo y en las religiones modernas, las cuales no son otra cosa, subraya, que "una psicología proyectada en el mundo externo". Añade que se podría "abordar la tarea de descomponer, desde este punto de vista, los mitos relativos al paraíso y el pecado original, al mal y el bien, a la inmortalidad, etcétera, y traducir la metafísica a la metapsicología".
El paralelismo establecido entre los mecanismos que operan en los actos fallidos, por una parte, y en los sueños por la otra, demuestra que no existe una diferencia fundamental entre el neurótico y el hombre normal. Freud se ve así llevado a declarar que "todos somos más o menos neuróticos", subrayando de tal modo la proximidad indicada por el título mismo del libro entre lo "patológico" y lo "cotidiano".
Esta proximidad, así como el anclaje en la vida de todos los días, motivaron el proyecto de Psicopatología de la vida cotidiana. En este sentido, se trata sin duda de la obra de Freud cuya acogida se adecuó más al espíritu con el que fue concebida, como lo atestiguan dos anécdotas. La primera tiene que ver con la elaboración del libro. Un mozo de café había estado a punto de hacerle pagar a Freud más de lo que correspondía. Simultáneamente con este acto fallido, el mozo cometió otro, dejando caer una moneda de un valor equivalente al aumento injustificado. Freud se lo señaló y el mozo, confuso, se retiró precipitadamente, antes de volver a disculparse. Freud relata que le dejó entonces la suma excedente, como recompensa por "su contribución a la psicopatología de la vida cotidiana". La segunda anécdota ilustra el éxito del libro, mucho más allá del círculo de los especialistas: describe el placer que Freud experimentó al descubrir, en el barco que lo llevaba, junto con Jung y Ferenczi, a los Estados Unidos, a un camarero absorto en la lectura de Psicopatología de la vida cotidiana.
|